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  • 20 años de ‘Flying Free’: la historia tras el himno mákina que trascendió a la música popular

    Publicado originalmente en GQ

    “Desde 1992 hay un club que está haciendo historia. 7 años después, en 1999, sigue pegando… ¡Pont Aeri!”. No pocos makineros siguen balbuceando imprecisos la primera de las cuatro frases (cuatro, exactamente) que componen la letra de ‘Flying Free’. Qué importa. Con los ojos cerrados, el vello se eriza mientras recorren cada una de sus palabras.

    La cantadita suena igual de nostálgica que el primer día, con ese deje tan orgánico que dejan algunas notas ligeramente desafinadas, hija de un tiempo anterior a la dictadura del autotuneLa voz de Marian Dacal se mimetiza mucho tiempo después con la del sujeto que abre los ojos desgañitándose, pero lo que ve hoy ya no es una sala llena cuerpos que brillan bajo el potente neón. Es la boda de su sobrina, es la discomóvil de las fiestas del pueblo, es la verbena de San Juan. ‘Flying Free’ cumple 20 años convertida en un himno de la música popular española. La herencia única del movimiento mákina al imaginario colectivo. La crónica de un éxito. Del éxito de una empresa familiar, la de los Escudero. Esta es su historia.

    La letra de ‘Flying Free’ se debate entre la autobiografía y la cuña radiofónica. Dice así (canten conmigo): “When the stars begin to shine, it’s the time to feel the melody, the sensations you will find, in the dj’s factory / Just let your mind be free, dj’s technology, sound, flash and energy, in the dj’s factory. Flying free, feel the ecstasy, it’s a place to be, dj’s factory”. Dicho de otra manera: «Cuando llega la noche, es el momento de sentir la melodía. Libera tu mente. Sonidos, luces y energía. Vuela libre, siente el éxtasis, es el lugar en el que estar: la fábrica de dj’s».

    Esa fábrica de dj’s era Pont Aeri, empresa del padre de los hermanos Marc y Xavier Escudero. Conocidos como Dj Skudero y Xavi Metralla, junto a Pastis & y Buenri, los responsables del sonido de la sala, pero también de su producción discográfica. La canción, la primera que incluía letra, formó parte de su cuarto maxi single. ¿Sabías que el sampler vocal que dice ‘Abracadabra’ al inicio del tema pertenece ‘Open sesame’ de Leika K. (1992)?

    Marc Escudero: “Los dos primeros volúmenes los publicó Max Music. Eran temas instrumentales con la producción de Julio Posadas. Más tarde, empecé a trabajar con Bit Music y nos cambiamos al sello. Para el cuarto maxi pensamos en variar la fórmula. Sin dejar de hacer mákina, queríamos incluir una melodía y una voz que abrieran aquella música a más público. Un tema de mákina se producía a 160 bpm y el ‘Flying‘ está a 158 bpm».

    «A partir de ahí, encontrar la voz fue fácil porque Marian Dacal ya había grabado algunos éxitos en Barcelona y queríamos que lo hiciera ella. La cara A contenía el tema que todo el mundo conoce, obra de Rubén Moreno (Dj Ruboy) y mía. La cara B era un instrumental de mi hermano, Xavi Metralla. Salió en mayo de 1999 y no funcionó. Habíamos descartado que tuviera mayor impacto del que vimos en los primeros meses, pero después del verano… algo sucedió”, concluye Escudero.

    Un éxito inmortal

    Lo cierto es que todos los implicados habían apostado por la versión cantada por Marian Dacal. La cara A era la única oportunidad de que los dj’s, con decenas de novedades a la semana (solo en el mercado español) le dieran una oportunidad. “De repente, en octubre empezamos a notar que la canción se pinchaba. Pero en noviembre el número de pedidos del maxi nos desbordó. Aquello era un pepino y no sabíamos por qué había empezado a demandarse tanto, de repente. Y cayó en gracia en el momento adecuado: en noviembre todo el mundo quería la canción para sus recopilatorios de Navidad. Todos. El ‘Todo éxitos’, el ‘Blanco y Negro Mix’, el recopilatorio de Contraseña Records, el de Max Musix y hasta el de Chasis”.

