Categoría: Cultura

  • Supermercados, parkings y tiendas de ropa

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Las ciudades se miran, pero yo lo hago por encima y no solo de la media. Aumento mis dioptrías con horas de paseo a través de Google Maps. Sé cómo es la azotea de las casas de mis amigos, si hay teja que reponer o si el color del aislante pinta a gotera. He llegado a avisar a alguien de que Street View ha actualizado las imágenes de su fachada, después de lo mal que le vino la derrama para la reforma. Sé si han modificado los usos en el patio de mi colegio, si han replantado el césped de la piscina municipal o si el cambio climático llevará el octubre hasta septiembre por la floración del azafranal. Esto último lo sé porque la insistencia mirona sobre la trama urbana también exige encontrar algo de paz visual en el campo, de vez en cuando.

    Gracias al trabajo de Marta Peirano, soy consciente de que mis dispositivos conectados escriben una biografía constante sobre mí. Sé que la data se almacena a favor de empresas estadounidenses y que lo que les cuento no es solo dónde estoy, sino qué pienso, qué detesto y qué me excita, en todos los sentidos. Me conocen mejor que yo y creo que solo mis paseos con Google Maps distorsionan esa lectura. Porque si algún día alguien al otro lado se preocupa en revisar mis horas de zoom in y zoom out sobre las ciudades, o me contrata como espía, o me diagnostica un trastorno obsesivo compulsivo. La posibilidad de obtener un plano cenital sobre el mundo que me rodea, muchos años después de estar a mi alcance, me fascina como el primer día.

    Ver las ciudades en perspectiva da que pensar. Sobre todo porque las manzanas, la suma más o menos ordenada de fincas, evidencia el gran lugar que ocupan los espacios comunitarios. Pero no aquel en que todos pensamos a pie de calle. No el que se ve. La contemplación de los parques es necesaria, pero hablo de la mayor cantidad de espacio público en suma, la que encuentra en los miles de metros cuadrados que respiran en el interior de las fincas.

    Nostalgia de amianto

    El interior de las fincas está ocupado por algunos patios interiores y muchos deslunaos. Bajo esos deslunaos, en muchos casos, como en el barrio de Ruzafa, hubo fábricas y talleres. Durante no poco tiempo, la policía local se convirtió en mediadora por conflictos de olores y ruidos provenientes de la actividad incluso industrial que se desarrollaba en Jesús o Campanar, por no hablar de Marchalenes o la Zaidía.

    Pero claro, más allá de Ciutat Vella, en muchos casos las fábricas habían ocupado primero aquel trozo de tierra, luego se les habían adherido algunas viviendas, que, más tarde edificios, acababan conectadas al mapa mediante el el asfalto. Un caso paradigmático –de aquello a lo que voy– es el del Trinquet de Pelayo, anterior a toda la manzana y que acabó siendo rodeado de altas edificaciones. Allí había un estadio, el más antiguo de Europa en activo de cualquier deporte, y es un ejemplo de cómo en el interior de las cuadras se ha desarrollado una buena parte de la vida pública durante las últimas décadas. Y, en algún caso, como el suyo, sigue.

    Los centros de reparación de vehículos y alguna artesanía de poca extensión comercial son el último reducto de esos lugares. Sin embargo, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, muchos de esos territorios de vida colectiva acumularon como nunca una frenética actividad, eso sí, ‘reservado el derecho de admisión’. Teatros, cines, billares y futbolines fueron actualizando las quejas por griterío. Ya no eran golpes de yunque ni efluvio a ferricha. Aquello era Sodoma y Gomorra. O sea, tabaco y alcohol, aplausos y risas, pelis en Technicolor y hurtos con el mismo tipo que, cuatro días después, jugaba en la máquina de tacos de al lado (tras haberle sisado unas pesetas a otro incauto como tú). La llegada de la juventud a España –establecida en los años 40 y 50 en Estados Unidos- dio pie a una actividad cultural transformadora, aunque no necesariamente culta. Un disfrute común, en esos espacios públicos, que ha sido sustituido casi por completo. Sabemos por qué, pero no para qué.

