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  • Carles Gámez: «En la gestión cultural pública echo a faltar la ambición»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Carles Gámez estudió Historia del Arte, pero no quiso ser profesor. Escribió algunas reseñas de discos en Valencia Semanal porque rondaba con Els Pavesos y tenía a mano a Remigi Palmero, entre tantos otros. Pensó que escribir sobre aquellos músicos tan próximos para él y tan extraños para una València entre el gris y el marrón sí aportaba alguna cosa. En Las Provincias le abrieron página “enseguida” para escribir de arquitectura y diseño. Se empeñó en valorizar la huella modernista y art déco de la ciudad, actividad que trasladó a una sección conjunta en Levante tiempo después. “Mezclábamos arquitectura con urbanismo, entrevistas a personajes en sus casas… Y tenía que traer publicidad, así que no duró mucho”.

    Estos fueron los picos de la etapa prólogo hasta coronar su conversión definitiva a periodista cultural en una redacción: era el año 1984 y El Temps pintaba sus números 0 con una plantilla tan joven como influyente hoy, copando direcciones y cargos en infinidad de medios. Allí estaría hasta que en 1989 inició su larga etapa en una Radiotelevisió Valenciana que acabaría abandonando por voluntad propia. Guionista de El show de Monleón, de varios magacines matinales, inventor del popular programa de radio Bikini Club (que dejaría atrás antes de que se convirtiera en el aparador de las discotecas valencianas con Vicent Bartual) o del prestigiado Colp d’Ull. “Era inquietante que un programa de cultura en la tele, que dedicaba monográficos indistintamente al Sónar o a Georges Simenon, se emitiera después de Tómbola”.       

    Pero Carles Gámez ha hecho mucho más. Es el biógrafo –y amigo; resolverá en esta conversación cómo se gestiona la distancia con el artista admirado– de Joan Manuel Serrat. Sobre el autor de Mediterráneo ha escrito todos los libros de. Libros y más libros: sobre Lluís Llach, la revolución feminista de los años Ye-Ye, la mejor crónica de la nova cançó (PUV), y tantos otros. Ha sido guionista de documentales sobre el propio Serrat, pero también sobre la impactante vida de Bruno Lomas (Endora). A día de hoy sigue escribiendo con regularidad en El País SemanalLa Vanguardia y el suplemento Postdata de Levante EMV. Desde hace décadas, su firma ha aparecido indistintamente en VogueS Moda, Woman, EsquireMarice ClaireHuffington Post… Conversamos.

    -En una palabra, ¿Serrat?
    -Cantor.

    -¿Raimon?
    Força.

    -¿Maria del Mar Bonet?
    -Es muy tópico, pero mediterránea.

    -Lluís Llach.
     
    -Ternura.

    -Carmen Alborch.
    -Amistad.

    -Francis Montesinos.
     
    -Fantasía.

    -Joan Monleón (del cual ha escrito un documental que se estrenará en 2019).
    Los mejores años de nuestra vida (ríe). En una palabra, transgresión.

    -¿De padres periodistas?
     -Para nada. Hice Historia del Arte, pero el mundo de las cátedras no me llamaba. Mis padres me dieron mucha libertad. Les hubiera gustado que estudiase Derecho. Algo ‘más serio’, pero supongo que me aproveché de esa libertad ofrecida.

    -¿La primera redacción?
     -La de Valencia Semanal, pero la que me marcó fue la de El Temps. Vicent Sanchis, Josep Ramon Lluch, Adolf Beltrán, Enric Soria, Vicent Martí, Remei Blasco, Ferran Torrent… Son los periodistas que han acabado influyendo en mi forma de ver el oficio.

    -Mucho tabaco, alcohol y máquinas de escribir. ¿Cuándo llegó el primer ordenador?
     -En El Temps viví dos transiciones decisivas: de la máquina de escribir al ordenador y del vinilo al CD. Esta última acabaría siendo mucho más decisiva, porque cambiaría la historia de la industria de la música, a la que yo le dedicaba mucho tiempo. Pero recuerdo que Vicent Partal (VilaWeb), ya en El Temps, antes de que hubiera por allí ningún ordenador, ya nos decía que íbamos a acabar todos tecleando de cara a la pantalla. Él ya era muy visionario. Y aquí estamos.

    -¿La primera pieza?
     
    -La reseña de un disco de Alimara o de Remigi Palmero en Valencia Semanal. Sobre Remigi he escrito mucho, porque vivía desde dentro alguna parte del proceso. Es curioso pensar en esto, porque recientemente he recordado la ilusión que me hacía publicar por primera vez en alguna cabecera. Por ejemplo, en Babelia de El País. Pero hace años que ya no me pasa. Llega el primer artículo en algún otro sitio donde no he publicado antes, y, bueno…

    -Lo primero que publicaste fue una crítica, un género que, por tu oficio y por tu firma, sigues cultivando. Sin embargo, especialmente en la información musical, es un género entre la caída en desgracia y el desuso. ¿Desaparecerá?
    -Es cierto que es mucho más fácil ocupar espacio y recursos humanos en cualquier giro inesperado de Isabel Pantoja en Supervivientes que en una crítica. Y es cierto que, quizá, la crítica musical si ha ido desapareciendo de medios generalistas, revistas de moda o suplementos, aunque tiene sus espacios en medios especializados. Pero la crítica literaria sigue teniendo mucho vigor en los generalistas. Supongo que es debido a los intereses cruzados de los diarios con las editoriales, que siguen siendo fuertes.

    ­-¿La entrevista es una fórmula demasiado accesible para el periodista cultural? ¿Es un lugar común demasiado transitado y, por abuso, menos atractivo?
     -Rara vez he hecho entrevistas de tres o cuatro páginas. Para mí la entrevista se ha dividido en las de redacción, pret a porter, hechas de un día para otro o las que han servido en suma para biografías.

    -¿Y cuál es la que más recuerdas?
     
    -Pues una de las primeras, cómo no, a Serrat. Sería la primera a Serrat importante. Él estaba en el Sidi Saler y cuando llegué me di cuenta de que no llevaba cinta. Desde la recepción pedí que le llamaran y le pregunté si tenía alguna cinta virgen, a lo que me respondió que en su habitación ya no quedaba nada virgen. Se acababa de casar y, de hecho, viajaba en pareja. Total, que me permitió recogerla en notas, pero estando allí, en el Sidi, vino una ventolà y se llevó todas las notas. Yo no sabía dónde meterme, así que él confió en mí y me dejó reconstruir la entrevista de alguna manera. Supongo que también sirvió para acercar más nuestra relación. Recuerdo también con mucho cariño mi entrevista a Tàpies o las que he tenido con Raimon, porque es una persona muy culta, con una cultura muy amplia, muy plural.

    -En tu larga trayectoria, desde el inicio y hasta hoy, tu género estrella es el reportaje. ¿Por qué crees que optaste tan pronto por este camino y qué te sigue aportando?
     -Intuyo que soy hijo de un momento concreto en el que Anagrama publicó de todo aquello del nuevo periodismo. Y, claro, eso para nuestra generación fue una revelación. Que se pudiera leer una entrevista como un reportaje, pero que a la vez fuera una historia, pero que se cruzara con las formas de una noticia a mitad de texto…

    -Es algo que a nosotros nos ha llegado de manera natural, a través de vuestro trabajo diario. Sabemos qué es el nuevo periodismo y a qué firmas pertenece, pero digamos que lo hemos asimilado ya a través de la cultura propia. No sé si fueron los Wolfe, Mailer o S. Thompson quienes te influyeron. ¿Qué firmas recuerdas seguir en aquellos primeros pasos?
    -Pues, sobre todo, la gente del El Temps. Como Vicent Martí, que se preparaba las entrevistas con mucho tiempo y oficio. Por ejemplo, recuerdo el trabajo que le llevó preparar la entrevista al bibliófilo Martí de Riquer.

    -Parece un rasgo común que quien acaba influyendo en el oficio del periodista cultural no es necesariamente un referente para la opinión pública, sino quien le rodea en sus primeros años de redacción, a quien ve trabajar durante 12 o 14 horas al día.
    -Yo creo que sí. En mi caso, Martí me influiría mucho, pero también Enric Soria, Lluís Bonada o Ferran Torrent. ¡Si es que son todos compañeros de El Temps!

    -Dentro de la gestión cultural, ¿qué personaje te ha generado más admiración al conocerlo?
     
    -Sin duda, Eliseu Climent. Como editor de El Temps y responsable de los Premis Octubre, de la librería… Estaba en tantos frentes trabajando, tan inquieto siempre.

    -¿Y desde la gestión pública?
     
    -No he tenido tanto contacto con la gestión pública, creo, pero sí recuerdo con admiración el tiempo de Ricard Pérez Casado. Del 78 al 88, recuerdo una Feria de Julio irrepetible, año tras año. Unos carteles impensables ahora. Supongo que ahora está muy bien tener a David Bisbal y a Els Jóvens, pero para mí la Feria de Julio es ver a La Fura dels Baus en el Mercado de Abastos o la obra de teatro Per davant i per darrere con Juanjo Puigcorbé en la Plaça de Manises. Echo a faltar ambición en la gestión pública actual, especialmente si estamos hablando de la ciudad.

    -A menudo pienso si aquellos felices 80 de la cultura valenciana distorsionan cualquier acción posterior. Por los márgenes económicos de presupuesto comparado, por el ambiente modernizador de la sociedad y porque IVAMs y Palaus de la Música se construyen en una ciudad una vez cada varios siglos. Ahora, a lo mejor, los recursos se han de dedicar a llenar de contenido esas construcciones.
    -No sé si es una cuestión de margen económico. Creo que era una cuestión de ambición y riesgo. En el caso de la Feria de Julio se pensaba en un festival de verano, con sus analogías con el Grec de Barcelona. En cuanto a los grandes edificios y el contenido, lo que interpreto es que la crisis ha obligado a que el IVAM, por ejemplo, se dedique a hacer cuatro o cinco relecturas de sus fondos al año por obligación. Y así, temporada tras temporada, sin quitarle valor al trabajo que no tiene que ver con relecturas. En el caso del Palau de la Música, la programación llega hasta donde llega y, supongo, tiene que ver con lo más duro de la crisis y una lenta recuperación. Quizá se puede acusar de un exceso de lentitud en la recuperación. Pero los contenedores, más que un problema, siguen siendo una incógnita. Porque los museos de la ciudad… Ahí está, por nombrar uno, el Museu de la Ciutat, que existe sin pena ni gloria. Y creo que todo está mucho más en las manos de la creatividad y el ingenio, en la ambición por ese sentido, que en el presupuesto. Que sí, que desde la crisis se arrastra una carencia, pero no creo que la reversión de la situación llegue por una cuestión de dinero. Ahora bien, en los temas de fiestas, al gobierno del cambio de la ciudad, sí se le ve otro ritmo. Se le ve mucho más esplendor, cuidado y creatividad. En fiestas, en general, se ve un interés mayor.

    -Quizá podríamos valorarlo mejor si la ciudad tuviera una estrategia cultural. Una estrategia pública, evaluable. Porque estamos en 2019 y el Museu de Belles Arts sigue desconectado de la ciudad, la ciudadanía oye hablar o habla del Palau de la Música porque se le ha caído un techo, el Teatre Escalante ha desaparecido… ¿algunos de estos conflictos no te llevan a pasar que vivimos en el Día de la Marmota mientras otras ciudades con menos patrimonio, historia y activos culturales nos van sacando cabezas?
    -En el caso del Museu de Belles Arts es cierto que se arrastra el problema de la gestión compartida entre Estado y Generalitat. Un estado que no se resuelve y bloquea movimientos, seguro. Lo del Palau, como afortunadamente no ha habido ninguna desgracia personal, tampoco creo que haya que darle tanto valor. En el caso del Palau de les Arts no se resuelve que en Madrid no nos interpreten como un teatro de ópera, y es más fácil que lleguen algunos euros a Bilbao o a Sevilla que a València. Igualmente, quizá tratando de hacer un paralelismo crítico hacia los 80, es muy probable que una parte de esa acusación de ambición tenga que ver con la iniciativa privada. Pondré un ejemplo, el caso de La Nave. Un estudio multidisciplinar de diseño y de disciplinas paralelas que era todo iniciativa privada, que atrajo las miradas de fuera de València y que sirvió para generar una referencia en un ámbito: el diseño. Un movimiento que yo veo esencial para comprender que ahora estemos pensando en la capitalidad mundial del diseño.

