Etiqueta: cultura

  • Cultura a la baja

    Publicado originalmente en la revista Plaza (agosto de 2019)

    El cierre de algunos comercios de nueva creación se sirve como síntoma de un estancamiento en el mercado cultural. Los datos más actualizados evidencian una caída en el gasto, mientras la Renta o el Salario Mínimo Interprofesional ha aumentado. ¿Las causas? Los expertos apuntan al poder adquisitivo real y la resituación de la Cultura como un servicio cada vez más alejado de la compra individual 

    Este verano se cierra un curso de alto interés para el análisis del consumo cultural: se cumplen cuatro años de un cambio en los tres gobiernos ligados a la capital valenciana. Gobiernos del cambio en Generalitat, Diputación y Ayuntamiento, cuya llegada a la gestión pública era demandada por los sectores creativos de manera unánime. Más o menos afines a sus pensamientos, la continuidad política de los ejecutivos provocó –como poco– una suma de distorsiones que, en algún caso, cuentan con un presente y futuro de presuntos delitos y seguimiento en tribunales (Caso IVAM). En el caso de la ciudad, el cuarto de siglo en manos del mismo grupo acumuló un balance histórico lleno de contradicciones. Finalmente, definido por el tijeretazo tras la crisis: de la penúltima a la última legislatura del Partido Popular, el recorte fue del 86%.

    ¿Cómo pudo sobrevivir la gestión cultural de València a un recorte del 86%? Sobre todo, teniendo en cuenta que el Palau de la Música no se cerró ni hubo despidos. Ni allí, ni en los museos de la ciudad, por ejemplo. Producción, programación y producción cayeron en picado y la asfixia derivó en un fenómeno que todavía no se ha estudiado lo suficiente: la creación de un sinfín de festivales urbanos, pero también de iniciativas privadas. Bares culturales, librerías con actividades constantes, galerías enfocadas a nuevos compradores y comercios atípicos. El instinto de supervivencia afectó al sector, beneficiando a una población que, en el peor momento de inversión pública, vivió un inicio de década al alza en la oferta. Sus bambalinas eran la profunda precarización del sector, definida en el ensayo El entusiasmo de Remedios Zafra. Ese encofrado de cristal para artistas y creadores es sobre el que se sostiene su modelo comercial.

    Por eso, si se acepta que el inicio de década fue un espejismo, es natural que desde la Academia y desde lo privado se pregunten hacia dónde va la Cultura. Hacia dónde va su mercado. Más allá de la actualidad comparada, con ciudades homónimas en su contexto a València (Rotterdam, Edimburgo, Vancouver), una parte de los problemas se solidificó con la ausencia de relevo por parte de la política local de esa reacción instintiva. La puesta en marcha de festivales urbanos por doquier y de comercios en torno a la Cultura de inicios de la década no obtuvo una respuesta paraguas del Ayuntamiento, que ha ido recuperando el 86% del presupuesto esquilmado poco a poco. Muy poco a poco. Hoy, todavía, el Palau de la Música consume en su solo edificio el 56% directo de todo el presupuesto de la ciudad para Cultura.

    La percepción sobre la cultura vivida y disfrutada por una buena parte de la ciudadanía no tiene relación con el Palau. A menudo, como demuestra cualquier comparativa por volumen de público, está más próxima a la extraordinaria capilaridad creada por los festivales urbanos desde la iniciativa privada. Arístides Rosell, portavoz de la Plataforma de Iniciativas Culturales y Urbanas de València, la PICUV, es claro con su diagnóstico de relaciones durante estos cuatro años: “los ciudadanos pueden hacerse una idea de la interacción del Ayuntamiento con los festivales con la típica imagen de un electrocardiograma. Altos y bajos, picos de máxima intensidad y todo lo contrario. Los picos pertenecieron al inicio de legislatura. El suelo, hacia los dos últimos años”.

    Si en algo coinciden los agentes es en lo mucho que supuso que se abrieran las puertas del Consistorio, que se entablase diálogo. Ahora bien, son entre críticos y escépticos por unanimidad sobre en qué se tradujo la escucha. “Las ayudas convocadas, no solo para festivales, fueron un tema recurrente durante muchas reuniones”, comenta Rosell. El sector había soportado en precario casi siete años de vacío. De iniciativa remando, sobre todo, ante la usencia de un gasto en Cultura suficiente y una Educación que acompañe a la idea de necesidad de Cultura para el bienestar. Las ayudas a estos festivales, pero también a todo tipo de asociaciones culturales de barrio y acciones puntuales (todas se sirven en el mismo saco), ocupan un coste inferior a la gran mayoría de conciertos de orquesta en el Palau: 150.000 euros anuales.

    Datos inquietantes: el gasto cae

    En la revista Plaza tenemos acceso a la cocina de un estudio que prepara EconCult, el brazo académicamente armado de la Facultad de Economía de la Universitat de València. Los datos en bruto, consultados en exclusiva para esta publicación, son más interesantes si se toma como base el barómetro de la ciudad. ¿Cuáles son los consumos culturales? Solo una actividad, de entre muchas, es realizada por la mitad de los valencianos al trimestre: ir al cine. Casi nadie compra un Blu-ray o un CD, pero lo más inquietante es que el 53,4% de los vecinos de València no ha comprado un libro en los últimos tres meses; el 79,5% no ha ido a un concierto; el 80,3% no ha ido ni a un museo ni a una exposición: el 80,8% no ha ido al teatro, ni a ver un clásico, ni una obra contemporánea, ni danza, ni circo. En resumen, un tercio de los valencianos, directamente no han tenido la menor actividad en un periodo prolongado.

    Pau Rausell, profesor del departamento de Economía Aplicada de la UV y director de EconCult, recuerda que en el mismo barómetro, los valencianos no interpretan que la Cultura sea una de sus preocupaciones. En un listado de 22 asuntos posibles, ocupa el número 19 y menos de un 1% tiene inquietudes por su acceso y disfrute. En un análisis preliminar de los datos, tras su aportación al interesante Informe del Estado de la Cultura 2019 dedicado, precisamente, a las políticas culturales locales, advierte un giro inesperado de los acontecimientos: “el gasto de las familias españolas en Cultura, hasta 2016, no estaba muy por debajo de la media estatal. Lo sorprendente a partir de los datos recién recabados es que, tras una pequeña recuperación, ha vuelto a caer en 2017 (datos consolidados)”.

    Lo más sorprendente de este detalle es que, aun siendo una lectura en caliente, es posible que el gasto en Cultura haya tocado suelo para un sector de la sociedad. Revisando las tablas del extenso estudio, llama la atención que las familias con rentas más bajas, mantienen sus consumos culturales. Aunque mínimos, se muestran estables. Más alarmante es lo que ocurre con las rentas medias y altas, ya que el gasto cae. ¿Interesa menos la Cultura? ¿Se consume en dispositivos y plataformas que no están siendo analizados? Lo cierto es que el porcentaje de gasto general de los españoles en Cultura cae estrepitosamente en la última década: ni más ni menos que de un 3,18% (2006) a un 2,46% (2017), dentro del gasto total. Entre los individuos con una formación más baja, el gasto ha caído desde el inicio de la crisis de manera moderada. Sin embargo, entre los individuos con mayor formación, en uno de los hechos más sorprendentes del estudio, la caída en el consumo cultural es superior. Una tendencia completamente nueva.

    El gasto por persona en Cultura desde la segmentación de las Autonomías tiene una clara relación con Renta. Por eso, el caso valenciano es singular, ya que no resulta bien parado en la estadística. Si acudimos al año 2006, a partir de los datos recabados por Econcult, mientras que Cataluña, Madrid y Baleares marcaban el primer escalón con 477, 470 y 448 euros (individuo/año), la Comunidad Valenciana (392) se situaba en el segundo peldaño junto a Navarra (407) y País Vasco (399). Su relación en este ranking ha cambiado. Pese a que es sorprendente la caída del gasto en los representantes del primer escalón, a la Comunidad Valenciana (286 euros) le han superado regiones como Aragón o Castilla y León, mientras que la inversión por persona de cada ejercicio ya está próxima a la de Andalucía o Galicia, a las que superaba en casi un 25% hace una década. Es decir, que de mantener un gasto por ciudadano propio del segundo escalón por regiones, ha pasado a la extensa zona media, a la que no acceden Canarias o Extremadura.

