Categoría: Random

  • Las últimas mentes vírgenes

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Hay controversia entre los traductores sobre algo que al resto nos hace mucha gracia: el cambio en el título de una obra. En España, Rosemary’s Baby (1968) se tituló La semilla del diablo. A nuestra latitud, Alien (1979) ya era Alien, el octavo pasajero, y a su paso por Hungría Alien, el octavo pasajero está muerto. En China, los responsables de marketing de El sexto sentido (1999)optaron por titularla Él es un fantasma. Hablamos de un tiempo pretérito, casi olvidado, donde no existía Twitter ni el delito por spoiler al que se enfrenta cualquier frutero mientras trata de ser amable.

    El oficio de la traducción, en el caso del título, sufre de las tensiones por venta. Los equipos de marketing pesan y así, aunque Kubrick (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o Thomas Anderson (Pozos de ambición) validen estas tergiversaciones, hay que recordar que el conflicto es anterior a la imprenta. Tanto es así que el canon romántico sobre el que basamos nuestras relaciones, Romeo y Julieta, es el remake literario de una traducción de una novela italiana al inglés a la que le cambiaron el título. Pero lo firmaba Shakespeare, que es lo que cuenta.

    De vez en cuando una traducción sirve para intensificar el mensaje. Así sucedió con la recopilación de cuentos titulada The Jungle Book, obra de Rudyard Kipling. Desconocemos si el Nobel bombaití aprobó la traducción del título al español: El libro de las tierras vírgenes. Sea como fuere, la lectura de estos cuentos llenos de amor por lo verde y orientalismo –tan de su tiempo y tan bien escritos– se estimula para nosotros con este título con el que, todavía hoy, se sigue vendiendo la obra en España. 

     Es curioso como este título original nos hace poner el foco en la relación que existe del ser humano como explorador. Desde la filosofía y lo moralizante del texto, visualizamos a Mowgli y al resto de personajes de otra forma sobre el terreno de juego selvático. Porque hasta hace apenas unas décadas, todos nuestros antepasados sostenían con mayor o peor ambición esta condición: éramos exploradores. Sin embargo, desde que hace 50 años dimos ‘un pequeño paso para el hombre’ en la Luna, nuestra ambición congénita se torció.

    El hambre por la exploración tenía un sentido evidente: alcanzar un lugar desconocido para establecer nuestras propias normas, para explorar una libertad ajena a cualquier otra imposición. Esta necesidad de conquistar un espacio propio, muy cerca de las reflexiones que Virginia Woolf compiló en Una habitación propia, también tiene su versión colectiva. Pero ahora que ya no existe ningún tramo del mapa por reconocer, ahora que las aerolíneas son low cost y las cámaras de tan alta definición en un drone de 59,99 euros, ¿dónde encontramos nuestro escape a un universo paralelo?

    La juventud hasta internet

    El monumental ensayo Teenage. La invención de la juventud 1875-1945 nos recuerda con toneladas de referencias cómo la existencia de la juventud sucedió hace apenas cuatro días. La mayoría de nuestros abuelos (por no rebobinar demasiado la cinta) transitaron de la infancia al compromiso matrimonial en un abrir y cerrar de ojos. Hoy en día, la cantidad de menores de 30 años que no ha enlazado dos declaraciones de la Renta estables preocupa a casi todos menos a los representantes eventuales de las instituciones. Los cuentos de Kipling nos retrotraen filosóficamente al mito del buen salvaje, que aunque nuestra Educación afrancesada sitúe en manos de Rousseau, proviene de los textos españoles que llegaron de Colón hacia delante con el descubrimiento de América.

    El increíble Teenage que cito, escrito por Jon Savage, nos recuerda paso a paso cómo la construcción de una nueva clase social dominante –la juventud– ha servido para acelerar nuestro lugar en el Universo. También las búsquedas de identidad colectivas. Nunca antes un estrato tan agitado de la población había tenido tanta influencia. Nunca antes, la relación con el juego –o infancia adulta– había influido tanto en los valores y el sentido de producción y legado de los humanos. Aunque el relato se interrumpe en 1945, hay una serie de emulsiones maravillosas de la juventud a partir de entonces. Espacios de libertad donde el juego se dispersa como un gas, ocupando todo el espacio, gracias a la base fundamental para la creaciónla ausencia de normas.

    Esta ausencia de normas cambió a las sociedades circundantes, fueran sus beneficiados conscientes o no. Se pueden hacer muchos paralelismos entre el Verano del Amor de California, la familia techno del Berlín intramuros o la marcha valenciana de las discotecas antes de 1990. Lo importante de esos momentos, en realidad, tenía que ver con la anomia. Una ausencia de normas, una ausencia de foco y por tanto de tutela de cualquier tipo, que permitió viajes mentales para la construcción de un nuevo mundo. Todo, como siempre, de espaldas a las instituciones o la gestión política, porque los fines de ambos bandos son muy distintos.

