Etiqueta: historia de valència

  • J.R. Seguí: “El drama de la política cultural es la ausencia de proyecto y la destrucción de lo anterior”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    José Ricardo Seguí estudió filología y empresariales, pero es conocido como periodista cultural. Además, ha sido becado por la Fundación Shakespeare y por la German Marshall Found of United States para la formación de periodistas. Por eso, si alguien le considera maestro, más allá de lo escrito durante los últimos 35 años, tiene argumentos fundados. Ha sido, indistintamente, autor de los magacines No tocar y Barraca Magazine, colaborador de La Vanguardia, El Mundo o Popular 1. Ha escrito, coescrito o participado en la publicación de una docena de libros, ha ideado y proyectado exposiciones y encuentros de arte, ha sido miembro de una infinidad de jurados en concursos de muy distintas disciplinas, ha participado como moderador y ponente en otra infinidad de congresos y atesora algunos premios que dan cuenta de su intensa trayectoria.

    Sin embargo, a “J.R. Seguí” se le reconoce por este firma a lo largo de tres décadas en Levante EMV. Durante la segunda mitad de ese periodo, fue jefe de Cultura, editorialista y otras tantas labores en este periódico. Rutinas diarias que compaginó con algún proyecto institucional, como Les Mogudes de la Dipu o el Circuit Rock. Al inicio de su trayectoria hizo un paréntesis para abrir uno de los clubs de conciertos más recordados de València: Garage. Fue promotor de algunos de los directos internacionales más inesperados de la ciudad, aunque no tardó mucho en volver a ejercer como plumilla. Y aquí sigue, como columnista de Valencia Plaza y colaborador habitual de la revista Plaza. Aunque su bagaje es extenso, esta es una aproximación a su visión actual del oficio de periodista cultural y lo que le rodea.

    -¿De padres periodistas?
     -No.

    -Filólogo, pero periodista cultural. ¿Cómo surgió la oportunidad?
     -Estudié filología. Durante mi etapa universitaria inicié la publicación de un fanzine con cuatro amigos. A uno le gustaba la música, al otro el cómic, otro que escribía bien, otro pintaba bien… Se llamó No tocar y solo tuvo dos números. Hablábamos de literatura, arte, tebeos, ilustración… Uno de los dueños de Barraca lo vio y me pidió hacer un fanzine para ellos. Era el mismo rollo, blanco y negro offset, pero con más recursos. Con aquello me planté en Noticias al Día, donde resulta que estaba Abelardo Muñoz al frente de Cultura. Me sonaba de algo, porque era mi vecino. Me compró algún artículo para el suplemento y ya me enganché a publicar allí. Cuando me di cuenta, estaba dentro, mientras seguía estudiando. Abelardo me enseñó el Nuevo Periodismo, me orientó y fue mi primer maestro.

    Noticias al Día y Qué y Dónde, para los que trabajaste, destacaron bastante en la información cultural de los 80.
     
    -Eran los medios progres del momento en València junto a la Cartelera Turia. Allí publicaba de todo: crónicas de conciertos, reportajes, artículos de opinión. Me pedían muchas cosas, sobre todo en torno a la ‘movida valenciana’, que era donde tenía más relaciones.

    -¿Qué disciplinas artísticas eran las que más te atraían?
     -Todo lo que tuviera que ver con la música y el cómic. También la literatura, creo, pero no me pedían nada de eso. Total, que sin darme cuenta me había hecho un buen book de artículos. Me fui a Levante, les enseñé lo que hacía y me ficharon. Todo esto siempre como freelance.

    -Tu marca tenía mucho que ver con estar conectado a los Carlos Simó, Vicente Mañó…
     -Es que nadie estaba cubriendo ese ámbito en los periódicos. En Levante EMV supieron verlo. Estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno. Mis espacios naturales de ser joven y disfrutar eran Planta Baja, Gasolinera, Barro y Pyjamarama… Seguía estudiando y para mí era casi una diversión. Sin darme cuenta, me convierto en ‘el chiquito’ que está en esos sitios, pero lo cuenta en un periódico. Porque otros sí lo hacen para otros medios, como Rafa Cervera, que además de en su fanzine Estricnina, empieza a estar aquí o allá. Más tarde, porque te hablo de mediados de los 80 o un poco antes, está Jorge Albi en la radio y tal.

    -Pero tu carrera como periodista cultural se interrumpe momentáneamente: te conviertes en el promotor de Garage.
     
    -‘Napo’ Beltrán me ofrece irme a Arena Auditorium, al grupo, para montar Garage. La relación es interesante, porque como otras veces, nace de que les doy una hostia por no dejarme entrar a un concierto. Ere el concierto de los Psychedelic Furs, pero aquello estaba hasta arriba, yo iba con el fotógrafo de Levante a hacer mi reportaje y resulta que no me dejan pasar. Pues hale, una hostia a cuatro columnas. Total, que discutimos, pero eso hace que hablemos. Nos disculpamos y me propone montar Garage poco después.

    -Garage se convierte, tras Arena, en la otra sala trascendental en València para conciertos internacionales. ¿Qué edad tenías? ¿Quién estaba contigo?
     
    -Tendría 25 o 26 años, porque abre en el 87. Emilio Ruiz se encargaba de la parte de promotor y gestor y yo me llevo a Remi Carreres (bajista y compositor en Glamour y Comité Cisne). Está trabajando conmigo porque necesitaba más brazos y Remi, con quien me llevaba genial, pensaba como yo. Para currar, mejor tener a alguien que, oye, ya que vamos a hacer conciertos, quiera ver a los mismos grupos que tú y se implique. Hacía su labor de relaciones públicas de forma natural, compartíamos mucha música. Emilio ha sido para mí un referente, una auténtica máquina de trabajar y trascendental para la música en València en aquel momento.

    -¿Por qué funcionó tan bien?
     
    -La idea era crear un club al estilo británico. Un club de nueva cultura para València, con mucha personalidad. Nos mirábamos en el Marquee, en The Haçienda, en el Astoria Theatre. Y eso pasaba, en gran medida, porque aquí también actuaran los mejores grupos británicos.

    -¿Cómo conseguisteis que vinieran? ¿Quién hace de enlace con Londres o Manchester?
     
    -Nosotros hacemos una lista con las 50 bandas que queremos que vengan a tocar a Garage. Esa lista se la damos a Robert Mills, ‘El inidio’, un tipo que ahora vive en Barcelona, pero que hace de enlace con Reino Unido. Cuando la ve, flipa. Flipa porque ve que es coherente y que entiende lo que queremos traer. No era tan difícil de entender la lista, porque nosotros leíamos Melody Maker o NME, comprábamos ese tipo de discos. Emilio, Remi y yo queríamos ver a esos grupos y Robert podía traerlos. Además de eso, también había propuestas de promotores locales.

    -Y bandas locales.
     -Esa era otra pata fundamental. Queríamos que los grupos locales actuaran en buenas condiciones. Yo estuve un año, pero durante ese tiempo, todos los grupos locales cobraron su caché, tuvieron su camerino, su backline y su catering.

    -¿Qué bandas que pasaran por Garage te vienen a la cabeza casi sin pensar?
     
    -A Certain Ratio, Jazz Butcher, Dream Syndicate, The Replacements, Flesh For Lulu, La Resistencia, Seguridad Social, Inhibidos Quizás, Falsa Pasión… Me vienen a la cabeza con facilidad porque guardo los carteles todavía.

    -¿Está justificada la nostalgia feliz de aquel tiempo en València?
     
    -A ver, hay que entender el contexto. Aquí todo era novedad. En València, en los 80, hicieras lo que hicieras, todo era nuevo porque veníamos de la nada. No hubo un plan. Fuimos jóvenes y nos divertimos. La magia del momento, la potencialidad del asunto, tiene que ver con eso. Nadie pensó que fuera a cambiar el mundo. Hacíamos lo que nos daba la gana y eso era mucho. Te daba alas a tener una actitud de decir, pam, traigo a A Certain Ratio. Por qué no. Unos hacían conciertos, otros cómics, otros fanzines… Lo importante era que podíamos hacer lo que nos diera la gana.

    -Pero vuelves a Levante. ¿Te quema la noche?
     
    -Me mata. La noche no es para todos. Una cosa es un concierto, un fin de semana o tres. Aguanté un año en Garage. Alguien de Levante me dijo que me dejara caer. El director, que entonces era Ferran Belda y ahora es amigo íntimo, me dijo, ‘que sepas que te doy un contrato de seis meses porque no confío en ti’. Cuando se acabaron los seis meses me hicieron indefinido y allí estuve hasta abril de 2015. Belda acabó siendo otro referente y un gran maestro para mí.

    -Me han dicho que la alineación de esa redacción de Cultura en Levante era de alto voltaje.
     
    -El redactor jefe era José Vicente Aleixandre y luego estábamos Xuso Civera y Ventura Melià, con los que he trabajado casi 30 años. Nunca he tenido diferencias con ellos. Ni siquiera separamos las disciplinas. Y estábamos estupendamente. Fue un equipo inigualable que diría que dejó una huella en el periodismo cultural valenciano. Aprovecho para decir que, siendo el último en llegar, cobraba más de lo que cobra ahora un redactor en cualquier sección. Uno que acabe de llegar. Se cobraba más, considerablemente, mientras que la vivienda y la cerveza eran bastante más baratas que hoy.

     -¿La competencia con Las Provincias ya era fuerte?
     
    -Era durísima. Como te he dicho, estuve en el momento adecuado en el momento oportuno, porque la generación de Levante quería quitarse el estigma de haber sido prensa del Movimiento. Eran todos muy jóvenes y querían convertirse en lo que ya eran, en el diario progre, muy próximo a la ciudad, muy independiente. Era un diario muy de su tiempo. Y aunque la competencia periodística era sana, entre los periodistas era sana, la de las cabeceras era durísima.

    -Antes de adentrarnos en los 90, ¿por qué fue tan fructífera esa etapa en la creación de políticas culturales? ¿Por qué trasciende tanto?
     
    -Por lo que te decía: no había nada, todo se hace. Y hay criterio. Ciprià Ciscar sabe rodearse de gente interesante. Sabe escuchar, que es poner en práctica lo que la gente inteligente que te rodea te dice, no escuchar para no hacer nada. Se rodea de gente importante en el teatro, en el cine, como Muñoz Suay. Y el gasto, lejos de lo que se piensa, está muy racionalizado. El IVAM no es caro. A mí me parece que sale baratísimo. Las cosas salen baratas cuando sabes lo que quieres hacer.

    -Hagamos historia comparada. ¿Cuál es la diferencia con el momento actual?
     