    No obstante, todos estos resultados se han ponderar teniendo en cuenta que no es menos cierto que durante los últimos cuatro años se han activado una gran cantidad de planes. Entre otros, por la ambición de haber echado a andar 70 planes distintos en cuatro años, destaca Fes Cultura. El plan estratégico cultural valenciano hasta 2020 ha cumplido con el objetivo de poner en marcha toda su maquinaria. Sin embargo, ¿cuál ha sido el impacto? Se ha aumentado el número de producciones y trabajadores, porque hay datos Autonómicos que avalan el repunte, ¿pero ha mejorado el consumo? Rosell es crítico con la suma de planes estratégicos y reuniones durante los últimos cuatro años (“han sido muchas”), y tiene claro que es necesario “un acompañamiento a este sector estratégico”. Según cifras de la Dirección General de Empleo de la Generalitat, algo más de 60.000 puestos de trabajo directos en 2018. Rosell llama a un “tiempo de acción. Es necesario accionar el mapa cultural de la ciudad, identificar y potenciar con los recursos disponibles las mejoras necesarias para relanzar València”. Creadores no faltan.

    De hecho, el análisis más interesante tras la última batida de datos realizada por EconCult es: ¿tiene sentido la existencia de una ciudad de creadores? De una ciudad más creadora que consumidora. En este momento, se evidencia que así lo es, por el exceso de oferta frente a la menguante demanda. La evidencia de la disfunción se encuentra en el cierre encadenado de tres comercios de gran arraigo en la ciudad, paradigma del empuje privado –ante la asfixia– de la última década. Tras el foco mediático acumulado en torno a sus cierres, sus responsables nos explican cuál es su lectura del tablero de juego que les ha expulsado (al menos, temporalmente).

    Inma Pérez Burches, propietaria de la extinta librería Dadà en el MuVIM y el IVAM

    “En València existe el consumo cultural, pero es reducido y endogámico. La misma gente que crea en torno a disciplina es su principal consumidora. Por otro lado, existe una proliferación de eventos de acceso gratuito en el que la cultura es la excusa. A la gente se le muestra que ha de pagar por la cerveza o la comida, pero no por aquello a lo que ha ido a ver o disfrutar. La frontera que divide el evento social del cultural está más diluida que nunca. La solución, como siempre, pasa por la crítica y la reflexión. Si no la hay, todos estos festivales y encuentros son ejercicios de relaciones públicas. La cultura en València, cada vez más, es la excusa. Es el medio, no el fin”.

    Luis Nácher, propietario del extinto deLUXE Pop Club

    “Mi visión es la de trabajar en una pequeña sala de conciertos durante 11 años. Durante este tiempo, la oferta ha superado a la demanda con creces. He echado de menos público más joven, pese a las dificultades que hayamos tenido para promocionarnos. Puede que no estén acostumbrados a ir a un local pequeño, pagar una entrada y disfrutar de un concierto muy próximo al artista. Quizá están más acostumbrados a los grandes conciertos gratuitos en la Plaza del Ayuntamiento de La Habitación Roja. Entre los jóvenes, el concepto de que la cultura es gratis está más arraigado. Además, a menudo la cultura es una excusa para crear un evento. A pesar de todo, València siempre es una ciudad con una gran efervescencia cultural”.

    Cristina Chumillas, copropietaria de la extinta galería Pepita Lumier

    “En València no hay mucho consumo cultural. Confundimos ocio con cultura. Por otro lado, la oferta gratuita, los festivales de barrio y algunas exposiciones transmiten el mensaje de que la cultura es un evento. La cultura se crea a partir de que haya un consumo, de que se compren libros, entradas a conciertos… y ese hecho escasea. Al menos, entre la mayor parte de la ciudadanía. Puede que el poder adquisitivo de la gente sea cada vez más limitado, pero para que haya consumo cultural en València debe haber una educación al respecto que no se da”.

  • Cultura en venta

    Publicado originalmente en la revista Plaza de agosto de 2019

    El cierre de algunos comercios de nueva creación se sirve como síntoma de un estancamiento en el mercado cultural. Los datos más actualizados evidencian una caída en el gasto, mientras la Renta o el Salario Mínimo Interprofesional ha aumentado. ¿Las causas? Los expertos apuntan al poder adquisitivo real y la resituación de la Cultura como un servicio cada vez más alejado de la compra individual 

    Este verano se cierra un curso de alto interés para el análisis del consumo cultural: se cumplen cuatro años de un cambio en los tres gobiernos ligados a la capital valenciana. Gobiernos del cambio en Generalitat, Diputación y Ayuntamiento, cuya llegada a la gestión pública era demandada por los sectores creativos de manera unánime. Más o menos afines a sus pensamientos, la continuidad política de los ejecutivos provocó –como poco– una suma de distorsiones que, en algún caso, cuentan con un presente y futuro de presuntos delitos y seguimiento en tribunales (Caso IVAM). En el caso de la ciudad, el cuarto de siglo en manos del mismo grupo acumuló un balance histórico lleno de contradicciones. Finalmente, definido por el tijeretazo tras la crisis: de la penúltima a la última legislatura del Partido Popular, el recorte fue del 86%.

    ¿Cómo pudo sobrevivir la gestión cultural de València a un recorte del 86%? Sobre todo, teniendo en cuenta que el Palau de la Música no se cerró ni hubo despidos. Ni allí, ni en los museos de la ciudad, por ejemplo. Producción, programación y producción cayeron en picado y la asfixia derivó en un fenómeno que todavía no se ha estudiado lo suficiente: la creación de un sinfín de festivales urbanos, pero también de iniciativas privadas. Bares culturales, librerías con actividades constantes, galerías enfocadas a nuevos compradores y comercios atípicos. El instinto de supervivencia afectó al sector, beneficiando a una población que, en el peor momento de inversión pública, vivió un inicio de década al alza en la oferta. Sus bambalinas eran la profunda precarización del sector, definida en el ensayo El entusiasmo de Remedios Zafra. Ese encofrado de cristal para artistas y creadores es sobre el que se sostiene su modelo comercial.

    Por eso, si se acepta que el inicio de década fue un espejismo, es natural que desde la Academia y desde lo privado se pregunten hacia dónde va la Cultura. Hacia dónde va su mercado. Más allá de la actualidad comparada, con ciudades homónimas en su contexto a València (Rotterdam, Edimburgo, Vancouver), una parte de los problemas se solidificó con la ausencia de relevo por parte de la política local de esa reacción instintiva. La puesta en marcha de festivales urbanos por doquier y de comercios en torno a la Cultura de inicios de la década no obtuvo una respuesta paraguas del Ayuntamiento, que ha ido recuperando el 86% del presupuesto esquilmado poco a poco. Muy poco a poco. Hoy, todavía, el Palau de la Música consume en su solo edificio el 56% directo de todo el presupuesto de la ciudad para Cultura.

    La percepción sobre la cultura vivida y disfrutada por una buena parte de la ciudadanía no tiene relación con el Palau. A menudo, como demuestra cualquier comparativa por volumen de público, está más próxima a la extraordinaria capilaridad creada por los festivales urbanos desde la iniciativa privada. Arístides Rosell, portavoz de la Plataforma de Iniciativas Culturales y Urbanas de València, la PICUV, es claro con su diagnóstico de relaciones durante estos cuatro años: “los ciudadanos pueden hacerse una idea de la interacción del Ayuntamiento con los festivales con la típica imagen de un electrocardiograma. Altos y bajos, picos de máxima intensidad y todo lo contrario. Los picos pertenecieron al inicio de legislatura. El suelo, hacia los dos últimos años”.

    Si en algo coinciden los agentes es en lo mucho que supuso que se abrieran las puertas del Consistorio, que se entablase diálogo. Ahora bien, son entre críticos y escépticos por unanimidad sobre en qué se tradujo la escucha. “Las ayudas convocadas, no solo para festivales, fueron un tema recurrente durante muchas reuniones”, comenta Rosell. El sector había soportado en precario casi siete años de vacío. De iniciativa remando, sobre todo, ante la usencia de un gasto en Cultura suficiente y una Educación que acompañe a la idea de necesidad de Cultura para el bienestar. Las ayudas a estos festivales, pero también a todo tipo de asociaciones culturales de barrio y acciones puntuales (todas se sirven en el mismo saco), ocupan un coste inferior a la gran mayoría de conciertos de orquesta en el Palau: 150.000 euros anuales.