    Se tiende a pensar que la desaparición de los cines fue un cerrojazo al estudio de Ingmar Bergman o Andréi Tarkovski, pero lo cierto es que se parecía más al disfrute de Orson Welles, Alfred Hitchcock, John Ford o Billy Wilder, que ya es mucho decir. Los teatros y variedades tenían lo suyo y pasear por las calles, incluida las mismísima Avenida de Colón en València, era toparse con luminosos que invitaban al gasto. No digamos el Paseo de Ruzafa. Como predijo la Escuela de Franckfurt, el ocio acabó siendo el negocio, pero la exposición a según qué performances -por cañís que estas fueran- y que el hecho de alternar supusiera ver una peli de Leone o de Coppola, sin duda suponía un rédito intelectual más largo que el mismo paseo en la actualidad.

    ¿NUESTROS PADRES Y MADRES COMÍAN? ¿SE VESTÍAN? ¿TENÍAN DÓNDE APARCAR EL COCHE? CABE LA DUDA, PORQUE CADA UNO DE ESOS LUGARES RECREATIVOS HA SIDO SUSTITUIDO POR SUPERMERCADOS, PARKINGS Y TIENDAS DE ROPA.

    El corazón de cada una de las manzanas, el corazón de las fincas, ha ido perdiendo sus techos de amianto. Su salubre sustitución es el síntoma de un empobrecimiento cultural. ¿El fin de los cines de barrio, teatros, billares y bares nocturnos ha dado paso a nueva fórmula de entretenimiento en el espacio público? Pues, depende. Las calles no están ni mucho menos vacías. Pero la pregunta es casi a la inversa, hacia el pasado. Pese a que hay más centros comerciales que nunca, ¿nuestros padres y madres comían? ¿Se vestían? ¿Tenían dónde aparcar el coche? Cabe la duda, porque cada uno de esos lugares recreativos ha sido y sigue siendo sustituido, uno por uno, por supermercados, parkings y tiendas de ropa. ¿Existía, verdaderamente, una necesidad colectiva de que hubiera aun mayor acceso a los alimentos, la moda o las plazas de aparcamiento?

    Como valenciano de área metropolitana, no hace falta que nadie me explique la vigencia del negocio del parking en las ciudades. El transporte público mejora a la misma velocidad a la que aumenta el poder adquisitivo de las familias, muy por debajo de a las millas naúticas por hora a las que sube el precio del alquiler. Sin embargo, por l otro lado, sigo sin encajar la altísima necesidad de hacer la compra bajo de casa y todos los días o de comprar ropa casi cada fin de semana. Más me preocupa en qué pensamientos se deja de incurrir al sustituir el visionado con amigos de Hannah y sus hermanas por la lectura de etiquetas –talla L, 100% poliéster–. Hemos dejado de disfrutar de según qué reflexiones y carcajadas a cambio de qué exactamente. ¿De comprar más comida para ser el séptimo país europeo que más comida en buen estado tira a la basura?

    El acceso a este tipo de disfrutes es más democrático y está más extendido que nunca. Paquita Salas o Breaking Bad nunca hubieran existido si viviéramos en aquel tiempo, de canal de televisión único y embudo en la apertura de ideas. Nunca hubiera podido ver The Wire o The Office tantas veces como me hubiera dado la gana desde hace muchos veranos. A demanda, sin esperar a nadie. No obstante, me inquieta cómo este tipo de interacciones, también las recreativas (por videojuegos) se han convertido en acciones individuales. Este hecho supone también la idea de ir progresivamente aislando un porcentaje de nuestra capacidad para reír en público, para llorar en público, para vivir en público. En público compramos comida, nos probamos ropa y aparcamos el coche. Y es algo revolucionario, porque como cabe recordar, el disfrute de las artes y el puro entretenimiento, nos han mantenido juntos desde hace siglos. En fin, que nos quedan las verbenas, aunque se hayan convertido en discomóviles.

  • Juan Santamaría y la modernidad irrenunciable

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado jueves falleció Juan Santamaría (Castellar, 1949) en el más injusto anonimato. Transcurridos varios días, solo Joan Oleaque ha dado cuenta de su marcha. El mismo periodista que le situó al frente de la revolución bailada valenciana (En éxtasisrecordaba que «cambió la historia de las discotecas valencianas y españolas al abrir la puerta a los sonidos bailables contemporáneos más de vanguardia. Lo hizo antes que nadie al inspirar la música de baile conocida como bacalao. Es decir, el compendio entre rock, pop, sonidos siniestros y música electrónica primigenia que arrasó Valencia de manera masiva en los 80, haciéndolo luego con España. Con ello, transformó el concepto de discoteca alejando las pistas de baile de la obligatoriedad de lo chabacano, que era lo usual. Nada que ver, por tanto, con lo que se conocería más tarde como mákina, que era una derivación reduccionista y estridente de lo que esto significó».

