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  • J.R. Seguí: “El drama de la política cultural es la ausencia de proyecto y la destrucción de lo anterior”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    José Ricardo Seguí estudió filología y empresariales, pero es conocido como periodista cultural. Además, ha sido becado por la Fundación Shakespeare y por la German Marshall Found of United States para la formación de periodistas. Por eso, si alguien le considera maestro, más allá de lo escrito durante los últimos 35 años, tiene argumentos fundados. Ha sido, indistintamente, autor de los magacines No tocar y Barraca Magazine, colaborador de La Vanguardia, El Mundo o Popular 1. Ha escrito, coescrito o participado en la publicación de una docena de libros, ha ideado y proyectado exposiciones y encuentros de arte, ha sido miembro de una infinidad de jurados en concursos de muy distintas disciplinas, ha participado como moderador y ponente en otra infinidad de congresos y atesora algunos premios que dan cuenta de su intensa trayectoria.

    Sin embargo, a “J.R. Seguí” se le reconoce por este firma a lo largo de tres décadas en Levante EMV. Durante la segunda mitad de ese periodo, fue jefe de Cultura, editorialista y otras tantas labores en este periódico. Rutinas diarias que compaginó con algún proyecto institucional, como Les Mogudes de la Dipu o el Circuit Rock. Al inicio de su trayectoria hizo un paréntesis para abrir uno de los clubs de conciertos más recordados de València: Garage. Fue promotor de algunos de los directos internacionales más inesperados de la ciudad, aunque no tardó mucho en volver a ejercer como plumilla. Y aquí sigue, como columnista de Valencia Plaza y colaborador habitual de la revista Plaza. Aunque su bagaje es extenso, esta es una aproximación a su visión actual del oficio de periodista cultural y lo que le rodea.

    -¿De padres periodistas?
     -No.

    -Filólogo, pero periodista cultural. ¿Cómo surgió la oportunidad?
     -Estudié filología. Durante mi etapa universitaria inicié la publicación de un fanzine con cuatro amigos. A uno le gustaba la música, al otro el cómic, otro que escribía bien, otro pintaba bien… Se llamó No tocar y solo tuvo dos números. Hablábamos de literatura, arte, tebeos, ilustración… Uno de los dueños de Barraca lo vio y me pidió hacer un fanzine para ellos. Era el mismo rollo, blanco y negro offset, pero con más recursos. Con aquello me planté en Noticias al Día, donde resulta que estaba Abelardo Muñoz al frente de Cultura. Me sonaba de algo, porque era mi vecino. Me compró algún artículo para el suplemento y ya me enganché a publicar allí. Cuando me di cuenta, estaba dentro, mientras seguía estudiando. Abelardo me enseñó el Nuevo Periodismo, me orientó y fue mi primer maestro.

    Noticias al Día y Qué y Dónde, para los que trabajaste, destacaron bastante en la información cultural de los 80.
     
    -Eran los medios progres del momento en València junto a la Cartelera Turia. Allí publicaba de todo: crónicas de conciertos, reportajes, artículos de opinión. Me pedían muchas cosas, sobre todo en torno a la ‘movida valenciana’, que era donde tenía más relaciones.

    -¿Qué disciplinas artísticas eran las que más te atraían?
     -Todo lo que tuviera que ver con la música y el cómic. También la literatura, creo, pero no me pedían nada de eso. Total, que sin darme cuenta me había hecho un buen book de artículos. Me fui a Levante, les enseñé lo que hacía y me ficharon. Todo esto siempre como freelance.

    -Tu marca tenía mucho que ver con estar conectado a los Carlos Simó, Vicente Mañó…
     -Es que nadie estaba cubriendo ese ámbito en los periódicos. En Levante EMV supieron verlo. Estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno. Mis espacios naturales de ser joven y disfrutar eran Planta Baja, Gasolinera, Barro y Pyjamarama… Seguía estudiando y para mí era casi una diversión. Sin darme cuenta, me convierto en ‘el chiquito’ que está en esos sitios, pero lo cuenta en un periódico. Porque otros sí lo hacen para otros medios, como Rafa Cervera, que además de en su fanzine Estricnina, empieza a estar aquí o allá. Más tarde, porque te hablo de mediados de los 80 o un poco antes, está Jorge Albi en la radio y tal.

    -Pero tu carrera como periodista cultural se interrumpe momentáneamente: te conviertes en el promotor de Garage.
     
    -‘Napo’ Beltrán me ofrece irme a Arena Auditorium, al grupo, para montar Garage. La relación es interesante, porque como otras veces, nace de que les doy una hostia por no dejarme entrar a un concierto. Ere el concierto de los Psychedelic Furs, pero aquello estaba hasta arriba, yo iba con el fotógrafo de Levante a hacer mi reportaje y resulta que no me dejan pasar. Pues hale, una hostia a cuatro columnas. Total, que discutimos, pero eso hace que hablemos. Nos disculpamos y me propone montar Garage poco después.

    -Garage se convierte, tras Arena, en la otra sala trascendental en València para conciertos internacionales. ¿Qué edad tenías? ¿Quién estaba contigo?
     
    -Tendría 25 o 26 años, porque abre en el 87. Emilio Ruiz se encargaba de la parte de promotor y gestor y yo me llevo a Remi Carreres (bajista y compositor en Glamour y Comité Cisne). Está trabajando conmigo porque necesitaba más brazos y Remi, con quien me llevaba genial, pensaba como yo. Para currar, mejor tener a alguien que, oye, ya que vamos a hacer conciertos, quiera ver a los mismos grupos que tú y se implique. Hacía su labor de relaciones públicas de forma natural, compartíamos mucha música. Emilio ha sido para mí un referente, una auténtica máquina de trabajar y trascendental para la música en València en aquel momento.

    -¿Por qué funcionó tan bien?
     
    -La idea era crear un club al estilo británico. Un club de nueva cultura para València, con mucha personalidad. Nos mirábamos en el Marquee, en The Haçienda, en el Astoria Theatre. Y eso pasaba, en gran medida, porque aquí también actuaran los mejores grupos británicos.

    -¿Cómo conseguisteis que vinieran? ¿Quién hace de enlace con Londres o Manchester?
     