    Datos inquietantes: el gasto cae

    En la revista Plaza tenemos acceso a la cocina de un estudio que prepara EconCult, el brazo académicamente armado de la Facultad de Economía de la Universitat de València. Los datos en bruto, consultados en exclusiva para esta publicación, son más interesantes si se toma como base el barómetro de la ciudad. ¿Cuáles son los consumos culturales? Solo una actividad, de entre muchas, es realizada por la mitad de los valencianos al trimestre: ir al cine. Casi nadie compra un Blu-ray o un CD, pero lo más inquietante es que el 53,4% de los vecinos de València no ha comprado un libro en los últimos tres meses; el 79,5% no ha ido a un concierto; el 80,3% no ha ido ni a un museo ni a una exposición: el 80,8% no ha ido al teatro, ni a ver un clásico, ni una obra contemporánea, ni danza, ni circo. En resumen, un tercio de los valencianos, directamente no han tenido la menor actividad en un periodo prolongado.

    Pau Rausell, profesor del departamento de Economía Aplicada de la UV y director de EconCult, recuerda que en el mismo barómetro, los valencianos no interpretan que la Cultura sea una de sus preocupaciones. En un listado de 22 asuntos posibles, ocupa el número 19 y menos de un 1% tiene inquietudes por su acceso y disfrute. En un análisis preliminar de los datos, tras su aportación al interesante Informe del Estado de la Cultura 2019 dedicado, precisamente, a las políticas culturales locales, advierte un giro inesperado de los acontecimientos: “el gasto de las familias españolas en Cultura, hasta 2016, no estaba muy por debajo de la media estatal. Lo sorprendente a partir de los datos recién recabados es que, tras una pequeña recuperación, ha vuelto a caer en 2017 (datos consolidados)”.

    Lo más sorprendente de este detalle es que, aun siendo una lectura en caliente, es posible que el gasto en Cultura haya tocado suelo para un sector de la sociedad. Revisando las tablas del extenso estudio, llama la atención que las familias con rentas más bajas, mantienen sus consumos culturales. Aunque mínimos, se muestran estables. Más alarmante es lo que ocurre con las rentas medias y altas, ya que el gasto cae. ¿Interesa menos la Cultura? ¿Se consume en dispositivos y plataformas que no están siendo analizados? Lo cierto es que el porcentaje de gasto general de los españoles en Cultura cae estrepitosamente en la última década: ni más ni menos que de un 3,18% (2006) a un 2,46% (2017), dentro del gasto total. Entre los individuos con una formación más baja, el gasto ha caído desde el inicio de la crisis de manera moderada. Sin embargo, entre los individuos con mayor formación, en uno de los hechos más sorprendentes del estudio, la caída en el consumo cultural es superior. Una tendencia completamente nueva.

    El gasto por persona en Cultura desde la segmentación de las Autonomías tiene una clara relación con Renta. Por eso, el caso valenciano es singular, ya que no resulta bien parado en la estadística. Si acudimos al año 2006, a partir de los datos recabados por Econcult, mientras que Cataluña, Madrid y Baleares marcaban el primer escalón con 477, 470 y 448 euros (individuo/año), la Comunidad Valenciana (392) se situaba en el segundo peldaño junto a Navarra (407) y País Vasco (399). Su relación en este ranking ha cambiado. Pese a que es sorprendente la caída del gasto en los representantes del primer escalón, a la Comunidad Valenciana (286 euros) le han superado regiones como Aragón o Castilla y León, mientras que la inversión por persona de cada ejercicio ya está próxima a la de Andalucía o Galicia, a las que superaba en casi un 25% hace una década. Es decir, que de mantener un gasto por ciudadano propio del segundo escalón por regiones, ha pasado a la extensa zona media, a la que no acceden Canarias o Extremadura.

    No obstante, todos estos resultados se han ponderar teniendo en cuenta que no es menos cierto que durante los últimos cuatro años se han activado una gran cantidad de planes. Entre otros, por la ambición de haber echado a andar 70 planes distintos en cuatro años, destaca Fes Cultura. El plan estratégico cultural valenciano hasta 2020 ha cumplido con el objetivo de poner en marcha toda su maquinaria. Sin embargo, ¿cuál ha sido el impacto? Se ha aumentado el número de producciones y trabajadores, porque hay datos Autonómicos que avalan el repunte, ¿pero ha mejorado el consumo? Rosell es crítico con la suma de planes estratégicos y reuniones durante los últimos cuatro años (“han sido muchas”), y tiene claro que es necesario “un acompañamiento a este sector estratégico”. Según cifras de la Dirección General de Empleo de la Generalitat, algo más de 60.000 puestos de trabajo directos en 2018. Rosell llama a un “tiempo de acción. Es necesario accionar el mapa cultural de la ciudad, identificar y potenciar con los recursos disponibles las mejoras necesarias para relanzar València”. Creadores no faltan.

    De hecho, el análisis más interesante tras la última batida de datos realizada por EconCult es: ¿tiene sentido la existencia de una ciudad de creadores? De una ciudad más creadora que consumidora. En este momento, se evidencia que así lo es, por el exceso de oferta frente a la menguante demanda. La evidencia de la disfunción se encuentra en el cierre encadenado de tres comercios de gran arraigo en la ciudad, paradigma del empuje privado –ante la asfixia– de la última década. Tras el foco mediático acumulado en torno a sus cierres, sus responsables nos explican cuál es su lectura del tablero de juego que les ha expulsado (al menos, temporalmente).

    Inma Pérez Burches, propietaria de la extinta librería Dadà en el MuVIM y el IVAM

    “En València existe el consumo cultural, pero es reducido y endogámico. La misma gente que crea en torno a disciplina es su principal consumidora. Por otro lado, existe una proliferación de eventos de acceso gratuito en el que la cultura es la excusa. A la gente se le muestra que ha de pagar por la cerveza o la comida, pero no por aquello a lo que ha ido a ver o disfrutar. La frontera que divide el evento social del cultural está más diluida que nunca. La solución, como siempre, pasa por la crítica y la reflexión. Si no la hay, todos estos festivales y encuentros son ejercicios de relaciones públicas. La cultura en València, cada vez más, es la excusa. Es el medio, no el fin”.

    Luis Nácher, propietario del extinto deLUXE Pop Club

    “Mi visión es la de trabajar en una pequeña sala de conciertos durante 11 años. Durante este tiempo, la oferta ha superado a la demanda con creces. He echado de menos público más joven, pese a las dificultades que hayamos tenido para promocionarnos. Puede que no estén acostumbrados a ir a un local pequeño, pagar una entrada y disfrutar de un concierto muy próximo al artista. Quizá están más acostumbrados a los grandes conciertos gratuitos en la Plaza del Ayuntamiento de La Habitación Roja. Entre los jóvenes, el concepto de que la cultura es gratis está más arraigado. Además, a menudo la cultura es una excusa para crear un evento. A pesar de todo, València siempre es una ciudad con una gran efervescencia cultural”.

    Cristina Chumillas, copropietaria de la extinta galería Pepita Lumier

    “En València no hay mucho consumo cultural. Confundimos ocio con cultura. Por otro lado, la oferta gratuita, los festivales de barrio y algunas exposiciones transmiten el mensaje de que la cultura es un evento. La cultura se crea a partir de que haya un consumo, de que se compren libros, entradas a conciertos… y ese hecho escasea. Al menos, entre la mayor parte de la ciudadanía. Puede que el poder adquisitivo de la gente sea cada vez más limitado, pero para que haya consumo cultural en València debe haber una educación al respecto que no se da”.

  • ¿Por qué los hombres heterosexuales feministas seguimos entre el pánico y el silencio?

    Publicado originalmente en El País

    Los hombres heterosexuales –como los catalanes para Rajoy– hacemos cosas, pero sobre todo una: contradecirnos. Sobre todo con el feminismo. Sobre todo con la boca cerrada. La contradicción es, de todas las silenciosas, nuestra respuesta favorita. No tenemos ningún grupo de WhatsApp para hablar de ello. No se comenta. No se verbaliza porque tampoco es un tabú. Si reflexionásemos cada vez que sucede, colapsaríamos. Nuestra cara mutaría en pantalla de Windows 95 tratando de ejecutar el lanzamiento de una sonda lunar. Os aseguro que no querríais ver eso. Nuestro cuerpo pasaría del espasmo al estertor, se quedaría suspendido en el tiempo y el mundo tendría que seguir girando sin nosotros (y sabemos que eso podría no ser del todo perjudicial).

