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  • València y la anomia: el diseño, ACTV y el origen del Bacalao (con C)

    Publicado originalmente en El País

    En la historia de la Ruta todo sucede más o menos por casualidad. El movimiento en sí, para ser más precisos, no responde a la estrategia de nadie

    Ahora que este diario de grabación ha superado la mitad y antes de que se me olvide, he de decir lo estimulante que es descubrir cómo los actos más ingenuos acaban influyendo en el relato de una historia que involucra a muchos. En esta historia, la de la Ruta del Bakalao, todo sucede más o menos por casualidad. El movimiento en sí, para ser más precisos, no responde a la estrategia de nadie. Nadie propone ningún objetivo ni trata de emular lo que sucede en ninguna otra ciudad. Surge así en todo su esplendor porque sus protagonistas son los jóvenes sedientos de explorar sus nuevas libertades y en un lugar alejado del foco mediático.

    Que Juan Santamaría volviera a València después de haberse mudado a Escocia, casado y temporalmente retirado de los platos, quizá sea uno de los hechos fortuitos más decisivos. Pero la historia de este hombre –el DJ fundacional que supo dar con la fórmula para hacer progresivamente masivo el uso de la música moderna como música de fiesta– es una historia que se hilvana en casi todas las etapas de la Ruta. Él (otra vez) dio promoción a aquella idea del Bacalao (con C). Cabeza visible e ideólogo de la tienda de discos Zic Zac, por la que pasaban las bandas estatales e internacionales que actuaban cada semana en València, escuchaba a un chico de Sagunto gritar: “¡vaya Bacalao!”, “açò si que és un Bacalao…”.

    El ilustre anónimo acompañaba a un DJ de la capital del Camp de Morvedre. A Santamaría le hizo gracia la idea del Bacalao: “el bacalao sale de aquí”, “aquí se parte el Bacalao”, “¿tienes algo de Bacalao? Sí, creo que por ahí dentro –en la tienda– hay algo de Bacalao”. Dos aspectos son los más reveladores en esa historia. El primero, que Bacalao nunca tuvo ninguna conexión con referirse a música electrónica. Era música moderna y, de hecho, lo que imperaba era la música rock del momento. Como nos comenta en la serie el periodista musical Eduardo Guillot, incluso, en maxi singles como Spirit in the Sky de Doctor & the Medics, la multinacional que lo editaba incluyó una etiqueta en su portada que ponía Bacalao. Esa es el segundo aspecto, el de una marca que funcionó incluso en el ámbito comercial.

    En este sexto episodio nos detenemos un momento en la historia para recuperar nombres que, en paralelo, influyeron decisivamente en el movimiento. En general, una de las premisas para analizar todo lo sucedido durante la Ruta es tratar de comprender cómo funcionaba la comunicación sin Internet. Y por supuesto, sin redes sociales. Los canales de distribución del mensaje entre los jóvenes se podrían reducir a tres: cartelería, fanzines y radios de FM sin licencia. No obstante, como el flujo de capitales de las discotecas sí tenía cierto volumen –aunque vivían al límite porque no había estrategia alguna– los contratados para esa cartelería, flyers y diseño eran los miembros de una generación de diseñadores valencianos de repercusión internacional.

    En València Destroy: la historia no contada de la Ruta del Bakalao hablamos con Dani Nebot, Premio Nacional de Diseño, o Marisa Gallén, Medalla de la Faculta de Bellas Artes de San Carlos. Ambos formaron parte de La Nave y compartieron vida profesional y personal con Paco Bascuñán y Quique Company, como ellos mismos y Julio Andújar comentan, fue finalmente Company el que desarrolló durante muchos años la imagen de una de las discotecas más coherentes en este sentido: ACTV. Situada en la playa de la Malvarrosa, capricho de Andújar que ya había montado un local de bailes de salón y una terraza de diseño, ACTV fue creciendo progresivamente como discoteca. Andújar quería un club de videoarte e invirtió una millonada en lograrlo, pero todavía era demasiado pronto. Más tarde Vicente Pizcueta con una fiesta y los DJ’s Fran Lenaers, Toni Vidal y Arturo Roger en distintas épocas, harían que ACTV ocupara la terraza y todo el local de las antiguas Termas Victoria.

