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  • Juan Santamaría y la modernidad irrenunciable

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado jueves falleció Juan Santamaría (Castellar, 1949) en el más injusto anonimato. Transcurridos varios días, solo Joan Oleaque ha dado cuenta de su marcha. El mismo periodista que le situó al frente de la revolución bailada valenciana (En éxtasisrecordaba que «cambió la historia de las discotecas valencianas y españolas al abrir la puerta a los sonidos bailables contemporáneos más de vanguardia. Lo hizo antes que nadie al inspirar la música de baile conocida como bacalao. Es decir, el compendio entre rock, pop, sonidos siniestros y música electrónica primigenia que arrasó Valencia de manera masiva en los 80, haciéndolo luego con España. Con ello, transformó el concepto de discoteca alejando las pistas de baile de la obligatoriedad de lo chabacano, que era lo usual. Nada que ver, por tanto, con lo que se conocería más tarde como mákina, que era una derivación reduccionista y estridente de lo que esto significó».

    El silencio mediático e institucional evidencia una de las realidades más tristes de nuestra sociedad pasada y actual: avanzado el siglo XXI, España sigue siendo incapaz de comprender cómo la música, el baile y la evasión a través de sus fórmulas constituyen un hecho cultural de primer orden. Reprimidos en pensamientos pacatos, mientras que Jeff Mills posee la distinción Oficial de las Artes y de las Letras Francesas o Laurent Garnier es Caballero de la Legión de Honor de esa misma república, Santamaría ha fallecido sin el menor reconocimiento. Ni siquiera el de un obituario en la prensa local, plagada de obituarios de extranjeros intrascendentes. Los tres citados eran dj’s. Los tres estuvieron de manera inverosímil en cada paso de puerta del clubbing en distintos lugares. Influyeron, instruyeron y crearon un modo de vida ambicioso desde el hedonismo. Sus nombres hoy resplandecen de manera desigual debido al lugar (y quizá el tiempo) en que nacieron, pero sus méritos son comparables.

    En Berlín los clubes de techno emplean a 9.000 personas, atraen a 3 millones de visitantes y estos gastan 1.480 millones de euros cada año. Están públicamente reconocidos como «expresión cultural» y tienen un espacio propio en la web del Ayuntamiento. El Gobierno local invirtió un millón de euros recientemente en las mejoras de insonorización de unos espacios –oscuros, intensos, liberadores– que, lejos de estar perseguidos, conforman uno de los principales atractivos humanos de la capital germana. Aquí, sin que nadie lo buscase, algunas discotecas durante los 70 y 80 generaron un tejido creativo en el que se fundaron las ideas de algunos de los diseñadores, modistos, actores y músicas más internacionales, pero también de maquilladoras de Almodóvar, coreógrafos, escenógrafas y hasta de una ministra de Cultura. Sin embargo, nunca nadie ha sabido hilvanar el relato desde las instituciones para premiar la profunda huella de aquel tiempo. Un activo humano que se diluye mientras condecoramos a deportistas multimillonarios.

    La vida de una cantidad de población impensable cambió gracias a las discotecas de este movimiento al que nos referimos, ¿pero hubiera sucedido sin Santamaría? Más allá de la siniestralidad, que ni perteneció en exclusiva a València ni se puede desligar de que el uso del casco o el cinturón no eran obligatorios, lo cierto es que esas personas se toparon con la modernidad a través de la música, el baile y las artes performativas. Una modernidad a la que no estaban llamados, pobladores del área metropolitana y rural de València, de vidas rutilantes y fines de semana desbordados gracias a las nuevas libertades adquiridas. Con Spotify en la mano es difícil comprender hoy cómo alguien, un joven como Santamaría, pinchaba discos inaccesibles para casi nadie en España durante seis días a la semana en Oggi. Lo que le había visto hacer a ingleses, pied noirs y americanos en Granada, Ibiza, Benidorm y Sitges, aquellas fiestas sin música lenta, a cualquier hora, donde la gente podía dormir o comer, se empezó a trasladar a València… casi por accidente.

    No fue el primer dj, pero fue el pionero. Cuando se sacó el carné de ‘montador de discos’ en Alicante, en torno a 1972, había unas 60 personas en la prueba (una sala de cine vacía con dos platos Lenco, una mes de tres canales y 20 vinilos). El régimen franquista pretendía expedir carnés a aquellos tipos de pelo largo. Regularlos de alguna forma, ya que el desarrollismo turístico exigía que se contentara musicalmente a los guiris de la Costa Blanca. Para entonces, Santamaría llevaba años devorando revistas como Melody Maker, NME o Sounds, lograba cintas piratas con las sesiones de radio de su admirado John Peel y, en definitiva, volaba a un nivel muy superior al de sus compañeros de oficio. No todos habían sido camareros y dj’s –trabajos hasta entonces indistinguibles– en las ciudades citadas, pero también en Ámsterdam o Glasgow. Ambicioso vitalista, supo que su valía pasaba por viajar a Londres constantemente para importar él mismo los discos que El Corte Inglés o los almacenes Viuda de Miguel Roca nunca traerían.

    En el aeropuerto repartía los vinilos entre el pasaje. La aduana solo permitía pasar cinco de aquellos plásticos y la gente, siempre me contó, era como él: muy amable. Se gastaba el sueldo en hacer de mula por aquella mercancía a la que ningún reportaje televisivo de los 90 le aplicó el relato del traficante. Poco después pincharía aquella colección incontenible durante seis días a la semana en Oggi («el séptimo también me pasaba, pero solo hasta la cena»). Quizá fue la anglofilia la que le llevó a enamorarse de Linda, quien se trasladaría junto a él a España y que también ‘dispuso’ a una hermana (cuñada de Juan, claro) que se convirtió en el enlace más habitual durante un buen tiempo con las últimas novedades: Santamaría pedía y la cuñada hacía de vendedora por catálogo. Ese rol se profesionalizaría años más tarde con trabajadores propios de sus tiendas de discos viviendo en Londres. Como les cuento.

    Por aquel trajín de compras acabaría siendo conocido en varios almacenes de discos en la capital de la Gran Bretaña. Cuando hoy vea a algún moderno pasearse por València con una tote bag de Rough Trade, recuerde que en ese establecimiento conocían a Juan Santamaría por su nombre. En Rough Trade, entre otras localizaciones, teníamos previsto rodar el cortometraje documental sobre su vida como dj. Una película ideada mano a mano, cuyo único impedimento hasta hace un par de meses se situaban en los límites de su extrema y admirable humildad. La humildad de un hombre que estuvo en todos y cada uno de los momentos trascendentales del camino hacia la modernidad en València a través de la música… a saber:

    Acabaría con las rumbas e impulsaría seis días de sesión con música inglesa y nuevo rock americano en Oggi, a partir de 1978; antes de que Carlos Simó lanzara Barraca y la convirtiera en ‘la Reina’ por méritos propios, Santamaría pasó unas sesiones allí (él ya pinchó en Barraca); más tarde, sería el dj elegido para idear y fundar el frustrado proyecto de Chocolate Cream (a la postre, la oscurísima Chocolate); hizo lo propio con Metrópolis y el empresariado estuvo al mismo nivel de profesionalidad que en el proyecto anterior; fundó la primera tienda especializada y enfocada a los dj’s de España (Zic Zac, junto a los hermanos Miguel y Toño Jiménez); desde aquel mostrador, impulsó el término bacalao para referirse a la llegada o posesión de mercancía fresca para los clubes. Música de cadencias bailables, pero a base rock o pop, nunca techno o mákina; Santamaría se encargó de dirigir la producción del primer remix de una canción del pop española: ‘Semilla Negra‘, de Radio Futura (Miguel Jiménez era su mánager. Otro episodio a rastrear en Londres); por nombrar solo una más de sus citas con esta historia, representó a Chimo Bayo en la Feria de la Música de Cannes de 1993 (el Midem). 

