Categoría: València

  • Alcàsser: un mito para asimilar el cambio de régimen

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Por desgracia, el crimen implicó a tres adolescentes de Alcàsser. Sus familias y la población son víctimas desde entonces y en primer grado del suceso porque, por desgracia, insisto, Alcàsser no fue un hecho comparable a nadaLos crímenes de Macastre, anteriores, coincidentes en el número de víctimas, sus edades, en el sadismo y en una parte de la investigación, no sacudieron al Gobierno central, no pusieron en tela de juicio la ausencia de protocolos actualizados de las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, pero, sobre todo, no contaron con la llegada de un nuevo medio que rige marca la cultura en su sentido más amplio y desde entonces: la televisión privada.

    Alcàsser es un mito. Su relato, el primero de gran trascendencia ganado por los medios en España y no por el Gobierno o las élites, es lo que queda. Es lo que cala. La tragedia de Alcàsser va más allá de lo visible en el documental de Bambú porque abarca demasiados ámbitos, demasiado comunes. Pero, sobre todo, es el hecho fundacional que sirve para situar en la sociedad española y en sus instituciones el fugaz paso de un Estado aislado del contexto occidental hacia la exhibición como foco de primer interés para el mundo (Sevilla y Barcelona ‘92). Del sereno como garante de la libertad (años 70) a ser la quinta economía europea y miembro del G-8. En un abrir y cerrar de ojos.

    Las toneladas de incompetencia, ingenuidad y valentía (por ignorancia) de las instituciones españolas sirvieron para mucho en los 80. Por ejemplo, para disfrutar de un estado de anomia. Del franquismo a los 90, dentro del marco legal, entre tantas otras evidencias, apenas se habían tipificado sustancias químicas. Nuestras reboticas eran el dispensario de una especie de largo verano del amor y sus consecuencias no fueron necesariamente negativas. El mundo esperaba y nos tomó así, en ese estado salvaje en el que ni los bares ni las discotecas tenían necesariamente un horario. Se vendía tabaco legal y de contrabando y los estamentos judiciales y policiales no habían sufrido la menor reconversión (La isla mínima) desde la muerte en cama del dictador.

    El ansia era tal, que incluso aquí se aceptó con si tal cosa que Francis Montesinos desfilara junto a Vivienne Westwood en la capitalidad cultural de Berlín 1988. En Pamplona o San Sebastián se reventaban escaparates por exhibir a hombres afeminados y banderas de España, mientras en Rodeo Drive, Los Angeles, sucedía lo contrario: la gente se hacía fotos deseando aquel jean o el otro estampado. Hoy ya se nos ha olvidado, pero no era normal la contracción de un viejo mundo y uno nuevo sucediéndonos encima. El viaje era vertiginoso y de ida y vuelta, desde nuestro anquilosamiento enrabietado al hambre atroz de medio mundo por explotarnos culturalmente.

    En los 80 éramos la Cuba con la que ahora se relame Estados Unidos. Éramos un oscuro objeto del deseo exótico pero próximo, un destino tan deseable como asequible, aunque lo más importante es que ni siquiera habíamos tenido tiempo de sacudirnos la mugre. El mismo día en que España pasó a formar parte de la Comunidad Económica Europea (1986), en València, como desde hacía más de 10 años, seguía patrullando la noche La 26: un grupo parapolicial, pero ‘legal’, captado en gimnasios de boxeo, sin ser dados de alta en la Seguridad Social, pero con un revólver Smith & Wesson en la pernera y licencia para matar. Era nuestra policía de noche y era lo que había. Éramos el pasado, olíamos a futuro, pero la libertad llegó mucho antes que las instrucciones de uso. Este hecho, para los malos, suponía un campo de experimentación demasiado grande y que acabó resolviéndose de la manera más desagradable.

