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  • Renau, como nunca: se estrena el primer documental sobre el trascendente artista e intelectual valenciano

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Es increíble, pero acaba de estrenarse el primer documental sobre Josep Renau. En 2018, 110 años después de su nacimiento y 36 desde su desaparición, el gran artista e intelectual valenciano alcanza la gran pantalla. La primera película en torno al responsable de que cualquiera de los casi tres millones de visitantes del Museo del Prado en 2017 pudiera disfrutar del patrimonio que salvó trasladándolo. El mismo que encargó el Guernica a Picasso y le implicó en el Pabellón de la República Española de la Exposición Internacional de París de 1937. El mismo que, antes de todo ello, catalizó las vanguardias hasta el cartelismo fundamental en la convulsión comunicativa en la Europa de los 30. El que compartió espacio con los grandes muralistas mexicanos (Siqueiros), que abrió caminos para la animación dentro de la televisión alemana y se avanzó al Pop Art una década haciendo un uso interesado de las grandes marcas (American Way of Life) para hablar de su ideología.

    Todas esas caras y muchas más, incluido el triste final ofrecido por las autoridades valencianas de la recién estrenada democracia, se armonizan en la producción de Endora que ha contado con el apoyo de l’Institut Valencià de Cultura, la Diputació de València, À Punt Mèdia y Radiotelevisión Española (con derechos de emisión). En apenas 70 minutos la cinta atraviesa la vida de un artista e intelectual fiel a una ideología sometida a las contradicciones del siglo XX. Esa es una de las virtudes del documental: mostrar al genio entre «luces y sombras», tal y como lo expresaba Rafael Casañ, codirector del film junto a la también productora Eva Vizcarra, al frente de más de 30 profesionales valencianos con un presupuesto de apenas 250.000 euros, de los que la Generalitat ha aportado 90.000. 

    El proyecto era anterior a El arquitecto de Nueva Yorkpremiado documental sobre Rafael Guastavino de Endora. Sin embargo, no gustó y permanecía en un cajón desde antes de 2016 hasta que empezó a acumular intereses. Muy poco a poco y, a veces, al margen de la fragilidad económica. Esa es la pista de por qué a semejante altura de la historia, una figura tan controvertida y usada por sus más próximos no había llegado al audiovisual. En las respuestas de algunos de ellos tras una proyección a la que acudieron el president de la Generalitat, Ximo Puig, y el Conseller de Cultura, Vicent Marzà, hay dejes de ese aislamiento del icono: las únicas críticas al documental eran sobre la escasa profundidad sobre el prohombre y su narrativa un tanto esquemática.

    Esa es precisamente la herramienta en la que se convierte Josep Renau: El arte en peligro. A menudo, el artista e intelectual es tratado como un todo difícilmente abarcable. En épocas de gobiernos conservadores, conscientes de la imposibilidad de someter a un referente al silencio, destacando una parte muy concreta de su obra para evitar algunos pasajes del pensamiento contrario. Ahora, una cinta editada para estándares televisivos (70 y 50 minutos) lo abarca sin eludir sus cambios de ritmo en la voluntad política de su obra: anarquista, comunista, embaucador, crítico, gestor, escéptico, perfeccionista, déspota capaz de asimilar y proseguir la marca desde cualquier coordenada. 

    Como en el caso de su amigo otoñal Joan Fuster, la altura de su nombre y la corte que mantiene el legado funciona con un conocimiento amplio del fenómeno. Plagado de capas y de riqueza, el primer documental sobre ese hito que transitó varios países para lograr ser quien quiso arroja luz sobre una obra multidisciplinar. 

    El arte en peligro

    Con su discípula Marta Hoffman y la cronología vital de Renau como hilos conductores, el espectador más afortunado es aquel que apenas conoce al personaje. No obstante, el film recupera algunas imágenes inéditas del archivo de Radiotelevisión Española que Vizcarra califica de «emocionantes». También aviva alguna obra inédita gracias a la investigación en torno a un artista que según José Miguel G. Cortés, director de l’Institut Valencià d’Art Modern y entrevistado, «nunca ha sido olvidado. Ya me gustaría que todos los artistas valencianos pudieran estar igual de bien tratados que Renau por el IVAM», añadió poniendo en valor la gestión de los fondos que el propio creador donó a la ciudad de València.

    Con una música original de Miquel Gil, Peter Gun y Javier Vercher, los mismos autores del film de Guastavino que se conecta por formato y este colchón sonoro con Renau, las escenas de su vida se van sucediendo desde el Cabanyal hasta el exilio mexicano y ha su importante etapa en la República Democrática Alemana. Berlín, Ciudad de Méjico, pero también Halle-Neustandt o València son espacios protagonistas de la película que acudirá a certámenes como el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y pasará por pantalla comercial el próximo verano. 

    Vizcarra y Casañ, resueltos en disponer las contradicciones políticas de Renau en una obra que él mismo consideró fuertemente política –que decidió que así fuera–, han evitado ahondar en «su compleja relación con las mujeres». En la cinta se menciona de pasada que tiene «muchos hijos» y que hubo muchas compañeras, pero Manuela Ballester, con quien pintó y gestionó obra y legado, la misma que aparece en repetidas ocasiones junto a él en la austera lápida que nos recordará siempre la distancia con la que su ciudad vivió su epílogo, ni siquiera es mencionada. Tampoco la descendencia que, claro, no participa entre las voces de un relato pegado a sus constantes avances como creador de las artes plásticas. Una vocación de cuna, dado que su padre era profesor de la Real Academia de San Carlos y ante quien se revela muy joven al pintar a un modelo en tonos exclusivamente morados y verdes.

    El antiimperialista que pintó carteles para Hollywood –magníficos por otro lado–, ha sufrido el peso de un compromiso político del que ahora se libera «por el paso del tiempo». Eso cree Casañ y algunos invitados, en la presentación, aprovecharon para comentar en corrillos que fue el Gobierno socialista el que silenció a Renau en los 80 en aquel triste y desamparado final. Eso sí, con la creación de la Fundación Renau y la clasificación exhaustiva de los fondos en el IVAM. Ahora que «las aguas se han atemperado y se puede hablar sin tapujos y sin miedos irracionales o estúpidos», comenta Casañ, el intelectual se muestra un un tríptico que pasa por una primera etapa española de formación hasta su exilio tras la Guerra Civil; una segunda etapa mexicana comprometido con el arte revolucionario en la calle; y una tercera etapa cuando se traslada al «epicentro del comunismo real» en Alemania.

