Categoría: Periodismo

  • El ataque de los ‘medios helicóptero’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El verano pasado nos fuimos a la playa sabiendo ponerle nombre a los tutores de esos niños amarrados la sombrilla y sin baño después del melón. Las madres y los padres de esas criaturas tienen desde entonces su propia etiqueta: helicóptero. Así les definió Developmental Psychologypadres helicóptero, a partir de los resultados de un estudio realizado por la Universidad de Minnesota. 422 niñas y niños procedentes de distintas razas y estratos económicos fueron analizados a los dos, cinco y diez años. El objetivo era comprobar las consecuencias de un estado de perpetuo control, detectado originalmente entre sus mayores, sin que estos sospecharan qué genera esa actitud. Hasta que llegaron los resultados. Las madres y padres helicóptero, con su mejor voluntad, generan individuos inseguros, frustrados y, en ocasiones, con unos niveles de rebeldía superiores a sus coetáneos más liberados.

    La profesora de historia del cine y colaboradora de Culturplaza, Áurea Ortiz Villeta, nos avisó este sábado de que Netflix limitará al extremo la presencia del tabaco en sus series. La razón viene impuesta por una asociación cuyo nombre lo dice todo: The Truth Initiative. Pese al lugar al que haya viajado su imaginación al leerlo, en realidad, se trata de una organización antitabaco que ha contado el número de cajetillas o cigarrillos que aparecen en series como Orange Is The New Black y las ha cruzado con el número de potenciales víctimas de esta absurda adicción. La plataforma, cómo no, opta por mantener la máquina de los billetes a salvo, acepta la injerencia y suprimirá el gesto cancerígeno “a menos que sea esencial para la visión del artista o porque sea definitoria del personaje”.

    Piénsenlo: ¿quién estaría dispuesto a darse de baja de Netflix por exigir más humo blanco en la pantalla? Por el contrario, ¿hasta dónde puede presionar un grupo que representa a cientos de miles de víctimas, familiares de éstas o daños colaterales derivados del tabaco? Cuando la creación audiovisual abandona su objeto social como arte y se interpreta como el libro de texto de un aula global, sucede que los guiones se escriben a partir de las conclusiones de la OMS. A la ONU ya le debe quedar poco para entrar como script en rodaje. Qué más dará lo que sus creadoras o directores quieran hacer sentir o visualizar, aunque a veces sea a través de actitudes no edificantes. Porque, no lo olviden, el espectador es idiota. Es una especie de Mowgli cotidiano lanzado a la pantalla, sin más bagaje que la newsletter que le avisa de las novedades que redundan en sus gustos. Un buen salvaje del algoritmo.  

    Hace unos días, Núria Cadenes publicaba en ElTemps un texto estupendamente escrito sobre el inquietante (es ironía) escrache (sigo ironizando) de España 2000 en el balcón del Ayuntamiento de València. Seis personas subieron al añadido del edificio para desplegar una pancarta con el mensaje: “Orgullo Hetero – España 2000”. Cadenes se preguntaba desde el titular por qué amplificamos las paridas de la extrema derecha. Lo hace después de que, según me han contado, se debatiera en las tardes de À Punt sobre si el hecho debía haber trascendido o no a los medios. Porque lo relevante, como ella misma deja claro en el texto, es que la performance no generó el menor aspaviento entre los presentes en el lugar. Ni en el balcón, ni en su interior, ni bajo el mismo. Hubo que esperar un rato para que alguien hiciera una foto porque allí nadie decía nada y la indiferencia era la lectura más interesante. Entonces, ¿por qué trascendió?

    Imagino el encogimiento de hombros en muchas redacciones ante el hecho. Por ejemplo, en este diario, esta es la primera pieza al respecto. Eso sí, el acting funcionó a las mil maravillas entre la ciénaga de los magacines matinales, los digitales con el radar puesto en hacer ingresos por volumen de visitas o marketing de afiliados y algunos informativos ávidos de imágenes pixeladas (parecen justificar con cámaras que vibran y puntos de vista amateur el tono documental al que no alcanza su desinversión en el oficio de investigar). Total, que aquello salir, lo que se dice salir, salió, y que, efectivamente, lo que en el balcón provocó menos tensión que el apareamiento de unas moscas, pareció más de lo que era. Un hecho tan random, tan tipo sacar la bandera de España debajo de la bandera de España que cuelga del balcón del ininterrumpidamente, que ya se definió por sí solo hace tres años. Bastaba ver entonces el lenguaje corporal durante la protesta. Y eso que la foto la subieron ellos mismos, que era la mejor de que disponían.

