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  • ¿Por qué los hombres heterosexuales feministas seguimos entre el pánico y el silencio?

    Publicado originalmente en El País

    Los hombres heterosexuales –como los catalanes para Rajoy– hacemos cosas, pero sobre todo una: contradecirnos. Sobre todo con el feminismo. Sobre todo con la boca cerrada. La contradicción es, de todas las silenciosas, nuestra respuesta favorita. No tenemos ningún grupo de WhatsApp para hablar de ello. No se comenta. No se verbaliza porque tampoco es un tabú. Si reflexionásemos cada vez que sucede, colapsaríamos. Nuestra cara mutaría en pantalla de Windows 95 tratando de ejecutar el lanzamiento de una sonda lunar. Os aseguro que no querríais ver eso. Nuestro cuerpo pasaría del espasmo al estertor, se quedaría suspendido en el tiempo y el mundo tendría que seguir girando sin nosotros (y sabemos que eso podría no ser del todo perjudicial).

    La razón es biológica: estudios neurocientíficos aseguran que un 95% de nuestras decisiones pertenecen al subconsciente. Esa contradicción constante es una acción refleja. O dicho de otra manera: apenas tomamos el 5% de las decisiones de manera consciente. El grueso de lo que hacemos todos –elles y elles– pertenece al género de las costumbres. También con el feminismo. A cada paso que damos, en cada esquina que doblamos, ante cualquier máquina de vending con esa cara de cordero degollado que nos deja el colchón de Ikea, los hombres tomamos decisiones equivocadas con respecto a la desigualdad entre géneros. Lo hacemos todo el día, se nos dé bien hacer la paella o suframos migrañas. De hecho, existe un efecto contagio en vosotras que también caéis en el asunto.PUBLICIDAD

    En nuestro cerebro son cortocircuitos constantes. «Brrr. Brrr. Brrr». Apenas los sentimos. Pocas veces los vemos venir y, en cualquier caso, nunca lo decimos. Silencio. En mi caso, hasta hoy. Me lo dijo una ex el otro día y se lo leí a Virgine Despentes pocas horas después: los hombres, en realidad, no hablamos de lo que nos pasa. Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos. La conjura de la rutina lo excluye de la conversación. Nunca nada del todo consciente, porque en realidad solo es un 95% rutina y automatismos. Luego, en el espacio sobrante de RAM hay complejos y una reinterpretación de la masculinidad de la que habla todo el mundo que no somos nosotros. Un frágil equilibrio que va de la neovirilidad a la interpretación de sí mismo que hace cualquier mamífero desde que aprende a imitar.

    «Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos».

    Pero incluso en ese escaso margen de consciencia hay oxígeno suficiente como para aceptar que este siglo servirá para balancear los roles. No sabemos cómo seremos. Nos asusta (pánico de hombros caídos). Nos deja el cuerpo como un cowboy que al volver a casa no encuentra su revólver bajo la almohada. Miramos al infinito. Nuestro cerebro pasa del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Todo en silencio. Pero lo vemos. Empezamos a repasar la galería de cagadas cotidianas. Un paisaje onírico que redibuja el presente y pensamos cosas. Ese día del que te hablaba me pilló con la tecla delante. No creerás lo que sucedió…

    Rebobinas hasta el miércoles: interior, oficina, reunión de trabajo, dos mujeres y dos hombres. El proyecto lo lleváis entre tú y Ella1. Lo habéis hecho juntos y lo exponéis juntos, pero de esto decides tomar las riendas tú [advertencia: eso no tiene por qué ser necesariamente una cagada]. Y empiezas. «Pim. Pam. PowerPoint mon amour». Y terminas cada frase mirándole a Él2. Pero a Él2 ni le va ni le viene. Está pensando en si te plancharás las camisas o las tenderás jodidamente bien. De hecho es Ella2 quien tiene que daros el visto bueno. Pero tú buscas a Él2 con el final de cada diapo.

    Necesitas ese gesto de complicidad. Tu mente va rápida y necesita recompensas. Es su compadreo el que te sirve. Porque pese a que llevas una semana pidiéndole perdón a tu bull terrier por pasearle tan tarde, porque pese a que te has quedado a trabajar con Ella1 cada una de las últimas tres noches, o pese a que Ella2 es la que decide, tú necesitas manejar esto con «los que saben». Ahora que solo queda rematar la jugada, le pasas el balón todo el rato a tu compañero de género. Hay otros dos cuerpos oxidándose en la habitación, pero el ataque se convierte en un toma y daca. Tuya, mía. Mía, tuya. Una pared tras otra, avanzando por el terreno de juego. Una. Otra. Así hasta llegar al área pequeña. ¡Gol del mansplaining!

    En efecto, estabas en tu 95% de que siga todo igual, por favor. Estabas en modo automático, sin más. Llegas a casa. Abres una lata de mejillones al natural y una cerveza low cost. Ninguna de las dos cosas sabe exactamente a lo que promete su packaging y es quizá por eso que durante unos segundos te das cuenta de todo. Entras en el terreno de la contradicción. Un ruido blanco, como un zumbido, te mantiene concentrado en esa idea. Son varios segundos, así que tampoco te da tiempo a comentarlo con nadie. No colapsas. Es más, decides no darle mucha importancia. “Es nuestra forma de ser”, te dices, justo antes de darte cuenta de que tu bull terrier mueve muy rápido su cola, mirándote de ‘esa manera’. Le diriges más palabras que a tu compañera durante la presentación mientras cargas el último podcast de La vida moderna, te pones el abrigo y los auriculares (por este orden) y bajas. “¡Qué puto frío hace!”. Las ideas se congelan. Y debe ser eso lo que ha provocado el silencio esta vez.

    Tienes este tipo de ‘interrupciones de la rutina vital’ cuando te quedas un fin de semana en casa de tus padres: la ropa entra en ese ciclo mágico por el cual estaba sucia el viernes y aparece doblada y planchada sobre la cama el domingo. La mano del hombre, del hombre en sí, no ha intervenido en el proceso. Miras fijamente al vacío. Eres consciente. Del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Silencio. Otro día un conocido tiene el estómago de comentar en voz alta una noticia de acoso laboral sugiriendo que también se ha sentido “así” alguna vez por el trato de una persona gay en “idénticas circunstancias”. Sabes que el contexto social, que la presión del entorno y la suma cultural convierten esos dos casos en dimensiones paralelas. «Chk. Chk». Y te quedas calladito en tu pupitre, como cuando alguien alivia un acting de macromachismo con el hashtag del #micromachismo que, resulta, ahora, todo lo cura.

    «El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano»

    El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano. Ni mucho menos ni como preocupa a tantos sublevados vivimos en sociedades tan idiotas que, por el hecho de desear ser menos desiguales, aceptan que no hay mujeres malas. Ese tipo de argumentos en vía muerta son, a menudo, otro de los factores que aletargan la solución al problema. Otro más es el desequilibrio de intensidades que se ejerce desde los medios cuando quien rapta a sus hijos o comete un homicidio es una mujer. También, desde este oficio, porque lo extraordinario tiene un valor mucho más llamativo en la alquimia de las audiencias.

    La enumeración puede continuar porque son muchos los brazos que reman en contra de una igualdad real para todos, aunque sea la inercia silenciosa la que los mueve en su mayoría; aunque sean brazos poderosos. En el casco de ese barco común hay grietas esperando a ser torpedeadas, algo a lo que ayuda y mucho generar focos de reivindicación como este Día Europeo por la Igualdad Salarial. Como lo hicieran las ideas en el Siglo de las Luces –no sin riesgos ni bajas por el camino– será el uso de la voz pública, la sugestión y cierto margen de tiempo el que irá perforando la preeminencia del «Brrr. Brrr» frente al liberador «Chk. Chk». Llegados a este punto, conscientes de seguir cagándola desde el automatismo, si hay algo que pocos pueden dudar es que este será el siglo de las mujeres. A su consecuencia, la sociedad será otra. Como poco, menos desigual y más justa.

  • Alberto González (Querido Antonio): «Vivimos en una censura democratizada»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    A falta de una mejor memoria colectiva, la Historia del Arte en general y la hemeroteca en particular nos sirven para recordar que los movimientos culturales que transgreden a su tiempo surgen en el undeground. Sin embargo, las vanguardias encargadas de violar el contexto social se han topado este siglo con una realidad comunicacional inédita en la Historia: internet. Allí opera una generación de artistas y pensadores que durante los últimos años ha empezado a definirse en torno a los buenos propósitos de ese legado en construcción: hacer uso y apología de sus libertades, deformar y detonar la corrección política, y sacudir a la obesa y precaria sociedad del bienestar.

    Este viernes, uno de esos agentes dobles, de los que operan desde una creación subversiva y cuyo mensaje se convierte en masivo a base retuits y grupos de WhatsApp, visitaba València. Lo hacía junto a su compañero en El Intermedio Fernando González (Gonzo) y en el contexto de Factoría Rambleta. Lo hacía con su nombre, Alberto González Vázquez, con el que ha publicado un par de libros (Humor cristiano y Todos los hijos de puta del mundo) y, entre otras tantas cosas, acaba de firmar el primer videoclip del nuevo álbum (Disco duro) de Joe Crepúsculo:

    Por él, titulares como «A Rajoy le explota la cabeza en el último videoclip de Joe Crepúsculo» cargaban este mismo viernes las filias y fobias en torno a Querido Antonio, el nombre con el que González Vázquez se ha hecho popular en el entorno online. Popular a partir de su trabajo como guionista y autor de satíricas cortinillas para el programa que presenta El Gran Wyoming, conocido también por sus viñetas para El Mundo Today e ideas para Orgullo y Satisfacción, autor de animaciones para textos de Juan José Millás o vídeos musicales de Miguel Bosé, aprovechamos su paso fortuito por la ciudad para conversar con él.

    -En televisión has trabajado con distintos equipos de guionistas. Desde el programa de sketches junto a Borja Cobeaga pasando por Muchachada Nui y ahora El Intemedio. ¿Qué rol has ocupado en esos equipos creativos?
    -Distinto rol, la verdad. Han sido programas muy diferentes. En un programa de sketches, por ejemplo, tu papel queda bastante difuminado. Y así fue el caso. En El Intermedio tengo un papel mucho más independiente, con una voz mucho más propia. Trabajo solo, en silencio, de hecho. Veo los brutos, los ejecuto a la vez. Con esos vídeos todo empieza y acaba en mí, así que todo esto funciona de puta madre si eres un poco autista. Resulta bastante interesante así.

    -Descrito así y teniendo en cuenta qué supone El Intermedio en el contexto televisivo, ¿eres consciente de estar en una especie de isla de libertad en pleno prime time?
    -Pues… no soy muy consciente de estas cosas, pero sí hago ese ejercicio de plantearme la suerte que tengo en este espacio de televisión. Si lo piensas objetivamente, se acerca bastante a lo que podría llamarse un trabajo ideal. Tengo una independencia absoluta más allá de las limitaciones obvias del trabajo en televisión. Me refiero a lo que tiene que ver con los horarios, los tiempos, las entregas… para todo el mundo. Así que sí, valoro bastante la libertad y difusión que me concede trabajar en un sitio así, haciendo lo que hago. Llevo 11 años haciéndolo y sigo disfrutando de ello.

    -¿Con el equipo, has comentado alguna vez que los buenos datos de audiencia quizá no duren para siempre?
    -Entre los compañeros, sí, claro. El programa lleva 11 años y desde hace 10 llevamos vaticinando la defunción de El Intermedio a un par de años vista. Siempre decimos, ‘bueno, en un par de años…’, y cada uno fantasea con lo que hará después. Pero no tiene fin. La coyuntura política ha facilitado el crecimiento de audiencia. Me refiero al hartazgo político. Y el programa es lo suficientemente flexible como para reconvertirse. Ha habido muchas novedades y eso es bueno. A la audiencia todo le cansa rápido, pero no para de haber novedades. Ahora tenemos un nuevo actor en escena, Trump, que es una constante de posibilidades.

    Foto: ESTRELLA JOVER

    -Tu trabajo ha provocado reacciones muy críticas, sobre todo a través de las redes sociales. ¿Alguna vez has llegado a ir a juicio por ello?
    -Al programa ha llegado alguna denuncia, pero era tan absurda… Si alguna vez ha llegado algo ha sido tan nimio que mi sensación es que solo ha servido para hacerle perder el tiempo a la justicia y sobre todo al tío que denuncia. Pero bueno, esas reacciones o esas denuncias tienen que ver con el absurdo en el que estamos viviendo en general. La persecución que tiene todo que ver con la Ley Mordaza. La persecución pública de la libertad de expresión. Y es algo que aterra bastante, que me atañe bastante. No en mi trabajo para El Intermedio, porque ahí tengo el parapeto del programa, pero sí como persona, cuando me expreso por mi cuenta. Por ejemplo, en Twitter. Pasas a tener todo el tiempo cierta cautela. Vivimos en una censura democratizada.

    -¿Es posible que la corrección política sea la consecuencia de esa Ley Moradaza? Es decir, que la democracia en su estado de maduración y corrección, haya propiciado que los censores se envalentonen.
    -Me resisto a creer que es así, porque me parecería una traición tan grave… Lo que asumo es que si digo tal o cual cosa hay 15 gilipollas que van a pedir mi cabeza en Twitter. Esas tormentas creo que están sobredimensionadas. Es cierto que vivimos en una época complicada. La censura democratizada que se ejerce sobre los autores, los linchamientos masivos en redes sociales, se ha convertido a veces en algo pero que una censura. Es una censura más abitraria que la de cualquier estado fascista. Ahora es muy fácil escandalizar a la gente y no sé nunca si es porque hay muchos tontos o porque con las redes sociales hay mucho ruido. Es bastante preocupante. 

    -¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
    -La libertad de expresión no ha sido un problema cuando ha sido ejercida por los medios de comunicación sobre los que se ejercía un control. Ahora, cualquiera tiene ‘su canal’, su ‘medio de comunicación’ y hace uso de la libertad de expresión. Resulta que eso se ha vuelto peligroso. Por eso tengo la sensación de estar viviendo una especie de germen o de semilla de lo que puede pasar en el futuro. Me refiero a controlar voces disidentes, a localizar a voces molestas. Y, de paso, todo esto, sin que nos paremos a pensar un rato en cómo funcionan o qué son las redes sociales.

    -¿Tienes la sensación de que la sociedad o tu entorno de creadores va entrando en una etapa de autocensura en las redes sociales?
    -Me resisto a creerlo, pero creo que, inevitablemente, sí. Es una pena porque es obvio que no puedo hacer los mismos chistes en Twitter que hago en privado. Antes del nacimiento de las redes sociales ya existían esos chistes en privado y creo que es algo de lo que se ha hecho un aprovechamiento muy ilícito. Me refiero a que, en aquel entonces, esa barrera, no estaba tan clara y, bueno, tampoco me parecería mal que no estuviera clara si la gente fuera capaz de asumir ese humor, esa idea más extrema. Pero no es el caso. Entonces, ven una idea tuya de 2009, de cuando Zapata tenía 120 seguidores en Twitter, y la usan hoy. A mí me parece una violación de la privacidad y del sentido de aquel mensaje en aquel momento. 

