Etiqueta: feminismo

  • Las jóvenes, los medios y sus votos

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado sábado España se despertaba con la resaca de un 8M multitudinario. Tan masivo que sitúa al feminismo como movimiento transversal de nuestro tiempo. En Vigo, la protesta reunió a 105.000 personas, según datos oficiales (un tercio de la población de su capital). En València la convocatoria pasó de las 80 a las 120.000 personas este año. De la tormenta feminista de 2018, a un estado de tsunami que, sin embargo, no daba para ser el principal tema de conversación ese día en Twitter. Ni el 8M, ni sus consecuencias. El principal tema de discusión el pasado sábado en Twitter era que el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se había comprado un “casoplón” de dos millones de euros.

    El adjetivo y la noticia pertenecen a El Mundo. Una vez hecho el clic, la información se hunde en sus dos primeros párrafos. La periodista admite que “a cualquier mortal” la vivienda le habría costado 1,5 millones. El redondeo de medio kilo se perpetra a partir del precio de mercado más alto de la propiedad (2008), que por suerte para Zapatero no lo hubo más superior en la serie histórica. El segundo asunto es todavía más relevante: resulta que no es una contrato de 2019, sino que el acuerdo pertenece a un alquiler con opción a compra firmado en 2012. Este hecho se resuelve desde la subjetividad: “no es habitual que este tipo de contratos permitan a los titulares comprar la vivienda después de tanto tiempo”.

    El “no es habitual” no viene acompañado de un “según del sector…”. No es habitual, y punto. ¿No es habitual? Bueno, allá que van titular, foto y adjetivo de “casoplón” en su pie. Gasolina y mechero para Twitter, que es, de todas las herramientas de conversación conocidas, la más inútil para fotografiar la jerarquía de los acontecimientos. Zapatero y su pareja buscaban casa en 2012 por aquello de perder unas elecciones. El precio era de 800.000 euros y no lo que un mercado de especuladores intentó colocar. El precio medio de una vivienda en Madrid va camino de los 300.000 euros. Teniendo en cuenta sus salarios y patrimonio de los últimos años, que son públicos, y sin sumar los de su pareja, ¿tan indigesta resulta la compra? ¿En qué fecha firmaron Zapatero y otros políticos de la izquierda un voto de pobreza a partir del cual se miden sus actos privados?

    Estas preguntas no me pertenecen. Se las hace cualquiera. Deshacer la madeja de la información no tiene ningún mérito en internet. Las jóvenes y los jóvenes, lo hacen con naturalidad porque les han acostumbrado a desconfiar. Y esto tiene algo de positivo, pero mucho de negativo. En el lado bueno de las cosas se sitúa un espíritu crítico que las nuevas generaciones han de descubrir en casa o en la calle, pero difícilmente en la Educación obligatoria. El lado oscuro de las cosas, se sitúa en el menú e ingesta de información de la gran masa de nuevos votantes. Y no por productos contaminados, como pueden algunas de las grandes cabeceras del Estado, sino por la desconfianza sin solución en los medios de comunicación tradicionales.

    “Un consenso relativamente establecido es que el consumo de periódicos es el principal mecanismo de aprendizaje político. No solo por tratar más política, sino también por hacerlo de manera más exhaustiva. Sin embargo, los jóvenes no leen el periódico ni de lejos como lo hacían sus padres con su edad. Este papel ha venido a ser suplantado por la televisión, un medio que profundiza en política muchísimo menos”, comenta Pablo Simón en este estupendo artículo de Jot Down. Y no solo eso, les comprometo a que le pidan a la joven o el joven que les rodee a que abra su Instagram y comente su tiempo medio de uso diario. Una hora. Hora y media. Dos horas. Dos horas de nada. Dos horas sin leer, en el que quizá algún minuto ha aportado por accidente algún contenido interesante. Dos horas de consecuencias, porque quien tuvo el dominio de la opinión pública (los diarios) no presenta nada exactamente en menores de 25 años. Basta con verlos barómetros de usos culturales valencianos, pero sobre todo con acudir a una clase de Periodismo en cualquier facultad y descubrir que, directamente, ni siquiera ellas ni ellos consumen medios tradicionales.

    Las generaciones que se incorporan al voto han de fraguarse su ideología de manera accidentada. Con las contradicciones y dudas que todos tenemos, pero sin referentes claros. Y si los hay, referentes dedicados a hacer un contenido humorístico, cultural (pero vacuo en posiciones sociales) o basado en las retransmisiones de videojuegos d varias horas. Retales de aquí, YouTube por allá, un meme que cae por WhatsApp y los medios, mientras tanto, debatiendo sobre en qué cesto ponen los huevos (los de sus directivos, concretamente). Por eso en este texto noy hay tanta crítica a las dos horas de nada en Instagram, sino una alarma sobre las responsabilidades del abstencionismo que se avecina.

    La empatía y los recursos para empatizar con contenidos, para alcanzar esas ventanas, es mínima. O, al menos, muy desproporcionada con respecto al paso de los años. Empresarios y empresas (o sea, interesados y financiadores) eran mucho más jóvenes en los 80 y 90. El relevo en la opinión y el trasvase de influencia de los medios no se ha corrido hacia ningún lugar exacto. Como apunta Simón, por desgracia, una buena parte del efecto saciante ha ido a parar a las teles. Allí, donde los informativos representan lo malo que nos pasa, las empresas siguen teniendo ganancias millonarias pese a que en 2018 hubo un 0,8% de caída en la inversión. La tele privada es ajena a su compromiso legal como servicio público y si ha de levantar toda una redacción de informativos, lo hará.

    Llegará el 28A y después el 26M. Habrá quien no encaje bien los resultados. De este bando, del otro, del de enmedio y del que se escoró finalmente hasta el infinito. Habrá lecturas de todo tipo, pero ya veremos si a alguien le da por señalar a los medios en su incomparecencia profesional dentro del espacio público. El descrédito acumulado en redes sociales por las grandes cabeceras, publicando basura, con redacciones de becarias y becarios produciendo basura durante años, el poco amor propio de lo creado, pasará factura. El abstencionismo no pertenece solo a quien desoye su derecho, sino en que analiza con desmayo y distancia a quienes no hace el esfuerzo por dar voz e interpretar.

