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  • Organic Sailing: la pareja de artistas que ha trasladado su vida al mar

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En los últimos años hemos recogido la diáspora del audiovisual en esta publicación. Trayectorias dispersadas y cambios de vida de toda índole. Con el cierre de Radiotelevisió Valenciana al sector se le vieron las costuras de no haber avanzado mucho más allá de su cordón umbilical, así que sobrevivieron los que sí habían explorado otros goteros, pero se acabó hundiendo el sistema por contagio incluso para aquellos que habían diversificado en caladeros (90% de desempleo). Efecto contagio y adiós a la posibilidad de un star system que, por un sinfín de razones –entre las que no cabría olvidar el patético fiasco de Ciudad de la Luz, desde su ubicación hasta su defunción– no llegó.

    Para ser justos, la crisis, en general, agotó las reservas de buena parte de los filones con los que contaba la siempre incipiente industria cultural en España. Y con las revoluciones tecnológicas consabidas, con la ingente cantidad de nuevos profesionales emergidos de universidades y centros de estudio superiores, con todo y con esto, la casuística de destinos para las y los profesionales de todos los sectores creativos ha sido un cruce de itinerarios de todo tipo. El caso de la directora de fotografía Amparo de Miguel y del artesano de la madera para instrumentos Guillem Esteban es singular, aunque tampoco único. Con dilatadas trayectorias de formación, ambos han acabando eligiendo el mar como estilo de vida y convirtiéndose en dos excepcionales anfitriones a bordo del Greenboat.

    Guillem inició su viaje como artesano en Sevilla. Le apasionaba poder construir cajones flamencos. Haciéndolo, sintió que, en realidad, lo que le atraía era tratar la madera. Quería más y, por fortuna, le ofrecieron ser el carpintero de ribera de la nao Victoria. El reto de formarse en esta disciplina le tentó y, aunque no venía del mundo de la naútica, pensó que pasar un año enrolado le iría genial para conocer mejor el material. Se formó específicamente para ello y se embarcó. Le gustó tanto la vida en el mar que, prácticamente, ya no ha salido de él. Se mudó a València con otro compañero con quien empezó a trabajar la fibra de vidreo, los motores y demás conocimientos necesarios para hacer de los barcos su vida. 

    Y así vivió con aquella primera empresa y un primer barco, soñando con comprarse un velero, hasta que apareció una oferta en Grecia. Un monocasco hundido que había chocado contra un pantalán. La nave estaba completamente desahuciada para la navegación, pero Guillem ya se había formado lo suficiente como para iniciar su propia aventura. Dejó su vida en València e inició la reparación completa del Jeanneau Sun Magic 44: mecánica, electrónica y la fibra de vidrio. El dinero que tenía se lo gastó en la compra del buque, así que fue la gente de la isla griega de Kefalonia la que le dio de comer hasta que todo estuvo listo. Vivió en el barco y pasados unos ocho meses, el artesano de cajones regresó a València y decidió dedicarse a hacer de charter naútico entre Ibiza y Formentera para vivir en el mar. 

    En una de esas travesías, en otro de esos grupos de amigas a los que paseaba, llegó Amparo. Tenía un curriculum formativo excepcional, incluyendo una etapa estudiando y trabajando en Los Angeles. Estar tan cerca del ámbito profesional, iniciarse y ver sus bambalinas, vislumbrar el ritmo de su futuro, le llevó a desencantarse progresivamente. Asegura que, sobre todo, lo relacionado con «el mercantilismo del audiovisual y el tránsito de la parte creativa que más había disfrutado hasta ese momento para hacer según qué concesiones». Una lucha competitiva en la industria del cine que combinaba «con la necesidad de encontrar una forma diferente de vivir». Esa oportunidad fue Guillem y juntos, a partir de aquel viaje, tuvieron muy claro desde el principio que lo que querían hacer era «vivir en el mar, mantenernos y no buscar trabajo en tierra».

    Ninguno había tenido previamente experiencias con la navegación, pero en sus dos personalidades se aglutinaba el combo necesario para capitanear ese tipo de servicios. «Él tenía claro que quería vivir en el mar y llevar a la gente entre las islas. A mí me gusta mucho estar en contacto con las personas, enseñar y hacer actividades», cuenta Amparo a Cultur Plaza. No obstante, no querían hacerlo de cualquier forma, porque en esa necesidad que ambos estaban saciando de encontrar una forma de vida diferente, querían proponer una alimentación ecológica y saludable, poder dar clases de yoga, meditación, masajes… y todo eso fue posible al contactar con un armador belga que tenía un catamarán a la espera de una tripulación tan idónea.