    El silencio mediático e institucional evidencia una de las realidades más tristes de nuestra sociedad pasada y actual: avanzado el siglo XXI, España sigue siendo incapaz de comprender cómo la música, el baile y la evasión a través de sus fórmulas constituyen un hecho cultural de primer orden. Reprimidos en pensamientos pacatos, mientras que Jeff Mills posee la distinción Oficial de las Artes y de las Letras Francesas o Laurent Garnier es Caballero de la Legión de Honor de esa misma república, Santamaría ha fallecido sin el menor reconocimiento. Ni siquiera el de un obituario en la prensa local, plagada de obituarios de extranjeros intrascendentes. Los tres citados eran dj’s. Los tres estuvieron de manera inverosímil en cada paso de puerta del clubbing en distintos lugares. Influyeron, instruyeron y crearon un modo de vida ambicioso desde el hedonismo. Sus nombres hoy resplandecen de manera desigual debido al lugar (y quizá el tiempo) en que nacieron, pero sus méritos son comparables.

    En Berlín los clubes de techno emplean a 9.000 personas, atraen a 3 millones de visitantes y estos gastan 1.480 millones de euros cada año. Están públicamente reconocidos como «expresión cultural» y tienen un espacio propio en la web del Ayuntamiento. El Gobierno local invirtió un millón de euros recientemente en las mejoras de insonorización de unos espacios –oscuros, intensos, liberadores– que, lejos de estar perseguidos, conforman uno de los principales atractivos humanos de la capital germana. Aquí, sin que nadie lo buscase, algunas discotecas durante los 70 y 80 generaron un tejido creativo en el que se fundaron las ideas de algunos de los diseñadores, modistos, actores y músicas más internacionales, pero también de maquilladoras de Almodóvar, coreógrafos, escenógrafas y hasta de una ministra de Cultura. Sin embargo, nunca nadie ha sabido hilvanar el relato desde las instituciones para premiar la profunda huella de aquel tiempo. Un activo humano que se diluye mientras condecoramos a deportistas multimillonarios.

    La vida de una cantidad de población impensable cambió gracias a las discotecas de este movimiento al que nos referimos, ¿pero hubiera sucedido sin Santamaría? Más allá de la siniestralidad, que ni perteneció en exclusiva a València ni se puede desligar de que el uso del casco o el cinturón no eran obligatorios, lo cierto es que esas personas se toparon con la modernidad a través de la música, el baile y las artes performativas. Una modernidad a la que no estaban llamados, pobladores del área metropolitana y rural de València, de vidas rutilantes y fines de semana desbordados gracias a las nuevas libertades adquiridas. Con Spotify en la mano es difícil comprender hoy cómo alguien, un joven como Santamaría, pinchaba discos inaccesibles para casi nadie en España durante seis días a la semana en Oggi. Lo que le había visto hacer a ingleses, pied noirs y americanos en Granada, Ibiza, Benidorm y Sitges, aquellas fiestas sin música lenta, a cualquier hora, donde la gente podía dormir o comer, se empezó a trasladar a València… casi por accidente.

    No fue el primer dj, pero fue el pionero. Cuando se sacó el carné de ‘montador de discos’ en Alicante, en torno a 1972, había unas 60 personas en la prueba (una sala de cine vacía con dos platos Lenco, una mes de tres canales y 20 vinilos). El régimen franquista pretendía expedir carnés a aquellos tipos de pelo largo. Regularlos de alguna forma, ya que el desarrollismo turístico exigía que se contentara musicalmente a los guiris de la Costa Blanca. Para entonces, Santamaría llevaba años devorando revistas como Melody Maker, NME o Sounds, lograba cintas piratas con las sesiones de radio de su admirado John Peel y, en definitiva, volaba a un nivel muy superior al de sus compañeros de oficio. No todos habían sido camareros y dj’s –trabajos hasta entonces indistinguibles– en las ciudades citadas, pero también en Ámsterdam o Glasgow. Ambicioso vitalista, supo que su valía pasaba por viajar a Londres constantemente para importar él mismo los discos que El Corte Inglés o los almacenes Viuda de Miguel Roca nunca traerían.