  • Mala Rodríguez: “Las gitanas son las primeras mujeres feministas que conocí”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Mala Rodríguez es, como pocos artistas, consciente de su poder. La distancia con el resto de nombres que podrían alinearse con esa idea es no haber dudado nunca de ello. Sin titubeos, incluso desde antes de que se posicionara para siempre con todo Lujo ibérico (2000), la libertad creativa y de movimientos ha sido una de sus señas. Poderosa, libre y frontal, se ha manejado sin tutelas durante cinco álbumes y dos décadas. Una montaña de versos y seguidores detrás de carteles cada vez más grandes, cada vez más lejos aunque no por ello –ni por suerte– menos sola como referencia de las raperas sobre el escenario. Al menos, en lo más alto del póster. 

    Con global naturalidad, ‘la reina’ mantiene su trono hasta el día de hoy en America Latina, España y parte de Europa. Ubicua, la estrella surgida de la fértil escena sevillana de hip hop a finales de los 90 ha encadenado años de gira después del visceral Bruja (2013). Un disco desde las entrañas pero lleno de alegrías en lo profesional que ha compaginado con sus incontables colaboraciones. En los últimos meses, desde un hit masivo con Juan Magan al interesante feat. junto al dúo cubano-francés Ibeyi. Una producción a la que hace tan solo unos días, al fin, anunció la incorporación de un nuevo single propio: ‘Gitanas’. Una canción en la que el movimiento #MeToo y su habitual perspectiva social se suma a la marea feminista que promete cambiar de una vez por todas el mundo por un lugar más justo.

    La canción se estrenará el próximo 6 de julio, tan solo un día antes de su participación en el Music Port Fest del Port de Sagunt. Aprovechamos la excusa de su paso por València y del anuncio del nuevo material propio para hablar con María Rodríguez (Jerez de la Frontera, 1979).

    -Has anunciado el lanzamiento del single ‘Gitanas’ a través de las redes sociales y hace cinco años que no publicas material nuevo propio (Bruja, 2013). ¿Te está costando más escribir o encontrar sonidos para publicar un nuevo álbum?
    -Es que no soy muy consciente del tiempo que pasa. El concepto del tiempo es un poco raro para mí. Me dices que han pasado cinco años y pienso, ¿pero qué día es hoy? Porque lo que sí sé es que no he parado de hacer cosas. He hecho un montón de cosas desde Bruja y escribo igual de a menudo, actúo y he hecho colaboraciones. Ahora lo que ha sucedido es que he visto que tenía bastante material, que justo estábamos en Los Angeles y estaba rodeada de las personas que propiciaban que grabásemos.

    -¿Has dado con el sonido?
    -Es que… ¡totalmente! Porque la estábamos probando con un rollo más cañero, con una onda electrónica y, de repente, probamos con un beat de un tipo de Miami, que es barbero en realidad y…. ¡arggh! [da un grito de emoción]. No sé cómo explicarte ese momento en el que tienes una letra y una canción en la cabeza y dices, ‘esto era’. Ese era el sonido que buscaba… después que encontré la base pedí unos arreglos a un amigo Amir Jonh para que introdujera la guitarra flamenca y ahí está.

    -Precisamente, estando en Los Angeles participaste de las macromanifestaciones del #MeToo y el mensaje que acompaña a ‘Gitanas’ es #quiénmeprotege. ¿La canción tiene que ver con tu perspectiva de género?
    -Por supuesto tiene que ver conmigo. Es como lo siento. Y ahora por fin estamos saliendo a la calle. Cuando empecé a escribirla no estábamos saliendo a la calle y me daba miedo no saber explicar bien la idea que tenía en la cabeza. Ahora ya no tengo que explicarlo. Estamos al fin conectadas y esto solo acaba de empezar.

    -Intuyo que por tus relaciones familiares y personales no es cualquier cosa titular a un tema ‘Gitanas’ y hablar de estas mujeres.
    -La gitana es pasional es guerrera es valiente, ya estoy cansada de tanto estereotipo y tanto cliché. Es… [hace un silencio para encontrar las palabras] las primeras feministas que yo vi a mi alrededor fueron las gitanas… las ves trabajar fuera de casa, criar a sus hijos… crianza natural, de la que ahora se habla tanto… son un ejemplo y ya es hora de darles el lugar y el respeto que se merecen. Este país le debe mucho al pueblo gitano. Andalucía lo sabe.

    -Una historia que has vivido de cerca.
    -Mi madre no es gitana, pero yo tengo un profundo amor por la cultura, la aprecio y la valoro, la siento porque viene de un lugar puro… seré bastarda, pero aprecio lo verdadero y siento un respeto muy grande. Hoy en día la gente se conforma con cosas huecas y es una pena.

    -¿La industria discográfica es especialmente machista? ¿Cómo ha sido tu (larga) experiencia?
    -Yo he creado mi propio universo. Mi entorno. No he sentido un mayor enfrentamiento que el que tiene cualquier mujer en otro sector. Se acusa a la industria musical de ser especialmente machista, pero no creo que lo sea más o por encima de otras. A veces veo tanto o más machismo en muchas mujeres, porque nos han condicionado y, sin pensarlo, nos encontramos diciendo su discurso. Nos ha faltado educación. Nos ha faltado despertar antes, reconocer las cosas que son injustas y que van más allá de la etiqueta. Algo tan sencillo como ser respetuoso y ver en las personas el respeto que se merecen y las oportunidades que se merecen. Las mismas, los mismos derechos, pero la educación no nos deja. Partiendo de la base de que la educación ya nos inculca que seamos egoístas…

    -Más allá de ‘Gitanas’, ¿hasta qué punto te has visto apelada por el movimiento #MeToo?
    -En cada una de las manifestaciones en las que he participado he podido sentir, como cualquier otra chica, que no estaba sola. Eso nos ha faltado mucho. Esa fuerza de mirarte alrededor de las injusticias más cotidianas y decir, joder, que no estoy sola. Para mí ese es el mensaje de ‘Gitanas’: no estás sola. No estamos solas. Y es algo que hemos sentido la mayoría desde pequeñas. Porque no nos vemos en las películas, no nos vemos en los libros, en las series, en la música… por qué no estábamos diciendo nuestras cosas. Cuando escuchaba flamenco, siempre pensaba: ‘¿dónde están las letras de las mujeres?’. Donde están todas esas cosas que soy, que nos rodean, ¡que son reales!

