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  • 20 años de ‘Flying Free’: la historia tras el himno mákina que trascendió a la música popular

    Publicado originalmente en GQ

    “Desde 1992 hay un club que está haciendo historia. 7 años después, en 1999, sigue pegando… ¡Pont Aeri!”. No pocos makineros siguen balbuceando imprecisos la primera de las cuatro frases (cuatro, exactamente) que componen la letra de ‘Flying Free’. Qué importa. Con los ojos cerrados, el vello se eriza mientras recorren cada una de sus palabras.

    La cantadita suena igual de nostálgica que el primer día, con ese deje tan orgánico que dejan algunas notas ligeramente desafinadas, hija de un tiempo anterior a la dictadura del autotuneLa voz de Marian Dacal se mimetiza mucho tiempo después con la del sujeto que abre los ojos desgañitándose, pero lo que ve hoy ya no es una sala llena cuerpos que brillan bajo el potente neón. Es la boda de su sobrina, es la discomóvil de las fiestas del pueblo, es la verbena de San Juan. ‘Flying Free’ cumple 20 años convertida en un himno de la música popular española. La herencia única del movimiento mákina al imaginario colectivo. La crónica de un éxito. Del éxito de una empresa familiar, la de los Escudero. Esta es su historia.

    La letra de ‘Flying Free’ se debate entre la autobiografía y la cuña radiofónica. Dice así (canten conmigo): “When the stars begin to shine, it’s the time to feel the melody, the sensations you will find, in the dj’s factory / Just let your mind be free, dj’s technology, sound, flash and energy, in the dj’s factory. Flying free, feel the ecstasy, it’s a place to be, dj’s factory”. Dicho de otra manera: «Cuando llega la noche, es el momento de sentir la melodía. Libera tu mente. Sonidos, luces y energía. Vuela libre, siente el éxtasis, es el lugar en el que estar: la fábrica de dj’s».

    Esa fábrica de dj’s era Pont Aeri, empresa del padre de los hermanos Marc y Xavier Escudero. Conocidos como Dj Skudero y Xavi Metralla, junto a Pastis & y Buenri, los responsables del sonido de la sala, pero también de su producción discográfica. La canción, la primera que incluía letra, formó parte de su cuarto maxi single. ¿Sabías que el sampler vocal que dice ‘Abracadabra’ al inicio del tema pertenece ‘Open sesame’ de Leika K. (1992)?

    Marc Escudero: “Los dos primeros volúmenes los publicó Max Music. Eran temas instrumentales con la producción de Julio Posadas. Más tarde, empecé a trabajar con Bit Music y nos cambiamos al sello. Para el cuarto maxi pensamos en variar la fórmula. Sin dejar de hacer mákina, queríamos incluir una melodía y una voz que abrieran aquella música a más público. Un tema de mákina se producía a 160 bpm y el ‘Flying‘ está a 158 bpm».

    «A partir de ahí, encontrar la voz fue fácil porque Marian Dacal ya había grabado algunos éxitos en Barcelona y queríamos que lo hiciera ella. La cara A contenía el tema que todo el mundo conoce, obra de Rubén Moreno (Dj Ruboy) y mía. La cara B era un instrumental de mi hermano, Xavi Metralla. Salió en mayo de 1999 y no funcionó. Habíamos descartado que tuviera mayor impacto del que vimos en los primeros meses, pero después del verano… algo sucedió”, concluye Escudero.

    Un éxito inmortal

    Lo cierto es que todos los implicados habían apostado por la versión cantada por Marian Dacal. La cara A era la única oportunidad de que los dj’s, con decenas de novedades a la semana (solo en el mercado español) le dieran una oportunidad. “De repente, en octubre empezamos a notar que la canción se pinchaba. Pero en noviembre el número de pedidos del maxi nos desbordó. Aquello era un pepino y no sabíamos por qué había empezado a demandarse tanto, de repente. Y cayó en gracia en el momento adecuado: en noviembre todo el mundo quería la canción para sus recopilatorios de Navidad. Todos. El ‘Todo éxitos’, el ‘Blanco y Negro Mix’, el recopilatorio de Contraseña Records, el de Max Musix y hasta el de Chasis”.

    Marc Escudero recuerda que, pese a la fuerte rivalidad entre las discotecas de Manresa (Pont Aeri) y Mataró (Chasis), “la relación discográfica era muy cordial. La incluyeron en su recopilatorio y aquellas Navidades del 2000 ‘Flying Free’ ya era imparable”.

