Etiqueta: gestión cultural

  • Cultura a la baja

    Publicado originalmente en la revista Plaza (agosto de 2019)

    El cierre de algunos comercios de nueva creación se sirve como síntoma de un estancamiento en el mercado cultural. Los datos más actualizados evidencian una caída en el gasto, mientras la Renta o el Salario Mínimo Interprofesional ha aumentado. ¿Las causas? Los expertos apuntan al poder adquisitivo real y la resituación de la Cultura como un servicio cada vez más alejado de la compra individual 

    Este verano se cierra un curso de alto interés para el análisis del consumo cultural: se cumplen cuatro años de un cambio en los tres gobiernos ligados a la capital valenciana. Gobiernos del cambio en Generalitat, Diputación y Ayuntamiento, cuya llegada a la gestión pública era demandada por los sectores creativos de manera unánime. Más o menos afines a sus pensamientos, la continuidad política de los ejecutivos provocó –como poco– una suma de distorsiones que, en algún caso, cuentan con un presente y futuro de presuntos delitos y seguimiento en tribunales (Caso IVAM). En el caso de la ciudad, el cuarto de siglo en manos del mismo grupo acumuló un balance histórico lleno de contradicciones. Finalmente, definido por el tijeretazo tras la crisis: de la penúltima a la última legislatura del Partido Popular, el recorte fue del 86%.

    ¿Cómo pudo sobrevivir la gestión cultural de València a un recorte del 86%? Sobre todo, teniendo en cuenta que el Palau de la Música no se cerró ni hubo despidos. Ni allí, ni en los museos de la ciudad, por ejemplo. Producción, programación y producción cayeron en picado y la asfixia derivó en un fenómeno que todavía no se ha estudiado lo suficiente: la creación de un sinfín de festivales urbanos, pero también de iniciativas privadas. Bares culturales, librerías con actividades constantes, galerías enfocadas a nuevos compradores y comercios atípicos. El instinto de supervivencia afectó al sector, beneficiando a una población que, en el peor momento de inversión pública, vivió un inicio de década al alza en la oferta. Sus bambalinas eran la profunda precarización del sector, definida en el ensayo El entusiasmo de Remedios Zafra. Ese encofrado de cristal para artistas y creadores es sobre el que se sostiene su modelo comercial.

    Por eso, si se acepta que el inicio de década fue un espejismo, es natural que desde la Academia y desde lo privado se pregunten hacia dónde va la Cultura. Hacia dónde va su mercado. Más allá de la actualidad comparada, con ciudades homónimas en su contexto a València (Rotterdam, Edimburgo, Vancouver), una parte de los problemas se solidificó con la ausencia de relevo por parte de la política local de esa reacción instintiva. La puesta en marcha de festivales urbanos por doquier y de comercios en torno a la Cultura de inicios de la década no obtuvo una respuesta paraguas del Ayuntamiento, que ha ido recuperando el 86% del presupuesto esquilmado poco a poco. Muy poco a poco. Hoy, todavía, el Palau de la Música consume en su solo edificio el 56% directo de todo el presupuesto de la ciudad para Cultura.

    La percepción sobre la cultura vivida y disfrutada por una buena parte de la ciudadanía no tiene relación con el Palau. A menudo, como demuestra cualquier comparativa por volumen de público, está más próxima a la extraordinaria capilaridad creada por los festivales urbanos desde la iniciativa privada. Arístides Rosell, portavoz de la Plataforma de Iniciativas Culturales y Urbanas de València, la PICUV, es claro con su diagnóstico de relaciones durante estos cuatro años: “los ciudadanos pueden hacerse una idea de la interacción del Ayuntamiento con los festivales con la típica imagen de un electrocardiograma. Altos y bajos, picos de máxima intensidad y todo lo contrario. Los picos pertenecieron al inicio de legislatura. El suelo, hacia los dos últimos años”.

    Si en algo coinciden los agentes es en lo mucho que supuso que se abrieran las puertas del Consistorio, que se entablase diálogo. Ahora bien, son entre críticos y escépticos por unanimidad sobre en qué se tradujo la escucha. “Las ayudas convocadas, no solo para festivales, fueron un tema recurrente durante muchas reuniones”, comenta Rosell. El sector había soportado en precario casi siete años de vacío. De iniciativa remando, sobre todo, ante la usencia de un gasto en Cultura suficiente y una Educación que acompañe a la idea de necesidad de Cultura para el bienestar. Las ayudas a estos festivales, pero también a todo tipo de asociaciones culturales de barrio y acciones puntuales (todas se sirven en el mismo saco), ocupan un coste inferior a la gran mayoría de conciertos de orquesta en el Palau: 150.000 euros anuales.

    Datos inquietantes: el gasto cae

    En la revista Plaza tenemos acceso a la cocina de un estudio que prepara EconCult, el brazo académicamente armado de la Facultad de Economía de la Universitat de València. Los datos en bruto, consultados en exclusiva para esta publicación, son más interesantes si se toma como base el barómetro de la ciudad. ¿Cuáles son los consumos culturales? Solo una actividad, de entre muchas, es realizada por la mitad de los valencianos al trimestre: ir al cine. Casi nadie compra un Blu-ray o un CD, pero lo más inquietante es que el 53,4% de los vecinos de València no ha comprado un libro en los últimos tres meses; el 79,5% no ha ido a un concierto; el 80,3% no ha ido ni a un museo ni a una exposición: el 80,8% no ha ido al teatro, ni a ver un clásico, ni una obra contemporánea, ni danza, ni circo. En resumen, un tercio de los valencianos, directamente no han tenido la menor actividad en un periodo prolongado.

    Pau Rausell, profesor del departamento de Economía Aplicada de la UV y director de EconCult, recuerda que en el mismo barómetro, los valencianos no interpretan que la Cultura sea una de sus preocupaciones. En un listado de 22 asuntos posibles, ocupa el número 19 y menos de un 1% tiene inquietudes por su acceso y disfrute. En un análisis preliminar de los datos, tras su aportación al interesante Informe del Estado de la Cultura 2019 dedicado, precisamente, a las políticas culturales locales, advierte un giro inesperado de los acontecimientos: “el gasto de las familias españolas en Cultura, hasta 2016, no estaba muy por debajo de la media estatal. Lo sorprendente a partir de los datos recién recabados es que, tras una pequeña recuperación, ha vuelto a caer en 2017 (datos consolidados)”.

    Lo más sorprendente de este detalle es que, aun siendo una lectura en caliente, es posible que el gasto en Cultura haya tocado suelo para un sector de la sociedad. Revisando las tablas del extenso estudio, llama la atención que las familias con rentas más bajas, mantienen sus consumos culturales. Aunque mínimos, se muestran estables. Más alarmante es lo que ocurre con las rentas medias y altas, ya que el gasto cae. ¿Interesa menos la Cultura? ¿Se consume en dispositivos y plataformas que no están siendo analizados? Lo cierto es que el porcentaje de gasto general de los españoles en Cultura cae estrepitosamente en la última década: ni más ni menos que de un 3,18% (2006) a un 2,46% (2017), dentro del gasto total. Entre los individuos con una formación más baja, el gasto ha caído desde el inicio de la crisis de manera moderada. Sin embargo, entre los individuos con mayor formación, en uno de los hechos más sorprendentes del estudio, la caída en el consumo cultural es superior. Una tendencia completamente nueva.

    El gasto por persona en Cultura desde la segmentación de las Autonomías tiene una clara relación con Renta. Por eso, el caso valenciano es singular, ya que no resulta bien parado en la estadística. Si acudimos al año 2006, a partir de los datos recabados por Econcult, mientras que Cataluña, Madrid y Baleares marcaban el primer escalón con 477, 470 y 448 euros (individuo/año), la Comunidad Valenciana (392) se situaba en el segundo peldaño junto a Navarra (407) y País Vasco (399). Su relación en este ranking ha cambiado. Pese a que es sorprendente la caída del gasto en los representantes del primer escalón, a la Comunidad Valenciana (286 euros) le han superado regiones como Aragón o Castilla y León, mientras que la inversión por persona de cada ejercicio ya está próxima a la de Andalucía o Galicia, a las que superaba en casi un 25% hace una década. Es decir, que de mantener un gasto por ciudadano propio del segundo escalón por regiones, ha pasado a la extensa zona media, a la que no acceden Canarias o Extremadura.

    No obstante, todos estos resultados se han ponderar teniendo en cuenta que no es menos cierto que durante los últimos cuatro años se han activado una gran cantidad de planes. Entre otros, por la ambición de haber echado a andar 70 planes distintos en cuatro años, destaca Fes Cultura. El plan estratégico cultural valenciano hasta 2020 ha cumplido con el objetivo de poner en marcha toda su maquinaria. Sin embargo, ¿cuál ha sido el impacto? Se ha aumentado el número de producciones y trabajadores, porque hay datos Autonómicos que avalan el repunte, ¿pero ha mejorado el consumo? Rosell es crítico con la suma de planes estratégicos y reuniones durante los últimos cuatro años (“han sido muchas”), y tiene claro que es necesario “un acompañamiento a este sector estratégico”. Según cifras de la Dirección General de Empleo de la Generalitat, algo más de 60.000 puestos de trabajo directos en 2018. Rosell llama a un “tiempo de acción. Es necesario accionar el mapa cultural de la ciudad, identificar y potenciar con los recursos disponibles las mejoras necesarias para relanzar València”. Creadores no faltan.

    De hecho, el análisis más interesante tras la última batida de datos realizada por EconCult es: ¿tiene sentido la existencia de una ciudad de creadores? De una ciudad más creadora que consumidora. En este momento, se evidencia que así lo es, por el exceso de oferta frente a la menguante demanda. La evidencia de la disfunción se encuentra en el cierre encadenado de tres comercios de gran arraigo en la ciudad, paradigma del empuje privado –ante la asfixia– de la última década. Tras el foco mediático acumulado en torno a sus cierres, sus responsables nos explican cuál es su lectura del tablero de juego que les ha expulsado (al menos, temporalmente).

    Inma Pérez Burches, propietaria de la extinta librería Dadà en el MuVIM y el IVAM

    “En València existe el consumo cultural, pero es reducido y endogámico. La misma gente que crea en torno a disciplina es su principal consumidora. Por otro lado, existe una proliferación de eventos de acceso gratuito en el que la cultura es la excusa. A la gente se le muestra que ha de pagar por la cerveza o la comida, pero no por aquello a lo que ha ido a ver o disfrutar. La frontera que divide el evento social del cultural está más diluida que nunca. La solución, como siempre, pasa por la crítica y la reflexión. Si no la hay, todos estos festivales y encuentros son ejercicios de relaciones públicas. La cultura en València, cada vez más, es la excusa. Es el medio, no el fin”.

    Luis Nácher, propietario del extinto deLUXE Pop Club

    “Mi visión es la de trabajar en una pequeña sala de conciertos durante 11 años. Durante este tiempo, la oferta ha superado a la demanda con creces. He echado de menos público más joven, pese a las dificultades que hayamos tenido para promocionarnos. Puede que no estén acostumbrados a ir a un local pequeño, pagar una entrada y disfrutar de un concierto muy próximo al artista. Quizá están más acostumbrados a los grandes conciertos gratuitos en la Plaza del Ayuntamiento de La Habitación Roja. Entre los jóvenes, el concepto de que la cultura es gratis está más arraigado. Además, a menudo la cultura es una excusa para crear un evento. A pesar de todo, València siempre es una ciudad con una gran efervescencia cultural”.

    Cristina Chumillas, copropietaria de la extinta galería Pepita Lumier

    “En València no hay mucho consumo cultural. Confundimos ocio con cultura. Por otro lado, la oferta gratuita, los festivales de barrio y algunas exposiciones transmiten el mensaje de que la cultura es un evento. La cultura se crea a partir de que haya un consumo, de que se compren libros, entradas a conciertos… y ese hecho escasea. Al menos, entre la mayor parte de la ciudadanía. Puede que el poder adquisitivo de la gente sea cada vez más limitado, pero para que haya consumo cultural en València debe haber una educación al respecto que no se da”.

  • Cultura en venta

    Publicado originalmente en la revista Plaza de agosto de 2019

    El cierre de algunos comercios de nueva creación se sirve como síntoma de un estancamiento en el mercado cultural. Los datos más actualizados evidencian una caída en el gasto, mientras la Renta o el Salario Mínimo Interprofesional ha aumentado. ¿Las causas? Los expertos apuntan al poder adquisitivo real y la resituación de la Cultura como un servicio cada vez más alejado de la compra individual 

    Este verano se cierra un curso de alto interés para el análisis del consumo cultural: se cumplen cuatro años de un cambio en los tres gobiernos ligados a la capital valenciana. Gobiernos del cambio en Generalitat, Diputación y Ayuntamiento, cuya llegada a la gestión pública era demandada por los sectores creativos de manera unánime. Más o menos afines a sus pensamientos, la continuidad política de los ejecutivos provocó –como poco– una suma de distorsiones que, en algún caso, cuentan con un presente y futuro de presuntos delitos y seguimiento en tribunales (Caso IVAM). En el caso de la ciudad, el cuarto de siglo en manos del mismo grupo acumuló un balance histórico lleno de contradicciones. Finalmente, definido por el tijeretazo tras la crisis: de la penúltima a la última legislatura del Partido Popular, el recorte fue del 86%.

    ¿Cómo pudo sobrevivir la gestión cultural de València a un recorte del 86%? Sobre todo, teniendo en cuenta que el Palau de la Música no se cerró ni hubo despidos. Ni allí, ni en los museos de la ciudad, por ejemplo. Producción, programación y producción cayeron en picado y la asfixia derivó en un fenómeno que todavía no se ha estudiado lo suficiente: la creación de un sinfín de festivales urbanos, pero también de iniciativas privadas. Bares culturales, librerías con actividades constantes, galerías enfocadas a nuevos compradores y comercios atípicos. El instinto de supervivencia afectó al sector, beneficiando a una población que, en el peor momento de inversión pública, vivió un inicio de década al alza en la oferta. Sus bambalinas eran la profunda precarización del sector, definida en el ensayo El entusiasmo de Remedios Zafra. Ese encofrado de cristal para artistas y creadores es sobre el que se sostiene su modelo comercial.

    Por eso, si se acepta que el inicio de década fue un espejismo, es natural que desde la Academia y desde lo privado se pregunten hacia dónde va la Cultura. Hacia dónde va su mercado. Más allá de la actualidad comparada, con ciudades homónimas en su contexto a València (Rotterdam, Edimburgo, Vancouver), una parte de los problemas se solidificó con la ausencia de relevo por parte de la política local de esa reacción instintiva. La puesta en marcha de festivales urbanos por doquier y de comercios en torno a la Cultura de inicios de la década no obtuvo una respuesta paraguas del Ayuntamiento, que ha ido recuperando el 86% del presupuesto esquilmado poco a poco. Muy poco a poco. Hoy, todavía, el Palau de la Música consume en su solo edificio el 56% directo de todo el presupuesto de la ciudad para Cultura.

    La percepción sobre la cultura vivida y disfrutada por una buena parte de la ciudadanía no tiene relación con el Palau. A menudo, como demuestra cualquier comparativa por volumen de público, está más próxima a la extraordinaria capilaridad creada por los festivales urbanos desde la iniciativa privada. Arístides Rosell, portavoz de la Plataforma de Iniciativas Culturales y Urbanas de València, la PICUV, es claro con su diagnóstico de relaciones durante estos cuatro años: “los ciudadanos pueden hacerse una idea de la interacción del Ayuntamiento con los festivales con la típica imagen de un electrocardiograma. Altos y bajos, picos de máxima intensidad y todo lo contrario. Los picos pertenecieron al inicio de legislatura. El suelo, hacia los dos últimos años”.

    Si en algo coinciden los agentes es en lo mucho que supuso que se abrieran las puertas del Consistorio, que se entablase diálogo. Ahora bien, son entre críticos y escépticos por unanimidad sobre en qué se tradujo la escucha. “Las ayudas convocadas, no solo para festivales, fueron un tema recurrente durante muchas reuniones”, comenta Rosell. El sector había soportado en precario casi siete años de vacío. De iniciativa remando, sobre todo, ante la usencia de un gasto en Cultura suficiente y una Educación que acompañe a la idea de necesidad de Cultura para el bienestar. Las ayudas a estos festivales, pero también a todo tipo de asociaciones culturales de barrio y acciones puntuales (todas se sirven en el mismo saco), ocupan un coste inferior a la gran mayoría de conciertos de orquesta en el Palau: 150.000 euros anuales.

    Datos inquietantes: el gasto cae

    En la revista Plaza tenemos acceso a la cocina de un estudio que prepara EconCult, el brazo académicamente armado de la Facultad de Economía de la Universitat de València. Los datos en bruto, consultados en exclusiva para esta publicación, son más interesantes si se toma como base el barómetro de la ciudad. ¿Cuáles son los consumos culturales? Solo una actividad, de entre muchas, es realizada por la mitad de los valencianos al trimestre: ir al cine. Casi nadie compra un Blu-ray o un CD, pero lo más inquietante es que el 53,4% de los vecinos de València no ha comprado un libro en los últimos tres meses; el 79,5% no ha ido a un concierto; el 80,3% no ha ido ni a un museo ni a una exposición: el 80,8% no ha ido al teatro, ni a ver un clásico, ni una obra contemporánea, ni danza, ni circo. En resumen, un tercio de los valencianos, directamente no han tenido la menor actividad en un periodo prolongado.

    Pau Rausell, profesor del departamento de Economía Aplicada de la UV y director de EconCult, recuerda que en el mismo barómetro, los valencianos no interpretan que la Cultura sea una de sus preocupaciones. En un listado de 22 asuntos posibles, ocupa el número 19 y menos de un 1% tiene inquietudes por su acceso y disfrute. En un análisis preliminar de los datos, tras su aportación al interesante Informe del Estado de la Cultura 2019 dedicado, precisamente, a las políticas culturales locales, advierte un giro inesperado de los acontecimientos: “el gasto de las familias españolas en Cultura, hasta 2016, no estaba muy por debajo de la media estatal. Lo sorprendente a partir de los datos recién recabados es que, tras una pequeña recuperación, ha vuelto a caer en 2017 (datos consolidados)”.

    Lo más sorprendente de este detalle es que, aun siendo una lectura en caliente, es posible que el gasto en Cultura haya tocado suelo para un sector de la sociedad. Revisando las tablas del extenso estudio, llama la atención que las familias con rentas más bajas, mantienen sus consumos culturales. Aunque mínimos, se muestran estables. Más alarmante es lo que ocurre con las rentas medias y altas, ya que el gasto cae. ¿Interesa menos la Cultura? ¿Se consume en dispositivos y plataformas que no están siendo analizados? Lo cierto es que el porcentaje de gasto general de los españoles en Cultura cae estrepitosamente en la última década: ni más ni menos que de un 3,18% (2006) a un 2,46% (2017), dentro del gasto total. Entre los individuos con una formación más baja, el gasto ha caído desde el inicio de la crisis de manera moderada. Sin embargo, entre los individuos con mayor formación, en uno de los hechos más sorprendentes del estudio, la caída en el consumo cultural es superior. Una tendencia completamente nueva.

    El gasto por persona en Cultura desde la segmentación de las Autonomías tiene una clara relación con Renta. Por eso, el caso valenciano es singular, ya que no resulta bien parado en la estadística. Si acudimos al año 2006, a partir de los datos recabados por Econcult, mientras que Cataluña, Madrid y Baleares marcaban el primer escalón con 477, 470 y 448 euros (individuo/año), la Comunidad Valenciana (392) se situaba en el segundo peldaño junto a Navarra (407) y País Vasco (399). Su relación en este ranking ha cambiado. Pese a que es sorprendente la caída del gasto en los representantes del primer escalón, a la Comunidad Valenciana (286 euros) le han superado regiones como Aragón o Castilla y León, mientras que la inversión por persona de cada ejercicio ya está próxima a la de Andalucía o Galicia, a las que superaba en casi un 25% hace una década. Es decir, que de mantener un gasto por ciudadano propio del segundo escalón por regiones, ha pasado a la extensa zona media, a la que no acceden Canarias o Extremadura.

    No obstante, todos estos resultados se han ponderar teniendo en cuenta que no es menos cierto que durante los últimos cuatro años se han activado una gran cantidad de planes. Entre otros, por la ambición de haber echado a andar 70 planes distintos en cuatro años, destaca Fes Cultura. El plan estratégico cultural valenciano hasta 2020 ha cumplido con el objetivo de poner en marcha toda su maquinaria. Sin embargo, ¿cuál ha sido el impacto? Se ha aumentado el número de producciones y trabajadores, porque hay datos Autonómicos que avalan el repunte, ¿pero ha mejorado el consumo? Rosell es crítico con la suma de planes estratégicos y reuniones durante los últimos cuatro años (“han sido muchas”), y tiene claro que es necesario “un acompañamiento a este sector estratégico”. Según cifras de la Dirección General de Empleo de la Generalitat, algo más de 60.000 puestos de trabajo directos en 2018. Rosell llama a un “tiempo de acción. Es necesario accionar el mapa cultural de la ciudad, identificar y potenciar con los recursos disponibles las mejoras necesarias para relanzar València”. Creadores no faltan.

    De hecho, el análisis más interesante tras la última batida de datos realizada por EconCult es: ¿tiene sentido la existencia de una ciudad de creadores? De una ciudad más creadora que consumidora. En este momento, se evidencia que así lo es, por el exceso de oferta frente a la menguante demanda. La evidencia de la disfunción se encuentra en el cierre encadenado de tres comercios de gran arraigo en la ciudad, paradigma del empuje privado –ante la asfixia– de la última década. Tras el foco mediático acumulado en torno a sus cierres, sus responsables nos explican cuál es su lectura del tablero de juego que les ha expulsado (al menos, temporalmente).

    Inma Pérez Burches, propietaria de la extinta librería Dadà en el MuVIM y el IVAM

    “En València existe el consumo cultural, pero es reducido y endogámico. La misma gente que crea en torno a disciplina es su principal consumidora. Por otro lado, existe una proliferación de eventos de acceso gratuito en el que la cultura es la excusa. A la gente se le muestra que ha de pagar por la cerveza o la comida, pero no por aquello a lo que ha ido a ver o disfrutar. La frontera que divide el evento social del cultural está más diluida que nunca. La solución, como siempre, pasa por la crítica y la reflexión. Si no la hay, todos estos festivales y encuentros son ejercicios de relaciones públicas. La cultura en València, cada vez más, es la excusa. Es el medio, no el fin”.