    -Nosotros hacemos una lista con las 50 bandas que queremos que vengan a tocar a Garage. Esa lista se la damos a Robert Mills, ‘El inidio’, un tipo que ahora vive en Barcelona, pero que hace de enlace con Reino Unido. Cuando la ve, flipa. Flipa porque ve que es coherente y que entiende lo que queremos traer. No era tan difícil de entender la lista, porque nosotros leíamos Melody Maker o NME, comprábamos ese tipo de discos. Emilio, Remi y yo queríamos ver a esos grupos y Robert podía traerlos. Además de eso, también había propuestas de promotores locales.

    -Y bandas locales.
     -Esa era otra pata fundamental. Queríamos que los grupos locales actuaran en buenas condiciones. Yo estuve un año, pero durante ese tiempo, todos los grupos locales cobraron su caché, tuvieron su camerino, su backline y su catering.

    -¿Qué bandas que pasaran por Garage te vienen a la cabeza casi sin pensar?
     
    -A Certain Ratio, Jazz Butcher, Dream Syndicate, The Replacements, Flesh For Lulu, La Resistencia, Seguridad Social, Inhibidos Quizás, Falsa Pasión… Me vienen a la cabeza con facilidad porque guardo los carteles todavía.

    -¿Está justificada la nostalgia feliz de aquel tiempo en València?
     
    -A ver, hay que entender el contexto. Aquí todo era novedad. En València, en los 80, hicieras lo que hicieras, todo era nuevo porque veníamos de la nada. No hubo un plan. Fuimos jóvenes y nos divertimos. La magia del momento, la potencialidad del asunto, tiene que ver con eso. Nadie pensó que fuera a cambiar el mundo. Hacíamos lo que nos daba la gana y eso era mucho. Te daba alas a tener una actitud de decir, pam, traigo a A Certain Ratio. Por qué no. Unos hacían conciertos, otros cómics, otros fanzines… Lo importante era que podíamos hacer lo que nos diera la gana.

    -Pero vuelves a Levante. ¿Te quema la noche?
     
    -Me mata. La noche no es para todos. Una cosa es un concierto, un fin de semana o tres. Aguanté un año en Garage. Alguien de Levante me dijo que me dejara caer. El director, que entonces era Ferran Belda y ahora es amigo íntimo, me dijo, ‘que sepas que te doy un contrato de seis meses porque no confío en ti’. Cuando se acabaron los seis meses me hicieron indefinido y allí estuve hasta abril de 2015. Belda acabó siendo otro referente y un gran maestro para mí.

    -Me han dicho que la alineación de esa redacción de Cultura en Levante era de alto voltaje.
     
    -El redactor jefe era José Vicente Aleixandre y luego estábamos Xuso Civera y Ventura Melià, con los que he trabajado casi 30 años. Nunca he tenido diferencias con ellos. Ni siquiera separamos las disciplinas. Y estábamos estupendamente. Fue un equipo inigualable que diría que dejó una huella en el periodismo cultural valenciano. Aprovecho para decir que, siendo el último en llegar, cobraba más de lo que cobra ahora un redactor en cualquier sección. Uno que acabe de llegar. Se cobraba más, considerablemente, mientras que la vivienda y la cerveza eran bastante más baratas que hoy.

     -¿La competencia con Las Provincias ya era fuerte?
     
    -Era durísima. Como te he dicho, estuve en el momento adecuado en el momento oportuno, porque la generación de Levante quería quitarse el estigma de haber sido prensa del Movimiento. Eran todos muy jóvenes y querían convertirse en lo que ya eran, en el diario progre, muy próximo a la ciudad, muy independiente. Era un diario muy de su tiempo. Y aunque la competencia periodística era sana, entre los periodistas era sana, la de las cabeceras era durísima.

    -Antes de adentrarnos en los 90, ¿por qué fue tan fructífera esa etapa en la creación de políticas culturales? ¿Por qué trasciende tanto?
     
    -Por lo que te decía: no había nada, todo se hace. Y hay criterio. Ciprià Ciscar sabe rodearse de gente interesante. Sabe escuchar, que es poner en práctica lo que la gente inteligente que te rodea te dice, no escuchar para no hacer nada. Se rodea de gente importante en el teatro, en el cine, como Muñoz Suay. Y el gasto, lejos de lo que se piensa, está muy racionalizado. El IVAM no es caro. A mí me parece que sale baratísimo. Las cosas salen baratas cuando sabes lo que quieres hacer.

    -Hagamos historia comparada. ¿Cuál es la diferencia con el momento actual?
     
    -Que ahora hay gestores, pero no hay proyecto. No hay políticas. Los 80 salen beneficiados porque suponen un tiempo de iniciación, de creación. Todo es bienvenido y hay entendimiento con la sociedad, hay viento favorable desde el periodismo, sin tener por ello que abandonar la crítica.

    -Que la sociedad esté por la labor de modernizar, de dejarse atraer por los impactos culturales, seguramente da alasEl caso del IVAM es paradigmático por su consenso social… [interrumpe].
     
    -…¡pero no político! De un lado estaba Tomas Llorens, que quiere crear el Institut Valencià d’Art Modern. De otro lado, Aguilera Cerni, que quiere crear el Institut d’Art Modern Valencià. El detalle era mayúsculo. Pero Llorens venía rodeado de gente como Alfaro, Genovés, Mompó o Arroyo. Vino con todos los pesos pesados y se logra que el IVAM sea un referente del arte contemporáneo para Europa, el primero en España al que imitaría el resto. De haber optado por un museo sobre arte valenciano, ¿de qué estaríamos hablando hoy al hablar del IAMV?

    -Gracias a la ‘movida valenciana’, a sus conciertos internacionales o al IVAM, que un periodista cultural valenciano interaccionara con artistas extranjeros era una cosa natural. ¿Qué entrevistas te pasan por la cabeza?
     
    -De no ser por el IVAM, no hubiera entrevistado a figuras del arte importantes en cada momento. Por supuesto. Me pasan tantos por la cabeza… Pero bueno, con la música, otro tanto. Mi sensación es que he entrevistado a miles de personas. Me vienen a la cabeza Jim Kerr, Siouxsie Sioux, Eric Burdon. Con Alan Vega me he ido por ahí, con Depeche Mode, además de irnos de fiesta, les enseñé la ciudad. Vestidos de cuero de arriba abajo, llamaban un poquito la atención por Colón. Me lo pasé muy bien comiendo con Echo & the Bunnymen en una pizzería de Convento Jersualén.

    -Los Carlos Simó, Vicente Mañó y otros actuaban desde la empresa privada. ¿Qué nombres crees tú que desde lo privado fueron fundamentales para aquella efervescencia?
     
