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  • Eindhoven: pornografía para diseñadores y hedonistas

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    De los viajes hay que escribir en caliente, pero una vez aterrizado. Así uno todavía recuerda el impacto de no haberse encontrado ni un excremento de perro por la calle pese a la escasa presencia de trabajadores de la limpieza. Así, al contraste con las primeras horas en casa, uno se queda mirando al infinito al rememorar que ha sido incapaz de tomarse un café al que ponerle peros durante el viaje. Eso, o que ha tenido la sensación de ser uno de los no muchos turistas de la ciudad, algo que sin duda ayuda a creer que está conociendo verdaderamente el entorno real del sitio que visita. Y todo eso, en este caso tan reciente, en una ciudad que respira diseño, arquitectura y civismo por los cuatro costados. Un golpetazo de calidad de vida en el que, además, cabe la posibilidad de ser muy hedonista. Hablamos de Eindhoven.

    En lo que respecta al aspecto gastronómico, es difícil pasar por alto que en la quinta ciudad por población de Holanda hay una especie de embajada valenciana en la casa de Adrián Zarzo. O en sus casas, mejor dicho: Zarzo, Valenzia o Bodega. El primero es el que posee una Estrella Michelin, pero más allá del buque insignia, situado a los pechos del canal Dommel, Valenzia (Big Gourmand para Michelin) posee una terraza envidiable. Midiendo los tiempos, se puede atravesar la cocina fusión de base mediterránea de este local por menos de 40 euros. Y ese nivel de precio podemos encontrar en el muy recomendable Umami (Big Gourmand para Michelin), restaurante de cocina asiática moderna donde mariscos, pescados frescos y verduras (encurtidas o genialmente interpretadas) marcan la carta. 

    Cualquiera de los citados serviría para epatar al turista, pero la lista es extensísima y en las cotas más exigentes incluiría seguro el Wiesen o el De Karpendonkse Hoeve, ambos Estrella Michelin. El primero, muy cerca de una experiencia elitista en ambiente y presentación de platos de alta cocina; el segundo, algo más próximo a ideas tradicionales y la cocina clásica del entorno en una auténtica casa de campo de Eindhoven. Son ejemplos de un nivel gastronómico muy alto que, como ya nos comentó Zarzo en la conversación enlazada de hace unos meses, deriva de una alta cultura en lo que a la creación culinaria se refiere. Sin mencionar quedan hasta tres locales con dos Estrellas, pero no deja de ser una fotografía del nivel.

    Ruta hedonista

    Lo mejor de la Champions no son tanto todos esos jugadores, sino el segundo equipo y la cantera que tan próxima nos resulta en Guía Hedonista. Una ruta básica para un día cualquiera pasaría por salivar en este orden: desayuno en Lucifer, que además de unos sandwiches elaborados con la sabiduría del maligno, posee un cruasán con mantequilla y mermelada que se sitúa entre una de las cinco cosas que hay que vivir sí o sí en Eindhoven. El café, apasionante. El almuerzo le corresponde a una de las hamburguesas de Mr. Sister, solución para cualquier mediodía (ojo, comen entre las 12 y las 13h. Por suerte, casi todos los locales son non stop kitchen, pero si quieres compartir biorritmo, baste decir que a las 18h han cerrado todas las tiendas). Vegana y clásica, ideales. El aperitivo, para ir aproximándonos al espíritu diseñil de la ciduad, lo haríamos en el Cafe 100 Watt. La enésima fábrica reconvertida a micro market de artesanos contiene un delirio de craft beers y tapas a orillas del Dommel. Por último, la cena más desenfadada puede suceder en el Down Town Gourmet Market. De poke bowls a pizza pasando por sushi o cocina vietnamita. En este mercado gastronómico, si el tiempo acompaña, la noche sirve también para saciar distintos apetitos desde distintas afinidades.

    La ruta propuesta tiene muy en cuenta que la distancia entre todos los mencionados no superará los 500 metros. En algunos casos, como el de Lucifer y Mr. Sister, pared con pared. El tamaño de la ciudad es una delicia, pero más lo es todavía llegar en bici a otros polos de interés creativo en lo gastronómico. Como por ejemplo el que te lleva a la zona de Strijp-s, done en apenas unos metros encuentras el popular restaurante Radio Royaal –si todos son carne de Instagram, este es el entrecot–, Pastryclub o el sanote Ketelhuis. En apenas un área de 50 metros, donde los estudios de creadores se recrean en los espacios antiguamente ocupados para Philips para la construcción de equipos, heladerías, herbolarios, tiendas de vinos, salas de conciertos y hasta un restaurante indonesio conforman otro de los barrios de interés en Eindhoven.

