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  • Laurent Garnier: al habla con el dj omnipresente durante los últimos 30 años

    Publicad originalmente en GQ

    Hay dos formas de interpretar la biografía de Laurent Garnier: la primera pasa por creer que este dj y productor francés ha tenido la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno durante los últimos 30 años. De esa forma, podemos situarle indistintamente en primera fila de las revoluciones Madchester, acid house, french touch, rave, en las warehouse parties o en el estallido de ventas de la música electrónica en los 90. Si creemos en su don de la oportunidad, podemos encontrarle cierto sentido a que estuviera pinchando indistintamente en las ciudades clave de la revolución bailada por Europa, que publicara hits atemporales (Acid Eiffel, Wake Up) a lo largo de seis álbumes o firmara un tempranísimo contrato con la todopoderosa FNAC de 1991 (inaugurando su Music Dance Division), creara su propia radio online en 2003 y acabara por evangelizar al mundo con su oficio componiendo bandas sonoras para cine, teatro y danza. Al frente de todo eso y en el cambio de paradigma que situó al dj como la principal referencia pop e ídolo de masas en el tránsito de la noche a los festivales con decenas de miles de tíckets vendidos y parking para los jets privados.

    La otra posibilidad para interpretar el don de la ubicuidad de Laurent Garnier es aceptar que nada de lo vivido fue posible sin él. Porque, como demuestra la versión expandida de su autobiografía ahora editada en castellano por Barlin Libros (Electroshock. Edición integral, 2018) este autor y agitador francés es el Ulises de la electrónica europea. Garnier sabe a qué huelen los guetos de Detroit y Chicago, el segundo verano del amor en Ibiza, las raves que impulsó –y musicó– o la explosión sin límites del movimiento a partir del año 2000.

    El libro, que ahora aporta ocho nuevos capítulos, acaba por convertirse en un volumen fundamental para amantes y analistas del fenómeno, porque incluye la última frontera de ese mundo a partir del triunfo de los charts internacionales y el cambio definitivo del oficio de dj y productor, y su impacto a partir de la extensión global de internet y sus plataformas.

    Electroshock es, ante todo, un relato sincero y vibrante en el que cada uno de sus capítulos parece acumular toda una vida de experiencias. Escrito a cuatro manos con el periodista David Brun-Lambert, el epopéyico relato del techno sitúa como protagonista al nombrado recientemente Chevalier de la Légion d’Honneur por Francia (el reconocimiento homónimo al Premio Princesa de Asturias de las Artes).

    GQ: Electroshock parece huir de la nostalgia. ¿Hasta qué punto te obsesionaba no caer en ella?

    Laurent Garnier: Fui muy claro desde el principio: no quería un libro de yo mí me conmigo. No soy ese tipo de tío. Al mismo tiempo, también soy consciente de haber vivido muchas escenas en muchas épocas. También de haber vivido todo esto desde el principio y recordar todo. Dave [Brun Lambert, el coautor] me dijo que podría haber sido un buen reportero, pero incluso con su ayuda nos costó dos años escribir el libro. Dos años de trabajo metódico…

    GQ: ¿Cómo os organizasteis para componerlo a cuatro manos?

    L.G.: Cada miércoles nos veíamos y trabajábamos juntos durante cuatro horas. Hablábamos de un tema concreto que yo había estado preparando durante toda la semana. Antes de despedirnos, proponíamos el siguiente ítem a resolver. En cierto sentido, fue una terapia para mí porque cada semana me enfrentaba a una serie de recuerdos. Me ayudó a responder algunas preguntas del pasado.

    GQ: ¿Una terapia constructiva?

    L.G.: En cierto sentido, como artista, me alegro de no haber reflexionado sobre algunas cosas antes. Quizá ahora sí era el momento y quizá lo era también porque encontré a Dave, que fue capaz de hacer las preguntas adecuadas.

    GQ: ¿Cómo ha evolucionado la figura del dj?

    L.G.: Al principio la percepción de la gente con respecto al dj era muy diferente a la actual. El dj era una cosa y el músico otra. El dj no podía ser músico ni viceversa. En mi caso, romper con eso ha sido una lucha constante. El pensamiento estaba arraigado y parecía que nosotros hacíamos poco más que disponer ruidos. Cuando Carl Craig empezó a pinchar, la cosa comenzó a girarse. Yo me veo un poco igual. Me gustaba pinchar, pero enseguida pasé a ser productor. Serlo, crear, era probarnos a nosotros mismos. Al inicio, ni siquiera yo, que ya estaba haciendo música, me consideraba músico. Ahora sí y me siento más en paz que hace 20 años.

    GQ: ¿En paz por qué?

    L.G.: Más tranquilo, de alguna forma. Ya no tengo que probar nada. En aquel momento parecía que te estaban probando. Lo importante con el tiempo es que la música que hacíamos y hacemos toca a la gente. Que llega a la gente. También en paz porque sé lo que he vivido y que he cumplido con lo que quería lograr. Lo más importante son los resultados y, al final, en lo más profundo de mi corazón, siento que soy dj ante todo porque desde los diez años era lo que quería ser. Hacer bailar a la gente. Era mi sueño.

    GQ: ¿Cómo encajas la visión de los djs como superestrellas de la industria?

    L.G.: Creo que hay djs en posiciones más altas de las listas de lo que deberían estar. Ningún dj debería olvidar que lo que hacemos es pinchar música y hacer a la gente bailar. Ponemos música que nosotros hemos hecho o que otros han creado. Ni somos políticos ni cambiamos el mundo. Las cosas no van a cambiar por nosotros y la humildad es un valor muy importante. Hay gente en este mundo a la que se le ha olvidado.

