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  • Iván Ferreiro: «En mis canciones estoy dejando escrito un diario emocional sincero y honesto para mis hijos»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El lector empedernido de ciencia ficción publica Casa, un disco plagado de referencias literarias y audiovisuales para hablar del reencuentro consigo mismo durante los dos últimos años de su vida. Desde un estado -quizá temporal- de «paz con la humanidad», amplia uno de los mejores repertorios del pop español actual

     Iván Ferreiro (Nigrán, 1970) se baja del monovulumen con una sonrisa y la mano tendida. Anuncia así su estado de ánimo en apenas dos gestos. La escena se sincroniza con las escuchas preceptivas de Casa (Warner, 2016), un disco que la crítica ya ha percibido como luminoso y expiativo. «Ni soy el puto Paolo Coelho ni me gusta. No soy un santurrón, joder, pero los discos son mi terapia psicológica del momento», alega. Lo cierto es que su nuevo LP amplía las variables de uno de los cancioneros más estables del pop español, hilvanado a base de ideas tan claras que cualquiera las asume como propias. De la transparencia de Canciones para el tiempo y la distanciahasta la agria virtud de Picnic extraterrestrepasando por las tristeza de Las 7 y media

    La conversación se sucede mientras Amaro, que siempre fue mucho más que su hermano, hace check-in en el hotel. De él acabará hablando en una conversación sobre «todos los que importan«, sus hijos y una concepción del amor «desde la soledad» con embajada en este nuevo trabajo. Una soledad «más interesante» que algún reto social, canónico y en pareja que no le ocupa desde hace casi dos años. Desde esa fotografía, como podría suceder casi con cualquier disco anterior, la conversación deriva a través de las constantes referencias a la ciencia ficción en la literatura, pero también en el cine o las series. De hecho, ‘Casa, ahora vivo aquí‘, canción que abre el álbum, es el título del último capítulo de la segunda temporada de The Leftovers (HBO, 2014-). 

    La serie de Damon Lindelof y Tom Perrotta propone una de sus excusas favoritas en la ficción: la distopía social a partir de la que se desarrollan historias de amor en todas direcciones. Y sirve como punto de partida:

    -Decía Antonio Gala algo así como que quien no vive enamorado está muerto. Enamorado aunque devastado, enamorado aunque a solas, pero enamorado como estado vital inevitable. Casa parece hablar de estados de plenitud desde esas otras realidades del amor que no tienen que ver con la pareja socialmente exigida.
    -Es que a veces hay que enamorarse de uno mismo también. Amaro dice que cuando nos enamoramos de alguien es porque nos enamoramos de uno mismo, porque esa otra persona nos mira como nos gustaría que nos vieran. Durante estos dos años he hecho el ejercicio de tratar de enamorarme de las cosas que me iba encontrando. Me iba enamorando más de mis hijos, pero también de muchos otros, de sitios… Porque parece que esta sociedad nos dice que solo podemos estar enamorados una vez y para toda la vida, de una persona. Pues mira, no. La vida sigue después de esas etapas y es una vida plena. No me la estoy tragando, ¿sabes? La estoy devorando y es igual o más interesante porque, además, ya se ha hablado demasiado sobre el amor romántico. Hablamos poco del estado eufórico de la soledad. Si estás viviendo una época en pareja, la abrazas todo lo que puedas. Si estás solo, abrazas a todas las que puedas [ríe y se pide una Coca- Cola. Se enciende el primer pitillo].

    -Los cuatro primeros versos del disco dicen: /Vuelvo a casa, de la zozobra de mi corazón. Viví en dos mundos, en las fronteras de la realidad/. ¿De dónde vuelve a casa Iván Ferreiro con este disco?
    -De esos dos años que te decía, en los que me he dado cuenta de que soy capaz de querer a muchas personas. Ahí vuelvo.

