Autor: eugeniovinas

  • Hasta la próxima, José ‘Wah Wah’: la retirada «a tiempo» de un programador musical esencial para València

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La historia de la música popular en València se escribe en los márgenes de la presión pública. Hace apenas unos días, Bankia otorgaba unos generosos premios al talento musical entre los que la clásica, la contemporánea o la investigación se llevaban el protagonismo. Pese a lo genérico e institucional de la gala, de la música popular nada se supo. Hace apenas unas semanas, el Ayuntamiento sufría un lapsus de procedimiento y escogía 51 nuevos nombres para 51 de sus calles entre las que no había ningún músico. Quizá porque todos aquellos nombres de otro tiempo, de otro siglo, los academicistas, los que no pertenecen a la música popular, ya tienen su calle en la ciudad. Esta misma semana, también, el músico callejero valenciano Borja Catenasi -y premiado internacionalmente por ello- era multado tras pasarse un año actuando por 50 ciudades europeas. Quién sabe si pontificar a Mozart por encima de Bowie a estas alturas es algo así como el Síndrome de Estocolmo de la lucha de clases que nunca acaba.

    No es por desmerecimiento de todos esos tótems de la creación musical, pero todas estas escenas del presente no hacen más que generar un halo de mito y resistencia con respecto a quienes generar una actividad artística y económica en torno a las canciones más populares, las que calan y vertebran la mayor parte de la vida de los que aquí respiramos. Entre esos muchos nombres propios, nombres de mujeres y de hombres, hay uno de lo más esencial para entender la historia de la música pop y rock en directo de la ciudad durante los últimos 20 años: José CasasPopularmente conocido como José Wah Wah, el mismo que a inicios de los 90 empezó a programar conciertos internacionales en salas como Roxy o Zeppelin, el mismo que hace casi 17 años subió la persiana de esa sala junto a Vicente Martínez, cuelga las llaves y se despide hasta la próxima. «Una retirada a tiempo», dice, que deja tras de sí una de las biografías nocturnas más agitadas de la ciudad.

    Pese a no estar nominado a ningún premio ni postularse a tener calle en la ciudad, el papel como programador de José Wah Wah ha sido una de esas labores anónimas que durante más de década y media le ha permitido a València respirar los primeros conciertos de un sinfín de bandas. Love of Lesbian actuaron varias veces «ante 30 o 40 personas» y acabaron regalándole a la propia sala tres conciertos consecutivos para los que casi no hubo tiempo material para conseguir una entrada (en su última visita físciamente posible). Y, si pensamos solo en grupos del Estado, lo mismo desde Deluxe a La Casa Azul, de Lori Meyers a Vetusta MorlaArizona Baby, Los Coronas de The Sunday Drivers a Izal. La interminable lista de conciertos internacionales, por otro lado, se iniciaría con los relevantes Cracker y estaría trufada de anécdotas: desde el gigantesco pedido de Kentucky Fried Chicken que exigió Marky Ramone -y del que estuvieron comiendo camareras y miembros de la sala durante días- hasta el sofocante concierto de Anna Calvi que combinó su exigencia de actuar sin aire acondicionado con las temperaturas del cap i casal a mediados del mes de septiembre. 

    Si lo que aquí sigue se ciñera a los nombres propios y anécdotas que giran en torno a este empresario y melómano, la conversación no acabaría nunca (algo que con él, para cualquier músico que lo ha conocido, sucede a menudo). Pero esta será la última semana de José como responsable de programación en Wah Wah. La sala continuará con «un equipazo y muchísima ilusión» y todos estos son los motivos para conversar sobre lo sucedido y lo que vendrá mientras suenan R.E.M, The Smiths o Echo & The Bunnymen. 

    -¿Por qué dejas Wah Wah?
    -Es una decisión meditada desde hace tiempo. Y, de hecho, puedo decir que he aguantado más de lo que esperaba. Con el paso de los años vas asumiendo tu retirada. Lo asumo porque creo que mi ciclo se ha acabado en este sentido. Esta manera de trabajar, tanto volumen…, se ha acabado para mí. Debo hacerlo.

    -¿Quizá también es un momento para preguntarte por qué nació?
    -Noviembre del año 2000… venía de montar conciertos y estaba algo quemado de tener que hacerlo en las salas de otros. Todo bien, ya sabes, pero yo quería ‘mi sala’. Y tenía mis bares (Revolver; trabajó también en Barraca Bar), pero no había tenido ocasión de gestionar un local que fuera capaz de programar su propia agenda de conciertos. Con unos socios decidimos abrir Wah Wah. La idea estaba clara: directos y sesiones tras los conciertos para que la gente baile. Eso era todo. Eso es todo.

    -En la primera década de los 2000, el Cedro se convirtió en una especie de corazón para los directos de pop y rock en València. ¿Qué barrio os encontrasteis al llegar?
    -Bueno, bueno… ya había garitos interesantes cuando abrimos. Molaba porque podías crear una zona, que de eso se trata también. Estaba la Velvet, con quien compartíamos a uno de los socios, y que siempre fue un bar que me fascinó. Y estaba el Tornillo, otro garito que me ha gustado siempre; pequeñito, con la gente muy junta y una música cojonuda. Matisse también estaba, aunque diría que no programaba tantos conciertos, pero también La Tribu y su predecesor, el Asesino… tantos…

    -¿Cómo fueron los inicios?
    -Duros. Costó más de lo que pueda parecer ahora. Enderezar la sala y que la gente supiera que estábamos ahí nos costó, yo qué sé… cuatro o cinco años. Teníamos que hacer marca y dejar que el boca a boca funcionara entre bandas con más nombre. También para las locales. A partir del quinto año si que empezamos a notar que había cierta marca y que la gente ya sabe que hay conciertos importantes de la ciudad que suceden aquí. Íbamos como hormiguitas, metiendo más equipo, haciendo reformas cada verano porque necesitábamos una sala mejor para atraer a mejores grupos.  

     -Empezando por las bandas locales. ¿Cuáles te traen mejores recuerdos y cuáles han marcado a la sala durante estos años?
    -Es que, claro, me hablas de bandas locales y yo nunca los veo como clientes. Los veo como amigos y como los que verdaderamente crean la escena. Yo, bajo mi punto de vista, pues… he tenido mis gustos, pero eso es algo personal. En una primera etapa sí recuerdo mucho cariño por Doctor Divago, que ya venían de antes y que siguen. También destaco a Polar o, por supuesto, a La Habitación Roja. Desde esos inicios han surgido diferentes camadas y supongo que si me vienen nombres a la cabeza tienen que ver con lo que a mí me mueve, como te digo, que puede ser más el indie, a veces popi, y mucho rock… No sé si está bien que lo diga aquí, pero otra época que tengo clara es la de Twelve Dolls y Polock. Otros nombres para mí, pues Senior, claro, y Wau y los Arrrghs. Bandas de rock de aquí, que sentía como de casa y que han trascendido fuera. Directos cojonudos… cojonudos.

    -Los músicos, especialmente cada escena local con respecto a las salas de su ciudad, recriminan habitualmente a las salas por cobrar lo que popularmente se conoce como un alquiler. ¿Qué opinas tú sobre ello?
    -A ver, partamos de la base de que esto que hay aquí es un negocio y que Wah Wah, en concreto, tiene un aforo legal de 400 personas. Molaría que la vida fuera de color de rosa, pero una banda local que está en sus primeros años no va a generar lo suficiente para sostener al equipo que trabaja en Wah Wah, que son muchas personas. Lo único que me jode de esos comentarios es que la gente piensa que no toca aquí porque no paga; no, aquí también hay alguien programando y, si no ‘te importa’, intentaré elegir lo que me mole. Creo que durante estos casi 17 años son incontables las bandas que han tenido su momento en la sala teloneando a grupos nacionales, dando alguno de sus primeros bolos y, por suerte, llenando y consolidándose. No todas, claro. Yo lo veo como un proceso natural y lo que hay aquí, como digo, es un negocio. Creo que no todas las bandas tienen que pasar por una sala así. Puede haber espacios anteriores o intermedios. Para que te hagas una idea, esos gastos de sala siempre van al equipo técnico. Cada vez que se jode esto o lo otro, constantemente, son 600 pavos aquí, 400 allá… constantemente. Es decir, que ni siquiera va al equipo de personas que trabaja, o al técnico que está de 6 de la tarde a 2 de la manaña con los grupos. Ni es para el taquillero, ni es para el portero, ni para las camareras… pero hay que pagar a todo el mundo. 

    -¿Wau y los Arrrghs también se acaban de retirar. ¿Fin de ciclo en la escena musical de la ciudad o casualidad?
    -Quiero pensar que es solo una casaualidad.

    -¿Tu salida es un punto y seguido o un punto y aparte?
    -Es un punto y aparte… pero no demasiado largo. Ahora sí necesito descansar un poquito, pero voy a seguir con algunos conciertos en Wah Wah que ya están programados, ayudando en alguna producción aquí y allí porque algún grupo también lo ha pedido y porque me encanta. Pero desde luego que de otra manera, quitándome el volumen de trabajo, desestresando. Los últimos años han sido duros. 

    -¿Duros física o psicológicamente?
    -Lo he notado físicamente, pero es lo psicológico lo que te hace parar. Este es un oficio al que le tengo mucha estima, que le ha dado de comer a mi familia y a otras familias. Creo que, más allá de ese cariño, de alguna manera tienes que saber cuándo retirarte. Es mejor no abocarte al caos. Es mejor reconocer el momento, adelantarte y asumirlo.

    -Desde el inicio de Wah Wah hasta la actualidad, el papel de la música en directo ha dado un giro para los músicos. Más que nunca es el corazón de sus posibilidades para profesionalizarse y, sin embargo, los festivales han acabado acaparando el músculo de una actividad que suele suceder durante los meses de verano, frente al calendario más abierto de salas. ¿Qué opinión te merece ese giro?
    -Es que se ha dado la vuelta por completo. La balanza se ha decantado, pero de manera brutal. Hacer festis me parece esencial para una banda, pero es que se ha convertido en una locura y ya hace tiempo que se ha llevado a bandas por delante. Confiar todo a los festivales no debe ser el camino. Y, claro, hay bandas que aguantan ese ritmo y que pueden sostenerse ahí, pero pocas. Yo creo que lo ideal es combinar ambos ritmos y calendarios. Si todo se concentra en los festivales, el futuro de las bandas va a ser duro. El circuito de sala todavía tiene margen de maniobra. Igual es más especializado y volvemos a menos conciertos y públicos más reducidos. Hay que resituarse, pero creo que hay margen. 

    -¿Un margen demasiado estrecho como para que tú estés cómodo?
    -No creo que sea eso. Tiene más que ver ahora mismo con una decisión personal. Familiar, especialmente. Mi sensación es que es una retirada a tiempo. Que fisicamente no es ya este momento para mí. En Wah Wah se queda un plantillón y gente guay dirigiéndolo. Ahora yo he de descansar, estar con los míos y tener vacaciones. 

    Wah Wah si escribe su punto y seguido tras José Casas. Han sido más de 1.600 conciertos a sus espaldas. En este tiempo ha cambiado todo y él, que grababa y repartía cintas con tres o cuatro canciones del grupo que ‘importaba’ a Roxy, ha sido una figura capital a la hora de reconvertir la que un día fue la sala La Sonora (quién traspasó la licencia a Wah Wah). A Jose le quedará la espina de nunca haber traído a Los Planetas -«ya era algo inasumible para cuando abrimos»-, pero para entender todo lo que ha pasado por el garito es importante hablar de prescriptores e influencias: Jorge Albi (con quien coincidiría en Barraca Bar), Jesús Ordovás, Diego Manrique o Rafa Abibbol. A su manera -que es única-, en su medida -que es mucha- y con la distancia que ahora pone de por medio, él mismo ha acabado en ser uno de esos nombres que desde la trinchera ha acabado por ejercer de mentor en toda una generación de activistas musicales. A partir de este verano, como todo buen futbolista veterano, será su único representante, jugará por libre y promete seguir pululando entre escenarios. Que así sea, hasta la próxima.

  • Toni García publica un mini libro sobre el sketch y Micahel Palin (Monty Python) se lo prologa

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El guionista Toni García Peralta (del Autoindefinits de Conta Conta al Terrat), el mismo autónomo que capitanea la web satírica Rokambol, acaba de publicar El sketch. Cómo abordar su escritura sin torcerse el tobillo. Este mini libro, de unos 10 minutos de duración, cuenta con un prólogo de Michael Palin, uno de los ilustres miembros del colectivo Monty Python. El autor valenciano propone un original metasketch en el que los personajes debaten sobre las fórmulas, efectos y estructuras posibles de esta tipología de la escritura creativa. 