    GQ: Entiendo que no te sientes cómodo con la imagen de una vida en jet privado…

    L.G.: Cuando hablas de jets privados y ese tipo de vida… Ese no es mi mundo y creo que a estas alturas la gente sabe que no lo es. Creo que es lícito que haya djs felices de hacer millones de dólares, pero no es mi mundo.

    GQ: Tampoco el método de reproducción parece ser algo que te preocupe.

    L.G.: Lo importante es que un dj ponga música que te llegue, que te toque. No es mejor si viene de un vinilo, de un USB o de una tarjeta SD. El formato no tiene importancia.

    © Getty Images

    El dj y productor francés Laurent Garnier

    GQ: No obstante, la principal revolución de la industria ha tenido que ver con el cambio de formatos y la ruptura de la distribución física.

    L.G.: En los 2000 todo se volvió muy cambiante y no sólo por la llegada del peer to peer. La música se desmaterializó, los festivales crecieron y los djs dieron el salto a grandes compañías y mánagers. Todo se profesionalizó rápidamente a nuestro alrededor y eso trajo cosas buenas y malas. Ahora la música se consume igual que una película y, en mitad del consumo, a alguien le llega un mensaje. No nos sentamos a escuchar un álbum, pero ya antes nos habíamos desacostumbrado a respetar el tracklist con la llegada del CD. Ahora esa liturgia sólo sucede si vas en coche haciendo un viaje. Ahora la mente va en muchas direcciones a la vez.

    GQ: Incluso durante las sesiones.

    L.G.: Soy consciente. Cuando estoy pinchando, mientras bailan, están con el móvil en la mano. Están en Facebook, están haciendo un vídeo. Lo guardan y lo vuelven a sacar. Yo me pregunto: ¿por qué pones ese artefacto en tu bolsillo?

    GQ: Ahora hay clubs que lo prohíben.

    L.G.: ¡Y es maravilloso! Lo encuentro maravilloso. En esos sitios te das cuenta de que la relación con la audiencia se torna diferente y si la idea del dj tiene que ver con que la audiencia conecte contigo, es totalmente diferente. Como dj creo que tu principal misión es lograr que la gente se olvide de lo que le rodea, y ahora es muy difícil.

    GQ: Electroshock es una progresión en torno a todo lo que rodea a la música de baile y eso también comprende los límites de la libertad, el marco normativo, la policía, las drogas… ¿Cómo evolucionó el rol de la policía durante los años de las fiestas rave?

    L.G.: Los niños en Inglaterra iban a los pubs. Era la cultura de la normalidad. Por esa idea de normalidad, la cosa al final acabó necesitando un espacio mayor. Un campo para bailar durante 24 horas donde las reglas no estuvieran escritas. En dos o tres meses la gente pasó de los clubes y se fue al campo. La policía era consciente de lo que estaba pasando, pero sólo podía controlar a la gente en clubes. No tenía suficientes agentes para cubrir un campo lleno de miles de personas.

    GQ: Y entonces llegó el éxtasis…

    L.G.: El impacto de la llegada del éxtasis a Inglaterra fue incontrolable. Fue un cambio enorme. Cuesta tratar de comprenderlo ahora. La policía ahí sí que no sabía cómo atajar el asunto. De repente había una industria enorme, creada casi de la noche a la mañana. La policía sí estaba perdida y no supo cómo gestionar un cambio de mentalidad tan grande, en una sociedad con un paro altísimo y un ambiente social complicado. Era la tormenta perfecta.

    GQ: En ese momento, también en España, la música de los clubes pasa de ser underground a masiva. ¿Fue un salto natural?

    L.G.: Es que no podría haber sido de otra manera. Cuando un movimiento cultural se hace global, en algo tan grande como el techno, no hay manera de no acabar viéndolo convertido en negocio. No podría haberse mantenido como algo underground para siempre. Nos hubiera encantado, sí, para qué negarlo… pero al mismo tiempo luchábamos para que fuera grande. Para nosotros no era un negocio, era la música que nos gustaba. Creo que era inevitable que se hiciera enorme.

    GQ: Lo que sucedió entonces y se mantiene ahora es una igualación de ambientes entre la música y las drogas. ¿Cómo has vivido esa simbiosis constante en medios de comunicación y todo tipo de relatos?

    L.G.: No he sido una persona de drogas. Las probé cuando era joven y muy pronto comprendí que no era mi mundo. La gente las toma por muy diferentes razones y me fastidia que hablar de techno sea igual a hablar de drogas. No voy a negar lo que supuso el éxtasis para las raves. No niego que su expansión nunca hubiera sido tan rápida, pero eso sólo fue el inicio. Las drogas no han mantenido vivo al techno. Existían antes del techno y siguen cambiando hasta el día de hoy. Había drogas en el Festival de Cannes, hacían estragos en el jazz, pero hay drogas en los institutos y hay drogas en las oficinas. Estoy a favor de que las drogas sea un tema que se tome en serio, pero no desde el tópico de la noche y el techno. Encontrar soluciones no pasa por señalar a los «chicos del techno» siempre con este tema.

    GQ: Parece que es algo que te afecta. El escenario ha cambiado bastante poco a lo largo de estos más de 30 años de relato.

