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  • Lorena Ros: «Mi fotografía es intuición»

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La carrera como fotoperiodista de Lorena Ros (Barcelona, 1975) empezó -casi- con un WorldPressPhoto debajo del brazo. Supo gestionarlo «mirando para otro lado» y, sobre todo, «porque para entonces (2001) ya me había rodeado de fotoperiodistas que tenían muchos más premios que yo en ese momento», comenta a ValenciaPlaza.com. Este lunes participó junto a Rosa María Calaf en el encuentro Mujeres, fotoperiodismo y comunicación, un lleno absoluto de atención -y mujeres- en La Nau de la Universitat de València organizado por el colectivo ‘Objectives‘ de fotoperiodistas.

    Horas antes atendió a este diario digital en un periodo de ‘entreguerras laborales’, haciendo el símil periodístico. El pasado 2014 publicó Unspoken (Blume), un trabajo elaborado durante ocho intensos años de viajes y testimonios de absusos sexuales a menores entre Estados Unidos, México y España. «Los tabúes son uno de los hilos conductores de mi carrera. A partir de ahí, mi fotografía es intuición, una conexión invisible entre el corazón  y la cabeza que te hace tomar la foto en el momento adecuado». Lo dice, sobre todo, admitiendo no estar «ni de lejos» entre el grupo de fotoreporteros mejor preparados técnicamente.

    Ahora Ros despliega una relajada sonrisa de oreja a oreja. Es docente, pero sobre todo madre: «mi vida es bastante doméstica últimamente…», sonríe una vez más y acaba por reconocer que si un gran medio internacional le ofreciera ahora irse «a Afganistán diría que no. Hace solo cinco años hubiera sido mi sueño, pero no me preocupa no estar activa en ese ámbito. Estoy feliz con este momento, viajando en pack con mi hija y mi marido cuando nos tenemos que mover por su trabajo [él es indio y director de cine]».

    Ha regresado definitivamente a Barcelona, tras residencias prolongadas en Nueva York (Estados Unidos), Bombay (India; la ciudad de su pareja) y Londres, donde empezó publicando en un medio pequeño y local como Hackney Gazzete y cursando estudios superiores en el London College Printing (LCC).  «Hago fotoperiodismo porque me lancé a por una historia de la que ahora me río; no del tema, de lo que hacíamos, porque éticamente estaba mal. Con un compañero del posgrado nos hicimos pasar por periodistas de The Independent y nos adentramos en el mundo abertzaleThe Guardian lo publicó y (Xabier) Arzalluz envió una carta por su publicación».

    DEL TABÚ, VIRTUD

    Con especial agilidad ha convertido temas ocultos, conflictivos y de un reconocimiento gráfico en los medios más bien relativo en premios y becas internacionales. La llegada a las costas españolas  de los inmigrantes (WorldPressPhoto Single general news, 2001), tráfico de mujeres nigerianas hacia Europa (Beca Fotopress, 2003, y mención honorífica en el WorldPressPhoto de 2004) y gana, entre otros reconocimientos, el Amnesty International One World Media Award en 2005.

    Pero el suyo se constituye como un trabajo de espaldas a sus propios reconocimientos, según ella misma: «los premios son una lotería. Yo he formado parte de jurados y he visto pasar trabajos excelentes que, por la suma de votos de otros miembros, acaban siendo olvidados».

    -Pero se repiten. ¿Algún mensaje debe esconderse tras esa insistencia en galardonarte?
    -«Que hay un prolongado trabajo detrás. De años. Como en el caso de las mujeres nigerianas, uno ve que hay un largo recorrido que acaba generando un interés».

    Ros se muestra entre despreocupada y ajena a la situación de los medios en la actualidad: «si empezara ahora, no sé qué haría. Antes había inversión en buenas historias. Ahora, con todo el tema de las plataformas digitales, emergentes, que veo que son las que están moviendo las historias, no percibo esa inversión en historias gráficas». Para El País Semanal y el Magazine de La Vanguardia narró el latido de las bandas latinas en Madrid y Barcelona (y con otra beca más de la Generalitat de Cataluña), «pero ahora veo que los dominicales están fatal… es todo publicidad».

    Ellla en su labor como docente, «en una escuela donde hay un alto nivel técnico», se dedica al reportaje. «Los alumnos llegan muy preparados en los aspectos tecnológicos. A mí, personalmente, me dan mil vueltas en ese ámbito. Sin embargo, a la hora de construir un reportaje, de hacer narrativas, tienen que desprenderse de todo ese conocimiento y preocuparse de ver las historias». De su experiencia con los más jóvenes reconoce ‘llevar mal’ «que algunos no hayan revelado todavía. No se debe aprender a ir en moto sin saber ir en bici. Se puede, pero no vas a entender de dónde viene todo»; por otro lado ‘lleva bien’ su propio papel como embajadora de esas narrativas y se siente cómoda al reconocer toda una etapa publicando historias para grandes medios.