    Vinz Feel Free representa la idea de futuro a partir del lenguaje y posición de Renau

    En el apartado técnico quizá destacan las manos de Víctor Entrecanales en la fotografía. En el caso alemán, combinando la captura de grandes espacios –por los murales–, de los alumnos de Renau, del pasado y de la intimidad de Marta Hoffman. Es el tramo en el que la estética del artista y la fotografía se hilvanan con agilidad (se echa de menos que la etapa mexicana se haya resuelto por archivo y sin pasar por el país azteca. Se intuye la imposibilidad presupuestaria a la hora de abordarlo). 

    También sobresale el trabajo del estudio de animación Frame Over, con Carlos Escutia al frente, capaz de animar la serie American Way of Life. Esta idea, que parte del atrevimiento por parte de todos sus responsables, supone una cápsula muy estimulante en torno a la obra de Renau. Jugando a dejarle hacer a partir de la animación actual –que él trabajo casi como un artista accidental en la televisión alemana–, Escutia da cabida a una especie de musical visual en torno a esta serie de trabajos de distinta tipología de Renau. Cobra vida y hasta una nueva dimensión, en una de las aportaciones más memorables de la cinta de Vizcarra y Casañ.

  • Alberto González (Querido Antonio): «Vivimos en una censura democratizada»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    A falta de una mejor memoria colectiva, la Historia del Arte en general y la hemeroteca en particular nos sirven para recordar que los movimientos culturales que transgreden a su tiempo surgen en el undeground. Sin embargo, las vanguardias encargadas de violar el contexto social se han topado este siglo con una realidad comunicacional inédita en la Historia: internet. Allí opera una generación de artistas y pensadores que durante los últimos años ha empezado a definirse en torno a los buenos propósitos de ese legado en construcción: hacer uso y apología de sus libertades, deformar y detonar la corrección política, y sacudir a la obesa y precaria sociedad del bienestar.

    Este viernes, uno de esos agentes dobles, de los que operan desde una creación subversiva y cuyo mensaje se convierte en masivo a base retuits y grupos de WhatsApp, visitaba València. Lo hacía junto a su compañero en El Intermedio Fernando González (Gonzo) y en el contexto de Factoría Rambleta. Lo hacía con su nombre, Alberto González Vázquez, con el que ha publicado un par de libros (Humor cristiano y Todos los hijos de puta del mundo) y, entre otras tantas cosas, acaba de firmar el primer videoclip del nuevo álbum (Disco duro) de Joe Crepúsculo:

    Por él, titulares como «A Rajoy le explota la cabeza en el último videoclip de Joe Crepúsculo» cargaban este mismo viernes las filias y fobias en torno a Querido Antonio, el nombre con el que González Vázquez se ha hecho popular en el entorno online. Popular a partir de su trabajo como guionista y autor de satíricas cortinillas para el programa que presenta El Gran Wyoming, conocido también por sus viñetas para El Mundo Today e ideas para Orgullo y Satisfacción, autor de animaciones para textos de Juan José Millás o vídeos musicales de Miguel Bosé, aprovechamos su paso fortuito por la ciudad para conversar con él.

    -En televisión has trabajado con distintos equipos de guionistas. Desde el programa de sketches junto a Borja Cobeaga pasando por Muchachada Nui y ahora El Intemedio. ¿Qué rol has ocupado en esos equipos creativos?
    -Distinto rol, la verdad. Han sido programas muy diferentes. En un programa de sketches, por ejemplo, tu papel queda bastante difuminado. Y así fue el caso. En El Intermedio tengo un papel mucho más independiente, con una voz mucho más propia. Trabajo solo, en silencio, de hecho. Veo los brutos, los ejecuto a la vez. Con esos vídeos todo empieza y acaba en mí, así que todo esto funciona de puta madre si eres un poco autista. Resulta bastante interesante así.

    -Descrito así y teniendo en cuenta qué supone El Intermedio en el contexto televisivo, ¿eres consciente de estar en una especie de isla de libertad en pleno prime time?
    -Pues… no soy muy consciente de estas cosas, pero sí hago ese ejercicio de plantearme la suerte que tengo en este espacio de televisión. Si lo piensas objetivamente, se acerca bastante a lo que podría llamarse un trabajo ideal. Tengo una independencia absoluta más allá de las limitaciones obvias del trabajo en televisión. Me refiero a lo que tiene que ver con los horarios, los tiempos, las entregas… para todo el mundo. Así que sí, valoro bastante la libertad y difusión que me concede trabajar en un sitio así, haciendo lo que hago. Llevo 11 años haciéndolo y sigo disfrutando de ello.

    -¿Con el equipo, has comentado alguna vez que los buenos datos de audiencia quizá no duren para siempre?
    -Entre los compañeros, sí, claro. El programa lleva 11 años y desde hace 10 llevamos vaticinando la defunción de El Intermedio a un par de años vista. Siempre decimos, ‘bueno, en un par de años…’, y cada uno fantasea con lo que hará después. Pero no tiene fin. La coyuntura política ha facilitado el crecimiento de audiencia. Me refiero al hartazgo político. Y el programa es lo suficientemente flexible como para reconvertirse. Ha habido muchas novedades y eso es bueno. A la audiencia todo le cansa rápido, pero no para de haber novedades. Ahora tenemos un nuevo actor en escena, Trump, que es una constante de posibilidades.

    Foto: ESTRELLA JOVER

    -Tu trabajo ha provocado reacciones muy críticas, sobre todo a través de las redes sociales. ¿Alguna vez has llegado a ir a juicio por ello?
    -Al programa ha llegado alguna denuncia, pero era tan absurda… Si alguna vez ha llegado algo ha sido tan nimio que mi sensación es que solo ha servido para hacerle perder el tiempo a la justicia y sobre todo al tío que denuncia. Pero bueno, esas reacciones o esas denuncias tienen que ver con el absurdo en el que estamos viviendo en general. La persecución que tiene todo que ver con la Ley Mordaza. La persecución pública de la libertad de expresión. Y es algo que aterra bastante, que me atañe bastante. No en mi trabajo para El Intermedio, porque ahí tengo el parapeto del programa, pero sí como persona, cuando me expreso por mi cuenta. Por ejemplo, en Twitter. Pasas a tener todo el tiempo cierta cautela. Vivimos en una censura democratizada.

    -¿Es posible que la corrección política sea la consecuencia de esa Ley Moradaza? Es decir, que la democracia en su estado de maduración y corrección, haya propiciado que los censores se envalentonen.
    -Me resisto a creer que es así, porque me parecería una traición tan grave… Lo que asumo es que si digo tal o cual cosa hay 15 gilipollas que van a pedir mi cabeza en Twitter. Esas tormentas creo que están sobredimensionadas. Es cierto que vivimos en una época complicada. La censura democratizada que se ejerce sobre los autores, los linchamientos masivos en redes sociales, se ha convertido a veces en algo pero que una censura. Es una censura más abitraria que la de cualquier estado fascista. Ahora es muy fácil escandalizar a la gente y no sé nunca si es porque hay muchos tontos o porque con las redes sociales hay mucho ruido. Es bastante preocupante. 