    -No suele haber  espacio para hacer entender que la gente cambia de opinión. Sobre todo, gente que durante el nacimiento y crecimiento de esas redes sociales ha tenido edades todavía no tan adultas.
    -Sí, claro. Generaciones que han crecido justo mientras todo esto sucedía. Que se abrieron el Facebook con 17 años y hoy tienen casi 30. O que tienen 17 ahora. ¿Cómo vas a juzgar igual a esa persona? Una persona que en esos años ha evolucionado muchísimo hasta ahora. Es algo que no hay tiempo para tener en cuenta. Pero claro, esto no lo podemos ver en el Twitter de José María Aznar cuando tenía 17 años. Para mí tendría un gran valor eso. Asomarnos a eso. Es una curiosidad.

    • APUNTES DE LA ENTREVISTA
    • La entrevista es telefónica. Mientras desayuna, a las 9am.
    • Alberto prefiere hacerla a esa hora porque luego su biorritmo se alinea con la frenética escritura de El Intermedio.
    • (Casi) Nunca ve el programa en casa.
    • Su trabajo es solitario y parte del visionando imágenes de agencia. -Su ‘musa’ es la Agencia EFE.
    • Además de guionista y viñetista, es el autor de un gran número de cortometrajes y videos en los que la claridad del mensaje se sobrepone a las precisiones técnicas audiovisuales.
    • A sus pensamientos y obras le rodean amigos en Madrid entre los que se encuentran artistas como Nacho Vigalondo, Borja Cobeaga o el mismo Joe Crepúsculo.

    -La opinión pública tampoco tiene muy claro qué valor añadido aportan expresiones de libertad como Orgullo y Satisfacción [cerrará a final de año]. Quizá no está dispuesto a pagar por ello porque tampoco tiene muy claro qué le va a reportar hoy y en el futuro.
    -Es un caso que, sí, tristemente… es la libertad de expresión en su máxima expresión, valga la redundancia. Y de la que se benefician muy pocos, aparentemente. No es algo que la opinión pública perciba que va a influir en su vida diaria. Nuestro problema es esa percepción marginal. El problema de que nadie va a pelear por defender la libertad de expresión por ti. Nadie se pone a defender nada que no perciba que le afecta en particular. Así que esto se convierte en una batalla de muy pocos individuos dentro de una masa infinitamente mayor.

    -¿Y cómo se combate en esa batalla?
    -Negándose a claudicar. Hace nada tuve un amigo que tuvo un buen jaleo por Twitter, pensando en si borrar el tuit, disculparse y su puta madre. A mí son cosas que me parecen muy truculentas de esta sociedad, pero yo en estos casos, siempre digo lo mismo: el error es disculparse. Eso es dar la razón. Eso es ponerse ‘la mordaza’. Así que hay que aguantar y hacer una labor divulgativa de lo que ahí sucede porque siempre hay alguien que está dispuesto a escucharla y comprender [hay reflejos al grueso de esta conversación en el videoclip arriba enlazado].

    -¿Cuál sería el genotipo del violento en las redes?
    -La gente más agresiva, en un porcentaje altísimo, tiene una bandera en su avatar. La bandera de su región, la de España, el escudo de un equipo, el logo de un partido político… nadie se imagina hasta qué punto eso es una constante. Yo creo que merecería la pena estudiarlo. 

    -Volvamos a hablar de tu actividad. ¿Ves el programa?
    -No. Casi nunca. Es una cuestión de biorritmo. Después de pasar todo el día allí y de estar al tanto por imperativo de todo lo que va a suceder, cuando llego a casa o cuando salgo del trabajo, lo último que quiero hacer es ‘seguir en el trabajo’. 

    -¿Cuál es tu fuente primordial de ideas para esas cortinillas?
    -Mi mayor fuente de inspiración es la Agencia EFE. Lo que hago, básicamente, es ver las imágenes de las agencias y pensar en ello. Solo. Mi sensación es que meto ideas en esos huecos de las imágenes. A menudo en los espacios donde nadie ve nada de esas ruedas de prensa que acaban en los telediarios. A mí me gusta así el trabajo, mirando esas imágenes en solitario. Espero que siga así.

    -¿Cómo surge ese ‘puesto de trabajo’?
    -La idea ha ido evolucionando, pero cuando empezamos no sabía muy bien qué iba a ser, qué iba a hacer. Las primeras propuestas eran algo así como mezclar cosas, cuanto más dispares mejor. La televisión no es algo inabarcable, es algo finito, y los contenidos son muy parecidos, así que mezclar a un político o a Ortega Cano con según qué otros brutos le da un dramatismo poderoso a la pieza. Es fácil, visto así. Y vas probando cosas todo el tiempo. Muchas no encajas, pero sigues. 

    -No ves El Intermedio, ¿pero ves televisión?
    -No mucho. Lo que me toca por imperativo laboral. La televisión que veo es HBO y Netflix.

    -En la extinta Canal Plus, dentro de su programa Lab, llegaste a tener un proyecto de serie con ciertas conexiones a tus vídeos para El IntermedioCien enfermedades incurables. ¿Qué fue de ella?
    -Ni siquiera llegó a suceder. Iba a ser una especie de… no sé. No llegó a definirse. Recuerdo que era una idea muy experimental y que nació justo antes de que empezara a haber recortes por todas partes. El proyecto Lab no salí a flote y se quedó un poco varado, aunque yo lo rescaté por mi cuenta. Saqué varios vídeos. Uno de ellos es el que nutre a Los reyes magos, que es de los más populares que he tenido. Todas esas ideas están por ahí colgadas.

    -Te lo pregunto porque dada la cantidad de material audiovisual que has creado durante estos años, tu conocimiento del medio y tus relaciones, ¿nadie te ha propuesto hacer una serie? ¿Tienes en mente esa posibilidad?
    -Bueno, es algo que está ahí. Es muy complicado, claro. Me parece un trabajo gigantesco… inabarcable. Me aterra. Acostumbrado a trabajar rápidamente para obtener resultados. En plan, ¿qué haré hoy? Haré siete vídeos que empiezan y que acaban. Y el retorno en unas horas me satisface mucho. Hacer el trabajo y obtener un feedback en cuestión de horas… creo que me he malacostumbrado a eso. Es mi terreno, mi zona de conforto. Lo que no sé es si lo ha sido siempre, pero como lo he trabajado y es algo que está en mi carácter, pensar en una serie… es un mundo.

    -En toda tu obra hay un rasgo distintivo, casi obvio: el mensaje por encima de todo. ¿Qué piensas de aquellos que te rodean en el audiovisual o en la ilustración y que supeditan la publicación de su trabajo a conseguir los recursos técnicos más altos?
    -Me he encontrado bastante con esto y me parece absurdo. Lo único que importa, desde mi punto de vista, es tener algo que contar. Soy muy desprejuiciado con eso. Me lo paso por el arco del triunfo. No me interesa. Lo fundamental es que lo que cuentas se entienda. Para conseguir eso, tienes que alcanzar un mínimo común denominador. Si me hubiera tenido que esperar a tener una Red One [una cámara profesional] para hacer cortos… estaría esperando todavía. No habría contado anda en mi vida. Y si no puedo contar con un ilustrador acojonante para contar cosas, pues le doy salida. El tema técnico lo he percibido mucho más en el cine. Los cortometrajistas tienen estas cosas. Pero bueno, ahora creo que se puede hacer una pieza con bastante calidad técnica, más que aceptable, hasta con tu móvil.

  • Generación Babalà: así fue el primer club televisivo de los ‘millennials’ valencianos

    Publicado originalmente en El País

    La televisión de los 90 en España se apoyó en una fórmula irrepetible. A saber: el oligopolio del mercado, la valentía de la ignorancia en productoras y canales, el dinero público en semitransparencia y la edad media de sus equipos. Eso y lo bien parecida que era la excentricidad y el arte en una televisión –al fin– libre. Para muestra, una precuela: La Bola de Cristal, con Alaska, Santiago Auserón o Kiko Veneno. A su consecuencia, los programas infantiles en las nuevas televisiones públicas: Club Súper 3 (TV3, 1991), La Banda (Canal Sur, 1994), Xarabín Club (TVG, 1994) o Cyberclub (Telemadrid, 1997). Y antes de todos estos, A la Babalà, el programa infantil de el extinto Canal 9 (1990).

    Esos eran los contenedores que armonizaban la emisión de series tan distintas como Bola de DracEls guardians de la GalaxiaLes tres bessones o Doraemon. La fiesta del croma y los concurridos platós de directo convirtieron a sus presentadores en los primeros influencers de carne y hueso para la generación millenial. Eran auténticas estrellas de rock que, además, hablaban su propia lengua. Levis 501, pantalones de campana, Ruta del Bakalao y Los Planetas. Todo a su debido tiempo y con la licra como material conductor para un escaparate de intensa influencia en una generación de valencianos que, más que millenials, son la Generación Babalà (o, como poco, ambas cosas).PUBLICIDAD

    A la babalà: los inicios sin experiencia

    El nombre se lo puso su primer director, José Ramón García Bertolín, inspirado por unos apuntes de las oposiciones que estudiaba su esposa: “Tenía una lista de expresiones en desuso. Esta me pareció tan bonita… Explica como hacen las cosas los niños, a lo loco”. Él también fue quien propuso que su presentadora fuera “esa chica joven que enseñaba a los colegios las instalaciones de la nueva tele”, como cuenta la propia Fani Grande. Su compañero, Diego Braguinsky, había sido el rostro de Canal 9 en su mensaje de bienvenida y participaría durante décadas tanto como presentador de programas (Amor a primera vista) como, sobre todo, actor de series (L’Alqueria Blanca).

    Grande acompañaba a los niños por los nuevos platos donde jugaban a realizar programas no escritos. “Lo último que esperaba era que me cogieran. Me quedé muy sorprendida porque no tenía ninguna experiencia en cámara, pero acepté porque me gustó mucho la idea. Teníamos a Carles Cano y Carles Gámez de guionistas”, referentes hoy en día como escritor de literatura de infantil y como periodista, respectivamente. La azafata reconvertida en actriz y presentadora asegura que su recuerdo más poderoso fue “la cara de asombro y de felicidad, la entrega de cada carita, cómo aplaudían…”.

    Se refiere a un programa vespertino, con decorados y premios diseñados por Alicia Caparrós (els quiquets!) en el que los colegios competían y había premios como un televisor o un telescopio. Cualquier niño a inicios de los noventa con uno de esos dos artilugios en su habitación podía pasar como el más guay de la clase.

    Hoy escritora y bloguera, Grande recuerda que cuando abrió su cuenta en Twitter, en 2012, el reencuentro con la generación Babalà fue “una de las cosas más felices de mi vida pública. Tanto que, aunque cueste creerlo, he vuelto a ver en algunas caras esa admiración por una época televisiva”. Pero en aquel tiempo TV3 apretó el acelerador y abrió su ancho catódico al Club Súper 3 con Petri, Noti y Tomàtic. Tres personajes con mucha personalidad y sus propias historias de ficción. El croma, que era toda una innovación, dotaba de escenarios infinitos a las ideas de un club –esa era la clave– en la que se potenció la interacción de los niños a través de la carta, el fax y el teléfono. Pese a los muchos contenidos compartidos gracias a las compras de la FORTA, TV3 contó con ingentes recursos para doblaje y sonido. En un territorio de lengua compartida, las autonómicas empezaron a competir (años después, el Gobierno valenciano capó la señal llegada desde Cataluña) y en Canal 9 a imitar el modelo norteño.

    Babalà Club: Dragon Ball, croma, rap y bakalao

    El 2 de marzo de 1991 se emitió en Canal 9 el primer episodio de Dragon Ball que junto a Dr.SlumpMusculmán, Shin Chan y Doraemon sería una de las series japonesas por las que se libraría una batalla de audiencia entre autonómicas. Las tiendas de fotocopias, que por aquel entonces eran un negocio de lo más boyante, mantenían una línea B de ingresos con unas carpetas de anillas por las que podías llevarte a personajes y escenas de aquellas series en blanco y negro (especialmente de la de Goku, Vegeta y Satanàs cor menut o Satanàs cor petit, según tu lugar de residencia). Las variedades dialectales iban discriminando públicos y la guerra por las cuotas de pantalla y los horarios estaban lanzadas con la franja infantil. La valenciana pareció resentirse y RTVV lanzó un casting para replicar la idea del trío de aventureros disparatados sobre un croma. De hecho, Club Súper 3 fue el primer programa en España en usarlo y Babalà Club el segundo. Algo para lo que abandonó –y fue una separación decisiva– los estudios de Canal 9 en Burjassot.

    En octubre de 1992, Ricardo Jordán, Carme Juan i José Vicente Baynat se convirtieron en Xoni, Poti y Tiriti, respectivamente. Elegidos entre más de 100 candidatos en aquel casting, los personajes empezaron a mezclar música actual e histrionismo. Croma-key y libertad de pensamiento a unos kilómetros de Burjassot. Y si hoy nos parece de lo más avanzado coger los cuentos clásicos para darles una vuelta y contar una historia loca toqueteando estereotipos, YouTube nos permite recordar que en las tardes de pan con nocilla, Bola de Drac y “¿ya has hecho los deberes?”, se podía disfrutar de una Caperucita Roja revisitada así.

    Jordan recuerda para El País algunas anécdotas y advierte el aprendizaje suyo y de otros actores “a un medio nuevo. La repercusión nos alucinaba bastante viniendo del teatro”. El ahora también productor ya llevaba unos años trabajando, pero dar el salto del teatro a la televisión fue un impacto acusado: “los niños me pedían por la calle que volara porque eso era lo que veían que hacía en pantalla… sobre el croma, claro”. Xoni era un marciano con patillas largas, sin cejas y cabeza rapada. Junto a Poti y Tiriti las versiones de rap y de techno –otra muestra de las influencias de la Ruta, como en las promos de Dragon Ball– se sucedían para estimular a los jóvenes. Sin complejos, mientras que la música para adultos era todavía de otro tiempo y en playback, los mensajes y las producciones musicales para el programa infantil no tenían límites.

    Tener el carné del Babalà

    En realidad la idea más importante del programa había germinado por otra vía y, sí, con la acusada referencia de la televisión catalana: A la babalà pasaba a ser Babalà Club (Club Súper 3 es a día de hoy el club con mayor número de socios registrados de Europa. De cualquier tipo). La idea de comunidad, la idea de un carné de socio que te daba acceso a un grupo, la idea de un clan de la diversión que te unía a niños de otras poblaciones, de otras ciudades, que también veían desmembrarse aquellos cuerpos (Bola de Drac), que les parecía muy bien que un superhéroe se impulsara a base de pedos (Musculmán) o que una serie tuviera una presencia escatológica constante (Dr.Slump), aquel carné que te hacía formar parte del grupo lo era todo. Y, encima, en época de alegría en el gasto público con cargo a contribuyentes futuros, el carné te permitía recibir un VHS el día de tu cumpleaños y, según la época, otros pequeños regalos que te hacían sentir de lo más especial. ¿Cómo no ibas a pasar las tardes rendido a lo que quisieran ‘echarte por televisión’? ¡Ya formabas parte de todo aquello y nadie te juzgaba –como en clase– por tu altura, tus gafas, tus orejas, tu pelo o tu movilidad! Lo único importante era ser una niña o un niño.