    L.G.: Sí, me afecta. Ahora estoy trabajando en una película y hay gente a mi alrededor que, de repente, se droga. Yo lo encuentro algo muy triste y a veces pienso, ¿quién soy? ¿Soy el único que no toma cocaína? Pienso mucho. Pienso, chicos, no necesitáis esa mierda.

    GQ: El último ingrediente de esa industria enorme que es la música de baile es internet. Un ingrediente ya madurado y asentado. ¿Cómo ha afectado al escenario general, teniendo en cuenta que tienes tus propias emisoras online y tu sello discográfico?

    L.G.: Los sellos ahora son otra cosa. Es un ecosistema muy diferente. Antes podías hacer dinero con un sello. Tanto que había artistas que decidían si hacían tour o no. Los sellos ahora sobreviven. Además, internet ha generado una superespecialización de casi todo. También de nuestra industria. El modo en que se crea música es completamente diferente y pienso que siempre ha habido mucha música, y muchos sellos, pero ahora… ¡es la guerra! Internet ha puesto patas arriba todo el sistema. No tienes por qué tener un mánager; puedes producir tu música y ponerla en internet. Con eso es suficiente para golpear el mundo. Es una realidad establecida.

  • Chocolate: libertad total en el reverso tenebroso de la Ruta del Bakalao

    Publicada originalmente en El País

    De Lords of the New Curch o Psychic TV. Un viaje al punto de partida de los años más interesantes de la “marcha” o “movida valenciana”

    España parecía haberse liberado (entonces) de una sombra terrible: la vuelta a las noches con toque de queda y la libertad vigilada. El futuro estaba marcado por la presión de la zona de confort europea y la frustración del Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y la victoria socialista en octubre de 1982 encauzaron los siguientes pasos. Las voces compiladas en este relato radiofónico señalan esas dos marcas cronológicas como el punto de partida de los años más interesantes de la Ruta, aunque por aquel entonces se hablara de “marcha” o, muy ocasionalmente, de “movida”.

    La etiqueta ‘movida valenciana’ es una adaptación muy posterior realizada desde aquí. Surgió ya en el siglo XXI y tiene relación con algo que escuchamos en los primeros capítulos: la cantidad y calidad de algunos agentes artísticos, la cantidad y calidad de ideas y de locales confluyentes con la modernidad, tuvieron mucho empaque en la capital mediterránea. Pero fueron Madrid y su alcalde, Enrique Tierno Galván, quienes le pusieron nombre al momento. Desde luego, la capital había salido de un letargo exasperante y la efervescencia era tan rabiosa que los medios tuvieron a mano crear un star system musical que todavía hoy perdura.

    El Estado había encontrado un Caballo de Troya de toda aquella modernidad, instalado en cada una de las casas: la televisión. El medio protagonista de la segunda mitad del siglo XX crecía y se abría. Coincidiendo con el importante nacimiento de Radio 3, donde entraron a trabajar muchos jóvenes y, ‘víctima’ de su origen, surgieron muchos programas musicales, incontables desde mediados de los 70. Algunos de ellos exploraban las líneas más undeground y no podemos pasar por alto la convulsión que supuso en España ver cantar a unas chicas jóvenes y vascas aquello de Me gusta ser una zorra. Pero el escándalo de Las Vulpes en Caja de Ritmos sólo fue uno más. Ángel Casas y Musical Express deambularon por la parrilla y Paloma Chamorro recreó como nadie el ambiente bohemio y hedonista de las movidas en La edad de oro.

    En la serie hemos revisado incontables ediciones de esos tres programas, pero también de ‘Tocata’ y ‘Aplauso’. Este último, precursor del poderío del playback, un cáncer que fue minando el prestigio de los músicos progresivamente y a partir del cual se igualaban las posibilidades de artistas dispares. En esas horas y horas de emisión, en el episodio cuatro titulado Undeground recogemos extractos de los citados espacios Caja de RitmosMusical Express y La edad de oro. En todos ellos se adivina un ambiente que se hilvana con lo que está sucediendo en València: hay tensión en las pantallas porque los grupos extranjeros exponen una rebeldía y una libertad que le resulta inaguantable al común de los mortales que, por si fuera poco, sólo tiene dos canales y ningún mando a distancia.

    «Toni ‘El Gitano’ estaba rodeado de inadaptados y como él mismo admite: en Chocolate trabajaba la gente que no querían en ningún sitio”

    Todos esos espacios serán censurados. Habrá despidos y persecuciones profesionales. Pero, precisamente, los hechos y reversibles sucederán con bandas como Lords of the New Curch o Psychic TV, habituales en la noche valenciana. Muchos de los conflictos arribaron hasta la televisión pública estatal con imágenes, performances, canciones y actitudes muy establecidas en València. Las posiciones de uno de los dos lados a través de los cuáles se había empezado a polarizar la noche: si Barraca era luz, Chocolate logró convertirse en el reverso tenebroso de la Ruta. La posteriormente conocida como catedral de la música, se embutió en un contexto oscuro y lleno de malditismo con Toni Vidal a los platos.

    Vidal, más conocido como Toni El Gitano durante su larga trayectoria como DJ, ya había sido el responsable de locales tan siniestros como Hiedra (Montserrat). Lo cierto es que su vocación en Chocolate era “crear una secta” en torno a la música, “la manera de vestir y la manera de vivir”. Su equipo de trabajo estaba rodeado de inadaptados y como él mismo admite, “en Chocolate trabaja la gente que no querían en ningún sitio”. La sala funcionaba con un grupo electrógeno a gasoil que siempre se apagaba porque al que le tocaba ir a por la gasolina nunca llegaba a tiempo. En su parking, ni una bombilla. Dentro de la sala, libertad de expresión sin contemplaciones.