    Aunque no es el momento de repetir el ejercicio, igual que Sillicon Valley y San Francisco tienen mucho que ver con el primero de los casos enumerados, nuestra singular versión local sirve para entroncar a casi todos los nombres de influencia cultural desde entonces: Montesinos, Mariscal, Bolta, Alborch, Roca… Todos conectados por un movimiento sin márgenes. La gran pregunta, no sé si para muchos pero sí para mí, es dónde se encuentran ahora los espacios no marcados. Dónde encuentra la juventud hoy una forma de hacer las cosas, de recibir estímulos y expresarse sin control ni limite de movimientos. Ese lugar existe y es de este mundo, pero no está en este mundo.

    Un nuevo mundo

    La juventud compite contra un monstruo mucho más complejo que el Gran Hermano que vislumbró George Orwell en 1984. Así lo demuestra el genial reportaje de The Baffler titulado Big Mood Machine. En él, la periodista Liz Pelly nos detalla cuál es el verdadero negocio de Spotify: vender nuestras emociones. Desde 2015 la empresa sueca vende nuestro estado de ánimo al mejor postor, con un trazado completo de nuestra forma de ser, sentir y pensar ‘gracias’ a la música. La música, no como símbolo de libertad, sino como llave para convertir en usable nuestra forma de pensar. Spotify controla cómo sentimos y, a través de reproducciones y playlist, trata de interferir en ello para servirnos la publicidad tal y como el mercado la necesita. Interviene y trata de influir, pero no solo eso: también controla que una multinacional de refrescos u otra que vende coches diésel emita su cuña en el momento emocional adecuado para que impacte al precio al que se vende. Un precio mucho mayor, efectivamente, para que la publicidad impacte con gran influencia en ese espacio hasta ahora reservado de la mente.

    En este mundo viejo en el que estamos obligados a vender nuestra transparencia para seguir existiendo, en el que la música no es sinónimo de libertad, sino de mercantilización de nuestro estado de ánimo (que alguien avise a Frank Zappa), hay una esperanza. Hay un nuevo mundo tan ajeno e inesperado como el que encontraron los californianos en el Summer of Love, los berlineses en der klang der familie o la exploración nocturna valenciana. Y ese mundo no está exactamente en este, porque les recuerdo que, en un sentido físico, no nos queda ningún tramo por explorar. Sin embargo, a través del suficiente ancho de banda y sin que nadie se preocupa en exceso, esa revolución juvenil sucede desde hace años en las LAN party.

    Este fin de semana se ha celebrado en València la edición de 2019 de DreamHack. El evento más importante de esta franquicia –también de origen sueco– que reúne a más de 3000 jugadores y otros tantos miles de consumidores. Aparentemente imbuidos en competiciones de eSports (con más de 300.000 euros en premios allí, este fin de semana), detrás de todas esas ventanitas iluminadas en la oscuridad se encuentran los agujeros de gusano al otro mundo donde hoy suceden esas cosas estimulantes. El lugar no tutelado de libertad, inseguro como lo fueron los anteriores espacios de libertad real, está en la web profunda. Los exploradores de este tiempo, algunos de ellos menores, no siempre son conscientes de su potencialidad, pero es en estos otros espacios de interrelación humana y virtual donde se gesta la inspiración de algo nuevo.

    Unas horas entre la marabunta de cables y cuerpos en tránsito sirve para mantener la esperanza en la humanidad y admitir que la juventud, hasta que se demuestre lo contrario, acaba siendo mucho más sagaz que sus agentes limitadores: nosotros, los adultos. Y es divertido encontrar paralelismos de todo tipo entre estos miles de anónimos y los que lo fueron en esos otros momentos de la historia más influyente, pero sobre todo genera mucha paz comprender que las herramientas congénitas que han llevado a la especie a tener cierto dominio sobre su entorno, siguen siendo tan poderosas y desconocidas como las fuerzas que interactúan en la deep web.

    En València, por cierto, mientras España se hunde en su sistema de medios de M-30 hacia dentrose ha celebrado un año más este evento. Es el más grande de esta todopoderosa empresa multinacional, excluyendo el que celebran en su sede de Suecia. A buen seguro este tránsito de jóvenes nos legará algo positivo. Sobre todo si dejamos de ser el territorio que peor retiene el talento, si es que eso algún día está en la agenda política.

  • Pasear a los perros

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Le prometí al capitán de esta goleta que, amainadas las urnas, haría “algo diferente” desde mi tronera, aquí, los lunes. Se lo prometí a él ya que, genéticamente, estoy diseñado para concederle a un tercero más tiempo y de mejor calidad que a mí mismo. Aún así, me ha costado quince días levantarme de esa jornada de reflexión que es para un periodista el lunes post electoral: la devastación de la conciliación familiar –tras esperar que la ciudadanía echara nada menos que cinco sobres al cajón– al menos ha servido para intuir quiénes somos y cómo pensamos a fecha de 2019. Repuesto del año en campaña que inició Pedro Sánchez y su gobierno de ministros dimisionarios, ahora vengo yo con el ánimo de una Fania All Star; con más necesidad de reírme que de llorar.

