Categoría: Opinión

  • Las jóvenes, los medios y sus votos

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado sábado España se despertaba con la resaca de un 8M multitudinario. Tan masivo que sitúa al feminismo como movimiento transversal de nuestro tiempo. En Vigo, la protesta reunió a 105.000 personas, según datos oficiales (un tercio de la población de su capital). En València la convocatoria pasó de las 80 a las 120.000 personas este año. De la tormenta feminista de 2018, a un estado de tsunami que, sin embargo, no daba para ser el principal tema de conversación ese día en Twitter. Ni el 8M, ni sus consecuencias. El principal tema de discusión el pasado sábado en Twitter era que el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se había comprado un “casoplón” de dos millones de euros.

    El adjetivo y la noticia pertenecen a El Mundo. Una vez hecho el clic, la información se hunde en sus dos primeros párrafos. La periodista admite que “a cualquier mortal” la vivienda le habría costado 1,5 millones. El redondeo de medio kilo se perpetra a partir del precio de mercado más alto de la propiedad (2008), que por suerte para Zapatero no lo hubo más superior en la serie histórica. El segundo asunto es todavía más relevante: resulta que no es una contrato de 2019, sino que el acuerdo pertenece a un alquiler con opción a compra firmado en 2012. Este hecho se resuelve desde la subjetividad: “no es habitual que este tipo de contratos permitan a los titulares comprar la vivienda después de tanto tiempo”.

    El “no es habitual” no viene acompañado de un “según del sector…”. No es habitual, y punto. ¿No es habitual? Bueno, allá que van titular, foto y adjetivo de “casoplón” en su pie. Gasolina y mechero para Twitter, que es, de todas las herramientas de conversación conocidas, la más inútil para fotografiar la jerarquía de los acontecimientos. Zapatero y su pareja buscaban casa en 2012 por aquello de perder unas elecciones. El precio era de 800.000 euros y no lo que un mercado de especuladores intentó colocar. El precio medio de una vivienda en Madrid va camino de los 300.000 euros. Teniendo en cuenta sus salarios y patrimonio de los últimos años, que son públicos, y sin sumar los de su pareja, ¿tan indigesta resulta la compra? ¿En qué fecha firmaron Zapatero y otros políticos de la izquierda un voto de pobreza a partir del cual se miden sus actos privados?

    Estas preguntas no me pertenecen. Se las hace cualquiera. Deshacer la madeja de la información no tiene ningún mérito en internet. Las jóvenes y los jóvenes, lo hacen con naturalidad porque les han acostumbrado a desconfiar. Y esto tiene algo de positivo, pero mucho de negativo. En el lado bueno de las cosas se sitúa un espíritu crítico que las nuevas generaciones han de descubrir en casa o en la calle, pero difícilmente en la Educación obligatoria. El lado oscuro de las cosas, se sitúa en el menú e ingesta de información de la gran masa de nuevos votantes. Y no por productos contaminados, como pueden algunas de las grandes cabeceras del Estado, sino por la desconfianza sin solución en los medios de comunicación tradicionales.

    “Un consenso relativamente establecido es que el consumo de periódicos es el principal mecanismo de aprendizaje político. No solo por tratar más política, sino también por hacerlo de manera más exhaustiva. Sin embargo, los jóvenes no leen el periódico ni de lejos como lo hacían sus padres con su edad. Este papel ha venido a ser suplantado por la televisión, un medio que profundiza en política muchísimo menos”, comenta Pablo Simón en este estupendo artículo de Jot Down. Y no solo eso, les comprometo a que le pidan a la joven o el joven que les rodee a que abra su Instagram y comente su tiempo medio de uso diario. Una hora. Hora y media. Dos horas. Dos horas de nada. Dos horas sin leer, en el que quizá algún minuto ha aportado por accidente algún contenido interesante. Dos horas de consecuencias, porque quien tuvo el dominio de la opinión pública (los diarios) no presenta nada exactamente en menores de 25 años. Basta con verlos barómetros de usos culturales valencianos, pero sobre todo con acudir a una clase de Periodismo en cualquier facultad y descubrir que, directamente, ni siquiera ellas ni ellos consumen medios tradicionales.

    Las generaciones que se incorporan al voto han de fraguarse su ideología de manera accidentada. Con las contradicciones y dudas que todos tenemos, pero sin referentes claros. Y si los hay, referentes dedicados a hacer un contenido humorístico, cultural (pero vacuo en posiciones sociales) o basado en las retransmisiones de videojuegos d varias horas. Retales de aquí, YouTube por allá, un meme que cae por WhatsApp y los medios, mientras tanto, debatiendo sobre en qué cesto ponen los huevos (los de sus directivos, concretamente). Por eso en este texto noy hay tanta crítica a las dos horas de nada en Instagram, sino una alarma sobre las responsabilidades del abstencionismo que se avecina.

    La empatía y los recursos para empatizar con contenidos, para alcanzar esas ventanas, es mínima. O, al menos, muy desproporcionada con respecto al paso de los años. Empresarios y empresas (o sea, interesados y financiadores) eran mucho más jóvenes en los 80 y 90. El relevo en la opinión y el trasvase de influencia de los medios no se ha corrido hacia ningún lugar exacto. Como apunta Simón, por desgracia, una buena parte del efecto saciante ha ido a parar a las teles. Allí, donde los informativos representan lo malo que nos pasa, las empresas siguen teniendo ganancias millonarias pese a que en 2018 hubo un 0,8% de caída en la inversión. La tele privada es ajena a su compromiso legal como servicio público y si ha de levantar toda una redacción de informativos, lo hará.

    Llegará el 28A y después el 26M. Habrá quien no encaje bien los resultados. De este bando, del otro, del de enmedio y del que se escoró finalmente hasta el infinito. Habrá lecturas de todo tipo, pero ya veremos si a alguien le da por señalar a los medios en su incomparecencia profesional dentro del espacio público. El descrédito acumulado en redes sociales por las grandes cabeceras, publicando basura, con redacciones de becarias y becarios produciendo basura durante años, el poco amor propio de lo creado, pasará factura. El abstencionismo no pertenece solo a quien desoye su derecho, sino en que analiza con desmayo y distancia a quienes no hace el esfuerzo por dar voz e interpretar.

