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  • Supermercados, parkings y tiendas de ropa

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Las ciudades se miran, pero yo lo hago por encima y no solo de la media. Aumento mis dioptrías con horas de paseo a través de Google Maps. Sé cómo es la azotea de las casas de mis amigos, si hay teja que reponer o si el color del aislante pinta a gotera. He llegado a avisar a alguien de que Street View ha actualizado las imágenes de su fachada, después de lo mal que le vino la derrama para la reforma. Sé si han modificado los usos en el patio de mi colegio, si han replantado el césped de la piscina municipal o si el cambio climático llevará el octubre hasta septiembre por la floración del azafranal. Esto último lo sé porque la insistencia mirona sobre la trama urbana también exige encontrar algo de paz visual en el campo, de vez en cuando.

    Gracias al trabajo de Marta Peirano, soy consciente de que mis dispositivos conectados escriben una biografía constante sobre mí. Sé que la data se almacena a favor de empresas estadounidenses y que lo que les cuento no es solo dónde estoy, sino qué pienso, qué detesto y qué me excita, en todos los sentidos. Me conocen mejor que yo y creo que solo mis paseos con Google Maps distorsionan esa lectura. Porque si algún día alguien al otro lado se preocupa en revisar mis horas de zoom in y zoom out sobre las ciudades, o me contrata como espía, o me diagnostica un trastorno obsesivo compulsivo. La posibilidad de obtener un plano cenital sobre el mundo que me rodea, muchos años después de estar a mi alcance, me fascina como el primer día.

    Ver las ciudades en perspectiva da que pensar. Sobre todo porque las manzanas, la suma más o menos ordenada de fincas, evidencia el gran lugar que ocupan los espacios comunitarios. Pero no aquel en que todos pensamos a pie de calle. No el que se ve. La contemplación de los parques es necesaria, pero hablo de la mayor cantidad de espacio público en suma, la que encuentra en los miles de metros cuadrados que respiran en el interior de las fincas.

    Nostalgia de amianto

    El interior de las fincas está ocupado por algunos patios interiores y muchos deslunaos. Bajo esos deslunaos, en muchos casos, como en el barrio de Ruzafa, hubo fábricas y talleres. Durante no poco tiempo, la policía local se convirtió en mediadora por conflictos de olores y ruidos provenientes de la actividad incluso industrial que se desarrollaba en Jesús o Campanar, por no hablar de Marchalenes o la Zaidía.

    Pero claro, más allá de Ciutat Vella, en muchos casos las fábricas habían ocupado primero aquel trozo de tierra, luego se les habían adherido algunas viviendas, que, más tarde edificios, acababan conectadas al mapa mediante el el asfalto. Un caso paradigmático –de aquello a lo que voy– es el del Trinquet de Pelayo, anterior a toda la manzana y que acabó siendo rodeado de altas edificaciones. Allí había un estadio, el más antiguo de Europa en activo de cualquier deporte, y es un ejemplo de cómo en el interior de las cuadras se ha desarrollado una buena parte de la vida pública durante las últimas décadas. Y, en algún caso, como el suyo, sigue.

    Los centros de reparación de vehículos y alguna artesanía de poca extensión comercial son el último reducto de esos lugares. Sin embargo, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, muchos de esos territorios de vida colectiva acumularon como nunca una frenética actividad, eso sí, ‘reservado el derecho de admisión’. Teatros, cines, billares y futbolines fueron actualizando las quejas por griterío. Ya no eran golpes de yunque ni efluvio a ferricha. Aquello era Sodoma y Gomorra. O sea, tabaco y alcohol, aplausos y risas, pelis en Technicolor y hurtos con el mismo tipo que, cuatro días después, jugaba en la máquina de tacos de al lado (tras haberle sisado unas pesetas a otro incauto como tú). La llegada de la juventud a España –establecida en los años 40 y 50 en Estados Unidos- dio pie a una actividad cultural transformadora, aunque no necesariamente culta. Un disfrute común, en esos espacios públicos, que ha sido sustituido casi por completo. Sabemos por qué, pero no para qué.