    Luis Nácher, propietario del extinto deLUXE Pop Club

    “Mi visión es la de trabajar en una pequeña sala de conciertos durante 11 años. Durante este tiempo, la oferta ha superado a la demanda con creces. He echado de menos público más joven, pese a las dificultades que hayamos tenido para promocionarnos. Puede que no estén acostumbrados a ir a un local pequeño, pagar una entrada y disfrutar de un concierto muy próximo al artista. Quizá están más acostumbrados a los grandes conciertos gratuitos en la Plaza del Ayuntamiento de La Habitación Roja. Entre los jóvenes, el concepto de que la cultura es gratis está más arraigado. Además, a menudo la cultura es una excusa para crear un evento. A pesar de todo, València siempre es una ciudad con una gran efervescencia cultural”.

    Cristina Chumillas, copropietaria de la extinta galería Pepita Lumier

    “En València no hay mucho consumo cultural. Confundimos ocio con cultura. Por otro lado, la oferta gratuita, los festivales de barrio y algunas exposiciones transmiten el mensaje de que la cultura es un evento. La cultura se crea a partir de que haya un consumo, de que se compren libros, entradas a conciertos… y ese hecho escasea. Al menos, entre la mayor parte de la ciudadanía. Puede que el poder adquisitivo de la gente sea cada vez más limitado, pero para que haya consumo cultural en València debe haber una educación al respecto que no se da”.

  • J.R. Seguí: “El drama de la política cultural es la ausencia de proyecto y la destrucción de lo anterior”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    José Ricardo Seguí estudió filología y empresariales, pero es conocido como periodista cultural. Además, ha sido becado por la Fundación Shakespeare y por la German Marshall Found of United States para la formación de periodistas. Por eso, si alguien le considera maestro, más allá de lo escrito durante los últimos 35 años, tiene argumentos fundados. Ha sido, indistintamente, autor de los magacines No tocar y Barraca Magazine, colaborador de La Vanguardia, El Mundo o Popular 1. Ha escrito, coescrito o participado en la publicación de una docena de libros, ha ideado y proyectado exposiciones y encuentros de arte, ha sido miembro de una infinidad de jurados en concursos de muy distintas disciplinas, ha participado como moderador y ponente en otra infinidad de congresos y atesora algunos premios que dan cuenta de su intensa trayectoria.

    Sin embargo, a “J.R. Seguí” se le reconoce por este firma a lo largo de tres décadas en Levante EMV. Durante la segunda mitad de ese periodo, fue jefe de Cultura, editorialista y otras tantas labores en este periódico. Rutinas diarias que compaginó con algún proyecto institucional, como Les Mogudes de la Dipu o el Circuit Rock. Al inicio de su trayectoria hizo un paréntesis para abrir uno de los clubs de conciertos más recordados de València: Garage. Fue promotor de algunos de los directos internacionales más inesperados de la ciudad, aunque no tardó mucho en volver a ejercer como plumilla. Y aquí sigue, como columnista de Valencia Plaza y colaborador habitual de la revista Plaza. Aunque su bagaje es extenso, esta es una aproximación a su visión actual del oficio de periodista cultural y lo que le rodea.

    -¿De padres periodistas?
     -No.

    -Filólogo, pero periodista cultural. ¿Cómo surgió la oportunidad?
     -Estudié filología. Durante mi etapa universitaria inicié la publicación de un fanzine con cuatro amigos. A uno le gustaba la música, al otro el cómic, otro que escribía bien, otro pintaba bien… Se llamó No tocar y solo tuvo dos números. Hablábamos de literatura, arte, tebeos, ilustración… Uno de los dueños de Barraca lo vio y me pidió hacer un fanzine para ellos. Era el mismo rollo, blanco y negro offset, pero con más recursos. Con aquello me planté en Noticias al Día, donde resulta que estaba Abelardo Muñoz al frente de Cultura. Me sonaba de algo, porque era mi vecino. Me compró algún artículo para el suplemento y ya me enganché a publicar allí. Cuando me di cuenta, estaba dentro, mientras seguía estudiando. Abelardo me enseñó el Nuevo Periodismo, me orientó y fue mi primer maestro.

    Noticias al Día y Qué y Dónde, para los que trabajaste, destacaron bastante en la información cultural de los 80.
     
    -Eran los medios progres del momento en València junto a la Cartelera Turia. Allí publicaba de todo: crónicas de conciertos, reportajes, artículos de opinión. Me pedían muchas cosas, sobre todo en torno a la ‘movida valenciana’, que era donde tenía más relaciones.

    -¿Qué disciplinas artísticas eran las que más te atraían?
     -Todo lo que tuviera que ver con la música y el cómic. También la literatura, creo, pero no me pedían nada de eso. Total, que sin darme cuenta me había hecho un buen book de artículos. Me fui a Levante, les enseñé lo que hacía y me ficharon. Todo esto siempre como freelance.

    -Tu marca tenía mucho que ver con estar conectado a los Carlos Simó, Vicente Mañó…
     -Es que nadie estaba cubriendo ese ámbito en los periódicos. En Levante EMV supieron verlo. Estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno. Mis espacios naturales de ser joven y disfrutar eran Planta Baja, Gasolinera, Barro y Pyjamarama… Seguía estudiando y para mí era casi una diversión. Sin darme cuenta, me convierto en ‘el chiquito’ que está en esos sitios, pero lo cuenta en un periódico. Porque otros sí lo hacen para otros medios, como Rafa Cervera, que además de en su fanzine Estricnina, empieza a estar aquí o allá. Más tarde, porque te hablo de mediados de los 80 o un poco antes, está Jorge Albi en la radio y tal.

    -Pero tu carrera como periodista cultural se interrumpe momentáneamente: te conviertes en el promotor de Garage.
     
    -‘Napo’ Beltrán me ofrece irme a Arena Auditorium, al grupo, para montar Garage. La relación es interesante, porque como otras veces, nace de que les doy una hostia por no dejarme entrar a un concierto. Ere el concierto de los Psychedelic Furs, pero aquello estaba hasta arriba, yo iba con el fotógrafo de Levante a hacer mi reportaje y resulta que no me dejan pasar. Pues hale, una hostia a cuatro columnas. Total, que discutimos, pero eso hace que hablemos. Nos disculpamos y me propone montar Garage poco después.

    -Garage se convierte, tras Arena, en la otra sala trascendental en València para conciertos internacionales. ¿Qué edad tenías? ¿Quién estaba contigo?
     
    -Tendría 25 o 26 años, porque abre en el 87. Emilio Ruiz se encargaba de la parte de promotor y gestor y yo me llevo a Remi Carreres (bajista y compositor en Glamour y Comité Cisne). Está trabajando conmigo porque necesitaba más brazos y Remi, con quien me llevaba genial, pensaba como yo. Para currar, mejor tener a alguien que, oye, ya que vamos a hacer conciertos, quiera ver a los mismos grupos que tú y se implique. Hacía su labor de relaciones públicas de forma natural, compartíamos mucha música. Emilio ha sido para mí un referente, una auténtica máquina de trabajar y trascendental para la música en València en aquel momento.

    -¿Por qué funcionó tan bien?
     
    -La idea era crear un club al estilo británico. Un club de nueva cultura para València, con mucha personalidad. Nos mirábamos en el Marquee, en The Haçienda, en el Astoria Theatre. Y eso pasaba, en gran medida, porque aquí también actuaran los mejores grupos británicos.

    -¿Cómo conseguisteis que vinieran? ¿Quién hace de enlace con Londres o Manchester?
     
    -Nosotros hacemos una lista con las 50 bandas que queremos que vengan a tocar a Garage. Esa lista se la damos a Robert Mills, ‘El inidio’, un tipo que ahora vive en Barcelona, pero que hace de enlace con Reino Unido. Cuando la ve, flipa. Flipa porque ve que es coherente y que entiende lo que queremos traer. No era tan difícil de entender la lista, porque nosotros leíamos Melody Maker o NME, comprábamos ese tipo de discos. Emilio, Remi y yo queríamos ver a esos grupos y Robert podía traerlos. Además de eso, también había propuestas de promotores locales.

    -Y bandas locales.
     -Esa era otra pata fundamental. Queríamos que los grupos locales actuaran en buenas condiciones. Yo estuve un año, pero durante ese tiempo, todos los grupos locales cobraron su caché, tuvieron su camerino, su backline y su catering.

    -¿Qué bandas que pasaran por Garage te vienen a la cabeza casi sin pensar?
     
    -A Certain Ratio, Jazz Butcher, Dream Syndicate, The Replacements, Flesh For Lulu, La Resistencia, Seguridad Social, Inhibidos Quizás, Falsa Pasión… Me vienen a la cabeza con facilidad porque guardo los carteles todavía.

    -¿Está justificada la nostalgia feliz de aquel tiempo en València?
     
    -A ver, hay que entender el contexto. Aquí todo era novedad. En València, en los 80, hicieras lo que hicieras, todo era nuevo porque veníamos de la nada. No hubo un plan. Fuimos jóvenes y nos divertimos. La magia del momento, la potencialidad del asunto, tiene que ver con eso. Nadie pensó que fuera a cambiar el mundo. Hacíamos lo que nos daba la gana y eso era mucho. Te daba alas a tener una actitud de decir, pam, traigo a A Certain Ratio. Por qué no. Unos hacían conciertos, otros cómics, otros fanzines… Lo importante era que podíamos hacer lo que nos diera la gana.

    -Pero vuelves a Levante. ¿Te quema la noche?
     
    -Me mata. La noche no es para todos. Una cosa es un concierto, un fin de semana o tres. Aguanté un año en Garage. Alguien de Levante me dijo que me dejara caer. El director, que entonces era Ferran Belda y ahora es amigo íntimo, me dijo, ‘que sepas que te doy un contrato de seis meses porque no confío en ti’. Cuando se acabaron los seis meses me hicieron indefinido y allí estuve hasta abril de 2015. Belda acabó siendo otro referente y un gran maestro para mí.

    -Me han dicho que la alineación de esa redacción de Cultura en Levante era de alto voltaje.
     
    -El redactor jefe era José Vicente Aleixandre y luego estábamos Xuso Civera y Ventura Melià, con los que he trabajado casi 30 años. Nunca he tenido diferencias con ellos. Ni siquiera separamos las disciplinas. Y estábamos estupendamente. Fue un equipo inigualable que diría que dejó una huella en el periodismo cultural valenciano. Aprovecho para decir que, siendo el último en llegar, cobraba más de lo que cobra ahora un redactor en cualquier sección. Uno que acabe de llegar. Se cobraba más, considerablemente, mientras que la vivienda y la cerveza eran bastante más baratas que hoy.

     -¿La competencia con Las Provincias ya era fuerte?
     
    -Era durísima. Como te he dicho, estuve en el momento adecuado en el momento oportuno, porque la generación de Levante quería quitarse el estigma de haber sido prensa del Movimiento. Eran todos muy jóvenes y querían convertirse en lo que ya eran, en el diario progre, muy próximo a la ciudad, muy independiente. Era un diario muy de su tiempo. Y aunque la competencia periodística era sana, entre los periodistas era sana, la de las cabeceras era durísima.

    -Antes de adentrarnos en los 90, ¿por qué fue tan fructífera esa etapa en la creación de políticas culturales? ¿Por qué trasciende tanto?
     
    -Por lo que te decía: no había nada, todo se hace. Y hay criterio. Ciprià Ciscar sabe rodearse de gente interesante. Sabe escuchar, que es poner en práctica lo que la gente inteligente que te rodea te dice, no escuchar para no hacer nada. Se rodea de gente importante en el teatro, en el cine, como Muñoz Suay. Y el gasto, lejos de lo que se piensa, está muy racionalizado. El IVAM no es caro. A mí me parece que sale baratísimo. Las cosas salen baratas cuando sabes lo que quieres hacer.

    -Hagamos historia comparada. ¿Cuál es la diferencia con el momento actual?
     
    -Que ahora hay gestores, pero no hay proyecto. No hay políticas. Los 80 salen beneficiados porque suponen un tiempo de iniciación, de creación. Todo es bienvenido y hay entendimiento con la sociedad, hay viento favorable desde el periodismo, sin tener por ello que abandonar la crítica.

    -Que la sociedad esté por la labor de modernizar, de dejarse atraer por los impactos culturales, seguramente da alasEl caso del IVAM es paradigmático por su consenso social… [interrumpe].
     
    -…¡pero no político! De un lado estaba Tomas Llorens, que quiere crear el Institut Valencià d’Art Modern. De otro lado, Aguilera Cerni, que quiere crear el Institut d’Art Modern Valencià. El detalle era mayúsculo. Pero Llorens venía rodeado de gente como Alfaro, Genovés, Mompó o Arroyo. Vino con todos los pesos pesados y se logra que el IVAM sea un referente del arte contemporáneo para Europa, el primero en España al que imitaría el resto. De haber optado por un museo sobre arte valenciano, ¿de qué estaríamos hablando hoy al hablar del IAMV?

    -Gracias a la ‘movida valenciana’, a sus conciertos internacionales o al IVAM, que un periodista cultural valenciano interaccionara con artistas extranjeros era una cosa natural. ¿Qué entrevistas te pasan por la cabeza?
     
    -De no ser por el IVAM, no hubiera entrevistado a figuras del arte importantes en cada momento. Por supuesto. Me pasan tantos por la cabeza… Pero bueno, con la música, otro tanto. Mi sensación es que he entrevistado a miles de personas. Me vienen a la cabeza Jim Kerr, Siouxsie Sioux, Eric Burdon. Con Alan Vega me he ido por ahí, con Depeche Mode, además de irnos de fiesta, les enseñé la ciudad. Vestidos de cuero de arriba abajo, llamaban un poquito la atención por Colón. Me lo pasé muy bien comiendo con Echo & the Bunnymen en una pizzería de Convento Jersualén.

    -Los Carlos Simó, Vicente Mañó y otros actuaban desde la empresa privada. ¿Qué nombres crees tú que desde lo privado fueron fundamentales para aquella efervescencia?
     
    -Simó en la noche, Mañó con conciertos, pero también Rodolf Sirera para el teatro, Carles Mira… En el arte, Miquel Navarro, Carmen Calvo, Sanleón, Morea…; en la moda, Montesinos y los Mariscal…; en el cómic, Daniel Torres, Micharmut, Sento Llobell, Mique Beltrán… En cada disciplina había un ramillete de nuevos creadores que hoy son lo que son. Y allí estaban. O sea, aquí, en València. Creando todos a la vez.

    -En la nada. ¿Qué había antes?
     
    -A nivel asociativo, que es importante, había cuatro cosas. La Sociedad Filarmónica, el Ateneo Mercantil, el San Pío V que era un desastre, la Academia de Bellas Artes de San Carlos y poco más. Si eres político y progresista y llegas a aquel páramo, pues, claro, haces cosas. Haces tu plan urbanístico, haces el IVAM, recuperas a todos los niveles el Centre del Carme, logras la ampliación del San Pío…

    -¿Y para que la ciudad se activase tanto, crees que pudo tener algo que ver que su alcalde tuviera 34 años?
     
    -Bueno, sin duda. Sin duda es importante. Se nota. Se ponen muchas cosas en marcha a la vez desde el Ayuntamiento. Se entra en el plan estatal de auditorios, pero no solo eso, porque se crea la Trobada de Música del Mediterrani, la Mostra de Cinema, el Encontré d’Escriptors, se intenta crear una Universidad al respecto…

    -La ansiada capitalidad cultural mediterránea. ¿Por qué esta línea?
     
    -Porque València no era nada a nivel internacional y tenía todo el sentido ocupar ese lugar. ¡Ves, no? Había un proyecto. Íbamos a eso. Teníamos que conseguir eso.

    -Era ambicioso, pero quizá había vientos favorables teniendo en cuenta que en el Estado, la Generalitat y hasta en la Diputación había mayorías absolutas del mismo partido que gobernaba la ciudad.
    -Sí y no, ojo. Que en los gobiernos valencianos, los representantes eran de tres familias distintas. Aquí estaban los lermistas, los ciscaristas y los asuncionistas. Pero había un pacto de no agresión. De ninguna agresión. Y, bueno, sí, es cierto. Había colaboración. La Diputación hace un número de cesiones, de la Sala Parlalló al Principal, que son muy importantes luego para todos. Hay cordialidad.

    -Ahora los gobiernos valencianos también están alineados, si es que esa alineación se debe regir por una cuestión de partidos.
     -El problema ahora es otro. Son otros problemas. No hay proyecto, insisto. Creo que me van a leer varias veces esto la entrevista, pero es que no hay proyecto. El conflicto, el drama de la política cultural valenciana, es la ausencia de proyecto. Y la destrucción de lo hecho por el anterior.

    Desarrolle esta última parte de su teoría.
    -La capitalidad cultural del Mediterráneo nos situaba en un contexto global. València tenía que ser referente en algo y el espacio estaba descubierto. Teníamos razones históricas y patrimoniales para aspirar, pero sobre todo voluntad política. ¿Por qué se desdibuja por el camino? ¿Por qué nos quedamos a mitad? Por cuestiones políticas. Porque cuando hay un cambio de gobierno, el que llega, ha de arrasar con lo que se haya hecho.

    -¿Y no te parece que esto es todavía más evidente en el caso de la Cultura? 
     -Es especialmente sensible, puede ser. Pero es que son visiones del mundo muy diferentes. Pero es grave, ¿eh? Es grave. Porque el Palau de la Música es el Palau de la Música, sea quien sea su responsable. No puede ser una verbena. El Prado, lo dirija quien lo dirija, es El Prado. Las instituciones culturales funcionan si tienen claro su objetivo.

    -En las artes plásticas y en las escénicas, hay una queja latente y otra constante sobre la fórmula de gestión a través de comisiones. Es decir, la de los nuevos directores que, gestionando tras ser elegidos por concurso público, sacan también a concurso buena parte de las exposiciones e incluso de la programación. Rodolf Sirera, por poner un ejemplo de alguien que ya ha salido en la conversación, se queja de que no haya responsables al frente de las instituciones que firmen la programación y de que una buena parte de las nuevas estrategias se diluya en comisiones.
     
    -Bueno, pero eso es otra cosa. Eso es clientelismo. Es la forma de quedar bien con mucha gente y, a la vez, no complicarte la vida. El Centre del Carme, por poner un ejemplo que supongo está en entredicho por lo que dices, funciona de maravilla. Va mucha gente. Ahora, no tengo ni idea de cuál es su línea. No sé qué hace, pero va mucha gente y, ojo, eso es positivo. Lo lógico es que si alguien cobra un sueldo por ser el responsable de un centro, tenga una línea y tome decisiones en su nombre. Porque así puede ser evaluado y podemos calcular su eficiencia. Objetivos y planes conocidos, y decisiones a menor escala, tangibles. Si se diluye en comisiones que eligen exposiciones, líneas… Es imposible evaluar y es imposible que un espacio tenga una repercusión que trascienda lo inmediato de cada sarao, de cada inauguración, de cada ‘evento cultural’. Pero bueno, que si quieres hablamos de esos concursos públicos, porque lo de los cargos públicos elegidos sin injerencia es mentira. Están influidos, y ya está. Hay que decirlo. Se influyen desde las comisiones, desde decisiones de todo tipo, desde baremos a puntuaciones. No son concursos ‘libres de carga’. ¿Y cómo lo sabemos? Pues porque no están los mejores en los sitios donde deberían estar. Si quieres te pregunto a ti por À Punt en ese sentido…

    «EN LOS ÚLTIMOS CUATRO AÑOS SOLO LEO PLANES, PERO NO VEO OBJETIVOS. Y MUCHO MENOS RESULTADOS, CLARO».

    -(río) Las preguntas las hago yo, si me dejas.
     
    -Mira, a mí la línea de (José Miguel G.) Cortés me puede gustar más o menos. Me puede parecer bien o mal, pero sé cuál es. Sé a dónde va. Veo cuáles son sus sensibilidades, como interpreta los recursos que tiene el IVAM y, a partir de ahí, le evalúo. Ya te digo que me puede gustar más o menos. Cuando han pasado por el Rialto los Tordera, Morera o Zamora, he sabido qué querían. He comprendido qué hacían y su estrategia estaba clara. En los últimos cuatro años solo leo planes, pero no veo objetivos. Y mucho menos resultados, claro.

    -Planes, estrategias, objetivos. Habrá quien piense que la distancia para que haya cambios es solo una cuestión de palabras.

    -Pues habrá que explicar que esa no es la diferencia. Yo los planes los hago el fin de semana o en verano. Digo, voy allí o voy allá. A lo mejor al final no voy allí, pero tengo el plan hecho. Ahora bien, si digo: este es mi objetivo. Tengo claro que me he comprometido con ello. La gestión pública es compleja, no lo niego, pero aquí lo que veo es mucha falta de espenta. Si es que yo tengo algo que decir, que lo digo porque tú me preguntas, digo que no he entendido la política cultural de este gobierno actual. Del valenciano. Y la prueba, creo, está en que ahora están saliendo las voces críticas. Las voces que han estado cuatro años calladas, a la espera, supongo. Pero no va más.

    -¿Va a ser una legislatura complicada?
     
    -Muy complicada. ¿Tú cómo la ves?


    -¿Las preguntas las sigo haciendo yo?
     
    -…también es cierto que somos herederos de un pasado sin el menor criterio. Vivimos en una ciudad que ha hecho gestión cultural sin criterio. Mira, ¿tú sabes por qué se hace el Palau de les Arts?

    -Para que el Gobierno de Zaplana tuviera uno o varios edificios de ideación propia y algo tan grande y costoso como la Ciudad de las Artes y las Ciencias no trascendiera como un legado lermista, que lo es.
     
    -No es eso. Mira, ahí iban las Torres de Comunicaciones. Las torres de Calatrava, que son parecidas a las que hay ahora en Malmö (Suecia). El PP quiere parar el proyecto de estos rascacielos, pero Calatrava, al parecer, amenaza con demandarles, con los cimientos ya hechos. Entre tanto, Olivas dice de hacer allí una fuente. Un chorrito allí, con los cimientos ya hechos. Sobre la marcha, un conseller narra que se va a Suiza a ver a Calatrava. Y Calatrava le pinta una acuarela y le dice, ¿te gusta? Y el conseller, me cuenta que dice, sí. Se la firma y dice, toma, para ti. Y el conseller vuelve con las acuarelas, según me ha contado. Y aquella acuarela tan bonita resulta que era, finalmente, un teatro de ópera. Pero que fuera para una ópera o para un teatro de danza contemporánea o para lo que fuera ya se decidiría más tarde.