    La razón es biológica: estudios neurocientíficos aseguran que un 95% de nuestras decisiones pertenecen al subconsciente. Esa contradicción constante es una acción refleja. O dicho de otra manera: apenas tomamos el 5% de las decisiones de manera consciente. El grueso de lo que hacemos todos –elles y elles– pertenece al género de las costumbres. También con el feminismo. A cada paso que damos, en cada esquina que doblamos, ante cualquier máquina de vending con esa cara de cordero degollado que nos deja el colchón de Ikea, los hombres tomamos decisiones equivocadas con respecto a la desigualdad entre géneros. Lo hacemos todo el día, se nos dé bien hacer la paella o suframos migrañas. De hecho, existe un efecto contagio en vosotras que también caéis en el asunto.PUBLICIDAD

    En nuestro cerebro son cortocircuitos constantes. «Brrr. Brrr. Brrr». Apenas los sentimos. Pocas veces los vemos venir y, en cualquier caso, nunca lo decimos. Silencio. En mi caso, hasta hoy. Me lo dijo una ex el otro día y se lo leí a Virgine Despentes pocas horas después: los hombres, en realidad, no hablamos de lo que nos pasa. Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos. La conjura de la rutina lo excluye de la conversación. Nunca nada del todo consciente, porque en realidad solo es un 95% rutina y automatismos. Luego, en el espacio sobrante de RAM hay complejos y una reinterpretación de la masculinidad de la que habla todo el mundo que no somos nosotros. Un frágil equilibrio que va de la neovirilidad a la interpretación de sí mismo que hace cualquier mamífero desde que aprende a imitar.

    «Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos».

    Pero incluso en ese escaso margen de consciencia hay oxígeno suficiente como para aceptar que este siglo servirá para balancear los roles. No sabemos cómo seremos. Nos asusta (pánico de hombros caídos). Nos deja el cuerpo como un cowboy que al volver a casa no encuentra su revólver bajo la almohada. Miramos al infinito. Nuestro cerebro pasa del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Todo en silencio. Pero lo vemos. Empezamos a repasar la galería de cagadas cotidianas. Un paisaje onírico que redibuja el presente y pensamos cosas. Ese día del que te hablaba me pilló con la tecla delante. No creerás lo que sucedió…

    Rebobinas hasta el miércoles: interior, oficina, reunión de trabajo, dos mujeres y dos hombres. El proyecto lo lleváis entre tú y Ella1. Lo habéis hecho juntos y lo exponéis juntos, pero de esto decides tomar las riendas tú [advertencia: eso no tiene por qué ser necesariamente una cagada]. Y empiezas. «Pim. Pam. PowerPoint mon amour». Y terminas cada frase mirándole a Él2. Pero a Él2 ni le va ni le viene. Está pensando en si te plancharás las camisas o las tenderás jodidamente bien. De hecho es Ella2 quien tiene que daros el visto bueno. Pero tú buscas a Él2 con el final de cada diapo.

    Necesitas ese gesto de complicidad. Tu mente va rápida y necesita recompensas. Es su compadreo el que te sirve. Porque pese a que llevas una semana pidiéndole perdón a tu bull terrier por pasearle tan tarde, porque pese a que te has quedado a trabajar con Ella1 cada una de las últimas tres noches, o pese a que Ella2 es la que decide, tú necesitas manejar esto con «los que saben». Ahora que solo queda rematar la jugada, le pasas el balón todo el rato a tu compañero de género. Hay otros dos cuerpos oxidándose en la habitación, pero el ataque se convierte en un toma y daca. Tuya, mía. Mía, tuya. Una pared tras otra, avanzando por el terreno de juego. Una. Otra. Así hasta llegar al área pequeña. ¡Gol del mansplaining!

    En efecto, estabas en tu 95% de que siga todo igual, por favor. Estabas en modo automático, sin más. Llegas a casa. Abres una lata de mejillones al natural y una cerveza low cost. Ninguna de las dos cosas sabe exactamente a lo que promete su packaging y es quizá por eso que durante unos segundos te das cuenta de todo. Entras en el terreno de la contradicción. Un ruido blanco, como un zumbido, te mantiene concentrado en esa idea. Son varios segundos, así que tampoco te da tiempo a comentarlo con nadie. No colapsas. Es más, decides no darle mucha importancia. “Es nuestra forma de ser”, te dices, justo antes de darte cuenta de que tu bull terrier mueve muy rápido su cola, mirándote de ‘esa manera’. Le diriges más palabras que a tu compañera durante la presentación mientras cargas el último podcast de La vida moderna, te pones el abrigo y los auriculares (por este orden) y bajas. “¡Qué puto frío hace!”. Las ideas se congelan. Y debe ser eso lo que ha provocado el silencio esta vez.

    Tienes este tipo de ‘interrupciones de la rutina vital’ cuando te quedas un fin de semana en casa de tus padres: la ropa entra en ese ciclo mágico por el cual estaba sucia el viernes y aparece doblada y planchada sobre la cama el domingo. La mano del hombre, del hombre en sí, no ha intervenido en el proceso. Miras fijamente al vacío. Eres consciente. Del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Silencio. Otro día un conocido tiene el estómago de comentar en voz alta una noticia de acoso laboral sugiriendo que también se ha sentido “así” alguna vez por el trato de una persona gay en “idénticas circunstancias”. Sabes que el contexto social, que la presión del entorno y la suma cultural convierten esos dos casos en dimensiones paralelas. «Chk. Chk». Y te quedas calladito en tu pupitre, como cuando alguien alivia un acting de macromachismo con el hashtag del #micromachismo que, resulta, ahora, todo lo cura.

    «El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano»

    El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano. Ni mucho menos ni como preocupa a tantos sublevados vivimos en sociedades tan idiotas que, por el hecho de desear ser menos desiguales, aceptan que no hay mujeres malas. Ese tipo de argumentos en vía muerta son, a menudo, otro de los factores que aletargan la solución al problema. Otro más es el desequilibrio de intensidades que se ejerce desde los medios cuando quien rapta a sus hijos o comete un homicidio es una mujer. También, desde este oficio, porque lo extraordinario tiene un valor mucho más llamativo en la alquimia de las audiencias.

    La enumeración puede continuar porque son muchos los brazos que reman en contra de una igualdad real para todos, aunque sea la inercia silenciosa la que los mueve en su mayoría; aunque sean brazos poderosos. En el casco de ese barco común hay grietas esperando a ser torpedeadas, algo a lo que ayuda y mucho generar focos de reivindicación como este Día Europeo por la Igualdad Salarial. Como lo hicieran las ideas en el Siglo de las Luces –no sin riesgos ni bajas por el camino– será el uso de la voz pública, la sugestión y cierto margen de tiempo el que irá perforando la preeminencia del «Brrr. Brrr» frente al liberador «Chk. Chk». Llegados a este punto, conscientes de seguir cagándola desde el automatismo, si hay algo que pocos pueden dudar es que este será el siglo de las mujeres. A su consecuencia, la sociedad será otra. Como poco, menos desigual y más justa.

  • Guerras culturales y clases sociales: una conferencia cruzada entre Víctor Lenore y Nega

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El pasado 15 de diciembre Nega y Víctor Lenore compartieron una conferencia en la Biblioteca de Patraix – Azorín. Dentro del ciclo Jornades. llibres i lliures. Literatura, llenguatge i canvi social, el cantante de Los Chikos del Maíz y Riot Propaganda y el periodista cultural expusieron sus ideas en torno a la vigencia de la guerra entre clases sociales y ‘bandos’ culturales. Dos temas de los que ambos ya han dejado rastro en sus correspondientes libros: La clase obrera no va al paraíso, de Nega junto a Arantxa Tirado, e Indies, hipsters y gafapastas, de Lenore. La siguiente es una transcripción parcial de sus conferencias, a partir de las cuales se generó un intenso y extenso debate con el público.

    Nega

    Clases sociales

    «Mis tres citas favoritas en torno a las clases sociales son: ‘La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases‘, de Marx y Engels; ‘La clase social es un concepto comunista. No existe la sociedad, solo existen hombres y mujeres individuales‘, de Margaret Thatcher; y ‘Claro que existe la lucha de clases, pero es la mía, la de los ricos, la que va ganando‘, de Warren Buffett. Ésta es mi favorita porque es indiscutible que existen las clases sociales. Es un hecho histórico, casi científico. La de Thatcher es rotundamente falsa, pero es la que mejor se ha asumido. Todos damos por hecho que no existen, que es algo antiguo, que es de comunistas o de dinosaurios marxistas. Las clases sociales tienen tan mala fama gracias a que esa idea se ha asentado».

    La invisibilización de la clase social baja

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    «Esta idea se ha asentado a partir de una forma de clasismo: la invisibilización. Se niega a las clases sociales más bajas. Encendemos la tele y no se ve a la clase trabajadora. Si vemos un anuncio de cereales, lo que vemos es a una familia en torno a la mesa y el papá que sale no lleva un mono azul ni la madre una camisa de Mercadona. Los anuncios muestran una especie de clase media abstracta. De clase media alta. La publicidad genera imaginarios e invisibiliza a la clase trabajadora».