    El trabajo de marca de Company para ACTV elevó el nivel de todo el ecosistema. La inversión en comunicación y publicidad empezó a desatarse. Company realizó constantes carteles –a partir de colores planos, degradados y formas rectangulares propias de la época, con fotografía inserta utilizando el collage–, pero también pinturas y algún vídeo. En un largo periodo, Company se dedicó casi por entero a ACTV, generando una cantidad de afiches que todavía comercializa Andújar. Pero no fue el único y, aunque la lista sería extensísima dado que también era extensísima la lista de discotecas, destaca el Premio Nacional de Cómic y Goya al mejor guion adaptado (ArrugasPaco Roca.

    Toda esta actividad frenética en torno a la Ruta va generando cierta profesionalización. Los empresarios van madurando su idea de hacer dinero y los márgenes deseados son mayores. Las salas cada vez están más llenas y la música ha empezado a virar en una extraña conexión de prototechno –iniciado por la electrónica de los nuevos románticos– y Electronic Body Music. El polo de atención, muy lentamente, va a pasar de Londres a Berlín, aunque en València está a punto de generarse una ruptura con todas las fuentes de inspiración. Mientras por la ciudad pasan una cantidad de conciertos que ahora serían inasumibles, todo el caldo de cultivo disfruta de una anomalía en el Estado de derecho muy poco estudiada desde la sociología en España: la anomia.

    La ausencia de leyes y normas tenía un origen, como explica de manera detallada en el sexto episodio el catedrático de filosofía del derecho y filosofía política Javier de Lucas. Los pactos hablados de la Transición ofrecían una continuidad a jueces y policía. Una continuidad por la cual estos seguían operando de manera similar y sólo una paulatina y lenta llegada de reformas en los códigos servirá para que eso vaya cambiando. Mientras tanto, durante al menos 15 años, esa anomia mantiene el estado de convivencia de manera muy similar en términos generales.

    Sin embargo, para el sustrato underground, esa anomia es oxígeno. La libertad de horarios, la libertad de movimientos, de reunión y, sobre todo, de expresión, desata la creatividad. Es sólo para unos pocos, pero esa ausencia de restricciones y de supervisión, la ausencia de una sobreprotección de las instituciones, es uno de los rasgos más interesantes que acompañan al fenómeno.También decidimos que fuera la anomia la que diera título a este episodio.

  • Qué demolemos con Arabesco

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La nostalgia es uno de los alimentos menos saludables para la memoria. Su infinita capacidad para deformar lo sucedido y las endorfinas que se liberan al aceptar que cualquier tiempo pasado fue mejor la convierten en grasa saturada para la Historia. La juventud de los 80 y los 90 en València lucha contra ese tejido adiposo en el que se ha convertido el relato en torno a las discotecas. Un fenómeno sin nombre definido, pero atiborrado de etiquetas (y pegatinas). Un movimiento al que le caben sin el menor criterio ni criba los atrevimientos musicales de Juan Santamaria en Oggi o Carlos Simó en Barraca, el interiorismo de Dúplex, las artes performativas de Putre Plastics, los conciertos de Nick Cave en Arena o Nina Hagen en Isla, los parkings de N.O.D. o Heaven, y hasta la autarquía sonora de Arabesco hasta Rockola. Todo vale para los que les vale todo. 

    La estatura cultural, la importancia de las cosas, para convertirse en debate, para quien tiene esa necesidad de fijar su influencia, necesita de un ejercicio de lectura comparada. La nostalgia cabalga justo en la dirección contraria a la lectura comparada de los hechos. Los datos, los nombres y las fechas se alteran según a cada cual le acomode mejor el recuerdo y, por si fuera poco, los recuerdos hace tiempo que pasaron a ser un ejercicio de periodismo-ciudadano-ficción en Twitter y Facebook. El último de los casos de estudio es el que se ha derivado del inicio de la demolición de Arabesco. Una obra civil que ha liberado todo tipo de relatos durante los últimos días en torno a la Ruta sin apellido, el ocio nocturno (y vespertino) y la juventud valenciana de los 90. 