    El documental de Alcàsser: todas las dudas

    El cambio de régimen se estableció con la victoria por relato. Les pondré un ejemplo: en uno de los campos en los que no abunda el documental El caso Alcàsser, el que tiene que ver con la incompetencia por herencia de la Guardia Civil, resulta que este grupo no tenía gabinete de prensa. Y perdió el relato. Quién hubiera pensado que eso iba a ser trascendente. Hasta la fecha, al menos en España, perder el relato era, a lo sumo, perder una batalla. Pero perdió el relato y perdió la guerra de la confianza en las instituciones públicas. Quién sabe si, para algunos, para siempre. Lo hizo a través de un medio, la televisión, cuya capacidad de penetración era inédita en España, sin el menor control –huelga recordar que en 2019 no existe ni proyecto de Consejo Audiovisual que nos proteja. Vamos camino de ser caso único en el mundo– y convenciendo de una tacada a la mitad de la población.

    Las teorías de la conspiración en torno a Alcàsser tiene como base documental lo cutre del procedimiento a lo largo de un proceso lleno de luces y sombras. La clave de bóveda es el sumario, donde las incongruencias saltan muy de tanto en cuanto (a lo largo de 40.000 páginas). Y sorprende el poco ahínco que le dedica el documental a que Anglés y Ricart eran, por este orden, un individuo en busca y captura y otro de permiso penitenciario. ¿Tienen claro que en el juicio el Estado quedó absuelto de cualquier responsabilidad por ello? Sumen, sigan: Anglés se escapó de su casa, en una intervención policial –la de su persecución– que hoy en día sigue alimentando a la conspiración (“pero bueno, ¿cómo un solo hombre podía escaparse del cerco de Guardia Civil y Policía?”). Lean El fugitiu, de Genar Martí y Jorge Saucedo, y comprenderán que la existencia de angleses ricarts en 1992 era posible gracias a la inexistencia de protocolos homologables al contexto europeo. La improvisación y, quizá, la influencia del show de Benny Hill en La2 marcaban la pauta.

    ¿Saben dónde estuvo escondido Anglés durante su estado de busca y captura? Pues, a veces, en su propia casa. Esa era la presión policial para con un hombre que no había vuelto del permiso penitenciario. Estancia en prisión por, nada más y nada menos (tampoco se abunda en el documental), que haber tenido vejada, golpeada y atada con cadenas a su ‘pareja’ a la intemperie, durante días, la cual se había hecho una buena parte de la droga que pasaba. Como cuenta Joan Olaque en esta reciente entrevista, pero como ya describió agotando cualquier gramo de oxígeno a la teoría de la conspiración en Des de la tenebra, Anglés estuvo a punto de matar a aquella chica. El relato lo dulcificó ella misma en comisaría, aterrada por que pudiera matarla si salía. ¿Y saben qué hizo Anglés al obtener su primer permiso? Efectivamente, fue a buscarla.

    ¿Por qué el documental apenas habla de Anglés? El perfil como psicópata de este personaje, descrito como nunca hace casi 20 años en Des de la tenebra, sirve para comprender una buena parte del suceso. ¿Por qué no se habla de cuál era el uso habitual de aquella lúgubre caseta para Anglés, sus hermanos, Ricart y otros? ¿Por qué no se habla de para qué servía aquella excavación donde guardaban una moto robada? Sin embargo, entre las muchas dudas sobre todo aquello que no se muestra y sí en el documental, la gran pregunta es: ¿por qué no se habla de los indicios de homosexualidad de Antonio Anglés y de lo que el sexo supone para él?

    La editorial Arpa acaba de publicar la traducción del muy recomendable El extraño que llevamos dentro, un viaje al origen del odio y la violencia en las personas y las sociedades. El conocido libro del psicoanalista Arno Gruen funciona como complemento idóneo en estos días para abordar el rol de Anglés en su casa –una chabola con paredes– junto a sus ocho hermanos. Anglés pegó a su madre y a sus hermanas durante toda su vida y tuvo una relación violenta y perversa con el sexo. En casa y fuera de casa. En Des de la tenebra la sospecha y lo que gira en torno a su homosexualidad es seminal. También al papel que juega Ricart en ello. El prófugo vive en una especie de tensión y violencia contra las mujeres, constante y que tiene evidencias y relatos suficientes: se enfrenta a lo que es y no comprende. Sirva también su caso para evidenciar que, seguramente, a las alturas en que cometió los crímenes junto a Ricart según sentencia, Anglés hubiera sido encausado a partir de los supuestos de la Ley contra la Violencia de Género. Aviso a navegantes, por si hay dudas de cómo un marco de normas actualizadas sirve para que un Estado proteja y haga libres a sus ciudadanas y ciudadanos. 