    El mar de fondo es otro. Nademos en su búsqueda: ¿informar o no informar? ¿Mostrar o no mostrar? El valor diferencial, a mi parecer, pasa por suponer que todo el público es imbécil. Por ejemplo, supongamos que todo el mundo al ver la imagen citada no tiene el menor contexto sobre España 2000. Desconoce cualquier mínimo rastro de su actividad. Tampoco tiene internet, para tratar de entender el asunto si verdaderamente le medio inquieta. Tampoco hay nadie que le rodee que le sitúe el hecho en algún tipo de situación. No hay bagaje histórico sobre lo sucedido en este u otro caso. Todos son E.T. y acaban de aterrizar en la Tierra en busca de abrazos. También suponemos que todo el mundo es imbécil a la hora de redactar una noticia. Que se olvida de situar el hecho, a España 2000, al ambiente que rodea el suceso con la celebración del Día del Orgullo en València… Nada de nada. Que quien escribe ya ve la foto recortada para que no salga la bandera de España del Ayuntamiento y hace como si nada, que la Policía le confirma que han tenido que esperar a la sombra a que se aburrieran de estar allí… Nada. Total, que como quien ha de contar lo sucedido es una ameba,  ¿por qué le damos canchita al asunto? 

    Existe una tendencia totalizante que pasa por situar a los medios de comunicación, del cine a la prensa diaria, del magacín de turno a la tertulia de Supervivientes, como garantes de una sociedad perfecta. Cabe preguntarse cómo se construye una sociedad perfecta cuando, desde que nos conocemos, la convivencia es sinónimo de conflicto. Pero vale. Los medios resulta que no han venido a mostrar para generar una percepción crítica, sino a enseñarnos el camino. A cada minuto, con más responsabilidad moral y autoconsciencia de su poder que el Dalai Lama en Twitter. ¿Para qué hubiera servido no informar de la acción de España 2000? Pues, sobre todo, para crear un problema donde no lo había. Para regalar el argumento del adoctrinamiento y poder asegurar que, por ejemplo, À Punt, si así hubiera sido, ha silenciado el hecho. Porque a menudo mostrar no es exactamente amplificar, sino poner en evidencia qué sucede, quién nos rodea, por marginal que sea. Porque supongo que, a estas alturas, no iremos a cuestionar el impacto de las minorías en los medios. Minorías que, a veces, beneficiadas por la misma alquimia de lo ocasional son agraciadas –y hay que alegrarse– por la rutina productiva de los medios. Que el medio escogido sea más o menos responsable con esta cadena de montaje es lo que nos lleva –o no– a escoger nuestras lecturas, a discriminar en positivo nuestro tiempo. Criterio, porque, pese a Netflix o Amazon Prime Video, las audiencias no son generalizables ni imbéciles.

    Doy por seguro que ya queda menos para que en Netflix no aparezcan plásticos no compostables en pantalla. Aunque sea la segunda parte del El gran Lebowski y suceda en los 90, los botes de Pepsi serán cartones 100% reciclables y así, al menos, no habrá gente recaudando dinero para boicotear la pizarra global que borró a Apu de Los Simpson. Doy por seguro que ya queda menos para que toda la comida sea vegana, por una cuestión ética para con los animales, y haya actores negros con diversidad funcional entre los equipos de rescate de Fukushima, la serie a lo Chernóbil que producirá algún día HBO. La presión para que los medios sobreprotejan a las audiencias es más fuerte que la interpretación libre de cualquier autora. Cuenta más la enseñanza del momento que el arte, porque el arte necesita sus aristas para llevar al receptor a lugares oscuros, a malos hábitos, a confiar en que podemos ver cosas, sentirlas, de la manera en que sucede en la calle y no de la manera entre algodones que es servida –con todo el sentido– en un aula de Primaria. Doy por seguro que acabaremos perdiendo esa batalla y que lo otro, lo de expresarse desde los márgenes, seguirá como casi siempre, siendo una cosa rara y para unos pocos.

