Etiqueta: movida valenciana

  • Juan Santamaría y la modernidad irrenunciable

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado jueves falleció Juan Santamaría (Castellar, 1949) en el más injusto anonimato. Transcurridos varios días, solo Joan Oleaque ha dado cuenta de su marcha. El mismo periodista que le situó al frente de la revolución bailada valenciana (En éxtasisrecordaba que «cambió la historia de las discotecas valencianas y españolas al abrir la puerta a los sonidos bailables contemporáneos más de vanguardia. Lo hizo antes que nadie al inspirar la música de baile conocida como bacalao. Es decir, el compendio entre rock, pop, sonidos siniestros y música electrónica primigenia que arrasó Valencia de manera masiva en los 80, haciéndolo luego con España. Con ello, transformó el concepto de discoteca alejando las pistas de baile de la obligatoriedad de lo chabacano, que era lo usual. Nada que ver, por tanto, con lo que se conocería más tarde como mákina, que era una derivación reduccionista y estridente de lo que esto significó».

    El silencio mediático e institucional evidencia una de las realidades más tristes de nuestra sociedad pasada y actual: avanzado el siglo XXI, España sigue siendo incapaz de comprender cómo la música, el baile y la evasión a través de sus fórmulas constituyen un hecho cultural de primer orden. Reprimidos en pensamientos pacatos, mientras que Jeff Mills posee la distinción Oficial de las Artes y de las Letras Francesas o Laurent Garnier es Caballero de la Legión de Honor de esa misma república, Santamaría ha fallecido sin el menor reconocimiento. Ni siquiera el de un obituario en la prensa local, plagada de obituarios de extranjeros intrascendentes. Los tres citados eran dj’s. Los tres estuvieron de manera inverosímil en cada paso de puerta del clubbing en distintos lugares. Influyeron, instruyeron y crearon un modo de vida ambicioso desde el hedonismo. Sus nombres hoy resplandecen de manera desigual debido al lugar (y quizá el tiempo) en que nacieron, pero sus méritos son comparables.

    En Berlín los clubes de techno emplean a 9.000 personas, atraen a 3 millones de visitantes y estos gastan 1.480 millones de euros cada año. Están públicamente reconocidos como «expresión cultural» y tienen un espacio propio en la web del Ayuntamiento. El Gobierno local invirtió un millón de euros recientemente en las mejoras de insonorización de unos espacios –oscuros, intensos, liberadores– que, lejos de estar perseguidos, conforman uno de los principales atractivos humanos de la capital germana. Aquí, sin que nadie lo buscase, algunas discotecas durante los 70 y 80 generaron un tejido creativo en el que se fundaron las ideas de algunos de los diseñadores, modistos, actores y músicas más internacionales, pero también de maquilladoras de Almodóvar, coreógrafos, escenógrafas y hasta de una ministra de Cultura. Sin embargo, nunca nadie ha sabido hilvanar el relato desde las instituciones para premiar la profunda huella de aquel tiempo. Un activo humano que se diluye mientras condecoramos a deportistas multimillonarios.

    La vida de una cantidad de población impensable cambió gracias a las discotecas de este movimiento al que nos referimos, ¿pero hubiera sucedido sin Santamaría? Más allá de la siniestralidad, que ni perteneció en exclusiva a València ni se puede desligar de que el uso del casco o el cinturón no eran obligatorios, lo cierto es que esas personas se toparon con la modernidad a través de la música, el baile y las artes performativas. Una modernidad a la que no estaban llamados, pobladores del área metropolitana y rural de València, de vidas rutilantes y fines de semana desbordados gracias a las nuevas libertades adquiridas. Con Spotify en la mano es difícil comprender hoy cómo alguien, un joven como Santamaría, pinchaba discos inaccesibles para casi nadie en España durante seis días a la semana en Oggi. Lo que le había visto hacer a ingleses, pied noirs y americanos en Granada, Ibiza, Benidorm y Sitges, aquellas fiestas sin música lenta, a cualquier hora, donde la gente podía dormir o comer, se empezó a trasladar a València… casi por accidente.