    Las urnas no explican todo lo que somos y sigue siendo necesaria la contemplación en los parques. A eso voy, porque de allí vengo: en febrero, un pasado político que se antoja más lejano que las puertas de Tännhauser, el entonces y ahora alcalde de València dijo: “hay más niños que perros”. El apocalipsis ginecológico, tradicionalmente en boca de hombres, no contaba con este volantazo estadístico. Porque resulta que los chuchis se censan y tenemos a 93.000 organismos con chip meándose por toda la ciudad. A diario. Les veo hacerlo mientras que, al otro lado de la correa, alguien hace como si nada, o sea, con la mirada perdida en el móvil. Uno a veces no sabe si allí mismo se estarán limando asperezas para que Irán y Estados Unidos no entren en guerra nuclear. Y mientras se nos mean encima, sucede lo importante: la indiferencia con el, hasta ahora, mejor amigo del hombre (ya ven que el eslogan pertenece a un tiempo no feminista).

    Recuerdo perfectamente las necesidades sociales que giraban en torno a la posesión de un perro. Sí, sí: posesión. Los perros se regalaban por cumpleaños o en la primera comunión. Había a quien le caía un walkman y había a quien le ‘daban’ un perro. O perra, que para eso ya éramos inclusivos, pero sin saberlo, que sirve de poquito. ¡Qué suerte! ¡Un perreti en casa! Hoy en día son políticamente incorrectos los conceptos “amo”, “dueña” y “chucho” y por contra está totalmente aceptado que durante los paseos, cada día, estos compañeros de vida no les dirijan ni una triste mirada. Salen de casa con el aifón en la mano y así vuelven. Y no son una ni dos. Hagan lo que les digo, contemplen en los parques, y deprímanse con el espectáculo. 

    En los felices 90 queríamos tener un perro porque, más allá del disfrute físico por estrujamiento, peinado o juego, había una serie de necesidades sociales que el perro también cubría. En esencia, la relación con el vecindario. Mis amigos con perro empezaron a ligar muy pronto. Descubrieron mucho antes que yo que para lo del ligue no era lo más importante tener el busto de Beckham. Y además de que les diera el sol e hicieran algo de ejercicio, según la potencia del can, lo verdaderamente importante es que establecían una relación más allá de las humanas y basada en las horas de afecto. No dudo que, en el más trágico de los momentos, se llore la muerte de un perruchi, pese a que sus paseos se hagan con la mirada puesta en el WhatsApp, ¿pero qué dice de nosotras que tengamos más perros que nunca –por cierto, más adoptados que nunca– y que paseemos públicamente nuestra indiferencia hacia ellos?

    Lo peor de todo es que el móvil contraviene una posibilidad del todo deseable: la de llevar una botella en la mano donde no se tiene la correa. Al final habrá que resolver lo de las micciones impunes como con todo: vía multa. Y si todo se tiene que resolver de aquella manera, ¿nos hará falta dar ese paso creando una policía gestora del tiempo sano y evitar que, por el bien de todos, vivamos conectados 24 horas a la nada? Porque quizá, tan grave como la indiferencia canina, es la cantidad de nada que se consume. Sí, hay decenas de millones de personas creando contenido para YouTube, pero eso solo es una pista: ¿qué porcentaje del inabarcable contenido creado no es exactamente una completa pérdida de vida? Y no me refiero a la distancia con el entretenimiento, sino a la celebración del ruido blanco mental como éxito de todos.

    Hay bastante de cierto en las teorías del mindfulness, pese a que me dé alergia compartir ideología con gurús que habitualmente desayunan homeopatía con aguacate. Como demuestra la ingente cantidad de estudios recogidos en Focus, el ensayo de Daniel Goleman, el cáncer intelectual de nuestro tiempo es la falta de atención. Porque parece como si el precio a pagar por tener a mano información de alta calidad (más que nunca, mejor que nunca) sea que ésta se encuentre tapada por toneladas de basura. Y es algo que no solo afecta a los aspectos formativos de la vida, sino a la vida misma. A la relación con el entorno, con todo lo que va más allá de nosotros y de los humanos, con cualquier aspecto y hasta con los perros. Paseamos a nuestros perros, pero se nos ha olvidado lo que significa. Y ha pasado en apenas 10 o 12 años, en un abrir y cerrar de ojos. Significa mucho pasear a los perros. Y habla de nosotras. O eso creo.