    -Simó en la noche, Mañó con conciertos, pero también Rodolf Sirera para el teatro, Carles Mira… En el arte, Miquel Navarro, Carmen Calvo, Sanleón, Morea…; en la moda, Montesinos y los Mariscal…; en el cómic, Daniel Torres, Micharmut, Sento Llobell, Mique Beltrán… En cada disciplina había un ramillete de nuevos creadores que hoy son lo que son. Y allí estaban. O sea, aquí, en València. Creando todos a la vez.

    -En la nada. ¿Qué había antes?
     
    -A nivel asociativo, que es importante, había cuatro cosas. La Sociedad Filarmónica, el Ateneo Mercantil, el San Pío V que era un desastre, la Academia de Bellas Artes de San Carlos y poco más. Si eres político y progresista y llegas a aquel páramo, pues, claro, haces cosas. Haces tu plan urbanístico, haces el IVAM, recuperas a todos los niveles el Centre del Carme, logras la ampliación del San Pío…

    -¿Y para que la ciudad se activase tanto, crees que pudo tener algo que ver que su alcalde tuviera 34 años?
     
    -Bueno, sin duda. Sin duda es importante. Se nota. Se ponen muchas cosas en marcha a la vez desde el Ayuntamiento. Se entra en el plan estatal de auditorios, pero no solo eso, porque se crea la Trobada de Música del Mediterrani, la Mostra de Cinema, el Encontré d’Escriptors, se intenta crear una Universidad al respecto…

    -La ansiada capitalidad cultural mediterránea. ¿Por qué esta línea?
     
    -Porque València no era nada a nivel internacional y tenía todo el sentido ocupar ese lugar. ¡Ves, no? Había un proyecto. Íbamos a eso. Teníamos que conseguir eso.

    -Era ambicioso, pero quizá había vientos favorables teniendo en cuenta que en el Estado, la Generalitat y hasta en la Diputación había mayorías absolutas del mismo partido que gobernaba la ciudad.
    -Sí y no, ojo. Que en los gobiernos valencianos, los representantes eran de tres familias distintas. Aquí estaban los lermistas, los ciscaristas y los asuncionistas. Pero había un pacto de no agresión. De ninguna agresión. Y, bueno, sí, es cierto. Había colaboración. La Diputación hace un número de cesiones, de la Sala Parlalló al Principal, que son muy importantes luego para todos. Hay cordialidad.

    -Ahora los gobiernos valencianos también están alineados, si es que esa alineación se debe regir por una cuestión de partidos.
     -El problema ahora es otro. Son otros problemas. No hay proyecto, insisto. Creo que me van a leer varias veces esto la entrevista, pero es que no hay proyecto. El conflicto, el drama de la política cultural valenciana, es la ausencia de proyecto. Y la destrucción de lo hecho por el anterior.

    Desarrolle esta última parte de su teoría.
    -La capitalidad cultural del Mediterráneo nos situaba en un contexto global. València tenía que ser referente en algo y el espacio estaba descubierto. Teníamos razones históricas y patrimoniales para aspirar, pero sobre todo voluntad política. ¿Por qué se desdibuja por el camino? ¿Por qué nos quedamos a mitad? Por cuestiones políticas. Porque cuando hay un cambio de gobierno, el que llega, ha de arrasar con lo que se haya hecho.

    -¿Y no te parece que esto es todavía más evidente en el caso de la Cultura? 
     -Es especialmente sensible, puede ser. Pero es que son visiones del mundo muy diferentes. Pero es grave, ¿eh? Es grave. Porque el Palau de la Música es el Palau de la Música, sea quien sea su responsable. No puede ser una verbena. El Prado, lo dirija quien lo dirija, es El Prado. Las instituciones culturales funcionan si tienen claro su objetivo.

    -En las artes plásticas y en las escénicas, hay una queja latente y otra constante sobre la fórmula de gestión a través de comisiones. Es decir, la de los nuevos directores que, gestionando tras ser elegidos por concurso público, sacan también a concurso buena parte de las exposiciones e incluso de la programación. Rodolf Sirera, por poner un ejemplo de alguien que ya ha salido en la conversación, se queja de que no haya responsables al frente de las instituciones que firmen la programación y de que una buena parte de las nuevas estrategias se diluya en comisiones.
     
    -Bueno, pero eso es otra cosa. Eso es clientelismo. Es la forma de quedar bien con mucha gente y, a la vez, no complicarte la vida. El Centre del Carme, por poner un ejemplo que supongo está en entredicho por lo que dices, funciona de maravilla. Va mucha gente. Ahora, no tengo ni idea de cuál es su línea. No sé qué hace, pero va mucha gente y, ojo, eso es positivo. Lo lógico es que si alguien cobra un sueldo por ser el responsable de un centro, tenga una línea y tome decisiones en su nombre. Porque así puede ser evaluado y podemos calcular su eficiencia. Objetivos y planes conocidos, y decisiones a menor escala, tangibles. Si se diluye en comisiones que eligen exposiciones, líneas… Es imposible evaluar y es imposible que un espacio tenga una repercusión que trascienda lo inmediato de cada sarao, de cada inauguración, de cada ‘evento cultural’. Pero bueno, que si quieres hablamos de esos concursos públicos, porque lo de los cargos públicos elegidos sin injerencia es mentira. Están influidos, y ya está. Hay que decirlo. Se influyen desde las comisiones, desde decisiones de todo tipo, desde baremos a puntuaciones. No son concursos ‘libres de carga’. ¿Y cómo lo sabemos? Pues porque no están los mejores en los sitios donde deberían estar. Si quieres te pregunto a ti por À Punt en ese sentido…

    «EN LOS ÚLTIMOS CUATRO AÑOS SOLO LEO PLANES, PERO NO VEO OBJETIVOS. Y MUCHO MENOS RESULTADOS, CLARO».

    -(río) Las preguntas las hago yo, si me dejas.
     
    -Mira, a mí la línea de (José Miguel G.) Cortés me puede gustar más o menos. Me puede parecer bien o mal, pero sé cuál es. Sé a dónde va. Veo cuáles son sus sensibilidades, como interpreta los recursos que tiene el IVAM y, a partir de ahí, le evalúo. Ya te digo que me puede gustar más o menos. Cuando han pasado por el Rialto los Tordera, Morera o Zamora, he sabido qué querían. He comprendido qué hacían y su estrategia estaba clara. En los últimos cuatro años solo leo planes, pero no veo objetivos. Y mucho menos resultados, claro.