    Se tiende a pensar que la desaparición de los cines fue un cerrojazo al estudio de Ingmar Bergman o Andréi Tarkovski, pero lo cierto es que se parecía más al disfrute de Orson Welles, Alfred Hitchcock, John Ford o Billy Wilder, que ya es mucho decir. Los teatros y variedades tenían lo suyo y pasear por las calles, incluida las mismísima Avenida de Colón en València, era toparse con luminosos que invitaban al gasto. No digamos el Paseo de Ruzafa. Como predijo la Escuela de Franckfurt, el ocio acabó siendo el negocio, pero la exposición a según qué performances -por cañís que estas fueran- y que el hecho de alternar supusiera ver una peli de Leone o de Coppola, sin duda suponía un rédito intelectual más largo que el mismo paseo en la actualidad.

    ¿NUESTROS PADRES Y MADRES COMÍAN? ¿SE VESTÍAN? ¿TENÍAN DÓNDE APARCAR EL COCHE? CABE LA DUDA, PORQUE CADA UNO DE ESOS LUGARES RECREATIVOS HA SIDO SUSTITUIDO POR SUPERMERCADOS, PARKINGS Y TIENDAS DE ROPA.

    El corazón de cada una de las manzanas, el corazón de las fincas, ha ido perdiendo sus techos de amianto. Su salubre sustitución es el síntoma de un empobrecimiento cultural. ¿El fin de los cines de barrio, teatros, billares y bares nocturnos ha dado paso a nueva fórmula de entretenimiento en el espacio público? Pues, depende. Las calles no están ni mucho menos vacías. Pero la pregunta es casi a la inversa, hacia el pasado. Pese a que hay más centros comerciales que nunca, ¿nuestros padres y madres comían? ¿Se vestían? ¿Tenían dónde aparcar el coche? Cabe la duda, porque cada uno de esos lugares recreativos ha sido y sigue siendo sustituido, uno por uno, por supermercados, parkings y tiendas de ropa. ¿Existía, verdaderamente, una necesidad colectiva de que hubiera aun mayor acceso a los alimentos, la moda o las plazas de aparcamiento?

    Como valenciano de área metropolitana, no hace falta que nadie me explique la vigencia del negocio del parking en las ciudades. El transporte público mejora a la misma velocidad a la que aumenta el poder adquisitivo de las familias, muy por debajo de a las millas naúticas por hora a las que sube el precio del alquiler. Sin embargo, por l otro lado, sigo sin encajar la altísima necesidad de hacer la compra bajo de casa y todos los días o de comprar ropa casi cada fin de semana. Más me preocupa en qué pensamientos se deja de incurrir al sustituir el visionado con amigos de Hannah y sus hermanas por la lectura de etiquetas –talla L, 100% poliéster–. Hemos dejado de disfrutar de según qué reflexiones y carcajadas a cambio de qué exactamente. ¿De comprar más comida para ser el séptimo país europeo que más comida en buen estado tira a la basura?

    El acceso a este tipo de disfrutes es más democrático y está más extendido que nunca. Paquita Salas o Breaking Bad nunca hubieran existido si viviéramos en aquel tiempo, de canal de televisión único y embudo en la apertura de ideas. Nunca hubiera podido ver The Wire o The Office tantas veces como me hubiera dado la gana desde hace muchos veranos. A demanda, sin esperar a nadie. No obstante, me inquieta cómo este tipo de interacciones, también las recreativas (por videojuegos) se han convertido en acciones individuales. Este hecho supone también la idea de ir progresivamente aislando un porcentaje de nuestra capacidad para reír en público, para llorar en público, para vivir en público. En público compramos comida, nos probamos ropa y aparcamos el coche. Y es algo revolucionario, porque como cabe recordar, el disfrute de las artes y el puro entretenimiento, nos han mantenido juntos desde hace siglos. En fin, que nos quedan las verbenas, aunque se hayan convertido en discomóviles.

