Categoría: Crítica de cine

  • ‘Restos de viento’: la infancia como perspectiva ante la muerte

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Es un lugar común valorar la distancia que aporta el género fantástico para hablar de los problemas que nos rodean. La perspectiva sobre lo inmediato que, por situarnos en el futuro, en otro planeta o en la Fosa de las Marianas nos ayuda a comprender mejor aquello que nos afecta diariamente; en lo inmediato. Tomar distancia es parte del juego de la ficción y parte de su camino terapéutico que, más allá del arte, a veces también tiene su razón. Esa magia por la cual somos adictos a las historias y que nos permite deshelar los polos y enfrentarnos a lo que nos cuesta encarar de frente.

    Restos del viento, el segundo largometraje de la mexicana Jimena Montemayor, le da la vuelta a ese calcetín. La directora y guionista nos muestra el drama de la muerte a partir de una distancia temporal para buena parte de los espectadores: la infancia. Una perspectiva poco transitada en el cine para hablar de la soledad, el alcoholismo, la resiliencia, la convivencia… Además de hacer una incursión maravillosa en la depresión de la madre, dos niños, chica y chico, de distintas edades, van a contemplar esta caída y van a tener reacciones diametralmente distintas.

    Los tres personajes viven su particular relación ante la ausencia. El espectador entra y sale de cada una de ellas, contemplando las múltiples realidades ante lo que no se logra comprender. El drama es capaz de capturar las muchas intensidades en las emociones y domina su propio tempo. Una película sensible y contenida, pero una decidida vocación tanto en la dirección de arte como en la fotografía. La más experimentada María Secco acompaña con su foco empático a lo más relevante de Restos de viento: la dirección. 

    El trabajo de Montemayor abraza todos los aspectos de un film que combina fragilidad e intención a partes iguales. Más allá de la paciencia con algunas secuencias de la película, ésta contiene la inteligencia de una cineasta convencida de los personajes que ha escrito y tiene entre manos. Una cinta dominada en cada una de sus etapas y que a buen seguro competirá por estar entre lo mejor de la Sección Oficial de la 33ª edición del Festival Internacional de Cine Cinema Jove de València.

  • ‘Tres anuncios en las afueras’: fascinación por la América vitriólica

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Mientras Donald Trump trata de hacer a América grande de nuevo –queda implícita la idea de que ahora debe deambular entre una bajeza geopolítica que nadie intuía; dado su trato al extranjero, queda implícita la idea de que América es, a su entender, Estados Unidos–, la fascinación por la América vitriólica sigue intacta. Las bajezas de un país tan imperfecto como cualquier otro acaban de encontrar un nuevo relato mitológico: Tres anuncios en las afueras, la tercera película del reconocido dramaturgo Martin McDonagh. Un film que ha iniciado su deambular por las alfombras rojas arrasando en los Globos de Oro con cuatro premios: Mejor Película Dramática, Mejor Actriz de Drama (Frances McDormand), Mejor Actor Secundario de Drama (Sam Rockwell) y, por supuesto, Mejor Guión (McDonagh).

    La fascinación por el error, por las bajezas y por el reverso tenebroso del sueño americano tiene un poder inagotable. La lectura psciológica de esa idea, tiene mucho interés. Con respecto a los muchos y constantes referentes, la diferencia en este caso, quizá, tiene que ver con un texto absolutamente impecable por ritmo y contenido. Quizá, también, ha tenido algo que ver que el tridente de intérpretes gocen de una química interna y compartida con la historia como pocas veces ofrece Hollywood: Mcdormand, Rockwell y Woody Harrelson

    McDonagh, inglés aunque de origen irlandés, reúne no pocas virtudes y la crítica asegura que todas ellas le acompañan desde que debutara como autor teatral con La reina de la belleza de Leenane. Maneja la oscuridad de los personajes y aboca al espectador a una duda constante entre la idea de bien y mal. Algo que ya estaba claro en su celebrado debut –aunque no muy conocido– Escondidos en Brujas, con Colin Farrel y Brendan Gleeson en el papel de sicarios y la ciudad Belga como agrietado escenario. Otra de esas valías es el poder que encuentra en una violencia. No exclusivamente explícita, pero nada almidonada ni ajena a los conflictos que se suceden en la historia y que van sacudiendo al receptor con inteligencia y humor negro. La fórmula suaviza el impacto de realidad.

    Esas y otras cualidades alcanzan un un grado de equilibrio pavoroso en Tres anuncios en las afueras. Algo de lo que ya se dieron cuenta en su brillante desfile por los distintos grandes festivales: premio del público en Toronto, premio Perlas en San Sebastián y mejor guión en Venecia. En todos ellos una de las principales sorpresas era descubrir que McDonagh no posee ninguna relación con el lugar que destripa: el pequeño –y ficticio– pueblo de Ebbing, en Misuri, donde una madre trata de que la policía se tome en serio el caso de asesinato y violación de su hija. Para ello contrata tres vallas de publicad a las afueras, se da publicidad en los medios y destapa la inoperancia de su escueto cuerpo policial. Esa madre es la inquebrantable McDormand, el jefe policial es el conciliador Harrelson y el oficial al cargo del caso es un descarriado Rockwell.

    En la película de McDonagh habitan todos los fantasmas de la América sureña: racismo, pacatismo crónico y la frustración de un país frente a sus estereotipos de éxito en las Costas. Todas las interpretaciones bordan el tránsito que va desde el punto de partida hasta un declive en la dirección contraria a la que el espectador ha asumido para el personaje. La reacción pétrea de la madre coraje se va limando hasta despeñarse en distintas direcciones; el afán moderador del jefe policial, su control ante la compleja situación, se resuelve con una brillante escena final para Harrelson; la estulticia de Rockwell y su caída constante encuentra un rebote inesperado y replantea en gran medida el recorrido que el escritor parecía proponer.