    Marc Escudero recuerda que, pese a la fuerte rivalidad entre las discotecas de Manresa (Pont Aeri) y Mataró (Chasis), “la relación discográfica era muy cordial. La incluyeron en su recopilatorio y aquellas Navidades del 2000 ‘Flying Free’ ya era imparable”.

    Pastis, Buenri, Metralla y Dj Skudero iniciaron a lo largo de los años 2000 y 2001 una gira de bolos que parecía no acabar nunca. Pese a que las noches de sábado solían suceder en Manresa, viernes y domingos era el momento idóneo para que la marca Pont Aeri se esparciera por discotecas de toda la cornisa mediterránea. Tarragona, Castellón, Valencia, Alicante, Benidorm, Murcia, Almería…

    El éxito era tan masivo que Televisión Española les llevó a actuar en directo. Pont Aeri había trascendido, una década más tarde, el ámbito de su discoteca y los hermanos Escudero iniciaron la venta de merchandising: camisetas, mecheros, sudaderas, pegatinas, gafas de sol… “Montamos una empresa en torno a la venta de estos productos. Durante meses, había una cantidad de envíos enorme a todos los rincones de España. Con mayor o menor intensidad, la venta duró años”.

    Marc Escudero pone en valor el bagaje previo de la marca Pont Aeri. “Para cuando ‘Flying Free’ petó, nosotros llevábamos haciéndolo bien durante una década. Fue un salto hacia delante enorme, pero cuando el éxito trascendió a la discoteca, todo lo que había detrás, la identidad, el estilo, el trabajo con la marca y con las fiestas, estaba ya muy depurado. Mi sensación es que la gente que, de repente y desde fuera, se asomó a lo que era Pont Aeri, encontró mucha coherencia, un mensaje muy claro y definido. Pero sí, sin duda, ‘Flying Free’ nos cambió y nos abrió una cantidad de puertas que desde luego no habíamos imaginado”.

    Hoy en día es difícil de encajar el contexto, pero por aquel entonces la influencia de las radios locales era enorme. La capilaridad de esta red de emisoras, casi siempre sin licencia y muchas de ellas dedicadas íntegramente a la electrónica, propagaron rápidamente el mensaje de la canción. “No sé cómo impactaría hoy ‘Flying Free’, pero por aquel entonces contó con todos los recopilatorios y con todas las emisoras de FM haciéndola sonar. La gran pregunta ahora para nosotros es, ahora que todo es tan diferente, ahora que los programas de radio funcionan de otra manera y que se consume la música de otra manera, ¿cómo es posible que ‘Flying Free’ suene más que nunca?”.

    Los hermanos Escudero son hoy los propietarios de la marca Pont Aeri al 50%, tras la jubilación de su padre y socio. Recuerdan para GQ España vivir unos años de gran éxito comercial sin abandonar su insistencia en la música que les movía: la mákina. Hasta el cierre de Pont Aeri por parte del Ayuntamiento de Manresa y pese a la segunda etapa de la discoteca en otra ciudad, la demanda de los dj’s de Pont Aeri como invitados por toda España no ha languidecido en 20 años. Muy al contrario, en este momento la marca, ellos y los otros dos dj’s emblema, Pastis & Buenri, han iniciado una aventura este 2019. Con promotora y productora propias, impulsaron el Barcelona Remember Festival, con más de 30 artistas. Su agenda para el verano es muy apretada y el proyecto “está llamado a ir a más”.

    Lo que Dj Ruboy, Dj Skudero o Xavi Metralla no pudieron vislumbrar en 1999 era la cantidad de remixes y variaciones del tema generados. Una vuelta por YouTube nos transporta a todo tipo de versiones acústicas, folclóricas y hasta rockeras.

    El último hito se produjo en 2018, con la fiesta programada por FlaixFM en el Liceu de Barcelona. El coliseo operístico unió a dj’s e intérpretes para acolchar los himnos de una época en éxtasis con el empaque de una orquesta. ‘Flying Free’, como en cualquier celebración a lo largo del año, bodas, bautizos, comuniones y fiestas de guardar, supuso uno de los momentos más celebrados. Larga vida a Pont Aeri.