  • Bienvenida la irreverencia

    Virgilio atravesó nuestra cultura para siempre al escribir la Eneida. El poeta hilvanó una epopeya que ríete tu de una mala digestión de Elon Musk. Poniendo a trabajar el talento al servicio del mal y la grandilocuencia -o sea, como un Michael Bay de la vida– se inventó desde la ficción el ser del imperio romano. Cataplum. Y así hasta nuestros días. Era el siglo I y a nadie le daba alergia que Augusto, que antes de emperador fue amigo íntimo de Virgilio, le hubiera encargado a este que hiciera uso de su inefable don con el latín para pontificar un momento y una sociedad tan valiosos como sus publicistas lograsen (Virgilio, el mejor de todos ellos). El don de la palabra, insisto, lo dispuso un poeta a quien se le atribuye la siguiente condena para Occidente: «quienes pueden, pueden porque piensan que pueden».

    En tiempos de sociedades subordinadas, no son las subordinadas, precisamente, lo que más conviene al entendimiento. Por eso, supongo, el empresario Álex Rovira economiza a Virgilio y actualiza la idea: «pueden porque creen que pueden«. Ese es el centro neurálgico que explica la vida de otro italiano que, 20 siglos después de Augusto, ha logrado ser lo más parecido a un emperador: Silvio Berlusconi. Las consecuencias de su paso por el mundo no son menos evidentes en una Italia que convida a la nostalgia de cualquier pretérito imperfecto. Pero el traje, a Silvio, digo, se lo ha cosido esta vez el extraordinario cineasta Paolo Sorrentino. Y, lo crean o no, su cara, incluso en las fauces de Toni Servillo, es de un cemento armado que incluso sobrevive a la ficción. (En España el film se estrena el próximo 4 de enero como una única unidad, aunque en origen son dos títulos titulados Loro 1 y Loro 2 (Ellos). 

    “VERDAD ES EL RESULTADO DEL TONO DE VOZ Y LA CONVICCIÓN CON LA QUE LO DICES”.

    Ni a Italia ni a la crítica le ha gustado la última andanza de Sorrentino (La gran belleza, La juventud, The Young Pope). A mí me resulta una proeza de la forma en adelante. Porque es posible que el contenido vaya de más a menos (me interesa mucho más la primera parte que el conservadurismo de la segunda), con una paulatina condescendencia sobre Berlusconi, esposa y entorno que, acepto, en el país de la bota no ha debido caer de pie. Sin embargo, repito, la forma está tan avanzada a su tiempo por descaro que me cuesta poder alcanzar un grado de divertimento superior al de Silvio (y los otros) en una butaca de cine. Porque Sorrentino es consciente de que contra los domadores de la palabra, contra los que con dinero someten al receptor, solo cabe la más burda de las sátiras. Solo cabe situar en el ridículo al escenario completo y no esperar nada a cambio. Si alguien se da cuenta del absurdo desde el otro lado, milagro.

    En las últimas semanas habrán descubierto que, sin que nadie lo sugiriese antes, un partido anticonstitucionalista como Vox, es abrazado por los defensores del 78. Hace cuatro o cinco semanas a los líderes de Partido Popular y Ciudadanos no se les hubiera ocurrido apoyar a un grupo político capaz de situar en el sexto de sus puntos programáticos la disolución de las Autonomías: «transformar el Estado autonómico en un Estado de Derecho». Que tiene tanto significado como rezar un Ave María mirando a la Meca. Que tiene el poso argumental de quien defiende que Vox no es de extrema derecha, sino de «extrema necesidad«, y se queda revoloteando en esta idea sin completar ninguna otra porque ahora que ha descubierto que sus años de voto a PP y PSOE han salido rana, opta por el sucedáneo de cangrejo al descubrir que «no van a robar más que PSOE y Podemos«.

    «Verdad es el resultado del tono de voz y la convicción con la que lo dices». La frase es de Silvio y es una de las incontables líneas brillantes del guión de Sorrentino que, insisto, encuentra su mejor lado en la forma en la que interpreta el circo que describe. Es fácil que cualquiera piense que de un representante público se espera algo más que que le roben lo mismo que otros, pero cuando se interpreta el entorno, cuando se es consciente de que el entorno se cantea levemente cada muchas décadas, entonces hay que abandonarse a la risa. Al esperpento, en concreto. Hay que tolerarse los horrores propios y divertirse. Hay que ser optimista y aceptar que hay toda una generación de seres vivos que necesitan ser dueños de su tiempo

    El caldo de cultivo –desde los medios al avernito de las redes sociales– ha sido mucho más favorable a ideas tan peregrinas como la de la extrema necesidad. Las extremas necesidades solo son fisiológicas y es evidente que la política ha entrado en la era de la fisiología. Ante necesidades fisiológicas, inquietudes fisiológicas como las de la película de Sorrentino. Las comunes, las necesidades, digo, según buena parte de los votantes, parecen ser tan básicas que en Andalucía han pasado a decidir su futuro en relación al declive independentista catalán. Al otro lado del río, del Sénia, en concreto, la parálisis de su Parlament es una evidencia. Desde que llegara Puigdemont han levantado tres leyes en tres años. También les digo, no han parado quietos. De haber levantado otras tantas, el Tribunal Constitucional o el 155 las hubieran convertido en agua de borrajas antes o después. 

    La película de Sorrentino, por concluir, evidencia que es muy difícil ser Silvio Berlusconi. Afortunadamente, claro. Tampoco es meritorio, ya que es altamente improbable que alguien tenga una vida tan deplorable como para no sentir estima por sus más inmediatos y vergüenza de sí mismo arrasando con todo lo que le rodea. Es posible que muchos deseen ser Berlusconi dentro y fuera de Italia, que crean estar dispuestos a convertirse en el híbrido humano de una ciénaga moral y un agujero de gusano de los valores cristianos; es posible. Sin embargo, todos los que nunca lo han sido y los que nunca llegaran a serlo no han tenido mala suerte. No es que no hayan sabido hacerlo: es que han albergado la menor educación, empatía y estima por sí mismos y por sus antecesores como para evitarle al mundo un destino tan patético.