    ¿Por qué la perspectiva de género aparece a falta de 10 minutos en el documental? De otra forma, quizá, hubiera servido para que de una vez por todas se armonice que Nieves Herrero ni era la directora de De tú a tú (lo era Manuel Campo Vidal), ni era la periodista que recababa desde la calle o en la oficina los relatos y los guionizaba (Olga Viza, Isabel Goyanes), ni aislaba del resto de medios a Fernando García (Patricia Murray) ni era tampoco ni la regidora del programa ni quien le hablaba por el pinganillo. Murray, por cierto, presente en aquel primer reality show de la barbarie que fue la noche de los entierros desde la Societat Musical d’Alcàsser, asegura que Herrero intentó parar el programa y pidió que pusieran documentales o algo enlatado. Herrero parecegua que, por otro lado, también ha hablado de este supuesto. Al final, el foco vuelve a estar puesto en ella. Un villano siempre funciona mejor en cámara que todo un entramado. Una mujer joven y guapa, en este caso, parece idóneo para el canon televisivo.

    La llegada de plataformas como Netflix, Amazon, HBO, pero también Movistar+, han dado paso a una auténtica etapa dorada en la producción de true crimes. Nunca se ha invertido tanto ni se ha avanzado tanto en las narrativas audiovisuales en torno a crímenes sucedidos y abordados desde el género documental. Pese a ello, el trabajo de Bambú apenas aporta innovaciones formales, fundamenta las reconstrucciones en el mismo ejercicio de ilustración que El caso Asunta. Operación Nenúfar (2017) y sus logros periodísticos pasan por actualizar las entrevistas y transformarlas al audiovisual con tres salvedades: el relato de la cinta de Blanco, García y el cura de Alcàsser (quizá, la cima del documental), la aportación del ayudante de Blanco (desde el relato a los detalles. Relevante) y el no tan conocido trasiego del sumario hasta que García logra poseerlo (aunque ahora se diga que se sabía el asunto del robo, nunca nadie lo pone en valor. El documental, sí). También es cierto que es altísimo el valor de los fondos de videoteca incorporados, especialmente los de Antena 3 (sospechosamente sin mosca de la cadena y solo de un programa) y los de Telecinco, de cuya cesión hablaré más adelante. Pero, insisto, en un sentido formal, de todo lo que se habla tras la publicación del documental es del plano picado a García, cuya intencionalidad severa tardaremos un tiempo en comprender si era acertada por riesgo o innecesaria por evidente.

    Igualmente, ya que se menciona a García, el documental parece sufrir del conocido como ‘mal por proximidad’: todos aquellos que aparecen en pantalla, salen beneficiados. Hacia el final de la producción, la caída de naipes sobre el castillo de Fernando García no parece cargar las tintas lo más mínimo contra él. Parece como si sus guionistas hubieran optado por dejar que los espectadores juzguen, en una maniobra sui generis, ya que su figura es la que hace trascender todo en Alcàsser: el comportamiento de los medios y de la investigación, sin este ingrediente, es otro muy similar al de tantos otros crímenes. Por el contrario, como Juan Ignacio Blanco solo les concede un encuentro, como el ‘mal por proximidad’ va desapareciendo porque se pierde el contacto, al final parece ser un villano mucho más reconocible el pseudoperiodista y pseudocriminólogo que el ínclito ‘padre coraje’. Y los beneficiados por comparecencia son más, como el del caso de Paco Lobatón. También de Canal 9, por su colaboración y cesión de los hechos (À Punt Mèdia). Recordaba Oleaque cómo el vodevil de El juí d’Alcàsser llegó –entre otros extremos– a llevar a unos pseudo enterradores de los cuerpos de las niñas. Acabaron yéndose antes de que la policía llegase a arrestarles. Por no hablar de la comparecencia, pero no en cámara, de Pepe Navarro. Comparecencia por venta de material audiovisual, pero cuyo papel fue también fundamental para que Alcàsser se convirtiera en el mito que es –imaginen el recorrido de las teorías de la conspiración sin la existencia del Mississippi–. Navarro queda en una especie de neblina beneficiosa. ¡Si hasta le obliga a rectificar a Juan Ignacio Blanco por decir el nombre de un gobernador civil –sin la menor prueba– implicado en la producción de películas snuff