    No fue el primer dj, pero fue el pionero. Cuando se sacó el carné de ‘montador de discos’ en Alicante, en torno a 1972, había unas 60 personas en la prueba (una sala de cine vacía con dos platos Lenco, una mes de tres canales y 20 vinilos). El régimen franquista pretendía expedir carnés a aquellos tipos de pelo largo. Regularlos de alguna forma, ya que el desarrollismo turístico exigía que se contentara musicalmente a los guiris de la Costa Blanca. Para entonces, Santamaría llevaba años devorando revistas como Melody Maker, NME o Sounds, lograba cintas piratas con las sesiones de radio de su admirado John Peel y, en definitiva, volaba a un nivel muy superior al de sus compañeros de oficio. No todos habían sido camareros y dj’s –trabajos hasta entonces indistinguibles– en las ciudades citadas, pero también en Ámsterdam o Glasgow. Ambicioso vitalista, supo que su valía pasaba por viajar a Londres constantemente para importar él mismo los discos que El Corte Inglés o los almacenes Viuda de Miguel Roca nunca traerían.

    En el aeropuerto repartía los vinilos entre el pasaje. La aduana solo permitía pasar cinco de aquellos plásticos y la gente, siempre me contó, era como él: muy amable. Se gastaba el sueldo en hacer de mula por aquella mercancía a la que ningún reportaje televisivo de los 90 le aplicó el relato del traficante. Poco después pincharía aquella colección incontenible durante seis días a la semana en Oggi («el séptimo también me pasaba, pero solo hasta la cena»). Quizá fue la anglofilia la que le llevó a enamorarse de Linda, quien se trasladaría junto a él a España y que también ‘dispuso’ a una hermana (cuñada de Juan, claro) que se convirtió en el enlace más habitual durante un buen tiempo con las últimas novedades: Santamaría pedía y la cuñada hacía de vendedora por catálogo. Ese rol se profesionalizaría años más tarde con trabajadores propios de sus tiendas de discos viviendo en Londres. Como les cuento.

    Por aquel trajín de compras acabaría siendo conocido en varios almacenes de discos en la capital de la Gran Bretaña. Cuando hoy vea a algún moderno pasearse por València con una tote bag de Rough Trade, recuerde que en ese establecimiento conocían a Juan Santamaría por su nombre. En Rough Trade, entre otras localizaciones, teníamos previsto rodar el cortometraje documental sobre su vida como dj. Una película ideada mano a mano, cuyo único impedimento hasta hace un par de meses se situaban en los límites de su extrema y admirable humildad. La humildad de un hombre que estuvo en todos y cada uno de los momentos trascendentales del camino hacia la modernidad en València a través de la música… a saber:

    Acabaría con las rumbas e impulsaría seis días de sesión con música inglesa y nuevo rock americano en Oggi, a partir de 1978; antes de que Carlos Simó lanzara Barraca y la convirtiera en ‘la Reina’ por méritos propios, Santamaría pasó unas sesiones allí (él ya pinchó en Barraca); más tarde, sería el dj elegido para idear y fundar el frustrado proyecto de Chocolate Cream (a la postre, la oscurísima Chocolate); hizo lo propio con Metrópolis y el empresariado estuvo al mismo nivel de profesionalidad que en el proyecto anterior; fundó la primera tienda especializada y enfocada a los dj’s de España (Zic Zac, junto a los hermanos Miguel y Toño Jiménez); desde aquel mostrador, impulsó el término bacalao para referirse a la llegada o posesión de mercancía fresca para los clubes. Música de cadencias bailables, pero a base rock o pop, nunca techno o mákina; Santamaría se encargó de dirigir la producción del primer remix de una canción del pop española: ‘Semilla Negra‘, de Radio Futura (Miguel Jiménez era su mánager. Otro episodio a rastrear en Londres); por nombrar solo una más de sus citas con esta historia, representó a Chimo Bayo en la Feria de la Música de Cannes de 1993 (el Midem). 

    ¿Y qué más? En el libro ¡Bacalao!, de Luis Costa, tuvimos la primera ocasión en décadas de escuchar a través de la palabra escrita cómo un hecho tras otro parecía suceder exactamente a su alrededor.  En un almuerzo con Juan la retahíla de momentos clave aumentaba hasta la inverosimilitud. Él mismo se encargaría enseguida de quitarle el valor que tuvo, porque nada de lo que hizo fue en busca de ningún reconocimiento. Al fin y al cabo, todo lo que él esperaba de la música era disfrutarla y transmitir a través de ella un desbordamiento personal. Lograr que las personas ‘se fueran’ mentalmente hasta lugares ajenos a su realidad, mucho antes de que la primera rula campara por la Ruta. Evasión, hedonismo y espacio compartido. 

