Categoría: Opinión

  • ‘El hombre de las mil caras’: el filón del thriller en España ya tiene distintas alturas

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Una de las primeras cosas que la crítica dijo de El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016) es que era «el thriller del año». Hace apenas unos años, de hecho, la expresión hubiera tenido poca validez ya que el cine de género, y especialmente de este género, apenas tenía competencia como para erigirse en el mejor en su clase de la cosecha. Pero no es el caso. El thriller está llamado a ser la respuesta de la industria del cine a la sociedad en este momento. Un momento reconocible por hechos incontestables como una profunda brecha económica entre las clases en España, por una recesión económica larguísima, por un desempleo inasumble en cualquier otro Estado europeo o por la desatada inactividad -o falta de acceso al mercado laboral- entre los jóvenes.

    Estos son algunos títulos que demuestran el crescendo desde la caída de Lehman Brothers y el último premio de Fórmula 1 celebrado en la opulenta Valencia: 25 kilates (Patxi Amezcua, 2008), Los crímenes de Oxford (Alex de la Iglesia, 2008), Los condenados (Isaki Lacuesta, 2009), Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2010), Buried (Rodrigo Cortés, 2010),  No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011), Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 2012), Luces rojas (Rodrigo Cortés, 2012), Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013), Hijo de Caín (Jesús Monllaó Plana, 2013), Magical Girl (Carlos Vermut, 2014), Relatos salvajes (Damián Szifron, 2014), Lasa eta Zabala (Pablo Malo, 2014), La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), El niño (Daniel Monzón, 2014), Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014), Regresión (Alejandro Amenábar, 2015). No son todas las que son, sino las sobresalientes, que en 2016 han sumado Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen), Tarde para la ira (Raúl Arévalo), Secuestro (Mar Targarona), Vientos de La Habana (Félix Viscarret) y El hombre de las mil caras (Alejandro Rodríguez). Y, de nuevo, no son todas las que son, sino las que sobresalen de las muchas estrenadas.

    Dada la cosecha, especialmente por lo que se refiere a las geniales películas de Sorogoyen y Arévalo (ópera prima y protagonista esencial de La isla mínima, por cierto), la película de Rodríguez está lejos de ser la más destacada en su género del año. La magia que buena parte del equipo de Rodríguez aplicó a la película de 2014 es precisamente el grado de excelencia, el condimento desconocido y la fórmula secreta de la que carece una película que no tiene el menor de los peros en su espectro técnico, pero sí en su dirección; en la toma de decisiones. El hombre de las mil caras es una película sorprendente y excesivamente narrada. La voz de José Coronado, presente en un tercio de las películas arriba citadas y otras tantas no citadas durante esos años, explotado en el género hasta el paroxismo de sus virtudes, incurre en una sobreprotección del relato que la aproxima a una suerte de ejercicio documental televisivo, pero obviamente ficcionado.

    Es un valor saber que gracias al film de Rodríguez buena parte de España, incluso aquella capaz de no tener suficiente paladar como para elevarse con los fractales, la música, las interpretaciones y la altísima sobriedad desplegada en la irrepetible La isla mínima, se acercará así a la historia de Paesa y Roldán. El espía más desconocido y relevante del Estado español (Francisco Paesa) en su joven democracia y el peculiar ex director de la Guardia Civil y prófugo Luis Roldán. El episodio más torticero del Ministerio del Interior, dirigido por un Juan Antonio Belloch que derivó su carrera hacia la presidencia para ser condecorado con la alcaldía de Zaragoza años más tarde, llevó al fugado Roldán a ser finalmente condenado por malversación de fondos públicos, cohecho, fraude fiscal y estafa, ‘apresado’ en el aeropuerto de Bangkok gracias a una tramoya a base de documentos falsos de Laos.

    El omnipresente Coronado -en el género y en la película- abarrota desde el guión cualquier descripción, intuición, percepción, sentimiento y apenas deja oxígeno al espectador para tratar de conectar las geniales interpretaciones de Carlos Santos (Roldán) y Francisco Paesa (Eduard Fernández). La de Fernández, actuación premiada en el reciente Festival Internacional de Cine Donostia San Sebastián, es una de las noticias más agradables de la película. La razón, a buen seguro, se encuentra en que el personaje tiene mucho que ver con su posición como intérprete, con varias dualidades y rostros que tratan de convencer al espectador en distintas direcciones, gélido pero de confianza, próximo pero inalcanzable. Paesa es, como personaje, un guante para el método de un Fernández al que este mismo año hemos disfrutado mucho en su vis teatral.

