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  • Oggi, 1978: 40 años de la discoteca y el momento que desencadenó la Ruta

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En la búsqueda de una historia para la Ruta, hay dos tendencias marcadas a la hora de fechar el movimiento. La primera disocia lo ocurrido a partir de 1990 de lo anterior. Otra, en la que abundan los dos trabajos bibliográficos de referencia (En Éxtasis, de Joan M. Oleaque, y ¡Bacalao!, de Luis Costa), entiende que el fenómeno no se puede comprender sin sus etapas anteriores. De alguna forma, estos dos libros y la hemeroteca también reunida en la serie documental València Destroy: la historia no contada de la Ruta del Bakalo contemplan que no existe un hito determinante para separar uno y otro mundo, sino que es la evolución –degeneración por masificación– la que tuerce el relato. Una torcedura de facturación millonaria, pero de consecuencias todavía latentes en la marca València, las leyes de seguridad ciudadana del Estado y el clubbing en España.

    Esa historia construida en la distancia tiene su prehistoria y, como sucede con todo relato coral, encuentra sus reliquias en muy distintos sitios. Casi todos ellos, en la capital, aunque lo mejor del movimiento sucediera algo más tarde a 35 kilómetros al Sur (Barraca y Chocolate) o en su poco reivindicada versión al Norte: Espiral. En esa prehistoria, se habla de locales que eran clausurados por la policía por razones tan peregrinas como no tener sillas en las que sentarse. Nuevas realidades «indecorosas» como las de Capsa 13, o locales en los que un nuevo público no sabía ‘si iba o venía’ a ojos del control policial del Régimen: Studio, Christopher Lee (todavía abierto), Crack… 

    Sin embargo, el rasgo sociológico que parece marcar la diferencia se encuentra en una ruptura generacional: los usuarios de aquellos locales ya no querían oír a más cançó. De algún modo, sus inminentes protagonistas daban por hecho el cambio. Querían romper con el pasado y con ‘el rollo’ de sus hermanos mayores. Querían dar rienda suelta a un hedonismo no premeditado, pero que necesitaba explorar con fruición las nuevas libertades adquiridas. Les decían que eran libres y no sentían ninguna hipoteca con el pasado más inmediato como para evitar divertirse influidos por todo lo que supiera a modernidad exterior. Por eso, para encontrar la reliquia, habría que buscar un club no anterior a 1976. De manera fortuita, como casi todo en este relato, bastó con esperar unos meses, hasta 1977, para que la vida de un trotamundos se cruzara con la ansiada modernidad valenciana.

    El advenimiento del dj

    Juan Santamaría frisaba los 30 años cuando dio con sus huesos en Oggi, el club apócrifo en el origen de la Ruta situado en la calle Maestro Gozalbo número 20, en València. Para entonces ya había vivido varias vidas, casi todas ellas relacionadas con la música y lejos de su Castellar natal. Logró convencer a sus padres para hacer el Bachiller en casa de una familia conocida en Poitiers, Francia, y nada más volver siguió con su búsqueda de oxígeno exterior. Empezó por evadirse a través del turismo al trabajar en Granada, Ibiza y Sitges. Especialmente en Ibiza, en los chalés de los hippies americanos, fue consciente de cómo la música pinchada no tenía porqué ser un hecho exclusivo del club. Descubrió que todo el mundo entraba y «bebía, dormía, comía y seguía» allí durante horas. No había control de acceso y no había VIPS ni clases (uno de los hechos cruciales de la Ruta, dinamitado en los 90 en su sentido más contrario). Lo mejor no sucedía siempre de noche, sino al amanecer o durante el día. Y el eje de todo aquello era la música, más bien blanca, aunque de eso hablaremos más tarde.