  • Dóciles, desiguales e intolerantes

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Cada generación creer ser la sociedad más compleja que haya existido nunca. Está en su derecho, diría yo. A una distancia de años luz con respecto a la de sus madres, por no hablar de la de sus abuelos. Que es muy difícil todo. Qué difíciles las relaciones, qué difícil lo de los estudios, lo de conseguir curro, lo de ¿comprarse? Una casa… Lo pensaron nuestros padres, pero nunca se lo dijeron a nuestras abuelas. La comunicación era distinta, diría yo. Sin embargo, hay evidencias incontestables de que esta última hornada de malcriados (o sea, nosotros) está llamada a colapsar por desigualdad con los anteriores. Y, cómo no, son evidencias económicas. El humanismo que nos queda ya solo existe entre la sábanas y en la última de nuestras condescendientes resistencias: la lectura.

    Hemos vivido una infancia plácida. Los felices 90, que así los llaman los filósofos de nuestro tiempo: los economistas. Nos otorgaron una placidez suprema. Quizá excesiva. En las tardes de programación infantil de cada una de las televisiones autonómicas, pese a la violencia que tanto preocupaba con Bola de Drac, la verdad es que vivimos con sublime liviandad. La Nocilla no era cancerígena porque aún corríamos por la calle. Todavía quedaba algún descampao donde jugar a la pelota sin que una señal del ayuntamiento lo prohibiese y nuestros adultos veían las consolas con distancia y aburrimiento. Imitarles no era pasar el fin de semana encerrados entre Netflix, Twitter o salir a comprar cosas compulsivamente. Éramos felices y estábamos sanos. Quizá porque nadie quiso martirizarnos al concluir que es salón donde podíamos jugar con las manos durante tantas horas sería la única propiedad de nuestras vidas.

    El pasado año un estudio reveló que la renta neta mediana de los millenials es de 3.000 euros frente a los 63.400 de nuestros hermanos mayores (la Generación X). En las mismas variables de edad y tiempo, sin distorsiones de precio o momento vital incorporadas. Somos el país más desigual de la Unión Europea por ingresos (o sea, vital) gracias a que Grecia no abandonó el club. Hay 2.000 municipios en España con más jubilados que trabajadores (ojo que la la Comunidad Valenciana tiene 532 pueblos). Hay una resistencia atroz e insolidaria al relevo generacional en las empresas. Hay una empatía sindical por esa resistencia convertida en un muro para la afiliación a sus causas de menores de 35 años. Hay jubilados muy preocupados porque con su exangüe pensión no pueden alimentar a los familiares que les preceden, pero la urgencia de la cesta de la compra aisla un debate plural sobre el fondo de estas desigualdades.

    En esta campaña electoral nos toca escuchar defensas apasionadas sobre la maternidad. Nos hablan de protección de la vida, de conciliación laboral y de hacer lo imposible –que en que es imposible, coincidimos todos– para que en 2033, a la vuelta de la esquina, no tengamos una población con un tercio de jubilados. Jubilados, por cierto, a 30 o 40 años de fallecer, de lo cual nos alegramos. En esta campaña electoral eterna la creación de unidades de producción (anteriormente conocidas como niños o niñas) no habla ni dios de tumbar la Reforma Laboral de 2012. Y resulta que si no tenemos hijos no es por la presión derivada de soportar una desigualdad extrema entre salarios, capacidad de gasto, ahorro y ausencia de vivienda en propiedad. ¿Pero quién quisiera hablar de la Reforma Laboral de 2012 pudiendo distraer los minutos de telediario con el aborto o la eutanasia?

    Nos creen intolerantes. Ajenos a casi todo. Incapaces de salir a la calle. Tienen razón en muchas cosas. Los jóvenes movilizamos muy mal el voto. Hemos asumido el espíritu del malcriado y pasamos largos equinoccios sin saber si este tablero de juego es nuestro o nos lo han prestado. Es normal. Es normal cuando convivimos con unidades de producción del Antiguo Régimen. Unidades de producción que rinden a un ritmo inferior, pero sostienen un estatus económico (propiedades + salarios) gracias a nuestra docilidad. Entonces descreemos. No debe ser nuestro mundo este. Debe ser otro. Y en cada finca, un problema. Por ejemplo, en las Américas, donde las protecciones sociales no llegaron con nuestro legendario expolio civilizante, los millenials homónimos se hipotecan hasta los 50 por un título universitario. Si tienes en tu casa un título universitario y me estás leyendo, párate un momento y piensa cómo te sentirías a los 50 habiéndote reducido a la nada por ‘eso’.

    Colapsaremos. Hemos de ir aceptándolo. Somos buenísimos riéndonos de nosotros mismos, así que lo aceptaremos. Hay un mundo que se agota y no es el nuestro, pero cuando se agote, ya no estaremos. No serviremos. Un mundo que nos ha enseñado todo, pero sobre todo a descreernos y a ser intolerantes. Colapsaremos. Será por haber sustituido al aprendiz por el becario. Será por esas madres y padres a las que les pareció bien que sus hijos no cobrasen durante 6 meses o dos años, sin saber que estaban arruinando desde la sobreprotección lo mucho que quedaba por ganar en espacios comunes. Y vendrán tiempos fuertes. No queda nada para que una masa de personas mayores nos juzgue por no blindar los recortes en Sanidad frente a los de la Educación. La Educación pública seguirá serrándose lentamente los tobillos. Ya nos hicieron tomar estas decisiones con la Cultura y no nos hemos recuperado.