    -Planes, estrategias, objetivos. Habrá quien piense que la distancia para que haya cambios es solo una cuestión de palabras.

    -Pues habrá que explicar que esa no es la diferencia. Yo los planes los hago el fin de semana o en verano. Digo, voy allí o voy allá. A lo mejor al final no voy allí, pero tengo el plan hecho. Ahora bien, si digo: este es mi objetivo. Tengo claro que me he comprometido con ello. La gestión pública es compleja, no lo niego, pero aquí lo que veo es mucha falta de espenta. Si es que yo tengo algo que decir, que lo digo porque tú me preguntas, digo que no he entendido la política cultural de este gobierno actual. Del valenciano. Y la prueba, creo, está en que ahora están saliendo las voces críticas. Las voces que han estado cuatro años calladas, a la espera, supongo. Pero no va más.

    -¿Va a ser una legislatura complicada?
     
    -Muy complicada. ¿Tú cómo la ves?


    -¿Las preguntas las sigo haciendo yo?
     
    -…también es cierto que somos herederos de un pasado sin el menor criterio. Vivimos en una ciudad que ha hecho gestión cultural sin criterio. Mira, ¿tú sabes por qué se hace el Palau de les Arts?

    -Para que el Gobierno de Zaplana tuviera uno o varios edificios de ideación propia y algo tan grande y costoso como la Ciudad de las Artes y las Ciencias no trascendiera como un legado lermista, que lo es.
     
    -No es eso. Mira, ahí iban las Torres de Comunicaciones. Las torres de Calatrava, que son parecidas a las que hay ahora en Malmö (Suecia). El PP quiere parar el proyecto de estos rascacielos, pero Calatrava, al parecer, amenaza con demandarles, con los cimientos ya hechos. Entre tanto, Olivas dice de hacer allí una fuente. Un chorrito allí, con los cimientos ya hechos. Sobre la marcha, un conseller narra que se va a Suiza a ver a Calatrava. Y Calatrava le pinta una acuarela y le dice, ¿te gusta? Y el conseller, me cuenta que dice, sí. Se la firma y dice, toma, para ti. Y el conseller vuelve con las acuarelas, según me ha contado. Y aquella acuarela tan bonita resulta que era, finalmente, un teatro de ópera. Pero que fuera para una ópera o para un teatro de danza contemporánea o para lo que fuera ya se decidiría más tarde.

    -¿Quieres decir que los edificios se proyectaban sin tener definidos su uso?
     
    -Se dibujaban, sí. ¿A ti el museo de las Ciencias, qué te parece? ¿No te parece un aeropuerto? ¿No te parece una galería de cristal a la que se engancha los fingers (los brazos que conectan el embarque con los aviones)? Porque a lo mejor resulta que aquel edificio era para un aeropuerto, pero bueno, luego resulta que va allí en medio. Me dicen que cuando llegó Zubin Mehta a Les Arts le preguntó al arquitecto que dónde estaba el foso para la orquesta de la ópera. ¡Zubin Mehta, que no podías haber fichado a nadie más prestigioso ni más caro para dirigir una ópera! El arquitecto le señaló dónde iba supuestamente la orquesta y Zubin Mehta le dijo que, efectivamente, allí no cabían ni 40 personas, mientras que en la orquesta tenían que entrar unas 100 con sus instrumentos. Y así se hacía todo. Sobre la marcha. Que es el único teatro de ópera al que se accede por detrás, que tienes que cruzar el edificio para poder entrar, algo que se desconoce si existe una cosa más surrealista en el mundo. ¿Y cuánto dinero costó ese proyecto, pregunto?

    -Has cogido carrerilla con lo de preguntar. Me suena que unos 300 millones de euros.
     
    -400. Solo los bajos donde ahora está Berklee costaron 95 millones de euros, según me aseguran las fuentes de su gestión económica. ¡Unos bajos! El lateral del edificio costó 95 millones de euros. No puedo cuestionar que València tenga una ópera, pero cuestiono qué sucede cuando no hay proyectos públicos. Nadie sabía que aquel bajo iba a costar 95 millones de euros. Nadie sabía que Les Arts costaría 400 millones de euros. Hubiera sido inasumible, pero entonces se valía no saber a dónde se iba, qué se hacía. Ahora tampoco se sabe, por diferente motivo.

    -Ya que te has puesto a cuestionar y que hablamos de orquestas. ¿Tiene sentido que una ciudad, con los recursos económicos que tiene València, tenga dos orquestas?
     
    -No. Obviamente, lo cuestiono. Y no tenemos dos, tenemos tres, que la Diputación de Alicante paga otra. ¿Y qué sucede? Que todas viven en precario. Van al límite. Están incompletas. Les faltan músicos. Les faltan solistas. En cambio, podrías tener la mejor del Sur de Europa sumando presupuestos. Es cuestionable, sin duda.

    -¿Es cuestionable que el Palau de la Música ocupe el 56% del presupuesto de Cultura de la ciudad? Porque no tengo claro que la cultura que viven valencianas y valencianos suceda en el Palau, que, por cierto, no trasciende a su edificio.
     
    -València ha crecido de forma desorbitada y desordenada. Y la Cultura ha crecido de forma ilógica, en comparación a cómo lo ha interpretado el Ayuntamiento. Hay cosas que no tienen sentido desde un punto de vista de eficiencia económica, como tener dos orquestas, pero también como lo es tener dos grandes auditorios. El problema es que Les Arts se crea como un icono. Como le dijo Calatrava un día a una concejala, ‘tú no ibas de pequeña al aeropuerto a hacerte fotos, pues aquí tienes la foto’. Es triste como planteamiento, pero más triste es que si creas cuatro salas (las de Les Arts) no lo hagas con un plan para asumir contenido de otros sitios, como por ejemplo, el del Palau de la Música. El Palau de la Música podría haber quedado para otras cosas: para las bandas, para el jazz, el flamenco, como espacio de conferencias idóneo en el centro de la ciudad. Lo digo, sobre todo, por dotar de contenido a Les Arts, que es inabordable. Para abrir la sala Martín y Soler de Les Arts hacen falta cinco personas de seguridad, más toda una alineación de técnicos. ¡Una sala pequeña! ¿En qué mente cabe eso?