    En el rodaje de ‘El hombre de las mil caras’La superproducción que supone para el cine español El hombre de las mil caras, obviamente alejada de una superproducción francesa pero muy por encima de las citadas cintas de Arévalo o Sorogoyen, parece haberse contaminado de su presencia financiera por parte de operadores televisivos. El lenguaje, su forma de abordar la historia, en la que los detalles son troceados y mostrados con luz y taquígrafos (semióticamente hablando), ensombrece la posibilidad de haber dejado más margen a la historia, otras lecturas por parte de una sociedad totalmente necesitada de reencontrar su historia más reciente a través del cine. Ese, quizá, también, puede ser otro punto de debilidad con la inapropiada e inevitable comparación con La isla mínima: el film de 2014 revelaba un mensaje menos obvio, capaz de conectarse a muchas otras realidades del sistema al que interpela habitualmente Rodríguez, ese en el que el público asimila sin sobreprotección del mensaje que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado no se han sometido a ninguna ‘Transición’; en cambio, en el affaire Paesa-Roldán, la crítica al Gobierno socialista entrado en barrena, apenas extiende más realidades que las que encierran a sus personajes. 

    El hombre de las mil caras, en el peor de los sentidos, mucho más autoconclusiva y a partir de ello, sin desmerecer ninguno de los trabajos artísticos (o quizá el de un Julio de la Rosa que suena más a sí mismo, que sorprende menos con ese empaste mágico logrado en La isla mínima) menos interesante. Y duele especialmente que la que será, a buen seguro, una de las tres películas con más posibilidades económicas del año, acabe reducida en ese sentido.

  • Google News, Internet, los huevos y las gallinas

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Un país muestra al mundo su fragilidad democrática cuando unas pocas empresas se sientan junto al Gobierno y aprueban una ley para proteger sus intereses particulares sin tener en cuenta los intereses generales. Ni es una situación que pertenezca al pasado ni a una dictadura centroafricana ni protege a los periodistas ni da cobijo a la deontología ética de ningún oficio. Es España, es la nueva Ley de Propiedad Intelectual y es la forma en la que los principales editores de prensa tratan de compensar su torpeza para sobreponerse a la triple crisis del periodismo en nuestro país: económica, tecnológica y generacional.

    Todo ello se manifiesta de forma lamentable después de que Google decida poner fin a su servicio Google News para los medios de comunicación españoles. Lo hará después de que el Gobierno del Estado haya impuesto una tasa «para la protección» de los editores de prensa. Un canon no cifrado, vigente a partir del 1 de enero de 2015, con carácter retroactivo y que vendría a controlar una sociedad gestora al estilo de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE). Un símil de garantías que ha granjeado un presente brillante para sus industrias asociadas.

    En la práctica, el grupo ValenciaPlaza.com no se verá especialmente afectado por la decisión. De hecho, el cierre de agregadores de noticias -para evitar el futuro pago de la tasa- como Menéame afecta hasta tres veces más al medio que el cierre del servicio de Google News. No obstante, entre todos ellos, apenas han derivado un 4% de los casi 30 millones de páginas vistas este año entre las tres cabeceras digitales de la empresa. Afecta, eso sí, a la realidad del entorno de los medios online y su incontrolable reacción tras la decisión de una herramienta de búsqueda rápida y efectiva para los usuarios.

    Porque el verdadero afectado por la desaparición del servicio es el internauta, aquella o aquel que busca en Google una palabra o serie de palabras y pretende encontrar el resultado más acertado. Hasta este momento, los resultados que se vinculaban a la actualidad o sobre los que, en los últimos días o semanas, se había generado un reportaje con contenido inédito relevante, aparecían sobre el resto de páginas ajenas a estos conceptos. Esta preselección desaparecerá a partir del 16 de diciembre, la fecha en la que Google News cesa su filtraje. Las búsquedas se mezclarán con Wikipedia, webs institucionales e información documental de cualquier tipo, sin criterios de actualidad, valor de los elementos multimedia y generando una distorsión del acceso a la actualidad que raya -pese a lo que diga el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte- la agresión al derecho a la información.

    EL ORIGEN DEL CONFLICTO Y SUS CONSECUENCIAS

    El verdadero problema entre los grandes editores de prensa españoles y Google no tiene mucho que ver con Internet, sino con el hecho de que un mercado de acceso restringido como siempre había sido el periodístico pasara a ser accesible por arte del ADSL. Pero hay que profundizar todavía un poco más, hasta los valores fundacionales del gigante californiano, para entender cuál es el verdadero problema de partida de que la información pase a ser de competencia abierta.

    El 27 de septiembre de 1998, Larry Page y Sergey Brin abrieron a la world wide web un motor de búsqueda llamado Google. No solo hacía años que el uso de Internet se había extendido, sino que el nicho de mercado al que se encaraba este proyecto universitario convertido en empresa parecía dominado por empresas como Altavista, Yahoo! o Lycos.

    Los dos jóvenes entusiastas haciendo su trabajo de fin de carrera en la Universidad de Stanford estaban muy lejos de contar con presiones comerciales o empresariales para distinguir entre un Blogger y un medio de comunicación. Si el primero publicaba antes y aportaba una extensión de contenido y elementos visuales y SEO importantes, ¿por qué iba a posicionarse sobre éste un gran medio llegando después que el primero?

