Etiqueta: guerra

  • Maternidad, guerra, videojuegos y muerte: al habla con Isabelle Stoffel y Sigfrid Monleón

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Isabelle Stoffel y Sigfrid Monleón vuelven a València con un proyecto conjunto; una historia que parte de la convulsión vital de una piloto de cazas al quedarse embarazada. La pareja de dramaturgos aspira a reeditar las mieles de público y crítica cosechadas con La rendición, versión de la propia Stoffel a partir de las memorias íntimas de Toni Bentley –dirigida por Monleón– que les llevó a encadenar años de representaciones y teatros internacionales. Ambos repiten rol y método –monólogo, con un laborioso trabajo en el diseño escenográfico y sonoro– para abordar un relato muy actual y con una marcada carga de género. 

    En tierra es la adaptación de la aclamada Grounded de George Brant, ganadora del Smith Prize como reconocimiento al teatro político americano. Maternidad, guerra, videojuegos y muerte se cruzan en esta historia en presente de indicativo que combina referencias clásicas y contemporáneas. De La odisea a 1984, el embarazo imprevisto de la militar pone punto y final a su carrera en el aire. A partir de ese momento pasa a formar parte de «las terrícolas» y se convierte en un piloto de drones. 12 horas de jornada laboral frente a la pantalla en los que da caza a terroristas a los que sigue a veces durante 15 días. Cuando acaba, después de participar en una guerra, vuelve a casa para jugar con su hija y unos ponis rosas que inspirarán canciones de Tulsa –parte del elenco artístico tras la propuesta–. 

    Grounded se estrenó en el festival de Edimuburgo de 2013 y desde entonces no ha parado de crecer su popularidad. Representada en una gran cantidad de países, en este momento se prepara una versión operística en el Metropolitan de Nueva York y Anne Hatthaway ha comprado los derechos para convertirla al cine, después de haber interpretado a esta mujer de las Fuerzas Aéreas estadounidense en Broadway. La versión de Stoffel que estará en el Teatre Rialto de València del 27 de abril al 6 de mayo se estrenó el pasado mes de octubre en el Off Niemeyer y ya suma una gira con más de 20 representaciones. 

    Hablamos con los principales responsables de esta adaptación que ha contado con el productor y músico Suso Saiz como responsable del espacio sonoro, Silvia de Marta en la escenografía, Pilar Velasco en el diseño de luz, entre otros.

    -En este caso, ¿en qué se distingue la versión del texto original de Brant?
    -Isabelle Stoffel: En este caso es una versión bastante fiel. Se dice que un idioma maneja una mentalidad y en mi caso, en mi casa, se vive en distintos idiomas [Stoffel nació en Basilea, Suiza, y domina varias lenguas] así que la principal distinción está en el lenguaje. Es muy fiel, pero deja que el lenguaje guíe un poco mejor el camino. 

    -No se cita explícitamente a George Orwell, pero da una lectura muy orwelliana de aquello en lo que se han convertido las guerras.
    -Stoffel: No se cita, pero está hablando de esa sociedad panóptica de hoy en día. La guerra de los drones ya va por su año 17. Es la guerra más larga que existe actualmente porque ya no se fija entre dos países, sino contra el terrorismo. Por ese motivo, Estados Unidos ataca allá donde cree hallar una amenaza terrorista. Podría ser en la Plaza del Ayuntamiento de València. 82 países ya tienen drones militares, como sucede en España, y suponen ese ojo en el cielo que nos puede sugerir a Orwell. La obra trata de fijar la atención en esa idea de vigilancia, pero dando un paso más allá con una mujer al frente del relato bélico. No estamos acostumbrados a que la ficción parta de la mujer par hablar de las guerras, aunque ya hay algún caso, como Homeland.

    -¿Qué carga extra imprime a esa visión de género la maternidad ante semejante contexto?
    -Stoffel: La vida de la piloto queda reducida a manejar un dron. Ella, que es lo máximo dentro de la jerarquía militar de las Fuerzas Aéreas, piloto de caza, nota como no tiene la misma responsabilidad. Se siente degradada profesionalmente. Sin embargo, se va a enfrentar a la muerte igualmente. Va a matar, sentada frente a una pantalla, volviendo a casa a dormir con su hija. Eso va a generar una reflexión en el público en distintas direcciones… 

    -Es posible que el público pueda caer en un juicio sobre ella rápidamente. ¿Cómo preparaste el papel?
    -Stoffel:
     El reto más grande era situarme exactamente donde está. Estar en la piel de la protagonista y no juzgarlo. Estar. Son convicciones muy distintas a las mías, pero me gusta meterme en la piel de quien piensa distinto a mí. Ella mata a gente y eso es algo que hay que abordar sin juicio. Y no son muertes cualesquiera… Mata a personas a las que sigue durante días, semanas. Casi tiene la sensación de convivir con esas personas. Por eso se genera esa lectura perversa. El reto como actriz era estar en su lugar y no intelectualizar sus decisiones. A esto ha ayudado que la obra original esté tan bien escrita. 

