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  • Juan Diego Botto: «Nunca he tenido vocación de minorías»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La octava edición del Humans Fest entregó este viernes el premio Pau i Justicia a Juan Diego Botto. Con este reconocimiento, el actor, dramaturgo y director veía reconocida así «una trayectoria en defensa de los derechos sociales y humanos a través de sus trabajos en el cine». Una labor que ha servido, según los impulsores del festival valenciano que se celebra hasta el próximo día 19 de febrero en la Filmoteca de València, «como elemento de transformación de la sociedad y de su compromiso personal».

    A sus 41 años, Botto, hijo de la trascendental maestra de actores Cristina Rota, ha embastado una larga carrera iniciada cuando tan solo era un niño, formalizada durante su adolescencia (donde hasta tuvo un papel en 1492: La conquista del paraíso, de Ridley Scott)y que encontró en Historias del Kronen su primer rol protagonista. Sus trabajos en películas de Montxo Armenderiz o Adolfo Aristarain o en títulos como Plenilunio (Imanol Uribe, 1999) o Asfalto (Daniel Calparsoro, 2000) han fijado parte de su aportación al cine.

    En el teatro, donde ha dirigido su propio Hamlet o interpretado textos de Bertolt Brecht, ha disfrutado durante los últimos años de «la experiencia profesional más gratificante» con su obra Un trozo invisible de este mundo. El montaje dirigido por el valenciano Sergio Peris-Mencheta y que cuenta la historia de la congoleña Samba Martine -fallecida tras pasar 40 días en un Centro de Internamiento para Extranjeros de Madrid- se pasó tres años girando. Éxito de público y de crítica que le reportó los Premios Max a mejor actor y autor revelación en 2014. 

     En Valencia, a donde llega tras concluirse la emisión de la primera temporada de la serie de televisión estadounidense Buena conducta, conversa sobre algunas de esas vivencias y de cómo su compromiso (implicado y presente en manifestaciones y reivindicaciones públicas a lo largo de toda su vida, del Nunca Mais al No a la guerra, del 15-M a las asambleas vecinales que han acabado por influir en la composición del actual Congreso) convive con la industria de la que participa.

    -El premio reconoce tu trabajo como «elemento de transformación de la sociedad y de su compromiso personal». ¿Te sientes identificado con el enunciado?
    -La nomenclatura del premio quizá es excesiva… [ríe]. No sé si soy merecedor de este reconocimiento. Mi compromiso, a través de mi profesión o en la calle, estando sencillamente donde he creído que debía estar cuando debía estar, no me distingue de muchas otras personas. De hecho, se me ocurren muchas que han hecho una labor más importante…

    -¿Ese compromiso, está implícito en tu oficio o lo impones sobre tu oficio?
    -Hay un poco de las dos cosas. De una forma genérica, el arte siempre tiene una carga política notable. Desde la pintura hasta el cine. Lo que pasa es que tendemos a pensar que el cine es político o social cuando tiene una carga crítica, pero, por ejemplo, todo casi todo el cine de acción tiene esas cargas. Lo tiene porque es acrítico y todo lo que va a favor de corriente es difícil de ver. Todas las películas o las obras de teatro que he hecho tienen una visión del mundo que nos rodea. Cuando puedo escoger intento hacer piezas que provoquen algún tipo de reflexión. No siempre puedo hacerlo y no me desligo de que la industria tiene su forma de funcionar, que forma parte del arte, sí, pero también parte de la vida. Lo cierto es que he tenido la fortuna de trabajar muchos años y he podido escoger mucho, trabajos para generar una mirada crítica sobre el mundo que nos rodea.

    -El año pasado recibió el mismo galardón Montxo Armendariz [junto a Puy Oria], un personaje fundamental dentro de tu carrera. ¿También como referente de compromiso?
    -Montxo es más que un amigo para mí. Cuando me ofrece Historias del Kronen, mi primer papel protagonista, tengo 18 años. Si esa película no hubiera existido, mi historia sería otra. Desde entonces, vivo de mi oficio. Él me permite conocerme como actor y, sí, conocer su ejemplo. Creo que tiene una filmografía intachable, de esas en las que no te preguntas ‘por qué habrá hecho está película’. Una filmografía fundamental para este país durante los últimos 40 años, asumiendo no solo riesgos formales sino distintos compromisos. Su cine es ejemplar, incuestionable… es de acero. Y Montxo es una persona de principios inquebrantables.