    -Políticamente, creo que hubiera sido inasumible que el Palau de la Música hubiera perdido a la Orquesta de València. Por público y tradición.
     
    -Sí, por público. Es cierto que el Palau tiene un público fiel, pero es que además de eso el Palau no es el que era…

    -¿A qué te refieres?
     
    -A ver, el Palau de la Música que yo recuerdo tenía actividad casi todos los días. No solo música y ni mucho menos de la OV. Pero no paraba. Era una actividad constante, quizá justificable con el margen de presupuesto que dices. No entiendo qué ha cambiado. Yo no veo que tenga menos personal y el margen de presupuesto ha crecido, en comparación. Serán más caras las contrataciones, no lo sé.

    -Estamos cruzando la gestión de la Administración autonómica con la local. Quizá alguien se pierda, pero no sé si queda claro dónde está el problema.
     
    -Hay para todos. ¿A ti no te sorprende que la nueva Secretaria Autonómica de Cultura sea la exalcaldesa de Sueca que acaba de perder las elecciones? Yo no puedo dejar de suponer que sea muy buena persona, que tenga mucha sensibilidad, pero yo me pregunto, ¿no deben estar los mejores en los mejores puestos? En una secretaría autonómica… Pero mira, que es un caso, que es reciente, no me pongo porque si no, a lo largo de mi trayectoria tengo 200 de estos…

    -¿Canal 9 fue alguna vez clave en la generación de un star system cultural?
     
    -No ha habido star system cultural valenciano, por mucho que intentara venderlo así Esteban González Pons o por mucho que, sorprendentemente, lo vendan ahora con las mismas palabras los actuales gestores de la tele. Pero bueno, Canal 9 bastante problema tenía con ser lo que era. Una empresa pública de radio y televisión con más de 1.600 trabajadores. A día de hoy, no entiendo cómo pudo aguantar. Tengo amigos que estaban en Canal 9 y que están ahora en À Punt y que se quejan de lo mucho que trabajan. Tú estás en una redacción, yo he estado 30 años. Somos periodistas y, en fin, sabemos de lo que hablamos… Entiendo que ahora estén agotados, pero sobre todo espero que no se les ocurra pensar que tener a 1.600 trabajadores era algo normal.

    -¿Qué esperas o qué piensas de À Punt, cumplido su primer año y medio de vida?
     -À Punt es necesario, sin duda, pero ha sido parido con demasiadas prisas y con demasiada intencionalidad política. No se maduró suficientemente y esto tiene mal arreglo. Hubiera esperado más tiempo, más consenso, más evidente, menos prisa política. Lo gracioso, por no decir otra cosa, es que la prisa política no ha servido para que ningún partido del Gobierno lo use a su favor. Me preocupa ver cosas que pertenecen a un modelo de los 90, que me transmiten ese modelo. No es que mis hijos ya no vean la tele así, es que ni yo veo la tele así. Ni la radio, qué decir.

    -Parece que las culpas de casi todo estén en lo público. ¿Qué parte de responsabilidad de una mala gestión de recursos culturales o comunicacionales está en la gestión privada?
     
    -En la gestión privada no, en la sociedad civil. Hay una ausencia total de sociedad civil. Hay ausencia de reivindicación y de autocrítica, y no se me ocurre nada más preocupante. La sociedad civil está como apartada y, si no vuelve a tener protagonismo, no habrá un rearme cultural. Si no hay rebeldía, no hay crítica, no hay proyecto con el que ser crítico… vamos mal.

    -Al criterio y a la crítica tampoco ayuda el estado desnaturalizado de los medios. O, al menos, desnaturalizado con respecto a los 80 y 90.
     
    -Es que hay mucho miedo a perder el trabajo. Demasiado. Hay mucho desconocimiento en las materias, en el caso cultural. Y hay pocas ganas de complicarse la vida, porque la gente joven ahora está a otras cosas. También creo, desde mi edad actual, que solo la madurez te permite ser crítico.

    -En mi caso, te aseguro que la valentía desde la ignorancia ha servido de mucho.
     
    -Sí, bueno. Pero es cierto que, como ecosistema mediático, desde los 90 solo vamos a menos. Los periódicos ya no son determinantes como vehículos de comunicación. La percepción social es que la información y los medios son gratis. Esto provoca que su financiación venga, en gran medida, del sector público. Más sustento de lo público que de lo privado y, claro, acaba influyendo. Hace también que las personas que podrían opinar y deben opinar estén fuera del sistema.

    -¿Por ser incómodos?
     
    -Sobre todo, por ser caros.

    -Has escrito de la gestión pública y privada en la Cultura en torno a València y la Comunidad Valenciana durante más de tres décadas. Me tienta mucho pedirte un ranking de despropósitos, aunque sea en prosa.
     
    -¡Es que son muchos! Yo que sé. La Ciudad de la Luz era interesante si no hubiera costado 400 millones, la hubieran situado en Alicante porque había que encontrar alguna cosa nueva que hacer en Alicante y no hubiera acabado anulada por Europa. El proyecto de Berlanga, como sabrás, era hacerla en Sagunto. En La Nave, porque a nosotros no nos hace falta tener una ciudad de estudios como la Warner en Hollywood. Pero coincide con algún ciclo electoral y se lo llevan a Alicante. También porque el segundo ciclo de interés de aquello es el proyecto de un montaje de urbanizaciones y hoteles de lujo en terreno rústico a su alrededor. Y un parque de atracciones. La crisis paraliza ese súper proyecto secundario. El 80% de los contratados en Ciudad de la Luz, mientras dura, son ‘hijos de’ y ‘vinculados a’. Y, por si fuera poco, lo gestiona una empresa externa. Una empresa pública, pero gestionada por una empresa externa. Todo claro, ¿no?.

    -Ciudad de la Luz está bien, pero hay más despropósitos difíciles de explicar alguien que no sea valenciano: Ciudad de la Euforia, Alquería del Artista…
    -La Ciudad de la Euforia, del que nadie se acuerda, efectivamente, es un proyecto de Irene Papas. Zaplana necesitaba gente alrededor que aplaudiera y le diera caché, y lo de Irene Papas le venía muy bien. Pero también tuvimos La Ciudad de los Pueblos.

    -¿Cómo?
     
    -Sí, hombre, en el psiquiátrico la querían hacer. Un parque de atracciones con espacios ‘reconocibles’ del territorio valenciano. Como lo de Poble Nou en Barcelona o Getafe en Madrid. ¿Pero se te ocurre mayor despropósito que el Palau de les Arts, que si no tuviera ni un solo día de actividad ya cuesta más de cuatro millones de euros mantenerlo en pie? ¡Al año!