    En las siguientes líneas, García Peralta se sorprende por el interés en torno a su librillo, justifica su edición en castellano en inglés, valora la participación del comediante británico citado y levanta algunas acusaciones. La conversación ha sido transcrita de aquella manera.

    -Sí, buenas tardes. ¿Es usted Toni García Peralta, el autor de El sketch. Cómo abordar su escritura sin tocerse el tobillo?
    -Sí y no.

    -¿Cómo?
    -Sí, soy Toni García, pero el libro ese lo escribió mi madre.

    -Bueno, pues es usted quien lo firma.
    -Sí, es que tenemos un acuerdo. Yo hago las lentejas y ella me escribe los libros.

    -¿Lo dice en serio?
    -No, por supuesto. El libro es mío, pero es que no esperaba que nadie me preguntara por él.

    -Tampoco pensaba publicarlo, por lo que me han dicho.
    -No. Me pidieron algo para el blog GuionistasVLC y escribí ‘esto’. Me pidieron una colaboración totalmente libre y, bueno, me divertí un rato. Estaba escrito sin intenciones pedagógicas ni nada de eso…

    -Y del blog al mini libro y en dos idiomas. ¿Cómo ha podido torcerse tanto la cosa?
    -Uno de los habituales lectores de Rokambol dio conmigo a través de un banner que a su vez redirige a mi página como guionista. Allí leyó el texto de El sketch y quiso editarlo en una nueva aventura editorial que surge desde Castellón (La Máquina que hace Ping). Vamos, que él tenía la intención de que se publicase y yo no me opuse. 

    -Es el segundo libro que publica sin tener intención de hacerlo.
    -Algo así. El primero, el de las historias de Rokambol, también me lo propusieron. Casualidades de la vida. Y buenos amigos. 

    -¿Cuántos se han impreso de este último?
    -1.000. Este hombre es muy atrevido y lo quiere distribuir en el mercado anglosajón y en Sudamérica. De ahí lo de que el libro esté en castellano y en inglés, empezando por cada una de sus caras.

    -Fue ese atrevimiento el que le llevó a lograr el prólogo de Palin.
    -Ese mismo. Lo intentó con John Cleese, pero se ha convertido en un tipo muy inaccesible. En esas estaba cuando, con una maniobra, un regate más bien, llegó hasta Palin.

    -Como guionista, ¿qué ha supuesto la obra de Monty Python entre sus influencias?
    -Son un ejemplo magnífico. He disfrutado mucho con ellos incluso antes de ser guionista. Y sigo siéndolo. Pese a serlo, digo. Son geniales.

    -Qué tiene el sketch que lo hace tan complejo.
    -Es una pieza particular, muy cortita. Necesita un gancho muy fuerte al principio, otro al medio y uno más al final. Y eso es todo, porque no da tiempo para más. 

    -El libro sirve también para relajar las posiciones con las ideas más estrictas en torno a su escritura. Por ejemplo, en torno a la presión que hay por encontrar un buen “remate” al texto.
    -Hay que romper con la idea del remate. Es una idea muy rígida y es una de las losas que tenemos los guionistas, siempre preocupados con ese remate. El libro también trata de desmontar la idea de la exageración y estas cosas del sketch.

    -Hemos hablado de Monty Python como referencia, ¿pero en España, cuáles son esas referencias?
    -Muchas. Hemos tenido muchos programas que han estado muy bien. Para mí, El Terrat siempre ha sido una referencia. Si hablamos de programas, Homo Sapiens o Polonia. Ambos son ejemplos muy evidentes. O Vaya semanita.

    -En todos hay una importante carga de actualidad. ¿Es un recurso de éxito?
    -No es el único. El absurdo o la cotidianidad también son recursos muy buenos.

    -En los próximos meses o años [con total seguridad, este mismo siglo] se reabrirá la televisión pública valenciana. ¿Espera que haya programas de sketches de partida?
    -Sería fantástico. Es necesario en cualquier televisión de servicio público. Después de tantos años de oscuridad, harían falta buenos programas de sketches de humor para divertirnos. 

    -¿Programas de sketches en los que se pueda nombrar a los políticos del momento?
    -Sería conveniente e higiénico. Es incluso bueno para ellos, si lo quieren ver. Porque pueden corregir su política. O lo que sea. Pueden corregir hasta su manera de andar. Todo.

    -La conversación se ha alargado porque soy incapaz de encontrarle un remate. ¿Me ayuda?
    -Es que así, en directo, a contrapelo…

    -¿Podríamos rematar dejando aquí sus datos de contratación? Creo que ha sabido cómo venderse.
    -No, gracias. No hace falta. Pero, vamos, que escribiendo para Autoindefinits teníamos prohibido hacer nada en torno a personajes como Rita Barberá. Incluso, más adelante, nos dejaron claro que nada de mujeres gorditas con vestidos rojos y la permanente. Ahora me gustaría hacer cosas del tipo madurito que va en bicicleta. 

    -Esta respuesta le pertenece a una pregunta anterior. Igualmente, creo que servirá como remate.
    -Sí, lo siento. Cuando no soy el que escribe siempre me sale el texto algo torcido.

  • La radio según Tolentino

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El colectivo periodístico tiene fama de mirarse el ombligo. Con las herramientas de la comunicación a su alcance, de mirarse el ombligo y retransmitirlo. Esta realidad empírica choca con su paradoja más interesante: por más que el espectador se haya acostumbrado a que le hablen de las exigencias y problemas del asunto, hay pocos oficios más desconocidos por la sociedad que el de periodista. Basta con describir su rutina y objetivos cotidianos para que el más pintado se encoja de hombros y conteste referenciando cualquier modelo de masas. A menudo, televisivo. A menudo, un referente de la opinión y no de la información.

    Es curioso que un grupo profesional tan empeñado en darle vueltas a sus cuestiones ante la opinión pública sea tan poco considerado socialmente. Más allá de encuestas periódicas, basta con fotografiar su precariedad laboral. En la presentación de Disculpen que les hable de la radio(Ediciones Canibaal y 8 y medio, 2017), Javier Tolentino aseguró que esa precariedad se deriva de la necesidad por parte del poder econonómico de que los periodistas “no sean libres” y distinguió que, aunque es cierto que los periodistas resulten aparentemente prescindibles, “la independencia está muy bien valorada por el ciudadano. Hoy en día desconfía de la prensa y no es para menos”.

    La editorial valenciana tras la revista Canibaal y embarcada ahora en la publicación de ensayos convenció al periodista este libro. Tolentino, que en 1982 se empeñó en hacer sus prácticas universitarias en Radio 3, ha estado ligado a Radio Nacional de España desde entonces. Director de programas en Radio 1, Radio 5, Radio Exterior y la propia Radio 3, empezó a recoger apuntes para este libro hace ahora 20 años, cuando era profesor de Teoría y Técnica de los Géneros Informativos. Unas anotaciones que sirvieron de punto de partida, pero que apenas han llegado al volumen ahora a la venta que el autor ‘promete’, “no es un manual. El objetivo no es dar lecciones”.

    La lectura de Disculpen que les hable de la radio le da la razón a medias. Aunque formalmente se puede aceptar que no sea un manual, donde las anotaciones al pie sirven a menudo para rescatar importantes nombres de la historia de la radio y la cultura y situarlos en el contexto, lo cierto es que el libro sí tiene el pulso de una lección sobre el oficio. Por ese motivo, sus 250 páginas son una herramienta viva para el periodista de cualquier edad y especialmente vinculado al medio radio. A lo largo de su lectura, Tolentino defiende los géneros con el bagaje de haberlos elaborado en los 80, 90 y a partir de Internet. Un análisis de los géneros con ejemplos en el que muestra su defensa por la información frente a la opinión y a la vez exige la belleza en el lenguaje frente a la parquedad de un posicionamiento supuestamente objetivo.

    En esa lectura de la radio a partir de los géneros, Tolentino muestra su filia por el reportaje y la radio documental, sus precauciones de artesano para la entrevista (“el género estrella”), sus reservas ante la posibilidad de una opinión independiente y su aversión por el magacín al que ya solo le busca un epitafio. Distingue el lenguaje como la herramienta de mayor valía en la construcción de los contenidos y pone en el centro de todo ello –y, curiosamente- también del libro- al guión. Como hizo durante su presentación en La Nau de la Universitat de València, es crítico y abunda en el tipo de empresas informativas que imperan en el entorno editorial. Tolentino da su opinión –aquí sí- sobre una radio independiente en el contexto digital, el ejemplo de Radio 3 desde su punto de vista actual y el alegato periodístico como cierre.

    El punto de vista de Tolentino (actualmente director de El séptimo vicio de Radio 3) prevalece sobre todas las frecuencias de la radio en su relato. Los estudios que ha transitado, los cursos que ha completado, los incontables “maestros” a los que ha conocido y con los que ha trabajado, y, en definitiva, la radio que más le ha interesado se impone en cada uno de los capítulos, en todas sus opiniones. Es un punto de vista enriquecido, no obstante, con tres décadas y media atravesando géneros, compartiendo estudios y siendo público aventajado de las radios en España y en el mundo (de las que da algunas referencias especialmente atractivas).

    La defensa razonada una radio pública e independiente, sea cuál sea el origen de su financiación, sea cuál sea su contexto tecnológico de emisión, acumula argumentos de la mano de un profesional que toma partido desde la acción, sin postulados teóricos. Es la radio según Tolentino, por tomar como referencia el título de una entrevista (El cine según Hitchcock) que el mismo destaca como referencia. Esa es la principal aportación junto a una entrevista epílogo a Eduardo Sotillos, director fundamental de RNE en su particular desde la Dictadura hasta posiciones tan libertarias y establecidas como Radio 3 o Radio 3. Una entrevista no exenta de “morbo”, según el autor, en la que se distinguen enfoques distintos sobre la dirección de cadenas y programas y que sirven para asomarse –con no pocas distancias desde el presente- a una toma de decisiones tan decisiva como adscrita a su tiempo.

  • Silvia Herreros de Tejada: “En el siglo XXI nos creemos muy feministas y a lo mejor no lo somos tanto”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Sir James Matthew Barrie es uno de los autores que mayor afición a la lectura ha generado desde que escribiera el inmortal personaje de Peter Pan. También es uno de los casos más paradigmáticos de autoría soterrada bajo la creación de una sola obra, uno de los primeros literatos bajo el foco de las crónicas de sociedad y con la pesada losa de la fama agotando una carrera que explotó cuando apenas rondaba los 40. Silvia Hereros de Tejada, una de las mayores investigadoras en torno a su vida y textos, acaba de publicar su primera novela, precisamente, en torno a los 40. Una novela que, en dos de sus personajes, que combina una pareja en el pasado -el propio Barrie y Cynthia- y otra en el presente -David y Moira- enfrentándose a esa figura psicológica establecida y recurrente desde los 80: el Síndrome de Peter Pan.

    La mano izquierda de Peter Pan (Espasa, 2017) es una bio-ficción que gira ante la imposibilidad de que la sociedad acepte a la mujer con el Síndrome de Peter Pan. Una mujer que, por motivos profesionales, por motivos personales, se enfrente a los 30, los 40 o cualquier otra edad, negando su envejecimiento, tratando de estar tan activa y en la misma posición ante el mundo que cuando era joven. El hombre, tanto en la literatura como en cualquier otra disciplina narrativa, no solo ha poseído esta posibilidad, sino que ha encontrado la justificación para aceptar el abandono de la familia, la huida hacia delante, ese anhelado y hasta estético volver a empezar. No obstante, avanzado el siglo XXI, con el relato feminista más presente que nunca en las artes y en los medios, ¿por qué seguimos sintiendo rechazo a que la mujer tenga esa derecho?.

    Herreros de Tejada recibió una beca para su estancia e investigación en UCLA y en Yale, universidad en la que trabajó en torno al archivo personal de J. M. Barrie. Allí descubrió a Lady Cynthia Asquith, una secretaria y personaje poco o nada estudiado, pero fundamental para comprender la vida del autor después del éxito mundial de Peter Pan. Pese a que ésta es la primer incursión de la española en la ficción literaria (licenciada en Filología Inglesa, máster en Literatura Comparada y doctora en Estudios Fílmicos), su influencia en la biografía hasta ahora conocida en torno a Barrie podría trascender un trabajo que, independientemente, aborda con una prosa muy actual ámbitos como la competitividad en el ámbito académico, el éxito y su influencia en el desarrollo profesional o las relaciones de pareja en torno a las letras.