    El poder de estos clubs es difícilmente mesurable todavía. Xoni, Poti y Tiriti publicarón casetes y CD’s, hicieron conciertos y galas y realizaron las grabaciones especiales para el VHS. En horario infantil de los 90 (o sea, toda la tarde), Dragon Ball pasó a su serie Z, llegaron Las tortugas ninja y Els guardians de la Galaxia, un western futurista muy querido en la Comunitat. Estas tres series alcanzaron picos de audiencia entre los años 1993 y 1996, aunque el poder de su público estaba en el contexto del programa: todas las fuentes con las que ha hablado Tentaciones de El País para este reportaje recuerdan el impacto del comportamiento de aquel clan desinhibido en los directos y especiales. En fiestas como las Navidades (con ExpoJove, en Feria València), Falles o Fogueres de Sant Joan, los aquelarres de diversión eran difícilmente controlables. Nada muy distinto a la fiebre por CantajuegosBob EsponjaPepa Pig o La Patrulla Canina, pero de producción pública y propia. La generación entre los 16 y los 64 bits, era todavía capaz de sorprenderse ante el material intangible de la televisión y que consumía horas y horas de sueños en su propia lengua.

    La era Abradelo

    La idea del club de fans, de un público cautivo capaz de aceptar cada lanzamiento por encontrarse dentro del contexto, no perdió fuelle con el cambio de Gobierno autonómico. Todo lo contrario. En 1996, los tres presentadores son sustituidos por una reformulación del programa que pasa a llamarse Babalà. Con un breve paso de Paqui Rondán como presentadora única, la actriz y chica Lazarov María Abradelo se pone al frente del programa infantil. La madrileña que estaba arrasando con un programa de karaoke (Canta, canta) por los pueblos de la Comunitat, en pleno prime time, acogió la posibilidad como una oportunidad que califica como “la mejor experiencia de mi vida”. Durante 10 años, Abradelo sorteó las críticas a su periodo de aprendizaje del valenciano y compatibilizó sus programas líderes de audiencia con la franja infantil: “para Canal 9 era importantísimo porque los niños son los dueños del mando a distancia. Ahora que soy madre lo sé”

    “Trabajar para el público infantil ha sido siempre mi deseo. En 1993 ya la pedí a Valerio Lazarov hacerlo en Telecinco, donde tenía un contrato por tres años. Creo que él no me veía en ese papel. Pero tenía claro que quería acabar haciendo programas para niños porque es la audiencia más sincera y la más agradecida. Por eso, cuando me lo dijeron en Canal 9 mi única preocupación fue compatibilizarlo con mis horarios de prime time en directo”, comenta a Tentaciones. Abradelo abandonó Madrid “en una época en la que en Canal 9 se invirtió mucho económicamente y me convencieron para trabajar aquí”, relación con València que todavía le une y se ha convertido en su lugar de residencia. “Yo sabía que iba a tener feeling con los niños. Los directos eran bestiales, por el impacto y por la ilusión de todos ellos. Ahora que llevo a mi hija al colegio, del que he sido tutora voluntaria durante 10 años, hay madres que me paran y me dicen, ‘yo crecí contigo’, ‘mi hija aprendió valenciano contigo’. Nada me puede hacer más ilusión”.

    María Abradelo: “Profesionalmente, es lo mejor que he hecho en mi vida”

    La inversión dio sus frutos y en la era Abradelo (1996-2006) más de 400.000 niños pasaron a tener el carné del Babalà. Es decir, una gran mayoría de la población infantil valenciana. La presentadora contaba con una especie de caravana para giras, azafatas y bailarinas incluidas y el despliegue económico no tocó techo durante años. “En mi curriculum hay años en los que hay programa de Babalà diario porque, además de platós (croma sempiterno) estaban los especiales, piscinas de verano, colegios… profesionalmente, es lo mejor que he hecho en mi vida”, concluye. El club se desbordó con el reparto de entradas a circos, cines, etcétera, además de los envíos de cumpleaños. Es el momento en el que, junto a a Abradelo, Babalà se convierte en un perro, un bull terrier animado que pasaría a ser el icono del programa hasta su extinción.

    El gos Babalà

    El número de cambios en el formato del programa es mucho mayor del que sus socios recuerdan. Tanto es así que, en la actualidad, Babalà se asocia al bull terrier que fue la mascota que acompañó a los presentadores con el cambio de siglo y no antes. En una etapa en la que el programa se manejaba con guionistas de la talla de Lola Domingo, Rafa Rodríguez, Sergi Juan, Ferran Blanch o Paco Ballester, el doblador del personaje animado, César Lechiguerodio el salto al interior de un enorme traje corpóreo de peluche. Ballester insiste que “el éxito de Babalà en las grabaciones externas es difícilmente asimilable ahora. Los críos se comportaban como si estuvieran viendo a los Reyes Magos. Para ellos el perro era como una estrella de rock al máximo nivel

    Volvería el enésimo cambio de formato, con Carme Juan de nuevo (Nina) y Toni Agustí (Pau), que más tarde interpretarían Paco Trenzano y Núria Herreroactual protagonista de la versión teatral de La llamada en el Teatro Lara de Madrid. El papel de Babalà seguía siendo tan importante e influyente que, ya en aquella época, actrices valencianas como Iris Lezcano u Olga Alamán se presentaron al casting que logró Herrero.

    -¿Por qué sus sketches eran capaces de influir a niños de muy distinta edad? -Paco Ballester: “En el guión intentábamos imbuir a Babalà de una mezcla entre inocencia e ingenuidad, propias de un niño, con cierta mala leche a la hora de tratar a Pau y Nina. Era una especie de niño grande que toma el pelo y, a la vez, se deja tomar el pelo. Creo que esa es la base del éxito que atraía tanto a niños de 3 á 5 años como a más mayores”.

    Herrero cuenta a Tentaciones: “yo tenía el carné de Babalà y recuerdo que me hacía mucha ilusión lo que te enviaban por tu cumpleaños. También tener aquella primera tarjeta y el día de tu aniversario ver la tele por la mañana porque aparecía tu nombre”. Ballester y Herrero recuerdan que en aquella época, tras el paso de Abradelo, se decide llevar la grabación del programa a Alicante pese a que todo el equipo es de València. Semanas complejas y momentos de euforia y estrellas del rock algo más complicados, como la Noche de Reyes “que Sus Majestades bajaron en helicóptero en mitad de una plaza de toros con la arena entrando a los ojos de los niños y la escenografía volándose”. Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy intentaron algo parecido una vez y tampoco pareció muy buena idea.

    Rafa Rodríguez, actual editor del digital cultural Verlanga, asegura que “los dirigentes de Canal 9 nunca supieron el brillante en potencia que tenían con Babalà, un icono que, además, fue pasando de generación a generación sin acusar los innumerables cambios de formato. Nunca se aprovechó ese tirón, ni desde un punto de vista de merchandising, ni de establecer sinergias con los colegios o escoletes, ni a la hora de desarrollar nuevos contenidos televisivos. Nunca se hizo un club tan potente como el de Club Súper 3”. Eso sí, el guionista pone en valor la libertad que les ofrecían sus directores: “nos incitaban a proponer cualquier cosa que se saliera de lo normal. Recuerdo un guión bastante irreverente que adaptaba el Tirant lo Blanch para niños en dos minutos, en el que había de todo, desde gamberrismo divertido a reflexiones sobre su identidad sexual”.

    Él nos recuerda la influencia de los guionistas a través de la banda sonora de los sketches: “pensar que algunos niños crecieron escuchando a Blondie, Family o Los Planetas tiene su gracia”. ¿Y ahora? Reconocerán a su alrededor a niños que mantienen su fidelidad a Bob Esponja durante años. La permeabilidad a nuevos contenidos, a nuevos cánones parece más limitada, aunque la diversidad de canales es tan amplia que los casos son difícilmente comparables. Esa es la clave de la generación millenial, que compartió un rumbo en el que, aún teniendo en apariencia el mando (a distancia), fue teledirigida a unas vivencias comunes y que les siguen uniendo en conversaciones y ciertos gustos. Malos y buenos. Un club con el que, además de valores, intuyeron las tendencias de moda, capturaron modelos de referencia, cantaron reggae, rock, rap y bakalao, ampliaron enormemente su vocabulario y al que están tan agradecidos que hoy muchos todavía conservan el carné en sus carteras.

    De los treinta y muchos a los veintilargos, la huella de Babalà entre los millenials valencianos es acusada. Tanto que, en la era Facebook, existen grupos muy agitados que exigen la vuelta de Bola de Drac con la llegada de À Punt (la nueva radiotelevisión pública valenciana) y hasta en tiempo de elecciones lograron que el president Ximo Puig se comprometiera públicamente a que así fuera. La ‘nueva RTVV’ no hará uso de la marca Babalà y será La Colla la que trate de cautivar a los más pequeños a partir de su inminente vuelta a la TDT. De momento, ya ha empezado a acumular contenidos en su web donde podemos encontrar ecos del pasado con la producción propia Els Bíters. Los tiempos cambian, también sus protagonistas, pero el croma resiste.

  • (Obituari) Mor a València el poeta eivissenc Manel Marí

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Escrivia molts dels seus versos en bars i als seus ambients i personatges els va dedicar el que, insesperadament, ja és l’últim dels seus 11 poemaris: TavernàriesManel Marí (Eivissa, 1975) ha mort als 42 anys en l’Hospital Clínic de València després de no superar una Grip A a la qual s’havia afegit una infecció pulmonar, segons han informat fonts pròximes al poeta este dimecres. Era una de les veus més clares i seguides de la llengua catalana des de les seues illes natals fins a Alboraia, on residia al costat de la seua família des de feia anys; també, per descomptat, a Catalunya, on era habitual cada vegada que s’enumeraven els noms propis de la seua generació d’escriptors.

    Llicenciat en Sociologia per la Universitat de Valéncia, Marí va ser articulista, guionista de televisió, traductor i corrector lingüístic. Oficis que va compaginar amb la creació d’una obra poètica plena de musicalitat i que va començar amb el reconeixement del premi Miquel Àngel Riera als 24 anys. L’obra debut, Poemes en gris, encetava una col·lecció de textos tan potents, divertits i emocionals com els darrers Tria impersonal, Clarisse, Poemari de descortesia, Patrimoni dels dies, Paraula de poeta, Deshàbitat, No pas-jo, Suite a mitges, El tàlem i Tavernàries, Premi València 2016 atorgat per la Institució Alfons el Magnànim de la Diputació de València.

    El director d’este organisme dedicat als estudis d’investigació i les lletres, Vicent Flor, ha expressat en declaracions a Valencia Plaza: «la mort del poeta Manel Marí ha sigut un colp molt dur per a les lletres valencianes tant per la seua joventut (tenia 42 anys) com per la ruptura sobtada de la seua veu poètica, ja consolidada i molt potent, amb onze poemaris publicats des de Poemes en gris fins a Tavernàries. En estes dos últimes dècades havia esdevingut un dels poetes actuals més suggeridors en valencià.

    Els qui hem tingut la fortuna de conèixer-ho personalment sabem de la seua dedicació a la poesia i a cadascun dels seus poemes i versos, molt meditats, molt treballats. M’agradaria destacar que recorde perfectament l’eixida de la reunió del jurat del Premi València 2016 de poesia, composat per Vicent Berenguer, Josep Antoni Fluixà, Josep Porcar, Begonya Pozo i el Diputat de Cultura de la Diputació de València Xavier Rius: varen destacar de manera unànime la bellesa i la maduresa del poemari ‘Tavernàries’.

    Personalment m’impactava la seua intel·ligència i la seua rapidesa mental. Quan estudiava sociologia i vaig tindre la sort de ser professor seu i li retreia amb afecte les seues absències sempre tenia eixides enginyoses que em feien riure. En definitiva, estem molt tristos però també orgullosos que el seu últim poemari porte el nom de la ciutat i del país que el van acollir i al que tant va estimar. Ell, com escrigué en el poema Jo sóc la veu de Tavernàries, era “la veu que han fet la veu d’uns altres”.

    Com recorda Diario de Ibiza en la seua versió digital, Marí era fill d’Alfons García Ninet, «professor i el major expert en l’obra d’Antoni Marí Ribas ‘Portmany’, i l’artista Daura Mar». Era també molt estimat per lletraferits i lletraferides que no han dubtat en mostrar el seu condol a Eva Llorenç i a Joana, l’esposa i la filla de molt curta edat. El seu perfil en Facebook s’ha omplit al llarg del dia de versos, fotos i lloances a la seua obra, però, també a la persona. També s’hi han afegit professors i seguidors que han pujat els seus poemes favorits. 

    La pèrdua de Marí també ha servit per a repassar totes les seues relacions –d’anada, tornada i influència– amb alguns dels noms més importants de la llengua al llarg de les últimes dècades, tots ells embastats per Xavier Aliaga en el seu obituari per a El Temps. La pròpia Eva ha informat que la família acompanyarà el cos de Marí al Tanatori Ciutat de València hui, des de les 19 hores fins a les 21 i demà dijous, a partir de les 12h. La cerimònia civil tindrà lloc demà 1 de febrer al mateix tanatori a les 17:00. També ha afegit un dels poemes del poeta eivissenc, precisament el que destacava Flor:

    JO SÓC LA VEU

    Jo sóc la veu que han fet la veu d’uns altres
    desteixint balbucejos, remors i altres consignes,
    i si em tremola el llavi com li tremola a uns altres
    és per haver admès l’eco d’un esperit-diable
    que ha corsecat el coll amb tanta i tanta cendra.

    Sóc la veu i la cendra, i ja m’hi fot
    no poder encomanar cap altre encant més alt,
    tanmateix puc jurar que encara em vibra amb força
    el puny quan s’afaiçona pel nervi i per l’espasme,
    vull dir, no he mort del tot, no he diluït encara
    la veu entre les veus, la cendra entre les cendres,
    i mastego encenalls per escopir l’incendi:
    jo sóc la veu d’uns altres que frisa per cremar-se
    i per cremar els ignífugs fragments de morals fetes.

  • ‘Los archivos del Pentágono’ y la extraña épica del periodismo

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Hay pocas cosas más estomagantes que un periodista que habla de periodismo. Al menos eso es lo que piensan los colegas con los que comparto amistad y este tipo de pensamientos. Entre el resto de los mortales, esa idea tiene a sus detractores; personas a las que les resulta necesario saber cómo funciona ese enigmático organismo llamado ‘redacción’. Comprenderlo para entender hasta qué punto es necesaria socialmente su labor. Steven Spielberg, posiblemente el director más influyente en 45 de los 100 años que tiene el cine, ha esperado a ser un septuagenario para ofrecer una interpretación propia. En España se ha titulado como Los archivos del Pentágono y, además de ser una de sus mejores películas en lo que va de siglo, es la fotografía de la extraña épica que rodea a este oficio. 