    Antes de Oggi

    Antes de que Santamaría llegase a Oggi, en València, el concepto del dj ya se había extendido por España. Con especial arraigo en todas las zonas de costa, aceleradas por el desarrollismo y por la sana contaminación de los turistas extranjeros que las iban poblando, la figura del pinchadiscos se iba asentando mientras el dj de Castellar seguía su periplo de experiencias por Europa. Trabajó limpiando en Àmsterdam y hasta estuvo casado en Escocia, donde pinchó en un pub, como en Londres. Su camino parecía tener mucho que ver con permanecer lejos de un origen que tampoco le llamaba la atención en aquel momento, pese a los aires de cambio. Pero cada vez que volvía acababa pasando algunas semanas o meses al frente de las cabinas del momento en València. Entre otras, en San Francisco, que mucho más tarde sería Spook Factory, y donde ya aplicó muy inicialmente la idea de importar fiestas con locales de la ciudad y marcas de moda. Por primera vez, allí ya se enfrentó al funky totalizador de la época.

    Más acusado sería su paso por Cap 3000, la mitificable discocoteca de Benidorm que tenía entre sus relaciones públicas a Tony Leblanc o José Legrá (más tarde, Ku Benidorm). Bandas extranjeras y estrellas pop españolas actuaban en aquel local donde el pop británico y el rock americano eran dispuestos por Santamaría. Y aunque este trataba de regresar una y otra vez a Londres, en aquel momento ya separado de su primera mujer y conectado a Linda, su todavía actual pareja, en Cap 3000 siempre le convencían para pasar la temporada de verano. El dj valenciano, que más tarde sería productor y hasta manager, empezó a considerar la opción de trabajar en su tierra. Le pagaban generosamente porque, de alguna manera, la modernidad que él importaba por su relación con el exterior, era imposible de rastrear entre el material humano autóctono.

    Después de Oggi

    En 1977, de manera fortuita una vez más, llegó a Oggi. Linda todavía estaba en Londres terminando sus estudios, pero como insiste Santamaría, le pagaban demasiado en València y algo más que eso: «me ofrecieron ser un dj fijo en un club. Eso me llamaba mucho la atención y quería vivirlo«. Durante algo más de tres años, su calendario laboral pasó a ser de seis días a la semana («y el séptimo, que descansaba, también me pasaba por allí»). Linda se convirtió en el cordón umbilical de esa modernidad con los envíos cada semana de material de importación. El dj de este club situado en el Ensanche de València llevaba años suscrito a Melody Maker, NME Sounds. Escuchaba con asiduidad los programas del periodista –y también dj– John Peel: «me gustaba muchísimo porque pinchaba sin distinción de estilos, siempre que aquello que pusiera fuera diferente a lo que habíamos oído hasta entonces». 

    Santamaría, influidísimo por Londres y por Peel, llegó a Oggi con cierto halo de estrella. Pero los comienzos no fueron fáciles: «recuerdo a ‘el tirantes’, un tío un poco fachoso del lugar; uno más. Un día al empezar, estaba pinchando, y, como otros, me silbaba. Bajé la música y le pregunté que si me estaba silbando porque le gustaba la canción o porque quería protestar. Nos hicimos muy amigos luego, pero yo les decía: ¿has escuchado esta canción? ¿A que no? Pues déjate llevar. Escúchala. Luego te la vuelvo a poner, a ver si te gusta más». Insistió en importar música que aparentemente no se podía bailar, y así sonaba Fleetwood Mac, Jimi Hendrix y hasta Tangerine Dream, aunque hacer una selección es arbitrario por la eclecticidad que aportaba en aquel momento.

    Oggi atrajo a cierta cantidad de público por un par de hechos tecnológicos del momento: tenía un láser primigenio –toda una sensación de modernidad en la València setentera– y contaba con una pista giratoria (cuentan que cuando se atrancaba, provocaba caídas en masa). La pastilla que giraba se mantuvo durante las siguientes denominaciones y propiedades de Oggi, pero no en activo. Nou Café Concert (NCC) y Un Sur fueron los locales que le sucedieron, donde actuaron infinidad de grupos. Entre otros hitos de la música en directo que ahora no viene al caso, en aquella sala para unas 400 personas (que doblaba aforo ante la ausencia de normas y la mayor ausencia del rigor policial de la época) se grabó el primer directo de Seguridad Social: ‘En desconcierto‘. 