    Pastis, Buenri, Metralla y Dj Skudero iniciaron a lo largo de los años 2000 y 2001 una gira de bolos que parecía no acabar nunca. Pese a que las noches de sábado solían suceder en Manresa, viernes y domingos era el momento idóneo para que la marca Pont Aeri se esparciera por discotecas de toda la cornisa mediterránea. Tarragona, Castellón, Valencia, Alicante, Benidorm, Murcia, Almería…

    El éxito era tan masivo que Televisión Española les llevó a actuar en directo. Pont Aeri había trascendido, una década más tarde, el ámbito de su discoteca y los hermanos Escudero iniciaron la venta de merchandising: camisetas, mecheros, sudaderas, pegatinas, gafas de sol… “Montamos una empresa en torno a la venta de estos productos. Durante meses, había una cantidad de envíos enorme a todos los rincones de España. Con mayor o menor intensidad, la venta duró años”.

    Marc Escudero pone en valor el bagaje previo de la marca Pont Aeri. “Para cuando ‘Flying Free’ petó, nosotros llevábamos haciéndolo bien durante una década. Fue un salto hacia delante enorme, pero cuando el éxito trascendió a la discoteca, todo lo que había detrás, la identidad, el estilo, el trabajo con la marca y con las fiestas, estaba ya muy depurado. Mi sensación es que la gente que, de repente y desde fuera, se asomó a lo que era Pont Aeri, encontró mucha coherencia, un mensaje muy claro y definido. Pero sí, sin duda, ‘Flying Free’ nos cambió y nos abrió una cantidad de puertas que desde luego no habíamos imaginado”.

    Hoy en día es difícil de encajar el contexto, pero por aquel entonces la influencia de las radios locales era enorme. La capilaridad de esta red de emisoras, casi siempre sin licencia y muchas de ellas dedicadas íntegramente a la electrónica, propagaron rápidamente el mensaje de la canción. “No sé cómo impactaría hoy ‘Flying Free’, pero por aquel entonces contó con todos los recopilatorios y con todas las emisoras de FM haciéndola sonar. La gran pregunta ahora para nosotros es, ahora que todo es tan diferente, ahora que los programas de radio funcionan de otra manera y que se consume la música de otra manera, ¿cómo es posible que ‘Flying Free’ suene más que nunca?”.

    Los hermanos Escudero son hoy los propietarios de la marca Pont Aeri al 50%, tras la jubilación de su padre y socio. Recuerdan para GQ España vivir unos años de gran éxito comercial sin abandonar su insistencia en la música que les movía: la mákina. Hasta el cierre de Pont Aeri por parte del Ayuntamiento de Manresa y pese a la segunda etapa de la discoteca en otra ciudad, la demanda de los dj’s de Pont Aeri como invitados por toda España no ha languidecido en 20 años. Muy al contrario, en este momento la marca, ellos y los otros dos dj’s emblema, Pastis & Buenri, han iniciado una aventura este 2019. Con promotora y productora propias, impulsaron el Barcelona Remember Festival, con más de 30 artistas. Su agenda para el verano es muy apretada y el proyecto “está llamado a ir a más”.

    Lo que Dj Ruboy, Dj Skudero o Xavi Metralla no pudieron vislumbrar en 1999 era la cantidad de remixes y variaciones del tema generados. Una vuelta por YouTube nos transporta a todo tipo de versiones acústicas, folclóricas y hasta rockeras.

    El último hito se produjo en 2018, con la fiesta programada por FlaixFM en el Liceu de Barcelona. El coliseo operístico unió a dj’s e intérpretes para acolchar los himnos de una época en éxtasis con el empaque de una orquesta. ‘Flying Free’, como en cualquier celebración a lo largo del año, bodas, bautizos, comuniones y fiestas de guardar, supuso uno de los momentos más celebrados. Larga vida a Pont Aeri.

  • Chocolate: libertad total en el reverso tenebroso de la Ruta del Bakalao

    Publicada originalmente en El País

    De Lords of the New Curch o Psychic TV. Un viaje al punto de partida de los años más interesantes de la “marcha” o “movida valenciana”

    España parecía haberse liberado (entonces) de una sombra terrible: la vuelta a las noches con toque de queda y la libertad vigilada. El futuro estaba marcado por la presión de la zona de confort europea y la frustración del Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y la victoria socialista en octubre de 1982 encauzaron los siguientes pasos. Las voces compiladas en este relato radiofónico señalan esas dos marcas cronológicas como el punto de partida de los años más interesantes de la Ruta, aunque por aquel entonces se hablara de “marcha” o, muy ocasionalmente, de “movida”.

    La etiqueta ‘movida valenciana’ es una adaptación muy posterior realizada desde aquí. Surgió ya en el siglo XXI y tiene relación con algo que escuchamos en los primeros capítulos: la cantidad y calidad de algunos agentes artísticos, la cantidad y calidad de ideas y de locales confluyentes con la modernidad, tuvieron mucho empaque en la capital mediterránea. Pero fueron Madrid y su alcalde, Enrique Tierno Galván, quienes le pusieron nombre al momento. Desde luego, la capital había salido de un letargo exasperante y la efervescencia era tan rabiosa que los medios tuvieron a mano crear un star system musical que todavía hoy perdura.