    Las madres y padres helicóptero, con su mejor voluntad, generan individuos inseguros, frustrados y, en ocasiones, con unos niveles de rebeldía superiores a sus coetáneos más liberados. Los medios helicóptero, con su mejor voluntad por no ofender a nadie, nos suponen imbéciles ante el mundo que nos rodea. Es mucho más edificante evidenciar qué significa la acción de España 2000 en el balcón del Ayuntamiento que negar el hecho. Mostrar no es promulgar, porque la propaganda es más compleja que todo eso. No es tan simple y no funciona en exclusiva en favor de los mensajes creados para el impacto emocional. No dar la oportunidad al relato tiene mucho de desconfiar en quien nos rodea. Y en València no hay tantos motivos para la desconfianza, sino para el criterio. Ahí están los resultados en las municipales de España 2000. Y eso que todavía no se han homologado los ataques de los ‘medios helicóptero’ en la ciudad.

    El segundo punto del Artículo 20 de la Constitución Española dice que este derecho fundamental «no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa». La censura no es únicamente la interjección deliberada de un poder para influir sobre la realidad, sino la capacidad de ‘pasar por alto’ un suceso para no amplificar su existencia. Por buenas que sean las intenciones, no.

  • El periodismo y la careta

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La Cultura no estará presente en los debates televisivos que se celebran este lunes y martes por el 28-A. En el programa de Vox, partido beneficiado por el silencio forzado de sendas citas, solo ocupa tres puntos de su programa: impulsar una Ley de Mecenazgo (ya en marcha), la protección de la tauromaquia y la de la caza, disciplinas artísticas amenazadas como todo ministro de Cultura europeo sabe. Por suerte, la Cultura es una necesidad superior a la de un gobierno. Así, cuando Grecia se medía los egos entre guerras y alianzas, el teatro cambió para siempre a las personas y sus formas de relacionarse. Aristóteles contó cómo las tragedias transformaron el sentido de culpa hasta alcanzar la ética. El error, la mentira y el fracaso pasaron de infligir una pena simple, casi infantil, a generar una percepción mucho más profunda de lo sucedido: las ficciones griegas nos enseñaron que los asesinatos, las violaciones o la corrupción formaban parte de un contexto.

    Con la llegada del cristianismo, la implicación personal en aquellas historias orales –como la de Cristo, tan vívida estos días– dio paso a la conmiseración. Pasamos a formar parte del mal que alguien sufre (y el caso de Cristo es quizás el más universal). Estos inicios de la compasión, la conmiseración en sí misma, han ido alimentando una forma terrible de percibir al poder por parte de los periodistas desde el inicio de siglo. Una empatía transformada en careta y desatada en pro de dos objetivos: eludir el despido y progresar internamente por la vía de la mediocridad. A cambio, las faltas más graves, las injerencias, extorsiones y manipulaciones más increíbles han ido dando forma a los medios de comunicación en España. De atemorizar al poder a someterse hasta la metástasis del desprestigio. Convertidos en algo muy distinto, su percepción actual tiene poco que ver con los logros obtenidos a base de un esfuerzo pasado por tantas aguas.

    La gran duda es, ¿existe la posibilidad de revertir lo sucedido? No será por falta de periodistas ni de talento. Eso, aunque las críticas internas no parecen reparar en ello, también queda claro en El director. Secretos e intrigas de la prensa narrados por el exidrector de El Mundo. El ensayo de David Jiménez es un libro imprescindible para estudiantes de periodismo y necesario para el resto de artesanos del oficio. No parece casual que su portada la protagonice en exclusiva una careta forrada de recortes noticiosos. La máscara ya vencida de un personaje interpretado de manera accidental, como se intuyó en su día cuando un corresponsal durante dos décadas pasó a ejercer como director de este diario, pero que ahora sabemos que ha servido para legarnos la mejor crónica hasta le fecha sobre el estado de los medios de comunicación en España a inicios del siglo XXI. La airada reacción de sus compañeros parece darle la razón en su incomodidad por la revelación de unas tramas que, por desgracia, sorprende a cualquiera… que no sea periodista.