    -¿Quieres decir que los edificios se proyectaban sin tener definidos su uso?
     
    -Se dibujaban, sí. ¿A ti el museo de las Ciencias, qué te parece? ¿No te parece un aeropuerto? ¿No te parece una galería de cristal a la que se engancha los fingers (los brazos que conectan el embarque con los aviones)? Porque a lo mejor resulta que aquel edificio era para un aeropuerto, pero bueno, luego resulta que va allí en medio. Me dicen que cuando llegó Zubin Mehta a Les Arts le preguntó al arquitecto que dónde estaba el foso para la orquesta de la ópera. ¡Zubin Mehta, que no podías haber fichado a nadie más prestigioso ni más caro para dirigir una ópera! El arquitecto le señaló dónde iba supuestamente la orquesta y Zubin Mehta le dijo que, efectivamente, allí no cabían ni 40 personas, mientras que en la orquesta tenían que entrar unas 100 con sus instrumentos. Y así se hacía todo. Sobre la marcha. Que es el único teatro de ópera al que se accede por detrás, que tienes que cruzar el edificio para poder entrar, algo que se desconoce si existe una cosa más surrealista en el mundo. ¿Y cuánto dinero costó ese proyecto, pregunto?

    -Has cogido carrerilla con lo de preguntar. Me suena que unos 300 millones de euros.
     
    -400. Solo los bajos donde ahora está Berklee costaron 95 millones de euros, según me aseguran las fuentes de su gestión económica. ¡Unos bajos! El lateral del edificio costó 95 millones de euros. No puedo cuestionar que València tenga una ópera, pero cuestiono qué sucede cuando no hay proyectos públicos. Nadie sabía que aquel bajo iba a costar 95 millones de euros. Nadie sabía que Les Arts costaría 400 millones de euros. Hubiera sido inasumible, pero entonces se valía no saber a dónde se iba, qué se hacía. Ahora tampoco se sabe, por diferente motivo.

    -Ya que te has puesto a cuestionar y que hablamos de orquestas. ¿Tiene sentido que una ciudad, con los recursos económicos que tiene València, tenga dos orquestas?
     
    -No. Obviamente, lo cuestiono. Y no tenemos dos, tenemos tres, que la Diputación de Alicante paga otra. ¿Y qué sucede? Que todas viven en precario. Van al límite. Están incompletas. Les faltan músicos. Les faltan solistas. En cambio, podrías tener la mejor del Sur de Europa sumando presupuestos. Es cuestionable, sin duda.

    -¿Es cuestionable que el Palau de la Música ocupe el 56% del presupuesto de Cultura de la ciudad? Porque no tengo claro que la cultura que viven valencianas y valencianos suceda en el Palau, que, por cierto, no trasciende a su edificio.
     
    -València ha crecido de forma desorbitada y desordenada. Y la Cultura ha crecido de forma ilógica, en comparación a cómo lo ha interpretado el Ayuntamiento. Hay cosas que no tienen sentido desde un punto de vista de eficiencia económica, como tener dos orquestas, pero también como lo es tener dos grandes auditorios. El problema es que Les Arts se crea como un icono. Como le dijo Calatrava un día a una concejala, ‘tú no ibas de pequeña al aeropuerto a hacerte fotos, pues aquí tienes la foto’. Es triste como planteamiento, pero más triste es que si creas cuatro salas (las de Les Arts) no lo hagas con un plan para asumir contenido de otros sitios, como por ejemplo, el del Palau de la Música. El Palau de la Música podría haber quedado para otras cosas: para las bandas, para el jazz, el flamenco, como espacio de conferencias idóneo en el centro de la ciudad. Lo digo, sobre todo, por dotar de contenido a Les Arts, que es inabordable. Para abrir la sala Martín y Soler de Les Arts hacen falta cinco personas de seguridad, más toda una alineación de técnicos. ¡Una sala pequeña! ¿En qué mente cabe eso?

    -Políticamente, creo que hubiera sido inasumible que el Palau de la Música hubiera perdido a la Orquesta de València. Por público y tradición.
     
    -Sí, por público. Es cierto que el Palau tiene un público fiel, pero es que además de eso el Palau no es el que era…

    -¿A qué te refieres?
     
    -A ver, el Palau de la Música que yo recuerdo tenía actividad casi todos los días. No solo música y ni mucho menos de la OV. Pero no paraba. Era una actividad constante, quizá justificable con el margen de presupuesto que dices. No entiendo qué ha cambiado. Yo no veo que tenga menos personal y el margen de presupuesto ha crecido, en comparación. Serán más caras las contrataciones, no lo sé.

    -Estamos cruzando la gestión de la Administración autonómica con la local. Quizá alguien se pierda, pero no sé si queda claro dónde está el problema.
     
    -Hay para todos. ¿A ti no te sorprende que la nueva Secretaria Autonómica de Cultura sea la exalcaldesa de Sueca que acaba de perder las elecciones? Yo no puedo dejar de suponer que sea muy buena persona, que tenga mucha sensibilidad, pero yo me pregunto, ¿no deben estar los mejores en los mejores puestos? En una secretaría autonómica… Pero mira, que es un caso, que es reciente, no me pongo porque si no, a lo largo de mi trayectoria tengo 200 de estos…

    -¿Canal 9 fue alguna vez clave en la generación de un star system cultural?
     
    -No ha habido star system cultural valenciano, por mucho que intentara venderlo así Esteban González Pons o por mucho que, sorprendentemente, lo vendan ahora con las mismas palabras los actuales gestores de la tele. Pero bueno, Canal 9 bastante problema tenía con ser lo que era. Una empresa pública de radio y televisión con más de 1.600 trabajadores. A día de hoy, no entiendo cómo pudo aguantar. Tengo amigos que estaban en Canal 9 y que están ahora en À Punt y que se quejan de lo mucho que trabajan. Tú estás en una redacción, yo he estado 30 años. Somos periodistas y, en fin, sabemos de lo que hablamos… Entiendo que ahora estén agotados, pero sobre todo espero que no se les ocurra pensar que tener a 1.600 trabajadores era algo normal.

    -¿Qué esperas o qué piensas de À Punt, cumplido su primer año y medio de vida?
     -À Punt es necesario, sin duda, pero ha sido parido con demasiadas prisas y con demasiada intencionalidad política. No se maduró suficientemente y esto tiene mal arreglo. Hubiera esperado más tiempo, más consenso, más evidente, menos prisa política. Lo gracioso, por no decir otra cosa, es que la prisa política no ha servido para que ningún partido del Gobierno lo use a su favor. Me preocupa ver cosas que pertenecen a un modelo de los 90, que me transmiten ese modelo. No es que mis hijos ya no vean la tele así, es que ni yo veo la tele así. Ni la radio, qué decir.

    -Parece que las culpas de casi todo estén en lo público. ¿Qué parte de responsabilidad de una mala gestión de recursos culturales o comunicacionales está en la gestión privada?
     
    -En la gestión privada no, en la sociedad civil. Hay una ausencia total de sociedad civil. Hay ausencia de reivindicación y de autocrítica, y no se me ocurre nada más preocupante. La sociedad civil está como apartada y, si no vuelve a tener protagonismo, no habrá un rearme cultural. Si no hay rebeldía, no hay crítica, no hay proyecto con el que ser crítico… vamos mal.

    -Al criterio y a la crítica tampoco ayuda el estado desnaturalizado de los medios. O, al menos, desnaturalizado con respecto a los 80 y 90.
     
    -Es que hay mucho miedo a perder el trabajo. Demasiado. Hay mucho desconocimiento en las materias, en el caso cultural. Y hay pocas ganas de complicarse la vida, porque la gente joven ahora está a otras cosas. También creo, desde mi edad actual, que solo la madurez te permite ser crítico.

    -En mi caso, te aseguro que la valentía desde la ignorancia ha servido de mucho.
     
    -Sí, bueno. Pero es cierto que, como ecosistema mediático, desde los 90 solo vamos a menos. Los periódicos ya no son determinantes como vehículos de comunicación. La percepción social es que la información y los medios son gratis. Esto provoca que su financiación venga, en gran medida, del sector público. Más sustento de lo público que de lo privado y, claro, acaba influyendo. Hace también que las personas que podrían opinar y deben opinar estén fuera del sistema.

    -¿Por ser incómodos?
     
    -Sobre todo, por ser caros.

    -Has escrito de la gestión pública y privada en la Cultura en torno a València y la Comunidad Valenciana durante más de tres décadas. Me tienta mucho pedirte un ranking de despropósitos, aunque sea en prosa.
     
    -¡Es que son muchos! Yo que sé. La Ciudad de la Luz era interesante si no hubiera costado 400 millones, la hubieran situado en Alicante porque había que encontrar alguna cosa nueva que hacer en Alicante y no hubiera acabado anulada por Europa. El proyecto de Berlanga, como sabrás, era hacerla en Sagunto. En La Nave, porque a nosotros no nos hace falta tener una ciudad de estudios como la Warner en Hollywood. Pero coincide con algún ciclo electoral y se lo llevan a Alicante. También porque el segundo ciclo de interés de aquello es el proyecto de un montaje de urbanizaciones y hoteles de lujo en terreno rústico a su alrededor. Y un parque de atracciones. La crisis paraliza ese súper proyecto secundario. El 80% de los contratados en Ciudad de la Luz, mientras dura, son ‘hijos de’ y ‘vinculados a’. Y, por si fuera poco, lo gestiona una empresa externa. Una empresa pública, pero gestionada por una empresa externa. Todo claro, ¿no?.

    -Ciudad de la Luz está bien, pero hay más despropósitos difíciles de explicar alguien que no sea valenciano: Ciudad de la Euforia, Alquería del Artista…
    -La Ciudad de la Euforia, del que nadie se acuerda, efectivamente, es un proyecto de Irene Papas. Zaplana necesitaba gente alrededor que aplaudiera y le diera caché, y lo de Irene Papas le venía muy bien. Pero también tuvimos La Ciudad de los Pueblos.

    -¿Cómo?
     
    -Sí, hombre, en el psiquiátrico la querían hacer. Un parque de atracciones con espacios ‘reconocibles’ del territorio valenciano. Como lo de Poble Nou en Barcelona o Getafe en Madrid. ¿Pero se te ocurre mayor despropósito que el Palau de les Arts, que si no tuviera ni un solo día de actividad ya cuesta más de cuatro millones de euros mantenerlo en pie? ¡Al año!

    -Es el presupuesto de algunos teatros situados entre lo más alto de los rankings estatales de crítica y público.
     
    -Hay despropósitos que son difíciles de ver, como tener decenas, no sé si centenares de salas de exposiciones en la Comunidad Valenciana, en distintas gestiones administrativas. Tener salas de teatro estupendas en la ciudad de València cerradas, es un despropósito. Que los políticos programen, hoy, es un despropósito.

    -Para cerrar la traca que nos has dejado con algunos masclets, algunos nombres propios a definir en pocas palabras. Si te apetece. ¿Ricard Pérez Casado?
     
    -Un buen alcalde.

    -Rita Barberá.
     -Una ilusionista.

    -Joan Ribó.
     -Un gestor.

    -Joan Lerma.
     -Un político.

    -Eduardo Zaplana.
     
    -Un ambicioso.

    -Francisco Camps.
     -Un iluminado.

    -Ximo Puig.
     -(Piensa más que con ningún otro nombre) El actual president de la Generalitat.

    -Ciprià Ciscar.
     -Alguien que supo escuchar.

    -Consuelo Ciscar.
     -Se le fue la pinza.

    -Tomas Llorens.
     
    -Un tipo con ideas.

    -Felipe Garín.
     -Un tipo interesante.

    -Helga Schmidt.
    -Una máquina de trabajar. Una bestia.

    -¿Vicent Marzà?
     
    -¿Quién?

    -Mayrén Beneyto.
     -Muy lista.

    -Glòria Tello.
    -Muy desconfiada.

  • Supermercados, parkings y tiendas de ropa

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Las ciudades se miran, pero yo lo hago por encima y no solo de la media. Aumento mis dioptrías con horas de paseo a través de Google Maps. Sé cómo es la azotea de las casas de mis amigos, si hay teja que reponer o si el color del aislante pinta a gotera. He llegado a avisar a alguien de que Street View ha actualizado las imágenes de su fachada, después de lo mal que le vino la derrama para la reforma. Sé si han modificado los usos en el patio de mi colegio, si han replantado el césped de la piscina municipal o si el cambio climático llevará el octubre hasta septiembre por la floración del azafranal. Esto último lo sé porque la insistencia mirona sobre la trama urbana también exige encontrar algo de paz visual en el campo, de vez en cuando.

    Gracias al trabajo de Marta Peirano, soy consciente de que mis dispositivos conectados escriben una biografía constante sobre mí. Sé que la data se almacena a favor de empresas estadounidenses y que lo que les cuento no es solo dónde estoy, sino qué pienso, qué detesto y qué me excita, en todos los sentidos. Me conocen mejor que yo y creo que solo mis paseos con Google Maps distorsionan esa lectura. Porque si algún día alguien al otro lado se preocupa en revisar mis horas de zoom in y zoom out sobre las ciudades, o me contrata como espía, o me diagnostica un trastorno obsesivo compulsivo. La posibilidad de obtener un plano cenital sobre el mundo que me rodea, muchos años después de estar a mi alcance, me fascina como el primer día.

    Ver las ciudades en perspectiva da que pensar. Sobre todo porque las manzanas, la suma más o menos ordenada de fincas, evidencia el gran lugar que ocupan los espacios comunitarios. Pero no aquel en que todos pensamos a pie de calle. No el que se ve. La contemplación de los parques es necesaria, pero hablo de la mayor cantidad de espacio público en suma, la que encuentra en los miles de metros cuadrados que respiran en el interior de las fincas.

    Nostalgia de amianto

    El interior de las fincas está ocupado por algunos patios interiores y muchos deslunaos. Bajo esos deslunaos, en muchos casos, como en el barrio de Ruzafa, hubo fábricas y talleres. Durante no poco tiempo, la policía local se convirtió en mediadora por conflictos de olores y ruidos provenientes de la actividad incluso industrial que se desarrollaba en Jesús o Campanar, por no hablar de Marchalenes o la Zaidía.

    Pero claro, más allá de Ciutat Vella, en muchos casos las fábricas habían ocupado primero aquel trozo de tierra, luego se les habían adherido algunas viviendas, que, más tarde edificios, acababan conectadas al mapa mediante el el asfalto. Un caso paradigmático –de aquello a lo que voy– es el del Trinquet de Pelayo, anterior a toda la manzana y que acabó siendo rodeado de altas edificaciones. Allí había un estadio, el más antiguo de Europa en activo de cualquier deporte, y es un ejemplo de cómo en el interior de las cuadras se ha desarrollado una buena parte de la vida pública durante las últimas décadas. Y, en algún caso, como el suyo, sigue.

    Los centros de reparación de vehículos y alguna artesanía de poca extensión comercial son el último reducto de esos lugares. Sin embargo, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, muchos de esos territorios de vida colectiva acumularon como nunca una frenética actividad, eso sí, ‘reservado el derecho de admisión’. Teatros, cines, billares y futbolines fueron actualizando las quejas por griterío. Ya no eran golpes de yunque ni efluvio a ferricha. Aquello era Sodoma y Gomorra. O sea, tabaco y alcohol, aplausos y risas, pelis en Technicolor y hurtos con el mismo tipo que, cuatro días después, jugaba en la máquina de tacos de al lado (tras haberle sisado unas pesetas a otro incauto como tú). La llegada de la juventud a España –establecida en los años 40 y 50 en Estados Unidos- dio pie a una actividad cultural transformadora, aunque no necesariamente culta. Un disfrute común, en esos espacios públicos, que ha sido sustituido casi por completo. Sabemos por qué, pero no para qué.

    Se tiende a pensar que la desaparición de los cines fue un cerrojazo al estudio de Ingmar Bergman o Andréi Tarkovski, pero lo cierto es que se parecía más al disfrute de Orson Welles, Alfred Hitchcock, John Ford o Billy Wilder, que ya es mucho decir. Los teatros y variedades tenían lo suyo y pasear por las calles, incluida las mismísima Avenida de Colón en València, era toparse con luminosos que invitaban al gasto. No digamos el Paseo de Ruzafa. Como predijo la Escuela de Franckfurt, el ocio acabó siendo el negocio, pero la exposición a según qué performances -por cañís que estas fueran- y que el hecho de alternar supusiera ver una peli de Leone o de Coppola, sin duda suponía un rédito intelectual más largo que el mismo paseo en la actualidad.

    ¿NUESTROS PADRES Y MADRES COMÍAN? ¿SE VESTÍAN? ¿TENÍAN DÓNDE APARCAR EL COCHE? CABE LA DUDA, PORQUE CADA UNO DE ESOS LUGARES RECREATIVOS HA SIDO SUSTITUIDO POR SUPERMERCADOS, PARKINGS Y TIENDAS DE ROPA.

    El corazón de cada una de las manzanas, el corazón de las fincas, ha ido perdiendo sus techos de amianto. Su salubre sustitución es el síntoma de un empobrecimiento cultural. ¿El fin de los cines de barrio, teatros, billares y bares nocturnos ha dado paso a nueva fórmula de entretenimiento en el espacio público? Pues, depende. Las calles no están ni mucho menos vacías. Pero la pregunta es casi a la inversa, hacia el pasado. Pese a que hay más centros comerciales que nunca, ¿nuestros padres y madres comían? ¿Se vestían? ¿Tenían dónde aparcar el coche? Cabe la duda, porque cada uno de esos lugares recreativos ha sido y sigue siendo sustituido, uno por uno, por supermercados, parkings y tiendas de ropa. ¿Existía, verdaderamente, una necesidad colectiva de que hubiera aun mayor acceso a los alimentos, la moda o las plazas de aparcamiento?

    Como valenciano de área metropolitana, no hace falta que nadie me explique la vigencia del negocio del parking en las ciudades. El transporte público mejora a la misma velocidad a la que aumenta el poder adquisitivo de las familias, muy por debajo de a las millas naúticas por hora a las que sube el precio del alquiler. Sin embargo, por l otro lado, sigo sin encajar la altísima necesidad de hacer la compra bajo de casa y todos los días o de comprar ropa casi cada fin de semana. Más me preocupa en qué pensamientos se deja de incurrir al sustituir el visionado con amigos de Hannah y sus hermanas por la lectura de etiquetas –talla L, 100% poliéster–. Hemos dejado de disfrutar de según qué reflexiones y carcajadas a cambio de qué exactamente. ¿De comprar más comida para ser el séptimo país europeo que más comida en buen estado tira a la basura?

    El acceso a este tipo de disfrutes es más democrático y está más extendido que nunca. Paquita Salas o Breaking Bad nunca hubieran existido si viviéramos en aquel tiempo, de canal de televisión único y embudo en la apertura de ideas. Nunca hubiera podido ver The Wire o The Office tantas veces como me hubiera dado la gana desde hace muchos veranos. A demanda, sin esperar a nadie. No obstante, me inquieta cómo este tipo de interacciones, también las recreativas (por videojuegos) se han convertido en acciones individuales. Este hecho supone también la idea de ir progresivamente aislando un porcentaje de nuestra capacidad para reír en público, para llorar en público, para vivir en público. En público compramos comida, nos probamos ropa y aparcamos el coche. Y es algo revolucionario, porque como cabe recordar, el disfrute de las artes y el puro entretenimiento, nos han mantenido juntos desde hace siglos. En fin, que nos quedan las verbenas, aunque se hayan convertido en discomóviles.

  • María Ángeles Arazo: “La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema”

    María Ángeles Arazo es periodista cultural desde finales de los años 50. El ritmo de producción actual, a sus 89 años, pasa por la publicación de dos artículos a la semana. Los pueden leer en Las Provincias, diario para el que lleva trabajando más años que los que dura una carrera en este oficio. Compaginando una vida libre con una actitud feminista “en el trabajo y en la casa”, ha escrito más de cincuenta libros, aunque ella rebaja la cifra desde la modestia y para discriminar encargos, publicaciones menores y algún que otro olvido consciente. Ha escrito de fe y supersticiones en la España negra, ha conocido el valor de las personas olvidadas y engañadas en el ámbito rural valenciano. Ha sido reportera social, ha entrevistado a las estrellas internacionales que pasaron por la ciudad, ha sido redactora bajo la batuta de Vicent Andrés Estellés y compañera (a las órdenes) de María Consuelo Reyna.

    No pocos valencianos la tienen presente desde sus estanterías, a través de alguno de los 30 títulos creados al alimón con Francesc Jarque. Junto al ya desaparecido fotógrafo conformó una dupla creativa irrepetible. Mediante la palabra y la imagen, Arazo y Jarque definieron la gastronomía, las tradiciones, los ritos, el folclore, los pueblos, el patrimonio y, en definitiva, la cultura valenciana de la segunda mitad del siglo XX. Un legado crítico que ahora se expone visualmente en La cámera i la vida, muestra póstuma de visita obligada (hasta el 29 de septiembre en el Museu Valencià d’Etonologia). Ella ha prologado el catálogo porque la periodista que fue sigue en activo. En su cabeza se acumula una de las perspectivas más ricas sobre la transformación del cap i casal. De la riuà a Calatrava, de los locales underground del Carmen en los 70 a la expansión del carril bici. La conversación que sigue es una cata a la experiencia acumulada, un descenso a una hemeroteca viva y crítica sobre este lugar y sus eventuales pobladores.

    -¿De padres periodistas?
     -No hay ninguna relación familiar con el oficio. A mí me gustaba contar lo que veía. No podía imaginar algo mejor que vivir de contar lo que quería conocer. Es la clave de mi inicio. Eso y tener una madre moderna a más no poder. Era taquimecanógrafa y estudió francés en la universidad tan joven que la tenían que acompañar. Sus ideas modernas me ayudaron siempre, además de que me apoyara en todo.

    -¿Pero tenía claro que quería ser periodista?
     -Estudié magisterio también, pero tenía claro que quería serlo, sí. Estudié en Madrid, porque en València no había nada de esto. Nos llamaron la promoción de València, por la riada del 57. Del 57 al 60 estuve en clase. Éramos una veintena, entre los cuales solo había cuatro chicas. El primero de la promoción quizá te suene: Jesús Hermida.

    -Pero tenía claro que quería volver a València. Escribir ‘de València’.
     -Tan claro como que escribí desde antes de irme a Madrid. Tuve alguna oferta más tarde para quedarme allí, pero antes de irme ya estaba publicando en Levante. Publicando y cobrando, porque siempre he procurado publicar… y cobrar (ríe).