    El Estado había encontrado un Caballo de Troya de toda aquella modernidad, instalado en cada una de las casas: la televisión. El medio protagonista de la segunda mitad del siglo XX crecía y se abría. Coincidiendo con el importante nacimiento de Radio 3, donde entraron a trabajar muchos jóvenes y, ‘víctima’ de su origen, surgieron muchos programas musicales, incontables desde mediados de los 70. Algunos de ellos exploraban las líneas más undeground y no podemos pasar por alto la convulsión que supuso en España ver cantar a unas chicas jóvenes y vascas aquello de Me gusta ser una zorra. Pero el escándalo de Las Vulpes en Caja de Ritmos sólo fue uno más. Ángel Casas y Musical Express deambularon por la parrilla y Paloma Chamorro recreó como nadie el ambiente bohemio y hedonista de las movidas en La edad de oro.

    En la serie hemos revisado incontables ediciones de esos tres programas, pero también de ‘Tocata’ y ‘Aplauso’. Este último, precursor del poderío del playback, un cáncer que fue minando el prestigio de los músicos progresivamente y a partir del cual se igualaban las posibilidades de artistas dispares. En esas horas y horas de emisión, en el episodio cuatro titulado Undeground recogemos extractos de los citados espacios Caja de RitmosMusical Express y La edad de oro. En todos ellos se adivina un ambiente que se hilvana con lo que está sucediendo en València: hay tensión en las pantallas porque los grupos extranjeros exponen una rebeldía y una libertad que le resulta inaguantable al común de los mortales que, por si fuera poco, sólo tiene dos canales y ningún mando a distancia.

    «Toni ‘El Gitano’ estaba rodeado de inadaptados y como él mismo admite: en Chocolate trabajaba la gente que no querían en ningún sitio”

    Todos esos espacios serán censurados. Habrá despidos y persecuciones profesionales. Pero, precisamente, los hechos y reversibles sucederán con bandas como Lords of the New Curch o Psychic TV, habituales en la noche valenciana. Muchos de los conflictos arribaron hasta la televisión pública estatal con imágenes, performances, canciones y actitudes muy establecidas en València. Las posiciones de uno de los dos lados a través de los cuáles se había empezado a polarizar la noche: si Barraca era luz, Chocolate logró convertirse en el reverso tenebroso de la Ruta. La posteriormente conocida como catedral de la música, se embutió en un contexto oscuro y lleno de malditismo con Toni Vidal a los platos.

    Vidal, más conocido como Toni El Gitano durante su larga trayectoria como DJ, ya había sido el responsable de locales tan siniestros como Hiedra (Montserrat). Lo cierto es que su vocación en Chocolate era “crear una secta” en torno a la música, “la manera de vestir y la manera de vivir”. Su equipo de trabajo estaba rodeado de inadaptados y como él mismo admite, “en Chocolate trabaja la gente que no querían en ningún sitio”. La sala funcionaba con un grupo electrógeno a gasoil que siempre se apagaba porque al que le tocaba ir a por la gasolina nunca llegaba a tiempo. En su parking, ni una bombilla. Dentro de la sala, libertad de expresión sin contemplaciones.

    Para encontrar su sitio, Chocolate se convirtió en el after de Barraca. Aunque le costó arrancar con las primeras horas, a las 6 de la mañana el rock, los sonidos industriales y algo de modernidad coordinada con la otra discoteca (situadas a 500 metros entre sí) disponían el menú musical. En el acompañamiento químico, seguramente Chocolate fue la que mejor empezó a hibridar las sensaciones y el baile con la mescalina, la sustancia ‘autóctona’. Lo que sucede en Chocolate tiene mucho que ver con la explosión de las tribus urbanas. Una búsqueda de identidad de la que hablan los catedráticos Javier de Lucas y Jesús García Cívico.

    ‘El Gitano’ adoraba la música en directo y quiso experimentar también con el marketing. Se le ocurrió la brillante idea de coger el dinero de que disponía en ese momento –no cabe olvidar que había sido promotor musical en espacios como Éxtasis o Nou Café Concert– para capturar a Killing Joke a su paso por Barcelona. Les dio el dinero que pedían y, tras un viaje plagado de todas esas anécdotas que rodean a Toni vidal, les hizo actuar a las 2 y a las 7 de la mañana en Chocolate. En el concierto de las 2 habría unas 50 o 60 personas, según cuenta él mismo y algún otro testimonio. Pero, obviamente, se corrió la voz. Cuando la sala estaba llena para el segundo pase, este chamán oscuro avisó que en adelante programaría sin avisar a las bandas internacionales del momento que le diera la gana.