    -¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
    -La libertad de expresión no ha sido un problema cuando ha sido ejercida por los medios de comunicación sobre los que se ejercía un control. Ahora, cualquiera tiene ‘su canal’, su ‘medio de comunicación’ y hace uso de la libertad de expresión. Resulta que eso se ha vuelto peligroso. Por eso tengo la sensación de estar viviendo una especie de germen o de semilla de lo que puede pasar en el futuro. Me refiero a controlar voces disidentes, a localizar a voces molestas. Y, de paso, todo esto, sin que nos paremos a pensar un rato en cómo funcionan o qué son las redes sociales.

    -¿Tienes la sensación de que la sociedad o tu entorno de creadores va entrando en una etapa de autocensura en las redes sociales?
    -Me resisto a creerlo, pero creo que, inevitablemente, sí. Es una pena porque es obvio que no puedo hacer los mismos chistes en Twitter que hago en privado. Antes del nacimiento de las redes sociales ya existían esos chistes en privado y creo que es algo de lo que se ha hecho un aprovechamiento muy ilícito. Me refiero a que, en aquel entonces, esa barrera, no estaba tan clara y, bueno, tampoco me parecería mal que no estuviera clara si la gente fuera capaz de asumir ese humor, esa idea más extrema. Pero no es el caso. Entonces, ven una idea tuya de 2009, de cuando Zapata tenía 120 seguidores en Twitter, y la usan hoy. A mí me parece una violación de la privacidad y del sentido de aquel mensaje en aquel momento. 

    -No suele haber  espacio para hacer entender que la gente cambia de opinión. Sobre todo, gente que durante el nacimiento y crecimiento de esas redes sociales ha tenido edades todavía no tan adultas.
    -Sí, claro. Generaciones que han crecido justo mientras todo esto sucedía. Que se abrieron el Facebook con 17 años y hoy tienen casi 30. O que tienen 17 ahora. ¿Cómo vas a juzgar igual a esa persona? Una persona que en esos años ha evolucionado muchísimo hasta ahora. Es algo que no hay tiempo para tener en cuenta. Pero claro, esto no lo podemos ver en el Twitter de José María Aznar cuando tenía 17 años. Para mí tendría un gran valor eso. Asomarnos a eso. Es una curiosidad.

    • APUNTES DE LA ENTREVISTA
    • La entrevista es telefónica. Mientras desayuna, a las 9am.
    • Alberto prefiere hacerla a esa hora porque luego su biorritmo se alinea con la frenética escritura de El Intermedio.
    • (Casi) Nunca ve el programa en casa.
    • Su trabajo es solitario y parte del visionando imágenes de agencia. -Su ‘musa’ es la Agencia EFE.
    • Además de guionista y viñetista, es el autor de un gran número de cortometrajes y videos en los que la claridad del mensaje se sobrepone a las precisiones técnicas audiovisuales.
    • A sus pensamientos y obras le rodean amigos en Madrid entre los que se encuentran artistas como Nacho Vigalondo, Borja Cobeaga o el mismo Joe Crepúsculo.

    -La opinión pública tampoco tiene muy claro qué valor añadido aportan expresiones de libertad como Orgullo y Satisfacción [cerrará a final de año]. Quizá no está dispuesto a pagar por ello porque tampoco tiene muy claro qué le va a reportar hoy y en el futuro.
    -Es un caso que, sí, tristemente… es la libertad de expresión en su máxima expresión, valga la redundancia. Y de la que se benefician muy pocos, aparentemente. No es algo que la opinión pública perciba que va a influir en su vida diaria. Nuestro problema es esa percepción marginal. El problema de que nadie va a pelear por defender la libertad de expresión por ti. Nadie se pone a defender nada que no perciba que le afecta en particular. Así que esto se convierte en una batalla de muy pocos individuos dentro de una masa infinitamente mayor.

    -¿Y cómo se combate en esa batalla?
    -Negándose a claudicar. Hace nada tuve un amigo que tuvo un buen jaleo por Twitter, pensando en si borrar el tuit, disculparse y su puta madre. A mí son cosas que me parecen muy truculentas de esta sociedad, pero yo en estos casos, siempre digo lo mismo: el error es disculparse. Eso es dar la razón. Eso es ponerse ‘la mordaza’. Así que hay que aguantar y hacer una labor divulgativa de lo que ahí sucede porque siempre hay alguien que está dispuesto a escucharla y comprender [hay reflejos al grueso de esta conversación en el videoclip arriba enlazado].

    -¿Cuál sería el genotipo del violento en las redes?
    -La gente más agresiva, en un porcentaje altísimo, tiene una bandera en su avatar. La bandera de su región, la de España, el escudo de un equipo, el logo de un partido político… nadie se imagina hasta qué punto eso es una constante. Yo creo que merecería la pena estudiarlo. 

    -Volvamos a hablar de tu actividad. ¿Ves el programa?
    -No. Casi nunca. Es una cuestión de biorritmo. Después de pasar todo el día allí y de estar al tanto por imperativo de todo lo que va a suceder, cuando llego a casa o cuando salgo del trabajo, lo último que quiero hacer es ‘seguir en el trabajo’. 

    -¿Cuál es tu fuente primordial de ideas para esas cortinillas?
    -Mi mayor fuente de inspiración es la Agencia EFE. Lo que hago, básicamente, es ver las imágenes de las agencias y pensar en ello. Solo. Mi sensación es que meto ideas en esos huecos de las imágenes. A menudo en los espacios donde nadie ve nada de esas ruedas de prensa que acaban en los telediarios. A mí me gusta así el trabajo, mirando esas imágenes en solitario. Espero que siga así.

    -¿Cómo surge ese ‘puesto de trabajo’?
    -La idea ha ido evolucionando, pero cuando empezamos no sabía muy bien qué iba a ser, qué iba a hacer. Las primeras propuestas eran algo así como mezclar cosas, cuanto más dispares mejor. La televisión no es algo inabarcable, es algo finito, y los contenidos son muy parecidos, así que mezclar a un político o a Ortega Cano con según qué otros brutos le da un dramatismo poderoso a la pieza. Es fácil, visto así. Y vas probando cosas todo el tiempo. Muchas no encajas, pero sigues. 

    -No ves El Intermedio, ¿pero ves televisión?
    -No mucho. Lo que me toca por imperativo laboral. La televisión que veo es HBO y Netflix.