    En el aeropuerto repartía los vinilos entre el pasaje. La aduana solo permitía pasar cinco de aquellos plásticos y la gente, siempre me contó, era como él: muy amable. Se gastaba el sueldo en hacer de mula por aquella mercancía a la que ningún reportaje televisivo de los 90 le aplicó el relato del traficante. Poco después pincharía aquella colección incontenible durante seis días a la semana en Oggi («el séptimo también me pasaba, pero solo hasta la cena»). Quizá fue la anglofilia la que le llevó a enamorarse de Linda, quien se trasladaría junto a él a España y que también ‘dispuso’ a una hermana (cuñada de Juan, claro) que se convirtió en el enlace más habitual durante un buen tiempo con las últimas novedades: Santamaría pedía y la cuñada hacía de vendedora por catálogo. Ese rol se profesionalizaría años más tarde con trabajadores propios de sus tiendas de discos viviendo en Londres. Como les cuento.

    Por aquel trajín de compras acabaría siendo conocido en varios almacenes de discos en la capital de la Gran Bretaña. Cuando hoy vea a algún moderno pasearse por València con una tote bag de Rough Trade, recuerde que en ese establecimiento conocían a Juan Santamaría por su nombre. En Rough Trade, entre otras localizaciones, teníamos previsto rodar el cortometraje documental sobre su vida como dj. Una película ideada mano a mano, cuyo único impedimento hasta hace un par de meses se situaban en los límites de su extrema y admirable humildad. La humildad de un hombre que estuvo en todos y cada uno de los momentos trascendentales del camino hacia la modernidad en València a través de la música… a saber:

    Acabaría con las rumbas e impulsaría seis días de sesión con música inglesa y nuevo rock americano en Oggi, a partir de 1978; antes de que Carlos Simó lanzara Barraca y la convirtiera en ‘la Reina’ por méritos propios, Santamaría pasó unas sesiones allí (él ya pinchó en Barraca); más tarde, sería el dj elegido para idear y fundar el frustrado proyecto de Chocolate Cream (a la postre, la oscurísima Chocolate); hizo lo propio con Metrópolis y el empresariado estuvo al mismo nivel de profesionalidad que en el proyecto anterior; fundó la primera tienda especializada y enfocada a los dj’s de España (Zic Zac, junto a los hermanos Miguel y Toño Jiménez); desde aquel mostrador, impulsó el término bacalao para referirse a la llegada o posesión de mercancía fresca para los clubes. Música de cadencias bailables, pero a base rock o pop, nunca techno o mákina; Santamaría se encargó de dirigir la producción del primer remix de una canción del pop española: ‘Semilla Negra‘, de Radio Futura (Miguel Jiménez era su mánager. Otro episodio a rastrear en Londres); por nombrar solo una más de sus citas con esta historia, representó a Chimo Bayo en la Feria de la Música de Cannes de 1993 (el Midem). 

    ¿Y qué más? En el libro ¡Bacalao!, de Luis Costa, tuvimos la primera ocasión en décadas de escuchar a través de la palabra escrita cómo un hecho tras otro parecía suceder exactamente a su alrededor.  En un almuerzo con Juan la retahíla de momentos clave aumentaba hasta la inverosimilitud. Él mismo se encargaría enseguida de quitarle el valor que tuvo, porque nada de lo que hizo fue en busca de ningún reconocimiento. Al fin y al cabo, todo lo que él esperaba de la música era disfrutarla y transmitir a través de ella un desbordamiento personal. Lograr que las personas ‘se fueran’ mentalmente hasta lugares ajenos a su realidad, mucho antes de que la primera rula campara por la Ruta. Evasión, hedonismo y espacio compartido. 