    -Que ahora hay gestores, pero no hay proyecto. No hay políticas. Los 80 salen beneficiados porque suponen un tiempo de iniciación, de creación. Todo es bienvenido y hay entendimiento con la sociedad, hay viento favorable desde el periodismo, sin tener por ello que abandonar la crítica.

    -Que la sociedad esté por la labor de modernizar, de dejarse atraer por los impactos culturales, seguramente da alasEl caso del IVAM es paradigmático por su consenso social… [interrumpe].
     
    -…¡pero no político! De un lado estaba Tomas Llorens, que quiere crear el Institut Valencià d’Art Modern. De otro lado, Aguilera Cerni, que quiere crear el Institut d’Art Modern Valencià. El detalle era mayúsculo. Pero Llorens venía rodeado de gente como Alfaro, Genovés, Mompó o Arroyo. Vino con todos los pesos pesados y se logra que el IVAM sea un referente del arte contemporáneo para Europa, el primero en España al que imitaría el resto. De haber optado por un museo sobre arte valenciano, ¿de qué estaríamos hablando hoy al hablar del IAMV?

    -Gracias a la ‘movida valenciana’, a sus conciertos internacionales o al IVAM, que un periodista cultural valenciano interaccionara con artistas extranjeros era una cosa natural. ¿Qué entrevistas te pasan por la cabeza?
     
    -De no ser por el IVAM, no hubiera entrevistado a figuras del arte importantes en cada momento. Por supuesto. Me pasan tantos por la cabeza… Pero bueno, con la música, otro tanto. Mi sensación es que he entrevistado a miles de personas. Me vienen a la cabeza Jim Kerr, Siouxsie Sioux, Eric Burdon. Con Alan Vega me he ido por ahí, con Depeche Mode, además de irnos de fiesta, les enseñé la ciudad. Vestidos de cuero de arriba abajo, llamaban un poquito la atención por Colón. Me lo pasé muy bien comiendo con Echo & the Bunnymen en una pizzería de Convento Jersualén.

    -Los Carlos Simó, Vicente Mañó y otros actuaban desde la empresa privada. ¿Qué nombres crees tú que desde lo privado fueron fundamentales para aquella efervescencia?
     
    -Simó en la noche, Mañó con conciertos, pero también Rodolf Sirera para el teatro, Carles Mira… En el arte, Miquel Navarro, Carmen Calvo, Sanleón, Morea…; en la moda, Montesinos y los Mariscal…; en el cómic, Daniel Torres, Micharmut, Sento Llobell, Mique Beltrán… En cada disciplina había un ramillete de nuevos creadores que hoy son lo que son. Y allí estaban. O sea, aquí, en València. Creando todos a la vez.

    -En la nada. ¿Qué había antes?
     
    -A nivel asociativo, que es importante, había cuatro cosas. La Sociedad Filarmónica, el Ateneo Mercantil, el San Pío V que era un desastre, la Academia de Bellas Artes de San Carlos y poco más. Si eres político y progresista y llegas a aquel páramo, pues, claro, haces cosas. Haces tu plan urbanístico, haces el IVAM, recuperas a todos los niveles el Centre del Carme, logras la ampliación del San Pío…

    -¿Y para que la ciudad se activase tanto, crees que pudo tener algo que ver que su alcalde tuviera 34 años?
     
    -Bueno, sin duda. Sin duda es importante. Se nota. Se ponen muchas cosas en marcha a la vez desde el Ayuntamiento. Se entra en el plan estatal de auditorios, pero no solo eso, porque se crea la Trobada de Música del Mediterrani, la Mostra de Cinema, el Encontré d’Escriptors, se intenta crear una Universidad al respecto…

    -La ansiada capitalidad cultural mediterránea. ¿Por qué esta línea?
     
    -Porque València no era nada a nivel internacional y tenía todo el sentido ocupar ese lugar. ¡Ves, no? Había un proyecto. Íbamos a eso. Teníamos que conseguir eso.

    -Era ambicioso, pero quizá había vientos favorables teniendo en cuenta que en el Estado, la Generalitat y hasta en la Diputación había mayorías absolutas del mismo partido que gobernaba la ciudad.
    -Sí y no, ojo. Que en los gobiernos valencianos, los representantes eran de tres familias distintas. Aquí estaban los lermistas, los ciscaristas y los asuncionistas. Pero había un pacto de no agresión. De ninguna agresión. Y, bueno, sí, es cierto. Había colaboración. La Diputación hace un número de cesiones, de la Sala Parlalló al Principal, que son muy importantes luego para todos. Hay cordialidad.

    -Ahora los gobiernos valencianos también están alineados, si es que esa alineación se debe regir por una cuestión de partidos.
     -El problema ahora es otro. Son otros problemas. No hay proyecto, insisto. Creo que me van a leer varias veces esto la entrevista, pero es que no hay proyecto. El conflicto, el drama de la política cultural valenciana, es la ausencia de proyecto. Y la destrucción de lo hecho por el anterior.

    Desarrolle esta última parte de su teoría.
    -La capitalidad cultural del Mediterráneo nos situaba en un contexto global. València tenía que ser referente en algo y el espacio estaba descubierto. Teníamos razones históricas y patrimoniales para aspirar, pero sobre todo voluntad política. ¿Por qué se desdibuja por el camino? ¿Por qué nos quedamos a mitad? Por cuestiones políticas. Porque cuando hay un cambio de gobierno, el que llega, ha de arrasar con lo que se haya hecho.

    -¿Y no te parece que esto es todavía más evidente en el caso de la Cultura? 
     -Es especialmente sensible, puede ser. Pero es que son visiones del mundo muy diferentes. Pero es grave, ¿eh? Es grave. Porque el Palau de la Música es el Palau de la Música, sea quien sea su responsable. No puede ser una verbena. El Prado, lo dirija quien lo dirija, es El Prado. Las instituciones culturales funcionan si tienen claro su objetivo.

    -En las artes plásticas y en las escénicas, hay una queja latente y otra constante sobre la fórmula de gestión a través de comisiones. Es decir, la de los nuevos directores que, gestionando tras ser elegidos por concurso público, sacan también a concurso buena parte de las exposiciones e incluso de la programación. Rodolf Sirera, por poner un ejemplo de alguien que ya ha salido en la conversación, se queja de que no haya responsables al frente de las instituciones que firmen la programación y de que una buena parte de las nuevas estrategias se diluya en comisiones.
     
    -Bueno, pero eso es otra cosa. Eso es clientelismo. Es la forma de quedar bien con mucha gente y, a la vez, no complicarte la vida. El Centre del Carme, por poner un ejemplo que supongo está en entredicho por lo que dices, funciona de maravilla. Va mucha gente. Ahora, no tengo ni idea de cuál es su línea. No sé qué hace, pero va mucha gente y, ojo, eso es positivo. Lo lógico es que si alguien cobra un sueldo por ser el responsable de un centro, tenga una línea y tome decisiones en su nombre. Porque así puede ser evaluado y podemos calcular su eficiencia. Objetivos y planes conocidos, y decisiones a menor escala, tangibles. Si se diluye en comisiones que eligen exposiciones, líneas… Es imposible evaluar y es imposible que un espacio tenga una repercusión que trascienda lo inmediato de cada sarao, de cada inauguración, de cada ‘evento cultural’. Pero bueno, que si quieres hablamos de esos concursos públicos, porque lo de los cargos públicos elegidos sin injerencia es mentira. Están influidos, y ya está. Hay que decirlo. Se influyen desde las comisiones, desde decisiones de todo tipo, desde baremos a puntuaciones. No son concursos ‘libres de carga’. ¿Y cómo lo sabemos? Pues porque no están los mejores en los sitios donde deberían estar. Si quieres te pregunto a ti por À Punt en ese sentido…

    «EN LOS ÚLTIMOS CUATRO AÑOS SOLO LEO PLANES, PERO NO VEO OBJETIVOS. Y MUCHO MENOS RESULTADOS, CLARO».

    -(río) Las preguntas las hago yo, si me dejas.
     
    -Mira, a mí la línea de (José Miguel G.) Cortés me puede gustar más o menos. Me puede parecer bien o mal, pero sé cuál es. Sé a dónde va. Veo cuáles son sus sensibilidades, como interpreta los recursos que tiene el IVAM y, a partir de ahí, le evalúo. Ya te digo que me puede gustar más o menos. Cuando han pasado por el Rialto los Tordera, Morera o Zamora, he sabido qué querían. He comprendido qué hacían y su estrategia estaba clara. En los últimos cuatro años solo leo planes, pero no veo objetivos. Y mucho menos resultados, claro.

    -Planes, estrategias, objetivos. Habrá quien piense que la distancia para que haya cambios es solo una cuestión de palabras.

    -Pues habrá que explicar que esa no es la diferencia. Yo los planes los hago el fin de semana o en verano. Digo, voy allí o voy allá. A lo mejor al final no voy allí, pero tengo el plan hecho. Ahora bien, si digo: este es mi objetivo. Tengo claro que me he comprometido con ello. La gestión pública es compleja, no lo niego, pero aquí lo que veo es mucha falta de espenta. Si es que yo tengo algo que decir, que lo digo porque tú me preguntas, digo que no he entendido la política cultural de este gobierno actual. Del valenciano. Y la prueba, creo, está en que ahora están saliendo las voces críticas. Las voces que han estado cuatro años calladas, a la espera, supongo. Pero no va más.

    -¿Va a ser una legislatura complicada?
     
    -Muy complicada. ¿Tú cómo la ves?


    -¿Las preguntas las sigo haciendo yo?
     
    -…también es cierto que somos herederos de un pasado sin el menor criterio. Vivimos en una ciudad que ha hecho gestión cultural sin criterio. Mira, ¿tú sabes por qué se hace el Palau de les Arts?

    -Para que el Gobierno de Zaplana tuviera uno o varios edificios de ideación propia y algo tan grande y costoso como la Ciudad de las Artes y las Ciencias no trascendiera como un legado lermista, que lo es.
     
    -No es eso. Mira, ahí iban las Torres de Comunicaciones. Las torres de Calatrava, que son parecidas a las que hay ahora en Malmö (Suecia). El PP quiere parar el proyecto de estos rascacielos, pero Calatrava, al parecer, amenaza con demandarles, con los cimientos ya hechos. Entre tanto, Olivas dice de hacer allí una fuente. Un chorrito allí, con los cimientos ya hechos. Sobre la marcha, un conseller narra que se va a Suiza a ver a Calatrava. Y Calatrava le pinta una acuarela y le dice, ¿te gusta? Y el conseller, me cuenta que dice, sí. Se la firma y dice, toma, para ti. Y el conseller vuelve con las acuarelas, según me ha contado. Y aquella acuarela tan bonita resulta que era, finalmente, un teatro de ópera. Pero que fuera para una ópera o para un teatro de danza contemporánea o para lo que fuera ya se decidiría más tarde.