    Ha publicado en Newsweek, The Sunday Times, El País, La Vanguardia y Telegraph. Ha abordado culturas muy ajenas, pero ha acabado cerrando el ciclo como fotoperiodista hasta la fecha con Unspoken, el libro ya citado, que reúne los personajes de los abusos sexuales en un ejercicio en el que Ros cambió «pasar desapercibida, con todo el background del fotoperiodismo de ser ajeno como actor a la escena, para reflejar un tema transversal, que no es noticia porque está presente en todas las sociedades y que es especialmente único en los trabajos que he hecho porque las personas eran en muchos casos similares cultural y socialmente a mí». La publicación marcaba, además, otro hito en la carrera en un aspecto especialmente conseguido: la confianza con los protagonistas para poder narrar historias.

    No le gusta destacar su condición de mujer para ‘conseguir’ las historias o mejorar la ‘mirada’ ante éstas: «aun así, en el caso del tráfico de mujeres nigerianas sí pudo ser un componente decisivo de entrada porque ellas solo veían al hombre blanco como un cliente. Pero creo que un hombre podría haberlo hecho igual, aunque al final le hubiera costado mucho más tiempo». Con todos esos elementos, incluso con el de ser mujer, asegura «haber jugado de una u otra forma», aunque finalmente lo que define el trabajo fotoperiodístico es «la sensibilidad».

    «No me gustan las generalizaciones de género. Son antifeministas, creo. Lo que sí reconozco es que puede haber machismo a la hora de estar en una redacción, pero como siempre he sido freelance… tiendo a pensar que me han tratado por igual que a mis compañeros», apunta. Ahora admite comprar menos libros «de clásicos» y, en general, «menos libros de fotografía. Estoy algo desconectada, aunque inevitablemente pienso en proyectos».

    El que más le atrae de nuevo tiene un tabú como referencia: «quiero hablar de las clases altas de India. He empezado algo, pero neecesito tiempo allí«. Habla del país centro asiático con especial atención y reacciona a la situación de censura en el mundo a partir del caso que ahora tiene más próximo: «no entiendo nada con la Ley Mordaza. No acepto que exista un corte a la libertad de expresión en un país como Egipto, pero que eso suceda en España, en la España de la Unión Europea… a nivel de libertad de expresión creo que no hay nada más grave». 

    Evita hablar de política y prefiere explorar temas como conocer nuevos medios digitales. Le preocupa el soporte, pero de forma relativa: «no creo que una buena foto sea para verla en el móvil, pero a la vez creo que se ven muy bien en un iPad«. La escalada de la evolución tecnológica no le ocupa excesivamente el tiempo, aunque hasta se ha implicado en una organización benéfica que habla del suicidio y salud mental a través de Instagram. Considera todo ello como un espacio de experimentación, eso sí, en un limbo actual de creatividad del que también ha aprendido a hablar para generar nuevos fotoreporteros. Difícilmente, con una galería de premios tan extensa cuya relación ni siquiera cabe en este artículo.

  • Paula Bonet: «Los dibujos con una maraña de hilos y mofletes rojos ya no me interesan»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Hace poco más de 10 años Daniel Gascó abrió el videoclub Stromboli en el número 17 de la calle Centelles. Su llegada al valenciano barrio de Ruzafa supuso una explosión de cine de alta calidad para sus vecinos, entre los que se encontraba Paula Bonet. La pintora, que atiende a ValenciaPlaza.com desde su estudio ubicado ya hace algunos años en Barcelona, reconoce su influencia con títulos y géneros diversos. Con la llegada del establecimiento exploró aún más en la nouvelle vague, conoció a Patrice Leconte y, desarrolló algo que más que una admiración por François Truffaut.

    La vida y la obra del director de Los 400 golpesJules y Jim o La mujer de al lado es el eje de 813, el segundo libro de la artista castellonense. Un homenaje divulgativo para entender como ambos, a unas décadas de distancia, han encontrado un torrente de conexión con el público a partir de ámbitos de trabajo como el retrato o la intimidad.

    El encargo de este título para la editorial La Galera llegó a la vez que el de Lunwerg con quien publicó Qué hacer cuando en la pantalla aparece THE END. Este volumen, lanzado en 2013, ha alcanzado su cuarta edición (en torno a 20.000 ejemplares vendidos), ha aumentado la proyección internacional de la artista y ha supuesto un número de ventas que, según la autora, ha elevado «todavía más» su autoexigencia.

    Por ello, 813 ha supuesto un doble reto para ella: el primero, servir de bisagra entre generaciones para embajar la sensibilidad del genio cinematográfico; el segundo, consolidar su actividad con un trabajo de largo de recorrido, que evoluciona y evita los fantasmas de las etiquetas que acompañan a toda carrera lanzada al escenario internacional en tan poco tiempo.

    El resultado es el de haber entendido la importancia de una segunda obra de peso como un trampolín para mostrar esa evolución afortunadamente inevitable. Nuevas/viejas técnicas, soluciones aparentemente en proceso, pero mucho más decididas, y el logro de publicar un trabajo tan personal en torno a un tótem del cine y salir indemne ante sus fanáticos. El libro es mucho más que una invitación al mundo de Truffaut, goza de un relato interno inteligente, dinámico y, sobre todo, estira las inquietudes en la obra de Bonet que parece únicamente haber iniciado una carrera de muy largo recorrido.