    -La novela gira en torno a la posibilidad a la mujer con el Síndrome de Peter Pan y la reacción negativa de la sociedad. A partir de la creación de los personajes de Cynthia y de Moira, a partir de tu propia percepción, ¿hemos avanzado mucho entre el inicio del siglo XX y el XXI?
    -«Yo creo que estamos en algún punto intermedio sin haber alcanzado ese lugar. Para nada. El Síndrome de Peter Pan ahora se llama adultescencia, pero cuando se acuñó en los 80 se llamaba así y tenía anidado el de Wendy para las mujeres. El que mola es el de Peter Pan. El de Wendy es el que habla de las mujeres que tratan a sus parejas como si fueran sus madres. En ningún momento a lo largo del siglo se le concede a la mujer la oportunidad de la eterna juventud. La crisis de los 40 se ha reflejado en innumerables ocasiones en el cine. Por ejemplo, Kevin Spacey en American Beauty (Sam Mendes, 1999). Sin embargo, cuando en la vida real vemos a una mujer que puede tener ese Síndrome de Peter Pan, todavía sentimos rechazo. La sociedad lo siente. La sociedad no está acostumbrada y estamos empezando ahora, desde hace 10 años, a hablar claramente de este tema».

    -Es una novela con una fuerte carga feminista. ¿Lo buscabas?
    -«Me ha salido una novela muy feminista sin yo quererlo. En ningún momento pensé en hacer una reivindicación sobre el papel de la mujer. Sé que está en la novela y es como si hubiera descubierto que soy feminista a los 40 años [ríe]. A mitad de la novela, trabajando los personajes de Cynthia y Moira, me di cuenta de que en el siglo XXI nos creemos muy feministas y a lo mejor no lo somos tanto. Y lo digo porque todas esas mujeres que tenemos el Síndrome de Peter Pan, como yo, no nos encajamos bien en la sociedad, seguimos sin aceptarlo y entendiendo que lo que haga el hombre en la pareja, en la empresa, o en las univerisdades, en todas partes, lo que haga él, es lo es más importante. Pues no siempre, claro». 

    -Después de 15 años de trabajo académico en torno a J. M. Barrie, ¿por qué esta bio-ficción en torno al personaje?
    -«Es una necesidad personal y, sinceramente, es un personajazo. Después de las adaptaciones al teatro, una tesis, un ensayo… de repente, sentí la necesidad de escribir mi propia versión de Peter Pan en novela».

    -¿Has sentido la presión de ser una estudiosa del autor manejando un material sensible para fans y para académicos?
    -«Sí. De hecho, el mayor halago que me han hecho es que la novela está poco documentada, pero tuve mucho pudor con la parte de la novela de personajes que sí han existido. Con Barrie además hay mucha polémica sobre su identidad sexual, sobre sus hipótesis como pederasta, que mi versión es que no lo es, o sobre si era homófobo… Sobre la relación con Cynthia… es un amor extraño [ríe]».

    -El personaje que se revela ante los cientos de miles de seguidores de Peter Pan es el de Cynthia. ¿Cuánto ha incorporado la autora a su biografía y cuánto ha encontrado entre los archivos del autor para componer a este personaje?
    -«Había material real, pero había muchos espacios en blanco. Mucha gente me pregunta qué me he inventado y es un personaje tan fascinante… Para los conocedores de la vida de Barrie hay una figura de mujer por encima de todo, que es Sylvia Llewelyn Davies, la madre de los famosos niños Llewelyn Davies que inspiran la obra. Ella representaba el icono victoriano de la madre perfecta, la esposa perfecta, la mujer buena y dulce, dedicada por completo a su marido y a sus hijos… Cynthia es la femme fatale. Ella ya se ocupó de borrar sus rastros en la vida de Barrie. Es decir, yo que he tenido acceso a todas las cartas del autor, puedo leer todas sus cartas a Cynthia, pero ninguna en la otra dirección».

    -¿No existen?
    -«No. Ella las quemó».

    -¿Y qué se sabe de ella a través del archivo de Barrie? ¿Cuál es el rol determinante de esta secretaria aristócrata en su vida adulta?
    -«Ella encargó a una amiga suya que editara las cartas de Barrie para publicarlas. Esas cartas que yo he estudiado tenían marcas en lápiz con la palabra “omitir”. Cada vez que en esas cartas hay un gesto personal o demasiado íntimo, una mano ajena ha puesto esa palabra».

    -Hasta tu novela, ¿quién es Cynthia en la biogafía de Barrie?
    -«Es una gran desconocida en la vida de Barrie. Y a los fans les parece una bruja, porque no tiene relación con ese universo de niños al que se le adscribe».

    -¿Como escritora, apoyarte en su personaje ha servido para dinamizarte la historia? ¿Hubiera sido más difícil poner a Barrie como eje de la acción?
    -«Hubiera sido imposible. Mi salvación ha sido el personaje de Cynthia. Escribir una novela sobre Barrie es imposible, porque le conozco tanto que… hubiera sido muy complicado. Cynthia me ofreció otra perspectiva y me regaló mucha libertad creativa. Pero sí, tuve muchas crisis por abordar la vida de alguien que sí ha existido». 

    -Es uno de los primeros escritores mundialmente conocidos, con éxito y la condición de millonario. ¿Cómo le afectó todo esto a J.M. Barrie?
    -«Era un tío famosísimo en su época. El primer escritor que se ha considerado millonario, porque sus obras de teatro se representaban todos los años en Navidades en todas las ciudades inglesas y en un montón de sitios en Estados Unidos. Le encantaba tener una secretaria que fuera aristócrata, salir en las crónicas de sociedad… le ponía mucho el rollo burgués, su relación con la realeza [que la tuvo], pero el personaje se lo comió por completo. El lado luminoso es que él pudo ascender. Pudo adoptar a unos niños que pertenecían a la alta burguesía inglesa, pero no pudo escribir nada que le interesara a nadie como Peter Pan. Tuvo esta gran frustración».

    -Y, en torno a esa edad adulta más sombría, aparece Cynthia. ¿Qué papel ocupó ella?
    -«Le dejó todo a ella en el testamento, cuando podría haberlo hecho con esos niños. Esto fue súper polémico en las crónicas de sociedad. No conseguía escribir nada y la mujer que le acompañaba era Cynthia. Era esa figura en la sombra. Por todas esas razones, tuvo mucho que ver en su obra posterior a Peter Pan. Algunas se evidencian en Mary Rose, una novela posterior que es un trasunto de Peter Pan en mujer».

    -Ella también era escritora. ¿Por qué no trascendió su obra?
    -«Ella, por sí misma, no era una gran escritora. Tuvo algún pequeño éxito que tampoco trascendió porque no le dedicó tiempo ni fue su ocupación. No estaba muy preocupada por ello. Barrie le hizo un regalo de amor que fue donarle todo su archivo a su muerte y eso es todo un gesto. No obstante, a mí ella me interesa mucho como femme fatale. Es manipuladora, ambiciosa, con el prestigio de quedarse con su legado… Y esto, a partir de la novela y para mi sorpresa, he de decir, que genera problemas de empatía. Estoy encontrándome con mujeres que no encajan el valor del personaje».

    -Una reacción que habría que estudiar… También es una relación entre escritores, como con la segunda pareja situada en la actualidad. ¿Por qué te interesó escribir en torno a las relaciones entre estudiosos y literatos?
    -«Cuando pensé esta novela, la idea original, el amor solo estaba entre Barrie y Cynthia, pero durante mi investigación una amiga me preguntó por mi trabajo durante tres meses en una biblioteca en Yale. Mi madre también preguntaba y todos se preguntaban por mi pareja que se había quedado en España. Es decir, que también interesaba toda esa relación de amor en torno a la literatura y a lo que nos sucede a los que estamos en ese ámbito. De ahí surgió esta segunda parte comedia con unas gotas de sitcom. Los que hacemos estas cosas de biblioteca, sí, tenemos muchas fantasías».

    -Una de las ideas más interesantes de la novela es esa explosión que se produce entre los personajes cuando, en la edad adulta, con sus vidas más o menos establecidas, se conocen y se reconocen en torno a una misma inquietud. Parece algo inevitable, casi natural que, dada esta conexión, suceda ‘algo’ entre ellos.
    -«Yo me reflejo en el personaje de David, el profesor español, que, claro, a nadie le parece importante aquí. En Estados Unidos me recibieron como una eminencia, con una gran beca. Ahí se crea una dicotomía extraña, porque estás en Yale, investigando algo que es tan pequeño que… comprendes que si alguien tiene relación con eso, conecta mucho conmigo. Tú puedes estar casado con alguien que no entienda que dedique 15 años a Barrie. Sin embargo, conoces a alguien que entiende lo que haces y es casi natural que tengas un affaire. Estar en una biblioteca tres meses es estar en un mundo paralelo y encontrar a alguien en ese mundo es algo muy potente».

    -Es tu primera novela. ¿Te has sentido cómoda en el contexto de la bio-ficción?
    -«Me encanta la bio-ficción y el trabajo de David Lodge en este género. Para mi siguiente novela estoy pensando algo parecido con una escritora también muy desconocida».

    -¿Es también tu punto y final en torno a Barrie?
    -«Creo que sí. Esto ha culminado mi etapa con Barrie de alguna manera. Y creo que no existo sin Barrie ni Peter Pan, después de 15 años, pero necesitaba cerrar esta etapa con algo bello. Mi ensayo, que recibió algún premio muy importante, no lo leyó nadie. Por eso tenía esa necesidad de llevarlo a la ficción. Una novela en la que, además, hablo de mi y de mi relación con el autor».

    -Cada vez parece mejor aceptada la realidad de que la obra de Barrie en torno a Peter Pan es sombría. Hasta siniestra. Como estudiosa, ¿cómo encajas la lectura de Barrie y Peter Pan a través de Hollywood?
    -«La imagen de Barrie en Descrubiendo nunca jamás (Marc Foster, 2004) es repugnante. Pese a que es cierto que hay una imagen cada vez más siniestra, Hollywood insiste en la idea edulcorada. De hecho, acaban de poner en marcha un musical. Yo creo que no se presta a esa visión, porque el Capitán Garfio es un pirata que mata niños, para empezar. Es algo que no entiendo, pero, bueno, supongo que es una idea de que la fe infantil puede conectar con esa idea de que los sueños se cumplen. Es esa idea de cree en tus sueños y se cumplirán, que es tan falsa. Es la idea a la que le da vueltas Disney».

  • La fórmula para ‘Amar’: confianza, tiempo y resiliencia

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El orden en el que se suceden las cosas en el amor tiene algo que ver con el éxito: la fórmula es, por suerte y por desgracia, desconocida. Por muchos millones que se inviertan en la producción de una película, por estelar que sea el casting, por buena que sea la recepción de la crítica, la fórmula exacta por la cual se accede a la cima está llena de posibilidades del todo desconocidas. Lo mismo sucede en el amor: por toda o nula que sea la predisposición, por importante o nimia que sea la primera impresión, por joven o mayor que a uno le arrolle el fenómeno, la fórmula exacta por la que el amor sucede es del todo impredecible.

    Sin embargo, hay tres ingredientes que en distintas proporciones alteran el efecto y los resultados del acontecimiento: confianza, tiempo y resiliencia. El debut de Esteban Crespo con un largometraje, Amar, se estrena este viernes y es un ejercicio de sinceridad con la persona que fuimos en la primera de esas grandes colisiones. De ahí que la terna de elementos se apodere por completo de la película en un ejercicio de honestidad por parte de su director con el ritmo e intensidad a la que suceden las cosas en ese lugar al que jamás se regresa de la misma manera.

    Crespo, Premio Goya al Mejor Cortometraje de Ficción en 2013 por Aquel no era yo (con el que fue nominado a los Oscar del siguiente curso), despliega en su primera película una serie de virtudes más robustas que prometedoras. Amar se conecta en su metraje y algunos de sus aspectos técnicos con los tres ingredientes: invita al espectador a recuperar la confianza de una conexión sensorial quizá entumecida tras el paso de los casos; le exige tiempo porque amar así, tal y como lo hacen Laura y Carlos, reclama completa dedicación. Puede que tanta como nunca se vuelve a ofrecer; y, por último, resiliencia porque el amor no es precisamente una cápsula capaz de cerrarse herméticamente.