    -Mencionas Historias del Kronen, una película que, como hablábamos antes, tiene una carga crítica más bien a favor de lo que sucede. Refleja una sociedad que tendrá un papel fundamental en la crisis económica de 2008 y en adelante. ¿Erais conscientes en aquel momento de que suponía algo así como un retrato generacional?
    -En aquel momento lo que no sabíamos es qué iba a ser de toda aquella sociedad del bienestar. Representa a un grupo que tiene ‘todo’ garantizado y que no encuentra un sentido a su existencia, más allá que forzar los límites de lo que vive para sentir algo. No hay nada que les justifique. El referente más parecido a Historias del Kronen es… va a parecer algo extravagante, pero es La dolce vita (Federico Fellini, 1960); una panda de absurdos que llevan al extremo lo que les pasa para que en realidad les pase algo. Historias es un retrato de mi época, de mi juventud y de una generación que hoy en día tiene mucha relevancia.

    -Durante el Humans Fest se van a proyectar algunas películas de tu filmografía. Una de ellas es ¡Hay motivo!, el proyecto colectivo al que aportaste tu cortometraje Doble moral. Aquel proyecto se presentó en febrero de 2004 y mostraba distintas historias por las que España debía votar un cambio de gobierno. Un mes después, los atentados del 11 de marzo en Madrid y las Elecciones Generales de aquel año cambiaban la situación del Estado, pero vuestra marca, el halo mediático de ese posicionamiento nacía y se convertía en un germen para el descargo que el Gobierno de Mariano Rajoy ejercería contra el cine español a partir de 2012. ¿Cómo recuerdas aquella situación y cómo digieres que estemos hablando de sus efectos 13 años después?a
     -En aquel proyecto se juntó la atención del movimiento Nunca mais con el movimiento de No a la guerra. Fue un momento de movilización muy sólido, en el que nosotros nos quedamos con la marca y del que ya nadie se acuerda bien que era el 90% de la población la que estaba en contra de la invasión de Irak. En las masivas movilizaciones, históricas, era muy común ver a monjas y curas, más allá de la sensación que pudiéramos tener de que la entrada en esa guerra no tenía nada que ver con el pueblo español en general. Era una causa masiva que artículo a muy diversos sectores de la sociedad. Lo terrible es que, 13 años después, estamos bastante peor en lo que se refiere a los derechos humanos. La crisis de 2008 ha hecho saltar las costuras en todo Occidente. Se ha producido un auge de la extrema derecha y, si en 2003 nos manifestábamos por evitar una invasión, ahora las invasiones se producen sin respuesta. En el caso del cine español, se tuvo la voluntad de buscar un agente responsable de la derrota en aquellas elecciones. La violencia desatada a través de los ataques de los medios de comunicación, la manera de señalar constante y tensa, provocó la situación que vivimos ahora. Caló la idea de que los cineastas somos algo así como un quinto poder rodeado de subvenciones y que ponemos y quitamos gobiernos a nuestro antojo. Lo cierto es que somos el cine más maltratado de Europa si pensamos en las ayudas, en las antípodas de los países que nos rodean. Eso no es lo más preocupante. Lo preocupante es que esa manera de señalar se ha extendido más allá del cine. La derecha domina a la mayor parte de medios de comunicación y cualquiera que se oponga a sus voces acaba siendo tachado de radical o terrorista. España ha llegado al paroxismo de llevar a la Audiencia Nacional, el tribunal encargado de juzgar los delitos de terrorismo, a unos titiriteros por hacer una ficción. Es decir, que hemos pasado de 2004 a 2017 convirtiendo a España en un lugar donde existen los delitos de opinión y que, a través de la creación de una ficción, puedes ir a la cárcel. Eso es lo preocupante de entonces hasta ahora, ese germen de macartismo que se siembra en aquellos años en el No a la guerra y en qué se ha convertido a día de hoy.