    La gran entrevista del caso, Anglés y Ricart a un lado, sigue pendiente y pertenece a una mujer con la capacidad e inteligencia suficientes como para ponderar los hechos, la creación de un personaje por parte de Fernando García, el juicio y la trascendencia de los acontecimientos: Rosa Folch. La producción no logró doblegar su posición firme frente a la gran bola mediática generada de manera negligente y sin protección desde los 90. De repente, Matilde, la esposa de Fernando García, que aglutina a mi juicio las escenas más dolorosas de la revisión en esta producción, desaparece del relato sin la menor explicación. Una explicación relevante, imprescindible, para comprender a Fernando García. Sobre todo, al García que aparece en cámara ahora. La incomparecencia (voluntaria) en cámara de Joan Oleaque o Nerea Barjola, por haber escrito los ensayos de origen y conclusiones con mayor perspectiva del suceso, pesan en menor medida, pero hubieran fortificado un trabajo aún más solvente.

    No obstante, entre las dudas e incomparecencias, sorprende la ausencia de un relato sociológico en el documental. La relevancia de Alcàsser pasa por un cambio de régimen político real. Un cambio de paradigma a nivel social casi por completo. Las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado cambian con Alcàsser. La prensa cambia con Alcàsser. La televisión como locomotora cultural nace con Alcàsser. Lo peor de muchos ámbitos y algunas aristas en positivo, cambios a mejor, surgen con Alcàsser, pero trascienden el suceso. La importancia está en el relato sociológico. Como ya describe Barjola en Microfísica sexista del poder, es relevante comprender la existencia y libertad de la mujer española. De la que se viene y a la que se va. Es importante comprender cómo hay fuerzas del poder conservador que, tras una década de inflexión, interpretan los 80 como el exceso de libertad del que hablábamos al inicio. A nivel Estado, como nunca antes, se habla de la vuelta a un Gobierno de orden. Nace el relato del miedo y su discurso lo asume el propio PSOE, corrompido y agotado tras abandonar –como toda la socialdemocracia europea del la época– la lucha de clases por el neoliberalismo. Llega la Ley Corcuera como síntoma de todo ello, pero no hay rastros de nada de todo esto en el documental. Y es lícito, porque es un enfoque, pero sabe a oportunidad perdida dados los recursos.

    El efecto sobre las libertades, especialmente la sexual y la de expresión, es la esencia de Alcàsser. El mito que trasciende no son los crímenes, cuyo respeto por parte de los creadores del documental sí creo que ha sido exquisito. Sin embargo, la previa, el poso y nuestra fotografía más actual convierten a Alcàsser en un objeto de análisis sociológico cada vez más alejado del detalle en el procedimiento. Quizá porque, para quien ha leído y estudiado el caso, las aportaciones de esta producción son contadas y ya han sido mencionadas hace unos párrafos. Por eso, quizá, cualquier revisión de Alcàsser sigue pendiente. Es vigente. Porque la captura de los hechos con mayor intensidad no tiene que ver con este pueblo de l’Horta Sud, ni con las víctimas ni con sus familias, sino con el foco exclusivamente en el presente para comprender las consecuencias de un hecho que, como decía al inicio, sigue siendo incomparable y suponiendo, desde la sociedad, el cambio de régimen real que nunca hubiera sucedido por su cuenta desde las instituciones ni desde la política. España era una fiesta en 1992, pero la madurez no la alcanzamos mientras la fecha volaba hacia el pebetero de Montjuic. Por desgracia, el cambio de régimen acabó con la vida de tres adolescentes de Alcàsser.