  • El Mesó de Nazaret: el sueño de una noche de verano entre salazones, ahumados y vida

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    La intensidad impregna las horas que se pasan en la terraza de este ‘recién llegado’ a la plaza de la iglesia en el corazón de Nazaret. Décadas de sabiduría en la captación de producto y proveedores se ocultan entre el gentío y los niños jugando con la pelota hasta la medianoche (¡milagro!)

    A ver, mira: es julio en València y sobrevivir a lo cotidiano con una media de 30 grados a la sombra no es sencillo. Que yo sé que intentamos hacer como si nada, como posando con la camisa tipo test de Rorschach y la mejor de las actitudes. Por sonrisa no es, pero no es sencillo. Es regular. Regular mal. Nos duchamos cuantas veces nos lo permite el turno partido y hasta los hay que dejan la bañera llena para lanzarse a la charca nada más llegar a casa. Hipopótamos urbanos. En esas estamos, posando lo indecible y aceptando amistades en Facebook a cambio de piscina.

    A mitad de cualquier hora, sorprendentemente más sofocante que la anterior, después de cualquier mini trayecto entre aire acondicionado y aire acondicionado, vemos sudar un pared de gotelé y por un instante soñamos con lo inmediato: soñamos una noche de verano de terraza y plaza del pueblo con banderines. Una noche de verano donde no se oiga a los coches (ni siquiera su murmullo) y los niños jueguen a la pelota hasta tocarle las ídem a alguien. Una noche de martes o miércoles, de cuando se pueda, quizá de fin de semana, pero sin prisas al bajar la temperatura para abrir la despensa y la bodega.

    El origen

    El Mesó es ese milagro tan propio de las Cocinas del Underground que tanto nos gustan. Porque tiene huevas de mújol que haya que acordarse de nuestro barrio más portuario para comerse algunos de los mejores ahumados, salazones y quesos artesanos llegados hasta València. Pero sí, allí están, en este local que desde hace apenas unos meses (enero de 2018) regenta uno de los tipos más carismáticos del buen comer en la ciudad: Pedro Merino

    Sí, Pedro es el gerente y camarero que durante los últimos 30 años ha dado servicio y conocimiento en Jomi. Es escrupulosamente respetuoso y distante con su salida, a la que le atribuye ganas de iniciar aventura por su cuenta y haber encontrado el momento y el local más adecuado… Al menos, para empezar. Responsable de comandas y mediador de cada producto y proveedor en la barra de referencia del barrio, ahora lidera El Mesó y sabe perfectamente –con cada cliente– de lo que se habla.

    La virtud de cantar la carta

    Pegado al coqueto mercado municipal de Nazaret, en una plaza peatonal que en unos minutos nos traslada a una sensación de pueblo impropia de la tercera ciudad de España por habitantes, se abre siete días a la semana El Mesó. Merino admite que en el arranque lo están dando todo y desde las 8am hay servicio para un barrio que ha elegido. Es donde vive, y aunque es consciente de que con el producto premium que da podría sacar tickets de vértigo en Ruzafa o El Carmen, ha decidido hacerlo desde casa. «Vivo ahí al lado y estar a un paso de los hijos, de cualquier historia, era importante».

    -¿Está respondiendo el barrio?
    -Inmejorable. Eso sí, damos servicio para todos. Todo el día.
    -¿Y la ciudad?
    -También, aunque no hago nada de publicidad. Yo lo de las redes sociales lo llevo jodío… pero con el boca a boca es suficiente.