    Diseño por un tubo (de Philips)

    Cuando uno pasa por la plaza del Ayuntamiento de Eindhoven y ve que todo el mobiliario urbano de la misma son dos instalaciones de skate, algún tipo de modernidad intuye. Porque no es solo que esas sean las únicas dos instalaciones; es que la plaza en sí es un gran espacio abierto en el que a lo largo del día –especialmente niños y muy jóvenes– practican con sus bicis, patines y patinetes. Y eso es lo que sucede, en tremendo contraste con la feria de las franquicias que es la plaza del ayuntamiento más propia. Pero no es una pose, porque Eindhoven tiene el skate park bajo techo más grande de Europa (en la quinta ciudad por población de un país con 17 millones de habitantes). Ese lugar es Area 51, donde el solo hecho de ver a tanta gente patinar ya le evade a uno hacia algún pensamiento imprevisto y creativo.

    Entre los tópicos de la ciudad se encuentra el que tiene que ver con su inminente Eindhoven Market Faire. La feria de creadores que rima con una realidad: es la ciudad con mayor número de patentes por habitante año tras año. Y eso tiene mucho que ver con Philips, porque si bien fue Edison quien se adjudicó el invento de la bombilla, en Europa fue la familia Philips quien la fabrico principalmente. No se quedaron ahí: el Museo Philips, situado ante unas majestuosas, modernas e interesantes facultades de diseño gráfico e industrial, muestra toda la historia del siglo XX a través de esos objetos cotidianos a los que llamamos electrodomésticos. Es una primera pista de una escalada de diseño que abarrota la ciudad, porque no es normal que en las decenas o centenas de oficinas vistas a través de las grandes cristaleras –muchísimo cristal; muchos meses en gris al año– la cantidad de mobiliario de alto diseño sea tan desmesurada.

    De hecho, en el apartado gastronómico el diseño parece de otra liga. La influencia constante por estándares de calidad altísimos en diseño impregna toda la ciudad. Y los ejemplos son como de ida y vuelta, pero con un polo de atracción particular en la fábrica, taller, estudio, tienda de muebles y souvenirs que tiene Piet Hein Eek. Este muy popular diseñador mantiene su base de operaciones en Eindhoven. Encargado de idear cada año –desde hace muchos– el restaurante del Salone del Mobile de Milano está allí trabajando mientras algunos empleados se encargan de dirigir las visitas. 

    A unos 5 minutos en bici del centro de Eindhoven, pocos lugares pueden ser más inspiradores para diseñadores, interioristas y arquitectos. Piet no solo tiene allí su estudio –cuando llegamos, como si de un anuncio se tratara, delineaba frente a su tecnígrafo rodeado de jóvenes diseñadores–: mantiene en su factoría dos espacios expositivos con artistas internacionales.

    Excursiones, parques y más café

     Los carriles bici no se acaban nunca, como pudimos comprobar hasta llegar al Van Gogh Bicycle Path: unos 500 metros de carril bici, a una hora andando del centro de Eindhoven, donde La noche estrellada (1889) aparece en la más absoluta oscuridad en el suelo de ese carril bici. Dos minutos antes de llegar, parece una locura haber llegado hasta el lugar –sin que los carriles bici hayan cesado en ningún momento–, pero luego, la experiencia nocturno de la pintura fluorescente y las formas vangoghianas dan sentido al viaje. Uno más que conviene hacer en bici, herramienta por la cual se consumen sus muchos museos y galerías de arte privada en apenas dos o tres días. Eso sí, entre los museos, por su situación y presencia arquitectónica externa, pero por su ambición expositiva interna, merece especialmente la pena destacar el Van Abbemuseum. Un museo de arte moderno y contemporáneo también impropio para 250.000 habitantes.

    Los futboleros también verán inserto el majestuoso Philip Stadium del PSV Eindhoven según lleguen del coqueto y eficaz aeropuerto, súper conectado con las grandes ciudades europeas. Más allá de su propio museo del fútbol, más allá del también sui generis Mu artspace, más merece la pena una visita a la Design huis (otra escuelita de diseño de puertas abiertas), un desayuno más en Meneer de Boer o un café en CoffeeLab (dicen que no de los mejores del mundo; sin duda, muy premiado). En bici, nada de todo esto ni de lo anterior, a más de 5 o 6 minutos. Y todo ello regado con un alto grado de hospitalidad y afabilidad, propio de una ciudad que, como decíamos, está muy lejos de sentir el temblor del turismo de masas. Ni siquiera su interesante catedral neogótica o el resto de emplazamientos religiosos tienen más población que la que profesa su credo.