    813 tiene un sentido divulgativo de la obra de Truffaut. ¿Has sentido vértigo al asumir ese papel de embajadora de su cine para una parte de tus seguidores que la desconoce?
    -Cuando recibí la propuesta de La Galera tuve muy en cuenta que tenía que hacer algo que me interesase lo suficiente como para dedicarle tanto tiempo. Soy obsesiva con el trabajo y especialmente lo soy con las cosas que me interesan. Partiendo de eso, tampoco lo veía como algo tan atrevido, sino como un homenaje a una figura de la que he aprendido mucho y a la que tenía ganas de dedicarle todo este tiempo.

    -Precisamente, viendo la bibliografía y atravesando el libro, se aprecia un ejercicio de contención importante a la hora de evitar spoilers, destripar tramas o, sencillamente, posicionarte.
    -He tenido que recortar muchísimo todo lo que creía que debía contar de inicio. Para empezar, con las 184 páginas que tiene el libro. La elección de las películas a desarrollar también ha ayudado a acotar, porque quería acercarme a algunas en especial, pero de una manera distinta. No pretendía hacer un análisis crítico, sino aportar contexto y situación personal de Truffaut, ideas del rodaje y destacar lo que pensaba que era importante en cada caso.

    -Una bibliografía vasta. ¿Qué libro recomendarías para aproximarse a Truffaut de los que has utilizado en tu investigación?
    -Seguramente, François Truffaut de Plot Ediciones (Madrid, 2006) escrito por Antoine Baecque y Serge Toubiana. Pero también el de Arturo Barcenilla, Truffaut/Paris (T&B Editores, Madrid, 2004). Es difícil para mí entender ahora la publicación de 813 sin contar con este libro acerca de las localizaciones en las que rodó, en las que vivió. Durante cuatro años Arturo hizo un trabajo impecable aproximándose a una realidad que a mí me ha servido para poder captar de una forma mucho más consciente esos lugares y entender, por ejemplo, por qué alquilaba una habitación en un hotel aparentemente lúgubre de París.

    -De hecho has podido viajar a París para investigar acerca de esas localizaciones y de la mano del propio Barcenilla. Un espacio de tiempo y recursos que no te habías tomado antes para otro trabajo. ¿Has llegado a tener miedo a que se te fuera de las manos la propia investigación, los plazos?
    -Sí. Lo cierto es que he retrasado la entrega hasta cuatro veces. Me preocupé porque pensaba que al final acabaría teniendo problemas con la editorial. Me encargaron los dos libros a la vez [en referencia a Qué hacer cuando…] y decidimos que este fuera después. Pero el impacto de venta, promoción y presentaciones fue inesperado para todos. Para la editorial, pero por supuesto para mí. Lo que iban a ser dos meses de promoción se convirtió en un año. Y lo que es más importante: tome consciencia de a cuánta gente estaba llegando el libro. De esa forma, mi carácter para exigirme cada vez más con lo que publico me llevó a tomarme todo este tiempo de trabajo… si algo sale del estudio, es porque puede ser publicado.

    -La sensación es que el pasado 2014 ha sido un año de vértigo para ti.
    -Ha sido un año en el que me han pasado cosas buenísimas, pero mientras sucedían era consciente de que no las podía disfrutar. En ese sentido, era horrible. Por eso intento centrarme cada día más en hacer proyectos que me hagan conectar de forma personal muchísimo, a menudo son trabajos teatrales, cinematográficos, musicales… hace casi un año que no hago trabajos para particulares.

    -Venga de donde venga el encargo, ¿sientes cierta presión cuando los ‘clientes’ esperan de ti el ‘sello Paula Bonet’? ¿Cómo lo afrontas?
    -Por un lado sí lo siento y por otro, la realidad, es que no tengo ese problema. Los dibujos con una maraña de hilos y mofletes rojos ya no me interesan. No es lo que hago y se puede ver en 813. La idea es no repetir las fórmulas y no hacer otra vez el mismo libro, por eso este no tiene nada que ver con el anterior.

    -En 813 hay un tipo de ilustración más cortante, más decidida.
    -Necesito hacer un tipo de ilustración más dura, explicarme a mí misma de otra manera. El éxito con cada proyecto es poder ser fiel a mí. Si al ‘cliente’ no le interesa, pues lo siento. Tengo mucha suerte de poder dedicarme a dibujar y de disfrutar con mis trabajos.

    -Por cierto, es un volumen sobre un icono del cine francés y la novela gráfica -de la que tiene mucho- es toda una industria en Francia. ¿Habéis planeado su traducción y promoción allí?
    -No se había planeado de partida, pero lo cierto es que ya se están moviendo para poder promocionarlo allí. De hecho, y es una casualidad total, es el 30 aniversario de su muerte la Cinémathèque Française está haciendo una revisión. Haremos una presentación, seguro. Además, cuando estuve a principios de año en París aproveché para estudiar un poco de francés que vendrá bien para todos estos planes.