    En su día a día, durante los últimos años, sus objetivos parecían también otros, como la apasionada crianza de su nieto. Pero también la música a través de internet. Hace apenas unas semanas le escuchaba una sonriente arenga contra de las playlist de Spotify. En su diaria búsqueda de nuevo material musical –no olviden que tenía 70 años–, me decía: «después de haber superado a la radiofórmula, ahora resulta que la dictadura es mucho mejor: playlist de Spotify. Patrocinadas o teledirigidas. O influenciadas por lo que ya escuchas. ¿Pero puede haber algo peor? El underground está en Soundcloud. Se escucha igual o mejor y das con canciones por las que te preguntas, ¿pero qué hace esta esta tipa subiendo aquí sus canciones sin que nadie la conozca?». Sus palabras no serían exactamente estas, pero hoy las recuerdo así. Fue de lo penúltimo que conversamos. Luego sobre algunos problemas que arrastraba desde enero y algo sobre una operación a la que enseguida quitó importancia. 

    Juan Santamaría fue dj, promotor musical, manager, socio y propietario de tiendas de discos, pero no solo eso. Durante años pensó que nunca regresaría a València. El mundo era fascinante y sucedía, casi en su totalidad, ahí fuera. Pensó que viviría en Londres, seguramente, donde cada noche sonaba la mejor música en directo y estaban sin duda las mejores tiendas de discos. Pero para cuando estuvo convencido, le pagaban demasiado haciendo los veranos como dj en Cap3000 (Benidorm; véase la foto superior). Estaban demasiado bien pagados. Por aquí sabían que nadie dispondría de igual forma aquello que era lo último fuera. Juan era el enlace soñado y de Benidorm a València solo había un paso. Llegó cuando empezaron a interesarse de verdad en la idea de club y a entender que el dj era el eje de lo que sucedía en la sala. Hoy son las estrellas del rock y así lo concebía Juan hace más de 40 años, pero hasta su llegada aquí casi todos eran camareros con cierta personalidad a la hora de hablar por el micro. Santamaría iba mucho más allá. Dio cuanto tenía e influenció a los dj’s que llegarían justo detrás de él. Es imposible encontrar entre todos ellos, entre los de los 80 y los 90, a ninguno que no recuerda a Juan como una buena persona. Un hombre bueno y humilde, agraciado por un don: la búsqueda irrenunciable y constante de la modernidad. Pese a la vida y sus complicaciones. Pese a los malos compañeros de viaje. Fue moderno por él primero, pero también por todos sus compañeros. Fue moderno porque le dio la gana, pero fue moderno por todos nosotros. Más de lo que lo seremos. 

    La modernidad en València fue irrenunciable gracias a Juan Santamaría. Hasta la fecha y pese a muchos, València a veces es moderna y sin que haga falta que nadie se lo reconozca, es gracias a Juan Santamaría.

  • Oggi, 1978: 40 años de la discoteca y el momento que desencadenó la Ruta

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En la búsqueda de una historia para la Ruta, hay dos tendencias marcadas a la hora de fechar el movimiento. La primera disocia lo ocurrido a partir de 1990 de lo anterior. Otra, en la que abundan los dos trabajos bibliográficos de referencia (En Éxtasis, de Joan M. Oleaque, y ¡Bacalao!, de Luis Costa), entiende que el fenómeno no se puede comprender sin sus etapas anteriores. De alguna forma, estos dos libros y la hemeroteca también reunida en la serie documental València Destroy: la historia no contada de la Ruta del Bakalo contemplan que no existe un hito determinante para separar uno y otro mundo, sino que es la evolución –degeneración por masificación– la que tuerce el relato. Una torcedura de facturación millonaria, pero de consecuencias todavía latentes en la marca València, las leyes de seguridad ciudadana del Estado y el clubbing en España.

    Esa historia construida en la distancia tiene su prehistoria y, como sucede con todo relato coral, encuentra sus reliquias en muy distintos sitios. Casi todos ellos, en la capital, aunque lo mejor del movimiento sucediera algo más tarde a 35 kilómetros al Sur (Barraca y Chocolate) o en su poco reivindicada versión al Norte: Espiral. En esa prehistoria, se habla de locales que eran clausurados por la policía por razones tan peregrinas como no tener sillas en las que sentarse. Nuevas realidades «indecorosas» como las de Capsa 13, o locales en los que un nuevo público no sabía ‘si iba o venía’ a ojos del control policial del Régimen: Studio, Christopher Lee (todavía abierto), Crack… 