    Eindhoven, ciudad que fue española durante décadas y por la que el todavía Imperio –o sus rescoldos– vertió su sangre, sufrió una auténtica devastación tras la Segunda Guerra Mundial. Por ello, en parte, el diseño de sus propias calles es de una racionalidad aplastante. Un diseño de fuera adentro de las casas que, en el 95% de los casos, no superan las dos alturas. Cada distrito parece repartirse un único rascacielos, siempre con usos hoteleros, hosteleros e incluso culturales. Por ese motivo, las ofertas de apartamentos vacaciones o vivienda compartida en la ciudad –salvo malas excepciones– resultan de lo más estimulantes para un urbanita. Hasta en eso se transpira calidad de vida que, por otro lado, sorprende en los precios de sus supermercados: pescado y carne, entre muchas otras cosas, son incluso algo más baratos que en España.

    Por todos estos motivos y muchos otros, por la facilidad de encontrar alojamiento a un precio muy competitivo y por la cantidad de enlaces de su aeropuerto, Eindhoven bien merece unos días. 

  • «Que se jodan»: un libro revela cómo Valencia se convirtió en el cliente paradigmático de Calatrava

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    «La relación de Calatrava con su gran obra valenciana [en referencia a la Ciudad de las Artes y las Ciencias] está viciada desde su contratación en la época socialista. Ahí está el germen de su fracaso. Se firmaron contratos con Calatrava que son draconianos, totalmente descompensados tanto en lo económico como por el hecho de que desactivan los mecanismos de supervisión pública. […] el cliente debe poder ejercer un control técnico, y estar facultado para, en caso de desacuerdo, rescindir el contrato. Con Calatrava, todo eso es muy complicado. Hay penalizaciones. De manera que los gestores del proyecto tuvieron las manos atadas. Primero los socialistas. Y luego, con el programa ya modificado, los populares».

    Este primer párrafo es solo un extracto del centenar de voces, muchas de ellas testigos participantes y otros ex trabajadores del estudio de Santiago Calatrava (Benimàmet, 1951), que hilvanan el reciente Queríamos un Calatrava. Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio (Anagrama, 2016). El que fuera responsable durante dos décadas de la sección de cultura en La VanguardiaLlàtzer Moix, ha revisado decenas de casos, visitado quince ciudades y plagado de relatos al origen del caso Calatrava que exploró en su anterior título, Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim (Anagrama, 2010).

    Y es interesante como tras 300 páginas de reportaje periodístico, la gran pregunta –¿por qué?– en torno al fiasco del aquitecto valenciano en su ciudad y en el mundo conecta las conclusiones de Moix con las de Juan Reig, arquitecto implicado en el desarrollo de Cacsa desde 1994 hasta 2009 y responsable del entrecomillado inicial: «en Valencia reproduce una serie de comportamientos como profesional que acaban siendo lesivos para el cliente y que acaban por reproducirse. Ese cliente público no se dota técnicamente para tener capacidad de controlar la obra en términos económicos. En el caso de los arquitectos, surge el paradigma de que Caltrava hable con el president de la Generalitat y decidan, sin atender a cualquier caso a los técnicos [arquitectos] que había en Cacsa, que advirtieron de que éste no podía controlar todas las partes del pastel», resume Moix en declaraciones a Valencia Plaza.

    «Los valencianos no podían alegar desconocimiento»

    Para los interesados en la carrera de Calatrava, el libro es vasto en la descripción de rasgos personales y profesionales. Hay curiosidades tan ricas como la casual llegada de Calatrava a París en pleno mayo del 68. El escenario que el arquitecto de Benimàmet se encontró en la capital francesa frustró su inquietud por las Bellas Artes, para acabar retomando el automanifiesto ‘Por qué quiero ser arquitecto’. Desde esos rasgos fundacionales, pasando por sus rutinas productivas y aspectos como empresario hasta los agresivos entrecomillados que las fuentes de Moix suscriben y que han vuelto a generar la polémica durante los últimos días. Desde el «Tenerife no me merece«, hasta el «que se jodan«.