    -Para ti, traducir a otro idioma supone una reescritura de todo el libro, ya que es un ejercicio de lettering. Es un proceso laborioso en el que además pasas de nuevo por tus textos, releyéndote. ¿Cómo lo afrontas?
    -Es mucho más que una traducción. Si sucede, es una ilusión enorme, igual que si hubiera que adaptarlo al inglés, pero desde luego va a suponer semanas de trabajo…

    -En las pinturas, sin duda, la sensación es la de encontrar algunos rasgos de conexión entre Truffaut y tu obra. Por ejemplo, el valor del retrato o de la intimidad.
    -Totalmente. Desde que tenía 20 años he revisado muchísimas veces sus películas, pero nunca lo había abordado de una forma intelectual como lo he hecho para este trabajo. Lo hacía siempre de forma emocional, asimilando supongo su forma visual, pero como una espectadora más. Ahora he entendido muchas cosas que hay en mi forma de expresar, incluso las autobiográficas. Reconozco en mí hasta formas de componer y conecto con él en visiones que van más allá de la obra, como por ejemplo su visión del artista. A mí me cuesta mucho hablar de mí como artista, pero me gusta cuando explica como Matisse atravesó tres guerras y lo que nos dejó fueron mujeres, peces, ventanas… no había nada del horror que le rodeada, aunque a su vez nos dejó un legado muy valioso a partir del cual se han generado muchas otras cosas.

    -El libro muestra otras técnicas, otras fórmulas.
    -La idea era no repetir Qué hacer cuando… y estoy contenta porque al enseñárselo a personas como Paco Roca he visto que se ha transmitido el tipo de libro que quería hacer. Él está emocionado porque dice que está a medio camino entre la novela gráfica y el cómic, atreviéndome a escribir… lo que sí se ahora más que nunca es que necesito contar. Las técnicas pueden cambiar, a lo mejor dentro de tres años he vuelto al óleo o me pongo a hacer vídeo. Eso no será lo importante.

    -También había que hablar de Truffaut, que posee un imaginario que es posible que te invitara a otros caminos.
    -La luz de las primeras películas, con bajo presupuesto, es cortante, dura. No podía tampoco mostrarlo de otra forma. Y eso también nos hemos preocupado en llevarlo a la edición, en la que el formato es más próximo. El libro, por tamaño, es más modesto, el papel se parece mucho al que utilizo a trabajar y, en definitiva, el dibujo, el texto y todo lo que envuelve van muy cogidos de la mano.

    -Además de en lo visual, ¿has descubierto otras conexiones en lo personal?
    Sí, sobre todo en la forma de mostrarse públicamente.

    -Si hubiera vivido en esta era de las redes sociales online, ¿habría participado? ¿Cómo?
    -Habría participado porque le importaba mucho el público, pero hay que tener en cuenta que él era muy reservado. Había también una parte de llevar los proyectos en secreto para fomentar el factor sorpresa, así que no creo que hubiese mostrado mucho de los procesos.

    -¿Te ha influido esto últimamente? ¿Te cuesta mostrarte un poco más?
    -Sí, de hecho incluso ha sido un problema de cara a las fotos promocionales que ha hecho Noemi Elías (risas). Lo he pasado mal.

    -El libro se convertirá en exposición (comisariada por MacDiego) a partir del próximo 25 de marzo en Las Naves. ¿Te hace ilusión exponer de nuevo aquí?
    -Mucha. Apenas he vuelto durante estos últimos años porque en Barcelona estoy muy a gusto. Mantengo unas relaciones con profesionales en las que nos apoyamos y colaboramos mucho, pero también echo de menos hacerlo con el círculo creativo más próximo que tenía en Valencia: Senior, María Herreros, Laura Castelló, Nestor Mir…

  • Miguel Noguera: «Mi forma de estar en el mundo tiene que ver con desmontarlo»

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Como animales sociales, es inevitable aceptar que compartimos un background de conocimientos con los que nos rodean. Conocimientos a través de la cultura popular, del boca a boca, de la educación primaria, de la estructura familiar global, de la religión, los best-sellers, la imitación y la televisión. ¿Qué sucede si toda esa imaginería almacenada en nuestro cerebro empieza a deformarse a través de explosiones entre las ideas, mezclando sujetos imposibles, cambiando radicalmente el orden de lo moralmente bueno y malo?

    Miguel Noguera (Las Palmas de Gran Canaria, 1979) es un artista que ha vehiculado su necesidad por comunicar, por expresarse, a través del humor. En una carrera fulgurante, con la publicación de varios libros devorados por una generación de inconformistas capaces de darle mucho bombo a sus mensajes a través de las redes sociales, Noguera ha reconstruido el formato del monólogo para proclamar un juego colectivo en el que él, como un chamán de ese movimiento de ideas mentales, altera el orden de los factores para producir en el público imágenes llenas de tensión. El espectáculo se llama ‘Ultrashow’ y, aunque no es la primera vez que pasa por la ciudad de Valencia, estará accesible este próximo sábado a partir de las 20:00h en Radio City.

    Humor de lo absurdo, transgresión escénica, ocio delirante, Ultraviolencia y Ser madre hoy (publicados por Blackie Books) han sido dos de los citados libros que más han prosperado en la curiosidad de los españoles. Las ideas tergiversadas, las imágenes increíbles, pasan a alcanzar una experiencia superior con el directo de Noguera con el cual conversamos antes de que vuelva a saquear la mentalidad de los valencianos este fin de semana (también estará firmando ejemplares de su último libro, Mejor que vivir, en el bar La Bitti de la Plaza Xùquer el domingo a partir de las 18 horas).