    McDonagh se suma a la victoria de los storytellers en el cine. Leyendo su sinopsis, Tres anuncios en las afueras no pasaría por ser una gran historia y, sin embargo, el talento de este angloirlandés para contarla –y esto también incluye su montaje– implica a sus actores –nombres propios del mejor indie– y entusiasma al espectador hasta dejarlo a su merced.

  • ‘Molly’s Game’: la fiesta del guión no siempre es la fiesta del cine

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El mundo asiste al boom de los storytellers. Y no solo en el cine o la televisión, donde es de justicia poética después de que escritores como Dalton Trumbo o John Fante –por muy distintos motivos– fueran poco más que operarios de Hollywood. La política, los museos y hasta las ONG buscan storytellers. Saber contar una historia, no digamos poseerla y tener una voz propia, es uno oficio con demanda por una sencilla razón: es un talento escaso. 

    Aaron Sorkin posee un innegable ingenio para contar historias. También para escogerlas y proyectar diálogos, que completan el oficio de guionista. Hasta la fecha había dado cuenta de ello en las canónicas Sports NightEl ala oeste de la Casa Blanca, La red social o Moneyballi. Series y películas cuyos textos rozan el brutalismo en los tiempos de Twitter, porque si algo ha de saber el espectador de Molly’s Game es que no hay intervención de sus protagonistas que quepa en un tuit. Y me refiero a los 280 caracteres del último concilio digital.

    El espectador también debe saber que se enfrenta al debut en la dirección de Sorkin y que éste ha escogido para ello una biografía de lo más singular: Molly’s Game: From Hollywood’s Elite to Wall Street’s Billionaire Boys Club, My High-Stakes Adventure in the World of Underground Poker. Molly (Jessica Chastain) es una chica de 26 años investigada por el FBI tras manejar durante 10 años una serie de partidas de póker con anónimos famosos. No cualesquiera, sino grandes estrellas –precisamente– de Hollywood, capos de Wall Street, magnates rusos, deportistas de élite y un largo etcétera. Molly posee sus vidas a través de ese secreto. Por su relación como organizadora de las partidas también maneja conversaciones, correos electrónicos y SMS que podrían destrozar sus vidas, pero se obstina a no revelarlos frente a la investigación y, en la encrucijada, se topa con un prestigioso abogado que tratará de librarla de la cárcel (interpretado por Idris Elba).

    Lujo textual, efectividad a los mandos

    Una vez más, Sorkin acierta primorosamente a la hora de escoger una historia. Una historia a la americana: nombres propios, vidas ocultas, ilegalidades, infidelidades y, sobre todo, poder. El dinero vuelve a girar en torno a sus relatos a base de millones y él como pocos sabe hacer relucir el lado humano de las miserias que se suceden en cuentas bancarias. Sin embargo, la impersonalidad imperante en su dirección es notable. Es un placer que existan películas de semejante extensión y no solo en el metraje, sino en el texto. Pero encajar algo parecido a una novela de 120 páginas en ese tiempo es un reto para cualquier tipo de espectador. Del lenguaje estrictamente visual y el sonoro, a Sorkin solo le puede atribuir efectividad.

    Habrán oído alguna vez que las cintas de John Ford o Alfred Hitchcock pueden comprenderse sin necesidad del sonido. Algo que, generacionalmente, sabiendo de dónde viene el cine y de dónde venían ellos, tiene mucho sentido. A menudo se comenta como una virtud, pero en este caso sirve de ejemplo paradigmático para entender que Sorkin, además de la virtud del texto y todo lo que gire en torno a la escritura, tiene el vicio de someter el flujo audiovisual a las letras. Pese a que son conocidas las críticas y chascarrillos que ha suscitado durante su carrera entre los actores, no piense que en su debut como director se ha amilanado. Incluso, uno intuye cierto esfuerzo por encajar semejante lomo de folios en 130 minutos. El sonido de este drama con ánimo de thriller es absolutamente consustancial, pero la imagen, las posiciones de cámara y las decisiones que giran en torno a ello no son arbitrarias de milagro.

    A partir de esa realidad, cabe entender el reparto y, de paso, hablar de él. Sorkin no ha elegido a Chastain, Elba o Kevin Costner (padre de Molly) por casualidadNo hay dirección de actores. Sorkin paga a los mejores para que hagan su trabajo. Y hay tantísimo texto que, en intérpretes con tanta altura, es difícil que ellos mismos no encuentren todas las decisiones a tomar, pese a la diarrea de texto que expulsan en cada secuencia. Es algo que podemos entender por las fisuras de unas actuaciones que, seguramente, se destaquen. Chastain es posible que reciba elogios por su trabajo, pero hay importantes fisuras en esa idea composición de una joven inquebrantable. Sobre todo, cuando se queda gélida ante una realidad que la desborda (por cierto, la primera gran protagonista de Sorkin en su extensa carrera) Elba merodea el estaticismo y no hace nada mal –a estas alturas, en él, parece imposible–, pero tampoco les deslumbrará más allá de un airado alegato en el que, una vez más, el texto nos vuelve a parecer impecable.

    Más allá de sus protagonistas, no hay interpretaciones a destacar. Tampoco hay aspectos técnicos a destacar, eso sí, sabiendo que el presupuesto ha sido exactamente todo el necesario como para cubrir las necesidades de semejante debut. La película carece de autoría audiovisual y, a su vez, posee una historia y un guión que bien merecen la pena para pagar una entrada de cine. El film llega entumecido a su último plano, que, suponemos, pretendía ser un guiño a ese idioma del que todavía no es un maestro: el de la realización. Para entonces, poco importa, pese a que esa imagen redondee todavía más un texto que podía ser una novela. Es posible que, como decíamos, haya espectadores que no hayan leído tanto en tampoco tiempo desde hace años. El problema o no, según a quién se le pregunte, es que habían ido a ver una película.