    -En la extinta Canal Plus, dentro de su programa Lab, llegaste a tener un proyecto de serie con ciertas conexiones a tus vídeos para El IntermedioCien enfermedades incurables. ¿Qué fue de ella?
    -Ni siquiera llegó a suceder. Iba a ser una especie de… no sé. No llegó a definirse. Recuerdo que era una idea muy experimental y que nació justo antes de que empezara a haber recortes por todas partes. El proyecto Lab no salí a flote y se quedó un poco varado, aunque yo lo rescaté por mi cuenta. Saqué varios vídeos. Uno de ellos es el que nutre a Los reyes magos, que es de los más populares que he tenido. Todas esas ideas están por ahí colgadas.

    -Te lo pregunto porque dada la cantidad de material audiovisual que has creado durante estos años, tu conocimiento del medio y tus relaciones, ¿nadie te ha propuesto hacer una serie? ¿Tienes en mente esa posibilidad?
    -Bueno, es algo que está ahí. Es muy complicado, claro. Me parece un trabajo gigantesco… inabarcable. Me aterra. Acostumbrado a trabajar rápidamente para obtener resultados. En plan, ¿qué haré hoy? Haré siete vídeos que empiezan y que acaban. Y el retorno en unas horas me satisface mucho. Hacer el trabajo y obtener un feedback en cuestión de horas… creo que me he malacostumbrado a eso. Es mi terreno, mi zona de conforto. Lo que no sé es si lo ha sido siempre, pero como lo he trabajado y es algo que está en mi carácter, pensar en una serie… es un mundo.

    -En toda tu obra hay un rasgo distintivo, casi obvio: el mensaje por encima de todo. ¿Qué piensas de aquellos que te rodean en el audiovisual o en la ilustración y que supeditan la publicación de su trabajo a conseguir los recursos técnicos más altos?
    -Me he encontrado bastante con esto y me parece absurdo. Lo único que importa, desde mi punto de vista, es tener algo que contar. Soy muy desprejuiciado con eso. Me lo paso por el arco del triunfo. No me interesa. Lo fundamental es que lo que cuentas se entienda. Para conseguir eso, tienes que alcanzar un mínimo común denominador. Si me hubiera tenido que esperar a tener una Red One [una cámara profesional] para hacer cortos… estaría esperando todavía. No habría contado anda en mi vida. Y si no puedo contar con un ilustrador acojonante para contar cosas, pues le doy salida. El tema técnico lo he percibido mucho más en el cine. Los cortometrajistas tienen estas cosas. Pero bueno, ahora creo que se puede hacer una pieza con bastante calidad técnica, más que aceptable, hasta con tu móvil.

  • Javier Gomá: “La distancia entre la filosofía y el público ha servido para que la sustituya una literatura de peor condición”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Javier Gomá (Bilbao, 1965) es uno de los filósofos e intelectuales españoles más influyentes de este sigloAutor de la Tetralogía de la ejemplaridadtambién conocido por su Filosofía mundana y director de la Fundación Juan March, cuenta que fue una tarde de otoño aquella en la que recibió algo parecido a una ‘llamada’. Durante casi 30 años ha desarrollado un plan con gran voracidad literaria y distancia con la idea romántica de la vocación. Ese largo camino le ha llevado a completar lo que él llama su “filosofía de cámara”. Letrado del Consejo de Estado, Gomá ha desarrollado ya el primer nódulo de una obra que parte de la estima inagotable por el tiempo del lector, al que corresponde con gran conocimiento, amenidad y excelencia escrita.

    Este sábado compartió una charla sobre el teatro y la filosofía en el Paraninfo de La Nau de la Universitat de València con Ernesto Caballero, impulsada por la Fundación Cañada Blanch y moderada por su directora, Paula Sánchez. Gomá, que debutó como filósofo con un libro que ya fue Premio Nacional de Ensayo (Imitación y experiencia, 2003), vio como el propio director del Centro Dramático Nacional elevó al Teatro María Guerrero la representación de su debut dramático. El monólogo Inconsolable (La imagen de tu vida, 2016) es la primera incursión literaria de un autor que siempre se ha presentado como escritor y que parece más dispuesto que nunca a expresarse a través de nuevos canales. 

    Aprovechamos su paso por València para conversar con él:

    Ha escrito sobre la mundanidad y la filosofía (Filosofía mundana. Microensayos completos (Galaxia Gutenberg, 2016). ¿La de los filósofos actuales es muy distinta o a la de los clásicos?
    -En la historia de la filosofía ha habido siempre una tensión: la de quien asume que su verdadera naturaleza es la literaria frente a la de otra filosofía que trata inútilmente de parecerse a la ciencia. Muchos de los diálogos de Platón son literarios y gracias a ello pueden tener una incidencia milenaria. De hecho, sus diálogos de época tardía, los que aspiran a tener el rigor de la ciencia, los que pretender ser ‘tan verificables’ como una ley, no lo son tanto. Mi tesis es que la filosofía tiene que, audazmente, asumir que es literatura. Esa tensión se ve en la obra de Platón, pero también en la de Aristóteles, Kant, Hegel, Nietzsche, Foucault… 

    -¿Cuál es su consecuencia?
    -Cuando la filosofía se reduce a un público de iniciados, cuando usa un lenguaje hermético, poco menos que clandestino, expulsa a la mayor parte de los lectores. Esa tensión está inserta en el alma del mismo filósofo. Kant tiene momentos en los que pretende ser un mito científico y otros de un lirismo arrebatador; Hegel habla de que hace su ciencia de la lógica, pero tiene pasajes auténticamente poéticos que son los más sugestivos.. 

    -¿Y ha mejorado ese conflicto a partir del siglo XX?
    -La posmoderndiad parece que nos ha abierto los ojos al carácter literario de la filosofía, aunque lo que se sigue haciendo hoy en día en las cátedras universitarias tiene ese prurito de ciencia que me interesa menos. 

    -Al hablar de mundanidad y filosofía, aunque no haya sido su objeto y sea otro punto de vista, es inevitable pensar en cómo la sociedad actual se interesa crecientemente por las reflexiones que habitan en la sección de Autoayuda de las librerías, en los sobres del azúcar del café en el bar o en las tazas de Mr. Wonderful. ¿Cómo interpreta un autor con su obra esa fórmula de consumo de ideas que, además, parecen conseguir una saciedad muy efectiva?
    -Es un tema interesante para nosotros… y se me ocurren varias cosas al respecto. Creo que, por un lado, hay una determinada literatura filosófica bajo la etiqueta de autoayuda que puede ser sana. Todo el mundo a veces necesita compartir experiencias y consejos. Por ejemplo, por pensar en algo concreto, creo que uno puede hablar de su experiencia o leer sobre un gran dolor, un duelo o una pérdida, como me ocurrió a mí [por su monólogo Inconsolable]. Y un libro que pueda situar tu propio dolor en un contexto precedente te hace asimilar que esas experiencias no son tan únicas. Por eso, puedo imaginar que haya una parte de esa literatura que sea sanadora o terapéutica. Otra cosa muy distinta es aquella literatura que pretende equipararse al rigor filosófico, que la hay. 