    Para encontrar su sitio, Chocolate se convirtió en el after de Barraca. Aunque le costó arrancar con las primeras horas, a las 6 de la mañana el rock, los sonidos industriales y algo de modernidad coordinada con la otra discoteca (situadas a 500 metros entre sí) disponían el menú musical. En el acompañamiento químico, seguramente Chocolate fue la que mejor empezó a hibridar las sensaciones y el baile con la mescalina, la sustancia ‘autóctona’. Lo que sucede en Chocolate tiene mucho que ver con la explosión de las tribus urbanas. Una búsqueda de identidad de la que hablan los catedráticos Javier de Lucas y Jesús García Cívico.

    ‘El Gitano’ adoraba la música en directo y quiso experimentar también con el marketing. Se le ocurrió la brillante idea de coger el dinero de que disponía en ese momento –no cabe olvidar que había sido promotor musical en espacios como Éxtasis o Nou Café Concert– para capturar a Killing Joke a su paso por Barcelona. Les dio el dinero que pedían y, tras un viaje plagado de todas esas anécdotas que rodean a Toni vidal, les hizo actuar a las 2 y a las 7 de la mañana en Chocolate. En el concierto de las 2 habría unas 50 o 60 personas, según cuenta él mismo y algún otro testimonio. Pero, obviamente, se corrió la voz. Cuando la sala estaba llena para el segundo pase, este chamán oscuro avisó que en adelante programaría sin avisar a las bandas internacionales del momento que le diera la gana.

    «Los clientes de Barraca y Chocolate, con vidas más que ordinarias entre semana, alcanzaban cerca de casa algo parecido a la modernidad. Allí eran importantes»

    Tras superar aquella lluvia de objetos, Vidal cumplió con su palabra y trajo a Flesh for Lulu sin avisar. Aquel anti-marketing (en realidad Chocolate fue el anti de todo) sirvió para que Chocolate no fuera sólo la némesis de Barraca, sino que tuviera su propia identidad. Y esa identidad no fue otra que abanderar el lado oscuro de la Ruta. Mientras València probaba las mieles del éxito comercial con la madurez de Glamour, el desparpajo de Betty Troupe y su primer disco de oro en la industria (‘La noche no es para mí’, de Vídeo), la ciudad proponía ideas más agresivas a través de locales como ‘Chocola’. Los gabanes largos y las botas militares que poblaban locales de la ciudad como Garaje también eran habituales allí. Las mujeres eran “más fuertes vistiendo que Ana Curra y Siouxsie haciendo un dúo”, dirá Joan M. Oleaque, autor de En Éxtasis (Barlin Libros, 2017).

    Los excesos llevaron a performances imposibles que se recogen en el episodio. Vidal, vestido con una túnica negra, a veces semi desnudo, con una cruz invertida en el pecho, arengaba a unas masas que ya eran destroy sin saberlo. Lo más importante de aquel duopolio entre Barraca y Chocolate (con permiso de Espiral en la zona norte) es que un número cada vez más numerosos de jóvenes había encontrado en el fin de semana, en la moda, en la música y en aquellos locales su identidad. De muy distintas tribus urbanas, todas exploradas a la vez en España, lo importante es que sus protagonistas, con vidas más que rutilantes entre semana, alcanzaban no muy lejos de casa algo parecido a la modernidad. Aquellas pintas estrafalarias el futuro del mundo que consumían por la tele sucedía allí mismo.

    Aunque los medios no mirasen a València, como admite por ejemplo Ana Curra en Bacalao: historia oral de la música de baile en València (Luis Costa, Editorial Contra 2016), esta ciudad se convirtió en un espacio confortable para las bandas más agresivas. Siempre encontraban más público y más dispuesto a ideas más oscuras. El punk valía y mucho, pero también el rock más agresivo, los sonidos industriales y, claro, el proto techno. La música que hacían las máquinas y no era precisamente para acolchar éxitos pop ochenteros, esas ondas duras que acabarían agudizándose, acelerándose e imponiéndose al discurso con el paso de la década, empezaban a sonar en locales como Chocolate. Siempre entre guitarras, pero de manera imparable, una pátina de la electrónica había empezado a avanzar y a dar sentido a algo que estaría a punto de suceder: la mezcla de ritmos y las sesiones ininterrumpidas de sonido.

    Eso sucederá en el quinto capítulo, con Fran Lenaers comandando la poderosas cabina de Spook Factory y la mescalina en su momento de apogeo. Como dirá Jorge Albi, entre el 84 y el 89 se sucedieron unos años de altísima intensidad creativa. Una València “muy cool” a la sombra del corto foco mediático cercado en Madrid.

  • De las guitarras al bakalao: el inesperado origen de la Ruta

    Publicado originalmente en El País

    Antes de las discotecas, este movimiento estuvo marcado por el rock e incluso el twist. Exploramos los inicios que marcaron un camino de hedonismo sin retorno

    ¿Desde dónde empezar la ruta? Esta historia tiene muchos principios. Lo más fiel al objetivo del viaje era pensar a las discotecas. Entender cuándo nacieron y por qué. Para eso había que atravesar muchas décadas en sentido inverso. Rebobinar hasta el origen clásico de las salas. El que todos aceptan como el cambio fundamental. Y eso sucedió en el París ocupado cuando el jazz pasó a disfrutarse en gramófonos. Una solución capaz de esfumarse en cuestión de segundos si la policía llamaba a la puerta. La discoteca (dos platos para alternar las canciones, bolas de espejos, podiums, sillones…) se estableció tal y como la conocemos con los soldados estadounidenses de vuelta.