    -El último de los ecos de la crisis sistémica de 2008 puede ser la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.
    -Lo terrorífico del ser humano es que nunca llegamos a saber cuál es su última frontera. Un amigo mío dice citando a un autor que ahora no recuerdo que para el ser humano es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Podemos encontrar 15 motivos por los que la Tierra va a implosionar, pero somos incapaces de imaginar un sistema de organizar la vida que evite que implosione con nosotros dentro. No somos capaces de generar un nuevo sistema económico y tenemos la incapacidad de proponer o de aceptar las formas alternativas de organizarnos de otro modo para evitar el malestar de esta sociedad. Como explicaba Naomi Klein en uno de sus títulos, con la crisis de 2008 surge una oportunidad con dos caminos… lo dijo también un señor que ahora está en la cárcel, Gerardo Díaz-Ferrán, el presidente de los empresarios, que dijo algo así como ‘hay que poner en paréntesis el capitalismo’. Pues Klein, de aquellos dos caminos propuestos, el de corregir el abuso de los banqueros y los sectores financieros que habían generado por sí solos la burbuja, o el de salvarles.

    -Y se salvó el sistema que había colapsado.
    -Se optó por lo segundo, sí. ¿Por qué? Primero, porque, no somos idiotas: tienen la sartén por el mando. Segundo, porque las tendencias culturales dominantes que se habían ido generando en los años precedentes se habían ido apoderando poco a poco de esa perversión en la que se ha convertido el sentido común. 

    -Esa apropiación está lúcidamente reflejada en el monólogo inicial de tu obra Un trozo invisible de este mundo.
    -Exactamente ahí. Es el discurso que nos convencía de que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, de que podíamos trabajar y ganar menos, de que el mundo era algo así como un sálvese quien pueda. Y si no puedes pagar la casa, pues no haberte metido. Que alguien a la derecha de George W. Bush ganara, en 2003, era inconcebible y, sin embargo, ahí está Trump en la Casa Blanca. Es el paso más allá. 

    -¿Qué significa para ti esta nueva frontera de la realidad?
    -Es el paso más allá, como te decía. Hemos vivido en un mundo en el que los gobiernos habían decidido trabajar para unas grandes oligarquías. Ahora las oligarquías, después de la crisis de 2008 a la que estamos haciendo referencia, han dicho: ‘mirad, no lo estáis haciendo como a nosotros nos conviene. Nos vamos a poner nosotros al mando’.

    -Un gobierno mundial sin intermediarios.
    -Es que todo el gabinete político de Trump son grandes multimillonarios estadounidenses que han trabajado o trabaja para GP Morgan, Goldman Sachs, etcétera. Han decidido que an a gestionar lo público sin intermediarios, así que no descartemos que la cosa pueda ir a peor. Ya sabemos que este sistema es canibal, que es autodestructivo y que lo que importa es hoy. Si nos estamos cargando el planeta a marchas forzadas, ¿qué importa? Si Europa está tratando de forma impúdica, vergonzosa y quién sabe cómo se nos juzgará en el futuro por lo que estamos permitiendo con los refugiados, ¿qué importa? Estamos convirtiendo nuestras fronteras en campos de concentración, así que esta frontera no es la última. Vamos a ir mucho más allá en nuestra capacidad autodestructiva. Es infinita. Creo que en ninguno de los gobiernos que conozco está en su mente impulsar con verdaderos esfuerzos una forma más sensata de organizarnos y cuidarnos. Es un momento extremadamente preocupante, altamente desolador y en el que la esperanza es buscar y activar mecanismos para revertir estas situaciones.

    -Hay ecos de luz en toda esta situación. Por ejemplo y precisamente en esta década, tu proyecto Un trozo invisible de este mundo ha completado varios años de éxito con una obra transformadora y de un compromiso social muy claro.
    -Ha sido la experiencia profesional más gratificante de mi vida. Algo que nace de mí, de una historia concreta que me interesa y que cuando me puse a trabajar en ello pensé, ‘bueno, vamos a estar un mes en el Matadero de Madrid y con eso nos conformaremos’. Pensaba que íbamos a tocar a un público en Madrid al que le gustan las historias más duras, un circuito minoritario, quizá, donde siempre tienen buena cabida este tipo de obras y con gente implicada en la denuncia social. Sin embargo, ocurrió una cosa muy distinta. Se convirtió en una obra de masas y nunca tuvimos esa esperanza a priori. Si que es cierto que yo intento escribir… escribir cosas que se entiendan. Nunca he tenido vocación de minorías y creo que la primera vocación del arte es no aburrir. 