    Amar redunda en la valía de su historia. Que Crespo hubiera estirado el relato hacia una convención capaz de ser aupada por Mediaset o Atresmedia, que se hubiera rendido a los cánones más autorales sin respetar el espacio para esos tres elementos, hubiera sido lo esperable. Y es posible que si la película no hubiera exigido confianza, tiempo y capacidad de resiliencia al espectador habría satisfecho cualquier comparativa. Esa es una de las sensaciones, aunque a veces, por distintos motivos, esa duda sobre la toma de decisiones del cineasta puede llevar a creer que la producción no ha gozado del tiempo suficiente para redondear su guión, para encontrar otras salidas, para ahondar en temáticas sociales de mayor compromiso… 

    De lo que no cabe duda es de la cara y la cruz en el casting del film. Apoyar una película en los hombros de dos actores de corta (el) y nula (ella) experiencia y que su trabajo se convierta en uno de sus elementos más sólidos de la cinta es algo más que complejo. Gracias a una complicidad y una química a estudiar en el caso de la dirección de actores y en la elección de los mismos, María Pedraza (licenciada por el Real Conservatorio Profesional De Danza Mariemma, modeloe It Girl) y Pol Monen (actor de formación) se adjudican una notable carta de presentación como protagonistas. En el resto del reparto, con la excepción de Natalia Tena en un crescendo de contención con final explosivo, la aportación es desigual. 

    Por último, entre los aspectos técnicos destaca la manera en que se relacionan la luz y el sonido con las premisas de dirección. La fidelidad a la forma está también en la fotografía, en el trabajo con los silencios o en la medida aparición de su corta banda sonora, con la imponente aparición de ‘Get Free‘ de Major Lazer. Entre los aspectos que vinculan a la película con su parte de la producción valenciana (Filmeu y las ayudas del Institut Valencià de Cultura/CulturArts), el relato visual de la ciudad, aunque no explícito, es interesante. El Palau de la Generalitat se abre al film, aunque son todavía más sugestivas las escenas de calle o la utilización del entorno del Alto Horno nº2 del Port de Sagunt.

  • Qué demolemos con Arabesco

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La nostalgia es uno de los alimentos menos saludables para la memoria. Su infinita capacidad para deformar lo sucedido y las endorfinas que se liberan al aceptar que cualquier tiempo pasado fue mejor la convierten en grasa saturada para la Historia. La juventud de los 80 y los 90 en València lucha contra ese tejido adiposo en el que se ha convertido el relato en torno a las discotecas. Un fenómeno sin nombre definido, pero atiborrado de etiquetas (y pegatinas). Un movimiento al que le caben sin el menor criterio ni criba los atrevimientos musicales de Juan Santamaria en Oggi o Carlos Simó en Barraca, el interiorismo de Dúplex, las artes performativas de Putre Plastics, los conciertos de Nick Cave en Arena o Nina Hagen en Isla, los parkings de N.O.D. o Heaven, y hasta la autarquía sonora de Arabesco hasta Rockola. Todo vale para los que les vale todo. 

    La estatura cultural, la importancia de las cosas, para convertirse en debate, para quien tiene esa necesidad de fijar su influencia, necesita de un ejercicio de lectura comparada. La nostalgia cabalga justo en la dirección contraria a la lectura comparada de los hechos. Los datos, los nombres y las fechas se alteran según a cada cual le acomode mejor el recuerdo y, por si fuera poco, los recuerdos hace tiempo que pasaron a ser un ejercicio de periodismo-ciudadano-ficción en Twitter y Facebook. El último de los casos de estudio es el que se ha derivado del inicio de la demolición de Arabesco. Una obra civil que ha liberado todo tipo de relatos durante los últimos días en torno a la Ruta sin apellido, el ocio nocturno (y vespertino) y la juventud valenciana de los 90. 

    Arabesco («a ver qué pesco», según la tradición oral) cerró hace más de una década. Fue una discoteca surgida al calor de la masificación y con vocación y capacidad para las masas. La edificación tan anacrónica como memorable ocupó el lugar que cada uno de los miles de perfiles en cualquier red social ha dicho que ocupó, porque la noticia, lo relevante, tiene poco que ver con el relato musical de lo vivido: la discoteca destino de l’Horta Sud se convertirá en un hipermercado y un restaurante de fast food. De esta manera el palacete arabesco (tener por nombre un adjetivo podría haber sido uno de sus mayores riesgos conceptuales) seguirá la senda de Puzzle, Arena o los cines Oeste, Iberia o Martí: convertirse -o intentarlo- en un referente del consumo de aceite de palma. 

    El mismo suceso, trasladado a la ciudad, podría equipararse a la sustitución en superficie y sótano del cine Serrano por un Zara o del Eslava por un Druni, ambos en Passeig Russafa. Los cines, las salas de conciertos o las discotecas se convirtieron en una necesidad para los que soportaron la imposibilidad de expresarse con libertad durante los 60 y 70. Una necesidad que apretaba como la sed. Así y allí surgieron, aunque alcanzaron su multiplicación durante la década de los 80 para desaparecer en la homogeneidad de los 90. Una necesidad que ha sido sustituida -y es el tuit que he echado en falta, el post en Facebook más allá del cantar de gesta generacional- por comprar envasados, por vestirse a la moda; por recetas de prime time, por Instagram stories.

    Y no es imprescindible bajar al detalle para entender que la gente de aquellas décadas también comía, se vestía y, con toda intencionalidad, mantenía el apetito por consumir una vida más allá de las necesidades fisiológicas: alimentarse, cubrirse, ¿perpetuar la especie? Un lento regreso a la caverna retransmitido online y que tiene sus garantías de fracaso donde casi siempre: el undeground que, como entonces, mantiene la tensión, la misma ansiedad por explorar y autodefinirse sin prejuicios ni herencias. En su caso, más allá de las fronteras rotas del comercio global. O sea: más aquí. Un underground perceptible en la ciudad, cada vez más vivo y por supuesto alejado de todo aquello que la Administración apoya y los medios acertamos a capturar.

    La demolición de Arabesco puede servir para tomarse un minuto y reflexionar. Todos. Los de entonces y los de ahora. Los de antes y los de en medio. Cada vez que un icono desaparece -por kitsch que este sea-, tenemos esa oportunidad. Y es sano aprovecharla. No hicimos lo mismo siempre y es algo que, como sociedad, seguro, nos pesa. Qué demolimos cuando bombardeamos el Palau del Real para defendernos de los franceses. Qué se quemó cuando -a coste de la Guerra Civil- un incendio acabó con los frescos de los Santos Juanes. De qué nos privamos cuando se retiró el pabellón sobre el mar del Balneario de Las Arenas o de qué nos alejamos cuando deshicimos la reforma de la Plaza del Ayuntamiento de Goerlich. Y con otras tantas demoliciones… ¿qué? Ahora, ¿qué demolemos con Arabesco? 

  • Polock: “Si hemos llegado hasta aquí es para hacer lo que nos dé la gana”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    A finales de este año se cumplirá una década del iniciático Polock EP. El frenético punto de partida de la banda de rock valenciana contagiaría su primer álbum, Getting Down from the Trees (Mushroom Pillow, 2010), con el que acaba de conectarse tanto tiempo después su último y recién estrenado disco: Magnetic Overload (Sony, 2017). «Ha pasado media vida», comenta Papu Sebastián en esta conversación al reflexionar qué ha sido del grupo durante este tiempo que ha encontrado en esta última colección de canciones una versión madura, sosegada, mucho más sugerente y propia que aquel arranque. 

    Esta primera década, estos tres primeros discos publicados en tres continentes, les han granjeado vivencias y conciertos en Estados Unidos, Japón y buena parte de Europa. También las dos primeras bajas en la alineación titular que se había mantenido desde aquel 2007. Sin Alberto Rodilla ni Sebas Benavente, Pablo Silva, Marc Llinares y Papu Sebastián han sacado adelante un álbum que parece haber liberado sus ideas del foco de presión y las expectativas generadas durante los primeros años de formación. Un álbum que les ha servido para fichar por Sony, del que ya han extraído una retahíla de vídeos a partir de sus canciones y que presentarán en festivales hasta el final de verano. 

    A partir de septiembre, el disco tendrá su oportunidad como grower (esos álbumes que encuentran a su público definitivo con los meses y las escuchas) en las salas de concierto del Estado. Para entonces la nueva formación se habrá asentado sobre los escenarios, pero también algunas de las ideas que les sitúan tras el punto de inflexión que se intuye tras las respuestas durante esta conversación. Una resituación que, de puertas hacia dentro, no ha afectado a los cimientos. El local de ensayo en la huerta de Alboraia ha pasado de lugar de encuentro a base de operaciones y nombres como Fernando Boix [productor], Alberto Díaz [técnico de sonido en directo] o Carla Fuentes [arte del disco y promoción] han mantenido la fidelidad y progresión junto al proceso.

    -Empezamos por una foto fija de estos más de 10 años. La banda ha pasado de cinco a tres miembros. ¿Qué ha sucedido?
     -Papu: “Whats Going On? [bromea y hace un silencio prolongado antes de responder]. En estos 10 años ha pasado… media vida, esa es la sensación. Este disco se empezó a gestar ya entre los tres. Estábamos en otra sintonía, predispuestos a trabajar en estas canciones, en esta onda que queríamos conseguir. Cada uno también, después de 10 años, se pone en la balanza y ve la situación. Ve lo que aporta o deja de aportar, lo que está sucediendo con la evolución del grupo… Creo que ha sido una separación de lo más natural. Se veía venir. También está en relación con las expectativas y con el desgaste incluso personal. Es positivo renovarse siempre, a no ser que te vaya increíblemente bien… Las cosas se apagan de forma natural si no hay cambios».

    -Ya que mencionas las expectativas, ¿el cambio está relacionado con la falta de un éxito mayor? El EP y vuestros dos primeros discos eran propuestas muy sólidas, pero quizá no se han reflejado en una base de trabajo estable para la banda.
     -Pablo: “Desde luego, si hubiéramos estado de gira continua con el segundo disco no se hubiera descolgado gente. No ha sido el caso. Ha habido mucho tiempo intermedio, mucho tiempo para venir al local, mucho impás…”

    -¿El cambio os ha servido para estimularos, para reactivar el proyecto?
     -Pablo: “Totalmente. Hemos tenido la sensación de poder replantear las bases y hacerlo muy bien a partir de los tres, que estamos muy en sintonía”.

    -Papu: “Este ‘empezar de nuevo’ ha sido muy motivante. Incluso por grabar el disco los tres solos, cosa que no habíamos hecho antes. Ha tenido mucho que ver esa posibilidad de estar en el local de ensayo 24 horas si hacía falta días, semanas, meses…”.

    -Si pensáis en estos primeros 10 años, ¿con qué os quedáis?
     -Pablo: “Con todo lo que hemos viajado, porque de otra manera hubiera sido imposible. Esa experiencia ya es la hostia independientemente. También en el aspecto técnico de crecimiento; ahora afrontamos las grabaciones de una manera mucho más clara. Antes se hacía casi buscando la fórmula y ahora sabemos cómo hacerlo”.

    -Marc: “Ahora llegamos a la grabación sabiendo lo que queremos. Ahorramos tiempo y desgaste”.

    -Y, en este momento, de repente, una major. ¿Cómo surge el fichaje por Sony?
     -Papu: “Fue muy motivante porque ya estábamos los tres, era el principio de esta nueva etapa y no teníamos discográfica. El dinero que nos quedaba lo invertimos en grabar tres canciones [‘Roll the Dice’, ‘Out of the Blue’ y una tercera no incluida en el álbum] y eso es lo que le llegó a Sony. Les gustó mucho y tuvimos un par de reuniones en Madrid. Empezamos a conocernos, a hablar de lo que queríamos hacer y así surgió. Lo más curioso es que, en mitad de todo ese proceso, nos contaron que habían estado pensando en ficharnos cuando actuamos en el MTV Winter [2009]. Conversaciones en Sony mientras nosotros, claro, estábamos en València sin enterarnos de nada”.

    -¿Qué le aporta una ‘multi’ a un grupo como el vuestro en pleno 2017?
     -Papu: “Polock hace exactamente lo mismo que hacía antes en el sentido creativo: hacemos los temas que queremos, elegimos el orden, dónde grabarlo, dónde masterizar, qué videoclips hacer… lo que cambia es que detrás de todo ello hay un equipo potente. Ahora nos costean los videoclips o video lyrics, que aunque no sea una gran cifra, es importante. Hay una persona dedicada a la parte web, otra que lleva todo el tema del merchandising desde la producción, una persona que se ha encargado del proceso del vinilo que por fin con este disco hemos podido sacar…”

    -Es una relación a distancia. A lo largo de vuestra carrera hemos sabido que teníais planes para estableceros en Madrid e incluso fuera de España… pero aquí seguís. ¿Por qué? ¿Es más difícil estar en la industria desde València?
     -Pablo: “Es más difícil desde aquí. Más difícil para moverte, tener reuniones, que te muevan, que surjan cosas… Y es más fácil porque tenemos un local de puta madre. Venimos y estamos muy a gusto”.