    -Has dicho muchas veces que la censura que más te preocupa es la autocensura. De hecho, has cantado sobre ello. ¿Qué opinas sobre la decisión de encarcelar a Valtonyc?
    -Es absurdo… Pero mira, mi opinión es que te la estás jugando. ¿Qué te creías, que esto era jauja? Esto no es jauja. Esto es lo que es. Sabemos donde estamos desde hace rato. Esto es solo una prueba de la realidad y el tiempo en el que vivimos. Pero te digo, que desde hace tiempo, ¿eh? Que la persecución a Fermín [Muguruza] o la condena contra el cantante de Def Con Dos [César Augusto Montaña] no es nueva.

    -O sea, que no te sorprende.
    -Pues no. Sorprenderme, no. Sabes lo que estás haciendo. Hemos visto los palos que nos han dado en el 15-m. Hemos visto los palos en Cataluña [Rodríguez tiene su base operativa en Barcelona]. No me sorprende.

    -Lo das por establecido, pero precisamente te preguntaba por la autocensura que puede generar. ¿Te preocupa?
    -[El videoclip ‘La niña’ fue censurado en 2003 por la mayoría de televisiones en España]. Ya hemos dicho que a mí la autocensura es lo que más me preocupa, pero hay que saber dónde estás y jugar con el lenguaje. Si digo que /Todo tiene un final, como la monarquía/, lo que hago es dar mi punto de vista explícito aportando una idea más abierta. Que va de eso. Por pensar en ejemplos de fuera, ¿cuántas canciones se han escrito en Cuba contando aquello que no se podía contar? Eso hasta amplifica el mensaje. Y que no parezca que estoy ni de coña a favor de un sistema represivo, pero trato de ver el lado positivo en todo. Gracias a este tipo de presiones lo que sinceramente espero es que la gente no se autocensure, sino que se estimule a escribir más y ese mensaje cale más. La condena no me sorprende. Es propia del lugar donde vivimos. De momento.

    -Lo que ya no sorprende es que tu nombre sea una constante en festivales de América Latina o Estados Unidos (días después del Music Port Fest actuará en el LAMC de Brooklyn, Nueva York). Y son muchos artistas españoles los que intentan mantener esa relación de ida y vuelta. ¿Por qué a la Mala le ha funcionado tan bien?
    -No lo sé, no lo sé… Esa es la verdad. Es cierto que tengo una relación de amor constante con muchos países de América. Colombia, México, Chile, Argentina… llevo visitándolos desde hace mucho rato. ¿Por qué? No lo sé. Sé que cuando estoy allí, con la gente, me ha influido mucho haber escuchado tanta música suya de todo tipo, tradicional o de cantautores que me ponía mi tío… También es cierto que tengo una inquietud constante, que quiero tener conocimientos de su cultura y que lo siento como parte mía. En ningún momento, desde hace mucho, me siento en cualquiera de estos sitios ajena. Lo disfruto y lo saboreo siempre, cada vez, y me he sentido constantemente invitada a compartir esos mercados. Ellos son muy respetuosos con lo que hago y yo con ellos. 

    -Incluso, esos lugares han ejercido de influencia. ¿Con cuáles has tenido más relación últimamente?
    -Estoy malacostumbrada en el buen sentido y hemos vivido cosas increíbles a un lado y a otro. Además, en los últimos años he podido ver cómo ha ido cambiando la escena y la sociedad en México o Chile Están viviendo cosas hermosas y disfruto de ver cómo todo está tan vivo. Hay artistas tremendos haciendo cosas flipantes, verdaderamente originales. América latina se ha convertido en un estímulo musical para mí también.

  • Mississippi, la maestra valenciana que está dominando el fenómeno de la poesía en directo con millones de visitas

    La rapsoda valenciana ha ganado ya varias encuentros de ‘spoken word’ a partir de poesía. Ahora representa a València en el torneo estatal que este año se celebra dentro del festival Vociferio

    Este viernes se celebra la inauguración de Vociferio 2018 en el Museu de Belles Arts de Castelló. Para dar el pistoletazo de salida a este festival de la palabra –a través de muy distintas disciplinas–, la capital de la Plana acogerá la final del 8º Campeonato de España de Poetry Slam. Esta modalidad de poesía en directo, a contrarreloj y con votaciones en vivo contará con los ganadores de distintos campeonatos regionales del año: Marçal Font, Dani Orviz, Dyso, Pablo Cortina, Margalida Followthelida y Mississippi

    La última de la lista es la sensación valenciana del fenómeno, que ya peleó el pasado año por el título nacional y que en València no ha dejado de encadenar premios desde que hace apenas año y medio diera el paso adelante para subirse al escenario y hacer de la poesía un arma arrojadiza. Hablamos con ella para entender mejor el movimiento y sus ramificaciones, que van desde virales con millones de visitas a best sellers adolescentes colapsando los accesos a las ferias del libro.

    -¿Cuál es tu primer recuerdo con la poesía?
    -Gloria Fuertes. Seguro. Leía muchos cuentos suyos, historias, tanto en prosa como en verso. Esos juegos lingüísticos que hacía me parecían divertidos y todavía los recuerdo.

    -¿Cómo has vivido su revival?
    -Encantada. Su trabajo me sigue pareciendo igual de estimulante. Unos compañeros poetas de València revisitaron su libro Isla ignorada; su primer poemario. Una delicia. Creo que sigue siendo una creadora muy ingeniosa y una poeta muy actual.