    Merino llevaba 30 años adquiriendo un conocimiento que ahora se abre en su propio local como si tal cosa. Conocimiento de producto y relación con proveedores. Es la cosa. A partir de ahí, vamos a hacer una serie de advertencias para escrupulosos del canon aséptico gastronómico. Principal primera: no hay carta. ¡Muchas gracias! Todo se canta y todo se comenta. El camarero te conoce en un tris. Te atiende. Si quieres saber los precios, pasa. Pero ellos te dicen. Tú les dices. Cuánta falta hace hablar primero para dejarse llevar después

    El ambiente

     Ambiente de terraza de verano, sillas de plástico y mantel de papel. Sí, no pasa nada. Lo que se reparte en la mesa merece el viaje y repele el posado (mejor). «Lo que doy es calidad. Lo más importante, que sé lo que ofrezco, que sé lo que me gusta y que puedo hablar de ello. El objetivo está claro. Sé quién soy y qué hacemos, por eso estoy muy a gusto aquí en Nazaret«, comenta. Le acompaña un equipo base entre los que se encuentra la cocinera Ana Delgado (también esposa) y su hermana, Luisa Merino

    Con poco personal más, el marchamo de los precios le hace trabajar al límite: «prefiero que salgan 10 platos que uno, pero cada uno de los proveedores y cada uno de los productos son casi secretos». Le preguntamos por algunos de ellos y los hay sagrados. «El tomate, no te lo voy a decir», sonríe Merino. Los pescados son del Sur, con Murcia quizá como foco más destacado. En el plato de ahumados hay arenques (con mostaza vieja y al natural), caballa (en frío y con especias) y pez espada. Se caba con este último, que quizá sobresale por frescura. Es decir, por textura e intensidad. 

    Merino repasa el orden en el cual debe dejarse llevar el comensal. Y es importante precisamente por eso, por la intensidad. Pero en conjunto, mientras noto la tensión en las paredes traseras de la boca al final del plato, me pregunto qué haría un autobús de japoneses ante una vianda semejante. Como intuyo que ni Guardian ni Monocle pasarán hasta dentro de un tiempo por El Mesó, hay que aprovecharse… 

    Segunda advertencia: hay bullicio en la calle. Hemos dicho que hace calor y los niños juegan. Más que molestar, alegra que estén al fresco mientras los Merino Delgado no tienen mucha prisa. La experiencia de ahumados puede dar paso a la de los salazones –aquí todo viene intensito, otra vez–, donde hay bonito seco, mojama de Isla Cristina y huevas de maruca, mújol y atún. El producto manda todo el tiempo y exige refrescarse con cada uno de ellos. Más de una vez.

    El secretismo con los proveedores deja entrever que algo le cae del Mercado Central, otras cosas de hacer algún viaje de tanto en cuanto y la mayoría de pequeños distribuidores gourmet. En el caso de los quesos, Merino asegura que las referencias «no las encontrará nadie en El Corte Inglés. Y difícilmente en València. Si me quiero distinguir y desde aquí, tengo que ofrecer algo distinto». Más fuertes, más suaves. Como con cualquier otra cosa, lo importante en El Mesó es marcar unas directrices y dejarse llevar. 

    La bodega no desmerece al producto. Sí, en mantel de papel, pero si alguien lo necesita puede pedir un Vega Sicilia: «tienes que tenerlo. Si alguien lo quiere, tienes que dar servicio». No obstante, lo importante de sus vinos está en la selección que ha adecuado a la carta. Ribera del Duero y Rioja bastante asequibles, pero muy elegidos. Un trabajo de etiquetas que ahora puede aplicar a un precio que, de momento, es sensiblemente inferior al de Jomi.

    Sepionet, calamares y lo que rime con mar es deseable probarlo, aunque lo mejor es confiarle a Pedro la comanda –preguntando por frescos– tras intercambiar impresiones. Las bravas («sin allioli, como deben de ser, salvo que se pida») no destacan, pero sí quizá los platos más elaborados y que rompen un tanto la carta hacia arriba: foie con salsa de higos, rabo de toro desmigado sin hueso o confit de pato. Por ahí va la cosa. Lo que sería un crimen a cualquier hora, cualquier día, es prescindir del tomate –del Perelló o de muy cerca, aunque no tengamos el detalle– con bonito y aceite de oliva. 