    Cine

    «También sucede en el cine. Normalmente las películas están ambientadas en esa clase media. No importa cuál sea el género, si es terror o si es de amor. Siempre se representa a la clase media. De hecho, el trabajo es la mayor elipsis en la historia del cine; es la mayor contradicción. El trabajo ocupa la gran parte del día de una persona de nuestra sociedad: te levantas por la mañana y las horas que se dedican al trabajo ocupan la mayor parte del día. Eso no se ve en el cine, esa realidad no existe, especialmente en el cine comercial. Cuando una película muestra el trabajo de forma proporcionada, entonces es etiquetada como cine social o, lo que es peor, cine de autor». 

    «Si tú no haces política, te la van a hacer a ti»

    «La referencia creo que es del libro de Owen Jones [Chavs. La demonización de la clase obrera], que cuenta que cuando llegó el primer obrero al Parlamento británico, con su mono lleno de grasa y de polvo, le preguntaron si venía a arreglar el tejado. Esto que suena gracioso no lo es. Porque la diferencia, ahora, no es tanta. No estamos como para lanzar las campanas al vuelo. El número de parlamentarios que proceden de la clase obrera es ridículo. Con Podemos ha entrado gente como Cañamero o Alberto Rodríguez, pero la proporción sigue siendo anecdótica. Luego llega Celia Villalobos y comenta que si tienen piojos. Los parlamentarios habituales ven aquello como su cortijo. Consideran que alguien sin estudios está incapacitado para  hacer política, y lo que pasa es que si tú no haces política te la van a hacer a ti».

    «El resultado es el de una desafección y desapego por la política tremendo. Cuando llegan las elecciones, el nivel de abstención me aterra. En algunos países como Estados Unidos alcanza el 50%. ¿Sabéis quién no va a votar? Las clases populares. Esto es dramático si nos acordamos de aquel parlamentario que llegó con el mono de trabajo al Parlamento británico y pensaban que venía a arreglar el tejado. Han pasado cien años desde que conseguimos ese derecho y no lo ejercemos. A mí me parece dramático y esto abriría un debate con abstencionistas, anarquistas y demás, pero no votar me parece una falta de respeto a la gente que se dejó la vida por ello».

    Entre la burla y el chivo expiatorio

    «Otra de las paradojas en el mundo de la cultura con la clase obrera es que cuando aparece también es para hacer burla. Tenemos ejemplos como el Neng de Castefa o Aída. Cuando aparece es para reírnos de ella o convertirla en chivo expiaotorio. Entonces, todos esos periodistas y columnistas que la invisibilizaban la resucitan para justificar la presidencia de Trump, el ascenso de Le Pen o el Brexit».

    «OTRA FORMA DE CLASISMO ES EL PATERNALISTA, EL DE AQUELLOS QUE DICEN QUE LA EMANCIPACIÓN ESTÁ EN BEYONCÉ Y EN TELECINCO Y NO EN ANGELA DAVIS»

    «Hay quien se sorprende de que los obreros les voten. Yo creo que son racistas, derechistas, que han hecho las cosas mal, pero hay algo que sí han hecho: no negar a la clase trabajadora. Y nos han comido la tostada. Recuerdo unas imágenes en las que Le Pen aparece por una fábrica que estaba en huelga y se la comían a besos. Todos los obreros haciéndose fotos con ella. Y, piensas, ¿pero qué pasa aquí? Se te cae el mundo a los pies. Esto está pasando cuando hace 30 años si un líder ultraderechista se pasaba por una fábrica se le apedreaba. Los populistas nos han comido la tostada».

    El clasismo más peligroso

    «Otra forma de clasismo es el paternalista. Es la de aquellos que dicen que la emancipación está en Beyoncé y en Telecinco y no en Angela Davis porque, pobrecitos, los obreros no alcanzan a entender a los intelectuales como Angela Davis. Que si eres de barrio tienes que hablar con monosílabos como una estrella del trap. Y que si no lo haces, no eres ‘de abajo’. En plan ‘puta’, ‘zorra’, ‘mi polla’ y así. El otro día leí en Jenesaispop.com que se quejaban de la canción de Becky G en la que habla de que le gustan los señores mayores y las pollas grandes y no sé qué, y el artículo era de alguien súper indignado que decía que cómo se podía promocionar algo así. Y pensé, joder, pero si estáis toda la vida promocionando a grupos machistas no, lo siguiente, y llega una mujer sudamericana y le criticáis por esto. Es una especie de machismo paternalista al que me refiero».

    «LA MORAL NO EXISTE; EXISTE EL PODER»

    «Leí hace poco una cita en Twitter, que creo que era de una tuitera que se llama María Magdaleno. Decía algo así: vivimos en un sistema tan corrrupto y podrido por el neoliberalismo que la más mínima muestra de principio ético irrenunciable o la más mínima muestra de los derechos humanos más básicos es denostada como superioridad moral. Al final, haga lo que haga el pueblo parece que siempre está bien. No porque esté bien, sino porque lo hace el pueblo. Creo que esa es la forma de clasismo más peligrosa porque niega la alienación. Si una persona se dedica a ver Telecinco durante las 24 horas del día no está alienada. Por otro lado, niega la emancipación. Que haya chavales de barrio que se preocupen por formarse, por estudiar, que se preocupen por tener una toma de conciencia… entonces te dicen, ‘ya estás con tu superioridad moral’. Pues nada cuando lleguen las elecciones no haremos campaña. Cada uno que vote a la suya y que gane el PP siempre, porque, ¿cómo vas a decirle a alguien que está equivocado? Ya llegas con tu superioridad moral».

    «Por todo esto quiero decir que la moral no existe; existe el poder. Jorge Moruno, que creo que es una de las mentes más lúcidas que conforman Podemos, se enfrentó a un debate en Twitter a raíz de una historia por la cuestión de la alimentación en los colegios. Porque los niños coman sano, el tema de la obesidad, etcétera. Pues la gente saltaba y le decía, ‘pero tú quién eres para decirle a la gente lo que tiene que comer’. Pues nada, no puedes ni hablar de una dieta saludable. Que los niños coman mierda porque no puedes decir nada, que es superioridad moral. Comer sano es de pijos porque son ellos los que pueden permitirse una dieta sana. Recordad que las clases sociales existen, que la lucha de clases está más viva que nunca y que el capitalismo, a diferencia de Roma, sí paga a sus traidores».

    Víctor Lenore

    «Hace poco leía que por qué no se podían proponer unas listas cremalleras por las que, igual que se trata actualmente que haya una representación paritaria, puede haber un porcentaje representativo de la clase obrera. Porque hemos visto como una y otra vez a lo largo de la historia los diputados son de clase media y alta. Es decir, de las clases que se han podido formar académicamente y que, claro, defienden sus intereses. Desde allí tienen una facilidad pasmosa para olvidar cuáles son los intereses de los que más sufren».

    «Incluso en 2017 en Podemos existe ese déficit. Es una formación con la que he sintonizado muchísimo desde el principio, pero para encontrar a alguien que hable de trabajo conciliación… es muy difícil. Tengo como referencia el libro que escribió Jorge Moruno, La fábrica del emprendedor, que habla  de la miseria del mensaje capitalista, de que si quieres puedes. Vamos, que si no te haces rico es por culpa de que no te has esforzado lo suficiente». 

    La invisibilidad en los medios

    «Desde los medios se insensibiliza a la clase obrera. En los telediarios hay un sesgo muy fuerte sobre cualquier tipo de organización de la clase trabajadora. Yo no trabajo en las secciones de Nacional; las conozco de refilón, pero sé que hay un rechazo general a toda la información que tenga que ver con la clase trabajadora».

    «Uno de mis artículos favoritos sobre cultura pertenece al crítico cultural marxista Simon Williams. En éste cuenta que la cultura es algo cotidiano, que no es leerse la Odisea de Homero y que tiene más que ver con lo que haces cada día. Si cuando llegas a casa te pones a ver ForoCoches o Telecinco, esa es tu cultura porque se basa en torno a los estímulos que tienes. Pues bien, ese es el caballo de batalla donde las clases altas nos llevan dando una paliza enorme. De forma sutil, tienen todas las de ganar». 