    -¿Y desde Gloria Fuertes hasta la Universidad, hubo poesía?
    -No. En el instituto me atiborraron de clásicos que no me gustaron mucho. Creo que la aborrecí y no tuve inquietud por buscar nada más. O nada me llamaba la atención. Empecé a escribir poesía ya en la Universidad [Magisterio] gracias a un profesor que tenía una asignatura de creación literaria. Y volví a jugar con las palabras, escribiendo, escribiendo… empecé a indagar otra vez.

    -Escribías y leías, pero todavía quedaba lejos la idea de subirte a un escenario o grabarte para un canal de YouTube.
    -Muy lejos. Escribía y leía, sobre todo, a hombres. Pessoa y Salinas. De la lectura pasé poco a poco a la oralidad, aunque al principio pensaba que eso no iba conmigo. Pero es cierto que soy muy activa, muy de movimiento y que en Barcelona conocía el Poetry Slam. Una cosa me llevó a la otra y allí vi que la poesía se adecuaba más al ritmo de las canciones, a las dobles intenciones, a las ironías y a la puesta en escena. A partir de ese contacto empecé a crear yo, hice un curso intensivo de cuatro días y al volver a València me apunté al Slam. No hice jams ni sesiones de micro abiertos. Directamente al Slam.

    -¿Cuándo?
    -Noviembre de 2016. Enseguida gané. Gané meses, porque es una competición por puntos, como una liga. Luego empecé a perder alguno, pero me clasifiqué para la final de 2017 a nivel estatal que se celebró en Ciudad Real y donde aprendí muchísimo gracias a los adversarios.

    -Tu crecimiento ha sido rápido, pero también el del fenómeno del Slam. ¿Es tan exponencial como parece?
    -Lo es. Está creciendo tanto que hemos llegado a ver participantes de Got Talent (Telecinco) haciendo este tipo de propuestas o mezcladas con artes performativas. Antes de que esto sucediera, poetas como Marwan y otros jóvenes estaban generando ya movimientos masivos. Luego, además, está todo el movimiento creciente de la poesía en Instagram que se ha hecho súper grande. Y, de repente, el poema viral de Alejandra Martinez que llegó a miles de personas. Y luego el mío…

    -¿Cómo encajaste el efecto viral en el que se convirtió tu poema a Disney?
    -Bueno, precisamente había visto lo que había sucedido con Alejandra. Ella también hablaba de temas a partir de letras de canciones de pop y reggaetón. El mío también se amplificó por el mensaje feminista, tocando la fibra de Disney y la infancia que le llega a todo el mundo. El feedback fue increíble y recibes muchas cosas buenas y algunas malas. Las malas son las que hacen ruido y con las que te quedas a corto plazo. Insultos sin más, cuestionando mi aspecto físico, que no me había documentado bien, que no pillaban mis ironías, la gracia… Yo siempre parto de una crítica social, así que siempre tengo retorno de todo tipo. Pero pasado un tiempo me quedo con las cosas buenas. Me llamó mucha gente para entrevistarme, se interesaron por mi trabajo y pude actuar en otros sitios.

    -El fenómeno de la poesía masiva tiene muchas realidades a partir de internet. Las grabaciones de los Poetry Slam, los canales de YouTube, Instagram… ¿Qué diferencias hay entre todas esas posibilidades?
    -Sí noto una distancia mayor en Instagram. A menudo todo se resuelve con una imagen estanca. Tiene mucho de postureo y está contaminado por esa necesidad de mostrar constantemente un nivel de vida alto, con la perversión de mostrar una especie de vida aspiracional a la que tus followers no van a llegar. El youtuber puede tener esto o no, pero tiene también la perversión frente al directo de que un buen montaje puede maquillar esa realidad. Te puedes hacer cuantas pruebas quieras y editar y editar. 

    -En todos estos casos, el mensaje es súper directo. Utilizáis un lenguaje que, al contrario que buena parte de la poesía editada en papel, se permite pocas capas y tiene mucho que ver con el lenguaje y la comunicación de lo inmediato. ¿Esto te inquieta?
    -Bueno, digamos que lo que me pregunto es si la gente que está consumiendo masivamente todo esto acabará llegando a textos más sosegados. Esa es la gran duda, si se queda en lo que se ve a simple vista o esto se convierte a algo que va más allá. Creo que hay de todo y que mucha gente se queda con los poemas de internet porque ya le causan una serie de emociones. También creo que hay otras personas que investigan a partir de ello y que puede ser una puerta a algo más.

    -En tu caso, no has dejado de ganar todo tipo de encuentros. ¿Tienes miedo de que esa dinámica cambie y de no encontrarte cómoda si pierdes ese ánimo competitivo?
    -Lo único que creo que pueda cambiar es que se cansen de mí porque ya me hayan visto demasiadas veces. Mis temas y mi estilo no han dejado de variar y las poesías críticas van de la política al consumismo, a cuestiones feministas… Es cierto que ha sido bastante exitoso el inicio, pero yo siento que esto es solo el comienzo. Además, sobre todo he hecho territorio Slam. Ahora he empezado en otras opciones como la del recital. Hice uno de 40 minutos en un instituto y me encantó. Sin crono, sin votaciones… a los nanos les encantaba. Sé que les puedo hablar en su idioma, me entienden y les toco la fibra.

    -Eres maestra de primaria y un fenómeno viral. ¿Ha llegado a suceder que tus alumnos te reconozcan?
    -El poema de Disney llegó justo cuando terminaba una sustitución. Acababa de salir y algunos alumnos me encontraron en YouTube y me empezaron a comentar. Eran antiguos alumnos. En el trabajo no ha sido un problema porque, creo, como mucho se alegran de trabajar con alguien que hace algo así.