    ­-¿Cómo surgió la oportunidad de publicar en Levante?
     
    -Siempre he sido muy osada. Sobre todo, de joven. Mandé mi primer artículo a Levante antes de irme a estudiar periodismo a Madrid. El artículo acabó, naturalmente, en la papelera. Llamé y logré que me pasaran con el director. Le pregunté qué había pasado, por qué no se había publicado. Muy amable, me dijo que no era lo que un lector de Levante buscaba. Me dijo qué era lo que sus lectores querían, me invitó a escribir otro y al día siguiente ya se lo había enviado.

    -¿Y ya eran temas culturales?
     -Sí. Siempre he querido hablar de la cultura, del patrimonio, de las tradiciones, del folclore… Me gustaba mucho la pintura. La gente tenía el pasatiempo esnob de visitar las salas de arte. Prat, Benlliure, más tarde Azcárraga… A mí me gustaba y, supongo,  una cosa me llevó a la otra.

    -Enseguida llegó su serie ‘Valencianos en Madrid’, quizá una pista para los actuales formatos Valencians pel món Españoles en el mundo. ¿A quién entrevistó?
     
    -Berlanga, López Ibor, Concha Piquer o al Maestro Rodrigo. A Rodrigo recuerdo entrevistarle antes de ser tremendamente popular gracias al ‘Concierto de Aranjuez’. Vivía con su mujer en una buhardilla muy humilde de Madrid. Conservo una carta suya…

    -¿Conserva mucha correspondencia?
     
    -No, no mucha. No me gusta presumir (ríe).

    -En los 60 da el salto a Las Provincias. Y eso que sus series, como Valencianos en Madrid (los reportajes se publicaban ocupando tres días de la semana) eran conocidas. ¿Por qué cambió de diario?
    -Pues porque como yo no era de Falange… En Levante, al final, siempre que había una vacante acababa entrando alguien de Falange. Y a veces también entraban sin vacante. Me harté de esperar a que me hicieran redactora en plantilla. Llamé a José Ombuena y le dije, el día que tengas una plaza, avísame y me voy con vosotros. Habló con los propietarios y, directamente, me incorporé al cabo de unos días.

    -¿Cómo se lo tomaron en Levante?
     
    -He de decir que Adolfo Cámara, que era el director, hizo todo lo posible porque me quedara. Pero yo ya me había comprometido con Ombuena y no había marcha atrás.

    -José Ombuena fue director de Las Provincias de los 50 a los 90. Estuvo al frente de un diario muy distinto, en una València muy distinta, en cuatro décadas muy distintas. ¿Qué supuso su dirección para la evolución de su carrera?
    -Es una figura clave para mí. Era muy profesional, pero con una gran humanidad. Le pedí nada más entrar que, por favor, me dijera en cada texto qué estaba mal. Y con todo el trabajo que tenía, lo hizo. Me influyó más allá de mi trabajo diario. Por ejemplo, hice un prólogo muy erudito para mi libro Valencianos de la mar, lleno de referencias a La Ilíada y La Odisea. Cuando se lo enseñé, me dijo, quita eso del libro. Me dijo, eso está en todos los libros. Y es cierto que el infierno está lleno de periodistas que citan citas. Me dijo, tú escribe lo que sientas al estar en el Mediterráneo, lo que pienses tú al estar en estos sitios. No escribas lo que ya han dicho todos los demás.

    -¿Cómo era la rutina productiva una vez convertida en redactora de Las Provincias?
     
    -He tenido mucha suerte. Me he movido sin horarios, con una libertad tremenda. Yo llevaba el artículo que se esperaba de mí. Eso sí, cumpliendo siempre con la fecha o la hora del cierre. Cumplía y tenía libertad.

    -¿Cómo se producía una sección como Valencianos en Madrid?
     
    -Pues me iba allí, me pasaba los días que hiciera<<<<<<< falta y volvía con mi artículo. Concha Piquer me hizo pasar más días de la cuenta a la espera de la entrevista…

    -¿Método de escritura?
     
    -Hispano Olivetti.

    -Y, supongo, pocas mujeres en la redacción.
     
    -Pocas, pero algunas. Consuelo Reyna, que también estudió en Madrid, Concha Rago, Nieves Marco… Pero no abundábamos.

    -Pero solo una tuvo los arrestos de lidiar con Hemingway. Se ha escrito sobre su conato de entrevista, que acabó siendo una estupenda pieza periodística pese a que la conversación nunca sucedió. Una especie de Sinatra has a cold a la valenciana…
    -(interrumpe) ¡Y han tratado de hacer una película con aquella vivencia mía!, pero yo me he negado, claro está. Al menos, a participar. Ernest Hemingway pasaba por València con motivo de la Feria de Julio. Venía con su amiguísimo Antonio Ordóñez y él ya era muy reconocido. Así que tenía que intentar entrevistarle, pero era un obseso. Era un obseso sexual. Me decía, por qué no dejamos la entrevista para después<<<<< de la corrida. Te espero en mi habitación, es la número 69. ¿Sabes lo que significa?

    -¿Y cómo resolvió la situación? Porque llegó con él hasta la Plaza de Toros.
     -Soy antitaurina, aunque una vez la Diputación me encargó un libro sobre festejos taurinos y aproveché para hablar de las plazas de la región, que suponen un patrimonio muy desconocido. Pero bueno, aunque no sé mucho de toros, sé que cuando no sé quién toca la trompeta, aquello empieza. Intenté hacer la entrevista hasta que sonó la trompeta. Entonces me fui y la entrevista nunca llegó a producirse.

    -Pero usted escribió el relato.
     
    -Ay, por favor. Deja de llamarme de usted.

    -Disculpa. Te decía que al final hubo relato, publicaste una pieza, pero no entrevista.
     
    -Es que a veces lo mejor de una entrevista no está la entrevista.

    -Aquello tenía mucho de ‘Nuevo periodismo’. De Talese o de Wolfe.
     
    -Como comprenderás, yo he estado al día de lo que se publicaba en el mundo.

    -Está bien que aclare lo de ser antitaurina, porque hay alguna biografía suya en internet que recuerda que ha escrito de tauromaquia, por aquel libro de la Diputación de Valencia.
     
    -¡Pues que quede claro! Antitaurina. Nunca me han interesado los toros. Escribí sobre el patrimonio que suponen las plazas. Las hay muy bonitas e importantes, como la de Bocairent, que está excavada en la roca.

    -Es antitaurina y feminista. ¿Cómo vives el aumento de consciencia de mujeres y hombres en torno a la igualdad?
     
    -Soy feminista y estoy contento de ver a las mujeres en la calle. Les aplaudo. He sido feminista ideológicamente, desde siempre, pero lo intento ser sobre todo en mi trabajo y en mi vida. Quiero decir, que he intentado que el feminismo se me note trabajando y en casa. Quizá he sido menos de evidenciarlo públicamente como hacen ellas ahora.

    -Hay quien te conoce por tus libros. Especialmente, por los que publicaste junto al fotógrafo Francesc Jarque. ¿Cómo surgió la relación?
     
    -Recuerdo visitar una exposición que hizo sobre España, de la que ahora se ven fotos en la del Museu d’Etnologia. La vi y me atrajo mucho. Yo ya había escrito mis libros sobre la España profunda (Supersitición y fe en EspañaCrónicas de la España negra) y pensé, ay, este hombre hace fotos de lo que yo escribo. Era como ver las fotos de aquello que yo estaba haciendo en mis libros, pero, claro, yo iba sin fotógrafo.

    -¿Porque si necesitaba fotos…?
     
    -Las pedía allá donde iba. En todas partes hay buenos fotógrafos. Eso no me paraba porque lo importante, como periodista, era que yo estuviera en el sitio. Luego ya me apañaba yo con las fotos. Pero con Jarque fue distinto, porque vi que él ‘miraba’ lo mismo que yo.

    -En València publicabas sobre temas culturales y folclóricos. ¿Por qué te fuiste a fijar en la España negra de la fe y las supersticiones para aquellos libros?
     
    -Por inquietud. Porque me gustan cosas distintas. Yo había leído que en Galicia había un pueblo en el que, durante unas fiestas, llevaban a los muertos no muertos. A los que estaba previsto que se murieran, pero no se habían muerto. <Y a mí aquello me dio una pista, me atrajo mucho. Ir a descubrir esas tradiciones, en Galicia y en Castilla.

    -¿Cómo te organizabas las expediciones?
     
    -Me apuntaba de puño y letra todas las señas. Las tenía que seguir al dedillo, porque no tenía un móvil que me dijera las cosas a mitad de camino. Y así me pasaba, que España es como es… Una vez, en Galicia, precisamente, a mitad de noche le digo al maquinista del tren que me avise cuando lleguemos a tal pueblo. Y con el tren en marcha me dice que no paran allí, que ese es el nocturno, que va directo a no sé dónde. Total, que me da las señas para bajarme en otro sitio, en mitad de la madrugada, quedarme allí y esperar un tranvía. Y allí me bajé, en mitad de un bosque, sin la menor luz, de madrugada. Oí que venía alguien, un vehículo, y pensé: bueno, si me tiene que matar, que me mate, pero aquí no me puedo quedar. Era el lechero, que va recogiendo la leche por los pueblos porque allí se ordeña en las casas. Muy amable, me llevó a donde quise. He tenido siempre mucha suerte.

    -¿Te sentías segura en estos viajes, como en los muchos que hiciste al interior de la provincia de València?
     
    -Ah, yo sí. Yo siempre he confiado mucho en la gente y la gente me ha respondido. He tenido que confiar para poder hacer mi trabajo. Y siempre me ha ido bien.

    -En Las Provincias, por cierto, Vicent Andrés Estellés era tu redactor jefe.
    -Sí, aunque tampoco tuvimos mucha relación. Pero he de decir que tengo un cuento manuscrito suyo que nunca ha sido editado. A mí me gustaban mucho sus versitos diarios y me atraía su humanidad, su sóc el fill del forner… Me impresionó mucho su entierro y también formó parte de una de mis entradas en la serie ‘Vidas de valencianos ilustres’.

    -Es curioso pensar ahora que Estellés, el poeta, era redactor jefe de Las Provincias. Joan Fuster colaboró durante un tiempo. En tiempos de comunicación viral, es famosa la portada del 9 d’Octubre de 1978 con este diario celebrando a toda página ‘El día del País Valenciano’. Dado que estuviste desde los 60 y hasta la actualidad, ¿qué sucedió para que el periódico cambiase progresivamente su perspectiva? 
    -Fuster no publicó tanto allí. Aquello sería más bien puntual. El cambio no sé porqué sucedió, de eso no tengo ni idea.

    -¿Pero estabas allí?
     
    -A mí, según la época, me hacía escribir Regne de València, País Valenciano, Comunidad Valenciana…

    -¿Cómo recuerdas la llegada de Consuelo Reyna a la dirección?
     
    -Era muy trabajadora, incansable. Muy profesional, excesivamente a veces, supongo. Que El Saler esté como está, aquello de El Saler per al poble, se le debe a ella.

    -Entre todos estos nombres propios, ¿qué periodistas te han influido y por qué? ¿Hay alguno más actual que te guste?
    -Carlos Marzal, Manuel Vicent… Pero en la actualidad hay pocos periodistas a los que se les pueda reconocer por el estilo. No hay estilo. Lo dice Manuel Vicent, que cuando uno escribe y una palabra choca con otra porque se repite en la misma frase, porque genera una cacofonía, cuando un escribe y se da cuenta de esto al instante, es que es un buen escritor. Y ya me doy cuenta yo de que ahora no hay tan buenos escritores en el periodismo. Pero esto ya se pasará, es una cuestión de tiempos.

    -Sí, una cuestión de tiempos es. Antes me contabas que para tu reportaje de ‘Valencianos en Madrid’ te ibas allí a pasar unos días con el entrevistado, entregabas y se publicaba. Y eras redactora en plantilla. Juraría que los tiempos de producción y los recursos eran otros. Es una cuestión de tiempos…
     
    -No, no. No lo creo. Digo que es una cuestión de este tiempo, que está de moda no tener estilo. Que es muy de este tiempo, pero que volverá a haber un tiempo en que el lector exija el estilo, lo busque.

    -Diría que sí hay firmas con estilo, pero me gustaría preguntarte también por los géneros que has trabajado como periodista cultural. Diría que la entrevista es tu género estrella.
     
    -A mí la entrevista siempre me ha gustado en tanto en cuanto me gusta la psicología.

    -¿Y cómo se usa la psicología en una entrevista?
     
    -La psicología ha de servirte para que el personaje, interpretando cómo se comporta o cuándo está dispuesto a hablar, es capaz de hacer emerger su historia. Supongo que en esto también habrá influido que yo nunca he ido a criticar o a demoler a alguien. Nunca he sido agresiva en este sentido porque, sencillamente, no va conmigo ser crítica.

    -Lo has sido en otros ámbitos, como por ejemplo en todos tus trabajos más sociales. Entre otros, reportajes sobre los pueblos y, sobre todo, libros sobre los pueblos del interior de la región: Ademuz, el Valle de Ayora, la Serranía… ¿por qué iniciaste esta cadena de libros sobre las comarcas valencianas del interior?
     
    -Entre otras cosas, porque yo nunca tuve pueblo. De pequeña le decía a mi madre que me llevara al pueblo, porque mis amigas veía que se iban al pueblo. Pero mi madre me llevaba a Las Arenas (ríe). En estos pueblos sí he encontrado mi espíritu crítico. He encontrado una tremenda cantidad de injusticias. Recuerdo, por ejemplo, en el caso del libro sobre el Rincón de Ademuz que el gobernador de turno me llamó y me preguntó si las cosas que contaba en el libro eran ciertas. Le dije que fuera él mismo a comprobarlo y nunca más me volvió a decir nada. Allí sucedían cosas como que la Diputación enviara un dinero para una biblioteca y la biblioteca nunca se hiciera. Y eso casi era lo de menos. Pero de aquellos lugares me apasionaban las personas. Del libro de Ademuz, dijo un periodista, a la señora Arazo le ha gustado mucho el Rincón y un comunista que anda por allí. ¿Cómo no me iba a gustar? Un rebelde interesantísimo, que se había ido a Alemania durante años a hacer dinero para volver y proteger su finca de árboles, para que no los talasen. ¡Fíjate qué historia! Los pueblos están llenos de historias. ¿Cómo no iba a ir allí a buscarlas?

    -También has sido crítica con los más olvidados en la ciudad. Por ejemplo, con la comunidad gitana en torno al Cabanyal.
     
    -Pertenecí incluso a la asociación Pro Gitano. He aprendido mucho de ellos. Ahora recuerdo muy vivamente una chabola que estaba forrada de los envoltorios de los caramelos, de esa platilla. La chabola resplandecía como un espejo y dentro había un niño que recortaba figuritas de animales. Siempre que su madre conseguía un periódico y salía un animal, el chiquillo las recortaba. Le dije a la madre que si alguna vez le había llevado al zoo de Viveros y me contestó que no, porque le daba miedo que si se sentaban en un banco, los que allí estaban se levantaran y se fueran. Fíjate qué historias. Yo he aprendido mucho de todas estas personas.

    -…pero eras una urbanita. ¿Qué aprendiste de todos estos libros por las comarcas de interior valencianas?
     
    -Sentirme cada vez más unida a la gente humilde. Más y más, según han pasado los años. Unida a la gente que sufre, que es engañada, que es olvidada. Ahora se habla de la despoblación, de los olvidados. Pero ahí estaban mis libros hablando del tema en los 70 y 80. Son personas de las que he aprendido mucho.

    -Eres una de las cronistas más conocidas de la ciudad. Sin embargo, desde que empezaste a escribir de València en los 50 hasta ahora, que sigues en activo, la ciudad ha cambiado mucho. ¿Cómo la ves en perspectiva?
     
    -Bueno, la ciudad se ha desbordado un poco. Y lo más importante es que, por desgracia, eso no ha significado que quien la habita la conozca. Es lo más triste. Los valencianos no conocen su ciudad, fíjate qué cosa tan grave culturalmente. A veces me preguntan que si tenemos un museo de etnología. València es desconocida por los valencianos. Y, por si fuera poco, como no se conoce, está dispuesta a mantener sus tópicos, como que hemos vivido de espaldas al mar. ¡Eso es mentira! Desde la prensa del siglo XIX está descrita la importancia de los pabellones, la importancia de la playa para València, de sus poblados marítimos… eso está en mi libro de la València marinera. La ciudad nunca ha estado de espaldas al mar, si no a qué iban a ir allí a sus verbenas, a escuchar a las bandas de música. Ahora que, si que la ciudad está de espaldas al mar se refiere a que no era una aglomeración de gente con la única intención de tomar el sol, entonces sí, hemos vivido de espaldas al mar. Es solo una anécdota que evidencia que los valencianos desconocen su ciudad.

    -¿Y qué te parece su imagen actual?
     
    -Me gusta la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Lo que no me gustó fue el desarrollismo de los 60 en adelante. Todas las ‘nuevas’ edificaciones, claro. Qué horror. Pero me sigue gustando mucho todo el Carmen. Mi rincón favorito es la Plaza de San Luis Beltrán, junto al Almudín. Es deliciosa.

    -Has escrito mucho de su fachada marítima, de sus gentes. ¿Cómo viviste las décadas del plan de extensión de Blasco Ibáñez hasta el mar?
     
    -¡Qué horror! Me ponía enferma solo de pensarlo. Creo que cualquiera con un poco de sensibilidad estaría en contra.

    -Diría que algunos de tus compañeros de redacción y de pandilla periodística no pensaban igual.
     
    -Ah, bueno. Cada cual que piense lo que quiera, pero yo tenía claro que aquello me parecía un horror.

    -¿Quiénes han sido tus compañeros más habituales en el periodismo cultural?
     
    -Pues, sobre todo, me viene a la mente mi amiga Mara Calabuig que yo creo que lo ha hecho todo. Desfiles internacionales y hasta retransmitir la última cremà narrada desde un helicóptero. Pero son muchos, qué se yo. Carlos Sentí, Rafa Marí… En la redacción, muchos otros, como Vicente Lladró, Pablo Salazar, Salvador Barber o Ricardo Triviño, con quien hice el reportaje de la tragedia de les Alfaques (1978) por el que nos premiaron.

    -No mencionas a Jarque, quizá porque la relación es más evidente. ¿Qué trabajos recuerdas con más cariño de aquella dupla tan fértil de periodista-fotógrafo (una treintena de libros conjuntos)?
     
    -Nos lo pasábamos muy bien. Nuestra relación trascendió de lo profesional, porque los dos estábamos separados. Yo me llevaba a sus hijos y aquello ya era una convivencia. Los dos pactamos desde el inicio no interferir en el trabajo del otro, aunque es absurdo pensar que no nos influyéramos con comentarios. Nos lo pasamos muy bien haciendo Gozos valencianos en el altar y la cocina.

    -Has escrito decenas de libros sobre gastronomía, costumbres, folclore, Fallas…
     
    -Aunque parezca que he escrito muchos, en mi cabeza el cálculo funciona de otra forma: he rechazado hacer muchos libros. He viajado mucho más de lo que pueda parecer por mis libros. No he escrito tantos (ríe).

    -Hasta de Fallas, aunque no sé si con una perspectiva muy oficialista.
     
    -A mí de las Fallas lo que me gusta es el modelaje. El taller. Me gusta el proceso, el trabajo, especialmente con la vareta, que hace años que vi cómo se trabajaba. Me gusta la artesanía.

    -A la que le has dedicado libros, como a la cerámica. ¿En esto también los valencianos adolecen de autoestima por desconocimiento?
     
    -Sí, de la artesanía, de la cerámica o de la seda, que ahora parece ponerse en valor. Los productos derivados de la seda en València, la artesanía derivada de la seda, es enorme. Y sucede durante siglos. Es otro gran patrimonio desconocido de la ciudad.

    -La puesta en valor llega a través de uno de los dos grandes proyectos de mecenazgo privado, surgidos de una burguesía ausente hasta la fecha. ¿Por qué salimos tan mal parados en lo referente a este tema en comparación a ciudades como Barcelona, Bilbao, Sevilla e, incluso, Madrid? ¿Por qué nunca ha habido un interés de los capitales por promocionar la cultura o el patrimonio?
    -Bueno, esto ha sido importante. Y lo que voy a decir no es que sea una idea mía, es que está escrito. Creo que está suficientemente documentado. Nosotros no hemos tenido ese refinamiento en la educación desde lo urbano, esa búsqueda de prestigiarse a través de la cultura y mejorar las miras, porque, en realidad, nuestros capitales estaban en el campo. La gente que ha tenido dinero en nuestra región ha estado en el campo. Y en el campo, en la huerta, de la que también he escrito, hay otras necesidades o se piensa distinto. Históricamente, el dinero ha estado o venido de allí. Cuando la economía está fuera de la ciudad, el mecenazgo burgués o ese interés es distinto al de las ciudades que has mencionado, más industriales, más urbanas.

    -¿Es ese el problema de la cultura en València?
     
    -Olvídate, la cultura en València solo ha tenido un problema: su ausencia en la formación escolar. Su desconexión con Educación. En las escuelas se habla de cualquier cosa, menos de la historia de aquí, del patrimonio de aquí, de la cultura de aquí, de la artesanía de aquí. La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema. La gente me pregunta cosas muy básicas. En la calle la gente no sabe qué son las Rocas. No sabe si son fallas, no sabe si le dan miedo ni mucho menos qué representa. Es un ejemplo, un caso. Las ven un día por la calle y no saben a qué santo viene todo eso. Y, sobre todo, el problema de la cultura en València es que la gente no lee.

    -Para finalizar, me gustaría recuperar una sección tuya llamada ‘Tic-Tac’, en la que hacía unas preguntas cortas en busca de una respuesta aún más corta, si podía ser. En este caso, a través de algunos nombres propios. ¿Probamos?
     
    -No me interesa este ‘Tic-Tac’… (ríe).

    -Solo serán unos nombres. Empiezo por José Ombuena.
     
    -Gran humanidad.

    -Ricard Pérez Casado.
     
    -No fue valorado como merecía.

    -Joan Fuster.
     
    -Un político.

    -Mª Consuelo Reyna.
     
    -Una mujer comprometida.

    -Carmen Alborch.
     
    -El atractivo.

    -Ripollés.
     
    -Un loco que aprovechó el momento.

    -Anzo.
     
    -Lo intentó, pero nunca llegó al lugar donde esperaba estar.