    «LAS DECISIONES QUE SE TOMAN EN LA TELE NO SON INOCENTES»

    «En la izquierda es bastante complicado encontrar un discurso sobre la tele. Una vez El Cultural, el suplemento, proponía a diferentes intelectuales la idea de qué cambiarían para mejorar la situación cultural de España. Entonces decían cosas súper estrambóticas, muy centradas en el sector cultural, como temas de becas, subvenciones… menos Juan Marsé, que decía que lo que haría es cambiar de cabo a rabo la programación de la televisión».

    Especial Telecinco

    «Uno de los ejemplos más claros de cómo está la televisión es el modelo italiano de Telecinco. Yo trabajaba en Rolling Stone cuando entrevistaron a Paolo Vasile que no sé si es licenciado o doctorado en Filosofía. Entonces, piensas, ¿cómo es posible que un especialista en Santo Tomás de Aquino sea el responsable de este tipo de tele? Él contestó que había dos tipos de personas: las que querían llegar a un nivel superior de conocimiento y, luego, todos los demás que no querían complicarse la vida. Esa visión del mundo es profundamente clasista. Como si hubiera personas de categoría A y de categoría B. Los de categoría B parecen condenados a consumir basura, y te sorprendes. Porque Vasile no llegó a España y dijo, voy a probar durante dos años con una programación para una audiencia inteligente y sensible; no, llegó e hizo la televisión que los publicistas le pidieron que hiciera, porque ellos son realmente sus jefes. Las decisiones que se toman en la tele no son inocentes». 

    «Cuando llegó Gran Hermano a España recuerdo que solo había tres reglas, y creo que no las han cambiado: no se podía leer, no se podía escuchar música y no se podía hablar de política. Lo de la música, quizá, se puede entender por afectar a la grabación. Pero lo importante es que no querían que el programa se convirtiera en un foro de debate sobre los problemas sustanciales. Que la gente no vea en sus casas que se hable de algo así». 

    «Uno de los primeros programas que inauguró la moda de los debates televisivos actuales fue El Gran Debate. Allí empezaron a salir miembros de Podemos o Ada Colau. Entonces Rajoy llamó para que lo quitaran. Quedaba un año para renovar licencias y Vasile lo quitó. Y, luego, laSexta, muy inteligentemente supo aprovechar e hizo su camino con una programación más digna, más consciente de los problemas que había. Por eso, quien diga que la gente está enganchada a Sálvame Deluxe y a LaLiga porque quiere, en parte tiene razón, pero en parte no».

    Reggaeton 

    «El reggaeton es un fenómeno que he seguido de cerca y que me sigue llamando mucho la atención. Aparece por el 2002 y genera un rechazo brutal inmediato de la industria y de la crítica. Los expertos y críticos le dan de lado y las emisoras tipo Radio 3, que se supone que tienen una sensibilidad especial, no le hacen caso. ¿Por qué ha creado ese rechazo cuando otras músicas no lo crean? La excusa es normalmente su calidad musical. Se dice que es una música chabacana y vulgar, nada distinto a las críticas que recibían en los años 50 algunos estilos como el rythim and blues del que Frank Sinatra dijo que era basura para idiotas. Cabe recordar que las listas de éxito llegaron a estar separadas con canciones para negros y las ‘listas generales’. Lo que pasó en España en 2003 fue muy parecido a lo de aquellos años 50. Se trató de esconder con criterios culturales y prejuicios clasistas. Porque el reggaeton es una música enfocada al cuerpo y, sí, España sigue teniendo su tradición católica y puritana y siempre ha visto el disfrute del cuerpo como algo inferior e impropio de la cultura».

    Fotos: EVA MÁÑEZ

    «Recuerdo un debate muy interesante de Susan Sontag sobre las películas de Bruce Lee. Se decía que eran cintas fascistas que fomentaban el culto al cuerpo, la agresividad y la violencia. Lo que en realidad demostraba esa cultura de gimnasios y artes marciales en Occidente es que la única posesión que tenían los chavales de barrio eran sus cuerpos. El disfrute que pueden extraer de ello a través del sexo o del deporte. Por eso lo cuidas, porque es lo que tienes. Así que más que un culto fascista también tenía que ver con el fenómeno de Fiebre del sábado noche, cuando los fines de semana quieres disfrutar tras lo mucho que has currado entre semana. Al final, es siempre una lógica muy parecida a la de la cultura rave o la de la Ruta del Bakalao. Me explotan de lunes a viernes, pues a disfrutar todo lo que pueda el fin de semana».

    «El reggaeton es político. No en el sentido de lo que hacen Los Chikos del Maíz, pero es político en otros sentidos. Cuando empezó en el Caribe, en Jamaica, sus habitantes sacaban los equipos de sonido a la calle porque no tenían dinero para hacer mucho más. Cuando eso da el salto a Puerto Rico y Panamá las fuerzas de derecha, las emisoras católicas, hablan de música satánica, ofensiva para dios, que desviará a los jóvenes del camino recto. El reggaeton nació ya con muchísima oposición. También es política porque le dice a la industria del disco estadounidense, ‘está muy bien tu música, pero nosotros también podemos hacerla. Nosotros no vamos a hacer el mismo hip hop que en Nueva York o Los Angeles porque nos gusta bailar, así que vamos a hacer un hip hop que se pueda bailar’. Y se dijo que duraría dos años, pero su continua desacreditación es la misma al resto de cosas que salen de la clase baja».

    Fotos: EVA MÁÑEZ

    «Me flipa un poco el rechazo y la hostilidad que hay contra el reggaeton. En una entrevista Mikel Erentxun dijo que quemaría todos los discos. Pereza le dedicó una canción en su contra. Y, sin embargo, este año ha entrado en festivales y ha logrado que sus artistas metan la cabeza con patrocinios de marcas de telecomunicación. Como el caso de Tangana. Me recuerda a la entrevista que le hice a Camela que también evidencian el rechazo a la clase trabajadora. Me dijeron que nunca les habían ofrecido un contrato de patrocinio pese a su éxito. ¿Por qué? Los prejuicios son los mismos y siguen muy vivos, pero ya nos pasaba con con Manolo Escobar que nunca entraba en las listas de éxitos porque lo vendía todo en gasolineras. Tampoco con la rumba catalana, porque socialmente no se podía dar espacio a la gente que hablaba de los problemas de la calle, de problemas económicos, de cárcel o de heroina. De la vida en un sentido divertido, como hace la rumba, pero también de los bajones y de los conflictos».

    «La cultura no es un territorio inocente»

    «Me gustaría decir que la cultura no es un territorio inocente y que detrás hay muchas estructuras de poder e intereses. Hay que saber verlo. Y hay dos circuitos, porque el sistema sabe cómo poner lo que más le interesa delante del escaparate y lo que menos detrás. Por ejemplo, está el caso de Los Chikos del Maíz en Radio 3, que tienen una entrevista que no se emite en un momento dado porque hay, se supone, un supuesto miedo a que alguien del Gobierno del PP escuche eso. Pero ha habido muchos grupos de música popular politizada que han estado vetados, como todos los del Rock radical vasco. Cuando quiero escribir sobre Alaska y Los Pegamoides y busco información en internet, la sensación es que entre Diario16 y El País se publicaba algo de ellos como máximo cada tres días. En cambio, en El País, por ejemplo, si busco algo sobre La Polla Records encuentro un único artículo de un día en el que se montó un tumulto en uno de sus conciertos. Hay dos circuitos y dos varas de medir a la hora de contar la cultura en España».

  • Toni Cantó: «La cultura en política se usa como un instrumento para ganar votos»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La actualidad parece empeñada en darle la razón a Toni Cantó (Valencia, 1965). Esta semana Fernando Savater, «un referente» para el actor, objeto de numerosas citas en sus intervenciones durante su etapa como diputado de UPyD (2011-2015), pedía el voto para Ciudadanos en unas hipotéticas terceras elecciones generales consecutivas. Compartiendo espacio entre titulares, el candidato del Partido Popular a la Xunta y presidente en funciones de la misma, Alberto Núñez Feijóo, se negaba a participar en el debate televisivo a cinco previsto en Radiotelevisión Española. ¿Las razones? Haber sido acorralado por sus rivales -y escamoteado según parte de los analistas- en el encuentro homónimo emitido en la Televisión de Galicia.

    La tramoya política, el trasunto que va de la fachada mediática (en pleno temporal de reputación a causa de la corrupción) hasta el lenguaje real de sus participantes cuando no está enchufada la cámara o la grabadora, ha inspirado la primera obra que Cantó ha subido -como dramaturgo y director- a un escenario: Debate. Con una respuesta de crítica y público de lo más agradecida a su paso por Madrid, el Teatre Talia acogerá esta función entre los días 28 de septiembre y 2 de octubre. En ella, Cantó retrata con crudeza la esencia del bipartidismo tras una prolongada investigación en torno a los debates televisivos, tras numerosas «entrevistas con realizadores de televisión» y otras comparsas de estos encuentros maniatados.