    Hay leyes no escritas en este oficio, pero una de las que se conocen tanto dentro como fuera de las redacciones tiene que ver con la autoprotección del mismo. El corporativismo es el alimento que peor le sienta al periodismo, pero existe. Al máximo nivel. Desconozco si en otros oficios sucede de la misma manera, pero el silencio –a menudo justificado por la máxima de evitar un exceso de ombliguismo– provoca que, cuando alguien habla sobre sí mismo (sobre el oficio), resulte demasiado alejado de algo asumible por parte de los lectores. Y esa es una de las percepciones más extendidas por Jiménez en el libro, su vocación de situar a los lectores en el centro. Una vocación interpretable, según las áreas de la empresa periodística, ya el lector es percibido de muy distinta manera por las áreas que componen a los. Los periodistas, por ejemplo, no tendemos a interpretar a los lectores como a followers –como así hacen casi todos los medios de nicho y nueva generación, llamados a no traer nada bueno–; no,  los periodistas tienden a contravenir al lector para hacerlo más exigente. Más crítico. Sin embargo, esta dicotomía, en uno de los países con la piel más fina para asumir la crítica que se conocen, resulta una contradicción mortal para la economía de los medios.

    El director no merece spoilers. Basta la descripción en las rutinas productivas de los mandos intermedios para reconocerse a uno mismo y a sus compañeros en la negligencia cotidiana. Basta leer sobre la relación de ministros (sustituyan por consellers), sus jefes de prensa y los responsables económicos del diario para imaginar el estupor con el que la sociedad contemplaría esa relación viciada. Una relación por la que han tildado a Jiménez de ingenuo, quienes más se lo tendrían que hacer mirar al confundir la velocidad con el tocino y distorsionar que una relación dialéctica con el poder no exige la sumisión de aquello por lo que nos despertamos todavía: noticias. La conmiseración para con los afectados –protegidos por pseudónimo– me lleva a ser consciente de la guerra de egos y los desajustes de la máquina de producción que es un medio de comunicación. Pero basta con descubrir las palabras de afecto sobre las virtudes de muchos de ellos (escaldados en el párrafo siguiente) para comprender que Jiménez ha tratado de aprovechar la careta de director para salvarnos un poquito a todos.

    Es un relato crístico en este sentido: sacrificado por. En Twitter, que es de todas las realidades, una de las más ajenas a la verdad que conocemos, se ha dicho hasta la saciedad que este ha sido el punto y final a su carrera en España como periodista. No lo creo así, pero si lo fuera, evidenciaría los males que nos atribuye. El libro contiene todo lo que un periodista ansía para una crónica de sucesos, pero también un novelista con arrestos para escribir de su tiempo: muertos (por destituidos), pasta (y la presión laboral que la rodea) y poder (para dar y tomar, de la Casa Real hasta el Ibex 35 y del Gobierno central a los poderes internos). Lo tiene todo, porque si algo sucede en las entrañas de una redacción es ese ansia por comprender en un rato de lectura el lugar en que vivimos. Jiménez se desquita de una experiencia que a los dos meses ya se les había empezado a hacer larga a quienes le eligieron, culpables de haber situado a un periodista de la raza no corporativista al frente del diario. Quien crea que el ensayo publicado por Libros del K.O. hace más mal que bien al oficio, es que no ha entendido que, como su autor concluye, no tendremos legitimidad si no asumimos en qué nos hemos convertido.

    Efectivamente, la naturaleza humana –de vendidos y supervivientes internos– está llamada a boicotear el fin del periodismo. Efectivamente, la economía y sus leyes, más aún en nuestra situación actual, están llamadas a sabotear lo que significa. Al periodismo le queda regenerarse o morir. La atomización, por cierto, es una forma de muerte. La sombra de la conmiseración es larga, por eso comprendo a quien no ayude a sofocar el incendio por el supino motivo de ‘lo queda en el convento’, pero no puedo más que recomendar el libro a los que queremos seguir dentro.