    -Y, de otro lado, ¿cuál sería la distancia entre su filosofía mundana y la filosofía científica, de esa cátedra universitaria?
    -La filosofía mundana es sobre el mundo, para todo el mundo y con un poco de mundo. No es una filosofía que gira en torno a libros ya escritos, no es una filosofía que se dirige exclusivamente a especialistas y tiene mundo porque no es árida. Se conecta con su pregunta anterior, que es lo más importante: la distancia entre la filosofía y el público ha servido para que la sustituya una literatura de peor condición. 

    -Como filósofo, ¿hay algo que le preocupe de esa literatura de peor condición?
    -Lo que me puede preocupar de esa literatura llamada de autoayuda es cómo, de manera maliciosa, en algunos casos populares puede prometer superar depresiones, enfermedades o desgracias desde una especie de afirmación de la voluntad. Es decir, como si uno, si no supera un cáncer, no lo supera por la enfermedad en sí, sino porque es idiota. Porque si verdaderamente hubiera querido superarlo y hubiera confiado en esa afirmación de la voluntad, de la voluntad por encima de la razón, lo hubiera superado. Es una literatura como de expectativas, de la que propone que haciendo según qué tipo de gimnasia o tomando según qué zumo, en distintos sentidos, se superan los problemas. Cualquier literatura o cualquier cosa que niegue el principio de realidad me parece mal. 

    -Después de haber consolidado una de las obras filosóficas más reconocidas en España precisamente en este siglo, publica un monólogo dramático como cierre a su libro La imagen de tu vida. ¿Esperaba que sus textos llegaran a representarse en un teatro? 
    -Digamos que no renuncio a nada de lo bueno, como no renuncio al Nobel, aunque creo que hace mucho que no le dan un Nobel de Literatura a un filósofo [comenta con sorna]. Cuando escribí el monólogo no estaba pensando en que fuera representado, pero tampoco me negaba a que llegase a Broadway y lo defendiese Brad Pitt. Sólo bromeo. En el momento de la escritura no pienso en una proyección futura. No es mi prioridad, pero uno no se cierra a nada. Supongo que en algún momento pensé que si era un monólogo dramático, podía ser que alguien algún día lo representara. Pero tampoco pensaba que se iba a publicar en un diario nacional a siete páginas [El Mundo, 2016] y que eso iba a llamar la atención del director del Centro Dramático Nacional y que éste lo iba a llevar a escena pese a tener la programación cerrada. Eso es una auténtica sorpresa. 

    -Uno de los temas que ha abordado en su obra es el de la Ejemplaridad pública. ¿Hasta qué punto se conecta esa idea con el teatro; la idea de ejemplo, imitación y lo que usted denomina como “una tendencia humana a la universalidad”?
    -Es un tema muy interesante [hace una pausa prolongada]. Hasta el siglo XVIII la cultura tenía la finalidad de instruir deleitando. Toda la cultura que se sucede hasta ese momento digamos que es… acusadamente edificante. Es una propuesta de ejemplaridad. El teatro, como se ha escrito, es una escuela de costumbres, o, perdón por la autocita, es ‘el templo de la oralidad y de la presencialidad’. Cuando uno comunica ante esa audiencia debe retribuir la atención prestada con amenidad, con conocimiento, con anhelo y elevación. La cultura meramente literaria tiene impronta de ejemplaridad; en particular, en el caso del teatro, a través de su representación pública. Y, claro, todo eso se transforma en algo muy distinto a partir del siglo XIX. Pasamos de la cultura de la ejemplaridad a la cultura de la individualidad, de la expresividad. 

    “HE SIDO UN HOMBRE CON UN PLAN DURANTE LOS ÚLTIMOS 30 AÑOS; ME SIENTO MUY ATRAÍDO POR NO TENERLO AHORA MISMO”

    -Por su monólogo, se diría que usted se siente más atraído por ese teatro que es ‘escuela de costumbres’ y menos expresión individual.
    -Si yo escribo que me he despertado hoy y me dolía la cabeza, me he tomado un gelocatil, he ido a por el café y me he encontrado el periódico, lo he empezado a leer… ¿a quién le importa todo eso expuesto de esa manera? El público demanda un discurso de interés. Por eso yo creo que es importante la idea de la responsabilidad por el mensaje. Me gusta el teatro como escuela de costumbres y que en los últimos tiempos también ha servido como denuncia, para acercarnos a las situaciones de opresión y desigualdad, con las mujeres, en cuestiones de sexualidad, con inmigrantes… A mí me gusta pensar que ‘mi teatro’ se ha conectado con esa ejemplaridad.

    -Ha dicho en alguna ocasión que “elegir el concepto, el verso o la novela es sólo una cuestión de estrategia comunicativa”. ¿La publicación de este monólogo y su llegada al teatro nos anuncia que le veremos más activo en otros canales distintos a los de la obra filosófica?
    -Lo único que sé ahora es que no sé mucho de lo que haré en adelante. Por primera vez en muchos años, y tengo 52, no tengo proyecto. No tengo un plan literario ni sé por dónde tiraré. La vida me ha permitido que escriba una tetralogía [Tetralogía de la ejemplaridad, Taurus], lo que yo llamo mi ‘filosofía de cámara’. Y admito que he sido un hombre con un plan durante los últimos 30 años, por lo que me siento muy atraído por la posibilidad de no tenerlo ahora mismo.

    -No obstante, siempre ha comentado que el desarrollo de su obra tiene un punto de partida literario. 
    -Siempre me he considerado como un hombre de vocación literaria, desde una edad muy temprana. De hecho, mis primeros textos, que yo recuerde, fueron una especie de novelas, de poesías… pero todo más bien novelístico, sí. La filosofía es literatura conceptual y no soy un filósofo que entienda su vida como un académico, como un hombre de ciencia al uso. No entiendo al filósofo únicamente centrado en las novedades científicas, en asistir a congresos y en publicar en revistas especializadas. 

    -Con la filosofía asegura que sintió algo así como una llamada. 
    -Cuando terminé mi tetralogía incluí un corolario en el que explicaba por qué había dedicado los mejores días y años de mi vida a algo: a la filosofía. Y la razón es un enamoramiento incontrolable por distintas ideas. 