    En la obra, los representantes de los ‘dos grandes’ dan rienda suelta a una negociación que abunda en el juego sucio del sistema. Un sistema bipartidista, «extinto», acerca del que Cantó es «muy optimista» en su posibilidad de cambio ahora que cuenta con un punto de vista privilegiado:

    -La sensación con la obra, con el texto, viéndola representada, es que sé de lo que estoy hablando. De hecho, en alguno de los encuentros que hicimos con el público después de la función, unos encuentros que me gustaría poder repetir en Valencia, aparecieron políticos. Sé que mientras veían la obra se descojonaban porque estaban viendo cosas sobre el escenario que habían vivido más o menos de una manera cercana. 

    -Es un texto crudo, sanguinario sobre la situación del oficio como político. ¿Es un relato de ficción al que no estamos acostumbrados en España?
    -De lo que habla la obra es de la utilización de los medios públicos y muestra al nivel al que llegan los viejos partidos en eso de repartirse el pastel. El 99% del texto, de las cosas que suceden, son reales. Están inspiradas en entrevistas con realizadores de televisión, periodistas y políticos, en la investigación con todas estas personas que me contaban detalles de la negociación en los que la estética y los tiempos siempre prevalecen. Por ejemplo, que los planos cenitales estuvieran prohibidos porque tenían el suelo lleno de chuletas…

    -En resumen, esa es la sensación, la de que los debates sirven para muy poco en España de cara a la decisión del ciudadano, que los partidos llegan con todo pactado al mismo.
    -Es una sucesión de monólogos, no un debate. Los partidos van más a no perder que a ganar. Los partidos grandes van preocupados de que nadie les haga un agujero. Preocupados por minimizar daños. Para eso se pactan cosas de las que no se puede hablar, como la misma corrupción, algo que han aceptado en alguna ocasión los dos grandes grupos porque están podridos de la misma manera.

    -Rajoy no participó en el debate con los principales partidos por intención de voto en la campaña de las Elecciones Generales del pasado 20 de diciembre.
    -Es que nos han hurtado el derecho a tener un debate. Eso es impensable en otro país. Que Rajoy no acudiera a ese debate es impensable y tendría un coste electoral inaguantable para el Partido Popular. Que en una sociedad como la nuestra se forzara un debate bipartidista, como sucedió entre Rajoy y Pedro Sánchez es impensable. Lo natural es que aceptaran las normas propuestas por el medio de comunicación, equánimes pero independientes a esa negociación. Y lo de acudir los dos al debate, bueno… es la fórmula que tienen para tratar de sostener un Estado bipartidista. Siempre que puedan, ambos partidos tratarán de defender esa idea.

    «EL PP VA A SEGUIR LLEVANDO A GENTE COMO BARBERÀ AL SENADO O SORIA AL BANCO MUNDIAL»

    -Ha escrito esta obra y como parlamentario, en este momento, sigue activo en las comisiones de Cultura y Deporte y se integra en la de Corrupción. Con todo, ¿confía todavía en la posibilidad de cambiar el sistema del que habla Debate? ¿Cuál es el grado de esa confianza?
    -Muy elevado. Si no, lo dejaría. Sigo pensando que se puede desbloquear el sistema tal y como está actualmente y cambiar. De hecho, las elecciones han demostrado que es posible y nosotros hemos hecho nuestra pequeña demostración con los acuerdos del PSOE y el PP. Acuerdos en los que les hemos obligado a tomar medidas, siendo la alternativa a ellos y a Podemos, que sigue en su posición de gritar mucho para no cambiar nada. 

    -¿Cuál es la fotografía de situación en este momento, con todo el escenario político?
    -Seguir peleando para que haya Gobierno. Eso es lo primero. Es necesario que suceda porque el PP no va a cambiar nada por sí mismo. Va a ser un partido capaz de seguir queriendo llevar a gente como Rita Barberà al Senado o a José Manuel Soria al Banco Mundial. Ese es el PP y tiene que haber gente dentro del gobierno que le obligue a hacer cambios en la Administración, a regenerarse democráticamente y a generar políticas sociales más justas. Y lo mismo en el caso del PSOE.

    -Así que espera que no se produzcan unas terceras elecciones.
    -Espero que no sucedan. Esperaba que no sucedieran las segundas.

    -Si sucede, si suceden, ¿cómo describiría la situación?
    -Un ridículo mundial. Una muestra de incapacidad y de poca vergüenza por parte del PSOE, de Podemos y del PP. Somos los únicos que hemos demostrado que hay esfuerzos posibles.

    -En la obra un personaje dice: “¿Algún secretario de Estado te ha pedido alguna vez entrar por Cultura?”
    -La cultura sigue siendo la asignatura pendiente. Es la ‘asignatura María’, por así decirlo. Nunca la pide nadie y, si lo hace, es para hacer cultura ‘para los suyos’. Esto es muy típico, muy de la vieja política de izquierdas y derechas. Nunca se tiene en cuenta el valor de asociarla a la educación o la visión de, simplemente, hacer una política cultural justa y potente. Se utiliza como instrumento para ganar votos. Y la fórmula más rancia de la izquierda, la manera clientelar de los nacionalistas, que hacen cultura ‘para los suyos’ como decía. Ese es el gran drama de la política cultural.

    «ALMODÓVAR, CERVANTES O PICASSO HAN HECHO MÁS POR LA MARCA ESPAÑA QUE LOS MINISTERIOS DE PP Y PSOE JUNTOS»

    -En el caso del presidente del Gobierno en funciones, no se ha permitido ni una sola fotografía relacionada con ningún elemento de la cultura a lo largo de la legislatura, nunca en un teatro, con un libro, mencionando ningún artista vivo…
    -Es una torpeza. Es una gravísima irresponsabilidad de este Gobierno y no sólo del señor Rajoy, sino de Montoro con sus políticas fiscales o del propio ministro de Educación y Cultura que no hace nada por conectar precisamente esos dos mundos que dan nombre a su cartera. La industria cultural hace mucho por el país. Hace mucho más por la marca España que muchos sectores. Almodóvar, Cervantes o Picasso han hecho más por la marca España que los ministerios correspondientes del PP y el PSOE juntos. Por eso debería tener un peso específico en el PIB; un peso mayor. 

    -En su acuerdo con el PP (150 compromisos para mejorar España) sorprendió que aceptaran la máxima del partido de Rajoy por no rebajar el IVA para el cine. Se abrevió la situación con un IVA reducido en la próxima legislatura para los espectáculos «en directo». Aunque su compañera Marta Rivera ya mostró su decepción por haber tenido que asumir esta idea, ¿qué opinión le merece este pacto?
    -Fue una línea roja que impuso el PP en la negociación. Una línea roja que comunicamos a todos los representantes de la industria audiovisual dos días después y, creo, de aquella reunión quedaron satisfechos. Esto es una vendetta personal del PP. Nos sentamos con ellos para hablar sólo de esto, para entender cuáles eran los argumentos, pero no había razones. No dijeron nada. Ellos saben, y el sector también, que al día siguiente de que se conforme el Gobierno nosotros presentamos en el Congreso una modificación con la que van a estar de acuerdo el resto de partidos. 

    -En el caso de la Comunitat Valenciana el sector audiovisual vive especialmente pendiente de la reapertura de Radiotelevisió Valenciana. ¿Cómo está viviendo el proceso?
    -Por lo pronto, Compromís, PSOE y Podemos están engañando a los valencianos, incumpliendo las promesas de plazos que se autoimpusieron. Nosotros ya hemos dicho por activa y por pasiva que estamos a favor de una televisión autonómica para cada territorio que tenga una lengua propia, como es el caso del valenciano. Eso sí, no es una prioridad para nosotros. Y ha de ser sostenible y no el disparate que había antes…

    -Antes mencionaba la idea de lo que supone la cultura para la marca España. En el caso de Valencia, de la Comunitat, su situación de marca… [interrumpe]
    -Sí, el PP hizo un trabajo importante para que la marca fuera la más negativa y una cosa que no tiene nada que ver con todos los valencianos que conozco. 

    -¿Ve a la Comunitat con una estrategia clara para que la cultura regenere su tejido industrial y pueda ser una base de impulso para la economía?
    -Lo que veo es que no se está haciendo un trabajo serio por dotar al turismo de un valor añadido fundamental como es la cultura. No se está haciendo por visibilizar el potencial de la cultura en la vida de los ciudadanos y siempre acaba ofreciendo la cultura como escaparate, además de lo que comentábamos antes. PSOE, Compromís y Podemos hacen lo mismo de siempre: programar la cultura para los suyos, instrumentalizarla. 