  • La fórmula para ‘Amar’: confianza, tiempo y resiliencia

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El orden en el que se suceden las cosas en el amor tiene algo que ver con el éxito: la fórmula es, por suerte y por desgracia, desconocida. Por muchos millones que se inviertan en la producción de una película, por estelar que sea el casting, por buena que sea la recepción de la crítica, la fórmula exacta por la cual se accede a la cima está llena de posibilidades del todo desconocidas. Lo mismo sucede en el amor: por toda o nula que sea la predisposición, por importante o nimia que sea la primera impresión, por joven o mayor que a uno le arrolle el fenómeno, la fórmula exacta por la que el amor sucede es del todo impredecible.

    Sin embargo, hay tres ingredientes que en distintas proporciones alteran el efecto y los resultados del acontecimiento: confianza, tiempo y resiliencia. El debut de Esteban Crespo con un largometraje, Amar, se estrena este viernes y es un ejercicio de sinceridad con la persona que fuimos en la primera de esas grandes colisiones. De ahí que la terna de elementos se apodere por completo de la película en un ejercicio de honestidad por parte de su director con el ritmo e intensidad a la que suceden las cosas en ese lugar al que jamás se regresa de la misma manera.

    Crespo, Premio Goya al Mejor Cortometraje de Ficción en 2013 por Aquel no era yo (con el que fue nominado a los Oscar del siguiente curso), despliega en su primera película una serie de virtudes más robustas que prometedoras. Amar se conecta en su metraje y algunos de sus aspectos técnicos con los tres ingredientes: invita al espectador a recuperar la confianza de una conexión sensorial quizá entumecida tras el paso de los casos; le exige tiempo porque amar así, tal y como lo hacen Laura y Carlos, reclama completa dedicación. Puede que tanta como nunca se vuelve a ofrecer; y, por último, resiliencia porque el amor no es precisamente una cápsula capaz de cerrarse herméticamente.

    Amar redunda en la valía de su historia. Que Crespo hubiera estirado el relato hacia una convención capaz de ser aupada por Mediaset o Atresmedia, que se hubiera rendido a los cánones más autorales sin respetar el espacio para esos tres elementos, hubiera sido lo esperable. Y es posible que si la película no hubiera exigido confianza, tiempo y capacidad de resiliencia al espectador habría satisfecho cualquier comparativa. Esa es una de las sensaciones, aunque a veces, por distintos motivos, esa duda sobre la toma de decisiones del cineasta puede llevar a creer que la producción no ha gozado del tiempo suficiente para redondear su guión, para encontrar otras salidas, para ahondar en temáticas sociales de mayor compromiso… 

    De lo que no cabe duda es de la cara y la cruz en el casting del film. Apoyar una película en los hombros de dos actores de corta (el) y nula (ella) experiencia y que su trabajo se convierta en uno de sus elementos más sólidos de la cinta es algo más que complejo. Gracias a una complicidad y una química a estudiar en el caso de la dirección de actores y en la elección de los mismos, María Pedraza (licenciada por el Real Conservatorio Profesional De Danza Mariemma, modeloe It Girl) y Pol Monen (actor de formación) se adjudican una notable carta de presentación como protagonistas. En el resto del reparto, con la excepción de Natalia Tena en un crescendo de contención con final explosivo, la aportación es desigual. 

    Por último, entre los aspectos técnicos destaca la manera en que se relacionan la luz y el sonido con las premisas de dirección. La fidelidad a la forma está también en la fotografía, en el trabajo con los silencios o en la medida aparición de su corta banda sonora, con la imponente aparición de ‘Get Free‘ de Major Lazer. Entre los aspectos que vinculan a la película con su parte de la producción valenciana (Filmeu y las ayudas del Institut Valencià de Cultura/CulturArts), el relato visual de la ciudad, aunque no explícito, es interesante. El Palau de la Generalitat se abre al film, aunque son todavía más sugestivas las escenas de calle o la utilización del entorno del Alto Horno nº2 del Port de Sagunt.

  • ‘Múltiple’: el suspense de Shyamalan

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En este momento no logro recordar en qué capítulo del maravilloso podcast Todopoderosos Nacho Vigalondo dijo que a M. Night Shyamalan se le había ido la fuerza cinematográfica con su afán por hacer pesas. Ese equilibrio de fuerza en su fulgurante carrera se ha reequilibrado con Múltiple, la cinta que cuenta la historia del joven Kevin Wendell Crumb (James McAvoy) y su Trastorno de Identidad Disociativa. En esa lucha por la identidad interna, un punto de partida tan brillante como todos los que ha manejado el director indio hasta la fecha, 23 personalidades libran una inagotable batalla por sobreponerse entre sí.

    Entre todas las personas que conviven en un mismo cuerpo, Kevin alberga la mente de un pervertido capaz de secuestrar y sacrificar adolescentes. Ese peligro público tiene antídotos en varias de las demás personalidades e incluso una vis súperpoderosa y catártica que muy de tanto en cuanto se manifiesta para acabar con todo. Ese es el escenario en el que se desarrolla la nueva película de uno de esos directores que todavía es capaz de captar a miles de seguidores con su apellido. Un disfrute que queda reducido a escombros si el espectador visualiza sus trailers. Las majors (Universal, en este caso) siguen ninguneando al espectador con este acto terrorista contra el disfrute de la gran pantalla.