    Claro que, durante más de una década a los medios esto no les preocupó porque nunca creyeron que Internet fuera a formar parte de su core businessLas grandes corporaciones editoriales soñaban una realidad en la que la gente accedía a la información acudiendo a sus cabeceras, por afinidad a las marcas periodísticas; porque sí. Lo cierto, es que cada año la tendencia era cada vez más distinta. La gente oía algo en la radio, lo veía en la tele o le llegaba a través de un hilo de chat en MySpace o Microsoft Messenger. Entonces lo googleaba y allí, durante muchos años, otras webs se aprovechaban de la inacción de los grandes medios para posicionarse sobre estos.

    Cuando los medios se dieron cuenta, siempre tarde -y dos o tres años más tarde en España- muscularon con becarios las ediciones digitales y se pusieron a crear contenido específico para ganar visitas: sexo, Hitler, soft news, fotogalerías de discotecas o presentadores de televisión y un exhaustivo repaso a los timelines en Instagram de Miley Cyrus o Rihanna. Los incrementos de visitas, exponenciales. El arma de doble filo: que los medios, gracias a Google News, posicionan por encima de contenidos de páginas no incluidas en la categoría de Google. Por ello, además de las suculentas áreas temáticas para generar visitas, entraban en liza otros contenidos recurrentes y esculpidos en SEO: el tiempo, los deportes, los directos de fútbol, los sucesos, los programas de televisión, el cine online…

    Google ha ido ‘pillando’ los trucos y mejorando su algoritmo. Las triquiñuelas que antes funcionaban para generar clicks a partir de Google News ya no sirven y los principales beneficiados de los cambios en el PageRank (el ranking interno de Google sobre los medios) han sido precisamente las grandes compañías editoriales. Pero en España esto no era suficiente. La carrera -¿o la guerra?- por las visitas ha llevado a medios de gran prestigio a volcar íntegramente sus contenidos en papel en sus webs, hecho que sucede a día de hoy. Hecho, por cierto, sin el menor sentido comercial. La razón es la de acumular mayor contenido inédito y evitar ‘fusilamientos’ de información. Y gustar cada día más a Google (PageRank de nuevo), claro.

    Sin embargo, esta aceptación del universo Google más monopolístico se compaginaba con la redacción de una ley que ha acabado por tumbar el sistema. Y lo más grave para los medios, que pretendían que España fuera una excepción y provocara un pago por agregadores de contenido para paliar su déficit comercial, es que ahora van a perder la gallina de los huevos de oro: el tráfico en español que les ha llegado históricamente y hasta el próximo martes 16 desde los países hispanohablantes. No solo desde estos, también desde todos aquellos lugares en los que una búsqueda se hace en español.

    Ese es el particular drama que se avecina para los grandes medios, unido a un tráfico base muy importante desde España. También es la principal diferencia para con ValenciaPlaza.com de todos estos y lo que, más que un rumor, una constante de reuniones en algunas de las redacciones, va a suponer despidos a partir del próximo mes de enero.

    EN DEFENSA DE QUIÉN

    La estrategia de los medios afiliados a AEDE (en los que las grandes cabeceras de España tienen todo el peso) se ha vuelto en contra de ellos más allá incluso de lo que puede afectar a su tráfico: la opinión pública parece haberse dado cuenta de que ahora cuando busque alguna información vinculada a la actualidad, la herramienta más eficaz del mundo no estará disponible. Y esto ha provocado una defensa desaforada de una empresa cuyas prácticas monopolísticas han sido sancionadas por la Unión Europea, entre otros, y que deja mucho que desear en este sentido.

    La defensa ahora de Google News es precisamente la defensa de un modelo de búsquedas vinculadas a los medios de comunicación creado por una empresa privada. Internet le precedía y le precedían otros sistemas de búsqueda. Los diarios precedían a Internet y… ¿a quién precede el derecho y uso de la información?

    En el citado 1998, Google se adelantaba 15 años al tiempo con un diseño ‘monopágina’ que ofrecía el servicio a un solo golpe de vista. Sin embargo, no era esta su principal virtud frente a sus competidores: el motor de búsqueda de la compañía estadounidense conseguía resultados rápidos y -sobre todo- satisfactorios para el usuario. ¿Pero cómo obtenerlos?

    Googlebot, el famoso y cambiante algoritmo de Google con el apodo de ‘la araña’, rastrea Internet desde su origen con miles de trabajadores implicados en ofrecer el mejor resultado posible al usuario. ¿Pero cómo? La fórmula de la Coca Cola del siglo XXI no se revela. ¿Y por qué? Porque si los jugadores (todos los que publican algo en la red) conocen las reglas del juego, no hay juego. ¿Y para qué? Pues porque haber creado la mejor herramienta para encontrar una aguja en el pajar de todos los tiempos es tanto como apoderarse del ‘tráfico’ de Internet. ¿Y qué significa ser el líder mundial del ‘tráfico’ online? Significa ser el contenedor más interesante para publicitarse a nivel global. O sea, ingresos por ordenar y mostrar de forma efectiva lo que otros crean.