    -Papu: “Lo único bueno de València, de hecho, es esta comodidad. Al menos no hay tantísima oferta cultural como en una gran capital, pero el local… este espacio sería imposible. En Madrid supondría coger un tren hora y media de ida y hora y media de vuelta y pagar 600 o 700 euros al mes. Pero, claro, no nos engañamos: estar aquí no es estar ‘ahí’. València puede ser un buen sitio para épocas de grabación, pero cuando sacas un disco debes estar allí”.

    -Pero estáis aquí…
     
    -Marc: “En Madrid está la discográfica, el management y la posibilidad de estar en la calle, en conversaciones, provocar conversaciones…”

    Papu: “Madrid es el espacio que más conocemos, que está cerca. Con Rising Up si que nos planteamos irnos a vivir a Berlín. Algunos en la banda no lo veían tan claro y el grupo se acabó olvidando de la idea”.

    -Es una decisión práctica y algo romántica, como la idea de seguir apostando por el formato álbum. ¿Qué opináis sobre perpetuar ese sistema?
     -Papu: “Nos gusta el rollo álbum, pensar en el vinilo… ahora es cierto que ha cambiado todo. Creo que tampoco tiene mucho sentido esperar un grupo para 10 canciones tal y como nosotros lo hacemos. Creo que es más interesante grabar un EP con cuatro temas, otro más tarde y al final hacer un recopilatorio con ello”.

    Pablo: “Sí, pero al final somos muy románticos con eso. Nos llama la atención el otro modelo, pero nos puede más la idea de hacer un álbum”.

    Papu: “Y que parece que si sacas un EP no es tan destacable”.

    Pablo: “Para los medios… No te reseñan igual una canción o un EP que un álbum”.

    -En lo que también mostráis empeño es en manteneros próximos al rock, pese a que en la escena estatal el peso de los 80 y las exigencias biorrítmicas de los festivales han calado profundamente. ¿Lo veis así?
     -Papu: “La sonoridad de los 80 no es que nos vuele la cabeza, precisamente. Los veo más fríos; cajas de ritmo más bestias, la entrada de lo digital, reverbs… Con nuestra música creo que buscamos justo lo contrario. Estamos totalmente en los 70”.

    -Pablo: “Pero en una revisión de los 70. Por ejemplo, nos gusta Foxygen que pueden estar en esa dinámica. Son otras estructuras, otro punto de vista, aunque estemos mirándonos en los 70”.

    -Lo que sí parece evidente es que Rising Up se ha quedado algo aislado entre vuestro primer y tercer disco. ¿Cómo veis vosotros esa evolución musical de Polock?
     –Magnetic Overload está más conectado al primer disco. No son exactamente esos beats frenéticos. Entonces, éramos más jóvenes, no habíamos reposado tanto las ideas y el primer álbum era… más efusivo. Sin embargo, Rising Up es un rompecabezas. Un puzzle imposible… muy bien hecho, pero lleno de ideas y más ideas. Este disco es mucho más directo, mucho más rock, mucho más próximo a Getting Down From the Trees”.

    -¿Con qué discos sentisteis más presión, con Rising Up o con Magnetic Overlaoad?
     -Pablo: “Sin duda, con el segundo. Existe una presión ahora, también, claro, pero este… era distinto. Ha sido creado con mucha ilusión”.

    Papu: “El grupo estaba más unido en este disco que en Rising Up. Este es un disco gestado aquí, en el local, entre los tres, mientras que Rising Up está lleno de ideas de distinto momentos, llegadas de otra forma. En este disco hay temas que han salido de corrido, que se han compuesto por completo en tres días. Por eso tengo la sensación de que es más rock”.

    -¿Y qué sucedió con Rising Up?
     -Pablo: “Rising Up no tuvo el apoyo de la discográfica que debía haber tenido. Salió de aquella manera…. A los seis meses tuvo un repunte porque salió en el Fifa [FIFA 2015, videojuego simulador de fútbol]. Y entonces tuvo la gente tuvo la oportunidad de escucharlo, pero muestra que se llegó tarde y que no se apoyó como debería. Si al público no le das la oportunidad de que te escuche es imposible esperar mucho”.

    -Si fuisteis conscientes de lo sucedido, ¿qué os planteasteis para no repetir los mismos errores? Además de que ya no tuvierais relación contractual con Mushroom Pillow.
     -Papu: “Con los anteriores discos era más loco el trabajo. Estábamos meses con las canciones. En este, antes de empezar, volviendo a casa en coche, nos pusimos unas reglas para ser más efectivos a la hora de grabar y encontrar una cohesión. Unas normas para encontrar un concepto y cumplir con ello. Las reglas eran muchas, pero básicamente, queríamos una mayor presencia de guitarras y menos teclados; menos melodías en número, pero más directas, menos guitarras de funk, más riffs…”

    Pablo: “En el primero había más riffs, pero en el segundo se nos perdían los riffs entre capas. Metíamos cuatro arreglos que molan sobre un riff que ni se entiende. Desde antes de grabar este último disco queríamos que hubiera melodías ‘importantes’ en las canciones”.

    -Y más setentero, posiblemente…
     -Papu: “Es cierto que todos los grupos españoles estaban haciendo algo mucho más ‘moderno’: más cajas de ritmos, muchos más teclados… nosotros queríamos y hemos hecho todo lo contrario. Más duro, más crudo todo, también. Hemos hecho lo que hemos querido y hemos sentido menos presión o una presión distinta, supongo”.

    Pablo: “Al final, si hemos llegado hasta aquí es para hacer lo que nos de la gana”

    Papu: “Si Polock ha llegado hasta aquí tiene mucho que ver con una voluntad personal. Con tozudez, con sacrificio… una locura interna difícil de explicar”.

    -Si hay dos personas que se han convertido en habituales para entender vuestro sonido esas son Alberto Díaz [técnico de sonido en directo] y Fernando Boix. Os pregunto por este último: ¿qué os lleva a repetir experiencia de producción con él?
     -Marc: “Fernando nos ayuda a acabar muchas veces las cosas, a ver el final de la canción, a cerrar. Es capaz de hacer sonar las baterías o las voces justo como las quieres dejar”.

    -Papu: “Es un productor que te acoge, ve tus canciones y las lleva donde tú quieres. Creo que también es importante el equipo con el que cuenta y nosotros somos de llevar ya las canciones terminadas al 98%. Si unes todo eso, a nosotros nos ayuda a cerrar las canciones especialmente tanto en baterías como en voz, porque casi todas las guitarras y teclados salen grabados de aquí”.

    -En los tres discos, quizá especialmente en los dos últimos, la temática sexual está presente en las letras. ¿Qué te gusta encontrar en esas ideas?
     -Papu: “Sí, me mola la verdad… Es una temática que siempre me parece divertida de afrontar en las letras. Tiene muchos lados, le puedes dar muchísimas vueltas y no hablar de amor como siempre. Tiene muchas más lecturas. Me gusta hablar también de relaciones en la noche, más allá de lo físico, de la hipocresía en la noche, de cómo nos comportamos de noche que siempre tiene un punto… de falsedad”.

    -Pablo: “El carácter de las canciones en Magnetic Overload le va muy bien. Son algo más letras y la subjetividad que te da la música es mucho más sexy, más elegante”.

    -Decía Javier Krahe, que obviamente viene al caso de nada, que los grupos españoles que cantan en inglés no le hacen especial caso a las letras. ¿Cómo ha evolucionado tu trabajo en torno a ello?
     -Papu: “Pues ha evolucionado mucho. Desde el primer EP… casi buscaba las canciones como soluciones. ¿Aquí qué?, pues… tangerinesunicorns. Me gusta mucho cómo funcionó esa inmediatez. Me gusta no hablar de cualquier cosa en una canción ahora, pensarlo especialmente y con temas que inevitablemente son más maduros porque no tengo 20 años; tengo 30. Era un disco más juvenil, pero igualmente le tengo estima».

    -En Rising Up le dedicasteis una canción a David Hockney y en Magnetic Overload a Ennio Morricone. Las dos, tituladas con sus propios apellidos. ¿Cuáles son las influencias no musicales de Polock y de qué artes surgen?
     -Papu: “Con Morricone estaba claro. Nos salió esa introducción y ya la grabamos así. La fuimos ampliando, dándole vueltas a la historia y buscábamos que una canción que tuviera ese toque western. No podía tener un nombre más potente que ‘Morricone’ porque era lo que nos había salido. Además, últimamente he estado relacionando mucho la serie Narcos con la canción de Sébastien Tellier ‘League Chicanos’. Creo que de ahí pueden salir cosas, pero me gusta mucho como aborda la letra y las ideas en torno a ese asunto. Me gusta mucho la temática de la gente que cruza la frontera… esa idea. De pelis, compartimos muchas, como Buffalo 66 de Vicent Gallo que tiene una canción muy influida en Rising Up”.

    Pablo: “Por ejemplo, los videoclips de ‘Everlasting’ y ‘Oh I Love You’ son referencias a películas de Martin Scorsese [Toro Salvaje y El cabo del miedo]. Son todos los recursos cinematográficos de los 70 y principios de los 80, metidos perfectos, en el sitio, haciendo mucha alusión a esas sensaciones”.

    Papu: “El video lyric de ‘Morricone’ parte de una escena de El graduado (Mike Nichols, 1967). Lo cierto es que siempre estamos relacionando las canciones con vídeos o con ideas visuales. Mucho más con el mundo cinematográfico que con la pintura, por ejemplo”.

  • Marcos Morau: «Cuando hay una ovación, desconfío de ella»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El nombre de Marcos Morau figura desde hace años como uno de los referentes artísticos salidos de la Comunitat. Nació un 9 d’Octubre en Ontinyent, pueblo en el que abunda en esta conversación y al que le otorga buena parte de su identidad, igual que a su familia y a todo lo que sucedió en torno a su infancia y a una educación católica en un colegio sin niñas. Apenas unos años después de aquellas vivencias, en 2005, funda La Veronal, una compañía de danza contemporánea que es referente en el mundo. Con ella y por su cuenta ha trabajado para la Compañía Nacional de Danza, el Ballet de Rotterdam, el Skånes Dansteater sueco, el Royal Danish Theatre, el Théâtre National de Chaillot de París, la Biennale di Venezia y demás instituciones artísticas de Corea del Sur a Estados Unidos, entre otros tantos países. La lista de ovaciones -en las que no cree- no guarda una proporcionalidad directa con su edad: 34 años.

    Premio Nacional de Danza en 2013, el trabajo de Morau ha ido acompañado de reconocimientos -a nivel estatal e internacional- desde su inicio: se licenció con la máxima calificación y ya obtuvo el premio extraordinario en el Institut del Teatre de Barcelona. Antes pasó siete años en València, ciudad a la que se siente vinculado y en la que cursó estudios en el Conservatorio Superior de Danza. Incluyendo otro periplo como alumno del Movement Research de Nueva York, su formación en fotografía o dramaturgia le aproxima a la definición con la que más cómodo se encuentra: director de escena. El cine, la literatura y, por supuesto, la escenografía, están presentes en una obra para la que el onteniense y sus bailarines han creado un lenguaje propio (Kova) que les ha permitido tener una voz y un lugar propios en un ecosistema artístico frágil: el actual. 

    -Obras como Voronia [representada recientemente en Valènciahacen intuir que no es algo descabellado pensar en un salto de dirección a otras disciplinas artísticas. ¿Veremos a Marcos Morau haciendo ópera o cine?
     -Sí… El hecho de que yo no sea bailarín me acerca a la escena de una manera particular y, de hecho, me considero más un director de escena que un coreógrafo. Si es cierto que el movimiento me seduce y me obsesiona, pero para mí lo más importante sigue siendo la escena. Lo que más me estimula es ver cómo la música, las acciones o el color se mezclan en el escenario. Ese resultado es más poderoso que el lenguaje de la danza en sí. Desde La Veronal siempre hemos percibido que a la gente de la danza le gustamos, pero yo estoy igual de interesado en el resto del público. Los bailarines siempre miran la danza con su propia lupa, pero a mí me interesan otras lupas, las del público que se pregunta por qué esto, cómo aquello… esto me influye. Me gusta mucho ver qué se hace en ópera y me gustaría… de hecho tenemos proyectos donde nos vamos a encaminar a esta dirección. En Voronia hay muchos pasajes robados al mundo de la ópera, ya he trabajado con orquesta, banda, director musical en directo… Así que el siguiente paso es tocar ese mundo de la ópera, con ese público que es tan complicado porque combina todo ese conservadurismo con directores que rompen con ello. Eso es lo que a mí me interesa. Hemos tenido la suerte de que programadores y compañías que nos han visto lo han percibido como dices y pronto, en un par de años, veremos resultados. Veremos también si me gusta, si he de volver a la danza… Y luego en el cine, igual. Siento que he de probarme a mí mismo ahí.