    «Los clientes de Barraca y Chocolate, con vidas más que ordinarias entre semana, alcanzaban cerca de casa algo parecido a la modernidad. Allí eran importantes»

    Tras superar aquella lluvia de objetos, Vidal cumplió con su palabra y trajo a Flesh for Lulu sin avisar. Aquel anti-marketing (en realidad Chocolate fue el anti de todo) sirvió para que Chocolate no fuera sólo la némesis de Barraca, sino que tuviera su propia identidad. Y esa identidad no fue otra que abanderar el lado oscuro de la Ruta. Mientras València probaba las mieles del éxito comercial con la madurez de Glamour, el desparpajo de Betty Troupe y su primer disco de oro en la industria (‘La noche no es para mí’, de Vídeo), la ciudad proponía ideas más agresivas a través de locales como ‘Chocola’. Los gabanes largos y las botas militares que poblaban locales de la ciudad como Garaje también eran habituales allí. Las mujeres eran “más fuertes vistiendo que Ana Curra y Siouxsie haciendo un dúo”, dirá Joan M. Oleaque, autor de En Éxtasis (Barlin Libros, 2017).

    Los excesos llevaron a performances imposibles que se recogen en el episodio. Vidal, vestido con una túnica negra, a veces semi desnudo, con una cruz invertida en el pecho, arengaba a unas masas que ya eran destroy sin saberlo. Lo más importante de aquel duopolio entre Barraca y Chocolate (con permiso de Espiral en la zona norte) es que un número cada vez más numerosos de jóvenes había encontrado en el fin de semana, en la moda, en la música y en aquellos locales su identidad. De muy distintas tribus urbanas, todas exploradas a la vez en España, lo importante es que sus protagonistas, con vidas más que rutilantes entre semana, alcanzaban no muy lejos de casa algo parecido a la modernidad. Aquellas pintas estrafalarias el futuro del mundo que consumían por la tele sucedía allí mismo.

    Aunque los medios no mirasen a València, como admite por ejemplo Ana Curra en Bacalao: historia oral de la música de baile en València (Luis Costa, Editorial Contra 2016), esta ciudad se convirtió en un espacio confortable para las bandas más agresivas. Siempre encontraban más público y más dispuesto a ideas más oscuras. El punk valía y mucho, pero también el rock más agresivo, los sonidos industriales y, claro, el proto techno. La música que hacían las máquinas y no era precisamente para acolchar éxitos pop ochenteros, esas ondas duras que acabarían agudizándose, acelerándose e imponiéndose al discurso con el paso de la década, empezaban a sonar en locales como Chocolate. Siempre entre guitarras, pero de manera imparable, una pátina de la electrónica había empezado a avanzar y a dar sentido a algo que estaría a punto de suceder: la mezcla de ritmos y las sesiones ininterrumpidas de sonido.

    Eso sucederá en el quinto capítulo, con Fran Lenaers comandando la poderosas cabina de Spook Factory y la mescalina en su momento de apogeo. Como dirá Jorge Albi, entre el 84 y el 89 se sucedieron unos años de altísima intensidad creativa. Una València “muy cool” a la sombra del corto foco mediático cercado en Madrid.

  • Barraca y los modernos de pueblo de la Ruta del Bakalao

    Publicado originalmente en El País

    En la discoteca valenciana, entre selvas de cañas y arrozales, convivían tribus urbanas viendo tocar a Happy Mondays o Stone Roses y estaban prohibidas las peleas

    ‘Enamorados de la moda juvenil’, los nuevos aires llegan a Valencia de manera bastante fortuita: a más de 30 kilómetros de la capital y entre arrozales, donde la música alta no molesta, un veinteañero sin apenas experiencia pero con mucho talento acaba con el lento, las rumbas y la ‘música negra’. Sincronizarse con momentos para la sociedad en España como 1981 o 1982 supone un ejercicio de auténtico desaprendizaje. Porque lo habitual sería aproximarse a esos entornos desde los tópicos y las ideas que a cualquiera le vienen a la cabeza: 23-F, Estautos de Autonomía, el Mundial de Naranjito y la victoria socialista. Pero hay que desapegarse mucho más y tratar de entender la lejanía de aquella realidad para comprender lo que suponía la música como vehículo de comunicación y cómo llegaba hasta las personas. En esta serie documental lo hemos intentado de manera muy consciente.