    En junio de 1971 –mientras Spielberg filmaba El diablo sobre ruedas– The New York Times y The Washington Post arriesgaron su existencia como empresas al publicar una serie de documentos secretos del Gobierno estadounidense. Los peliagudos informes demostraron cómo la Casa Blanca encubrió el infierno sin sentido de Vietnam. Dos millones de muertos (58.000 de ellos americanos) fueron el precio cobrado en pro del rédito electoral o la casuística política de cada momento. Una serie de decisiones que trascendían a la corrupta administración Nixon, ya que del chanchullo habían participado hasta cuatro presidentes. La obtención de incontables reportes que alertaron al Pentágono sobre el desastre de la contienda, mes a mes, año tras año, se convirtieron en una bomba de relojería en manos de los dos diarios más importantes de Estados Unidos que decidieron publicar la información. Una decisión dentro de la libertades constitucionales y, a su vez, al límite de la legalidad. 

    El espectador tiene una vez más la ocasión de asomarse a la alquimia del periodista rutilante: un equilibrio entre poder político, fragilidad económica, bien social y vulnerabilidad personal. El espectador se involucra a través del relato en las tres principales tensiones que dominan la publicación (el último de los botones) de una información contrastada: las relaciones personales, las relaciones económicas y la responsabilidad moral. La primera está pavorosamente bien retratada en la película de Spielberg. Esos entornos personales, esas cenas y cócteles, donde los periodistas siembran la confianza que resquebrajará los diques de la mentira poco a poco. Amistades, que son pistas y, en muchos casos, acaban mutando en fuentes. La segunda, la de las relaciones económicas, está dominada en este caso por la salida a bolsa del Post en aquellos días (pero sirve) Publicar los papeles no haría sino dejar al límite del abismo la esperada llegada de liquidez para un medio en horas bajas. La tercera, aquella que atañe a la responsabilidad social, también se hace evidente cuando el buen guión de la jovencísima Liz Hannah sentencia: «la libertad de expresión es una herramienta para los gobernados y no para sus gobernantes». Para que así sea, la empresa ha de tener una convicción tan férrea como la de sus trabajadores (cuando éstos la tienen). Una valentía que a menudo se inspira en su independencia económica y otras veces en esas relaciones personales que no le dejarán caer ante un paso en falso. Por eso las tres tensiones están tan relacionadas entre sí y perfectamente equilibradas en manos de Spielberg.

    Spielberg da muestras una vez más de poseer una inteligencia privilegiada al servicio del cine al que él mismo nos ha hecho adictos. Adictos a un canon spielbergiano que hacía mucho tiempo que no se mostraba tan comprometido con sus maneras. Es efectista desde el magisterio narrativo del audiovisual, donde texto, imagen y sonido funcionan exactamente como un reloj suizo para servir en bandeja la historia que ha elegido contar. Para ello, provoca que Tom Hanks y Meryl Streep hagan de sí mismos, apoya una trama compleja –por contexto ‘local’ y cantidad de nombres– en un montaje vibrante y una música de la que solo cabe decir que es de John Williams. Sobre él, solo empieza a pesar la preocupación de cómo será el cine cuando ya no esté. Y, sobre todo, cómo será el cine de Spielberg cuando ya no esté. El director de TiburónE.T. o Lincoln convierte una vez más al espectador en el dueño de su propio placer. Trabaja para él insaciablemente y provoca una hambre sobre los hechos que, en manos de cualquier otro realizador, podía haber sido demasiado reto para el público menos interesado en el tema. Spielberg no permite que nadie aparte la mirada de su ritmo y combina esa dedicación a los otros añadidos de su fórmula.

    En esa consciencia del director se adivina el cartón de una serie de premisas que no pasan desapercibidos. Decisiones que forman parte de su éxito inmediato: la película de Spielberg viene a hablar de heroicidades por parte de la prensa en un entorno anómalo entre Casa Blanca y periodistas. Un mensaje directo al esperpéntico espacio que se ha creado entre medios y Donald Trump, 45º presidente de aquel país. Es también una película ideada y escrita en busca de saciar la necesidad de relatos fuertes de mujeres que trascendieron a los órganos de poder compuestos por hombres. Katherinne Graham fue la hija del fundador de The Washington Post y la esposa de uno de sus responsables más queridos. Con todo y con eso, el personaje interpretado por Streep, se descubre a sí misma como la clave necesaria por parte del empresariado que tanto aporta –o devasta– en los medios. En pro de ese relato tan actual que complazca a las sensibilidades de la crítica, pero sobre todo a los pensamientos más inmediatos del público, no verán bancos de niebla por el tabaco en la redacción, apenas se bebe alcohol y no hay voces discrepantes entre ellos. En contra de toda esa inverosimilitud, eso sí, tampoco verán rastro de sus familias. Ese guiño –con la excepción del protagonista– sí resulta de lo más veraz, aunque podría haberse colado como un rasgo involuntario.

    El genio de Cincinnati aplica el don de la oportunidad a una buena película: mensaje antiTrump (aunque la corrección política la podría convertir en la película favorita de un republicano o de un demócrata a la vez) y refuerzo de la necesidad de un relato femenino fuerte. Una combinación de forma, tema, canon y estilo que redunda en esa sabiduría como autor audiovisual que da vértigo. 

    Con todo y con eso, al margen de la película, es posible que el film encuentre algunos peros entre los periodistas. No por no cumplir con su misión de poner en valor el oficio, sino por distorsionar lo que el oficio es. Haciendo de tripas corazón, en sentido literal (por aquello de lo estomagante, dicho al principio), el periodismo ni es un territorio de gestas ni contiene hazañas ni épicas. Las victorias suponen instantes casi accidentales que, en caso de suceder, provocan una celebración tan breve como una suave sonrisa o un buen sueño. Hay espacio para las heroicidades en las guerras, en la sanidad, en la educación e incluso, en el deporte y, por qué no, tanto en los gobiernos como en la gestión cultural. Cuando medios tan grandes como New York Times o el Post –medios preocupados por mantener cientos de puestos de trabajo o cómo irá su salida a bolsa– saben que su valentía va a tener una repercusión durante décadas en su país o en el mundo, cuando son conscientes de poseer la llave de tanto poder como el que denuncian, la hazaña se relativiza.

    La extraña épica del periodismo se asemeja más a las noticias locales y a los sucesos (por no salirnos ni de Hollywood ni del cine actual, está más cerca de Spotlight que de Los archivos del Pentágono). Lo inmediato y lo inexplicable, claro, pero siempre lo más próximo. Hay más sentido de gesta en la publicación de informaciones que revelen actos de corrupción o estafa en ciudades de 100.000 habitantes que cuando se es consciente de que el mundo ‘te’ contempla. Y es una épica agria porque revierte a la sociedad un esfuerzo que nadie pide y que mucho menos se compensa. Por eso es difícil encontrar victorias en la cotidianidad y es más propio de sus protagonistas celebrarlas de una manera mucho menos lucida y más familiar. Quizá porque el buen periodista no lo es por sus días de gloria, sino por su constante capacidad de aprendizaje y solidaridad para sostener el proyecto en el que participa. Y es en ese tortuoso camino donde, inexplicablemente, es feliz.

    Finalmente, es importante advertir que en la película de Spielberg se hilvanan escenas de absoluta pornografía tanto para el periodista como para esos otros oficios imprescindibles en su trabajo hasta hace unos años. Impresores, correctores, maquetadores y tipógrafos pueden sufrir de multiorgasmia. En general, cualquier profesional de los medios, inevitablemente romántico, se dejará llevar por el proceso de gestación de cada página del diario. Por otro lado, los amantes del cine también acabarán la película con el mejor sabor de boca cuando vean a Spielberg homenajear al máximo nivel a Todos los hombres del presidente, conectando su última escena con la película de 1976. Una honra a las mujeres y hombres valientes, como los del caso de los archivos, los del Watergate o el propio Alan J. Pakula porque, claro, no es exactamente la misma proeza firmar una gran película sobre los problemas del momento en su momento que 40 años después. Porque, ¿y si Spielberg se hubiera atrevido con un retrato de Trump hasta su llegada al poder?

  • ‘Tres anuncios en las afueras’: fascinación por la América vitriólica

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Mientras Donald Trump trata de hacer a América grande de nuevo –queda implícita la idea de que ahora debe deambular entre una bajeza geopolítica que nadie intuía; dado su trato al extranjero, queda implícita la idea de que América es, a su entender, Estados Unidos–, la fascinación por la América vitriólica sigue intacta. Las bajezas de un país tan imperfecto como cualquier otro acaban de encontrar un nuevo relato mitológico: Tres anuncios en las afueras, la tercera película del reconocido dramaturgo Martin McDonagh. Un film que ha iniciado su deambular por las alfombras rojas arrasando en los Globos de Oro con cuatro premios: Mejor Película Dramática, Mejor Actriz de Drama (Frances McDormand), Mejor Actor Secundario de Drama (Sam Rockwell) y, por supuesto, Mejor Guión (McDonagh).

    La fascinación por el error, por las bajezas y por el reverso tenebroso del sueño americano tiene un poder inagotable. La lectura psciológica de esa idea, tiene mucho interés. Con respecto a los muchos y constantes referentes, la diferencia en este caso, quizá, tiene que ver con un texto absolutamente impecable por ritmo y contenido. Quizá, también, ha tenido algo que ver que el tridente de intérpretes gocen de una química interna y compartida con la historia como pocas veces ofrece Hollywood: Mcdormand, Rockwell y Woody Harrelson

    McDonagh, inglés aunque de origen irlandés, reúne no pocas virtudes y la crítica asegura que todas ellas le acompañan desde que debutara como autor teatral con La reina de la belleza de Leenane. Maneja la oscuridad de los personajes y aboca al espectador a una duda constante entre la idea de bien y mal. Algo que ya estaba claro en su celebrado debut –aunque no muy conocido– Escondidos en Brujas, con Colin Farrel y Brendan Gleeson en el papel de sicarios y la ciudad Belga como agrietado escenario. Otra de esas valías es el poder que encuentra en una violencia. No exclusivamente explícita, pero nada almidonada ni ajena a los conflictos que se suceden en la historia y que van sacudiendo al receptor con inteligencia y humor negro. La fórmula suaviza el impacto de realidad.

    Esas y otras cualidades alcanzan un un grado de equilibrio pavoroso en Tres anuncios en las afueras. Algo de lo que ya se dieron cuenta en su brillante desfile por los distintos grandes festivales: premio del público en Toronto, premio Perlas en San Sebastián y mejor guión en Venecia. En todos ellos una de las principales sorpresas era descubrir que McDonagh no posee ninguna relación con el lugar que destripa: el pequeño –y ficticio– pueblo de Ebbing, en Misuri, donde una madre trata de que la policía se tome en serio el caso de asesinato y violación de su hija. Para ello contrata tres vallas de publicad a las afueras, se da publicidad en los medios y destapa la inoperancia de su escueto cuerpo policial. Esa madre es la inquebrantable McDormand, el jefe policial es el conciliador Harrelson y el oficial al cargo del caso es un descarriado Rockwell.

    En la película de McDonagh habitan todos los fantasmas de la América sureña: racismo, pacatismo crónico y la frustración de un país frente a sus estereotipos de éxito en las Costas. Todas las interpretaciones bordan el tránsito que va desde el punto de partida hasta un declive en la dirección contraria a la que el espectador ha asumido para el personaje. La reacción pétrea de la madre coraje se va limando hasta despeñarse en distintas direcciones; el afán moderador del jefe policial, su control ante la compleja situación, se resuelve con una brillante escena final para Harrelson; la estulticia de Rockwell y su caída constante encuentra un rebote inesperado y replantea en gran medida el recorrido que el escritor parecía proponer.

    McDonagh se suma a la victoria de los storytellers en el cine. Leyendo su sinopsis, Tres anuncios en las afueras no pasaría por ser una gran historia y, sin embargo, el talento de este angloirlandés para contarla –y esto también incluye su montaje– implica a sus actores –nombres propios del mejor indie– y entusiasma al espectador hasta dejarlo a su merced.

  • Jorge Galindo: «Nuestro tejido productivo no está a la altura del cambio educativo que se ha producido»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Jorge Galindo reside en Bogotá donde acaba de fundar una pequeña consultoría. Desde allí escribe sus columnas semanales para El País o sus artículos para Jot Down, pero, sobre todo, ultima la tesis de su doctorado en la Universidad de Ginebra, de la que ha formado parte durante los últimos años. Máster en Políticas Públicas por la Erasmus University de Roterdam y la Central European University, estudia la economía política que explica las reformas estructurales. En resumen, trabaja para comprender e influir en las políticas públicas.

    Nacido en València en 1985, Galindo es cofundador y miembro de Politikon. Desde 2010 ésta plataforma de jóvenes académicos y profesionales independientes promueve el debate en España desde su conocimiento de las ciencias sociales. Sus miembros colaboran en un buen número de medios y son la voz más habitual para conectar los dos lados de un muro invisible: el que separa la realidad social, política y económica de los millenials de la de sus padres. 

    El último de los libros publicados por Politikon (nueve autores, pero lo firma el colectivo) se titula precisamente así: El muro invisible. Las dificultades de ser joven en España. Galindo lo presenta junto a Kiko Llaneras –otro de los miembros– el próximo viernes en la Librería Bartleby. Aprovechamos su paso por València y sus días de encuentro familiar en el Cabanyal para hablar sobre las evidencias de este choque generacional, pero también sobre política, medios, València, inmigración y el reto por la igualdad. Para desdramatizar la percepción de edad sobre la entrevista, hemos optado por publicar las fotografías en blanco y negro.

    Conflicto

    -¿Podemos hablar de bandos?
    -Bueno, no vamos a negar que es un conflicto. Podemos hablar de bandos.

    -Entonces, una respuesta para ser leída por ambos bandos: ¿qué es el muro invisible?
    El muro invisible es una metáfora facilona para explicar cuáles son las las diferencias que existen entre dos generaciones en términos de escenario de vida y riesgos a los que nos enfrentamos. El muro invisible es lo que separa los millenials de la generación anterior. Nosotros crecimos durante la burbuja crediticia y su posterior crisis. Partimos de la consciencia de que cada generación tiene sus retos y que para la anterior fueron todos aquellos derivados de construir una democracia a partir de un país que llevaba 40 años de dictadura. Para nosotros el reto está siendo enfrentarnos al muro invisible que se ha creado. Para hacerlo no minusvaloramos el esfuerzo de esa generación anterior: construyeron un estado de bienestar, generaron un espacio de protección social, impulsaron una democracia de estándares europeos… fue un esfuerzo muy grande. Ahora bien, ese mundo ha generado una serie de consecuencias inesperadas. Las consecuencias son ese muro invisible y nuestro reto será solucionarlo.