    -Esa llamada llegó cuando usted era muy joven. A la vez, hoy en día, es un intelectual muy pegado a los ritmos y costumbres de la sociedad actual. ¿Cree que de haber nacido ahora, dado el ritmo de vida y la presión por el uso consumista del conocimiento hubiera planeado pasar 25 años para completar ese trabajo?
    -Mi presentimiento es que sí, que hubiera hecho lo mismo de haber nacido en el año 2000 o ahora. Entonces ya me sentí bastante solo con mi decisión. Me sentí siempre un poco aparte de mi generación, de mis amigos que vivían el curso de la vida sin mayor problema. 

    -Es decir, que la idea de vocación es una suma de complejidad a la existencia.
    -La vocación es añadir complejidad a la adolescencia, que ya de por sí es una etapa compleja. En aquel momento, lo que yo sentía es que el extraño era yo. Sospecho que hubiera hecho lo mismo ahora. Pero sentía que tener un mapa para organizar mi vida, como ha sucedido, era una complejidad añadida, que implicaba una anomalía que tenía que armonizarse.

    -Ha defendido en varias ocasiones esa llamada desde las ideas, de su vocación filosófica, pero, ¿es la vocación un ideal romántico o más lo entiende como un problema sobrevenido?
    -La vocación es una anomalía muy poco frecuente. La vocación tiene un lado de empobrecimiento total… quiero decir que, la vida te ofrece muchas posibilidades y la vocación solo es una. Eso sí, te dota de una energía extraordinaria para abordarla. Pero yo veo la vocación desde la óptica del empobrecimiento a cambio de esa energía. Por eso nunca hablo de la vocación con orgullo o con jactancia. Más bien, todo lo contrario. El romanticismo aviva la idea de la vocación como una experiencia sobrenatural, pero más bien yo la veo como una anomalía. Hay mucha, muchísima gente con gran refinamiento cultural, pero que a eso le acompañe una vocación literaria, que ‘obligue’ a un plan, por así decirlo, es poco frecuente. 

  • Juan Diego Botto: «Nunca he tenido vocación de minorías»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La octava edición del Humans Fest entregó este viernes el premio Pau i Justicia a Juan Diego Botto. Con este reconocimiento, el actor, dramaturgo y director veía reconocida así «una trayectoria en defensa de los derechos sociales y humanos a través de sus trabajos en el cine». Una labor que ha servido, según los impulsores del festival valenciano que se celebra hasta el próximo día 19 de febrero en la Filmoteca de València, «como elemento de transformación de la sociedad y de su compromiso personal».

    A sus 41 años, Botto, hijo de la trascendental maestra de actores Cristina Rota, ha embastado una larga carrera iniciada cuando tan solo era un niño, formalizada durante su adolescencia (donde hasta tuvo un papel en 1492: La conquista del paraíso, de Ridley Scott)y que encontró en Historias del Kronen su primer rol protagonista. Sus trabajos en películas de Montxo Armenderiz o Adolfo Aristarain o en títulos como Plenilunio (Imanol Uribe, 1999) o Asfalto (Daniel Calparsoro, 2000) han fijado parte de su aportación al cine.

    En el teatro, donde ha dirigido su propio Hamlet o interpretado textos de Bertolt Brecht, ha disfrutado durante los últimos años de «la experiencia profesional más gratificante» con su obra Un trozo invisible de este mundo. El montaje dirigido por el valenciano Sergio Peris-Mencheta y que cuenta la historia de la congoleña Samba Martine -fallecida tras pasar 40 días en un Centro de Internamiento para Extranjeros de Madrid- se pasó tres años girando. Éxito de público y de crítica que le reportó los Premios Max a mejor actor y autor revelación en 2014. 

     En Valencia, a donde llega tras concluirse la emisión de la primera temporada de la serie de televisión estadounidense Buena conducta, conversa sobre algunas de esas vivencias y de cómo su compromiso (implicado y presente en manifestaciones y reivindicaciones públicas a lo largo de toda su vida, del Nunca Mais al No a la guerra, del 15-M a las asambleas vecinales que han acabado por influir en la composición del actual Congreso) convive con la industria de la que participa.

    -El premio reconoce tu trabajo como «elemento de transformación de la sociedad y de su compromiso personal». ¿Te sientes identificado con el enunciado?
    -La nomenclatura del premio quizá es excesiva… [ríe]. No sé si soy merecedor de este reconocimiento. Mi compromiso, a través de mi profesión o en la calle, estando sencillamente donde he creído que debía estar cuando debía estar, no me distingue de muchas otras personas. De hecho, se me ocurren muchas que han hecho una labor más importante…

    -¿Ese compromiso, está implícito en tu oficio o lo impones sobre tu oficio?
    -Hay un poco de las dos cosas. De una forma genérica, el arte siempre tiene una carga política notable. Desde la pintura hasta el cine. Lo que pasa es que tendemos a pensar que el cine es político o social cuando tiene una carga crítica, pero, por ejemplo, todo casi todo el cine de acción tiene esas cargas. Lo tiene porque es acrítico y todo lo que va a favor de corriente es difícil de ver. Todas las películas o las obras de teatro que he hecho tienen una visión del mundo que nos rodea. Cuando puedo escoger intento hacer piezas que provoquen algún tipo de reflexión. No siempre puedo hacerlo y no me desligo de que la industria tiene su forma de funcionar, que forma parte del arte, sí, pero también parte de la vida. Lo cierto es que he tenido la fortuna de trabajar muchos años y he podido escoger mucho, trabajos para generar una mirada crítica sobre el mundo que nos rodea.

    -El año pasado recibió el mismo galardón Montxo Armendariz [junto a Puy Oria], un personaje fundamental dentro de tu carrera. ¿También como referente de compromiso?
    -Montxo es más que un amigo para mí. Cuando me ofrece Historias del Kronen, mi primer papel protagonista, tengo 18 años. Si esa película no hubiera existido, mi historia sería otra. Desde entonces, vivo de mi oficio. Él me permite conocerme como actor y, sí, conocer su ejemplo. Creo que tiene una filmografía intachable, de esas en las que no te preguntas ‘por qué habrá hecho está película’. Una filmografía fundamental para este país durante los últimos 40 años, asumiendo no solo riesgos formales sino distintos compromisos. Su cine es ejemplar, incuestionable… es de acero. Y Montxo es una persona de principios inquebrantables.