    Amparo advierte que es un barco que no podrían pagar «ni con una vida de trabajo». Una embarcación llamada Greenboat donde ellos disponen su conocido ‘organic sailing‘, nombre de la empresa que conforman Guillem y la directora de fotografía. Con su propuesta, el servicio trata de estar abierto a clientes de todo tipo, aunque admiten que es un servicio de lujo derivado del gran barco que capitanean. El próximo verano serán tres embarcaciones y los precios de todo tipo con su oferta tan naturalista, «dejamos que la gente disfrute de una desconexión profunda de su realidad. El mar te cuenta muchas cosas de ti que no sabes: despierta cosas dentro sin que te des cuenta, te reconecta con cosas que desconoces de ti, te haces preguntas que no puedes hacerte en tierra. Es la capacidad sanadora que a nosotros nos ha cambiado las prioridades y la forma de vida«.

    Primero trabajaron en aquel barco hundido, pero en este catamarán de lujo han dado rienda suelta a su nueva pasión: la vida ecológica en el mar. Amparo no ha abandonado del todo la fotografía, ya que va grabando de manera más o menos consciente algunos aspectos de esta nueva vida. Hace un tiempo cruzaron todo el Mediterráneo y fue grabando aspectos de la vida sobre las olas en pueblos como Egipto. Eso sí, el trabajo no cuenta con esa vocación mercantil que tanto le llegó a agobiar. Piensa en completarlo con el cruce del Atlántico que planean a medio plazo y, en cualquier caso, «tendrá mucho poso de la libertad de los humanos y de las decisiones tomadas. De cómo nos movemos y qué estilos de vida decidimos tener. De nuestra conexión con la naturaleza y del aislamiento absoluto», avanza Amparo.

    También se recrea en la creación de una dieta saludable, en la que la única carne posible es la que pescan ellos mismos. Se surten de mercados locales con productos frescos y productores de kilómetro cero. Algo que, junto a los terapeutas que se enrolan a lo largo del verano para hacer stages intensivos de su especialidad, marcan la diferencia en su propuesta.

    Con cuatro camarotes dobles, ofrecen retiros abiertos –donde se pueden apuntar personas de manera individual, parejas o amigos– o retiros privados que ‘bloquean’ todo el barco. La experiencia incluye las comidas, las clases convenidas y, en general, una experiencia muy natural e integral con el mar. Un servicio muy exclusivo donde, por cierto, no se han colado muchos instagrammers ya que el calendario está hasta arriba de trabajo y no tienen margen para hacerse promoción (y hacer intercambio en especias, tan habitual entre estos). Ahora justo, en octubre, paran hasta mayo o junio del próximo año. Es el momento en el que Guillem inicia el mantenimiento del barco que dura nada menos que unos ocho o nueve meses.

    Amparo se siente plena con el golpe de timón que ha dado a su vida, algo que también ha influido en la fotografía que no ha dejado de hacer. «La meteo importa mucho, como importa cómo huelen las cosas. Nos pasamos el día mirando al cielo, algo que no te das cuenta, pero que jamás haces en la ciudad. La naturaleza en estado puro me atrae y me da miedo. Hemos vivido noches complicadas, pero nos ha ido bien. Las tormentas son súper bellas estéticamente, pero en el mar lo es todo. Los cambios de luz dan mucho de sí en la cámara». Es el amor de los también llamados transmundistas, la opción de vida que se sube al barco para dar vueltas por el mundo. Una opción que esta pareja de creadores contempla ahora que, más que nunca, controla los gastos limitados de vivir flotando. 

    Por el momento, hoy inician su mes de vacaciones al año tras un agotador periplo como anfitriones del Greenboat. El próximo verano el reto se multiplica por tres embarcaciones, cumpliendo también con su objetivo de poder hacer accesible la vida en el mar a distintos precios. Pese a los meses que ahora acumulan de temporada, no están cansados de este modo de vida que les apasiona y por el cual han reconviertido su vocación artesana hacia otros puertos.

  • Eindhoven: pornografía para diseñadores y hedonistas

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    De los viajes hay que escribir en caliente, pero una vez aterrizado. Así uno todavía recuerda el impacto de no haberse encontrado ni un excremento de perro por la calle pese a la escasa presencia de trabajadores de la limpieza. Así, al contraste con las primeras horas en casa, uno se queda mirando al infinito al rememorar que ha sido incapaz de tomarse un café al que ponerle peros durante el viaje. Eso, o que ha tenido la sensación de ser uno de los no muchos turistas de la ciudad, algo que sin duda ayuda a creer que está conociendo verdaderamente el entorno real del sitio que visita. Y todo eso, en este caso tan reciente, en una ciudad que respira diseño, arquitectura y civismo por los cuatro costados. Un golpetazo de calidad de vida en el que, además, cabe la posibilidad de ser muy hedonista. Hablamos de Eindhoven.