    ¿Y qué más? En el libro ¡Bacalao!, de Luis Costa, tuvimos la primera ocasión en décadas de escuchar a través de la palabra escrita cómo un hecho tras otro parecía suceder exactamente a su alrededor.  En un almuerzo con Juan la retahíla de momentos clave aumentaba hasta la inverosimilitud. Él mismo se encargaría enseguida de quitarle el valor que tuvo, porque nada de lo que hizo fue en busca de ningún reconocimiento. Al fin y al cabo, todo lo que él esperaba de la música era disfrutarla y transmitir a través de ella un desbordamiento personal. Lograr que las personas ‘se fueran’ mentalmente hasta lugares ajenos a su realidad, mucho antes de que la primera rula campara por la Ruta. Evasión, hedonismo y espacio compartido. 

    En su día a día, durante los últimos años, sus objetivos parecían también otros, como la apasionada crianza de su nieto. Pero también la música a través de internet. Hace apenas unas semanas le escuchaba una sonriente arenga contra de las playlist de Spotify. En su diaria búsqueda de nuevo material musical –no olviden que tenía 70 años–, me decía: «después de haber superado a la radiofórmula, ahora resulta que la dictadura es mucho mejor: playlist de Spotify. Patrocinadas o teledirigidas. O influenciadas por lo que ya escuchas. ¿Pero puede haber algo peor? El underground está en Soundcloud. Se escucha igual o mejor y das con canciones por las que te preguntas, ¿pero qué hace esta esta tipa subiendo aquí sus canciones sin que nadie la conozca?». Sus palabras no serían exactamente estas, pero hoy las recuerdo así. Fue de lo penúltimo que conversamos. Luego sobre algunos problemas que arrastraba desde enero y algo sobre una operación a la que enseguida quitó importancia. 

    Juan Santamaría fue dj, promotor musical, manager, socio y propietario de tiendas de discos, pero no solo eso. Durante años pensó que nunca regresaría a València. El mundo era fascinante y sucedía, casi en su totalidad, ahí fuera. Pensó que viviría en Londres, seguramente, donde cada noche sonaba la mejor música en directo y estaban sin duda las mejores tiendas de discos. Pero para cuando estuvo convencido, le pagaban demasiado haciendo los veranos como dj en Cap3000 (Benidorm; véase la foto superior). Estaban demasiado bien pagados. Por aquí sabían que nadie dispondría de igual forma aquello que era lo último fuera. Juan era el enlace soñado y de Benidorm a València solo había un paso. Llegó cuando empezaron a interesarse de verdad en la idea de club y a entender que el dj era el eje de lo que sucedía en la sala. Hoy son las estrellas del rock y así lo concebía Juan hace más de 40 años, pero hasta su llegada aquí casi todos eran camareros con cierta personalidad a la hora de hablar por el micro. Santamaría iba mucho más allá. Dio cuanto tenía e influenció a los dj’s que llegarían justo detrás de él. Es imposible encontrar entre todos ellos, entre los de los 80 y los 90, a ninguno que no recuerda a Juan como una buena persona. Un hombre bueno y humilde, agraciado por un don: la búsqueda irrenunciable y constante de la modernidad. Pese a la vida y sus complicaciones. Pese a los malos compañeros de viaje. Fue moderno por él primero, pero también por todos sus compañeros. Fue moderno porque le dio la gana, pero fue moderno por todos nosotros. Más de lo que lo seremos. 

    La modernidad en València fue irrenunciable gracias a Juan Santamaría. Hasta la fecha y pese a muchos, València a veces es moderna y sin que haga falta que nadie se lo reconozca, es gracias a Juan Santamaría.

  • Dóciles, desiguales e intolerantes

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Cada generación creer ser la sociedad más compleja que haya existido nunca. Está en su derecho, diría yo. A una distancia de años luz con respecto a la de sus madres, por no hablar de la de sus abuelos. Que es muy difícil todo. Qué difíciles las relaciones, qué difícil lo de los estudios, lo de conseguir curro, lo de ¿comprarse? Una casa… Lo pensaron nuestros padres, pero nunca se lo dijeron a nuestras abuelas. La comunicación era distinta, diría yo. Sin embargo, hay evidencias incontestables de que esta última hornada de malcriados (o sea, nosotros) está llamada a colapsar por desigualdad con los anteriores. Y, cómo no, son evidencias económicas. El humanismo que nos queda ya solo existe entre la sábanas y en la última de nuestras condescendientes resistencias: la lectura.

    Hemos vivido una infancia plácida. Los felices 90, que así los llaman los filósofos de nuestro tiempo: los economistas. Nos otorgaron una placidez suprema. Quizá excesiva. En las tardes de programación infantil de cada una de las televisiones autonómicas, pese a la violencia que tanto preocupaba con Bola de Drac, la verdad es que vivimos con sublime liviandad. La Nocilla no era cancerígena porque aún corríamos por la calle. Todavía quedaba algún descampao donde jugar a la pelota sin que una señal del ayuntamiento lo prohibiese y nuestros adultos veían las consolas con distancia y aburrimiento. Imitarles no era pasar el fin de semana encerrados entre Netflix, Twitter o salir a comprar cosas compulsivamente. Éramos felices y estábamos sanos. Quizá porque nadie quiso martirizarnos al concluir que es salón donde podíamos jugar con las manos durante tantas horas sería la única propiedad de nuestras vidas.

    El pasado año un estudio reveló que la renta neta mediana de los millenials es de 3.000 euros frente a los 63.400 de nuestros hermanos mayores (la Generación X). En las mismas variables de edad y tiempo, sin distorsiones de precio o momento vital incorporadas. Somos el país más desigual de la Unión Europea por ingresos (o sea, vital) gracias a que Grecia no abandonó el club. Hay 2.000 municipios en España con más jubilados que trabajadores (ojo que la la Comunidad Valenciana tiene 532 pueblos). Hay una resistencia atroz e insolidaria al relevo generacional en las empresas. Hay una empatía sindical por esa resistencia convertida en un muro para la afiliación a sus causas de menores de 35 años. Hay jubilados muy preocupados porque con su exangüe pensión no pueden alimentar a los familiares que les preceden, pero la urgencia de la cesta de la compra aisla un debate plural sobre el fondo de estas desigualdades.

    En esta campaña electoral nos toca escuchar defensas apasionadas sobre la maternidad. Nos hablan de protección de la vida, de conciliación laboral y de hacer lo imposible –que en que es imposible, coincidimos todos– para que en 2033, a la vuelta de la esquina, no tengamos una población con un tercio de jubilados. Jubilados, por cierto, a 30 o 40 años de fallecer, de lo cual nos alegramos. En esta campaña electoral eterna la creación de unidades de producción (anteriormente conocidas como niños o niñas) no habla ni dios de tumbar la Reforma Laboral de 2012. Y resulta que si no tenemos hijos no es por la presión derivada de soportar una desigualdad extrema entre salarios, capacidad de gasto, ahorro y ausencia de vivienda en propiedad. ¿Pero quién quisiera hablar de la Reforma Laboral de 2012 pudiendo distraer los minutos de telediario con el aborto o la eutanasia?

    Nos creen intolerantes. Ajenos a casi todo. Incapaces de salir a la calle. Tienen razón en muchas cosas. Los jóvenes movilizamos muy mal el voto. Hemos asumido el espíritu del malcriado y pasamos largos equinoccios sin saber si este tablero de juego es nuestro o nos lo han prestado. Es normal. Es normal cuando convivimos con unidades de producción del Antiguo Régimen. Unidades de producción que rinden a un ritmo inferior, pero sostienen un estatus económico (propiedades + salarios) gracias a nuestra docilidad. Entonces descreemos. No debe ser nuestro mundo este. Debe ser otro. Y en cada finca, un problema. Por ejemplo, en las Américas, donde las protecciones sociales no llegaron con nuestro legendario expolio civilizante, los millenials homónimos se hipotecan hasta los 50 por un título universitario. Si tienes en tu casa un título universitario y me estás leyendo, párate un momento y piensa cómo te sentirías a los 50 habiéndote reducido a la nada por ‘eso’.

