Categoría: Opinión

  • Supermercados, parkings y tiendas de ropa

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Las ciudades se miran, pero yo lo hago por encima y no solo de la media. Aumento mis dioptrías con horas de paseo a través de Google Maps. Sé cómo es la azotea de las casas de mis amigos, si hay teja que reponer o si el color del aislante pinta a gotera. He llegado a avisar a alguien de que Street View ha actualizado las imágenes de su fachada, después de lo mal que le vino la derrama para la reforma. Sé si han modificado los usos en el patio de mi colegio, si han replantado el césped de la piscina municipal o si el cambio climático llevará el octubre hasta septiembre por la floración del azafranal. Esto último lo sé porque la insistencia mirona sobre la trama urbana también exige encontrar algo de paz visual en el campo, de vez en cuando.

    Gracias al trabajo de Marta Peirano, soy consciente de que mis dispositivos conectados escriben una biografía constante sobre mí. Sé que la data se almacena a favor de empresas estadounidenses y que lo que les cuento no es solo dónde estoy, sino qué pienso, qué detesto y qué me excita, en todos los sentidos. Me conocen mejor que yo y creo que solo mis paseos con Google Maps distorsionan esa lectura. Porque si algún día alguien al otro lado se preocupa en revisar mis horas de zoom in y zoom out sobre las ciudades, o me contrata como espía, o me diagnostica un trastorno obsesivo compulsivo. La posibilidad de obtener un plano cenital sobre el mundo que me rodea, muchos años después de estar a mi alcance, me fascina como el primer día.

    Ver las ciudades en perspectiva da que pensar. Sobre todo porque las manzanas, la suma más o menos ordenada de fincas, evidencia el gran lugar que ocupan los espacios comunitarios. Pero no aquel en que todos pensamos a pie de calle. No el que se ve. La contemplación de los parques es necesaria, pero hablo de la mayor cantidad de espacio público en suma, la que encuentra en los miles de metros cuadrados que respiran en el interior de las fincas.

    Nostalgia de amianto

    El interior de las fincas está ocupado por algunos patios interiores y muchos deslunaos. Bajo esos deslunaos, en muchos casos, como en el barrio de Ruzafa, hubo fábricas y talleres. Durante no poco tiempo, la policía local se convirtió en mediadora por conflictos de olores y ruidos provenientes de la actividad incluso industrial que se desarrollaba en Jesús o Campanar, por no hablar de Marchalenes o la Zaidía.

    Pero claro, más allá de Ciutat Vella, en muchos casos las fábricas habían ocupado primero aquel trozo de tierra, luego se les habían adherido algunas viviendas, que, más tarde edificios, acababan conectadas al mapa mediante el el asfalto. Un caso paradigmático –de aquello a lo que voy– es el del Trinquet de Pelayo, anterior a toda la manzana y que acabó siendo rodeado de altas edificaciones. Allí había un estadio, el más antiguo de Europa en activo de cualquier deporte, y es un ejemplo de cómo en el interior de las cuadras se ha desarrollado una buena parte de la vida pública durante las últimas décadas. Y, en algún caso, como el suyo, sigue.

    Los centros de reparación de vehículos y alguna artesanía de poca extensión comercial son el último reducto de esos lugares. Sin embargo, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, muchos de esos territorios de vida colectiva acumularon como nunca una frenética actividad, eso sí, ‘reservado el derecho de admisión’. Teatros, cines, billares y futbolines fueron actualizando las quejas por griterío. Ya no eran golpes de yunque ni efluvio a ferricha. Aquello era Sodoma y Gomorra. O sea, tabaco y alcohol, aplausos y risas, pelis en Technicolor y hurtos con el mismo tipo que, cuatro días después, jugaba en la máquina de tacos de al lado (tras haberle sisado unas pesetas a otro incauto como tú). La llegada de la juventud a España –establecida en los años 40 y 50 en Estados Unidos- dio pie a una actividad cultural transformadora, aunque no necesariamente culta. Un disfrute común, en esos espacios públicos, que ha sido sustituido casi por completo. Sabemos por qué, pero no para qué.

    Se tiende a pensar que la desaparición de los cines fue un cerrojazo al estudio de Ingmar Bergman o Andréi Tarkovski, pero lo cierto es que se parecía más al disfrute de Orson Welles, Alfred Hitchcock, John Ford o Billy Wilder, que ya es mucho decir. Los teatros y variedades tenían lo suyo y pasear por las calles, incluida las mismísima Avenida de Colón en València, era toparse con luminosos que invitaban al gasto. No digamos el Paseo de Ruzafa. Como predijo la Escuela de Franckfurt, el ocio acabó siendo el negocio, pero la exposición a según qué performances -por cañís que estas fueran- y que el hecho de alternar supusiera ver una peli de Leone o de Coppola, sin duda suponía un rédito intelectual más largo que el mismo paseo en la actualidad.

    ¿NUESTROS PADRES Y MADRES COMÍAN? ¿SE VESTÍAN? ¿TENÍAN DÓNDE APARCAR EL COCHE? CABE LA DUDA, PORQUE CADA UNO DE ESOS LUGARES RECREATIVOS HA SIDO SUSTITUIDO POR SUPERMERCADOS, PARKINGS Y TIENDAS DE ROPA.

    El corazón de cada una de las manzanas, el corazón de las fincas, ha ido perdiendo sus techos de amianto. Su salubre sustitución es el síntoma de un empobrecimiento cultural. ¿El fin de los cines de barrio, teatros, billares y bares nocturnos ha dado paso a nueva fórmula de entretenimiento en el espacio público? Pues, depende. Las calles no están ni mucho menos vacías. Pero la pregunta es casi a la inversa, hacia el pasado. Pese a que hay más centros comerciales que nunca, ¿nuestros padres y madres comían? ¿Se vestían? ¿Tenían dónde aparcar el coche? Cabe la duda, porque cada uno de esos lugares recreativos ha sido y sigue siendo sustituido, uno por uno, por supermercados, parkings y tiendas de ropa. ¿Existía, verdaderamente, una necesidad colectiva de que hubiera aun mayor acceso a los alimentos, la moda o las plazas de aparcamiento?

    Como valenciano de área metropolitana, no hace falta que nadie me explique la vigencia del negocio del parking en las ciudades. El transporte público mejora a la misma velocidad a la que aumenta el poder adquisitivo de las familias, muy por debajo de a las millas naúticas por hora a las que sube el precio del alquiler. Sin embargo, por l otro lado, sigo sin encajar la altísima necesidad de hacer la compra bajo de casa y todos los días o de comprar ropa casi cada fin de semana. Más me preocupa en qué pensamientos se deja de incurrir al sustituir el visionado con amigos de Hannah y sus hermanas por la lectura de etiquetas –talla L, 100% poliéster–. Hemos dejado de disfrutar de según qué reflexiones y carcajadas a cambio de qué exactamente. ¿De comprar más comida para ser el séptimo país europeo que más comida en buen estado tira a la basura?

    El acceso a este tipo de disfrutes es más democrático y está más extendido que nunca. Paquita Salas o Breaking Bad nunca hubieran existido si viviéramos en aquel tiempo, de canal de televisión único y embudo en la apertura de ideas. Nunca hubiera podido ver The Wire o The Office tantas veces como me hubiera dado la gana desde hace muchos veranos. A demanda, sin esperar a nadie. No obstante, me inquieta cómo este tipo de interacciones, también las recreativas (por videojuegos) se han convertido en acciones individuales. Este hecho supone también la idea de ir progresivamente aislando un porcentaje de nuestra capacidad para reír en público, para llorar en público, para vivir en público. En público compramos comida, nos probamos ropa y aparcamos el coche. Y es algo revolucionario, porque como cabe recordar, el disfrute de las artes y el puro entretenimiento, nos han mantenido juntos desde hace siglos. En fin, que nos quedan las verbenas, aunque se hayan convertido en discomóviles.

  • El ataque de los ‘medios helicóptero’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El verano pasado nos fuimos a la playa sabiendo ponerle nombre a los tutores de esos niños amarrados la sombrilla y sin baño después del melón. Las madres y los padres de esas criaturas tienen desde entonces su propia etiqueta: helicóptero. Así les definió Developmental Psychologypadres helicóptero, a partir de los resultados de un estudio realizado por la Universidad de Minnesota. 422 niñas y niños procedentes de distintas razas y estratos económicos fueron analizados a los dos, cinco y diez años. El objetivo era comprobar las consecuencias de un estado de perpetuo control, detectado originalmente entre sus mayores, sin que estos sospecharan qué genera esa actitud. Hasta que llegaron los resultados. Las madres y padres helicóptero, con su mejor voluntad, generan individuos inseguros, frustrados y, en ocasiones, con unos niveles de rebeldía superiores a sus coetáneos más liberados.

    La profesora de historia del cine y colaboradora de Culturplaza, Áurea Ortiz Villeta, nos avisó este sábado de que Netflix limitará al extremo la presencia del tabaco en sus series. La razón viene impuesta por una asociación cuyo nombre lo dice todo: The Truth Initiative. Pese al lugar al que haya viajado su imaginación al leerlo, en realidad, se trata de una organización antitabaco que ha contado el número de cajetillas o cigarrillos que aparecen en series como Orange Is The New Black y las ha cruzado con el número de potenciales víctimas de esta absurda adicción. La plataforma, cómo no, opta por mantener la máquina de los billetes a salvo, acepta la injerencia y suprimirá el gesto cancerígeno “a menos que sea esencial para la visión del artista o porque sea definitoria del personaje”.

    Piénsenlo: ¿quién estaría dispuesto a darse de baja de Netflix por exigir más humo blanco en la pantalla? Por el contrario, ¿hasta dónde puede presionar un grupo que representa a cientos de miles de víctimas, familiares de éstas o daños colaterales derivados del tabaco? Cuando la creación audiovisual abandona su objeto social como arte y se interpreta como el libro de texto de un aula global, sucede que los guiones se escriben a partir de las conclusiones de la OMS. A la ONU ya le debe quedar poco para entrar como script en rodaje. Qué más dará lo que sus creadoras o directores quieran hacer sentir o visualizar, aunque a veces sea a través de actitudes no edificantes. Porque, no lo olviden, el espectador es idiota. Es una especie de Mowgli cotidiano lanzado a la pantalla, sin más bagaje que la newsletter que le avisa de las novedades que redundan en sus gustos. Un buen salvaje del algoritmo.  