    Ese es el otro gran conflicto, el beneficio de Google por haber creado un sistema cada vez más potente y que, en efecto, genera los mejores resultados frente a sus competidores. Ha creado otros servicios anexos y los ha puesto a su favor en estas búsquedas (desde YouTube a Google+), pero al fin y al cabo es el más usado en España a una distancia insalvable para el primero de sus perseguidores.

    Y aun un conflicto más en el caso de España: una red de grandes medios de comunicación dependientes de planificaciones públicas, de cánones privados y de cualquier otro salvoconducto que no pase por mejorar la comercialización de sus productos. Cuesta creer que esta ley aprobada en tiempo récord por parte de un Gobierno que encara un año de múltiple cita electoral no tenga nada que ver con la estrecha relación de las partes. Y aquí, de vuelta al punto de partida y la calidad democrática a partir de esta mancha en las libertades de acceso a la información. Porque cabe entender que, pese al valor periodístico que nadie discute, antes que la creación de cualquier contenido existe un marco que no limita su acceso.

  • ‘Boyhood’. La adolescencia funde Oscars y listas

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Este viernes se estrena Boyhood (Momentos de una vida), una de las películas del año. Ganadora del Gran Premio del Festival de San Sebastián como mejor película del año y del Oso de Plata en Berlín, es, sobre todo, la principal candidata a aparecer en todas las listas de ‘lo mejor de 2014′. Escrita y dirigida por Richard Linklater, el film cumple algunos objetivos de un interés dudoso para el espectador, como haber convertido en una narración natural un rodaje dilatado durante 12 años. Eso sí, a razón de una semana por temporada.

    Ellar Coltrane, actor que da vida a Mason, inició su vinculación al rodaje y la historia de la película en mayo de 2002, cuando tenía seis años. Su físico es el eje a través del cual se desarrolla el rodaje y Linklater edita a su antojo los hitos y pasajes más cotidianos de una adolescencia para acabar conformando una buena película, en la que su planteamiento y producción -pese a lo que pudiera parecer- no eclipsan el sentido de la misma. Por su parte, Patricia Arquette e Ethan Hawke ejercen de padres divorciados capaces de hacer descarrilar y encarrilar el film a lo largo de sus casis tres horas.

    En cualquier caso, el espectador, a poco que haya avanzado en su sensibilidad audiovisual, es capaz de reconocer que el verdadero protagonista de la película es su director, también premiado en Berlín como mejor realizador del año. Porque Boyhood es, en esencia, una película de autor, rodada y -sobre todo- montada con una alta inteligencia cinematográfica, capaz de catapultar una inversión de 1,8 millones de euros (150.000 dólares al año) hasta las calificaciones de ‘obra maestra’ en buena parte de la crítica.

    Linklater decidió emprender este proyecto a partir de las experiencias acerca de la infancia que le transmitía su hija, Lorelei Linklater, a la postre la hermana mayor Mason en la película. Imposibilitado, según él mismo, para escoger una franja de edad dentro de la experiencia pensó en rodar el paso desde la niñez hasta la edad adulta. Un reto para el cual, el director, tuvo que realizar un ejercicio de confianza con los actores, ya que el sindicato hollywoodiense impide que se firmen contratos superiores a los siete años y, además, aceptando que alguno de los principales ejes de la historia desapareciera por cualquier motivo -voluntario o imprevisto- de la semana anual de rodaje.

    Pero lo cierto es que, más allá de que Linklater sea el único director capaz de convertir a Ethan Hawke en un actor válido, hay que valorar los mimbres que el director y guionista utiliza para asaltar al espectador. El primero de ellos es la adolescencia, retratada de forma ejemplar, en la que respira sosegadamente la principal ocupación de un chaval de Texas a esas edades: perder el tiempo. Difícilmente estos espacios de nada, de resituación constante frente a la familia, los amigos, la escuela y uno mismo, pueden resultar interesantes en pantalla. Sin embargo, Linklater lo consigue.

    El ya recurrente feísmo de clase media (¿o es media baja?) estadounidense, con el mugriento deambular de las familias que pasan del canon marital al divorcio como estructura económica, es la segunda pata del asunto. La familia, en sí, se erige como uno de los mundos que Mason descubre, sobre el que se apoya y tiene sus primeras relaciones, pero también contra el que se enfrenta para acabar abandonando como último capítulo de esta historia. Pese al costumbrismo, pese a la aparición de los nada amenos pesos de la responsabilidad como tutores, Arquette y Hawke se aprovechan de una de las virtudes de Linklater sobre el film: permitir que los actores estiren, reescriban y reinterpreten sus escenas a su antojo.