    Esta última expresión ya ha sido desmentida por el estudio de Calatrava a El Mundo. En el libro publicado por el ahora subdirector, editorialista, columnista y crítico de arquitectura de La Vanguardia, aparece así: «Un conseller nos hizo ver que en el Museo Príncipe Felipe no había aseos suficientes. Se lo comuniqué a Santiago y lo que me dijo fue que tampoco el Partenón los tenía y que no por eso se dejaba de ser un gran edificio«, apunta un empleado del momento en el estudio, y Moix remata con la expresión entrecomillada que inicia el título de este artículo sin definir cuál o cuáles de sus fuentes la certifican. Es, según se mire, no menos agresiva que sus reacciones a la conocida construcción de butacas ciegas en el Palau de les Arts: «mientras proyectábamos la obra, le reiterábamos una y otra vez que el diseño de la sala cegaba muchas localidades». Este trabajador asegura que Calatrava justificó: «También en la Scala de Milán hay butacas sin vista, y eso no importa porque la gente va a escuchar y a aprender, antes que a ver». Un trabajador hizo una propuesta por su cuenta para solucionar el entuerto, Calatrava pidió su despido -siempre según la fuente- y, finalmente, cuando Les Arts se inauguraron con esas butacas ciegas «no quedó más remedio que eliminarlas».

    El sinfín de anécdotas, por así llamarlas, no tapa uno de los aspectos más interesantes en la actualidad para el análisis del caso valenciano con Calatrava; el punto de partida de las relaciones entre el arquitecto y Valencia. El libro es capaz de revelar con claridad como la ciudad -y la Generalitat- tuvo esa sed insaciable por sus proyectos (Alberto Ruíz Gallardón definió la ausencia de su obra en Madrid como «una herida que nos dolía») después de que triunfara en el extranjero y en Barcelona. Residente en Zúrich desde los años 70 y hasta la actualidad, el de Benimàmet tuvo que triunfar en Stadelhofen -acaso su obra pública de mayor equilibrio y relevancia- y en Barcelona. Cuando Europa empezó a desearle, los dirigentes socialistas de la Generalitat Valenciana y el Ayuntamiento de Valencia entendieron que debían ‘apropiarse’ de esta posibilidad, ofrecerle un escenario propicio. Así surgió hace 30 años el terriblemente problemático proyecto del puente del Nou d’Octubre. La experiencia no sirvió para que las Administraciones cesaran las relaciones: «volvieron a pasar por los mismos problemas y cometer los mismos errores en Valencia cinco, seis o siete veces», apunta Moix a este diario. 

    El caso Nou d’Ocutbre

    Las fuentes del libro son tan interesantes que van desde el expresident Joan Lerma («con un discurso muy cauteloso, propio de un político que lleva decenios tratando de no pillarse los dedos cuando responde a un periodista») o el múltiple exconseller y presidiario Rafael Blasco («admito que ha habido cierta autocomplacencia, pero no sólo en los genios, también en los representantes institucionales, convencidos de que al gran proyecto arquitectónico daba rentabilidad política». Hay quien se envuelve en esa capa o, por decirlo coloquialmente, busca un proyecto que le salve la legislatura»), hasta los exempleados, ingenieros y arquitectos valencianos que trabajaron intensamente en el estudio y dan voz al relato de Moix, como el ya citado Reig, Fernando Olba o Cristina Martínez. Son solo unos pocos ejemplos.

    Todos ellos orbitan en torno a las obras de un Calatrava al que el libro de Moix -huelga decir que mantiene un tono crítico sobre todas las voces, pero no es un baqueteo al nombre de Calatrava desde un enfoque personalista- muestra complacido de volver a Valencia tras sus primeros pinitos internacionales. En plena construcción del polémico Bac de Roda en Barcelona, el Ayuntamiento de Ricard Pérez Casado fomentó la construcción de un puente a la altura de Mislata y sobre el ‘nuevo-viejo’ cauce del Turia, a costa de la llegada de la compañía Continente. La empresa posteriormente absorbida por Carrefour aceptó que «el joven arquitecto» se encargara del puente siempre y cuando no costara más de 200 millones de pesetas. Lo que sucedió a partir de entonces es parte de ese caso paradigmático, que confirma Moix a Valencia Plaza, tiene ecos y reflejos en la posterior carrera de Calatrava.

    Al concurso público de construcción se presentó media docena de empresas. Ganó la de la oferta más barata: 428 millones de pesetas. Era Cleop. Uno de sus directivos es el interlocutor con Moix y explica que la suya era la más asequible. Continente dijo «200», pero el proyecto no podía bajar de esa cifra. De entrada, se aceptó el presupuesto más bajo por la razón, sencillamente, de serlo. Antes de iniciar ningún movimiento, se le exigió a la constructora, ‘ya contratada’, que redujera costes. Cleop propuso sustituir el hormingón blanco -quizá les suene- por el gris o sustituir las luminarias diseñadas ex profeso por Calatrava por iluminación pública convencional, entre otros cambios. Tal fue ‘el tajo’ al planteamiento inicial de Calatrava que «bajamos hasta 250 millones de pesetas«, «Calatrava dio el visto bueno, se firmaron nuevos contratos» y la obra empezó a edificarse en julio de 1987.