    -¿Cómo ha cambiado tu poesía para el directo en este año y medio?
    -Hay una fase que se mantiene: los nervios antes de salir a escena. Creo que es sano, que le sigo teniendo el mismo respeto. Ahora me muevo con más naturalidad y confío más en mí. Cuando empecé creía que no sabría memorizar un texto, pero cuando pasaron las primeras veces y vi que no me quedaba en blanco… 

    -¿Sigues leyendo poesía editada convencionalmente?
    -Sí, pero son dos mundos que separo totalmente. Por un lado todo lo que tiene relación con la oralidad y lo escénico y por otro la palabra escrita. El Slam sigue siendo lo nuevo para mí y me gusta poder disfrutar de la poesía en estas dos vertientes. 

    -Ahora vas a editar un libro que son adaptaciones de tus Slam.
    -Sí, porque es cierto que hay un público que demanda ese traslado. Va a ser una especie de grandes éxitos con algunos inéditos y todos van a llevar un código QR para que se pueda ver el vídeo. 

    -¿Hasta qué punto crees que este fenómeno está relacionado con la necesidad de mensajes muy concretos y directos y con el consumo de estos a través de pantallas?
    -Totalmente. Hay toda una masa de población que consume para ya y fácil. El GPS nos ha acostumbrado a no memorizar ninguna ruta y todo funciona más o menos así. Los nativos digitales lo necesitan fácil y al instante. No creo que esto sea necesariamente malo. Lo único malo es que el cambio esté siendo tan rápido y que no podamos calcular que sucede si los mensajes son frívolos o no. 

    -Por último, está otra cara de la reconexión de la poesía con públicos jóvenes y masivos: el fenómeno editorial de autores muy jóvenes que basan su comunicación en Instagram. ¿Es un mundo muy alejado del Poetry Slam?
    -Creo que sí, pero no necesariamente peor. El público joven conecta con las inqueitudes de los jóvenes. Además, sucede rápido y fácil a través de Instagram. Les tienen en pedestales y es cierto que en las ferias del libro se arman colas interminables. Yo veo en todo esto algo positivo si de ahí van a salir personas con ideas más interesantes para afrontar la vida. Lo veremos en un tiempo, no mucho. Lo que no sabemos es si ese tipo de poesía de verdad les va a servir para algo más que para la emoción instantánea que viven en ese momento. Aun así, confío mucho en la juventud. Nunca se me ocurre pensar que son tontos. Ese es un lugar común. Es más, creo que solo ellos pueden encontrar nuevas formas de expresión y de arte desde el atrevimiento y a través de sus propios canales.

  • ¿Por qué los hombres heterosexuales feministas seguimos entre el pánico y el silencio?

    Publicado originalmente en El País

    Los hombres heterosexuales –como los catalanes para Rajoy– hacemos cosas, pero sobre todo una: contradecirnos. Sobre todo con el feminismo. Sobre todo con la boca cerrada. La contradicción es, de todas las silenciosas, nuestra respuesta favorita. No tenemos ningún grupo de WhatsApp para hablar de ello. No se comenta. No se verbaliza porque tampoco es un tabú. Si reflexionásemos cada vez que sucede, colapsaríamos. Nuestra cara mutaría en pantalla de Windows 95 tratando de ejecutar el lanzamiento de una sonda lunar. Os aseguro que no querríais ver eso. Nuestro cuerpo pasaría del espasmo al estertor, se quedaría suspendido en el tiempo y el mundo tendría que seguir girando sin nosotros (y sabemos que eso podría no ser del todo perjudicial).

    La razón es biológica: estudios neurocientíficos aseguran que un 95% de nuestras decisiones pertenecen al subconsciente. Esa contradicción constante es una acción refleja. O dicho de otra manera: apenas tomamos el 5% de las decisiones de manera consciente. El grueso de lo que hacemos todos –elles y elles– pertenece al género de las costumbres. También con el feminismo. A cada paso que damos, en cada esquina que doblamos, ante cualquier máquina de vending con esa cara de cordero degollado que nos deja el colchón de Ikea, los hombres tomamos decisiones equivocadas con respecto a la desigualdad entre géneros. Lo hacemos todo el día, se nos dé bien hacer la paella o suframos migrañas. De hecho, existe un efecto contagio en vosotras que también caéis en el asunto.PUBLICIDAD

    En nuestro cerebro son cortocircuitos constantes. «Brrr. Brrr. Brrr». Apenas los sentimos. Pocas veces los vemos venir y, en cualquier caso, nunca lo decimos. Silencio. En mi caso, hasta hoy. Me lo dijo una ex el otro día y se lo leí a Virgine Despentes pocas horas después: los hombres, en realidad, no hablamos de lo que nos pasa. Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos. La conjura de la rutina lo excluye de la conversación. Nunca nada del todo consciente, porque en realidad solo es un 95% rutina y automatismos. Luego, en el espacio sobrante de RAM hay complejos y una reinterpretación de la masculinidad de la que habla todo el mundo que no somos nosotros. Un frágil equilibrio que va de la neovirilidad a la interpretación de sí mismo que hace cualquier mamífero desde que aprende a imitar.

    «Es un intangible del problema contra el que se lucha en la calle este jueves, Día Europeo por la Igualdad Salarial. Es nuestra sigilosa e indirecta forma de proteger el mundo que se agota –el nuestro, el de toda la vida, joder…– del que se avecina: el de todos».

    Pero incluso en ese escaso margen de consciencia hay oxígeno suficiente como para aceptar que este siglo servirá para balancear los roles. No sabemos cómo seremos. Nos asusta (pánico de hombros caídos). Nos deja el cuerpo como un cowboy que al volver a casa no encuentra su revólver bajo la almohada. Miramos al infinito. Nuestro cerebro pasa del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Todo en silencio. Pero lo vemos. Empezamos a repasar la galería de cagadas cotidianas. Un paisaje onírico que redibuja el presente y pensamos cosas. Ese día del que te hablaba me pilló con la tecla delante. No creerás lo que sucedió…

    Rebobinas hasta el miércoles: interior, oficina, reunión de trabajo, dos mujeres y dos hombres. El proyecto lo lleváis entre tú y Ella1. Lo habéis hecho juntos y lo exponéis juntos, pero de esto decides tomar las riendas tú [advertencia: eso no tiene por qué ser necesariamente una cagada]. Y empiezas. «Pim. Pam. PowerPoint mon amour». Y terminas cada frase mirándole a Él2. Pero a Él2 ni le va ni le viene. Está pensando en si te plancharás las camisas o las tenderás jodidamente bien. De hecho es Ella2 quien tiene que daros el visto bueno. Pero tú buscas a Él2 con el final de cada diapo.