    Hace unos días, Núria Cadenes publicaba en ElTemps un texto estupendamente escrito sobre el inquietante (es ironía) escrache (sigo ironizando) de España 2000 en el balcón del Ayuntamiento de València. Seis personas subieron al añadido del edificio para desplegar una pancarta con el mensaje: “Orgullo Hetero – España 2000”. Cadenes se preguntaba desde el titular por qué amplificamos las paridas de la extrema derecha. Lo hace después de que, según me han contado, se debatiera en las tardes de À Punt sobre si el hecho debía haber trascendido o no a los medios. Porque lo relevante, como ella misma deja claro en el texto, es que la performance no generó el menor aspaviento entre los presentes en el lugar. Ni en el balcón, ni en su interior, ni bajo el mismo. Hubo que esperar un rato para que alguien hiciera una foto porque allí nadie decía nada y la indiferencia era la lectura más interesante. Entonces, ¿por qué trascendió?

    Imagino el encogimiento de hombros en muchas redacciones ante el hecho. Por ejemplo, en este diario, esta es la primera pieza al respecto. Eso sí, el acting funcionó a las mil maravillas entre la ciénaga de los magacines matinales, los digitales con el radar puesto en hacer ingresos por volumen de visitas o marketing de afiliados y algunos informativos ávidos de imágenes pixeladas (parecen justificar con cámaras que vibran y puntos de vista amateur el tono documental al que no alcanza su desinversión en el oficio de investigar). Total, que aquello salir, lo que se dice salir, salió, y que, efectivamente, lo que en el balcón provocó menos tensión que el apareamiento de unas moscas, pareció más de lo que era. Un hecho tan random, tan tipo sacar la bandera de España debajo de la bandera de España que cuelga del balcón del ininterrumpidamente, que ya se definió por sí solo hace tres años. Bastaba ver entonces el lenguaje corporal durante la protesta. Y eso que la foto la subieron ellos mismos, que era la mejor de que disponían.

    El mar de fondo es otro. Nademos en su búsqueda: ¿informar o no informar? ¿Mostrar o no mostrar? El valor diferencial, a mi parecer, pasa por suponer que todo el público es imbécil. Por ejemplo, supongamos que todo el mundo al ver la imagen citada no tiene el menor contexto sobre España 2000. Desconoce cualquier mínimo rastro de su actividad. Tampoco tiene internet, para tratar de entender el asunto si verdaderamente le medio inquieta. Tampoco hay nadie que le rodee que le sitúe el hecho en algún tipo de situación. No hay bagaje histórico sobre lo sucedido en este u otro caso. Todos son E.T. y acaban de aterrizar en la Tierra en busca de abrazos. También suponemos que todo el mundo es imbécil a la hora de redactar una noticia. Que se olvida de situar el hecho, a España 2000, al ambiente que rodea el suceso con la celebración del Día del Orgullo en València… Nada de nada. Que quien escribe ya ve la foto recortada para que no salga la bandera de España del Ayuntamiento y hace como si nada, que la Policía le confirma que han tenido que esperar a la sombra a que se aburrieran de estar allí… Nada. Total, que como quien ha de contar lo sucedido es una ameba,  ¿por qué le damos canchita al asunto? 

    Existe una tendencia totalizante que pasa por situar a los medios de comunicación, del cine a la prensa diaria, del magacín de turno a la tertulia de Supervivientes, como garantes de una sociedad perfecta. Cabe preguntarse cómo se construye una sociedad perfecta cuando, desde que nos conocemos, la convivencia es sinónimo de conflicto. Pero vale. Los medios resulta que no han venido a mostrar para generar una percepción crítica, sino a enseñarnos el camino. A cada minuto, con más responsabilidad moral y autoconsciencia de su poder que el Dalai Lama en Twitter. ¿Para qué hubiera servido no informar de la acción de España 2000? Pues, sobre todo, para crear un problema donde no lo había. Para regalar el argumento del adoctrinamiento y poder asegurar que, por ejemplo, À Punt, si así hubiera sido, ha silenciado el hecho. Porque a menudo mostrar no es exactamente amplificar, sino poner en evidencia qué sucede, quién nos rodea, por marginal que sea. Porque supongo que, a estas alturas, no iremos a cuestionar el impacto de las minorías en los medios. Minorías que, a veces, beneficiadas por la misma alquimia de lo ocasional son agraciadas –y hay que alegrarse– por la rutina productiva de los medios. Que el medio escogido sea más o menos responsable con esta cadena de montaje es lo que nos lleva –o no– a escoger nuestras lecturas, a discriminar en positivo nuestro tiempo. Criterio, porque, pese a Netflix o Amazon Prime Video, las audiencias no son generalizables ni imbéciles.

    Doy por seguro que ya queda menos para que en Netflix no aparezcan plásticos no compostables en pantalla. Aunque sea la segunda parte del El gran Lebowski y suceda en los 90, los botes de Pepsi serán cartones 100% reciclables y así, al menos, no habrá gente recaudando dinero para boicotear la pizarra global que borró a Apu de Los Simpson. Doy por seguro que ya queda menos para que toda la comida sea vegana, por una cuestión ética para con los animales, y haya actores negros con diversidad funcional entre los equipos de rescate de Fukushima, la serie a lo Chernóbil que producirá algún día HBO. La presión para que los medios sobreprotejan a las audiencias es más fuerte que la interpretación libre de cualquier autora. Cuenta más la enseñanza del momento que el arte, porque el arte necesita sus aristas para llevar al receptor a lugares oscuros, a malos hábitos, a confiar en que podemos ver cosas, sentirlas, de la manera en que sucede en la calle y no de la manera entre algodones que es servida –con todo el sentido– en un aula de Primaria. Doy por seguro que acabaremos perdiendo esa batalla y que lo otro, lo de expresarse desde los márgenes, seguirá como casi siempre, siendo una cosa rara y para unos pocos.

    Las madres y padres helicóptero, con su mejor voluntad, generan individuos inseguros, frustrados y, en ocasiones, con unos niveles de rebeldía superiores a sus coetáneos más liberados. Los medios helicóptero, con su mejor voluntad por no ofender a nadie, nos suponen imbéciles ante el mundo que nos rodea. Es mucho más edificante evidenciar qué significa la acción de España 2000 en el balcón del Ayuntamiento que negar el hecho. Mostrar no es promulgar, porque la propaganda es más compleja que todo eso. No es tan simple y no funciona en exclusiva en favor de los mensajes creados para el impacto emocional. No dar la oportunidad al relato tiene mucho de desconfiar en quien nos rodea. Y en València no hay tantos motivos para la desconfianza, sino para el criterio. Ahí están los resultados en las municipales de España 2000. Y eso que todavía no se han homologado los ataques de los ‘medios helicóptero’ en la ciudad.

    El segundo punto del Artículo 20 de la Constitución Española dice que este derecho fundamental «no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa». La censura no es únicamente la interjección deliberada de un poder para influir sobre la realidad, sino la capacidad de ‘pasar por alto’ un suceso para no amplificar su existencia. Por buenas que sean las intenciones, no.

  • Las últimas mentes vírgenes

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Hay controversia entre los traductores sobre algo que al resto nos hace mucha gracia: el cambio en el título de una obra. En España, Rosemary’s Baby (1968) se tituló La semilla del diablo. A nuestra latitud, Alien (1979) ya era Alien, el octavo pasajero, y a su paso por Hungría Alien, el octavo pasajero está muerto. En China, los responsables de marketing de El sexto sentido (1999)optaron por titularla Él es un fantasma. Hablamos de un tiempo pretérito, casi olvidado, donde no existía Twitter ni el delito por spoiler al que se enfrenta cualquier frutero mientras trata de ser amable.

    El oficio de la traducción, en el caso del título, sufre de las tensiones por venta. Los equipos de marketing pesan y así, aunque Kubrick (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o Thomas Anderson (Pozos de ambición) validen estas tergiversaciones, hay que recordar que el conflicto es anterior a la imprenta. Tanto es así que el canon romántico sobre el que basamos nuestras relaciones, Romeo y Julieta, es el remake literario de una traducción de una novela italiana al inglés a la que le cambiaron el título. Pero lo firmaba Shakespeare, que es lo que cuenta.

    De vez en cuando una traducción sirve para intensificar el mensaje. Así sucedió con la recopilación de cuentos titulada The Jungle Book, obra de Rudyard Kipling. Desconocemos si el Nobel bombaití aprobó la traducción del título al español: El libro de las tierras vírgenes. Sea como fuere, la lectura de estos cuentos llenos de amor por lo verde y orientalismo –tan de su tiempo y tan bien escritos– se estimula para nosotros con este título con el que, todavía hoy, se sigue vendiendo la obra en España. 

     Es curioso como este título original nos hace poner el foco en la relación que existe del ser humano como explorador. Desde la filosofía y lo moralizante del texto, visualizamos a Mowgli y al resto de personajes de otra forma sobre el terreno de juego selvático. Porque hasta hace apenas unas décadas, todos nuestros antepasados sostenían con mayor o peor ambición esta condición: éramos exploradores. Sin embargo, desde que hace 50 años dimos ‘un pequeño paso para el hombre’ en la Luna, nuestra ambición congénita se torció.

    El hambre por la exploración tenía un sentido evidente: alcanzar un lugar desconocido para establecer nuestras propias normas, para explorar una libertad ajena a cualquier otra imposición. Esta necesidad de conquistar un espacio propio, muy cerca de las reflexiones que Virginia Woolf compiló en Una habitación propia, también tiene su versión colectiva. Pero ahora que ya no existe ningún tramo del mapa por reconocer, ahora que las aerolíneas son low cost y las cámaras de tan alta definición en un drone de 59,99 euros, ¿dónde encontramos nuestro escape a un universo paralelo?

    La juventud hasta internet

    El monumental ensayo Teenage. La invención de la juventud 1875-1945 nos recuerda con toneladas de referencias cómo la existencia de la juventud sucedió hace apenas cuatro días. La mayoría de nuestros abuelos (por no rebobinar demasiado la cinta) transitaron de la infancia al compromiso matrimonial en un abrir y cerrar de ojos. Hoy en día, la cantidad de menores de 30 años que no ha enlazado dos declaraciones de la Renta estables preocupa a casi todos menos a los representantes eventuales de las instituciones. Los cuentos de Kipling nos retrotraen filosóficamente al mito del buen salvaje, que aunque nuestra Educación afrancesada sitúe en manos de Rousseau, proviene de los textos españoles que llegaron de Colón hacia delante con el descubrimiento de América.