    Sin embargo, el rasgo sociológico que parece marcar la diferencia se encuentra en una ruptura generacional: los usuarios de aquellos locales ya no querían oír a más cançó. De algún modo, sus inminentes protagonistas daban por hecho el cambio. Querían romper con el pasado y con ‘el rollo’ de sus hermanos mayores. Querían dar rienda suelta a un hedonismo no premeditado, pero que necesitaba explorar con fruición las nuevas libertades adquiridas. Les decían que eran libres y no sentían ninguna hipoteca con el pasado más inmediato como para evitar divertirse influidos por todo lo que supiera a modernidad exterior. Por eso, para encontrar la reliquia, habría que buscar un club no anterior a 1976. De manera fortuita, como casi todo en este relato, bastó con esperar unos meses, hasta 1977, para que la vida de un trotamundos se cruzara con la ansiada modernidad valenciana.

    El advenimiento del dj

    Juan Santamaría frisaba los 30 años cuando dio con sus huesos en Oggi, el club apócrifo en el origen de la Ruta situado en la calle Maestro Gozalbo número 20, en València. Para entonces ya había vivido varias vidas, casi todas ellas relacionadas con la música y lejos de su Castellar natal. Logró convencer a sus padres para hacer el Bachiller en casa de una familia conocida en Poitiers, Francia, y nada más volver siguió con su búsqueda de oxígeno exterior. Empezó por evadirse a través del turismo al trabajar en Granada, Ibiza y Sitges. Especialmente en Ibiza, en los chalés de los hippies americanos, fue consciente de cómo la música pinchada no tenía porqué ser un hecho exclusivo del club. Descubrió que todo el mundo entraba y «bebía, dormía, comía y seguía» allí durante horas. No había control de acceso y no había VIPS ni clases (uno de los hechos cruciales de la Ruta, dinamitado en los 90 en su sentido más contrario). Lo mejor no sucedía siempre de noche, sino al amanecer o durante el día. Y el eje de todo aquello era la música, más bien blanca, aunque de eso hablaremos más tarde.

    Antes de Oggi

    Antes de que Santamaría llegase a Oggi, en València, el concepto del dj ya se había extendido por España. Con especial arraigo en todas las zonas de costa, aceleradas por el desarrollismo y por la sana contaminación de los turistas extranjeros que las iban poblando, la figura del pinchadiscos se iba asentando mientras el dj de Castellar seguía su periplo de experiencias por Europa. Trabajó limpiando en Àmsterdam y hasta estuvo casado en Escocia, donde pinchó en un pub, como en Londres. Su camino parecía tener mucho que ver con permanecer lejos de un origen que tampoco le llamaba la atención en aquel momento, pese a los aires de cambio. Pero cada vez que volvía acababa pasando algunas semanas o meses al frente de las cabinas del momento en València. Entre otras, en San Francisco, que mucho más tarde sería Spook Factory, y donde ya aplicó muy inicialmente la idea de importar fiestas con locales de la ciudad y marcas de moda. Por primera vez, allí ya se enfrentó al funky totalizador de la época.

    Más acusado sería su paso por Cap 3000, la mitificable discocoteca de Benidorm que tenía entre sus relaciones públicas a Tony Leblanc o José Legrá (más tarde, Ku Benidorm). Bandas extranjeras y estrellas pop españolas actuaban en aquel local donde el pop británico y el rock americano eran dispuestos por Santamaría. Y aunque este trataba de regresar una y otra vez a Londres, en aquel momento ya separado de su primera mujer y conectado a Linda, su todavía actual pareja, en Cap 3000 siempre le convencían para pasar la temporada de verano. El dj valenciano, que más tarde sería productor y hasta manager, empezó a considerar la opción de trabajar en su tierra. Le pagaban generosamente porque, de alguna manera, la modernidad que él importaba por su relación con el exterior, era imposible de rastrear entre el material humano autóctono.

    Después de Oggi

    En 1977, de manera fortuita una vez más, llegó a Oggi. Linda todavía estaba en Londres terminando sus estudios, pero como insiste Santamaría, le pagaban demasiado en València y algo más que eso: «me ofrecieron ser un dj fijo en un club. Eso me llamaba mucho la atención y quería vivirlo«. Durante algo más de tres años, su calendario laboral pasó a ser de seis días a la semana («y el séptimo, que descansaba, también me pasaba por allí»). Linda se convirtió en el cordón umbilical de esa modernidad con los envíos cada semana de material de importación. El dj de este club situado en el Ensanche de València llevaba años suscrito a Melody Maker, NME Sounds. Escuchaba con asiduidad los programas del periodista –y también dj– John Peel: «me gustaba muchísimo porque pinchaba sin distinción de estilos, siempre que aquello que pusiera fuera diferente a lo que habíamos oído hasta entonces». 