    O somos o nos han hecho intolerantes a nosotros mismos. La última vez que atisbé que fuera algo remediable era 16 o 17 de mayo de 2011. O entonces ya era demasiado tarde o éramos demasiado pocos como para remediar lo que somos.

  • Bienvenida la irreverencia

    Virgilio atravesó nuestra cultura para siempre al escribir la Eneida. El poeta hilvanó una epopeya que ríete tu de una mala digestión de Elon Musk. Poniendo a trabajar el talento al servicio del mal y la grandilocuencia -o sea, como un Michael Bay de la vida– se inventó desde la ficción el ser del imperio romano. Cataplum. Y así hasta nuestros días. Era el siglo I y a nadie le daba alergia que Augusto, que antes de emperador fue amigo íntimo de Virgilio, le hubiera encargado a este que hiciera uso de su inefable don con el latín para pontificar un momento y una sociedad tan valiosos como sus publicistas lograsen (Virgilio, el mejor de todos ellos). El don de la palabra, insisto, lo dispuso un poeta a quien se le atribuye la siguiente condena para Occidente: «quienes pueden, pueden porque piensan que pueden».

    En tiempos de sociedades subordinadas, no son las subordinadas, precisamente, lo que más conviene al entendimiento. Por eso, supongo, el empresario Álex Rovira economiza a Virgilio y actualiza la idea: «pueden porque creen que pueden«. Ese es el centro neurálgico que explica la vida de otro italiano que, 20 siglos después de Augusto, ha logrado ser lo más parecido a un emperador: Silvio Berlusconi. Las consecuencias de su paso por el mundo no son menos evidentes en una Italia que convida a la nostalgia de cualquier pretérito imperfecto. Pero el traje, a Silvio, digo, se lo ha cosido esta vez el extraordinario cineasta Paolo Sorrentino. Y, lo crean o no, su cara, incluso en las fauces de Toni Servillo, es de un cemento armado que incluso sobrevive a la ficción. (En España el film se estrena el próximo 4 de enero como una única unidad, aunque en origen son dos títulos titulados Loro 1 y Loro 2 (Ellos). 

    “VERDAD ES EL RESULTADO DEL TONO DE VOZ Y LA CONVICCIÓN CON LA QUE LO DICES”.

    Ni a Italia ni a la crítica le ha gustado la última andanza de Sorrentino (La gran belleza, La juventud, The Young Pope). A mí me resulta una proeza de la forma en adelante. Porque es posible que el contenido vaya de más a menos (me interesa mucho más la primera parte que el conservadurismo de la segunda), con una paulatina condescendencia sobre Berlusconi, esposa y entorno que, acepto, en el país de la bota no ha debido caer de pie. Sin embargo, repito, la forma está tan avanzada a su tiempo por descaro que me cuesta poder alcanzar un grado de divertimento superior al de Silvio (y los otros) en una butaca de cine. Porque Sorrentino es consciente de que contra los domadores de la palabra, contra los que con dinero someten al receptor, solo cabe la más burda de las sátiras. Solo cabe situar en el ridículo al escenario completo y no esperar nada a cambio. Si alguien se da cuenta del absurdo desde el otro lado, milagro.

    En las últimas semanas habrán descubierto que, sin que nadie lo sugiriese antes, un partido anticonstitucionalista como Vox, es abrazado por los defensores del 78. Hace cuatro o cinco semanas a los líderes de Partido Popular y Ciudadanos no se les hubiera ocurrido apoyar a un grupo político capaz de situar en el sexto de sus puntos programáticos la disolución de las Autonomías: «transformar el Estado autonómico en un Estado de Derecho». Que tiene tanto significado como rezar un Ave María mirando a la Meca. Que tiene el poso argumental de quien defiende que Vox no es de extrema derecha, sino de «extrema necesidad«, y se queda revoloteando en esta idea sin completar ninguna otra porque ahora que ha descubierto que sus años de voto a PP y PSOE han salido rana, opta por el sucedáneo de cangrejo al descubrir que «no van a robar más que PSOE y Podemos«.