  • Laurent Garnier: al habla con el dj omnipresente durante los últimos 30 años

    Publicad originalmente en GQ

    Hay dos formas de interpretar la biografía de Laurent Garnier: la primera pasa por creer que este dj y productor francés ha tenido la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno durante los últimos 30 años. De esa forma, podemos situarle indistintamente en primera fila de las revoluciones Madchester, acid house, french touch, rave, en las warehouse parties o en el estallido de ventas de la música electrónica en los 90. Si creemos en su don de la oportunidad, podemos encontrarle cierto sentido a que estuviera pinchando indistintamente en las ciudades clave de la revolución bailada por Europa, que publicara hits atemporales (Acid Eiffel, Wake Up) a lo largo de seis álbumes o firmara un tempranísimo contrato con la todopoderosa FNAC de 1991 (inaugurando su Music Dance Division), creara su propia radio online en 2003 y acabara por evangelizar al mundo con su oficio componiendo bandas sonoras para cine, teatro y danza. Al frente de todo eso y en el cambio de paradigma que situó al dj como la principal referencia pop e ídolo de masas en el tránsito de la noche a los festivales con decenas de miles de tíckets vendidos y parking para los jets privados.

    La otra posibilidad para interpretar el don de la ubicuidad de Laurent Garnier es aceptar que nada de lo vivido fue posible sin él. Porque, como demuestra la versión expandida de su autobiografía ahora editada en castellano por Barlin Libros (Electroshock. Edición integral, 2018) este autor y agitador francés es el Ulises de la electrónica europea. Garnier sabe a qué huelen los guetos de Detroit y Chicago, el segundo verano del amor en Ibiza, las raves que impulsó –y musicó– o la explosión sin límites del movimiento a partir del año 2000.

    El libro, que ahora aporta ocho nuevos capítulos, acaba por convertirse en un volumen fundamental para amantes y analistas del fenómeno, porque incluye la última frontera de ese mundo a partir del triunfo de los charts internacionales y el cambio definitivo del oficio de dj y productor, y su impacto a partir de la extensión global de internet y sus plataformas.

    Electroshock es, ante todo, un relato sincero y vibrante en el que cada uno de sus capítulos parece acumular toda una vida de experiencias. Escrito a cuatro manos con el periodista David Brun-Lambert, el epopéyico relato del techno sitúa como protagonista al nombrado recientemente Chevalier de la Légion d’Honneur por Francia (el reconocimiento homónimo al Premio Princesa de Asturias de las Artes).

    GQ: Electroshock parece huir de la nostalgia. ¿Hasta qué punto te obsesionaba no caer en ella?

    Laurent Garnier: Fui muy claro desde el principio: no quería un libro de yo mí me conmigo. No soy ese tipo de tío. Al mismo tiempo, también soy consciente de haber vivido muchas escenas en muchas épocas. También de haber vivido todo esto desde el principio y recordar todo. Dave [Brun Lambert, el coautor] me dijo que podría haber sido un buen reportero, pero incluso con su ayuda nos costó dos años escribir el libro. Dos años de trabajo metódico…

    GQ: ¿Cómo os organizasteis para componerlo a cuatro manos?

    L.G.: Cada miércoles nos veíamos y trabajábamos juntos durante cuatro horas. Hablábamos de un tema concreto que yo había estado preparando durante toda la semana. Antes de despedirnos, proponíamos el siguiente ítem a resolver. En cierto sentido, fue una terapia para mí porque cada semana me enfrentaba a una serie de recuerdos. Me ayudó a responder algunas preguntas del pasado.

    GQ: ¿Una terapia constructiva?

    L.G.: En cierto sentido, como artista, me alegro de no haber reflexionado sobre algunas cosas antes. Quizá ahora sí era el momento y quizá lo era también porque encontré a Dave, que fue capaz de hacer las preguntas adecuadas.

    GQ: ¿Cómo ha evolucionado la figura del dj?