    La radio y la televisión jugaron un papel fundamental en aquel entonces que acabará reflejado en los siguientes episodios, pero la cantidad de prescriptores y de flujos de entrada de discos fue extraordinariamente limitada. Ese es el punto de partida para entender por qué las discotecas tuvieron un papel capital en lo que se refiere a la música. Como dice Joan Oleaque en la serie, “es difícilísimo entender hasta qué punto Carlos Simó llegó a ser una figura legendaria en Valencia”. Quizá el primer dj estrella –a su manera– por la sencilla razón de saber programar a las mejores bandas estatales e internacionales en directo, pero también “por disponer de la música como muy pocos lo podían hacer en España”.PUBLICIDAD

    Carlos Simó, ese DJ fundacional

    “Los gays, los más oscuros, los que necesitaban expresarse y el franquismo no se lo había permitido, durante al menos unas horas a la semana eran totalmente libres allí”

    Nacido en 1955 en Valencia, criado en las calles del barrio del Carmen, Simó ha sido y es una persona inquieta. Como buena parte de los protagonistas de esta historia, trató de ser músico mucho antes que dj. En su caso, baterista. Su afición por la música le hizo interpretar las primeras sesiones de Juan Santamaria en Oggi de otra manera. Veía y sabía que la discoteca debía jugar un rol más extenso que el de convertirse en el lugar de ligoteo y peleas más habitual. Quería estar vinculado a aquel mundo y como músico había empezado a aceptar que no sería. Conocido en las tiendas de discos, ajenas a la importación y con escasez de novedades verdaderamente distintas, Carlos Simó fue primero camarero en Barraca y en 1980, por alguna recomendación velada y sin apenas experiencia, tomó el mando de Barraca.

    Allí empezó todo: con el precedente de Santamaria en Oggi, Simó decidió que en la discoteca de Les Palmeretes (Sueca) no volvería a sonar la música lenta ni rumbas. En la serie nos confía que le costó “algún disgusto con la propiedad de la sala”. El locutor y periodista musical Arturo Blay recuerda que costó máás tiempo del que ahora parece que el modelo de Simó triunfara: “hubo muchas noches de pistas vacías”. Pero Simó estaba convencido de cambiar “la música negra por música blanca”.

    Música blanca

    En aquel momento, esa idea no sonaba racista. El funky y la música soul arrasaban en las discotecas. Eran algo así como un ‘discurso único’. Una única voz que fue encontrando ritmos “que se podían bailar” hechos por blancos. Fue muy progresivo, pero Simó apostó por el rock, el punk, los nuevos románticos y todo lo que durante mucho tiempo se consideró Nueva Ola. Fueron fundamentales sus viajes a Londres, pero también alguna escapada a Estados Unidos y muchísima relación con Madrid. Las tribus urbanas empezaban a dinamizar estéticas y a generar adhesiones, aunque en Barraca convivirían varias de ellas a la vez.

    Desde todos esos flancos empezó a importar ideas, según hemos aprendido en la serie. También estableció relaciones duraderas con Radio Futura y tantos otros. Y sin quererlo o queriendo, dio con una tecla en la que nadie había pensado, pero que abrió un espacio de libertad real: la seguridad. No es que hubiera equipos potentes de seguridad en Barraca, sino que allí estaba prohibido que se liaran peleas al estilo del que se acumularían en salas no menos interesntes musicalmente como Metrópolis (en la ciudad).

    A 30 kilómetros de Valencia, entre selvas de cañas y arrozales, Barraca empezó a dar cabida a los modernos… ¡de los pueblos! La comunidad gay encontró su espacio, pero también los más extravagantes. Era un público “buscado” según Oleaque y mientras la Movida atravesaba a España “de cabo a rabo” (Francis Montesinos), Barraca se convertiráá en un espacio para los más inquietos de varias comarcas. Es una idea demasiado simple, pero todos coinciden que “a los gays, a los más oscuros, a los que necesitaban expresarse y el franquismo no se lo había permitido ni mucho menos, durante al menos unas horas a la semana eran totalmente libres allí”.

    “Salas que, cada sábado, montaban un happening festivo con performances de lo más locas y divertidas. Carteles, mucha moda y un discurso musical creciente”

    Es el germen artístico de un movimiento en el que Simó tiene un papel fundamental: él mismo irá contratando a actores de performances para ir dando color a las fiestas a lo largo de la década. Nadie ligaría hoy la Ruta a un grupo de salas que, cada sábado, montaban un happening festivo con performances de lo más locas y divertidas. Nadie pensaría que las fiestas temáticas y las horas de música lo suponían todo. Antes de que las drogas hicieran su aparición –o quizá al unísono, según el grupo de personas– Barraca inoculó la modernidad en Valencia a través de las artes. Carteles, mucha moda y un discurso musical creciente. En no mucho tiempo la gente que allí acudía dejó de pensar en el funky.

    Esa idea de “ocio de acción”, este fenómeno genuino y originario y que no tiene paralelismos en España, hizo que la noche valenciana cogiera caráracter: sonaban las guitarras, sonaba ‘música blanca’, no había peleas, había inquietud y esteticismo y la necesidad de ser hedonista y exhibirse ayudaban a redondear el cóctel. Felipe González pediría “a todos los españoles sumarse a labor de modernización”. Institucionalmente, ser moderno estaba bien visto y tras el 23-F parecía que había que consumir cada fin de semana como el último por si algo se torcía.