    El Mesó continúa su vida rutilante con desayunos y almuerzos como un bar más de Nazaret. A mediodía y por la noche se transforma (la carta está siempre disponible), moldeándose a una clientela que ya vimos que también llega del resto de la ciudad. Los fines de semana ha empezado a complicarse tocar mesa en terraza, «pero es que no entiendo por qué no hay que celebrar un martes. Un martes aquí es un buen día para celebrar», dice Merino. Y es cierto que la terraza es esencial en este caso, porque la sala, de bar de Nazaret y donde la propuesta ambiental cambiaría mucho, tiene margen para crecer.  

    Le arrancamos las anécdotas de los primeros meses a Merino, pero una nos casa con la ambición de arañar el espíritu underground de la gastronomía sin ambages: «aquí, la mayor parte de la gente joven no pide salazones ni ahumados. No los conocen. No tienen esa cultura. Por eso, reconozco que durante este tiempo les he ido picando. Les voy poniendo para que sepan. Para que aprendan«. Así lo dice Merino, que también tiene unas sardinas ahumadas de un tamaño imponente. 

    Un día entre semana, vivimos nuestro particular sueño de verano en la terraza de El Mesó. Rodeados de vida, que es la que contagia Merino, pero también la clientela foránea (foránea del barrio) y el contexto descrito… esos niños. Va a ser un largo verano en la plaza peatonal situada en el corazón del siempre maltratado barrio marítimo. Si los Merino Delgado cogen fuerza suficiente durante estos meses, podrán hacer músculo para ir situándose poco a poco y mejorando el local durante los próximos años.

  • Ruta gastronómica al gusto de la Alcaldía de Valencia

    Els Capellans, Canyar, La Sucursal, Casa Navarro y Vuelve Carolina, entre los favoritos del grupo popular en el Ayuntamiento

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Este jueves el grupo Compromís en el Ayuntamiento de Valencia ha hecho públicas las facturas de viajes, hoteles y comidas del grupo Popular en el consistorio. Los gastos derivados de su actividad como representantes públicos estaban «accesibles», según el vicealcalde de la ciudad Alfonso Novo, que califica de «engañifa» la publicación de las mismas. Sin embargo, Compromís asegura que ha pedido acceder a estos datos durante la legislatura y, finalmente, estos no han sido conseguidos con la colaboración del gobierno local.

    57.000 euros en billetes de avión, 17.000 euros en trenes, 21.000 euros en coches y 41.000 euros en restaurantes, comidas y bebidas entre las que también se incluyen los obsequios puntuales o navideños. En total, 278.000 euros gastados por la práctica totalidad de los concejales del grupo Popular del Ayuntamiento de Valencia del que, además, se extrae una peculiar ruta gastronómica por la ciudad -con cargo a las arcas públicas- de restaurantes recurrentes y preferidos, según cada uno de estos representantes públicos.

    De las 466 facturas, 113 pertenecen a gastos derivados de almuerzos, comidas, cenas y obsequios de comida y bebida. Precisamente en este apartado destacan los regalos de Navidad de los años 2011 a 2014. Las cajas de naranja obsequiadas como compromiso del grupo Popular en el Ayuntamiento de Valencia solo han crecido durante la legislatura: 73 en 2011, 82 en 2012, 87 en 2013 y 105 en 2014. En total, 25.526,05 euros para un total de 347 cajas. Teniendo en cuenta que el proveedor siempre es el mismo, la división apunta a que la caja regalada habitualmente de Diferma Samel S.A. es la que incluye 25 kilos de producto por 72,50 euros.

    Además, el primero de los años de la legislatura también se regalaron casi 6.000 euros (5.952,13) en productos de mantequería. Entre otros, quesso Llano del Marqués, mojama extra de Almadraba, zumo de tomate, vinos Alto Turia, etcétera. A todo ello se le añade otra remesa de vinos en abril de 2012 por 279,74 euros. Restados estos 31.457,92 euros, esta es la relación de gastos a partir de restaurantes a lo largo de la legislatura por parte del grupo Popular en el Ayuntamiento (y una única factura a nombre de Carmen Alborch):

    LA RUTA GASTRONÓMICA DE LA ALCALDÍA POR VALENCIA

    Es habitual que en la prensa británica, especialmente en la sensacionalista, se desarrollen rutas, perfiles de gusto y demás ideas en torno a la información constante y pública que su excéntrico alcalde, el conservador Boris Johnson, publica casi en directo en su web. Gracias a la información ahora revelada por el grupo Compromís, este es el extracto de restaurantes favoritos y gustos por parte de la Alcaldía de Valencia y sus concejales.