    -Un estudio, La Nave, compuesto por independientes, pero que tenía bastante carga de trabajo institucional. ¿Hay brotes verdes en la actividad privada actual, verdad?
    -Por supuesto, con la búsqueda de la capitalidad mundial del diseño, que es una iniciativa privada, o con la música, con gente como Gener que está haciendo cosas importantes. Por otro lado, Pep Gimeno ‘Botifarra’, que es una figura importante que ahora hemos asimilado, pero que no ha existido en los 90 ni antes. Otra cosa es que eso, luego, tenga una difícil cabida en las páginas de Babelia

    -Bueno, pero eso tiene que ver con el sistema de medios estatal funcionando de M-30 hacia dentro. Al fin y al cabo, Montesinos o Mariscal, si han querido trascender, han trasladado sus estudios fuera de València.
    -Aunque luego, en el caso de Francis Montesinos, haya decidido volver tras establecerse en Barcelona durante una década. Y a buen seguro que ha tenido menos recorrido insistiendo por estar aquí, pero él sabe cómo impactaba cuando estaba en Madrid y se rodeaba de la Movida y cómo no impactaba comunicando únicamente desde aquí. Los industriales catalanes nunca estarán suficientemente agradecidos al trabajo que les generó Montesinos en sus años relacionándose con ellos. En todo esto, hay inercia y pereza por parte de los redactores y editores que toman decisiones desde Madrid o desde Barcelona. Desde Barcelona llego a intuir algo más de sensibilidad por la lengua, pero en Madrid… Hay una dinámica no muy positiva al respecto.

    -Ya que se abre la espita de la llengua, tú que has vivido tiempos tan distintos en el flujo cultural en torno a la lengua, ¿cómo afecta el procés al desarrollo de la actividad cultural en torno a la cultura creada en el mismo idioma?
    -A nivel político, afecta a todos. No solo a València. En el ámbito cultural, está claro que una escritora o un músico que se exprese en valenciano, ha de impactar en Cataluña y Baleares. El mercado aquí es demasiado pequeño y ha de trabajar pensando en todo el ámbito, porque ese es su mercado natural.

    -Ya, pero las ventas de libros de autores valencianos y editoriales valencianas en Cataluña, por ejemplo, son ridículas. Son mínimas.
    – Bueno, está el caso de Ferran Torrent.

    -Un solo caso…
    -Bueno, Gener o ‘Botifarra’, que acabo de mencionarlos, también han tenido su recorrido allí. Els Pavesos tenían buena parte de su actividad allí, en Mallorca…

    -Pero no rebobinemos la historia hasta Els Pavesos, hablo del ahora.
    -Creo que Cataluña sigue siendo sensible en positivo. Las emisoras de radio catalanas, por ejemplo, le siguen dando mucha cancha a la música en valenciano. Otra cosa es el tema del procés, porque afecta a todos los ámbitos, también a la gestión cultural. La llengua no es ni mucho menos una barrera. Los grupos de cualquier estilo no encuentran en este momento una barrera con la lengua común, sino todo lo contrario. Hay bastante receptividad.

    -Parece que hay fotos más incómodas ahora que en los 70, 80 y 90. Me refiero, incluso, entre agentes culturales de uno y otro territorio. Público y privado. 
    -No creo que sea diferente a antes o diferente por el procés. Es cierto que tuvimos un tiempo, con el Teatre El Micalet como contenedor de referencia, en el que había mucha actividad cruzada. Pero ha habido siempre injerencias y problemas. No siempre ha sido fácil que bajara Lluís Llach, por citar a alguien.

    -Mencionas a Llach de nuevo, a quien le has dedicado un libro, como los varios escritos sobre Serrat y o la Crònica d’una nova cançó. ¿Qué personaje de los que se han cruzado en tu vida merece una serie en Netflix o HBO?
    -Si fuera por dedicación, sería Serrat, a quien le he dedicado ‘mis mayores esfuerzos’. El artista que me gustaba desde antes de ser adolescente. El personaje que ha sido admirado, luego amigo, con el que tengo proyectos en marcha… Pero también quizá a Raimon, por su cultura inabarcable, o Joan Fuster, por su ánimo. Era una persona incontenible, con una fuerza e inquietudes que parecían no acabarse nunca.

    -Tomemos el caso de Serrat para acercarnos a un conflicto. ¿Cómo se disocia al fan del periodista? ¿Cómo se hace un trabajo ‘limpio’ de admiración?
    -La perspectiva seguro que la pierdes. Sobre todo, en las primeras entrevistas. Con el tiempo, creo, coges distancia. Ahora puedo hablar de discos que no me gustan tanto de Serrat. Pero el caso de Serrat es paradigmático porque, desde una posición intelectual y sofisticada, llega a un público muy amplio. Creo que si repaso a aquellos artistas a los que más esfuerzos les he dedicado, todos se conectan por este hecho. Cole Porter, Françoise Hardy, Jane Birkin… Esa capacidad elegante o de implicación cultural, de dedicarle un disco a Miguel Hernández cuando nadie lo estaba reivindicando, a estar en la lista de Los 40 Principales.

    -Entonces, como en tu caso, no es algo necesariamente negativo ser amigo de directores de teatro, propietarios de discográficas, artistas, cantantes… ¿y acabar escribiendo sobre ellos?
    -No lo creo. Creo que conocer en su momento a Amadeu Fabregat, Rafa Gasset, la gente de la Jovenívola, Lluís Fernández y Rafa Ferrando, la gente del Capsa 13, del Christopher Lee, donde en su parte de bajo veíamos cine, de La violetera a una de Humphrey Bogart… relacionarme con estas personas solo me abría más el campo de visión, me enseñaba cosas.

    -Otro conflicto es ser juez y parte. Salía antes en la conversación el caso de Bikini Club, en el que Bartual acabó siendo uno de los miembros más conocidos de RTVV desde la radio. Era locutor, pero era dj y era promotor. Ahora sabemos que su discográfica era la propietaria de los derechos del ‘Saturday Night’ de Whigfield, cuyo rendimiento en ventas a mediados de los 90 podemos calcular. A día de hoy, en la radio pública estatal, hay locutores que ejercen de dj’s en festivales y a los que, casualmente, se les ocurre hacer un monográfico sobre dicho festival en su programa. ¿Esto no desacredita al profesional?
    -Claro, pero yo ya no estaba en Bikini Club por aquel entonces… Que, por cierto, el nombre proviene de la influencia de los 60. Se lo puse yo. Estas interferencias del periodista que hace bolos, es complicada. También he de decir que las radios han promovido esas acciones como dj, esas acciones promocionales, así que tampoco es una acción individual. En discográficas, en promotoras, con locutores… el otro día, Serrat me habló de locutores “de sobre”. Diría que pertenece más a épocas pasadas, pero interferencias ha habido siempre. Con editoriales, otro tanto. El peso de la publicidad, otro tanto. En el ámbito musical ha cambiado mucho todo porque, entre otros asuntos, las discográficas ahora son promotoras y empresas dedicadas a la venta de todo tipo de productos y derechos en torno al artista y sus canciones. Eso también desordena un poco las juegas de juego, a mi parecer.

    -¿València ha sido moderna?
    -Sí, y lo será. Los 70 fueron el primer gran momento de modernidad, con la Sala Studio, con una especie de drugstore por donde pasaban Els Joglars, Quico Pi de la Serra, Lluís Llach… En aquellos tiempos, los escaparates de Francis Montesinos en su tienda del barrio del Carmen, con la ropa que llevaba él y toda la tropa, impensables hasta entonces. Siempre recuerdo, si sirve para contestar a esta pregunta, que Carmen Alborch puso su lista de boda en la tienda de Montesinos. La familia más bien esperaba que la pusiera en El Corte Inglés, pero no. Las tiendas Agua de Limón, más tarde Tráfico de Modas de los Mariscal… El primer estallido fueron los 70, pero también hubo una modernidad consolidada en los 80 que bebía de aquel origen. Hacia los 90 llega lo mejor de La Marxa, un pub en el que yo le insistí a Josevi Plaza en que el buen camino tenía que ver con aquello de la cultura de club. Y sí, era una discoteca, un pub, pero había siempre exposiciones, perfomances, cruzarte con David Dúplex u Olga Poliakoff tomando copas. El caldo de cultivo era muy intenso y, aunque había muchos locales interesantes, creo que La Marxa tuvo una época muy estimulante que ya se evidenciaba aunque solo fuera viendo los pelos de las camareras, con puntas, cardados, rapados… pero todo a la vez.

    -Preguntándote por València hemos hablado de los 70 en adelante, pero uno de tus libros más reivindicables quizá es Los años Ye-Ye. Sobre todo porque fija la primera gran revolución de masas de la mujer en España, a través de la televisión y la publicidad, en una acción de asertividad y empoderamiento a través de la moda y su cuerpo.
    -A mí los 60 es la época que más me interesa en casi cualquier disciplina artística. Quizá, por eso, se notará algo de amor extra o admiración en el texto. Para mí los 60 evidencian en el mundo y en España un cambio hacia la libertad. Un detalle, que por mi fijación con la moda, tiene sentido: es la primera generación que viste radicalmente diferente a sus padres. Se rompe algo en ese sentido. Después, los padres vestirán como sus hijos. Estados Unidos se avanza a ello, marca la pauta, pero el impacto en Europa es muy interesante, y la mini falda o los pantalones en la mujer suponen un impacto brutal en la calle. Esa exhibición del cuerpo tan libre produjo muchos problemas. Es una convulsión muy interesante, que tiene consecuencias sociales.

    -Si lo traducimos al momento actual, a la música actual, es posible que ese cambio radical esté sucediendo ahora. Las listas de éxito, el grueso de la música que escuchan nuestros adolescentes en el sentido de música de masas, está totalmente desligado de la tradición del siglo XX. Hasta el punk estaba fundamentado en una base de banda de rock estándar y, sin embargo, ahora, ese patrón ha desaparecido, como ha desaparecido el valor de la autoría o los tabús con el lenguaje que gira en torno al sexo o las drogas, sin eufemismos ni metáforas.
     -No tengo claro que se haya roto del todo, porque en la música siempre confluyen corrientes cíclicas. Siempre hay una base revival y otra parte que avanza sin mirar atrás. También he de admitir que con la edad, pese a que me oficio me lleva a estar muy al tanto, te vas convirtiendo en un escuchante muy selectivo. Así que no sé si me llama la atención todo lo que esté totalmente desligado. Por ejemplo, escucho mucho a Devendra Banhart y hace poco me he parado a ver sus relaciones con la obra de Donovan y el folk rock. A Sufjan Stevens con las aportaciones a la banda sonora de Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017).

    -Hablando de nostalgia, no hemos hablado de un tiempo pasado en el que se cobraba más por el mismo trabajo costando el pan y la entrada al cine muchísimo menos. ¿El periodismo cultural está afectado por esta devaluación de su valor en el mercado?
     
    -Sí, pero no el cultural: todos. Me imagino que ha pasado en todas las secciones. Sin hablar del detalle, desde luego los ingresos eran muy superiores antes. Mi aventura como freelance me lleva a una montaña rusa constante en cuanto a la libertad económica, pero la decisión tiene más que ver con algo más próximo a la libertad de tiempos al trabajar en casa.