    -Hablar de Morau o de La Veronal es hablar de Kova, ese lenguaje que os permite codificar y avanzar con una identidad propia. Después de tantos montajes, también parece como si el público lo esperase a la vez que explotáis sus límites. ¿Puede convertirse Kova en un arma de doble filo para vuestra progresión?
     -Sí. Soy víctima de mi propio lenguaje. De alguna forma luchamos contra ello constantemente; no quiero repetirme y es habitual que estemos ensayando y diciendo, ‘no, que esto ya lo hemos hecho’, ‘no, que en tal obra ya llegamos a esta conclusión’. También veo como hay compañías que han utilizado el lenguaje, que ha generado una tendencia y las tendencias son peligrosas. Los estilos te encorsetan y Veronal se asocia Kova. Es bonito desde el punto de vista de que cada proyecto tenga un sello propio, pero… es una pregunta muy oportuna. El lenguaje ha de evolucionar igual que lo hace el lenguaje que estamos usando en esta conversación. Con Kova soy consciente de que es una herramienta que nos puede llegar a destruir. Estamos buscando constantemente el cambio para que no suceda.

    «APELO A UN ESPECTADOR MUY DESPIERTO»

    -Tiene que ver también con el tipo de público de la danza. Es un público que espera una serie de cosas… [interrumpe].
     -Bueno, no sé si va a ir por ahí la pregunta, pero el público de la danza es el más conservador.

    -La sensación con una parte del público de la danza, con el público profesional de la danza, es que busca decodificar lo que se le muestra. Más incluso que, por ejemplo, el del audiovisual. Las conversaciones tras una obra de danza se centran en destripar el código utilizado. ¿Cómo ves tú a ese público?
    -Podemos mirar por ejemplo también qué sucede con la danza clásica. Si vamos a la ópera, que ya he comentado antes su conservadurismo, vemos que la oferta alternativa es la danza clásica. Eso dice mucho de ambas. Yo respeto mucho a la danza clásica porque me parece como una posibilidad de asomarse a los vestigios del pasado. Es muy compleja, tiene todo un ritual y es para unos pocos: unos pocos la pueden bailar y unos pocos la pueden ver. La danza contemporánea es hacer otra cosa. Tiene que hablar de nuestro tiempo. Solo creo en un arte que hable del hoy. Y es cierto lo que dices de que los que vienen al espectáculo no son, en general, los mejores espectadores porque tenemos todos la necesidad de encasillar e identificar. Tenemos esa mirada analítica constante que no nos permite disfrutar igual de las cosas. Por eso mis obras son como son porque no busco que el espectador se centre en una sola coordenada. Yo apelo a un espectador muy despierto. Hay un concepto muy academicista que habla del equilibrio en escena; yo desconfío de eso. En el arte contemporáneo hay que jugar a desaprender. Yo juego a ser muy incisivo con el movimiento, sí, pero lo desubico en la escena, lo llevo a lugares distintos de una manera constante. Y no creo en la audiencia. Cuando hay una ovación, desconfío de ella. No me creo cuando hay una ovación en el Teatro Principal. No me creo que todo el teatro tenga la misma vivencia. A veces en la compañía hemos comentado que el hecho de tener un teatro lleno ya es un éxito asegurado porque, como público, ya te sientes un privilegiado por estar allí. Pero cuando eso se interpreta como un ‘estáis de moda’. ¿Qué moda? Eso de las modas me aterroriza. ¿Qué significa? No sé lo que son las modas en la danza contemporánea.

     -Lo has mencionado de pasada, pero es parte de vuestra marca: mantenéis al espectador multiestimulado.
     -Me gusta el espectador multestimulado porque es como me gusta que me traten a mí cuando estoy ‘bajo’. Me gusta que se abran muchas compuertas con rapidez. Con Voronia, por ejemplo, ahora que la ha visto la gente en València me dicen que la ven crítptica. ¡Yo la veo súper clara! Los creadores tenemos ese miedo a clarificar todo en nuestra mente. Con lo no usado en Voronia del proceso de investigación podría haber hecho 10 piezas más. Es una destilación de proceso largo, pero eso no es lo que más me interesa. Desde los 80 hasta la actualidad se le ha dado mucha importancia al proceso de cara al espectador. Se le ha hecho muy partícipe al público del proyecto y mi percepción es todo eso le da igual. Parece que no esté bien visto mostrar exclusivamente el trabajo final. Por supuesto que hay un trabajo importante con mis bailarines, pero…

    -Es posible que esa idea de mostrar el proceso tenga que ver con los miedos del creador. 
     -El miedo existe. Claro que existe. Somos frágiles. gente muy insegura. Los bailarines y yo creemos en algo que no existía. Eso en lo que trabajamos, ese material, es una pieza que no existía, que ha nacido de ti. El bailarín tiene ese arte vivo que es tan frágil, tan efímero y mostrar el proceso, a veces, es como para demostrar que hay un trabajo de fondo. Yo pienso que la utilidad del arte es maravillosamente porque no sirve para cruzar un río o para salvar una vida, sirve para algo más, para traducir nuestro mundo, para permanecer, está relacionado con su momento, bebe de su momento y de sus códigos… Creo que el proceso se ha idealizado mucho. También es cierto que estoy harto de ver trabajos donde no ha habido proceso. Trabajos que proponen preguntas sin respuesta, trabajos de respuestas sin pregunta… más bien esto último [ríe].

     -¿Cuál es el camino de la danza contemporánea en este momento?
     -Hemos llegado a un punto en el que es muy difícil hacer algo que no se haya hecho antes. Si consideramos que todo se ha inventado, que ya hemos matado a alguien en el escenario, como diría el gran Romeo Castelucci… el camino es ‘mezclar cosas’. Si ya hemos hecho escena con alguien que se saca sangre, mientras otro la fríe y al lado alguien hace un solo, si ya hemos visto a gente bailando techno con faldas de danza española, nos queda un poco eso, mezclar realidades para obtener nuevas realidades. Todo el mundo buscamos esa tercera lectura. Esa nueva lectura.

    -¿Y qué lugar ocupa La Veronal en la danza contemporánea mundial?
     -Hay gente que trabaja especialmente el cuerpo, otros en los que ves que lo más importante es el concepto, otros trabajan con la palabra o el discurso… a mí me dicen que no pertenecemos a ninguno de esos grupos. Supongo que tiene que ver con que no sea bailarín y por de ahí mi afinidad al mundo del cine que hace que esté presente. También que en mi casa haya existido una pasión por la música o que mi abuelo fuera fotógrafo… Veronal es la mezcla de muchas cosas. Nos reímos mucho cuando en la compañía decimos ‘esto no es Veronal’, ‘esto es muy Veronal’. Nos reímos porque no sabemos lo que es. Es una búsqueda constante y poliédrica. Veronal es una sustancia, un antidepresivo. Por eso nos sale a menudo la idea de decir ‘le falta Veronal, ‘tiene Veronal’… Si tuviera que definir lo que somos diría que solo jugamos a hacer de esas crisis de identidad una virtud. Y se vive muy mal ahí. El momento en el que se empiezan a tomar decisiones en esa crisis… es muy duro. Luego llega al espectador y siente que cada bailarín está moviéndose con libertad, pero no; se han tomado decisiones, todo está fijado.

    -¿Cómo ha evolucionado tu relación con los bailarines?
     -Para mí es fundamental conocerles personalmente. No su vida privada, pero sí saber cómo piensan, qué esperan de ellos mismos, de los procesos… pierdo mucho tiempo ahí. Cuando una compañía me invita a hacer una dirección, me puedo pasar dos semanas haciendo ejercicios de práctica en torno a una idea… entrando en crisis con ellos. Cuando tengo una visión clara del bailarín, de quién es, ya es fácil. Con mis bailarines de La Veronal es un poco distinto, porque son amigos. Sí, tengo amigos más íntimos, pero a los bailarines de La Veronal… conozco a sus padres, conozco a sus familias, tenemos una relación.

    -Una relación personal potente, pero estáis trabajando. ¿Cómo es esa convivencia del crecimiento creativo?
     -Trabajar con Lorena [Nogal] tiene momentos de gran belleza. Nos vemos creciendo el uno al otro, evolucionando en el camino y llegando cada vez más lejos, pero también con momentos de frustración. A veces nos decimos, ‘qué te puedo aportar yo a ti, porque a estas alturas ya te he visto en todos los ángulos del cubo’. Usar a favor esta complicidad, este autoconocimiento, es lo más difícil. Pensar cosas nuevas, en relación con el cuerpo o con la escena, es lo más difícil. A mí no me gusta darle ropa vieja a Lorena. Yo quiero darle ropa nueva siempre y para eso me he de ir fuera a hacer cosas y ella también. Salir un tiempo y luego volver a trabajar juntos. Es bueno tener esa relación de tanta confianza. Cuando tienes esa relación tan intensa, todo te afecta de otra manera.

    -¿Cómo se gestiona esa emocionalidad?
     -Somos muy cómplices. Antes de salir a cada espectáculo nos miramos como si fuese la primera vez: ‘venga, Lorena, fuerte ahí’… no somos una secta, pero nos damos un abrazo antes de salir. Ese emocionalidad también tiene mucha importancia cuando yo sé que uno de ellos no está para ensayar. Por eso necesito conocerles. Soy una persona muy empática, pero con mis bailarines mucho más. Tengo la obligación de ir por delante y saber lo que necesitan. Es la forma de relacionarnos, de saber que ‘están conmigo’. La palabra jerarquía asusta, pero es imprescindible que alguien asuma esa cara de liderazgo. También por la toma de decisiones de la que antes te hablaba.

    -Esta conversación sucede durante tus vacaciones, después de dos o tres años sin descanso. ¿Cómo las planteas? ¿Qué haces en un periodo así?
     -En mi mente está que estreno obras en septiembre, diciembre y mayo del próximo año. Estrenos en Gales, China y España. Para mí, teniendo eso en mente, las vacaciones significan que no estoy en el aula ensayando con la compañía… y ya está [ríe]. Las vacaciones son expansión. Es estar con la familia, con los amigos y llenarme. No puedo irme tres semanas a Los Angeles a hacer de turista porque ya sé que no es real. Estaré todo el tiempo despierto diciendo, ‘hostia, esta música’, ‘hostia, este color’. ‘Pico y pala’ no tengo hasta julio. Tenemos espectáculos de gira, pero eso no es ‘pico y pala’ para mí. Vengo de dos años sin parón y no puedo dejar que haya creación sin estímulo. Había entrado en un bucle. No puedo hacer de Woody Allen. Si una creación al año es heavy, hacer siete o cinco como he llegado a hacer… ¡es una locura! Este año haré dos piezas cortas y el año que viene una grande con la compañía. Quiero combinar ese tipo de ritmos.

    -En el sentido más práctico, ¿qué estás haciendo estos días?
     -Bueno, nadie sabe lo guay que es levantarme en mi casa de Ontinyent, estar con mi perro, venir a València a quedar con gente que quieres ver, pasear por la ciudad… es un momento muy expansivo, lleno de sensaciones. Cuando estás en ese periodo de casa al estudio del estudio a la oficina… tienes astigmatismo, hipermetropía y miopía todo a la vez. Por eso las vacaciones las afronto así, llenándome de todo.

    -Has mencionado antes tus raíces. ¿Hasta qué punto está presente Ontinyent en tu obra?
     -Esto lo comento mucho con Pablo [Gisbert, dramaturgo de la compañía de origen valenciano El Conde de Torrefiel, asentada en Barcelona y con actividad internacional. Miembro de La Veronal]. Con él compartí muchas cosas de la infancia… lo que se gesta hasta los 12 años, más o menos, que va a acompañarte siempre. Soy una mezcla de muchas cosas de Ontinyent. Una educación católica muy fuerte, en un colegio de solo hombres donde yo siempre era un poco ‘el especial’… el especial en mi entorno, el especial en casa. Mis padres me han marcado mucho, por supuesto. Soy de una familia trabajadora y desde pequeño he tenido que autoabastecerme en muchos sentidos. Soy el pequeño de tres hermanos y hay mucho de ello en mi vida, en mi trabajo. Mucho de intentar demostrarme a mí mismo ante los demás. Mis hermanos tienen 11 y 10 años más que yo, así que soy de otra generación y me veo como constantemente diciendo ‘eh, que estoy aquí’.