    -¿Quieres decir que los edificios se proyectaban sin tener definidos su uso?
     
    -Se dibujaban, sí. ¿A ti el museo de las Ciencias, qué te parece? ¿No te parece un aeropuerto? ¿No te parece una galería de cristal a la que se engancha los fingers (los brazos que conectan el embarque con los aviones)? Porque a lo mejor resulta que aquel edificio era para un aeropuerto, pero bueno, luego resulta que va allí en medio. Me dicen que cuando llegó Zubin Mehta a Les Arts le preguntó al arquitecto que dónde estaba el foso para la orquesta de la ópera. ¡Zubin Mehta, que no podías haber fichado a nadie más prestigioso ni más caro para dirigir una ópera! El arquitecto le señaló dónde iba supuestamente la orquesta y Zubin Mehta le dijo que, efectivamente, allí no cabían ni 40 personas, mientras que en la orquesta tenían que entrar unas 100 con sus instrumentos. Y así se hacía todo. Sobre la marcha. Que es el único teatro de ópera al que se accede por detrás, que tienes que cruzar el edificio para poder entrar, algo que se desconoce si existe una cosa más surrealista en el mundo. ¿Y cuánto dinero costó ese proyecto, pregunto?

    -Has cogido carrerilla con lo de preguntar. Me suena que unos 300 millones de euros.
     
    -400. Solo los bajos donde ahora está Berklee costaron 95 millones de euros, según me aseguran las fuentes de su gestión económica. ¡Unos bajos! El lateral del edificio costó 95 millones de euros. No puedo cuestionar que València tenga una ópera, pero cuestiono qué sucede cuando no hay proyectos públicos. Nadie sabía que aquel bajo iba a costar 95 millones de euros. Nadie sabía que Les Arts costaría 400 millones de euros. Hubiera sido inasumible, pero entonces se valía no saber a dónde se iba, qué se hacía. Ahora tampoco se sabe, por diferente motivo.

    -Ya que te has puesto a cuestionar y que hablamos de orquestas. ¿Tiene sentido que una ciudad, con los recursos económicos que tiene València, tenga dos orquestas?
     
    -No. Obviamente, lo cuestiono. Y no tenemos dos, tenemos tres, que la Diputación de Alicante paga otra. ¿Y qué sucede? Que todas viven en precario. Van al límite. Están incompletas. Les faltan músicos. Les faltan solistas. En cambio, podrías tener la mejor del Sur de Europa sumando presupuestos. Es cuestionable, sin duda.

    -¿Es cuestionable que el Palau de la Música ocupe el 56% del presupuesto de Cultura de la ciudad? Porque no tengo claro que la cultura que viven valencianas y valencianos suceda en el Palau, que, por cierto, no trasciende a su edificio.
     
    -València ha crecido de forma desorbitada y desordenada. Y la Cultura ha crecido de forma ilógica, en comparación a cómo lo ha interpretado el Ayuntamiento. Hay cosas que no tienen sentido desde un punto de vista de eficiencia económica, como tener dos orquestas, pero también como lo es tener dos grandes auditorios. El problema es que Les Arts se crea como un icono. Como le dijo Calatrava un día a una concejala, ‘tú no ibas de pequeña al aeropuerto a hacerte fotos, pues aquí tienes la foto’. Es triste como planteamiento, pero más triste es que si creas cuatro salas (las de Les Arts) no lo hagas con un plan para asumir contenido de otros sitios, como por ejemplo, el del Palau de la Música. El Palau de la Música podría haber quedado para otras cosas: para las bandas, para el jazz, el flamenco, como espacio de conferencias idóneo en el centro de la ciudad. Lo digo, sobre todo, por dotar de contenido a Les Arts, que es inabordable. Para abrir la sala Martín y Soler de Les Arts hacen falta cinco personas de seguridad, más toda una alineación de técnicos. ¡Una sala pequeña! ¿En qué mente cabe eso?

    -Políticamente, creo que hubiera sido inasumible que el Palau de la Música hubiera perdido a la Orquesta de València. Por público y tradición.
     
    -Sí, por público. Es cierto que el Palau tiene un público fiel, pero es que además de eso el Palau no es el que era…

    -¿A qué te refieres?
     
    -A ver, el Palau de la Música que yo recuerdo tenía actividad casi todos los días. No solo música y ni mucho menos de la OV. Pero no paraba. Era una actividad constante, quizá justificable con el margen de presupuesto que dices. No entiendo qué ha cambiado. Yo no veo que tenga menos personal y el margen de presupuesto ha crecido, en comparación. Serán más caras las contrataciones, no lo sé.

    -Estamos cruzando la gestión de la Administración autonómica con la local. Quizá alguien se pierda, pero no sé si queda claro dónde está el problema.
     
    -Hay para todos. ¿A ti no te sorprende que la nueva Secretaria Autonómica de Cultura sea la exalcaldesa de Sueca que acaba de perder las elecciones? Yo no puedo dejar de suponer que sea muy buena persona, que tenga mucha sensibilidad, pero yo me pregunto, ¿no deben estar los mejores en los mejores puestos? En una secretaría autonómica… Pero mira, que es un caso, que es reciente, no me pongo porque si no, a lo largo de mi trayectoria tengo 200 de estos…

    -¿Canal 9 fue alguna vez clave en la generación de un star system cultural?
     
    -No ha habido star system cultural valenciano, por mucho que intentara venderlo así Esteban González Pons o por mucho que, sorprendentemente, lo vendan ahora con las mismas palabras los actuales gestores de la tele. Pero bueno, Canal 9 bastante problema tenía con ser lo que era. Una empresa pública de radio y televisión con más de 1.600 trabajadores. A día de hoy, no entiendo cómo pudo aguantar. Tengo amigos que estaban en Canal 9 y que están ahora en À Punt y que se quejan de lo mucho que trabajan. Tú estás en una redacción, yo he estado 30 años. Somos periodistas y, en fin, sabemos de lo que hablamos… Entiendo que ahora estén agotados, pero sobre todo espero que no se les ocurra pensar que tener a 1.600 trabajadores era algo normal.

    -¿Qué esperas o qué piensas de À Punt, cumplido su primer año y medio de vida?
     -À Punt es necesario, sin duda, pero ha sido parido con demasiadas prisas y con demasiada intencionalidad política. No se maduró suficientemente y esto tiene mal arreglo. Hubiera esperado más tiempo, más consenso, más evidente, menos prisa política. Lo gracioso, por no decir otra cosa, es que la prisa política no ha servido para que ningún partido del Gobierno lo use a su favor. Me preocupa ver cosas que pertenecen a un modelo de los 90, que me transmiten ese modelo. No es que mis hijos ya no vean la tele así, es que ni yo veo la tele así. Ni la radio, qué decir.

    -Parece que las culpas de casi todo estén en lo público. ¿Qué parte de responsabilidad de una mala gestión de recursos culturales o comunicacionales está en la gestión privada?
     
    -En la gestión privada no, en la sociedad civil. Hay una ausencia total de sociedad civil. Hay ausencia de reivindicación y de autocrítica, y no se me ocurre nada más preocupante. La sociedad civil está como apartada y, si no vuelve a tener protagonismo, no habrá un rearme cultural. Si no hay rebeldía, no hay crítica, no hay proyecto con el que ser crítico… vamos mal.

    -Al criterio y a la crítica tampoco ayuda el estado desnaturalizado de los medios. O, al menos, desnaturalizado con respecto a los 80 y 90.
     
    -Es que hay mucho miedo a perder el trabajo. Demasiado. Hay mucho desconocimiento en las materias, en el caso cultural. Y hay pocas ganas de complicarse la vida, porque la gente joven ahora está a otras cosas. También creo, desde mi edad actual, que solo la madurez te permite ser crítico.

    -En mi caso, te aseguro que la valentía desde la ignorancia ha servido de mucho.
     
    -Sí, bueno. Pero es cierto que, como ecosistema mediático, desde los 90 solo vamos a menos. Los periódicos ya no son determinantes como vehículos de comunicación. La percepción social es que la información y los medios son gratis. Esto provoca que su financiación venga, en gran medida, del sector público. Más sustento de lo público que de lo privado y, claro, acaba influyendo. Hace también que las personas que podrían opinar y deben opinar estén fuera del sistema.

    -¿Por ser incómodos?
     
    -Sobre todo, por ser caros.

    -Has escrito de la gestión pública y privada en la Cultura en torno a València y la Comunidad Valenciana durante más de tres décadas. Me tienta mucho pedirte un ranking de despropósitos, aunque sea en prosa.
     
    -¡Es que son muchos! Yo que sé. La Ciudad de la Luz era interesante si no hubiera costado 400 millones, la hubieran situado en Alicante porque había que encontrar alguna cosa nueva que hacer en Alicante y no hubiera acabado anulada por Europa. El proyecto de Berlanga, como sabrás, era hacerla en Sagunto. En La Nave, porque a nosotros no nos hace falta tener una ciudad de estudios como la Warner en Hollywood. Pero coincide con algún ciclo electoral y se lo llevan a Alicante. También porque el segundo ciclo de interés de aquello es el proyecto de un montaje de urbanizaciones y hoteles de lujo en terreno rústico a su alrededor. Y un parque de atracciones. La crisis paraliza ese súper proyecto secundario. El 80% de los contratados en Ciudad de la Luz, mientras dura, son ‘hijos de’ y ‘vinculados a’. Y, por si fuera poco, lo gestiona una empresa externa. Una empresa pública, pero gestionada por una empresa externa. Todo claro, ¿no?.

    -Ciudad de la Luz está bien, pero hay más despropósitos difíciles de explicar alguien que no sea valenciano: Ciudad de la Euforia, Alquería del Artista…
    -La Ciudad de la Euforia, del que nadie se acuerda, efectivamente, es un proyecto de Irene Papas. Zaplana necesitaba gente alrededor que aplaudiera y le diera caché, y lo de Irene Papas le venía muy bien. Pero también tuvimos La Ciudad de los Pueblos.

    -¿Cómo?
     
    -Sí, hombre, en el psiquiátrico la querían hacer. Un parque de atracciones con espacios ‘reconocibles’ del territorio valenciano. Como lo de Poble Nou en Barcelona o Getafe en Madrid. ¿Pero se te ocurre mayor despropósito que el Palau de les Arts, que si no tuviera ni un solo día de actividad ya cuesta más de cuatro millones de euros mantenerlo en pie? ¡Al año!

    -Es el presupuesto de algunos teatros situados entre lo más alto de los rankings estatales de crítica y público.
     
    -Hay despropósitos que son difíciles de ver, como tener decenas, no sé si centenares de salas de exposiciones en la Comunidad Valenciana, en distintas gestiones administrativas. Tener salas de teatro estupendas en la ciudad de València cerradas, es un despropósito. Que los políticos programen, hoy, es un despropósito.