    -¿Por qué la generación parte de los nacidos en 1980?
    -1980 es un buen punto de referencia, pero no tiene que ver con ese año; tiene que ver con la entrada de España en el sistema monetario único. Es decir, que partimos de la fecha de nacimiento de aquellos que se incorporaron al mercado laboral y/o universitario justo con esa situación, entre 1998 y 1999. España pasó a estar bajo las directrices del Banco Central Europeo. Como no hubo una armonización de la inflación a lo largo de toda Europa, y como nuestra inflación era más alta que la de Alemania, de repente la tasa de interés nominal provocó el cambio: bajo las directrices del BCE, el dinero rendía mucho más aquí que en Alemania. Eso provocó un flujo de crédito y la llegada de inversores a España y países beneficiados de esa situación, como Portugal o Irlanda. Y ese es el origen de la burbuja crediticia. Ese es el punto en el que los nacidos a principios de los 80 se están incorporando al mercado laboral y viven su llegada, su explosión y sus consecuencias.

    «EL PROBLEMA PARA ESPAÑA NUNCA FUE TENER UN RÍO DE CRÉDITO. EL PROBLEMA FUE CÓMO LO UTILIZAMOS»

    -¿Entonces el muro no tiene relación con la crisis?
    -El muro ya estaba ahí, pero la crisis lo hizo evidente. La burbuja inmobiliaria fue una suspensión de la realidad por la cantidad de líquido disponible. España, hasta ese momento, jamás había tenido una tasa de paro tan baja y, aunque pasábamos por el ritual de la precariedad, había cierta facilidad para alcanzar el ‘me han hecho fijo’. Luego estalla la burbuja crediticia y el muro se hace visible para todos.

    -Se cumplen 10 años del colapso. ¿Por qué estalló la burbuja crediticia?
    -El problema, en realidad, en términos macroeconómicos, nunca fue tener un río de crédito. El problema es que cuando ese gran flujo llegó a España lo utilizamos como lo utilizamos. Y todavía hay discusiones sobre si está bien crear una moneda única, porque, en un área monetaria única, los modelos de producción son muy distintos. ¿Qué hicimos nosotros ante esa situación? Bueno, pues cuando llegó ese ingente caudal de crédito, cuando tuvimos esa excepcional oportunidad, nos lo gastamos en el sector inmobiliario y eso afectó de manera determinante a la entrada en el mercado laboral de toda una generación; la nuestra.

    Expectativa

    -¿Afectó a todos los millenials por igual?
    -Para nada. Sobre todo afectó a los que tenían un coste de oportunidad mayor para seguir estudiando. Los tenemos en mente: chavales con 16 años que podían dejar de estudiar para ingresar dinero en casa. ¡Y los tenemos estereotipados en negativo! Les acusamos de que no eligieran bien, de que no siguieran estudiando. Lo que nadie tiene en cuenta, pero así lo demuestran los datos, es que la mayoría de chavales que tomaba esa opción lo hacía porque en su núcleo familiar había una necesidad perentoria de dinero. 

    -Y una parte de esa generación se encaminó sin saberlo hacia la desigualdad.
    -Exacto. Fue una selección natural perversa, porque era la generación que en términos individuales y colectivos más necesitaba alcanzar la universidad. Pero no tomaron la decisión de manera aribitraria, sino a partir del sistema. La decisión buena era traer dinero a casa y generar más independencia económica. Para la familia y para ellos. Pero, claro, cuando explotó la burbuja, los que se quedaron fuera de juego fueron los que no deberían haberlo hecho. Los que más nos hubiera hecho falta que rompieran su barrera de generaciones anteriores, porque sus padres no fueron a la universidad, precisamente…

    -Es decir, que el muro no es igual de alto para todos. ¿Lo será?
    -El muro no es el mismo para todos. Porque una cosa es ser de tercera o segunda generación de personas con estudios superiores y otra muy distinta es ser el primero de la rama familiar que lo va a hacer. Porque no es la misma crisis la de aquellos que, cuando estalla la burbuja, pueden hacer un máster o marcharse a vivir y trabajar fuera, etcétera. Esto ha marcado un precedente determinante que muy difícilmente se resolverá. Y es muy cínico que todavía culpemos a los que se metían a la obra y se compraban un BMW… que les culpemos de haber elegido ‘por su cuenta’.

    «CUANDO UNA CARRERA LABORAL NACE COMO LA DE NUESTROS JÓVENES, PRECARIA, TEMPORAL, ATRAVESADA POR LA CRISIS, LOS PRIMEROS 10 AÑOS DE COTIZACIÓN SON LA NADA MISMA»

    -El Libro blanco del futuro de la juventud en Europa dice que la generación más joven, la que etiquetamos como millenials, puede ser la primera en la Historia que viva peor que sus padres. ¿Será así?
    -Para una parte de nuestra generación, sí. La más desigualada vivirá peor. Pero, bueno, España nunca ha resuelto su problema de desigualdad y poder. Nuestras tasas de riesgo de pobreza no son las que deberían ser y tampoco lo fueron en época de bonanza. Nuestra red de seguridad no funciona bien y hay una parte de esa generación que, ante el desempleo, tiene riesgos muy profundos. Además, carece de una red de apoyo familiar y el nivel educativo es inferior, por lo que su esperanza de encontrar empleo es más baja. Por contra, sus padres vivieron en una situación de crecimiento económico y sostenido, en una sociedad del bienestar en la que confiar. La nueva generación de profesionales ya goza de esa perspectiva. Vive otra realidad.

    -¿Qué cuestiones pesan en contra de esa generación?
    -En España una parte importante de la cotización social depende de las cotizaciones a lo largo de tu vida. Cuando una carrera laboral nace como la de nuestros jóvenes, precaria, temporal, atravesada por la crisis, tus primeros 10 años de cotización son la nada misma. Eso va a pesar en tu vida, desde el desempleo a la jubilación. Por eso sabemos que hay gente que se va a quedar a un lado del muro y la crisis solo ha reforzado esa posibilidad.

    Comunicación

    -A nivel cultural, a partir de los medios de masas actuales, ¿no tienes la sensación de que vivimos la vida de nuestros padres?
    -Hay una idea que comentamos entre amigos muy a menudo, que ponemos la tele y vemos La 1 de Televisión Española y flipamos. Pensamos, ¿pero qué es esto? ¿Quién ve esto? Pues parece que bastante gente, la verdad. Si no no se explican la mayoría de encuestas demoscópicas. Y digo La 1 como puedo decir Antena 3 o Telecinco Sé que la ponemos y pensamos, ¿dónde vive esta gente? ¿Qué es esto? Es cierto que hay una segmentación comunicativa generacional. Esto ha provocado que nosotros nos mantengamos en otros espacios comunicativos. Quizá, laSexta, de algún modo y hasta cierto punto, haya sabido recoger algo de esto. Pero hay una segmentación en la comunicación y se da la mano con la segmentación ideológica. 

    -¿Hemos sabido crear nuestros propios espacios comunicativos y de debate?
    -Creo que hemos creado ciertos productos culturales y espacios de debate. Sí, creo que sí. Tenemos nuestros propios referentes y nuestro propio nombre, millenials. ¿Qué más queremos? [ríe]. Pero es cierto que la crisis ha coincidido con una crisis de identidad de las industrias culturales y de la producción mediática. La única fórmula para resolver esta situación pasa por tener una conciencia generacional. Si se tiene, es un arma poderosa para saber aprovecharla. Si no activamos esa conciencia generacional, será difícil encontrar productos culturales potentes que reconozcamos como propios.

    -¿Hay más conciencia generacional en ese sentido en otros países?
    -Creo que sí. Pero también hay algo más importante: en un país como Estados Unidos hay una mayor conciencia de reemplazo en el ámbito público y en el cultural. Aquí, no.

    -También hay otro tipo de engranaje en la relación maestro-aprendiz. ¿En España, esa relación se pervirtió con la crisis? ¿Cuáles son las consecuencias?
    -El aprendizaje, la transmisión de capital humano, nunca se ha llegado a producir de la manera más deseable en España. El ejemplo lo tenemos en esos anuncios virales: ‘buscamos chaval en prácticas, con cinco años de experiencia en lenguajes HTML, administración de servidores…’. Lo que usted busca no es un trabajador en prácticas; lo que usted quiere es un trabajador barato y, si puede ser, gratuito. Esto ya sucedía antes de la crisis y es fruto de dos cuestiones: la primera, la enorme diferencia en términos de protección social entre maestros y aprendices. Viven en dimensiones paralelas. Los aprendices son fuerza de trabajo barata y rotativa a partir de las políticas públicas. Se les concibe así y su barrera de entrada a la otra dimensión es enorme. La segunda cuestión es que nuestro mercado laboral genera un paro bestialmente alto. La famosa frase ‘tengo una cola de gente esperando para hacer lo que tú haces’ solo tiene un problema: que es cierta. Es lo que Marx llamaba ejercito de reserva. Pero en España no es propia de este momento de crisis, sino de todos los momentos. Incluso cuando ha habido bonanza, nunca el aprendiz se ha visto con la fuerza mínima para reclamar sus derechos: tiempo de aprendizaje, progreso dentro de la empresa y, a futuro, más salario. Ni se plantea esas opciones. Es un modo de proceder que afecta también a las condiciones de trabajo. Cuando esas dos cuestiones se combinan, se produce una dinámica que es en la que vivimos: a quien entra en el mercado laboral ya le parece más que suficiente con tener un puesto de trabajo. Por otro lado, el maestro no tiene intención de facilitar ninguna competición. Es una dinámica perversa y para revertirla haría falta cambiar mucho más que la legislación laboral…

    Clases

    «LOS DATOS NOS DICEN QUE NUESTROS JÓVENES ES MUCHO MÁS PROBABLE QUE NO VOTEN A QUE LO HAGAN POR UNA PERCEPCIÓN DE CLASE»

    -La llegada de la democracia, de la educación universal y de la conversión a la ciudadanía europea anuló la idea de una lucha de clases en España. Ni se habla ni se piensa en ella. ¿Qué relación tiene con nuestro escenario político actual?
    -Es un tema complejo porque, en democracia, es cierto  que la lucha de clases no ha estado nunca en el debate. También es verdad que la victoria del PSOE en el 82 tiene un componente de clase alto. Probablemente más implícito que explícito y más propio de sus líderes que de los patrones de voto. Por desgracia, todos los datos que tenemos de aquella época ni son buenos ni exhaustivos como para que podamos fijar la idea, pero da la sensación de que no hay tanta relación entre el voto de clase como en la Suecia de la posguerra con el partido socialdemocráta, por ejemplo. En España se dio la consolidación de un bipartidismo imperfecto o casi bipartidismo y eso hizo más difícil entender la competición electoral como una competición de clase. No hay solo dos clases en nuestras sociedades modernas, por eso las elecciones no nos ofrecían una visión de las clases a través del voto. El PSOE tampoco ha sido el mismo ejemplo de la socialdemocracia en la Europa de posguerra, porque no solo estaba la tradicional alianza entre clases obreras y medias; participaban entre sus militantes y votantes factores generacionales, territoriales… ¿Y cómo se ha trasladado eso a nuestra generación? Hay dos teorías enfrentadas: la del sociólogo Pau Marí-Klose y la del politólogo Pepe Fernández Albertos. Fernández Albertos dice que, a efectos prácticos, el voto a Podemos es un voto de clase en tanto en cuanto es el voto de los perdedores de la crisis. Por eso, interpreta que es un voto de clase. Pero el voto a Podemos ha cambiado mucho… tanto que no sé si Fernández Albertos mantendrá esta teoría. Cuando miramos el nivel educativo del votante de podemos, se difumina mucho. Cuando miramos el voto del antiguo cinturón rojo de Barcelona y ahora cinturón naranja, el nuevo voto a Ciudadanos, ese voto de supuesta clase se difumina muchísimo. 

    -En El muro invisible apuntáis a que, de manera creciente, joven es sinónimo de ‘no votante’. ¿Cómo se encaja eso en una hipotética lucha de clases?
    -Es que los perdedores de la crisis de nuestra generación, en un sentido de probabilidad, es mucho más probable que no voten a que lo hagan por una percepción de clase. Es algo que no sabemos si se mantendrá, pero si combinas la idea de joven, con pocos recursos económicos, la probabilidad de que forme parte de la política con su voto es más baja. Cuesta más que se informe porque dedica muchas horas a otras cosas, minusvalora su voto porque cree que no tiene trascendencia y es víctima de dinámicas perversas que evitan que se active políticamente. 

    -¿Cuál puede ser la percepción de clase social para los millenials?
    -No tenemos clara esa noción de pertenecer a una clase determinada, pero me explico: si estamos activados políticamente, tendemos a creer que somos de clase obrera. Es una dinámica muy divertida que se evidencia en Twitter y que supone una lucha de ideas en Podemos y Ciudadanos, que parecen pelearse por ser tener unos orígenes más obreros que el rival. Yo creo que si tienes Twitter, una carrera y un máster, empieza a pensar que a lo mejor no eres estrictamente clase obrera. En términos generacionales, no tenemos una noción clara sobre ello.

    Política

    -Una lectura sobre la distorsión sobre el sentido de clase o su instrumentalización puede tener que ver con el arrebatador auge de Marine Le Pen entre la clase obrera francesa o con la mixtura de voto para Ciudadanos en las últimas elecciones catalanas. ¿Qué lectura has extraído de ello?
    -Ciudadanos, en términos duros estructurales de voto, puedes entenderlo como un partido de clase media alta, de clase acomodada. Si vamos al tópico, hasta la fecha, es algo así como el votante de cierto éxito profesional abogado, etcétera. Sin embargo, ahora mismo el cinturón rojo de Barcelona se ha convertido en un cinturón naranja. Tenemos mensajes muy cruzados sobre la intención de voto y los resultados son demasiado recientes para el análisis. Lo que ya es evidente es que el conflicto catalán ha supuesto una ventana de oportunidad para Ciudadanos y que Ciudadanos tenía que elegir si envolverse en una bandera o ser fiel al origen liberal de su partido. Ha escogido envolverse en una bandera, que es la española. Esa decisión tiene un precio: la incapacidad para generar coaliciones de centro izquierda. Moverse hacia una idea centralista del Estado es moverse hacia la derecha. Menos redistribución de la riqueza, más conservadurismo.

    -Aunque los datos sean recientes, lo que es evidente es que muchos jóvenes que se han activado políticamente en Cataluña por el 22-D lo han hecho con Ciudadanos.
    -Es importante esto. Es una hipótesis razonable, que está por confirmar en otros comicios, pero un votante que sería naturalmente del Partido Popular en un momento bipartidista de la democracia, un votante que se activa ahora a los 20, 25 o 30 años, decide que su partido es Ciudadanos. Es una hipótesis ya de lo más razonable. Y no descartemos que cuando sus votantes se interesen por políticas sociales puedan ser parecidas a las del PP. 

    -Otra idea que también se cruza en el libro es la idea de que los jóvenes, voten a quien voten, lo hacen mal.
    -¡Siempre mal! [ríe]. Los votantes obreros siempre votan mal también. Ahora con Ciudadanos hemos vuelto a tener esta forma de señalar. Yo creo que sí saben a quién votan. El cambio llegará o no cuando esos votantes tomen conciencia del partido y, llegados sus momentos de decisión, les digan, estamos con vosotros, pero también queremos redistribución de la riqueza. O no, no queremos.