  • gLovers

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Adrián y Laia están enamorados. Al menos, eso creen. Enamorados en la forma en la que alguien se enamora antes de los 20. Ahora llevan casi dos años juntos. Nunca han dicho que sean novios, pero a ojos de sus amigos lo son. Ellos prefieren evitar esa palabra. Parece como si no pudiera definir la manera en que, desde hace tiempo, ella y él se han dejado caer por completo en el otro. Han encontrado otra: “simbiosis”. Es rara, pero les gusta desde que ella la subrayó en su libro Biología 2 de Bachillerato: “asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, sobre todo si los simbiontes sacan provecho de la vida en común”.

    Más allá de las palabras, una imagen define su estadio de confianza: de cuatro de la tarde a doce de la noche, de martes a domingo, Adrián y Laia trabajan abrazados. Son glovers. Ese es el término que utiliza una empresa de mensajería para referirse a los autónomos que curran para ellos. La pareja es un código en un mapa circulando a cierta velocidad por València. La vida colgada de un algoritmo y las necesidades de recogida y entrega de bultos. Él conduce y ella se ha convertido en la paquete más eficiente. Pronostica rutas fluidas y, así, aunque apenas superan los 700 euros limpios al mes, sobreviven mientras Laia estudia Derecho.

    Pertenecen a ‘diferentes especies’ a ojos del Estado. Él es venezolano y lleva mucho tiempo en situación irregular. Por eso, ella es la autónoma y “colaboradora” a ojos de la empresa. Él empiesza “a glovear” unas horas antes de que Laia salga de clase. Desde hace un par de semanas ha cubierto él solo la ruta para que estuviera liberada durante sus primeros exámenes en la Universidad. Se ha notado. Ella se encarga de recoger y entregar, mientras él apenas detiene el vehículo. Por separado son menos eficientes y sospechan que la agilidad ha empezado a penalizar al que es uno de los códigos más valiosos para la empresa en su ciudad. La única bonificación recibida hasta ahora por ello es la de elegir horario y tener trabajo constante.

    En estas semanas sin tardes de abrazos, ambos han tenido algo más de tiempo para pensar. Sobre todo porque, hace unos días, Laia recibió una carta de la Seguridad Social en la que se le advertía de que su caso estaba siendo investigado como un posible hecho de ‘falso autónomo’. La primera reacción fue de enfado con la Administración. No olvidemos que es la misma que considera irregular a Adrián. Gloverar permite que él trabaje. Incluso, que estén juntos. Sin embargo, la carta ha abierto la espita de la sospecha. Laia no cree que pueda compaginar la carrera con un trabajo distinto y él…

    Si dejan la moto, no habrá paro. Si siguen, tampoco habrá vacaciones y cada mes está más cerca el fin de las bonificaciones en la cuota de autónomo. ¿Cómo van a seguir adelante si esa cuota mensual sube a 283,30 euros? No tienen un salario fijo y hay quincenas (la empresa retribuye cada 15 días) en las que el número de repartos cae hasta sisarles 150 euros de la previsión habitual. Para que la remuneración sea interesante, al menos han de trabajar 10 horas al día, seis días a la semana. Desde que empezaron, el precio de la gasolina ha subido, pero ni las cuotas ni las bonificaciones se han modificado. Y, lo peor de todo, es que han asumido que ahora no pueden parar: comparten un piso con otra pareja, 250 euros de alquiler con gastos incluidos.

    De momento, tampoco nadie les ha tendido la mano desde ninguna organización sindical. El sistema, en gran medida, salvo que algún día alguien les capte en la calle, les hace invisibles. La situación de Adrián tampoco les anima a interactuar en exceso con otros repartidores. Circulando a cierta velocidad de un lugar a otro de València, la Kymco Gran Dink de 125 cc (2005, 78.000 km) podría empezar a dar problemas en breve. Si se estropea, quizá tuvieran que pedir algún pequeño préstamo. Ya lo han pensado, ¿pero cómo iban a devolverlo? Y eso que la familia de Laia la deja exenta de quebraderos de cabeza con los pagos de la Universidad, que pese a ser pública, ella no hubiera llegado a costearse.