    -Es el presupuesto de algunos teatros situados entre lo más alto de los rankings estatales de crítica y público.
     
    -Hay despropósitos que son difíciles de ver, como tener decenas, no sé si centenares de salas de exposiciones en la Comunidad Valenciana, en distintas gestiones administrativas. Tener salas de teatro estupendas en la ciudad de València cerradas, es un despropósito. Que los políticos programen, hoy, es un despropósito.

    -Para cerrar la traca que nos has dejado con algunos masclets, algunos nombres propios a definir en pocas palabras. Si te apetece. ¿Ricard Pérez Casado?
     
    -Un buen alcalde.

    -Rita Barberá.
     -Una ilusionista.

    -Joan Ribó.
     -Un gestor.

    -Joan Lerma.
     -Un político.

    -Eduardo Zaplana.
     
    -Un ambicioso.

    -Francisco Camps.
     -Un iluminado.

    -Ximo Puig.
     -(Piensa más que con ningún otro nombre) El actual president de la Generalitat.

    -Ciprià Ciscar.
     -Alguien que supo escuchar.

    -Consuelo Ciscar.
     -Se le fue la pinza.

    -Tomas Llorens.
     
    -Un tipo con ideas.

    -Felipe Garín.
     -Un tipo interesante.

    -Helga Schmidt.
    -Una máquina de trabajar. Una bestia.

    -¿Vicent Marzà?
     
    -¿Quién?

    -Mayrén Beneyto.
     -Muy lista.

    -Glòria Tello.
    -Muy desconfiada.

  • Ramón Tébar: “La única diferencia entre el ‘sistema venezolano’ y el valenciano es que nosotros no se lo hemos vendido al mundo»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Hace apenas tres años Ramón Tébar (València, 1978) podía haber comentado durante la cena de Nochebuena que no era profeta en su tierra. Ese cena, junto a sus familiares, podría haberse celebrado en Estados Unidos ya que, a causa de sus compromisos, algunas veces ha tenido que pedirles que viajaran para compartir tiempo. Sin embargo, este año se comerá los turrones en casa. Lo hará después de una semana de ensayos y concierto –todas las entradas vendidas– con la Orquesta de València, por primera vez como su director artístico y musical. Lo hará tambiéntras las dos últimas representaciones de Don Carlo en el Palau de Les Arts. 

    Tébar no solo le ha dado la vuelta a la idea del profeta en su tierra: cuenta con un apoyo unánime por parte de los responsables culturales de los dos grandes auditorios de la Comunitat. Con tanto interés por su figura que su fichaje por la OV levantó el celo del dimisionario Davide Livermore, a quien el director valenciano le agradece haberle convertido en el principal invitado de Les Arts. Ahora combinará su actividad en ambos centros musicales con la dirección artística de la Opera Naples, ser el principal director de la Florida Gran Opera y manteniéndose al frente de la Palm Beach Symphony. 

    Aunque la actual será una primera temporada un tanto atípica con la OV –solo la dirigirá este viernes y el próximo 9 de febrero, con obras de Shostakóvich, Prokofiev y Rachmáninov–, Tébar ya trabaja en la institución musical que tiene en mente. Ésta será el resultado de dos mundos: aquel en el que se formó como pianista e inicio su carrera, el de València, y el otro en el que durante 15 años ha crecido como director y aprendido como gestor; Estados Unidos. Aprovechamos la llegada de este día «tan especial» en su trayectoria para conversar con él.

    -¿Cuál es su primer recuerdo del Palau de la Música?
    -Lo recuerdo perfectamente. La primera vez fue una Pasión según San Mateo (Bach). Una obra fuerte, larga, pero que me cautivó. Recuerdo que estaba en la tribuna de la izquierda. Ya había escuchado muchos conciertos en Lliria porque mis padres tenían una casa allí, pero esa experiencia me cautivó.

    -¿Qué edad tenía?
    -10 u 11 años.

    -En Lliria podía ver conciertos de banda, pero usted no ha formado parte de las Sociedades Musicales. En su familia tampoco hay músicos. ¿Como músico valenciano y teniendo en cuenta eso, siempre se ha sentido diferente?
    -Sí, un outsider en ese sentido. Desde siempre. Pero, ojo, en mi casa no hay músicos, pero hay mucha musicalidad. 

    -¿Cómo han vivido ellos toda su evolución profesional?
    -Como no son músicos, han vivido todas las etapas como una novedad constante. Era algo nuevo para mí y para ellos. Me acuerdo que ellos tenían la ilusión de que, si quería seguir estudiando música, acabase siendo profesor de conservatorio. Que lograse una plaza para quedarme aquí. También recuerdo que cuando tenía 13 o 14 años fueron a preguntarle a un profesor si creía que podría ganarme la vida como músico. Sin duda, les preocupaba. 

    -Y poco a poco vieron que sí era posible.
    -Recuerdo también con total nitidez que después de mi primer concierto alguien me puso el dinero en un sobre y me lo metió en la chaqueta; llegué a casa y dije que me habían metido algo, que se debían haber equivocado. Para mí cobrar por la música era impensable. Yo tocaba porque me gustaba. Nunca pensé en ganarme la vida con esto siendo pequeño, porque entonces uno no piensa en esas cosas. 

    -Luego se ha sucedido una carrera vertiginosa. Al menos en la consecución de nuevos objetivos. ¿Hay una estrategia marcada y una gran planificación detrás?
    -Nunca he planificado nada y ahora tampoco lo hago. Organizo lo que viene y admito que me he puesto retos. Por ejemplo, más o menos, cada cinco años me propongo un gran reto. Cuando empecé a dirigir, por ejemplo. Nunca pensé que iba a dirigir. Después de dirigir, a cinco años, pensé que debía intentar tener una orquesta. Y así. 

    -¿Nunca quiso ser director de orquesta o nunca supo que lo sería?
    -Nunca quise. No lo pensaba. En mi familia también me lo decían. Pero una cosa llega detrás de la otra. Sé que cuando estaba con músicos más o menos los guiaba. Ya había ademanes y algunos compañeros me decían, ‘tú ya eres director’. A día de hoy yo no sé qué es ser director. Sé qué es ser músico o no serlo. Y, luego, hay gente más activa o menos en los ensayos. Hay músicos que son más proclives a proponer ideas y otros a adoptarlas. Pero lo único que cambia son los gestos, que no son distintos a los que usamos para hablar, para expresarnos. 