    La habitación propia del periodista cultural, algo que sí es propio de la estirpe porque tenemos esa necesidad de leer libros o ver películas para la pieza ‘de mañana’.
    -Y que no puedes hacer con normalidad en una redacción. Lo puedes hacer, si tienes suerte, pero siempre es raro. Pero tampoco lo puedes hacer en productoras, con las que he hecho documentales en los últimos años, donde he tenido la sensación de perder el tiempo por no poder hacer según qué cosas que necesitaba hacer en ese momento, pero tenía que estar allí sentado. No yendo a una conferencia a la que necesitaba ir, no leyendo aquello que necesitaba leer y para lo cual tenía que ir a aquel sitio a buscar…

    -Lo que sí es transversal a todas las gestiones, por aquello de la firma y la implicación, supongo, es la gestión del ego. ¿Cómo se gestiona?
    -A mí nadie me lo ha gestionado (ríe), pero no creo que tenga ese defecto. Desde luego, sí he convivido y existen periodistas con el ego descontrolado. Qué le vamos a hacer… es un problema. Si eres Vargas Llosa o García Márquez, creo que podemos admitir cierto margen de ego, pero creo que es necesario tocar tierra cada día. Es cierto también que un día estamos haciendo un programa que pega mucho, en la tele o en la radio, en la que se te abren todas las puertas, o te reconocen por tu firma… Es un ejercicio de amor propio y necesario naturalizar todo eso. Solo somos periodistas.

    -En una o dos palabras, ¿RTVV?
    -Aprendizaje.

    -¿À Punt?
     -Sensaciones contradictoras.

    -¿Periodismo?
    -Vida. Es todo lo que he hecho.

  • Las Fallas, el Prado y la Cultura de los ‘cuantis’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado martes cumplimos con el rito: botar-li foc a miles de obras de arte por San José. Las Fallas son –pese al alcohol– una de las expresiones creativas más relevantes del mundo. Urbano y efímero, el carácter brutalista e invasivo de estas artes es difícilmente comparable. Entre otros asuntos, por su capilaridad urbana y social. Antonio Ariño cuenta que, quizá, solo el Carnaval en Río es capaz de lograr una voz propia por cada palmo de la ciudad. Gil Manuel Hernández recuerda que, eso sí, en el esplendor fallero pre franquista (o sea, pre ofrenda, pre mascletà, pre falleras mayores, pre indumentaria…) las Fallas congregaban a los vecinos de las calles adyacentes al cadafal. Ahora sus miembros –y, por tanto, sus mensajes– pueden llegar desde la otra esquina de la provincia. Con todo y con eso, un marzo tras otro hay un sinfín de ideas interrumpiendo la vida cotidiana y el tráfico para contar historias a través de figuras, textos, pólvora y música.

    Sin embargo, ¿en qué piensan los españoles cuando piensan en las Fallas? ¿Qué percepción sobre su gigantesca potencia artística tienen las y los valencianos? ¿Cómo influye en esta expresión que los premios se concedan a razón de su precio (lo cual les aísla del resto de artes; como si en Cannes las películas indies no pudieran ganar la Palma de Oro)? ¿Cómo influye que no haya mujeres (2019) en los jurados y su percepción crítica para los premios? ¿Qué pintan los artistas falleros y por qué su voz se ha convertido en una especie de gemido victimizado? Son muchas las preguntas, pero la más inquietante es, ¿son las fallas una representación artística y se percibe como tal? Calar, calan, ¿pero cuál es su futuro en este sentido y qué papel han de cumplir al respecto los agentes implicados?

    El pasado martes, mientras cumplíamos con el mito de quemar miles monumentos a lo largo del territorio, el Museo del Prado presentaba su primer estudio sociológico “sobre los españoles” y la institución bicentenaria. El 94,88% asegura que es una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal (salvada por un valenciano). “Una de las grandes aportaciones”. Una de tantas o, al menos, una de varias. ¿Creen los españoles –incluso, las españolas– que las Fallas son “una de las grandes aportaciones de España a la cultura universal”? ¿Lo son? ¿Quién financiaría ese estudio y quién pone el foco hoy sobre el patrimonio inmaterial que ya es? ¿A quién y a cuántos les interesa que esa sea la percepción y a cuántas comisiones y no falleros les importa esa idea de fuera hacia dentro y de dentro hacia fuera?

    Con cierto sentido, la idea ‘fiesta’ se impone a cualquier otro aspecto de las Fallas. Especialmente, si el 19 de marzo da como para puentear un fin de semana. No obstante, la coincidencia en la fecha (19 de marzo) de la presentación del estudio del Prado me sirvió para reflexionar sobre algunas de las ideas ‘cuanti’ del asunto. La más sorprendente es que a los medios de comunicación generalistas les pareció muy relevante que algo más de un tercio de la población no hubiera ido al Prado. Y ese fue el mensaje en sus redes. Facebook se llenó de ‘reacciones’ con lagrimita, como pensando que qué pobres y qué pena de sociedad la que no ha hecho check-in en el Prado. A nadie le dio por recordar que La maja desnudaEl jardín de las delicias Las meninas son, ante todo, un fondo para selfies. Una experiencia conocida y a capturar como la de quien viaja a París con su pareja o hace un bautismo de surf (aunque ni antes ni después vaya a posar sus pies descalzos en un trozo de poliuretano).

    Si alguna cosa puede aportar el arte es, sin duda, desde lo imprevisto. Desde el desconcierto. Y no es un movimiento minoritario, sino cada vez más pronunciado, el de las personas que, en esta futura crisis del concepto turista, comprende que si en la vida ha de toparse con momentos propios, solo podrá hacerlo desde la sorpresa. El Prado contiene toneladas de riqueza por metro cuadrado que, por desgracia, dada la tendencia ‘cuanti’ de las políticas culturales y sus efectos, llevan a que ese templo se contemple desde la previsión. Huelga decir que en la citada encuesta, a alguien se le ocurrió que era muy oportuno preguntarle a los 3.321 encuestados con quién les apetecería visitar el lugar: la respuesta mayoritaria de fronteras hacia dentro fue Rafa Nadal (17,78%); de fronteras hacia fuera, su respuesta les describirá aun más y mejor a qué tipo de experiencia ligan los visitantes del Prado su viaje a través del arte pictórico más elevado: Will Smith (17,43%).

    No me extiendo mucho más en los datos para dejar clara cuál sigue siendo la grandísima oportunidad de las Fallas para todos: a los 3000 julianes a los que se les hizo la encuesta sociológica del Prado se les preguntó cómo les gustaría visitar el museo. Y sí, el 70,43% respondió que en pareja, pero el dato más relevante se encontraba justo después: dos de cada tres admitieron que la forma en que preferirían someterse a la experiencia era “de manera espontánea”. Si hay algo que recorre cada día las salas del Prado es un exceso de canon. Un patrón de visita que se repite, excepto en las caras de los estudiantes de arte y los visitantes más habituales que pasean por allí como quien vagabundea por el Retiro. Incluso, pese al peso de la fiesta, las Fallas son increíblemente actuales y vigentes un año tras otro como para ser visitadas “de manera espontánea”. 

    El amor propio de valencianas y valencianos y la consciencia de este potencial no se relaciona con un empeoramiento de lo que se disfruta; al contrario, enriquecería todos los aspectos del rito. Incluso, las desafecciones vecinales que, aunque haya momentos del curso que inviten a pensar lo contrario, afectan y no agradan a los implicados del casal. Incluso, a la deseada “calidad de los visitantes” desde la empresa privada, a los que se pretende menos ruidosos, más educados y con un gasto medio superior. En la guerra de los ‘cuantis’ sociológicos de la Cultura, las Fallas tienen pistas de sobra como para modelarse progresivamente hacia sus potencialidades (otra de ellas, su aportación en acciones sociales, de las que podemos hablar otro día). En las batallas por los ‘cualis’ –por valores cualitativos–, las Fallas tienen razones de sobra para sobreestimarse. Si algún día calara este mensaje de forma interna, la sociedad valenciana estaría a un paso de atraer a otro tipo de actores. De conectarse a través del arte con referentes internacionales del arte (de cualquier arte) y enriquecerse como colectivo a través de su máxima expresión pública. Y lo mejor de todo: sin renunciar a nada.

  • El Consell Valencià de Cultura ante su futuro: pérdida de influencia y peso institucional

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Es muy probable que, recientemente, hayan leído más noticias sobre el Consell Valencià de Cultura (CVC) en la sección de política que en las cabeceras culturales. El tira y afloja entre los grupos parlamentarios para la renovación del órgano y el amarre entre sus filas de Consuelo Ciscar y Vicente Farnós –la primera, investigada por presuntas irregularidades en su gestión del IVAM; el segundo, en el marco del caso Gürtel- han sido clave en el presente del considerado principal organismo consultivo en materia cultural de la Comunitat. Con la renovación de la composición del CVC prevista para su trámite el próximo 4 y 5 de julio, el CVC celebró ayer un pleno ordinario que sabía a despedida. No solo de una gran parte de los miembros, sino también de la etapa más oscura del mismo (a diferencia de lo que piensan sus integrantes). A pesar de que en no pocas ocasiones se ha hablado de una situación insostenible, con la ley en la mano se ha mantenido hasta el obligado –aunque tardío- cambio de caras. Casi siete años sin renovación; algo inédito desde su origen.

    Salen Ciscar y Farnós, aunque tampoco repetirán Glòria Marcos, Sole Giménez o Enrique García, entre otros. Lo cierto es que la renovación mayoritaria (14 de 21) en la composición del organismo no es ninguna sorpresa, debido al cambio –no tan nuevo- en Les Corts con respecto a la última vez que se acometieron modificaciones en la misma y la conocida como Ley de Paridad. Estos dos factores han sido clave, generando una especie de ‘efecto cremallera’ que ha dejado atrás a algunos de los nombres vinculados al Consell. Si bien desde la conselleria de Cultura son cautos por lo que respecta a la nueva composición -«desde la Generalitat no se valora los miembros que integran el CVC, sino que se respeta la decisión de Les Corts»- lo cierto es que se intuye el inicio de una nueva etapa por lo que respecta no solo a la interlocución con el gobierno sino, también, con el resto de instituciones con las que trabaja desde hace años. 

    Una formación condenada a la polémica

    En la prolija memoria que cada año acompaña al ejercicio del Consell Valencia de Cultura se mide su presencia en los medios de comunicación. Siete puntos entre los cuales no se incluye la ingente cantidad de ocasiones en los que sus siglas han figurado en titulares y cuerpos de texto, en noticias radiofónicas o espacios televisivos por la presencia de dos de sus miembros: Consuelo Císcar Vicent Farnós. Y no precisamente para bien, sino para recordar que los dos investigados por la Justicia –casos de corrupción en proceso IVAM y Gürtel– continuaban siendo asesores de la Generalitat oficialmente…

    Lo son todavía, hasta que Les Corts apruebe el nombramiento de los nuevos miembros y este quede reflejado tanto en el Boletín Oficial de Les Corts como el Diari Oficial de la Generalitat Valenciana. Entonces, su relación con el CVC habrá cesado. Más allá de que en distintos momentos los representantes políticos les pidieran que abandonaran el órgano (incluidos los del Partido Popular, grupo que les propuso para el órgano), lo cierto es que su presencia ha acaparado impacto mediático… y seguramente, desgaste por este motivo. 

    La exdirectora del IVAM y el exdirector de Castelló Cultural respondieron con la negativa a su salida del órgano. Lo hicieron ante sus compañeros más críticos (como Glòria Marcos, también saliente) e incluso a su presidente, Santiago Grisolía, que les pidió en distintas ocasiones que no afectarán con su presencia al órgano. No sucedió. Y no solo eso: nada ha cambiado en los estatutos del órgano para que esta situación no se vuelva a repetir ya que, una vez elegidos, los miembros solo deben abandonar el cargo en caso de ser condenados. Un supuesto que, en ninguno de los dos casos, ha acontecido. 

    Por ese motivo la gran renovación de caras supone una especie de regeneración casi completa del CVC. Antes del actual periodo, cada tres años había un primer ‘saneamiento’ de caras. Sin embargo, en este último periodo, al pairo del ciclo electoral, la formación saliente lleva casi siete años trabajando de manera conjunta. A partir de la reformulación de su alineación titular, 14 miembros serán de nuevo cuño y siete repetirán en su asiento. Entre ellos, tanto el presidente Grisolía como el secretario, Jesús Huguet.