    Esa colaboración surge en gran medida para dar rienda suelta a Coltrane, un niño actor sin experiencia del que Linklater pretendía explotar toda su naturalidad. Esta puerta abierta hacia el personaje de Mason permite que exploremos visiones mucho más sugestivas sobre la infancia y la adolescencia de un niño introspectivo, silenciosamente inteligente y hasta cierto punto tranquilo. El espectador está más habituado a relatos del tipo The Bling Ring (Sofia Coppola, 2013) o Spring Breakers (Harmony Korine, 2013), sexualizados, realityshowizados y, sobre todo, frenéticos.

    Algunas de las joyas de la película se encuentran especialmente en la infancia, sobre la que este precepto, el de dejar a Coltrane expresarse, lleva al film a redescubrir espacios de ingenuidad, casi épicos, ajenos a las tribulaciones que los padres del protagonista pueden tener, y en las que el descubrimiento de la vida es un viaje apasionante para el espectador.

    No menos interesante es justo el paso siguiente, cuando Mason comienza a enfrentarse a la realidad cotidiana de unos padres divorciados, en las que Arquette consigue una progresión de personaje al alcance de muy pocas actrices. Sumergida en su rol, solo el transcurso de su historia hubiera sido suficientemente válido para aplaudir la película. Las mudanzas, las reflexiones acerca de su proximidad y su distancia en torno a Mason, la búsqueda de hombres más buenos para sus hijos que para ella y el papel que juega su ex convierten a la figura materna en otro de los núcleos más nutritivos de Boyhood.

    Aprovechar un periodo muy corto de tiempo para acumular las vivencias de 12 años provoca un interés extraordinario en el espectador. La vultuosidad orgánica de la película logra que los personajes, como en la vida real, aparezcan y desaparezcan, surgiendo así el foco del primer amor y desvaneciéndose y fragmentándose en distintas experiencias a lo largo de los años. Pero el film tiene tiempo para todo: drogas, amigos, enemigos, cambios de humor sin justificación, desilusiones, bodas y actos sociales, mudanzas, bromas, embarazos y un sinfín de temas repetidos una y mil veces en el cine, pero nunca antes con una puesta en escena tan original.

    Y es que, seguramente, el planteamiento de producción y la citada omnipresencia sobre la película de su director, hacen de la propuesta un pasaje refrescante, enriquecedod. Porque en Boyhood hay humor y tragedia, pero también costumbrismo convertido en una serie de hechos extraordinarios. Todo ello a través de una década, la de los años 2000, que queda perfectamente reflejada a través de una banda sonora a la altura (Tweedy, Arcade Fire, Cat Power…) y la curiosa incursión de las nuevas tecnologías en la vida de los personajes.

  • Las colas interminables en el IVAM son invisible

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    «Durante la etapa de la actual directora, el IVAM se ha posicionado como el sexto museo de arte contemporáneo más visitado del mundo, según el ranking publicado por The Economist«. Las palabras no pertenecen a ningún analista del mercado del arte sino a Alberto Fabra, president de la Generalitat Valenciana, que anunció así públicamente la salida de Consuelo Císcar.

    La marcha de la ya exdirectora del Institut Valencià d’Art Modern no significaba, según el máximo representante de los valencianos, «ninguna crítica» a su gestión. De hecho, oficialmente fue ella quien renunció por carta a su cargo tras 10 años al frente del que, pese a todo, todavía es la joya de la corona en la oferta de arte en la ciudad de Valencia (o al menos a la par del San Pío V).

    Este jueves adelantamos en ValenciaPlaza.com las claves económicas que sacan a la luz las Cuentas Anuales del ejercicio 2013. El estudio incluye: el Balance, las Cuentas de Pérdidas y Ganancias, el Patrimonio Neto, el Estado de Flujos de Efectivo y la Memoria del ejercicio con todos los datos hasta el mismo 31 de diciembre de 2013.

    Sin embargo, son dos indicadores los que al cruzarse provocan una descompensación difícilmente justificable en la actividad del IVAM: el número de visitantes en el año 2013, 1.156.280, con el dinero recaudado por la venta de entrada, 34.613 euros. Teniendo en cuenta que las entradas al museo cuestan 2 euros en régimen general, 1,5 euros para grupos y 1 euro con la reducción para estudiantes y poseedores del carné jove, ¿quién visitó el IVAM el año pasado?

    Lo cierto es que jubilados, pensionistas, grupos culturales y personas con discapacidad tienen la entrada gratuita al museo. ¿Ellos son mayoría entre los visitantes del IVAM? Otra opción es que el más de 1.100.000 personas que a buen seguro no pagaron por disfrutar del edificio de Guillem de Castro acudieran al mismo en domingo ya que el último día de la semana la entrada es gratuita. Si así fuera, más de 21.000 personas deberían haber colapsado el edificio y su entorno incomprensiblemente dedicado al tráfico de vehículos. Casi la mitad de abonados que ocuparán este año Mestalla estarían cada domingo a lo largo de las 9 horas diarias (de 10 a 19 horas) que permanece abierto el centro. Pero no, no fue así.