    -Hace dos años y medio su apellido no circulaba por València y ahora tiene compromiso con sus dos grandes orquestas. ¿Se siente profeta en su tierra?
    -No me quiero creer que eso sea así… por superstición. Lo que sé es que yo no he venido a llamar a la puerta. Me han llamado. Cuando estaba en Estados Unidos, Helga Schmidt se acercó tres veces, aunque no se concretara ningún proyecto. Y hubo una época en la que sí pensaba que no vendría, pero no era nada pesado ni triste. El mundo es muy grande. De repente, en 2015, hago la sustitución de Nabucco en Les Arts y seis meses después debuto con la OV. Y así se fragua esto. Ahora digo que tengo tres casas: la mía, Les Arts y el Palau de la Música. Ese es mi momento, aunque dentro de 5 o 10 años puede que desaparezca durante otros 15 o 20 más.

    -¿Cree que ahora se enfrenta a un doble reto a partir del juicio por su condición de director valenciano?
    -Lo creo totalmente, porque se escucha mucho en la prensa que la gente se refiere a ‘lo valenciano’ como algo peyorativo. Algo regional, local… yo, para empezar, estoy orgulloso de todo eso, pero quiero decir que en el MET de Nueva York, su director es neoyorkino, que en la mayoría de teatros alemanes, sus directores son alemanes. Nadie les cuestiona por eso. Y parece que hay gente que el tema de ser valenciano lo interprete desde un complejo. Cuando me ofrecieron trabajo desde Estados Unidos no lo hicieron porque fuera valenciano. Cuando Montserrat Caballé me llevó como pianista de gira por todo el mundo no me eligió por ser valenciano. ¿Si nadie antes me ha elegido por ello, por qué ahora sí? ¿Por qué ahora sí se ha de tener en cuenta? Creo que es un complejo, sin más. Este mundo va de si tienes talento, si tienes potencial, o si no tienes nada. Y resulta que los valencianos también podemos tener talento o potencial como los nacidos en cualquier otra parte del mundo.

    -Sobre la relación de València y la música hay una idea latente que es la de si la sociedad interpreta que la creación musical es algo casi natural. Es decir, que como hay una gran cantidad de músicos, como es tan orgánico que haya bandas, quizá se le resta importancia cuando esas mismas personas llegan a etapas profesionales. ¿Qué opina usted de ello?
    -Yo descubrí el mundo de las bandas casi cuando había llegado al conservatorio. Era un bicho raro, como ya hemos hablado. Pero creo que hay algo de cierto en eso, en que muchos den por hecho que la música es algo que está como si nada, que lo hace cualquiera porque muchos de los que le rodean están en una banda. Los valencianos ahí justo tenemos una vis que no hemos sabido explotar. Porque mucha gente conoce el ‘sistema venezolano’ y habla de milagro. ¿Qué milagro? ¡Pero si nosotros llevamos aquí siglos con miles de músicos en cada pueblo! La única diferencia entre el ‘sistema venezolano’n y el valenciano es que nosotros no se lo hemos vendido al mundo. Necesitamos estudiarlo y vendérselo al mundo. Porque aquí tenemos un grandísima cantera que nutre de profesionales al mundo. Ahora, con mi nombramiento, veo que hay como una ola de ligar unos cuantos nombres y hablar de una generación de músicos ‘especiales’. Si salimos tantos músicos buenos es porque hubo un caldo de cultivo. Me da rabia que haya otros sitios que lo hayan sabido vender y nosotros, ¿qué? Nos lo hemos quedado para nosotros. Parece el secreto mejor guardado… [ríe]. ¡Vamos a explotarlo!

    -Habla de planes. ¿Cuáles son los suyos para la OV?
    -No puedo avanzar mucho porque lo estamos ultimando para presentar, pero creo que hay algunos proyectos ya muy claros. Tengo claras algunas cosas que sé que no se han hecho aquí. Son ideas importantes, pero que ya he visto o vivido en otros lugares del mundo. En la música clásica, sinceramente, creo que está todo inventado. Se habla constantemente de atraer a los nuevos públicos, etcétera. Esa idea está muy clara, pero también me gustaría incentivar la creación musical dentro de la orquesta, que haya margen para meter mano, que no nos seamos intocables y que no nos vean como una pieza de museo. Que se rompa esa cuarta pared [por primera vez, este viernes, seis abonados asistirán al ensayo general desde el mismo escenario].

    -Habla de la idea de museo ligada a la música clásica. Los museos, precisamente, están en una crisis constante replanteándose cuál es su papel en la actualidad. ¿Cree que las orquestas también deben de hacerlo?
    -Bueno, lo que está claro es que los modelos están cambiando. Las orquestas ya no son percibidas solo como orquestas. Las orquestas son también su equipo técnico, su departamento de marketing… hay un montón de personas sin las que no venderíamos ni un ticket. Porque esto ya no va solo de los que estamos aquí tocando. Creo que los músicos hemos creído durante mucho tiempo que éramos el centro de todo, pero formamos parte de una cadena más larga. Por poner un ejemplo exagerado: qué más da que seas la Filarmónica de Berlín si no te dejas ver. Está claro que mi misión aquí es subir el nivel artístico y ayudar en ese sentido, por supuesto, pero si nos quedamos en casa no sirve de nada. Creo que la OV tiene que ser más protagonista en España porque estamos a nivel. Antes salir era habitual. 

    -¿Lo considera una anomalía? ¿Por qué cree que ha pasado?
    -No sé por qué ha pasado exactamente porque he estado fuera 15 años. Y no sé exactamente si es una anomalía. Hay orquestas que no salen, como Córdoba o Málaga, pero, claro, ¡son pequeñas! Nosotros somos la tercera ciudad de España y somos una ciudad musical. No tenemos una representación proporcional de salidas fuera. Debemos estar ahí, a nivel nacional y, luego, ojalá, fuera. Claro que me encantaría poder hablar de planes pronto para Alemania, China, Rusia…


    -Ya que habla de planes y movimientos de escala internacional, usted no ha limitado sus compromisos. ¿Todavía hay margen en su agenda?