    -Es una escritura singular de la que se destaca el ritmo. De hecho, tiene raíces en beat box, el rap… ¿la manera en la que está escrita originalmente tiene vocación por conectar con nuevos públicos?
    -Monleón: 
    Yo creo que sí. Es un monólogo escrito en presente de indicativo, cuando la forma más habitual es el pretérito. Utiliza ritmos donde la síncopa está muy presente y esa sensación de ritmo tiene un encaje perfecto con los temas que aborda, con la idea de actualidad. El ritmo del propio texto ya forma parte de la propuesta del autor. Está escrita en verso, sin signos de puntuación, haciendo uso de repeticiones, omisiones, generando la búsqueda de la respiración… Eso imprime carácter ya a las escenas. Además de ese ejercicio de estilo, es un poema épico contemporáneo que ya ha funcionado estupendamente en funciones para un público juvenil. De alguna manera, parece un estímulo al que están acostumbrados.

    -Hablando de ritmo, habéis contado con el productor y músico Suso Saiz y con Miren Iza (Tulsa) para el trabajo sonoro. ¿Cómo os sentís con el resultado?
    -Monleón: 
    Bueno, en el caso de Miren somos fans, somos amigos y queríamos que ella pudiera participar de la obra. Por otro lado, Saiz ha hecho el diseño sonoro. Yo creo que debe ser el único músico español que ha tocado con Brian Eno y es capaz de decodificar ese mundo tecnológico, un ambiente electroacústico que es la base de la obra. Esta adaptación de En tierra le debe mucho al diseño de luz y sonido. La canción infantil que aporta tulsa conecta al personaje con un momento arcano familiar. Es un contraste total con lo que viene proponiendo Suso. No hay silencios.

    -El equivalente del silencio en el cine sería el negro según el canon tradicional. ¿En este caso, era imposible que interrumpierais el ritmo de la obra con uno de esos negros?
    -Monelón: 
    Algo así porque al final, aunque hay sonidos que evocan esa sensación de silencio puntualmente, no lo hay. Ha utilizado sonidos de motores de aire acondicionado, del espacio, armonías complejas… En la obra es muy protagonista toda la sensación que transmite el audio. Es un sentimiento. A mí me gusta mucho, pero puedo decir, porque lo sé, que Suso está encantado con el trabajo que nos ha dado para esta obra.

    -Maternidad, guerra, videojuegos y muerte. En realidad, parecen temas de lo más cotidiano, pero el punto de vista de una piloto de caza retirada por haber quedado embarazada parece que influye en una perspectiva totalmente novedosa en torno a ellos. No obstante, algunos de esos temas, apenas ocupan espacio informativamente.
    -Stoffel: 
    A mí me inquieta mucho el papel que ha ido tomando la ficción en los últimos años. Porque ahora nos encontramos a un expolítico brasileño denunciando a Netflix por distorsionar la realidad. Vemos hasta qué punto la realidad sustituye a la información y me pregunto cuál va a ser el papel de la ficción en el futuro. En este caso, la ficción nos permite hablar de temas como la maternidad o la guerra, tan habituales, pero que ocupan espacios ínfimos de información. Hemos asimilado la guerra de drones, el asesinato a distancia, como una total normalidad humana. La adaptación y su puesta en marcha nace en gran medida de las ganas de Sigfrid y las mías por querar dar visibilidad a estos temas. Temas cercanos, pero extraños, en el que la visión de género también aporta mirada a todo el texto.

    -Es el siguiente eslabón tras el éxito de La rendición. ¿Os gustaría que permaneciera durante tanto tiempo de gira y que también diera el salto a América Latina? ¿Tiene madera para ello?
    -Monelón: 
    Yo pienso que sí. En este caso, además, partimos de lo que ya es una obra de teatro que ha tenido un éxito rotundo en el mundo. Se ha representado en una infinidad de países, se prepara una ópera y una película sobre ella. Creo que las historias sobre la vigilancia y la vigencia del relato femenino para hablar de estas cuestiones, el ritmo que tiene el texto y la adaptación que hemos hecho, la hacen muy interesante para el público. De hecho, acabamos de empezar a rodarla como aquel que dice y ya estamos en unas cifras de exhibición importantes. Nos encantará repetir éxitos con una historia así. 

  • Snowden o la solución al ‘quién vigila a los vigilantes’

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Lo primero que un espectador puede pensar nada más iniciarse los títulos de crédito de Snowden (Oliver Stone, 2016) es qué ha aportado a sus vidas la heroica gesta perpetrada por ese treintañero apocado física y socialmente, cerebrito a la legua y republicano (conservador) que decidió poner en un brete al país que tanto ama para salvar a su pueblo. Es, en efecto, una historia mesiánica, al estilo de las que gustan al director de Platoon, Nacido el cuatro de julio o Alejandro Magno pero que se enfrenta por lo que a él le compete a la compleja épica que cabe en la nada antivisual actividad que cabe en el día a día de un hacker.