    -Carmen Calvo (la pintora, claro).
     -Sigue ascendiendo.

    -Manuel Vicent.
    -Otro valenciano desconocido por los valencianos.

    -Consuelo Ciscar.
     
    -Es complicada.

    -Me ha dicho un confidente que es fan de la coentor valenciana. De ese punto kitsch que acompaña a nuestras tradiciones y momentos de esplendor. Dado su bagaje en estos temas, ¿por qué?
    -(Ríe). Mira, yo recuerdo muy vivamente ir a Lanas Aragón y ver allí a la gente que venía a hacerse un vestido. Un vestido para la xiqueta. Y elegían un modelo de la revista. Muy bien, muy mono. Y, entonces, de repente la madre decía: bueno, pero póngale perlitas. Póngale muchas perlitas por aquí y por allí. El vestido era muy mono, pero había que ponerle perlitas, para aparentar algo, no lo sé. El vestido con perlitas costaba el doble, no tenía sentido, pero en Las Aragón te lo bordaban. En fin, esas cosas… En un viaje a Italia, en el entorno de Nápoles, vi vestidos y cosas muy parecidas, muy similares a las que veía en València. Y, de repente, tiraron una traca. Y me dije, ves, si es que seguimos conectados. Nosotros somos así.

  • Carles Gámez: «En la gestión cultural pública echo a faltar la ambición»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Carles Gámez estudió Historia del Arte, pero no quiso ser profesor. Escribió algunas reseñas de discos en Valencia Semanal porque rondaba con Els Pavesos y tenía a mano a Remigi Palmero, entre tantos otros. Pensó que escribir sobre aquellos músicos tan próximos para él y tan extraños para una València entre el gris y el marrón sí aportaba alguna cosa. En Las Provincias le abrieron página “enseguida” para escribir de arquitectura y diseño. Se empeñó en valorizar la huella modernista y art déco de la ciudad, actividad que trasladó a una sección conjunta en Levante tiempo después. “Mezclábamos arquitectura con urbanismo, entrevistas a personajes en sus casas… Y tenía que traer publicidad, así que no duró mucho”.

    Estos fueron los picos de la etapa prólogo hasta coronar su conversión definitiva a periodista cultural en una redacción: era el año 1984 y El Temps pintaba sus números 0 con una plantilla tan joven como influyente hoy, copando direcciones y cargos en infinidad de medios. Allí estaría hasta que en 1989 inició su larga etapa en una Radiotelevisió Valenciana que acabaría abandonando por voluntad propia. Guionista de El show de Monleón, de varios magacines matinales, inventor del popular programa de radio Bikini Club (que dejaría atrás antes de que se convirtiera en el aparador de las discotecas valencianas con Vicent Bartual) o del prestigiado Colp d’Ull. “Era inquietante que un programa de cultura en la tele, que dedicaba monográficos indistintamente al Sónar o a Georges Simenon, se emitiera después de Tómbola”.       

    Pero Carles Gámez ha hecho mucho más. Es el biógrafo –y amigo; resolverá en esta conversación cómo se gestiona la distancia con el artista admirado– de Joan Manuel Serrat. Sobre el autor de Mediterráneo ha escrito todos los libros de. Libros y más libros: sobre Lluís Llach, la revolución feminista de los años Ye-Ye, la mejor crónica de la nova cançó (PUV), y tantos otros. Ha sido guionista de documentales sobre el propio Serrat, pero también sobre la impactante vida de Bruno Lomas (Endora). A día de hoy sigue escribiendo con regularidad en El País SemanalLa Vanguardia y el suplemento Postdata de Levante EMV. Desde hace décadas, su firma ha aparecido indistintamente en VogueS Moda, Woman, EsquireMarice ClaireHuffington Post… Conversamos.

    -En una palabra, ¿Serrat?
    -Cantor.

    -¿Raimon?
    Força.

    -¿Maria del Mar Bonet?
    -Es muy tópico, pero mediterránea.

    -Lluís Llach.
     
    -Ternura.

    -Carmen Alborch.
    -Amistad.

    -Francis Montesinos.
     
    -Fantasía.

    -Joan Monleón (del cual ha escrito un documental que se estrenará en 2019).
    Los mejores años de nuestra vida (ríe). En una palabra, transgresión.

    -¿De padres periodistas?
     -Para nada. Hice Historia del Arte, pero el mundo de las cátedras no me llamaba. Mis padres me dieron mucha libertad. Les hubiera gustado que estudiase Derecho. Algo ‘más serio’, pero supongo que me aproveché de esa libertad ofrecida.

    -¿La primera redacción?
     -La de Valencia Semanal, pero la que me marcó fue la de El Temps. Vicent Sanchis, Josep Ramon Lluch, Adolf Beltrán, Enric Soria, Vicent Martí, Remei Blasco, Ferran Torrent… Son los periodistas que han acabado influyendo en mi forma de ver el oficio.

    -Mucho tabaco, alcohol y máquinas de escribir. ¿Cuándo llegó el primer ordenador?
     -En El Temps viví dos transiciones decisivas: de la máquina de escribir al ordenador y del vinilo al CD. Esta última acabaría siendo mucho más decisiva, porque cambiaría la historia de la industria de la música, a la que yo le dedicaba mucho tiempo. Pero recuerdo que Vicent Partal (VilaWeb), ya en El Temps, antes de que hubiera por allí ningún ordenador, ya nos decía que íbamos a acabar todos tecleando de cara a la pantalla. Él ya era muy visionario. Y aquí estamos.

    -¿La primera pieza?
     
    -La reseña de un disco de Alimara o de Remigi Palmero en Valencia Semanal. Sobre Remigi he escrito mucho, porque vivía desde dentro alguna parte del proceso. Es curioso pensar en esto, porque recientemente he recordado la ilusión que me hacía publicar por primera vez en alguna cabecera. Por ejemplo, en Babelia de El País. Pero hace años que ya no me pasa. Llega el primer artículo en algún otro sitio donde no he publicado antes, y, bueno…

    -Lo primero que publicaste fue una crítica, un género que, por tu oficio y por tu firma, sigues cultivando. Sin embargo, especialmente en la información musical, es un género entre la caída en desgracia y el desuso. ¿Desaparecerá?
    -Es cierto que es mucho más fácil ocupar espacio y recursos humanos en cualquier giro inesperado de Isabel Pantoja en Supervivientes que en una crítica. Y es cierto que, quizá, la crítica musical si ha ido desapareciendo de medios generalistas, revistas de moda o suplementos, aunque tiene sus espacios en medios especializados. Pero la crítica literaria sigue teniendo mucho vigor en los generalistas. Supongo que es debido a los intereses cruzados de los diarios con las editoriales, que siguen siendo fuertes.

    ­-¿La entrevista es una fórmula demasiado accesible para el periodista cultural? ¿Es un lugar común demasiado transitado y, por abuso, menos atractivo?
     -Rara vez he hecho entrevistas de tres o cuatro páginas. Para mí la entrevista se ha dividido en las de redacción, pret a porter, hechas de un día para otro o las que han servido en suma para biografías.

    -¿Y cuál es la que más recuerdas?
     
    -Pues una de las primeras, cómo no, a Serrat. Sería la primera a Serrat importante. Él estaba en el Sidi Saler y cuando llegué me di cuenta de que no llevaba cinta. Desde la recepción pedí que le llamaran y le pregunté si tenía alguna cinta virgen, a lo que me respondió que en su habitación ya no quedaba nada virgen. Se acababa de casar y, de hecho, viajaba en pareja. Total, que me permitió recogerla en notas, pero estando allí, en el Sidi, vino una ventolà y se llevó todas las notas. Yo no sabía dónde meterme, así que él confió en mí y me dejó reconstruir la entrevista de alguna manera. Supongo que también sirvió para acercar más nuestra relación. Recuerdo también con mucho cariño mi entrevista a Tàpies o las que he tenido con Raimon, porque es una persona muy culta, con una cultura muy amplia, muy plural.

    -En tu larga trayectoria, desde el inicio y hasta hoy, tu género estrella es el reportaje. ¿Por qué crees que optaste tan pronto por este camino y qué te sigue aportando?
     -Intuyo que soy hijo de un momento concreto en el que Anagrama publicó de todo aquello del nuevo periodismo. Y, claro, eso para nuestra generación fue una revelación. Que se pudiera leer una entrevista como un reportaje, pero que a la vez fuera una historia, pero que se cruzara con las formas de una noticia a mitad de texto…

    -Es algo que a nosotros nos ha llegado de manera natural, a través de vuestro trabajo diario. Sabemos qué es el nuevo periodismo y a qué firmas pertenece, pero digamos que lo hemos asimilado ya a través de la cultura propia. No sé si fueron los Wolfe, Mailer o S. Thompson quienes te influyeron. ¿Qué firmas recuerdas seguir en aquellos primeros pasos?
    -Pues, sobre todo, la gente del El Temps. Como Vicent Martí, que se preparaba las entrevistas con mucho tiempo y oficio. Por ejemplo, recuerdo el trabajo que le llevó preparar la entrevista al bibliófilo Martí de Riquer.

    -Parece un rasgo común que quien acaba influyendo en el oficio del periodista cultural no es necesariamente un referente para la opinión pública, sino quien le rodea en sus primeros años de redacción, a quien ve trabajar durante 12 o 14 horas al día.
    -Yo creo que sí. En mi caso, Martí me influiría mucho, pero también Enric Soria, Lluís Bonada o Ferran Torrent. ¡Si es que son todos compañeros de El Temps!

    -Dentro de la gestión cultural, ¿qué personaje te ha generado más admiración al conocerlo?
     
    -Sin duda, Eliseu Climent. Como editor de El Temps y responsable de los Premis Octubre, de la librería… Estaba en tantos frentes trabajando, tan inquieto siempre.

    -¿Y desde la gestión pública?
     
    -No he tenido tanto contacto con la gestión pública, creo, pero sí recuerdo con admiración el tiempo de Ricard Pérez Casado. Del 78 al 88, recuerdo una Feria de Julio irrepetible, año tras año. Unos carteles impensables ahora. Supongo que ahora está muy bien tener a David Bisbal y a Els Jóvens, pero para mí la Feria de Julio es ver a La Fura dels Baus en el Mercado de Abastos o la obra de teatro Per davant i per darrere con Juanjo Puigcorbé en la Plaça de Manises. Echo a faltar ambición en la gestión pública actual, especialmente si estamos hablando de la ciudad.

    -A menudo pienso si aquellos felices 80 de la cultura valenciana distorsionan cualquier acción posterior. Por los márgenes económicos de presupuesto comparado, por el ambiente modernizador de la sociedad y porque IVAMs y Palaus de la Música se construyen en una ciudad una vez cada varios siglos. Ahora, a lo mejor, los recursos se han de dedicar a llenar de contenido esas construcciones.
    -No sé si es una cuestión de margen económico. Creo que era una cuestión de ambición y riesgo. En el caso de la Feria de Julio se pensaba en un festival de verano, con sus analogías con el Grec de Barcelona. En cuanto a los grandes edificios y el contenido, lo que interpreto es que la crisis ha obligado a que el IVAM, por ejemplo, se dedique a hacer cuatro o cinco relecturas de sus fondos al año por obligación. Y así, temporada tras temporada, sin quitarle valor al trabajo que no tiene que ver con relecturas. En el caso del Palau de la Música, la programación llega hasta donde llega y, supongo, tiene que ver con lo más duro de la crisis y una lenta recuperación. Quizá se puede acusar de un exceso de lentitud en la recuperación. Pero los contenedores, más que un problema, siguen siendo una incógnita. Porque los museos de la ciudad… Ahí está, por nombrar uno, el Museu de la Ciutat, que existe sin pena ni gloria. Y creo que todo está mucho más en las manos de la creatividad y el ingenio, en la ambición por ese sentido, que en el presupuesto. Que sí, que desde la crisis se arrastra una carencia, pero no creo que la reversión de la situación llegue por una cuestión de dinero. Ahora bien, en los temas de fiestas, al gobierno del cambio de la ciudad, sí se le ve otro ritmo. Se le ve mucho más esplendor, cuidado y creatividad. En fiestas, en general, se ve un interés mayor.

    -Quizá podríamos valorarlo mejor si la ciudad tuviera una estrategia cultural. Una estrategia pública, evaluable. Porque estamos en 2019 y el Museu de Belles Arts sigue desconectado de la ciudad, la ciudadanía oye hablar o habla del Palau de la Música porque se le ha caído un techo, el Teatre Escalante ha desaparecido… ¿algunos de estos conflictos no te llevan a pasar que vivimos en el Día de la Marmota mientras otras ciudades con menos patrimonio, historia y activos culturales nos van sacando cabezas?
    -En el caso del Museu de Belles Arts es cierto que se arrastra el problema de la gestión compartida entre Estado y Generalitat. Un estado que no se resuelve y bloquea movimientos, seguro. Lo del Palau, como afortunadamente no ha habido ninguna desgracia personal, tampoco creo que haya que darle tanto valor. En el caso del Palau de les Arts no se resuelve que en Madrid no nos interpreten como un teatro de ópera, y es más fácil que lleguen algunos euros a Bilbao o a Sevilla que a València. Igualmente, quizá tratando de hacer un paralelismo crítico hacia los 80, es muy probable que una parte de esa acusación de ambición tenga que ver con la iniciativa privada. Pondré un ejemplo, el caso de La Nave. Un estudio multidisciplinar de diseño y de disciplinas paralelas que era todo iniciativa privada, que atrajo las miradas de fuera de València y que sirvió para generar una referencia en un ámbito: el diseño. Un movimiento que yo veo esencial para comprender que ahora estemos pensando en la capitalidad mundial del diseño.

    -Un estudio, La Nave, compuesto por independientes, pero que tenía bastante carga de trabajo institucional. ¿Hay brotes verdes en la actividad privada actual, verdad?
    -Por supuesto, con la búsqueda de la capitalidad mundial del diseño, que es una iniciativa privada, o con la música, con gente como Gener que está haciendo cosas importantes. Por otro lado, Pep Gimeno ‘Botifarra’, que es una figura importante que ahora hemos asimilado, pero que no ha existido en los 90 ni antes. Otra cosa es que eso, luego, tenga una difícil cabida en las páginas de Babelia

    -Bueno, pero eso tiene que ver con el sistema de medios estatal funcionando de M-30 hacia dentro. Al fin y al cabo, Montesinos o Mariscal, si han querido trascender, han trasladado sus estudios fuera de València.
    -Aunque luego, en el caso de Francis Montesinos, haya decidido volver tras establecerse en Barcelona durante una década. Y a buen seguro que ha tenido menos recorrido insistiendo por estar aquí, pero él sabe cómo impactaba cuando estaba en Madrid y se rodeaba de la Movida y cómo no impactaba comunicando únicamente desde aquí. Los industriales catalanes nunca estarán suficientemente agradecidos al trabajo que les generó Montesinos en sus años relacionándose con ellos. En todo esto, hay inercia y pereza por parte de los redactores y editores que toman decisiones desde Madrid o desde Barcelona. Desde Barcelona llego a intuir algo más de sensibilidad por la lengua, pero en Madrid… Hay una dinámica no muy positiva al respecto.

    -Ya que se abre la espita de la llengua, tú que has vivido tiempos tan distintos en el flujo cultural en torno a la lengua, ¿cómo afecta el procés al desarrollo de la actividad cultural en torno a la cultura creada en el mismo idioma?
    -A nivel político, afecta a todos. No solo a València. En el ámbito cultural, está claro que una escritora o un músico que se exprese en valenciano, ha de impactar en Cataluña y Baleares. El mercado aquí es demasiado pequeño y ha de trabajar pensando en todo el ámbito, porque ese es su mercado natural.

    -Ya, pero las ventas de libros de autores valencianos y editoriales valencianas en Cataluña, por ejemplo, son ridículas. Son mínimas.
    – Bueno, está el caso de Ferran Torrent.

    -Un solo caso…
    -Bueno, Gener o ‘Botifarra’, que acabo de mencionarlos, también han tenido su recorrido allí. Els Pavesos tenían buena parte de su actividad allí, en Mallorca…

    -Pero no rebobinemos la historia hasta Els Pavesos, hablo del ahora.
    -Creo que Cataluña sigue siendo sensible en positivo. Las emisoras de radio catalanas, por ejemplo, le siguen dando mucha cancha a la música en valenciano. Otra cosa es el tema del procés, porque afecta a todos los ámbitos, también a la gestión cultural. La llengua no es ni mucho menos una barrera. Los grupos de cualquier estilo no encuentran en este momento una barrera con la lengua común, sino todo lo contrario. Hay bastante receptividad.

    -Parece que hay fotos más incómodas ahora que en los 70, 80 y 90. Me refiero, incluso, entre agentes culturales de uno y otro territorio. Público y privado. 
    -No creo que sea diferente a antes o diferente por el procés. Es cierto que tuvimos un tiempo, con el Teatre El Micalet como contenedor de referencia, en el que había mucha actividad cruzada. Pero ha habido siempre injerencias y problemas. No siempre ha sido fácil que bajara Lluís Llach, por citar a alguien.

    -Mencionas a Llach de nuevo, a quien le has dedicado un libro, como los varios escritos sobre Serrat y o la Crònica d’una nova cançó. ¿Qué personaje de los que se han cruzado en tu vida merece una serie en Netflix o HBO?
    -Si fuera por dedicación, sería Serrat, a quien le he dedicado ‘mis mayores esfuerzos’. El artista que me gustaba desde antes de ser adolescente. El personaje que ha sido admirado, luego amigo, con el que tengo proyectos en marcha… Pero también quizá a Raimon, por su cultura inabarcable, o Joan Fuster, por su ánimo. Era una persona incontenible, con una fuerza e inquietudes que parecían no acabarse nunca.

    -Tomemos el caso de Serrat para acercarnos a un conflicto. ¿Cómo se disocia al fan del periodista? ¿Cómo se hace un trabajo ‘limpio’ de admiración?
    -La perspectiva seguro que la pierdes. Sobre todo, en las primeras entrevistas. Con el tiempo, creo, coges distancia. Ahora puedo hablar de discos que no me gustan tanto de Serrat. Pero el caso de Serrat es paradigmático porque, desde una posición intelectual y sofisticada, llega a un público muy amplio. Creo que si repaso a aquellos artistas a los que más esfuerzos les he dedicado, todos se conectan por este hecho. Cole Porter, Françoise Hardy, Jane Birkin… Esa capacidad elegante o de implicación cultural, de dedicarle un disco a Miguel Hernández cuando nadie lo estaba reivindicando, a estar en la lista de Los 40 Principales.

    -Entonces, como en tu caso, no es algo necesariamente negativo ser amigo de directores de teatro, propietarios de discográficas, artistas, cantantes… ¿y acabar escribiendo sobre ellos?
    -No lo creo. Creo que conocer en su momento a Amadeu Fabregat, Rafa Gasset, la gente de la Jovenívola, Lluís Fernández y Rafa Ferrando, la gente del Capsa 13, del Christopher Lee, donde en su parte de bajo veíamos cine, de La violetera a una de Humphrey Bogart… relacionarme con estas personas solo me abría más el campo de visión, me enseñaba cosas.

    -Otro conflicto es ser juez y parte. Salía antes en la conversación el caso de Bikini Club, en el que Bartual acabó siendo uno de los miembros más conocidos de RTVV desde la radio. Era locutor, pero era dj y era promotor. Ahora sabemos que su discográfica era la propietaria de los derechos del ‘Saturday Night’ de Whigfield, cuyo rendimiento en ventas a mediados de los 90 podemos calcular. A día de hoy, en la radio pública estatal, hay locutores que ejercen de dj’s en festivales y a los que, casualmente, se les ocurre hacer un monográfico sobre dicho festival en su programa. ¿Esto no desacredita al profesional?
    -Claro, pero yo ya no estaba en Bikini Club por aquel entonces… Que, por cierto, el nombre proviene de la influencia de los 60. Se lo puse yo. Estas interferencias del periodista que hace bolos, es complicada. También he de decir que las radios han promovido esas acciones como dj, esas acciones promocionales, así que tampoco es una acción individual. En discográficas, en promotoras, con locutores… el otro día, Serrat me habló de locutores “de sobre”. Diría que pertenece más a épocas pasadas, pero interferencias ha habido siempre. Con editoriales, otro tanto. El peso de la publicidad, otro tanto. En el ámbito musical ha cambiado mucho todo porque, entre otros asuntos, las discográficas ahora son promotoras y empresas dedicadas a la venta de todo tipo de productos y derechos en torno al artista y sus canciones. Eso también desordena un poco las juegas de juego, a mi parecer.

    -¿València ha sido moderna?
    -Sí, y lo será. Los 70 fueron el primer gran momento de modernidad, con la Sala Studio, con una especie de drugstore por donde pasaban Els Joglars, Quico Pi de la Serra, Lluís Llach… En aquellos tiempos, los escaparates de Francis Montesinos en su tienda del barrio del Carmen, con la ropa que llevaba él y toda la tropa, impensables hasta entonces. Siempre recuerdo, si sirve para contestar a esta pregunta, que Carmen Alborch puso su lista de boda en la tienda de Montesinos. La familia más bien esperaba que la pusiera en El Corte Inglés, pero no. Las tiendas Agua de Limón, más tarde Tráfico de Modas de los Mariscal… El primer estallido fueron los 70, pero también hubo una modernidad consolidada en los 80 que bebía de aquel origen. Hacia los 90 llega lo mejor de La Marxa, un pub en el que yo le insistí a Josevi Plaza en que el buen camino tenía que ver con aquello de la cultura de club. Y sí, era una discoteca, un pub, pero había siempre exposiciones, perfomances, cruzarte con David Dúplex u Olga Poliakoff tomando copas. El caldo de cultivo era muy intenso y, aunque había muchos locales interesantes, creo que La Marxa tuvo una época muy estimulante que ya se evidenciaba aunque solo fuera viendo los pelos de las camareras, con puntas, cardados, rapados… pero todo a la vez.

    -Preguntándote por València hemos hablado de los 70 en adelante, pero uno de tus libros más reivindicables quizá es Los años Ye-Ye. Sobre todo porque fija la primera gran revolución de masas de la mujer en España, a través de la televisión y la publicidad, en una acción de asertividad y empoderamiento a través de la moda y su cuerpo.
    -A mí los 60 es la época que más me interesa en casi cualquier disciplina artística. Quizá, por eso, se notará algo de amor extra o admiración en el texto. Para mí los 60 evidencian en el mundo y en España un cambio hacia la libertad. Un detalle, que por mi fijación con la moda, tiene sentido: es la primera generación que viste radicalmente diferente a sus padres. Se rompe algo en ese sentido. Después, los padres vestirán como sus hijos. Estados Unidos se avanza a ello, marca la pauta, pero el impacto en Europa es muy interesante, y la mini falda o los pantalones en la mujer suponen un impacto brutal en la calle. Esa exhibición del cuerpo tan libre produjo muchos problemas. Es una convulsión muy interesante, que tiene consecuencias sociales.