    Informes: una evidencia en el cambio de paradigma (e influencia) del CVC

    Huguet es la cara más visible de la relación administrativa de un CVC que, según sus consideraciones a Valencia Plaza, “ha sido, desde el punto de vista doctrinal, el periodo más rico de trabajo”. El secretario del CVC pone en valor su participación en las etapas previas de la Ley de Mecenazgo, en su crítica al cierre de Radiotelevisió Valenciana, en señalar la crisis del cambio de paradigma cultural y científico y en lo referente a su apertura a nuevas sensibilidades.

    Tres son esas sensibilidades que destacan como nuevas temáticas para el CVC. Los incendios –fuentes del CVC aseguran a este diario que es algo que “obsesiona” a Grisolía y que es su principal motivador–, la violencia escolar y de género y la gastronomía. ¿Pero han influido estos informes? ¿Quién los ha solicitado y hasta dónde ha llegado su influencia? 

    El análisis es complejo y dispar, pero lo cierto a partir de las cifras consolidadas es que desde que se iniciara la actual década el CVC ha dejado de recibir encargos de informes tal y como sucedía en años anteriores. Cabe recordar que hasta finales de los 90 el CVC apenas hacía informes para instituciones que no fueran la propia Conselleria de Cultura o Presidència de la Generalitat. Fue el propio Grisolía el que abrió el órgano a demanda del resto de consellerias, pero también diputaciones y ayuntamientos. Se vivió un boom y ahora hay cierta contracción.

    En el año 2016 el 80% de los informes del CVC se realizaron a petición propia. En el último ejercicio con datos cerrados, el de 2017 y cuya memoria fue presentada hace apenas unas semanas, la tasa ha mejorado hasta el 57% de externos. Aun así, las voces más críticas con el CVC aseguran que es un dato que evidencia la falta de peso e influencia del órgano. Es decir, que buena parte de sus trabajos surgen de la inquietud propia y no como herramienta para instituciones. Huguet justifica esa caída en que “muchas de las instituciones que durante años han necesitado que analizásemos si su patrimonio tenía que ser BIC o cuestiones que estaban por resolver ya han tenido ese informe correspondiente”.

    De alguna manera, es un cambio de paradigma y de tiempos. Pero el secretario pone en valor que, por ejemplo con el caso de los incendios, “incluso la ONU ha recogido una figura parecida a la del terrorismo contra la naturaleza por esta causa que nosotros ya teníamos en nuestros informes”. Aun así, los informes sobre conjuntos históricos y bienes inmuebles singulares o sobre política cultural ocupan la mitad del total de trabajos impulsados por el CVC. 

    “A la Conselleria de Cultura le vendría bien tener más respeto por el CVC”

    El vicepresidente del CVC, Ricardo Bellveser, tampoco formará parte de la nueva composición del órgano estatutario valenciano. No por falta de voluntad, sino por el ya mencionado efecto cremallera. Igualmente, tras más de 25 años en el órgano, se siente “satisfecho” y entiende perfectamente que es positivo “un cambio”. No obstante, no puede ser más crítico con la Conselleria de Educación, Investigación, Cultura y Deporte cuando se le pregunta por la pérdida de representatividad del CVC en distintos órganos. Han perdido la silla en los consejos rectores del Consejo Asesor de Bibliotecas, del Institut Valencià de la Música o el de la Cinematografia (ahora integrados en el IVC): “es del todo incomprensible”.

    Bellveser asegura que esta pérdida de influencia y decisión directa en estos espacios no habla bien “de los distintos consellers de Cultura que ha habido. Les vendría bien tener más respeto por el CVC”. No lo toma como algo personal, sino que enfoca que “el CVC existe y tiene sentido siempre y cuando se le dé uso y a su favor tiene un arma: la altísima autoridad moral”. Ni siquiera ha formado parte de las propuestas en el nuevo patronato del Palau de Les Arts o de su órgano asesor y este tipo de ausencias en instituciones culturales son “espacios que, obviamente, costará recuperar”. El propio Bellveser formó parte del Consejo Rector del IVAM durante años y es consciente de lo que genera esa presencia y representación.

    Igualmente, como Huguet, saca pecho y pone en valor los informes del CVC. En su caso, como responsable del área de Legado que trabaja los informes para declarar los Bienes de Interés Cultural (presenta cinco nuevos en cuestión de días) “casi todos los informes son por petición externa. En otras áreas, como ciencia, es mucho más difícil y hay que entender que la naturaleza es que se propongan desde dentro”. 

    Gana participación en «espacios clave»

    Aunque la comparativa entre informes deja fuera espacios de representación, desde la conselleria de Cultura se especifica que en los últimos años el CVC ha ganado participación en los «espacios clave de determinación y trabajo conjunto de acciones encaminadas a potenciar la cultura de nuestro territorio». Así, desde la administración destacan que como novedad -todavía no incluida en la memoria del órgano- el CVC cuenta con representación en el Patronato de Les Arts a través de Ramón Roselló, además de en distintas comisiones de la mesa de la cultura. También forman parte de la comisión de valoración para la selección de capital cultural o del Consorci de Museus, este último se mantiene en distintos años.

    Uno de los puntos de tensión entre el CVC y la Generalitat durante la presente legislatura por lo que respecta a espacios de representatividad fue el desarrollo de la Ley del IVAM. Y no solo porque Ciscar participara en tanto que miembro del órgano consultivo de la confección de la misma. El anteproyecto de la misma hacía una mención al Consell, eso sí, para solicitar su informe sobre la norma, tal y como se hizo con el Consell Jurídic Consultiu. El ‘olvido’ no pasó desapercibido por parte del órgano, que calificó de “injustificada” su exclusión en la estructura del museo. Esta situación se enmendó con la Ley del IVAM definitiva, que cambió por lo que respecta a la composición, incluyendo en el consejo rector tres vocales designados por la Presidencia del IVAM y un miembro en el consejo asesor a propuesta del CVC.

    También el plan estratégico Fes Cultura, la hoja de ruta del conseller Vicent Marzà, fue uno de los puntos rojos en la relación entre unos y otros. Desde el CVC expresaron su «preocupación» por que no se hubiera contado con ellos para la confección, aunque sí lo hicieron con dos de sus componentes (Ricardo Bellveser y Ana Noguera) pero a título personal. A este respecto, desde Cultura inciden en que el propio documento del plan menciona en el tercer párrafo al órgano: «El Plan Estratégico Cultural Valenciano Fes Cultura no solo mira el ámbito internacional, también está basado en la larga trayectoria de investigación que se ha realizado desde las universidades valencianas en las últimas décadas, en diferentes campos disciplinarios y relacionados con lapolítica cultural, así como las propuestas del Consell Valencià de Cultura», reza el texto.

    Así, desde la conselleria se explicita que desde el gobierno autonómico «siempre se ha considerado e implicado al CVC en todo lo relacionado con esta área [Cultura] como órgano consultivo e independiente que es». Según la memoria de actividad de 2017, otras de las instituciones en las que el CVC ha estado representado es la comisión consultiva de evaluación y seguimiento de la protección y conservación del patrimonio arbóreo; la comisión técnica para la valoración de retirada de vestigios relativos a la Guerra Civil y la dictadura; el consejo asesor de la fundación para la Investigación del Hospital Clínico de València (INCLIVA); o en la Fundació Comunitat Valenciana-Regió Europea. 

    La necesidad de renovar su reglamento

    Bellveser pone en valor la independencia política del órgano con respecto a los partidos y el legado de las últimas décadas: “se pueden poner muchos ejemplos, pero la Acadèmia Valenciana de la Llengua nace a partir de un informe nuestro; el legado audiovisual y la protección que inmediatamente exigimos con el cierre de RTVV, como nos han agradecido los documentales que ahora forman parte de À Punt, fue cosa nuestra; desaprovechar y desoír a los nombres que pasan por este grupo asesor no tiene el menor sentido”.

    No obstante, Bellveser –que prefiere no pronunciarse sobre lo vivido en torno a los casos de los investigados por casos de corrupción que formaban parte del CVC– asegura que “en caso hipotético de que una situación similar sucediera, volveríamos a estar en la misma situación. Y lo importante es que evidencia que es un reglamento defectuoso. Por eso, creo que sí es de relevancia decirle al nuevo grupo que entra que una de sus tareas más evidente es rehacer un reglament completamente anticuado. Con un lenguaje que está pasado de moda y, sobre todo, que debe ser renovado por el bien de la institución”.

    Más allá del reglamento –propio de su fundación en 1985–, al nuevo grupo propuesto solo le pone un pero, “que la música deja de tener representación. Y teníamos cubierto todo: el jazz (Ximo Tebar), clásica (Enrique García Asensio) y pop (Sole Giménez”. Tampoco habrá periodistas, con su salida y la Francisco Pérez Puche. 

    Un CVC entre el nuevo observatorio y mesa de la Cultura

    Una vez puesto en marcha el plan estratégico Fes Cultura, el Consell Valencià de Cultura tiene que convivir en la actualidad con distintos órganos de nueva creación generados para facilitar la interlocución con la Conselleria de Educació, Investigació, Cultura i Esports con los sectores culturales. Si bien, especifican desde la conselleria, el objetivo es que estos distintos espacios de diálogo “convivan” y no se sustituyan los unos a los otros. “Cada una tiene una razón de ser que suma, no excluye”. En cualquier caso, la creación de espacios como el Observatorio de la Cultura o la Mesa de la Cultura Valenciana (Mecuv) diversifica de una manera evidente los espacios de conexión con la realidad cultural autonómica. Por un lado, el Observatorio nace como un “sistema de generación, recopilación y distribución de información relativa a los sectores culturales y creativos valencianos”, una marca paraguas con la que se pretende aunar todos aquellos estudios relacionados con hábitos culturales, balances del plan ‘Fes Cultura’, estudios sobre progresión cultural en diferentes sectores y campos desde la óptica de los resultados autonómicos.

    Se preveía que la presentación y creación de este observatorio se dieran durante el primer semestre de este año, en el marco de la Mecuv, tal y como se anunció en el último Seminari de Govern, estando todavía pendiente. En el caso de la mesa de la cultura, creada hace algo más de un año, desde conselleria la definen como el “espacio de participación y diálogo del Consell con los sectores culturales y creativos valencianos, a partir del que se determinarán los procedimientos para hacer aportaciones a las normativas y nuevas bases que elaborará la administración de la Generalitat”. Dividido en diferentes comisiones temáticas (como se hace con el propio CVC), lo cierto es que sí cuenta con la representación de distintos miembros del Consell en las seis mesas de participación, entre otros agentes culturales. Fue en mayo de 2017 cuando se reunió por primera y única vez en su totalidad la mesa de la cultura, momento en el que se organizaron las distintas comisiones. De los seis participantes en la misma procedentes del CVC, solo dos continuarán en el mismo, Ana Noguera (participante de la comisión de libros, Archivos y Bibliotecas) y Ramón Roselló (miembros de la comisión de artes escénicas), con lo que habrá que renovar cuatro caras.

  • Carmen Alborch: «Que Cultura tenga una silla propia en el Consejo de Ministros es fundamental»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El Ministerio de Cultura ha sido un ente autónomo e independiente en dos periodos: entre 1977 y 1996 y entre 2004 y 2011. Esos periodos comprenden aquellos que han tenido al frente a gobiernos de distinto signo político al del Partido Popular, que en sus dos mandatos lo ligó con Educación. Este martes conocíamos que el nuevo presidente del Gobierno, el socialista Pedro Sánchez, iba a reactivar esa idea original de la institución independiente y –como pondrá en valor en esta breve conversación Carmen Alborch– con silla en el Consejo de Ministros. Silla a la que deberían llegar una batería de reclamaciones en clave valenciana (de peso).