  • ‘Restos de viento’: la infancia como perspectiva ante la muerte

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Es un lugar común valorar la distancia que aporta el género fantástico para hablar de los problemas que nos rodean. La perspectiva sobre lo inmediato que, por situarnos en el futuro, en otro planeta o en la Fosa de las Marianas nos ayuda a comprender mejor aquello que nos afecta diariamente; en lo inmediato. Tomar distancia es parte del juego de la ficción y parte de su camino terapéutico que, más allá del arte, a veces también tiene su razón. Esa magia por la cual somos adictos a las historias y que nos permite deshelar los polos y enfrentarnos a lo que nos cuesta encarar de frente.

    Restos del viento, el segundo largometraje de la mexicana Jimena Montemayor, le da la vuelta a ese calcetín. La directora y guionista nos muestra el drama de la muerte a partir de una distancia temporal para buena parte de los espectadores: la infancia. Una perspectiva poco transitada en el cine para hablar de la soledad, el alcoholismo, la resiliencia, la convivencia… Además de hacer una incursión maravillosa en la depresión de la madre, dos niños, chica y chico, de distintas edades, van a contemplar esta caída y van a tener reacciones diametralmente distintas.

    Los tres personajes viven su particular relación ante la ausencia. El espectador entra y sale de cada una de ellas, contemplando las múltiples realidades ante lo que no se logra comprender. El drama es capaz de capturar las muchas intensidades en las emociones y domina su propio tempo. Una película sensible y contenida, pero una decidida vocación tanto en la dirección de arte como en la fotografía. La más experimentada María Secco acompaña con su foco empático a lo más relevante de Restos de viento: la dirección. 

    El trabajo de Montemayor abraza todos los aspectos de un film que combina fragilidad e intención a partes iguales. Más allá de la paciencia con algunas secuencias de la película, ésta contiene la inteligencia de una cineasta convencida de los personajes que ha escrito y tiene entre manos. Una cinta dominada en cada una de sus etapas y que a buen seguro competirá por estar entre lo mejor de la Sección Oficial de la 33ª edición del Festival Internacional de Cine Cinema Jove de València.

  • ¿Por qué los hombres heterosexuales feministas seguimos entre el pánico y el silencio?

    Publicado originalmente en El País

    Los hombres heterosexuales –como los catalanes para Rajoy– hacemos cosas, pero sobre todo una: contradecirnos. Sobre todo con el feminismo. Sobre todo con la boca cerrada. La contradicción es, de todas las silenciosas, nuestra respuesta favorita. No tenemos ningún grupo de WhatsApp para hablar de ello. No se comenta. No se verbaliza porque tampoco es un tabú. Si reflexionásemos cada vez que sucede, colapsaríamos. Nuestra cara mutaría en pantalla de Windows 95 tratando de ejecutar el lanzamiento de una sonda lunar. Os aseguro que no querríais ver eso. Nuestro cuerpo pasaría del espasmo al estertor, se quedaría suspendido en el tiempo y el mundo tendría que seguir girando sin nosotros (y sabemos que eso podría no ser del todo perjudicial).

    La razón es biológica: estudios neurocientíficos aseguran que un 95% de nuestras decisiones pertenecen al subconsciente. Esa contradicción constante es una acción refleja. O dicho de otra manera: apenas tomamos el 5% de las decisiones de manera consciente. El grueso de lo que hacemos todos –elles y elles– pertenece al género de las costumbres. También con el feminismo. A cada paso que damos, en cada esquina que doblamos, ante cualquier máquina de vending con esa cara de cordero degollado que nos deja el colchón de Ikea, los hombres tomamos decisiones equivocadas con respecto a la desigualdad entre géneros. Lo hacemos todo el día, se nos dé bien hacer la paella o suframos migrañas. De hecho, existe un efecto contagio en vosotras que también caéis en el asunto.PUBLICIDAD

    En nuestro cerebro son cortocircuitos constantes. «Brrr. Brrr. Brrr». Apenas los sentimos. Pocas veces los vemos venir y, en cualquier caso, nunca lo decimos. Silencio. En mi caso, hasta hoy. Me lo dijo una ex el otro día y se lo leí a Virgine Despentes pocas horas después: los hombres, en realidad, no hablamos de lo que nos pasa. Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos. La conjura de la rutina lo excluye de la conversación. Nunca nada del todo consciente, porque en realidad solo es un 95% rutina y automatismos. Luego, en el espacio sobrante de RAM hay complejos y una reinterpretación de la masculinidad de la que habla todo el mundo que no somos nosotros. Un frágil equilibrio que va de la neovirilidad a la interpretación de sí mismo que hace cualquier mamífero desde que aprende a imitar.

    «Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos».

    Pero incluso en ese escaso margen de consciencia hay oxígeno suficiente como para aceptar que este siglo servirá para balancear los roles. No sabemos cómo seremos. Nos asusta (pánico de hombros caídos). Nos deja el cuerpo como un cowboy que al volver a casa no encuentra su revólver bajo la almohada. Miramos al infinito. Nuestro cerebro pasa del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Todo en silencio. Pero lo vemos. Empezamos a repasar la galería de cagadas cotidianas. Un paisaje onírico que redibuja el presente y pensamos cosas. Ese día del que te hablaba me pilló con la tecla delante. No creerás lo que sucedió…

    Rebobinas hasta el miércoles: interior, oficina, reunión de trabajo, dos mujeres y dos hombres. El proyecto lo lleváis entre tú y Ella1. Lo habéis hecho juntos y lo exponéis juntos, pero de esto decides tomar las riendas tú [advertencia: eso no tiene por qué ser necesariamente una cagada]. Y empiezas. «Pim. Pam. PowerPoint mon amour». Y terminas cada frase mirándole a Él2. Pero a Él2 ni le va ni le viene. Está pensando en si te plancharás las camisas o las tenderás jodidamente bien. De hecho es Ella2 quien tiene que daros el visto bueno. Pero tú buscas a Él2 con el final de cada diapo.

    Necesitas ese gesto de complicidad. Tu mente va rápida y necesita recompensas. Es su compadreo el que te sirve. Porque pese a que llevas una semana pidiéndole perdón a tu bull terrier por pasearle tan tarde, porque pese a que te has quedado a trabajar con Ella1 cada una de las últimas tres noches, o pese a que Ella2 es la que decide, tú necesitas manejar esto con «los que saben». Ahora que solo queda rematar la jugada, le pasas el balón todo el rato a tu compañero de género. Hay otros dos cuerpos oxidándose en la habitación, pero el ataque se convierte en un toma y daca. Tuya, mía. Mía, tuya. Una pared tras otra, avanzando por el terreno de juego. Una. Otra. Así hasta llegar al área pequeña. ¡Gol del mansplaining!