    -Si lo traducimos al momento actual, a la música actual, es posible que ese cambio radical esté sucediendo ahora. Las listas de éxito, el grueso de la música que escuchan nuestros adolescentes en el sentido de música de masas, está totalmente desligado de la tradición del siglo XX. Hasta el punk estaba fundamentado en una base de banda de rock estándar y, sin embargo, ahora, ese patrón ha desaparecido, como ha desaparecido el valor de la autoría o los tabús con el lenguaje que gira en torno al sexo o las drogas, sin eufemismos ni metáforas.
     -No tengo claro que se haya roto del todo, porque en la música siempre confluyen corrientes cíclicas. Siempre hay una base revival y otra parte que avanza sin mirar atrás. También he de admitir que con la edad, pese a que me oficio me lleva a estar muy al tanto, te vas convirtiendo en un escuchante muy selectivo. Así que no sé si me llama la atención todo lo que esté totalmente desligado. Por ejemplo, escucho mucho a Devendra Banhart y hace poco me he parado a ver sus relaciones con la obra de Donovan y el folk rock. A Sufjan Stevens con las aportaciones a la banda sonora de Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017).

    -Hablando de nostalgia, no hemos hablado de un tiempo pasado en el que se cobraba más por el mismo trabajo costando el pan y la entrada al cine muchísimo menos. ¿El periodismo cultural está afectado por esta devaluación de su valor en el mercado?
     
    -Sí, pero no el cultural: todos. Me imagino que ha pasado en todas las secciones. Sin hablar del detalle, desde luego los ingresos eran muy superiores antes. Mi aventura como freelance me lleva a una montaña rusa constante en cuanto a la libertad económica, pero la decisión tiene más que ver con algo más próximo a la libertad de tiempos al trabajar en casa.

    La habitación propia del periodista cultural, algo que sí es propio de la estirpe porque tenemos esa necesidad de leer libros o ver películas para la pieza ‘de mañana’.
    -Y que no puedes hacer con normalidad en una redacción. Lo puedes hacer, si tienes suerte, pero siempre es raro. Pero tampoco lo puedes hacer en productoras, con las que he hecho documentales en los últimos años, donde he tenido la sensación de perder el tiempo por no poder hacer según qué cosas que necesitaba hacer en ese momento, pero tenía que estar allí sentado. No yendo a una conferencia a la que necesitaba ir, no leyendo aquello que necesitaba leer y para lo cual tenía que ir a aquel sitio a buscar…

    -Lo que sí es transversal a todas las gestiones, por aquello de la firma y la implicación, supongo, es la gestión del ego. ¿Cómo se gestiona?
    -A mí nadie me lo ha gestionado (ríe), pero no creo que tenga ese defecto. Desde luego, sí he convivido y existen periodistas con el ego descontrolado. Qué le vamos a hacer… es un problema. Si eres Vargas Llosa o García Márquez, creo que podemos admitir cierto margen de ego, pero creo que es necesario tocar tierra cada día. Es cierto también que un día estamos haciendo un programa que pega mucho, en la tele o en la radio, en la que se te abren todas las puertas, o te reconocen por tu firma… Es un ejercicio de amor propio y necesario naturalizar todo eso. Solo somos periodistas.

    -En una o dos palabras, ¿RTVV?
    -Aprendizaje.

    -¿À Punt?
     -Sensaciones contradictoras.

    -¿Periodismo?
    -Vida. Es todo lo que he hecho.

  • Carmen Alborch: «Que Cultura tenga una silla propia en el Consejo de Ministros es fundamental»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El Ministerio de Cultura ha sido un ente autónomo e independiente en dos periodos: entre 1977 y 1996 y entre 2004 y 2011. Esos periodos comprenden aquellos que han tenido al frente a gobiernos de distinto signo político al del Partido Popular, que en sus dos mandatos lo ligó con Educación. Este martes conocíamos que el nuevo presidente del Gobierno, el socialista Pedro Sánchez, iba a reactivar esa idea original de la institución independiente y –como pondrá en valor en esta breve conversación Carmen Alborch– con silla en el Consejo de Ministros. Silla a la que deberían llegar una batería de reclamaciones en clave valenciana (de peso).

    Alborch fue la segunda mujer ministra de Cultura de la democracia en España, pero la más referenciada. Primera mujer decana de Derecho en Valencia, profesora titular de Derecho Mercantil, se dejó convencer para ser la directora general de Cultura de la Generalitat Valenciana en un periodo creciente. Era el fértil espacio de finales de los 80 e inicios de los 90 y l’Institut Valencià d’Art Modern se encuentra entre uno de sus legados más tangibles. Pero fueron muchos otros méritos los que llevaron a Felipe González a reclamarla para el ministerio pese a no ser militante del PSOE. Por ese motivo, como referente de una cartera que ahora Sánchez rehabilitará de manera unitaria casi 7 años después, conversamos con Carmen Alborch en Cultur Plaza.

    -¿Qué le parece la decisión de recuperar la integridad y singularidad del Ministerio de Cultura?
    -Me parece inmejorable. Es un símbolo que ha acompañado a gobiernos socialistas, pero lo más relevante para la sociedad es que es fundamental que Cultura tenga su propia silla en cada Consejo de Ministros. Estructuralmente el cambio no tiene por qué ser tan drástico, porque se mantienen instituciones, edificios, trabajadores… Pero ese peso singular de estar en el Consejo de Ministros le da entidad, es un símbolo y sirve para pelear presupuestos de otra manera.

    -¿Es tan importante a la hora de negociar presupuestos?
    -Por supuesto acaba influyendo. Es cierto que no es tan extraño que estuviera ligado al Ministerio de Educación, como hasta ahora, porque la Educación lo impregna todo y ha de ser básica la relación con Cultura. Pero aun así, la Cultura tiene la posibilidad de ser transversal e ir más allá de las disciplinas. Está en cómo somos y cómo nos comportamos y puedo asegurar que cuando se tiene una silla en el Consejo de Ministros los razonamientos son exhaustivos porque tienes que defenderte con todo. No digo que cuando una ministra o ministro maneja varias carteras no sea así, pero cuando puedes centrarte en una, puedes invertir todo tu tiempo y el de las personas que trabajan contigo en esos razonamientos exhaustivos [ríe].

    -¿Cuál ha de ser su mandato?
    -Apoyar el mundo de la creación y el talento. Como punto de partida, eso. Y la creación, en este momento es muy amplia…

    -¿Cree que se ha de reflexionar con agilidad sobre la distancia entre la función de un Ministerio de Cultura en los años 80 y 90 y avanzado el siglo XXI?
    -El mundo no deja de cambiar. Es cierto que la ministra Ángeles González-Sinde ya tomó decisiones importantes con respecto a las ventanas y a la diversidad del consumo cultural existente. Una buena parte de los usos, de las costumbres y de los hábitos culturales, incluso de las necesidades, pasan por la utilización de tecnologías. Pienso que todos los ministerios están obligados a actualizarse pensando en ello, pero en el caso de Cultura… los soportes a través de los cuales circula la creación se han multiplicado. Basta con pensar en el caso editorial, así que obligatoriamente ha de ser un ministerio muy actual.

    -En cierto sentido, ¿se puede hablar de que durante hasta su periodo como ministra de Cultura y en los anteriores España tenía una necesidad de contenedores y redes y ahora una política más próxima al fomento creativo y la difusión? ¿Del protagonismo de los contenedores al de los contenidos en toda su extensión?
    -Es posible. En cada momento se plantean retos diferentes. Lo digo con la cabeza pensando en la conmemoración del mayo del 68 y pensando en lo que ya supuso repatriar todo el talento cultural que estaba exiliado. Veníamos de esa realidad… pero sí era todo un tanto más estructural: la creación de la red de bibliotecas, la red de auditorios, el inicio de una colaboración inaudita entre Estado, Autonomías y Ayuntamientos. Veníamos de la nada misma. Había que construir y ahora intuyo que los retos son muy diferentes.

    -¿Cuál fue su momento más complicado como responsable de la cartera?
    -Sé que no tiene directamente que ver con la gestión de Cultura, pero los peores tragos, si he de pensar en algo que me viene a la cabeza instantáneamente, son los asesinatos de ETA. Fueron años muy complicados. Y es algo que trascendía a mi despacho, pero recuerdo perfectamente el día que ETA mató al catedrático Francisco Tomás y Valiente porque estábamos celebrando el décimo aniversario de la creación del centro de Teatro Clásico que dirigía Adolfo Marsillach. Lo que iba a ser una fiesta se convirtió en un día muy complejo, muy difícil, porque además Tomás y Valiente había tenido mucha relación con València y en lo profesional fue una de las personas fundamentales en asesorarme para la reclamación de los archivos de Salamanca. 

    -¿Y cuál es el mejor recuerdo que guarda?
    -Muchos. Pero, por ejemplo, la ley de la cinematografía que no fue nada fácil por tratar de implicar a todas las voces. Cosas más simbólicas, como cuando le quitamos el cristal al Guernica o más recordadas como el proyecto de ampliación del Museo del Prado. Recuerdas momentos duros, pero el tiempo hace que se prioricen las satisfacciones. Y es increíble porque sigo recibiendo todo tipo de invitaciones y afectos de aquellas generaciones y posteriores.

    -De consolidarse ese Ministerio de Cultura propio, ¿la Comunitat notará el cambio?
    -Desde luego que sí, pero porque el nuevo Gobierno va a ser de manera natural mucho más sensible a los anhelos más que justificados de la Comunitat. Yo solo puedo decir que no puedo estar más a favor del cambio de Gobierno que ha sucedido y creo que es un paso más hacia la ética y la modernización de nuestro país. Como valenciana, me alegro porque sé que la percepción de la región y la atención va a ser mucho mayor.

  • Marcos Morau: «Cuando hay una ovación, desconfío de ella»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El nombre de Marcos Morau figura desde hace años como uno de los referentes artísticos salidos de la Comunitat. Nació un 9 d’Octubre en Ontinyent, pueblo en el que abunda en esta conversación y al que le otorga buena parte de su identidad, igual que a su familia y a todo lo que sucedió en torno a su infancia y a una educación católica en un colegio sin niñas. Apenas unos años después de aquellas vivencias, en 2005, funda La Veronal, una compañía de danza contemporánea que es referente en el mundo. Con ella y por su cuenta ha trabajado para la Compañía Nacional de Danza, el Ballet de Rotterdam, el Skånes Dansteater sueco, el Royal Danish Theatre, el Théâtre National de Chaillot de París, la Biennale di Venezia y demás instituciones artísticas de Corea del Sur a Estados Unidos, entre otros tantos países. La lista de ovaciones -en las que no cree- no guarda una proporcionalidad directa con su edad: 34 años.

    Premio Nacional de Danza en 2013, el trabajo de Morau ha ido acompañado de reconocimientos -a nivel estatal e internacional- desde su inicio: se licenció con la máxima calificación y ya obtuvo el premio extraordinario en el Institut del Teatre de Barcelona. Antes pasó siete años en València, ciudad a la que se siente vinculado y en la que cursó estudios en el Conservatorio Superior de Danza. Incluyendo otro periplo como alumno del Movement Research de Nueva York, su formación en fotografía o dramaturgia le aproxima a la definición con la que más cómodo se encuentra: director de escena. El cine, la literatura y, por supuesto, la escenografía, están presentes en una obra para la que el onteniense y sus bailarines han creado un lenguaje propio (Kova) que les ha permitido tener una voz y un lugar propios en un ecosistema artístico frágil: el actual. 

    -Obras como Voronia [representada recientemente en Valènciahacen intuir que no es algo descabellado pensar en un salto de dirección a otras disciplinas artísticas. ¿Veremos a Marcos Morau haciendo ópera o cine?
     -Sí… El hecho de que yo no sea bailarín me acerca a la escena de una manera particular y, de hecho, me considero más un director de escena que un coreógrafo. Si es cierto que el movimiento me seduce y me obsesiona, pero para mí lo más importante sigue siendo la escena. Lo que más me estimula es ver cómo la música, las acciones o el color se mezclan en el escenario. Ese resultado es más poderoso que el lenguaje de la danza en sí. Desde La Veronal siempre hemos percibido que a la gente de la danza le gustamos, pero yo estoy igual de interesado en el resto del público. Los bailarines siempre miran la danza con su propia lupa, pero a mí me interesan otras lupas, las del público que se pregunta por qué esto, cómo aquello… esto me influye. Me gusta mucho ver qué se hace en ópera y me gustaría… de hecho tenemos proyectos donde nos vamos a encaminar a esta dirección. En Voronia hay muchos pasajes robados al mundo de la ópera, ya he trabajado con orquesta, banda, director musical en directo… Así que el siguiente paso es tocar ese mundo de la ópera, con ese público que es tan complicado porque combina todo ese conservadurismo con directores que rompen con ello. Eso es lo que a mí me interesa. Hemos tenido la suerte de que programadores y compañías que nos han visto lo han percibido como dices y pronto, en un par de años, veremos resultados. Veremos también si me gusta, si he de volver a la danza… Y luego en el cine, igual. Siento que he de probarme a mí mismo ahí.

    -Hablar de Morau o de La Veronal es hablar de Kova, ese lenguaje que os permite codificar y avanzar con una identidad propia. Después de tantos montajes, también parece como si el público lo esperase a la vez que explotáis sus límites. ¿Puede convertirse Kova en un arma de doble filo para vuestra progresión?
     -Sí. Soy víctima de mi propio lenguaje. De alguna forma luchamos contra ello constantemente; no quiero repetirme y es habitual que estemos ensayando y diciendo, ‘no, que esto ya lo hemos hecho’, ‘no, que en tal obra ya llegamos a esta conclusión’. También veo como hay compañías que han utilizado el lenguaje, que ha generado una tendencia y las tendencias son peligrosas. Los estilos te encorsetan y Veronal se asocia Kova. Es bonito desde el punto de vista de que cada proyecto tenga un sello propio, pero… es una pregunta muy oportuna. El lenguaje ha de evolucionar igual que lo hace el lenguaje que estamos usando en esta conversación. Con Kova soy consciente de que es una herramienta que nos puede llegar a destruir. Estamos buscando constantemente el cambio para que no suceda.

    «APELO A UN ESPECTADOR MUY DESPIERTO»

    -Tiene que ver también con el tipo de público de la danza. Es un público que espera una serie de cosas… [interrumpe].
     -Bueno, no sé si va a ir por ahí la pregunta, pero el público de la danza es el más conservador.

    -La sensación con una parte del público de la danza, con el público profesional de la danza, es que busca decodificar lo que se le muestra. Más incluso que, por ejemplo, el del audiovisual. Las conversaciones tras una obra de danza se centran en destripar el código utilizado. ¿Cómo ves tú a ese público?
    -Podemos mirar por ejemplo también qué sucede con la danza clásica. Si vamos a la ópera, que ya he comentado antes su conservadurismo, vemos que la oferta alternativa es la danza clásica. Eso dice mucho de ambas. Yo respeto mucho a la danza clásica porque me parece como una posibilidad de asomarse a los vestigios del pasado. Es muy compleja, tiene todo un ritual y es para unos pocos: unos pocos la pueden bailar y unos pocos la pueden ver. La danza contemporánea es hacer otra cosa. Tiene que hablar de nuestro tiempo. Solo creo en un arte que hable del hoy. Y es cierto lo que dices de que los que vienen al espectáculo no son, en general, los mejores espectadores porque tenemos todos la necesidad de encasillar e identificar. Tenemos esa mirada analítica constante que no nos permite disfrutar igual de las cosas. Por eso mis obras son como son porque no busco que el espectador se centre en una sola coordenada. Yo apelo a un espectador muy despierto. Hay un concepto muy academicista que habla del equilibrio en escena; yo desconfío de eso. En el arte contemporáneo hay que jugar a desaprender. Yo juego a ser muy incisivo con el movimiento, sí, pero lo desubico en la escena, lo llevo a lugares distintos de una manera constante. Y no creo en la audiencia. Cuando hay una ovación, desconfío de ella. No me creo cuando hay una ovación en el Teatro Principal. No me creo que todo el teatro tenga la misma vivencia. A veces en la compañía hemos comentado que el hecho de tener un teatro lleno ya es un éxito asegurado porque, como público, ya te sientes un privilegiado por estar allí. Pero cuando eso se interpreta como un ‘estáis de moda’. ¿Qué moda? Eso de las modas me aterroriza. ¿Qué significa? No sé lo que son las modas en la danza contemporánea.

     -Lo has mencionado de pasada, pero es parte de vuestra marca: mantenéis al espectador multiestimulado.
     -Me gusta el espectador multestimulado porque es como me gusta que me traten a mí cuando estoy ‘bajo’. Me gusta que se abran muchas compuertas con rapidez. Con Voronia, por ejemplo, ahora que la ha visto la gente en València me dicen que la ven crítptica. ¡Yo la veo súper clara! Los creadores tenemos ese miedo a clarificar todo en nuestra mente. Con lo no usado en Voronia del proceso de investigación podría haber hecho 10 piezas más. Es una destilación de proceso largo, pero eso no es lo que más me interesa. Desde los 80 hasta la actualidad se le ha dado mucha importancia al proceso de cara al espectador. Se le ha hecho muy partícipe al público del proyecto y mi percepción es todo eso le da igual. Parece que no esté bien visto mostrar exclusivamente el trabajo final. Por supuesto que hay un trabajo importante con mis bailarines, pero…

    -Es posible que esa idea de mostrar el proceso tenga que ver con los miedos del creador. 
     -El miedo existe. Claro que existe. Somos frágiles. gente muy insegura. Los bailarines y yo creemos en algo que no existía. Eso en lo que trabajamos, ese material, es una pieza que no existía, que ha nacido de ti. El bailarín tiene ese arte vivo que es tan frágil, tan efímero y mostrar el proceso, a veces, es como para demostrar que hay un trabajo de fondo. Yo pienso que la utilidad del arte es maravillosamente porque no sirve para cruzar un río o para salvar una vida, sirve para algo más, para traducir nuestro mundo, para permanecer, está relacionado con su momento, bebe de su momento y de sus códigos… Creo que el proceso se ha idealizado mucho. También es cierto que estoy harto de ver trabajos donde no ha habido proceso. Trabajos que proponen preguntas sin respuesta, trabajos de respuestas sin pregunta… más bien esto último [ríe].

     -¿Cuál es el camino de la danza contemporánea en este momento?
     -Hemos llegado a un punto en el que es muy difícil hacer algo que no se haya hecho antes. Si consideramos que todo se ha inventado, que ya hemos matado a alguien en el escenario, como diría el gran Romeo Castelucci… el camino es ‘mezclar cosas’. Si ya hemos hecho escena con alguien que se saca sangre, mientras otro la fríe y al lado alguien hace un solo, si ya hemos visto a gente bailando techno con faldas de danza española, nos queda un poco eso, mezclar realidades para obtener nuevas realidades. Todo el mundo buscamos esa tercera lectura. Esa nueva lectura.

    -¿Y qué lugar ocupa La Veronal en la danza contemporánea mundial?
     -Hay gente que trabaja especialmente el cuerpo, otros en los que ves que lo más importante es el concepto, otros trabajan con la palabra o el discurso… a mí me dicen que no pertenecemos a ninguno de esos grupos. Supongo que tiene que ver con que no sea bailarín y por de ahí mi afinidad al mundo del cine que hace que esté presente. También que en mi casa haya existido una pasión por la música o que mi abuelo fuera fotógrafo… Veronal es la mezcla de muchas cosas. Nos reímos mucho cuando en la compañía decimos ‘esto no es Veronal’, ‘esto es muy Veronal’. Nos reímos porque no sabemos lo que es. Es una búsqueda constante y poliédrica. Veronal es una sustancia, un antidepresivo. Por eso nos sale a menudo la idea de decir ‘le falta Veronal, ‘tiene Veronal’… Si tuviera que definir lo que somos diría que solo jugamos a hacer de esas crisis de identidad una virtud. Y se vive muy mal ahí. El momento en el que se empiezan a tomar decisiones en esa crisis… es muy duro. Luego llega al espectador y siente que cada bailarín está moviéndose con libertad, pero no; se han tomado decisiones, todo está fijado.

    -¿Cómo ha evolucionado tu relación con los bailarines?
     -Para mí es fundamental conocerles personalmente. No su vida privada, pero sí saber cómo piensan, qué esperan de ellos mismos, de los procesos… pierdo mucho tiempo ahí. Cuando una compañía me invita a hacer una dirección, me puedo pasar dos semanas haciendo ejercicios de práctica en torno a una idea… entrando en crisis con ellos. Cuando tengo una visión clara del bailarín, de quién es, ya es fácil. Con mis bailarines de La Veronal es un poco distinto, porque son amigos. Sí, tengo amigos más íntimos, pero a los bailarines de La Veronal… conozco a sus padres, conozco a sus familias, tenemos una relación.

    -Una relación personal potente, pero estáis trabajando. ¿Cómo es esa convivencia del crecimiento creativo?
     -Trabajar con Lorena [Nogal] tiene momentos de gran belleza. Nos vemos creciendo el uno al otro, evolucionando en el camino y llegando cada vez más lejos, pero también con momentos de frustración. A veces nos decimos, ‘qué te puedo aportar yo a ti, porque a estas alturas ya te he visto en todos los ángulos del cubo’. Usar a favor esta complicidad, este autoconocimiento, es lo más difícil. Pensar cosas nuevas, en relación con el cuerpo o con la escena, es lo más difícil. A mí no me gusta darle ropa vieja a Lorena. Yo quiero darle ropa nueva siempre y para eso me he de ir fuera a hacer cosas y ella también. Salir un tiempo y luego volver a trabajar juntos. Es bueno tener esa relación de tanta confianza. Cuando tienes esa relación tan intensa, todo te afecta de otra manera.