    Las cenas de empresa, conciertos, conferencias, talleres, la realización de el Festival Internacional de Mediometrajes La Cabina (que este año ya se traslada a la Filmoteca de Valencia), otras proyecciones, otros certámenes, presentaciones de distinta índole y el público que proviene del alquiler de espacios para eventos (ya sea los premios de una revista de moda o un acto de relaciones públicas de algún interés privado) son parte del montante total de asistentes. Aun así, trabajadores del centro aseguran que en ese «conteo» las actividades para escolares son una parte más que notable de la cifra: recuerden, 1.156.280 personas visitando el edificio en 2013.

    La cifra nos sitúa solo por detrás del Museo Nacional del Prado y el Museo Nacional Reina Sofía, pinacotecas madrileñas situadas año tras año en guías para devotos y neófitos del arte, pero que además tienen una visible peculiaridad: las colas. Colas que cruzan calles. Colas de horas y cientos de personas. Colas de lunes a domingo, ininterrumpidamente. Colas en invierno y colas en verano. Colas escolares, de turistas o jubilados, pero colas. ¿Han tenido ocasión de ver las colas entorpeciendo el tráfico a menudo en el IVAM? ¿Y de vez en cuando? ¿Y alguna vez?

    Tomando al Museo del Prado como referente comparativo, según sus propios datos de 2013 recibió a 2.306.966 personas en 362 días para una superficie de 41.000 metros cuadrados. De otro lado, el IVAM recibió, según sus propios datos de 2013, a 1.156.280 personas en 308 días (no abre los lunes y se suman los festivos mínimos) en una superficie de 18.200 metros cuadrados. Es decir, que -sin tener en cuenta la cualidad o cantidad de los fondos; 27.000 frente a 10.500 obras- la densidad del IVAM por espacio es igual o superior a la del Prado.

    Partiendo de la propia experiencia y teniendo en cuenta los datos, ¿dónde están las colas del IVAM? O mejor, ¿dónde hace la gente la cola? Siguiendo la percepción de la propia experiencia, una vez esa gente esta dentro, ¿se esconden o los esconden?

    La clasificación de The Economist a la que hacía referencia Alberto Fabra se ha repetido como un mantra durante la regencia de Císcar en el IVAM. Cada vez que las cifras de visitantes salían a relucir se generaba un rumor de incredulidad, de preguntas frustradas acerca de los metodos de «conteo» de personas. ¿Cuál es el método para extraer la cifra? ¿Es necesario discriminar los asistentes a la cafetería, la biblioteca, un concierto de jazz en la terraza o cualquier evento de los visitantes del museo? ¿Cómo funcionan los tornos de los diferentes accesos del edificio? ¿Contamos a personas individuales o se suman entre sí a lo largo del día/mes/año? ¿Cuál es el porcentaje de escolares que visita el IVAM dentro del total de visitantes? ¿Y de turistas?

    Desde su origen, las cifras de asistencia al centro han sido altas y como si de un milagro se tratara -‘la competencia’ sí sufre sus fluctuaciones- su gráfica no ha hecho más que crecer, ya sea rápida o más tranquilamente. En 2013, Valencia tuvo 792.303 habitantes y recibió a 3.980.000 turistas, según los datos oficiales. Sumando al 1.774.201 habitantes de su área metropolitana como no turistas -aunque si pernoctan en la ciudad, teóricamente lo son- tenemos un resultante de 6.546.504 personas en la ciudad a lo largo de los 365 días del pasado año. ¿Una de cada seis visitó el IVAM? A tenor de la cifra, el canon de 36.000 euros anules que paga la cafetería (3.000 al mes, según las cuentas oficiales) parece de lo más apetecible con casi 4.000 clientes pasando a diario por la puerta de un establecimiento sin competencia de uso en un radio considerable.

    El problema es muy serio. Valencia aparece en incontables guías y ránkings a partir de la cifra oficial. ¿La audita el Ministerio de Cultura? La citadas fuentes aseguran que no, así que ¿de qué sirve la cifra? Durante los últimos ocho años el presupuesto del museo ha menguado tanto que en su 25 aniversario, celebrado este mismo 2014, tiene la menor capacidad económica de su historia y la menor ayuda estatal imaginable. ¿Habrán reparado los responsables del Ministerio en que casi doblamos al Macba y sacamos cabeza a Thyssen y Guggenheim a la vez que nuestro impacto en medios -por no entrar en el difuso pero visible campo de las redes sociales- es notablemente inferior al de los tres citados? Y, sobre todo, ¿genera confianza esa cifra con la experiencia que los valencianos tienen en el IVAM? Por cierto, los tres últimos museos citados han reconocido pérdidas de visitantes varias veces durante los últimos años.