    -¿Cómo te influyó el sentido docente de la Universitat de Barcelona cuando estudiaste Bellas Artes?
    -En cierto modo, la carrera de Bellas Artes en la UB es muy caótica. No hay muchos recursos, así que todo se basa bastante en lo que puedas crear a partir de tu libertad. Por ejemplo, si te metes en el departamento de pintura muchos créditos se van a resolver a partir de tus propios trabajos y de tus propias ideas. Pero, bueno, supongo que la libertad creativa es inherente a la situación de la Facultad.

    -¿Cómo te percibes ahora cuando piensas que estudiaste esta carrera? ¿Qué piensas de aquellos que la inician ahora?
    -Cuando yo la estudié ya se decía aquello de que no era una opción por la que fueras a encontrar muchas salidas laborales. Supongo que siempre ha sido así, y que todo depende de tu vocación o tu interés en las materias. El que estudia Bellas Artes se siente ilusionado, y así lo veo yo ahora, aunque no estaba muy claro que fuese a intentar nada que prosperase por el campor artístico.

    -Tuviste algún que otro reconocimiento en este sentido, antes de ponerte a crear a través de la escritura o el teatro. ¿Cuándo se inició este nuevo camino?
    -Tenía una actividad supuestamente artística y creativa, pero era algo que no competía con mi vida cotidiana. Si recuerdo que tomaba apuntes sin parar, pero contaba con que algún día iba a tener que buscar un trabajo en la hostelería, el marketing o algo así. Así que apuntaba mis ideas, las que pueden verse en el ‘Ultrashow’, sin mucho criterio, sin llegar a nada en concreto. Era algo confuso para mí.

    -¿Qué te permite el teatro con este material?
    -Está más próximo al arte contemporáneo lo que hago, supongo. Si escribes una novela, hay un guión y un patrón que debes seguir. Sin embargo, yo tengo bastante libertad a la hora de crear en este sentido. Hay ausencia de un marco formal.

    -Trastocas muchas ideas establecidas en el imaginario colectivo. De hecho, es fascinante tu perversión del mainstream y de la cultura popular. ¿Cómo trabajas?
    -Bueno, lo que hago es ir anotando todo lo que se me ocurre y creo que puede tener salida. Luego realizo un filtrado por el cual me quedo con lo mejor y lo divido en dos: lo que va a los libros y lo que va para los ‘ultrashows’.

    -Pero todo tiene una forma muy directa de llegar, unos recursos marcados para conseguir impactar en una buena cantidad de público.
    -No me molesta que sea así. Se me considera cómico y respondo a eso, con un espectáculo de comedia en el que no tengo voluntad de mistificar o de hacerlo oscuro. Ha de ser así, entretenido, rápido, sencillo, claro.

    -En efecto, son ideas muy concretas. ¿Queda lugar en este tipo de sociedad para lecturas y mensajes más densos, menos ‘despejados’?
    -Seguro que sí. Los hay. Esto está muy ligado a lo que la gente valora como humor. Sin embargo, a lo mí lo que me interesa es que esta forma de expresar ya estaba presente en el material que yo manejaba hace años.

    -Más o menos concisa, es una forma de expresarte constante, en la que se reconoce enseguida tu estilo.
    -Hiciese lo que hiciese, aunque me dedicara a cualquier otra cosa, artísticamente tengo la máquina siempre encendida. Es mi forma de estar en el mundo, que tiene que ver mucho con desmontarlo con mis comentarios sobre el mismo.

    -Podría estar en ti de otra forma, pero de una manera no muy ortodoxa estás constantemente publicando y de gira con los ‘ultrashows’. ¿Cómo te visualizas en este ‘papel’?
    -Tengo la influencia positiva de trabajar en algo que me gusta. O, dicho al revés, no tengo la influencia negativa de trabajar en algo que no me gusta. Y esto ha hecho que haya aprendido a fijarme más en lo que hago, y tal. Pero me preguntan a menudo por qué tal lo llevo: «debes estar encantado, vives en el teatro». Creo que hay una sobrevaloración positiva y no me puedo despegar de ello.

    -Escritura, radio, teatro. ¿En qué disciplina te has sorprendido más a ti mismo, dentro de la progresión de los últimos años?
    -En el teatro, seguro. No pensé que fuera a hacer de esto un medio de vida.

    -Durante estos años a los que hacíamos referencia te has cruzado con algunos artistas de diferentes disciplinas con los que has conseguido crear personajes muy interesantes. ¿Cuáles de todos ellos te han marcado más?
    -Los papeles de cine con Nacho (Vigalondo) y Carlos (Vermut) me han servido mucho. Además, Nacho es una persona a la que seguía, especialmente con su blog, y que creo que es uno de esos personajes aglutinador o catalizador de otros talentos, de los que se aprende una barbaridad. Es un puente entre personas y para mí es un honor conocerlos y divertirme con ellos cuando nos encontramos. Por cierto, la última vez fue en Valencia (en el Espai Rambleta en un show combinado).

    -Quizá, con quien más ha impactado el fruto de tu unión ha sido con Venga Monjas. ¿Qué relación tienes ahora con ellos?
    -Ahora mismo somos amigos y nos vemos a menudo. La verdad es que es curioso como hay un vínculo que fluye de forma natural con ellos, aunque no nos conocíamos. Desde siempre me ha parecido que con sus vídeos, con su humor, se recortan del resto de una forma muy clara y me gusta mucho lo que hace. Además, me gusta como no se nos tiene por qué relacionar en primera instancia, sino que ambas perspectivas se suman creativamente. La afinidad, supongo, tiene que ver con que tienen un sentido del humor que a mí me hace mucha gracia.