    -Para cerrar la traca que nos has dejado con algunos masclets, algunos nombres propios a definir en pocas palabras. Si te apetece. ¿Ricard Pérez Casado?
     
    -Un buen alcalde.

    -Rita Barberá.
     -Una ilusionista.

    -Joan Ribó.
     -Un gestor.

    -Joan Lerma.
     -Un político.

    -Eduardo Zaplana.
     
    -Un ambicioso.

    -Francisco Camps.
     -Un iluminado.

    -Ximo Puig.
     -(Piensa más que con ningún otro nombre) El actual president de la Generalitat.

    -Ciprià Ciscar.
     -Alguien que supo escuchar.

    -Consuelo Ciscar.
     -Se le fue la pinza.

    -Tomas Llorens.
     
    -Un tipo con ideas.

    -Felipe Garín.
     -Un tipo interesante.

    -Helga Schmidt.
    -Una máquina de trabajar. Una bestia.

    -¿Vicent Marzà?
     
    -¿Quién?

    -Mayrén Beneyto.
     -Muy lista.

    -Glòria Tello.
    -Muy desconfiada.

  • María Ángeles Arazo: “La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema”

    María Ángeles Arazo es periodista cultural desde finales de los años 50. El ritmo de producción actual, a sus 89 años, pasa por la publicación de dos artículos a la semana. Los pueden leer en Las Provincias, diario para el que lleva trabajando más años que los que dura una carrera en este oficio. Compaginando una vida libre con una actitud feminista “en el trabajo y en la casa”, ha escrito más de cincuenta libros, aunque ella rebaja la cifra desde la modestia y para discriminar encargos, publicaciones menores y algún que otro olvido consciente. Ha escrito de fe y supersticiones en la España negra, ha conocido el valor de las personas olvidadas y engañadas en el ámbito rural valenciano. Ha sido reportera social, ha entrevistado a las estrellas internacionales que pasaron por la ciudad, ha sido redactora bajo la batuta de Vicent Andrés Estellés y compañera (a las órdenes) de María Consuelo Reyna.

    No pocos valencianos la tienen presente desde sus estanterías, a través de alguno de los 30 títulos creados al alimón con Francesc Jarque. Junto al ya desaparecido fotógrafo conformó una dupla creativa irrepetible. Mediante la palabra y la imagen, Arazo y Jarque definieron la gastronomía, las tradiciones, los ritos, el folclore, los pueblos, el patrimonio y, en definitiva, la cultura valenciana de la segunda mitad del siglo XX. Un legado crítico que ahora se expone visualmente en La cámera i la vida, muestra póstuma de visita obligada (hasta el 29 de septiembre en el Museu Valencià d’Etonologia). Ella ha prologado el catálogo porque la periodista que fue sigue en activo. En su cabeza se acumula una de las perspectivas más ricas sobre la transformación del cap i casal. De la riuà a Calatrava, de los locales underground del Carmen en los 70 a la expansión del carril bici. La conversación que sigue es una cata a la experiencia acumulada, un descenso a una hemeroteca viva y crítica sobre este lugar y sus eventuales pobladores.

    -¿De padres periodistas?
     -No hay ninguna relación familiar con el oficio. A mí me gustaba contar lo que veía. No podía imaginar algo mejor que vivir de contar lo que quería conocer. Es la clave de mi inicio. Eso y tener una madre moderna a más no poder. Era taquimecanógrafa y estudió francés en la universidad tan joven que la tenían que acompañar. Sus ideas modernas me ayudaron siempre, además de que me apoyara en todo.

    -¿Pero tenía claro que quería ser periodista?
     -Estudié magisterio también, pero tenía claro que quería serlo, sí. Estudié en Madrid, porque en València no había nada de esto. Nos llamaron la promoción de València, por la riada del 57. Del 57 al 60 estuve en clase. Éramos una veintena, entre los cuales solo había cuatro chicas. El primero de la promoción quizá te suene: Jesús Hermida.

    -Pero tenía claro que quería volver a València. Escribir ‘de València’.
     -Tan claro como que escribí desde antes de irme a Madrid. Tuve alguna oferta más tarde para quedarme allí, pero antes de irme ya estaba publicando en Levante. Publicando y cobrando, porque siempre he procurado publicar… y cobrar (ríe).

    ­-¿Cómo surgió la oportunidad de publicar en Levante?
     
    -Siempre he sido muy osada. Sobre todo, de joven. Mandé mi primer artículo a Levante antes de irme a estudiar periodismo a Madrid. El artículo acabó, naturalmente, en la papelera. Llamé y logré que me pasaran con el director. Le pregunté qué había pasado, por qué no se había publicado. Muy amable, me dijo que no era lo que un lector de Levante buscaba. Me dijo qué era lo que sus lectores querían, me invitó a escribir otro y al día siguiente ya se lo había enviado.

    -¿Y ya eran temas culturales?
     -Sí. Siempre he querido hablar de la cultura, del patrimonio, de las tradiciones, del folclore… Me gustaba mucho la pintura. La gente tenía el pasatiempo esnob de visitar las salas de arte. Prat, Benlliure, más tarde Azcárraga… A mí me gustaba y, supongo,  una cosa me llevó a la otra.

    -Enseguida llegó su serie ‘Valencianos en Madrid’, quizá una pista para los actuales formatos Valencians pel món Españoles en el mundo. ¿A quién entrevistó?
     
    -Berlanga, López Ibor, Concha Piquer o al Maestro Rodrigo. A Rodrigo recuerdo entrevistarle antes de ser tremendamente popular gracias al ‘Concierto de Aranjuez’. Vivía con su mujer en una buhardilla muy humilde de Madrid. Conservo una carta suya…

    -¿Conserva mucha correspondencia?
     
    -No, no mucha. No me gusta presumir (ríe).

    -En los 60 da el salto a Las Provincias. Y eso que sus series, como Valencianos en Madrid (los reportajes se publicaban ocupando tres días de la semana) eran conocidas. ¿Por qué cambió de diario?
    -Pues porque como yo no era de Falange… En Levante, al final, siempre que había una vacante acababa entrando alguien de Falange. Y a veces también entraban sin vacante. Me harté de esperar a que me hicieran redactora en plantilla. Llamé a José Ombuena y le dije, el día que tengas una plaza, avísame y me voy con vosotros. Habló con los propietarios y, directamente, me incorporé al cabo de unos días.

    -¿Cómo se lo tomaron en Levante?
     
    -He de decir que Adolfo Cámara, que era el director, hizo todo lo posible porque me quedara. Pero yo ya me había comprometido con Ombuena y no había marcha atrás.

    -José Ombuena fue director de Las Provincias de los 50 a los 90. Estuvo al frente de un diario muy distinto, en una València muy distinta, en cuatro décadas muy distintas. ¿Qué supuso su dirección para la evolución de su carrera?
    -Es una figura clave para mí. Era muy profesional, pero con una gran humanidad. Le pedí nada más entrar que, por favor, me dijera en cada texto qué estaba mal. Y con todo el trabajo que tenía, lo hizo. Me influyó más allá de mi trabajo diario. Por ejemplo, hice un prólogo muy erudito para mi libro Valencianos de la mar, lleno de referencias a La Ilíada y La Odisea. Cuando se lo enseñé, me dijo, quita eso del libro. Me dijo, eso está en todos los libros. Y es cierto que el infierno está lleno de periodistas que citan citas. Me dijo, tú escribe lo que sientas al estar en el Mediterráneo, lo que pienses tú al estar en estos sitios. No escribas lo que ya han dicho todos los demás.

    -¿Cómo era la rutina productiva una vez convertida en redactora de Las Provincias?
     
    -He tenido mucha suerte. Me he movido sin horarios, con una libertad tremenda. Yo llevaba el artículo que se esperaba de mí. Eso sí, cumpliendo siempre con la fecha o la hora del cierre. Cumplía y tenía libertad.

    -¿Cómo se producía una sección como Valencianos en Madrid?
     
    -Pues me iba allí, me pasaba los días que hiciera<<<<<<< falta y volvía con mi artículo. Concha Piquer me hizo pasar más días de la cuenta a la espera de la entrevista…

    -¿Método de escritura?
     
    -Hispano Olivetti.

    -Y, supongo, pocas mujeres en la redacción.
     
    -Pocas, pero algunas. Consuelo Reyna, que también estudió en Madrid, Concha Rago, Nieves Marco… Pero no abundábamos.

    -Pero solo una tuvo los arrestos de lidiar con Hemingway. Se ha escrito sobre su conato de entrevista, que acabó siendo una estupenda pieza periodística pese a que la conversación nunca sucedió. Una especie de Sinatra has a cold a la valenciana…
    -(interrumpe) ¡Y han tratado de hacer una película con aquella vivencia mía!, pero yo me he negado, claro está. Al menos, a participar. Ernest Hemingway pasaba por València con motivo de la Feria de Julio. Venía con su amiguísimo Antonio Ordóñez y él ya era muy reconocido. Así que tenía que intentar entrevistarle, pero era un obseso. Era un obseso sexual. Me decía, por qué no dejamos la entrevista para después<<<<< de la corrida. Te espero en mi habitación, es la número 69. ¿Sabes lo que significa?

    -¿Y cómo resolvió la situación? Porque llegó con él hasta la Plaza de Toros.
     -Soy antitaurina, aunque una vez la Diputación me encargó un libro sobre festejos taurinos y aproveché para hablar de las plazas de la región, que suponen un patrimonio muy desconocido. Pero bueno, aunque no sé mucho de toros, sé que cuando no sé quién toca la trompeta, aquello empieza. Intenté hacer la entrevista hasta que sonó la trompeta. Entonces me fui y la entrevista nunca llegó a producirse.

    -Pero usted escribió el relato.
     
    -Ay, por favor. Deja de llamarme de usted.

    -Disculpa. Te decía que al final hubo relato, publicaste una pieza, pero no entrevista.
     
    -Es que a veces lo mejor de una entrevista no está la entrevista.

    -Aquello tenía mucho de ‘Nuevo periodismo’. De Talese o de Wolfe.
     
    -Como comprenderás, yo he estado al día de lo que se publicaba en el mundo.

    -Está bien que aclare lo de ser antitaurina, porque hay alguna biografía suya en internet que recuerda que ha escrito de tauromaquia, por aquel libro de la Diputación de Valencia.
     
    -¡Pues que quede claro! Antitaurina. Nunca me han interesado los toros. Escribí sobre el patrimonio que suponen las plazas. Las hay muy bonitas e importantes, como la de Bocairent, que está excavada en la roca.

    -Es antitaurina y feminista. ¿Cómo vives el aumento de consciencia de mujeres y hombres en torno a la igualdad?
     