    Arabesco («a ver qué pesco», según la tradición oral) cerró hace más de una década. Fue una discoteca surgida al calor de la masificación y con vocación y capacidad para las masas. La edificación tan anacrónica como memorable ocupó el lugar que cada uno de los miles de perfiles en cualquier red social ha dicho que ocupó, porque la noticia, lo relevante, tiene poco que ver con el relato musical de lo vivido: la discoteca destino de l’Horta Sud se convertirá en un hipermercado y un restaurante de fast food. De esta manera el palacete arabesco (tener por nombre un adjetivo podría haber sido uno de sus mayores riesgos conceptuales) seguirá la senda de Puzzle, Arena o los cines Oeste, Iberia o Martí: convertirse -o intentarlo- en un referente del consumo de aceite de palma. 

    El mismo suceso, trasladado a la ciudad, podría equipararse a la sustitución en superficie y sótano del cine Serrano por un Zara o del Eslava por un Druni, ambos en Passeig Russafa. Los cines, las salas de conciertos o las discotecas se convirtieron en una necesidad para los que soportaron la imposibilidad de expresarse con libertad durante los 60 y 70. Una necesidad que apretaba como la sed. Así y allí surgieron, aunque alcanzaron su multiplicación durante la década de los 80 para desaparecer en la homogeneidad de los 90. Una necesidad que ha sido sustituida -y es el tuit que he echado en falta, el post en Facebook más allá del cantar de gesta generacional- por comprar envasados, por vestirse a la moda; por recetas de prime time, por Instagram stories.

    Y no es imprescindible bajar al detalle para entender que la gente de aquellas décadas también comía, se vestía y, con toda intencionalidad, mantenía el apetito por consumir una vida más allá de las necesidades fisiológicas: alimentarse, cubrirse, ¿perpetuar la especie? Un lento regreso a la caverna retransmitido online y que tiene sus garantías de fracaso donde casi siempre: el undeground que, como entonces, mantiene la tensión, la misma ansiedad por explorar y autodefinirse sin prejuicios ni herencias. En su caso, más allá de las fronteras rotas del comercio global. O sea: más aquí. Un underground perceptible en la ciudad, cada vez más vivo y por supuesto alejado de todo aquello que la Administración apoya y los medios acertamos a capturar.

    La demolición de Arabesco puede servir para tomarse un minuto y reflexionar. Todos. Los de entonces y los de ahora. Los de antes y los de en medio. Cada vez que un icono desaparece -por kitsch que este sea-, tenemos esa oportunidad. Y es sano aprovecharla. No hicimos lo mismo siempre y es algo que, como sociedad, seguro, nos pesa. Qué demolimos cuando bombardeamos el Palau del Real para defendernos de los franceses. Qué se quemó cuando -a coste de la Guerra Civil- un incendio acabó con los frescos de los Santos Juanes. De qué nos privamos cuando se retiró el pabellón sobre el mar del Balneario de Las Arenas o de qué nos alejamos cuando deshicimos la reforma de la Plaza del Ayuntamiento de Goerlich. Y con otras tantas demoliciones… ¿qué? Ahora, ¿qué demolemos con Arabesco? 

  • 25 años de ‘Así me gusta a mí’, la historia tras la canción que marcó el final de la Ruta

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    «No puedes crear una obra maestra sin un toque de locura», asegura Michel Seydoux en Jodorowsky’s Dune (Frank Pavich, 2013). En este documental, el gran productor del cine francés justifica como su familia extendió un cheque en blanco a Alejandro Jodorowsky para que convirtiera en película la novela de Fran Herbert. «Tal vez [el proyecto] Dune tenía demasiada, pero un film que no tiene un poco de locura no puede conquistar el mundo». El cineasta chileno, que ya había conquistado a la crítica con El topo (1970) y La montaña sagrada (1973), lapidó millones de francos hasta frustrar un rodaje que nunca sucedió.