    En lo que respecta al aspecto gastronómico, es difícil pasar por alto que en la quinta ciudad por población de Holanda hay una especie de embajada valenciana en la casa de Adrián Zarzo. O en sus casas, mejor dicho: Zarzo, Valenzia o Bodega. El primero es el que posee una Estrella Michelin, pero más allá del buque insignia, situado a los pechos del canal Dommel, Valenzia (Big Gourmand para Michelin) posee una terraza envidiable. Midiendo los tiempos, se puede atravesar la cocina fusión de base mediterránea de este local por menos de 40 euros. Y ese nivel de precio podemos encontrar en el muy recomendable Umami (Big Gourmand para Michelin), restaurante de cocina asiática moderna donde mariscos, pescados frescos y verduras (encurtidas o genialmente interpretadas) marcan la carta. 

    Cualquiera de los citados serviría para epatar al turista, pero la lista es extensísima y en las cotas más exigentes incluiría seguro el Wiesen o el De Karpendonkse Hoeve, ambos Estrella Michelin. El primero, muy cerca de una experiencia elitista en ambiente y presentación de platos de alta cocina; el segundo, algo más próximo a ideas tradicionales y la cocina clásica del entorno en una auténtica casa de campo de Eindhoven. Son ejemplos de un nivel gastronómico muy alto que, como ya nos comentó Zarzo en la conversación enlazada de hace unos meses, deriva de una alta cultura en lo que a la creación culinaria se refiere. Sin mencionar quedan hasta tres locales con dos Estrellas, pero no deja de ser una fotografía del nivel.

    Ruta hedonista

    Lo mejor de la Champions no son tanto todos esos jugadores, sino el segundo equipo y la cantera que tan próxima nos resulta en Guía Hedonista. Una ruta básica para un día cualquiera pasaría por salivar en este orden: desayuno en Lucifer, que además de unos sandwiches elaborados con la sabiduría del maligno, posee un cruasán con mantequilla y mermelada que se sitúa entre una de las cinco cosas que hay que vivir sí o sí en Eindhoven. El café, apasionante. El almuerzo le corresponde a una de las hamburguesas de Mr. Sister, solución para cualquier mediodía (ojo, comen entre las 12 y las 13h. Por suerte, casi todos los locales son non stop kitchen, pero si quieres compartir biorritmo, baste decir que a las 18h han cerrado todas las tiendas). Vegana y clásica, ideales. El aperitivo, para ir aproximándonos al espíritu diseñil de la ciduad, lo haríamos en el Cafe 100 Watt. La enésima fábrica reconvertida a micro market de artesanos contiene un delirio de craft beers y tapas a orillas del Dommel. Por último, la cena más desenfadada puede suceder en el Down Town Gourmet Market. De poke bowls a pizza pasando por sushi o cocina vietnamita. En este mercado gastronómico, si el tiempo acompaña, la noche sirve también para saciar distintos apetitos desde distintas afinidades.

    La ruta propuesta tiene muy en cuenta que la distancia entre todos los mencionados no superará los 500 metros. En algunos casos, como el de Lucifer y Mr. Sister, pared con pared. El tamaño de la ciudad es una delicia, pero más lo es todavía llegar en bici a otros polos de interés creativo en lo gastronómico. Como por ejemplo el que te lleva a la zona de Strijp-s, done en apenas unos metros encuentras el popular restaurante Radio Royaal –si todos son carne de Instagram, este es el entrecot–, Pastryclub o el sanote Ketelhuis. En apenas un área de 50 metros, donde los estudios de creadores se recrean en los espacios antiguamente ocupados para Philips para la construcción de equipos, heladerías, herbolarios, tiendas de vinos, salas de conciertos y hasta un restaurante indonesio conforman otro de los barrios de interés en Eindhoven.

    Diseño por un tubo (de Philips)

    Cuando uno pasa por la plaza del Ayuntamiento de Eindhoven y ve que todo el mobiliario urbano de la misma son dos instalaciones de skate, algún tipo de modernidad intuye. Porque no es solo que esas sean las únicas dos instalaciones; es que la plaza en sí es un gran espacio abierto en el que a lo largo del día –especialmente niños y muy jóvenes– practican con sus bicis, patines y patinetes. Y eso es lo que sucede, en tremendo contraste con la feria de las franquicias que es la plaza del ayuntamiento más propia. Pero no es una pose, porque Eindhoven tiene el skate park bajo techo más grande de Europa (en la quinta ciudad por población de un país con 17 millones de habitantes). Ese lugar es Area 51, donde el solo hecho de ver a tanta gente patinar ya le evade a uno hacia algún pensamiento imprevisto y creativo.