    Pero antes de ver pasar por la zona pija de València a directos como Parálisis Permanente, Oggi fue el club seminal para la Ruta por algunos motivos distinguidos: 

    1. Rompió con la música negra. El funky lo invadía todo, con una segunda línea de interés comercial por lo que llegaba desde el pop lánguido italiano. A Santamaría esto le interesaba nada y salvo alguna canción del ‘padre’, James Brown, su influencia británica le hacía estar muy próximo a la ‘música blanca’. Música de cadencias bailables y síncopas, pero interpretada habitualmente por blancos.

    2. Alimentó por igual a las muy diferentes tribus urbanas, sin distinción de clase o procedencia. Otro rasgo de calado en el origen de la Ruta y que hizo convivir a mods, rockers, punks y, enseguida, nuevos románticos. Santamaría disponía eclecticidad e irreverencia, pero sobre todo era consciente de su oficio (se sacó el carné de «montador de discos», nomenclatura del Régimen para el dj, en 1972, en un cine de Alicante).

    3. Las sesiones eran interminables. Horas y horas que, cabe recordar, todavía se veían interrumpidas por el lento. Esa institución heteropatriarcal se rompería definitivamente con Carlos Simó en Barraca, pero como admiten tanto Santamaría como Simó, de alguna manera aquello empezó en Oggi. Santamaría aprovechaba la exigencia empresarial del lento para poner a Beatles o al ya citado Jimi Hendrix (‘Hey Joy’).

    4. Oggi se convirtió de manera también apócrifa en la primera casa de importación de música. Los viajes constantes de Santamaría a Londres –para ver a Linda– o de Linda para estar con Juan, servían desde hacía tiempo para ‘traficar’ con música independiente británica de importación. «Solo se podían pasar cinco vinilos por cada pasajero, así que antes de que llegara el avión me ponía a repartir bolsitas. La gente era muy amable y te los pasaba. Luego salía el primero y los recogía. Me preguntaban que dónde pinchaba y algunos hasta venían a verme». La importación siguió incluso con Linda ya en València, basada en las recomendaciones de Peel y las revistas favoritas de Santamaría, con la hermana de Linda como remitente constante de lo último de la nueva ola británica.

    5.  Por este motivo, como sucedería en los ya citados templos fundacionales (Barraca, Chocolate y Espiral), la discoteca se convierte en la biblioteca pagana del pueblo. Una biblioteca hedonista, porque musicalmente ha roto con las implicaciones políticas. Pero allí se dispone una música nueva y moderna, de manera constante, que de ninguna manera nadie se puede permitir en casa. El dj, en gran medida, después de haber dejado de ser un camarero venido a más o un gestor de sala, adquiere con Santamaría en València ese papel como chamán de la noche.

    6. De la noche y de las noches, una tras otra (imagínense ahora), lo cual genera una clientela constante y creciente. En Oggi, oficialmente hasta las tres de la mañana. No sin conflictos vecinales, siete días a la semana. Conflictos muy distintos a la tranquila situación que muestra ahora el local y el entorno. La confluencia de tribus urbanas y las nuevas libertades vivían esa convulsión entre la anomia y el disfrute. Santamaría pasaba allí una noche tras otra, lo que también le permitió experimentar y tener horas de vuelo.

    7.De manera incipiente, los hay que ya otorgan un papel crucial a los relaciones públicas de la sala. En gran medida, sus propios trabajadores y el mismo Santamaría que sabía que relacionarse con diurnidad y otros ritmos revertía en la noche. Pese a situarse en un barrio acomodado de la ciudad, Santamaría logra a través de la música y de su actitud que el club no sea elitista. Es algo que acabaría importante en su paso efímero pero influyente por Barraca, Chocolate Cream y Metrópolis.