    Jodorowsky actúa esta noche en el Teatro Olympia de Valencia y también lo hace Chimo Bayo (Marina Real Juan Carlos I, 23h), quien también conquistó el mundo –al menos el de las pistas de baile- hace 25 años. Exactamente, el pasado 11 de julio se cumplió un cuarto de siglo de la publicación del single ‘Así me gusta a mí‘, disco de oro en España y, posiblemente, el más vendido en su formato con un millón de ejemplares en 40 países. A los ojos de 2016, un ‘himno generacional’ que llevó al Sonido Valencia hasta sus mayores cotas de popularidad; a criterio de quienes vivieron en primera persona el proceso de creación de la canción, la última frontera, «el punto de inflexión previo al fin de la Ruta del Bakalao«.

    Esta noche, Bayo compartirá escenario con su hija, la también dj Tanya Bayo, y Dj Sento en la Marina Norte, frente al Marina Beach Club, con entrada gratuita y bajo el paraguas de la Gran Fira de València. Un espectáculo, según el comunicado del propio Ayuntamiento, para «reivindicar la importancia de la Ruta del Bakalao», con un espectáculo «extravagante y cargado de energía». ¿Pero qué fue la Ruta? ¿Quién fue Chimo Bayo? ¿Qué supuso verdaderamente ‘Así me gusta a mí’ hace 25 años? ¿De quién fue la idea y qué o quiénes propiciaron el que es -a buen seguro- el éxito más inmediato y masivo de la música electrónica española? 

    ‘Así me gusta a mí’ o la influencia del micro de diadema

    La Ruta, termino que comercializó y criminalizó a partes iguales la contracultura valenciana de los años 80, fue el espacio de desarrollo profesional como dj de Chimo Bayo. Piloto de motocross profesional en ciernes, era «un chico que empezó muy joven» a pinchar, «un chaval súper sano» y, para las mismas fuentes, el dj de Woody cuando era todavía menor de edad. No tardaría mucho en dar su primer salto a una discoteca de entidad, Arsenal, en 1987.  «Cuando llegué allí venía de trabajar en Trance, un club de Calpe. Me contrataron, precisamente, porque no soltaba el micro. Porque hablaba, cantaba, animaba… pero cuando llegué el micro no sonaba bien. Les dije que me pusieran una reverb buena, para poder hacer mi espectáculo, pero no me hacían caso así que inauguré y me pasé dos años sin poder hablar ni cantar por el micro». Esa curiosidad, «accidental, si quieres», sirvió -según sugiere el propio Bayo en declaraciones a Valencia Plaza- para explorar «más música electrónica; para que encontrase mi propio sonido».

    Para cuando pudo volver a tener un buen micro y una reverb poderosa «ya había parecido ‘el de diadema’. Aquello fue genial. Yo cantaba sobre el ritmo, en el momento preciso, y con aquellos micros antiguos pegados a la mesa, cuando quería decir algo llegaba medio segundo tarde. Sin embargo, con un micro pegado a mí, inalámbrico, podía hablar de espaldas a la mesa, bailando, buscando el siguiente vinilo«. Es un momento crucial para entender cómo surge ‘Así me gusta a mí’, «porque cantaba sobre las canciones, improvisaba, decía cosas… las iba uniendo». Una de las personas más próximas entonces a Chimo Bayo, el también dj Kike Jaén recuerda a este diario cómo «al terminar él de pinchar venía a relajarse a la discoteca donde yo trabajaba, y mientras estaba en la cabina me cantaba el chiquitan chiquititan tan tan que tun pam pam que tumpam…«. 

    No había ninguna base propia, pero ya existían sus letras, a menudo soluciones onomatopéyicas, palabras sueltas. Quedaban meses o años para que se editasen singles con expresiones como «Exta-sí, Exta-no«, «química«, «bombas, qué pasa» o «la tía Enriqueta», pero todas ellas revoloteaban las sesiones en cassette que han ido nutriendo el mito durante los últimos años a través de YouTube.