    En efecto, estabas en tu 95% de que siga todo igual, por favor. Estabas en modo automático, sin más. Llegas a casa. Abres una lata de mejillones al natural y una cerveza low cost. Ninguna de las dos cosas sabe exactamente a lo que promete su packaging y es quizá por eso que durante unos segundos te das cuenta de todo. Entras en el terreno de la contradicción. Un ruido blanco, como un zumbido, te mantiene concentrado en esa idea. Son varios segundos, así que tampoco te da tiempo a comentarlo con nadie. No colapsas. Es más, decides no darle mucha importancia. “Es nuestra forma de ser”, te dices, justo antes de darte cuenta de que tu bull terrier mueve muy rápido su cola, mirándote de ‘esa manera’. Le diriges más palabras que a tu compañera durante la presentación mientras cargas el último podcast de La vida moderna, te pones el abrigo y los auriculares (por este orden) y bajas. “¡Qué puto frío hace!”. Las ideas se congelan. Y debe ser eso lo que ha provocado el silencio esta vez.

    Tienes este tipo de ‘interrupciones de la rutina vital’ cuando te quedas un fin de semana en casa de tus padres: la ropa entra en ese ciclo mágico por el cual estaba sucia el viernes y aparece doblada y planchada sobre la cama el domingo. La mano del hombre, del hombre en sí, no ha intervenido en el proceso. Miras fijamente al vacío. Eres consciente. Del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Silencio. Otro día un conocido tiene el estómago de comentar en voz alta una noticia de acoso laboral sugiriendo que también se ha sentido “así” alguna vez por el trato de una persona gay en “idénticas circunstancias”. Sabes que el contexto social, que la presión del entorno y la suma cultural convierten esos dos casos en dimensiones paralelas. «Chk. Chk». Y te quedas calladito en tu pupitre, como cuando alguien alivia un acting de macromachismo con el hashtag del #micromachismo que, resulta, ahora, todo lo cura.

    «El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano»

    El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano. Ni mucho menos ni como preocupa a tantos sublevados vivimos en sociedades tan idiotas que, por el hecho de desear ser menos desiguales, aceptan que no hay mujeres malas. Ese tipo de argumentos en vía muerta son, a menudo, otro de los factores que aletargan la solución al problema. Otro más es el desequilibrio de intensidades que se ejerce desde los medios cuando quien rapta a sus hijos o comete un homicidio es una mujer. También, desde este oficio, porque lo extraordinario tiene un valor mucho más llamativo en la alquimia de las audiencias.

    La enumeración puede continuar porque son muchos los brazos que reman en contra de una igualdad real para todos, aunque sea la inercia silenciosa la que los mueve en su mayoría; aunque sean brazos poderosos. En el casco de ese barco común hay grietas esperando a ser torpedeadas, algo a lo que ayuda y mucho generar focos de reivindicación como este Día Europeo por la Igualdad Salarial. Como lo hicieran las ideas en el Siglo de las Luces –no sin riesgos ni bajas por el camino– será el uso de la voz pública, la sugestión y cierto margen de tiempo el que irá perforando la preeminencia del «Brrr. Brrr» frente al liberador «Chk. Chk». Llegados a este punto, conscientes de seguir cagándola desde el automatismo, si hay algo que pocos pueden dudar es que este será el siglo de las mujeres. A su consecuencia, la sociedad será otra. Como poco, menos desigual y más justa.

  • ‘Tres anuncios en las afueras’: fascinación por la América vitriólica

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Mientras Donald Trump trata de hacer a América grande de nuevo –queda implícita la idea de que ahora debe deambular entre una bajeza geopolítica que nadie intuía; dado su trato al extranjero, queda implícita la idea de que América es, a su entender, Estados Unidos–, la fascinación por la América vitriólica sigue intacta. Las bajezas de un país tan imperfecto como cualquier otro acaban de encontrar un nuevo relato mitológico: Tres anuncios en las afueras, la tercera película del reconocido dramaturgo Martin McDonagh. Un film que ha iniciado su deambular por las alfombras rojas arrasando en los Globos de Oro con cuatro premios: Mejor Película Dramática, Mejor Actriz de Drama (Frances McDormand), Mejor Actor Secundario de Drama (Sam Rockwell) y, por supuesto, Mejor Guión (McDonagh).

    La fascinación por el error, por las bajezas y por el reverso tenebroso del sueño americano tiene un poder inagotable. La lectura psciológica de esa idea, tiene mucho interés. Con respecto a los muchos y constantes referentes, la diferencia en este caso, quizá, tiene que ver con un texto absolutamente impecable por ritmo y contenido. Quizá, también, ha tenido algo que ver que el tridente de intérpretes gocen de una química interna y compartida con la historia como pocas veces ofrece Hollywood: Mcdormand, Rockwell y Woody Harrelson

    McDonagh, inglés aunque de origen irlandés, reúne no pocas virtudes y la crítica asegura que todas ellas le acompañan desde que debutara como autor teatral con La reina de la belleza de Leenane. Maneja la oscuridad de los personajes y aboca al espectador a una duda constante entre la idea de bien y mal. Algo que ya estaba claro en su celebrado debut –aunque no muy conocido– Escondidos en Brujas, con Colin Farrel y Brendan Gleeson en el papel de sicarios y la ciudad Belga como agrietado escenario. Otra de esas valías es el poder que encuentra en una violencia. No exclusivamente explícita, pero nada almidonada ni ajena a los conflictos que se suceden en la historia y que van sacudiendo al receptor con inteligencia y humor negro. La fórmula suaviza el impacto de realidad.

    Esas y otras cualidades alcanzan un un grado de equilibrio pavoroso en Tres anuncios en las afueras. Algo de lo que ya se dieron cuenta en su brillante desfile por los distintos grandes festivales: premio del público en Toronto, premio Perlas en San Sebastián y mejor guión en Venecia. En todos ellos una de las principales sorpresas era descubrir que McDonagh no posee ninguna relación con el lugar que destripa: el pequeño –y ficticio– pueblo de Ebbing, en Misuri, donde una madre trata de que la policía se tome en serio el caso de asesinato y violación de su hija. Para ello contrata tres vallas de publicad a las afueras, se da publicidad en los medios y destapa la inoperancia de su escueto cuerpo policial. Esa madre es la inquebrantable McDormand, el jefe policial es el conciliador Harrelson y el oficial al cargo del caso es un descarriado Rockwell.