    La obra duró hasta que llegó el primer camión de hormigón, cuenta este directivo de Cleop: el hormigón era gris y no blanco, así que «los ingenieros de Calatrava se plantaron«. Tenían «órdenes de no aceptar otro. Eso generó discusiones y un primer parón de la obra». Recordamos que se habían reescrito los contratos y que se habían modificado para hacer una rebaja del proyecto hasta los 250 millones de pesetas. ¿La clave para el desbloqueo? Continente ya había iniciado la construcción del hipermercado y la licencia de actividad iba a depender de ese puente. ¿La solución? Hija de su tiempo y de sus gestores públicos -y promotores de estos puestos públicos desde la influencia empresarial y privada-, «que una vez terminados los trabajos se decidiría cómo suplementar los sobrecostes«. A esto le llamaremos modus operandi valenciano.

    En las vísperas de Navidad se abrió al tráfico una de las dos pasarelas gemelas que conforman el puente. En ese momento, según acta notarial, el coste de la obra era de 256 millones de pesetas. El coste que ya se decidiría que hacer con el bajo el modus operandi valenciano, rondaría los 370 millones de euros según ese documento al que hace referencia el libro. Continente se plantó en 250 millones de gasto, no firmarían ninguna responsabilidad de pago posterior. Cleop cerró con vallas el puente que permaneció, siempre bajo el modus operandi valenciano, «ocho o nueve meses» cerrado, tras pasar unas felices Navidades al 50% de su futuro rendimiento. Tanto se enquistó el asunto que el presidente de la empresa de distribución de alimentos, Alfonso Merry del Val, aceptó subir su horquilla de pago hasta los 300 millones de pesetas. El Ayuntamiento, que no retiró las vallas que perimetraban el espacio público en esos meses, aportó «unas decenas de millones» y Cleop decidió cobrar menos de lo previsto». 

    ¿Cómo vivió el estudio de Calatrava todo el vodevil? Cuenta Moix que el arquitecto «había regresado con mucha ilusión a Valencia, e incluso dijo en un momento de entusiasmo reliminar que iba a regalar el proyecto del puente». Finalmente, «acabó afirmando que no volvería a trabajar allí». Se van a cumplir 30 años de esa sentencia no cumplida. Detalla el título que «cedió poco». En concreto, que «los encofrados con veraduras de sección variable» estuvieran, aunque estos se sitúan bajo el puente: «ahí solo iban a verlos quienes pasearan en una barca por la lamina de agua prevista bajo el puente, que en última instancia no se dispuso». Y bien, tampoco renunció a los monumentos escultóricos de las cuatro esquinas diseñados por el mismo. Tampoco de los hierros de las luminarias («un cruce de tortuga y araña») que las protegían del suelo y, en definitiva, como concluiría el inicio de cualquier acto en una obra de Shakespeare pero aquí firmado por el directivo de Cleop, «todos perdimos bastante dinero en aquella obra inaugural, donde Calatrava se salió con la suya de principio a fin«. 

    Del paradigma valenciano al paradigma español

    Es relevante decir que Calatrava, como se dice en la introducción del libro, declinó participar del mismo. Es, como dice Moix, un relato no autorizado, pero que en su caldiad de no oficioso explora una infinidad de testimonios que prefieren ocultar su identidad. Muchos de ellos tienen vínculos empresariales quizá todavía activos, laborales también, por lo que el autor no descarta que en algún caso -o en muchos- haya contratos de confidencialidad de por medio que, sin duda, el reportaje periodístico sortea. No es el caso del Nou d’Octubre donde todas las voces hablan abiertamente del fiasco. Es un precedente con Calatrava deseando de no volver a trabajar en Valencia, pero vino a suceder todo lo contrario. Surgieron los «padrinos institucionales», desde Lerma a Francisco Camps pasando por Eduardo Zaplana, quizá el que -según el relato- generó una relación más tensa de los tres. Mucho peor fue el caso de Alberto Fabra, que llegó a desaprovarle teniendo que soportar el caso del trencadis caído en el Palau de les Arts, un problema de construcción sabido por todos los que participaron en el proyecto y que acabó con Calatrava hablando de la honestidad de sus honorarios.