    Ese era el reto por parte de Stone frente a una historia que una primera remesa de inquietos pudo conocer gracias a la publicación primigenia del británico The Guardian, ‘la seguida’ de Washington Post y la definitiva entrevista -en aquellos días de junio de 2013- de Snowden en la CNN estadounidense. En esa horquilla de informaciones el mundo aguantó la respiración, ante una Adminsitración Obama sacudida por el acto de «deslealtad» y la orden internacional de «busca y captura» para uno de los principales ‘mecánicos’ del espionaje digital al que el 11-S proporcionó barra libre al poder militar. Si el reto era mejorar el relato sobre lo que el mundo ya comprendió durante aquellos días y se reveló desde el brillante relato documental de Citizenfour (Laura Poltras, 2014), el director de Wall Street, La historia no contada de Estados Unidos o Asesinos natos, no lo ha conseguido

    En cambio, el mérito de Stone en este caso se debe medir de puertas hacia dentro. El cineasta cuenta con el favor suficiente de la industria como para colocar esta historia en los cines de todo Estados Unidos. Snowden no es una película ni entre las diez mejores del amigo de Hugo Chavez y Fidel Castro (según ha contado también en el cine), sino la posibilidad de que muchos ciudadanos de aquel país, antagonista de la historia que se cuenta, tengan la posibilidad de empatizar con un compatriota que mutiló su vida personal por unos ideales que conectan a la sociedad de todo el mundo con la eterna idea de la corrupción. 

    El concepto de corrupción, ligado al poder inequívocamente, está detrás de este relato en el que un frustrado militar acaba derivando su inteligencia hacia los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Así consigue servir a su país, pero su capacidad por brillar y ejercer de desarrollador de algunos de los programas clave para la consulta de la intimidad de los ciudadanos de todo el mundo -en especial, de los propios estadounidenses-, arrepentirse al sentir las consecuencias en su entorno más próximo (Hollywood represents) y, finalmente, ‘vender’ al sistema de barras y estrellas y dejarlo en evidencia frente al mundo.

    ¿Y si Snowden es la respuesta platónica?

    Si todo había cambiado con el 11-S, abriendo un derecho de pernada global con respecto al espionaje y recopilación de informaciones a través de las empresas tecnológicas que la película no elude mostrar (Apple, Microsoft, Facebook, AOL…), todo cambió con Edward Snowden de nuevo. Esa era la acción y, desde luego, sirvió para que al menos los países menos despiertos ante la situación, los europeos, revisaran la posibilidad de que los tentáculos de internet alimentaran sin barreras la capacidad de controlar la actividad de cientos o miles de millones de personas. Eso cambió, aunque es posible que no pocos espectadores sobrevivan a la idea por el a veces parco sentido cinematográfico de la película de Stone, que a buen seguro cumplirá con la citada virtud de abrir la historia todavía más al público global.

    En este caso, en la ficción más relevante de Stone desde Un domingo cualquiera (1999), el director estadounidense ha logrado un frágil equilibrio con el frágil personaje del agente de la CIA. El trabajo de Joseph Gordon-Levitt se encuentra al límite del paroxismo cuando el ego parece supurar del protagonismo en la Historia al que se enfrenta Snowden. Es casi igual de frágil que la realización de los ataques epilépticos y según qué desarrollos por parte del desarrollador cuando se maneja con códigos y pantallas. Pero nada de esto tiene relevancia si finalmente el caso Snowden, convertido en icono pop y por tanto en tema de conversación allende la indiferencia, sirve para resolver esa pregunta que se formuló Platón en La República, el libro que posiblemente haya marcado cualquier civilización posterior.

    El diálogo socrático de los tiempos trataba de resolver el enigma en el que se basa la corrupción: ¿quién vigila a los vigilantes? Platón sugería que lo importante era hacerles creer a estos que su valía para la sociedad era tal que, ellos mismos, sin más, se autoconvencerían de un papel excepcional para que el sistema funcionara. Los vigilantes, empoderados al fin y al cabo en esa estructura, se creerían lo que Platón llamó «una mentira piadosa», pues ni él mismo se creía que verdaderamente tuvieran la capacidad de ser incorruptibles. Sin embargo, cabe pensar: ¿y si Snowden representara finalmente la respuesta platónica? ¿Y si fuer ala piedra definitiva de que los vigilantes, conscientes de su poder y de la capacidad protectora casi individualizada, hubiera dado valor tantos siglos después a este conflicto de la naturaleza humana para dar sentido a la situación en pleno siglo XXI?

    Y si Snowden no consuela la duda platónica, siempre nos quedará Watchmen (Alan Moore, 1986).