    -Soy feminista y estoy contento de ver a las mujeres en la calle. Les aplaudo. He sido feminista ideológicamente, desde siempre, pero lo intento ser sobre todo en mi trabajo y en mi vida. Quiero decir, que he intentado que el feminismo se me note trabajando y en casa. Quizá he sido menos de evidenciarlo públicamente como hacen ellas ahora.

    -Hay quien te conoce por tus libros. Especialmente, por los que publicaste junto al fotógrafo Francesc Jarque. ¿Cómo surgió la relación?
     
    -Recuerdo visitar una exposición que hizo sobre España, de la que ahora se ven fotos en la del Museu d’Etnologia. La vi y me atrajo mucho. Yo ya había escrito mis libros sobre la España profunda (Supersitición y fe en EspañaCrónicas de la España negra) y pensé, ay, este hombre hace fotos de lo que yo escribo. Era como ver las fotos de aquello que yo estaba haciendo en mis libros, pero, claro, yo iba sin fotógrafo.

    -¿Porque si necesitaba fotos…?
     
    -Las pedía allá donde iba. En todas partes hay buenos fotógrafos. Eso no me paraba porque lo importante, como periodista, era que yo estuviera en el sitio. Luego ya me apañaba yo con las fotos. Pero con Jarque fue distinto, porque vi que él ‘miraba’ lo mismo que yo.

    -En València publicabas sobre temas culturales y folclóricos. ¿Por qué te fuiste a fijar en la España negra de la fe y las supersticiones para aquellos libros?
     
    -Por inquietud. Porque me gustan cosas distintas. Yo había leído que en Galicia había un pueblo en el que, durante unas fiestas, llevaban a los muertos no muertos. A los que estaba previsto que se murieran, pero no se habían muerto. <Y a mí aquello me dio una pista, me atrajo mucho. Ir a descubrir esas tradiciones, en Galicia y en Castilla.

    -¿Cómo te organizabas las expediciones?
     
    -Me apuntaba de puño y letra todas las señas. Las tenía que seguir al dedillo, porque no tenía un móvil que me dijera las cosas a mitad de camino. Y así me pasaba, que España es como es… Una vez, en Galicia, precisamente, a mitad de noche le digo al maquinista del tren que me avise cuando lleguemos a tal pueblo. Y con el tren en marcha me dice que no paran allí, que ese es el nocturno, que va directo a no sé dónde. Total, que me da las señas para bajarme en otro sitio, en mitad de la madrugada, quedarme allí y esperar un tranvía. Y allí me bajé, en mitad de un bosque, sin la menor luz, de madrugada. Oí que venía alguien, un vehículo, y pensé: bueno, si me tiene que matar, que me mate, pero aquí no me puedo quedar. Era el lechero, que va recogiendo la leche por los pueblos porque allí se ordeña en las casas. Muy amable, me llevó a donde quise. He tenido siempre mucha suerte.

    -¿Te sentías segura en estos viajes, como en los muchos que hiciste al interior de la provincia de València?
     
    -Ah, yo sí. Yo siempre he confiado mucho en la gente y la gente me ha respondido. He tenido que confiar para poder hacer mi trabajo. Y siempre me ha ido bien.

    -En Las Provincias, por cierto, Vicent Andrés Estellés era tu redactor jefe.
    -Sí, aunque tampoco tuvimos mucha relación. Pero he de decir que tengo un cuento manuscrito suyo que nunca ha sido editado. A mí me gustaban mucho sus versitos diarios y me atraía su humanidad, su sóc el fill del forner… Me impresionó mucho su entierro y también formó parte de una de mis entradas en la serie ‘Vidas de valencianos ilustres’.

    -Es curioso pensar ahora que Estellés, el poeta, era redactor jefe de Las Provincias. Joan Fuster colaboró durante un tiempo. En tiempos de comunicación viral, es famosa la portada del 9 d’Octubre de 1978 con este diario celebrando a toda página ‘El día del País Valenciano’. Dado que estuviste desde los 60 y hasta la actualidad, ¿qué sucedió para que el periódico cambiase progresivamente su perspectiva? 
    -Fuster no publicó tanto allí. Aquello sería más bien puntual. El cambio no sé porqué sucedió, de eso no tengo ni idea.

    -¿Pero estabas allí?
     
    -A mí, según la época, me hacía escribir Regne de València, País Valenciano, Comunidad Valenciana…

    -¿Cómo recuerdas la llegada de Consuelo Reyna a la dirección?
     
    -Era muy trabajadora, incansable. Muy profesional, excesivamente a veces, supongo. Que El Saler esté como está, aquello de El Saler per al poble, se le debe a ella.

    -Entre todos estos nombres propios, ¿qué periodistas te han influido y por qué? ¿Hay alguno más actual que te guste?
    -Carlos Marzal, Manuel Vicent… Pero en la actualidad hay pocos periodistas a los que se les pueda reconocer por el estilo. No hay estilo. Lo dice Manuel Vicent, que cuando uno escribe y una palabra choca con otra porque se repite en la misma frase, porque genera una cacofonía, cuando un escribe y se da cuenta de esto al instante, es que es un buen escritor. Y ya me doy cuenta yo de que ahora no hay tan buenos escritores en el periodismo. Pero esto ya se pasará, es una cuestión de tiempos.

    -Sí, una cuestión de tiempos es. Antes me contabas que para tu reportaje de ‘Valencianos en Madrid’ te ibas allí a pasar unos días con el entrevistado, entregabas y se publicaba. Y eras redactora en plantilla. Juraría que los tiempos de producción y los recursos eran otros. Es una cuestión de tiempos…
     
    -No, no. No lo creo. Digo que es una cuestión de este tiempo, que está de moda no tener estilo. Que es muy de este tiempo, pero que volverá a haber un tiempo en que el lector exija el estilo, lo busque.

    -Diría que sí hay firmas con estilo, pero me gustaría preguntarte también por los géneros que has trabajado como periodista cultural. Diría que la entrevista es tu género estrella.
     
    -A mí la entrevista siempre me ha gustado en tanto en cuanto me gusta la psicología.

    -¿Y cómo se usa la psicología en una entrevista?
     
    -La psicología ha de servirte para que el personaje, interpretando cómo se comporta o cuándo está dispuesto a hablar, es capaz de hacer emerger su historia. Supongo que en esto también habrá influido que yo nunca he ido a criticar o a demoler a alguien. Nunca he sido agresiva en este sentido porque, sencillamente, no va conmigo ser crítica.

    -Lo has sido en otros ámbitos, como por ejemplo en todos tus trabajos más sociales. Entre otros, reportajes sobre los pueblos y, sobre todo, libros sobre los pueblos del interior de la región: Ademuz, el Valle de Ayora, la Serranía… ¿por qué iniciaste esta cadena de libros sobre las comarcas valencianas del interior?
     
    -Entre otras cosas, porque yo nunca tuve pueblo. De pequeña le decía a mi madre que me llevara al pueblo, porque mis amigas veía que se iban al pueblo. Pero mi madre me llevaba a Las Arenas (ríe). En estos pueblos sí he encontrado mi espíritu crítico. He encontrado una tremenda cantidad de injusticias. Recuerdo, por ejemplo, en el caso del libro sobre el Rincón de Ademuz que el gobernador de turno me llamó y me preguntó si las cosas que contaba en el libro eran ciertas. Le dije que fuera él mismo a comprobarlo y nunca más me volvió a decir nada. Allí sucedían cosas como que la Diputación enviara un dinero para una biblioteca y la biblioteca nunca se hiciera. Y eso casi era lo de menos. Pero de aquellos lugares me apasionaban las personas. Del libro de Ademuz, dijo un periodista, a la señora Arazo le ha gustado mucho el Rincón y un comunista que anda por allí. ¿Cómo no me iba a gustar? Un rebelde interesantísimo, que se había ido a Alemania durante años a hacer dinero para volver y proteger su finca de árboles, para que no los talasen. ¡Fíjate qué historia! Los pueblos están llenos de historias. ¿Cómo no iba a ir allí a buscarlas?

    -También has sido crítica con los más olvidados en la ciudad. Por ejemplo, con la comunidad gitana en torno al Cabanyal.
     
    -Pertenecí incluso a la asociación Pro Gitano. He aprendido mucho de ellos. Ahora recuerdo muy vivamente una chabola que estaba forrada de los envoltorios de los caramelos, de esa platilla. La chabola resplandecía como un espejo y dentro había un niño que recortaba figuritas de animales. Siempre que su madre conseguía un periódico y salía un animal, el chiquillo las recortaba. Le dije a la madre que si alguna vez le había llevado al zoo de Viveros y me contestó que no, porque le daba miedo que si se sentaban en un banco, los que allí estaban se levantaran y se fueran. Fíjate qué historias. Yo he aprendido mucho de todas estas personas.

    -…pero eras una urbanita. ¿Qué aprendiste de todos estos libros por las comarcas de interior valencianas?
     
    -Sentirme cada vez más unida a la gente humilde. Más y más, según han pasado los años. Unida a la gente que sufre, que es engañada, que es olvidada. Ahora se habla de la despoblación, de los olvidados. Pero ahí estaban mis libros hablando del tema en los 70 y 80. Son personas de las que he aprendido mucho.

    -Eres una de las cronistas más conocidas de la ciudad. Sin embargo, desde que empezaste a escribir de València en los 50 hasta ahora, que sigues en activo, la ciudad ha cambiado mucho. ¿Cómo la ves en perspectiva?
     
    -Bueno, la ciudad se ha desbordado un poco. Y lo más importante es que, por desgracia, eso no ha significado que quien la habita la conozca. Es lo más triste. Los valencianos no conocen su ciudad, fíjate qué cosa tan grave culturalmente. A veces me preguntan que si tenemos un museo de etnología. València es desconocida por los valencianos. Y, por si fuera poco, como no se conoce, está dispuesta a mantener sus tópicos, como que hemos vivido de espaldas al mar. ¡Eso es mentira! Desde la prensa del siglo XIX está descrita la importancia de los pabellones, la importancia de la playa para València, de sus poblados marítimos… eso está en mi libro de la València marinera. La ciudad nunca ha estado de espaldas al mar, si no a qué iban a ir allí a sus verbenas, a escuchar a las bandas de música. Ahora que, si que la ciudad está de espaldas al mar se refiere a que no era una aglomeración de gente con la única intención de tomar el sol, entonces sí, hemos vivido de espaldas al mar. Es solo una anécdota que evidencia que los valencianos desconocen su ciudad.

    -¿Y qué te parece su imagen actual?
     