    -¿Cómo se gestiona esa emocionalidad?
     -Somos muy cómplices. Antes de salir a cada espectáculo nos miramos como si fuese la primera vez: ‘venga, Lorena, fuerte ahí’… no somos una secta, pero nos damos un abrazo antes de salir. Ese emocionalidad también tiene mucha importancia cuando yo sé que uno de ellos no está para ensayar. Por eso necesito conocerles. Soy una persona muy empática, pero con mis bailarines mucho más. Tengo la obligación de ir por delante y saber lo que necesitan. Es la forma de relacionarnos, de saber que ‘están conmigo’. La palabra jerarquía asusta, pero es imprescindible que alguien asuma esa cara de liderazgo. También por la toma de decisiones de la que antes te hablaba.

    -Esta conversación sucede durante tus vacaciones, después de dos o tres años sin descanso. ¿Cómo las planteas? ¿Qué haces en un periodo así?
     -En mi mente está que estreno obras en septiembre, diciembre y mayo del próximo año. Estrenos en Gales, China y España. Para mí, teniendo eso en mente, las vacaciones significan que no estoy en el aula ensayando con la compañía… y ya está [ríe]. Las vacaciones son expansión. Es estar con la familia, con los amigos y llenarme. No puedo irme tres semanas a Los Angeles a hacer de turista porque ya sé que no es real. Estaré todo el tiempo despierto diciendo, ‘hostia, esta música’, ‘hostia, este color’. ‘Pico y pala’ no tengo hasta julio. Tenemos espectáculos de gira, pero eso no es ‘pico y pala’ para mí. Vengo de dos años sin parón y no puedo dejar que haya creación sin estímulo. Había entrado en un bucle. No puedo hacer de Woody Allen. Si una creación al año es heavy, hacer siete o cinco como he llegado a hacer… ¡es una locura! Este año haré dos piezas cortas y el año que viene una grande con la compañía. Quiero combinar ese tipo de ritmos.

    -En el sentido más práctico, ¿qué estás haciendo estos días?
     -Bueno, nadie sabe lo guay que es levantarme en mi casa de Ontinyent, estar con mi perro, venir a València a quedar con gente que quieres ver, pasear por la ciudad… es un momento muy expansivo, lleno de sensaciones. Cuando estás en ese periodo de casa al estudio del estudio a la oficina… tienes astigmatismo, hipermetropía y miopía todo a la vez. Por eso las vacaciones las afronto así, llenándome de todo.

    -Has mencionado antes tus raíces. ¿Hasta qué punto está presente Ontinyent en tu obra?
     -Esto lo comento mucho con Pablo [Gisbert, dramaturgo de la compañía de origen valenciano El Conde de Torrefiel, asentada en Barcelona y con actividad internacional. Miembro de La Veronal]. Con él compartí muchas cosas de la infancia… lo que se gesta hasta los 12 años, más o menos, que va a acompañarte siempre. Soy una mezcla de muchas cosas de Ontinyent. Una educación católica muy fuerte, en un colegio de solo hombres donde yo siempre era un poco ‘el especial’… el especial en mi entorno, el especial en casa. Mis padres me han marcado mucho, por supuesto. Soy de una familia trabajadora y desde pequeño he tenido que autoabastecerme en muchos sentidos. Soy el pequeño de tres hermanos y hay mucho de ello en mi vida, en mi trabajo. Mucho de intentar demostrarme a mí mismo ante los demás. Mis hermanos tienen 11 y 10 años más que yo, así que soy de otra generación y me veo como constantemente diciendo ‘eh, que estoy aquí’.

    -Un cambio generacional y social, que también es de donde parte Gisbert.
    -Totalmente. Con Pablo lo hablo mucho: los 90 eran muy heavys. Era el fin del siglo, el coleo de la Movida… Hay una cosa que decimos mucho y es que los 90 eran lo más. La felicidad y que todo daba un poco igual. Y encima valencianos, que nosotros mismos, en Barcelona, tenemos un descojono con el tema… me siento muy identificado con la idea de montar el sarao de València, con mezclarlo todo, con esa idea de hacer playbacks, fiestas de final de curso, de organizar cualquier movida… No sé si un poco fallero en sentido figurado. Es algo así como vivir el caos con mucha intensidad, por eso me siento tan valenciano y odio los nacionalismos.

    -Y Ontinyent…
     -Sí. Un pueblo grande, con pretensiones de ciudad, o una ciudad… hay algo de todo eso en mi. Es un pueblo con dos escuelas de danza que tienen casi 1.000 alumnos. Ontinyent es un hábitat muy particular y en mi casa ha habido una gimnasta, de un club que ha sido campeón de España en su momento. Ontinyent no es cualquier cosa para mí. Con toda su identidad, sus Moros y Cristianos y una forma de vivir que no he visto en ninguna otra parte del mundo. Seguramente esas sensaciones que tengo con la gente de allí existan en su forma en Xàtiva o Alcoi o las grandes ciudades que nos rodean, pero son una serie de sensaciones muy claras que llevo todo el tiempo conmigo. Y que mi madre siempre quisiera ser artista…

    «NO ES CASUALIDAD QUE SOL PICÓ, NACHO DUATO O MARÍA MUÑOZ DE MALPELO O YO O MUCHOS OTROS SEAMOS VALENCIANOS… Y NO VIVAMOS AQUÍ»

    -Antes has hablado de tu abuelo fotógrafo o de la pasión por la música en tu casa. ¿Qué hay de todo eso en ti?
     -Mucho. Todo. Recuerdo lo que era venir de pequeño a la Pirámide Musical de Nuevo Centro. Nos encanta Ontinyent, pero también puede asfixiar. Mi madre decía ‘anem a pegar una volteta’, que era venir a València. València en sí ha sido también muy importante. He vivido siete años aquí. Luego se me quedó pequeña y ahora siento que Barcelona se queda pequeña. No es una cuestión de tamaño, es que el perro siempre sale a mear por las mismas esquinas [ríe].

    -¿Cómo interpreta tu obra tu familia?
     -Mis hermanos, por ejemplo… uno es bombero y el otro trabaja en una empresa textil. Vienen a ver las obras y es como si bajaran de una nave espacial. Me fascina hablar después con ellos. Ayer comí con ellos y estábamos hablando de Voronia, de la charla posterior a la obra… me pregunta, ‘¿tú por qué tienes que dar explicaciones de todo eso?’, o me dicen, ‘¿de dónde salen todas esas ideas?’.

    -Ya que has mencionado a València. ¿Cómo se ve la actividad cultural de la ciudad desde fuera?
     -Es la gran pregunta, ¿no? Es que no quiero dar la misma respuesta de siempre [se queda en silencio casi medio minuto]. Es que no quiero dar la respuesta de siempre, que tengo la sensación de tener ya un chip construido. Mira, es una ciudad llena de talento…

     -Eso se dice siempre, pero también es una ciudad con una población amplia incluyendo su área metropolitana o la provincia. ¿No es una cuestión proporcional?
     -No, no. Te entiendo, pero creo que no. Hay más que en otras, proporcionalmente. Mira… [vuelve a quedarse en silencio un tiempo]. No es casualidad que Sol Picó, Nacho Duato o María Muñoz de Mal Pelo o yo o muchos otros seamos valencianos… y no vivamos aquí. Premios Nacionales de Danza todos, todos valencianos… Cataluña no puede decir lo mismo, aunque sí puede decir que es más justa con sus artistas, que les da mucho espacio. Es sintomático. Hay mucha envidia en este mundo, pero eso también lo veo en Barcelona. La danza es un arte muy pobre y tiene poca ayuda, mientras que la sociedad dancística no ha sido capaz de ponerse de acuerdo. Tengo una sensación constante del ‘dónde está mi parte del pastel’ y esto, con el paso de los años, acaba enturbiando el agua. De València veo que con ese paso del tiempo hay gente con mucho talento en modo off, gente sin talento on fire y gente que ni fu ni fa haciendo ni fu ni fa. València necesita que nos pongamos de acuerdo. Que nos pongamos de acuerdo con Dansa València, con la plataforma que queremos construir entre todos.

    -La situación actual ya es postcambio de Gobierno.
     -Afortunada o desafortunadamente ha habido un cambio de Gobierno y en el caso de la danza ha habido una persona que ha sido señalada como la culpable de todo [Inmacualda Gil-Lázaro]. Pues bien, habrá que aprovechar ese cambio, esa energía. Somos muchos bailarines y coreógrafos y ahora más que nunca hace falta que nos pongamos de acuerdo. Lo digo porque estoy muy harto de las esquinas y de las envidias. Mi sensación es la necesidad, ahora, de sentarse a hablarlo. Creo que es el gran momento. A título individual siempre he dicho, ‘piensa en grande y llegarás a algo grande’. Hay que pensar en grande y juntos. ¿De qué le sirve a València que haya figuras que despunten mucho si esas personas tienen la sensación de estar manchadas aquí precisamente por haber triunfado? [Hace otro largo silencio] Y que con este clima es muy difícil estar en una sala ensayando todo el día, que no estamos en el norte de Suecia.

    -O estar ocho horas tocando el piano… parece políticamente incorrecto hacer alusión a ello desde el ámbito profesional.
     -Somos muy agradecidos socialmente con nuestro clima. Bueno, debemos aprovecharlo, tenerlo en cuenta y construir sin negar algo tan evidente.

    -Ya que has hecho menciones directas, ¿tienes la sensación de que como sociedad sí tenemos un defecto claro a la hora de reconocer a los que nos preceden?
     -Mira, cuando yo llegué a la escuela aquí en València, acababa de llegar Vicente Sáez [bailarín y coreógrafo ilicitano]. Venía ya como de bajada, de hacer giras internacionales, de ser una persona importante, pero venía de bajada, con el tacón pelao de sacar mierda y proyectos adelante. Pues algunos compañeros mayores que yo, porque yo empecé muy joven, tenían la sensación de que lo habían colocado. Yo no tenía ningún prejuicio y si pienso en lo que nos enseñaba…. pienso, qué viejo todo lo que hacíamos, pero era igual de importante. Sí, menospreciamos mucho. Tenemos la tendencia a pensar, si no ha llegado a ningún sitio, si no se le ha dado la voz suficiente… nosotros enseguida nos vemos como los reyes del mambo. En 20 o 30 años estaremos ahí y nadie es profeta en su tierra. Sé que si Duato no se hubiera ido de València no sería Nacho Duato. Es la sensación contraria de lo que sucede en Francia, donde si eres francés, ya, de entrada, serás bueno, tendrás algo que decir… eso piensan allí mismo. El ejemplo aquí es al revés. Aquí si eres valenciano, tendrás que demostrarlo mucho y ‘ya veremos si me sirve’. Yo sé que si no me llego a ir a Barcelona, estaría aquí, yendo a taquill. Ahora, también te digo, ahora mismo, los más guais, me parece, son los que no se van. Lo hablo con mis compañeros aquí, que salga bien o mal lo intentan desde dentro. Me gusta mucho eso. Ahora mismo lo veo así.

  • Toni Cantó: «La cultura en política se usa como un instrumento para ganar votos»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La actualidad parece empeñada en darle la razón a Toni Cantó (Valencia, 1965). Esta semana Fernando Savater, «un referente» para el actor, objeto de numerosas citas en sus intervenciones durante su etapa como diputado de UPyD (2011-2015), pedía el voto para Ciudadanos en unas hipotéticas terceras elecciones generales consecutivas. Compartiendo espacio entre titulares, el candidato del Partido Popular a la Xunta y presidente en funciones de la misma, Alberto Núñez Feijóo, se negaba a participar en el debate televisivo a cinco previsto en Radiotelevisión Española. ¿Las razones? Haber sido acorralado por sus rivales -y escamoteado según parte de los analistas- en el encuentro homónimo emitido en la Televisión de Galicia.

    La tramoya política, el trasunto que va de la fachada mediática (en pleno temporal de reputación a causa de la corrupción) hasta el lenguaje real de sus participantes cuando no está enchufada la cámara o la grabadora, ha inspirado la primera obra que Cantó ha subido -como dramaturgo y director- a un escenario: Debate. Con una respuesta de crítica y público de lo más agradecida a su paso por Madrid, el Teatre Talia acogerá esta función entre los días 28 de septiembre y 2 de octubre. En ella, Cantó retrata con crudeza la esencia del bipartidismo tras una prolongada investigación en torno a los debates televisivos, tras numerosas «entrevistas con realizadores de televisión» y otras comparsas de estos encuentros maniatados.

    En la obra, los representantes de los ‘dos grandes’ dan rienda suelta a una negociación que abunda en el juego sucio del sistema. Un sistema bipartidista, «extinto», acerca del que Cantó es «muy optimista» en su posibilidad de cambio ahora que cuenta con un punto de vista privilegiado:

    -La sensación con la obra, con el texto, viéndola representada, es que sé de lo que estoy hablando. De hecho, en alguno de los encuentros que hicimos con el público después de la función, unos encuentros que me gustaría poder repetir en Valencia, aparecieron políticos. Sé que mientras veían la obra se descojonaban porque estaban viendo cosas sobre el escenario que habían vivido más o menos de una manera cercana. 

    -Es un texto crudo, sanguinario sobre la situación del oficio como político. ¿Es un relato de ficción al que no estamos acostumbrados en España?
    -De lo que habla la obra es de la utilización de los medios públicos y muestra al nivel al que llegan los viejos partidos en eso de repartirse el pastel. El 99% del texto, de las cosas que suceden, son reales. Están inspiradas en entrevistas con realizadores de televisión, periodistas y políticos, en la investigación con todas estas personas que me contaban detalles de la negociación en los que la estética y los tiempos siempre prevalecen. Por ejemplo, que los planos cenitales estuvieran prohibidos porque tenían el suelo lleno de chuletas…

    -En resumen, esa es la sensación, la de que los debates sirven para muy poco en España de cara a la decisión del ciudadano, que los partidos llegan con todo pactado al mismo.
    -Es una sucesión de monólogos, no un debate. Los partidos van más a no perder que a ganar. Los partidos grandes van preocupados de que nadie les haga un agujero. Preocupados por minimizar daños. Para eso se pactan cosas de las que no se puede hablar, como la misma corrupción, algo que han aceptado en alguna ocasión los dos grandes grupos porque están podridos de la misma manera.

    -Rajoy no participó en el debate con los principales partidos por intención de voto en la campaña de las Elecciones Generales del pasado 20 de diciembre.
    -Es que nos han hurtado el derecho a tener un debate. Eso es impensable en otro país. Que Rajoy no acudiera a ese debate es impensable y tendría un coste electoral inaguantable para el Partido Popular. Que en una sociedad como la nuestra se forzara un debate bipartidista, como sucedió entre Rajoy y Pedro Sánchez es impensable. Lo natural es que aceptaran las normas propuestas por el medio de comunicación, equánimes pero independientes a esa negociación. Y lo de acudir los dos al debate, bueno… es la fórmula que tienen para tratar de sostener un Estado bipartidista. Siempre que puedan, ambos partidos tratarán de defender esa idea.

    «EL PP VA A SEGUIR LLEVANDO A GENTE COMO BARBERÀ AL SENADO O SORIA AL BANCO MUNDIAL»

    -Ha escrito esta obra y como parlamentario, en este momento, sigue activo en las comisiones de Cultura y Deporte y se integra en la de Corrupción. Con todo, ¿confía todavía en la posibilidad de cambiar el sistema del que habla Debate? ¿Cuál es el grado de esa confianza?
    -Muy elevado. Si no, lo dejaría. Sigo pensando que se puede desbloquear el sistema tal y como está actualmente y cambiar. De hecho, las elecciones han demostrado que es posible y nosotros hemos hecho nuestra pequeña demostración con los acuerdos del PSOE y el PP. Acuerdos en los que les hemos obligado a tomar medidas, siendo la alternativa a ellos y a Podemos, que sigue en su posición de gritar mucho para no cambiar nada. 

    -¿Cuál es la fotografía de situación en este momento, con todo el escenario político?
    -Seguir peleando para que haya Gobierno. Eso es lo primero. Es necesario que suceda porque el PP no va a cambiar nada por sí mismo. Va a ser un partido capaz de seguir queriendo llevar a gente como Rita Barberà al Senado o a José Manuel Soria al Banco Mundial. Ese es el PP y tiene que haber gente dentro del gobierno que le obligue a hacer cambios en la Administración, a regenerarse democráticamente y a generar políticas sociales más justas. Y lo mismo en el caso del PSOE.

    -Así que espera que no se produzcan unas terceras elecciones.
    -Espero que no sucedan. Esperaba que no sucedieran las segundas.

    -Si sucede, si suceden, ¿cómo describiría la situación?
    -Un ridículo mundial. Una muestra de incapacidad y de poca vergüenza por parte del PSOE, de Podemos y del PP. Somos los únicos que hemos demostrado que hay esfuerzos posibles.

    -En la obra un personaje dice: “¿Algún secretario de Estado te ha pedido alguna vez entrar por Cultura?”
    -La cultura sigue siendo la asignatura pendiente. Es la ‘asignatura María’, por así decirlo. Nunca la pide nadie y, si lo hace, es para hacer cultura ‘para los suyos’. Esto es muy típico, muy de la vieja política de izquierdas y derechas. Nunca se tiene en cuenta el valor de asociarla a la educación o la visión de, simplemente, hacer una política cultural justa y potente. Se utiliza como instrumento para ganar votos. Y la fórmula más rancia de la izquierda, la manera clientelar de los nacionalistas, que hacen cultura ‘para los suyos’ como decía. Ese es el gran drama de la política cultural.

    «ALMODÓVAR, CERVANTES O PICASSO HAN HECHO MÁS POR LA MARCA ESPAÑA QUE LOS MINISTERIOS DE PP Y PSOE JUNTOS»

    -En el caso del presidente del Gobierno en funciones, no se ha permitido ni una sola fotografía relacionada con ningún elemento de la cultura a lo largo de la legislatura, nunca en un teatro, con un libro, mencionando ningún artista vivo…
    -Es una torpeza. Es una gravísima irresponsabilidad de este Gobierno y no sólo del señor Rajoy, sino de Montoro con sus políticas fiscales o del propio ministro de Educación y Cultura que no hace nada por conectar precisamente esos dos mundos que dan nombre a su cartera. La industria cultural hace mucho por el país. Hace mucho más por la marca España que muchos sectores. Almodóvar, Cervantes o Picasso han hecho más por la marca España que los ministerios correspondientes del PP y el PSOE juntos. Por eso debería tener un peso específico en el PIB; un peso mayor. 

    -En su acuerdo con el PP (150 compromisos para mejorar España) sorprendió que aceptaran la máxima del partido de Rajoy por no rebajar el IVA para el cine. Se abrevió la situación con un IVA reducido en la próxima legislatura para los espectáculos «en directo». Aunque su compañera Marta Rivera ya mostró su decepción por haber tenido que asumir esta idea, ¿qué opinión le merece este pacto?
    -Fue una línea roja que impuso el PP en la negociación. Una línea roja que comunicamos a todos los representantes de la industria audiovisual dos días después y, creo, de aquella reunión quedaron satisfechos. Esto es una vendetta personal del PP. Nos sentamos con ellos para hablar sólo de esto, para entender cuáles eran los argumentos, pero no había razones. No dijeron nada. Ellos saben, y el sector también, que al día siguiente de que se conforme el Gobierno nosotros presentamos en el Congreso una modificación con la que van a estar de acuerdo el resto de partidos. 

    -En el caso de la Comunitat Valenciana el sector audiovisual vive especialmente pendiente de la reapertura de Radiotelevisió Valenciana. ¿Cómo está viviendo el proceso?
    -Por lo pronto, Compromís, PSOE y Podemos están engañando a los valencianos, incumpliendo las promesas de plazos que se autoimpusieron. Nosotros ya hemos dicho por activa y por pasiva que estamos a favor de una televisión autonómica para cada territorio que tenga una lengua propia, como es el caso del valenciano. Eso sí, no es una prioridad para nosotros. Y ha de ser sostenible y no el disparate que había antes…

    -Antes mencionaba la idea de lo que supone la cultura para la marca España. En el caso de Valencia, de la Comunitat, su situación de marca… [interrumpe]
    -Sí, el PP hizo un trabajo importante para que la marca fuera la más negativa y una cosa que no tiene nada que ver con todos los valencianos que conozco. 

    -¿Ve a la Comunitat con una estrategia clara para que la cultura regenere su tejido industrial y pueda ser una base de impulso para la economía?
    -Lo que veo es que no se está haciendo un trabajo serio por dotar al turismo de un valor añadido fundamental como es la cultura. No se está haciendo por visibilizar el potencial de la cultura en la vida de los ciudadanos y siempre acaba ofreciendo la cultura como escaparate, además de lo que comentábamos antes. PSOE, Compromís y Podemos hacen lo mismo de siempre: programar la cultura para los suyos, instrumentalizarla. 

    -¿Hay una receta mágica para generar esa aproximación de la sociedad a la cultura, como apuntaba?
    -La cultura tiene la necesidad de ser un espejo de los ciudadanos, por ello debe engarzarse con la educación, pero sobre todo con la práctica cultural. No sólo se han de generar asistentes, sino gente que participe. Necesitamos espacios para que los ciudadanos pinten, bailen, canten o se expresen, que se expresen artísticamente hablando. Ese es un cambio de chip de cara a la cultura por el que he peleado mucho dentro del programa de Ciudadanos.

    -¿Y algún modelo exterior que le agrade especialmente?
    -[Piensa] Un poco de varios. Me gusta el modelo italiano de mecenazgo, por lo que genera de conexión con las empresas. El modelo francés me gusta por cómo se cuida, se mima y se promociona la cultura, por cómo se potencia. También por su escuela de teatro que frente a otras tendencias ha conseguido un nivelazo con una idea muy suya, con una grandeza impresionante y esto también es muy importante; redunda en un nivel cultural extendido. Me gusta el modelo ingles de la BBC por la seriedad, por la rigurosidad de sus trabajos y por cómo se financia. A nosotros nos toca mucho de mirar lo bueno de muchos modelos y tratar de copiar y adaptar lo mejor de estos. 

    -En el caso de la Comunitat hay una línea clara que es la del apoyo institucional a las creaciones en valenciano o de valencianos, en cualquier disciplina. ¿Cómo ve esa propuesta genérica?
    -Creo que de la misma manera que hay que cuidar y tener un ente autonómico que fomente el uso de la lengua, esa es otra forma de hacerlo. Me parece natural que se haga así, que se apoye así y suceda en una proporción normal para todas las artes, también las escénicas. Pero hay que evitar la tentación de que las compañías, en ese caso, se encierren en su comunidad. La cultura tiene que ser porosa para poder viajar, al menos, por toda España. Ahora mismo es imposible hacer teatro en castellano en Cataluña. Y es una rareza a la que nos hemos acostumbrado gradualmente y conocemos todos los que estamos en el mundillo porque lo hemos ido viendo venir. En el teatro público de Cataluña el tipo de director que hay tiene un carácter muy marcado para este sentido. Sin embargo, en Madrid los directores de teatro público son vascos, catalanes, valencianos… eso sólo genera riqueza.