    En su día a día, durante los últimos años, sus objetivos parecían también otros, como la apasionada crianza de su nieto. Pero también la música a través de internet. Hace apenas unas semanas le escuchaba una sonriente arenga contra de las playlist de Spotify. En su diaria búsqueda de nuevo material musical –no olviden que tenía 70 años–, me decía: «después de haber superado a la radiofórmula, ahora resulta que la dictadura es mucho mejor: playlist de Spotify. Patrocinadas o teledirigidas. O influenciadas por lo que ya escuchas. ¿Pero puede haber algo peor? El underground está en Soundcloud. Se escucha igual o mejor y das con canciones por las que te preguntas, ¿pero qué hace esta esta tipa subiendo aquí sus canciones sin que nadie la conozca?». Sus palabras no serían exactamente estas, pero hoy las recuerdo así. Fue de lo penúltimo que conversamos. Luego sobre algunos problemas que arrastraba desde enero y algo sobre una operación a la que enseguida quitó importancia. 

    Juan Santamaría fue dj, promotor musical, manager, socio y propietario de tiendas de discos, pero no solo eso. Durante años pensó que nunca regresaría a València. El mundo era fascinante y sucedía, casi en su totalidad, ahí fuera. Pensó que viviría en Londres, seguramente, donde cada noche sonaba la mejor música en directo y estaban sin duda las mejores tiendas de discos. Pero para cuando estuvo convencido, le pagaban demasiado haciendo los veranos como dj en Cap3000 (Benidorm; véase la foto superior). Estaban demasiado bien pagados. Por aquí sabían que nadie dispondría de igual forma aquello que era lo último fuera. Juan era el enlace soñado y de Benidorm a València solo había un paso. Llegó cuando empezaron a interesarse de verdad en la idea de club y a entender que el dj era el eje de lo que sucedía en la sala. Hoy son las estrellas del rock y así lo concebía Juan hace más de 40 años, pero hasta su llegada aquí casi todos eran camareros con cierta personalidad a la hora de hablar por el micro. Santamaría iba mucho más allá. Dio cuanto tenía e influenció a los dj’s que llegarían justo detrás de él. Es imposible encontrar entre todos ellos, entre los de los 80 y los 90, a ninguno que no recuerda a Juan como una buena persona. Un hombre bueno y humilde, agraciado por un don: la búsqueda irrenunciable y constante de la modernidad. Pese a la vida y sus complicaciones. Pese a los malos compañeros de viaje. Fue moderno por él primero, pero también por todos sus compañeros. Fue moderno porque le dio la gana, pero fue moderno por todos nosotros. Más de lo que lo seremos. 

    La modernidad en València fue irrenunciable gracias a Juan Santamaría. Hasta la fecha y pese a muchos, València a veces es moderna y sin que haga falta que nadie se lo reconozca, es gracias a Juan Santamaría.

  • Las Fallas, el Prado y la Cultura de los ‘cuantis’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado martes cumplimos con el rito: botar-li foc a miles de obras de arte por San José. Las Fallas son –pese al alcohol– una de las expresiones creativas más relevantes del mundo. Urbano y efímero, el carácter brutalista e invasivo de estas artes es difícilmente comparable. Entre otros asuntos, por su capilaridad urbana y social. Antonio Ariño cuenta que, quizá, solo el Carnaval en Río es capaz de lograr una voz propia por cada palmo de la ciudad. Gil Manuel Hernández recuerda que, eso sí, en el esplendor fallero pre franquista (o sea, pre ofrenda, pre mascletà, pre falleras mayores, pre indumentaria…) las Fallas congregaban a los vecinos de las calles adyacentes al cadafal. Ahora sus miembros –y, por tanto, sus mensajes– pueden llegar desde la otra esquina de la provincia. Con todo y con eso, un marzo tras otro hay un sinfín de ideas interrumpiendo la vida cotidiana y el tráfico para contar historias a través de figuras, textos, pólvora y música.

    Sin embargo, ¿en qué piensan los españoles cuando piensan en las Fallas? ¿Qué percepción sobre su gigantesca potencia artística tienen las y los valencianos? ¿Cómo influye en esta expresión que los premios se concedan a razón de su precio (lo cual les aísla del resto de artes; como si en Cannes las películas indies no pudieran ganar la Palma de Oro)? ¿Cómo influye que no haya mujeres (2019) en los jurados y su percepción crítica para los premios? ¿Qué pintan los artistas falleros y por qué su voz se ha convertido en una especie de gemido victimizado? Son muchas las preguntas, pero la más inquietante es, ¿son las fallas una representación artística y se percibe como tal? Calar, calan, ¿pero cuál es su futuro en este sentido y qué papel han de cumplir al respecto los agentes implicados?