    «Verdad es el resultado del tono de voz y la convicción con la que lo dices». La frase es de Silvio y es una de las incontables líneas brillantes del guión de Sorrentino que, insisto, encuentra su mejor lado en la forma en la que interpreta el circo que describe. Es fácil que cualquiera piense que de un representante público se espera algo más que que le roben lo mismo que otros, pero cuando se interpreta el entorno, cuando se es consciente de que el entorno se cantea levemente cada muchas décadas, entonces hay que abandonarse a la risa. Al esperpento, en concreto. Hay que tolerarse los horrores propios y divertirse. Hay que ser optimista y aceptar que hay toda una generación de seres vivos que necesitan ser dueños de su tiempo

    El caldo de cultivo –desde los medios al avernito de las redes sociales– ha sido mucho más favorable a ideas tan peregrinas como la de la extrema necesidad. Las extremas necesidades solo son fisiológicas y es evidente que la política ha entrado en la era de la fisiología. Ante necesidades fisiológicas, inquietudes fisiológicas como las de la película de Sorrentino. Las comunes, las necesidades, digo, según buena parte de los votantes, parecen ser tan básicas que en Andalucía han pasado a decidir su futuro en relación al declive independentista catalán. Al otro lado del río, del Sénia, en concreto, la parálisis de su Parlament es una evidencia. Desde que llegara Puigdemont han levantado tres leyes en tres años. También les digo, no han parado quietos. De haber levantado otras tantas, el Tribunal Constitucional o el 155 las hubieran convertido en agua de borrajas antes o después. 

    La película de Sorrentino, por concluir, evidencia que es muy difícil ser Silvio Berlusconi. Afortunadamente, claro. Tampoco es meritorio, ya que es altamente improbable que alguien tenga una vida tan deplorable como para no sentir estima por sus más inmediatos y vergüenza de sí mismo arrasando con todo lo que le rodea. Es posible que muchos deseen ser Berlusconi dentro y fuera de Italia, que crean estar dispuestos a convertirse en el híbrido humano de una ciénaga moral y un agujero de gusano de los valores cristianos; es posible. Sin embargo, todos los que nunca lo han sido y los que nunca llegaran a serlo no han tenido mala suerte. No es que no hayan sabido hacerlo: es que han albergado la menor educación, empatía y estima por sí mismos y por sus antecesores como para evitarle al mundo un destino tan patético.

  • ¿Por qué los hombres heterosexuales feministas seguimos entre el pánico y el silencio?

    Publicado originalmente en El País

    Los hombres heterosexuales –como los catalanes para Rajoy– hacemos cosas, pero sobre todo una: contradecirnos. Sobre todo con el feminismo. Sobre todo con la boca cerrada. La contradicción es, de todas las silenciosas, nuestra respuesta favorita. No tenemos ningún grupo de WhatsApp para hablar de ello. No se comenta. No se verbaliza porque tampoco es un tabú. Si reflexionásemos cada vez que sucede, colapsaríamos. Nuestra cara mutaría en pantalla de Windows 95 tratando de ejecutar el lanzamiento de una sonda lunar. Os aseguro que no querríais ver eso. Nuestro cuerpo pasaría del espasmo al estertor, se quedaría suspendido en el tiempo y el mundo tendría que seguir girando sin nosotros (y sabemos que eso podría no ser del todo perjudicial).

    La razón es biológica: estudios neurocientíficos aseguran que un 95% de nuestras decisiones pertenecen al subconsciente. Esa contradicción constante es una acción refleja. O dicho de otra manera: apenas tomamos el 5% de las decisiones de manera consciente. El grueso de lo que hacemos todos –elles y elles– pertenece al género de las costumbres. También con el feminismo. A cada paso que damos, en cada esquina que doblamos, ante cualquier máquina de vending con esa cara de cordero degollado que nos deja el colchón de Ikea, los hombres tomamos decisiones equivocadas con respecto a la desigualdad entre géneros. Lo hacemos todo el día, se nos dé bien hacer la paella o suframos migrañas. De hecho, existe un efecto contagio en vosotras que también caéis en el asunto.PUBLICIDAD

    En nuestro cerebro son cortocircuitos constantes. «Brrr. Brrr. Brrr». Apenas los sentimos. Pocas veces los vemos venir y, en cualquier caso, nunca lo decimos. Silencio. En mi caso, hasta hoy. Me lo dijo una ex el otro día y se lo leí a Virgine Despentes pocas horas después: los hombres, en realidad, no hablamos de lo que nos pasa. Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos. La conjura de la rutina lo excluye de la conversación. Nunca nada del todo consciente, porque en realidad solo es un 95% rutina y automatismos. Luego, en el espacio sobrante de RAM hay complejos y una reinterpretación de la masculinidad de la que habla todo el mundo que no somos nosotros. Un frágil equilibrio que va de la neovirilidad a la interpretación de sí mismo que hace cualquier mamífero desde que aprende a imitar.

    «Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos».