    Ese es el origen para fijarnos también en la música que sonaba. Y de los 40 a los 80, si tuviéramos que escoger un hilo conductor, ese sería el sonido de las guitarras. Distintas, pero presentes siempre. No es menos importante la llegada del twist, del cual hablamos largo y tendido en el capítulo. Primero para otorgarle un cambio decisivo: el baile individual y liberado de la idea de ligoteo; el segundo, la incursión gracias a ello de la comunidad gay. A lo largo de todo el relato, esa comunidad es crucial para la activación cultural y se va entrelanzando con las vivencias y recuerdos desde el Pepermint Lung o el Whiskey a Go Go hasta las discotecas de la Ruta.

    “La llegada del twist marcó un cambio decisivo: el baile individual y liberado de la idea de ligoteo y la incursión -gracias a ello- de la comunidad gay”

    Nombres propios

    Es posible que todos los capítulos de la serie se puedan reducir a un par de nombres propios. Estructuralmente así se han definido: un nombre propio de personaje y otro de discoteca. En este caso, los que sobresalen son los de Juan Santamaría y Oggi. El primero es el dj fundacional de todo el movimiento. Con una vida ávida de viajes y experiencias, su paso por ciudades turísticas como Granada, Ibiza o Sitges y sus travesías físicas por Amsterdam, Londres o Glasgow le dieron el background suficiente como para importar toda esa modernidad hasta Valencia. Sí, el solo. Sin más apoyo que el de su propia inquietud por una música –la británica– y una forma de hacer que importó casi por casualidad hasta su ciudad.

    Él conoció de primera mano las mieles del rock y el pop en la emisora parroquial de la pedanía de Castellar. Siendo adolescente vio el crecimiento turístico de Benidorm y de sus extranjeros con otra mentalidad. Sus trabajos en hoteles y salas de fiesta le fueron abriendo el campo laboral y, sin habérselo planteado, descubrió un oficio, el de DJ, para el que se sacó un carné laboral cuando Franco todavía estaba vivo. A través de su voz pasamos por distintas salas capitales en el relato. Es posible que sus experiencias más relevantes sucedan en Cap-3000 (Benidorm) y Oggi (València).

    En la ciudad, antes, ya se había experimentado en torno a locales como Capsa 13, Christopher Lee, Studio o Crac. En uno de ellos pinchó Javier Mariscal y hasta conoció a Els Joglars. El dibujante y diseñador valenciano más internacional era una de las voces a las que estábamos obligados a acercarnos. Igual que a su hermano Pedrín Mariscal, uno de los popes del estilo y la moda en la València de los 80. En sus casas y estudios de niños pijos, en El Carmen y en el centro de la ciudad, se suceden algunas fiestas donde se explora con marihuana, costo y algún LSD extraviado.

    En el capítulo tratamos de rastrear el origen de la Ruta a través del rock. Para ello también entendemos que “la modernidad no se puede entender sin los cafés y sin los bares”, como cita Carmen Alborch a Rudolf Steiner. Ella misma o Francis Montesinos son agitadores de la València que “se despierta tras la capsa del franquismo”, que apunta el primer alcalde democrático de la ciudad en 40 años, Ricard Pérez Casado. Con él en el Gobierno local empieza a relajarse el miedo a expresarse. La mayoría de los actores se sienten cómodos hablando del tema, aunque no siempre ligan este origen a la llamada Ruta del Bakalao. Sí lo hacen los dj’s, porque todo lo que sucederá a lo largo de los 80 es una evolución progresiva de estilos.

    La música, en el centro

    “El punk se expandirá muy poco después por España. Todo lo que sucedió después de las primeras elecciones democráticas fue una contestación hedonista”

    Como apunta Julio Andújar, interiorista y propietario a la vez de locales tan importantes como Crac, Casablanca, Tropical y ACTV, la música siempre estaba en el centro de la historia. O como también comentaba en su entrevista Rafa Cervera, la música se convirtió “en un melting pot”. En torno a ese agente dinamizador empezaron a confluir otras disciplinas. Si hubiera que elegir tres, sin duda, serían la moda, el mundo del cómic y el diseño. En gran medida porque la moda era la primera herramienta de expresión. La segunda porque los fanzines habían empezado a realizarse como arma subversiva ante lo establecido. La última porque los locales y nuevos productos se querían exhibir y querían ser parte de la modernidad que iba apareciendo.

    En el capítulo queríamos afrontar la música desde el origen del movimiento. Y entender el movimiento en su sentido más amplio. El twist liberó el cuerpo y la mente y, progresivamente, el rock y el pop acabarían siendo determinantes. En los 70 dos variables se habían separado lo suficiente como para generar grandes públicos. La primera es el funky. El año 1977 cuenta con un par de efemérides cruciales para el mundo de las discotecas y su música: la publicación de Radioactivity (Kraftwerk) y del maxisingle ‘I Feel Love’ de Donna Summer, compuesto por el tótem de la disco Giorgio Moroder. La llegada de películas como Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977) y Grease (Randal Kleiser, 1978) generó una dilatada presencia mundial del estilo en todo el mundo hasta bien entrados los 80.