    El increíble Teenage que cito, escrito por Jon Savage, nos recuerda paso a paso cómo la construcción de una nueva clase social dominante –la juventud– ha servido para acelerar nuestro lugar en el Universo. También las búsquedas de identidad colectivas. Nunca antes un estrato tan agitado de la población había tenido tanta influencia. Nunca antes, la relación con el juego –o infancia adulta– había influido tanto en los valores y el sentido de producción y legado de los humanos. Aunque el relato se interrumpe en 1945, hay una serie de emulsiones maravillosas de la juventud a partir de entonces. Espacios de libertad donde el juego se dispersa como un gas, ocupando todo el espacio, gracias a la base fundamental para la creaciónla ausencia de normas.

    Esta ausencia de normas cambió a las sociedades circundantes, fueran sus beneficiados conscientes o no. Se pueden hacer muchos paralelismos entre el Verano del Amor de California, la familia techno del Berlín intramuros o la marcha valenciana de las discotecas antes de 1990. Lo importante de esos momentos, en realidad, tenía que ver con la anomia. Una ausencia de normas, una ausencia de foco y por tanto de tutela de cualquier tipo, que permitió viajes mentales para la construcción de un nuevo mundo. Todo, como siempre, de espaldas a las instituciones o la gestión política, porque los fines de ambos bandos son muy distintos.

    Aunque no es el momento de repetir el ejercicio, igual que Sillicon Valley y San Francisco tienen mucho que ver con el primero de los casos enumerados, nuestra singular versión local sirve para entroncar a casi todos los nombres de influencia cultural desde entonces: Montesinos, Mariscal, Bolta, Alborch, Roca… Todos conectados por un movimiento sin márgenes. La gran pregunta, no sé si para muchos pero sí para mí, es dónde se encuentran ahora los espacios no marcados. Dónde encuentra la juventud hoy una forma de hacer las cosas, de recibir estímulos y expresarse sin control ni limite de movimientos. Ese lugar existe y es de este mundo, pero no está en este mundo.

    Un nuevo mundo

    La juventud compite contra un monstruo mucho más complejo que el Gran Hermano que vislumbró George Orwell en 1984. Así lo demuestra el genial reportaje de The Baffler titulado Big Mood Machine. En él, la periodista Liz Pelly nos detalla cuál es el verdadero negocio de Spotify: vender nuestras emociones. Desde 2015 la empresa sueca vende nuestro estado de ánimo al mejor postor, con un trazado completo de nuestra forma de ser, sentir y pensar ‘gracias’ a la música. La música, no como símbolo de libertad, sino como llave para convertir en usable nuestra forma de pensar. Spotify controla cómo sentimos y, a través de reproducciones y playlist, trata de interferir en ello para servirnos la publicidad tal y como el mercado la necesita. Interviene y trata de influir, pero no solo eso: también controla que una multinacional de refrescos u otra que vende coches diésel emita su cuña en el momento emocional adecuado para que impacte al precio al que se vende. Un precio mucho mayor, efectivamente, para que la publicidad impacte con gran influencia en ese espacio hasta ahora reservado de la mente.

    En este mundo viejo en el que estamos obligados a vender nuestra transparencia para seguir existiendo, en el que la música no es sinónimo de libertad, sino de mercantilización de nuestro estado de ánimo (que alguien avise a Frank Zappa), hay una esperanza. Hay un nuevo mundo tan ajeno e inesperado como el que encontraron los californianos en el Summer of Love, los berlineses en der klang der familie o la exploración nocturna valenciana. Y ese mundo no está exactamente en este, porque les recuerdo que, en un sentido físico, no nos queda ningún tramo por explorar. Sin embargo, a través del suficiente ancho de banda y sin que nadie se preocupa en exceso, esa revolución juvenil sucede desde hace años en las LAN party.

    Este fin de semana se ha celebrado en València la edición de 2019 de DreamHack. El evento más importante de esta franquicia –también de origen sueco– que reúne a más de 3000 jugadores y otros tantos miles de consumidores. Aparentemente imbuidos en competiciones de eSports (con más de 300.000 euros en premios allí, este fin de semana), detrás de todas esas ventanitas iluminadas en la oscuridad se encuentran los agujeros de gusano al otro mundo donde hoy suceden esas cosas estimulantes. El lugar no tutelado de libertad, inseguro como lo fueron los anteriores espacios de libertad real, está en la web profunda. Los exploradores de este tiempo, algunos de ellos menores, no siempre son conscientes de su potencialidad, pero es en estos otros espacios de interrelación humana y virtual donde se gesta la inspiración de algo nuevo.

    Unas horas entre la marabunta de cables y cuerpos en tránsito sirve para mantener la esperanza en la humanidad y admitir que la juventud, hasta que se demuestre lo contrario, acaba siendo mucho más sagaz que sus agentes limitadores: nosotros, los adultos. Y es divertido encontrar paralelismos de todo tipo entre estos miles de anónimos y los que lo fueron en esos otros momentos de la historia más influyente, pero sobre todo genera mucha paz comprender que las herramientas congénitas que han llevado a la especie a tener cierto dominio sobre su entorno, siguen siendo tan poderosas y desconocidas como las fuerzas que interactúan en la deep web.

    En València, por cierto, mientras España se hunde en su sistema de medios de M-30 hacia dentrose ha celebrado un año más este evento. Es el más grande de esta todopoderosa empresa multinacional, excluyendo el que celebran en su sede de Suecia. A buen seguro este tránsito de jóvenes nos legará algo positivo. Sobre todo si dejamos de ser el territorio que peor retiene el talento, si es que eso algún día está en la agenda política.

  • Alcàsser: un mito para asimilar el cambio de régimen

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Por desgracia, el crimen implicó a tres adolescentes de Alcàsser. Sus familias y la población son víctimas desde entonces y en primer grado del suceso porque, por desgracia, insisto, Alcàsser no fue un hecho comparable a nadaLos crímenes de Macastre, anteriores, coincidentes en el número de víctimas, sus edades, en el sadismo y en una parte de la investigación, no sacudieron al Gobierno central, no pusieron en tela de juicio la ausencia de protocolos actualizados de las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, pero, sobre todo, no contaron con la llegada de un nuevo medio que rige marca la cultura en su sentido más amplio y desde entonces: la televisión privada.

    Alcàsser es un mito. Su relato, el primero de gran trascendencia ganado por los medios en España y no por el Gobierno o las élites, es lo que queda. Es lo que cala. La tragedia de Alcàsser va más allá de lo visible en el documental de Bambú porque abarca demasiados ámbitos, demasiado comunes. Pero, sobre todo, es el hecho fundacional que sirve para situar en la sociedad española y en sus instituciones el fugaz paso de un Estado aislado del contexto occidental hacia la exhibición como foco de primer interés para el mundo (Sevilla y Barcelona ‘92). Del sereno como garante de la libertad (años 70) a ser la quinta economía europea y miembro del G-8. En un abrir y cerrar de ojos.

    Las toneladas de incompetencia, ingenuidad y valentía (por ignorancia) de las instituciones españolas sirvieron para mucho en los 80. Por ejemplo, para disfrutar de un estado de anomia. Del franquismo a los 90, dentro del marco legal, entre tantas otras evidencias, apenas se habían tipificado sustancias químicas. Nuestras reboticas eran el dispensario de una especie de largo verano del amor y sus consecuencias no fueron necesariamente negativas. El mundo esperaba y nos tomó así, en ese estado salvaje en el que ni los bares ni las discotecas tenían necesariamente un horario. Se vendía tabaco legal y de contrabando y los estamentos judiciales y policiales no habían sufrido la menor reconversión (La isla mínima) desde la muerte en cama del dictador.

    El ansia era tal, que incluso aquí se aceptó con si tal cosa que Francis Montesinos desfilara junto a Vivienne Westwood en la capitalidad cultural de Berlín 1988. En Pamplona o San Sebastián se reventaban escaparates por exhibir a hombres afeminados y banderas de España, mientras en Rodeo Drive, Los Angeles, sucedía lo contrario: la gente se hacía fotos deseando aquel jean o el otro estampado. Hoy ya se nos ha olvidado, pero no era normal la contracción de un viejo mundo y uno nuevo sucediéndonos encima. El viaje era vertiginoso y de ida y vuelta, desde nuestro anquilosamiento enrabietado al hambre atroz de medio mundo por explotarnos culturalmente.

    En los 80 éramos la Cuba con la que ahora se relame Estados Unidos. Éramos un oscuro objeto del deseo exótico pero próximo, un destino tan deseable como asequible, aunque lo más importante es que ni siquiera habíamos tenido tiempo de sacudirnos la mugre. El mismo día en que España pasó a formar parte de la Comunidad Económica Europea (1986), en València, como desde hacía más de 10 años, seguía patrullando la noche La 26: un grupo parapolicial, pero ‘legal’, captado en gimnasios de boxeo, sin ser dados de alta en la Seguridad Social, pero con un revólver Smith & Wesson en la pernera y licencia para matar. Era nuestra policía de noche y era lo que había. Éramos el pasado, olíamos a futuro, pero la libertad llegó mucho antes que las instrucciones de uso. Este hecho, para los malos, suponía un campo de experimentación demasiado grande y que acabó resolviéndose de la manera más desagradable.

    El documental de Alcàsser: todas las dudas

    El cambio de régimen se estableció con la victoria por relato. Les pondré un ejemplo: en uno de los campos en los que no abunda el documental El caso Alcàsser, el que tiene que ver con la incompetencia por herencia de la Guardia Civil, resulta que este grupo no tenía gabinete de prensa. Y perdió el relato. Quién hubiera pensado que eso iba a ser trascendente. Hasta la fecha, al menos en España, perder el relato era, a lo sumo, perder una batalla. Pero perdió el relato y perdió la guerra de la confianza en las instituciones públicas. Quién sabe si, para algunos, para siempre. Lo hizo a través de un medio, la televisión, cuya capacidad de penetración era inédita en España, sin el menor control –huelga recordar que en 2019 no existe ni proyecto de Consejo Audiovisual que nos proteja. Vamos camino de ser caso único en el mundo– y convenciendo de una tacada a la mitad de la población.