    Pese a lo mucho que trabajaron durante las lluvias de noviembre, Laia y Adrián solo se han caído una vez. Un espejo, un rascón y el susto. Esa es, de todas, la gran incógnita. Qué pasaría si la próxima vez que se vayan al suelo no hay tanta suerte. Después de tantos meses abrazados sobre la moto, este parón por exámenes ha despertado las primeras incógnitas en una relación abocada a desarrollarse en torno al trabajo. Convertidos en simbiontes que sacan provecho de la vida en común, el ruido del tráfico y la incertidumbre de sus pensamientos contrastan con la asepsia de su código moviéndose sobre el mapa. Recogida y destino. Aunque ellos desparezcan del mapa, la aplicación seguirá funcionado y nosotros consumiendo sin hacernos las preguntas más evidentes.

  • Las Fallas, el Prado y la Cultura de los ‘cuantis’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado martes cumplimos con el rito: botar-li foc a miles de obras de arte por San José. Las Fallas son –pese al alcohol– una de las expresiones creativas más relevantes del mundo. Urbano y efímero, el carácter brutalista e invasivo de estas artes es difícilmente comparable. Entre otros asuntos, por su capilaridad urbana y social. Antonio Ariño cuenta que, quizá, solo el Carnaval en Río es capaz de lograr una voz propia por cada palmo de la ciudad. Gil Manuel Hernández recuerda que, eso sí, en el esplendor fallero pre franquista (o sea, pre ofrenda, pre mascletà, pre falleras mayores, pre indumentaria…) las Fallas congregaban a los vecinos de las calles adyacentes al cadafal. Ahora sus miembros –y, por tanto, sus mensajes– pueden llegar desde la otra esquina de la provincia. Con todo y con eso, un marzo tras otro hay un sinfín de ideas interrumpiendo la vida cotidiana y el tráfico para contar historias a través de figuras, textos, pólvora y música.

    Sin embargo, ¿en qué piensan los españoles cuando piensan en las Fallas? ¿Qué percepción sobre su gigantesca potencia artística tienen las y los valencianos? ¿Cómo influye en esta expresión que los premios se concedan a razón de su precio (lo cual les aísla del resto de artes; como si en Cannes las películas indies no pudieran ganar la Palma de Oro)? ¿Cómo influye que no haya mujeres (2019) en los jurados y su percepción crítica para los premios? ¿Qué pintan los artistas falleros y por qué su voz se ha convertido en una especie de gemido victimizado? Son muchas las preguntas, pero la más inquietante es, ¿son las fallas una representación artística y se percibe como tal? Calar, calan, ¿pero cuál es su futuro en este sentido y qué papel han de cumplir al respecto los agentes implicados?

    El pasado martes, mientras cumplíamos con el mito de quemar miles monumentos a lo largo del territorio, el Museo del Prado presentaba su primer estudio sociológico “sobre los españoles” y la institución bicentenaria. El 94,88% asegura que es una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal (salvada por un valenciano). “Una de las grandes aportaciones”. Una de tantas o, al menos, una de varias. ¿Creen los españoles –incluso, las españolas– que las Fallas son “una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal”? ¿Lo son? ¿Quién financiaría ese estudio y quién pone el foco hoy sobre el patrimonio inmaterial que ya es? ¿A quién y a cuántos les interesa que esa sea la percepción y a cuántas comisiones y no falleros les importa esa idea de fuera hacia dentro y de dentro hacia fuera?

    Con cierto sentido, la idea ‘fiesta’ se impone a cualquier otro aspecto de las Fallas. Especialmente, si el 19 de marzo da como para puentear un fin de semana. No obstante, la coincidencia en la fecha (19 de marzo) de la presentación del estudio del Prado me sirvió para reflexionar sobre algunas de las ideas ‘cuanti’ del asunto. La más sorprendente es que a los medios de comunicación generalistas les pareció muy relevante que algo más de un tercio de la población no hubiera ido al Prado. Y ese fue el mensaje en sus redes. Facebook se llenó de ‘reacciones’ con lagrimita, como pensando que qué pobres y qué pena de sociedad la que no ha hecho check-in en el Prado. A nadie le dio por recordar que La maja desnudaEl jardín de las delicias Las meninas son, ante todo, un fondo para selfies. Una experiencia conocida y a capturar como la de quien viaja a París con su pareja o hace un bautismo de surf (aunque ni antes ni después vaya a posar sus pies descalzos en un trozo de poliuretano).