    Un camino hedonista sin retorno

    Al unísono, pero en total disonancia, el punk marcó los últimos años de los 70. Ese germen londinense se expandirá muy poco después por España, en unos años donde la cançò tuvo una presencia que no hemos querido pasar por alto. Precisamente como reacción generacional, todo lo que sucedió después de las primeras elecciones democráticas fue una contestación. Una contestación hedonista. Así lo han ido describiendo durante los últimos meses las decenas de voces que ha recogido la serie. Un caldo de cultivo para la libertad que, sin embargo, no es nada tranquilo en el ámbito político. Los jóvenes han iniciado un camino de no retorno hacia una década que les pertenece. Pero justo antes de iniciarse 1981 el ambiente en el Congreso está enrarecido y la crisis económica va a servir de excusa para que los estamentos que no han hecho la menor transición (poder judicial, fuerzas del Estado…) quieran tener una última palabra.

  • Gaizka Mendieta: el eterno verano de un hombre tranquilo

    Publicado originalmente en la revista Plaza

    Gaizka Mendieta (Bilbao, 1974) logró un par de cosas en València que ahora, con apenas unos años de distancia, parecen imposibles: ser el capitán de los mejores años en la historia del club de Mestalla y hacerlo como un líder tranquilo. Ese es el motivo por el que los renglones de su biografía —entonces, antes y ahora­— no se alinean con el interés de los medios. En un verano en el que hemos tolerado que la sección de deportes se redujera a una boda, varios delitos fiscales y una trama de corrupción, conversar con el ‘6’ acerca de sus pasiones es un balón de oxígeno para los que todavía creemos en el fútbol.

    En las tascas se dice que los de Bilbao nacen donde les da la gana, pero en esto Gaizka también posee su propio relato. Andrés, su padre, fue portero del CD Castellón, y la provincia fue su último destino tras su paso por varios equipos (incluido el Real Madrid CF, donde no llegó a jugar). El deporte estuvo presente desde la cuna en el mejor centrocampista de la Liga de Campeones en 2000 y 2001 aunque, para disgusto familiar, abandonase el fútbol por el atletismo. Campeón autonómico y subcampeón de España de 1.000 metros, becado y listo para lograr medallas, decidió volver a calzarse las botas.

    — La próxima temporada se cumplirán diez años de su retirada. ¿Había planificado ese momento?

    —Lo cierto es que no. En aquel momento me estaba separando y si me iba a jugar fuera no iba a poder ver a mis hijas. Eso era innegociable y seguirá siéndolo hasta que sean mayores. Así que me tomé un par de años para dedicarle tiempo a la familia, me quedé a vivir en Inglaterra y empecé a colaborar con algunas cadenas de televisión aquí. También me saqué el carné de entrenador y soy embajador de La Liga por el mundo. A partir de ahí he ido haciendo cosas que me han ido atrayendo, como ser empresario de hostelería, jugar partidos de legends, pinchar música… la verdad es que ahora mismo toco todas mis pasiones. Gracias a mi carrera como futbolista tengo la suerte de tener muchas oportunidades. En estos momentos tengo un equilibrio importante y para romperlo tendría que aparecer un proyecto muy sólido. 

    —¿Se refiere a convertirse en entrenador?

    —El fútbol es una de mis pasiones pero ahora mismo supondría cortar con todo esto para dedicarme en exclusiva. El trabajo de entrenador requiere mucho de ti y mi vida volvería a estar dedicada al 100% a ello. Tal y como yo lo veo, ser entrenador no es ser jugador; es más complejo, es más exigente. No sé cuándo ni cómo, pero es una faceta que me gustaría experimentar. Me gustaría estar al otro lado y ver si soy capaz de aportar o ayudar con lo que llevo dentro, pero ahora mismo tendría que llegar algo irrechazable.

    —Alguna vez ha dicho que nunca imaginó hasta dónde llegaría con este deporte.

    —Es que nunca me lo planteé. Nunca lo pensé. Nunca me imaginé que iba a conseguir todo lo que he conseguido. 

    —De haber continuado como atleta, ¿hasta dónde cree que habría llegado?

    —Cuando lo dejé tenía el récord autonómico de 1.000 metros y era subcampeón de España de mi categoría. Hasta que lo dejé se me daba bastante bien, tenía bastantes becas, pero nunca lo sabremos [sonríe]. 

    —El deporte siempre ha estado presente en su vida.

    —Y seguirá. Empiezas de pequeño practicando todo lo habido y por haber y ya vas eligiendo. No concibo una forma de vivir sin deporte.

    —Está en buena forma física. ¿Se cuida tanto como antes?

    —No. No es que me cuide, es que es una forma de entender la vida. No soy profesional y me doy mis caprichos. De vez en cuando te puedes permitir un exceso. Se pagan y cuestan, pero hay que disfrutar de la vida. 

    «SI CUANDO VIVÍA EN VALÈNCIA ME ESCAPABA ALGÚN FIN DE SEMANA A LONDRES PARA COMPRAR DISCOS O IR A UN CONCIERTO, IMAGÍNATE LO QUE SUPONE VIVIR AQUÍ»

    —En sus apariciones como embajador de La Liga se le aprecia una especial sensibilidad por las etapas formativas. ¿Cómo ha cambiado este aspecto desde su época hasta la actualidad?

    —Entendemos que el fútbol no se sostiene sin una etapa formativa fuerte. Por eso insistimos. Es de ahí de donde surge el éxito que nutre a los clubes de cualquier división. España, afortunadamente, se nutre de jugadores nacionales, pero cuando viajas fuera, por ejemplo a países como China, te das cuenta de cómo ellos no tienen eso e invierten mucho en ello. Más allá de nuestro éxito con la Selección gracias a los jugadores, España es una potencia como formadora. Mucha gente habla de los jugadores españoles, pero a nivel formativo y de coaching tenemos un alto nivel. 