    Las teorías de la conspiración en torno a Alcàsser tiene como base documental lo cutre del procedimiento a lo largo de un proceso lleno de luces y sombras. La clave de bóveda es el sumario, donde las incongruencias saltan muy de tanto en cuanto (a lo largo de 40.000 páginas). Y sorprende el poco ahínco que le dedica el documental a que Anglés y Ricart eran, por este orden, un individuo en busca y captura y otro de permiso penitenciario. ¿Tienen claro que en el juicio el Estado quedó absuelto de cualquier responsabilidad por ello? Sumen, sigan: Anglés se escapó de su casa, en una intervención policial –la de su persecución– que hoy en día sigue alimentando a la conspiración (“pero bueno, ¿cómo un solo hombre podía escaparse del cerco de Guardia Civil y Policía?”). Lean El fugitiu, de Genar Martí y Jorge Saucedo, y comprenderán que la existencia de angleses ricarts en 1992 era posible gracias a la inexistencia de protocolos homologables al contexto europeo. La improvisación y, quizá, la influencia del show de Benny Hill en La2 marcaban la pauta.

    ¿Saben dónde estuvo escondido Anglés durante su estado de busca y captura? Pues, a veces, en su propia casa. Esa era la presión policial para con un hombre que no había vuelto del permiso penitenciario. Estancia en prisión por, nada más y nada menos (tampoco se abunda en el documental), que haber tenido vejada, golpeada y atada con cadenas a su ‘pareja’ a la intemperie, durante días, la cual se había hecho una buena parte de la droga que pasaba. Como cuenta Joan Olaque en esta reciente entrevista, pero como ya describió agotando cualquier gramo de oxígeno a la teoría de la conspiración en Des de la tenebra, Anglés estuvo a punto de matar a aquella chica. El relato lo dulcificó ella misma en comisaría, aterrada por que pudiera matarla si salía. ¿Y saben qué hizo Anglés al obtener su primer permiso? Efectivamente, fue a buscarla.

    ¿Por qué el documental apenas habla de Anglés? El perfil como psicópata de este personaje, descrito como nunca hace casi 20 años en Des de la tenebra, sirve para comprender una buena parte del suceso. ¿Por qué no se habla de cuál era el uso habitual de aquella lúgubre caseta para Anglés, sus hermanos, Ricart y otros? ¿Por qué no se habla de para qué servía aquella excavación donde guardaban una moto robada? Sin embargo, entre las muchas dudas sobre todo aquello que no se muestra y sí en el documental, la gran pregunta es: ¿por qué no se habla de los indicios de homosexualidad de Antonio Anglés y de lo que el sexo supone para él?

    La editorial Arpa acaba de publicar la traducción del muy recomendable El extraño que llevamos dentro, un viaje al origen del odio y la violencia en las personas y las sociedades. El conocido libro del psicoanalista Arno Gruen funciona como complemento idóneo en estos días para abordar el rol de Anglés en su casa –una chabola con paredes– junto a sus ocho hermanos. Anglés pegó a su madre y a sus hermanas durante toda su vida y tuvo una relación violenta y perversa con el sexo. En casa y fuera de casa. En Des de la tenebra la sospecha y lo que gira en torno a su homosexualidad es seminal. También al papel que juega Ricart en ello. El prófugo vive en una especie de tensión y violencia contra las mujeres, constante y que tiene evidencias y relatos suficientes: se enfrenta a lo que es y no comprende. Sirva también su caso para evidenciar que, seguramente, a las alturas en que cometió los crímenes junto a Ricart según sentencia, Anglés hubiera sido encausado a partir de los supuestos de la Ley contra la Violencia de Género. Aviso a navegantes, por si hay dudas de cómo un marco de normas actualizadas sirve para que un Estado proteja y haga libres a sus ciudadanas y ciudadanos. 

    ¿Por qué la perspectiva de género aparece a falta de 10 minutos en el documental? De otra forma, quizá, hubiera servido para que de una vez por todas se armonice que Nieves Herrero ni era la directora de De tú a tú (lo era Manuel Campo Vidal), ni era la periodista que recababa desde la calle o en la oficina los relatos y los guionizaba (Olga Viza, Isabel Goyanes), ni aislaba del resto de medios a Fernando García (Patricia Murray) ni era tampoco ni la regidora del programa ni quien le hablaba por el pinganillo. Murray, por cierto, presente en aquel primer reality show de la barbarie que fue la noche de los entierros desde la Societat Musical d’Alcàsser, asegura que Herrero intentó parar el programa y pidió que pusieran documentales o algo enlatado. Herrero parecegua que, por otro lado, también ha hablado de este supuesto. Al final, el foco vuelve a estar puesto en ella. Un villano siempre funciona mejor en cámara que todo un entramado. Una mujer joven y guapa, en este caso, parece idóneo para el canon televisivo.

    La llegada de plataformas como Netflix, Amazon, HBO, pero también Movistar+, han dado paso a una auténtica etapa dorada en la producción de true crimes. Nunca se ha invertido tanto ni se ha avanzado tanto en las narrativas audiovisuales en torno a crímenes sucedidos y abordados desde el género documental. Pese a ello, el trabajo de Bambú apenas aporta innovaciones formales, fundamenta las reconstrucciones en el mismo ejercicio de ilustración que El caso Asunta. Operación Nenúfar (2017) y sus logros periodísticos pasan por actualizar las entrevistas y transformarlas al audiovisual con tres salvedades: el relato de la cinta de Blanco, García y el cura de Alcàsser (quizá, la cima del documental), la aportación del ayudante de Blanco (desde el relato a los detalles. Relevante) y el no tan conocido trasiego del sumario hasta que García logra poseerlo (aunque ahora se diga que se sabía el asunto del robo, nunca nadie lo pone en valor. El documental, sí). También es cierto que es altísimo el valor de los fondos de videoteca incorporados, especialmente los de Antena 3 (sospechosamente sin mosca de la cadena y solo de un programa) y los de Telecinco, de cuya cesión hablaré más adelante. Pero, insisto, en un sentido formal, de todo lo que se habla tras la publicación del documental es del plano picado a García, cuya intencionalidad severa tardaremos un tiempo en comprender si era acertada por riesgo o innecesaria por evidente.

    Igualmente, ya que se menciona a García, el documental parece sufrir del conocido como ‘mal por proximidad’: todos aquellos que aparecen en pantalla, salen beneficiados. Hacia el final de la producción, la caída de naipes sobre el castillo de Fernando García no parece cargar las tintas lo más mínimo contra él. Parece como si sus guionistas hubieran optado por dejar que los espectadores juzguen, en una maniobra sui generis, ya que su figura es la que hace trascender todo en Alcàsser: el comportamiento de los medios y de la investigación, sin este ingrediente, es otro muy similar al de tantos otros crímenes. Por el contrario, como Juan Ignacio Blanco solo les concede un encuentro, como el ‘mal por proximidad’ va desapareciendo porque se pierde el contacto, al final parece ser un villano mucho más reconocible el pseudoperiodista y pseudocriminólogo que el ínclito ‘padre coraje’. Y los beneficiados por comparecencia son más, como el del caso de Paco Lobatón. También de Canal 9, por su colaboración y cesión de los hechos (À Punt Mèdia). Recordaba Oleaque cómo el vodevil de El juí d’Alcàsser llegó –entre otros extremos– a llevar a unos pseudo enterradores de los cuerpos de las niñas. Acabaron yéndose antes de que la policía llegase a arrestarles. Por no hablar de la comparecencia, pero no en cámara, de Pepe Navarro. Comparecencia por venta de material audiovisual, pero cuyo papel fue también fundamental para que Alcàsser se convirtiera en el mito que es –imaginen el recorrido de las teorías de la conspiración sin la existencia del Mississippi–. Navarro queda en una especie de neblina beneficiosa. ¡Si hasta le obliga a rectificar a Juan Ignacio Blanco por decir el nombre de un gobernador civil –sin la menor prueba– implicado en la producción de películas snuff

    La gran entrevista del caso, Anglés y Ricart a un lado, sigue pendiente y pertenece a una mujer con la capacidad e inteligencia suficientes como para ponderar los hechos, la creación de un personaje por parte de Fernando García, el juicio y la trascendencia de los acontecimientos: Rosa Folch. La producción no logró doblegar su posición firme frente a la gran bola mediática generada de manera negligente y sin protección desde los 90. De repente, Matilde, la esposa de Fernando García, que aglutina a mi juicio las escenas más dolorosas de la revisión en esta producción, desaparece del relato sin la menor explicación. Una explicación relevante, imprescindible, para comprender a Fernando García. Sobre todo, al García que aparece en cámara ahora. La incomparecencia (voluntaria) en cámara de Joan Oleaque o Nerea Barjola, por haber escrito los ensayos de origen y conclusiones con mayor perspectiva del suceso, pesan en menor medida, pero hubieran fortificado un trabajo aún más solvente.

    No obstante, entre las dudas e incomparecencias, sorprende la ausencia de un relato sociológico en el documental. La relevancia de Alcàsser pasa por un cambio de régimen político real. Un cambio de paradigma a nivel social casi por completo. Las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado cambian con Alcàsser. La prensa cambia con Alcàsser. La televisión como locomotora cultural nace con Alcàsser. Lo peor de muchos ámbitos y algunas aristas en positivo, cambios a mejor, surgen con Alcàsser, pero trascienden el suceso. La importancia está en el relato sociológico. Como ya describe Barjola en Microfísica sexista del poder, es relevante comprender la existencia y libertad de la mujer española. De la que se viene y a la que se va. Es importante comprender cómo hay fuerzas del poder conservador que, tras una década de inflexión, interpretan los 80 como el exceso de libertad del que hablábamos al inicio. A nivel Estado, como nunca antes, se habla de la vuelta a un Gobierno de orden. Nace el relato del miedo y su discurso lo asume el propio PSOE, corrompido y agotado tras abandonar –como toda la socialdemocracia europea del la época– la lucha de clases por el neoliberalismo. Llega la Ley Corcuera como síntoma de todo ello, pero no hay rastros de nada de todo esto en el documental. Y es lícito, porque es un enfoque, pero sabe a oportunidad perdida dados los recursos.