    L.G.: Al principio la percepción de la gente con respecto al dj era muy diferente a la actual. El dj era una cosa y el músico otra. El dj no podía ser músico ni viceversa. En mi caso, romper con eso ha sido una lucha constante. El pensamiento estaba arraigado y parecía que nosotros hacíamos poco más que disponer ruidos. Cuando Carl Craig empezó a pinchar, la cosa comenzó a girarse. Yo me veo un poco igual. Me gustaba pinchar, pero enseguida pasé a ser productor. Serlo, crear, era probarnos a nosotros mismos. Al inicio, ni siquiera yo, que ya estaba haciendo música, me consideraba músico. Ahora sí y me siento más en paz que hace 20 años.

    GQ: ¿En paz por qué?

    L.G.: Más tranquilo, de alguna forma. Ya no tengo que probar nada. En aquel momento parecía que te estaban probando. Lo importante con el tiempo es que la música que hacíamos y hacemos toca a la gente. Que llega a la gente. También en paz porque sé lo que he vivido y que he cumplido con lo que quería lograr. Lo más importante son los resultados y, al final, en lo más profundo de mi corazón, siento que soy dj ante todo porque desde los diez años era lo que quería ser. Hacer bailar a la gente. Era mi sueño.

    GQ: ¿Cómo encajas la visión de los djs como superestrellas de la industria?

    L.G.: Creo que hay djs en posiciones más altas de las listas de lo que deberían estar. Ningún dj debería olvidar que lo que hacemos es pinchar música y hacer a la gente bailar. Ponemos música que nosotros hemos hecho o que otros han creado. Ni somos políticos ni cambiamos el mundo. Las cosas no van a cambiar por nosotros y la humildad es un valor muy importante. Hay gente en este mundo a la que se le ha olvidado.

    GQ: Entiendo que no te sientes cómodo con la imagen de una vida en jet privado…

    L.G.: Cuando hablas de jets privados y ese tipo de vida… Ese no es mi mundo y creo que a estas alturas la gente sabe que no lo es. Creo que es lícito que haya djs felices de hacer millones de dólares, pero no es mi mundo.

    GQ: Tampoco el método de reproducción parece ser algo que te preocupe.

    L.G.: Lo importante es que un dj ponga música que te llegue, que te toque. No es mejor si viene de un vinilo, de un USB o de una tarjeta SD. El formato no tiene importancia.

    © Getty Images

    El dj y productor francés Laurent Garnier

    GQ: No obstante, la principal revolución de la industria ha tenido que ver con el cambio de formatos y la ruptura de la distribución física.

    L.G.: En los 2000 todo se volvió muy cambiante y no sólo por la llegada del peer to peer. La música se desmaterializó, los festivales crecieron y los djs dieron el salto a grandes compañías y mánagers. Todo se profesionalizó rápidamente a nuestro alrededor y eso trajo cosas buenas y malas. Ahora la música se consume igual que una película y, en mitad del consumo, a alguien le llega un mensaje. No nos sentamos a escuchar un álbum, pero ya antes nos habíamos desacostumbrado a respetar el tracklist con la llegada del CD. Ahora esa liturgia sólo sucede si vas en coche haciendo un viaje. Ahora la mente va en muchas direcciones a la vez.

    GQ: Incluso durante las sesiones.

    L.G.: Soy consciente. Cuando estoy pinchando, mientras bailan, están con el móvil en la mano. Están en Facebook, están haciendo un vídeo. Lo guardan y lo vuelven a sacar. Yo me pregunto: ¿por qué pones ese artefacto en tu bolsillo?

    GQ: Ahora hay clubs que lo prohíben.

    L.G.: ¡Y es maravilloso! Lo encuentro maravilloso. En esos sitios te das cuenta de que la relación con la audiencia se torna diferente y si la idea del dj tiene que ver con que la audiencia conecte contigo, es totalmente diferente. Como dj creo que tu principal misión es lograr que la gente se olvide de lo que le rodea, y ahora es muy difícil.

    GQ: Electroshock es una progresión en torno a todo lo que rodea a la música de baile y eso también comprende los límites de la libertad, el marco normativo, la policía, las drogas… ¿Cómo evolucionó el rol de la policía durante los años de las fiestas rave?