    Santamaría, influidísimo por Londres y por Peel, llegó a Oggi con cierto halo de estrella. Pero los comienzos no fueron fáciles: «recuerdo a ‘el tirantes’, un tío un poco fachoso del lugar; uno más. Un día al empezar, estaba pinchando, y, como otros, me silbaba. Bajé la música y le pregunté que si me estaba silbando porque le gustaba la canción o porque quería protestar. Nos hicimos muy amigos luego, pero yo les decía: ¿has escuchado esta canción? ¿A que no? Pues déjate llevar. Escúchala. Luego te la vuelvo a poner, a ver si te gusta más». Insistió en importar música que aparentemente no se podía bailar, y así sonaba Fleetwood Mac, Jimi Hendrix y hasta Tangerine Dream, aunque hacer una selección es arbitrario por la eclecticidad que aportaba en aquel momento.

    Oggi atrajo a cierta cantidad de público por un par de hechos tecnológicos del momento: tenía un láser primigenio –toda una sensación de modernidad en la València setentera– y contaba con una pista giratoria (cuentan que cuando se atrancaba, provocaba caídas en masa). La pastilla que giraba se mantuvo durante las siguientes denominaciones y propiedades de Oggi, pero no en activo. Nou Café Concert (NCC) y Un Sur fueron los locales que le sucedieron, donde actuaron infinidad de grupos. Entre otros hitos de la música en directo que ahora no viene al caso, en aquella sala para unas 400 personas (que doblaba aforo ante la ausencia de normas y la mayor ausencia del rigor policial de la época) se grabó el primer directo de Seguridad Social: ‘En desconcierto‘. 

    Pero antes de ver pasar por la zona pija de València a directos como Parálisis Permanente, Oggi fue el club seminal para la Ruta por algunos motivos distinguidos: 

    1. Rompió con la música negra. El funky lo invadía todo, con una segunda línea de interés comercial por lo que llegaba desde el pop lánguido italiano. A Santamaría esto le interesaba nada y salvo alguna canción del ‘padre’, James Brown, su influencia británica le hacía estar muy próximo a la ‘música blanca’. Música de cadencias bailables y síncopas, pero interpretada habitualmente por blancos.

    2. Alimentó por igual a las muy diferentes tribus urbanas, sin distinción de clase o procedencia. Otro rasgo de calado en el origen de la Ruta y que hizo convivir a mods, rockers, punks y, enseguida, nuevos románticos. Santamaría disponía eclecticidad e irreverencia, pero sobre todo era consciente de su oficio (se sacó el carné de «montador de discos», nomenclatura del Régimen para el dj, en 1972, en un cine de Alicante).

    3. Las sesiones eran interminables. Horas y horas que, cabe recordar, todavía se veían interrumpidas por el lento. Esa institución heteropatriarcal se rompería definitivamente con Carlos Simó en Barraca, pero como admiten tanto Santamaría como Simó, de alguna manera aquello empezó en Oggi. Santamaría aprovechaba la exigencia empresarial del lento para poner a Beatles o al ya citado Jimi Hendrix (‘Hey Joy’).

    4. Oggi se convirtió de manera también apócrifa en la primera casa de importación de música. Los viajes constantes de Santamaría a Londres –para ver a Linda– o de Linda para estar con Juan, servían desde hacía tiempo para ‘traficar’ con música independiente británica de importación. «Solo se podían pasar cinco vinilos por cada pasajero, así que antes de que llegara el avión me ponía a repartir bolsitas. La gente era muy amable y te los pasaba. Luego salía el primero y los recogía. Me preguntaban que dónde pinchaba y algunos hasta venían a verme». La importación siguió incluso con Linda ya en València, basada en las recomendaciones de Peel y las revistas favoritas de Santamaría, con la hermana de Linda como remitente constante de lo último de la nueva ola británica.

    5.  Por este motivo, como sucedería en los ya citados templos fundacionales (Barraca, Chocolate y Espiral), la discoteca se convierte en la biblioteca pagana del pueblo. Una biblioteca hedonista, porque musicalmente ha roto con las implicaciones políticas. Pero allí se dispone una música nueva y moderna, de manera constante, que de ninguna manera nadie se puede permitir en casa. El dj, en gran medida, después de haber dejado de ser un camarero venido a más o un gestor de sala, adquiere con Santamaría en València ese papel como chamán de la noche.