    8. Aunque no acabó del todo con el lento –que si extinguiría Simó en Barraca (Simó acudiría a la sala a escuchar la música de Santamaría durante horas)–, si acabó con ‘las rumbas’ («y con la música de Los 40 Principales», añadiría él). La otra institución oficial de las discotecas en España incluía un rato de ‘rumbas’ con el que Santamaría no transigía. Aun pareciendo un gesto menor, sirvió para redondear la idea de una sesión continua.

    9. Santamaría, bien remunerado, trabajó de manera independiente. Siempre con la sensación de que estaba de paso y que seguiría hacia otro lugar. Aunque más tarde el local cogería mucho carácter con los conciertos, con Santamaría parecía que el dj era más que suficiente como para llenar la sala y tener todo un discurso. Esa idea de club arraigado a un dj con tanto nombre en València también fue seminal.

    10. Aunque llegó en 1977, Santamaría vivió un inicio hostil derivado de las expectativas y de una falta de entendimiento inicial con el público. No fue hasta 1978 cuando su idea de club y un estilo marcado, muy distinto a todas las demás discotecas de la ciudad, se asentó y explotó. Y ya no hubo quien lo descabalgara del interés de aquellos días, donde los Alaska, Miguel Bosé o Francis Montesinos, entre tantos, pasaban asiduamente por allí.

    El inicio de otras historias

    A Santamaría le convencieron para dar el salto a una gran discoteca de nueva construcción: Chocolate Cream. Asentada en un antiguo secadero de arroz, en Sueca, pretendía albergar aún más modernidad en un espacio grande y junto a una zona turística como la que se comprende entre El Perelló y el Mareny Blau. Tenía forma de tarta gigante de chocolate, pero como tantos proyectos se quedó a medias (convirtiendo en una especie de Haloween eterno que capitalizaría ‘El Gitano’). Él aguantó unos meses en los que convivió –a 200 metros de distancia– con la relevante llegada de Simó a la cabina de Barraca. Unos meses de sincronía donde, según Santamaría, sus discos también viajaban a Barraca para que Carlos pinchara algunas novedades durante las primeras horas de la sesión. Santamaría estará en todos los pasos de puerta del fenómeno: le pondrá el nombre al Bacalao (con C), participará como productor en Londres del primer remix de una canción pop española (‘Semilla Negra’, de Radio Futura), antes habrá abierto con los hermanos Jiménez la tienda de discos para dj’s ‘Zic Zac’ y hasta acompañará a Chimo Bayo a la feria de la música de Cannes (Mimed) en 1993. 

    Oggi por su parte se reconvertiría hacia la música en directo, aunque sin abandonar la idea de club. Nunca llegó a tener un dj que aplicara en tan poco tiempo tantas novedades y que ejerciera de icono como para atraer a los interesados en la música, más allá de todo el acting social y relacional que gira en torno a cualquier discoteca. Santamaría, entre sus muchas aportaciones, llegó a lograr que los hombres bailaran con algo que no fuese funky. Y lo hizo antes de que drogas de cierto calado hicieran su tímida aparición, solo a través de los platos importados una semana tras otra desde Inglaterra. Oleaque, el periodista gracias al cual su existencia está anidada al relato, está convencido que sin Oggi la historia hubiera sido muy distinta (y quizá hubiera llegado, como casi cualquier otra cosa después, tan tarde como a cualquier otra ciudad de España).

  • 25 años de ‘Así me gusta a mí’, la historia tras la canción que marcó el final de la Ruta

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    «No puedes crear una obra maestra sin un toque de locura», asegura Michel Seydoux en Jodorowsky’s Dune (Frank Pavich, 2013). En este documental, el gran productor del cine francés justifica como su familia extendió un cheque en blanco a Alejandro Jodorowsky para que convirtiera en película la novela de Fran Herbert. «Tal vez [el proyecto] Dune tenía demasiada, pero un film que no tiene un poco de locura no puede conquistar el mundo». El cineasta chileno, que ya había conquistado a la crítica con El topo (1970) y La montaña sagrada (1973), lapidó millones de francos hasta frustrar un rodaje que nunca sucedió.