  • Las jóvenes, los medios y sus votos

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado sábado España se despertaba con la resaca de un 8M multitudinario. Tan masivo que sitúa al feminismo como movimiento transversal de nuestro tiempo. En Vigo, la protesta reunió a 105.000 personas, según datos oficiales (un tercio de la población de su capital). En València la convocatoria pasó de las 80 a las 120.000 personas este año. De la tormenta feminista de 2018, a un estado de tsunami que, sin embargo, no daba para ser el principal tema de conversación ese día en Twitter. Ni el 8M, ni sus consecuencias. El principal tema de discusión el pasado sábado en Twitter era que el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se había comprado un “casoplón” de dos millones de euros.

    El adjetivo y la noticia pertenecen a El Mundo. Una vez hecho el clic, la información se hunde en sus dos primeros párrafos. La periodista admite que “a cualquier mortal” la vivienda le habría costado 1,5 millones. El redondeo de medio kilo se perpetra a partir del precio de mercado más alto de la propiedad (2008), que por suerte para Zapatero no lo hubo más superior en la serie histórica. El segundo asunto es todavía más relevante: resulta que no es una contrato de 2019, sino que el acuerdo pertenece a un alquiler con opción a compra firmado en 2012. Este hecho se resuelve desde la subjetividad: “no es habitual que este tipo de contratos permitan a los titulares comprar la vivienda después de tanto tiempo”.

    El “no es habitual” no viene acompañado de un “según del sector…”. No es habitual, y punto. ¿No es habitual? Bueno, allá que van titular, foto y adjetivo de “casoplón” en su pie. Gasolina y mechero para Twitter, que es, de todas las herramientas de conversación conocidas, la más inútil para fotografiar la jerarquía de los acontecimientos. Zapatero y su pareja buscaban casa en 2012 por aquello de perder unas elecciones. El precio era de 800.000 euros y no lo que un mercado de especuladores intentó colocar. El precio medio de una vivienda en Madrid va camino de los 300.000 euros. Teniendo en cuenta sus salarios y patrimonio de los últimos años, que son públicos, y sin sumar los de su pareja, ¿tan indigesta resulta la compra? ¿En qué fecha firmaron Zapatero y otros políticos de la izquierda un voto de pobreza a partir del cual se miden sus actos privados?

    Estas preguntas no me pertenecen. Se las hace cualquiera. Deshacer la madeja de la información no tiene ningún mérito en internet. Las jóvenes y los jóvenes, lo hacen con naturalidad porque les han acostumbrado a desconfiar. Y esto tiene algo de positivo, pero mucho de negativo. En el lado bueno de las cosas se sitúa un espíritu crítico que las nuevas generaciones han de descubrir en casa o en la calle, pero difícilmente en la Educación obligatoria. El lado oscuro de las cosas, se sitúa en el menú e ingesta de información de la gran masa de nuevos votantes. Y no por productos contaminados, como pueden algunas de las grandes cabeceras del Estado, sino por la desconfianza sin solución en los medios de comunicación tradicionales.

    “Un consenso relativamente establecido es que el consumo de periódicos es el principal mecanismo de aprendizaje político. No solo por tratar más política, sino también por hacerlo de manera más exhaustiva. Sin embargo, los jóvenes no leen el periódico ni de lejos como lo hacían sus padres con su edad. Este papel ha venido a ser suplantado por la televisión, un medio que profundiza en política muchísimo menos”, comenta Pablo Simón en este estupendo artículo de Jot Down. Y no solo eso, les comprometo a que le pidan a la joven o el joven que les rodee a que abra su Instagram y comente su tiempo medio de uso diario. Una hora. Hora y media. Dos horas. Dos horas de nada. Dos horas sin leer, en el que quizá algún minuto ha aportado por accidente algún contenido interesante. Dos horas de consecuencias, porque quien tuvo el dominio de la opinión pública (los diarios) no presenta nada exactamente en menores de 25 años. Basta con verlos barómetros de usos culturales valencianos, pero sobre todo con acudir a una clase de Periodismo en cualquier facultad y descubrir que, directamente, ni siquiera ellas ni ellos consumen medios tradicionales.