    -Cómo hiciste con ‘tu’ Hamlet. Una escritura pegada a la trama.
    -Era mi obsesión. Crear un Hamlet, cercano, comprensible, desprovisto de… pedantería. Eso intenté con Un trozo invisible de este mundo, consciente de que era un tema sensible y duro, pero se convirtió en ‘eso’ a lo que la gente llama ‘un éxito’. Girando por todas partes y disfrutando de los debates y charlas después de la obra. Era muy importante para nosotros conocer que a una parte del público la existencia de los CIEs (Centros de Internamiento para Extranjeros) les llegaba con la obra. Y de qué manera…

    APUNTES DE LA ENTREVISTA
    
    -Botto tiene unas décimas de fiebre. Le ronda una gripe y sugiere que son los gajes de su labor menos pública: ser padre. 
    -Mantiene la mirada constante y serena. No son pocas las ocasiones en las que se queda en silencio antes de contestar.
    
    -A veces, intuye que su discurso es demasiado catastrofista. Es consciente y busca salidas. No le gusta que a su industria se le llame entretenimiento y, al mismo tiempo, le molesta pensar que puede aburrir.
    
    -Nos tomamos el café en Mayan Coffee, una cafetería que importa el producto de fincas localizadas en América Latina donde se explota la tierra de manera sostenible y el sistema es de comercio justo.
    
    -El café es guatemalteco, en una buscada alusión a la historia del asalto a la embajada de España en Guatemala que aborda su cortometraje Doble moral que se proyectará en Humans Fest.
    
    -Su sensibilidad con la Historia y el presente de América Latina (nació en Buenos Aires y es "hijo de su represión") es mayúscula.
    
    -En la recogida del premio Pau i Justicia, Botto hizo alusión al poema Pan y rosas de James Oppenheim. Una poética conexión con los dos lados de su oficio, el comunicativo y el transformador: "Vivir no es sobrevivir. Todos tenemos derecho a las rosas".

    -Una obra para la que elegiste al también actor valenciano Sergio Peris-Mencheta como director. ¿Por qué?
    -Elegí a Sergio porque, a priori, es una persona totalmente opuesta a mi forma de ser. Yo soy muy intenso y el es muy juguetón. Entendí que necesitaba a alguien muy juguetón muy jugón, para llevar a escena esos textos tan intensos. Que no sumara intensidad al papel, vaya. También porque buscaba a alguien que no me conociera mucho y que dijera: ‘esto no lo entiendo’, ‘esto no me gusta’, ‘esto, fuera’. Nos entendimos de maravilla y estos años han forjado una bonita amistad. Creo que además conectamos mucho porque somos del mismo año y tenemos los mismos referentes culturales, una forma parecida de ver la profesión y de amar nuestro oficio.

    -En la descripción del premio concedido no se hace alusión a ello, pero tus perfiles online se han convertido en una extensión de tus reivindicaciones. Sin ir más lejos, el otro día uno de esos impactos sobre la conversación levantó 2.000 retuits. ¿Cómo gestionas, vives o digieres lo que sucede en ese nuevo aspecto que has desarrollado?
    -Bueno, las redes sociales son solo una parte de la realidad. Una parte virtual que no por ser virtual deja de ser real, pero en cualquier caso una parte minoritaria de la realidad. No hay que confundirse con lo que hace y se agota en las redes sociales. La inmensa mayoría de los españoles y las españolas no tiene Twitter. La inmensa mayoría de los españoles y las españolas no sabe qué pasa en Twitter. Así que nuestro mundo de followers, de grandes discusiones aparentemente trascendentales, pasan inadvertidas para la inmensa mayoría de los ciudadanos y ciudadanas. Hay que tenerlo en cuenta, porque uno tiene la tendencia de convertir ese mundo en su mundo y ahogarse en un vaso de agua cuando, después de un tuit, 25 personas te insultan o amenazan. Aunque ahora la Fiscalía de la Audiencia Nacional está más sensible con este tema

    -Sensible según con qué temas.
    -Sí, claro. La exaltación del franquismo o el nazismo o los insultos a Pilar Manjón no parecen ser delitos de odio o exaltación del terrorismo. Hay que tomar las redes sociales como lo que son: un vehículo para expresarse y una manera muy buena de comunicarse sin filtros, de poder hacer fluir información sin filtros y conocer realidades de ciudadanos que pueden propagarse a través de ellas. El otro día, de no ser por las redes sociales, el vídeo del muchacho que se grabó mientras la Guardia Civil le golpeaba porque había saltado a un ruedo jamás lo hubiéramos conocido. 