    Múltiple está lejos de esa tetralogía con la que Shyamalan se merendó el cine de entretenimiento: El sexto sentido (1999), El protegido (2000), Señales (2002) y El bosque (2004). En apenas un lustro aquel joven crecido en Pennsylvania demostró un vasto conocimiento del que su biografía en Twitter es la mejor síntesis: «My Mount Rushmore: Kubrick, Kurosawa, Hitchcock and Ray«. En su duodécima película como director, los reflejos con Psicosis tienen poco de teoría conspirativa y mucho de referencia esencial: la vida de un psicópata que cambia de personalidad al travestirse y asesinar a sus víctimas. Y la pista sirve para aceptar que Shyamalan, en esta ocasión, ha decidido enfundarse el traje de maestro del suspense sin complejos. Afortunadamente. De nuevo.

    Con ese dominio de la fundacional galería de trucosel indio-estadounidense desarrolla un film que vuelve a demostrarle como un cineasta superdotado, aunque todavía lastrado por algunas de sus más recientes manías. Por ejemplo, la de reírse de sí mismo. Si en La visita (2015) ese gesto nos dio una lección, en el final de Múltiple esta torticeramente encajado. Pero más allá de estas taras -la película hará las delicias de los cazadores de fallos de raccord– lo mejor es que la alianza con Blumhouse parece haberle liberado como creador hasta permitir que volvamos a disfrutar de una mirada tan contemporánea -dentro del cine convencional- que lo hace tan clásico. 

    Múltiple permite olvidar la desfachatez de su travesía por el desierto: Airbender, el último guerrero, 2010; After Earth, 2013. Un trabajo elevado por un McAvoy que hace parecer fácil aquello que el espectador intuye díficil, pero que es mucho (¡muchísimo!) más complejo de lo que acaba por parecer. Los personajes entran y salen de ese cuerpo afilando una historia claustrofóbica, llena de tensiones humanas y donde los resortes del género de terror se intuyen sin llegar a desatarse. Shyamalan juega con la audiencia a hacerle creer que se aproxima a una historia densa, aunque al contrario de lo que podrían hacer Christopher Nolan o David Fincher, por ejemplo, deja que sea el espectador el que avance por esos caminos tras los títulos de crédito. 

    Y aunque los temas en torno a los que gira el film bien podrían ofrecer la excusa para hablar de un tema tan moderno como la gestación y uso de la identidad, Múltiple obtiene ese mérito tan cuestionable que es acabar la película rodeando a la figura de su director. Un rasgo positivo en el que la posmodernidad nos permite poner por delante de la historia la forma en que se cuenta. De ahí tanta atención por su filmografía como un todo, cuando esta nueva etapa generada con la producción y consejo de Jason Blum nos permite recuperar el suspense sobre si Shyamalan, a sus 46 años, todavía no ha hecho más que iniciar una cosecha de films tan nutritivos como Múltiple.

    Mención a parte merecen los contenidos y perfectos trabajos de vestuario (del lanzaroteño Paco Delgado) y tipografía, en un icónico diseño de créditos que usa la multiplicidad de pantallas (24) para redundar en el concepto de la película.

  • Snowden o la solución al ‘quién vigila a los vigilantes’

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Lo primero que un espectador puede pensar nada más iniciarse los títulos de crédito de Snowden (Oliver Stone, 2016) es qué ha aportado a sus vidas la heroica gesta perpetrada por ese treintañero apocado física y socialmente, cerebrito a la legua y republicano (conservador) que decidió poner en un brete al país que tanto ama para salvar a su pueblo. Es, en efecto, una historia mesiánica, al estilo de las que gustan al director de Platoon, Nacido el cuatro de julio o Alejandro Magno pero que se enfrenta por lo que a él le compete a la compleja épica que cabe en la nada antivisual actividad que cabe en el día a día de un hacker.

    Ese era el reto por parte de Stone frente a una historia que una primera remesa de inquietos pudo conocer gracias a la publicación primigenia del británico The Guardian, ‘la seguida’ de Washington Post y la definitiva entrevista -en aquellos días de junio de 2013- de Snowden en la CNN estadounidense. En esa horquilla de informaciones el mundo aguantó la respiración, ante una Adminsitración Obama sacudida por el acto de «deslealtad» y la orden internacional de «busca y captura» para uno de los principales ‘mecánicos’ del espionaje digital al que el 11-S proporcionó barra libre al poder militar. Si el reto era mejorar el relato sobre lo que el mundo ya comprendió durante aquellos días y se reveló desde el brillante relato documental de Citizenfour (Laura Poltras, 2014), el director de Wall Street, La historia no contada de Estados Unidos o Asesinos natos, no lo ha conseguido

    En cambio, el mérito de Stone en este caso se debe medir de puertas hacia dentro. El cineasta cuenta con el favor suficiente de la industria como para colocar esta historia en los cines de todo Estados Unidos. Snowden no es una película ni entre las diez mejores del amigo de Hugo Chavez y Fidel Castro (según ha contado también en el cine), sino la posibilidad de que muchos ciudadanos de aquel país, antagonista de la historia que se cuenta, tengan la posibilidad de empatizar con un compatriota que mutiló su vida personal por unos ideales que conectan a la sociedad de todo el mundo con la eterna idea de la corrupción. 

    El concepto de corrupción, ligado al poder inequívocamente, está detrás de este relato en el que un frustrado militar acaba derivando su inteligencia hacia los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Así consigue servir a su país, pero su capacidad por brillar y ejercer de desarrollador de algunos de los programas clave para la consulta de la intimidad de los ciudadanos de todo el mundo -en especial, de los propios estadounidenses-, arrepentirse al sentir las consecuencias en su entorno más próximo (Hollywood represents) y, finalmente, ‘vender’ al sistema de barras y estrellas y dejarlo en evidencia frente al mundo.

    ¿Y si Snowden es la respuesta platónica?