    -Parece una declaración de intenciones tangible contra las estructuras sociales del amor. ¿Tiene algo de eso? ¿Algo de desestructura de la pareja? ¿De poliamor?
    -No me gusta mucho follar por follar… Cuando he estado más abierto en ese sentido, digamos, he querido bastante a todas las personas con las que he estado. Y digo esto porque lo del poliamor… eso es complicado a largo plazo, pero todo es por nuestra mentalidad. Y yo sé que he tenido varias mentalidades al respecto a lo largo de estos años. Lo que puedo decir es que el mundo va a ir abriéndose a esto.

    -Es la idea más clara del disco, pero también la de ser algo así como un audiolibro de pequeños viajes.
    -Es que llevo de viaje todos estos años. La vida es un viaje constante, por etapas. A veces piensas que estás en uno de esos viajes y resulta que ya ha empezado otro, pero en conjunto es un viaje; todo el rato. Y hay mucho de viajes en el disco, porque vuelvo a todos esos sitios donde estoy en casa. Por ejemplo, los escenarios. Para mí estar en los escenarios es estar en casa en casa también. Los viajes se hacen desde la cabeza, porque a veces te marchas muy lejos y mentalmente ni te has movido, pero otras estás en tu casa y te pegas un viaje infinito. En definitiva, si estás bien, vas a estar en casa todo el rato. Esa es la idea. ¡Y hoy tendría cuatro sitios donde estar en casa aquí! [De todos ellos, entre los que estaba visitar a su gran amigo Xoel López que actuaba en el Deleste, los Ferreiro optaron por acompañar a Leiva en su concierto de la sala Repvblicca con todo el papel vendido].

    «SE HABLA POCO DEL ESTADO EUFÓRICO DE LA SOLEDAD»

    -Hace algunos años, en la grabación de Confesiones de un artista de mierda, aseguraste que había canciones de Los Piratas que ya no podías cantar porque te sentías demasiado lejos de sus letras, del Iván que estaba hablando. Hacías referencia a ‘Filofobia’, en concreto. ¿Te ha empezado a pasar con las canciones de tu carrera en solitario?
    -Al contrario. Las canciones viejas en el escenario me ayudan un montón. A menudo, resuelvo marrones con ellas. Las estoy cantando y oigo como esa historia escrita hace mucho tiempo me dice algo. Me doy cuenta de que tengo canciones de que hablan de lo mismo que vivo años después, que se repite, pero que lo hacen desde otra edad, desde otra situación. Por eso, sin darme cuenta, creo, las canciones entran y salen del repertorio según el momento en el que estoy. 

    -Después de un mes promocionando el disco parece también algo recurrente oírte responder sobre la vigencia de tus hijos en las letras, como si en esta ocasión escribieras para ellos.
    -No escribo las canciones para ellos o pensando en ellos, lo que sí espero es que todas mis canciones sean para ellos. Es decir, que cuando sean adultos, que ahora son adolescentes, cuando quieran, las escuchen y tengan la capacidad de ver las letras desde su punto de vista. Y que me pregunten por cosas concretas y les explique. Y les diré, pues mira en esta canción no te acordarás pero a Leiva le estaba pasando esto, y en esta otra, ¿te acuerdas que estaba Xoel siempre por casa?, pues eso… Que sé que de alguna manera en mis canciones estoy dejando escrito un diario emocional sincero y honesto para mis hijos. Y me alegra, ¿sabes? Porque… [se queda en silencio unos segundos. Es la primera vez que se interrumpe la conversación incluso desde antes de que saliera del coche], bueno… pienso en las fotos, ¿sabes? Las fotos que nos hacemos en familia son un engaño. En el fondo, ves la foto y, joder, ese día hubo tres discusiones, el otro estaba de mala hostia… las canciones no mienten. Se transforman, eso sí, y no te acuerdas del peinado que llevabas ese día, pero contienen todo lo que había que decir.