    Jodorowsky actúa esta noche en el Teatro Olympia de Valencia y también lo hace Chimo Bayo (Marina Real Juan Carlos I, 23h), quien también conquistó el mundo –al menos el de las pistas de baile- hace 25 años. Exactamente, el pasado 11 de julio se cumplió un cuarto de siglo de la publicación del single ‘Así me gusta a mí‘, disco de oro en España y, posiblemente, el más vendido en su formato con un millón de ejemplares en 40 países. A los ojos de 2016, un ‘himno generacional’ que llevó al Sonido Valencia hasta sus mayores cotas de popularidad; a criterio de quienes vivieron en primera persona el proceso de creación de la canción, la última frontera, «el punto de inflexión previo al fin de la Ruta del Bakalao«.

    Esta noche, Bayo compartirá escenario con su hija, la también dj Tanya Bayo, y Dj Sento en la Marina Norte, frente al Marina Beach Club, con entrada gratuita y bajo el paraguas de la Gran Fira de València. Un espectáculo, según el comunicado del propio Ayuntamiento, para «reivindicar la importancia de la Ruta del Bakalao», con un espectáculo «extravagante y cargado de energía». ¿Pero qué fue la Ruta? ¿Quién fue Chimo Bayo? ¿Qué supuso verdaderamente ‘Así me gusta a mí’ hace 25 años? ¿De quién fue la idea y qué o quiénes propiciaron el que es -a buen seguro- el éxito más inmediato y masivo de la música electrónica española? 

    ‘Así me gusta a mí’ o la influencia del micro de diadema

    La Ruta, termino que comercializó y criminalizó a partes iguales la contracultura valenciana de los años 80, fue el espacio de desarrollo profesional como dj de Chimo Bayo. Piloto de motocross profesional en ciernes, era «un chico que empezó muy joven» a pinchar, «un chaval súper sano» y, para las mismas fuentes, el dj de Woody cuando era todavía menor de edad. No tardaría mucho en dar su primer salto a una discoteca de entidad, Arsenal, en 1987.  «Cuando llegué allí venía de trabajar en Trance, un club de Calpe. Me contrataron, precisamente, porque no soltaba el micro. Porque hablaba, cantaba, animaba… pero cuando llegué el micro no sonaba bien. Les dije que me pusieran una reverb buena, para poder hacer mi espectáculo, pero no me hacían caso así que inauguré y me pasé dos años sin poder hablar ni cantar por el micro». Esa curiosidad, «accidental, si quieres», sirvió -según sugiere el propio Bayo en declaraciones a Valencia Plaza- para explorar «más música electrónica; para que encontrase mi propio sonido».

    Para cuando pudo volver a tener un buen micro y una reverb poderosa «ya había parecido ‘el de diadema’. Aquello fue genial. Yo cantaba sobre el ritmo, en el momento preciso, y con aquellos micros antiguos pegados a la mesa, cuando quería decir algo llegaba medio segundo tarde. Sin embargo, con un micro pegado a mí, inalámbrico, podía hablar de espaldas a la mesa, bailando, buscando el siguiente vinilo«. Es un momento crucial para entender cómo surge ‘Así me gusta a mí’, «porque cantaba sobre las canciones, improvisaba, decía cosas… las iba uniendo». Una de las personas más próximas entonces a Chimo Bayo, el también dj Kike Jaén recuerda a este diario cómo «al terminar él de pinchar venía a relajarse a la discoteca donde yo trabajaba, y mientras estaba en la cabina me cantaba el chiquitan chiquititan tan tan que tun pam pam que tumpam…«. 

    No había ninguna base propia, pero ya existían sus letras, a menudo soluciones onomatopéyicas, palabras sueltas. Quedaban meses o años para que se editasen singles con expresiones como «Exta-sí, Exta-no«, «química«, «bombas, qué pasa» o «la tía Enriqueta», pero todas ellas revoloteaban las sesiones en cassette que han ido nutriendo el mito durante los últimos años a través de YouTube.