    Colapsaremos. Hemos de ir aceptándolo. Somos buenísimos riéndonos de nosotros mismos, así que lo aceptaremos. Hay un mundo que se agota y no es el nuestro, pero cuando se agote, ya no estaremos. No serviremos. Un mundo que nos ha enseñado todo, pero sobre todo a descreernos y a ser intolerantes. Colapsaremos. Será por haber sustituido al aprendiz por el becario. Será por esas madres y padres a las que les pareció bien que sus hijos no cobrasen durante 6 meses o dos años, sin saber que estaban arruinando desde la sobreprotección lo mucho que quedaba por ganar en espacios comunes. Y vendrán tiempos fuertes. No queda nada para que una masa de personas mayores nos juzgue por no blindar los recortes en Sanidad frente a los de la Educación. La Educación pública seguirá serrándose lentamente los tobillos. Ya nos hicieron tomar estas decisiones con la Cultura y no nos hemos recuperado.

    O somos o nos han hecho intolerantes a nosotros mismos. La última vez que atisbé que fuera algo remediable era 16 o 17 de mayo de 2011. O entonces ya era demasiado tarde o éramos demasiado pocos como para remediar lo que somos.

  • gLovers

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Adrián y Laia están enamorados. Al menos, eso creen. Enamorados en la forma en la que alguien se enamora antes de los 20. Ahora llevan casi dos años juntos. Nunca han dicho que sean novios, pero a ojos de sus amigos lo son. Ellos prefieren evitar esa palabra. Parece como si no pudiera definir la manera en que, desde hace tiempo, ella y él se han dejado caer por completo en el otro. Han encontrado otra: “simbiosis”. Es rara, pero les gusta desde que ella la subrayó en su libro Biología 2 de Bachillerato: “asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, sobre todo si los simbiontes sacan provecho de la vida en común”.

    Más allá de las palabras, una imagen define su estadio de confianza: de cuatro de la tarde a doce de la noche, de martes a domingo, Adrián y Laia trabajan abrazados. Son glovers. Ese es el término que utiliza una empresa de mensajería para referirse a los autónomos que curran para ellos. La pareja es un código en un mapa circulando a cierta velocidad por València. La vida colgada de un algoritmo y las necesidades de recogida y entrega de bultos. Él conduce y ella se ha convertido en la paquete más eficiente. Pronostica rutas fluidas y, así, aunque apenas superan los 700 euros limpios al mes, sobreviven mientras Laia estudia Derecho.

    Pertenecen a ‘diferentes especies’ a ojos del Estado. Él es venezolano y lleva mucho tiempo en situación irregular. Por eso, ella es la autónoma y “colaboradora” a ojos de la empresa. Él empiesza “a glovear” unas horas antes de que Laia salga de clase. Desde hace un par de semanas ha cubierto él solo la ruta para que estuviera liberada durante sus primeros exámenes en la Universidad. Se ha notado. Ella se encarga de recoger y entregar, mientras él apenas detiene el vehículo. Por separado son menos eficientes y sospechan que la agilidad ha empezado a penalizar al que es uno de los códigos más valiosos para la empresa en su ciudad. La única bonificación recibida hasta ahora por ello es la de elegir horario y tener trabajo constante.

    En estas semanas sin tardes de abrazos, ambos han tenido algo más de tiempo para pensar. Sobre todo porque, hace unos días, Laia recibió una carta de la Seguridad Social en la que se le advertía de que su caso estaba siendo investigado como un posible hecho de ‘falso autónomo’. La primera reacción fue de enfado con la Administración. No olvidemos que es la misma que considera irregular a Adrián. Gloverar permite que él trabaje. Incluso, que estén juntos. Sin embargo, la carta ha abierto la espita de la sospecha. Laia no cree que pueda compaginar la carrera con un trabajo distinto y él…

    Si dejan la moto, no habrá paro. Si siguen, tampoco habrá vacaciones y cada mes está más cerca el fin de las bonificaciones en la cuota de autónomo. ¿Cómo van a seguir adelante si esa cuota mensual sube a 283,30 euros? No tienen un salario fijo y hay quincenas (la empresa retribuye cada 15 días) en las que el número de repartos cae hasta sisarles 150 euros de la previsión habitual. Para que la remuneración sea interesante, al menos han de trabajar 10 horas al día, seis días a la semana. Desde que empezaron, el precio de la gasolina ha subido, pero ni las cuotas ni las bonificaciones se han modificado. Y, lo peor de todo, es que han asumido que ahora no pueden parar: comparten un piso con otra pareja, 250 euros de alquiler con gastos incluidos.

    De momento, tampoco nadie les ha tendido la mano desde ninguna organización sindical. El sistema, en gran medida, salvo que algún día alguien les capte en la calle, les hace invisibles. La situación de Adrián tampoco les anima a interactuar en exceso con otros repartidores. Circulando a cierta velocidad de un lugar a otro de València, la Kymco Gran Dink de 125 cc (2005, 78.000 km) podría empezar a dar problemas en breve. Si se estropea, quizá tuvieran que pedir algún pequeño préstamo. Ya lo han pensado, ¿pero cómo iban a devolverlo? Y eso que la familia de Laia la deja exenta de quebraderos de cabeza con los pagos de la Universidad, que pese a ser pública, ella no hubiera llegado a costearse.

    Pese a lo mucho que trabajaron durante las lluvias de noviembre, Laia y Adrián solo se han caído una vez. Un espejo, un rascón y el susto. Esa es, de todas, la gran incógnita. Qué pasaría si la próxima vez que se vayan al suelo no hay tanta suerte. Después de tantos meses abrazados sobre la moto, este parón por exámenes ha despertado las primeras incógnitas en una relación abocada a desarrollarse en torno al trabajo. Convertidos en simbiontes que sacan provecho de la vida en común, el ruido del tráfico y la incertidumbre de sus pensamientos contrastan con la asepsia de su código moviéndose sobre el mapa. Recogida y destino. Aunque ellos desparezcan del mapa, la aplicación seguirá funcionado y nosotros consumiendo sin hacernos las preguntas más evidentes.

  • Las Fallas, el Prado y la Cultura de los ‘cuantis’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado martes cumplimos con el rito: botar-li foc a miles de obras de arte por San José. Las Fallas son –pese al alcohol– una de las expresiones creativas más relevantes del mundo. Urbano y efímero, el carácter brutalista e invasivo de estas artes es difícilmente comparable. Entre otros asuntos, por su capilaridad urbana y social. Antonio Ariño cuenta que, quizá, solo el Carnaval en Río es capaz de lograr una voz propia por cada palmo de la ciudad. Gil Manuel Hernández recuerda que, eso sí, en el esplendor fallero pre franquista (o sea, pre ofrenda, pre mascletà, pre falleras mayores, pre indumentaria…) las Fallas congregaban a los vecinos de las calles adyacentes al cadafal. Ahora sus miembros –y, por tanto, sus mensajes– pueden llegar desde la otra esquina de la provincia. Con todo y con eso, un marzo tras otro hay un sinfín de ideas interrumpiendo la vida cotidiana y el tráfico para contar historias a través de figuras, textos, pólvora y música.

    Sin embargo, ¿en qué piensan los españoles cuando piensan en las Fallas? ¿Qué percepción sobre su gigantesca potencia artística tienen las y los valencianos? ¿Cómo influye en esta expresión que los premios se concedan a razón de su precio (lo cual les aísla del resto de artes; como si en Cannes las películas indies no pudieran ganar la Palma de Oro)? ¿Cómo influye que no haya mujeres (2019) en los jurados y su percepción crítica para los premios? ¿Qué pintan los artistas falleros y por qué su voz se ha convertido en una especie de gemido victimizado? Son muchas las preguntas, pero la más inquietante es, ¿son las fallas una representación artística y se percibe como tal? Calar, calan, ¿pero cuál es su futuro en este sentido y qué papel han de cumplir al respecto los agentes implicados?