    Necesitas ese gesto de complicidad. Tu mente va rápida y necesita recompensas. Es su compadreo el que te sirve. Porque pese a que llevas una semana pidiéndole perdón a tu bull terrier por pasearle tan tarde, porque pese a que te has quedado a trabajar con Ella1 cada una de las últimas tres noches, o pese a que Ella2 es la que decide, tú necesitas manejar esto con «los que saben». Ahora que solo queda rematar la jugada, le pasas el balón todo el rato a tu compañero de género. Hay otros dos cuerpos oxidándose en la habitación, pero el ataque se convierte en un toma y daca. Tuya, mía. Mía, tuya. Una pared tras otra, avanzando por el terreno de juego. Una. Otra. Así hasta llegar al área pequeña. ¡Gol del mansplaining!

    En efecto, estabas en tu 95% de que siga todo igual, por favor. Estabas en modo automático, sin más. Llegas a casa. Abres una lata de mejillones al natural y una cerveza low cost. Ninguna de las dos cosas sabe exactamente a lo que promete su packaging y es quizá por eso que durante unos segundos te das cuenta de todo. Entras en el terreno de la contradicción. Un ruido blanco, como un zumbido, te mantiene concentrado en esa idea. Son varios segundos, así que tampoco te da tiempo a comentarlo con nadie. No colapsas. Es más, decides no darle mucha importancia. “Es nuestra forma de ser”, te dices, justo antes de darte cuenta de que tu bull terrier mueve muy rápido su cola, mirándote de ‘esa manera’. Le diriges más palabras que a tu compañera durante la presentación mientras cargas el último podcast de La vida moderna, te pones el abrigo y los auriculares (por este orden) y bajas. “¡Qué puto frío hace!”. Las ideas se congelan. Y debe ser eso lo que ha provocado el silencio esta vez.

    Tienes este tipo de ‘interrupciones de la rutina vital’ cuando te quedas un fin de semana en casa de tus padres: la ropa entra en ese ciclo mágico por el cual estaba sucia el viernes y aparece doblada y planchada sobre la cama el domingo. La mano del hombre, del hombre en sí, no ha intervenido en el proceso. Miras fijamente al vacío. Eres consciente. Del «Brrr. Brrr» al «Chk. Chk». Silencio. Otro día un conocido tiene el estómago de comentar en voz alta una noticia de acoso laboral sugiriendo que también se ha sentido “así” alguna vez por el trato de una persona gay en “idénticas circunstancias”. Sabes que el contexto social, que la presión del entorno y la suma cultural convierten esos dos casos en dimensiones paralelas. «Chk. Chk». Y te quedas calladito en tu pupitre, como cuando alguien alivia un acting de macromachismo con el hashtag del #micromachismo que, resulta, ahora, todo lo cura.

    «El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano»

    El mundo de los que pretenden una sociedad más habitable no se puede permitir discriminar de facto al 50% de la población mundial. Y me refieron a un mundo en el que no somos tan idiotas como para situar todos los casos ni todas las aristas del problema al mismo nivel del eje cartesiano. Ni mucho menos ni como preocupa a tantos sublevados vivimos en sociedades tan idiotas que, por el hecho de desear ser menos desiguales, aceptan que no hay mujeres malas. Ese tipo de argumentos en vía muerta son, a menudo, otro de los factores que aletargan la solución al problema. Otro más es el desequilibrio de intensidades que se ejerce desde los medios cuando quien rapta a sus hijos o comete un homicidio es una mujer. También, desde este oficio, porque lo extraordinario tiene un valor mucho más llamativo en la alquimia de las audiencias.

    La enumeración puede continuar porque son muchos los brazos que reman en contra de una igualdad real para todos, aunque sea la inercia silenciosa la que los mueve en su mayoría; aunque sean brazos poderosos. En el casco de ese barco común hay grietas esperando a ser torpedeadas, algo a lo que ayuda y mucho generar focos de reivindicación como este Día Europeo por la Igualdad Salarial. Como lo hicieran las ideas en el Siglo de las Luces –no sin riesgos ni bajas por el camino– será el uso de la voz pública, la sugestión y cierto margen de tiempo el que irá perforando la preeminencia del «Brrr. Brrr» frente al liberador «Chk. Chk». Llegados a este punto, conscientes de seguir cagándola desde el automatismo, si hay algo que pocos pueden dudar es que este será el siglo de las mujeres. A su consecuencia, la sociedad será otra. Como poco, menos desigual y más justa.

  • Silvia Herreros de Tejada: “En el siglo XXI nos creemos muy feministas y a lo mejor no lo somos tanto”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Sir James Matthew Barrie es uno de los autores que mayor afición a la lectura ha generado desde que escribiera el inmortal personaje de Peter Pan. También es uno de los casos más paradigmáticos de autoría soterrada bajo la creación de una sola obra, uno de los primeros literatos bajo el foco de las crónicas de sociedad y con la pesada losa de la fama agotando una carrera que explotó cuando apenas rondaba los 40. Silvia Hereros de Tejada, una de las mayores investigadoras en torno a su vida y textos, acaba de publicar su primera novela, precisamente, en torno a los 40. Una novela que, en dos de sus personajes, que combina una pareja en el pasado -el propio Barrie y Cynthia- y otra en el presente -David y Moira- enfrentándose a esa figura psicológica establecida y recurrente desde los 80: el Síndrome de Peter Pan.

