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  • Los Planetas: cómo sobrevivir a dos décadas de viaje por el Sol

    Publicado originalmente en GQ

    El universo es algo frágil. Ni que decir tiene cuánto pueden llegar a serlo Los Planetas. Quizá por eso se haya escrito tanto sobre ellos. La imposibilidad de su existencia se resume en la tensión (y las letras) de un solo disco: ‘Una semana en el motor de un autobús’. Una colisión entre cuerpos suspendidos sobre la relatividad de la industria musical española. Una historia tan importante que sirvió de base para el fundamental libro de Nando Cruz, titulado de manera homónima (editorial Lengua de Trapo). Veinte años después del hito (y 25 desde su debut, como GQ), la historia de supervivencia ha llenado auditorios con una revisión sinfónica. Entre otros, el Palau de la Música de Valencia durante el cada vez más importante Deleste Festival, donde nos citamos con sus dos principales protagonistas.

    Jota y Florent protagonizaron un duelo infernal entre los años 1997 y 1998. Los Planetas se descomponían tras la gira de ‘Pop’. Su batería y después su bajista (May, novia y exnovia de Jota según evoluciona su discografía) abandonaron la nave. Todo se redujo a ellos y mientras Jota parecía ser consciente de estar a un solo paso de trascender con su obra, Florent se diluía en una espiral de drogas y volatilidad. «El final de siglo pintaba mal. Generacionalmente, nadie veía claro el asunto. Hasta entonces Los Planetas habían tenido una actitud política sobre el escenario. May tocaba de espaldas al público y esas cosas… Este disco quiso abrirse –nunca se volvería a oír tan clara la voz de Jota– y comprender el escenario de la música al que queríamos darle la vuelta», cuenta él mismo. «El disco fue muy difícil de parir, pero mientras lo estábamos grabando –Nueva York, Kurt Ralske– y nada más escucharlo por primera vez éramos conscientes de que era un material de primera. Era muy importante», concede Florent.

    Se iba a llamar ‘Toxicosmos’, como una de sus canciones. Ésa fue la palabra que inventó Kieran para definir el ecosistema de caos, suciedad y químicos que rodeaba al local de ensayo. Este bajista escocés llegó por casualidad a la banda, como Banin se convirtió en su tercer guitarra o Éric Jiménez refundó para siempre su base rítmica. Todo y todos a la vez en este disco. En el caso de Éric, con una rabia y frescura que todavía hoy resultan inverosímiles. Éric es lo primero que suena en el disco (‘Segundo premio’) y no es casual. Los Planetas, a punto de extinguirse, sirvieron de válvula de escape para el batería tras la epopeya de ‘Omega’ (Enrique Morente y Lagartija Nick, 1996).

    «Ahora suenan las canciones y te das cuenta de cómo puedes volver a todas esas escenas, al mismo lugar en el que habías vivido esto o lo otro. En la versión sinfónica que hemos hecho por el 20 aniversario creo que tanto nosotros como el público hemos vivido el lado más emocional del disco». Los Planetas pasaron de llenar salas de 100 a colmar La Riviera sin presión. Iban a diluirse en el espacio, pero sobrevivieron. «Parece que ésa es la idea más fuerte de lo que hicimos. La supervivencia. Como si eso nos hubiera dado margen como para seguir adelante hasta hoy», comenta Florent. » La supervivencia te alimenta y te hace fuerte «, añade Jota. Una fuerza que se tradujo en la reversión del sistema de multinacionales que también denunciaba el disco: «Veinte años después podemos decir que se ha creado un mercado alternativo real. En las ferias de los pueblos ya no sólo hay grupos de verbena, hay festivales de rock alternativo. Ha habido un cambio bastante fuerte en ese sentido».

    Despidiendo una gira sinfónica que ha servido para reformular todas esas canciones con una sección de cuerdas puramente femenina y los arreglos y piano de David Montañés, Jota y Florent admiten a GQ tener ganas de volver a hacer rock sobre el escenario: «Este viaje ha sido complicado porque nos hemos exigido mucho. Ahora volvemos a lo sencillo, que es el directo que llevamos haciendo 25 años y lo que mejor sabemos hacer «.

  • (Crónica) ‘Omega’ en Valencia: catarsis emocional

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    A estas alturas es posible que se haya escrito todo sobre Omega (1996), un álbum tan moderno que hoy, todavía, es una oportunidad visceral para disfrutar de la música. Ese es el principal legado dedisco que contó con una virtud trascendental: la necesidad de provocar de Enrique Morente, cualidad en desuso desde hace el tiempo suficiente como para asegurar que estamos hablando de la última frontera que el flamenco se ha atrevido a cruzar.