    Entre los tópicos de la ciudad se encuentra el que tiene que ver con su inminente Eindhoven Market Faire. La feria de creadores que rima con una realidad: es la ciudad con mayor número de patentes por habitante año tras año. Y eso tiene mucho que ver con Philips, porque si bien fue Edison quien se adjudicó el invento de la bombilla, en Europa fue la familia Philips quien la fabrico principalmente. No se quedaron ahí: el Museo Philips, situado ante unas majestuosas, modernas e interesantes facultades de diseño gráfico e industrial, muestra toda la historia del siglo XX a través de esos objetos cotidianos a los que llamamos electrodomésticos. Es una primera pista de una escalada de diseño que abarrota la ciudad, porque no es normal que en las decenas o centenas de oficinas vistas a través de las grandes cristaleras –muchísimo cristal; muchos meses en gris al año– la cantidad de mobiliario de alto diseño sea tan desmesurada.

    De hecho, en el apartado gastronómico el diseño parece de otra liga. La influencia constante por estándares de calidad altísimos en diseño impregna toda la ciudad. Y los ejemplos son como de ida y vuelta, pero con un polo de atracción particular en la fábrica, taller, estudio, tienda de muebles y souvenirs que tiene Piet Hein Eek. Este muy popular diseñador mantiene su base de operaciones en Eindhoven. Encargado de idear cada año –desde hace muchos– el restaurante del Salone del Mobile de Milano está allí trabajando mientras algunos empleados se encargan de dirigir las visitas. 

    A unos 5 minutos en bici del centro de Eindhoven, pocos lugares pueden ser más inspiradores para diseñadores, interioristas y arquitectos. Piet no solo tiene allí su estudio –cuando llegamos, como si de un anuncio se tratara, delineaba frente a su tecnígrafo rodeado de jóvenes diseñadores–: mantiene en su factoría dos espacios expositivos con artistas internacionales.

    Excursiones, parques y más café

     Los carriles bici no se acaban nunca, como pudimos comprobar hasta llegar al Van Gogh Bicycle Path: unos 500 metros de carril bici, a una hora andando del centro de Eindhoven, donde La noche estrellada (1889) aparece en la más absoluta oscuridad en el suelo de ese carril bici. Dos minutos antes de llegar, parece una locura haber llegado hasta el lugar –sin que los carriles bici hayan cesado en ningún momento–, pero luego, la experiencia nocturno de la pintura fluorescente y las formas vangoghianas dan sentido al viaje. Uno más que conviene hacer en bici, herramienta por la cual se consumen sus muchos museos y galerías de arte privada en apenas dos o tres días. Eso sí, entre los museos, por su situación y presencia arquitectónica externa, pero por su ambición expositiva interna, merece especialmente la pena destacar el Van Abbemuseum. Un museo de arte moderno y contemporáneo también impropio para 250.000 habitantes.

    Los futboleros también verán inserto el majestuoso Philip Stadium del PSV Eindhoven según lleguen del coqueto y eficaz aeropuerto, súper conectado con las grandes ciudades europeas. Más allá de su propio museo del fútbol, más allá del también sui generis Mu artspace, más merece la pena una visita a la Design huis (otra escuelita de diseño de puertas abiertas), un desayuno más en Meneer de Boer o un café en CoffeeLab (dicen que no de los mejores del mundo; sin duda, muy premiado). En bici, nada de todo esto ni de lo anterior, a más de 5 o 6 minutos. Y todo ello regado con un alto grado de hospitalidad y afabilidad, propio de una ciudad que, como decíamos, está muy lejos de sentir el temblor del turismo de masas. Ni siquiera su interesante catedral neogótica o el resto de emplazamientos religiosos tienen más población que la que profesa su credo.

    Eindhoven, ciudad que fue española durante décadas y por la que el todavía Imperio –o sus rescoldos– vertió su sangre, sufrió una auténtica devastación tras la Segunda Guerra Mundial. Por ello, en parte, el diseño de sus propias calles es de una racionalidad aplastante. Un diseño de fuera adentro de las casas que, en el 95% de los casos, no superan las dos alturas. Cada distrito parece repartirse un único rascacielos, siempre con usos hoteleros, hosteleros e incluso culturales. Por ese motivo, las ofertas de apartamentos vacaciones o vivienda compartida en la ciudad –salvo malas excepciones– resultan de lo más estimulantes para un urbanita. Hasta en eso se transpira calidad de vida que, por otro lado, sorprende en los precios de sus supermercados: pescado y carne, entre muchas otras cosas, son incluso algo más baratos que en España.

    Por todos estos motivos y muchos otros, por la facilidad de encontrar alojamiento a un precio muy competitivo y por la cantidad de enlaces de su aeropuerto, Eindhoven bien merece unos días.