    En la película de McDonagh habitan todos los fantasmas de la América sureña: racismo, pacatismo crónico y la frustración de un país frente a sus estereotipos de éxito en las Costas. Todas las interpretaciones bordan el tránsito que va desde el punto de partida hasta un declive en la dirección contraria a la que el espectador ha asumido para el personaje. La reacción pétrea de la madre coraje se va limando hasta despeñarse en distintas direcciones; el afán moderador del jefe policial, su control ante la compleja situación, se resuelve con una brillante escena final para Harrelson; la estulticia de Rockwell y su caída constante encuentra un rebote inesperado y replantea en gran medida el recorrido que el escritor parecía proponer.

    McDonagh se suma a la victoria de los storytellers en el cine. Leyendo su sinopsis, Tres anuncios en las afueras no pasaría por ser una gran historia y, sin embargo, el talento de este angloirlandés para contarla –y esto también incluye su montaje– implica a sus actores –nombres propios del mejor indie– y entusiasma al espectador hasta dejarlo a su merced.

  • ‘Molly’s Game’: la fiesta del guión no siempre es la fiesta del cine

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El mundo asiste al boom de los storytellers. Y no solo en el cine o la televisión, donde es de justicia poética después de que escritores como Dalton Trumbo o John Fante –por muy distintos motivos– fueran poco más que operarios de Hollywood. La política, los museos y hasta las ONG buscan storytellers. Saber contar una historia, no digamos poseerla y tener una voz propia, es uno oficio con demanda por una sencilla razón: es un talento escaso. 

    Aaron Sorkin posee un innegable ingenio para contar historias. También para escogerlas y proyectar diálogos, que completan el oficio de guionista. Hasta la fecha había dado cuenta de ello en las canónicas Sports NightEl ala oeste de la Casa Blanca, La red social o Moneyballi. Series y películas cuyos textos rozan el brutalismo en los tiempos de Twitter, porque si algo ha de saber el espectador de Molly’s Game es que no hay intervención de sus protagonistas que quepa en un tuit. Y me refiero a los 280 caracteres del último concilio digital.

    El espectador también debe saber que se enfrenta al debut en la dirección de Sorkin y que éste ha escogido para ello una biografía de lo más singular: Molly’s Game: From Hollywood’s Elite to Wall Street’s Billionaire Boys Club, My High-Stakes Adventure in the World of Underground Poker. Molly (Jessica Chastain) es una chica de 26 años investigada por el FBI tras manejar durante 10 años una serie de partidas de póker con anónimos famosos. No cualesquiera, sino grandes estrellas –precisamente– de Hollywood, capos de Wall Street, magnates rusos, deportistas de élite y un largo etcétera. Molly posee sus vidas a través de ese secreto. Por su relación como organizadora de las partidas también maneja conversaciones, correos electrónicos y SMS que podrían destrozar sus vidas, pero se obstina a no revelarlos frente a la investigación y, en la encrucijada, se topa con un prestigioso abogado que tratará de librarla de la cárcel (interpretado por Idris Elba).

    Lujo textual, efectividad a los mandos

    Una vez más, Sorkin acierta primorosamente a la hora de escoger una historia. Una historia a la americana: nombres propios, vidas ocultas, ilegalidades, infidelidades y, sobre todo, poder. El dinero vuelve a girar en torno a sus relatos a base de millones y él como pocos sabe hacer relucir el lado humano de las miserias que se suceden en cuentas bancarias. Sin embargo, la impersonalidad imperante en su dirección es notable. Es un placer que existan películas de semejante extensión y no solo en el metraje, sino en el texto. Pero encajar algo parecido a una novela de 120 páginas en ese tiempo es un reto para cualquier tipo de espectador. Del lenguaje estrictamente visual y el sonoro, a Sorkin solo le puede atribuir efectividad.

    Habrán oído alguna vez que las cintas de John Ford o Alfred Hitchcock pueden comprenderse sin necesidad del sonido. Algo que, generacionalmente, sabiendo de dónde viene el cine y de dónde venían ellos, tiene mucho sentido. A menudo se comenta como una virtud, pero en este caso sirve de ejemplo paradigmático para entender que Sorkin, además de la virtud del texto y todo lo que gire en torno a la escritura, tiene el vicio de someter el flujo audiovisual a las letras. Pese a que son conocidas las críticas y chascarrillos que ha suscitado durante su carrera entre los actores, no piense que en su debut como director se ha amilanado. Incluso, uno intuye cierto esfuerzo por encajar semejante lomo de folios en 130 minutos. El sonido de este drama con ánimo de thriller es absolutamente consustancial, pero la imagen, las posiciones de cámara y las decisiones que giran en torno a ello no son arbitrarias de milagro.

    A partir de esa realidad, cabe entender el reparto y, de paso, hablar de él. Sorkin no ha elegido a Chastain, Elba o Kevin Costner (padre de Molly) por casualidadNo hay dirección de actores. Sorkin paga a los mejores para que hagan su trabajo. Y hay tantísimo texto que, en intérpretes con tanta altura, es difícil que ellos mismos no encuentren todas las decisiones a tomar, pese a la diarrea de texto que expulsan en cada secuencia. Es algo que podemos entender por las fisuras de unas actuaciones que, seguramente, se destaquen. Chastain es posible que reciba elogios por su trabajo, pero hay importantes fisuras en esa idea composición de una joven inquebrantable. Sobre todo, cuando se queda gélida ante una realidad que la desborda (por cierto, la primera gran protagonista de Sorkin en su extensa carrera) Elba merodea el estaticismo y no hace nada mal –a estas alturas, en él, parece imposible–, pero tampoco les deslumbrará más allá de un airado alegato en el que, una vez más, el texto nos vuelve a parecer impecable.