    Pero incluso en ese escaso margen de consciencia hay oxígeno suficiente como para aceptar que este siglo servirá para balancear los roles. No sabemos cómo seremos. Nos asusta (pánico de hombros caídos). Nos deja el cuerpo como un cowboy que al volver a casa no encuentra su revólver bajo la almohada. Miramos al infinito. Nuestro cerebro pasa del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Todo en silencio. Pero lo vemos. Empezamos a repasar la galería de cagadas cotidianas. Un paisaje onírico que redibuja el presente y pensamos cosas. Ese día del que te hablaba me pilló con la tecla delante. No creerás lo que sucedió…

    Rebobinas hasta el miércoles: interior, oficina, reunión de trabajo, dos mujeres y dos hombres. El proyecto lo lleváis entre tú y Ella1. Lo habéis hecho juntos y lo exponéis juntos, pero de esto decides tomar las riendas tú [advertencia: eso no tiene por qué ser necesariamente una cagada]. Y empiezas. «Pim. Pam. PowerPoint mon amour». Y terminas cada frase mirándole a Él2. Pero a Él2 ni le va ni le viene. Está pensando en si te plancharás las camisas o las tenderás jodidamente bien. De hecho es Ella2 quien tiene que daros el visto bueno. Pero tú buscas a Él2 con el final de cada diapo.

    Necesitas ese gesto de complicidad. Tu mente va rápida y necesita recompensas. Es su compadreo el que te sirve. Porque pese a que llevas una semana pidiéndole perdón a tu bull terrier por pasearle tan tarde, porque pese a que te has quedado a trabajar con Ella1 cada una de las últimas tres noches, o pese a que Ella2 es la que decide, tú necesitas manejar esto con «los que saben». Ahora que solo queda rematar la jugada, le pasas el balón todo el rato a tu compañero de género. Hay otros dos cuerpos oxidándose en la habitación, pero el ataque se convierte en un toma y daca. Tuya, mía. Mía, tuya. Una pared tras otra, avanzando por el terreno de juego. Una. Otra. Así hasta llegar al área pequeña. ¡Gol del mansplaining!

    En efecto, estabas en tu 95% de que siga todo igual, por favor. Estabas en modo automático, sin más. Llegas a casa. Abres una lata de mejillones al natural y una cerveza low cost. Ninguna de las dos cosas sabe exactamente a lo que promete su packaging y es quizá por eso que durante unos segundos te das cuenta de todo. Entras en el terreno de la contradicción. Un ruido blanco, como un zumbido, te mantiene concentrado en esa idea. Son varios segundos, así que tampoco te da tiempo a comentarlo con nadie. No colapsas. Es más, decides no darle mucha importancia. “Es nuestra forma de ser”, te dices, justo antes de darte cuenta de que tu bull terrier mueve muy rápido su cola, mirándote de ‘esa manera’. Le diriges más palabras que a tu compañera durante la presentación mientras cargas el último podcast de La vida moderna, te pones el abrigo y los auriculares (por este orden) y bajas. “¡Qué puto frío hace!”. Las ideas se congelan. Y debe ser eso lo que ha provocado el silencio esta vez.

    Tienes este tipo de ‘interrupciones de la rutina vital’ cuando te quedas un fin de semana en casa de tus padres: la ropa entra en ese ciclo mágico por el cual estaba sucia el viernes y aparece doblada y planchada sobre la cama el domingo. La mano del hombre, del hombre en sí, no ha intervenido en el proceso. Miras fijamente al vacío. Eres consciente. Del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Silencio. Otro día un conocido tiene el estómago de comentar en voz alta una noticia de acoso laboral sugiriendo que también se ha sentido “así” alguna vez por el trato de una persona gay en “idénticas circunstancias”. Sabes que el contexto social, que la presión del entorno y la suma cultural convierten esos dos casos en dimensiones paralelas. «Chk. Chk». Y te quedas calladito en tu pupitre, como cuando alguien alivia un acting de macromachismo con el hashtag del #micromachismo que, resulta, ahora, todo lo cura.

    «El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano»

    El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano. Ni mucho menos ni como preocupa a tantos sublevados vivimos en sociedades tan idiotas que, por el hecho de desear ser menos desiguales, aceptan que no hay mujeres malas. Ese tipo de argumentos en vía muerta son, a menudo, otro de los factores que aletargan la solución al problema. Otro más es el desequilibrio de intensidades que se ejerce desde los medios cuando quien rapta a sus hijos o comete un homicidio es una mujer. También, desde este oficio, porque lo extraordinario tiene un valor mucho más llamativo en la alquimia de las audiencias.

    La enumeración puede continuar porque son muchos los brazos que reman en contra de una igualdad real para todos, aunque sea la inercia silenciosa la que los mueve en su mayoría; aunque sean brazos poderosos. En el casco de ese barco común hay grietas esperando a ser torpedeadas, algo a lo que ayuda y mucho generar focos de reivindicación como este Día Europeo por la Igualdad Salarial. Como lo hicieran las ideas en el Siglo de las Luces –no sin riesgos ni bajas por el camino– será el uso de la voz pública, la sugestión y cierto margen de tiempo el que irá perforando la preeminencia del «Brrr. Brrr» frente al liberador «Chk. Chk». Llegados a este punto, conscientes de seguir cagándola desde el automatismo, si hay algo que pocos pueden dudar es que este será el siglo de las mujeres. A su consecuencia, la sociedad será otra. Como poco, menos desigual y más justa.