    Si alguna cosa puede aportar el arte es, sin duda, desde lo imprevisto. Desde el desconcierto. Y no es un movimiento minoritario, sino cada vez más pronunciado, el de las personas que, en esta futura crisis del concepto turista, comprende que si en la vida ha de toparse con momentos propios, solo podrá hacerlo desde la sorpresa. El Prado contiene toneladas de riqueza por metro cuadrado que, por desgracia, dada la tendencia ‘cuanti’ de las políticas culturales y sus efectos, llevan a que ese templo se contemple desde la previsión. Huelga decir que en la citada encuesta, a alguien se le ocurrió que era muy oportuno preguntarle a los 3.321 encuestados con quién les apetecería visitar el lugar: la respuesta mayoritaria de fronteras hacia dentro fue Rafa Nadal (17,78%); de fronteras hacia fuera, su respuesta les describirá aun más y mejor a qué tipo de experiencia ligan los visitantes del Prado su viaje a través del arte pictórico más elevado: Will Smith (17,43%).

    No me extiendo mucho más en los datos para dejar clara cuál sigue siendo la grandísima oportunidad de las Fallas para todos: a los 3000 julianes a los que se les hizo la encuesta sociológica del Prado se les preguntó cómo les gustaría visitar el museo. Y sí, el 70,43% respondió que en pareja, pero el dato más relevante se encontraba justo después: dos de cada tres admitieron que la forma en que preferirían someterse a la experiencia era “de manera espontánea”. Si hay algo que recorre cada día las salas del Prado es un exceso de canon. Un patrón de visita que se repite, excepto en las caras de los estudiantes de arte y los visitantes más habituales que pasean por allí como quien vagabundea por el Retiro. Incluso, pese al peso de la fiesta, las Fallas son increíblemente actuales y vigentes un año tras otro como para ser visitadas “de manera espontánea”. 

    El amor propio de valencianas y valencianos y la consciencia de este potencial no se relaciona con un empeoramiento de lo que se disfruta; al contrario, enriquecería todos los aspectos del rito. Incluso, las desafecciones vecinales que, aunque haya momentos del curso que inviten a pensar lo contrario, afectan y no agradan a los implicados del casal. Incluso, a la deseada “calidad de los visitantes” desde la empresa privada, a los que se pretende menos ruidosos, más educados y con un gasto medio superior. En la guerra de los ‘cuantis’ sociológicos de la Cultura, las Fallas tienen pistas de sobra como para modelarse progresivamente hacia sus potencialidades (otra de ellas, su aportación en acciones sociales, de las que podemos hablar otro día). En las batallas por los ‘cualis’ –por valores cualitativos–, las Fallas tienen razones de sobra para sobreestimarse. Si algún día calara este mensaje de forma interna, la sociedad valenciana estaría a un paso de atraer a otro tipo de actores. De conectarse a través del arte con referentes internacionales del arte (de cualquier arte) y enriquecerse como colectivo a través de su máxima expresión pública. Y lo mejor de todo: sin renunciar a nada.

  • Qué demolemos con Arabesco

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La nostalgia es uno de los alimentos menos saludables para la memoria. Su infinita capacidad para deformar lo sucedido y las endorfinas que se liberan al aceptar que cualquier tiempo pasado fue mejor la convierten en grasa saturada para la Historia. La juventud de los 80 y los 90 en València lucha contra ese tejido adiposo en el que se ha convertido el relato en torno a las discotecas. Un fenómeno sin nombre definido, pero atiborrado de etiquetas (y pegatinas). Un movimiento al que le caben sin el menor criterio ni criba los atrevimientos musicales de Juan Santamaria en Oggi o Carlos Simó en Barraca, el interiorismo de Dúplex, las artes performativas de Putre Plastics, los conciertos de Nick Cave en Arena o Nina Hagen en Isla, los parkings de N.O.D. o Heaven, y hasta la autarquía sonora de Arabesco hasta Rockola. Todo vale para los que les vale todo. 