    Mientras la brigada 26, un cuerpo de arribistas que no eran policías ni estaban dados de alta en la Seguridad Social, imponía su ley en el servicio nocturno, donde nadie lo esperaba empezó a surgir la modernidad. Lejos de Valencia y donde la música, por alta que esté, no molesta a nadie. Las discotecas la música en directo como una parte esencial de su disfrute. Van a pasar muchos años para que eso cambie, pero hasta entonces Barraca acogerá conciertos de Radio Futura, Alaska y Los Pegamoides, New Model Army, Happy Mondays o Stone Roses.

    Hemos ido disfrutando de cada una de esas noches a través de decenas de voces, pero si algo nos ha quedado claro es que esa modernidad nunca hubiera llegado si, de manera bastante casual, Simó no hubiera ocupado la cabina de Barraca y hubiera hecho y deshecho con libertad durante la primera mitad de los años 80.

  • De las guitarras al bakalao: el inesperado origen de la Ruta

    Publicado originalmente en El País

    Antes de las discotecas, este movimiento estuvo marcado por el rock e incluso el twist. Exploramos los inicios que marcaron un camino de hedonismo sin retorno

    ¿Desde dónde empezar la ruta? Esta historia tiene muchos principios. Lo más fiel al objetivo del viaje era pensar a las discotecas. Entender cuándo nacieron y por qué. Para eso había que atravesar muchas décadas en sentido inverso. Rebobinar hasta el origen clásico de las salas. El que todos aceptan como el cambio fundamental. Y eso sucedió en el París ocupado cuando el jazz pasó a disfrutarse en gramófonos. Una solución capaz de esfumarse en cuestión de segundos si la policía llamaba a la puerta. La discoteca (dos platos para alternar las canciones, bolas de espejos, podiums, sillones…) se estableció tal y como la conocemos con los soldados estadounidenses de vuelta.

    Ese es el origen para fijarnos también en la música que sonaba. Y de los 40 a los 80, si tuviéramos que escoger un hilo conductor, ese sería el sonido de las guitarras. Distintas, pero presentes siempre. No es menos importante la llegada del twist, del cual hablamos largo y tendido en el capítulo. Primero para otorgarle un cambio decisivo: el baile individual y liberado de la idea de ligoteo; el segundo, la incursión gracias a ello de la comunidad gay. A lo largo de todo el relato, esa comunidad es crucial para la activación cultural y se va entrelanzando con las vivencias y recuerdos desde el Pepermint Lung o el Whiskey a Go Go hasta las discotecas de la Ruta.

    “La llegada del twist marcó un cambio decisivo: el baile individual y liberado de la idea de ligoteo y la incursión -gracias a ello- de la comunidad gay”

    Nombres propios

    Es posible que todos los capítulos de la serie se puedan reducir a un par de nombres propios. Estructuralmente así se han definido: un nombre propio de personaje y otro de discoteca. En este caso, los que sobresalen son los de Juan Santamaría y Oggi. El primero es el dj fundacional de todo el movimiento. Con una vida ávida de viajes y experiencias, su paso por ciudades turísticas como Granada, Ibiza o Sitges y sus travesías físicas por Amsterdam, Londres o Glasgow le dieron el background suficiente como para importar toda esa modernidad hasta Valencia. Sí, el solo. Sin más apoyo que el de su propia inquietud por una música –la británica– y una forma de hacer que importó casi por casualidad hasta su ciudad.

    Él conoció de primera mano las mieles del rock y el pop en la emisora parroquial de la pedanía de Castellar. Siendo adolescente vio el crecimiento turístico de Benidorm y de sus extranjeros con otra mentalidad. Sus trabajos en hoteles y salas de fiesta le fueron abriendo el campo laboral y, sin habérselo planteado, descubrió un oficio, el de DJ, para el que se sacó un carné laboral cuando Franco todavía estaba vivo. A través de su voz pasamos por distintas salas capitales en el relato. Es posible que sus experiencias más relevantes sucedan en Cap-3000 (Benidorm) y Oggi (València).

    En la ciudad, antes, ya se había experimentado en torno a locales como Capsa 13, Christopher Lee, Studio o Crac. En uno de ellos pinchó Javier Mariscal y hasta conoció a Els Joglars. El dibujante y diseñador valenciano más internacional era una de las voces a las que estábamos obligados a acercarnos. Igual que a su hermano Pedrín Mariscal, uno de los popes del estilo y la moda en la València de los 80. En sus casas y estudios de niños pijos, en El Carmen y en el centro de la ciudad, se suceden algunas fiestas donde se explora con marihuana, costo y algún LSD extraviado.