  • Qué demolemos con Arabesco

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La nostalgia es uno de los alimentos menos saludables para la memoria. Su infinita capacidad para deformar lo sucedido y las endorfinas que se liberan al aceptar que cualquier tiempo pasado fue mejor la convierten en grasa saturada para la Historia. La juventud de los 80 y los 90 en València lucha contra ese tejido adiposo en el que se ha convertido el relato en torno a las discotecas. Un fenómeno sin nombre definido, pero atiborrado de etiquetas (y pegatinas). Un movimiento al que le caben sin el menor criterio ni criba los atrevimientos musicales de Juan Santamaria en Oggi o Carlos Simó en Barraca, el interiorismo de Dúplex, las artes performativas de Putre Plastics, los conciertos de Nick Cave en Arena o Nina Hagen en Isla, los parkings de N.O.D. o Heaven, y hasta la autarquía sonora de Arabesco hasta Rockola. Todo vale para los que les vale todo. 

    La estatura cultural, la importancia de las cosas, para convertirse en debate, para quien tiene esa necesidad de fijar su influencia, necesita de un ejercicio de lectura comparada. La nostalgia cabalga justo en la dirección contraria a la lectura comparada de los hechos. Los datos, los nombres y las fechas se alteran según a cada cual le acomode mejor el recuerdo y, por si fuera poco, los recuerdos hace tiempo que pasaron a ser un ejercicio de periodismo-ciudadano-ficción en Twitter y Facebook. El último de los casos de estudio es el que se ha derivado del inicio de la demolición de Arabesco. Una obra civil que ha liberado todo tipo de relatos durante los últimos días en torno a la Ruta sin apellido, el ocio nocturno (y vespertino) y la juventud valenciana de los 90. 

    Arabesco («a ver qué pesco», según la tradición oral) cerró hace más de una década. Fue una discoteca surgida al calor de la masificación y con vocación y capacidad para las masas. La edificación tan anacrónica como memorable ocupó el lugar que cada uno de los miles de perfiles en cualquier red social ha dicho que ocupó, porque la noticia, lo relevante, tiene poco que ver con el relato musical de lo vivido: la discoteca destino de l’Horta Sud se convertirá en un hipermercado y un restaurante de fast food. De esta manera el palacete arabesco (tener por nombre un adjetivo podría haber sido uno de sus mayores riesgos conceptuales) seguirá la senda de Puzzle, Arena o los cines Oeste, Iberia o Martí: convertirse -o intentarlo- en un referente del consumo de aceite de palma. 

    El mismo suceso, trasladado a la ciudad, podría equipararse a la sustitución en superficie y sótano del cine Serrano por un Zara o del Eslava por un Druni, ambos en Passeig Russafa. Los cines, las salas de conciertos o las discotecas se convirtieron en una necesidad para los que soportaron la imposibilidad de expresarse con libertad durante los 60 y 70. Una necesidad que apretaba como la sed. Así y allí surgieron, aunque alcanzaron su multiplicación durante la década de los 80 para desaparecer en la homogeneidad de los 90. Una necesidad que ha sido sustituida -y es el tuit que he echado en falta, el post en Facebook más allá del cantar de gesta generacional- por comprar envasados, por vestirse a la moda; por recetas de prime time, por Instagram stories.

    Y no es imprescindible bajar al detalle para entender que la gente de aquellas décadas también comía, se vestía y, con toda intencionalidad, mantenía el apetito por consumir una vida más allá de las necesidades fisiológicas: alimentarse, cubrirse, ¿perpetuar la especie? Un lento regreso a la caverna retransmitido online y que tiene sus garantías de fracaso donde casi siempre: el undeground que, como entonces, mantiene la tensión, la misma ansiedad por explorar y autodefinirse sin prejuicios ni herencias. En su caso, más allá de las fronteras rotas del comercio global. O sea: más aquí. Un underground perceptible en la ciudad, cada vez más vivo y por supuesto alejado de todo aquello que la Administración apoya y los medios acertamos a capturar.

    La demolición de Arabesco puede servir para tomarse un minuto y reflexionar. Todos. Los de entonces y los de ahora. Los de antes y los de en medio. Cada vez que un icono desaparece -por kitsch que este sea-, tenemos esa oportunidad. Y es sano aprovecharla. No hicimos lo mismo siempre y es algo que, como sociedad, seguro, nos pesa. Qué demolimos cuando bombardeamos el Palau del Real para defendernos de los franceses. Qué se quemó cuando -a coste de la Guerra Civil- un incendio acabó con los frescos de los Santos Juanes. De qué nos privamos cuando se retiró el pabellón sobre el mar del Balneario de Las Arenas o de qué nos alejamos cuando deshicimos la reforma de la Plaza del Ayuntamiento de Goerlich. Y con otras tantas demoliciones… ¿qué? Ahora, ¿qué demolemos con Arabesco?