    El pasado martes, mientras cumplíamos con el mito de quemar miles monumentos a lo largo del territorio, el Museo del Prado presentaba su primer estudio sociológico “sobre los españoles” y la institución bicentenaria. El 94,88% asegura que es una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal (salvada por un valenciano). “Una de las grandes aportaciones”. Una de tantas o, al menos, una de varias. ¿Creen los españoles –incluso, las españolas– que las Fallas son “una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal”? ¿Lo son? ¿Quién financiaría ese estudio y quién pone el foco hoy sobre el patrimonio inmaterial que ya es? ¿A quién y a cuántos les interesa que esa sea la percepción y a cuántas comisiones y no falleros les importa esa idea de fuera hacia dentro y de dentro hacia fuera?

    Con cierto sentido, la idea ‘fiesta’ se impone a cualquier otro aspecto de las Fallas. Especialmente, si el 19 de marzo da como para puentear un fin de semana. No obstante, la coincidencia en la fecha (19 de marzo) de la presentación del estudio del Prado me sirvió para reflexionar sobre algunas de las ideas ‘cuanti’ del asunto. La más sorprendente es que a los medios de comunicación generalistas les pareció muy relevante que algo más de un tercio de la población no hubiera ido al Prado. Y ese fue el mensaje en sus redes. Facebook se llenó de ‘reacciones’ con lagrimita, como pensando que qué pobres y qué pena de sociedad la que no ha hecho check-in en el Prado. A nadie le dio por recordar que La maja desnudaEl jardín de las delicias Las meninas son, ante todo, un fondo para selfies. Una experiencia conocida y a capturar como la de quien viaja a París con su pareja o hace un bautismo de surf (aunque ni antes ni después vaya a posar sus pies descalzos en un trozo de poliuretano).

    Si alguna cosa puede aportar el arte es, sin duda, desde lo imprevisto. Desde el desconcierto. Y no es un movimiento minoritario, sino cada vez más pronunciado, el de las personas que, en esta futura crisis del concepto turista, comprende que si en la vida ha de toparse con momentos propios, solo podrá hacerlo desde la sorpresa. El Prado contiene toneladas de riqueza por metro cuadrado que, por desgracia, dada la tendencia ‘cuanti’ de las políticas culturales y sus efectos, llevan a que ese templo se contemple desde la previsión. Huelga decir que en la citada encuesta, a alguien se le ocurrió que era muy oportuno preguntarle a los 3.321 encuestados con quién les apetecería visitar el lugar: la respuesta mayoritaria de fronteras hacia dentro fue Rafa Nadal (17,78%); de fronteras hacia fuera, su respuesta les describirá aun más y mejor a qué tipo de experiencia ligan los visitantes del Prado su viaje a través del arte pictórico más elevado: Will Smith (17,43%).

    No me extiendo mucho más en los datos para dejar clara cuál sigue siendo la grandísima oportunidad de las Fallas para todos: a los 3000 julianes a los que se les hizo la encuesta sociológica del Prado se les preguntó cómo les gustaría visitar el museo. Y sí, el 70,43% respondió que en pareja, pero el dato más relevante se encontraba justo después: dos de cada tres admitieron que la forma en que preferirían someterse a la experiencia era “de manera espontánea”. Si hay algo que recorre cada día las salas del Prado es un exceso de canon. Un patrón de visita que se repite, excepto en las caras de los estudiantes de arte y los visitantes más habituales que pasean por allí como quien vagabundea por el Retiro. Incluso, pese al peso de la fiesta, las Fallas son increíblemente actuales y vigentes un año tras otro como para ser visitadas “de manera espontánea”. 

    El amor propio de valencianas y valencianos y la consciencia de este potencial no se relaciona con un empeoramiento de lo que se disfruta; al contrario, enriquecería todos los aspectos del rito. Incluso, las desafecciones vecinales que, aunque haya momentos del curso que inviten a pensar lo contrario, afectan y no agradan a los implicados del casal. Incluso, a la deseada “calidad de los visitantes” desde la empresa privada, a los que se pretende menos ruidosos, más educados y con un gasto medio superior. En la guerra de los ‘cuantis’ sociológicos de la Cultura, las Fallas tienen pistas de sobra como para modelarse progresivamente hacia sus potencialidades (otra de ellas, su aportación en acciones sociales, de las que podemos hablar otro día). En las batallas por los ‘cualis’ –por valores cualitativos–, las Fallas tienen razones de sobra para sobreestimarse. Si algún día calara este mensaje de forma interna, la sociedad valenciana estaría a un paso de atraer a otro tipo de actores. De conectarse a través del arte con referentes internacionales del arte (de cualquier arte) y enriquecerse como colectivo a través de su máxima expresión pública. Y lo mejor de todo: sin renunciar a nada.

  • Las jóvenes, los medios y sus votos

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado sábado España se despertaba con la resaca de un 8M multitudinario. Tan masivo que sitúa al feminismo como movimiento transversal de nuestro tiempo. En Vigo, la protesta reunió a 105.000 personas, según datos oficiales (un tercio de la población de su capital). En València la convocatoria pasó de las 80 a las 120.000 personas este año. De la tormenta feminista de 2018, a un estado de tsunami que, sin embargo, no daba para ser el principal tema de conversación ese día en Twitter. Ni el 8M, ni sus consecuencias. El principal tema de discusión el pasado sábado en Twitter era que el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se había comprado un “casoplón” de dos millones de euros.

    El adjetivo y la noticia pertenecen a El Mundo. Una vez hecho el clic, la información se hunde en sus dos primeros párrafos. La periodista admite que “a cualquier mortal” la vivienda le habría costado 1,5 millones. El redondeo de medio kilo se perpetra a partir del precio de mercado más alto de la propiedad (2008), que por suerte para Zapatero no lo hubo más superior en la serie histórica. El segundo asunto es todavía más relevante: resulta que no es una contrato de 2019, sino que el acuerdo pertenece a un alquiler con opción a compra firmado en 2012. Este hecho se resuelve desde la subjetividad: “no es habitual que este tipo de contratos permitan a los titulares comprar la vivienda después de tanto tiempo”.

    El “no es habitual” no viene acompañado de un “según del sector…”. No es habitual, y punto. ¿No es habitual? Bueno, allá que van titular, foto y adjetivo de “casoplón” en su pie. Gasolina y mechero para Twitter, que es, de todas las herramientas de conversación conocidas, la más inútil para fotografiar la jerarquía de los acontecimientos. Zapatero y su pareja buscaban casa en 2012 por aquello de perder unas elecciones. El precio era de 800.000 euros y no lo que un mercado de especuladores intentó colocar. El precio medio de una vivienda en Madrid va camino de los 300.000 euros. Teniendo en cuenta sus salarios y patrimonio de los últimos años, que son públicos, y sin sumar los de su pareja, ¿tan indigesta resulta la compra? ¿En qué fecha firmaron Zapatero y otros políticos de la izquierda un voto de pobreza a partir del cual se miden sus actos privados?

    Estas preguntas no me pertenecen. Se las hace cualquiera. Deshacer la madeja de la información no tiene ningún mérito en internet. Las jóvenes y los jóvenes, lo hacen con naturalidad porque les han acostumbrado a desconfiar. Y esto tiene algo de positivo, pero mucho de negativo. En el lado bueno de las cosas se sitúa un espíritu crítico que las nuevas generaciones han de descubrir en casa o en la calle, pero difícilmente en la Educación obligatoria. El lado oscuro de las cosas, se sitúa en el menú e ingesta de información de la gran masa de nuevos votantes. Y no por productos contaminados, como pueden algunas de las grandes cabeceras del Estado, sino por la desconfianza sin solución en los medios de comunicación tradicionales.