     Con Blasco y Lerma coincidiendo -de nuevo, ya que fueron compañeros políticos y regentes coordinados- en que «Calatrava era el as de la modernidad en la manga de los políticos valencianos«, Valencia no fue una ciudad más para Calatrava. Aquí tuvo su mayor estudio con más de 60 trabajadores propios, pero influyó decisivamente la época en que todo sucedió: «el caso valenciano supone la etapa reina del procedimiento de Calatrava a la hora de conseguir anular a su cliente desde la negociación. Lo echa de esa mesa y lleva la voz cantante», apunta Moix (en la imagen lateral). «Tiene un gran poder de seducción, desde sus orígenes y así lo despliega desde antes incluso de empezar a dedicarse profesionalmente a la arquitectura. Logra tener la capacidad de rescindir contratos y la habilidad para crear un marco de relación donde las posibilidades de hacer y deshacer por su parte son enormes; las del cliente, son, en el mejor caso, claramente inferiores». 

    Es el paradigma al que hace referencia Moix a las preguntas de Valencia Plaza y en el libro. Auspiciado, se entiende, por el capricho político que alinea a Lerma y Blasco. Moix trata de definirlo todavía más: «es como quien quiere tener una joya; no mira el precio. El único problema es si esto se hace con el dinero de uno o con el dinero público. Ahí radica el gran problema del paso de Calatrava por España». De hecho el periodista amplía hasta «el caso español» el paradigma de Calatrava. «España es el escenario que potencia a Calatrava por su momento histórico y económico. Podemos decir que invirtió el signo de su carrera, que lo aceleró y lo disparó«. Tal y como refleja el libro de Anagrama a base de cifras, si los encargos venían multiplicándose, se dispararon.

    El escenario potencionador, con Valencia como paradigma, también tuvo su respuesta política: Moix relata la labor de los entonces diputados de Esquerra Unida del País Valencià Marina Albiol Ignacio Blanco, que acabaron por protagonizar thrillers -pero sin un minuto de ficción- para recuperar la información económica que se derivaba de la actividad de Calatrava con la Generalitat. De lo sucedido y recogido por las webs finalmente por las webs calatravatelaclava.com y calatravanonoscalla.com, también da cuenta el libro con la versión de sus protagonistas -exceptuando, como ya ha sido explicado, la del propio arquitecto de Benimàmet-.

    Las consecuencias, el prensente y la perspectiva histórica

    La consecuencia inmediata se comprobó, según el relato de Moix, en las últimas obras de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia: las constructoras valencianas empezaron a no comparecer. Se empezaron a buscar incluso constructoras extranjeras. El mensaje del nefasto negocio de construir con Calatrava se extendía, se deja entender, y esto «acabó por desplazar su centro de negocio fuera de Europa; a Oriente Medio«, apunta Moix. Allí, por cierto, construye en Dubai en este momento el rascacielos más alto del mundo. «Mi percepción es que le hubiera gustado estar más tiempo en Europa porque no es un escaparate desdeñable dada su capacidad de seducir al mundo». Pero en el Viejo Continente ya no cabe más «manga ancha», un espacio donde «en el pasado los clientes actuaron con una alegría notable y donde eran clientes públicos, de aquellos que no pensaban en tener un retorno si les daba otro tipo de beneficio».

    Esta última frase de Moix en declaraciones a este diario, encuentra mejor acomodo a partir de una anécdota que también detalla: «en España o en Europa, son distintos los casos de cliente privado. Por ejemplo, un promotor para una obra en Barcelona, de la que Calatrava cobró 15 millones de euros en honorarios -los hay de las edificaciones valencianas en el libro, con lujo de detalles- le propuso una cláusula que decía que podía cobrar lo acordado en contratos pero nunca sin superar los 1.000 euros por m2 cosntruido. Calatrava le contrató que no podía firmar cláusulas que pudieran limitar su libertad creativa. El constructor le dijo que necesitaba poner cláusulas que garantizaran su viabilidad económica. El proyecto se acabó ahí, mientras que en el cliente público español o valenciano ese elemento de rentabilidad no es contable; puede tener razones de tipo simbólico, intangibles». 

    De esos intangibles, por cierto, habla y define su opinión Rafael Blasco en el libro, tras una entrevista interesante en contenido y sucedida un día antes de que el Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana le condenara a ocho años de prisión por el ‘caso Cooperación’. Es uno de sus mayores defensores, pero es también ejemplo de cómo Calatrava fue encontrando verdaderos apoyos -y de todo tipo- entre sus clientes. «Envuelve con todo un brazo artístico las ciudades por las que pasa. Lo hace con exposiciones«, apunta Moix. Uno de los aspectos más controvertidos y que a Moix más le llama la atención es toda su estrategia de marketing personal con las citadas exposiciones, pero también con una veintena de honoris causa («yo no sé si alguien tenía más de 20 honoris causa, pero Einstein no los tenía«) y la gran inversión en comunicación de todo tipo de premios: «muchas veces son premios de un reconocimiento limitado en el mundo de la arquitectura. Ni es un premio Pritzker ni es un premio Mies van der Rohe, aunque por supuesto es lícito que quiera contar todo eso de manera tan frecuente». Es parte de una estrategia en el presente «de compensación» con una tendencia en los medios al sometimiento, «tal y como ha pasado en Nueva York con el Intercambiador; durante años ha recibido las críticas desde el New York Post hasta The New York Times».