    -Todo aquello con lo que estoy comprometido, cabe. Admito que he aprendido a elegir en los últimos años, cada vez más. He educado el no, aprendiendo de los errores en gran medida. Sobre todo, de aquellas cosas que he hecho porque decía que sí a todo y que, después de la experiencia, me llevan a no repetir. Pero me guío muchísimo por la intuición. Igual que en la música. Cuando en València se me acercaron de Les Arts entendí que era el momento por intuición. Y aquí estoy. 

    Ha vivido desde fuera el nacimiento y los años de apogeo casi instantáneo de Les Arts. También su caída y hasta su momento actual. Desde fuera, ¿sentía que se había equivocado yéndose y que, quizá, debería haberlo intentado en su ciudad?
    -Acompañé en incontables audiciones a Zubin Mehta y Lorin Maazel. Él mismo me ofreció quedarme como pianista y, luego, me acuerdo muchísimo, me dio un consejo: me dijo, vete a Estados Unidos. Yo ya había recibido mi contrato en Palm Beach y él me dijo, vete allí, porque tendrás más oportunidades. Claro, Palm Beach es mucho más pequeño comparado con la monumentalidad de Les Arts por espacio y programación. Pero Maazel me dijo en castellano, mejor ser cabeza de ratón que cola de león. Lo recuerdo mucho. 

    -¿Cómo veía aquellos primeros años desde allí?
    -Es cierto que, a veces lo veía… cuando actuaron Roberto Alagna y Angela Gheorghiu. ¡Angela, que luego he trabajado tanto con ella! Y tenía muchísima añoranza. Recuerdo aquel concierto retransmitido que vi desde allí, mientras hacía una paella porque allí era mediodía. Y me sentí una vez más un outsider. Pensé en que si no me habría equivocado y tendría que estar en mi ciudad. Pero, bueno, las cosas vienen porque tienen que venir y entonces debía estar allí.

    -Se marchó a Estados Unidos y allí ha desarrollado fuertes lazos con distintos teatros. Cuéntenos, ¿qué es interesante de aquel modelo y qué aplicaría al nuestro?
    -El modelo es totalmente diferente. Totalmente. Todo privado. Ni un penique de los gobiernos. Por esa parte, hay algo positivo: la comunidad, la sociedad, se implica. Allí saben que si quieren cultura se tienen que rascar el bolsillo. Esa parte me gusta. No me gusta la parte de que el gobierno se despreocupe. En el caso de la clásica es que ellos creen que esa no es su música. Su música es el jazz. Aquí tenemos el modelo contrario: 100% dinero de los gobiernos. Y eso es negativo. Es positivo porque la música se considere un derecho. Algo que forma parte de nuestra historia, de nuestra genética social y que se tiene que preservar. Pero yo creo que eso también forma parte de esas cosas que aquí damos por hechas. Y así es como vamos perdiendo público y no hacemos por recuperarlo. Cuando el grifo del dinero está abierto suceda lo que suceda con el público, se acaba programando de espaldas al público. Y aquí tenemos el grifo abierto. Tenemos esa tentación. 

    -¿Cuál es el modelo idóneo para usted?´
    -Para mí el modelo idóneo no es ni ni otro. Está bien que las instituciones garanticen derechos, pero también es la sociedad la que debe exigirlo. No los músicos, la sociedad. Entender eso. Pero son muy distintas… En Estados Unidos, he de decirlo, a mí nadie me ha pedido una entrada gratis en 15 años…

    -Se habla sin acabar de resolverse la idea de una serie de leyes de mecenazgo. ¿Qué soluciones ve usted?
    -Se ha hablado mucho de la Ley de Mecenazgo, pero hay que impulsarla. Aquí, en València, y en España. En València somos importantes como orquesta. Vamos a implicar a las empresas que están aquí. Vamos a decirles que no vengan solo a exprimir esta tierra, sus capitales, sus personas. Que se impliquen porque hay que sacar productividad a través de obras sociales y culturales. Se tienen que implicar. Sobre todo porque yo creo que si logramos eso podremos desahogar a los gobiernos y que estos redistribuyan ayudas a los que menos pueden. Y si consigues cinco millones, pues que sean esos cinco que deja de invertir la Administración en ti porque debe atender otras cuestiones. 

    -En relación a la sociedad y pensando en la música, ¿qué es lo que más le preocupa?
    -La educación musical. Se está perdiendo en la educación general. Esto lo digo mucho, pero he de repetirlo: a todos los humanos se les enseña a leer. Se da por hecho que van a leer toda la vida, pero cuando acaban su etapa formativa, nadie lee. En cambio, el 100% de las personas viven rodeadas de música, excepto las sordas. Diariamente, viven rodeados de música. en el taxi, en el ascensor, en el restaurante, en las series, en un concierto… saben leer, pero no tienen ni idea de ese otro lenguaje que les rodea toda la vida. No hablo de músicos profesionales si no de saber lo que ahí sucede. 

    -La cultura parece no estar considerada como algo imprescindible para la sociedad actual. ¿Por qué ese descrédito?
    -La cultura es una de las pocas cosas intangibles que tenemos. No es una empresa produciendo exactamente. Todo es tangible y, en el caso de la música, intangible por completo. Por ejemplo, en la plástica si hay algo muy tangible. Un cuadro es un Picasso aunque su autor haya muerto. Sin embargo, ¿qué es la Sinfonía n.º 1 de Mahler? No es nada. ¿Una partitura? Eso no vale nada. Solo existe cuando la interpretamos y en el recuerdo de lo vivido. La cultura vive esa realidad intangible al mismo tiempo que todo el mundo parece querer controlar la cultura. ¿Por qué? Bueno, controlar lo que hace sentir es un poco como controlar las almas. Es una tentación por controlar el poder y eso es atractivo para muchos.

    -Ha elegido precisamente la Sinfonía n.º 1 de Mahler para este debut. ¿Por qué?
    -Es una obra muy simbólica porque nace de la naturaleza. Es el despertar después del largo invierno y el triunfo del héroe. No de Spider-man, sino de cada uno de nosotros, de nuestros valores concretos. Es un mensaje muy importante en un mundo que se debate entre la vulgaridad y la frivolidad, con sus líderes mundiales jugando a ver quién aprieta antes el botoncito de provocar al otro. Mahler nos reenfoca en la lucha diaria, esa que parece que no se consigue, pero llega. Es la lucha contra la sociedad que nos pone todo fácil. Contra la sociedad de consumo. Es una lucha que nos da motivos para reaccionar ante ese estado de hibernación en el que vivimos.