    -Mencionas Historias del Kronen, una película que, como hablábamos antes, tiene una carga crítica más bien a favor de lo que sucede. Refleja una sociedad que tendrá un papel fundamental en la crisis económica de 2008 y en adelante. ¿Erais conscientes en aquel momento de que suponía algo así como un retrato generacional?
    -En aquel momento lo que no sabíamos es qué iba a ser de toda aquella sociedad del bienestar. Representa a un grupo que tiene ‘todo’ garantizado y que no encuentra un sentido a su existencia, más allá que forzar los límites de lo que vive para sentir algo. No hay nada que les justifique. El referente más parecido a Historias del Kronen es… va a parecer algo extravagante, pero es La dolce vita (Federico Fellini, 1960); una panda de absurdos que llevan al extremo lo que les pasa para que en realidad les pase algo. Historias es un retrato de mi época, de mi juventud y de una generación que hoy en día tiene mucha relevancia.

    -Durante el Humans Fest se van a proyectar algunas películas de tu filmografía. Una de ellas es ¡Hay motivo!, el proyecto colectivo al que aportaste tu cortometraje Doble moral. Aquel proyecto se presentó en febrero de 2004 y mostraba distintas historias por las que España debía votar un cambio de gobierno. Un mes después, los atentados del 11 de marzo en Madrid y las Elecciones Generales de aquel año cambiaban la situación del Estado, pero vuestra marca, el halo mediático de ese posicionamiento nacía y se convertía en un germen para el descargo que el Gobierno de Mariano Rajoy ejercería contra el cine español a partir de 2012. ¿Cómo recuerdas aquella situación y cómo digieres que estemos hablando de sus efectos 13 años después?a
     -En aquel proyecto se juntó la atención del movimiento Nunca mais con el movimiento de No a la guerra. Fue un momento de movilización muy sólido, en el que nosotros nos quedamos con la marca y del que ya nadie se acuerda bien que era el 90% de la población la que estaba en contra de la invasión de Irak. En las masivas movilizaciones, históricas, era muy común ver a monjas y curas, más allá de la sensación que pudiéramos tener de que la entrada en esa guerra no tenía nada que ver con el pueblo español en general. Era una causa masiva que artículo a muy diversos sectores de la sociedad. Lo terrible es que, 13 años después, estamos bastante peor en lo que se refiere a los derechos humanos. La crisis de 2008 ha hecho saltar las costuras en todo Occidente. Se ha producido un auge de la extrema derecha y, si en 2003 nos manifestábamos por evitar una invasión, ahora las invasiones se producen sin respuesta. En el caso del cine español, se tuvo la voluntad de buscar un agente responsable de la derrota en aquellas elecciones. La violencia desatada a través de los ataques de los medios de comunicación, la manera de señalar constante y tensa, provocó la situación que vivimos ahora. Caló la idea de que los cineastas somos algo así como un quinto poder rodeado de subvenciones y que ponemos y quitamos gobiernos a nuestro antojo. Lo cierto es que somos el cine más maltratado de Europa si pensamos en las ayudas, en las antípodas de los países que nos rodean. Eso no es lo más preocupante. Lo preocupante es que esa manera de señalar se ha extendido más allá del cine. La derecha domina a la mayor parte de medios de comunicación y cualquiera que se oponga a sus voces acaba siendo tachado de radical o terrorista. España ha llegado al paroxismo de llevar a la Audiencia Nacional, el tribunal encargado de juzgar los delitos de terrorismo, a unos titiriteros por hacer una ficción. Es decir, que hemos pasado de 2004 a 2017 convirtiendo a España en un lugar donde existen los delitos de opinión y que, a través de la creación de una ficción, puedes ir a la cárcel. Eso es lo preocupante de entonces hasta ahora, ese germen de macartismo que se siembra en aquellos años en el No a la guerra y en qué se ha convertido a día de hoy.

    -El último de los ecos de la crisis sistémica de 2008 puede ser la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.
    -Lo terrorífico del ser humano es que nunca llegamos a saber cuál es su última frontera. Un amigo mío dice citando a un autor que ahora no recuerdo que para el ser humano es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Podemos encontrar 15 motivos por los que la Tierra va a implosionar, pero somos incapaces de imaginar un sistema de organizar la vida que evite que implosione con nosotros dentro. No somos capaces de generar un nuevo sistema económico y tenemos la incapacidad de proponer o de aceptar las formas alternativas de organizarnos de otro modo para evitar el malestar de esta sociedad. Como explicaba Naomi Klein en uno de sus títulos, con la crisis de 2008 surge una oportunidad con dos caminos… lo dijo también un señor que ahora está en la cárcel, Gerardo Díaz-Ferrán, el presidente de los empresarios, que dijo algo así como ‘hay que poner en paréntesis el capitalismo’. Pues Klein, de aquellos dos caminos propuestos, el de corregir el abuso de los banqueros y los sectores financieros que habían generado por sí solos la burbuja, o el de salvarles.

    -Y se salvó el sistema que había colapsado.
    -Se optó por lo segundo, sí. ¿Por qué? Primero, porque, no somos idiotas: tienen la sartén por el mando. Segundo, porque las tendencias culturales dominantes que se habían ido generando en los años precedentes se habían ido apoderando poco a poco de esa perversión en la que se ha convertido el sentido común. 

    -Esa apropiación está lúcidamente reflejada en el monólogo inicial de tu obra Un trozo invisible de este mundo.
    -Exactamente ahí. Es el discurso que nos convencía de que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, de que podíamos trabajar y ganar menos, de que el mundo era algo así como un sálvese quien pueda. Y si no puedes pagar la casa, pues no haberte metido. Que alguien a la derecha de George W. Bush ganara, en 2003, era inconcebible y, sin embargo, ahí está Trump en la Casa Blanca. Es el paso más allá. 

    -¿Qué significa para ti esta nueva frontera de la realidad?
    -Es el paso más allá, como te decía. Hemos vivido en un mundo en el que los gobiernos habían decidido trabajar para unas grandes oligarquías. Ahora las oligarquías, después de la crisis de 2008 a la que estamos haciendo referencia, han dicho: ‘mirad, no lo estáis haciendo como a nosotros nos conviene. Nos vamos a poner nosotros al mando’.

    -Un gobierno mundial sin intermediarios.
    -Es que todo el gabinete político de Trump son grandes multimillonarios estadounidenses que han trabajado o trabaja para GP Morgan, Goldman Sachs, etcétera. Han decidido que an a gestionar lo público sin intermediarios, así que no descartemos que la cosa pueda ir a peor. Ya sabemos que este sistema es canibal, que es autodestructivo y que lo que importa es hoy. Si nos estamos cargando el planeta a marchas forzadas, ¿qué importa? Si Europa está tratando de forma impúdica, vergonzosa y quién sabe cómo se nos juzgará en el futuro por lo que estamos permitiendo con los refugiados, ¿qué importa? Estamos convirtiendo nuestras fronteras en campos de concentración, así que esta frontera no es la última. Vamos a ir mucho más allá en nuestra capacidad autodestructiva. Es infinita. Creo que en ninguno de los gobiernos que conozco está en su mente impulsar con verdaderos esfuerzos una forma más sensata de organizarnos y cuidarnos. Es un momento extremadamente preocupante, altamente desolador y en el que la esperanza es buscar y activar mecanismos para revertir estas situaciones.