    El efecto sobre las libertades, especialmente la sexual y la de expresión, es la esencia de Alcàsser. El mito que trasciende no son los crímenes, cuyo respeto por parte de los creadores del documental sí creo que ha sido exquisito. Sin embargo, la previa, el poso y nuestra fotografía más actual convierten a Alcàsser en un objeto de análisis sociológico cada vez más alejado del detalle en el procedimiento. Quizá porque, para quien ha leído y estudiado el caso, las aportaciones de esta producción son contadas y ya han sido mencionadas hace unos párrafos. Por eso, quizá, cualquier revisión de Alcàsser sigue pendiente. Es vigente. Porque la captura de los hechos con mayor intensidad no tiene que ver con este pueblo de l’Horta Sud, ni con las víctimas ni con sus familias, sino con el foco exclusivamente en el presente para comprender las consecuencias de un hecho que, como decía al inicio, sigue siendo incomparable y suponiendo, desde la sociedad, el cambio de régimen real que nunca hubiera sucedido por su cuenta desde las instituciones ni desde la política. España era una fiesta en 1992, pero la madurez no la alcanzamos mientras la fecha volaba hacia el pebetero de Montjuic. Por desgracia, el cambio de régimen acabó con la vida de tres adolescentes de Alcàsser.

  • Pasear a los perros

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Le prometí al capitán de esta goleta que, amainadas las urnas, haría “algo diferente” desde mi tronera, aquí, los lunes. Se lo prometí a él ya que, genéticamente, estoy diseñado para concederle a un tercero más tiempo y de mejor calidad que a mí mismo. Aún así, me ha costado quince días levantarme de esa jornada de reflexión que es para un periodista el lunes post electoral: la devastación de la conciliación familiar –tras esperar que la ciudadanía echara nada menos que cinco sobres al cajón– al menos ha servido para intuir quiénes somos y cómo pensamos a fecha de 2019. Repuesto del año en campaña que inició Pedro Sánchez y su gobierno de ministros dimisionarios, ahora vengo yo con el ánimo de una Fania All Star; con más necesidad de reírme que de llorar.

    Las urnas no explican todo lo que somos y sigue siendo necesaria la contemplación en los parques. A eso voy, porque de allí vengo: en febrero, un pasado político que se antoja más lejano que las puertas de Tännhauser, el entonces y ahora alcalde de València dijo: “hay más niños que perros”. El apocalipsis ginecológico, tradicionalmente en boca de hombres, no contaba con este volantazo estadístico. Porque resulta que los chuchis se censan y tenemos a 93.000 organismos con chip meándose por toda la ciudad. A diario. Les veo hacerlo mientras que, al otro lado de la correa, alguien hace como si nada, o sea, con la mirada perdida en el móvil. Uno a veces no sabe si allí mismo se estarán limando asperezas para que Irán y Estados Unidos no entren en guerra nuclear. Y mientras se nos mean encima, sucede lo importante: la indiferencia con el, hasta ahora, mejor amigo del hombre (ya ven que el eslogan pertenece a un tiempo no feminista).

    Recuerdo perfectamente las necesidades sociales que giraban en torno a la posesión de un perro. Sí, sí: posesión. Los perros se regalaban por cumpleaños o en la primera comunión. Había a quien le caía un walkman y había a quien le ‘daban’ un perro. O perra, que para eso ya éramos inclusivos, pero sin saberlo, que sirve de poquito. ¡Qué suerte! ¡Un perreti en casa! Hoy en día son políticamente incorrectos los conceptos “amo”, “dueña” y “chucho” y por contra está totalmente aceptado que durante los paseos, cada día, estos compañeros de vida no les dirijan ni una triste mirada. Salen de casa con el aifón en la mano y así vuelven. Y no son una ni dos. Hagan lo que les digo, contemplen en los parques, y deprímanse con el espectáculo. 

    En los felices 90 queríamos tener un perro porque, más allá del disfrute físico por estrujamiento, peinado o juego, había una serie de necesidades sociales que el perro también cubría. En esencia, la relación con el vecindario. Mis amigos con perro empezaron a ligar muy pronto. Descubrieron mucho antes que yo que para lo del ligue no era lo más importante tener el busto de Beckham. Y además de que les diera el sol e hicieran algo de ejercicio, según la potencia del can, lo verdaderamente importante es que establecían una relación más allá de las humanas y basada en las horas de afecto. No dudo que, en el más trágico de los momentos, se llore la muerte de un perruchi, pese a que sus paseos se hagan con la mirada puesta en el WhatsApp, ¿pero qué dice de nosotras que tengamos más perros que nunca –por cierto, más adoptados que nunca– y que paseemos públicamente nuestra indiferencia hacia ellos?

    Lo peor de todo es que el móvil contraviene una posibilidad del todo deseable: la de llevar una botella en la mano donde no se tiene la correa. Al final habrá que resolver lo de las micciones impunes como con todo: vía multa. Y si todo se tiene que resolver de aquella manera, ¿nos hará falta dar ese paso creando una policía gestora del tiempo sano y evitar que, por el bien de todos, vivamos conectados 24 horas a la nada? Porque quizá, tan grave como la indiferencia canina, es la cantidad de nada que se consume. Sí, hay decenas de millones de personas creando contenido para YouTube, pero eso solo es una pista: ¿qué porcentaje del inabarcable contenido creado no es exactamente una completa pérdida de vida? Y no me refiero a la distancia con el entretenimiento, sino a la celebración del ruido blanco mental como éxito de todos.

    Hay bastante de cierto en las teorías del mindfulness, pese a que me dé alergia compartir ideología con gurús que habitualmente desayunan homeopatía con aguacate. Como demuestra la ingente cantidad de estudios recogidos en Focus, el ensayo de Daniel Goleman, el cáncer intelectual de nuestro tiempo es la falta de atención. Porque parece como si el precio a pagar por tener a mano información de alta calidad (más que nunca, mejor que nunca) sea que ésta se encuentre tapada por toneladas de basura. Y es algo que no solo afecta a los aspectos formativos de la vida, sino a la vida misma. A la relación con el entorno, con todo lo que va más allá de nosotros y de los humanos, con cualquier aspecto y hasta con los perros. Paseamos a nuestros perros, pero se nos ha olvidado lo que significa. Y ha pasado en apenas 10 o 12 años, en un abrir y cerrar de ojos. Significa mucho pasear a los perros. Y habla de nosotras. O eso creo.

  • El periodismo y la careta

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La Cultura no estará presente en los debates televisivos que se celebran este lunes y martes por el 28-A. En el programa de Vox, partido beneficiado por el silencio forzado de sendas citas, solo ocupa tres puntos de su programa: impulsar una Ley de Mecenazgo (ya en marcha), la protección de la tauromaquia y la de la caza, disciplinas artísticas amenazadas como todo ministro de Cultura europeo sabe. Por suerte, la Cultura es una necesidad superior a la de un gobierno. Así, cuando Grecia se medía los egos entre guerras y alianzas, el teatro cambió para siempre a las personas y sus formas de relacionarse. Aristóteles contó cómo las tragedias transformaron el sentido de culpa hasta alcanzar la ética. El error, la mentira y el fracaso pasaron de infligir una pena simple, casi infantil, a generar una percepción mucho más profunda de lo sucedido: las ficciones griegas nos enseñaron que los asesinatos, las violaciones o la corrupción formaban parte de un contexto.

    Con la llegada del cristianismo, la implicación personal en aquellas historias orales –como la de Cristo, tan vívida estos días– dio paso a la conmiseración. Pasamos a formar parte del mal que alguien sufre (y el caso de Cristo es quizás el más universal). Estos inicios de la compasión, la conmiseración en sí misma, han ido alimentando una forma terrible de percibir al poder por parte de los periodistas desde el inicio de siglo. Una empatía transformada en careta y desatada en pro de dos objetivos: eludir el despido y progresar internamente por la vía de la mediocridad. A cambio, las faltas más graves, las injerencias, extorsiones y manipulaciones más increíbles han ido dando forma a los medios de comunicación en España. De atemorizar al poder a someterse hasta la metástasis del desprestigio. Convertidos en algo muy distinto, su percepción actual tiene poco que ver con los logros obtenidos a base de un esfuerzo pasado por tantas aguas.

    La gran duda es, ¿existe la posibilidad de revertir lo sucedido? No será por falta de periodistas ni de talento. Eso, aunque las críticas internas no parecen reparar en ello, también queda claro en El director. Secretos e intrigas de la prensa narrados por el exidrector de El Mundo. El ensayo de David Jiménez es un libro imprescindible para estudiantes de periodismo y necesario para el resto de artesanos del oficio. No parece casual que su portada la protagonice en exclusiva una careta forrada de recortes noticiosos. La máscara ya vencida de un personaje interpretado de manera accidental, como se intuyó en su día cuando un corresponsal durante dos décadas pasó a ejercer como director de este diario, pero que ahora sabemos que ha servido para legarnos la mejor crónica hasta le fecha sobre el estado de los medios de comunicación en España a inicios del siglo XXI. La airada reacción de sus compañeros parece darle la razón en su incomodidad por la revelación de unas tramas que, por desgracia, sorprende a cualquiera… que no sea periodista.

    Hay leyes no escritas en este oficio, pero una de las que se conocen tanto dentro como fuera de las redacciones tiene que ver con la autoprotección del mismo. El corporativismo es el alimento que peor le sienta al periodismo, pero existe. Al máximo nivel. Desconozco si en otros oficios sucede de la misma manera, pero el silencio –a menudo justificado por la máxima de evitar un exceso de ombliguismo– provoca que, cuando alguien habla sobre sí mismo (sobre el oficio), resulte demasiado alejado de algo asumible por parte de los lectores. Y esa es una de las percepciones más extendidas por Jiménez en el libro, su vocación de situar a los lectores en el centro. Una vocación interpretable, según las áreas de la empresa periodística, ya el lector es percibido de muy distinta manera por las áreas que componen a los. Los periodistas, por ejemplo, no tendemos a interpretar a los lectores como a followers –como así hacen casi todos los medios de nicho y nueva generación, llamados a no traer nada bueno–; no,  los periodistas tienden a contravenir al lector para hacerlo más exigente. Más crítico. Sin embargo, esta dicotomía, en uno de los países con la piel más fina para asumir la crítica que se conocen, resulta una contradicción mortal para la economía de los medios.