    -Cuando os juntáis, como amigos, ¿estiráis tanto las bromas? ¿os saturáis?
    -La verdad es que tanto ellos como yo, bromeando, somos intensos. Tampoco los veo tanto, porque si estuviera todo el día con ellos nos cansaríamos. Pero cuando nos juntamos es inevitable bromear y tal. Es muy agradable.

    -¿Está en vuestra personalidad esa broma constante?
    -La verdad es que no. Fuera del humor, de cuando estoy haciendo humor, creo que soy bastante seco. Para mí es una especie de juego de lenguaje. Cuando estoy con ellos, por ejemplo, surge mucho. Pero vamos, que también hablamos de temas serios.

    -¿Crees que era necesario darle una vuelta al canon tan prodigioso -en cuanto al rédito económico- del monólogo?
    -Si ha sucedido algo de eso, no ha sido de forma consciente. No me he subido a un escenario con eso en mente nunca, aunque puede ser que inconscientemente, dentro de ese terreno de la comedia, puede que se vea algún tipo de diferenciación. Pero no estoy en contra del monólogo más establecido, por llamarlo así. Hay gente muy buena que trabaja sus guiones y los lleva a cabo perfectamente.

    -La gente que acude a verte sabe que no se enfrenta a un monólogo convencional. Bajo esta premisa, ¿qué es lo más bizarro que te han dicho alguna vez después de un ‘Ultrashow’?
    -Pues sorprendentemente hay gente muy agradecida al terminar. Creo que ven lo que se van a encontrar en YouTube y saben a qué se acercan. Pero bueno, una vez, un periodista que me entrevistó me dijo que le parecía desgradable lo que hacía, porque estaba deseando que acabara en todo momento. Que, aunque le parecía más o menos fascinante, quería que se acabara ya «tanta mierda». Y me pareció curioso y siniestro, pero entendí su reflexión.

    -Mencionas vídeos en YouTube. ¿Has encontrado a algún humorista que te haya sorprendido y que hayas podido conocer a través de este canal?
    -Carlos Padial me habló de Steven Wright. Me sorprendió mucho, porque no conozco la comedia americana. Las formas que utilizaba en los años 80 eran muy interesantes, con un contenido muy cercano. Había algo de su espíritu que era muy formal, pero no era muy gracioso. Interpretaba, sencillamente, pensamientos espectaculares.

  • Joan Fontcuberta: «La autocensura es hoy la forma habitual de censura desde el poder»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Con el cierre de RTVV como pesado telón de fondo, el artista, ensayista y reconocido teórico de la imagen a nivel internacional aborda la censura con una exposición en Valencia y expresa en este diario sus opiniones sobre las nuevos caminos de la información y sus influencias sociales

    Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) es un artista y ensayista único si se tiene en cuenta la influencia de una obra que le ha llevado, además, a recibir infinidad premios. Hace tan solo unos meses recibió el Premio Internacional de Fotografía Hasselblad, considerado como ‘el Nobel’ de la materia. Un reconocimiento tras su vasto trabajo como creador, docente y escritor que también le ha llevado a ser distinguido con el Premio Nacional de Fotografía o el Nacional de Ensayo por el esencial ‘La cámara de Pandora’ (Ed. Gustavo Gili, 2010).

    El Octubre Centre de Cultura Contemporània (C/ Sant Ferran, 12, Valencia) exhibe hasta el 7 de febrero Deletrix, una exposición de Fontcuberta atípica en comparación a sus populares ‘Sputnik’ o ‘Googlegramas’. Un proyecto que nació en torno a la celebración del 90 aniversario del PEN Català y la coincidencia con el Día Internacional del Escritor Perseguido y que ahora llega a Valencia con quince fotografías de documentos, todas ellas captadas en bibliotecas e instituciones de Europa y América en los diferentes viajes del autor. Fontcuberta, que asegura seguirá desarrollando «de por vida» esta colección, reúne textos y pentagramas manchados, rayados y hasta rajados «con violencia». Con esta muestra y el discurso del autor se abre una necesaria reflexión acerca de la manipulación de la memoria por parte de ‘los poderes’.

    -¿No es paradójico que ‘los poderes’ sigan ejerciendo la censura a sabiendas de que ésta se revela contra sus intereses cada vez de una forma más rápida?
    -Los efectos de la censura siempre terminan siendo visibles. Las páginas censuradas brutalmente [en la exposición] son la prueba de esa falta de transparencia y de su actualidad. La censura siempre ha estado presente en la medida que siempre ha habido diferencias de autoridad, y en el fondo no es más que el efecto de controlar la realidad y, más que una cuestión de tipo filosófico, es una cuestión política.

    La censura sucede a día de hoy como podemos en casos como el de Wikileaks, que pese a ser una reacción distinta a la de los documentos de la exposición tiene el mismo origen: un censor que quiere evitar cierta información circule, que sea conocida. No obstante, la censura más propia de nuestros días que se posibilita desde el poder es la autocensura y no es una censura directa, pero es igual de eficaz.