    “Un consenso relativamente establecido es que el consumo de periódicos es el principal mecanismo de aprendizaje político. No solo por tratar más política, sino también por hacerlo de manera más exhaustiva. Sin embargo, los jóvenes no leen el periódico ni de lejos como lo hacían sus padres con su edad. Este papel ha venido a ser suplantado por la televisión, un medio que profundiza en política muchísimo menos”, comenta Pablo Simón en este estupendo artículo de Jot Down. Y no solo eso, les comprometo a que le pidan a la joven o el joven que les rodee a que abra su Instagram y comente su tiempo medio de uso diario. Una hora. Hora y media. Dos horas. Dos horas de nada. Dos horas sin leer, en el que quizá algún minuto ha aportado por accidente algún contenido interesante. Dos horas de consecuencias, porque quien tuvo el dominio de la opinión pública (los diarios) no presenta nada exactamente en menores de 25 años. Basta con verlos barómetros de usos culturales valencianos, pero sobre todo con acudir a una clase de Periodismo en cualquier facultad y descubrir que, directamente, ni siquiera ellas ni ellos consumen medios tradicionales.

    Las generaciones que se incorporan al voto han de fraguarse su ideología de manera accidentada. Con las contradicciones y dudas que todos tenemos, pero sin referentes claros. Y si los hay, referentes dedicados a hacer un contenido humorístico, cultural (pero vacuo en posiciones sociales) o basado en las retransmisiones de videojuegos d varias horas. Retales de aquí, YouTube por allá, un meme que cae por WhatsApp y los medios, mientras tanto, debatiendo sobre en qué cesto ponen los huevos (los de sus directivos, concretamente). Por eso en este texto noy hay tanta crítica a las dos horas de nada en Instagram, sino una alarma sobre las responsabilidades del abstencionismo que se avecina.

    La empatía y los recursos para empatizar con contenidos, para alcanzar esas ventanas, es mínima. O, al menos, muy desproporcionada con respecto al paso de los años. Empresarios y empresas (o sea, interesados y financiadores) eran mucho más jóvenes en los 80 y 90. El relevo en la opinión y el trasvase de influencia de los medios no se ha corrido hacia ningún lugar exacto. Como apunta Simón, por desgracia, una buena parte del efecto saciante ha ido a parar a las teles. Allí, donde los informativos representan lo malo que nos pasa, las empresas siguen teniendo ganancias millonarias pese a que en 2018 hubo un 0,8% de caída en la inversión. La tele privada es ajena a su compromiso legal como servicio público y si ha de levantar toda una redacción de informativos, lo hará.

    Llegará el 28A y después el 26M. Habrá quien no encaje bien los resultados. De este bando, del otro, del de enmedio y del que se escoró finalmente hasta el infinito. Habrá lecturas de todo tipo, pero ya veremos si a alguien le da por señalar a los medios en su incomparecencia profesional dentro del espacio público. El descrédito acumulado en redes sociales por las grandes cabeceras, publicando basura, con redacciones de becarias y becarios produciendo basura durante años, el poco amor propio de lo creado, pasará factura. El abstencionismo no pertenece solo a quien desoye su derecho, sino en que analiza con desmayo y distancia a quienes no hace el esfuerzo por dar voz e interpretar.

  • Los Planetas: cómo sobrevivir a dos décadas de viaje por el Sol

    Publicado originalmente en GQ

    El universo es algo frágil. Ni que decir tiene cuánto pueden llegar a serlo Los Planetas. Quizá por eso se haya escrito tanto sobre ellos. La imposibilidad de su existencia se resume en la tensión (y las letras) de un solo disco: ‘Una semana en el motor de un autobús’. Una colisión entre cuerpos suspendidos sobre la relatividad de la industria musical española. Una historia tan importante que sirvió de base para el fundamental libro de Nando Cruz, titulado de manera homónima (editorial Lengua de Trapo). Veinte años después del hito (y 25 desde su debut, como GQ), la historia de supervivencia ha llenado auditorios con una revisión sinfónica. Entre otros, el Palau de la Música de Valencia durante el cada vez más importante Deleste Festival, donde nos citamos con sus dos principales protagonistas.

    Jota y Florent protagonizaron un duelo infernal entre los años 1997 y 1998. Los Planetas se descomponían tras la gira de ‘Pop’. Su batería y después su bajista (May, novia y exnovia de Jota según evoluciona su discografía) abandonaron la nave. Todo se redujo a ellos y mientras Jota parecía ser consciente de estar a un solo paso de trascender con su obra, Florent se diluía en una espiral de drogas y volatilidad. «El final de siglo pintaba mal. Generacionalmente, nadie veía claro el asunto. Hasta entonces Los Planetas habían tenido una actitud política sobre el escenario. May tocaba de espaldas al público y esas cosas… Este disco quiso abrirse –nunca se volvería a oír tan clara la voz de Jota– y comprender el escenario de la música al que queríamos darle la vuelta», cuenta él mismo. «El disco fue muy difícil de parir, pero mientras lo estábamos grabando –Nueva York, Kurt Ralske– y nada más escucharlo por primera vez éramos conscientes de que era un material de primera. Era muy importante», concede Florent.

    Se iba a llamar ‘Toxicosmos’, como una de sus canciones. Ésa fue la palabra que inventó Kieran para definir el ecosistema de caos, suciedad y químicos que rodeaba al local de ensayo. Este bajista escocés llegó por casualidad a la banda, como Banin se convirtió en su tercer guitarra o Éric Jiménez refundó para siempre su base rítmica. Todo y todos a la vez en este disco. En el caso de Éric, con una rabia y frescura que todavía hoy resultan inverosímiles. Éric es lo primero que suena en el disco (‘Segundo premio’) y no es casual. Los Planetas, a punto de extinguirse, sirvieron de válvula de escape para el batería tras la epopeya de ‘Omega’ (Enrique Morente y Lagartija Nick, 1996).

    «Ahora suenan las canciones y te das cuenta de cómo puedes volver a todas esas escenas, al mismo lugar en el que habías vivido esto o lo otro. En la versión sinfónica que hemos hecho por el 20 aniversario creo que tanto nosotros como el público hemos vivido el lado más emocional del disco». Los Planetas pasaron de llenar salas de 100 a colmar La Riviera sin presión. Iban a diluirse en el espacio, pero sobrevivieron. «Parece que ésa es la idea más fuerte de lo que hicimos. La supervivencia. Como si eso nos hubiera dado margen como para seguir adelante hasta hoy», comenta Florent. » La supervivencia te alimenta y te hace fuerte «, añade Jota. Una fuerza que se tradujo en la reversión del sistema de multinacionales que también denunciaba el disco: «Veinte años después podemos decir que se ha creado un mercado alternativo real. En las ferias de los pueblos ya no sólo hay grupos de verbena, hay festivales de rock alternativo. Ha habido un cambio bastante fuerte en ese sentido».

    Despidiendo una gira sinfónica que ha servido para reformular todas esas canciones con una sección de cuerdas puramente femenina y los arreglos y piano de David Montañés, Jota y Florent admiten a GQ tener ganas de volver a hacer rock sobre el escenario: «Este viaje ha sido complicado porque nos hemos exigido mucho. Ahora volvemos a lo sencillo, que es el directo que llevamos haciendo 25 años y lo que mejor sabemos hacer «.

  • Bienvenida la irreverencia

    Virgilio atravesó nuestra cultura para siempre al escribir la Eneida. El poeta hilvanó una epopeya que ríete tu de una mala digestión de Elon Musk. Poniendo a trabajar el talento al servicio del mal y la grandilocuencia -o sea, como un Michael Bay de la vida– se inventó desde la ficción el ser del imperio romano. Cataplum. Y así hasta nuestros días. Era el siglo I y a nadie le daba alergia que Augusto, que antes de emperador fue amigo íntimo de Virgilio, le hubiera encargado a este que hiciera uso de su inefable don con el latín para pontificar un momento y una sociedad tan valiosos como sus publicistas lograsen (Virgilio, el mejor de todos ellos). El don de la palabra, insisto, lo dispuso un poeta a quien se le atribuye la siguiente condena para Occidente: «quienes pueden, pueden porque piensan que pueden».