    6. De la noche y de las noches, una tras otra (imagínense ahora), lo cual genera una clientela constante y creciente. En Oggi, oficialmente hasta las tres de la mañana. No sin conflictos vecinales, siete días a la semana. Conflictos muy distintos a la tranquila situación que muestra ahora el local y el entorno. La confluencia de tribus urbanas y las nuevas libertades vivían esa convulsión entre la anomia y el disfrute. Santamaría pasaba allí una noche tras otra, lo que también le permitió experimentar y tener horas de vuelo.

    7.De manera incipiente, los hay que ya otorgan un papel crucial a los relaciones públicas de la sala. En gran medida, sus propios trabajadores y el mismo Santamaría que sabía que relacionarse con diurnidad y otros ritmos revertía en la noche. Pese a situarse en un barrio acomodado de la ciudad, Santamaría logra a través de la música y de su actitud que el club no sea elitista. Es algo que acabaría importante en su paso efímero pero influyente por Barraca, Chocolate Cream y Metrópolis.

    8. Aunque no acabó del todo con el lento –que si extinguiría Simó en Barraca (Simó acudiría a la sala a escuchar la música de Santamaría durante horas)–, si acabó con ‘las rumbas’ («y con la música de Los 40 Principales», añadiría él). La otra institución oficial de las discotecas en España incluía un rato de ‘rumbas’ con el que Santamaría no transigía. Aun pareciendo un gesto menor, sirvió para redondear la idea de una sesión continua.

    9. Santamaría, bien remunerado, trabajó de manera independiente. Siempre con la sensación de que estaba de paso y que seguiría hacia otro lugar. Aunque más tarde el local cogería mucho carácter con los conciertos, con Santamaría parecía que el dj era más que suficiente como para llenar la sala y tener todo un discurso. Esa idea de club arraigado a un dj con tanto nombre en València también fue seminal.

    10. Aunque llegó en 1977, Santamaría vivió un inicio hostil derivado de las expectativas y de una falta de entendimiento inicial con el público. No fue hasta 1978 cuando su idea de club y un estilo marcado, muy distinto a todas las demás discotecas de la ciudad, se asentó y explotó. Y ya no hubo quien lo descabalgara del interés de aquellos días, donde los Alaska, Miguel Bosé o Francis Montesinos, entre tantos, pasaban asiduamente por allí.

    El inicio de otras historias

    A Santamaría le convencieron para dar el salto a una gran discoteca de nueva construcción: Chocolate Cream. Asentada en un antiguo secadero de arroz, en Sueca, pretendía albergar aún más modernidad en un espacio grande y junto a una zona turística como la que se comprende entre El Perelló y el Mareny Blau. Tenía forma de tarta gigante de chocolate, pero como tantos proyectos se quedó a medias (convirtiendo en una especie de Haloween eterno que capitalizaría ‘El Gitano’). Él aguantó unos meses en los que convivió –a 200 metros de distancia– con la relevante llegada de Simó a la cabina de Barraca. Unos meses de sincronía donde, según Santamaría, sus discos también viajaban a Barraca para que Carlos pinchara algunas novedades durante las primeras horas de la sesión. Santamaría estará en todos los pasos de puerta del fenómeno: le pondrá el nombre al Bacalao (con C), participará como productor en Londres del primer remix de una canción pop española (‘Semilla Negra’, de Radio Futura), antes habrá abierto con los hermanos Jiménez la tienda de discos para dj’s ‘Zic Zac’ y hasta acompañará a Chimo Bayo a la feria de la música de Cannes (Mimed) en 1993. 

    Oggi por su parte se reconvertiría hacia la música en directo, aunque sin abandonar la idea de club. Nunca llegó a tener un dj que aplicara en tan poco tiempo tantas novedades y que ejerciera de icono como para atraer a los interesados en la música, más allá de todo el acting social y relacional que gira en torno a cualquier discoteca. Santamaría, entre sus muchas aportaciones, llegó a lograr que los hombres bailaran con algo que no fuese funky. Y lo hizo antes de que drogas de cierto calado hicieran su tímida aparición, solo a través de los platos importados una semana tras otra desde Inglaterra. Oleaque, el periodista gracias al cual su existencia está anidada al relato, está convencido que sin Oggi la historia hubiera sido muy distinta (y quizá hubiera llegado, como casi cualquier otra cosa después, tan tarde como a cualquier otra ciudad de España).