    Las generaciones que se incorporan al voto han de fraguarse su ideología de manera accidentada. Con las contradicciones y dudas que todos tenemos, pero sin referentes claros. Y si los hay, referentes dedicados a hacer un contenido humorístico, cultural (pero vacuo en posiciones sociales) o basado en las retransmisiones de videojuegos d varias horas. Retales de aquí, YouTube por allá, un meme que cae por WhatsApp y los medios, mientras tanto, debatiendo sobre en qué cesto ponen los huevos (los de sus directivos, concretamente). Por eso en este texto noy hay tanta crítica a las dos horas de nada en Instagram, sino una alarma sobre las responsabilidades del abstencionismo que se avecina.

    La empatía y los recursos para empatizar con contenidos, para alcanzar esas ventanas, es mínima. O, al menos, muy desproporcionada con respecto al paso de los años. Empresarios y empresas (o sea, interesados y financiadores) eran mucho más jóvenes en los 80 y 90. El relevo en la opinión y el trasvase de influencia de los medios no se ha corrido hacia ningún lugar exacto. Como apunta Simón, por desgracia, una buena parte del efecto saciante ha ido a parar a las teles. Allí, donde los informativos representan lo malo que nos pasa, las empresas siguen teniendo ganancias millonarias pese a que en 2018 hubo un 0,8% de caída en la inversión. La tele privada es ajena a su compromiso legal como servicio público y si ha de levantar toda una redacción de informativos, lo hará.

    Llegará el 28A y después el 26M. Habrá quien no encaje bien los resultados. De este bando, del otro, del de enmedio y del que se escoró finalmente hasta el infinito. Habrá lecturas de todo tipo, pero ya veremos si a alguien le da por señalar a los medios en su incomparecencia profesional dentro del espacio público. El descrédito acumulado en redes sociales por las grandes cabeceras, publicando basura, con redacciones de becarias y becarios produciendo basura durante años, el poco amor propio de lo creado, pasará factura. El abstencionismo no pertenece solo a quien desoye su derecho, sino en que analiza con desmayo y distancia a quienes no hace el esfuerzo por dar voz e interpretar.

  • Google News, Internet, los huevos y las gallinas

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Un país muestra al mundo su fragilidad democrática cuando unas pocas empresas se sientan junto al Gobierno y aprueban una ley para proteger sus intereses particulares sin tener en cuenta los intereses generales. Ni es una situación que pertenezca al pasado ni a una dictadura centroafricana ni protege a los periodistas ni da cobijo a la deontología ética de ningún oficio. Es España, es la nueva Ley de Propiedad Intelectual y es la forma en la que los principales editores de prensa tratan de compensar su torpeza para sobreponerse a la triple crisis del periodismo en nuestro país: económica, tecnológica y generacional.

    Todo ello se manifiesta de forma lamentable después de que Google decida poner fin a su servicio Google News para los medios de comunicación españoles. Lo hará después de que el Gobierno del Estado haya impuesto una tasa «para la protección» de los editores de prensa. Un canon no cifrado, vigente a partir del 1 de enero de 2015, con carácter retroactivo y que vendría a controlar una sociedad gestora al estilo de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE). Un símil de garantías que ha granjeado un presente brillante para sus industrias asociadas.

    En la práctica, el grupo ValenciaPlaza.com no se verá especialmente afectado por la decisión. De hecho, el cierre de agregadores de noticias -para evitar el futuro pago de la tasa- como Menéame afecta hasta tres veces más al medio que el cierre del servicio de Google News. No obstante, entre todos ellos, apenas han derivado un 4% de los casi 30 millones de páginas vistas este año entre las tres cabeceras digitales de la empresa. Afecta, eso sí, a la realidad del entorno de los medios online y su incontrolable reacción tras la decisión de una herramienta de búsqueda rápida y efectiva para los usuarios.