    El pasado martes, mientras cumplíamos con el mito de quemar miles monumentos a lo largo del territorio, el Museo del Prado presentaba su primer estudio sociológico “sobre los españoles” y la institución bicentenaria. El 94,88% asegura que es una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal (salvada por un valenciano). “Una de las grandes aportaciones”. Una de tantas o, al menos, una de varias. ¿Creen los españoles –incluso, las españolas– que las Fallas son “una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal”? ¿Lo son? ¿Quién financiaría ese estudio y quién pone el foco hoy sobre el patrimonio inmaterial que ya es? ¿A quién y a cuántos les interesa que esa sea la percepción y a cuántas comisiones y no falleros les importa esa idea de fuera hacia dentro y de dentro hacia fuera?

    Con cierto sentido, la idea ‘fiesta’ se impone a cualquier otro aspecto de las Fallas. Especialmente, si el 19 de marzo da como para puentear un fin de semana. No obstante, la coincidencia en la fecha (19 de marzo) de la presentación del estudio del Prado me sirvió para reflexionar sobre algunas de las ideas ‘cuanti’ del asunto. La más sorprendente es que a los medios de comunicación generalistas les pareció muy relevante que algo más de un tercio de la población no hubiera ido al Prado. Y ese fue el mensaje en sus redes. Facebook se llenó de ‘reacciones’ con lagrimita, como pensando que qué pobres y qué pena de sociedad la que no ha hecho check-in en el Prado. A nadie le dio por recordar que La maja desnudaEl jardín de las delicias Las meninas son, ante todo, un fondo para selfies. Una experiencia conocida y a capturar como la de quien viaja a París con su pareja o hace un bautismo de surf (aunque ni antes ni después vaya a posar sus pies descalzos en un trozo de poliuretano).

    Si alguna cosa puede aportar el arte es, sin duda, desde lo imprevisto. Desde el desconcierto. Y no es un movimiento minoritario, sino cada vez más pronunciado, el de las personas que, en esta futura crisis del concepto turista, comprende que si en la vida ha de toparse con momentos propios, solo podrá hacerlo desde la sorpresa. El Prado contiene toneladas de riqueza por metro cuadrado que, por desgracia, dada la tendencia ‘cuanti’ de las políticas culturales y sus efectos, llevan a que ese templo se contemple desde la previsión. Huelga decir que en la citada encuesta, a alguien se le ocurrió que era muy oportuno preguntarle a los 3.321 encuestados con quién les apetecería visitar el lugar: la respuesta mayoritaria de fronteras hacia dentro fue Rafa Nadal (17,78%); de fronteras hacia fuera, su respuesta les describirá aun más y mejor a qué tipo de experiencia ligan los visitantes del Prado su viaje a través del arte pictórico más elevado: Will Smith (17,43%).

    No me extiendo mucho más en los datos para dejar clara cuál sigue siendo la grandísima oportunidad de las Fallas para todos: a los 3000 julianes a los que se les hizo la encuesta sociológica del Prado se les preguntó cómo les gustaría visitar el museo. Y sí, el 70,43% respondió que en pareja, pero el dato más relevante se encontraba justo después: dos de cada tres admitieron que la forma en que preferirían someterse a la experiencia era “de manera espontánea”. Si hay algo que recorre cada día las salas del Prado es un exceso de canon. Un patrón de visita que se repite, excepto en las caras de los estudiantes de arte y los visitantes más habituales que pasean por allí como quien vagabundea por el Retiro. Incluso, pese al peso de la fiesta, las Fallas son increíblemente actuales y vigentes un año tras otro como para ser visitadas “de manera espontánea”. 

    El amor propio de valencianas y valencianos y la consciencia de este potencial no se relaciona con un empeoramiento de lo que se disfruta; al contrario, enriquecería todos los aspectos del rito. Incluso, las desafecciones vecinales que, aunque haya momentos del curso que inviten a pensar lo contrario, afectan y no agradan a los implicados del casal. Incluso, a la deseada “calidad de los visitantes” desde la empresa privada, a los que se pretende menos ruidosos, más educados y con un gasto medio superior. En la guerra de los ‘cuantis’ sociológicos de la Cultura, las Fallas tienen pistas de sobra como para modelarse progresivamente hacia sus potencialidades (otra de ellas, su aportación en acciones sociales, de las que podemos hablar otro día). En las batallas por los ‘cualis’ –por valores cualitativos–, las Fallas tienen razones de sobra para sobreestimarse. Si algún día calara este mensaje de forma interna, la sociedad valenciana estaría a un paso de atraer a otro tipo de actores. De conectarse a través del arte con referentes internacionales del arte (de cualquier arte) y enriquecerse como colectivo a través de su máxima expresión pública. Y lo mejor de todo: sin renunciar a nada.