    -¿La desaparición de la Radiotelevisión Valenciana es un acto de autocensura, precisamente?
    -El acceso a la libre información es fundamental para la higiene de una democracia. Cuando una sociedad, como la valenciana en este caso, queda desprovista de esta herramienta es por una acción de un gobierno autoritario y, sobre todo, antidemocrático. Privar a un pueblo de estos medios para la democracia porque presentan versiones contrarias a un gobierno, pese a que se escuden en un argumentarlo económico, no deja de ser una forma autoritaria de censura.

    Además, el caso de RTVV recuerda, siendo benigno, al despotismo ilustrado. Quien tiene poder elige por sus súbditos qué información deben manejar estos porque no los considera suficientemente capacitados para tomar sus propias decisiones.

    -Habla de un comportamiento censor en un contexto de híperconexión a través de la Red, que bien conoce a través de su investigación y su obra. ¿Ha ganado o ha perdido el ciudadano en el consumo de información con esta revolución digital tecnológica y social?
    -Hay profesionales de la fotografía tecnófobos, que consideran el avance tecnológico como un empeoramiento del humanismo en el que estábamos asentados. Otros ven en la tecnología y las redes un mejor sistema democrático, más participativo. Personalmente, entiendo que en cualquier innovación hay pérdidas y ganancias. Hay elementos que suponen mejoras y otros que podemos considerarlos renuncias a valores que teníamos. En la era digital hay más información, por lo que es difícil digerir toda esa información porque los emisores y los canales son múltiples. En este sentido, antes era mucho más sencillo ‘controlar’ qué se emitía a través de los medios de comunicación tradicionales y, por tanto, más sencillo censurar. Por ejemplo, con respecto a los libros ahora hay un boom con la producción de baja demanda. Esto antes también era una barrera cuando la producción solo era posible en grandes tiradas.

    -En el contexto actual, digital, social, con miles de fuentes ¿cuáles son las barreras a la información que se busca?
    -La gran cantidad de información se ha convertido en otro elemento de censura actual. Una fórmula es ,no dificultar el acceso, sino perder la información entre otras muchas otras, haciéndola imposible de ubicar porque se confunde en un magma de datos inútiles. Esta técnica de sepultar la información quedó reflejada en mi proyecto ‘Googlegramas’. Los visitantes de la instalación tenían que introducir una serie de palabras para que apareciera finalmente una imagen completa, pero mientras trabajaba en el proyecto descubrí que en Google no aparecían imágenes si uno tecleaba ‘Abu Grahib’. En cambio, si lo hacía en Yahoo o Altavista, los resultados eran por miles. Google se vio obligada a abrir esos filtros y a publicar un comunicado negando ningún tipo de intención censora. Para mí, la censura también existe cuando busco algo que me interesa y tengo que pasar por 10 páginas de Google llenas de bazofia que me distraen. Esto provoca que solo alguien con muchas ganas de alcanzar la información la consiga.

    ¿Encontrar atajos a esta situación es el reto más inmediato en la búsqueda de información?
    -Diría que más que eso. Antes decíamos: ‘la realidad no existe, existen formas de conocimiento’. Hoy en día diríamos: ‘la realidad no existe, existen motores de búsqueda’. Google, Yahoo, etcétera, nos permiten llegar a unos ciertos modelos de lo que consideramos real. Imágenes, datos y contenidos y una información que vamos consumiendo y nos influyen para tomar decisiones. Esto tiene una repercusión inmediata de lo cotidiano. Es muy relevante este hecho.

    -Los medios de comunicación, a su vez, se muestran cada vez más débiles. Menos recursos humanos, menos rentabilidad de su actividad, mayor presión sobre su independencia. ¿Cuál es la misión del periodismo y del fotoperiodismo?
    -Se desarrolle con palabras o con imágenes y palabras, la misión del periodismo es la de servir de puente entre el ciudadano y las realidades circundantes. Es la distancia entre lo que sucede de verdad y las personas. Más allá de esto, es importante entender que la noción de documento ha quedado en otro plano por la cultura digital, por la ingente cantidad de información gráfica que poseemos. El actual contexto nos ha trastocado los valores de verdad y memoria en los que era antes tan importante la fotografía documental.

    -Con algunos de sus trabajos hemos descubierto que sumando las posibilidades tecnológicas a las redes sociales el ser humano parece tener una auténtica necesidad de crear y comunicar con imágenes.
    -Es interesante hacer un recorrido rápido por la evolución de esa realidad: las pinturas rupestres estaban creadas por una elite, los magos o los chamanes, porque ejercían de ‘contacto’ con los dioses. Siglos más tarde eran los artistas los que plasmaban la naturaleza, pero estos eran unos pocos seleccionados por su talento y su genialidad. La fotografía en el siglo XIX pasa a manos de los fotógrafos, que deben tener una serie de competencias técnicas, aunque aquí ya el número de personas se expande mucho. Poco más tarde George Eastman crea Kodak y aparecen los aficionados por lo que, podemos decir que, todo el mundo puedo hacer fotos. Solo resta una barrera, la del coste, que desaparece con las cámaras digitales y los smartphones. Ahora tenemos una realidad que también crea un absurdo: dedicamos tanto tiempo a hacer fotos que no nos queda tiempo para verlas. Lo relevante es que, por primera vez en la historia todos somos productores y consumidores de imágenes. La imagen pierde ese aura mágica del inicio, porque todo el mundo puede crear imágenes. Ya no hace falta ser un noble para poseer un retrato; ahora tenemos los selfies. Actualmente Facebook, solo Facebook, publica seis millones y medio de fotos al día de sus usuarios. Esa es la realidad actual.