    Porque el verdadero afectado por la desaparición del servicio es el internauta, aquella o aquel que busca en Google una palabra o serie de palabras y pretende encontrar el resultado más acertado. Hasta este momento, los resultados que se vinculaban a la actualidad o sobre los que, en los últimos días o semanas, se había generado un reportaje con contenido inédito relevante, aparecían sobre el resto de páginas ajenas a estos conceptos. Esta preselección desaparecerá a partir del 16 de diciembre, la fecha en la que Google News cesa su filtraje. Las búsquedas se mezclarán con Wikipedia, webs institucionales e información documental de cualquier tipo, sin criterios de actualidad, valor de los elementos multimedia y generando una distorsión del acceso a la actualidad que raya -pese a lo que diga el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte- la agresión al derecho a la información.

    EL ORIGEN DEL CONFLICTO Y SUS CONSECUENCIAS

    El verdadero problema entre los grandes editores de prensa españoles y Google no tiene mucho que ver con Internet, sino con el hecho de que un mercado de acceso restringido como siempre había sido el periodístico pasara a ser accesible por arte del ADSL. Pero hay que profundizar todavía un poco más, hasta los valores fundacionales del gigante californiano, para entender cuál es el verdadero problema de partida de que la información pase a ser de competencia abierta.

    El 27 de septiembre de 1998, Larry Page y Sergey Brin abrieron a la world wide web un motor de búsqueda llamado Google. No solo hacía años que el uso de Internet se había extendido, sino que el nicho de mercado al que se encaraba este proyecto universitario convertido en empresa parecía dominado por empresas como Altavista, Yahoo! o Lycos.

    Los dos jóvenes entusiastas haciendo su trabajo de fin de carrera en la Universidad de Stanford estaban muy lejos de contar con presiones comerciales o empresariales para distinguir entre un Blogger y un medio de comunicación. Si el primero publicaba antes y aportaba una extensión de contenido y elementos visuales y SEO importantes, ¿por qué iba a posicionarse sobre éste un gran medio llegando después que el primero?

    Claro que, durante más de una década a los medios esto no les preocupó porque nunca creyeron que Internet fuera a formar parte de su core businessLas grandes corporaciones editoriales soñaban una realidad en la que la gente accedía a la información acudiendo a sus cabeceras, por afinidad a las marcas periodísticas; porque sí. Lo cierto, es que cada año la tendencia era cada vez más distinta. La gente oía algo en la radio, lo veía en la tele o le llegaba a través de un hilo de chat en MySpace o Microsoft Messenger. Entonces lo googleaba y allí, durante muchos años, otras webs se aprovechaban de la inacción de los grandes medios para posicionarse sobre estos.

    Cuando los medios se dieron cuenta, siempre tarde -y dos o tres años más tarde en España- muscularon con becarios las ediciones digitales y se pusieron a crear contenido específico para ganar visitas: sexo, Hitler, soft news, fotogalerías de discotecas o presentadores de televisión y un exhaustivo repaso a los timelines en Instagram de Miley Cyrus o Rihanna. Los incrementos de visitas, exponenciales. El arma de doble filo: que los medios, gracias a Google News, posicionan por encima de contenidos de páginas no incluidas en la categoría de Google. Por ello, además de las suculentas áreas temáticas para generar visitas, entraban en liza otros contenidos recurrentes y esculpidos en SEO: el tiempo, los deportes, los directos de fútbol, los sucesos, los programas de televisión, el cine online…

    Google ha ido ‘pillando’ los trucos y mejorando su algoritmo. Las triquiñuelas que antes funcionaban para generar clicks a partir de Google News ya no sirven y los principales beneficiados de los cambios en el PageRank (el ranking interno de Google sobre los medios) han sido precisamente las grandes compañías editoriales. Pero en España esto no era suficiente. La carrera -¿o la guerra?- por las visitas ha llevado a medios de gran prestigio a volcar íntegramente sus contenidos en papel en sus webs, hecho que sucede a día de hoy. Hecho, por cierto, sin el menor sentido comercial. La razón es la de acumular mayor contenido inédito y evitar ‘fusilamientos’ de información. Y gustar cada día más a Google (PageRank de nuevo), claro.