    «NI SOY EL PUTO PAULO COELHO NI ME GUSTA»

    -Has hecho una referencia interesante al modo en que entran y salen las canciones anteriores del repertorio. ¿Cuál es el patrón de comportamiento?
    -Es por lo que hablábamos de ‘Filofobia’, como ejemplo… Creo que me pasa con las canciones que tienen ira, que las dejo fuera. Me gustan las canciones a las que les puedo cambiar el sentido con los años, en las que no tengo que acordarme de un momento concreto. De alguna manera, las canciones que no me sirven, las aparco. Con algunas sucede que este año no tienen sentido, pero en la próxima gira han de estar dentro. Lo que es cierto es que a estas alturas he reflejado ya bastantes sentidos de la emoción. En el momento actual, la parte más amarga la quiero eliminar un poco. Estoy en un momento más bien dulce, de comunión, en paz con la humanidad.

    -Sí. De hecho, igual que en estas semanas de promoción te han preguntado por la cuestión de tus hijos, parece haber cierto consenso en calificar el disco como luminoso y de expiación.
    -Sí. Joder. Ni soy el puto Paulo Coelho ni me gusta. No soy un santurrón, joder, pero los discos son mi terapia psicológica del momento. Por eso en Picnic extraterrestre todo era más amargo, y disfruté mucho haciéndolo, sacando mucha mala hostia todo el rato. Porque hay momentos en los que está bien ponerse agrio y dar patadas, joder. Eso también es una forma de expiación y está en todas mis canciones. Pero este les parece más luminoso a todos. Yo lo que creo es que ayuda a entender que los otros no eran tan oscuros. Mi único disco triste, de hecho, es Las 7 y media, aunque acaba peleando, ¿sabes? Con ‘Días azules’ y tal. A veces sales de las mierdas a hostias y otras abrazando.

    -¿Y ahora como le contesta Iván Ferreiro a las cosas, en el día a día, en 2016?
    -Pues hay temporadas en las que te apetece decirle a la gente lo que pinas y otras en la que te apetece guardarte. Esos momentos que tienes en los que te dan ganas de decirle a alguien que además de muy enrollao es un capullo, esos, me los quiero guardar. Estoy en esas. Estoy más tranquilo.

    «A ALAN MOORE ES A QUIEN HABRÍA QUE DARLE EL PREMIO NOBEL»

    -El hilo conductor entre esas etapas, de esos viajes, son las referencias literarias y cinematográficas en tus canciones. Esos guiños que, más allá de los géneros, son sobre todo a la ciencia ficción.
    -Es que solo leo ciencia ficción. Cuando tengo una conversación sobre lecturas con alguien y se lo digo, a menudo, me miran decepcionados, como pensando, menudo gilipollas… [ríe]. Antes mencionabas el verso de la zozobra de mi corazón y hasta esa expresión está cogida de la serie de libros de Mundo anillo (Larry Niven), porque cuando Louis Wu conoce a una chica que le gusta recuerda enseguida la zozobra del corazón que ya pasó anteriormente. Pero sí, es que la ciencia ficción tiene ideas muy potentes. El género permite que podamos ver a las personas de una manera más profunda, que nos veamos un poco ‘desde fuera’. Y Casa tiene muchas referencias a la ciencia ficción, como por ejemplo, también, a Pórtico (Frederik Pohl, 1977). Porque la ciencia ficción no va de hablar de naves espaciales, sino que traslada a los humanos a una situación medio extraña para ver que, incluso en esos momentos y circunstancias, el ser humano es el mismo. Cambiamos una cabina por un teléfono móvil o por un viaje interestelar, pero tenemos las mismas reacciones. ¿De qué va Interstellar (Christopher Nolan, 2014), precisamente? Pues no va de otra cosa que de la relación de un padre y una hija. De amor padre-hija, joder, solo que le metemos el relativismo de Einstein por medio y dejamos que esa franja de ideas nos de una sensación más vertigionosa. La ciencia ficción lo abarca todo, como demostraba el artículo de Jot Down sobre los libros para regalar a los que creen que no les gusta la ciencia ficción.