    Simpatía por la autoría

    Los que rodean a Chimo Bayo lo implican en el éxito del fenómeno, pero se reservan una parte del proceso a su nombre. Jaén, que era y es fotógrafo profesional, se encargó de las fotos promocionales de aquel hito para la música comercial. La idea, en la imagen superior lateral, demuestra no haber envejecido con el paso de estos 25 años. Por su parte, Vicente Pizcueta, quien inauguró Arena y fue director de Barraca durante sus años de apogeo en la Ruta, reconoce a este diario que el nombre de la canción fue cosa suya: «Chimo es o era una persona de ideas fijas. Quería que se optara por el concepto de ‘exta-si, exta-no’ para el título, pero yo le insistí a él y a Paco Almendrós de que aquello, en pleno año 91, iba a ser un escándalo y que con otro título podría tener una salida que le ayudara a ser más asumible por las emisoras de radio». Huelga decir que Pizcueta sería impulsor a su vez de la organización sin ánimo de lucro Controla Club.

    Pizcueta cita a Almendrós, con quien no ha podido contactar este diario, pero que fue una pieza fundamental para la realización de ‘Así me gusta a mí’ como responsable de Area Records. Algunas fuentes apuntan a que la discográfica y distribuidora valenciana estaba «al límite de sus posibilidades», «en quiebra, seguramente», pero creyó en el proyecto de Chimo Bayo. «Él ya lo había intentado mover con otra gente», apuntan Pizcueta y Víctor Pérez, otro de los dj’s del momento y hombre de Contraseña Records, que añade a este diario que entre otros se le ofreció a la popular sello valenciano Megabeat. Sin embargo, fue Almendrós y Area quienes paquetizaron el proyecto y lo llevaron al éxito: «Paco era un importador de discos como pocos en España. Discos de culto y muy bien relacionado en según qué países. Llevaba haciendo y produciendo discos mucho tiempo y si alguien logró que aquella canción saliera de Valencia y tuviera la distribución que tuvo, de Alemania a Japón, ese fue Paco», opina Pizcueta.

    El propio Almendrós buscó a un productor para convertir aquellas letras e ideas de Chimo Bayo en una canción y encontró, según apunta Pizcueta y afirman Jaén o Pérez, entre otros, a Germán Bou, «habitual de este tipo de proyectos como también lo podía ser Juan Carlos Pla». Admirado por todos ellos, Bou, hombre en la sombra de esta historia y referencia para muchos ruteros como creador de canciones tales como ‘The Grial Saint’ o ‘Dunne‘ (la canción de Espiral, oro himno de la Ruta), su participación en la elaboración de ‘Así me gusta a mí’ es seguramente la más controvertida de todo el proceso. «Yo no frecuentaba esas discotecas y no conocía bien a Chimo Bayo. Me lo presentaron y vi lo que hacía a partir de unos vídeos grabados en la sala Capital de Madrid, donde cantaba sobre unas canciones de Front 242. Vi las luces, el humo, cómo bailaba… Todo aquello fue mi inspiración», contesta Bou a Valencia Plaza

    Bou ha producido desde rock sinfónico a buena parte de los discos del mito viviente de la canción mediterránea Julio Bustamante, entre no pocas referencias. No obstante, todo lo que rodea a su participación en ‘Asi me gusta a mí’ le genera una conversación tensa desde la que lamenta años de juicios, de derechos de autor suspendidos y posteriormente reactivados. «La canción es muy marciana», resume, aludiendo a que esta plagada de guiños sinfónicos, al uso «de cajas de rock con una compresión muy dura» y, en definitiva, a un bagaje de influencias tan ecléctico que la convirtieron en una canción separada del sonido de la Ruta. Para Chimo Bayo, esa diferenciación al hilo de otra conversación es «clave para entender cómo en otros países no tenía un sonido comparativo; era un sonido propio».