    Sin embargo, esta aceptación del universo Google más monopolístico se compaginaba con la redacción de una ley que ha acabado por tumbar el sistema. Y lo más grave para los medios, que pretendían que España fuera una excepción y provocara un pago por agregadores de contenido para paliar su déficit comercial, es que ahora van a perder la gallina de los huevos de oro: el tráfico en español que les ha llegado históricamente y hasta el próximo martes 16 desde los países hispanohablantes. No solo desde estos, también desde todos aquellos lugares en los que una búsqueda se hace en español.

    Ese es el particular drama que se avecina para los grandes medios, unido a un tráfico base muy importante desde España. También es la principal diferencia para con ValenciaPlaza.com de todos estos y lo que, más que un rumor, una constante de reuniones en algunas de las redacciones, va a suponer despidos a partir del próximo mes de enero.

    EN DEFENSA DE QUIÉN

    La estrategia de los medios afiliados a AEDE (en los que las grandes cabeceras de España tienen todo el peso) se ha vuelto en contra de ellos más allá incluso de lo que puede afectar a su tráfico: la opinión pública parece haberse dado cuenta de que ahora cuando busque alguna información vinculada a la actualidad, la herramienta más eficaz del mundo no estará disponible. Y esto ha provocado una defensa desaforada de una empresa cuyas prácticas monopolísticas han sido sancionadas por la Unión Europea, entre otros, y que deja mucho que desear en este sentido.

    La defensa ahora de Google News es precisamente la defensa de un modelo de búsquedas vinculadas a los medios de comunicación creado por una empresa privada. Internet le precedía y le precedían otros sistemas de búsqueda. Los diarios precedían a Internet y… ¿a quién precede el derecho y uso de la información?

    En el citado 1998, Google se adelantaba 15 años al tiempo con un diseño ‘monopágina’ que ofrecía el servicio a un solo golpe de vista. Sin embargo, no era esta su principal virtud frente a sus competidores: el motor de búsqueda de la compañía estadounidense conseguía resultados rápidos y -sobre todo- satisfactorios para el usuario. ¿Pero cómo obtenerlos?

    Googlebot, el famoso y cambiante algoritmo de Google con el apodo de ‘la araña’, rastrea Internet desde su origen con miles de trabajadores implicados en ofrecer el mejor resultado posible al usuario. ¿Pero cómo? La fórmula de la Coca Cola del siglo XXI no se revela. ¿Y por qué? Porque si los jugadores (todos los que publican algo en la red) conocen las reglas del juego, no hay juego. ¿Y para qué? Pues porque haber creado la mejor herramienta para encontrar una aguja en el pajar de todos los tiempos es tanto como apoderarse del ‘tráfico’ de Internet. ¿Y qué significa ser el líder mundial del ‘tráfico’ online? Significa ser el contenedor más interesante para publicitarse a nivel global. O sea, ingresos por ordenar y mostrar de forma efectiva lo que otros crean.

    Ese es el otro gran conflicto, el beneficio de Google por haber creado un sistema cada vez más potente y que, en efecto, genera los mejores resultados frente a sus competidores. Ha creado otros servicios anexos y los ha puesto a su favor en estas búsquedas (desde YouTube a Google+), pero al fin y al cabo es el más usado en España a una distancia insalvable para el primero de sus perseguidores.

    Y aun un conflicto más en el caso de España: una red de grandes medios de comunicación dependientes de planificaciones públicas, de cánones privados y de cualquier otro salvoconducto que no pase por mejorar la comercialización de sus productos. Cuesta creer que esta ley aprobada en tiempo récord por parte de un Gobierno que encara un año de múltiple cita electoral no tenga nada que ver con la estrecha relación de las partes. Y aquí, de vuelta al punto de partida y la calidad democrática a partir de esta mancha en las libertades de acceso a la información. Porque cabe entender que, pese al valor periodístico que nadie discute, antes que la creación de cualquier contenido existe un marco que no limita su acceso.