    -Hay ecos de luz en toda esta situación. Por ejemplo y precisamente en esta década, tu proyecto Un trozo invisible de este mundo ha completado varios años de éxito con una obra transformadora y de un compromiso social muy claro.
    -Ha sido la experiencia profesional más gratificante de mi vida. Algo que nace de mí, de una historia concreta que me interesa y que cuando me puse a trabajar en ello pensé, ‘bueno, vamos a estar un mes en el Matadero de Madrid y con eso nos conformaremos’. Pensaba que íbamos a tocar a un público en Madrid al que le gustan las historias más duras, un circuito minoritario, quizá, donde siempre tienen buena cabida este tipo de obras y con gente implicada en la denuncia social. Sin embargo, ocurrió una cosa muy distinta. Se convirtió en una obra de masas y nunca tuvimos esa esperanza a priori. Si que es cierto que yo intento escribir… escribir cosas que se entiendan. Nunca he tenido vocación de minorías y creo que la primera vocación del arte es no aburrir. 

    -Cómo hiciste con ‘tu’ Hamlet. Una escritura pegada a la trama.
    -Era mi obsesión. Crear un Hamlet, cercano, comprensible, desprovisto de… pedantería. Eso intenté con Un trozo invisible de este mundo, consciente de que era un tema sensible y duro, pero se convirtió en ‘eso’ a lo que la gente llama ‘un éxito’. Girando por todas partes y disfrutando de los debates y charlas después de la obra. Era muy importante para nosotros conocer que a una parte del público la existencia de los CIEs (Centros de Internamiento para Extranjeros) les llegaba con la obra. Y de qué manera…

    APUNTES DE LA ENTREVISTA
    
    -Botto tiene unas décimas de fiebre. Le ronda una gripe y sugiere que son los gajes de su labor menos pública: ser padre. 
    -Mantiene la mirada constante y serena. No son pocas las ocasiones en las que se queda en silencio antes de contestar.
    
    -A veces, intuye que su discurso es demasiado catastrofista. Es consciente y busca salidas. No le gusta que a su industria se le llame entretenimiento y, al mismo tiempo, le molesta pensar que puede aburrir.
    
    -Nos tomamos el café en Mayan Coffee, una cafetería que importa el producto de fincas localizadas en América Latina donde se explota la tierra de manera sostenible y el sistema es de comercio justo.
    
    -El café es guatemalteco, en una buscada alusión a la historia del asalto a la embajada de España en Guatemala que aborda su cortometraje Doble moral que se proyectará en Humans Fest.
    
    -Su sensibilidad con la Historia y el presente de América Latina (nació en Buenos Aires y es "hijo de su represión") es mayúscula.
    
    -En la recogida del premio Pau i Justicia, Botto hizo alusión al poema Pan y rosas de James Oppenheim. Una poética conexión con los dos lados de su oficio, el comunicativo y el transformador: "Vivir no es sobrevivir. Todos tenemos derecho a las rosas".

    -Una obra para la que elegiste al también actor valenciano Sergio Peris-Mencheta como director. ¿Por qué?
    -Elegí a Sergio porque, a priori, es una persona totalmente opuesta a mi forma de ser. Yo soy muy intenso y el es muy juguetón. Entendí que necesitaba a alguien muy juguetón muy jugón, para llevar a escena esos textos tan intensos. Que no sumara intensidad al papel, vaya. También porque buscaba a alguien que no me conociera mucho y que dijera: ‘esto no lo entiendo’, ‘esto no me gusta’, ‘esto, fuera’. Nos entendimos de maravilla y estos años han forjado una bonita amistad. Creo que además conectamos mucho porque somos del mismo año y tenemos los mismos referentes culturales, una forma parecida de ver la profesión y de amar nuestro oficio.

    -En la descripción del premio concedido no se hace alusión a ello, pero tus perfiles online se han convertido en una extensión de tus reivindicaciones. Sin ir más lejos, el otro día uno de esos impactos sobre la conversación levantó 2.000 retuits. ¿Cómo gestionas, vives o digieres lo que sucede en ese nuevo aspecto que has desarrollado?
    -Bueno, las redes sociales son solo una parte de la realidad. Una parte virtual que no por ser virtual deja de ser real, pero en cualquier caso una parte minoritaria de la realidad. No hay que confundirse con lo que hace y se agota en las redes sociales. La inmensa mayoría de los españoles y las españolas no tiene Twitter. La inmensa mayoría de los españoles y las españolas no sabe qué pasa en Twitter. Así que nuestro mundo de followers, de grandes discusiones aparentemente trascendentales, pasan inadvertidas para la inmensa mayoría de los ciudadanos y ciudadanas. Hay que tenerlo en cuenta, porque uno tiene la tendencia de convertir ese mundo en su mundo y ahogarse en un vaso de agua cuando, después de un tuit, 25 personas te insultan o amenazan. Aunque ahora la Fiscalía de la Audiencia Nacional está más sensible con este tema

    -Sensible según con qué temas.
    -Sí, claro. La exaltación del franquismo o el nazismo o los insultos a Pilar Manjón no parecen ser delitos de odio o exaltación del terrorismo. Hay que tomar las redes sociales como lo que son: un vehículo para expresarse y una manera muy buena de comunicarse sin filtros, de poder hacer fluir información sin filtros y conocer realidades de ciudadanos que pueden propagarse a través de ellas. El otro día, de no ser por las redes sociales, el vídeo del muchacho que se grabó mientras la Guardia Civil le golpeaba porque había saltado a un ruedo jamás lo hubiéramos conocido. 

    -¿Te has arrepentido de alguno de tus mensajes en esos perfiles?
    -Muchas veces. Soy de los que escribe un tuit y lo borra 27 veces. Pienso qué sentido tiene lo que aporto criticando a funalito y me pregunto a veces si solo es un impulso, si es rabia… lo pones sin pensar, claro que sí. En general, si puedo contribuir a que algo importante llegue a más gente, fenomenal. Cuando me insulta un señor con sus 27 seguidores, habitualmente con una bandera de España en el avatar, anónimo… he de relativizar lo que ahí sucede, relajarme y pensar en la inversión de tiempo que merecen las redes.