    Más allá de sus protagonistas, no hay interpretaciones a destacar. Tampoco hay aspectos técnicos a destacar, eso sí, sabiendo que el presupuesto ha sido exactamente todo el necesario como para cubrir las necesidades de semejante debut. La película carece de autoría audiovisual y, a su vez, posee una historia y un guión que bien merecen la pena para pagar una entrada de cine. El film llega entumecido a su último plano, que, suponemos, pretendía ser un guiño a ese idioma del que todavía no es un maestro: el de la realización. Para entonces, poco importa, pese a que esa imagen redondee todavía más un texto que podía ser una novela. Es posible que, como decíamos, haya espectadores que no hayan leído tanto en tampoco tiempo desde hace años. El problema o no, según a quién se le pregunte, es que habían ido a ver una película.

  • La fórmula para ‘Amar’: confianza, tiempo y resiliencia

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El orden en el que se suceden las cosas en el amor tiene algo que ver con el éxito: la fórmula es, por suerte y por desgracia, desconocida. Por muchos millones que se inviertan en la producción de una película, por estelar que sea el casting, por buena que sea la recepción de la crítica, la fórmula exacta por la cual se accede a la cima está llena de posibilidades del todo desconocidas. Lo mismo sucede en el amor: por toda o nula que sea la predisposición, por importante o nimia que sea la primera impresión, por joven o mayor que a uno le arrolle el fenómeno, la fórmula exacta por la que el amor sucede es del todo impredecible.

    Sin embargo, hay tres ingredientes que en distintas proporciones alteran el efecto y los resultados del acontecimiento: confianza, tiempo y resiliencia. El debut de Esteban Crespo con un largometraje, Amar, se estrena este viernes y es un ejercicio de sinceridad con la persona que fuimos en la primera de esas grandes colisiones. De ahí que la terna de elementos se apodere por completo de la película en un ejercicio de honestidad por parte de su director con el ritmo e intensidad a la que suceden las cosas en ese lugar al que jamás se regresa de la misma manera.

    Crespo, Premio Goya al Mejor Cortometraje de Ficción en 2013 por Aquel no era yo (con el que fue nominado a los Oscar del siguiente curso), despliega en su primera película una serie de virtudes más robustas que prometedoras. Amar se conecta en su metraje y algunos de sus aspectos técnicos con los tres ingredientes: invita al espectador a recuperar la confianza de una conexión sensorial quizá entumecida tras el paso de los casos; le exige tiempo porque amar así, tal y como lo hacen Laura y Carlos, reclama completa dedicación. Puede que tanta como nunca se vuelve a ofrecer; y, por último, resiliencia porque el amor no es precisamente una cápsula capaz de cerrarse herméticamente.

    Amar redunda en la valía de su historia. Que Crespo hubiera estirado el relato hacia una convención capaz de ser aupada por Mediaset o Atresmedia, que se hubiera rendido a los cánones más autorales sin respetar el espacio para esos tres elementos, hubiera sido lo esperable. Y es posible que si la película no hubiera exigido confianza, tiempo y capacidad de resiliencia al espectador habría satisfecho cualquier comparativa. Esa es una de las sensaciones, aunque a veces, por distintos motivos, esa duda sobre la toma de decisiones del cineasta puede llevar a creer que la producción no ha gozado del tiempo suficiente para redondear su guión, para encontrar otras salidas, para ahondar en temáticas sociales de mayor compromiso… 

    De lo que no cabe duda es de la cara y la cruz en el casting del film. Apoyar una película en los hombros de dos actores de corta (el) y nula (ella) experiencia y que su trabajo se convierta en uno de sus elementos más sólidos de la cinta es algo más que complejo. Gracias a una complicidad y una química a estudiar en el caso de la dirección de actores y en la elección de los mismos, María Pedraza (licenciada por el Real Conservatorio Profesional De Danza Mariemma, modeloe It Girl) y Pol Monen (actor de formación) se adjudican una notable carta de presentación como protagonistas. En el resto del reparto, con la excepción de Natalia Tena en un crescendo de contención con final explosivo, la aportación es desigual. 

    Por último, entre los aspectos técnicos destaca la manera en que se relacionan la luz y el sonido con las premisas de dirección. La fidelidad a la forma está también en la fotografía, en el trabajo con los silencios o en la medida aparición de su corta banda sonora, con la imponente aparición de ‘Get Free‘ de Major Lazer. Entre los aspectos que vinculan a la película con su parte de la producción valenciana (Filmeu y las ayudas del Institut Valencià de Cultura/CulturArts), el relato visual de la ciudad, aunque no explícito, es interesante. El Palau de la Generalitat se abre al film, aunque son todavía más sugestivas las escenas de calle o la utilización del entorno del Alto Horno nº2 del Port de Sagunt.

  • Qué demolemos con Arabesco

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La nostalgia es uno de los alimentos menos saludables para la memoria. Su infinita capacidad para deformar lo sucedido y las endorfinas que se liberan al aceptar que cualquier tiempo pasado fue mejor la convierten en grasa saturada para la Historia. La juventud de los 80 y los 90 en València lucha contra ese tejido adiposo en el que se ha convertido el relato en torno a las discotecas. Un fenómeno sin nombre definido, pero atiborrado de etiquetas (y pegatinas). Un movimiento al que le caben sin el menor criterio ni criba los atrevimientos musicales de Juan Santamaria en Oggi o Carlos Simó en Barraca, el interiorismo de Dúplex, las artes performativas de Putre Plastics, los conciertos de Nick Cave en Arena o Nina Hagen en Isla, los parkings de N.O.D. o Heaven, y hasta la autarquía sonora de Arabesco hasta Rockola. Todo vale para los que les vale todo. 

    La estatura cultural, la importancia de las cosas, para convertirse en debate, para quien tiene esa necesidad de fijar su influencia, necesita de un ejercicio de lectura comparada. La nostalgia cabalga justo en la dirección contraria a la lectura comparada de los hechos. Los datos, los nombres y las fechas se alteran según a cada cual le acomode mejor el recuerdo y, por si fuera poco, los recuerdos hace tiempo que pasaron a ser un ejercicio de periodismo-ciudadano-ficción en Twitter y Facebook. El último de los casos de estudio es el que se ha derivado del inicio de la demolición de Arabesco. Una obra civil que ha liberado todo tipo de relatos durante los últimos días en torno a la Ruta sin apellido, el ocio nocturno (y vespertino) y la juventud valenciana de los 90. 