    -La Comunitat Valenciana ha sido un paradigma del ‘votar mal’ a ojos de otros.
    -Somos el ejemplo para España de ‘votar mal’, pero lo cocinamos en casa también, ¿eh? Aquí pensamos, ¿pero qué hace toda esta gente mayor votando al PP con todo lo que nos ha pasado? Yo me pregunto, ¿pero cómo os preguntáis que qué hacen? Defienden sus intereses. El PP es la definición clásica y por antonomasia del mayor conservadurismo posible: no toquemos las cosas y no habrá consecuencias. Que no cambien las tornas y protejamos a nuestro target.

    -Hay analistas que piensan que la aplicación del Artículo 155 y las consecuencias en voto para el PP en Cataluña son la muestra empírica de que al partido le va mejor sin tomar decisiones.
    -A nivel personal, no estoy nada de acuerdo con eso. El 155 no ha tenido relación con la caída de voto al PP. O muy muy poca. El voto viable para los que pensaban de una forma mayoritaria en ese sentido era a Inés Arrimadas. Ahora bien, vamos a ver si se traslada esta realidad al voto dual, como sucedía con la gente que votaba a Convergencia i Unió o PSC según si eran elecciones autonómicas o generales. Vamos a ver si ese voto se traslada al PP en las próximas Generales.

    -¿Hay emprendedores políticos entre los millenials?
    -Por supuesto. Están Pablo Iglesias (39), Albert Rivera (38), Inés Arrimadas (36), Rita Maestre (29). Digo esos, pero hay muchos. Y hablamos de emprendedores políticos que han conseguido un margen de voto estable y consolidado enorme. El bipartidismo tenía el 85% del voto en las elecciones de 2008, aproximadamente; en las últimas generales, estaba algo por encima del 50%. Lo que han logrado no es nada sencillo y creo que en términos de reflejar lo que nuestra generación piensa o quiere lo han hecho muy bien. 

    -¿Crees que representan bien el interés de esa generación a este lado del muro?
    -Creo que sí, que saben recoger el mensaje de su electorado. Para valorar la dimensión política de un partido yo creo que hay dos cualidades esenciales y es interesante porque funcionan en tensión. La primera es la capacidad para reflejar los intereses de tu votante y la segunda es la de ejecutar esas ideas cuando estás al mando. Los nuevos partidos ya han demostrado que son muy buenos en la primera. Como decía, han captado bien las aspiraciones y demandas de sus votantes y creo que el Salvados que unió a Rivera e Iglesias fue su máxima expresión. En términos de captar mensajes, casi memes a partir de los que construir su discurso, en ese sentido, creo que ambos aprovecharon la ventana de oportunidad. Ahora bien, en la segunda parte, creo que no están nada bien. Estamos viendo cómo se está perdiendo capacidad de actuación en favor de mantener a los núcleos duros de sus formaciones. Es difícil mantenerlos contentos y llegar a acuerdos y ese es el lado en el que tienen mucho terreno por avanzar.

    -¿En qué estado de forma se encuentran PP y PSOE con respecto a esas cualidades?
    -El PP no ha perdido forma en lo que se refiere a la primera cualidad: tiene un núcleo fuerte y sabe comunicarse perfectamente con su electorado. A una parte de los jóvenes puede parecernos que no, como comentábamos antes por el tema de TVE… pero es que vivimos en mundos comunicativos muy distintos. El PSOE, en este sentido, creo que no está en tan buena forma. Eso sí, ambos se encuentran mejor de la segunda cualidad que los nuevos partidos. 

    Mercado laboral

    -En El muro invisible también cruzáis la idea de la sobrecualificación y de falta de sincronización entre el tejido productivo y los nuevos trabajadores. ¿Dejarán los millenials de maquillar su curriculum para poder acceder al mercado laboral?
    -Salvo burbuja crediticia y un reajuste del mercado laboral a largo plazo, me temo que eso continuará así. El desajuste entre la cualificación y el empleo obtenido es un problema grave. Una buena parte de las actitudes individuales y el discurso público van por ajustar esto desde el lado de la oferta. Se dice que hay demasiados universitarios, que es algo como decir que estamos demasiado educados, no vaya a ser que… pero esto se comprende mal desde el otro lado del muro. Además, es una falacia. En términos comparativos, España tiene el mismo porcentaje de población universitaria que los países de la OCDE. El problema está en que tenemos el doble de población con cualificaciones básicas con respecto a la OCDE y, sobre todo, que en lo que sería la cualificación técnica media, tenemos la mitad. Pero no es una cuestión de oferta: el problema está en el lado de la demanda. Los trabajos que se ofertan no están disponibles. Nuestro tejido productivo no está a la altura del cambio educativo que se ha producido en las últimas décadas.

    «EL DESAJUSTE ENTRE LA CUALIFICACIÓN DE LOS JÓVENES Y EL EMPLEO OBTENIDO ES UN PROBLEMA GRAVE»

    -¿Qué le pasa al tejido productivo español?
    -Muchas cosas…, pero una de ellas es que tiene demasiadas empresas pequeñas. Ya sabemos que el capital humano no viaja bien en empresas pequeñas, no crece bien ni se desarrolla bien. Necesitamos empresas más grandes donde la sofisticación y la economía de escala sean potenciales. 

    -¿Cuándo se resolverá el problema de la demanda en el mercado laboral español?
    -No lo sabemos, porque la cantidad de cambios que hacen falta para que el escenario se modifique es descomunal. Solo he citado la idea de las empresas micro que acaban dedicándose a sobrevivir y buena parte del país se dedica a sobrevivir. Y esta entramado de microempresas sucede por muchas razones: la falta de crédito, la estructura fiscal que favorece que las empresas se mantengan pequeñas, la historia del tejido productivo que es fuerte y quien hereda una empresa se ve avocado a mantenerla tal y como la recibe. Bien, pues la cuestión de las microempresas solo es una de las problemáticas a resolver para mejorar la demanda.

    -¿Cómo se refleja esa idea de que el tejido productivo no esté a la altura de los jóvenes trabajadores?
    -Por ejemplo, el problema no es tanto tener muchos empleos en el sector de la hostelería. El problema es que sea hostelería de baja calidad. Eso importa mucho más que el sector al que te dedicas. Y con la arquitectura, por pensar en otro caso, pasa igual. Puedes dedicarte a ser un referente en el mundo en un tipo de arquitectura y trabajar en distintos países o vivir de la explotación inmobiliaria, quemando estudios y personas y cerrando cuando quiebras. Nosotros estamos en la demanda de puestos de trabajo para la hostelería de baja calidad y para los estudios de arquitectura de pelotazo todavía, y es solo por poner algunos ejemplos.

    -Por cierto, ¿cuál es el papel de los sindicatos ante el muro invisible?
    -Los sindicatos tienen un dilema ante el muro. Lo expresó muy bien Javier Polavieja en un artículo de hace unos años. Los sindicatos tienen una base de clientela fiel que es la de los trabajadores públicos. Normalmente hombres, mucho sector público más ámbito industrial que servicios, en determinados sectores sí y en otros no. Y esa es la base que está llena de gente al otro lado del muro invisible. La gente de la generación anterior a la nuestra. Al otro lado del muro hay gente cabreada, que es un público potencial interesante. Pero para ir a hablar de cosas o de una realidad que a nosotros quizá nos enfada, quizá mejor, piensan, me quedo en el punto de decir que la temporalidad está mal. Nuestra respuesta natural es, vale, ¿y qué más? Que hay mucha temporalidad es una evidencia y que hay que resolverla también. Si uno mira el menú de opciones posibles para evitar conflictos laborales que afectan a trabajadores estables o a precarios diría que hay tres salidas: igualar por bajo, igualar por arriba o igualar en medio tratando de dar protección a todos los trabajadores. Más protecciones por despido, la idea de las rentas mínimas básicas, seguros por desempleo más generosos y nada distinto a redistribución. Pero eso es algo que van a pagar empresas y trabajadores fijos. Es decir, el target de los sindicatos. Los sindicatos no van a igualar por abajo porque ni deben ni pueden hacerlo. Su misión es defender los derechos de los trabajadores, así que lo de igualar por bajo se descarta. ¿Qué intentan? Igualar por arriba, pero eso tiene unos costes. Se crea un mercado laboral más estático y, en el mejor de los casos, el muro se traslada al siguiente nivel: los desempleados. La circulación es mucho menor y la incorporación imposible porque no se puede sostener a tantos trabajadores dentro del sistema. Pero bueno, aunque nunca lo dirán en público, los desempleados no son el target de los sindicatos.

    -Y, entonces, ¿cuál es el modelo?
    -El modelo es un modelo de estado de bienestar. Es más complejo. Es un modelo sueco en el que la protección laboral puede llegar a los que están al otro lado del muro, pero para eso hay que subir impuestos y es una reforma muy difícil por el riesgo de caerse mientras se trata de igualar. Pero la solución es esa: un modelo escandinavo de transferencias generosas entre trabajadores. Hay que igualar condiciones para todos a la vez y eso sí que es un problema. En España, algo así de ambicioso lo podrían pactar PSOE, Podemos y Ciudadanos, pero ya vemos la capacidad de negociación que tienen. El PP podría incorporarse o no, pero tampoco parece que sea lo que más le puede atraer a sus votantes. Ante el muro, los sindicatos están paralizados ante este dilema mientras mantienen la opción de igualar derechos por arriba. Es como quedarse quietos, pero mientras no pierden a su clientela que está cautiva de esta idea. 

    Pensiones

    -Hay una parte de la población más mayor que cree que esta desigualdad con los jóvenes actuales siempre ha existido y que ‘se cura con la edad’. Es decir, que cuando se jubilen, se sucederán los cambios y el reemplazo.
    -Claro, claro… el problema es que las jubilaciones futuras dependen de la calidad de nuestras carreras laborales. Una de las razones por las cuales no tenemos hijos o los tenemos tarde no es porque no los podamos tener: es porque nuestras trayectorias laborales o vitales no permiten que los tengamos antes. Y si no tenemos hijos, las pensiones no sé quién las va a pagar. Pues pueden pensar en esta idea de los hijos y ver que las generaciones no están siendo exactamente iguales, por empezar por algún sitio.

    «NO HAY DEBATE SOBRE LAS PENSIONES PORQUE LA GENERACIÓN QUE ESTÁ EN EL PODER NO VA A SUFRIR LAS CONSECUENCIAS»

    -La gran contradicción: las pensiones siguen subiendo (este año un 0,25%) y, a la vez, desde el Gobierno y los poderes económicos se da por supuesto que nuestra generación no tendrá pensiones. ¿Cuándo sucederá ese debate?
    -El tema de las pensiones, para mí, es como el tema del cambio climático: como no hay ningún evento catastrófico, tipo El día de mañana o algo así, como no se congelan los cielos y no llega una ola gigante que nos arrase, como nadie alza la voz y le dice a alguien tú eres el primero que va a morir, pues no hay debate. Aunque, ojo, ya ha muerto mucha gente por causas del cambio climático. Como no hay un gran evento, no hay debate. 

    -Pero alguien le tendrá que poner el cascabel al gato.
    -Se lo están poniendo poco a poco. El debate debería existir porque, sobre todo, es muy distinto quién le ponga el cascabel al gato. Los economistas transmiten ese mensaje, que tiene tela. No da igual. No va a ser una reforma de pensiones igual con un grupo polítoco al frente u otro. Hay fórmulas para las pensiones muy distintas según quién esté en el poder. Lo que sabemos es que va a haber una redistribución intergeneracional y eso significa que, a medio plazo, vamos a tener una expectativa de cobrar menos. 

    -¿Cómo se da el primer paso?
    -Podemos pasar de la dinámica del no debate, de las pensiones no se tocan, a vamos a tocarlas de manera que salgan perdiendo los que no pueden perder más. También, aceptando que va a haber una redistribución intergeneracional. Pero como no habrá un desastre natural catastrófico, vamos poco a poco, de momento. Una de las razones más poderosas de por qué no hay un debate profundo para la reforma del sistema de pensiones es porque la generación que está en el poder no va a sufrir las consecuencias.

    Muros añadidos

    «SI EL 100% DE LOS JÓVENES VOTÁSEMOS, NUESTRA INFLUENCIA SERÍA ENORME, PERO NO LO HACEMOS»

    -Si hablamos de mercado laboral y de pensiones, debemos hablar de inmigración. ¿Cuál es el reto generacional sobre la inmigración?
    -La inmigración, como cualquier otro fenómeno social, genera ganadores y perdedores [hace una pausa prolongada]. En un sentido objetivo no está claro, pero en un sentido subjetivo, una parte de los perdedores son aquellos que compiten directamente con la clase obrera de servicios y de obra. Mano de obra en actividades rutinarias. Esa es una parte de la base de los partidos antiinmigración, pero otra parte es clase media que se suma al discurso por cuestiones que no tienen que ver con lo económico sino con lo que interpretan como una amenaza a su modo de vida. En términos agregados, está más o menos claro que la inmigración unas veces es buena y otras necesaria. ¿Cómo conjugar esto? Pues como se conjugaban estas cosas antaño cuando la socialdemocracia funcionaba en condiciones: hay que reequilibrar a partir de esa realidad: a veces es buena y otras necesaria. Propuestas hay mil, pero el conflicto para nosotros, que intentamos hacer análisis teóricos, es que este debate no es económico. Si lo fuera, es más o menos fácil. Necesitamos inmigrantes. Si esto genera perdedores, compensamos. ¿Cómo? Con una red de seguridad: renta básica universal o lo que se nos ocurra más adecuado al momento X. Entramos en debates de índole no económica y similares al momento de la incorporación de la mujer al mercado laboral. Cuando alguien siente su modo de vida amenazado, todo salta. Y no hay porcentajes para tomar estas decisiones. No se puede gobernar siendo un poco machista o un poco racista. Desde un punto de vista progresista, algo así es difícil de justificar, y desde el mío es imposible. Con la inmigración nos enfrentamos a la imposibilidad de separar las dos dimensiones del debate y la parte de la psicología social es muy muy difícil de resolver. 

    -¿Qué receta te viene a la cabeza?
    -La solución más rápida que se me ocurre es la más inviable políticamente, pero la historia de la democracia en no poca medida es una historia de amplicación del círculo con poder de decisión. Pasamos de un sufragio censitario muy cerrado a uno mayor a uno masculio y al universal. Los inmigrantes no votan en las elecciones Generales. Pues esa es la llave para tener influencia.

    -Los jóvenes que pueden votar, como hablábamos, también la tendrían y no la ejercen.
    -¡Es lo mismo! Si el 100% de los jóvenes votásemos, nuestra influencia sería enorme, pero no lo hacemos. Si votasen los inmigrantes no nacionales residentes, si pudieran votar, la dinámica del debate sería muy distinta. Influirían y la tensión entre lo económico y lo social se repartiría de otra manera. Es igual a cuando las mujeres entraron en el debate. La dinámica cambió por completo cuando empezaron a coger puestos de representación. 