    Alborch fue la segunda mujer ministra de Cultura de la democracia en España, pero la más referenciada. Primera mujer decana de Derecho en Valencia, profesora titular de Derecho Mercantil, se dejó convencer para ser la directora general de Cultura de la Generalitat Valenciana en un periodo creciente. Era el fértil espacio de finales de los 80 e inicios de los 90 y l’Institut Valencià d’Art Modern se encuentra entre uno de sus legados más tangibles. Pero fueron muchos otros méritos los que llevaron a Felipe González a reclamarla para el ministerio pese a no ser militante del PSOE. Por ese motivo, como referente de una cartera que ahora Sánchez rehabilitará de manera unitaria casi 7 años después, conversamos con Carmen Alborch en Cultur Plaza.

    -¿Qué le parece la decisión de recuperar la integridad y singularidad del Ministerio de Cultura?
    -Me parece inmejorable. Es un símbolo que ha acompañado a gobiernos socialistas, pero lo más relevante para la sociedad es que es fundamental que Cultura tenga su propia silla en cada Consejo de Ministros. Estructuralmente el cambio no tiene por qué ser tan drástico, porque se mantienen instituciones, edificios, trabajadores… Pero ese peso singular de estar en el Consejo de Ministros le da entidad, es un símbolo y sirve para pelear presupuestos de otra manera.

    -¿Es tan importante a la hora de negociar presupuestos?
    -Por supuesto acaba influyendo. Es cierto que no es tan extraño que estuviera ligado al Ministerio de Educación, como hasta ahora, porque la Educación lo impregna todo y ha de ser básica la relación con Cultura. Pero aun así, la Cultura tiene la posibilidad de ser transversal e ir más allá de las disciplinas. Está en cómo somos y cómo nos comportamos y puedo asegurar que cuando se tiene una silla en el Consejo de Ministros los razonamientos son exhaustivos porque tienes que defenderte con todo. No digo que cuando una ministra o ministro maneja varias carteras no sea así, pero cuando puedes centrarte en una, puedes invertir todo tu tiempo y el de las personas que trabajan contigo en esos razonamientos exhaustivos [ríe].

    -¿Cuál ha de ser su mandato?
    -Apoyar el mundo de la creación y el talento. Como punto de partida, eso. Y la creación, en este momento es muy amplia…

    -¿Cree que se ha de reflexionar con agilidad sobre la distancia entre la función de un Ministerio de Cultura en los años 80 y 90 y avanzado el siglo XXI?
    -El mundo no deja de cambiar. Es cierto que la ministra Ángeles González-Sinde ya tomó decisiones importantes con respecto a las ventanas y a la diversidad del consumo cultural existente. Una buena parte de los usos, de las costumbres y de los hábitos culturales, incluso de las necesidades, pasan por la utilización de tecnologías. Pienso que todos los ministerios están obligados a actualizarse pensando en ello, pero en el caso de Cultura… los soportes a través de los cuales circula la creación se han multiplicado. Basta con pensar en el caso editorial, así que obligatoriamente ha de ser un ministerio muy actual.

    -En cierto sentido, ¿se puede hablar de que durante hasta su periodo como ministra de Cultura y en los anteriores España tenía una necesidad de contenedores y redes y ahora una política más próxima al fomento creativo y la difusión? ¿Del protagonismo de los contenedores al de los contenidos en toda su extensión?
    -Es posible. En cada momento se plantean retos diferentes. Lo digo con la cabeza pensando en la conmemoración del mayo del 68 y pensando en lo que ya supuso repatriar todo el talento cultural que estaba exiliado. Veníamos de esa realidad… pero sí era todo un tanto más estructural: la creación de la red de bibliotecas, la red de auditorios, el inicio de una colaboración inaudita entre Estado, Autonomías y Ayuntamientos. Veníamos de la nada misma. Había que construir y ahora intuyo que los retos son muy diferentes.

    -¿Cuál fue su momento más complicado como responsable de la cartera?
    -Sé que no tiene directamente que ver con la gestión de Cultura, pero los peores tragos, si he de pensar en algo que me viene a la cabeza instantáneamente, son los asesinatos de ETA. Fueron años muy complicados. Y es algo que trascendía a mi despacho, pero recuerdo perfectamente el día que ETA mató al catedrático Francisco Tomás y Valiente porque estábamos celebrando el décimo aniversario de la creación del centro de Teatro Clásico que dirigía Adolfo Marsillach. Lo que iba a ser una fiesta se convirtió en un día muy complejo, muy difícil, porque además Tomás y Valiente había tenido mucha relación con València y en lo profesional fue una de las personas fundamentales en asesorarme para la reclamación de los archivos de Salamanca. 

    -¿Y cuál es el mejor recuerdo que guarda?
    -Muchos. Pero, por ejemplo, la ley de la cinematografía que no fue nada fácil por tratar de implicar a todas las voces. Cosas más simbólicas, como cuando le quitamos el cristal al Guernica o más recordadas como el proyecto de ampliación del Museo del Prado. Recuerdas momentos duros, pero el tiempo hace que se prioricen las satisfacciones. Y es increíble porque sigo recibiendo todo tipo de invitaciones y afectos de aquellas generaciones y posteriores.

    -De consolidarse ese Ministerio de Cultura propio, ¿la Comunitat notará el cambio?
    -Desde luego que sí, pero porque el nuevo Gobierno va a ser de manera natural mucho más sensible a los anhelos más que justificados de la Comunitat. Yo solo puedo decir que no puedo estar más a favor del cambio de Gobierno que ha sucedido y creo que es un paso más hacia la ética y la modernización de nuestro país. Como valenciana, me alegro porque sé que la percepción de la región y la atención va a ser mucho mayor.

  • Toni Cantó: «La cultura en política se usa como un instrumento para ganar votos»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La actualidad parece empeñada en darle la razón a Toni Cantó (Valencia, 1965). Esta semana Fernando Savater, «un referente» para el actor, objeto de numerosas citas en sus intervenciones durante su etapa como diputado de UPyD (2011-2015), pedía el voto para Ciudadanos en unas hipotéticas terceras elecciones generales consecutivas. Compartiendo espacio entre titulares, el candidato del Partido Popular a la Xunta y presidente en funciones de la misma, Alberto Núñez Feijóo, se negaba a participar en el debate televisivo a cinco previsto en Radiotelevisión Española. ¿Las razones? Haber sido acorralado por sus rivales -y escamoteado según parte de los analistas- en el encuentro homónimo emitido en la Televisión de Galicia.

    La tramoya política, el trasunto que va de la fachada mediática (en pleno temporal de reputación a causa de la corrupción) hasta el lenguaje real de sus participantes cuando no está enchufada la cámara o la grabadora, ha inspirado la primera obra que Cantó ha subido -como dramaturgo y director- a un escenario: Debate. Con una respuesta de crítica y público de lo más agradecida a su paso por Madrid, el Teatre Talia acogerá esta función entre los días 28 de septiembre y 2 de octubre. En ella, Cantó retrata con crudeza la esencia del bipartidismo tras una prolongada investigación en torno a los debates televisivos, tras numerosas «entrevistas con realizadores de televisión» y otras comparsas de estos encuentros maniatados.

    En la obra, los representantes de los ‘dos grandes’ dan rienda suelta a una negociación que abunda en el juego sucio del sistema. Un sistema bipartidista, «extinto», acerca del que Cantó es «muy optimista» en su posibilidad de cambio ahora que cuenta con un punto de vista privilegiado:

    -La sensación con la obra, con el texto, viéndola representada, es que sé de lo que estoy hablando. De hecho, en alguno de los encuentros que hicimos con el público después de la función, unos encuentros que me gustaría poder repetir en Valencia, aparecieron políticos. Sé que mientras veían la obra se descojonaban porque estaban viendo cosas sobre el escenario que habían vivido más o menos de una manera cercana. 

    -Es un texto crudo, sanguinario sobre la situación del oficio como político. ¿Es un relato de ficción al que no estamos acostumbrados en España?
    -De lo que habla la obra es de la utilización de los medios públicos y muestra al nivel al que llegan los viejos partidos en eso de repartirse el pastel. El 99% del texto, de las cosas que suceden, son reales. Están inspiradas en entrevistas con realizadores de televisión, periodistas y políticos, en la investigación con todas estas personas que me contaban detalles de la negociación en los que la estética y los tiempos siempre prevalecen. Por ejemplo, que los planos cenitales estuvieran prohibidos porque tenían el suelo lleno de chuletas…

    -En resumen, esa es la sensación, la de que los debates sirven para muy poco en España de cara a la decisión del ciudadano, que los partidos llegan con todo pactado al mismo.
    -Es una sucesión de monólogos, no un debate. Los partidos van más a no perder que a ganar. Los partidos grandes van preocupados de que nadie les haga un agujero. Preocupados por minimizar daños. Para eso se pactan cosas de las que no se puede hablar, como la misma corrupción, algo que han aceptado en alguna ocasión los dos grandes grupos porque están podridos de la misma manera.

    -Rajoy no participó en el debate con los principales partidos por intención de voto en la campaña de las Elecciones Generales del pasado 20 de diciembre.
    -Es que nos han hurtado el derecho a tener un debate. Eso es impensable en otro país. Que Rajoy no acudiera a ese debate es impensable y tendría un coste electoral inaguantable para el Partido Popular. Que en una sociedad como la nuestra se forzara un debate bipartidista, como sucedió entre Rajoy y Pedro Sánchez es impensable. Lo natural es que aceptaran las normas propuestas por el medio de comunicación, equánimes pero independientes a esa negociación. Y lo de acudir los dos al debate, bueno… es la fórmula que tienen para tratar de sostener un Estado bipartidista. Siempre que puedan, ambos partidos tratarán de defender esa idea.

    «EL PP VA A SEGUIR LLEVANDO A GENTE COMO BARBERÀ AL SENADO O SORIA AL BANCO MUNDIAL»

    -Ha escrito esta obra y como parlamentario, en este momento, sigue activo en las comisiones de Cultura y Deporte y se integra en la de Corrupción. Con todo, ¿confía todavía en la posibilidad de cambiar el sistema del que habla Debate? ¿Cuál es el grado de esa confianza?
    -Muy elevado. Si no, lo dejaría. Sigo pensando que se puede desbloquear el sistema tal y como está actualmente y cambiar. De hecho, las elecciones han demostrado que es posible y nosotros hemos hecho nuestra pequeña demostración con los acuerdos del PSOE y el PP. Acuerdos en los que les hemos obligado a tomar medidas, siendo la alternativa a ellos y a Podemos, que sigue en su posición de gritar mucho para no cambiar nada. 

    -¿Cuál es la fotografía de situación en este momento, con todo el escenario político?
    -Seguir peleando para que haya Gobierno. Eso es lo primero. Es necesario que suceda porque el PP no va a cambiar nada por sí mismo. Va a ser un partido capaz de seguir queriendo llevar a gente como Rita Barberà al Senado o a José Manuel Soria al Banco Mundial. Ese es el PP y tiene que haber gente dentro del gobierno que le obligue a hacer cambios en la Administración, a regenerarse democráticamente y a generar políticas sociales más justas. Y lo mismo en el caso del PSOE.

    -Así que espera que no se produzcan unas terceras elecciones.
    -Espero que no sucedan. Esperaba que no sucedieran las segundas.

    -Si sucede, si suceden, ¿cómo describiría la situación?
    -Un ridículo mundial. Una muestra de incapacidad y de poca vergüenza por parte del PSOE, de Podemos y del PP. Somos los únicos que hemos demostrado que hay esfuerzos posibles.

    -En la obra un personaje dice: “¿Algún secretario de Estado te ha pedido alguna vez entrar por Cultura?”
    -La cultura sigue siendo la asignatura pendiente. Es la ‘asignatura María’, por así decirlo. Nunca la pide nadie y, si lo hace, es para hacer cultura ‘para los suyos’. Esto es muy típico, muy de la vieja política de izquierdas y derechas. Nunca se tiene en cuenta el valor de asociarla a la educación o la visión de, simplemente, hacer una política cultural justa y potente. Se utiliza como instrumento para ganar votos. Y la fórmula más rancia de la izquierda, la manera clientelar de los nacionalistas, que hacen cultura ‘para los suyos’ como decía. Ese es el gran drama de la política cultural.