    -¿Te has arrepentido de alguno de tus mensajes en esos perfiles?
    -Muchas veces. Soy de los que escribe un tuit y lo borra 27 veces. Pienso qué sentido tiene lo que aporto criticando a funalito y me pregunto a veces si solo es un impulso, si es rabia… lo pones sin pensar, claro que sí. En general, si puedo contribuir a que algo importante llegue a más gente, fenomenal. Cuando me insulta un señor con sus 27 seguidores, habitualmente con una bandera de España en el avatar, anónimo… he de relativizar lo que ahí sucede, relajarme y pensar en la inversión de tiempo que merecen las redes.

  • Valencia contra sus fantasmas: ‘La estrategia del silencio’ con el accidente de metro llega al cine

    Publicado originalmente a Culturplaza.com

    El próximo martes 14 de febrero se estrena La estrategia del silencio, la película que recorre el calvario que han supuesto los nueve años de lucha de las víctimas del accidente de metro de Valencia sucedido el 3 de julio de 2006. Dentro de la Sección Oficial del VIII Humans Fest, el largometraje documental dirigido por Vicent Peris y producido por Barret y Mediapro, enfrenta a la sociedad valenciana contra sus sombras. Ese es su principal aporte: señalar que, más allá de la banda de responsables políticos que gestó un plan para acallar lo sucedido, el cómplice imprescindible de una de las historias más dolorosas, oscuras e insoportables ocurridas nunca en el País Valenciano fue su sociedad.

    Desde el año 2012, Barret fue compartiendo el proceso de investigación a través de la web 0responsables.com. De hecho, las tomas y el relato ya se han podido consumir parcialmente durante los últimos años. Unas grabaciones que fueron fundamentales en la emisión de Los olvidados, el reportaje de Salvados sobre el suceso. Este hecho mediático despertó al pueblo valenciano de un extraño letargo, como si la ensoñación del nuevo y falso rico se desmoronase hasta su base y, cinco días después, tras muchas decenas de manifestaciones celebradas cada 3 de julio con las víctimas y apenas un centenar de vecinos, la Plaza de la Virgen se llenó.

    Aquel 3 de mayo de 2013 los olvidados pasaron a recoger un pulso que, por momentos, creían haber perdido para siempre. Como destripa la película, la mayoría de ellos siguieron acudiendo a las manifestaciones por inercia; otros, porque como dice su anterior portavoz, Beatriz Garrote, sería imposible quedarse en casa sin haber logrado sus objetivos. Esos objetivos se fijan con claridad en el film y se reducen a uno: el perdón por parte del Gobierno valenciano depuesto en las urnas en 2015. Perdón y respuestas a las interrogativas qué, cómo y por qué. No se logra y, de hecho, entre los sinsabores de un final que refleja una paz relativa entre algunas de sus víctimas, la reparación llega en Les Corts que ya domina en número de votos el Ejecutivo surgido del Pacte del Botànic.

    La cinta recupera mucho más que los hechos políticos, aunque ese relato y la estrategia surgida de quienes ostentan el poder en el peor de los sentidos también esté. Esa estrategia del silencio arranca con la demoledora comparativa entre la visita del Papa emérito Benedicto XVI, acontecida cinco días después, y el accidente. Aunque el relato ya se ha abordado varias veces, sobre todo a partir del cierre de Radiotelevisión Valenciana, el documental es especialmente crítico con los extrabajadores y por dos veces los señala de una manera cruda como eslabones esenciales en la cadena de transmisión del silencio. 

    La primera, cuando -a través de la narración de Frederic Ferri, los trabajadores bajan al plató e interrumpen el suceso natural de emisión con los petos en protesta por el cierre. Ferri se pregunta por qué cuando «ens toquen la butxaca» si que se plantaron ante el proceder de esos informativos, mientras que denuncia como ante la cobertura y seguimiento del accidente no se hizo nada similar frente a la estrategia del silencio. La segunda de esas ocasiones es todavía más agria, quizá porque las imágenes son menos colectivas. Peris admite a Valencia Plaza que les costó tomar la decisión de sí incluirlas o no, pero, en un reportaje realizado por extrabajadores de RTVV, Garrote les pregunta a la cara si, dada la situación, ahora que ya no trabajan allí y que están haciendo ese reportaje, si alguien puede decirles «quién dio la orden». El equipo que está haciendo ese reportaje se queda en silencio y concluye que su trabajo ha terminado.