    Las visitas a un museo deberían estar privadas de una cualificación por cantidad de visitantes, seguramente. ¿Qué analisis tenemos sobre la apreciación de quien acude al IVAM? ¿Existe la desafección como valor contable? ¿En qué grado? ¿Importa y generará un mayor interés por el museo y los que allí exponen?

    El pasado fin de semana José Miguel García Cortés fue nombrado nuevo director del centro. Parece un momento clave para terminar de una vez por todas con las cifras de visitantes del IVAM que cualquiera que tenga ocasión de disfrutarlo no puede entender. ¿3.750 personas al día? ¿420 personas a la hora? ¿Es posible realizar un análisis sobre el trabajo de los profesionales del centro con cifras que no atienden a la realidad del museo? ¿Se puede generar un proyecto normalizado y honesto sin tener en cuenta este impacto? Y, de paso, ¿se ha estado alguien riendo de nosotros hasta ahora?

  • ¿Puede Valencia ser ‘Happy’?

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Pongamos que es martes. Pongamos que un grupo de personas ha grabado un vídeo en la ciudad de Valencia. Pongamos que el vídeo está inspirado en un movimiento comercial (discográfico en este caso) y que, sin ánimo de lucro por parte de sus continuadores, es subido a YouTube el domingo en busca de visitas. En menos de 48 horas consigue unas 20.000 reproducciones. El objetivo del clip: «Contar que aquí también hay gente que es feliz», me dice Víctor Arroyo Melis. He conseguido su teléfono haciendo algunas llamadas y, pese al atropello matutino, sigue entusiasmado con lo que está pasando.

    EL ORIGEN DE LA PUBLICACIÓN

    Analizo lo que hay: un street video, gente aparentemente espontánea bailando música de Pharrell Williams y una causa bastante ‘blanca’. Compruebo en YouTube que existen casi tantos vídeos como ciudades tiene Occidente. Compruebo que quizá haya tantos o más en Oriente. El del ‘cap i casal’ repasa como una letanía los sitios más típicos de la ciudad. No hay pérdida ni sorpresa, excepto por la forma en la que los personajes filmados bailan. Deshinibidos, alegres, y encima ¡hasta parecen gente de lo más normal! El uso de la steadycam es bastante bastante bueno.

    Compruebo que el crecimiento de visitas sigue. Miro la cuenta en YouTube de Turismo Valencia, una Fundación privada ambién] sin ánimo de lucro que reúne al Ayuntamiento de Valencia, Feria, Cámara de Comercio, Confederación Empresarial Valenciana y los principales empresarios locales del sector. Ni sumando todos su vídeos han conseguido un impacto similar en esta plataforma. Y estamos hablando de un equipo de trabajo dedicado -entre muchas otras cosas- a conseguir este tipo de ‘resultados’.

    Pido la venia para publicar el tema. Quiero enfrentar la actividad del viral con la de los organismos encargados de promocionar el turismo de la ciudad en Internet, y así lo acabamos contando. Lo hacemos también porque ningún otro medio ha reparado en ello a esa primera hora de la mañana, porque el lector merece historias exclusivas, distintas y sobre lo más próximo. Contactar con el responsable del asunto no cuesta mucho, como he dicho. La noticia es, desde su lanzamiento, la más leída del día en ValenciaPlaza.com.

    Al rato compruebo una vez más que, afortunadamente, el nuestro no es el único criterio editorial. Hay otros. Algunos son del tipo: capturo el vídeo + lo meto en mi propio sistema de vídeos + le inserto una publi de 20 segundos + monetizo el arreón de visitas. Repito el mensaje, sí, pero el contador de la publi emitida suma y sigue. Supongo que cuentan con que la difusión evitará que a los chavales se les ocurra sentirse utilizados para la recaudación. ¡Todo sea por la difusión (y las visitas)!

    DURANTE LA MAÑANA: 20.000 REPRODUCCIONES

    El vídeo ya tenía un camino ascendente antes de que ningún altavoz se parase a multiplicar su impacto, pero en contacto con los medios desata tres sensibilidades que se dejan notar en las redes sociales: una, la de felicitación, viralización y apoyo. Traducido en mensajes recibidos en el Facebook de Valencia Plaza puede resumirse en «¡cómo mola!»; la segunda reacción es justo la contraria,  que traducida en mensajes con mención al Twitter de Valencia Plaza es algo así como: #Gomitiu, «Òstia q dur» o «açò es precís?»; la tercera y que no me atrevo a descartar es la de la indiferencia, que la historia nos ha venido a demostrar que es la posición mayoritaria ante cualquier movimiento mental.