    «ALMODÓVAR, CERVANTES O PICASSO HAN HECHO MÁS POR LA MARCA ESPAÑA QUE LOS MINISTERIOS DE PP Y PSOE JUNTOS»

    -En el caso del presidente del Gobierno en funciones, no se ha permitido ni una sola fotografía relacionada con ningún elemento de la cultura a lo largo de la legislatura, nunca en un teatro, con un libro, mencionando ningún artista vivo…
    -Es una torpeza. Es una gravísima irresponsabilidad de este Gobierno y no sólo del señor Rajoy, sino de Montoro con sus políticas fiscales o del propio ministro de Educación y Cultura que no hace nada por conectar precisamente esos dos mundos que dan nombre a su cartera. La industria cultural hace mucho por el país. Hace mucho más por la marca España que muchos sectores. Almodóvar, Cervantes o Picasso han hecho más por la marca España que los ministerios correspondientes del PP y el PSOE juntos. Por eso debería tener un peso específico en el PIB; un peso mayor. 

    -En su acuerdo con el PP (150 compromisos para mejorar España) sorprendió que aceptaran la máxima del partido de Rajoy por no rebajar el IVA para el cine. Se abrevió la situación con un IVA reducido en la próxima legislatura para los espectáculos «en directo». Aunque su compañera Marta Rivera ya mostró su decepción por haber tenido que asumir esta idea, ¿qué opinión le merece este pacto?
    -Fue una línea roja que impuso el PP en la negociación. Una línea roja que comunicamos a todos los representantes de la industria audiovisual dos días después y, creo, de aquella reunión quedaron satisfechos. Esto es una vendetta personal del PP. Nos sentamos con ellos para hablar sólo de esto, para entender cuáles eran los argumentos, pero no había razones. No dijeron nada. Ellos saben, y el sector también, que al día siguiente de que se conforme el Gobierno nosotros presentamos en el Congreso una modificación con la que van a estar de acuerdo el resto de partidos. 

    -En el caso de la Comunitat Valenciana el sector audiovisual vive especialmente pendiente de la reapertura de Radiotelevisió Valenciana. ¿Cómo está viviendo el proceso?
    -Por lo pronto, Compromís, PSOE y Podemos están engañando a los valencianos, incumpliendo las promesas de plazos que se autoimpusieron. Nosotros ya hemos dicho por activa y por pasiva que estamos a favor de una televisión autonómica para cada territorio que tenga una lengua propia, como es el caso del valenciano. Eso sí, no es una prioridad para nosotros. Y ha de ser sostenible y no el disparate que había antes…

    -Antes mencionaba la idea de lo que supone la cultura para la marca España. En el caso de Valencia, de la Comunitat, su situación de marca… [interrumpe]
    -Sí, el PP hizo un trabajo importante para que la marca fuera la más negativa y una cosa que no tiene nada que ver con todos los valencianos que conozco. 

    -¿Ve a la Comunitat con una estrategia clara para que la cultura regenere su tejido industrial y pueda ser una base de impulso para la economía?
    -Lo que veo es que no se está haciendo un trabajo serio por dotar al turismo de un valor añadido fundamental como es la cultura. No se está haciendo por visibilizar el potencial de la cultura en la vida de los ciudadanos y siempre acaba ofreciendo la cultura como escaparate, además de lo que comentábamos antes. PSOE, Compromís y Podemos hacen lo mismo de siempre: programar la cultura para los suyos, instrumentalizarla. 

    -¿Hay una receta mágica para generar esa aproximación de la sociedad a la cultura, como apuntaba?
    -La cultura tiene la necesidad de ser un espejo de los ciudadanos, por ello debe engarzarse con la educación, pero sobre todo con la práctica cultural. No sólo se han de generar asistentes, sino gente que participe. Necesitamos espacios para que los ciudadanos pinten, bailen, canten o se expresen, que se expresen artísticamente hablando. Ese es un cambio de chip de cara a la cultura por el que he peleado mucho dentro del programa de Ciudadanos.

    -¿Y algún modelo exterior que le agrade especialmente?
    -[Piensa] Un poco de varios. Me gusta el modelo italiano de mecenazgo, por lo que genera de conexión con las empresas. El modelo francés me gusta por cómo se cuida, se mima y se promociona la cultura, por cómo se potencia. También por su escuela de teatro que frente a otras tendencias ha conseguido un nivelazo con una idea muy suya, con una grandeza impresionante y esto también es muy importante; redunda en un nivel cultural extendido. Me gusta el modelo ingles de la BBC por la seriedad, por la rigurosidad de sus trabajos y por cómo se financia. A nosotros nos toca mucho de mirar lo bueno de muchos modelos y tratar de copiar y adaptar lo mejor de estos. 

    -En el caso de la Comunitat hay una línea clara que es la del apoyo institucional a las creaciones en valenciano o de valencianos, en cualquier disciplina. ¿Cómo ve esa propuesta genérica?
    -Creo que de la misma manera que hay que cuidar y tener un ente autonómico que fomente el uso de la lengua, esa es otra forma de hacerlo. Me parece natural que se haga así, que se apoye así y suceda en una proporción normal para todas las artes, también las escénicas. Pero hay que evitar la tentación de que las compañías, en ese caso, se encierren en su comunidad. La cultura tiene que ser porosa para poder viajar, al menos, por toda España. Ahora mismo es imposible hacer teatro en castellano en Cataluña. Y es una rareza a la que nos hemos acostumbrado gradualmente y conocemos todos los que estamos en el mundillo porque lo hemos ido viendo venir. En el teatro público de Cataluña el tipo de director que hay tiene un carácter muy marcado para este sentido. Sin embargo, en Madrid los directores de teatro público son vascos, catalanes, valencianos… eso sólo genera riqueza.

    -Ahora que ya lleva unos años en el contubernio político, ¿cómo encaja su posición y cómo acepta que su caso dentro del mundo de la creación sea tan excepcional, que pocos actores, dramaturgos o directores dejen su actividad para tratar de ser representantes públicos en el ámbito estatal?
    -Eso se da porque hay que pagar un precio profesional muy alto. En este país, en eso, hay poca cultura democrática. Y posicionarse tiene un precio por el cual yo sé que muchos Ayuntamientos no me contratarán en la vida. En ese sentido, mi carrera profesional puede parecer mermada, pero lo tengo asumido. Tengo la suerte de saber que puedo vivir de mi trabajo siempre que quiera y eso también me permite, a su vez, vivir la política de una manera muy libre. Sé que cuando deje mi puesto al poco tiempo podría estar trabajando. 

    -Hace años que defendía no tener televisión y más tarde tenerla, pero sólo con un canal sintonizado para sus hijos. ¿Ya ve la tele en casa?
    -Tengo desde hace tiempo, aunque reconozco que prácticamente no la veo.

  • Martínez Luciano: «Las instituciones han de lograr que los creadores valencianos no tengan porque irse para hacer cultura»

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Estos días se inicia la XXXIII edición de Sagunt a Escena, marcada por un estirón presupuestario y la llegada de su nuevo director, el ex responsable de Teatres de la Generalitat Juan Vicente Martínez Luciano. Doctor en Filología Anglogermánica, sigue siendo profesor de Filología Inglesa en la Universidad de Valencia. Allí desarrolla durante el curso la docencia relacionada fundamentalmente con el Teatro Contemporáneo en Lengua Inglesa. 

    Miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España, este traductor de H. Pinter, S. Beckett o T. Williams, regresa con Sagunt a Escena a la gestión pública en un supuesto cargo eventual que, todo indica, durará al menos unos cuantos años. A la espera de la ratificación tras esta edición de partida, conversamos con él sobre la escena teatral valenciana en su amplitud:

    -La última edición de los Premios Max dejó una cosecha de nominaciones y premios para las artes escénicas valencianas sin precedentes.
    -Creo que es la segunda vez que he vivido una experiencia similar. En el año 2000, aproximadamente, hubo una especie de gran cosecha con Pablo Zarzoso, Alejandro Jornet, Carles Alberola, Roberto García…No solo como autores, sino también como directores y actores montando grandes espectáculos. El año 2000 fue tan interesante para el momento de las artes escénicas aquí que cuando monté mi compañía la llame Dramaturgia 2000. No solo era un cambio de siglo, sino también un cambio de actitud en la Comunitat Valenciana respecto a las artes escénicas. Había una efervescencia, creativa y de público. Recuerdo que haciendo incluso cosas como lecturas dramatizadas en la SGAE aquello se llenaba hasta los topes. En toda la región pasaban cosas muy bonitas y de gran calidad. La Mostra d’Alcoi, el festival de MIM de Sueca y Sagunt a Escena eran nombres de referencia. Había verdadera dificultad para atraer producciones y espectáculos que vinieran a los 6 espacios públicos que teníamos [habla como director de Teatres de la Generalitat] por la demanda. 

    -¿Qué pensó cuando vio a los premiados de este año?
    -No fueron solo los premios ni las muchas nominaciones, fue ver como autores como Víctor Sánchez, encuentran una continuidad. Le tengo mucho cariño porque le tuve como alumno del Master de Gestión Cultural y dirigí su trabajo de fin de Master. Él ha logrado que su trabajo haya alcanzado ese reconocimiento en Madrid y por España. En el caso de Rosángeles Valls, el día que vi el estreno de Pinoxxio en Paterna, recuerdo que le dije que iba a llevarse muchos Max… ¡quizá también porque sé lo que puede encajar en estos galardones! Lo importante de todo ello es el reconocimiento exterior. Es importante porque ayuda a que los propios creadores vuelvan a tener confianza en ellos mismos. En las artes escénicas el efecto contagio es importantísimo. Cuando alguien aquí es optimista y su trabajo es reconocido es capaz de irradiar esa energía positiva a los que estamos alrededor y nutrirnos de ella. Se nota mucho. 

    -¿Qué ingredientes se sumaron para que se generase aquella generación del 2000?
    -En la dramaturgia valenciana tenemos una etapa previa con los Sirera y los Molins, una etapa importantísima, pero que tenía unos cauces muy determinados con la lengua y la recuperación de la tradición valenciana desde el punto de vista de la escritura. Esto provoca que luego haya una reacción con un lenguaje muy fresco. Es el fenómeno del año 2000, con muy buenos dramaturgos, de nivel nacional, al menos una docena. Lo bueno, lo diferencial quizá, es que no se dedicaron solo a escribir teatro. Se dedicaron a trabajar para que sus textos subieran a escena creando compañías, pensemos en Albena, en Jornet, en Zarzoso, en Arden, en otros… No solo había buenos textos, sino ganas de dejarse la pie por convertirlos a escena. Ese impulso se unió a que, también, se empezó a reconocer la calidad de las obras desde fuera y esa cantidad de premios acabó de conformar un poco la escena.

    -Con la distancia, da la sensación de que en todo aquel escenario tuvo mucho que ver la ayuda de la Administración.
    -Sin duda. Nunca se reconocerá bastante lo que significaron las ayudas públicas en aquel escenario, a todos los niveles. De creación, de autoría, a nivel de producción, coproducción, ayudas a la gira…. El cambio lo ubico desde 2004 hasta nuestros días. Hasta ese momento, fue importante porque efectivamente desde la Administración hubo una conciencia de que había que ayudar porque se creaba cultura, empleo y porque la gente lo pedía, porque el publico lo pedia. Yo recuerdo con cariño que esos seis espacios a los que antes me refiera estaban llenos de gente. 

    -¿Pero qué fue antes, la demanda, el apoyo o la creatividad?
    -La creatividad generó la demanda. La creatividad generó que no hubiera dudas sobre que había que apoyarlo. Cuando se empezó a ver que esa creatividad tenía reconocimiento a nivel estatal… la Administración no es tonta, así que decidió apoyarlo para también beneficiarse. En el teatro universal siempre se ha dado la situación de que que tu empiezas siendo un autor marginal hasta que tu calidad hace que la Administración te adopte y te convierta en la estrella del teatro público. Cinco años antes eras marginal, ahora eres el más representado de los actores. La administración valenciana hizo eso en aquella época.