  • Las colas interminables en el IVAM son invisible

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    «Durante la etapa de la actual directora, el IVAM se ha posicionado como el sexto museo de arte contemporáneo más visitado del mundo, según el ranking publicado por The Economist«. Las palabras no pertenecen a ningún analista del mercado del arte sino a Alberto Fabra, president de la Generalitat Valenciana, que anunció así públicamente la salida de Consuelo Císcar.

    La marcha de la ya exdirectora del Institut Valencià d’Art Modern no significaba, según el máximo representante de los valencianos, «ninguna crítica» a su gestión. De hecho, oficialmente fue ella quien renunció por carta a su cargo tras 10 años al frente del que, pese a todo, todavía es la joya de la corona en la oferta de arte en la ciudad de Valencia (o al menos a la par del San Pío V).

    Este jueves adelantamos en ValenciaPlaza.com las claves económicas que sacan a la luz las Cuentas Anuales del ejercicio 2013. El estudio incluye: el Balance, las Cuentas de Pérdidas y Ganancias, el Patrimonio Neto, el Estado de Flujos de Efectivo y la Memoria del ejercicio con todos los datos hasta el mismo 31 de diciembre de 2013.

    Sin embargo, son dos indicadores los que al cruzarse provocan una descompensación difícilmente justificable en la actividad del IVAM: el número de visitantes en el año 2013, 1.156.280, con el dinero recaudado por la venta de entrada, 34.613 euros. Teniendo en cuenta que las entradas al museo cuestan 2 euros en régimen general, 1,5 euros para grupos y 1 euro con la reducción para estudiantes y poseedores del carné jove, ¿quién visitó el IVAM el año pasado?

    Lo cierto es que jubilados, pensionistas, grupos culturales y personas con discapacidad tienen la entrada gratuita al museo. ¿Ellos son mayoría entre los visitantes del IVAM? Otra opción es que el más de 1.100.000 personas que a buen seguro no pagaron por disfrutar del edificio de Guillem de Castro acudieran al mismo en domingo ya que el último día de la semana la entrada es gratuita. Si así fuera, más de 21.000 personas deberían haber colapsado el edificio y su entorno incomprensiblemente dedicado al tráfico de vehículos. Casi la mitad de abonados que ocuparán este año Mestalla estarían cada domingo a lo largo de las 9 horas diarias (de 10 a 19 horas) que permanece abierto el centro. Pero no, no fue así.

    Las cenas de empresa, conciertos, conferencias, talleres, la realización de el Festival Internacional de Mediometrajes La Cabina (que este año ya se traslada a la Filmoteca de Valencia), otras proyecciones, otros certámenes, presentaciones de distinta índole y el público que proviene del alquiler de espacios para eventos (ya sea los premios de una revista de moda o un acto de relaciones públicas de algún interés privado) son parte del montante total de asistentes. Aun así, trabajadores del centro aseguran que en ese «conteo» las actividades para escolares son una parte más que notable de la cifra: recuerden, 1.156.280 personas visitando el edificio en 2013.

    La cifra nos sitúa solo por detrás del Museo Nacional del Prado y el Museo Nacional Reina Sofía, pinacotecas madrileñas situadas año tras año en guías para devotos y neófitos del arte, pero que además tienen una visible peculiaridad: las colas. Colas que cruzan calles. Colas de horas y cientos de personas. Colas de lunes a domingo, ininterrumpidamente. Colas en invierno y colas en verano. Colas escolares, de turistas o jubilados, pero colas. ¿Han tenido ocasión de ver las colas entorpeciendo el tráfico a menudo en el IVAM? ¿Y de vez en cuando? ¿Y alguna vez?