    -Y, de entre ellas, tu filia por las distopías. En ‘El pensamiento circular’ insertas al doctor Manhattan, el inabarcable personaje de Watchmen (Alan Moore, 1986-1987).
    -Es que es la gran obra, joder. Le hemos dado un Nobel a Dylan y Alan Moore… Alan Moore me interesa más que el 90% de los autores que tienen un Nobel. Watchmen debería ser una lectura obligatoria en el sistema educativo y no El Quijote, que es una obra increíble a la que uno le va a sacar mucho más cuando tenga, qué se yo, 30 años. Te hacen leerlo con 15 años y tienes suerte si no le coges manía a la literatura, porque no te enteras de nada. Pero Watchmen lo tiene todo y te genera esa ansiedad por saber más, por resolver más. Habla del cambio de identidad, de un ser cuántico que es metalingüístico en el cómic, porque es la representación del propio cómico. Y tienes al doctor Manhattan que se tiene que ir a Marte, ajeno a la realidad, para salvar a la raza humana.. y tienes al cabrón del Comediante, que lo odias, porque representa todo lo que odias, pero es que es el único que entiende la realidad, que decide ser el maldito Comediante y ponerse una chapita con un smiley para hacer la guerra por su cuenta… Es que estaría horas hablándote de Watchmen, de todo lo que he pensado con ella y lo que he aprendido. A Alan Moore es a quien habría que darle el premio Nobel.

    [El título de sus discos Confesiones de un artista de mierda y Picnic extraterrestre es también el de dos novelas. La primera, seguramente la más brillante de uno de los grandes autores de la ciencia ficción, Philip K. Dick, aunque en este caso fuera del género; la segunda, de Arkadi y Borís Strugatski, una de las más populares y originales de la sci-fi soviética en mitad de la Guerra Fría]

    -Entre otros asuntos, Watchmen, como el Batman de Frank Miller, sirvió para que pudiéramos ‘usar’ a los superhéroes para hablar de nosotros.
    -De lo que no se aprovecha el cine, no sé por qué. Es muy triste que las películas de superhéroes se dediquen casi en exclusiva a la acción. Al final, creo que mi peli de superhéroes favorita es El protegido (M. Night Shyamalan, 2000). El otro día la vi con mis hijos y fliparon, porque se mete en esa idea en la que el supervillano puede ser el mejor amigo del superhéroe. El otro día en una entrevista recordaba que mi primer enemigo fue ese niño al que no conocía, que me daba miedo, y que acabó siendo mi amigo. Por eso me gusta esa historia y por eso me gusta cómo el ‘traje’ de la ficción en los superhéroes sirve para hablar del miedo, de la valentía, de la responsabilidad… de los valores. Por eso me gusta tanto Spiderman 2 (Sam Raimi, 2004) que tiene momentos gloriosos, como cuando para el tren sin capucha y la gente lo pasa por encima, en una escena en la que se ve cómo la sociedad le está diciendo, no importa quién eres, acabas de hacer algo increíble y nosotros te vamos a respetar tal y como eres… [llega Amaro e Iván le dice que estamos hablando de Watchmen, que «nos podemos pasar aquí horas como te metas tú «. Ríen y convenimos volver ‘a la Casa’].