    Los medios públicos de comunicación silenciaron el caso, Les Corts cerró la investigación en apenas un mes (concluyó que no había responsables) y la instrucción judicial se capituló sin que hubiese un juicio. Las víctimas (los fallecidos, los heridos y sus familiares) reaccionaron unas semanas después de la tragedia. Encontraron en sus testimonios coacciones, presiones y sinsentidos en la figuración de una respuesta al drama que se había posado para siempre en sus vidas. Esa crónica de vaivenes judiciales, de ignonimia social, de reacción solidaria, lucha hasta en el Parlamento Europeo -con la representante del Partido Popular repitiendo la versión de su grupo años después-, y la llegada final de una reapertura del caso, de una nueva investigación y del ‘hallazgo’ de 13 responsables, se resume en apenas 82 minutos de rodaje; menos de 10 minutos por cada año de incomprensión.

    Rico en los detalles donde la historia se hace casi inabarcable, el documental también abunda en muchas experiencias personales -de víctimas y de fuentes silenciadas- mucho menos conocidas hasta ahora. Con el hito de su estreno (Filmoteca de Valencia, 20 horas) en la agenda, su director resuelve a Valencia Plaza algunas cuestiones sobre la película.

    -Han sido cinco años de rodaje y un gran número de viajes, testimonios y horas de edición. ¿Cómo habeis logrado sintetizarlo?
    -No ha sido sencillo. Son muchos momentos y muchas escenas. Nos ha podido ayudar ir sacando material en la web, para ir aproximar historias silenciadas e ir dándolas a conocer a la opinión pública. Eso sí, han sido muchas versiones, muchos visionados… incontables. Esta que estrenamos es la versión para cine, aunque en la convocatoria de proyectos para la nueva Canal 9 hay una serie documental de dos capítulos que sería una versión extendida de estos 80 hasta unos 120 minutos.

    -¿Cómo ha evolucionado la historia para vosotros durante el proceso?
    -Nosotros pensábamos que íbamos a hacer un documental más bien descriptivo y que iba a girar en gran medida en torno a las causas y el tema político. Sin embargo, cuando les fuimos conociendo aceptamos enseguida que lo que íbamos a contar era la historia de estas personas abandonadas. Era una historia de resistencia, de lucha, en la que íbamos conociendo a gente por la sencilla y gran razón de que nos dejaban hacerlo. 

    -¿La sociedad es la principal señalada por el documental como culpable?
    -Es una sensación que nosotros tuvimos nada más empezar el documental y que, sí, puede que sea esa una lectura posible. Lo habíamos olvidado. Nos soprendió a nosotros mismos hasta que punto nos habíamos olvidado de la historia. El tema político está presente y lo queríamos contar, pero, sin valoraciones, la sociedad es la primera que los abandona. Es un hecho incontestable. Los habíamos olvidado…

    -¿Hasta qué punto le caló a las víctimas esa sensación de soledad? ¿Quién no se olvidó?
    -Las víctimas le tienen mucha estima a unas 100 o 200 personas que fueron o a todas o a muchas de las manifestaciones del 3 de julio. Eran pocos, pero para ellos eran muchos. Les ayudaron. Se sentían acompañados por esa mínima gente y, quizá con un papel interesante, les hizo no perder la esperanza. Pero también Laura Ballester con su trabajo periodístico para Levante o El Mundo cuando publica en 2011 el estudio de HM & Sanchis… había también periodistas en prensa aguantando el tema, aunque quizá se atomizaba todo, algo que pudimos comprobar con el impacto de Salvados.

    -¿Cuándo se resuelve esta historia?
    -Cuando la justicia actúe. Las víctimas han llevado hasta el límite sus posibilidades como función social. Lo han conseguido todo y más. Todo lo que podían conseguir. Ahora está todo en manos de la justicia para ver si el caso se cierra o no.