    La mano izquierda de Peter Pan (Espasa, 2017) es una bio-ficción que gira ante la imposibilidad de que la sociedad acepte a la mujer con el Síndrome de Peter Pan. Una mujer que, por motivos profesionales, por motivos personales, se enfrente a los 30, los 40 o cualquier otra edad, negando su envejecimiento, tratando de estar tan activa y en la misma posición ante el mundo que cuando era joven. El hombre, tanto en la literatura como en cualquier otra disciplina narrativa, no solo ha poseído esta posibilidad, sino que ha encontrado la justificación para aceptar el abandono de la familia, la huida hacia delante, ese anhelado y hasta estético volver a empezar. No obstante, avanzado el siglo XXI, con el relato feminista más presente que nunca en las artes y en los medios, ¿por qué seguimos sintiendo rechazo a que la mujer tenga esa derecho?.

    Herreros de Tejada recibió una beca para su estancia e investigación en UCLA y en Yale, universidad en la que trabajó en torno al archivo personal de J. M. Barrie. Allí descubrió a Lady Cynthia Asquith, una secretaria y personaje poco o nada estudiado, pero fundamental para comprender la vida del autor después del éxito mundial de Peter Pan. Pese a que ésta es la primer incursión de la española en la ficción literaria (licenciada en Filología Inglesa, máster en Literatura Comparada y doctora en Estudios Fílmicos), su influencia en la biografía hasta ahora conocida en torno a Barrie podría trascender un trabajo que, independientemente, aborda con una prosa muy actual ámbitos como la competitividad en el ámbito académico, el éxito y su influencia en el desarrollo profesional o las relaciones de pareja en torno a las letras.

    -La novela gira en torno a la posibilidad a la mujer con el Síndrome de Peter Pan y la reacción negativa de la sociedad. A partir de la creación de los personajes de Cynthia y de Moira, a partir de tu propia percepción, ¿hemos avanzado mucho entre el inicio del siglo XX y el XXI?
    -«Yo creo que estamos en algún punto intermedio sin haber alcanzado ese lugar. Para nada. El Síndrome de Peter Pan ahora se llama adultescencia, pero cuando se acuñó en los 80 se llamaba así y tenía anidado el de Wendy para las mujeres. El que mola es el de Peter Pan. El de Wendy es el que habla de las mujeres que tratan a sus parejas como si fueran sus madres. En ningún momento a lo largo del siglo se le concede a la mujer la oportunidad de la eterna juventud. La crisis de los 40 se ha reflejado en innumerables ocasiones en el cine. Por ejemplo, Kevin Spacey en American Beauty (Sam Mendes, 1999). Sin embargo, cuando en la vida real vemos a una mujer que puede tener ese Síndrome de Peter Pan, todavía sentimos rechazo. La sociedad lo siente. La sociedad no está acostumbrada y estamos empezando ahora, desde hace 10 años, a hablar claramente de este tema».

    -Es una novela con una fuerte carga feminista. ¿Lo buscabas?
    -«Me ha salido una novela muy feminista sin yo quererlo. En ningún momento pensé en hacer una reivindicación sobre el papel de la mujer. Sé que está en la novela y es como si hubiera descubierto que soy feminista a los 40 años [ríe]. A mitad de la novela, trabajando los personajes de Cynthia y Moira, me di cuenta de que en el siglo XXI nos creemos muy feministas y a lo mejor no lo somos tanto. Y lo digo porque todas esas mujeres que tenemos el Síndrome de Peter Pan, como yo, no nos encajamos bien en la sociedad, seguimos sin aceptarlo y entendiendo que lo que haga el hombre en la pareja, en la empresa, o en las univerisdades, en todas partes, lo que haga él, es lo es más importante. Pues no siempre, claro». 

    -Después de 15 años de trabajo académico en torno a J. M. Barrie, ¿por qué esta bio-ficción en torno al personaje?
    -«Es una necesidad personal y, sinceramente, es un personajazo. Después de las adaptaciones al teatro, una tesis, un ensayo… de repente, sentí la necesidad de escribir mi propia versión de Peter Pan en novela».

    -¿Has sentido la presión de ser una estudiosa del autor manejando un material sensible para fans y para académicos?
    -«Sí. De hecho, el mayor halago que me han hecho es que la novela está poco documentada, pero tuve mucho pudor con la parte de la novela de personajes que sí han existido. Con Barrie además hay mucha polémica sobre su identidad sexual, sobre sus hipótesis como pederasta, que mi versión es que no lo es, o sobre si era homófobo… Sobre la relación con Cynthia… es un amor extraño [ríe]».

    -El personaje que se revela ante los cientos de miles de seguidores de Peter Pan es el de Cynthia. ¿Cuánto ha incorporado la autora a su biografía y cuánto ha encontrado entre los archivos del autor para componer a este personaje?
    -«Había material real, pero había muchos espacios en blanco. Mucha gente me pregunta qué me he inventado y es un personaje tan fascinante… Para los conocedores de la vida de Barrie hay una figura de mujer por encima de todo, que es Sylvia Llewelyn Davies, la madre de los famosos niños Llewelyn Davies que inspiran la obra. Ella representaba el icono victoriano de la madre perfecta, la esposa perfecta, la mujer buena y dulce, dedicada por completo a su marido y a sus hijos… Cynthia es la femme fatale. Ella ya se ocupó de borrar sus rastros en la vida de Barrie. Es decir, yo que he tenido acceso a todas las cartas del autor, puedo leer todas sus cartas a Cynthia, pero ninguna en la otra dirección».

    -¿No existen?
    -«No. Ella las quemó».

    -¿Y qué se sabe de ella a través del archivo de Barrie? ¿Cuál es el rol determinante de esta secretaria aristócrata en su vida adulta?
    -«Ella encargó a una amiga suya que editara las cartas de Barrie para publicarlas. Esas cartas que yo he estudiado tenían marcas en lápiz con la palabra “omitir”. Cada vez que en esas cartas hay un gesto personal o demasiado íntimo, una mano ajena ha puesto esa palabra».

    -Hasta tu novela, ¿quién es Cynthia en la biogafía de Barrie?
    -«Es una gran desconocida en la vida de Barrie. Y a los fans les parece una bruja, porque no tiene relación con ese universo de niños al que se le adscribe».