    En el capítulo tratamos de rastrear el origen de la Ruta a través del rock. Para ello también entendemos que “la modernidad no se puede entender sin los cafés y sin los bares”, como cita Carmen Alborch a Rudolf Steiner. Ella misma o Francis Montesinos son agitadores de la València que “se despierta tras la capsa del franquismo”, que apunta el primer alcalde democrático de la ciudad en 40 años, Ricard Pérez Casado. Con él en el Gobierno local empieza a relajarse el miedo a expresarse. La mayoría de los actores se sienten cómodos hablando del tema, aunque no siempre ligan este origen a la llamada Ruta del Bakalao. Sí lo hacen los dj’s, porque todo lo que sucederá a lo largo de los 80 es una evolución progresiva de estilos.

    La música, en el centro

    “El punk se expandirá muy poco después por España. Todo lo que sucedió después de las primeras elecciones democráticas fue una contestación hedonista”

    Como apunta Julio Andújar, interiorista y propietario a la vez de locales tan importantes como Crac, Casablanca, Tropical y ACTV, la música siempre estaba en el centro de la historia. O como también comentaba en su entrevista Rafa Cervera, la música se convirtió “en un melting pot”. En torno a ese agente dinamizador empezaron a confluir otras disciplinas. Si hubiera que elegir tres, sin duda, serían la moda, el mundo del cómic y el diseño. En gran medida porque la moda era la primera herramienta de expresión. La segunda porque los fanzines habían empezado a realizarse como arma subversiva ante lo establecido. La última porque los locales y nuevos productos se querían exhibir y querían ser parte de la modernidad que iba apareciendo.

    En el capítulo queríamos afrontar la música desde el origen del movimiento. Y entender el movimiento en su sentido más amplio. El twist liberó el cuerpo y la mente y, progresivamente, el rock y el pop acabarían siendo determinantes. En los 70 dos variables se habían separado lo suficiente como para generar grandes públicos. La primera es el funky. El año 1977 cuenta con un par de efemérides cruciales para el mundo de las discotecas y su música: la publicación de Radioactivity (Kraftwerk) y del maxisingle ‘I Feel Love’ de Donna Summer, compuesto por el tótem de la disco Giorgio Moroder. La llegada de películas como Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977) y Grease (Randal Kleiser, 1978) generó una dilatada presencia mundial del estilo en todo el mundo hasta bien entrados los 80.

    Un camino hedonista sin retorno

    Al unísono, pero en total disonancia, el punk marcó los últimos años de los 70. Ese germen londinense se expandirá muy poco después por España, en unos años donde la cançò tuvo una presencia que no hemos querido pasar por alto. Precisamente como reacción generacional, todo lo que sucedió después de las primeras elecciones democráticas fue una contestación. Una contestación hedonista. Así lo han ido describiendo durante los últimos meses las decenas de voces que ha recogido la serie. Un caldo de cultivo para la libertad que, sin embargo, no es nada tranquilo en el ámbito político. Los jóvenes han iniciado un camino de no retorno hacia una década que les pertenece. Pero justo antes de iniciarse 1981 el ambiente en el Congreso está enrarecido y la crisis económica va a servir de excusa para que los estamentos que no han hecho la menor transición (poder judicial, fuerzas del Estado…) quieran tener una última palabra.

  • Fanzines y rebeldía: la historia (oral) no contada de la Ruta del Bakalao

    Publicado originalmente en El País

    De Barraca a Chocolate. El autor del podcast ‘València Destroy’ abre para Tentaciones su diario de grabación y la playlist del episodio 1: ‘Confusión’

    Durante los últimos años he publicado muchos reportajes sobre lo sucedido en la Ruta Destroy. Sin embargo, en 2016 di con un par de historias que despertaron en mí otra inquietud; esta serie es su consecuencia. La primera de aquellas publicaciones llegó en marzo del pasado año y me llevó a conocer al pintor Quique Company. Él fue el autor de la marca ACTV, pero alrededor de su existencia se conectan momentos de esplendor para València: el boom del diseño, la relevancia de la moda, las discotecas convertidas en foros de expresión, la contestación al régimen a través del arte de los 70, la celebración visual de los 80… la segunda de las historias es la de la gestación de ‘Así me gusta a mí’, la canción emblema de Chimo Bayo (/exta sí, exta no/).

    La publicación de ambos trabajos me llevó a descubrir un par de cosas: la primera es que había decenas de miles de personas ansiosas por saber más de aquellos personajes. La segunda que, como grandes periodistas ya me habían advertido (Joan M. Oleaque, Carlos Aimeur, Rafa Cervera) la historia de la Ruta estaba por contar. Empecé a preguntar a todo tipo de personas, de todo tipo de edades y residencias qué era la Ruta. La respuesta tipo se ajusta a la imagen fijada por los programas de televisión a partir de 1993. De lo sucedido entre 1978 y 1991, un periodo en el que el rock y las guitarras eran las reinas y discotecas como Barraca o Chocolate programaban artes performativas cada sábado, de todo ello, de la relación del mundo del cómic y los fanzines o la cartelería con un movimiento lleno de libertad y rebeldía, de eso, nada.