    Tomando al Museo del Prado como referente comparativo, según sus propios datos de 2013 recibió a 2.306.966 personas en 362 días para una superficie de 41.000 metros cuadrados. De otro lado, el IVAM recibió, según sus propios datos de 2013, a 1.156.280 personas en 308 días (no abre los lunes y se suman los festivos mínimos) en una superficie de 18.200 metros cuadrados. Es decir, que -sin tener en cuenta la cualidad o cantidad de los fondos; 27.000 frente a 10.500 obras- la densidad del IVAM por espacio es igual o superior a la del Prado.

    Partiendo de la propia experiencia y teniendo en cuenta los datos, ¿dónde están las colas del IVAM? O mejor, ¿dónde hace la gente la cola? Siguiendo la percepción de la propia experiencia, una vez esa gente esta dentro, ¿se esconden o los esconden?

    La clasificación de The Economist a la que hacía referencia Alberto Fabra se ha repetido como un mantra durante la regencia de Císcar en el IVAM. Cada vez que las cifras de visitantes salían a relucir se generaba un rumor de incredulidad, de preguntas frustradas acerca de los metodos de «conteo» de personas. ¿Cuál es el método para extraer la cifra? ¿Es necesario discriminar los asistentes a la cafetería, la biblioteca, un concierto de jazz en la terraza o cualquier evento de los visitantes del museo? ¿Cómo funcionan los tornos de los diferentes accesos del edificio? ¿Contamos a personas individuales o se suman entre sí a lo largo del día/mes/año? ¿Cuál es el porcentaje de escolares que visita el IVAM dentro del total de visitantes? ¿Y de turistas?

    Desde su origen, las cifras de asistencia al centro han sido altas y como si de un milagro se tratara -‘la competencia’ sí sufre sus fluctuaciones- su gráfica no ha hecho más que crecer, ya sea rápida o más tranquilamente. En 2013, Valencia tuvo 792.303 habitantes y recibió a 3.980.000 turistas, según los datos oficiales. Sumando al 1.774.201 habitantes de su área metropolitana como no turistas -aunque si pernoctan en la ciudad, teóricamente lo son- tenemos un resultante de 6.546.504 personas en la ciudad a lo largo de los 365 días del pasado año. ¿Una de cada seis visitó el IVAM? A tenor de la cifra, el canon de 36.000 euros anules que paga la cafetería (3.000 al mes, según las cuentas oficiales) parece de lo más apetecible con casi 4.000 clientes pasando a diario por la puerta de un establecimiento sin competencia de uso en un radio considerable.

    El problema es muy serio. Valencia aparece en incontables guías y ránkings a partir de la cifra oficial. ¿La audita el Ministerio de Cultura? La citadas fuentes aseguran que no, así que ¿de qué sirve la cifra? Durante los últimos ocho años el presupuesto del museo ha menguado tanto que en su 25 aniversario, celebrado este mismo 2014, tiene la menor capacidad económica de su historia y la menor ayuda estatal imaginable. ¿Habrán reparado los responsables del Ministerio en que casi doblamos al Macba y sacamos cabeza a Thyssen y Guggenheim a la vez que nuestro impacto en medios -por no entrar en el difuso pero visible campo de las redes sociales- es notablemente inferior al de los tres citados? Y, sobre todo, ¿genera confianza esa cifra con la experiencia que los valencianos tienen en el IVAM? Por cierto, los tres últimos museos citados han reconocido pérdidas de visitantes varias veces durante los últimos años.

    Las visitas a un museo deberían estar privadas de una cualificación por cantidad de visitantes, seguramente. ¿Qué analisis tenemos sobre la apreciación de quien acude al IVAM? ¿Existe la desafección como valor contable? ¿En qué grado? ¿Importa y generará un mayor interés por el museo y los que allí exponen?

    El pasado fin de semana José Miguel García Cortés fue nombrado nuevo director del centro. Parece un momento clave para terminar de una vez por todas con las cifras de visitantes del IVAM que cualquiera que tenga ocasión de disfrutarlo no puede entender. ¿3.750 personas al día? ¿420 personas a la hora? ¿Es posible realizar un análisis sobre el trabajo de los profesionales del centro con cifras que no atienden a la realidad del museo? ¿Se puede generar un proyecto normalizado y honesto sin tener en cuenta este impacto? Y, de paso, ¿se ha estado alguien riendo de nosotros hasta ahora?