    L.G.: Los niños en Inglaterra iban a los pubs. Era la cultura de la normalidad. Por esa idea de normalidad, la cosa al final acabó necesitando un espacio mayor. Un campo para bailar durante 24 horas donde las reglas no estuvieran escritas. En dos o tres meses la gente pasó de los clubes y se fue al campo. La policía era consciente de lo que estaba pasando, pero sólo podía controlar a la gente en clubes. No tenía suficientes agentes para cubrir un campo lleno de miles de personas.

    GQ: Y entonces llegó el éxtasis…

    L.G.: El impacto de la llegada del éxtasis a Inglaterra fue incontrolable. Fue un cambio enorme. Cuesta tratar de comprenderlo ahora. La policía ahí sí que no sabía cómo atajar el asunto. De repente había una industria enorme, creada casi de la noche a la mañana. La policía sí estaba perdida y no supo cómo gestionar un cambio de mentalidad tan grande, en una sociedad con un paro altísimo y un ambiente social complicado. Era la tormenta perfecta.

    GQ: En ese momento, también en España, la música de los clubes pasa de ser underground a masiva. ¿Fue un salto natural?

    L.G.: Es que no podría haber sido de otra manera. Cuando un movimiento cultural se hace global, en algo tan grande como el techno, no hay manera de no acabar viéndolo convertido en negocio. No podría haberse mantenido como algo underground para siempre. Nos hubiera encantado, sí, para qué negarlo… pero al mismo tiempo luchábamos para que fuera grande. Para nosotros no era un negocio, era la música que nos gustaba. Creo que era inevitable que se hiciera enorme.

    GQ: Lo que sucedió entonces y se mantiene ahora es una igualación de ambientes entre la música y las drogas. ¿Cómo has vivido esa simbiosis constante en medios de comunicación y todo tipo de relatos?

    L.G.: No he sido una persona de drogas. Las probé cuando era joven y muy pronto comprendí que no era mi mundo. La gente las toma por muy diferentes razones y me fastidia que hablar de techno sea igual a hablar de drogas. No voy a negar lo que supuso el éxtasis para las raves. No niego que su expansión nunca hubiera sido tan rápida, pero eso sólo fue el inicio. Las drogas no han mantenido vivo al techno. Existían antes del techno y siguen cambiando hasta el día de hoy. Había drogas en el Festival de Cannes, hacían estragos en el jazz, pero hay drogas en los institutos y hay drogas en las oficinas. Estoy a favor de que las drogas sea un tema que se tome en serio, pero no desde el tópico de la noche y el techno. Encontrar soluciones no pasa por señalar a los «chicos del techno» siempre con este tema.

    GQ: Parece que es algo que te afecta. El escenario ha cambiado bastante poco a lo largo de estos más de 30 años de relato.

    L.G.: Sí, me afecta. Ahora estoy trabajando en una película y hay gente a mi alrededor que, de repente, se droga. Yo lo encuentro algo muy triste y a veces pienso, ¿quién soy? ¿Soy el único que no toma cocaína? Pienso mucho. Pienso, chicos, no necesitáis esa mierda.

    GQ: El último ingrediente de esa industria enorme que es la música de baile es internet. Un ingrediente ya madurado y asentado. ¿Cómo ha afectado al escenario general, teniendo en cuenta que tienes tus propias emisoras online y tu sello discográfico?

    L.G.: Los sellos ahora son otra cosa. Es un ecosistema muy diferente. Antes podías hacer dinero con un sello. Tanto que había artistas que decidían si hacían tour o no. Los sellos ahora sobreviven. Además, internet ha generado una superespecialización de casi todo. También de nuestra industria. El modo en que se crea música es completamente diferente y pienso que siempre ha habido mucha música, y muchos sellos, pero ahora… ¡es la guerra! Internet ha puesto patas arriba todo el sistema. No tienes por qué tener un mánager; puedes producir tu música y ponerla en internet. Con eso es suficiente para golpear el mundo. Es una realidad establecida.