    El director no merece spoilers. Basta la descripción en las rutinas productivas de los mandos intermedios para reconocerse a uno mismo y a sus compañeros en la negligencia cotidiana. Basta leer sobre la relación de ministros (sustituyan por consellers), sus jefes de prensa y los responsables económicos del diario para imaginar el estupor con el que la sociedad contemplaría esa relación viciada. Una relación por la que han tildado a Jiménez de ingenuo, quienes más se lo tendrían que hacer mirar al confundir la velocidad con el tocino y distorsionar que una relación dialéctica con el poder no exige la sumisión de aquello por lo que nos despertamos todavía: noticias. La conmiseración para con los afectados –protegidos por pseudónimo– me lleva a ser consciente de la guerra de egos y los desajustes de la máquina de producción que es un medio de comunicación. Pero basta con descubrir las palabras de afecto sobre las virtudes de muchos de ellos (escaldados en el párrafo siguiente) para comprender que Jiménez ha tratado de aprovechar la careta de director para salvarnos un poquito a todos.

    Es un relato crístico en este sentido: sacrificado por. En Twitter, que es de todas las realidades, una de las más ajenas a la verdad que conocemos, se ha dicho hasta la saciedad que este ha sido el punto y final a su carrera en España como periodista. No lo creo así, pero si lo fuera, evidenciaría los males que nos atribuye. El libro contiene todo lo que un periodista ansía para una crónica de sucesos, pero también un novelista con arrestos para escribir de su tiempo: muertos (por destituidos), pasta (y la presión laboral que la rodea) y poder (para dar y tomar, de la Casa Real hasta el Ibex 35 y del Gobierno central a los poderes internos). Lo tiene todo, porque si algo sucede en las entrañas de una redacción es ese ansia por comprender en un rato de lectura el lugar en que vivimos. Jiménez se desquita de una experiencia que a los dos meses ya se les había empezado a hacer larga a quienes le eligieron, culpables de haber situado a un periodista de la raza no corporativista al frente del diario. Quien crea que el ensayo publicado por Libros del K.O. hace más mal que bien al oficio, es que no ha entendido que, como su autor concluye, no tendremos legitimidad si no asumimos en qué nos hemos convertido.

    Efectivamente, la naturaleza humana –de vendidos y supervivientes internos– está llamada a boicotear el fin del periodismo. Efectivamente, la economía y sus leyes, más aún en nuestra situación actual, están llamadas a sabotear lo que significa. Al periodismo le queda regenerarse o morir. La atomización, por cierto, es una forma de muerte. La sombra de la conmiseración es larga, por eso comprendo a quien no ayude a sofocar el incendio por el supino motivo de ‘lo queda en el convento’, pero no puedo más que recomendar el libro a los que queremos seguir dentro.

  • Juan Santamaría y la modernidad irrenunciable

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado jueves falleció Juan Santamaría (Castellar, 1949) en el más injusto anonimato. Transcurridos varios días, solo Joan Oleaque ha dado cuenta de su marcha. El mismo periodista que le situó al frente de la revolución bailada valenciana (En éxtasisrecordaba que «cambió la historia de las discotecas valencianas y españolas al abrir la puerta a los sonidos bailables contemporáneos más de vanguardia. Lo hizo antes que nadie al inspirar la música de baile conocida como bacalao. Es decir, el compendio entre rock, pop, sonidos siniestros y música electrónica primigenia que arrasó Valencia de manera masiva en los 80, haciéndolo luego con España. Con ello, transformó el concepto de discoteca alejando las pistas de baile de la obligatoriedad de lo chabacano, que era lo usual. Nada que ver, por tanto, con lo que se conocería más tarde como mákina, que era una derivación reduccionista y estridente de lo que esto significó».

    El silencio mediático e institucional evidencia una de las realidades más tristes de nuestra sociedad pasada y actual: avanzado el siglo XXI, España sigue siendo incapaz de comprender cómo la música, el baile y la evasión a través de sus fórmulas constituyen un hecho cultural de primer orden. Reprimidos en pensamientos pacatos, mientras que Jeff Mills posee la distinción Oficial de las Artes y de las Letras Francesas o Laurent Garnier es Caballero de la Legión de Honor de esa misma república, Santamaría ha fallecido sin el menor reconocimiento. Ni siquiera el de un obituario en la prensa local, plagada de obituarios de extranjeros intrascendentes. Los tres citados eran dj’s. Los tres estuvieron de manera inverosímil en cada paso de puerta del clubbing en distintos lugares. Influyeron, instruyeron y crearon un modo de vida ambicioso desde el hedonismo. Sus nombres hoy resplandecen de manera desigual debido al lugar (y quizá el tiempo) en que nacieron, pero sus méritos son comparables.

    En Berlín los clubes de techno emplean a 9.000 personas, atraen a 3 millones de visitantes y estos gastan 1.480 millones de euros cada año. Están públicamente reconocidos como «expresión cultural» y tienen un espacio propio en la web del Ayuntamiento. El Gobierno local invirtió un millón de euros recientemente en las mejoras de insonorización de unos espacios –oscuros, intensos, liberadores– que, lejos de estar perseguidos, conforman uno de los principales atractivos humanos de la capital germana. Aquí, sin que nadie lo buscase, algunas discotecas durante los 70 y 80 generaron un tejido creativo en el que se fundaron las ideas de algunos de los diseñadores, modistos, actores y músicas más internacionales, pero también de maquilladoras de Almodóvar, coreógrafos, escenógrafas y hasta de una ministra de Cultura. Sin embargo, nunca nadie ha sabido hilvanar el relato desde las instituciones para premiar la profunda huella de aquel tiempo. Un activo humano que se diluye mientras condecoramos a deportistas multimillonarios.

    La vida de una cantidad de población impensable cambió gracias a las discotecas de este movimiento al que nos referimos, ¿pero hubiera sucedido sin Santamaría? Más allá de la siniestralidad, que ni perteneció en exclusiva a València ni se puede desligar de que el uso del casco o el cinturón no eran obligatorios, lo cierto es que esas personas se toparon con la modernidad a través de la música, el baile y las artes performativas. Una modernidad a la que no estaban llamados, pobladores del área metropolitana y rural de València, de vidas rutilantes y fines de semana desbordados gracias a las nuevas libertades adquiridas. Con Spotify en la mano es difícil comprender hoy cómo alguien, un joven como Santamaría, pinchaba discos inaccesibles para casi nadie en España durante seis días a la semana en Oggi. Lo que le había visto hacer a ingleses, pied noirs y americanos en Granada, Ibiza, Benidorm y Sitges, aquellas fiestas sin música lenta, a cualquier hora, donde la gente podía dormir o comer, se empezó a trasladar a València… casi por accidente.

    No fue el primer dj, pero fue el pionero. Cuando se sacó el carné de ‘montador de discos’ en Alicante, en torno a 1972, había unas 60 personas en la prueba (una sala de cine vacía con dos platos Lenco, una mes de tres canales y 20 vinilos). El régimen franquista pretendía expedir carnés a aquellos tipos de pelo largo. Regularlos de alguna forma, ya que el desarrollismo turístico exigía que se contentara musicalmente a los guiris de la Costa Blanca. Para entonces, Santamaría llevaba años devorando revistas como Melody Maker, NME o Sounds, lograba cintas piratas con las sesiones de radio de su admirado John Peel y, en definitiva, volaba a un nivel muy superior al de sus compañeros de oficio. No todos habían sido camareros y dj’s –trabajos hasta entonces indistinguibles– en las ciudades citadas, pero también en Ámsterdam o Glasgow. Ambicioso vitalista, supo que su valía pasaba por viajar a Londres constantemente para importar él mismo los discos que El Corte Inglés o los almacenes Viuda de Miguel Roca nunca traerían.

    En el aeropuerto repartía los vinilos entre el pasaje. La aduana solo permitía pasar cinco de aquellos plásticos y la gente, siempre me contó, era como él: muy amable. Se gastaba el sueldo en hacer de mula por aquella mercancía a la que ningún reportaje televisivo de los 90 le aplicó el relato del traficante. Poco después pincharía aquella colección incontenible durante seis días a la semana en Oggi («el séptimo también me pasaba, pero solo hasta la cena»). Quizá fue la anglofilia la que le llevó a enamorarse de Linda, quien se trasladaría junto a él a España y que también ‘dispuso’ a una hermana (cuñada de Juan, claro) que se convirtió en el enlace más habitual durante un buen tiempo con las últimas novedades: Santamaría pedía y la cuñada hacía de vendedora por catálogo. Ese rol se profesionalizaría años más tarde con trabajadores propios de sus tiendas de discos viviendo en Londres. Como les cuento.

    Por aquel trajín de compras acabaría siendo conocido en varios almacenes de discos en la capital de la Gran Bretaña. Cuando hoy vea a algún moderno pasearse por València con una tote bag de Rough Trade, recuerde que en ese establecimiento conocían a Juan Santamaría por su nombre. En Rough Trade, entre otras localizaciones, teníamos previsto rodar el cortometraje documental sobre su vida como dj. Una película ideada mano a mano, cuyo único impedimento hasta hace un par de meses se situaban en los límites de su extrema y admirable humildad. La humildad de un hombre que estuvo en todos y cada uno de los momentos trascendentales del camino hacia la modernidad en València a través de la música… a saber:

    Acabaría con las rumbas e impulsaría seis días de sesión con música inglesa y nuevo rock americano en Oggi, a partir de 1978; antes de que Carlos Simó lanzara Barraca y la convirtiera en ‘la Reina’ por méritos propios, Santamaría pasó unas sesiones allí (él ya pinchó en Barraca); más tarde, sería el dj elegido para idear y fundar el frustrado proyecto de Chocolate Cream (a la postre, la oscurísima Chocolate); hizo lo propio con Metrópolis y el empresariado estuvo al mismo nivel de profesionalidad que en el proyecto anterior; fundó la primera tienda especializada y enfocada a los dj’s de España (Zic Zac, junto a los hermanos Miguel y Toño Jiménez); desde aquel mostrador, impulsó el término bacalao para referirse a la llegada o posesión de mercancía fresca para los clubes. Música de cadencias bailables, pero a base rock o pop, nunca techno o mákina; Santamaría se encargó de dirigir la producción del primer remix de una canción del pop española: ‘Semilla Negra‘, de Radio Futura (Miguel Jiménez era su mánager. Otro episodio a rastrear en Londres); por nombrar solo una más de sus citas con esta historia, representó a Chimo Bayo en la Feria de la Música de Cannes de 1993 (el Midem). 