    Simpatía por la autoría

    Los que rodean a Chimo Bayo lo implican en el éxito del fenómeno, pero se reservan una parte del proceso a su nombre. Jaén, que era y es fotógrafo profesional, se encargó de las fotos promocionales de aquel hito para la música comercial. La idea, en la imagen superior lateral, demuestra no haber envejecido con el paso de estos 25 años. Por su parte, Vicente Pizcueta, quien inauguró Arena y fue director de Barraca durante sus años de apogeo en la Ruta, reconoce a este diario que el nombre de la canción fue cosa suya: «Chimo es o era una persona de ideas fijas. Quería que se optara por el concepto de ‘exta-si, exta-no’ para el título, pero yo le insistí a él y a Paco Almendrós de que aquello, en pleno año 91, iba a ser un escándalo y que con otro título podría tener una salida que le ayudara a ser más asumible por las emisoras de radio». Huelga decir que Pizcueta sería impulsor a su vez de la organización sin ánimo de lucro Controla Club.

    Pizcueta cita a Almendrós, con quien no ha podido contactar este diario, pero que fue una pieza fundamental para la realización de ‘Así me gusta a mí’ como responsable de Area Records. Algunas fuentes apuntan a que la discográfica y distribuidora valenciana estaba «al límite de sus posibilidades», «en quiebra, seguramente», pero creyó en el proyecto de Chimo Bayo. «Él ya lo había intentado mover con otra gente», apuntan Pizcueta y Víctor Pérez, otro de los dj’s del momento y hombre de Contraseña Records, que añade a este diario que entre otros se le ofreció a la popular sello valenciano Megabeat. Sin embargo, fue Almendrós y Area quienes paquetizaron el proyecto y lo llevaron al éxito: «Paco era un importador de discos como pocos en España. Discos de culto y muy bien relacionado en según qué países. Llevaba haciendo y produciendo discos mucho tiempo y si alguien logró que aquella canción saliera de Valencia y tuviera la distribución que tuvo, de Alemania a Japón, ese fue Paco», opina Pizcueta.

    El propio Almendrós buscó a un productor para convertir aquellas letras e ideas de Chimo Bayo en una canción y encontró, según apunta Pizcueta y afirman Jaén o Pérez, entre otros, a Germán Bou, «habitual de este tipo de proyectos como también lo podía ser Juan Carlos Pla». Admirado por todos ellos, Bou, hombre en la sombra de esta historia y referencia para muchos ruteros como creador de canciones tales como ‘The Grial Saint’ o ‘Dunne‘ (la canción de Espiral, oro himno de la Ruta), su participación en la elaboración de ‘Así me gusta a mí’ es seguramente la más controvertida de todo el proceso. «Yo no frecuentaba esas discotecas y no conocía bien a Chimo Bayo. Me lo presentaron y vi lo que hacía a partir de unos vídeos grabados en la sala Capital de Madrid, donde cantaba sobre unas canciones de Front 242. Vi las luces, el humo, cómo bailaba… Todo aquello fue mi inspiración», contesta Bou a Valencia Plaza

    Bou ha producido desde rock sinfónico a buena parte de los discos del mito viviente de la canción mediterránea Julio Bustamante, entre no pocas referencias. No obstante, todo lo que rodea a su participación en ‘Asi me gusta a mí’ le genera una conversación tensa desde la que lamenta años de juicios, de derechos de autor suspendidos y posteriormente reactivados. «La canción es muy marciana», resume, aludiendo a que esta plagada de guiños sinfónicos, al uso «de cajas de rock con una compresión muy dura» y, en definitiva, a un bagaje de influencias tan ecléctico que la convirtieron en una canción separada del sonido de la Ruta. Para Chimo Bayo, esa diferenciación al hilo de otra conversación es «clave para entender cómo en otros países no tenía un sonido comparativo; era un sonido propio».