    —Ahora los jugadores más jóvenes tienen una actividad de patrocinio y comunicación desconocida hasta la fecha. 

    —No creo que sea algo exclusivo del mundo del fútbol. Pero bueno, dime qué lees o qué escuchas y te diré quién eres. Pues dime a quién sigues en redes sociales y te diré un poco cómo eres. Es verdad que hay mucha tendencia a exhibirse, pero los futbolistas no son menos. No es una faceta que a mí me atraiga. Creo que desde el fútbol hay que mostrar unos valores diferentes porque la vida no es eso.  

    —¿Le preocupa que esas presiones económicas y mediáticas lo desvirtúen?

    —Eso le preocupa a todo el mundo, pero creo que no. Hay muchos futbolistas en activo y muchos entrenadores que insisten en sus valores: respeto, humildad, trabajo, etcétera. Eso es lo que te lleva al éxito. Si te alejas, te alejas del éxito. Es en lo que hay que insistir en las fases formativas. 

    —Trabaja en los medios ingleses. De su modelo de periodismo deportivo, ¿qué importaría a España?

    —En Reino Unido la prensa deportiva es muy respetuosa con el exprofesional, pero creo que no lo es solo con el deportista… es con la persona. Hay un respeto absoluto, especialmente si ha aportado éxitos al país o a la ciudad. Hagas lo que hagas, la gente tiene eso siempre presente. Creo que por eso me he encontrado a gusto trabajando en medios británicos, aunque he colaborado con cadenas de televisión de África, Asia, Medio Oeste y toda América. En España tendemos a politizarlo todo. Por ejemplo, cuando Raúl fue a la inauguración de una tienda del Barça como trabajador para La Liga. Es algo que supongo que irá cambiando.

    —Tiene el carné de entrenador y da por supuesto que probará la experiencia en algún momento. ¿Cuál sería su fórmula?

    —Diálogo y honestidad con el jugador y con uno mismo. Al final el jugador, tanto el que juega como el que no, quiere la verdad y con la verdad se va por delante. He tenido casos de entrenadores que no han dicho la verdad y al final pierden el vestuario. Al final es liderar a un grupo y para lograrlo necesitas que esté unido; para que esté unido, tienes que lograr que todos luchen por los mismos objetivos. Es la única manera de aguantar bien toda la temporada. El reto principal de un entrenador hoy en día es ese, aunque ahora todos van acompañados de un preparador físico, un médico, etcétera.  

    —Cuando fue jugador del Valencia CF la fórmula tenía mucho que ver con un paso natural del filial al primer equipo y jugadores con experiencia para posiciones específicas. ¿Cree que ese es el modelo más adecuado para el club ahora?

    —En mi época esa era la dinámica y sirve para el 80% de los clubes, pero no para todos. Si estás en un equipo que ficha, como puede ser el caso de Madrid, Barça, Chelsea u otros, entonces lo que necesitas es una red de scoutings por el mundo. Todo depende del club para el que trabajes y tu rol, porque no es lo mismo tener una responsabilidad como entrenador que como director deportivo. 

    «SIEMPRE HE CONSIDERADO QUE EL FÚTBOL NO ES LO ÚNICO, PERO COMO PROFESIONAL LOS PROYECTOS DEPORTIVOS SON LO MÁS IMPORTANTE»

    —Además del fútbol, la cultura es otra de sus pasiones. ¿Fue algo que tuvo en cuenta para quedarse a vivir en Inglaterra?

    —Efectivamente, la cultura británica y la estadounidense siempre me han atraído. Pero cuando llevas catorce años residiendo en un país son más cosas… Influyen factores culturales, deportivos y sociales. Siempre he tenido una conexión con la cultura británica. De lo contrario no llevaría tanto tiempo viviendo aquí. 

    —¿Y la música?

    —Si cuando vivía en València me escapaba algún que otro fin de semana a Londres para comprar discos o ver algún concierto, imagínate lo que supone vivir aquí. La música forma una gran parte de la cultura británica. Se ve en la importancia que se le da y la repercusión que tienen las bandas en Gran Bretaña y a nivel internacional. La música es una parte muy importante en mi vida y es algo que puede ayudarte mucho a sentirte a gusto en un sitio. 

    —¿Lo tuvo en consideración al fichar por el Middlesbrough?

    —No. Siempre he considerado que el fútbol no es lo único, que hay más cosas, pero como profesional los proyectos deportivos son lo más importante. Prueba de ello fue que viniera a un club como Middlesborugh. El primer año fue duro… no tomas esas decisiones basadas en gustos musicales. Las tomas por el proyecto deportivo y por dónde vas a vivir con tu familia, si vale la pena. Todo lo demás es un añadido. 

    —A lo largo de su carrera, ¿ha compartido su afición por el rock y el pop con compañeros de vestuario?

    —Es verdad que no había muchos futbolistas con los que compartiera estos gustos, estos estilos, pero tuve la suerte de encontrar algunos. No muchos. La música en mi época era algo más personal. No se ponía en el autobús, como hoy en día. Era algo más privado y eso también es importante; que cada uno tenga su espacio más allá de compartir algo puntualmente. 

    —En València es conocida su amistad con el vendedor de discos, locutor y dj Juan Vitoria. ¿Qué papel tuvo en sus diez años aquí?