    En tiempos de sociedades subordinadas, no son las subordinadas, precisamente, lo que más conviene al entendimiento. Por eso, supongo, el empresario Álex Rovira economiza a Virgilio y actualiza la idea: «pueden porque creen que pueden«. Ese es el centro neurálgico que explica la vida de otro italiano que, 20 siglos después de Augusto, ha logrado ser lo más parecido a un emperador: Silvio Berlusconi. Las consecuencias de su paso por el mundo no son menos evidentes en una Italia que convida a la nostalgia de cualquier pretérito imperfecto. Pero el traje, a Silvio, digo, se lo ha cosido esta vez el extraordinario cineasta Paolo Sorrentino. Y, lo crean o no, su cara, incluso en las fauces de Toni Servillo, es de un cemento armado que incluso sobrevive a la ficción. (En España el film se estrena el próximo 4 de enero como una única unidad, aunque en origen son dos títulos titulados Loro 1 y Loro 2 (Ellos). 

    “VERDAD ES EL RESULTADO DEL TONO DE VOZ Y LA CONVICCIÓN CON LA QUE LO DICES”.

    Ni a Italia ni a la crítica le ha gustado la última andanza de Sorrentino (La gran belleza, La juventud, The Young Pope). A mí me resulta una proeza de la forma en adelante. Porque es posible que el contenido vaya de más a menos (me interesa mucho más la primera parte que el conservadurismo de la segunda), con una paulatina condescendencia sobre Berlusconi, esposa y entorno que, acepto, en el país de la bota no ha debido caer de pie. Sin embargo, repito, la forma está tan avanzada a su tiempo por descaro que me cuesta poder alcanzar un grado de divertimento superior al de Silvio (y los otros) en una butaca de cine. Porque Sorrentino es consciente de que contra los domadores de la palabra, contra los que con dinero someten al receptor, solo cabe la más burda de las sátiras. Solo cabe situar en el ridículo al escenario completo y no esperar nada a cambio. Si alguien se da cuenta del absurdo desde el otro lado, milagro.

    En las últimas semanas habrán descubierto que, sin que nadie lo sugiriese antes, un partido anticonstitucionalista como Vox, es abrazado por los defensores del 78. Hace cuatro o cinco semanas a los líderes de Partido Popular y Ciudadanos no se les hubiera ocurrido apoyar a un grupo político capaz de situar en el sexto de sus puntos programáticos la disolución de las Autonomías: «transformar el Estado autonómico en un Estado de Derecho». Que tiene tanto significado como rezar un Ave María mirando a la Meca. Que tiene el poso argumental de quien defiende que Vox no es de extrema derecha, sino de «extrema necesidad«, y se queda revoloteando en esta idea sin completar ninguna otra porque ahora que ha descubierto que sus años de voto a PP y PSOE han salido rana, opta por el sucedáneo de cangrejo al descubrir que «no van a robar más que PSOE y Podemos«.

    «Verdad es el resultado del tono de voz y la convicción con la que lo dices». La frase es de Silvio y es una de las incontables líneas brillantes del guión de Sorrentino que, insisto, encuentra su mejor lado en la forma en la que interpreta el circo que describe. Es fácil que cualquiera piense que de un representante público se espera algo más que que le roben lo mismo que otros, pero cuando se interpreta el entorno, cuando se es consciente de que el entorno se cantea levemente cada muchas décadas, entonces hay que abandonarse a la risa. Al esperpento, en concreto. Hay que tolerarse los horrores propios y divertirse. Hay que ser optimista y aceptar que hay toda una generación de seres vivos que necesitan ser dueños de su tiempo

    El caldo de cultivo –desde los medios al avernito de las redes sociales– ha sido mucho más favorable a ideas tan peregrinas como la de la extrema necesidad. Las extremas necesidades solo son fisiológicas y es evidente que la política ha entrado en la era de la fisiología. Ante necesidades fisiológicas, inquietudes fisiológicas como las de la película de Sorrentino. Las comunes, las necesidades, digo, según buena parte de los votantes, parecen ser tan básicas que en Andalucía han pasado a decidir su futuro en relación al declive independentista catalán. Al otro lado del río, del Sénia, en concreto, la parálisis de su Parlament es una evidencia. Desde que llegara Puigdemont han levantado tres leyes en tres años. También les digo, no han parado quietos. De haber levantado otras tantas, el Tribunal Constitucional o el 155 las hubieran convertido en agua de borrajas antes o después. 

    La película de Sorrentino, por concluir, evidencia que es muy difícil ser Silvio Berlusconi. Afortunadamente, claro. Tampoco es meritorio, ya que es altamente improbable que alguien tenga una vida tan deplorable como para no sentir estima por sus más inmediatos y vergüenza de sí mismo arrasando con todo lo que le rodea. Es posible que muchos deseen ser Berlusconi dentro y fuera de Italia, que crean estar dispuestos a convertirse en el híbrido humano de una ciénaga moral y un agujero de gusano de los valores cristianos; es posible. Sin embargo, todos los que nunca lo han sido y los que nunca llegaran a serlo no han tenido mala suerte. No es que no hayan sabido hacerlo: es que han albergado la menor educación, empatía y estima por sí mismos y por sus antecesores como para evitarle al mundo un destino tan patético.

  • Berlanga dirigió ‘El Padrino’ (y casi nadie lo sabe)

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Said Ali Salman tenía 27 años cuando asesinó por error al abogado Adolfo Cotelo. Su objetivo era Max Mazin, presidente de la comunidad judía de Madrid y residente en el número 19 de la calle Eduardo Dato. De allí salía cada mañana a las 9:15 horas, sin excepción. Eso le habían dicho al sicario omaní aterrizado en Barajas pocos días antes.

    Nadie le advirtió de que Cotelo y Mazin, además de ascensor y portería, compartían «cierto parecido físico» (o así lo justificaron las crónicas de la época). El hombre equivocado salió de aquel portal a las 9:05 acompañado de dos de sus hijas tras escuchar misa. Cargadas con sus mochilas, entraron en el coche familiar poco antes de que el criminal abriera su gabardina y descargara dos ráfagas con una metralleta corta.

    La escena la describió con todo detalle el chófer de Mazin, que ya esperaba a su puntual jefe y quien identificó horas más tarde a Said Ali Salman. Entre las contadas pertenencias del asesino, la policía halló una foto que delataba la relación entre el vivo y el muerto. La Organización para la Liberación de Palestina se apresuró a condenar el atentado y reclamar el mayor castigo para su autor.

    Toda aquella escena de película de gángsters no pertenece al terreno de la ficción, sino que sucedió así en marzo de 1980. El mercenario nunca delató el encargo y este suceso, más propio de un ajuste de cuentas entre clanes de la mafia, no tendría relación con lo que ahora sigue si no fuera porque Cotelo –además de un reconocido abogado de la capital– era el propietario de los estudios de doblaje Exa, donde pocos años antes se dobló ‘El Padrino’ (1972). También porque Javier Dotú, la voz de Al Pacino en el film, se inspiró en este incidente para escribir su primera novela: Alguien tiene que morir en Madrid.

    La conexión francesa entre Coppola y Berlanga

    No es una historia muy conocida, pero así es la Historia: un recuerdo interesado de los hechos. Por eso, quizá, llama poderosamente la atención que nadie ligue la primera de las películas de los Corleone a uno de los grandes nombres del cine español: Luis García Berlanga. Quizá también tenga que ver con ese papel invisible que posee el doblaje en España, que por su condición natural tiene éxito al pasar desapercibido y no destaca entre la tonelada de anécdotas que excluyen esta alianza irrepetible. El director que nos atravesó con ‘Plácido’ (1961) o ‘El verdugo’ (1963) codirigió el doblaje de ‘El Padrino’ junto a Mari Ángeles Herranz.