    El productor, por su cuenta, inició hace tiempo una cruzada personal con un extenso artículo en Wikipedia que admite haber redactado y un video en el que explica paso por paso su composición musical. «Mi intención nunca ha sido desmerecer los méritos que Bayo tiene sobre lo que sucedió, sobre lo que fue. Quien me conoce, quien estuvo en el proceso, sabe cuál fue mi papel, todo lo que hice». En los anuarios de la SGAE y el monumental libro documental Solo éxitos, 1959-2012 (Fernando Salaverri Aranegui, Fundación SGAE), todas las referencias de autoría y composición registradas son para Chimo Bayo. Sin embargo, en el registro de repertorio de SGAE (accesible a través de su webtodas las referencias de propiedad son de Bou junto a Rafael Garcia, socio suyo en aquella época y a quien cedía la mitad de sus derechos. El propio Bou ha facilitado en última instancia toda la documentación almacenada en el Registro General de Propiedad Intelectual a este diario como prueba de su autoría.

    Pizcueta apunta que fue el propio Antonio Martínez Bodí, el director de SGAE Valencia, quien trató de mediar llegado el momento para calmar el conflicto entre las partes. Bayo prefiere no hacer ningún comentario sobre su etapa en Area Records, con cuyos responsables basta decir que mantuvo litigios hasta por apropiación del nombre artístico: «fue tan absurdo que al final me dieron la razón por algo tan sencillo como que no podían apropiarse de mi verdadero nombre».

    La alquimia de un éxito inmediato que generó celos

    Era el primer single de Chimo Bayo, se lanzaba un 11 de julio con todas las improvisaciones habidas y por haber en lo referente a su marketing y en una semana «estaba sonando en todos los semáforos en los que me paraba», apunta el artista.  «Chimo Bayo está en su momento más álgido. Es un dj muy popular y, aunque es obvio que no es consciente de lo que va a pasar, es un reflejo del buen momento que viven los estilos a los que él más ligado puede estar, como el Electronic Body Music o el hard techno», apunta el periodista e investigador Joan Oleaque. El autor del libro de referencia En Èxtasi(Ara Llibres, 2004) puntualiza que Chimo Bayo «pertenece a uno de los subcircuitos. La visión actual de la Ruta, muy superficial, da un valor único al circuito principal de discotecas como Barraca, Chocolate, Spook o Puzzle, pero hay otras ‘rutas’ como en las discotecas donde él está, como Arsenal y El Templo. Él logra un éxito masivo, internacional, desde ese subcircuito, protagoniza la popularización definitiva del medio y hace que haya cierta reflexión interna entre algunos dj’s que se plantean si deberían haber hecho algo así, mientras que otros rechazan el modelo y se genera cierta controversia».

    ‘Así me gusta a mi’ estuvo 24 semanas en las listas de éxito en España y siete de ellas como número uno. Las cifras de ventas ya se han referenciado, pero el impacto fue tal que Bayo ‘conquisto’ la televisión pública con actuaciones y se marchó -séquito y bailarinas mediante- a realizar un concierto a Japón, mientras países como Reino Unido, Bélgica o Alemania hacían sonar insistentemente un hit que se propagó a través de cassettes: «ese formato fue el principal medio de extensión. Por las ventas, por la piratería de la gente grabándoselo y porque mucha gente de la Ruta estaba acostumbrada a recopilar cintas de sesiones y era un modo de reproducción habitual en coches y casas».

    La notoriedad se multiplicaba semana a semana y en Valencia, con la Ruta masificada y la atención mediática sobre sus consecuencias, también hubo rechazo, celos y envidias a lo que ‘Así me gusta a mí’ estaba generando. Los contactos en la actualidad con los próximos al fenómeno se destacan por mantener una muy buena relación con Chimo Bayo, pero el propio Pérez añade que no siempre fue así. «Los dueños de las discotecas de alrededor prohibían mi canción, pero yo me llevaba bien con los dj’s y sé que si tenían ocasión la pinchaban», dice el artista. Oleaque matiza: «es normal que no se pinchara en la Ruta porque, para empezar, y es parte del mérito y del éxito, Chimo Bayo cantaba en español. Para continuar, ese sonido, era ‘otra historia’. No era un sonido propio de la Ruta, era más próximo al sonido belga que tanto le gustaba a él. Las discotecas aquí no seguían ese estilo y era algo comentado como la canción estaba sonando insistentemente en Ibiza y aquí nada«. 