    El productor, por su cuenta, inició hace tiempo una cruzada personal con un extenso artículo en Wikipedia que admite haber redactado y un video en el que explica paso por paso su composición musical. «Mi intención nunca ha sido desmerecer los méritos que Bayo tiene sobre lo que sucedió, sobre lo que fue. Quien me conoce, quien estuvo en el proceso, sabe cuál fue mi papel, todo lo que hice». En los anuarios de la SGAE y el monumental libro documental Solo éxitos, 1959-2012 (Fernando Salaverri Aranegui, Fundación SGAE), todas las referencias de autoría y composición registradas son para Chimo Bayo. Sin embargo, en el registro de repertorio de SGAE (accesible a través de su webtodas las referencias de propiedad son de Bou junto a Rafael Garcia, socio suyo en aquella época y a quien cedía la mitad de sus derechos. El propio Bou ha facilitado en última instancia toda la documentación almacenada en el Registro General de Propiedad Intelectual a este diario como prueba de su autoría.

    Pizcueta apunta que fue el propio Antonio Martínez Bodí, el director de SGAE Valencia, quien trató de mediar llegado el momento para calmar el conflicto entre las partes. Bayo prefiere no hacer ningún comentario sobre su etapa en Area Records, con cuyos responsables basta decir que mantuvo litigios hasta por apropiación del nombre artístico: «fue tan absurdo que al final me dieron la razón por algo tan sencillo como que no podían apropiarse de mi verdadero nombre».

    La alquimia de un éxito inmediato que generó celos

    Era el primer single de Chimo Bayo, se lanzaba un 11 de julio con todas las improvisaciones habidas y por haber en lo referente a su marketing y en una semana «estaba sonando en todos los semáforos en los que me paraba», apunta el artista.  «Chimo Bayo está en su momento más álgido. Es un dj muy popular y, aunque es obvio que no es consciente de lo que va a pasar, es un reflejo del buen momento que viven los estilos a los que él más ligado puede estar, como el Electronic Body Music o el hard techno», apunta el periodista e investigador Joan Oleaque. El autor del libro de referencia En Èxtasi(Ara Llibres, 2004) puntualiza que Chimo Bayo «pertenece a uno de los subcircuitos. La visión actual de la Ruta, muy superficial, da un valor único al circuito principal de discotecas como Barraca, Chocolate, Spook o Puzzle, pero hay otras ‘rutas’ como en las discotecas donde él está, como Arsenal y El Templo. Él logra un éxito masivo, internacional, desde ese subcircuito, protagoniza la popularización definitiva del medio y hace que haya cierta reflexión interna entre algunos dj’s que se plantean si deberían haber hecho algo así, mientras que otros rechazan el modelo y se genera cierta controversia».

    ‘Así me gusta a mi’ estuvo 24 semanas en las listas de éxito en España y siete de ellas como número uno. Las cifras de ventas ya se han referenciado, pero el impacto fue tal que Bayo ‘conquisto’ la televisión pública con actuaciones y se marchó -séquito y bailarinas mediante- a realizar un concierto a Japón, mientras países como Reino Unido, Bélgica o Alemania hacían sonar insistentemente un hit que se propagó a través de cassettes: «ese formato fue el principal medio de extensión. Por las ventas, por la piratería de la gente grabándoselo y porque mucha gente de la Ruta estaba acostumbrada a recopilar cintas de sesiones y era un modo de reproducción habitual en coches y casas».

    La notoriedad se multiplicaba semana a semana y en Valencia, con la Ruta masificada y la atención mediática sobre sus consecuencias, también hubo rechazo, celos y envidias a lo que ‘Así me gusta a mí’ estaba generando. Los contactos en la actualidad con los próximos al fenómeno se destacan por mantener una muy buena relación con Chimo Bayo, pero el propio Pérez añade que no siempre fue así. «Los dueños de las discotecas de alrededor prohibían mi canción, pero yo me llevaba bien con los dj’s y sé que si tenían ocasión la pinchaban», dice el artista. Oleaque matiza: «es normal que no se pinchara en la Ruta porque, para empezar, y es parte del mérito y del éxito, Chimo Bayo cantaba en español. Para continuar, ese sonido, era ‘otra historia’. No era un sonido propio de la Ruta, era más próximo al sonido belga que tanto le gustaba a él. Las discotecas aquí no seguían ese estilo y era algo comentado como la canción estaba sonando insistentemente en Ibiza y aquí nada«. 