    -Y, de hecho, los nuevos gestores públicos valencianos estaban allí la noche de los Premios Max.
    -Por una parte, es necesario que estén. Por otro lado, hay un rédito político. Si tu adoptas una actividad y esa actividad tiene éxito y es reconocida, pues te aprovechas tú también de ese rédito y sigues invirtiendo en ello.

    -Has estado en la Administración durante una época, encima de los presupuestos. Ahora lo estas desde la dirección de Sagunt a Escena. ¿Cuánta es la distancia presupuestaria entre ambos momentos?
    -Antes había muchos más recursos que ahora. No sé si éramos una comunidad mas rica, pero había mas. El festival se mueve en torno a los 250.000 euros de presupuesto, con la aportación de Generalitat, Diputación y Ayuntamiento, además de las 15 empresas que han aportado y que todas nos apuntan a que quieren seguir colaborando e incrementar su colaboración para el año próximo. En 2005, justo antes de que me cesaran, yo encargo la dirección artística del festival a Salva Bolta y en ese momento el maneja un presupuesto de 350.000 euros. 

    -¿En qué se convierte, qué significa esa distancia?
    -En que se pueden hacer las cosas con más tranquilidad. Pero hay que pensar ya en una producción propia. A mí me contrataron en marzo y ya no se podía pensar en ello, pero sé que el festival se ha de asentar sobre dos ejes: el primero, una coherencia con la programación porque no todo cabe en el teatro romano; el segundo, que esa diferencia distintiva ha de venir marcada por la producción y coproducción de cada año. A mí me gustan mucho los festivales de Mérida, Almagro, Olmedo, pero les falta un hilo conductor, eso que ahora se llama ‘el relato del festival’. Hay que huir del eclecticismo, hay que buscar una coherencia. Este año hemos tenido la suerte de que hubiera un número determinado de espectáculos que nos hiciera concurrir que el festival iba a versar sobre lo femenino. Ojalá todos los años fuera tan fácil encontrar ese hilo conductor.

    -O sea, que han sido las obras disponibles las que os han hecho elegir el hilo conductor de lo femenino.
    -Aunque hay mucha oferta, también podríamos haber optado por los clásicos españoles e ingleses, con la excusa del cuarto centenario Cervantes-Shakespeare. También había opción de optar por los héroes griegos. No ha sido solo lo que nos proponían, sino también lo que nosotros podíamos generar. Por ejemplo, a mi me parecía que había quedarle un empuje a una compañía que a mí me interesa muchísimo por su lenguaje, que es extraordinario, como es Perros Daneses. A esa ‘Fedra’ había que darle una oportunidad que tras nacer en Russafa Escènica, haber pasado por el Rialto, merecía estar en el teatro romano y ver cómo funcionaba. La compañía se ha volcado, le han dado un giro, añadido actores, ampliado escenografía… esa también es la misión del festival. Ya que no hemos podido hacer producción propia este año, debemos dar la oportunidad de que alguna compañía le de otra vuelta de tuerca a su propuesta.

    -Este ejemplo habla de tu relación como espectador del teatro alternativo. ¿En qué se debería convertir el Off Romà? ¿Ha de ser un cajón de sastre o hasta qué punto ha de generar una propuesta independientemente atractiva al romano?
    -Este año la intención ha sido la de proponer una oferta atractiva para un público familiar, teniendo en cuenta que va a suceder en espacios al aire libre y en horarios totalmente infantiles. A futuro, Sagunto es un lugar abierto a muchas posibilidades. Para empezar tiene dos casas de cultura perfectamente acondicionadas para hacer teatro en julio y en agosto. En estos espacios, en este sentido, tenemos que construir un Off que sirva de previa en algunos casos para dar el salto al romano. No hablo de generar una segunda división, pero es un lugar para desarrollar otro tipo de discursos. El Off ha de generar espectadores y desde el criterio de que no todo vale, precisamente. Este año hay danza de calle, cabaret, circo, teatro gestual. Espectáculos sencillos con una gran dosis de calidad y creo que eso ha de generar espectadores. No obstante, el Off es una de las grandes tareas, es lenta y quiero ver qué evolución vamos a poder alcanzar en dos o tres años. 

    -Antes has mencionado la participación de 15 empresas del Camp de Morvedre en el festival. ¿Se ha notado el cambio de aires para que se animasen a participar?
    -Sé que otros años no ha cuajado. Ha tenido que ver que esas negociaciones y reuniones se hayan hecho de la mano de la administración. A estas empresas les hace ilusión tener también un director artístico con el que reunirse y entender cuál es la propuesta. Cuando se reunieron conmigo así me lo transmitieron y hablamos de todas las posibilidades de colaboración. También ha sentado bien, porque así me lo han dicho, que más allá de mi curriculum, yo lleve 20 años viviendo en la zona. 14 años en Sagunto, de hecho. Sé lo que sucede los viernes en la Casa de la Cultura, los problemas que hay con la cementera o la idiosincrasia del Puerto de Sagunto. Que no fuera un recién aterrizado se que les animó y hemos logrado que, directamente, haya cuatro funciones del Off que las paguen los empresarios. Su actitud es la mejor y nos han dicho que no esperemos a mazo para ir a verles, que mantengamos la comunicación. 

    -Tu dirección fue anunciada como algo eventual, para ‘salvar’ la edición de 2016 y más tarde entrar en un proceso de decisión sobre el futuro de la dirección, pero todo lo que haces, todo lo que gestionas y planificas, no tiene esa fecha de caducidad presente. El secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, ya ha dejado entrever que la dirección del festival no tendría por qué salir a concurso o someterse al Código de Buenas Prácticas. ¿Cómo lo percibes tú?
    -No trabajo pensando en que vaya a acabar con esta edición. Trabajo pensando en las próximas ediciones y si viene otra persona, no pasa nada. Los festivales se han de trabajar con todo ese margen y es necesario que lo hagamos así también de cara a patrocinadores e instituciones. 

    -Una de esas relaciones a futuro puede salir de la reunión del 2 y 3 de septiembre en Sagunto, con la llamada de los representantes de festivales de España. 
    -Estamos gestionándolo con mucha ilusión y responsabilidad. Almagro ya ha dicho que viene, Mérida también, Focus como empresa también, el Centro Dramático Nacional, Paco Sanguino, los festivales de Elx y l’Alcudia, Sna Javier, Zaragoza que empezaba este año. En total, nos podremos reunir una docena de instituciones para ver qué podemos hacer juntos… va a ser extraordinario.

    -Por ejemplo, ¿coproducciones?
    -Imaginemos que, por ejemplo, quisiéramos traer al festival de Sagunto a la Royal Shakespeare Company a hacer Hamlet. Me lo acabo de inventar. Obviamente, sería imposible, pero si el Grec dice que sí, Zaragoza dice que sí y otros dicen que sí, si sacamos 10 fechas, pues a lo mejor es viable. En cualquier caso creo que es importante la intercomunicación entre todos nosotros.

    -¿Y más allá de España? 
    -Para los festivales españoles es muy importante oler qué sucede más allá de los Pirineos. En estos momentos, todo sucede entre Barcelona y Madrid. Algo también en Bilbao. Así que creo que pude haber espectáculos importantes para traer de fuera y para atraer desde fuera.

    -Hablamos de coordinación entre festivales nacionales, ¿pero qué hay de los valencianos? ¿Cómo ve que el festival Tercera Setmana haya nacido tan próximo a la Mostra d’Alcoi?
    -Creo que son compatibles, pero es una opinión personal. Creo que el tiempo les definirá. La Mostra debe seguir siendo genuinamente la muestra de teatro de lo que sucede en la Comunitat cada temporada. Es el escaparate aquí para mostrar a promotores de fuera lo que se hace y debe mantener también ese carácter de feria. Tercera Setmana no tiene mucho que ver. Al contrario: es coger al espectador valenciano y decirle, en 10 días va a ver usted todo lo que sucede en España con 20 espectáculos maravillosos. Estos dos y todos ellos son perfectamente compatibles: el de payasos de Xirivella, el MIM de Sueca, el de teatro de calle de Vila-real… La potenciación de festivales será una de las prioridades de la administración. Y así debe ser porque, aun pasándolo mal, ninguno ha fracasado en los últimos 25 años. Todos ellos han demostrado que tienen calidad suficiente para sobrevivir. 

    -¿Y cómo ve la llegada de Musix, la marca paraguas para los festivales de música que los promocionará en las ferias de turismo extranjeras?
    -Con mucha envidia. Espero que dentro de uno, dos o tres años, cuando se promocione la Comunitat en Fitur o donde sea, uno de los platos fuertes sean las artes escénicas. Está claro que en el mercado turístico los agentes ya no solo compran sol y playa y ójala ante ese escenario, en ese momento, miren hacia aquí y vena que nosotros tenemos, además de una maravillosa playa en el Puerto de Sagunto y muy buenas paellas, una Fedra extraordinaria o una Medea. Que se puedan vender esos paquetes de Sagunto, de Sueca, de Alcoi…

    -Ya que hablamos de acciones institucionales, ¿qué se debería conseguir a lo largo de los próximos años en materia de política cultural para con las escénicas?
    -Lo que hay que conseguir es que una persona como Víctor Sánchez, y hay más como él, como sucedió hace 20 años, no tengan que irse. Las instituciones han de lograr que los creadores no tengan porque irse para hacer cultura y puedan generar entretenimiento y diversión desde su origen. Que lo hagan de manera natural y que encuentren apoyo institucional. Que encuentren que este es el lugar para abrir su compañía, como le pudo suceder a Albena, o su sala, como Sala Russafa. Y conseguir que el creador tenga su espacio y su momento aquí y ahora y en la lengua en la que ha decidido crear. Lo digo porque en el caso de Víctor, por edad, por razón social, será en castellano, en el caso de Laura Sanchis, serán en valenciano. Es igual, hay terreno para todos. De hecho, somos privilegiados porque con las dos lenguas tenemos todo el mercado del norte y el oeste con una, y todo el este con la otra. Y esto no quiere decir que dar la oportunidad a los creadores de aquí evite que salgan fuera, al contrario. Es natrual que Víctor ahora esté invitado en una dirección al Centro Dramático Nacional, pero tendría que estar dirigiendo aquí y creando el siguiente texto aquí. Y estrenar en los teatros públicos, que ya le toca. 

    -Cambiando completamente de tercio, ¿qué le parece que la Conselleria de Cultura esté dentro de Educación? Dada la distancia presupuestaria, ¿cree que le perjudica ser esa hermana minúscila? ¿Preferiría una Conselleria de Comunicación y Cultura?
    -A mí me gustaría de Cultura y punto. Educación y Cultura deberían ir por separado y Comunicación y Cultura también, y eso que le tengo mucho respeto a lo que está haciendo el conseller Marzà. La distancia entre los recursos de Educación y los de Cultura hacen que sea imposible destinar tiempo a la gestión, por eso sería deseable que fueran por separado.

    -¿Cuánto nos ha perjudicado nuestra mala relación con el Ministerio de Cultura durante los últimos años?
     -Nos ha perjudicado desde hace mucho tiempo. Cuando yo era director de Teatres de la Generalitat el Gobierno de la Comunitat era del PP y el central era PSOE y no había un buen entendimiento. No afectó mucho en aquel momento porque aquí se vivía en otro mundo; vivíamos en el mundo del crédito. Pero hemos estado maltratados por la administración central desde antes y hasta ahora. Cuando la Comunitat y el Gobierno central estaban regidos por el mismo partido, por el PP, desde aquí Inmaculada Gil-Lázarao fue incapaz de mantener la financiación de Dansa Valencia. Donde debía haber más que un buen entendimiento, una conversación directa, ni siquiera se mantuvo eso que ya se tenía. Así que al final muchas veces este tipo de situaciones tienen que ver más con las personas que están detrás de ello. Si había dinero, bien. Si no había, pues se hacía menos, y si no había nada, pues no se hacía nada.