    -Un cambio generacional y social, que también es de donde parte Gisbert.
    -Totalmente. Con Pablo lo hablo mucho: los 90 eran muy heavys. Era el fin del siglo, el coleo de la Movida… Hay una cosa que decimos mucho y es que los 90 eran lo más. La felicidad y que todo daba un poco igual. Y encima valencianos, que nosotros mismos, en Barcelona, tenemos un descojono con el tema… me siento muy identificado con la idea de montar el sarao de València, con mezclarlo todo, con esa idea de hacer playbacks, fiestas de final de curso, de organizar cualquier movida… No sé si un poco fallero en sentido figurado. Es algo así como vivir el caos con mucha intensidad, por eso me siento tan valenciano y odio los nacionalismos.

    -Y Ontinyent…
     -Sí. Un pueblo grande, con pretensiones de ciudad, o una ciudad… hay algo de todo eso en mi. Es un pueblo con dos escuelas de danza que tienen casi 1.000 alumnos. Ontinyent es un hábitat muy particular y en mi casa ha habido una gimnasta, de un club que ha sido campeón de España en su momento. Ontinyent no es cualquier cosa para mí. Con toda su identidad, sus Moros y Cristianos y una forma de vivir que no he visto en ninguna otra parte del mundo. Seguramente esas sensaciones que tengo con la gente de allí existan en su forma en Xàtiva o Alcoi o las grandes ciudades que nos rodean, pero son una serie de sensaciones muy claras que llevo todo el tiempo conmigo. Y que mi madre siempre quisiera ser artista…

    «NO ES CASUALIDAD QUE SOL PICÓ, NACHO DUATO O MARÍA MUÑOZ DE MALPELO O YO O MUCHOS OTROS SEAMOS VALENCIANOS… Y NO VIVAMOS AQUÍ»

    -Antes has hablado de tu abuelo fotógrafo o de la pasión por la música en tu casa. ¿Qué hay de todo eso en ti?
     -Mucho. Todo. Recuerdo lo que era venir de pequeño a la Pirámide Musical de Nuevo Centro. Nos encanta Ontinyent, pero también puede asfixiar. Mi madre decía ‘anem a pegar una volteta’, que era venir a València. València en sí ha sido también muy importante. He vivido siete años aquí. Luego se me quedó pequeña y ahora siento que Barcelona se queda pequeña. No es una cuestión de tamaño, es que el perro siempre sale a mear por las mismas esquinas [ríe].

    -¿Cómo interpreta tu obra tu familia?
     -Mis hermanos, por ejemplo… uno es bombero y el otro trabaja en una empresa textil. Vienen a ver las obras y es como si bajaran de una nave espacial. Me fascina hablar después con ellos. Ayer comí con ellos y estábamos hablando de Voronia, de la charla posterior a la obra… me pregunta, ‘¿tú por qué tienes que dar explicaciones de todo eso?’, o me dicen, ‘¿de dónde salen todas esas ideas?’.

    -Ya que has mencionado a València. ¿Cómo se ve la actividad cultural de la ciudad desde fuera?
     -Es la gran pregunta, ¿no? Es que no quiero dar la misma respuesta de siempre [se queda en silencio casi medio minuto]. Es que no quiero dar la respuesta de siempre, que tengo la sensación de tener ya un chip construido. Mira, es una ciudad llena de talento…

     -Eso se dice siempre, pero también es una ciudad con una población amplia incluyendo su área metropolitana o la provincia. ¿No es una cuestión proporcional?
     -No, no. Te entiendo, pero creo que no. Hay más que en otras, proporcionalmente. Mira… [vuelve a quedarse en silencio un tiempo]. No es casualidad que Sol Picó, Nacho Duato o María Muñoz de Mal Pelo o yo o muchos otros seamos valencianos… y no vivamos aquí. Premios Nacionales de Danza todos, todos valencianos… Cataluña no puede decir lo mismo, aunque sí puede decir que es más justa con sus artistas, que les da mucho espacio. Es sintomático. Hay mucha envidia en este mundo, pero eso también lo veo en Barcelona. La danza es un arte muy pobre y tiene poca ayuda, mientras que la sociedad dancística no ha sido capaz de ponerse de acuerdo. Tengo una sensación constante del ‘dónde está mi parte del pastel’ y esto, con el paso de los años, acaba enturbiando el agua. De València veo que con ese paso del tiempo hay gente con mucho talento en modo off, gente sin talento on fire y gente que ni fu ni fa haciendo ni fu ni fa. València necesita que nos pongamos de acuerdo. Que nos pongamos de acuerdo con Dansa València, con la plataforma que queremos construir entre todos.

    -La situación actual ya es postcambio de Gobierno.
     -Afortunada o desafortunadamente ha habido un cambio de Gobierno y en el caso de la danza ha habido una persona que ha sido señalada como la culpable de todo [Inmacualda Gil-Lázaro]. Pues bien, habrá que aprovechar ese cambio, esa energía. Somos muchos bailarines y coreógrafos y ahora más que nunca hace falta que nos pongamos de acuerdo. Lo digo porque estoy muy harto de las esquinas y de las envidias. Mi sensación es la necesidad, ahora, de sentarse a hablarlo. Creo que es el gran momento. A título individual siempre he dicho, ‘piensa en grande y llegarás a algo grande’. Hay que pensar en grande y juntos. ¿De qué le sirve a València que haya figuras que despunten mucho si esas personas tienen la sensación de estar manchadas aquí precisamente por haber triunfado? [Hace otro largo silencio] Y que con este clima es muy difícil estar en una sala ensayando todo el día, que no estamos en el norte de Suecia.

    -O estar ocho horas tocando el piano… parece políticamente incorrecto hacer alusión a ello desde el ámbito profesional.
     -Somos muy agradecidos socialmente con nuestro clima. Bueno, debemos aprovecharlo, tenerlo en cuenta y construir sin negar algo tan evidente.

    -Ya que has hecho menciones directas, ¿tienes la sensación de que como sociedad sí tenemos un defecto claro a la hora de reconocer a los que nos preceden?
     -Mira, cuando yo llegué a la escuela aquí en València, acababa de llegar Vicente Sáez [bailarín y coreógrafo ilicitano]. Venía ya como de bajada, de hacer giras internacionales, de ser una persona importante, pero venía de bajada, con el tacón pelao de sacar mierda y proyectos adelante. Pues algunos compañeros mayores que yo, porque yo empecé muy joven, tenían la sensación de que lo habían colocado. Yo no tenía ningún prejuicio y si pienso en lo que nos enseñaba…. pienso, qué viejo todo lo que hacíamos, pero era igual de importante. Sí, menospreciamos mucho. Tenemos la tendencia a pensar, si no ha llegado a ningún sitio, si no se le ha dado la voz suficiente… nosotros enseguida nos vemos como los reyes del mambo. En 20 o 30 años estaremos ahí y nadie es profeta en su tierra. Sé que si Duato no se hubiera ido de València no sería Nacho Duato. Es la sensación contraria de lo que sucede en Francia, donde si eres francés, ya, de entrada, serás bueno, tendrás algo que decir… eso piensan allí mismo. El ejemplo aquí es al revés. Aquí si eres valenciano, tendrás que demostrarlo mucho y ‘ya veremos si me sirve’. Yo sé que si no me llego a ir a Barcelona, estaría aquí, yendo a taquill. Ahora, también te digo, ahora mismo, los más guais, me parece, son los que no se van. Lo hablo con mis compañeros aquí, que salga bien o mal lo intentan desde dentro. Me gusta mucho eso. Ahora mismo lo veo así.

  • Taburete: entre el morbo calmo y el relevo generacional

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Taburete, un grupo de pop latino, espíritu festivo y querencias mexicanas, agotó las 2.500 entradas del Auditori de Burjassot el pasado sábado. Apenas 18 meses después de haber publicado un primer disco autoeditado (Tres tequilas) y cuatro de su segundo LP (Dr. Charas), este quinteto de veinteañeros ha enlazado «una joda» tras otra con directos que en este mismo periodo suman la escalofriante cifra de 30.000 tickets vendidos en España. Vendidos, con todas sus letras, porque ni hacen conciertos gratuitos ni participan en festivales. La estrategia y la cuenta, que ha puesto nerviosa a una parte de la industria discográfica española de la que han rechazado ya varias ofertas -hablaremos de todo ello más adelante-, no se puede desligar de un efecto llamada entre el morbo y la necesidad de pertenencia de cualquier grupo juvenil. Sus ingredientes tienen nombre, pero sobre todo apellidos: el cantante, compositor e impulsor de la banda es Guillermo Bárcenas, hijo del extesorero del PP Luis Bárcenas, y su primer socio en el asunto es el guitarra -antes bajista- Antón Carreño, nieto de Gerardo Díaz Ferrán.

    Y sí, aunque la premisa natural para una crónica sería la de aislar la convivencia de los citados progenitores en el presidio de Soto del Real de lo que está sucediendo, esta cadena de sold out tras sold out (en Madrid, hace unos días, casi 15.000 personas), tiene un origen que no cabe obviar. Los primeros en no hacerlo han sido sus protagonistas. Ni Guillermo ni Antón han ocultado que el efecto llamada de la prensa les ha beneficiado. El primero sitúa el principio de este fenómeno en la presión mediática en torno a la familia por la cual decidió poner «tierra de por medio» y marcharse a Chile. Con apenas 20 años y el impacto de los SMS del actual presidente del Gobierno atronando sobre su existencia, ‘Willy’ -sobrenombre que sus fans gritan hasta la afonía en cada receso del directo- compuso una serie de canciones postadolescentes, llenas de hedonismo y encofradas en estructuras pop elementales. Canciones que beben en el peor y el mejor sentido de su tierna edad y que sitúan sus inquietudes o pensamientos personales en las antípodas de la implicación política o social.

    Flashes para el desconcierto: los minutos previos

    El origen de esta banda está conectado a esa historia, pero también su evolución, porque los círculos que provocan que Guillermo dé con Antón en un colegio mayor de Barcelona tienen todo que ver con los grupos de jóvenes que se van adscribiendo al movimiento: en el concierto de Burjassot se vieron camisetas, sudaderas y hasta alguna pulsera de colegios, institutos y hasta universidades privadas de la ciudad de València y su entorno. Un paso más allá: padres en el perímetro de la masa, conectados también entre sí como los tutores del evento, entre una nube de pijos. Pijos, sí, pero esta vez, en este 2017, muy alejados de sentirse acomplejados de ser quién son, haber nacido en según qué casas y estar (híper)relacionados entre sí. Pijos no como una elite, sino como una masa llena de niveles que en su casilla más excesiva se identifica como el Compando PAM: Comando Pijos a Muerte, del que ya supimos de su fanatismo por Taburete en esta crónica en Papelde El Mundo, y de los que el pasado uno de abril, aquí mismo, vimos dos camisetas -bajo el suéter cruzado, «estilo arquero», convertido en símbolo de identificación generacional- y escuchamos algún cántico.

    En un concierto de Taburete los cánticos tienen su papel integrador más allá de las canciones. Antes del primer bis, por ejemplo, a cuento de nada, se cantó el himno regional valenciano del maestro Serrano. Otro cántico, este justo antes de empezar el espectáculo, levantaba alguna mirada gélida entre los citados tutores perimetrales -y también entre algún joven asistente-: un chico de poco más de veinte años, con los brazos abiertos de par en par y ligeramente elevados, en esa posición en la que canta cualquier hincha futbolero, decía: «¡Willy, valiente, tu padre es inocente!». Llegados a este punto, huelga decir que a poco más de un kilómetro de distancia, el Partido Popular de la Comunitat Valenciana acababa de concluir la primera jornada de su XIV Congreso. La coincidencia en el espacio tiempo hizo que este diario consultara en los últimos días sobre la voluntad de miembros o próximos de Nuevas Generaciones del grupo por asistir al concierto: la negativa era contundente. Al fin y al cabo, ¿quién se jugaría su procelosa carrera política por asistir a un concierto del hijo de Bárcenas?

    A falta de unos pocos minutos para que el grupo saltara al escenario, se apagaba la música del telonero del asunto, que lejos de ser una banda más joven y de influencias similares resultó ser un dj de EDM: Brian van Andel, valenciano de orígenes holandeses que convirtió la previa en una sesión con cierta dureza festivalera y concesiones pop para el final de su show. El momento Medusa-Arenal Sound-Marenostrum sirvió para atisbar el karaoke que se avecinaba: apenas dos o tres frases cantadas en un inglés más que perfilado y que se interrumpieron con gran revuelo y el público girado hacia las escalinatas del modesto VIP. Todos gritaban y miraban, señalaban y se hacían fotos en aquella dirección. Algunos, incluso, se encaramaron al vallado para hacerse la foto con alguien: era Marta Carriedo. ¿Les suena? Youtuberinstagramer… quizá sí o quizá no, según lo próximos que estén al círculo de Taburete. Cuesta creer que si quien hubiera entrado en el VIP fuera cualquier actriz española de cine -absolutamente cualquiera- el revuelo hubiera sido similar.