    -Pero todavía estamos en el neolítico de la igualdad. A partir de El muro invisible, ¿cuáles son las lecturas que extraeis del papel de la mujer joven en la sociedad y ante el mercado laboral?
    -Pues, para empezar, las mujeres, por mucho que nos queramos engañar, el mercado laboral las tiene señaladas ante la posibilidad de tener un hijo. Se acaba de ampliar el número de meses de baja por paternidad, pero solo ampliado. Seguimos a otro nivel. Más allá de la brecha salarial, que existe, hablamos de una brecha de problemas para iniciar su carrera profesional y la ‘sospecha’ de la maternidad ante cualquier supuesto.

    -Por describir un caso tipo…
    -Digamos que tenemos el caso de una mujer joven. Le quitamos la parte de clase. Una mujer de 28 o 29 años que ha tenido la gran suerte de cursar una carrera y un máster. Es ingeniera química y consigue un trabajo fijo en una fábrica de colchones diseñando espumas de relleno. Hablamos de sector industrial, un entorno estable, trabajo de lo suyo y, bueno, piensa con su pareja o sola que es el momento de tener un hijo. ¿Qué tiene ante sí? Un mercado laboral lleno de competidores que, ante la misma decisión, tienen otro tipo de baja. Hablamos de los hombres. Entonces, ella, lo habitual sería que lo retrasara un poquito para ganar antigüedad en la empresa, estatus y que cuando decida hacerlo ya no haya tentativa de pensar en que había que contratar a un hombre o que mejor haberlo contratado en su puesto. Vale, pues ahora empecemos a cambiar las variables. Digamos que el trabajo no es fijo; es temporal. ¿Cómo vas a plantearte tener un hijo con una situación de inestabilidad? Ahora quitemos que el trabajo sea de lo suyo. Es un trabajo temporal en algo que no le interesa. Ahora supongamos que son varios trabajos temporales, en cosas que no son de lo suyo, que van y vienen. ¿Cómo se va a plantear tener un hijo? Y ahora pensemos que quiere ser madre soltera o que viene de una clase obrera. Entramos en la ciencia ficción. Bueno, pues esa es una de las realidades más evidentes no resueltas de nuestro sistema.

    -Mientras tanto, las dudas para nosotros, ante el mismo supuesto, son muy distintas.
    -Ante los mismos supuestos, su única duda es: hay dinero suficiente o no para afrontar esto. 

    -¿Hasta qué punto es preocupante la frustración de nuestras compañeras de generación en torno al mundo en el que viven?
    -Es muy preocupante. Las mujeres de nuestra generación han crecido desde una posición política pro igualdad y en este sentido es obvio que hay una diferencia muy bestia con respecto a sus madres y abuelas. No porque no quisieran un mundo igual, sino porque nuestras compañeras de generación tienen las expectativas más altas: igualdad total absoluta y en todo el mundo. Nuestras madres y abuelas no tenían esa expecativa. Claro, nosotros pertenecemos a una generación que, como decía, ya ha crecido en una posición política pro igualdad y sentimos una tremenda frustración entre el mundo que debería ser y el que es. Ellas más, claro, porque son las directamente afectadas. Sabemos cómo debería ser el mundo, vemos cómo ni lo es ni se resuelve y en este proceso entramos en un cabreo… yo estaría mucho peor, mucho más enfadado, si estuviese en su situación. Es decir, que aunque creo que es muy preocupante, sigo admirando que lo encajen más o menos bien.

    València y las soluciones

    «VALÈNCIA PASÓ EN TRES AÑOS DE ESTAR EN EL MAPA A PREGUNTARSE QUIÉN ERA EN EL MUNDO»

    -¿Cómo podemos interpretar el muro invisible en València y la Comunitat?
    -Aunque viva fuera, pienso en ello diariamente. Nací y crecí aquí y todo lo aplico como un filtro pensando en València. Hemos sido casi la identidad nacional de buena parte de la crisis. Todos los que hemos vivido fuera nos enfrentado a que nos preguntaran qué había pasado aquí. Cómo nos había pasado. Me refiero a la crisis. Para mí lo más determinante es que pasamos de estar en el mapa a preguntarnos quiénes éramos en el mundo o para qué teníamos que estar en el mapa. Para mí, València define el contexto en el cual el muro invisible se ha hecho evidente para nuestra generación. En pocos casos veo más claro que aquí la reacción positiva. Desde 2014 hasta hoy hay un principio de respuesta que, me lanzo a la piscina, creo que es el más destacado en España. Me refiero a un inicio de reemplazo generacional cultural. No vivo aquí desde hace muchos años, pero cada vez que vengo, veo gente joven posicionada de verdad, veo espacios distintos muy potentes aunque todavía no sean hegemónicos. Por ejemplo, Valencia Plaza me parece uno de esos casos. Me llama la atención y quiero ver cómo se consolida y cómo nos muestra la nueva radiotelevisión valenciana porque está sucediendo un cambio generacional de actores que es más rápido que en otros lugares de España. Intuyo que, quizá, si la caída es más dura, la respuesta sea mucho más agresiva en el mejor sentido.

    -Por cierto, ¿qué soluciones hay en marcha para derruir el muro invisible?
    -En marcha, ninguna. Hemos hablado de una que es el pequeño pasito que se ha dado en igualar permisos de maternidad y paternidad, pero nada. Por parte de Podemos y de Ciudadanos se debaten cosas interesantes. Por ejemplo, está pendiente el debate del pacto educativo para redistribuir recursos, el debate de las rentas básicas o mínimas. Hay cosas sobre la mesa, como el contrato único, del que puedo decir que la propuesta de Podemos no es la mía. La de la renta básica, tampoco. Para nada. Se perciben esos nuevos debaten, pero no llegan. Para mí, ahora es el momento de que emerja el talento político para que las cosas sucedan de verdad. Es el momento en el que el votante debe exigir a su político que actúe. En el que ha de decir que ya ha cogido la bandera, que ha salido a la calle, que ha votado, pero que ahora toca tener capacidad de cesión para conseguir algunos cambios. La incapacidad de diálogo actual, que es grave, no favorece para nada a la llegada de mejores políticas públicas. 

  • ‘Molly’s Game’: la fiesta del guión no siempre es la fiesta del cine

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El mundo asiste al boom de los storytellers. Y no solo en el cine o la televisión, donde es de justicia poética después de que escritores como Dalton Trumbo o John Fante –por muy distintos motivos– fueran poco más que operarios de Hollywood. La política, los museos y hasta las ONG buscan storytellers. Saber contar una historia, no digamos poseerla y tener una voz propia, es uno oficio con demanda por una sencilla razón: es un talento escaso. 

    Aaron Sorkin posee un innegable ingenio para contar historias. También para escogerlas y proyectar diálogos, que completan el oficio de guionista. Hasta la fecha había dado cuenta de ello en las canónicas Sports NightEl ala oeste de la Casa Blanca, La red social o Moneyballi. Series y películas cuyos textos rozan el brutalismo en los tiempos de Twitter, porque si algo ha de saber el espectador de Molly’s Game es que no hay intervención de sus protagonistas que quepa en un tuit. Y me refiero a los 280 caracteres del último concilio digital.

    El espectador también debe saber que se enfrenta al debut en la dirección de Sorkin y que éste ha escogido para ello una biografía de lo más singular: Molly’s Game: From Hollywood’s Elite to Wall Street’s Billionaire Boys Club, My High-Stakes Adventure in the World of Underground Poker. Molly (Jessica Chastain) es una chica de 26 años investigada por el FBI tras manejar durante 10 años una serie de partidas de póker con anónimos famosos. No cualesquiera, sino grandes estrellas –precisamente– de Hollywood, capos de Wall Street, magnates rusos, deportistas de élite y un largo etcétera. Molly posee sus vidas a través de ese secreto. Por su relación como organizadora de las partidas también maneja conversaciones, correos electrónicos y SMS que podrían destrozar sus vidas, pero se obstina a no revelarlos frente a la investigación y, en la encrucijada, se topa con un prestigioso abogado que tratará de librarla de la cárcel (interpretado por Idris Elba).

    Lujo textual, efectividad a los mandos

    Una vez más, Sorkin acierta primorosamente a la hora de escoger una historia. Una historia a la americana: nombres propios, vidas ocultas, ilegalidades, infidelidades y, sobre todo, poder. El dinero vuelve a girar en torno a sus relatos a base de millones y él como pocos sabe hacer relucir el lado humano de las miserias que se suceden en cuentas bancarias. Sin embargo, la impersonalidad imperante en su dirección es notable. Es un placer que existan películas de semejante extensión y no solo en el metraje, sino en el texto. Pero encajar algo parecido a una novela de 120 páginas en ese tiempo es un reto para cualquier tipo de espectador. Del lenguaje estrictamente visual y el sonoro, a Sorkin solo le puede atribuir efectividad.

    Habrán oído alguna vez que las cintas de John Ford o Alfred Hitchcock pueden comprenderse sin necesidad del sonido. Algo que, generacionalmente, sabiendo de dónde viene el cine y de dónde venían ellos, tiene mucho sentido. A menudo se comenta como una virtud, pero en este caso sirve de ejemplo paradigmático para entender que Sorkin, además de la virtud del texto y todo lo que gire en torno a la escritura, tiene el vicio de someter el flujo audiovisual a las letras. Pese a que son conocidas las críticas y chascarrillos que ha suscitado durante su carrera entre los actores, no piense que en su debut como director se ha amilanado. Incluso, uno intuye cierto esfuerzo por encajar semejante lomo de folios en 130 minutos. El sonido de este drama con ánimo de thriller es absolutamente consustancial, pero la imagen, las posiciones de cámara y las decisiones que giran en torno a ello no son arbitrarias de milagro.

    A partir de esa realidad, cabe entender el reparto y, de paso, hablar de él. Sorkin no ha elegido a Chastain, Elba o Kevin Costner (padre de Molly) por casualidadNo hay dirección de actores. Sorkin paga a los mejores para que hagan su trabajo. Y hay tantísimo texto que, en intérpretes con tanta altura, es difícil que ellos mismos no encuentren todas las decisiones a tomar, pese a la diarrea de texto que expulsan en cada secuencia. Es algo que podemos entender por las fisuras de unas actuaciones que, seguramente, se destaquen. Chastain es posible que reciba elogios por su trabajo, pero hay importantes fisuras en esa idea composición de una joven inquebrantable. Sobre todo, cuando se queda gélida ante una realidad que la desborda (por cierto, la primera gran protagonista de Sorkin en su extensa carrera) Elba merodea el estaticismo y no hace nada mal –a estas alturas, en él, parece imposible–, pero tampoco les deslumbrará más allá de un airado alegato en el que, una vez más, el texto nos vuelve a parecer impecable.

    Más allá de sus protagonistas, no hay interpretaciones a destacar. Tampoco hay aspectos técnicos a destacar, eso sí, sabiendo que el presupuesto ha sido exactamente todo el necesario como para cubrir las necesidades de semejante debut. La película carece de autoría audiovisual y, a su vez, posee una historia y un guión que bien merecen la pena para pagar una entrada de cine. El film llega entumecido a su último plano, que, suponemos, pretendía ser un guiño a ese idioma del que todavía no es un maestro: el de la realización. Para entonces, poco importa, pese a que esa imagen redondee todavía más un texto que podía ser una novela. Es posible que, como decíamos, haya espectadores que no hayan leído tanto en tampoco tiempo desde hace años. El problema o no, según a quién se le pregunte, es que habían ido a ver una película.

  • Las grandes canciones de 2017 que nos dejaron los músicos valencianos que hacen electrónica

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La idea de música popular hace tiempo que empezó a desligarse del rock, quizá (y solo quizá y solo en una parte del mundo) el estilo hegemónico del pasado siglo. Cada nuevo año esa caída del trono parece una idea más asentada e incluye a todos sus subgéneros. Y ya no tiene que ver con la madurez del hip hop –para muchas cabeceras especializadas, Damn. ha sido el disco del año; aquí, Frida, un grupo de hip hop que canta en valenciano, ha ganado el generoso Sona la Dipu–. O ya no solo tiene que ver con la vigencia del hip hop. Porque en 2017 vimos cómo inquietudes paralelas cubrían con una lona media Gran Vía madrileña y se colaban entre lo más escuchado en el mundo. Pero –o, sobre todo–, en 2017 confirmamos que el descenso en las ventas de guitarras eléctricas ha pasado de tendencia al inminente colapso de los grandes fabricantes. Aquí, de nuevo, ha cerrado la tienda de instrumentos Bosco sin que en los muros de los artistas locales se haya armado el menor revuelo.

    La fotografía global siempre tiene una versión local. En lo que se refiere a la música electrónica, desde muy distintos flancos, la situación es muy muy distinta a la de inicios de los años 90. En los análisis de la Ruta siempre destaca la ausencia de una escena de producción propia salvando exclusivamente dos honrosas excepciones: Megabeat y las producciones bajo demanda de German Bou. Y aunque ahora cuesta hacer una selección, aunque lo mejor de la misma bebe de sintetizadores y sonidos orgánicos como contrapunto a su cadencia mecánica, estas son algunas de las grandes canciones que nos dejaron los músicos valencianos que trabajan en torno a sus parámetros. El orden es aleatorio.

    Clubbing

    1. ‘Lips’, el remix de Edu Imbernon para The XX
    El productor y dj valenciano Edu Imbernon mantiene el ritmo de su carrera internacional. Dueño de su propio sello, remixer deseado, es cierto que su remezcla para ‘Crystalised’ de The XX fue uno de los hitos alcanzados durante los últimos años. Sin embargo, basta con escuchar su reciente trabajo para la banda británica –su favorita, además– para ver el salto que ha logrado dar desde la producción musical. 

    Este año también nos dejó su EP junto a Droog titulado Lucent.

    2. ‘Modus operandi’ de AFFKT 
    Otro de los productores valencianos más internacionales de los últimos años. Con raíces en el techno y un sonido cada vez más orgánico. Este año ha dejado canciones como el melocotonazo ‘Modus operandi’ editado en su sello Sincopat.

    3. ‘Lemon Fanta’ de Pépe
    Proyecto de lo más interesante que revisita de manera colorista el deep house. Otra grata sorpresa de 2017 diseñada por un valenciano como carne de sesión.

    4. ‘I Say’ de Marat Mode

    Más deep house de la mano de Marat Mode, dj valenciano afincado en la playa de Moncofa. Esta canción es el debut de Guillermo Talayero en HMWL tras explorar otros estilos como el techno, el house, el acid o esta idea más vocal.

    5. ‘Cube’ de Diamont Dancer

    Entre el ambiente, el experimental y el dream pop. Diamont Dancer es el proyecto del dj y productor Nacho Marco y del músico Pau Roca (La Habitación Roja, Lost Tapes). Se cruzaron con algunos álbumes de Brian Eno y Robert Fripp y el resultado es un EP para cerrar los ojos y dejarse llevar. 