    —Importante, supongo. Juan es una enciclopedia del rock y me ha aportado mucho. Me ha descubierto bandas a las que no hubiera llegado, pero sobre todo me ha ayudado a entenderlas, a ver cosas desde dentro. Hemos compartido muchos conciertos y muchos momentos. Ha sido una figura importante para mí en València y en mi vida, pero también hubo más amigos con los que compartí esa afición, conciertos… lo que pasa es que Juan es muy conocido y su nombre llama más la atención [sonríe].

    —Cuenta la leyenda que no era extraño ver a Mendieta en conciertos de bandas valencianas.

    —Siempre que no interfiriera en mi actividad profesional, iba a cualquier evento musical que podía. Es verdad que a veces se hacía difícil porque creaba más alboroto que otra cosa, pero bueno, en la escena musical en la que yo me movía ya conocías a mucha gente y entendían que estabas en un momento más personal. Me sentí bastante respetado. Y si no, siempre había algún rincón en el que, con un buen gorro, uno se camuflaba. 

    —¿Cuáles fueron aquellas primeras recomendaciones? Las esenciales.

    —Cuando llegué a València, con diecisiete o dieciocho años, empecé a comprar discos porque podía permitírmelo. Hasta entonces tenía algún vinilo y muchos casetes. Empecé escuchando a The Doors, The Velvet Underground, Iggy y los Stooges… Todas esas grandes bandas de los 60 y 70. Eso lo combiné con muchas bandas de la escena de València, de esa época que yo considero más o menos dorada, con La Habitación Roja, por ejemplo. Con ellos todavía tengo amistad, como con Los Planetas. 

    —Ellos le nombraron en una de sus canciones más memorables y un buen día de 2015 se subió al escenario al FIB para tocar la guitarra con ellos. ¿Cómo lo recuerda?

    —Ya los había visto en directo dos veces antes de aquella canción, pero cuando sacaron el single de Un buen día nos conocimos. No recuerdo quién nos presentó, pero supongo que vendrían a presentar Unidad de desplazamiento a València y comimos juntos. En 2015 coincide que estoy en Benicàssim [la familia Mendieta vive allí], quedamos a comer porque somos amigos y Jota me suelta que por qué no toco la guitarra con ellos. Tengo un par de Fenders, pero desde que nacieron mis hijas, el tiempo libre… Les dije, si queréis voy al ensayo y lo valoramos. Me pasé dos días tocando los cuatro acordes y fui al ensayo. Ellos dijeron que no desentonaba mucho, pero yo creo que sí [ríe]. Toqué la canción y fue una experiencia increíble… inolvidable. He jugado en estadios con 100.000 personas, pero la forma de conectar con la gente es totalmente distinta. Es difícil describirlo con palabras. Además, Los Planetas volvían al FIB después de unos cuantos años, acababa de tocar Blur y luego actuaba Portishead. En el escenario principal. A veces lo pienso y todavía me parece que estoy soñando.

    «SIEMPRE QUE NO INTERFIRIERA EN MI ACTIVIDAD PROFESIONAL, IBA A LOS CONCIERTOS QUE PODÍA. LA GENTE ENTENDÍA QUE ESTABAS EN UN MOMENTO MÁS PERSONAL»

    —En el FIB hizo su debut como dj. ¿Cómo ha desarrollado esa faceta desde entonces?

    —Como era la primera vez, vino mucha gente. Fue impresionante. Mucho afecto. Pinchamos con vinilo los tres [Juan VitoriaArizona Dylan y Gaizka Mendieta, aka Gasteiz Gang]. El proyecto duró un año porque Arizona empezó la universidad y los compromisos de los tres lo hacían muy difícil. Juan pincha asiduamente en diferentes clubs de València. Yo también lo hago cuando puedo. He pinchado en varios festivales [FIB, SOS…], en las dos últimas finales de la Champions, en una fiesta privada del festival de Cannes… intento exprimir esas experiencias. Para mí, lo más interesante es unirlas. Unir el fútbol, la música y distintas pasiones. Me gusta lo que sucede cuando hay sinergias entre todo lo que hago.

    —Una de las facetas menos conocidas es la de empresario inmobiliario y hostelero. ¿Cómo surgió la posibilidad?

    —Si vives en Londres acabas yendo a restaurantes con producto español. Es algo que te falta cuando vives fuera. Así conocí a los dueños de Ibérica Restaurantes, que tienen un producto muy bueno. A partir de la relación personal como cliente me ofrecieron entrar y no me lo pensé dos veces. Tenemos ocho restaurantes en Reino Unido y vamos a abrir dos más. Además, he estado con Dabiz Muñoz en StreetXO desde el principio. De hecho, acabo de salir hace poco. Y, si no pasa nada, estoy planeando un nuevo proyecto con Quique Dacosta, pero estamos en los primeros pasos. En todos esos proyectos, desde distintos puntos, el planteamiento para que esté dentro es parecido: conocer un mercado que tiene oportunidades y necesidades que se pueden cubrir. 

    —En los restaurantes de Ibérica hay muchos españoles. ¿Hay inquietud por los efectos del brexit?

    —La gente que tiene contrato indefinido no tiene ese temor, pero los que acaban de llegar, quizá, pueden tener dudas sobre cómo se va a resolver. Pero no los españoles; cualquier ciudadano europeo que reside y trabaja allí. Nosotros esperamos que la relación entre Reino Unido y Europa se altere lo menos posible. También pensando en los británicos que no solo viven sino que trabajan en Europa. Desde luego, serán decisiones muy sopesadas.   

    * Este artículo se publicó originalmente en el número 34 (VIII/17) de la revista Plaza