    -¿Hay una receta mágica para generar esa aproximación de la sociedad a la cultura, como apuntaba?
    -La cultura tiene la necesidad de ser un espejo de los ciudadanos, por ello debe engarzarse con la educación, pero sobre todo con la práctica cultural. No sólo se han de generar asistentes, sino gente que participe. Necesitamos espacios para que los ciudadanos pinten, bailen, canten o se expresen, que se expresen artísticamente hablando. Ese es un cambio de chip de cara a la cultura por el que he peleado mucho dentro del programa de Ciudadanos.

    -¿Y algún modelo exterior que le agrade especialmente?
    -[Piensa] Un poco de varios. Me gusta el modelo italiano de mecenazgo, por lo que genera de conexión con las empresas. El modelo francés me gusta por cómo se cuida, se mima y se promociona la cultura, por cómo se potencia. También por su escuela de teatro que frente a otras tendencias ha conseguido un nivelazo con una idea muy suya, con una grandeza impresionante y esto también es muy importante; redunda en un nivel cultural extendido. Me gusta el modelo ingles de la BBC por la seriedad, por la rigurosidad de sus trabajos y por cómo se financia. A nosotros nos toca mucho de mirar lo bueno de muchos modelos y tratar de copiar y adaptar lo mejor de estos. 

    -En el caso de la Comunitat hay una línea clara que es la del apoyo institucional a las creaciones en valenciano o de valencianos, en cualquier disciplina. ¿Cómo ve esa propuesta genérica?
    -Creo que de la misma manera que hay que cuidar y tener un ente autonómico que fomente el uso de la lengua, esa es otra forma de hacerlo. Me parece natural que se haga así, que se apoye así y suceda en una proporción normal para todas las artes, también las escénicas. Pero hay que evitar la tentación de que las compañías, en ese caso, se encierren en su comunidad. La cultura tiene que ser porosa para poder viajar, al menos, por toda España. Ahora mismo es imposible hacer teatro en castellano en Cataluña. Y es una rareza a la que nos hemos acostumbrado gradualmente y conocemos todos los que estamos en el mundillo porque lo hemos ido viendo venir. En el teatro público de Cataluña el tipo de director que hay tiene un carácter muy marcado para este sentido. Sin embargo, en Madrid los directores de teatro público son vascos, catalanes, valencianos… eso sólo genera riqueza.

    -Ahora que ya lleva unos años en el contubernio político, ¿cómo encaja su posición y cómo acepta que su caso dentro del mundo de la creación sea tan excepcional, que pocos actores, dramaturgos o directores dejen su actividad para tratar de ser representantes públicos en el ámbito estatal?
    -Eso se da porque hay que pagar un precio profesional muy alto. En este país, en eso, hay poca cultura democrática. Y posicionarse tiene un precio por el cual yo sé que muchos Ayuntamientos no me contratarán en la vida. En ese sentido, mi carrera profesional puede parecer mermada, pero lo tengo asumido. Tengo la suerte de saber que puedo vivir de mi trabajo siempre que quiera y eso también me permite, a su vez, vivir la política de una manera muy libre. Sé que cuando deje mi puesto al poco tiempo podría estar trabajando. 

    -Hace años que defendía no tener televisión y más tarde tenerla, pero sólo con un canal sintonizado para sus hijos. ¿Ya ve la tele en casa?
    -Tengo desde hace tiempo, aunque reconozco que prácticamente no la veo.

  • Daniel Alonso (Pony Bravo): «La industria es un atraso para la cultura»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    VALENCIA. Pony Bravo han conseguido premios, caricias de la crítica y el reconocimiento del público pese a no estar sometidos a ningún contrato ni ser socios de SGAE. Con su acento andaluz por bandera, su estilo es una suerte de kraut andalusí, pasando por psicodelia y dejes de otras mezclas anteriores ya filtradas por la tradición del rock de los 70 en Andalucía. Hablamos con Daniel Alonso, cantante y teclados de la banda: 

    -¿Os habéis puesto a pensar ya en el tercer disco? ¿Hay fecha, canciones, letras, necesidad por grabarlo?
    -Todavía no hay fecha, pero ya estamos trabajando en las canciones nuevas. 

    -En vuestro proceso creativo, ¿cómo se ordenan concepto, música y letras? ¿Ha cambiado el sistema desde vuestros inicios?
    -El sistema no es fijo, va cambiando con los años, hay veces que aparece la idea primero, luego la letra, luego los arreglos, y otras veces se trabaja sobre arreglos. Intentamos que haya mucho material basado en improvisaciones de los cuatro en el local de ensayo.

    -En vuestras letras hay un espíritu crítico, casi desterrado de la música independiente, con una mayor cantidad de público afín a historias costumbristas como las de Manel o Russian Red. ¿En el tercer disco la cosa va a más u os apetece relajaos?
    -Lo ideal para nosotros con las letras es intentar no repetir las mismas fórmulas de siempre, porque en teoría la música debe evolucionar, lo grupos no deberíamos hacer siempre las mismas letras, aunque eso venda más. En realidad, se trata de intentar evolucionar. Con intentarlo vale, porque es muy difícil conseguir avances en música popular, pero un poco de riesgo nunca viene mal, es más respetuoso con el público ese enfoque de riesgo que directamente irse a las fórmulas. 

    -Se os atribuyen muchas inquietudes, más allá de las musicales. Si algún día lográis vivir de esto, ¿querréis dejar todo lo demás?
    -Lo ideal es seguir trabajando con más gente. Se aprenden y se viven más cosas. No es muy sano centrarse sólo en el trabajo de uno.

    -La ministra Ángeles González-Sinde ha aparecido ya en diferentes carteles promocionales de vuestros conciertos, en uno de ellos con un fotomontaje como si hubiera sido arrestada por la Policía. Ahora que le quedan dos telediarios, ¿continuaréis el mito u os adaptaréis a la/el que venga?
    -Vamos a seguir pensando que compartir cultura de forma legal en Internet es fundamental para que salgamos del embrutecimiento cultural poco a poco, y que el copyright clásico y toda la industria rancia que lleva detrás son un atraso. El político de turno que ocupe un cargo es lo de menos, creo. Lo importante es la idea.

    -Aprovechando las referencias místicas, ¿a qué músico español resucitaríais para llevarle a La Mina (estudio en el que han realizado todas su grabaciones)?
    -Hay muchos…, Poch de Derribos Arias, Jesús de la Rosa de Triana…, hay grandes músicos en nuestra historia. 

    -Defendéis como pocos la creación independiente. ¿Puede un grupo español independiente – de las majors – tener la inquietud de hacer ‘rock de estadio’?
    -No lo sé, supongo que algún grupo habrá con ese sueño, y en música no hay barreras, puede pasar de todo.

    -Pony Bravo es también Fiera. ¿Hizo falta crear una nueva ‘marca’ para clasificar otras inquietudes? Algunas canciones de Déjese Llevar (Fiera – El Rancho, 2010) parecen tener un origen musical próximo a la banda original.
    -Bueno. lo ideal en música es que no haya marcas. El mercado y el marketing son otra cosa, pero si que hizo falta crear Fiera para intentar sacar esas otra inquietudes. Lo del origen musical común también es cierto en ocasiones, y es normal porque somos los mismos y trabajamos juntos, pero al final Fiera es otro grupo, son las canciones de Pablo Peña, y parte de unas influencias e ideas musicales propias.

    -Sois copyleft. Quizá algunos de vuestros seguidores no sean conscientes de lo que esto puede suponer en una carrera emergente, pero ¿os habéis parado a pensar cuánto dinero ha ingresado SGAE en vuestro nombre?
    -Claro que lo hemos pensado, pero lo tenemos claro y vamos a seguir con el mismo enfoque.

    -Si pudierais borrar algo de lo bueno o de lo malo desde 2005 hasta hoy en vuestra carrera juntos, ¿qué sería?
    -Hay muchos errores en el día a día, pero tampoco se trata de borrarlos porque al final aprendes. Lo de siempre: intentamos no pensar mucho en eso, lo justo para solucionar lo que no funcione.

    -¿Alguna noche valenciana se ha quedado especialmente marcada en vuestra bitácora? ¿Qué sucedió?
    -Yo espero que esa noche sea la de hoy, durante el concierto.

    -Una respuesta rápida, sin pensar: ¿Valencia?
    -Betunizer.