    -Me gusta la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Lo que no me gustó fue el desarrollismo de los 60 en adelante. Todas las ‘nuevas’ edificaciones, claro. Qué horror. Pero me sigue gustando mucho todo el Carmen. Mi rincón favorito es la Plaza de San Luis Beltrán, junto al Almudín. Es deliciosa.

    -Has escrito mucho de su fachada marítima, de sus gentes. ¿Cómo viviste las décadas del plan de extensión de Blasco Ibáñez hasta el mar?
     
    -¡Qué horror! Me ponía enferma solo de pensarlo. Creo que cualquiera con un poco de sensibilidad estaría en contra.

    -Diría que algunos de tus compañeros de redacción y de pandilla periodística no pensaban igual.
     
    -Ah, bueno. Cada cual que piense lo que quiera, pero yo tenía claro que aquello me parecía un horror.

    -¿Quiénes han sido tus compañeros más habituales en el periodismo cultural?
     
    -Pues, sobre todo, me viene a la mente mi amiga Mara Calabuig que yo creo que lo ha hecho todo. Desfiles internacionales y hasta retransmitir la última cremà narrada desde un helicóptero. Pero son muchos, qué se yo. Carlos Sentí, Rafa Marí… En la redacción, muchos otros, como Vicente Lladró, Pablo Salazar, Salvador Barber o Ricardo Triviño, con quien hice el reportaje de la tragedia de les Alfaques (1978) por el que nos premiaron.

    -No mencionas a Jarque, quizá porque la relación es más evidente. ¿Qué trabajos recuerdas con más cariño de aquella dupla tan fértil de periodista-fotógrafo (una treintena de libros conjuntos)?
     
    -Nos lo pasábamos muy bien. Nuestra relación trascendió de lo profesional, porque los dos estábamos separados. Yo me llevaba a sus hijos y aquello ya era una convivencia. Los dos pactamos desde el inicio no interferir en el trabajo del otro, aunque es absurdo pensar que no nos influyéramos con comentarios. Nos lo pasamos muy bien haciendo Gozos valencianos en el altar y la cocina.

    -Has escrito decenas de libros sobre gastronomía, costumbres, folclore, Fallas…
     
    -Aunque parezca que he escrito muchos, en mi cabeza el cálculo funciona de otra forma: he rechazado hacer muchos libros. He viajado mucho más de lo que pueda parecer por mis libros. No he escrito tantos (ríe).

    -Hasta de Fallas, aunque no sé si con una perspectiva muy oficialista.
     
    -A mí de las Fallas lo que me gusta es el modelaje. El taller. Me gusta el proceso, el trabajo, especialmente con la vareta, que hace años que vi cómo se trabajaba. Me gusta la artesanía.

    -A la que le has dedicado libros, como a la cerámica. ¿En esto también los valencianos adolecen de autoestima por desconocimiento?
     
    -Sí, de la artesanía, de la cerámica o de la seda, que ahora parece ponerse en valor. Los productos derivados de la seda en València, la artesanía derivada de la seda, es enorme. Y sucede durante siglos. Es otro gran patrimonio desconocido de la ciudad.

    -La puesta en valor llega a través de uno de los dos grandes proyectos de mecenazgo privado, surgidos de una burguesía ausente hasta la fecha. ¿Por qué salimos tan mal parados en lo referente a este tema en comparación a ciudades como Barcelona, Bilbao, Sevilla e, incluso, Madrid? ¿Por qué nunca ha habido un interés de los capitales por promocionar la cultura o el patrimonio?
    -Bueno, esto ha sido importante. Y lo que voy a decir no es que sea una idea mía, es que está escrito. Creo que está suficientemente documentado. Nosotros no hemos tenido ese refinamiento en la educación desde lo urbano, esa búsqueda de prestigiarse a través de la cultura y mejorar las miras, porque, en realidad, nuestros capitales estaban en el campo. La gente que ha tenido dinero en nuestra región ha estado en el campo. Y en el campo, en la huerta, de la que también he escrito, hay otras necesidades o se piensa distinto. Históricamente, el dinero ha estado o venido de allí. Cuando la economía está fuera de la ciudad, el mecenazgo burgués o ese interés es distinto al de las ciudades que has mencionado, más industriales, más urbanas.

    -¿Es ese el problema de la cultura en València?
     
    -Olvídate, la cultura en València solo ha tenido un problema: su ausencia en la formación escolar. Su desconexión con Educación. En las escuelas se habla de cualquier cosa, menos de la historia de aquí, del patrimonio de aquí, de la cultura de aquí, de la artesanía de aquí. La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema. La gente me pregunta cosas muy básicas. En la calle la gente no sabe qué son las Rocas. No sabe si son fallas, no sabe si le dan miedo ni mucho menos qué representa. Es un ejemplo, un caso. Las ven un día por la calle y no saben a qué santo viene todo eso. Y, sobre todo, el problema de la cultura en València es que la gente no lee.

    -Para finalizar, me gustaría recuperar una sección tuya llamada ‘Tic-Tac’, en la que hacía unas preguntas cortas en busca de una respuesta aún más corta, si podía ser. En este caso, a través de algunos nombres propios. ¿Probamos?
     
    -No me interesa este ‘Tic-Tac’… (ríe).

    -Solo serán unos nombres. Empiezo por José Ombuena.
     
    -Gran humanidad.

    -Ricard Pérez Casado.
     
    -No fue valorado como merecía.

    -Joan Fuster.
     
    -Un político.

    -Mª Consuelo Reyna.
     
    -Una mujer comprometida.

    -Carmen Alborch.
     
    -El atractivo.

    -Ripollés.
     
    -Un loco que aprovechó el momento.

    -Anzo.
     
    -Lo intentó, pero nunca llegó al lugar donde esperaba estar.

    -Carmen Calvo (la pintora, claro).
     -Sigue ascendiendo.

    -Manuel Vicent.
    -Otro valenciano desconocido por los valencianos.

    -Consuelo Ciscar.
     
    -Es complicada.

    -Me ha dicho un confidente que es fan de la coentor valenciana. De ese punto kitsch que acompaña a nuestras tradiciones y momentos de esplendor. Dado su bagaje en estos temas, ¿por qué?
    -(Ríe). Mira, yo recuerdo muy vivamente ir a Lanas Aragón y ver allí a la gente que venía a hacerse un vestido. Un vestido para la xiqueta. Y elegían un modelo de la revista. Muy bien, muy mono. Y, entonces, de repente la madre decía: bueno, pero póngale perlitas. Póngale muchas perlitas por aquí y por allí. El vestido era muy mono, pero había que ponerle perlitas, para aparentar algo, no lo sé. El vestido con perlitas costaba el doble, no tenía sentido, pero en Las Aragón te lo bordaban. En fin, esas cosas… En un viaje a Italia, en el entorno de Nápoles, vi vestidos y cosas muy parecidas, muy similares a las que veía en València. Y, de repente, tiraron una traca. Y me dije, ves, si es que seguimos conectados. Nosotros somos así.

  • Carles Gámez: «En la gestión cultural pública echo a faltar la ambición»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Carles Gámez estudió Historia del Arte, pero no quiso ser profesor. Escribió algunas reseñas de discos en Valencia Semanal porque rondaba con Els Pavesos y tenía a mano a Remigi Palmero, entre tantos otros. Pensó que escribir sobre aquellos músicos tan próximos para él y tan extraños para una València entre el gris y el marrón sí aportaba alguna cosa. En Las Provincias le abrieron página “enseguida” para escribir de arquitectura y diseño. Se empeñó en valorizar la huella modernista y art déco de la ciudad, actividad que trasladó a una sección conjunta en Levante tiempo después. “Mezclábamos arquitectura con urbanismo, entrevistas a personajes en sus casas… Y tenía que traer publicidad, así que no duró mucho”.

    Estos fueron los picos de la etapa prólogo hasta coronar su conversión definitiva a periodista cultural en una redacción: era el año 1984 y El Temps pintaba sus números 0 con una plantilla tan joven como influyente hoy, copando direcciones y cargos en infinidad de medios. Allí estaría hasta que en 1989 inició su larga etapa en una Radiotelevisió Valenciana que acabaría abandonando por voluntad propia. Guionista de El show de Monleón, de varios magacines matinales, inventor del popular programa de radio Bikini Club (que dejaría atrás antes de que se convirtiera en el aparador de las discotecas valencianas con Vicent Bartual) o del prestigiado Colp d’Ull. “Era inquietante que un programa de cultura en la tele, que dedicaba monográficos indistintamente al Sónar o a Georges Simenon, se emitiera después de Tómbola”.       

    Pero Carles Gámez ha hecho mucho más. Es el biógrafo –y amigo; resolverá en esta conversación cómo se gestiona la distancia con el artista admirado– de Joan Manuel Serrat. Sobre el autor de Mediterráneo ha escrito todos los libros de. Libros y más libros: sobre Lluís Llach, la revolución feminista de los años Ye-Ye, la mejor crónica de la nova cançó (PUV), y tantos otros. Ha sido guionista de documentales sobre el propio Serrat, pero también sobre la impactante vida de Bruno Lomas (Endora). A día de hoy sigue escribiendo con regularidad en El País SemanalLa Vanguardia y el suplemento Postdata de Levante EMV. Desde hace décadas, su firma ha aparecido indistintamente en VogueS Moda, Woman, EsquireMarice ClaireHuffington Post… Conversamos.

    -En una palabra, ¿Serrat?
    -Cantor.

    -¿Raimon?
    Força.

    -¿Maria del Mar Bonet?
    -Es muy tópico, pero mediterránea.

    -Lluís Llach.
     
    -Ternura.

    -Carmen Alborch.
    -Amistad.

    -Francis Montesinos.
     
    -Fantasía.

    -Joan Monleón (del cual ha escrito un documental que se estrenará en 2019).
    Los mejores años de nuestra vida (ríe). En una palabra, transgresión.

    -¿De padres periodistas?
     -Para nada. Hice Historia del Arte, pero el mundo de las cátedras no me llamaba. Mis padres me dieron mucha libertad. Les hubiera gustado que estudiase Derecho. Algo ‘más serio’, pero supongo que me aproveché de esa libertad ofrecida.

    -¿La primera redacción?
     -La de Valencia Semanal, pero la que me marcó fue la de El Temps. Vicent Sanchis, Josep Ramon Lluch, Adolf Beltrán, Enric Soria, Vicent Martí, Remei Blasco, Ferran Torrent… Son los periodistas que han acabado influyendo en mi forma de ver el oficio.

    -Mucho tabaco, alcohol y máquinas de escribir. ¿Cuándo llegó el primer ordenador?
     -En El Temps viví dos transiciones decisivas: de la máquina de escribir al ordenador y del vinilo al CD. Esta última acabaría siendo mucho más decisiva, porque cambiaría la historia de la industria de la música, a la que yo le dedicaba mucho tiempo. Pero recuerdo que Vicent Partal (VilaWeb), ya en El Temps, antes de que hubiera por allí ningún ordenador, ya nos decía que íbamos a acabar todos tecleando de cara a la pantalla. Él ya era muy visionario. Y aquí estamos.