    Arabesco («a ver qué pesco», según la tradición oral) cerró hace más de una década. Fue una discoteca surgida al calor de la masificación y con vocación y capacidad para las masas. La edificación tan anacrónica como memorable ocupó el lugar que cada uno de los miles de perfiles en cualquier red social ha dicho que ocupó, porque la noticia, lo relevante, tiene poco que ver con el relato musical de lo vivido: la discoteca destino de l’Horta Sud se convertirá en un hipermercado y un restaurante de fast food. De esta manera el palacete arabesco (tener por nombre un adjetivo podría haber sido uno de sus mayores riesgos conceptuales) seguirá la senda de Puzzle, Arena o los cines Oeste, Iberia o Martí: convertirse -o intentarlo- en un referente del consumo de aceite de palma. 

    El mismo suceso, trasladado a la ciudad, podría equipararse a la sustitución en superficie y sótano del cine Serrano por un Zara o del Eslava por un Druni, ambos en Passeig Russafa. Los cines, las salas de conciertos o las discotecas se convirtieron en una necesidad para los que soportaron la imposibilidad de expresarse con libertad durante los 60 y 70. Una necesidad que apretaba como la sed. Así y allí surgieron, aunque alcanzaron su multiplicación durante la década de los 80 para desaparecer en la homogeneidad de los 90. Una necesidad que ha sido sustituida -y es el tuit que he echado en falta, el post en Facebook más allá del cantar de gesta generacional- por comprar envasados, por vestirse a la moda; por recetas de prime time, por Instagram stories.

    Y no es imprescindible bajar al detalle para entender que la gente de aquellas décadas también comía, se vestía y, con toda intencionalidad, mantenía el apetito por consumir una vida más allá de las necesidades fisiológicas: alimentarse, cubrirse, ¿perpetuar la especie? Un lento regreso a la caverna retransmitido online y que tiene sus garantías de fracaso donde casi siempre: el undeground que, como entonces, mantiene la tensión, la misma ansiedad por explorar y autodefinirse sin prejuicios ni herencias. En su caso, más allá de las fronteras rotas del comercio global. O sea: más aquí. Un underground perceptible en la ciudad, cada vez más vivo y por supuesto alejado de todo aquello que la Administración apoya y los medios acertamos a capturar.

    La demolición de Arabesco puede servir para tomarse un minuto y reflexionar. Todos. Los de entonces y los de ahora. Los de antes y los de en medio. Cada vez que un icono desaparece -por kitsch que este sea-, tenemos esa oportunidad. Y es sano aprovecharla. No hicimos lo mismo siempre y es algo que, como sociedad, seguro, nos pesa. Qué demolimos cuando bombardeamos el Palau del Real para defendernos de los franceses. Qué se quemó cuando -a coste de la Guerra Civil- un incendio acabó con los frescos de los Santos Juanes. De qué nos privamos cuando se retiró el pabellón sobre el mar del Balneario de Las Arenas o de qué nos alejamos cuando deshicimos la reforma de la Plaza del Ayuntamiento de Goerlich. Y con otras tantas demoliciones… ¿qué? Ahora, ¿qué demolemos con Arabesco? 

  • ‘Múltiple’: el suspense de Shyamalan

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En este momento no logro recordar en qué capítulo del maravilloso podcast Todopoderosos Nacho Vigalondo dijo que a M. Night Shyamalan se le había ido la fuerza cinematográfica con su afán por hacer pesas. Ese equilibrio de fuerza en su fulgurante carrera se ha reequilibrado con Múltiple, la cinta que cuenta la historia del joven Kevin Wendell Crumb (James McAvoy) y su Trastorno de Identidad Disociativa. En esa lucha por la identidad interna, un punto de partida tan brillante como todos los que ha manejado el director indio hasta la fecha, 23 personalidades libran una inagotable batalla por sobreponerse entre sí.

    Entre todas las personas que conviven en un mismo cuerpo, Kevin alberga la mente de un pervertido capaz de secuestrar y sacrificar adolescentes. Ese peligro público tiene antídotos en varias de las demás personalidades e incluso una vis súperpoderosa y catártica que muy de tanto en cuanto se manifiesta para acabar con todo. Ese es el escenario en el que se desarrolla la nueva película de uno de esos directores que todavía es capaz de captar a miles de seguidores con su apellido. Un disfrute que queda reducido a escombros si el espectador visualiza sus trailers. Las majors (Universal, en este caso) siguen ninguneando al espectador con este acto terrorista contra el disfrute de la gran pantalla.

    Múltiple está lejos de esa tetralogía con la que Shyamalan se merendó el cine de entretenimiento: El sexto sentido (1999), El protegido (2000), Señales (2002) y El bosque (2004). En apenas un lustro aquel joven crecido en Pennsylvania demostró un vasto conocimiento del que su biografía en Twitter es la mejor síntesis: «My Mount Rushmore: Kubrick, Kurosawa, Hitchcock and Ray«. En su duodécima película como director, los reflejos con Psicosis tienen poco de teoría conspirativa y mucho de referencia esencial: la vida de un psicópata que cambia de personalidad al travestirse y asesinar a sus víctimas. Y la pista sirve para aceptar que Shyamalan, en esta ocasión, ha decidido enfundarse el traje de maestro del suspense sin complejos. Afortunadamente. De nuevo.

    Con ese dominio de la fundacional galería de trucosel indio-estadounidense desarrolla un film que vuelve a demostrarle como un cineasta superdotado, aunque todavía lastrado por algunas de sus más recientes manías. Por ejemplo, la de reírse de sí mismo. Si en La visita (2015) ese gesto nos dio una lección, en el final de Múltiple esta torticeramente encajado. Pero más allá de estas taras -la película hará las delicias de los cazadores de fallos de raccord– lo mejor es que la alianza con Blumhouse parece haberle liberado como creador hasta permitir que volvamos a disfrutar de una mirada tan contemporánea -dentro del cine convencional- que lo hace tan clásico. 

    Múltiple permite olvidar la desfachatez de su travesía por el desierto: Airbender, el último guerrero, 2010; After Earth, 2013. Un trabajo elevado por un McAvoy que hace parecer fácil aquello que el espectador intuye díficil, pero que es mucho (¡muchísimo!) más complejo de lo que acaba por parecer. Los personajes entran y salen de ese cuerpo afilando una historia claustrofóbica, llena de tensiones humanas y donde los resortes del género de terror se intuyen sin llegar a desatarse. Shyamalan juega con la audiencia a hacerle creer que se aproxima a una historia densa, aunque al contrario de lo que podrían hacer Christopher Nolan o David Fincher, por ejemplo, deja que sea el espectador el que avance por esos caminos tras los títulos de crédito. 