    Si todo había cambiado con el 11-S, abriendo un derecho de pernada global con respecto al espionaje y recopilación de informaciones a través de las empresas tecnológicas que la película no elude mostrar (Apple, Microsoft, Facebook, AOL…), todo cambió con Edward Snowden de nuevo. Esa era la acción y, desde luego, sirvió para que al menos los países menos despiertos ante la situación, los europeos, revisaran la posibilidad de que los tentáculos de internet alimentaran sin barreras la capacidad de controlar la actividad de cientos o miles de millones de personas. Eso cambió, aunque es posible que no pocos espectadores sobrevivan a la idea por el a veces parco sentido cinematográfico de la película de Stone, que a buen seguro cumplirá con la citada virtud de abrir la historia todavía más al público global.

    En este caso, en la ficción más relevante de Stone desde Un domingo cualquiera (1999), el director estadounidense ha logrado un frágil equilibrio con el frágil personaje del agente de la CIA. El trabajo de Joseph Gordon-Levitt se encuentra al límite del paroxismo cuando el ego parece supurar del protagonismo en la Historia al que se enfrenta Snowden. Es casi igual de frágil que la realización de los ataques epilépticos y según qué desarrollos por parte del desarrollador cuando se maneja con códigos y pantallas. Pero nada de esto tiene relevancia si finalmente el caso Snowden, convertido en icono pop y por tanto en tema de conversación allende la indiferencia, sirve para resolver esa pregunta que se formuló Platón en La República, el libro que posiblemente haya marcado cualquier civilización posterior.

    El diálogo socrático de los tiempos trataba de resolver el enigma en el que se basa la corrupción: ¿quién vigila a los vigilantes? Platón sugería que lo importante era hacerles creer a estos que su valía para la sociedad era tal que, ellos mismos, sin más, se autoconvencerían de un papel excepcional para que el sistema funcionara. Los vigilantes, empoderados al fin y al cabo en esa estructura, se creerían lo que Platón llamó «una mentira piadosa», pues ni él mismo se creía que verdaderamente tuvieran la capacidad de ser incorruptibles. Sin embargo, cabe pensar: ¿y si Snowden representara finalmente la respuesta platónica? ¿Y si fuer ala piedra definitiva de que los vigilantes, conscientes de su poder y de la capacidad protectora casi individualizada, hubiera dado valor tantos siglos después a este conflicto de la naturaleza humana para dar sentido a la situación en pleno siglo XXI?

    Y si Snowden no consuela la duda platónica, siempre nos quedará Watchmen (Alan Moore, 1986).

  • ‘El hombre de las mil caras’: el filón del thriller en España ya tiene distintas alturas

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Una de las primeras cosas que la crítica dijo de El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016) es que era «el thriller del año». Hace apenas unos años, de hecho, la expresión hubiera tenido poca validez ya que el cine de género, y especialmente de este género, apenas tenía competencia como para erigirse en el mejor en su clase de la cosecha. Pero no es el caso. El thriller está llamado a ser la respuesta de la industria del cine a la sociedad en este momento. Un momento reconocible por hechos incontestables como una profunda brecha económica entre las clases en España, por una recesión económica larguísima, por un desempleo inasumble en cualquier otro Estado europeo o por la desatada inactividad -o falta de acceso al mercado laboral- entre los jóvenes.

    Estos son algunos títulos que demuestran el crescendo desde la caída de Lehman Brothers y el último premio de Fórmula 1 celebrado en la opulenta Valencia: 25 kilates (Patxi Amezcua, 2008), Los crímenes de Oxford (Alex de la Iglesia, 2008), Los condenados (Isaki Lacuesta, 2009), Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2010), Buried (Rodrigo Cortés, 2010),  No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011), Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 2012), Luces rojas (Rodrigo Cortés, 2012), Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013), Hijo de Caín (Jesús Monllaó Plana, 2013), Magical Girl (Carlos Vermut, 2014), Relatos salvajes (Damián Szifron, 2014), Lasa eta Zabala (Pablo Malo, 2014), La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), El niño (Daniel Monzón, 2014), Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014), Regresión (Alejandro Amenábar, 2015). No son todas las que son, sino las sobresalientes, que en 2016 han sumado Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen), Tarde para la ira (Raúl Arévalo), Secuestro (Mar Targarona), Vientos de La Habana (Félix Viscarret) y El hombre de las mil caras (Alejandro Rodríguez). Y, de nuevo, no son todas las que son, sino las que sobresalen de las muchas estrenadas.

    Dada la cosecha, especialmente por lo que se refiere a las geniales películas de Sorogoyen y Arévalo (ópera prima y protagonista esencial de La isla mínima, por cierto), la película de Rodríguez está lejos de ser la más destacada en su género del año. La magia que buena parte del equipo de Rodríguez aplicó a la película de 2014 es precisamente el grado de excelencia, el condimento desconocido y la fórmula secreta de la que carece una película que no tiene el menor de los peros en su espectro técnico, pero sí en su dirección; en la toma de decisiones. El hombre de las mil caras es una película sorprendente y excesivamente narrada. La voz de José Coronado, presente en un tercio de las películas arriba citadas y otras tantas no citadas durante esos años, explotado en el género hasta el paroxismo de sus virtudes, incurre en una sobreprotección del relato que la aproxima a una suerte de ejercicio documental televisivo, pero obviamente ficcionado.

    Es un valor saber que gracias al film de Rodríguez buena parte de España, incluso aquella capaz de no tener suficiente paladar como para elevarse con los fractales, la música, las interpretaciones y la altísima sobriedad desplegada en la irrepetible La isla mínima, se acercará así a la historia de Paesa y Roldán. El espía más desconocido y relevante del Estado español (Francisco Paesa) en su joven democracia y el peculiar ex director de la Guardia Civil y prófugo Luis Roldán. El episodio más torticero del Ministerio del Interior, dirigido por un Juan Antonio Belloch que derivó su carrera hacia la presidencia para ser condecorado con la alcaldía de Zaragoza años más tarde, llevó al fugado Roldán a ser finalmente condenado por malversación de fondos públicos, cohecho, fraude fiscal y estafa, ‘apresado’ en el aeropuerto de Bangkok gracias a una tramoya a base de documentos falsos de Laos.