    -¿Como escritora, apoyarte en su personaje ha servido para dinamizarte la historia? ¿Hubiera sido más difícil poner a Barrie como eje de la acción?
    -«Hubiera sido imposible. Mi salvación ha sido el personaje de Cynthia. Escribir una novela sobre Barrie es imposible, porque le conozco tanto que… hubiera sido muy complicado. Cynthia me ofreció otra perspectiva y me regaló mucha libertad creativa. Pero sí, tuve muchas crisis por abordar la vida de alguien que sí ha existido». 

    -Es uno de los primeros escritores mundialmente conocidos, con éxito y la condición de millonario. ¿Cómo le afectó todo esto a J.M. Barrie?
    -«Era un tío famosísimo en su época. El primer escritor que se ha considerado millonario, porque sus obras de teatro se representaban todos los años en Navidades en todas las ciudades inglesas y en un montón de sitios en Estados Unidos. Le encantaba tener una secretaria que fuera aristócrata, salir en las crónicas de sociedad… le ponía mucho el rollo burgués, su relación con la realeza [que la tuvo], pero el personaje se lo comió por completo. El lado luminoso es que él pudo ascender. Pudo adoptar a unos niños que pertenecían a la alta burguesía inglesa, pero no pudo escribir nada que le interesara a nadie como Peter Pan. Tuvo esta gran frustración».

    -Y, en torno a esa edad adulta más sombría, aparece Cynthia. ¿Qué papel ocupó ella?
    -«Le dejó todo a ella en el testamento, cuando podría haberlo hecho con esos niños. Esto fue súper polémico en las crónicas de sociedad. No conseguía escribir nada y la mujer que le acompañaba era Cynthia. Era esa figura en la sombra. Por todas esas razones, tuvo mucho que ver en su obra posterior a Peter Pan. Algunas se evidencian en Mary Rose, una novela posterior que es un trasunto de Peter Pan en mujer».

    -Ella también era escritora. ¿Por qué no trascendió su obra?
    -«Ella, por sí misma, no era una gran escritora. Tuvo algún pequeño éxito que tampoco trascendió porque no le dedicó tiempo ni fue su ocupación. No estaba muy preocupada por ello. Barrie le hizo un regalo de amor que fue donarle todo su archivo a su muerte y eso es todo un gesto. No obstante, a mí ella me interesa mucho como femme fatale. Es manipuladora, ambiciosa, con el prestigio de quedarse con su legado… Y esto, a partir de la novela y para mi sorpresa, he de decir, que genera problemas de empatía. Estoy encontrándome con mujeres que no encajan el valor del personaje».

    -Una reacción que habría que estudiar… También es una relación entre escritores, como con la segunda pareja situada en la actualidad. ¿Por qué te interesó escribir en torno a las relaciones entre estudiosos y literatos?
    -«Cuando pensé esta novela, la idea original, el amor solo estaba entre Barrie y Cynthia, pero durante mi investigación una amiga me preguntó por mi trabajo durante tres meses en una biblioteca en Yale. Mi madre también preguntaba y todos se preguntaban por mi pareja que se había quedado en España. Es decir, que también interesaba toda esa relación de amor en torno a la literatura y a lo que nos sucede a los que estamos en ese ámbito. De ahí surgió esta segunda parte comedia con unas gotas de sitcom. Los que hacemos estas cosas de biblioteca, sí, tenemos muchas fantasías».

    -Una de las ideas más interesantes de la novela es esa explosión que se produce entre los personajes cuando, en la edad adulta, con sus vidas más o menos establecidas, se conocen y se reconocen en torno a una misma inquietud. Parece algo inevitable, casi natural que, dada esta conexión, suceda ‘algo’ entre ellos.
    -«Yo me reflejo en el personaje de David, el profesor español, que, claro, a nadie le parece importante aquí. En Estados Unidos me recibieron como una eminencia, con una gran beca. Ahí se crea una dicotomía extraña, porque estás en Yale, investigando algo que es tan pequeño que… comprendes que si alguien tiene relación con eso, conecta mucho conmigo. Tú puedes estar casado con alguien que no entienda que dedique 15 años a Barrie. Sin embargo, conoces a alguien que entiende lo que haces y es casi natural que tengas un affaire. Estar en una biblioteca tres meses es estar en un mundo paralelo y encontrar a alguien en ese mundo es algo muy potente».

    -Es tu primera novela. ¿Te has sentido cómoda en el contexto de la bio-ficción?
    -«Me encanta la bio-ficción y el trabajo de David Lodge en este género. Para mi siguiente novela estoy pensando algo parecido con una escritora también muy desconocida».

    -¿Es también tu punto y final en torno a Barrie?
    -«Creo que sí. Esto ha culminado mi etapa con Barrie de alguna manera. Y creo que no existo sin Barrie ni Peter Pan, después de 15 años, pero necesitaba cerrar esta etapa con algo bello. Mi ensayo, que recibió algún premio muy importante, no lo leyó nadie. Por eso tenía esa necesidad de llevarlo a la ficción. Una novela en la que, además, hablo de mi y de mi relación con el autor».

    -Cada vez parece mejor aceptada la realidad de que la obra de Barrie en torno a Peter Pan es sombría. Hasta siniestra. Como estudiosa, ¿cómo encajas la lectura de Barrie y Peter Pan a través de Hollywood?
    -«La imagen de Barrie en Descrubiendo nunca jamás (Marc Foster, 2004) es repugnante. Pese a que es cierto que hay una imagen cada vez más siniestra, Hollywood insiste en la idea edulcorada. De hecho, acaban de poner en marcha un musical. Yo creo que no se presta a esa visión, porque el Capitán Garfio es un pirata que mata niños, para empezar. Es algo que no entiendo, pero, bueno, supongo que es una idea de que la fe infantil puede conectar con esa idea de que los sueños se cumplen. Es esa idea de cree en tus sueños y se cumplirán, que es tan falsa. Es la idea a la que le da vueltas Disney».