    Entonces pensé que sí, que quizá merecía la pena contar esta historia. Y llegó ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia 1980-1995, el libro de Luis Costa (Contra, 2016). Durante un par de semanas, entonces, acepté que esa era la piedra filosofal que le faltaba al movimiento. Como nunca antes, los protagonistas de la Ruta habían hablado. Con sus relatos autoconstruidos, sí, pero también con plena libertad capaz de hacernos viajar a realidades muy alejadas de esa fotografía que la gente tiene metida en la cabeza sobre lo que fue la Ruta. Sin embargo, poco tiempo después, antes de final de año, entendí que lo que había recogido Luis y el totémico ensayo de Oleaque titulado En Èxtasi (Ara Llibres, 2004) podían tener una versión narrada. Al fin y al cabo, el primero era una compilación cronológica de historias y el segundo había llegado demasiado pronto como para algunas voces se atrevieran a hablar con la herida todavía sangrando. 

    En todo momento ‘visualicé’ que esta era una historia sonora. Quería convertir aquellas voces de ¡Bacalao! en ‘realidad’. Quería aproximar aquella narración de En Èxtasi –que ahora edita por primera vez en castellano Barlin Libros– hasta el momento actual. Necesitaba que la radio fuera la fórmula para poder intensificar la escucha en torno a las canciones y apelar a la sensibilidad de los sonidos porque, aunque es influyente todo lo que sucede a nivel visual, la música es la gran protagonista de esta serie documental. Con gran entusiasmo le pedí a María Jesús Espinosa de los Monteros que tomara en consideración la propuesta. La directora del proyecto Podium Podcast me pidió que lo aterrizase verbalmente a un documento. Lo vio claro y la última semana del año en que todo esto sucedió empecé la investigación. Estaba tan nervioso que en Nochevieja volví pronto a casa y me gasté más de 200 euros en libros comprando online. No podía esperar.

    Por qué un prólogo

    Durante nueve meses he realizado más de 50 entrevistas, aunque en la serie apenas usaré 40 de ellas. El dato es relevante para entender por qué opté por una narración en primera persona. Con tal cantidad de estímulos sonoros (canciones, fragmentos de películas, de programas de televisión, efectos…), la historia reclamaba un narrador fuerte. Por eso me situé en el centro de una escena. Necesitaba llevar de la mano al oyente, aunque para ello también me haya tomado licencias como la tener una segunda voz: Ada, el sistema operativo del coche ficticio en el que hacemos la Ruta. Aunque en origen Ada se parecía más a Diane (Twin Peaks, David Lynch 1992-2017) ha terminado siendo más Her (Spike Jonze, 2013).

    “¿Dónde están las rulas, los accidentes de tráfico, los parkings atestados y Chimo Bayo?”

    Partiendo de esa base, el primer capítulo tenía que ser un prólogo. El público de Podium Podcast tiene una edad muy amplia y el proyecto, servido en 10 episodios de media hora, tiene la capacidad de llegar a muy distintas personas en muy distintos lugares. Era una oportunidad que no quería desaprovechar. Por eso entendí que el primer paso debía ser un prólogo. Debía aproximar a un oyente muy dispar hasta esta historia, pero también resetear a todos aquellos que se aproximan a la misma desde los mitos. Y de ahí su título: Confusión. Esa es la sensación que tiene cualquier interesado en el fenómeno que, después de una sarta de videos en YouTube, se topa con En Èxtasi o ¡Bacalao!. ¿Dónde están las rulas, los accidentes de tráfico, los parkings atestados y Chimo Bayo?

    Decidimos que era potente que cada capítulo tuviera un título con una sola palabra, idea gracias a la cual la Agencia Player ha desarrollado una serie de carteles individuales con los que no puedo estar más contento. Para comunicar mejor, también optamos por acompañar cada una de esas palabras con una frase para ajustar más al interesado con el contenido del episodio. Partiendo de la idea de Confusión, opté por añadirle el nombre de una de las canciones más importantes de la música electrónica hecha en Valencia: ‘Es imposible, no puede ser’, de Megabeat. Un tema desconocido para las masas y a la vez esencial, sobre un grupo que tendrá su momento de protagonismo en el relato.

    Mucha música 

    En esta primera página del diario de grabación no quiero contar mucho más. Sólo permitir a los oyentes que se dejen llevar por una historia que les va a exigir que destierren sus ideas preconcebidas sobre ‘eso de la Ruta’.