    -Y su efecto en Sagunt a Escena.
     -Y no solo en materia de presupuesto, sino el interés porque este festival siguiera siendo un referente, siguiera siendo tratado como tal por el Gobierno.

    -¿Cómo te has encontrado a los equipos de trabajo de Sagunt a Escena?
     -Un equipo genial, pero no se debe a este año. El pasado ya hubo por parte de la Conselleria y del Ayuntamiento de Sagunto que empezaron a devolver el ánimo a la gente con el programa Sagunt a Escena Creix. Me he encontrado con una actitud positiva de administración, de empresas y de espectadores, de la gente del propio Sagunto. Mi sensación es que he llegado con el terreno abonado.

    -¿Cuánto ha podido pesar en negativo toda esa etapa de la burbuja crediticia y el gasto en macroproduccions en la Comunitat?
     -Mucho, no te lo puedes imaginar. Ahora en cualquier comparecencia todo el mundo pregunta, <<¿y la Nave? ¿y la Ciudad del Teatro?>>. Es algo por solucionar, pero supongo que la gente, creo yo, no es consciente de lo que cuenta levantar esa persiana. Hay que pensarse muy bien qué quieres hacer con esa nave. Cuando en Londres se abrió la New Tate Modern no fue una decisión de la noche a la mañana: reuniones de expertos, informes… O los locales del Berlín Este reconvertidos en contenedores culturales. No son decisiones cualquiera. Se reúnen personas formadas y preparadas para hacer un presupuesto y saber si se quiere insonorizar, tabicar, posibilidades… Eso sí, nunca se volverán a ver unas Comedias Bárbaras como las de Bigas Luna. Nunca volveré a ver nada igual en ningún lugar del mundo, pero esto no se puede hacer todos los días. Pero, para entender cómo funcionaban las cosas, siendo director de Teatres un día se me propuso poner parqué flotante en toda la Nave. No tenía sentido así que yo dije que los caballos de Bigas Luna y los pastores alemanes que corrían detrás de las actrices patinarían. Era la fórmula para que no lo hicieran, suponiendo que detrás esa idea tenía a una empresa a la que había que darle trabajo por lo que fuera. En 2006 o 2007 se hicieron unos camerinos que… los mejores del mundo. Sin ningún plan. Años después, de repente, alguien llevó y se llevó toda la grifería. Ahora hay un guardia de seguridad cuidando de la escenografía de Calatrava. Cada día lo veo.

    -Para ti es una edición de debut. ¿Qué sensaciones tienes?
     -Buenas. Los responsables culturales del Institut Valencià de Cultura, Conselleria, Diputación y Ayuntamiento están contentos con el trabajo y yo también. Los agentes culturales de Sagunto han hecho un esfuerzo increíble, pero también los de esta casa [Teatres] tuvieron que esperar a que acabara la temporada en el Teatre Principal para llevarse buena parte del equipo técnico que ahora se está montando en Sagunto. Por eso cuando oigo a Natalia Menéndez, la directora del festival de Almagro, decir que si no le dan el 15% más se va y que 141 personas trabajan de manera directa en el festival… Aquí somos seis personas. Ella habla de su oficina de de Madrid, de la oficina de Almagro, de producción, comunicación… Aquí tenemos 10 o 12 técnicos que ahora, sin vacaciones, desmontan en julio y se llevan todo a Sagunto. Las acomodadoras empiezan el 23 de julio, acaban el 10 de septiembre y el 29 de ese mismo mes ya están en el Principal. Si no fuera por el entusiasmo de las personas sería

    -Como decías, estos últimos 20 años has vivido en el Camp de Morvedre. ¿Te sientes próximo a Sagunto y el festival te estimula lo suficiente como para no pretender ninguna otra posición en la gestión pública?
     -Es muy gratificante el trabajo que estoy haciendo. Creo que, por edad, ya no me corresponde el tipo de esfuerzo que requiere una dirección general o subdirección. Soy de los que cree que hay que dejar paso a las nuevas generaciones en esos lugares de trabajo, algo que también lo he hecho durante mi carrera universitaria. De hecho, uno de los grandes problemas en todas las administraciones es que se van creando barreras generacionales. Hay que darle cancha a la gente. Me veo como mínimo un año más en Sagunto. Tengo fuerzas para hacerlo.

  • Las colas interminables en el IVAM son invisible

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    «Durante la etapa de la actual directora, el IVAM se ha posicionado como el sexto museo de arte contemporáneo más visitado del mundo, según el ranking publicado por The Economist«. Las palabras no pertenecen a ningún analista del mercado del arte sino a Alberto Fabra, president de la Generalitat Valenciana, que anunció así públicamente la salida de Consuelo Císcar.

    La marcha de la ya exdirectora del Institut Valencià d’Art Modern no significaba, según el máximo representante de los valencianos, «ninguna crítica» a su gestión. De hecho, oficialmente fue ella quien renunció por carta a su cargo tras 10 años al frente del que, pese a todo, todavía es la joya de la corona en la oferta de arte en la ciudad de Valencia (o al menos a la par del San Pío V).

    Este jueves adelantamos en ValenciaPlaza.com las claves económicas que sacan a la luz las Cuentas Anuales del ejercicio 2013. El estudio incluye: el Balance, las Cuentas de Pérdidas y Ganancias, el Patrimonio Neto, el Estado de Flujos de Efectivo y la Memoria del ejercicio con todos los datos hasta el mismo 31 de diciembre de 2013.

    Sin embargo, son dos indicadores los que al cruzarse provocan una descompensación difícilmente justificable en la actividad del IVAM: el número de visitantes en el año 2013, 1.156.280, con el dinero recaudado por la venta de entrada, 34.613 euros. Teniendo en cuenta que las entradas al museo cuestan 2 euros en régimen general, 1,5 euros para grupos y 1 euro con la reducción para estudiantes y poseedores del carné jove, ¿quién visitó el IVAM el año pasado?

    Lo cierto es que jubilados, pensionistas, grupos culturales y personas con discapacidad tienen la entrada gratuita al museo. ¿Ellos son mayoría entre los visitantes del IVAM? Otra opción es que el más de 1.100.000 personas que a buen seguro no pagaron por disfrutar del edificio de Guillem de Castro acudieran al mismo en domingo ya que el último día de la semana la entrada es gratuita. Si así fuera, más de 21.000 personas deberían haber colapsado el edificio y su entorno incomprensiblemente dedicado al tráfico de vehículos. Casi la mitad de abonados que ocuparán este año Mestalla estarían cada domingo a lo largo de las 9 horas diarias (de 10 a 19 horas) que permanece abierto el centro. Pero no, no fue así.

    Las cenas de empresa, conciertos, conferencias, talleres, la realización de el Festival Internacional de Mediometrajes La Cabina (que este año ya se traslada a la Filmoteca de Valencia), otras proyecciones, otros certámenes, presentaciones de distinta índole y el público que proviene del alquiler de espacios para eventos (ya sea los premios de una revista de moda o un acto de relaciones públicas de algún interés privado) son parte del montante total de asistentes. Aun así, trabajadores del centro aseguran que en ese «conteo» las actividades para escolares son una parte más que notable de la cifra: recuerden, 1.156.280 personas visitando el edificio en 2013.

    La cifra nos sitúa solo por detrás del Museo Nacional del Prado y el Museo Nacional Reina Sofía, pinacotecas madrileñas situadas año tras año en guías para devotos y neófitos del arte, pero que además tienen una visible peculiaridad: las colas. Colas que cruzan calles. Colas de horas y cientos de personas. Colas de lunes a domingo, ininterrumpidamente. Colas en invierno y colas en verano. Colas escolares, de turistas o jubilados, pero colas. ¿Han tenido ocasión de ver las colas entorpeciendo el tráfico a menudo en el IVAM? ¿Y de vez en cuando? ¿Y alguna vez?

    Tomando al Museo del Prado como referente comparativo, según sus propios datos de 2013 recibió a 2.306.966 personas en 362 días para una superficie de 41.000 metros cuadrados. De otro lado, el IVAM recibió, según sus propios datos de 2013, a 1.156.280 personas en 308 días (no abre los lunes y se suman los festivos mínimos) en una superficie de 18.200 metros cuadrados. Es decir, que -sin tener en cuenta la cualidad o cantidad de los fondos; 27.000 frente a 10.500 obras- la densidad del IVAM por espacio es igual o superior a la del Prado.

    Partiendo de la propia experiencia y teniendo en cuenta los datos, ¿dónde están las colas del IVAM? O mejor, ¿dónde hace la gente la cola? Siguiendo la percepción de la propia experiencia, una vez esa gente esta dentro, ¿se esconden o los esconden?

    La clasificación de The Economist a la que hacía referencia Alberto Fabra se ha repetido como un mantra durante la regencia de Císcar en el IVAM. Cada vez que las cifras de visitantes salían a relucir se generaba un rumor de incredulidad, de preguntas frustradas acerca de los metodos de «conteo» de personas. ¿Cuál es el método para extraer la cifra? ¿Es necesario discriminar los asistentes a la cafetería, la biblioteca, un concierto de jazz en la terraza o cualquier evento de los visitantes del museo? ¿Cómo funcionan los tornos de los diferentes accesos del edificio? ¿Contamos a personas individuales o se suman entre sí a lo largo del día/mes/año? ¿Cuál es el porcentaje de escolares que visita el IVAM dentro del total de visitantes? ¿Y de turistas?

    Desde su origen, las cifras de asistencia al centro han sido altas y como si de un milagro se tratara -‘la competencia’ sí sufre sus fluctuaciones- su gráfica no ha hecho más que crecer, ya sea rápida o más tranquilamente. En 2013, Valencia tuvo 792.303 habitantes y recibió a 3.980.000 turistas, según los datos oficiales. Sumando al 1.774.201 habitantes de su área metropolitana como no turistas -aunque si pernoctan en la ciudad, teóricamente lo son- tenemos un resultante de 6.546.504 personas en la ciudad a lo largo de los 365 días del pasado año. ¿Una de cada seis visitó el IVAM? A tenor de la cifra, el canon de 36.000 euros anules que paga la cafetería (3.000 al mes, según las cuentas oficiales) parece de lo más apetecible con casi 4.000 clientes pasando a diario por la puerta de un establecimiento sin competencia de uso en un radio considerable.

    El problema es muy serio. Valencia aparece en incontables guías y ránkings a partir de la cifra oficial. ¿La audita el Ministerio de Cultura? La citadas fuentes aseguran que no, así que ¿de qué sirve la cifra? Durante los últimos ocho años el presupuesto del museo ha menguado tanto que en su 25 aniversario, celebrado este mismo 2014, tiene la menor capacidad económica de su historia y la menor ayuda estatal imaginable. ¿Habrán reparado los responsables del Ministerio en que casi doblamos al Macba y sacamos cabeza a Thyssen y Guggenheim a la vez que nuestro impacto en medios -por no entrar en el difuso pero visible campo de las redes sociales- es notablemente inferior al de los tres citados? Y, sobre todo, ¿genera confianza esa cifra con la experiencia que los valencianos tienen en el IVAM? Por cierto, los tres últimos museos citados han reconocido pérdidas de visitantes varias veces durante los últimos años.

    Las visitas a un museo deberían estar privadas de una cualificación por cantidad de visitantes, seguramente. ¿Qué analisis tenemos sobre la apreciación de quien acude al IVAM? ¿Existe la desafección como valor contable? ¿En qué grado? ¿Importa y generará un mayor interés por el museo y los que allí exponen?

    El pasado fin de semana José Miguel García Cortés fue nombrado nuevo director del centro. Parece un momento clave para terminar de una vez por todas con las cifras de visitantes del IVAM que cualquiera que tenga ocasión de disfrutarlo no puede entender. ¿3.750 personas al día? ¿420 personas a la hora? ¿Es posible realizar un análisis sobre el trabajo de los profesionales del centro con cifras que no atienden a la realidad del museo? ¿Se puede generar un proyecto normalizado y honesto sin tener en cuenta este impacto? Y, de paso, ¿se ha estado alguien riendo de nosotros hasta ahora?