    -Estamos en Valencia, una ciudad donde has grabado y mucho, con Piratas y en solitario, con Juan Luis Giménez y con Vicente Sabater. ¿Cómo han ido rolando tus obsesiones dentro del estudio a lo largo de estos casi 30 años de carrera?
    -Pues imagínate que Casa es un disco grabado en casa… He pasado por todas las manías y obsesiones posibles, pero ahora estoy totalmente liberado. He dejado definitivamente que el productor produzca. En este caso, Ricky [Falkner] lo hace todo y desde Val Miñor – Madrid: Historía y cronología del mundo (2013, su anterior disco) juraría que ya no he vuelto a meter las narices en nada de nada. Juan Luis y Vicente creo que me lo enseñaron todo, ¿sabes? Eso es lo que pienso cuando pienso en ellos, porque me prepararon de alguna forma para que pudiera trabajar más tarde con Suso [Saiz]. Suso me preparó para pasar a Ricky, y así. Pero en los dos últimos discos he dejado de opinar, porque ser ‘jefe’ es saber elegir quién trabaja contigo y dejarles hacer lo que has buscado en ellos. Todos los que están en la banda, que es increíble los músicos que hay en la banda, me quieren y saben que hago lo posible porque disfruten. En la producción, por eso, cuanto más me meto, peor va la cosa, porque son ellos los que deben hacer. Con Ricky veo una canción en concreto y pienso, esa bajada de armonía, esa guitarra de The Cure, está ahí porque me he callado. Así que me relajo grabando, en el estudio.

    -¿Podríamos decir que es un rasgo de madurez en el estudio?
    -Sí, pero poco a poco…

    -En la época de las grabaciones más memorables con Juan Luis y Vicente, que Los Piratas sonara en los40 era una cosa casi natural. ¿Encontrar en las radiofórmulas canciones de pop y rock, de música orgánica casi, se ha convertido en un imposible durante los últimos 15 años?.
    -Está cambiando eso, ¿eh? Es cierto que en los40 sonaban Los Piratas con total normalidad y que eso tenía una influencia clave. Hemos pasado años oscuros, pero ahora está entrando gente nueva en la radio y otras inquietudes. Por ejemplo, ahora M80 se ha abierto a grupos como Love of Lesbian, a la música que nosotros hacemos… en los40 le han dado un programa a Arturo Paniagua y Casa ya ha sonado allí. El actual es un momento interesante, porque empezamos a liberarnos de haber estancado a las músicas. También nos hemos desentacado mentalmente algunos de nosotros, porque cosas que no pasaban antes empiezan a pasar… estoy pensando en que ahora hemos escrito canciones para Raphael, para Sergio Dalma, y son personas que a la conversación que hemos tenido sobre Watchmen se pueden unir perfectamente. Te hablará de otros libros, de otros poetas y de otras músicas, pero cuando los conoces ves que tienen obsesiones muy parecidas a las tuyas. Por eso comprendo que el estancamiento de géneros haya separado demasiado a las personas, que existiera esa ola, pero todo eso se está desmoronando, afortunadamente. 

    -Tu carrera en solitario se consolidó sobre ese escenario.
    -Es que moló mucho, porque muchos demostramos que, de repente, podíamos hacer carrera sin sonar en la radio. 

    -Para acabar asistiendo a una situación un tanto surrealista desde el punto de vista comercial o industrial: que los festivales acogieran a decenas de miles de asistentes, varias veces a lo largo del verano, y que esos artistas no aparecieran en medios masivos.
    -Creo que eso también está cambiando porque nos estamos abriendo todos. Los que quieren hacer dinero con el asunto son conscientes de que hay un público interesado y que tienen que fijarse, que hay que verlo. No obstante, la explosión de festivales ha sido y es una burbuja. Porque hay muchos, sencillamente, aunque eso nos ‘conteste’ que hay público. Pero es cierto que podemos pensar que hemos dejado huérfana a una generación a la que le hubiera gustado la música de Xoel, de Vetusta Morla, de Sidonie, de Izal ahora… A todo esto, desde otro lado, ha ayudado que dejáramos de ver a los que buscaban música ‘gratis’ en internet como ladrones. Spotify, vaya. Eso ha demostrado que hay muchas sensibilidades y oyentes suficientes. Mi sensación es que si nos metiéramos ahora mismo en cualquiera de las casas de esta calle nos encontraríamos con una lista de reproducción en Spotify con Nina Simone, Lady Gaga, Serrat y Radiohead. ¿Me equivoco?