    ¿Y qué más? En el libro ¡Bacalao!, de Luis Costa, tuvimos la primera ocasión en décadas de escuchar a través de la palabra escrita cómo un hecho tras otro parecía suceder exactamente a su alrededor.  En un almuerzo con Juan la retahíla de momentos clave aumentaba hasta la inverosimilitud. Él mismo se encargaría enseguida de quitarle el valor que tuvo, porque nada de lo que hizo fue en busca de ningún reconocimiento. Al fin y al cabo, todo lo que él esperaba de la música era disfrutarla y transmitir a través de ella un desbordamiento personal. Lograr que las personas ‘se fueran’ mentalmente hasta lugares ajenos a su realidad, mucho antes de que la primera rula campara por la Ruta. Evasión, hedonismo y espacio compartido. 

    En su día a día, durante los últimos años, sus objetivos parecían también otros, como la apasionada crianza de su nieto. Pero también la música a través de internet. Hace apenas unas semanas le escuchaba una sonriente arenga contra de las playlist de Spotify. En su diaria búsqueda de nuevo material musical –no olviden que tenía 70 años–, me decía: «después de haber superado a la radiofórmula, ahora resulta que la dictadura es mucho mejor: playlist de Spotify. Patrocinadas o teledirigidas. O influenciadas por lo que ya escuchas. ¿Pero puede haber algo peor? El underground está en Soundcloud. Se escucha igual o mejor y das con canciones por las que te preguntas, ¿pero qué hace esta esta tipa subiendo aquí sus canciones sin que nadie la conozca?». Sus palabras no serían exactamente estas, pero hoy las recuerdo así. Fue de lo penúltimo que conversamos. Luego sobre algunos problemas que arrastraba desde enero y algo sobre una operación a la que enseguida quitó importancia. 

    Juan Santamaría fue dj, promotor musical, manager, socio y propietario de tiendas de discos, pero no solo eso. Durante años pensó que nunca regresaría a València. El mundo era fascinante y sucedía, casi en su totalidad, ahí fuera. Pensó que viviría en Londres, seguramente, donde cada noche sonaba la mejor música en directo y estaban sin duda las mejores tiendas de discos. Pero para cuando estuvo convencido, le pagaban demasiado haciendo los veranos como dj en Cap3000 (Benidorm; véase la foto superior). Estaban demasiado bien pagados. Por aquí sabían que nadie dispondría de igual forma aquello que era lo último fuera. Juan era el enlace soñado y de Benidorm a València solo había un paso. Llegó cuando empezaron a interesarse de verdad en la idea de club y a entender que el dj era el eje de lo que sucedía en la sala. Hoy son las estrellas del rock y así lo concebía Juan hace más de 40 años, pero hasta su llegada aquí casi todos eran camareros con cierta personalidad a la hora de hablar por el micro. Santamaría iba mucho más allá. Dio cuanto tenía e influenció a los dj’s que llegarían justo detrás de él. Es imposible encontrar entre todos ellos, entre los de los 80 y los 90, a ninguno que no recuerda a Juan como una buena persona. Un hombre bueno y humilde, agraciado por un don: la búsqueda irrenunciable y constante de la modernidad. Pese a la vida y sus complicaciones. Pese a los malos compañeros de viaje. Fue moderno por él primero, pero también por todos sus compañeros. Fue moderno porque le dio la gana, pero fue moderno por todos nosotros. Más de lo que lo seremos. 

    La modernidad en València fue irrenunciable gracias a Juan Santamaría. Hasta la fecha y pese a muchos, València a veces es moderna y sin que haga falta que nadie se lo reconozca, es gracias a Juan Santamaría.

  • Dóciles, desiguales e intolerantes

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Cada generación creer ser la sociedad más compleja que haya existido nunca. Está en su derecho, diría yo. A una distancia de años luz con respecto a la de sus madres, por no hablar de la de sus abuelos. Que es muy difícil todo. Qué difíciles las relaciones, qué difícil lo de los estudios, lo de conseguir curro, lo de ¿comprarse? Una casa… Lo pensaron nuestros padres, pero nunca se lo dijeron a nuestras abuelas. La comunicación era distinta, diría yo. Sin embargo, hay evidencias incontestables de que esta última hornada de malcriados (o sea, nosotros) está llamada a colapsar por desigualdad con los anteriores. Y, cómo no, son evidencias económicas. El humanismo que nos queda ya solo existe entre la sábanas y en la última de nuestras condescendientes resistencias: la lectura.

    Hemos vivido una infancia plácida. Los felices 90, que así los llaman los filósofos de nuestro tiempo: los economistas. Nos otorgaron una placidez suprema. Quizá excesiva. En las tardes de programación infantil de cada una de las televisiones autonómicas, pese a la violencia que tanto preocupaba con Bola de Drac, la verdad es que vivimos con sublime liviandad. La Nocilla no era cancerígena porque aún corríamos por la calle. Todavía quedaba algún descampao donde jugar a la pelota sin que una señal del ayuntamiento lo prohibiese y nuestros adultos veían las consolas con distancia y aburrimiento. Imitarles no era pasar el fin de semana encerrados entre Netflix, Twitter o salir a comprar cosas compulsivamente. Éramos felices y estábamos sanos. Quizá porque nadie quiso martirizarnos al concluir que es salón donde podíamos jugar con las manos durante tantas horas sería la única propiedad de nuestras vidas.

    El pasado año un estudio reveló que la renta neta mediana de los millenials es de 3.000 euros frente a los 63.400 de nuestros hermanos mayores (la Generación X). En las mismas variables de edad y tiempo, sin distorsiones de precio o momento vital incorporadas. Somos el país más desigual de la Unión Europea por ingresos (o sea, vital) gracias a que Grecia no abandonó el club. Hay 2.000 municipios en España con más jubilados que trabajadores (ojo que la la Comunidad Valenciana tiene 532 pueblos). Hay una resistencia atroz e insolidaria al relevo generacional en las empresas. Hay una empatía sindical por esa resistencia convertida en un muro para la afiliación a sus causas de menores de 35 años. Hay jubilados muy preocupados porque con su exangüe pensión no pueden alimentar a los familiares que les preceden, pero la urgencia de la cesta de la compra aisla un debate plural sobre el fondo de estas desigualdades.

    En esta campaña electoral nos toca escuchar defensas apasionadas sobre la maternidad. Nos hablan de protección de la vida, de conciliación laboral y de hacer lo imposible –que en que es imposible, coincidimos todos– para que en 2033, a la vuelta de la esquina, no tengamos una población con un tercio de jubilados. Jubilados, por cierto, a 30 o 40 años de fallecer, de lo cual nos alegramos. En esta campaña electoral eterna la creación de unidades de producción (anteriormente conocidas como niños o niñas) no habla ni dios de tumbar la Reforma Laboral de 2012. Y resulta que si no tenemos hijos no es por la presión derivada de soportar una desigualdad extrema entre salarios, capacidad de gasto, ahorro y ausencia de vivienda en propiedad. ¿Pero quién quisiera hablar de la Reforma Laboral de 2012 pudiendo distraer los minutos de telediario con el aborto o la eutanasia?

    Nos creen intolerantes. Ajenos a casi todo. Incapaces de salir a la calle. Tienen razón en muchas cosas. Los jóvenes movilizamos muy mal el voto. Hemos asumido el espíritu del malcriado y pasamos largos equinoccios sin saber si este tablero de juego es nuestro o nos lo han prestado. Es normal. Es normal cuando convivimos con unidades de producción del Antiguo Régimen. Unidades de producción que rinden a un ritmo inferior, pero sostienen un estatus económico (propiedades + salarios) gracias a nuestra docilidad. Entonces descreemos. No debe ser nuestro mundo este. Debe ser otro. Y en cada finca, un problema. Por ejemplo, en las Américas, donde las protecciones sociales no llegaron con nuestro legendario expolio civilizante, los millenials homónimos se hipotecan hasta los 50 por un título universitario. Si tienes en tu casa un título universitario y me estás leyendo, párate un momento y piensa cómo te sentirías a los 50 habiéndote reducido a la nada por ‘eso’.

    Colapsaremos. Hemos de ir aceptándolo. Somos buenísimos riéndonos de nosotros mismos, así que lo aceptaremos. Hay un mundo que se agota y no es el nuestro, pero cuando se agote, ya no estaremos. No serviremos. Un mundo que nos ha enseñado todo, pero sobre todo a descreernos y a ser intolerantes. Colapsaremos. Será por haber sustituido al aprendiz por el becario. Será por esas madres y padres a las que les pareció bien que sus hijos no cobrasen durante 6 meses o dos años, sin saber que estaban arruinando desde la sobreprotección lo mucho que quedaba por ganar en espacios comunes. Y vendrán tiempos fuertes. No queda nada para que una masa de personas mayores nos juzgue por no blindar los recortes en Sanidad frente a los de la Educación. La Educación pública seguirá serrándose lentamente los tobillos. Ya nos hicieron tomar estas decisiones con la Cultura y no nos hemos recuperado.

    O somos o nos han hecho intolerantes a nosotros mismos. La última vez que atisbé que fuera algo remediable era 16 o 17 de mayo de 2011. O entonces ya era demasiado tarde o éramos demasiado pocos como para remediar lo que somos.

  • gLovers

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Adrián y Laia están enamorados. Al menos, eso creen. Enamorados en la forma en la que alguien se enamora antes de los 20. Ahora llevan casi dos años juntos. Nunca han dicho que sean novios, pero a ojos de sus amigos lo son. Ellos prefieren evitar esa palabra. Parece como si no pudiera definir la manera en que, desde hace tiempo, ella y él se han dejado caer por completo en el otro. Han encontrado otra: “simbiosis”. Es rara, pero les gusta desde que ella la subrayó en su libro Biología 2 de Bachillerato: “asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, sobre todo si los simbiontes sacan provecho de la vida en común”.

    Más allá de las palabras, una imagen define su estadio de confianza: de cuatro de la tarde a doce de la noche, de martes a domingo, Adrián y Laia trabajan abrazados. Son glovers. Ese es el término que utiliza una empresa de mensajería para referirse a los autónomos que curran para ellos. La pareja es un código en un mapa circulando a cierta velocidad por València. La vida colgada de un algoritmo y las necesidades de recogida y entrega de bultos. Él conduce y ella se ha convertido en la paquete más eficiente. Pronostica rutas fluidas y, así, aunque apenas superan los 700 euros limpios al mes, sobreviven mientras Laia estudia Derecho.