    1. ELS CAPELLANS, EL MÁS VISITADO
    (Cerrado. Se encontraba en Carrer de Xile, 4, Aragón-Mestalla)

    Entre los restaurantes más habituales para la Alcaldía de Valencia se encuentra el extinto Restaurante Els Capellans, que se encontraba cerca del estadio de fútbol de Mestalla. Hasta en 21 ocasiones la alcaldía y una más Félix Crespo acudieron a este local. El ticket medio es de 41 euros para una cocina basada en un producto mediterráneo, con gran presencia de pescado fresco y arroces y donde los maridajes también acaban siendo importantes en la suma de precios. El 18 de abril de 2011, por ejemplo, los tres comensales compartieron, como entrantes, unos corazones de alcachofa y habitas con morcilla; los principales fueron un tartar de atún rojo, un arroz con chipirones y un magret de pato con espina.

    2. EL CANYAR, EL PREFERIDO DE MAIRÉN BENEYTO
    (Carrer Segorbe, 5, Ruzafa)

    Cerrado ya el Restaurante Els Capellans, el segundo local que más atrajo a los miembros de la alcaldía fue El Canyar, del que se puede considerar aficionada a Mairén Beneyto que ha acudido allí hasta en cinco ocasiones en esta legislatura con cargo a las arcas locales. Es, además, el que tiene el segundo ticket medio más caro de toda la serie de establecimientos usados por el equipo de gobierno: 78,27 euros por comensal. Habitualmente, el menú de El Canyar es ‘concertado’ por lo que las facturas impiden ver la selección de carta que disfrutaban los representantes públicos. Únicamente, en alguna de ellas se separan «licores», pero de nuevo nos encontramos ante una excelente oferta de materia prima en mariscos y pescados.

    Local habitual de empresarios de la ciudad, es posiblemente uno de los puntos de referencia en la ciudad para probar los mejores langostinos, carabineros y gambas rojas del Mediterráneo. Bacalaos y vieiras acompañan el gran número de fotografías de los ‘ilustres’ comensales que han ido visitando el restaurante a lo largo de los años. Carmen Lomana, Risto Mejide, Carlos Goñi o Arturo Fernández son algunos de los visitantes cuyas fotografías pasan por su página en Facebook.

    3. LA SUCURSAL, EL MÁS CARO
    (Carrer de Guillem de Castro, 118 – Ciutat Vella)

    La Sucursal, el restaurante que da nombre a uno de los grupos gastronómicos más relevantes de la ciudad, es el que tiene un ticket medio por comensal más caro: 79,48 euros. Situado en los bajos del IVAM, el menú degustación actual tiene un tartar de tomate, licuado de hierbas, arroz untuoso de calamar, merluza asada, secreto ibérico y un tatín de manzana como postre. El coste del mismo es de 55 euros, además de los 20 euros del maridaje con vinos a partir de su bodega, lo que nos da un precio aproximado al que los miembros del equipo de alcaldía han hecho uso en ocho ocasiones a lo largo de la legislatura.

    4. CASA NAVARRO, MIRANDO AL MAR
    (Avinguda Mare Nostrum, 32 – Alboraia. Platja de La Patacona)

    Como El Canyar, otro clásico de la ciudad. Muy habitual a lo largo de los años de los jugadores de fútbol del Valencia CF o del Levante UD, los arroces son los protagonistas, al punto. Es uno de los restaurantes más habituales para tomar una paella a escasos metros de la arena de la playa. Destacan también los productos del mar, especialmente con los entrantes típicos valencianos.