    En su 20 aniversario, cinco años después de que el periodista Bruno Galindo publicara el título de referencia Omega. Historia oral del álbum que unió a Enrique Morente, Lagartija Nick, Leonard Cohen y Federico García Lorca, el disco ha provocado el estreno de un documental sobre su gestación, grabación y gira, pero también una triada de conciertos con los músicos que lo hicieron posible y la interpretación de los hijos del cantaor.

    Origen de un imposible 

    El ronco de Graná, una voz que ya hubiera pasado a la historia por la solemnidad de su técnica y la hondura de su cante, nunca tuvo suficiente entre los palos. En febrero de 1996, después de un recital en el Teatro Albéniz de Madrid sobre el que hoy se proyecta un hotel, Morente volvió al escenario para cumplir con el bis que los aplausos reclamaban. En las tablas le esperaba Tomatito, que le había acompañado durante el repertorio. De repente sonó un estruendo y al fondo, como relataba Silvia Cruz hace unos días en El Español, aparecía Eric Jiménez montado sobre su batería y agotando el oxígeno de los presentes con la apertura de Omega.

    M.A. Cortés, Salazar, Morente, Estrella, Aurora y Soleá en 1996 (Extraída de ‘Omega’, el documental) 

    A Morente le hicieron dudar durante meses sobre el proyecto, para empezar con los abucheos y los gritos de “basura” desde el público al que afrentó con la escena descrita. Él estaba convencido de transgredir lo establecido: “molestar es necesario. Si no molestas a alguien, es que no estás arriesgando. Y además, si no molestas, solo eres molestado”. No encontró más apoyo que el de los hermanos Jesús y Antonio Arias, miembros de la banda T.N.T. El segundo de ellos era el líder de los citados Lagartija Nick, un grupo todavía desconocido, enrabietado por haber sucumbido al ritmo de las multinacionales con su segundo disco y cuyo futuro era más bien incierto.

    Los Arias veían a Morente como un maestro y éste les respondió multiplicando su interés por arriesgarlo todo al fusionar un cuadro flamenco con una banda de rock. Juntos proyectaron un álbum sin precedentes a partir de esa genuina formación que dio forma a versos de Federico García Lorca y canciones de Leonard Cohen. Con el rechazo de la industria discográfica (el disco acabó siendo editado por la revista El Europeo), Morente encontró aliento en la voluntad de Aurora Carbonell y Estrella Morente, mujer e hija, atraídas por el proyecto, y la fe en el ronco de un elenco de músicos flamencos casi irrepetible: Tomatito, Vicente Amigo, Cañizares, Miguel Ángel Cortés, El Paquete o Montoyita.

    El concierto

    Pues bien, estos dos últimos se subieron este jueves 1 de diciembre al escenario del Espai Rambleta para hacer realidad un “recuerdo” imborrable. Lagartija Nick junto a los hijos de Enrique y Aurora, exploraron las sensaciones de llevar de nuevo al directo Omega. El disco que giró durante años el propio Morente con los Nick y buena parte de su familia, encontraba ayer en las voces de Estrella, Soleá y José Enrique ‘Kiki’ una alternativa que llenó el auditorio valenciano y supuso un experimento emocional a ambos lados del escenario.

    La noche arrancó con una tensa presentación de las voces junto a Arias, “miembro de la familia” desde que se inició el proyecto,como recordó Estrella. Superada la escena, Kiki interpretó las dos primeras canciones entre las que sobresalió ‘Solo del pastor bobo’. La canción de Salazar empezó a atemperar la voz del más joven de los Morente, ligado a los circuitos más clásicos del flamenco durante los últimos años. Extrayendo las primeras ráfagas de sentimiento, el público se fue también abriendo a un concierto cuyo repertorio desconocía y en el que quién iba a ser el encargado de ‘suplir’ al ronco parecía una preocupación.

    Soleá se encargó del segundo par. La intérprete, que hace apenas unas semanas defendió su primer álbum en solitario en el mismo espacio (Tendrá que haber un camino), se curtió con una parte de Lagartija Nick en la banda de rock experimental Los Evangelistas, precisamente dedicada a la memoria de Enrique Morente. Soleá, que participó en los coros de los álbumes de su padre desde 1991 hasta su muerte, avanzó en esos primeros temas con un paso todavía desigual. La propia Estrella, responsable del tercer par de temas introductorios, comentaba entre alguna de las canciones la complejidad de “mantener la concentración y vivir todas estas emociones”. Ella fue la verdadera protagonista de la noche.