    Los datos más actualizados sobre la venta de entradas de cine en España reflejan que sólo el 4% del mercado le pertenece a las proyecciones en versión original. Por ese motivo –y por su forma de hacer en la sala de doblaje– cabe intuir hasta qué punto el ácrata valenciano influyó en este film trascendental para la historia del cine.

    ¿Pero cómo es posible que Francis Ford Coppola y Berlanga llegaran a compartir proyecto ? La historia de dos pasos que los conecta tiene detrás a los productores Robert Evans y Christian Ferry. Evans, leyenda viva en su oficio desde Hollywood y hacedor de ‘El Padrino’ o ‘Chinatown’ (Roman Polanski, 1974), entre otras, contaba con Ferry –productor de ‘Adiós, muchachos’ (Louis Malle, 1987)– como hombre de confianza para sus películas en Europa. En aquel momento, Berlanga pasaba largas temporadas en París. Tan intensas como para convencer a Ferry de que la película que debía producir no era ‘El último tango en París’ (Bernardo Bertolucci, 1972), sino ‘Tamaño natural’ (Berlanga, 1973). Y lo consiguió.

    La relación entre Ferry y Berlanga era próxima hasta el punto de convencer al mejor director de Azcona para hacerse cargo de un par de doblajes de la Paramount: ‘El Padrino’ y ‘El gran Gatsby’ (Jack Clayton, 1974). El francés, referencia de las majors en Europa en la caza de localizaciones y soluciones de doblaje, «sabía del oficio de Berlanga en el estudio. A Berlanga le encantaba doblar todo y no paraba de cambiar frases y de reacondicionar diálogos hasta el último minuto». Así relata el suceso Rafael Maluenda, director del Berlanga Film Museum, con el que coincide José Luis García Berlanga, productor, director e hijo del cineasta: «En la sala de grabación no paraba de cargarse cosas. Metía mano hasta convencerse de que no podía mejorarlo más «.

    Berlanga hijo apenas recuerda aquellos dos encargos de la Paramount, los únicos para terceros que capitaneó su padre, pero pone en valor la cantidad de horas y oficio que éste tenía en la sala.

    «Se había acostumbrado a hablar en voz alta durante el rodaje. Necesitaba dar indicaciones en todo momento y a todo el mundo «, añade Maluenda. En el propio BFM no hay rastro documental ni anota- ciones de aquellos proyectos. Por suerte, Dotú recuerda para esta revista cómo fue el proceso con el también director de ‘Bienvenido, Míster Marshall’ (1953).

    Un fichaje estrella para la producción

    Berlanga se presentó en el estudio con un porcentaje de humildad alucinante», comenta Dotú. «Fue muy franco, porque el reparto que habían escogido los americanos –se hizo una selección desde Los Ángeles, puesto por puesto– tenía mucha experiencia. Así que nos dijo que podía supervisar un tono o un matiz, pero quería que todos metiéramos las narices. Creó un ambiente familiar y provocó un ritmo lento que benefició al trabajo. Iba despacio, frase por frase y recuerdo que, a menudo, parábamos e íbamos al bar. Lo que no quería era dejar ningún cabo suelto y eso, unido a la dirección de Mari Ángeles (Herranz, también en la voz de Diane Keaton), y las aportaciones de Paco Sánchez (Marlon Brando), Carlos Revilla (Robert Duvall) e incluso las mías, creo que benefició el resultado final».

    Dotú opina que el de Berlanga » fue un trabajo más próximo a la supervisión que a la dirección » y que tuvo que ver, «más que con los aspectos técnicos, con la interpretación y la intención de cada personaje». Todos opinan que se le fichó para el doblaje con el objetivo de aportar un gran nombre al proyecto de cara a España. «Por aquel entonces, el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary ya había situado a Berlanga entre los diez directores más importantes de la historia», añade Maluenda. A principio de los años 70, Berlanga «alcanzó esa dimensión internacional y era tratado en Europa al nivel de Bergman o Fellini». A ninguno de los tres les hizo falta rodar en inglés, pero eran otros tiempos.

    La intervención en la sala de doblaje

    «Le gustaba la mistificación, la posibilidad de doblar y seguir creando hasta el último momento», concluye Maluenda. «Para mi fortuna, pude tener cierta relación con Berlanga», prosigue Dotú, «y ambos comentábamos el poder que tiene un director al reescribir en la sala de doblaje algunos de los montajes finales. Entiendo perfectamente que, más allá de que en su cine coral y por cuestiones técnicas el sonido directo sólo pudiera ser una referencia, Luis interviniera en cada frase hasta el último momento».

    Dotú, voz habitual de Kevin Spacey, Kyle MacLachlan o el Metro de Madrid, hizo una de las adaptaciones más icónicas de la versión española: » No es personal, Sonny. Sólo negocio » («it’s not personal, Sonny. It’s strictly business»). Un pequeño y gran ejemplo del discreto e influyente oficio del doblaje que él mismo ha compilado en el ambicioso ‘Historia del doblaje español’ (Vitruvio, 2017). Ni siquiera allí hay pistas del paso de Berlanga por esa rareza que supuso su participación en ‘El Padrino’.

  • Urmemetal: la familia que está agitando la escena heavy emergente desde València

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La historia de Begoña Urmeneta es una de las más fascinantes de cuantas historias anónimas y cotidianas nos rodean. Fue la primera camionera de tráilers en València. Empezó en el Puerto y dice que la llegada de los primeros móviles, auténticos zapatófonos, le acabó por convencer para dar el paso. También influyó aquello de estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, aunque en ese aspecto quizá no todo fue casualidad. Había soñado con ello desde pequeña, pero el hecho de tener que conciliar el trabajo como camionera con dos niños pequeños, en aquel entonces (y quizá también ahora), le generaba algunas dudas. Dio el paso –asegura que sus compañeros fueron siempre generosos e igualitarios– y hasta el día de hoy.

    Urmeneta, navarra de nacimiento y valenciana de adopción, cuenta que el camión es desde hace algo más de 20 años su vida. No en vano, la mayor parte de los días los pasa en su cabina viajando por Europa. Carga y descarga, descarga y carga, pero, sobre todo, conduce desde su cabina todo tipo de mercancías. Desde esa cápsula da rienda suelta a tres aficiones: la lectura, el heavy y la radio. Mucho de la segunda, bastante de la tercera y algo de la primera hay en uno de los proyectos en los que ha embarcado a sus dos hijos y por los que una marca empieza a tener cierto eco a nivel estatal: Urmemetal Sponsors es una asociación sin ánimo de lucro en la que Begoña, David Gómez y Ainhoa Jiménez (sus dos hijos) se han empeñado en ayudar a promocionar a grupos emergentes de rock y heavy a cambio de nada.

    Aunque la aventura se inició hace unos cinco años de manera más o menos accidental, desde hace dos se estableció formalmente. No son promotoras, no son managers, pero se dedican a tender puentes en todas direcciones para los grupos emergentes de heavy de España y de fuera de España. Aunque la debilidad por las bandas valencianas se nota y se deriva de la proximidad, conectan a las bandas con las salas para generar conciertos en los que la máxima es tan sencilla como –desgraciadamente– inédita: «las bandas no pagan por tocar». ¿Cómo lo hacen? Comunicación, sinergías, buen rollo y una dedicación difícilmente comprensible de no ser por el amor de los tres Urmeneta con este estilo de música.