  • Nacho Vegas: «Es tramposo leer mis letras sin escuchar cómo las interpreto»

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El mensaje publicado por Nacho Vegas tiene fecha de 15 de mayo de 2011, el día de aquella inicial manifestación y posterior concentración primero en Madrid y más tarde en tantas otras ciudades. Pedro San Martín, compositor y bajista de una de las bandas de referencia para el pop español, La Buena Vida, había fallecido en la madrugada del concierto que Vegas dio junto a Refree en la sala Hangar de Burgos y este hecho hizo que el músico asturiano tardara días en darse cuenta de la que se había levantado en Madrid.

    Observador compulsivo, capaz de generar virulentas críticas y afectos talibanes entre indies y verdaderos amantes de la música, algunas cosas importantes en su particular visión se habían trastocado en cuestión de horas para influirle aun más si cabe en las canciones que componen ahora su nuevo álbum, titulado Resituación (Marxophone, 2014).  Reconocido por sí mismo como «un pesimista», este nuevo trabajo trata de mostrarle si cabe más desprotegido en cuanto a las ideas políticas y totalmente transparente con respecto a las canciones -que las hay- más personales.

    Grabado junto a  su banda (La Trama Asturiana) por Paco Loco en el Puerto de Santa María, el álbum cuenta con las acertadas colaboraciones de Maite Arroitajauregui (Mursego) el Coro Ladinamo o el Patio Maravillas, estas dos últimas en la reivindicativa y central ‘Runrún’. En el ecuador entre el lanzamiento de Resituación y su presentación en Valencia, programada para el 21 de mayo en el Espai Rambleta, el gijonés atiende a la habitual ronda de promoción. Un ‘zona sucia’ de su trabajo que no está siendo especialmente llevadera teniendo en cuenta la reacción de una parte de la crítica musical con respecto a este nuevo disco.

    -Después de unos cuantos discos en solitario, ¿cómo te vas sintiendo con estas rondas promocionales según avanza tu carrera?
    -No me gusta quejarme de esta parte del trabajo, como puede que quizá le pase a otros. También porque, en realidad, me gusta hablar de lo que hago, hablar de música. Pero, aunque no es precisamente bajar a la mina, si que asumo que hay algunas semanas un poco más intensivas con las entrevistas…, son agotadoras. Intento no repetirme mucho y acabo haciéndolo, así que esos días si que reconozco que acabo un poco deprimido.

    -En esta ocasión se ha armado un gran revuelo con la entrevista y la crítica del disco para Rockdelux. ¿Cómo lo has vivido?
    -Bueno, lo comentas con tu entorno y cada cual tiene su opinión sobre lo sucedido. Lo que sé es que no valoro estas cosas cuando el disco acaba de salir, cuando está tan cerca; no tengo esa distancia para verlo con la suficiente perspectiva. Un periodista y amigo me dijo bromeando cuando publiqué La zona sucia que tenía ganas de hacerme la entrevista para ser el primero en criticar el disco. Con este ya llega tarde (risas).

    -Con lo que propones en Resituación y tanta entrevista, debes estar dando muchas explicaciones políticas durante estos días.  ¿Te da reparo hablar de política fuera de la canción, cuando no estás interpretando?
    -Para mí es algo indivisible. Si escribo esas canciones es porque vivo así y porque está pegado a la realidad que me rodea. Los temas que canto son los que vivo. Y no solo los que son más políticos o sociales, sino los que hablan sobre experiencias más íntimas. En cualquier caso, observo lo que pasa alrededor y hablo de ello inevitablemente.

    -Da la sensación de que la acción política y social de la que hablas, especialmente con tu alineación en la Fundación Robo, ha influido profundamente en la creación de este disco.
    -Definitivamente. Es una cosa que hablaba recientemente con Roberto Herreros, otro miembro de esta organización a la que fui a parar después de la gira de La zona sucia (2011). Fue larguísima y no paraba de pensar en el mundo de la música, en cómo se estaba organizando la llamada escena indie, lo que me rodeaba. Eso me activó para comenzar a trabajar con la Fundación Robo, con gente de movimientos sociales y que ahora están presentes en ‘Runrún’, una canción grabada con la ayuda de la gente del Patio Maravillas y el Coro Ladinamo.