    -¿La primera pieza?
     
    -La reseña de un disco de Alimara o de Remigi Palmero en Valencia Semanal. Sobre Remigi he escrito mucho, porque vivía desde dentro alguna parte del proceso. Es curioso pensar en esto, porque recientemente he recordado la ilusión que me hacía publicar por primera vez en alguna cabecera. Por ejemplo, en Babelia de El País. Pero hace años que ya no me pasa. Llega el primer artículo en algún otro sitio donde no he publicado antes, y, bueno…

    -Lo primero que publicaste fue una crítica, un género que, por tu oficio y por tu firma, sigues cultivando. Sin embargo, especialmente en la información musical, es un género entre la caída en desgracia y el desuso. ¿Desaparecerá?
    -Es cierto que es mucho más fácil ocupar espacio y recursos humanos en cualquier giro inesperado de Isabel Pantoja en Supervivientes que en una crítica. Y es cierto que, quizá, la crítica musical si ha ido desapareciendo de medios generalistas, revistas de moda o suplementos, aunque tiene sus espacios en medios especializados. Pero la crítica literaria sigue teniendo mucho vigor en los generalistas. Supongo que es debido a los intereses cruzados de los diarios con las editoriales, que siguen siendo fuertes.

    ­-¿La entrevista es una fórmula demasiado accesible para el periodista cultural? ¿Es un lugar común demasiado transitado y, por abuso, menos atractivo?
     -Rara vez he hecho entrevistas de tres o cuatro páginas. Para mí la entrevista se ha dividido en las de redacción, pret a porter, hechas de un día para otro o las que han servido en suma para biografías.

    -¿Y cuál es la que más recuerdas?
     
    -Pues una de las primeras, cómo no, a Serrat. Sería la primera a Serrat importante. Él estaba en el Sidi Saler y cuando llegué me di cuenta de que no llevaba cinta. Desde la recepción pedí que le llamaran y le pregunté si tenía alguna cinta virgen, a lo que me respondió que en su habitación ya no quedaba nada virgen. Se acababa de casar y, de hecho, viajaba en pareja. Total, que me permitió recogerla en notas, pero estando allí, en el Sidi, vino una ventolà y se llevó todas las notas. Yo no sabía dónde meterme, así que él confió en mí y me dejó reconstruir la entrevista de alguna manera. Supongo que también sirvió para acercar más nuestra relación. Recuerdo también con mucho cariño mi entrevista a Tàpies o las que he tenido con Raimon, porque es una persona muy culta, con una cultura muy amplia, muy plural.

    -En tu larga trayectoria, desde el inicio y hasta hoy, tu género estrella es el reportaje. ¿Por qué crees que optaste tan pronto por este camino y qué te sigue aportando?
     -Intuyo que soy hijo de un momento concreto en el que Anagrama publicó de todo aquello del nuevo periodismo. Y, claro, eso para nuestra generación fue una revelación. Que se pudiera leer una entrevista como un reportaje, pero que a la vez fuera una historia, pero que se cruzara con las formas de una noticia a mitad de texto…

    -Es algo que a nosotros nos ha llegado de manera natural, a través de vuestro trabajo diario. Sabemos qué es el nuevo periodismo y a qué firmas pertenece, pero digamos que lo hemos asimilado ya a través de la cultura propia. No sé si fueron los Wolfe, Mailer o S. Thompson quienes te influyeron. ¿Qué firmas recuerdas seguir en aquellos primeros pasos?
    -Pues, sobre todo, la gente del El Temps. Como Vicent Martí, que se preparaba las entrevistas con mucho tiempo y oficio. Por ejemplo, recuerdo el trabajo que le llevó preparar la entrevista al bibliófilo Martí de Riquer.

    -Parece un rasgo común que quien acaba influyendo en el oficio del periodista cultural no es necesariamente un referente para la opinión pública, sino quien le rodea en sus primeros años de redacción, a quien ve trabajar durante 12 o 14 horas al día.
    -Yo creo que sí. En mi caso, Martí me influiría mucho, pero también Enric Soria, Lluís Bonada o Ferran Torrent. ¡Si es que son todos compañeros de El Temps!

    -Dentro de la gestión cultural, ¿qué personaje te ha generado más admiración al conocerlo?
     
    -Sin duda, Eliseu Climent. Como editor de El Temps y responsable de los Premis Octubre, de la librería… Estaba en tantos frentes trabajando, tan inquieto siempre.

    -¿Y desde la gestión pública?
     
    -No he tenido tanto contacto con la gestión pública, creo, pero sí recuerdo con admiración el tiempo de Ricard Pérez Casado. Del 78 al 88, recuerdo una Feria de Julio irrepetible, año tras año. Unos carteles impensables ahora. Supongo que ahora está muy bien tener a David Bisbal y a Els Jóvens, pero para mí la Feria de Julio es ver a La Fura dels Baus en el Mercado de Abastos o la obra de teatro Per davant i per darrere con Juanjo Puigcorbé en la Plaça de Manises. Echo a faltar ambición en la gestión pública actual, especialmente si estamos hablando de la ciudad.

    -A menudo pienso si aquellos felices 80 de la cultura valenciana distorsionan cualquier acción posterior. Por los márgenes económicos de presupuesto comparado, por el ambiente modernizador de la sociedad y porque IVAMs y Palaus de la Música se construyen en una ciudad una vez cada varios siglos. Ahora, a lo mejor, los recursos se han de dedicar a llenar de contenido esas construcciones.
    -No sé si es una cuestión de margen económico. Creo que era una cuestión de ambición y riesgo. En el caso de la Feria de Julio se pensaba en un festival de verano, con sus analogías con el Grec de Barcelona. En cuanto a los grandes edificios y el contenido, lo que interpreto es que la crisis ha obligado a que el IVAM, por ejemplo, se dedique a hacer cuatro o cinco relecturas de sus fondos al año por obligación. Y así, temporada tras temporada, sin quitarle valor al trabajo que no tiene que ver con relecturas. En el caso del Palau de la Música, la programación llega hasta donde llega y, supongo, tiene que ver con lo más duro de la crisis y una lenta recuperación. Quizá se puede acusar de un exceso de lentitud en la recuperación. Pero los contenedores, más que un problema, siguen siendo una incógnita. Porque los museos de la ciudad… Ahí está, por nombrar uno, el Museu de la Ciutat, que existe sin pena ni gloria. Y creo que todo está mucho más en las manos de la creatividad y el ingenio, en la ambición por ese sentido, que en el presupuesto. Que sí, que desde la crisis se arrastra una carencia, pero no creo que la reversión de la situación llegue por una cuestión de dinero. Ahora bien, en los temas de fiestas, al gobierno del cambio de la ciudad, sí se le ve otro ritmo. Se le ve mucho más esplendor, cuidado y creatividad. En fiestas, en general, se ve un interés mayor.

    -Quizá podríamos valorarlo mejor si la ciudad tuviera una estrategia cultural. Una estrategia pública, evaluable. Porque estamos en 2019 y el Museu de Belles Arts sigue desconectado de la ciudad, la ciudadanía oye hablar o habla del Palau de la Música porque se le ha caído un techo, el Teatre Escalante ha desaparecido… ¿algunos de estos conflictos no te llevan a pasar que vivimos en el Día de la Marmota mientras otras ciudades con menos patrimonio, historia y activos culturales nos van sacando cabezas?
    -En el caso del Museu de Belles Arts es cierto que se arrastra el problema de la gestión compartida entre Estado y Generalitat. Un estado que no se resuelve y bloquea movimientos, seguro. Lo del Palau, como afortunadamente no ha habido ninguna desgracia personal, tampoco creo que haya que darle tanto valor. En el caso del Palau de les Arts no se resuelve que en Madrid no nos interpreten como un teatro de ópera, y es más fácil que lleguen algunos euros a Bilbao o a Sevilla que a València. Igualmente, quizá tratando de hacer un paralelismo crítico hacia los 80, es muy probable que una parte de esa acusación de ambición tenga que ver con la iniciativa privada. Pondré un ejemplo, el caso de La Nave. Un estudio multidisciplinar de diseño y de disciplinas paralelas que era todo iniciativa privada, que atrajo las miradas de fuera de València y que sirvió para generar una referencia en un ámbito: el diseño. Un movimiento que yo veo esencial para comprender que ahora estemos pensando en la capitalidad mundial del diseño.

    -Un estudio, La Nave, compuesto por independientes, pero que tenía bastante carga de trabajo institucional. ¿Hay brotes verdes en la actividad privada actual, verdad?
    -Por supuesto, con la búsqueda de la capitalidad mundial del diseño, que es una iniciativa privada, o con la música, con gente como Gener que está haciendo cosas importantes. Por otro lado, Pep Gimeno ‘Botifarra’, que es una figura importante que ahora hemos asimilado, pero que no ha existido en los 90 ni antes. Otra cosa es que eso, luego, tenga una difícil cabida en las páginas de Babelia

    -Bueno, pero eso tiene que ver con el sistema de medios estatal funcionando de M-30 hacia dentro. Al fin y al cabo, Montesinos o Mariscal, si han querido trascender, han trasladado sus estudios fuera de València.
    -Aunque luego, en el caso de Francis Montesinos, haya decidido volver tras establecerse en Barcelona durante una década. Y a buen seguro que ha tenido menos recorrido insistiendo por estar aquí, pero él sabe cómo impactaba cuando estaba en Madrid y se rodeaba de la Movida y cómo no impactaba comunicando únicamente desde aquí. Los industriales catalanes nunca estarán suficientemente agradecidos al trabajo que les generó Montesinos en sus años relacionándose con ellos. En todo esto, hay inercia y pereza por parte de los redactores y editores que toman decisiones desde Madrid o desde Barcelona. Desde Barcelona llego a intuir algo más de sensibilidad por la lengua, pero en Madrid… Hay una dinámica no muy positiva al respecto.

    -Ya que se abre la espita de la llengua, tú que has vivido tiempos tan distintos en el flujo cultural en torno a la lengua, ¿cómo afecta el procés al desarrollo de la actividad cultural en torno a la cultura creada en el mismo idioma?
    -A nivel político, afecta a todos. No solo a València. En el ámbito cultural, está claro que una escritora o un músico que se exprese en valenciano, ha de impactar en Cataluña y Baleares. El mercado aquí es demasiado pequeño y ha de trabajar pensando en todo el ámbito, porque ese es su mercado natural.