    Hip Hop (y adyacentes)

    6. ‘NY Shining’ de Cookin Soul
    El ya pasado 2017 nos dejó la segunda y tercera parte de una serie memorable: Marvelous Adventures. Con la seguridad de que la producción valenciana podría musicar cualquier nueva entrega de Grand Theft Auto o de una película apócrifa de Quentin Tarantino, cuesta elegir entre la extensa colección de buen gusto. Para muchos solo las bases compiladas de Cookin Soul, pero ante todo una suma de ideas cálidas de sus más de 250 apariciones en álbumes de Nicki Minaj a Wiz Khalifa.

    7. ‘Ventiladors’ de Zoo
    El lado más festivo de Raval, el nuevo álbum de Zoo, nos dejó otro hit para sus masivos conciertos: ‘Ventiladors’. 

    8. ‘Voy’ de Mueveloreina 
    Con apenas año y medio de existencia, el dúo Mueveloreina forma parte de esa abstracta escena en torno a la idea del trap. Por su cuenta han dedicado casi todo el año a publicar canciones de estilos dispares. Experimentación que no les ha hecho alejarse de las listas traperas y compartir escenarios con artistas a menudo más jóvenes. Entre las muchas propuestas de 2017, una de las más celebradas ha sido ‘Voy’. La valenciana Karma Cereza ya nos contó en esta entrevista que los viajes son una de sus fuentes de inspiración.

    9. ‘Niño Mimado’ de Arkano
    El alicantino inició 2017 siendo uno de los nuevos actores de la escena nacional. 12 meses después, es un imprescindible cuyo calado ha logrado transgeneracionalidad y, de todo ello, también, habla en ‘Niño Mimado’. Sin duda, uno de los escritores musicales más interesantes de la actualidad. También, uno de los que mejor entiende su vis mediática.

    10. ‘One Million’ de Kidd Keo
    En las antípodas de Arkano y a la vez alicantino, Kidd Keo habla por sí mismo. Otro caso de impacto internacional creciente con el que hablamos hace apenas unos meses. De sus varias canciones del curso, nos quedamos con la más obscena de ellas en las que –además de las ideas más evidentes– hace uso de ese genuino híbrido de inglés y castellano.

    Pop (etcétera)

    11. ‘Encaja’ de Amatria

    Como Keo, Joni Antequera ha sido un valenciano de adopción. Establecido desde hace unos años en Madrid, todavía cuenta con más tiempo en su haber por el Cap i Casal, lugar del que se llevó a su habitual compañero de producciones musicales: Pau Paredes. Este 2017 ha servido para que publicara Algarabía, un disco que aspira a aguantar el tirón inagotable tras el pelotazo de ‘Chinches’. En busca de ritmos como la cumbia y dando paso a nuevas ideas percutivas, así suena la más tropical de sus nuevas canciones.

    12. ‘Magic’ de ELYELLA

    ELYELLA mantienen el misterio de su identidad, aunque sabemos que al menos uno de sus dos miembros es alicantino. En este 2017 se han publicado sus primeras canciones que cuentan con la producción de los dos citados: Pau Paredes y Amatria. En una de ellas, ‘Get Away’, es el propio Joni el que aporta la voz. La que quizá mejor representa su interminable periplo por los festivales veraniegos es ‘Magic’ y merece quedarse en esta corta selección.

    13. ‘Into the Wild’ de Nation
    Y sin alejarnos de la alargada sombra de Paredes (cuyo proyecto personal parece que verá la luz este mismo 2018), Nation. Poco sabemos de este grupo que nos regaló el pasado mes de octubre ‘Into the Wild’, mezclada y masterizada por el godellense y producida por ellos mismos. Con la voz de Polina Zizak, así suena su carta de presentación.

    14. ‘Taj Mahal’ de NAVVIER
    2017 también nos dejó los trabajos más aproximados a lo que –intuimos– NAVVIER quiere ser. Una búsqueda llena de ambición, de auténtica carrera de fondo y de laboriosa dedicación que trata de aplicar ideas del Barroco y la formación clásica a la electrónica más contemporánea. Aunque su producción es regular y todas las canciones tienen mucho que contar, lo resumimos con ‘Taj Mahal’ (y mencionar el interesante remix de ‘Dantale’ de AVERNO).

    15. ‘An Answer’ de Bearoid
    Dani Belenguer (Bearoid) ha logrado editar este año algunas de sus canciones con sellos estadounidenses que se aproximan en su catálogo a su voluntad por aunar pop, soul y electrónica. Una idea colorista que este curso pasado nos dejó algunas buenas canciones –además de la muy interesante versión de ‘Antes de morirme‘– como este ‘An Answer’. 

    16. ‘Cap Parat’ de Júlia
    Por ser oportuno a su tiempo, por su concreción melódica, por su aportación como una bocanada de aire fresco, por generar necesidad de sus canciones a partir de su escucha, Pròxima B es uno de los discos del año. El dúo alcoyano Júlia ha logrado posicionarse para este y los próximos años con una referencia que nos ha dejado composiciones tan perfectas como ‘Cap Parat’.

    17. ‘Sí’ de Salfvman
    Otra bocanada de aire fresco es Salfvman, el proyecto personal de Sandra Rapulp junto a Diego Fertita. Su disco Ambiente Satén –distribuido por Sony Music– recoge el poder de unas letras personalísimas con vestigios muy presentes y bien entendidos de los 80.

    18. ‘Aceras Calientes’ de Malva-Rosa
    Apenas nos ha dado tiempo a saborear el adelanto del EP de Malva-Rosa que, eso sí, se ha presentado con un imponente vídeo. El resto, en unas semanas.

    Y la selección completa.

  • Las Valencias que saben a València

    Las culturas de todas esas Valencias se manifiestan a través de su gastronomía. No se ha inventado una fórmula más justa y extensa de permutar cualquier disparidad que la que tiene que ver con el comer y el beber. Y a través de mesas muy distintas, a temperaturas dispares, en latitudes bien diferentes, Valencia se expresa sin que nosotros lo sepamos a través de olores, imágenes, texturas y, sobre todo, sabores

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    Hay muchas Valèncias en el mundo. Una de ellas es mucho más grande que la capital del Turia y lo ha sido –de momento– tres veces de Venezuela. Hay cuatro Valèncias más en Estados Unidos, una de las cuales lleva la doble L de nuestro escudo ‘ceremonioso’ en la placa del Sheriff (Nuevo México). Hay una València paradisíaca y despoblada en las antípodas oceánicas, tres más en Filipinas, otra más en Trinidad y Tobago y más en Ecuador, Colombia y Suráfrica. Si alguna vez han estado en Lahore se habrán sentido tentados de pasear su barrio de lujo, universitario y racional llamado València. Y no hay que olvidar que, aunque hay muchas Valèncias en el mundo, unas cuantas de ellas se encuentran en la Península Ibérica.

    Que a estas alturas de la vida no nos hayamos permitido conocer todas sus experiencias tiene un pase (atiéndase al guiño hostelero), pero que desconozcamos las Valencias que saben a Valencia en nuestra provincia es un pecado al que cabe poner remedio. Sirva este cuaderno hedonista para ello.

    La manera posmoderna de narrar las cosas —la nuestra— no sigue el camino recto para alcanzar su objetivo. Por ello, no recorreremos esta ruta a través de los sentidos, de Norte a Sur ni de mayor a menor; paso a paso, plato a plato, sino que avanzamos a la velocidad del rayo para completar un periplo multirradial. Son muchas las semanas y los mismos fines de semana los que podemos alternar todas esas posibilidades. Son muy distintas las veces que tenemos hambre de barra, de mantel y tiempo, de noches de bar, tardes de arroces o mañanas de esmorzaret. Por eso, y por respeto a las decenas de iniciativas que arbitrariamente no han sido ligadas en esta masa, iniciamos el trazo a través de sillas, taburetes, cartas de vinos y algunas ideas underground que, por supuesto, no son solo propias de la capital.

    Hay al menos once restaurantes en la provincia de Valencia a los que uno ya debería haberse sometido. Es cierto que més que dos pèls de gamba tira el mar que nos golpea y al que todo le debemos (útero humanoide). Pero, entre las primeras propuestas se colocan con galones seis cocinas de interior. Los restaurantes de los hermanos Santiago y Joaquín Prieto están entre ellos: Sents describe desde Ontinyent una personalísima línea entre su entorno de sabores, una bodega sobresaliente y las influencias asiáticas y mexicana, mientras que La Cuina destila el mismo espíritu con una carta más urbana y libre. En una genialidad abierta desde hace casi una década en Venta del Moro, una madre (Pilar Lavarías) y un hijo(Carlos Cervera) fascinan a la comarca de Utiel-Requena en el equilibrio que va del potente recetario casi manchego a las técnicas y presupuestos de la cocina fusión: El Yantar. A ellos se suma Casa Julio, el restaurante al que muchos descubrimos por pedirle a Michelin que dejara de contar con su nombre para el ranking y que mantiene sus homenajes pausados a partir de una de las comarcas más sabias del vino: Terres dels Alforins. Y dos últimas entradas, desde la modestia del gran producto y el reto de satisfacer a muchos desde municipios menudos —con menos de cuatrocientas personas censadas en Aras de los Olmos—, Los Tornajos es otro de los disfrutes imprescindibles a los que nadie les quiere exigir técnicas de alta cocina. Con poco más de 5.000 vecinos, Restaurante 77 ha convencido recientemente a la guía de las guías como Big Gourmand destapando el buen hacer de unos fuegos que hace nada celebraban los ciclistas más audaces y hoy acapara atenciones bien altas.

    La otra mitad de estrellas en el once titular seleccionado se encuentra al otro lado del mapa, pegada al Mediterráneo. El marco —advertimos— influye en la experiencia. Nadie se sorprende a estas alturas de que Casa Manolo sea uno de los representantes internacionales de la cocina española. Daimús es sinónimo de peregrinación y alta gastronomía gracias a la ambición de Manuel Alonso, incansable, risueño y sabedor de cuánto aporta la localización en la que se sabe ‘gran restaurante’. Más clásica y siempre reconfortante resulta la visita a Casa Salvador, familia que sirvió paellas a ilustres venidos a menos y hechos así mismos venidos a más (de quienes capturó sabiduría y tenacidad). Quien prueba sus paellas puede adelantar diez capítulos en el infinito universo de los arroces valencianos. El más diario de esta selección arriesgada es El Gat Negre de Faura, que sin besar la mar —pero casi— acostumbra a sus vecinos a unos melosos y acompañantes que impactarían en la gran ciudad. Algo más de nombre se ha ido granjeando Ca Marc en Gandia. Coqueto y personal, en el centro histórico, sus vecinos parecen empeñados en evitar que la tensión turística les robe una creatividad cotidiana muy marítima. Aquí la señalamos y esperamos que nos disculpen. No muy lejos, de nuevo al Sur, encontramos el Gloriamar, golpe de ola constante, muy buen producto y pocos ambages. 

    Sin embargo, la provincia de Valencia es muchísimo más. Más incluso que la combinación de tickets que acabamos de fijar. En el rincón de Ademuz hay placer micológico en Casa Emilio (Torrebaja); se recomienda hambre y frío para intensificar el hecho. Si de cuchara se trata arremánguense un fin de semana en Gambrinus (Siete Aguas). Si son capaces de resolver toda la tensión del recetario que habita entre sus platos de provincias limítrofes, den el salto a La Posada de Águeda en Requena. Les advertimos que en cualquiera de los dos últimos el rojo de sus orejas les delatará de felicidad a base de pucheros, estofados y sorbos. En el Camp del Turia encontramos también interesantes lugares, como es el caso de Casa Chaparro (Riba-roja de Túria) y el mítico Casa Granero (Serra) — famosa es su tradicional matanza del cerdo— lo del buen producto se prodiga en un recetario suntuoso que solo merece la pena conocer con fruición. Arroces y carne.

    Interpretando la fertilidad de este lugar único, más agreste de lo que acostumbramos a pensar, mixtura de tierras y sobre todo de gentes a golpe de melodrama histórico, hay otra retahíla de nombres posibles: en Xàtiva se ubica El Túnel, una de las más gratas sorpresas de los últimos años que mantiene el empuje inicial. A base de tapas redondas, bodega y lo que aporta el espacio, un restaurante que puede crecer por donde quiera. Media rosca más creativo e igual de querido en su lugar es El Llorer de Carcaixent; mucho mimo en el buen saborear y otro nombre para la infinita lista de casas de comidas con potencial. Más al Sur, anterior y maridando con una escapada evasiva de cuchara, tenedor y cuchillo, Ca Les Senyoretes (Otos). También de parroquianos y cita recurrente son Don Pique o El Charquito, ambos en el Puerto de Sagunto. En este último dijo Silvia Pérez Cruz hace poco que se había comido el mejor alioli de su vida. Regalos cotidianos, catálogo marinero.

    Los hay integristas de la paella, a partir de su propia receta, pero no tantos entienden que entre las muchas Valencias que hay en València ninguna se puede privar de haberse perdido entre un esgarraet y un all i pebre. Las dos cosas se pueden tomar en la lírica marjal de Catarroja; dónde mejor que en Casa Baina. Sabores fuertes y potentes que nos trasladan a jornadas duras en el mar y en el campo, como la paella —esta también va para los integristas— con fetge de bou de Estela (Tavernes Blanques). Receptari extraviat con ecos en el cercano Ca Xoret de Meliana. Si son asustadizos, no se preocupen que hay soluciones donde la foto —sin rastro de Ikea, pero sí de nuestra relación con mares, acequias y huerta— está a la altura de su gran cocina valenciana: La Matandeta (Alfafar), Genuina(Pinedo) o Pasqualet (El Palmar). 

    Es imposible finalizar este paseo tan subjetivo sin enumerar algunos altares del esmorzaret. El gran Paco Alonso, decano de la causa, nos llevaría con gusto hasta Casa Chencho (Utiel) o Ka Tere (l’Alcudia) en busca de un apabullante acto a mitad de mañana. En el primero,con las esperables brasas de embutido, careta, panceta y –¡oh!– bacalao. En el segundo, cansalà i blanquet para hacer más patria que un himno al viento. Pero hay, no obstante, respuestas tan de polígono que nadie las entendería más allá de las fronteras de la actualidad (ni, me temo, las incluiría en un cuadernillo de super restaurantes). Hort i Mar en Carpesa, Les Tendes en Almàssera, La Curracerca de Torrent o Manolo y Boro en Alaquàs: pan de obrador, cacau del collaret, salaura i cremaet. Hogares casi anónimos a los que cientos de personas cada semana se abocan para imprimir a la jornada una alegría que nos hace únicos por extensión. 

    Ni son todos los que están ni se le acercan, pero en cada uno de ellos pueden estar seguros de encontrar una parte de su identidad y de esa idea del placer que solo entra por la boca. 

    Puedes comprar el cuadernillo de Rutas por la Comunidad Valenciana y leer más crónicas como esta en el Anuario 2018 de la Guía Hedonista, en (casi) todos los kioscos o desde aquí.