    -Con el prolongado escenario de crisis parece que ‘vuelve la canción protesta’, como dirían Los Planetas. En tu caso las ideas son muy concretas, casi de la calle, nada utópicas.
    -No. No creo que haya nada de utópico en las protestas de la calle que estamos viviendo. Influye que en las canciones más íntimas que había hecho hasta ahora hay una especie de pesimismo, algo endémico… un tono derrotista. Pero eso es algo que viene mucho de los asturianos, creo, porque reivindicamos que tienes que decir de donde vienes y mi tierra está muy vinculado a lo que hago. Hay mucho de las reivindicaciones de mi zona, que tiene una situación muy complicada. Eso y la tendencia hacia el individualismo de las últimas décadas.

    -Vuelves a incidir en la tristeza de Gijón, dedicándole varios mensajes en este sentido a lo largo del disco. ¿La gente te dice algo cuando estás allí, por la calle?
    -Disfruto mucho de la ciudad. La adoro. Pero la veo maltratada, como casi toda Asturias, que es una zona muy maltratada. La reconversión industrial y los años 90 en general llegaron a desmontar las protestas obreras. Se empezó a ver como algo habitual, algo que, al final, no tenía incidencia. Eso es algo que ha cambiado el 15-M, la percepción de lo que puede hacer la calle y los colectivos que es capaz de activar. Pero volviendo a Asturias, mi recuerdo es el de los amigos que se marcharon porque no podían seguir viviendo allí… aun así, en las canciones hay voluntad de querer.

    -¿La gente de allí lo percibe? ¿Qué te dicen?
    -Hace poco, pese a lo que pueda parecer, una chica me dijo que precisamente le daba subidón ‘Ciudad Vampira’ (Vivo en la ciudad más triste que jamás / una mente triste pudo imaginar). Otro día me encontré con un conocido que me decía: «¿cómo dices que que Gijón es la ciudad más triste? ¡La más triste es la mía!». El tío es de Mieres… (risas).

    -Mencionas al 15-M y sus secuelas. ¿Qué vigencia percibes de este movimiento a unos días de su tercer aniversario?
    -Creo que ha conseguido un montón de cosas. Se creó un clima, un impulso sobre el cual han surgido numerosos movimientos sociales y formas de autoorganización. Era un impulso necesario del que ha salido gente como la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) con Stop Desahucios y todo lo que han conseguido. Pero no solo esto. El cierre de los CIES (Centros de Internamiento de Extranjeros), las mareas verdes y blancas en las diferentes ciudades… la gente cree que los cambios que genera algo como el 15-M llegan de la noche a la mañana, pero no, creo que llegan de estas maneras y ahí están, sucediendo.

    -Por cierto, el 15-M de este año estarás actuando en Madrid. ¿Qué sensaciones te produce?
    -No sabía que era exactamente ese día. Me gusta. Es un aliciente para ver qué nos encontramos al salir, porque Joy Eslava está muy cerca de Sol. Pero bueno, supongo que ya se encargará la policía de que ese día no se monte nada por los alrededores…

    -Tu interpretación de las canciones no es precisamente estética, pero en cambio parece imposible entender algunas letras si no se escucha tu ironía, por ejemplo.
    -Es tramposo escuchar mis letras sin escuchar el tono en el que las interpreto. Si silbas una melodía no es igual que si la cantas, porque intentas utilizar diferentes formas de interpretar para hablar de temas espinosos, utilizas recursos, frases hechas… Todo esto lo aprendo de la música popular, que es una constante influencia. Me interesa mucho cómo se utilizan acordes mayores y arreglos alegres para hablar de verdaderos problemas personales o sociales.