    Por Casa Navarro pasaron no pocos concejales de la ciudad, desde Marta Torrado a María Jesús Puchalt pasando por Silvestre Senent o Mercedes Caballero. El ticket medio por comensal es de 40,21 euros en las facturas reveladas este jueves por Compromís. En uno de los menús servidos a cinco comensales, se emplataron calamares frescos, anchoas y queso como entrantes; los platos principales fueron un arroz negro de la casa y otro a banda.

    5. VUELVE CAROLINA, EL DE MODA
    (Carrer de Correus, 8. San Francesc, centro de la ciudad)

    Destaca la presencia de este restaurante de Quique Dacosta entre la lista de los más habituales para las comidas de representación de los miembros de la alcaldía. Junto a La Sucursal es uno de los que ofrece una visión mucho más actual de la gastronomía, incluso alejada por técnicas, diseño de los platos y carta al total de restaurantes.

    Con variables a partir de sus bebidas, las comidas de Vuelve Carolina acuden a un menú concertado aunque no son los menús degustación del restaurante. Esos menús oscilan entre los 24 y los 27 euros, mientras que los menús que disfrutaron los comensales que acompañaron a los miembros del ayuntamiento en este caso están entre los 55 y los 70 euros del comensal. El ticket medio de las facturas reveladas es de 68,42 euros.

    6. ARAGÓN 58, EL PREFERIDO DE CRISTÓBAL GRAU
    (Avinguda d’Aragó, 58)

    El restaurante situado en la misma Avinguda d’Aragó es uno de los habituales entre empresarios de la ciudad, muchos de ellos con los despachos en el Edificio Europa y las calles paralelas de la gran vía valenciana. Recientemente, este diario digital albergaba una trifulca entre directivos y accionistas de Banco de Valencia. Independientemente, es el preferido de Cristóbal Grau que ha cargado a lo largo de la legislatura hasta cuatro comidas a su nombre, una de ella con 12 comensales.

    Escogiendo un almuerzo ‘tipo’ de los ‘firmados’ por Grau, los cuatro comensales disfrutaron de varios platos a compartir (pulpo seco de Dénia, tartar de atún o fabada), aunque la estrella del almuerzo fueron 27 gambas rayadas del Mediterráneo que sumaron 51,30 euros al montante de ‘la nota’ (200,93).

    7. CHEZ LYON, EL MÁS ASEQUIBLE
    (Carrer d’En Llop, 4. San Francesc, centro de la ciudad)

    El restaurante que cierra esta serie de habituales describe en cada una de sus facturas el menú ofrecido en cada caso. Chez Lyon es uno de los favoritos por parte de los miembros del gobierno local, el más asequible, con un ticket medio por comensal de 27,8 euros. En sus menús para los miembros de la alcaldía se repiten algunos de sus platos como el lenguado o el rape grillé, entrecots o platos a partir de carne de pato. María Jesús Puchalt firmó dos de sus tickets en menos de un mes.

    LOS OTROS HABITUALES

    Además de estos restaurantes más recurrentes en el gasto público, hay otros habituales de empresarios y políticos que aparecen puntualmente. Hasta en cuatro ocasiones hubo dietas a cargo del Ayuntamiento de Valencia por comidas en El Coso (una de las mejores tellerías de la ciudad), una de ellas para 25 comensales y otra para 33 (ambas a cargo de ‘Alcaldía’). Otros habituales son El Gastrónomo (posiblemente, el mejor steak tartar de Valencia junto al de Askua), la Taberna AlkazarEl Ventorro, La Principal o el ya cerrado La Embajada.

    Como curiosidad, el 18 de marzo de 2011, diferentes miembros del gobierno local decidieron realizar comidas a cargo de las arcas públiacs del Ayuntamiento de Valencia. En total, en un solo día, 8.481,67 euros para 108 comensales, más de la mitad de ellos en El Canyar y, entre otros, Carmen Alborch. La que fuera candidata a la alcaldía del grupo socialista gastó algo más de 500 euros para seis comensales aquel día.