    El omnipresente Coronado -en el género y en la película- abarrota desde el guión cualquier descripción, intuición, percepción, sentimiento y apenas deja oxígeno al espectador para tratar de conectar las geniales interpretaciones de Carlos Santos (Roldán) y Francisco Paesa (Eduard Fernández). La de Fernández, actuación premiada en el reciente Festival Internacional de Cine Donostia San Sebastián, es una de las noticias más agradables de la película. La razón, a buen seguro, se encuentra en que el personaje tiene mucho que ver con su posición como intérprete, con varias dualidades y rostros que tratan de convencer al espectador en distintas direcciones, gélido pero de confianza, próximo pero inalcanzable. Paesa es, como personaje, un guante para el método de un Fernández al que este mismo año hemos disfrutado mucho en su vis teatral.

    En el rodaje de ‘El hombre de las mil caras’La superproducción que supone para el cine español El hombre de las mil caras, obviamente alejada de una superproducción francesa pero muy por encima de las citadas cintas de Arévalo o Sorogoyen, parece haberse contaminado de su presencia financiera por parte de operadores televisivos. El lenguaje, su forma de abordar la historia, en la que los detalles son troceados y mostrados con luz y taquígrafos (semióticamente hablando), ensombrece la posibilidad de haber dejado más margen a la historia, otras lecturas por parte de una sociedad totalmente necesitada de reencontrar su historia más reciente a través del cine. Ese, quizá, también, puede ser otro punto de debilidad con la inapropiada e inevitable comparación con La isla mínima: el film de 2014 revelaba un mensaje menos obvio, capaz de conectarse a muchas otras realidades del sistema al que interpela habitualmente Rodríguez, ese en el que el público asimila sin sobreprotección del mensaje que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado no se han sometido a ninguna ‘Transición’; en cambio, en el affaire Paesa-Roldán, la crítica al Gobierno socialista entrado en barrena, apenas extiende más realidades que las que encierran a sus personajes. 

    El hombre de las mil caras, en el peor de los sentidos, mucho más autoconclusiva y a partir de ello, sin desmerecer ninguno de los trabajos artísticos (o quizá el de un Julio de la Rosa que suena más a sí mismo, que sorprende menos con ese empaste mágico logrado en La isla mínima) menos interesante. Y duele especialmente que la que será, a buen seguro, una de las tres películas con más posibilidades económicas del año, acabe reducida en ese sentido.

  • ‘Boyhood’. La adolescencia funde Oscars y listas

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Este viernes se estrena Boyhood (Momentos de una vida), una de las películas del año. Ganadora del Gran Premio del Festival de San Sebastián como mejor película del año y del Oso de Plata en Berlín, es, sobre todo, la principal candidata a aparecer en todas las listas de ‘lo mejor de 2014′. Escrita y dirigida por Richard Linklater, el film cumple algunos objetivos de un interés dudoso para el espectador, como haber convertido en una narración natural un rodaje dilatado durante 12 años. Eso sí, a razón de una semana por temporada.

    Ellar Coltrane, actor que da vida a Mason, inició su vinculación al rodaje y la historia de la película en mayo de 2002, cuando tenía seis años. Su físico es el eje a través del cual se desarrolla el rodaje y Linklater edita a su antojo los hitos y pasajes más cotidianos de una adolescencia para acabar conformando una buena película, en la que su planteamiento y producción -pese a lo que pudiera parecer- no eclipsan el sentido de la misma. Por su parte, Patricia Arquette e Ethan Hawke ejercen de padres divorciados capaces de hacer descarrilar y encarrilar el film a lo largo de sus casis tres horas.

    En cualquier caso, el espectador, a poco que haya avanzado en su sensibilidad audiovisual, es capaz de reconocer que el verdadero protagonista de la película es su director, también premiado en Berlín como mejor realizador del año. Porque Boyhood es, en esencia, una película de autor, rodada y -sobre todo- montada con una alta inteligencia cinematográfica, capaz de catapultar una inversión de 1,8 millones de euros (150.000 dólares al año) hasta las calificaciones de ‘obra maestra’ en buena parte de la crítica.

    Linklater decidió emprender este proyecto a partir de las experiencias acerca de la infancia que le transmitía su hija, Lorelei Linklater, a la postre la hermana mayor Mason en la película. Imposibilitado, según él mismo, para escoger una franja de edad dentro de la experiencia pensó en rodar el paso desde la niñez hasta la edad adulta. Un reto para el cual, el director, tuvo que realizar un ejercicio de confianza con los actores, ya que el sindicato hollywoodiense impide que se firmen contratos superiores a los siete años y, además, aceptando que alguno de los principales ejes de la historia desapareciera por cualquier motivo -voluntario o imprevisto- de la semana anual de rodaje.

    Pero lo cierto es que, más allá de que Linklater sea el único director capaz de convertir a Ethan Hawke en un actor válido, hay que valorar los mimbres que el director y guionista utiliza para asaltar al espectador. El primero de ellos es la adolescencia, retratada de forma ejemplar, en la que respira sosegadamente la principal ocupación de un chaval de Texas a esas edades: perder el tiempo. Difícilmente estos espacios de nada, de resituación constante frente a la familia, los amigos, la escuela y uno mismo, pueden resultar interesantes en pantalla. Sin embargo, Linklater lo consigue.

    El ya recurrente feísmo de clase media (¿o es media baja?) estadounidense, con el mugriento deambular de las familias que pasan del canon marital al divorcio como estructura económica, es la segunda pata del asunto. La familia, en sí, se erige como uno de los mundos que Mason descubre, sobre el que se apoya y tiene sus primeras relaciones, pero también contra el que se enfrenta para acabar abandonando como último capítulo de esta historia. Pese al costumbrismo, pese a la aparición de los nada amenos pesos de la responsabilidad como tutores, Arquette y Hawke se aprovechan de una de las virtudes de Linklater sobre el film: permitir que los actores estiren, reescriban y reinterpreten sus escenas a su antojo.