    -Te gusta la música popular, pero a menudo desprovees a tus canciones de estribillos. ¿Te ha preocupado alguna vez a lo largo de tu carrera hacer un tema pop, de esos que la gente entiende como ‘redondo’?
    -No, no me ha preocupado nunca. Es una cosa que hablaba con mucha gente al principio de hacer música en solitario. Veía cierta obsesión a mi alrededor por ‘la canción pop perfecta’, pero al final trabajar en ese camino creo que te lleva a una especie de creción simplista. Para mí el hecho genuino de las canciones es la imperfección. Lo que me atrae de la música popular es esa parte libre, la ideas originales. Y frente a ello soy consciente de que el rock y el pop son géneros cerrados, por eso también me interesa dejarme llevar por influencias diferentes.

    -El disco reúne, por cierto, estilos muy distintos. Desde el extremo casi hawaiano de ‘Liberteriana Song’ hasta un tema de pop-rock mucho más estándar como ‘Adolfo Suicide’. Y casi están unidos en el álbum. ¿Te planteas si hay canciones que no tienen cabida por su estilo?
    -Sí. De hecho, en La zona sucia descarté canciones porque chocaban especialmente unas con otras. Luego hay formas de producir, de instrumentar las canciones. De no ser por esto ‘Adolfo Suicide’ y ‘Runrún’ no hubieran podido convivir en el disco. Pero bueno, esto hay gente que lo critica, que cree que son demasiados estilos dentro de un disco.

    -Llama la atención la portada del disco. ¿De dónde sale esa fotografía?
    -La vi en un libro llamado EE.UU: 150 años de lesbianismo. La foto en sí me pareció muy poderosa e investigué para ver si tenía un propietario para poder utilizarla de alguna forma. Contactando con una representante de una asociación de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales de San Francisco supe que aquella fotografía tenía referencias al caso de Alice Mitchell y Freda Ward, una pareja de lesbianas de 19 y 17 años en la que la más mayor degolló a la otra bajo la presión social. Salió a flote el lesbianismo en la sociedad estadounidense de la época, haciéndose popular el caso y hablando de ello en un momento en el que era mucho más que un tabú. Lo que me interesaba era como había roles que se habían perpetuado desde entonces en la sociedad.

    -Pareces más relajado en este disco, con tonos graves mucho más cercanos a tus registros más cómodos. ¿Es así?
    -Mi registro vocal es muy limitado, pero hace tiempo que esto no era una barrera para hacer canciones. Esto me dio ánimos hace tiempo, porque aunque nunca he formado mi voz, cosa que me gustaría hacer pero que nunca encuentro tiempo para ello, puedo cantar diferentes tipos de canciones y contar cosas. Trabajo mucho los cambios de tono cuando creo la canción, hasta hallar el más adecuado y en este caso han surgido así.

    -Por cierto, ¿la industria discográfica está más cerca de ‘resituarse’ o de saltar por los aires?
    -Necesita ‘resituarse’, pero mucho más. Hace tiempo, en una entrevista, dije que creía que era bueno que la industria se viniera abajo. Me llovieron los palos porque nadie me entendió. Creo que hay una industria que ha sido muy negativa para la música y para la gente que hace música y para los que escuchamos música. Los grandes sellos machistas y opresores. Pero los artistas cada vez más van por el camino de la autogestión y ese creo que es el camino. Es más, me gustaría que nos mirásemos más en los movimientos sociales de los que estábamos hablando.

    -Dentro de esa faceta tan reconocida tuya como observador, en este disco te muestras («Nachín») más que nunca, insultándote un poco, distorsionándote entre los versos. ¿Cuánto hay de juego y cuánto de verdad en todo ello?
    -Hay un poco de ambas cosas. Siempre había hablado de mí en las canciones a través de otras personas, con personajes. Al final, terminaba desarrollando en tercera persona porque te da la posibilidad de crear perspectivas y de cuestionar cosas. Pero en este caso hay un contrapunto: cuando la canción apela a algo más común, común a todos, me utilizo a mí mismo para describirlo.