    Moix rechaza elucubrar sobre la perspectiva histórica de Calatrava en Valencia, en España y en el mundo. Los casos de sus edificios en Barcelona, Sevillla, Bilbao, Tenerife, Berlín, Milwaukee, Malmö, Palma de Mallorca, Atenas, Madrid, Venecia, Oviedo y Nueva York, los que aborda el título recién publicado, hacen sospechar que no será la misma que otros referentes del pasado. ¿Pero cómo pesará su presencia global? ¿Cómo trascenderá toda esta construcción de una leyenda negra a base de cada vez mayores y extensas investigaciones y detalles a partir de fuentes de lo sucedido? ¿Cómo se desarrollarán los próximos años de carrera del que todavía es -en términos de profesión arquitectónica- un hombre joven con capacidad para desarrollar cientos de proyectos desde su estudio? La perspectiva histórica es una de las grandes incógnitas en torno al fenómeno Calatrava en la arquitectura mundial.

    El lado más humano (que también es el de una máquina de trabajar)

    En la inauguración del polémico ‘oculus’ de Nueva York, en 2016 (Foto: EFE)

    El libro abunda en detalles sobre la pasión exacerbada de Calatrava por su trabajo y su omnipresencia en los proyectos. «Está presente en el proceso de ideación y génesis de las obras». «Él es el motor, tiene una capacidad asombrosa para generar dibujos, cientos al día. No usa el ordenador ni tiene carnet de conducir, pero su mano para dibujar es extraordinaria. […] Mientras conversa contigo, dibuja constantemente. […] Tras una charla con él te vas con un montón de dibujos en la carpeta, base a partir de la cual el equipo elabora los planos». Existen numerosas referencias de loa por parte de ex trabajadores a lo mucho que crecieron profesionalmente junto al arquitecto de Benimàmet, toda vez que tuvieron que dejar el ritmo al que les sometía: «Recibíamos con alguna frecuencia llamadas de Santiago a horas intempestivas. ‘He tenido una gran idea, levantaos y venid inmediatamente al estudio, así empezáis a dibujar y cuando lleguen los otros, a las ocho o las nueve, ya tendremos trabajo adelantado». Llegó a confundir los usos horarios entre los estudios de Valencia y Nueva York en una jornada laboral sin límites que explotó a muchos de sus colaboradores de referencia.

    De prescindibles e imprescindibles en su equipo (todos menos un dibujante y su mujer, Robertina Marangoni de la que también se habla en profundidad en el libro, así como de sus hermanos) está plagado de referencias Queríamos un Calatrava. También de influencias y ahí es donde Moix no elude un tabú dentro de la profesión en la ciudad de Valencia. Cuando le dedica un apartado a «El Ágora», «una obra que el se saca de la manga, que no tiene un uso definido, que genera unos sobrecostes y problemas que todavía están sin resolver (siguen arreglándose desperfectos y no tiene ni uso ni licencia de apertura)», escribe en el libro: «según la malidicencia gremial, Calatrava lo consideraba imprescindible a fin de tapar las dos cubiertas diseñadas por Félix Candela para el Ocenográifco». Y es curioso como esa sospecha velada, rumoreada desde hace una década en el sector, pero sin margen para ser contrastada en la actualidad, enfrenta al perfil de Calatrava con una de sus influencias al inicio. Candela se encuentra entre varios autores conocidos (Hans Scharoun, Alvar Aalto), aunque Moix precisa que es un libro de Le Corbusier el que decisión final de aquel buen dibujante nacido en Benimàmet, de familia de naranjeros en buena situación, aunque ligados al duro estadio agrario, a escoger la arquitectura. 

    Extraemos aquí los cinco puntos de la ya citada carta y automanifiesto ‘Por qué quiero ser arquitecto‘:

    1. Tengo una gran afición al dibujo.
    2. Siempre he sentido una gran inquietud por las cuestiones artísticas.
    3. Creo que tengo apittudes para el estudio y desempeño de esta profesión, entre ellas una gran imaginación.
    4. Poseo también una gran ilusión por esta carrera y espero que con mi trabajo y constancia podré superar aquellos déficits de que mi información y apittudes actuales tengo [sic].
    5. Creo también que es aquí donde yo podré dar el máximo rendimiento a la sociedad, pues estoy seguro de que podré desempeñar con ilusión y cariño esta profesión».