    El éxito de Chimo Bayo como punto de inflexión y final de la Ruta

    «La ruta llegó a su clímax en el 91. Yo no estaba muy pendiente de todo ello, porque sabía que todo lo que hacía era muy personal, que iba por otros derroteros… ¡estaba cantando música para este tipo de discotecas en castellano!», resume Chimo Bayo. Pizcueta, que más allá de su vinculación contemporánea al fenómeno es empresario reconocido y licenciado en filosofía, aporta: «los teóricos de la antropología llamarían a lo sucedido en la Ruta anomia. Fue el fruto de la ausencia de leyes. Y esa autenticidad se vive en un periodo que va del 81 al 88 o, quizá para otros, hasta 1990. Las elites europeas miraban a Valencia porque lo que se vivía aquí, lo que sucedía, no podía reproducirse en otro sitio. Pero entonces, o precisamente por ello, se masifica. Es la popularización comercial dado el grado de conocimiento, de la notoriedad social que tenía. En esas situaciones, otros países, otras ciudades, han sabido montar una industria, pero aquí no. Aquí hasta los sellos discográficos catalanes vendían en el mundo más discos de Valencia que los valencianos».

    Pizcueta, que reivindica «la autenticidad de Chimo Bayo», asegura sin ambages que «‘Así me gusta a mí’» marca el punto de inflexión, la decadencia de un fenómeno cultural y social». Para Oleaque la situación no es muy distinta «a cualquier otra tendencia musical que permanece en el underground hasta que crece y crece y acaba dando el salto mainstream. No veo que sea distinto a lo que ha podido pasar con el hip hop en otros países». Eso si, todos los consultados destacan como Chimo Bayo supone un perfil de dj muy particular en la ruta, porque no destaca «por ser técnico, purista, meticuloso -todos destacan tres nombres aquí: Carlos Simó, Fran Lenaers y José Conca-; él monta un sarao. Convierte la cabina en un pequeño escenario y busca un publico moderno y amplio desde su inicio, lejos de esa idea más propia de la Ruta pero no muy conocida de la búsqueda de un ‘público mental’».

    ‘Asi me gusta a mí’ y Chimo Bayo representaron hace ahora justo 25 años un fenómeno sin precedentes. Un impacto sin réplicas posteriores. Un hito único, en torno a una sola canción también única en su género, aceptando ciertos rebotes con temas de menor calado como ‘Bombas’, aunque este sí tuvo su peso en ventas. Aquel «himno generacional» sigue plagado de leyendas urbanas: decían que sus ventas se habían registrado en el libro Guinness, que El Corte Inglés en Valencia «largaba» 100 copias al día y que hubo quien persiguió el cassette de gasolinera en gasolinera, punto de venta esencial para comprender el gran éxito para el proyecto. Nada de leyenda y mucho más interesante fue el citado impacto internacional, la actuación nipona o la atención mediática acaparada en la feria Midem de Cannes, una de las más importantes del mundo para la industria de la música.

    Chimo Bayo abandonó El Templo, la discoteca desde la que dio el gran salto y que inauguro en 1990. Empezó a pinchar un fin de semana tras otro por toda España (también fue pionero en establecerse como dj de marca itinerante), trajo a sus idolatrados Front 242 a un recordado concierto en el campo de fútbol de la Pobla de Vallbona. Cumplió muchos sueños y este jueves, en Valencia, solo piensa «en disfrutar. Quiero que la gente se lo pase bien». A él lo que le hace «más ilusión en este momento es que el Ayuntamiento haya ayudado a que suceda. Pienso que, cuando hice la canción, hace tanto, mi idea era que estábamos generando cultura. Ver que ahora las instituciones se giran y reconocen lo que hicimos, que reconocen este movimiento de hedonismo y de música, para mí es muy importante».