    Mientras trato de seguir con diez o doce tareas más y a la vez, no puedo evitar leer reacciones. En el muro de Valencia Plaza en Facebook me encuentro una sorpresa importante: un usuario invita a los autores del vídeo a firmarlo como «Nuevas Generaciones católicas de Valencia». El usuario está bien informado porque el mismo Arroyo Melis con el que había hablado un par de horas antes contesta rápidamente en el mismo espacio: «un 95% de los que aparecen en el vídeo somos católicos!! solo que me ha faltado decirlo en el artículo», y cierra con emoticono sonriente.

    Quizá no lo dijo porque a mí no se me ocurrió conectar el vídeo con ninguna creencia religiosa. Quizá se me pasó por alto porque sonando Pharrell Williams de fondo mientras preparaba las preguntas en mi cabeza seguían vivas las letras de los los geniales N*E*R*D, que con Williams al frente, diseñaban sus portadas a sabiendas de que el sello de ‘Parental Advisory’ no se lo iban a poder ahorrar. Aun así, trato de analizar: ¿era crucial esta información? ¿Se enrarece así el mensaje del vídeo? ¿Cambia su finalidad? ¿Se detiene su efecto viral? El usuario que reclamaba la firma les felicita por su «labor de difusión, en eso sois expertos e impecables». Acto seguido califica el mensaje del vídeo, respetuosamente, como «buenrrollista acrítico absolutamente alejado de la actual realidad social«.

    EL FUEGO CRUZADO DE LA TARDE: 25.000 REPRODUCCIONES

    El clip pasa a ser objeto de crítica y debate. Entre amigos de Facebook encuentro celebraciones y escupitajos, signos de exclamación e insultos. Algunos bastante duros. De los silenciosos no sé nada y a media tarde, sintiéndome algo cobarde, acabo refugiándome con ellos mientras empiezo a escribir este artículo. Veo a la gente comentar los aspectos técnicos del vídeo y la cosa se eleva a debate sobre el objetivo del mismo y el reflejo que da sobre la ciudad: «mostráis la Valencia que queréis que se vea». Los ofendidos, indignados, repiten aquí y allá: «vergüenza ajena». Los happies, a lo suyo: más exclamaciones y caritas sonrientes.

    Leo referencias al ERE de Coca Cola, a Freud, a los familiares que han tenido que emigrar de la ciudad al límite de sus posibilidades personales… ¡quién dijo que Valencia era ‘happy? Les siguen citas a Gürtel, «está lejos de la situación que estamos viviendo» y un especial (y habitual) desprecio por la Ciudad de las Artes y las Ciencias como símbolo de todos los males que afectan al sistema económico local y tal. Recordando enganchones similares, acabo por aceptar que el fuego cruzado durará días.

    Me sigo haciendo preguntas: ¿esta gente (por el grupo 2) sabrá que el lindy hop es una corriente creciente de baile en Valencia? ¿Y si les ve haciendo de las suyas por la calle… se lía? Al rato veo que los del grupo 1 empiezan a contestar sacando las uñas: «siempre mezclando la política con todo lo demás», «amargaos», «q quereis ver dnd no lo hay?». Les leo y me pregunto también ¿Será evasión en tarifa plana o, quizá, será un rato divertido, inocente y con ganas de decir ‘me cago en to’ lo malo’?

    AL CIERRE: 40.000 REPRODUCCIONES

    ¿Valencia puede ser ‘Happy’ a día de hoy? Lo que queda claro es que gritarlo, como alguien que se libera ante su vaivén diario (con más arena que cal), no sale gratis. Pesa y mucho el mensaje en esta sociedad valenciana, más dolorida y enrabietada de lo que desde luego el vídeo pudiera contar. Tengo claro que no era precisamente eso lo que quería contar el vídeo y estoy seguro de que no es una cortina de humo orquestada por nadie al volante (¿hay alguien al volante?). El vídeo cuesta de digerir por muchos; la línea que separa el buen vivir del buen hacer es tan fina que resulta demasiado sensible a día de hoy para un grupo notable de valencianos.

    A otro nivel sigue quedando el rebatible concepto de la felicidad, la búsqueda infructuosa jaleada por el sistema capitalista y un debate postmoderno que se me escapa. Aun a riesgo de despertar suspicacias por la vía del optimismo, lo que sí me atrevo a asegurar es que hay más gente dispuesta a levantar la voz contra lo que no funciona. Mucha más que hace cinco años, seguro. Y no son solo las herramientas digitales. O no solo. Pero ahora vendrán los que pueden decirme llenos de razón que eso no significa que se vaya a producir el esperado cambio. El cambio tiene mucho de ‘acting’ y como cronistas del ‘acting’, por el momento, nos queda recoger lo que se va sembrando.

    Por cierto, opciones de vídeos turísticos sobre la ciudad y su entorno hay unos cuantos, pero aprovecho este espacio personal para destacar el que a mí más me gusta. Una delicia total y que envío cuando quiero contarle a alguien dónde vivo.

    ☊ Òscar Briz – València tensa