    La estatura cultural, la importancia de las cosas, para convertirse en debate, para quien tiene esa necesidad de fijar su influencia, necesita de un ejercicio de lectura comparada. La nostalgia cabalga justo en la dirección contraria a la lectura comparada de los hechos. Los datos, los nombres y las fechas se alteran según a cada cual le acomode mejor el recuerdo y, por si fuera poco, los recuerdos hace tiempo que pasaron a ser un ejercicio de periodismo-ciudadano-ficción en Twitter y Facebook. El último de los casos de estudio es el que se ha derivado del inicio de la demolición de Arabesco. Una obra civil que ha liberado todo tipo de relatos durante los últimos días en torno a la Ruta sin apellido, el ocio nocturno (y vespertino) y la juventud valenciana de los 90. 

    Arabesco («a ver qué pesco», según la tradición oral) cerró hace más de una década. Fue una discoteca surgida al calor de la masificación y con vocación y capacidad para las masas. La edificación tan anacrónica como memorable ocupó el lugar que cada uno de los miles de perfiles en cualquier red social ha dicho que ocupó, porque la noticia, lo relevante, tiene poco que ver con el relato musical de lo vivido: la discoteca destino de l’Horta Sud se convertirá en un hipermercado y un restaurante de fast food. De esta manera el palacete arabesco (tener por nombre un adjetivo podría haber sido uno de sus mayores riesgos conceptuales) seguirá la senda de Puzzle, Arena o los cines Oeste, Iberia o Martí: convertirse -o intentarlo- en un referente del consumo de aceite de palma. 

    El mismo suceso, trasladado a la ciudad, podría equipararse a la sustitución en superficie y sótano del cine Serrano por un Zara o del Eslava por un Druni, ambos en Passeig Russafa. Los cines, las salas de conciertos o las discotecas se convirtieron en una necesidad para los que soportaron la imposibilidad de expresarse con libertad durante los 60 y 70. Una necesidad que apretaba como la sed. Así y allí surgieron, aunque alcanzaron su multiplicación durante la década de los 80 para desaparecer en la homogeneidad de los 90. Una necesidad que ha sido sustituida -y es el tuit que he echado en falta, el post en Facebook más allá del cantar de gesta generacional- por comprar envasados, por vestirse a la moda; por recetas de prime time, por Instagram stories.

    Y no es imprescindible bajar al detalle para entender que la gente de aquellas décadas también comía, se vestía y, con toda intencionalidad, mantenía el apetito por consumir una vida más allá de las necesidades fisiológicas: alimentarse, cubrirse, ¿perpetuar la especie? Un lento regreso a la caverna retransmitido online y que tiene sus garantías de fracaso donde casi siempre: el undeground que, como entonces, mantiene la tensión, la misma ansiedad por explorar y autodefinirse sin prejuicios ni herencias. En su caso, más allá de las fronteras rotas del comercio global. O sea: más aquí. Un underground perceptible en la ciudad, cada vez más vivo y por supuesto alejado de todo aquello que la Administración apoya y los medios acertamos a capturar.

    La demolición de Arabesco puede servir para tomarse un minuto y reflexionar. Todos. Los de entonces y los de ahora. Los de antes y los de en medio. Cada vez que un icono desaparece -por kitsch que este sea-, tenemos esa oportunidad. Y es sano aprovecharla. No hicimos lo mismo siempre y es algo que, como sociedad, seguro, nos pesa. Qué demolimos cuando bombardeamos el Palau del Real para defendernos de los franceses. Qué se quemó cuando -a coste de la Guerra Civil- un incendio acabó con los frescos de los Santos Juanes. De qué nos privamos cuando se retiró el pabellón sobre el mar del Balneario de Las Arenas o de qué nos alejamos cuando deshicimos la reforma de la Plaza del Ayuntamiento de Goerlich. Y con otras tantas demoliciones… ¿qué? Ahora, ¿qué demolemos con Arabesco?