    Y aunque los temas en torno a los que gira el film bien podrían ofrecer la excusa para hablar de un tema tan moderno como la gestación y uso de la identidad, Múltiple obtiene ese mérito tan cuestionable que es acabar la película rodeando a la figura de su director. Un rasgo positivo en el que la posmodernidad nos permite poner por delante de la historia la forma en que se cuenta. De ahí tanta atención por su filmografía como un todo, cuando esta nueva etapa generada con la producción y consejo de Jason Blum nos permite recuperar el suspense sobre si Shyamalan, a sus 46 años, todavía no ha hecho más que iniciar una cosecha de films tan nutritivos como Múltiple.

    Mención a parte merecen los contenidos y perfectos trabajos de vestuario (del lanzaroteño Paco Delgado) y tipografía, en un icónico diseño de créditos que usa la multiplicidad de pantallas (24) para redundar en el concepto de la película.

  • Snowden o la solución al ‘quién vigila a los vigilantes’

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Lo primero que un espectador puede pensar nada más iniciarse los títulos de crédito de Snowden (Oliver Stone, 2016) es qué ha aportado a sus vidas la heroica gesta perpetrada por ese treintañero apocado física y socialmente, cerebrito a la legua y republicano (conservador) que decidió poner en un brete al país que tanto ama para salvar a su pueblo. Es, en efecto, una historia mesiánica, al estilo de las que gustan al director de Platoon, Nacido el cuatro de julio o Alejandro Magno pero que se enfrenta por lo que a él le compete a la compleja épica que cabe en la nada antivisual actividad que cabe en el día a día de un hacker.

    Ese era el reto por parte de Stone frente a una historia que una primera remesa de inquietos pudo conocer gracias a la publicación primigenia del británico The Guardian, ‘la seguida’ de Washington Post y la definitiva entrevista -en aquellos días de junio de 2013- de Snowden en la CNN estadounidense. En esa horquilla de informaciones el mundo aguantó la respiración, ante una Adminsitración Obama sacudida por el acto de «deslealtad» y la orden internacional de «busca y captura» para uno de los principales ‘mecánicos’ del espionaje digital al que el 11-S proporcionó barra libre al poder militar. Si el reto era mejorar el relato sobre lo que el mundo ya comprendió durante aquellos días y se reveló desde el brillante relato documental de Citizenfour (Laura Poltras, 2014), el director de Wall Street, La historia no contada de Estados Unidos o Asesinos natos, no lo ha conseguido

    En cambio, el mérito de Stone en este caso se debe medir de puertas hacia dentro. El cineasta cuenta con el favor suficiente de la industria como para colocar esta historia en los cines de todo Estados Unidos. Snowden no es una película ni entre las diez mejores del amigo de Hugo Chavez y Fidel Castro (según ha contado también en el cine), sino la posibilidad de que muchos ciudadanos de aquel país, antagonista de la historia que se cuenta, tengan la posibilidad de empatizar con un compatriota que mutiló su vida personal por unos ideales que conectan a la sociedad de todo el mundo con la eterna idea de la corrupción. 

    El concepto de corrupción, ligado al poder inequívocamente, está detrás de este relato en el que un frustrado militar acaba derivando su inteligencia hacia los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Así consigue servir a su país, pero su capacidad por brillar y ejercer de desarrollador de algunos de los programas clave para la consulta de la intimidad de los ciudadanos de todo el mundo -en especial, de los propios estadounidenses-, arrepentirse al sentir las consecuencias en su entorno más próximo (Hollywood represents) y, finalmente, ‘vender’ al sistema de barras y estrellas y dejarlo en evidencia frente al mundo.

    ¿Y si Snowden es la respuesta platónica?

    Si todo había cambiado con el 11-S, abriendo un derecho de pernada global con respecto al espionaje y recopilación de informaciones a través de las empresas tecnológicas que la película no elude mostrar (Apple, Microsoft, Facebook, AOL…), todo cambió con Edward Snowden de nuevo. Esa era la acción y, desde luego, sirvió para que al menos los países menos despiertos ante la situación, los europeos, revisaran la posibilidad de que los tentáculos de internet alimentaran sin barreras la capacidad de controlar la actividad de cientos o miles de millones de personas. Eso cambió, aunque es posible que no pocos espectadores sobrevivan a la idea por el a veces parco sentido cinematográfico de la película de Stone, que a buen seguro cumplirá con la citada virtud de abrir la historia todavía más al público global.

    En este caso, en la ficción más relevante de Stone desde Un domingo cualquiera (1999), el director estadounidense ha logrado un frágil equilibrio con el frágil personaje del agente de la CIA. El trabajo de Joseph Gordon-Levitt se encuentra al límite del paroxismo cuando el ego parece supurar del protagonismo en la Historia al que se enfrenta Snowden. Es casi igual de frágil que la realización de los ataques epilépticos y según qué desarrollos por parte del desarrollador cuando se maneja con códigos y pantallas. Pero nada de esto tiene relevancia si finalmente el caso Snowden, convertido en icono pop y por tanto en tema de conversación allende la indiferencia, sirve para resolver esa pregunta que se formuló Platón en La República, el libro que posiblemente haya marcado cualquier civilización posterior.

    El diálogo socrático de los tiempos trataba de resolver el enigma en el que se basa la corrupción: ¿quién vigila a los vigilantes? Platón sugería que lo importante era hacerles creer a estos que su valía para la sociedad era tal que, ellos mismos, sin más, se autoconvencerían de un papel excepcional para que el sistema funcionara. Los vigilantes, empoderados al fin y al cabo en esa estructura, se creerían lo que Platón llamó «una mentira piadosa», pues ni él mismo se creía que verdaderamente tuvieran la capacidad de ser incorruptibles. Sin embargo, cabe pensar: ¿y si Snowden representara finalmente la respuesta platónica? ¿Y si fuer ala piedra definitiva de que los vigilantes, conscientes de su poder y de la capacidad protectora casi individualizada, hubiera dado valor tantos siglos después a este conflicto de la naturaleza humana para dar sentido a la situación en pleno siglo XXI?

    Y si Snowden no consuela la duda platónica, siempre nos quedará Watchmen (Alan Moore, 1986).