    Esa colaboración surge en gran medida para dar rienda suelta a Coltrane, un niño actor sin experiencia del que Linklater pretendía explotar toda su naturalidad. Esta puerta abierta hacia el personaje de Mason permite que exploremos visiones mucho más sugestivas sobre la infancia y la adolescencia de un niño introspectivo, silenciosamente inteligente y hasta cierto punto tranquilo. El espectador está más habituado a relatos del tipo The Bling Ring (Sofia Coppola, 2013) o Spring Breakers (Harmony Korine, 2013), sexualizados, realityshowizados y, sobre todo, frenéticos.

    Algunas de las joyas de la película se encuentran especialmente en la infancia, sobre la que este precepto, el de dejar a Coltrane expresarse, lleva al film a redescubrir espacios de ingenuidad, casi épicos, ajenos a las tribulaciones que los padres del protagonista pueden tener, y en las que el descubrimiento de la vida es un viaje apasionante para el espectador.

    No menos interesante es justo el paso siguiente, cuando Mason comienza a enfrentarse a la realidad cotidiana de unos padres divorciados, en las que Arquette consigue una progresión de personaje al alcance de muy pocas actrices. Sumergida en su rol, solo el transcurso de su historia hubiera sido suficientemente válido para aplaudir la película. Las mudanzas, las reflexiones acerca de su proximidad y su distancia en torno a Mason, la búsqueda de hombres más buenos para sus hijos que para ella y el papel que juega su ex convierten a la figura materna en otro de los núcleos más nutritivos de Boyhood.

    Aprovechar un periodo muy corto de tiempo para acumular las vivencias de 12 años provoca un interés extraordinario en el espectador. La vultuosidad orgánica de la película logra que los personajes, como en la vida real, aparezcan y desaparezcan, surgiendo así el foco del primer amor y desvaneciéndose y fragmentándose en distintas experiencias a lo largo de los años. Pero el film tiene tiempo para todo: drogas, amigos, enemigos, cambios de humor sin justificación, desilusiones, bodas y actos sociales, mudanzas, bromas, embarazos y un sinfín de temas repetidos una y mil veces en el cine, pero nunca antes con una puesta en escena tan original.

    Y es que, seguramente, el planteamiento de producción y la citada omnipresencia sobre la película de su director, hacen de la propuesta un pasaje refrescante, enriquecedod. Porque en Boyhood hay humor y tragedia, pero también costumbrismo convertido en una serie de hechos extraordinarios. Todo ello a través de una década, la de los años 2000, que queda perfectamente reflejada a través de una banda sonora a la altura (Tweedy, Arcade Fire, Cat Power…) y la curiosa incursión de las nuevas tecnologías en la vida de los personajes.

  • ¿Puede Valencia ser ‘Happy’?

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Pongamos que es martes. Pongamos que un grupo de personas ha grabado un vídeo en la ciudad de Valencia. Pongamos que el vídeo está inspirado en un movimiento comercial (discográfico en este caso) y que, sin ánimo de lucro por parte de sus continuadores, es subido a YouTube el domingo en busca de visitas. En menos de 48 horas consigue unas 20.000 reproducciones. El objetivo del clip: «Contar que aquí también hay gente que es feliz», me dice Víctor Arroyo Melis. He conseguido su teléfono haciendo algunas llamadas y, pese al atropello matutino, sigue entusiasmado con lo que está pasando.

    EL ORIGEN DE LA PUBLICACIÓN

    Analizo lo que hay: un street video, gente aparentemente espontánea bailando música de Pharrell Williams y una causa bastante ‘blanca’. Compruebo en YouTube que existen casi tantos vídeos como ciudades tiene Occidente. Compruebo que quizá haya tantos o más en Oriente. El del ‘cap i casal’ repasa como una letanía los sitios más típicos de la ciudad. No hay pérdida ni sorpresa, excepto por la forma en la que los personajes filmados bailan. Deshinibidos, alegres, y encima ¡hasta parecen gente de lo más normal! El uso de la steadycam es bastante bastante bueno.

    Compruebo que el crecimiento de visitas sigue. Miro la cuenta en YouTube de Turismo Valencia, una Fundación privada ambién] sin ánimo de lucro que reúne al Ayuntamiento de Valencia, Feria, Cámara de Comercio, Confederación Empresarial Valenciana y los principales empresarios locales del sector. Ni sumando todos su vídeos han conseguido un impacto similar en esta plataforma. Y estamos hablando de un equipo de trabajo dedicado -entre muchas otras cosas- a conseguir este tipo de ‘resultados’.

    Pido la venia para publicar el tema. Quiero enfrentar la actividad del viral con la de los organismos encargados de promocionar el turismo de la ciudad en Internet, y así lo acabamos contando. Lo hacemos también porque ningún otro medio ha reparado en ello a esa primera hora de la mañana, porque el lector merece historias exclusivas, distintas y sobre lo más próximo. Contactar con el responsable del asunto no cuesta mucho, como he dicho. La noticia es, desde su lanzamiento, la más leída del día en ValenciaPlaza.com.

    Al rato compruebo una vez más que, afortunadamente, el nuestro no es el único criterio editorial. Hay otros. Algunos son del tipo: capturo el vídeo + lo meto en mi propio sistema de vídeos + le inserto una publi de 20 segundos + monetizo el arreón de visitas. Repito el mensaje, sí, pero el contador de la publi emitida suma y sigue. Supongo que cuentan con que la difusión evitará que a los chavales se les ocurra sentirse utilizados para la recaudación. ¡Todo sea por la difusión (y las visitas)!