    -Ahora que ya lleva unos años en el contubernio político, ¿cómo encaja su posición y cómo acepta que su caso dentro del mundo de la creación sea tan excepcional, que pocos actores, dramaturgos o directores dejen su actividad para tratar de ser representantes públicos en el ámbito estatal?
    -Eso se da porque hay que pagar un precio profesional muy alto. En este país, en eso, hay poca cultura democrática. Y posicionarse tiene un precio por el cual yo sé que muchos Ayuntamientos no me contratarán en la vida. En ese sentido, mi carrera profesional puede parecer mermada, pero lo tengo asumido. Tengo la suerte de saber que puedo vivir de mi trabajo siempre que quiera y eso también me permite, a su vez, vivir la política de una manera muy libre. Sé que cuando deje mi puesto al poco tiempo podría estar trabajando. 

    -Hace años que defendía no tener televisión y más tarde tenerla, pero sólo con un canal sintonizado para sus hijos. ¿Ya ve la tele en casa?
    -Tengo desde hace tiempo, aunque reconozco que prácticamente no la veo.

  • Martínez Luciano: «Las instituciones han de lograr que los creadores valencianos no tengan porque irse para hacer cultura»

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Estos días se inicia la XXXIII edición de Sagunt a Escena, marcada por un estirón presupuestario y la llegada de su nuevo director, el ex responsable de Teatres de la Generalitat Juan Vicente Martínez Luciano. Doctor en Filología Anglogermánica, sigue siendo profesor de Filología Inglesa en la Universidad de Valencia. Allí desarrolla durante el curso la docencia relacionada fundamentalmente con el Teatro Contemporáneo en Lengua Inglesa. 

    Miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España, este traductor de H. Pinter, S. Beckett o T. Williams, regresa con Sagunt a Escena a la gestión pública en un supuesto cargo eventual que, todo indica, durará al menos unos cuantos años. A la espera de la ratificación tras esta edición de partida, conversamos con él sobre la escena teatral valenciana en su amplitud:

    -La última edición de los Premios Max dejó una cosecha de nominaciones y premios para las artes escénicas valencianas sin precedentes.
    -Creo que es la segunda vez que he vivido una experiencia similar. En el año 2000, aproximadamente, hubo una especie de gran cosecha con Pablo Zarzoso, Alejandro Jornet, Carles Alberola, Roberto García…No solo como autores, sino también como directores y actores montando grandes espectáculos. El año 2000 fue tan interesante para el momento de las artes escénicas aquí que cuando monté mi compañía la llame Dramaturgia 2000. No solo era un cambio de siglo, sino también un cambio de actitud en la Comunitat Valenciana respecto a las artes escénicas. Había una efervescencia, creativa y de público. Recuerdo que haciendo incluso cosas como lecturas dramatizadas en la SGAE aquello se llenaba hasta los topes. En toda la región pasaban cosas muy bonitas y de gran calidad. La Mostra d’Alcoi, el festival de MIM de Sueca y Sagunt a Escena eran nombres de referencia. Había verdadera dificultad para atraer producciones y espectáculos que vinieran a los 6 espacios públicos que teníamos [habla como director de Teatres de la Generalitat] por la demanda. 

    -¿Qué pensó cuando vio a los premiados de este año?
    -No fueron solo los premios ni las muchas nominaciones, fue ver como autores como Víctor Sánchez, encuentran una continuidad. Le tengo mucho cariño porque le tuve como alumno del Master de Gestión Cultural y dirigí su trabajo de fin de Master. Él ha logrado que su trabajo haya alcanzado ese reconocimiento en Madrid y por España. En el caso de Rosángeles Valls, el día que vi el estreno de Pinoxxio en Paterna, recuerdo que le dije que iba a llevarse muchos Max… ¡quizá también porque sé lo que puede encajar en estos galardones! Lo importante de todo ello es el reconocimiento exterior. Es importante porque ayuda a que los propios creadores vuelvan a tener confianza en ellos mismos. En las artes escénicas el efecto contagio es importantísimo. Cuando alguien aquí es optimista y su trabajo es reconocido es capaz de irradiar esa energía positiva a los que estamos alrededor y nutrirnos de ella. Se nota mucho. 

    -¿Qué ingredientes se sumaron para que se generase aquella generación del 2000?
    -En la dramaturgia valenciana tenemos una etapa previa con los Sirera y los Molins, una etapa importantísima, pero que tenía unos cauces muy determinados con la lengua y la recuperación de la tradición valenciana desde el punto de vista de la escritura. Esto provoca que luego haya una reacción con un lenguaje muy fresco. Es el fenómeno del año 2000, con muy buenos dramaturgos, de nivel nacional, al menos una docena. Lo bueno, lo diferencial quizá, es que no se dedicaron solo a escribir teatro. Se dedicaron a trabajar para que sus textos subieran a escena creando compañías, pensemos en Albena, en Jornet, en Zarzoso, en Arden, en otros… No solo había buenos textos, sino ganas de dejarse la pie por convertirlos a escena. Ese impulso se unió a que, también, se empezó a reconocer la calidad de las obras desde fuera y esa cantidad de premios acabó de conformar un poco la escena.

    -Con la distancia, da la sensación de que en todo aquel escenario tuvo mucho que ver la ayuda de la Administración.
    -Sin duda. Nunca se reconocerá bastante lo que significaron las ayudas públicas en aquel escenario, a todos los niveles. De creación, de autoría, a nivel de producción, coproducción, ayudas a la gira…. El cambio lo ubico desde 2004 hasta nuestros días. Hasta ese momento, fue importante porque efectivamente desde la Administración hubo una conciencia de que había que ayudar porque se creaba cultura, empleo y porque la gente lo pedía, porque el publico lo pedia. Yo recuerdo con cariño que esos seis espacios a los que antes me refiera estaban llenos de gente. 

    -¿Pero qué fue antes, la demanda, el apoyo o la creatividad?
    -La creatividad generó la demanda. La creatividad generó que no hubiera dudas sobre que había que apoyarlo. Cuando se empezó a ver que esa creatividad tenía reconocimiento a nivel estatal… la Administración no es tonta, así que decidió apoyarlo para también beneficiarse. En el teatro universal siempre se ha dado la situación de que que tu empiezas siendo un autor marginal hasta que tu calidad hace que la Administración te adopte y te convierta en la estrella del teatro público. Cinco años antes eras marginal, ahora eres el más representado de los actores. La administración valenciana hizo eso en aquella época.

    -Y, de hecho, los nuevos gestores públicos valencianos estaban allí la noche de los Premios Max.
    -Por una parte, es necesario que estén. Por otro lado, hay un rédito político. Si tu adoptas una actividad y esa actividad tiene éxito y es reconocida, pues te aprovechas tú también de ese rédito y sigues invirtiendo en ello.

    -Has estado en la Administración durante una época, encima de los presupuestos. Ahora lo estas desde la dirección de Sagunt a Escena. ¿Cuánta es la distancia presupuestaria entre ambos momentos?
    -Antes había muchos más recursos que ahora. No sé si éramos una comunidad mas rica, pero había mas. El festival se mueve en torno a los 250.000 euros de presupuesto, con la aportación de Generalitat, Diputación y Ayuntamiento, además de las 15 empresas que han aportado y que todas nos apuntan a que quieren seguir colaborando e incrementar su colaboración para el año próximo. En 2005, justo antes de que me cesaran, yo encargo la dirección artística del festival a Salva Bolta y en ese momento el maneja un presupuesto de 350.000 euros. 

    -¿En qué se convierte, qué significa esa distancia?
    -En que se pueden hacer las cosas con más tranquilidad. Pero hay que pensar ya en una producción propia. A mí me contrataron en marzo y ya no se podía pensar en ello, pero sé que el festival se ha de asentar sobre dos ejes: el primero, una coherencia con la programación porque no todo cabe en el teatro romano; el segundo, que esa diferencia distintiva ha de venir marcada por la producción y coproducción de cada año. A mí me gustan mucho los festivales de Mérida, Almagro, Olmedo, pero les falta un hilo conductor, eso que ahora se llama ‘el relato del festival’. Hay que huir del eclecticismo, hay que buscar una coherencia. Este año hemos tenido la suerte de que hubiera un número determinado de espectáculos que nos hiciera concurrir que el festival iba a versar sobre lo femenino. Ojalá todos los años fuera tan fácil encontrar ese hilo conductor.

    -O sea, que han sido las obras disponibles las que os han hecho elegir el hilo conductor de lo femenino.
    -Aunque hay mucha oferta, también podríamos haber optado por los clásicos españoles e ingleses, con la excusa del cuarto centenario Cervantes-Shakespeare. También había opción de optar por los héroes griegos. No ha sido solo lo que nos proponían, sino también lo que nosotros podíamos generar. Por ejemplo, a mi me parecía que había quedarle un empuje a una compañía que a mí me interesa muchísimo por su lenguaje, que es extraordinario, como es Perros Daneses. A esa ‘Fedra’ había que darle una oportunidad que tras nacer en Russafa Escènica, haber pasado por el Rialto, merecía estar en el teatro romano y ver cómo funcionaba. La compañía se ha volcado, le han dado un giro, añadido actores, ampliado escenografía… esa también es la misión del festival. Ya que no hemos podido hacer producción propia este año, debemos dar la oportunidad de que alguna compañía le de otra vuelta de tuerca a su propuesta.

    -Este ejemplo habla de tu relación como espectador del teatro alternativo. ¿En qué se debería convertir el Off Romà? ¿Ha de ser un cajón de sastre o hasta qué punto ha de generar una propuesta independientemente atractiva al romano?
    -Este año la intención ha sido la de proponer una oferta atractiva para un público familiar, teniendo en cuenta que va a suceder en espacios al aire libre y en horarios totalmente infantiles. A futuro, Sagunto es un lugar abierto a muchas posibilidades. Para empezar tiene dos casas de cultura perfectamente acondicionadas para hacer teatro en julio y en agosto. En estos espacios, en este sentido, tenemos que construir un Off que sirva de previa en algunos casos para dar el salto al romano. No hablo de generar una segunda división, pero es un lugar para desarrollar otro tipo de discursos. El Off ha de generar espectadores y desde el criterio de que no todo vale, precisamente. Este año hay danza de calle, cabaret, circo, teatro gestual. Espectáculos sencillos con una gran dosis de calidad y creo que eso ha de generar espectadores. No obstante, el Off es una de las grandes tareas, es lenta y quiero ver qué evolución vamos a poder alcanzar en dos o tres años. 

    -Antes has mencionado la participación de 15 empresas del Camp de Morvedre en el festival. ¿Se ha notado el cambio de aires para que se animasen a participar?
    -Sé que otros años no ha cuajado. Ha tenido que ver que esas negociaciones y reuniones se hayan hecho de la mano de la administración. A estas empresas les hace ilusión tener también un director artístico con el que reunirse y entender cuál es la propuesta. Cuando se reunieron conmigo así me lo transmitieron y hablamos de todas las posibilidades de colaboración. También ha sentado bien, porque así me lo han dicho, que más allá de mi curriculum, yo lleve 20 años viviendo en la zona. 14 años en Sagunto, de hecho. Sé lo que sucede los viernes en la Casa de la Cultura, los problemas que hay con la cementera o la idiosincrasia del Puerto de Sagunto. Que no fuera un recién aterrizado se que les animó y hemos logrado que, directamente, haya cuatro funciones del Off que las paguen los empresarios. Su actitud es la mejor y nos han dicho que no esperemos a mazo para ir a verles, que mantengamos la comunicación. 

    -Tu dirección fue anunciada como algo eventual, para ‘salvar’ la edición de 2016 y más tarde entrar en un proceso de decisión sobre el futuro de la dirección, pero todo lo que haces, todo lo que gestionas y planificas, no tiene esa fecha de caducidad presente. El secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, ya ha dejado entrever que la dirección del festival no tendría por qué salir a concurso o someterse al Código de Buenas Prácticas. ¿Cómo lo percibes tú?
    -No trabajo pensando en que vaya a acabar con esta edición. Trabajo pensando en las próximas ediciones y si viene otra persona, no pasa nada. Los festivales se han de trabajar con todo ese margen y es necesario que lo hagamos así también de cara a patrocinadores e instituciones. 

    -Una de esas relaciones a futuro puede salir de la reunión del 2 y 3 de septiembre en Sagunto, con la llamada de los representantes de festivales de España. 
    -Estamos gestionándolo con mucha ilusión y responsabilidad. Almagro ya ha dicho que viene, Mérida también, Focus como empresa también, el Centro Dramático Nacional, Paco Sanguino, los festivales de Elx y l’Alcudia, Sna Javier, Zaragoza que empezaba este año. En total, nos podremos reunir una docena de instituciones para ver qué podemos hacer juntos… va a ser extraordinario.

    -Por ejemplo, ¿coproducciones?
    -Imaginemos que, por ejemplo, quisiéramos traer al festival de Sagunto a la Royal Shakespeare Company a hacer Hamlet. Me lo acabo de inventar. Obviamente, sería imposible, pero si el Grec dice que sí, Zaragoza dice que sí y otros dicen que sí, si sacamos 10 fechas, pues a lo mejor es viable. En cualquier caso creo que es importante la intercomunicación entre todos nosotros.

    -¿Y más allá de España? 
    -Para los festivales españoles es muy importante oler qué sucede más allá de los Pirineos. En estos momentos, todo sucede entre Barcelona y Madrid. Algo también en Bilbao. Así que creo que pude haber espectáculos importantes para traer de fuera y para atraer desde fuera.

    -Hablamos de coordinación entre festivales nacionales, ¿pero qué hay de los valencianos? ¿Cómo ve que el festival Tercera Setmana haya nacido tan próximo a la Mostra d’Alcoi?
    -Creo que son compatibles, pero es una opinión personal. Creo que el tiempo les definirá. La Mostra debe seguir siendo genuinamente la muestra de teatro de lo que sucede en la Comunitat cada temporada. Es el escaparate aquí para mostrar a promotores de fuera lo que se hace y debe mantener también ese carácter de feria. Tercera Setmana no tiene mucho que ver. Al contrario: es coger al espectador valenciano y decirle, en 10 días va a ver usted todo lo que sucede en España con 20 espectáculos maravillosos. Estos dos y todos ellos son perfectamente compatibles: el de payasos de Xirivella, el MIM de Sueca, el de teatro de calle de Vila-real… La potenciación de festivales será una de las prioridades de la administración. Y así debe ser porque, aun pasándolo mal, ninguno ha fracasado en los últimos 25 años. Todos ellos han demostrado que tienen calidad suficiente para sobrevivir. 

    -¿Y cómo ve la llegada de Musix, la marca paraguas para los festivales de música que los promocionará en las ferias de turismo extranjeras?
    -Con mucha envidia. Espero que dentro de uno, dos o tres años, cuando se promocione la Comunitat en Fitur o donde sea, uno de los platos fuertes sean las artes escénicas. Está claro que en el mercado turístico los agentes ya no solo compran sol y playa y ójala ante ese escenario, en ese momento, miren hacia aquí y vena que nosotros tenemos, además de una maravillosa playa en el Puerto de Sagunto y muy buenas paellas, una Fedra extraordinaria o una Medea. Que se puedan vender esos paquetes de Sagunto, de Sueca, de Alcoi…

    -Ya que hablamos de acciones institucionales, ¿qué se debería conseguir a lo largo de los próximos años en materia de política cultural para con las escénicas?
    -Lo que hay que conseguir es que una persona como Víctor Sánchez, y hay más como él, como sucedió hace 20 años, no tengan que irse. Las instituciones han de lograr que los creadores no tengan porque irse para hacer cultura y puedan generar entretenimiento y diversión desde su origen. Que lo hagan de manera natural y que encuentren apoyo institucional. Que encuentren que este es el lugar para abrir su compañía, como le pudo suceder a Albena, o su sala, como Sala Russafa. Y conseguir que el creador tenga su espacio y su momento aquí y ahora y en la lengua en la que ha decidido crear. Lo digo porque en el caso de Víctor, por edad, por razón social, será en castellano, en el caso de Laura Sanchis, serán en valenciano. Es igual, hay terreno para todos. De hecho, somos privilegiados porque con las dos lenguas tenemos todo el mercado del norte y el oeste con una, y todo el este con la otra. Y esto no quiere decir que dar la oportunidad a los creadores de aquí evite que salgan fuera, al contrario. Es natrual que Víctor ahora esté invitado en una dirección al Centro Dramático Nacional, pero tendría que estar dirigiendo aquí y creando el siguiente texto aquí. Y estrenar en los teatros públicos, que ya le toca. 

    -Cambiando completamente de tercio, ¿qué le parece que la Conselleria de Cultura esté dentro de Educación? Dada la distancia presupuestaria, ¿cree que le perjudica ser esa hermana minúscila? ¿Preferiría una Conselleria de Comunicación y Cultura?
    -A mí me gustaría de Cultura y punto. Educación y Cultura deberían ir por separado y Comunicación y Cultura también, y eso que le tengo mucho respeto a lo que está haciendo el conseller Marzà. La distancia entre los recursos de Educación y los de Cultura hacen que sea imposible destinar tiempo a la gestión, por eso sería deseable que fueran por separado.

    -¿Cuánto nos ha perjudicado nuestra mala relación con el Ministerio de Cultura durante los últimos años?
     -Nos ha perjudicado desde hace mucho tiempo. Cuando yo era director de Teatres de la Generalitat el Gobierno de la Comunitat era del PP y el central era PSOE y no había un buen entendimiento. No afectó mucho en aquel momento porque aquí se vivía en otro mundo; vivíamos en el mundo del crédito. Pero hemos estado maltratados por la administración central desde antes y hasta ahora. Cuando la Comunitat y el Gobierno central estaban regidos por el mismo partido, por el PP, desde aquí Inmaculada Gil-Lázarao fue incapaz de mantener la financiación de Dansa Valencia. Donde debía haber más que un buen entendimiento, una conversación directa, ni siquiera se mantuvo eso que ya se tenía. Así que al final muchas veces este tipo de situaciones tienen que ver más con las personas que están detrás de ello. Si había dinero, bien. Si no había, pues se hacía menos, y si no había nada, pues no se hacía nada.

    -Y su efecto en Sagunt a Escena.
     -Y no solo en materia de presupuesto, sino el interés porque este festival siguiera siendo un referente, siguiera siendo tratado como tal por el Gobierno.

    -¿Cómo te has encontrado a los equipos de trabajo de Sagunt a Escena?
     -Un equipo genial, pero no se debe a este año. El pasado ya hubo por parte de la Conselleria y del Ayuntamiento de Sagunto que empezaron a devolver el ánimo a la gente con el programa Sagunt a Escena Creix. Me he encontrado con una actitud positiva de administración, de empresas y de espectadores, de la gente del propio Sagunto. Mi sensación es que he llegado con el terreno abonado.

    -¿Cuánto ha podido pesar en negativo toda esa etapa de la burbuja crediticia y el gasto en macroproduccions en la Comunitat?
     -Mucho, no te lo puedes imaginar. Ahora en cualquier comparecencia todo el mundo pregunta, <<¿y la Nave? ¿y la Ciudad del Teatro?>>. Es algo por solucionar, pero supongo que la gente, creo yo, no es consciente de lo que cuenta levantar esa persiana. Hay que pensarse muy bien qué quieres hacer con esa nave. Cuando en Londres se abrió la New Tate Modern no fue una decisión de la noche a la mañana: reuniones de expertos, informes… O los locales del Berlín Este reconvertidos en contenedores culturales. No son decisiones cualquiera. Se reúnen personas formadas y preparadas para hacer un presupuesto y saber si se quiere insonorizar, tabicar, posibilidades… Eso sí, nunca se volverán a ver unas Comedias Bárbaras como las de Bigas Luna. Nunca volveré a ver nada igual en ningún lugar del mundo, pero esto no se puede hacer todos los días. Pero, para entender cómo funcionaban las cosas, siendo director de Teatres un día se me propuso poner parqué flotante en toda la Nave. No tenía sentido así que yo dije que los caballos de Bigas Luna y los pastores alemanes que corrían detrás de las actrices patinarían. Era la fórmula para que no lo hicieran, suponiendo que detrás esa idea tenía a una empresa a la que había que darle trabajo por lo que fuera. En 2006 o 2007 se hicieron unos camerinos que… los mejores del mundo. Sin ningún plan. Años después, de repente, alguien llevó y se llevó toda la grifería. Ahora hay un guardia de seguridad cuidando de la escenografía de Calatrava. Cada día lo veo.

    -Para ti es una edición de debut. ¿Qué sensaciones tienes?
     -Buenas. Los responsables culturales del Institut Valencià de Cultura, Conselleria, Diputación y Ayuntamiento están contentos con el trabajo y yo también. Los agentes culturales de Sagunto han hecho un esfuerzo increíble, pero también los de esta casa [Teatres] tuvieron que esperar a que acabara la temporada en el Teatre Principal para llevarse buena parte del equipo técnico que ahora se está montando en Sagunto. Por eso cuando oigo a Natalia Menéndez, la directora del festival de Almagro, decir que si no le dan el 15% más se va y que 141 personas trabajan de manera directa en el festival… Aquí somos seis personas. Ella habla de su oficina de de Madrid, de la oficina de Almagro, de producción, comunicación… Aquí tenemos 10 o 12 técnicos que ahora, sin vacaciones, desmontan en julio y se llevan todo a Sagunto. Las acomodadoras empiezan el 23 de julio, acaban el 10 de septiembre y el 29 de ese mismo mes ya están en el Principal. Si no fuera por el entusiasmo de las personas sería

    -Como decías, estos últimos 20 años has vivido en el Camp de Morvedre. ¿Te sientes próximo a Sagunto y el festival te estimula lo suficiente como para no pretender ninguna otra posición en la gestión pública?
     -Es muy gratificante el trabajo que estoy haciendo. Creo que, por edad, ya no me corresponde el tipo de esfuerzo que requiere una dirección general o subdirección. Soy de los que cree que hay que dejar paso a las nuevas generaciones en esos lugares de trabajo, algo que también lo he hecho durante mi carrera universitaria. De hecho, uno de los grandes problemas en todas las administraciones es que se van creando barreras generacionales. Hay que darle cancha a la gente. Me veo como mínimo un año más en Sagunto. Tengo fuerzas para hacerlo.