    Pertenecen a ‘diferentes especies’ a ojos del Estado. Él es venezolano y lleva mucho tiempo en situación irregular. Por eso, ella es la autónoma y “colaboradora” a ojos de la empresa. Él empiesza “a glovear” unas horas antes de que Laia salga de clase. Desde hace un par de semanas ha cubierto él solo la ruta para que estuviera liberada durante sus primeros exámenes en la Universidad. Se ha notado. Ella se encarga de recoger y entregar, mientras él apenas detiene el vehículo. Por separado son menos eficientes y sospechan que la agilidad ha empezado a penalizar al que es uno de los códigos más valiosos para la empresa en su ciudad. La única bonificación recibida hasta ahora por ello es la de elegir horario y tener trabajo constante.

    En estas semanas sin tardes de abrazos, ambos han tenido algo más de tiempo para pensar. Sobre todo porque, hace unos días, Laia recibió una carta de la Seguridad Social en la que se le advertía de que su caso estaba siendo investigado como un posible hecho de ‘falso autónomo’. La primera reacción fue de enfado con la Administración. No olvidemos que es la misma que considera irregular a Adrián. Gloverar permite que él trabaje. Incluso, que estén juntos. Sin embargo, la carta ha abierto la espita de la sospecha. Laia no cree que pueda compaginar la carrera con un trabajo distinto y él…

    Si dejan la moto, no habrá paro. Si siguen, tampoco habrá vacaciones y cada mes está más cerca el fin de las bonificaciones en la cuota de autónomo. ¿Cómo van a seguir adelante si esa cuota mensual sube a 283,30 euros? No tienen un salario fijo y hay quincenas (la empresa retribuye cada 15 días) en las que el número de repartos cae hasta sisarles 150 euros de la previsión habitual. Para que la remuneración sea interesante, al menos han de trabajar 10 horas al día, seis días a la semana. Desde que empezaron, el precio de la gasolina ha subido, pero ni las cuotas ni las bonificaciones se han modificado. Y, lo peor de todo, es que han asumido que ahora no pueden parar: comparten un piso con otra pareja, 250 euros de alquiler con gastos incluidos.

    De momento, tampoco nadie les ha tendido la mano desde ninguna organización sindical. El sistema, en gran medida, salvo que algún día alguien les capte en la calle, les hace invisibles. La situación de Adrián tampoco les anima a interactuar en exceso con otros repartidores. Circulando a cierta velocidad de un lugar a otro de València, la Kymco Gran Dink de 125 cc (2005, 78.000 km) podría empezar a dar problemas en breve. Si se estropea, quizá tuvieran que pedir algún pequeño préstamo. Ya lo han pensado, ¿pero cómo iban a devolverlo? Y eso que la familia de Laia la deja exenta de quebraderos de cabeza con los pagos de la Universidad, que pese a ser pública, ella no hubiera llegado a costearse.

    Pese a lo mucho que trabajaron durante las lluvias de noviembre, Laia y Adrián solo se han caído una vez. Un espejo, un rascón y el susto. Esa es, de todas, la gran incógnita. Qué pasaría si la próxima vez que se vayan al suelo no hay tanta suerte. Después de tantos meses abrazados sobre la moto, este parón por exámenes ha despertado las primeras incógnitas en una relación abocada a desarrollarse en torno al trabajo. Convertidos en simbiontes que sacan provecho de la vida en común, el ruido del tráfico y la incertidumbre de sus pensamientos contrastan con la asepsia de su código moviéndose sobre el mapa. Recogida y destino. Aunque ellos desparezcan del mapa, la aplicación seguirá funcionado y nosotros consumiendo sin hacernos las preguntas más evidentes.

  • Las Fallas, el Prado y la Cultura de los ‘cuantis’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado martes cumplimos con el rito: botar-li foc a miles de obras de arte por San José. Las Fallas son –pese al alcohol– una de las expresiones creativas más relevantes del mundo. Urbano y efímero, el carácter brutalista e invasivo de estas artes es difícilmente comparable. Entre otros asuntos, por su capilaridad urbana y social. Antonio Ariño cuenta que, quizá, solo el Carnaval en Río es capaz de lograr una voz propia por cada palmo de la ciudad. Gil Manuel Hernández recuerda que, eso sí, en el esplendor fallero pre franquista (o sea, pre ofrenda, pre mascletà, pre falleras mayores, pre indumentaria…) las Fallas congregaban a los vecinos de las calles adyacentes al cadafal. Ahora sus miembros –y, por tanto, sus mensajes– pueden llegar desde la otra esquina de la provincia. Con todo y con eso, un marzo tras otro hay un sinfín de ideas interrumpiendo la vida cotidiana y el tráfico para contar historias a través de figuras, textos, pólvora y música.

    Sin embargo, ¿en qué piensan los españoles cuando piensan en las Fallas? ¿Qué percepción sobre su gigantesca potencia artística tienen las y los valencianos? ¿Cómo influye en esta expresión que los premios se concedan a razón de su precio (lo cual les aísla del resto de artes; como si en Cannes las películas indies no pudieran ganar la Palma de Oro)? ¿Cómo influye que no haya mujeres (2019) en los jurados y su percepción crítica para los premios? ¿Qué pintan los artistas falleros y por qué su voz se ha convertido en una especie de gemido victimizado? Son muchas las preguntas, pero la más inquietante es, ¿son las fallas una representación artística y se percibe como tal? Calar, calan, ¿pero cuál es su futuro en este sentido y qué papel han de cumplir al respecto los agentes implicados?

    El pasado martes, mientras cumplíamos con el mito de quemar miles monumentos a lo largo del territorio, el Museo del Prado presentaba su primer estudio sociológico “sobre los españoles” y la institución bicentenaria. El 94,88% asegura que es una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal (salvada por un valenciano). “Una de las grandes aportaciones”. Una de tantas o, al menos, una de varias. ¿Creen los españoles –incluso, las españolas– que las Fallas son “una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal”? ¿Lo son? ¿Quién financiaría ese estudio y quién pone el foco hoy sobre el patrimonio inmaterial que ya es? ¿A quién y a cuántos les interesa que esa sea la percepción y a cuántas comisiones y no falleros les importa esa idea de fuera hacia dentro y de dentro hacia fuera?

    Con cierto sentido, la idea ‘fiesta’ se impone a cualquier otro aspecto de las Fallas. Especialmente, si el 19 de marzo da como para puentear un fin de semana. No obstante, la coincidencia en la fecha (19 de marzo) de la presentación del estudio del Prado me sirvió para reflexionar sobre algunas de las ideas ‘cuanti’ del asunto. La más sorprendente es que a los medios de comunicación generalistas les pareció muy relevante que algo más de un tercio de la población no hubiera ido al Prado. Y ese fue el mensaje en sus redes. Facebook se llenó de ‘reacciones’ con lagrimita, como pensando que qué pobres y qué pena de sociedad la que no ha hecho check-in en el Prado. A nadie le dio por recordar que La maja desnudaEl jardín de las delicias Las meninas son, ante todo, un fondo para selfies. Una experiencia conocida y a capturar como la de quien viaja a París con su pareja o hace un bautismo de surf (aunque ni antes ni después vaya a posar sus pies descalzos en un trozo de poliuretano).

    Si alguna cosa puede aportar el arte es, sin duda, desde lo imprevisto. Desde el desconcierto. Y no es un movimiento minoritario, sino cada vez más pronunciado, el de las personas que, en esta futura crisis del concepto turista, comprende que si en la vida ha de toparse con momentos propios, solo podrá hacerlo desde la sorpresa. El Prado contiene toneladas de riqueza por metro cuadrado que, por desgracia, dada la tendencia ‘cuanti’ de las políticas culturales y sus efectos, llevan a que ese templo se contemple desde la previsión. Huelga decir que en la citada encuesta, a alguien se le ocurrió que era muy oportuno preguntarle a los 3.321 encuestados con quién les apetecería visitar el lugar: la respuesta mayoritaria de fronteras hacia dentro fue Rafa Nadal (17,78%); de fronteras hacia fuera, su respuesta les describirá aun más y mejor a qué tipo de experiencia ligan los visitantes del Prado su viaje a través del arte pictórico más elevado: Will Smith (17,43%).

    No me extiendo mucho más en los datos para dejar clara cuál sigue siendo la grandísima oportunidad de las Fallas para todos: a los 3000 julianes a los que se les hizo la encuesta sociológica del Prado se les preguntó cómo les gustaría visitar el museo. Y sí, el 70,43% respondió que en pareja, pero el dato más relevante se encontraba justo después: dos de cada tres admitieron que la forma en que preferirían someterse a la experiencia era “de manera espontánea”. Si hay algo que recorre cada día las salas del Prado es un exceso de canon. Un patrón de visita que se repite, excepto en las caras de los estudiantes de arte y los visitantes más habituales que pasean por allí como quien vagabundea por el Retiro. Incluso, pese al peso de la fiesta, las Fallas son increíblemente actuales y vigentes un año tras otro como para ser visitadas “de manera espontánea”. 

    El amor propio de valencianas y valencianos y la consciencia de este potencial no se relaciona con un empeoramiento de lo que se disfruta; al contrario, enriquecería todos los aspectos del rito. Incluso, las desafecciones vecinales que, aunque haya momentos del curso que inviten a pensar lo contrario, afectan y no agradan a los implicados del casal. Incluso, a la deseada “calidad de los visitantes” desde la empresa privada, a los que se pretende menos ruidosos, más educados y con un gasto medio superior. En la guerra de los ‘cuantis’ sociológicos de la Cultura, las Fallas tienen pistas de sobra como para modelarse progresivamente hacia sus potencialidades (otra de ellas, su aportación en acciones sociales, de las que podemos hablar otro día). En las batallas por los ‘cualis’ –por valores cualitativos–, las Fallas tienen razones de sobra para sobreestimarse. Si algún día calara este mensaje de forma interna, la sociedad valenciana estaría a un paso de atraer a otro tipo de actores. De conectarse a través del arte con referentes internacionales del arte (de cualquier arte) y enriquecerse como colectivo a través de su máxima expresión pública. Y lo mejor de todo: sin renunciar a nada.