    Este fue el setlist de Taburete en València

    Pieles perfectas pese a la pubertad, sonrisas como de anuncio de dentífrico, tantos gintonics como cervezas, el sabor de alguno de esos primeros pitillos en la vida o el buen olor de cada cuidada cabellera -zarandeada con el conservadurismo de saber que siempre quedan selfies por hacer- se agolpaban contra el escenario. A las 21 horas, con la misma puntualidad del jueves en Murcia o el viernes en Alicante (salas con 1.000 personas de aforo, todo vendido), Taburete saltaba al escenario. Antón lo hacía unos 20 o 30 segundos después que el resto de sus 10 compañeros. Cantaría más tarde ‘Ella’, una de las canciones más coreadas del set acústico, pero de momento ya encajaba su primer momento de gloria. Ni comparación con la ovación a Guillermo, otros tantos segundos después de su partner, abarcando el escenario con una serie de gestos de arquero y una naranja en la mano, agitada a modo de shaker, para acabar gritando un «¡Viva Valencia!» en perfecto castellano. A partir de ese momento, con el público en el bolsillo y contra la tranquilidad de su joven repertorio -mucho más parado que su directo- este fue el setlist del concierto:

    1. Intro a México DF
    2. México DF
    3. My name is Taburete
    4. Al alba
    5. Luna
    6. Kaiserlautern
    7. Las últimas flores
    8. Es gratis (versión de Arnau Griso)
    9. El pato
    10. Dr. Charas
    11. El viaje
    12. Ella
    13. Hijos del soul
    14. Dos tequilas
    15. Blue Rihanna
    16. El toro y la luna
    17. Mariposas
    18. El rey del contrabando
    19. Johnny Pistolas
    20. Walter Palmeras
    21. Sirenas
    22. El Fin
    23. Amos del Piano Bar
    24. Caminito al Motel
    25. Duendes (¿?) y Sirenas
    26. Outro de México DF versión ska

    Y el concierto

    La producción en torno a Taburete hace prever que su perdurabilidad va a depender de cómo ellos sepan gestionar su propia juventud y este arreón de éxito. Produce Me, la empresa valenciana ahora con oficina en Madrid, es la encargada de gestionar la misma y también su booking. Son quienes están controlando una carrera vertiginosa, pero que todavía no tiene un hit transgeneracional. Sus canciones, musical y, sobre todo, textualmente, se agotan en un estrecho margen de edad. Y Taburete son el relevo más evidente de esos buques de esto mismo que fueron Hombres G y El Canto del Loco, pero con esa carencia de la que se les puede exculpar porque, merece la pena insistir en ello, hace apenas año y medio que lanzaron su primer disco autoeditado. 

    Y son ese relevo, pero de espaldas a una industria a la que -cómo estará el asunto- han dicho no en más de una ocasión, sabedores de ese mensaje que ha calado hasta las últimas consecuencias: si son dueños de su destino, lo son también de sus derechos y del rédito económico desde ya, a corto, a medio y a largo plazo. Con todo, con una base de fans como para pensar en grande, falta todavía lo más evidente: canciones que superen a su propio entorno, por masivo que este sea… mientras todos sean jóvenes. Taburete sabe mucho a Estopa, tiene esos dejes aflamencados casi porque sí, del ánimo festivo, del arráncate, y tiene alguna frase más deslenguada que cala pero que estilísticamente queda sepultada en oídos más maduros cada vez que resuelven estribillos o canciones de absoluto relleno con lololeos y feedbacks de perogrullo para con el público. A veces, cuando los vientos se incorporan con todo acierto, parece como si quisieran aproximarse a un verano tranquilo de La Pulquería, grupo valenciano que, pese a compartir repercusión y querencia mexicana, cuesta creer que hayan escuchado. Lo festivo, lo mexicano, lo latino bien entendido y cuando suena a un pop clásico, es algo así como un aceptable punto de partida.

    El concepto canallita, su visión de disfrute del éxito, plagada de alcohol y cigarros liados, atiborrada de un hedonismo en el que se sienten muy cómodos sus participantes, no contrasta con el aquelarre de camisas perfectamente planchadas. Es toda una sorpresa, quizá basada en el prejuicio Al grupo, por sus declaraciones, pero también por su propuesta, le preocupa crecer hacia más públicos, esos que tuvieron relación con los nombres arriba citados. Buena muestra de ello es que, nada tímidos a la hora de interpretar sus discos en directo, se rodean de seis músicos profesionales. Músicos que casi les doblan la edad en algún caso, pero a los que no ocultan entre sombras o detrás de los amplis (como, por cierto, hemos visto a hacer vergonzosamente en el pasado a tótems de lo supuestamente admirable como Placebo o Muse). Ese lado natural, el mismo que no les ha hecho ocultar el origen de esta historia, corre a su favor si saben gestionarlo. Esa ambición musical que se les intuye, sin salirse de un pop terriblemente accesible, no tiene todavía un repertorio que supere las canciones que surgen a guitarra colgada, tardes y noches de pitillos. Eso sí, con arreglos más acertados en Dr. Charas y en su directo.

    Cualquiera de sus carencias podría ser una pista para prever un fácil deterioro, pero es absurdo calibrar al grupo a partir de criterios situados en el pasado. Un grupo sin apoyo de una multinacional, pero ocupando el espacio de un público absolutamente masivo y juvenil (ya no hablamos del efecto Vetusta Morla). Un grupo que puede permanecer en el anonimato de las radios musicales sin que les pese. Un grupo independiente con grabaciones muy independientes y con sus propios medios de comunicación casi tan musculados como los de cualquier blogger de lifestyle invitada al VIP. Un grupo con nada que perder, ajeno al circuito de festivales, ajeno al circuito de conciertos gratuitos y ajeno a casi todo, menos a la capacidad de hacer conectar con sus canciones -profundamente simples- a un volumen de gente que no necesita nada más ni nada menos que lo que les ofrecen. Un grupo que es desde ya un caso de éxito y estudio en la generación de públicos, para el que lo quiera ver. Por todo ello, cuesta creer que el fenómeno pueda agotarse con la misma celeridad con la que ha llegado. Lo que es una absoluta incógnita es saber cómo va a crecer y en qué sentido.

  • Venga Monjas y el espectáculo escénico más asqueroso de España

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En la biografía de Venga Monjas de YouTube Xavi Daura y Esteban Navarro aseguran seguir siendo «dos niños mimados de Barcelona». 11 años después de haber abierto ese canal, 12 millones de reproducciones y 69.000 suscriptores más tarde, su webserie Da Suisa se ha convertido en la excusa definitiva para explorar la última frontera entre el humor y la expiación colectiva. Desde su primer vídeo y en cualquiera de sus cortometrajes, incluso en sus trabajos -más diluidos- para series como Museo Coconut o Retorno a Lilifor-, ese afán por encontrar placer en la incomodidad del espectador se ha dado la vuelta por completo con la versión en vivo de esta suerte de remake de los Simpsons en la que el guión es una improvisación junto al público. 

    La propuesta no es precisamente clandestina. Ellos mismos se promocionan asegurando que «el asco ha llegado a tu ciudad. El dúo cómico Venga Monjas vuelve con una nueva temporada de su show más apestoso: Da Suisa. La familia más asquerosa de internet vuelve a los escenarios presentando nuevos capítulos en primicia y paridas en vivo que provocarán las arcadas de mayores y pequeños». Aprovechamos el menú para conversar en torno a su momento profesional y a la histriónica propuesta que este sábado 25 de marzo estará en el Espai Rambleta

    -¿La intención con vuestro directo de Da Suisa es llevar al espectador al límite?
    Xavi Daura: «Es el espectador el que nos lleva al límite a nosotros».
    Esteban Navarro: «Son los que provocan todo. Nos sorprende las barbaridades que podemos a llegar a hacer en el escenario. O a decir».

    -Es decir, que la autocensura…
    Xavi Daura: «La marcan ellos, pero, visto lo visto, no tienen».

    -El humor se ha convertido con propuestas como la vuestra en algo terapéutico. ¿Es algo así como una forma de gritar contra a la corrección política?
    Xavi Daura: «Es totalmente así. Es liberador. Terapéutico es el término más adecuado. Da Suisa está funcionando porque nos demuestra que es posible ser un bárbaro en la vida. Que es posible liberarse desde lo más bruto, entre colegas, hacer el burro hasta límites insospechados». 

    -¿Sin límites?
    Xavi Daura: «No hay pretensión de ofender o de pasarse de la ralla. Es la naturaleza. Es lo que surge y lo que nos complace en ese momento. Lo que surge si no pones límites y, a veces, son situaciones muy jodidas».

    -¿Sin guión?
    Esteban Navarro: «El show se va formando espectáculo a espectáculo. Todo está super abierto. El público propone mucho, aunque haya números definidos».
    Xavi Daura: «El guión parte de algo así como una parodia de los Simpsons, de sus capítulos más famosos. Capítulos que nos sabemos de memoria porque somos más que fanáticos. Eso evoluciona a ideas muy raras, que en el caso de la webserie surgen durante el rodaje y en directo, sobre el escenario. Así que del guión podemos decir que sabemos cómo empieza, pero nunca cómo acaba».

    -Y, con esa premisa, de repente, os habéis convertido en algo así como rockstars, de gira, compartiendo escenario con amigos y haciendo el espectáculo que os da la gana. 
    Esteban Navarro: «Es una gozada lo de hacer carretera con amigos de toda la vida, preparar los CD’s para escuchar por el camino, comer en áreas de servicio, durmiendo en diferentes ciudades, que los chavales te escupan encima en los shows… joder, sí. Rockstars… pero rockstars no sé de que época.

    -¿El humor es el nuevo rock?
    Xavi Daura: «Sí, sí. Totalmente. Es el nuevo rock. Supongo que tiene que ver con la crisis en el mundo del entretenimiento. Las industrias empezaron a recortar a lo bestia. También la televisión que dejó de tener ese halo de glamour, que dejó de estar bien pagada. A la vez surge el entretenimiento en internet que tiene toda la libertad del mundo y al que se acaban sumando. 

    -¿Os sentís algo así como rockstars?
    Esteban Navarro: «Rockstars… sí. Es una gozada hacer carretera con tus amigos de toda la vida, preparar los CD’s de música para el camino, comer en áreas de servicio, dormir en diferentes ciudades, que los chavales te escupan encima en el espectáculo… no sé en qué época le escupían a los rockstars, pero si era así, sí».

    -¿Qué os viene a la cabeza al contrastar este momento dulce con los 11 años de navegación y clips en YouTube?
    Ernesto Navarro: «Pues que tenemos el culo pelado ya. Pero también nos sirve para poder repasar la cantidad de capas y registros que hemos abarcado hasta llegar a Da Suisa«.

     -En esa década habéis atravesado todo tipo de límites. ¿En qué momento sois conscientes de que todas esas ideas que van en todas direcciones pueden ser una posibilidad de realizaros profesionalmente?
    Xavi Daura: «En el momento en el que te pagan por ello. Ese momento en el que te sientes ‘un profesional’ del asunto. Eso te guía, te marca».

     -En vuestro caso intuyo que fue un momento frágil, porque precisamente veníais de mantener una expresión totalmente descarrilada, muy difícil de ‘patrocinar’, muy difícil de ‘comprar’. ¿Cómo fue ese proceso?
    Xavi Daura: «Exactamente. Fue jodido. En ese momento tienes que creértelo y, a la vez, cuidar lo que haces y saber por qué se han fijado en ti. Nosotros, igualmente, somos muy conscientes de que los trabajos en televisión o los espectáculos son finitos. Esto no son trabajos de por vida, así que cuanto más cuides los proyectos que haces, a largo plazo, te irá mejor».
    Esteban Navarro: «Yo creo que el momento de clic fue cuando nos cogieron para trabajar en Museo Cocnout. Eran nuestros primeros sueldos sin más explicación por esto que hacemos. Luego ya se va juntando con que puedes ir haciendo tus ideas y financiarte. De repente, puedes ir empalmando proyectos y vas creciendo hasta que encuentras algo como el directo, como lo de ahora, que hace que te vaya bien. Es un proceso muy lento y nunca tienes la sensación de haber culminado porque una noche va de puta madre y al día siguiente no tanto».

    -¿Pero se puede decir que estáis en un momento dulce en Venga Monjas?
    Esteban Navarro: «Ahora mismo sí, porque los momentos de gira, como las rockstars, vas de subidón. Pero la rutina continúa en casa, con el canal, con los trabajos diarios… las giras siempre se acaban. Por desgracia».