    El éxito de Chimo Bayo como punto de inflexión y final de la Ruta

    «La ruta llegó a su clímax en el 91. Yo no estaba muy pendiente de todo ello, porque sabía que todo lo que hacía era muy personal, que iba por otros derroteros… ¡estaba cantando música para este tipo de discotecas en castellano!», resume Chimo Bayo. Pizcueta, que más allá de su vinculación contemporánea al fenómeno es empresario reconocido y licenciado en filosofía, aporta: «los teóricos de la antropología llamarían a lo sucedido en la Ruta anomia. Fue el fruto de la ausencia de leyes. Y esa autenticidad se vive en un periodo que va del 81 al 88 o, quizá para otros, hasta 1990. Las elites europeas miraban a Valencia porque lo que se vivía aquí, lo que sucedía, no podía reproducirse en otro sitio. Pero entonces, o precisamente por ello, se masifica. Es la popularización comercial dado el grado de conocimiento, de la notoriedad social que tenía. En esas situaciones, otros países, otras ciudades, han sabido montar una industria, pero aquí no. Aquí hasta los sellos discográficos catalanes vendían en el mundo más discos de Valencia que los valencianos».

    Pizcueta, que reivindica «la autenticidad de Chimo Bayo», asegura sin ambages que «‘Así me gusta a mí’» marca el punto de inflexión, la decadencia de un fenómeno cultural y social». Para Oleaque la situación no es muy distinta «a cualquier otra tendencia musical que permanece en el underground hasta que crece y crece y acaba dando el salto mainstream. No veo que sea distinto a lo que ha podido pasar con el hip hop en otros países». Eso si, todos los consultados destacan como Chimo Bayo supone un perfil de dj muy particular en la ruta, porque no destaca «por ser técnico, purista, meticuloso -todos destacan tres nombres aquí: Carlos Simó, Fran Lenaers y José Conca-; él monta un sarao. Convierte la cabina en un pequeño escenario y busca un publico moderno y amplio desde su inicio, lejos de esa idea más propia de la Ruta pero no muy conocida de la búsqueda de un ‘público mental’».

    ‘Asi me gusta a mí’ y Chimo Bayo representaron hace ahora justo 25 años un fenómeno sin precedentes. Un impacto sin réplicas posteriores. Un hito único, en torno a una sola canción también única en su género, aceptando ciertos rebotes con temas de menor calado como ‘Bombas’, aunque este sí tuvo su peso en ventas. Aquel «himno generacional» sigue plagado de leyendas urbanas: decían que sus ventas se habían registrado en el libro Guinness, que El Corte Inglés en Valencia «largaba» 100 copias al día y que hubo quien persiguió el cassette de gasolinera en gasolinera, punto de venta esencial para comprender el gran éxito para el proyecto. Nada de leyenda y mucho más interesante fue el citado impacto internacional, la actuación nipona o la atención mediática acaparada en la feria Midem de Cannes, una de las más importantes del mundo para la industria de la música.

    Chimo Bayo abandonó El Templo, la discoteca desde la que dio el gran salto y que inauguro en 1990. Empezó a pinchar un fin de semana tras otro por toda España (también fue pionero en establecerse como dj de marca itinerante), trajo a sus idolatrados Front 242 a un recordado concierto en el campo de fútbol de la Pobla de Vallbona. Cumplió muchos sueños y este jueves, en Valencia, solo piensa «en disfrutar. Quiero que la gente se lo pase bien». A él lo que le hace «más ilusión en este momento es que el Ayuntamiento haya ayudado a que suceda. Pienso que, cuando hice la canción, hace tanto, mi idea era que estábamos generando cultura. Ver que ahora las instituciones se giran y reconocen lo que hicimos, que reconocen este movimiento de hedonismo y de música, para mí es muy importante».