    El matriarcado emocional

    El concierto, que tras los pares reunió a los tres cantantes en el escenario para enfrentarse al grueso del track list de Omega, fue una experiencia emocional en torno a esas imborrables canciones y a la gestión de lo que estaba sucediendo por parte de Estrella. Si bien es cierto que nadie parece exigirles a ninguno de los Morente Carbonell que sean su padre, la alternancia entre las interpretaciones de los tres hermanos generaba una ambivalencia con la altura de Estrella. La mayor de los tres, voz fundamental en algunos de los temas del álbum, seguramente la cantaora más importante en España de la pasada, presente y futuras décadas, se desvivió por arropar y dar oxígeno tanto a Soleà como a Kiki

    Estrella hizo dos interpretaciones imborrables para cualquiera de los asistentes anoche al concierto: ‘La aurora de Nueva York’ y ‘Manhattan’. El momento, reunida con buena parte de su familia para homenajear a su padre, la situación, con Lagartija Nick, su tío Montoyita, Paquete y sus músicos más próximos, y el poder de ambas canciones, de Vicente Amigo a Leonard Cohen, generó por momentos ese temblor físico que su voz logra a veces entre los huesos maxilares y algunas partes del cráneo en el receptor. Vibraciones y notas de una interpretación desbordante, técnicamente nerviosa a causa de los condicionantes citados, pero interpretativamente plena, excesiva, desmedida, fuera de lo común.

    Más se desdibujaron las canciones a tres voces, con alternancias en las que Estrella acolchaba con coros e interpretaciones superpuestas. En lo musical, al menos para el público, hubo un desorden manifiesto. Lagartija Nick funcionaron –para cuando grabaron Omega ya eran una roca de cohesión en directo- desde la primera hasta la última de las canciones. La casi militarista batería de Eric, las guitarras, teclados y el abrasivo bajo de Arias, no defraudaron en ningún momento. Entre el cuadro flamenco, quizá por la presión sonora de capas en el escenario, si hubo más idas y venidas. El cajón a veces se emborronaba en un toque excesivo, sin orden ni tiempo, de nuevo arrastrado por una tensión emocional que mantenía al público y a los intérpretes en una esfera posiblemente nada preocupada por las exigencias técnicas. Pero así fue y, en esas escenas a tres voces, con Kiki, Soleá y Estrella cambiando de posición constantemente en el escenario –y, por tanto, cambiando de micro y haciendo un tanto más difícil la sonorización de todo ello- algunas canciones se perdieron por el camino. Por ejemplo y contra pronóstico, ‘Aleluya’.

    Sin embargo, el concierto tenía un ambiente excepcional. La manera en la que el disco ha sido interiorizado por el público a lo largo de estas dos décadas, en muchos casos a través de una escucha individual y nada lúdica, dejaban este jueves a buena parte del auditorio totalmente entregada frente a las irregularidades interpretativas que la emoción pudiera provocar sobre los intérpretes. Se pudo comprobar esa amnistía ante la exigencia de fidelidad al sonido cuando, por ejemplo, se inició el segundo acto con los ambientes de Enrique Morente lanzados y envolviendo el inicio del tema de apertura del disco. Solo entendiendo esa reunión emocional entre lo que se sentía arriba y abajo del escenario se puede comprender que cada canción se aplaudiera con tanta intensidad, porque la percepción del público estaba siendo estimulada por otro tipo de resortes más allá que los de la cualificación técnica.

    Hubo tiempo para interpretar alguna de las canciones inéditas del disco que aparecen a lo largo del documental. Hubo tiempo para el ‘Pequeño vals vienés’, para destellos de Soleá y de Kiki que, en la catarsis emocional, sobresalieron más en los momentos de sentimiento y en los quiebros complejos; en cualquier caso, más que en las que en las zonas intermedias, siempre más sensibles. En los momentos en los que ambos se aproximaban a compases que solo la voz del ronco ha sido capaz de amortizar, Estrella giraba el rostro contra el fondo del escenario, como impulsándoles con los ojos cerrados, subiendo también la pierna para aguantar con fuerza cada nota sostenida, cada final elongado. Su generosidad, mezclándose con los Lagartija, doblando con Soleá la energía de los palmeros, fue de una entrega total.

    Quién sino ella pudo decir, mientras se iba, la frase que parecía haber rebotado dentro de los 14 músicos que se desvivieron este jueves sobre el escenario de Rambleta: “gracias por ayudarnos a recordar a mi padre”. Arias había avanzado en aquella previa que era el día de revivirlo de la manera más lúcida posible, pero también “a Lorca, a Cohen y a Jesús Arias”. Todos ellos se hicieron presentes en la citada catarsis emocional que desgranó los temas de Omega, entrelazó las voces de Kiki, Soleá y la que posiblemente es la voz más relevante de la música popular en España del último cuarto de siglo: Estrella Morente. El encuentro entre los que asistieron será, posiblemente, irrepetible.