    DURANTE LA MAÑANA: 20.000 REPRODUCCIONES

    El vídeo ya tenía un camino ascendente antes de que ningún altavoz se parase a multiplicar su impacto, pero en contacto con los medios desata tres sensibilidades que se dejan notar en las redes sociales: una, la de felicitación, viralización y apoyo. Traducido en mensajes recibidos en el Facebook de Valencia Plaza puede resumirse en «¡cómo mola!»; la segunda reacción es justo la contraria,  que traducida en mensajes con mención al Twitter de Valencia Plaza es algo así como: #Gomitiu, «Òstia q dur» o «açò es precís?»; la tercera y que no me atrevo a descartar es la de la indiferencia, que la historia nos ha venido a demostrar que es la posición mayoritaria ante cualquier movimiento mental.

    Mientras trato de seguir con diez o doce tareas más y a la vez, no puedo evitar leer reacciones. En el muro de Valencia Plaza en Facebook me encuentro una sorpresa importante: un usuario invita a los autores del vídeo a firmarlo como «Nuevas Generaciones católicas de Valencia». El usuario está bien informado porque el mismo Arroyo Melis con el que había hablado un par de horas antes contesta rápidamente en el mismo espacio: «un 95% de los que aparecen en el vídeo somos católicos!! solo que me ha faltado decirlo en el artículo», y cierra con emoticono sonriente.

    Quizá no lo dijo porque a mí no se me ocurrió conectar el vídeo con ninguna creencia religiosa. Quizá se me pasó por alto porque sonando Pharrell Williams de fondo mientras preparaba las preguntas en mi cabeza seguían vivas las letras de los los geniales N*E*R*D, que con Williams al frente, diseñaban sus portadas a sabiendas de que el sello de ‘Parental Advisory’ no se lo iban a poder ahorrar. Aun así, trato de analizar: ¿era crucial esta información? ¿Se enrarece así el mensaje del vídeo? ¿Cambia su finalidad? ¿Se detiene su efecto viral? El usuario que reclamaba la firma les felicita por su «labor de difusión, en eso sois expertos e impecables». Acto seguido califica el mensaje del vídeo, respetuosamente, como «buenrrollista acrítico absolutamente alejado de la actual realidad social«.

    EL FUEGO CRUZADO DE LA TARDE: 25.000 REPRODUCCIONES

    El clip pasa a ser objeto de crítica y debate. Entre amigos de Facebook encuentro celebraciones y escupitajos, signos de exclamación e insultos. Algunos bastante duros. De los silenciosos no sé nada y a media tarde, sintiéndome algo cobarde, acabo refugiándome con ellos mientras empiezo a escribir este artículo. Veo a la gente comentar los aspectos técnicos del vídeo y la cosa se eleva a debate sobre el objetivo del mismo y el reflejo que da sobre la ciudad: «mostráis la Valencia que queréis que se vea». Los ofendidos, indignados, repiten aquí y allá: «vergüenza ajena». Los happies, a lo suyo: más exclamaciones y caritas sonrientes.

    Leo referencias al ERE de Coca Cola, a Freud, a los familiares que han tenido que emigrar de la ciudad al límite de sus posibilidades personales… ¡quién dijo que Valencia era ‘happy? Les siguen citas a Gürtel, «está lejos de la situación que estamos viviendo» y un especial (y habitual) desprecio por la Ciudad de las Artes y las Ciencias como símbolo de todos los males que afectan al sistema económico local y tal. Recordando enganchones similares, acabo por aceptar que el fuego cruzado durará días.

    Me sigo haciendo preguntas: ¿esta gente (por el grupo 2) sabrá que el lindy hop es una corriente creciente de baile en Valencia? ¿Y si les ve haciendo de las suyas por la calle… se lía? Al rato veo que los del grupo 1 empiezan a contestar sacando las uñas: «siempre mezclando la política con todo lo demás», «amargaos», «q quereis ver dnd no lo hay?». Les leo y me pregunto también ¿Será evasión en tarifa plana o, quizá, será un rato divertido, inocente y con ganas de decir ‘me cago en to’ lo malo’?

    AL CIERRE: 40.000 REPRODUCCIONES

    ¿Valencia puede ser ‘Happy’ a día de hoy? Lo que queda claro es que gritarlo, como alguien que se libera ante su vaivén diario (con más arena que cal), no sale gratis. Pesa y mucho el mensaje en esta sociedad valenciana, más dolorida y enrabietada de lo que desde luego el vídeo pudiera contar. Tengo claro que no era precisamente eso lo que quería contar el vídeo y estoy seguro de que no es una cortina de humo orquestada por nadie al volante (¿hay alguien al volante?). El vídeo cuesta de digerir por muchos; la línea que separa el buen vivir del buen hacer es tan fina que resulta demasiado sensible a día de hoy para un grupo notable de valencianos.

    A otro nivel sigue quedando el rebatible concepto de la felicidad, la búsqueda infructuosa jaleada por el sistema capitalista y un debate postmoderno que se me escapa. Aun a riesgo de despertar suspicacias por la vía del optimismo, lo que sí me atrevo a asegurar es que hay más gente dispuesta a levantar la voz contra lo que no funciona. Mucha más que hace cinco años, seguro. Y no son solo las herramientas digitales. O no solo. Pero ahora vendrán los que pueden decirme llenos de razón que eso no significa que se vaya a producir el esperado cambio. El cambio tiene mucho de ‘acting’ y como cronistas del ‘acting’, por el momento, nos queda recoger lo que se va sembrando.

    Por cierto, opciones de vídeos turísticos sobre la ciudad y su entorno hay unos cuantos, pero aprovecho este espacio personal para destacar el que a mí más me gusta. Una delicia total y que envío cuando quiero contarle a alguien dónde vivo.

    ☊ Òscar Briz – València tensa