    Pero hay que comprender esto en un contexto más amplio. Para entender el fenómeno siempre recurro al ejemplo de la física. En la física tradicional tenemos a Newton durmiendo una siesta, le cae una manzana y explica un montón de cosas con la Teoría de la Gravedad. Pero, más tarde, con instrumentos de investigación avanzados, resulta que las leyes newtonianas no funcionan. Necesitan ajustes, así que aparece la física cuántica. Más tarde, Einstein nos explica la Relatividad… la física no era diferente antes o después, sino que accedemos a ella a través de parámetros distintos. Parámetros que antes no podíamos tener en cuenta. No es distinto de la fotografía en la que, a día de hoy cabe reconocer que tiene mayor repercusión su vertiente sociológica; la cantidad de imágenes que lo que representan. El gesto por encima del contenido.

    -¿Esto supone de alguna forma una distorsión sobre el trabajo de los profesionales de la imagen?
    -No es un obstáculo, sino que el contexto es distinto. Hay un número ilimitado de imágenes, accesibles a todo el mundo. Los profesionales tienen ahora mucho que ver con las imágenes que nos faltan: las imágenes que no pueden ser realizadas ‘porque no interesa’, las imágenes que se han perdido, las imágenes ausentes en la memoria por la censura. La responsabilidad del artista se encamina, desde mi punto de vista, hacia la localización de esas imágenes invisibles.

    -Y, por otro lado, surge el llamado ‘coleccionismo’ como movimiento artístico dentro de la fotografía…
    -La masificación de imágenes nos confronta con un repertorio en el que es difícil distinguir capturas. Puede ser muy fácil seguir repitiendo de una manera redundante imágenes que ya existen, pero muchos artistas como gesto de rebeldía plantean una ‘ecología de la imagen’, en una especie de ejercicio de contención: reutilizar las imágenes, para expresarme visualmente como artista.

    La fabricación física de la imagen ha quedado suplantada por la asignación de sentido. El artista ya no es el que fabrica obras, sino el que prescribe qué sentido tiene una imagen en un contexto. Esto, por supuesto, trastoca muchos valores: la economía de la imagen, los derechos de autor… elementos que pasan a estar bajo sospecha. Toda esta tendencia significa cuestionar unos modelos de mercado en el que se manejan muchos intereses y podemos ralentizar el proceso, pero es imparable.

    -En concreto, parece que el fotógrafo se haya visto en la necesidad de reinventarse una infinidad de veces durante los últimos años, en cortos espacios de tiempo reencontrándose profesionalmente. Por ejemplo, con su posición frente a la autoría. ¿Va a cambiar este concepto?
    -Cuando hablamos de apropiación hablamos de propiedad. El que se apropia niega el sentido de la propiedad, como una derivación del comunismo utópico. A mí me gusta más hablar de adopción. Apropiarse significa robar. En la Roma clásica, por ejemplo, un patricio adoptaba a un niño plebeyo y lo importante era la elección (ad-optare). Lo adopto, lo acojo, lo educo y le concedo mis cualidades. En la fotografía, de todas estas imágenes elijo estas y la escojo para mostrar un fin. En realidad no es muy distinto del artista clásico frente al lienzo en blanco. El artista siempre está eligiendo qué mostrar: elijo donde va la primera pincelada, en qué dirección, de cuántos centímetros, de qué color… Optar es la base metafísica de la creación artística.

    -Ha dicho que «no existen buenas o malas imágenes, sino buenos usos de la imagen». ¿Como docente, cómo transmite este cambio histórico-conceptual a sus alumnos?
    -Hay que entender que las imágenes no tienen una utilidad por ellas mismas, sino dentro de ‘la casa’ en la que viven. Es un símil que utilizo. Según en la habitación en la que viva, la imagen tiene una vida u otra. Una imagen puede estar en la habitación del periodismo, en la habitación de la publicidad, en la habitación de la religión, en la habitación de los símbolos patrióticos, etc. La foto del primer paso de Armstrong en la Luna yo la vi en los periódicos, en el consulado americano, dentro de un museo de arte. Era la misma foto, pero tenía entidades distintas y significados muy distintos. La foto no es ni buena ni mala por sí misma, sino que tiene un mejor o peor uso según donde la dejemos vivir.

    En este sentido, a mí me hacen mucha gracia los manuales de ‘la fotografía de buena calidad’, ‘aprenda a realizar fotografías perfectas’. La mayoría de las fotografías históricas, las obras maestras, tienen errores técnicos básicos. Lo importante de esas fotos es la adecuación de esa imagen a un contexto. El estudiante debe entender que la fotografía se ha de adecuar a un espacio. Hemos de cuidar la adecuación de la imagen a un contexto determinado. La imagen autónoma no tiene sentido.