    -Ya, pero las ventas de libros de autores valencianos y editoriales valencianas en Cataluña, por ejemplo, son ridículas. Son mínimas.
    – Bueno, está el caso de Ferran Torrent.

    -Un solo caso…
    -Bueno, Gener o ‘Botifarra’, que acabo de mencionarlos, también han tenido su recorrido allí. Els Pavesos tenían buena parte de su actividad allí, en Mallorca…

    -Pero no rebobinemos la historia hasta Els Pavesos, hablo del ahora.
    -Creo que Cataluña sigue siendo sensible en positivo. Las emisoras de radio catalanas, por ejemplo, le siguen dando mucha cancha a la música en valenciano. Otra cosa es el tema del procés, porque afecta a todos los ámbitos, también a la gestión cultural. La llengua no es ni mucho menos una barrera. Los grupos de cualquier estilo no encuentran en este momento una barrera con la lengua común, sino todo lo contrario. Hay bastante receptividad.

    -Parece que hay fotos más incómodas ahora que en los 70, 80 y 90. Me refiero, incluso, entre agentes culturales de uno y otro territorio. Público y privado. 
    -No creo que sea diferente a antes o diferente por el procés. Es cierto que tuvimos un tiempo, con el Teatre El Micalet como contenedor de referencia, en el que había mucha actividad cruzada. Pero ha habido siempre injerencias y problemas. No siempre ha sido fácil que bajara Lluís Llach, por citar a alguien.

    -Mencionas a Llach de nuevo, a quien le has dedicado un libro, como los varios escritos sobre Serrat y o la Crònica d’una nova cançó. ¿Qué personaje de los que se han cruzado en tu vida merece una serie en Netflix o HBO?
    -Si fuera por dedicación, sería Serrat, a quien le he dedicado ‘mis mayores esfuerzos’. El artista que me gustaba desde antes de ser adolescente. El personaje que ha sido admirado, luego amigo, con el que tengo proyectos en marcha… Pero también quizá a Raimon, por su cultura inabarcable, o Joan Fuster, por su ánimo. Era una persona incontenible, con una fuerza e inquietudes que parecían no acabarse nunca.

    -Tomemos el caso de Serrat para acercarnos a un conflicto. ¿Cómo se disocia al fan del periodista? ¿Cómo se hace un trabajo ‘limpio’ de admiración?
    -La perspectiva seguro que la pierdes. Sobre todo, en las primeras entrevistas. Con el tiempo, creo, coges distancia. Ahora puedo hablar de discos que no me gustan tanto de Serrat. Pero el caso de Serrat es paradigmático porque, desde una posición intelectual y sofisticada, llega a un público muy amplio. Creo que si repaso a aquellos artistas a los que más esfuerzos les he dedicado, todos se conectan por este hecho. Cole Porter, Françoise Hardy, Jane Birkin… Esa capacidad elegante o de implicación cultural, de dedicarle un disco a Miguel Hernández cuando nadie lo estaba reivindicando, a estar en la lista de Los 40 Principales.

    -Entonces, como en tu caso, no es algo necesariamente negativo ser amigo de directores de teatro, propietarios de discográficas, artistas, cantantes… ¿y acabar escribiendo sobre ellos?
    -No lo creo. Creo que conocer en su momento a Amadeu Fabregat, Rafa Gasset, la gente de la Jovenívola, Lluís Fernández y Rafa Ferrando, la gente del Capsa 13, del Christopher Lee, donde en su parte de bajo veíamos cine, de La violetera a una de Humphrey Bogart… relacionarme con estas personas solo me abría más el campo de visión, me enseñaba cosas.

    -Otro conflicto es ser juez y parte. Salía antes en la conversación el caso de Bikini Club, en el que Bartual acabó siendo uno de los miembros más conocidos de RTVV desde la radio. Era locutor, pero era dj y era promotor. Ahora sabemos que su discográfica era la propietaria de los derechos del ‘Saturday Night’ de Whigfield, cuyo rendimiento en ventas a mediados de los 90 podemos calcular. A día de hoy, en la radio pública estatal, hay locutores que ejercen de dj’s en festivales y a los que, casualmente, se les ocurre hacer un monográfico sobre dicho festival en su programa. ¿Esto no desacredita al profesional?
    -Claro, pero yo ya no estaba en Bikini Club por aquel entonces… Que, por cierto, el nombre proviene de la influencia de los 60. Se lo puse yo. Estas interferencias del periodista que hace bolos, es complicada. También he de decir que las radios han promovido esas acciones como dj, esas acciones promocionales, así que tampoco es una acción individual. En discográficas, en promotoras, con locutores… el otro día, Serrat me habló de locutores “de sobre”. Diría que pertenece más a épocas pasadas, pero interferencias ha habido siempre. Con editoriales, otro tanto. El peso de la publicidad, otro tanto. En el ámbito musical ha cambiado mucho todo porque, entre otros asuntos, las discográficas ahora son promotoras y empresas dedicadas a la venta de todo tipo de productos y derechos en torno al artista y sus canciones. Eso también desordena un poco las juegas de juego, a mi parecer.

    -¿València ha sido moderna?
    -Sí, y lo será. Los 70 fueron el primer gran momento de modernidad, con la Sala Studio, con una especie de drugstore por donde pasaban Els Joglars, Quico Pi de la Serra, Lluís Llach… En aquellos tiempos, los escaparates de Francis Montesinos en su tienda del barrio del Carmen, con la ropa que llevaba él y toda la tropa, impensables hasta entonces. Siempre recuerdo, si sirve para contestar a esta pregunta, que Carmen Alborch puso su lista de boda en la tienda de Montesinos. La familia más bien esperaba que la pusiera en El Corte Inglés, pero no. Las tiendas Agua de Limón, más tarde Tráfico de Modas de los Mariscal… El primer estallido fueron los 70, pero también hubo una modernidad consolidada en los 80 que bebía de aquel origen. Hacia los 90 llega lo mejor de La Marxa, un pub en el que yo le insistí a Josevi Plaza en que el buen camino tenía que ver con aquello de la cultura de club. Y sí, era una discoteca, un pub, pero había siempre exposiciones, perfomances, cruzarte con David Dúplex u Olga Poliakoff tomando copas. El caldo de cultivo era muy intenso y, aunque había muchos locales interesantes, creo que La Marxa tuvo una época muy estimulante que ya se evidenciaba aunque solo fuera viendo los pelos de las camareras, con puntas, cardados, rapados… pero todo a la vez.

    -Preguntándote por València hemos hablado de los 70 en adelante, pero uno de tus libros más reivindicables quizá es Los años Ye-Ye. Sobre todo porque fija la primera gran revolución de masas de la mujer en España, a través de la televisión y la publicidad, en una acción de asertividad y empoderamiento a través de la moda y su cuerpo.
    -A mí los 60 es la época que más me interesa en casi cualquier disciplina artística. Quizá, por eso, se notará algo de amor extra o admiración en el texto. Para mí los 60 evidencian en el mundo y en España un cambio hacia la libertad. Un detalle, que por mi fijación con la moda, tiene sentido: es la primera generación que viste radicalmente diferente a sus padres. Se rompe algo en ese sentido. Después, los padres vestirán como sus hijos. Estados Unidos se avanza a ello, marca la pauta, pero el impacto en Europa es muy interesante, y la mini falda o los pantalones en la mujer suponen un impacto brutal en la calle. Esa exhibición del cuerpo tan libre produjo muchos problemas. Es una convulsión muy interesante, que tiene consecuencias sociales.

    -Si lo traducimos al momento actual, a la música actual, es posible que ese cambio radical esté sucediendo ahora. Las listas de éxito, el grueso de la música que escuchan nuestros adolescentes en el sentido de música de masas, está totalmente desligado de la tradición del siglo XX. Hasta el punk estaba fundamentado en una base de banda de rock estándar y, sin embargo, ahora, ese patrón ha desaparecido, como ha desaparecido el valor de la autoría o los tabús con el lenguaje que gira en torno al sexo o las drogas, sin eufemismos ni metáforas.
     -No tengo claro que se haya roto del todo, porque en la música siempre confluyen corrientes cíclicas. Siempre hay una base revival y otra parte que avanza sin mirar atrás. También he de admitir que con la edad, pese a que me oficio me lleva a estar muy al tanto, te vas convirtiendo en un escuchante muy selectivo. Así que no sé si me llama la atención todo lo que esté totalmente desligado. Por ejemplo, escucho mucho a Devendra Banhart y hace poco me he parado a ver sus relaciones con la obra de Donovan y el folk rock. A Sufjan Stevens con las aportaciones a la banda sonora de Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017).

    -Hablando de nostalgia, no hemos hablado de un tiempo pasado en el que se cobraba más por el mismo trabajo costando el pan y la entrada al cine muchísimo menos. ¿El periodismo cultural está afectado por esta devaluación de su valor en el mercado?
     
    -Sí, pero no el cultural: todos. Me imagino que ha pasado en todas las secciones. Sin hablar del detalle, desde luego los ingresos eran muy superiores antes. Mi aventura como freelance me lleva a una montaña rusa constante en cuanto a la libertad económica, pero la decisión tiene más que ver con algo más próximo a la libertad de tiempos al trabajar en casa.

    La habitación propia del periodista cultural, algo que sí es propio de la estirpe porque tenemos esa necesidad de leer libros o ver películas para la pieza ‘de mañana’.
    -Y que no puedes hacer con normalidad en una redacción. Lo puedes hacer, si tienes suerte, pero siempre es raro. Pero tampoco lo puedes hacer en productoras, con las que he hecho documentales en los últimos años, donde he tenido la sensación de perder el tiempo por no poder hacer según qué cosas que necesitaba hacer en ese momento, pero tenía que estar allí sentado. No yendo a una conferencia a la que necesitaba ir, no leyendo aquello que necesitaba leer y para lo cual tenía que ir a aquel sitio a buscar…

    -Lo que sí es transversal a todas las gestiones, por aquello de la firma y la implicación, supongo, es la gestión del ego. ¿Cómo se gestiona?
    -A mí nadie me lo ha gestionado (ríe), pero no creo que tenga ese defecto. Desde luego, sí he convivido y existen periodistas con el ego descontrolado. Qué le vamos a hacer… es un problema. Si eres Vargas Llosa o García Márquez, creo que podemos admitir cierto margen de ego, pero creo que es necesario tocar tierra cada día. Es cierto también que un día estamos haciendo un programa que pega mucho, en la tele o en la radio, en la que se te abren todas las puertas, o te reconocen por tu firma… Es un ejercicio de amor propio y necesario naturalizar todo eso. Solo somos periodistas.

    -En una o dos palabras, ¿RTVV?
    -Aprendizaje.

    -¿À Punt?
     -Sensaciones contradictoras.

    -¿Periodismo?
    -Vida. Es todo lo que he hecho.