  • ¿Es la entrevista a Ramón Esteve la primera realizada en España con unas Google Glass?

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    En poco más de una semana, la idea de poder hacer una entrevista con unas Google Glass se ha convertido en realidad. Desde el medio de comunicación especializado Glassers buscaron a un periodista para que llevara a cabo la experiencia y extrajera sus propias conclusiones. No son pocas las empresas en todo el mundo que están realizando diferentes pruebas durante los últimos meses, testando desarrollos sobre el modelo (segunda versión) de Google Glass, algunos de los cuales tratan de acercarse a posibles demandas profesionales.

    La prueba se ha llevado a cabo con la principal colaboración de Innoarea, spin off de la Universitat Politècnica de València y poseedora como desarrolladora autorizada del gadget. La empresa, creada en 2008, se ha enfocado durante sus primeros años de vida al sector juguetero a través del diseño y la tecnología. Ahora explora las futuras posibilidades de las Google Glass en busca de financiación, mientras siguen aprendiendo del hardware adquirido junto a un puñado de empresas españolas a Google.

    QUÉ Y A QUIÉN

    Una vez encontrado el periodista, el objetivo se definió entre las partes: el nuevo gadget debía servir como un instrumento más para el ejercicio de la profesión, sumándose con sus posibilidades a otros como la grabadora o, en algún caso particular, el smartphone o la tabletEjercicios en los que se explica básicamente cómo funciona o en los que sencillamente el artilugio tiene una mera función de objeto estaban descartados por las tres partes. Se buscaba que fuera una parte activa en un espacio real de información.

    Con la propuesta sobre la mesa, la idea desde el punto de vista profesional del periodista tenía la obligación de no surgir de forma impostada. Dentro de la agenda de la Valencia Disseny Week, aprovechando el especial vínculo del diseño con la experimentación de posibilidades del que será futuro objeto de consumo, la idea era llevar a cabo una entrevista dentro de lo más interesante de esa agenda.

    Foto: MAO

    En este caso, el empresario y arquitecto Ramón Esteve se ponía ‘a tiro’ como comisario de una de las exposiciones más relevantes que se han iniciado dentro de la VDW 2014, que se realiza en paralelo a la organización de ‘Nos vemos en Valencia’ (Cevisama, Feria Hábitat y Maderalia). El también diseñador valenciano, con un buen número de proyectos activos fuera y dentro de España, había compilado algunos de los mejores diseños de producto realizados precisamente por colegas de su profesión.

    En una charla corta, de algo menos de 10 minutos, justo unos momentos antes de que se abrieran las puertas del Espai Rambleta de Valencia donde se exponen estas piezas hasta el 12 de marzo, se lleva a cabo la entrevista con las Google Glass como un acompañamiento al ojetivo profesional de la charla.

    LA EXPERIENCIA DEL PERIODISTA

    Desde el primer momento, las sensaciones con Google Glass hacen que cualquier usuario perciba este gadget como un prototipo. Es cierto que por su forma, puede adaptarse fácilmente a cualquier contorno de la cabeza y son mucho más cómodas de lo que a priori puedan parecer. Sin embargo, las gafas se deben adaptar a los que llevan unas gafas graduadas o de sol. No con todos los modelos es posible poner en uso el artilugio y comprobarlo. Por ejemplo, sería muy difícil hacerlo con unas gafas de lente redonda.

    A la hora de realizar la entrevista, las Google Glass no suponen el menor inconveniente en la conversación y la posición de su pequeña pantalla en la esquina superior derecha hace que la conversación pueda fluir, como si no hubiera nada que atender. Eso sí, el entrevistador se ve obligado a controlar más o menos la posición de su cuello, manteniendo una posición más o menos estirada.

    Es destacable que mirando al frente, el usuario no percibe ningún cambio significativo en su campo de visión. Sin embargo, la cuestión física si cuenta con un inconveniente: el prototipo, en este caso en su segunda versión, se calienta al paso de los minutos. Al cabo de más de media hora, el calor es notable.

    Para poder realizar acciones sobre las Google Glass solo existen dos caminos: el de los gestos de la cabeza, que resultan especialmente incómodos y nada precisos, o una combinación indicaciones a través del lenguaje verbal. Para ello hace falta cierta corrección a la hora de pronunciar en inglés. Algunas de estas acciones se pueden combinar -una vez arrancado con la voz el menú- con un dedo rozando en diferentes direcciones y golpeando el lateral de la gafa digital.

    ENTREVISTA COMPLETA