    Ainhoa comenta a Cultur Plaza que es curioso como los tres tienen gustos distintos dentro del heavy: Begoña, algo más clásico, Ainhoa, algo más excesivo, y David, algo más progresivo. En realidad, esas son las tres líneas que se van alterando en la generación de sus contactos. Una plataforma que desde 2017 se ha vuelto mucho más internacional a partir de un trabajo que, en el caso de Begoña, capitanea desde la cabina de su camión: han ligado a una serie de emisoras de radio en España, Italia, Francia, Inglaterra y países de Suadmérica para que intercambien maquetas y primeras grabaciones: «el objetivo es que la música de aquí suene en muchos sitios y, aprovechando todo lo que da de sí internet, haya un flujo de intercambio entre emergentes».

    El salto radiofónico está funcionando tan bien que ya les han propuesto acoger giras de bandas sudamericanas, aunque ese tipo de saltos todavía quedan lejos para una asociación que apenas da a basto con la gestión que ya realizan desde València. Ciudad, por cierto, donde la presencia del heavy y de sus estilos más próximos está en horas bajas en cuanto a público y salas sensibles a la causa; no así en cuanto a bandas, que «las hay muchas y buenas». Eso dic Ainhoa que, con sorna, comenta: «yo le he dicho a mi madre que si conseguimos llevar público en València, lo vamos a conseguir casi en cualquier sitio». Y ríe, mientras acto seguido comenta que todo el Norte, de Galicia a País Vasco, sigue muy por encima de la media en esos dos aspectos: públicos y salas.

    Las redes sociales y WhatsApp son el principal campo operativo de Urmemetal que tienen varios conciertos programados como colaboradores para las próximas semanas. No paran y no se limitan al directo. Diseñan entradas, carteles, chapas, camisetas y flyers, siendo la promoción online de todo esto la principal actividad. Ahora mismo se preparan para otorgar un premio de fotografía relacionado con el heavy –ya con finalistas–, pero han colaborado con festivales y admiten que grupos de fuera de València les tientan a ejercer de managers. «De momento, es algo que no contemplamos», dice Ainhoa: «el motivo por el cual empezamos a generar contactos y ayudar a bandas emergentes tiene que ver con nuestro disfrute. A largo plazo, no descartamos que pueda existir algo en paralelo que, por hacer de esto algo más profesional para las bandas, pueda suceder».

    Begoña comenta que monetizar «no está sobre la mesa. Lo hacemos de corazón. Lo único preocupante de todo ello es que seguimos arriesgando nuestro dinero. Muchas veces, horas o minutos antes del concierto, estamos cagados porque no sabemos si cubriremos gastos. Al final, de una forma u otra, siempre llegamos. Si generar una base empresarial resolviera eso, quizá, más adelante, nos lo planteemos». Es cierto que, como dato curioso, todo esto surgió de un concierto que sí promocionaron y que fue una especie de celebración familiar. Y como fue bien aquella vez, pensaron en cómo hacerlo mejor y dar de alguna manera ayuda a las bandas emergentes, que siguen siendo desde entonces su único objetivo.

    Aun así, ya hay una serie de bandas a las que han ayudado, que han ido cogiendo cuerpo y de las que siguen tirando para dar empaque a según qué carteles. Han colaborado con promotores, managers y salas en Madrid, Barcelona, Galicia, Asturias o País Vasco, además de hacerlo en casa, en València. «La principal motivación es dar visibilidad a las bandas, conectarlas y que a los directos no vayan solo familiares y amigos», comenta Begoña desde la cabina con gran energía. De eso van sobrados los tres, pese a que admiten que cada vez Urmemetal Sponsors «se come» más vida personal. Eso sí, una vida alternativa que viven de manera conjunta, hiperconectados a través de internet y dirigidos por una madre camionera que, desde su cabina, Europa arriba, Europa abajo, ahora escucha a las bandas a las que tratan de dar cancha en emisoras de Italia o Francia. 

  • Follar ben fort en silenci

    Publicado originalmente en la revista Lletraferit

    El vocabulari de l’entrecuix mai havia passat els seus dies tan a prop de l’engonal. A escassos centímetres del lloc on l’esquena perd el seu nom i no molt lluny del melic, en la butxaca dels texans o en la bossa, un vocabulari accessible durant tot el dia a la vista i els dits. Un vocabulari que se servix de velles fórmules sintàctiques, però que no fa servir paraules: les emoticones han iniciat una catarsi de creativitat pel que fa al noble art de follar ben fort en silenci

    La verborrea es dividix en cinc grups de microimatges de les quals els valencians dominem almenys una d’elles: la família de les fruites i verdures. L’horta, tan rica i sàvia, ens dota per a la conversa de l’entrecuix des de temps immemorial. I si bé la literatura en la nostra llengua va patir un bon calfó treballant la terra des de mitjan segle XIX a començaments del XX, molta cura amb les ombres de Gray que ara s’escriuen en la intimitat dels whatsapps a base d’hortalisses. Les expiracions no porten accent obert, però a més d’un l’han deixat afònic sense haver d’emetre paraula.

    Albergínies, panotxes i bananes. Bresquilles, cireres i castanyes. Estes semblen les sis formes sagrades d’ús pel que fa a la còpula a distància, d’Alaquàs a Kobe i d’Atzeneta d’Albaida a les platges de Maracaibo. La diàspora de professionals per la crisi manté calent l’entrecuix durant el dia amb algun d’eixos recurrents regals de la terra. Fins i tot, amb alguna versió més refinada com la del pot de mel o la del dònut, per a tota classe de gustos i interpretacions. Per a tota classe de necessitats, segons la data del calendari.

    Però el món vegetal no és l’únic que participa del joc, cada vegada més inspirat, atés que el seu ús ve estenent-se amb fruïció des de fa almenys una dècada. Les altres quatre categories pertanyen a les caretes, parts del cos, objectes i la resta de la natura. La més òbvia sembla sempre la primera, la de les emoticones amb canvi de cara que bé poden simular l’expectació i explosió que genera un bon orgasme. Hi ha caretes que pareixen demanar a crits això que antigament déiem “cunnilingus”, però que hui (com quan diem cubana, francés o grec) ja anomenem “valenciana”.

    Esta última gran necessitat de la humanitat en el seu dia a dia –la de fer o rebre una “valenciana”– fa servir microimatges del segon grup, la de les parts del cos: amb la maneta fent la ve baixa, seguida d’una llengua, tenim feta la nostra comanda d’una “valenciana”. Eixe grup d’emoticones sexuals derivades de les parts del cos, braços i mans fa moltíssim per la dona i per l’home en tot açò de follar en silenci. Ja siga per a un escalfament furtiu en Tinder o perquè la teua parella treballa a Londres o Madrid, els ditets i les seues formetes i els llavis donen per a molta interacció.

    I, entre els objectes i la resta de la naturalesa, podem enumerar uns quants emojis per tal que la ment comence a creuar possibilitats: un tren eixint del túnel, un volcà en erupció, focs artificials, la bomba que ha esclatat (sense Ximo Bayo implicat), flors, senyals de trànsit, coets, cadenats i claus, flames, tisores i el meu favorit en segons quin moment: les gotes. Tot tipus de gotetes. En diferents cabals i tan explícites segons els emojis que les precedixen. Sense dir ni pruna (eixa és una altra), tot això que pareix tan poc romàntic de descriure en una revista com Lletraferit, però que completa la idea de com es folla (també) en els nostres dies.

    Cors, cigars i dutxes ajuden a l’eixida de la conversa abans de passar amb asèptica fisicitat a una altra cosa. Besets explícits, picades d’ullet i dolços –normalment– deixen el pany obert a una nova ronda d’intenses convulsions visuals. Tan brutes, relaxades i fins i tot tan convencionals com els interlocutors necessiten. És cert que, generacionalment, hi haurà qui pense que tot això que ací es diu és un sacrilegi des del punt de vista humà del fornici. Els dic que vivim en una constant reinterpretació de la nostra sexualitat i que esta sempre ha estat marcada per l’ambient de l’època. Amb la globalització de la vida personal, la hiperdigitalització i enfront de la possibilitat de “tirar lo blanc” o no, encara que hi haja una pantalla pel mig, jo dic: “Benvingut siga follar ben fort en silenci”.