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  • Los últimos días de la oscura vida de Chet Baker (a su paso por València)

    Publicado originalmente en GQ

    Esta fotografía que publicamos en exclusiva, 30 años después, pertenece al último concierto en España del «James Dean del jazz». El promotor Julio Martí le compuso una gira como trío (con Marc Johnson y Philip Catherine) que incluyó un memorable bolo en ‘el Johnny’ de Madrid, pero que en Valencia ambicionaba llenar el Teatre Principal. Y lo hizo ampliando el cartel a cuarteto con el mítico harmonicista Toots Thielemans. A partir de esta imagen de Jordi Vicent, rastreamos las huellas tras los últimos pasos de Baker. Un genio maldito como pocos.

    Hay tres finales escritos para la historia de Baker, pero sólo uno es oficial. El 13 de mayo de 1988 su cuerpo se precipitó unos 10 metros hasta la muerte. El guarda del Prins Hendrick, un «hotel para yonquis» próximo a la estación central de Ámsterdam, no vio ni oyó nada. A las 3 y 10 de la madrugada (y ya van dos 13), un transeúnte alertó del bulto en mitad de la acera. Nadie le hizo caso. Otro puto yonqui a las puertas de aquel «hotel para yonquis». Poco después, la policía atestaba: «cuerpo sin vida, joven de unos 30 años». Tenía 58, pero estaba irreconocibleLa cara fue lo primero que impactó contra un bolardo. Una fatal paradoja: su rostro completaba así una historia de fatal protagonismo. El más deseado por fotógrafos y discográficas de jazz en los 50, el que empezó a deformarse a base de peleas y otros problemas en los 60, el semblante abatido del heroinómano en los 70 y la sonrisa perdida de los 80.

    Con los ojos cerrados, el fotoperiodista valenciano Jordi Vicent retrató por última vez en España a una de las leyendas del jazz. Aquel joven irresistible del que Gerry Mulligan tuvo celos y al que acabó sacando de su cuarteto, aquel chico de la banda de la Armada al que fichó Charlie Parker para advertir a los grandes de que era mejor tenerle cerca antes de que se comiera él solo el mercado. Baker, el icono del cool jazz, el trompetista de las notas precisas y limpias de la Costa Oeste que burló al frenetismo neoyorquino del género. Un oscuro objeto de deseo que se desató para siempre cuando empezaron a publicarse discos en los que cantaba con la misma naturalidad con la que encontraba tonos en su instrumento. Ese guante de terciopelo en su garganta que le salvó de tener que tocar demasiado la trompeta durante sus últimos años, aquejado de fuertes dolores en sus dientes, con las fuerzas justas según la noche.

    Días antes de su muerte, llenó el Principal de Valencia. Cantó mucho y tocó menos. «Medios tiempos y altos», recuerda Julio Martí, que desacredita el tono aciago de la monumental biografía Deep in a Dream: la larga noche de Chet Baker (Reservoir Books). Un documento que hilvana más de 300 entrevistas pero que, como apunta el periodista musical y experto en jazz Yahvé de la Cavada, «parece dedicarse a resolver algún asunto personal entre su autor (James Gavin) y Baker». Llenó el Principal y llenó ‘el Johnny’, el Colegio Mayor San Juan Evangelista de la Complutense, cuyos asistentes recuerdan un directo «memorable». En Valencia también disfrutaron de un Baker brillante y sensible. Hundido en su propia faz, como revela la fotografía de Vicent, pero sobrado de música y capaz de generar un silencio absorbente al cantar una vez más My Funny Valentine, The Touch of Your Lips o The Thrill is Gone.

    Ni madrileños ni valencianos podían intuir en aquellos directos abarrotados que su timbre se apagaría unos días después. Ni que antes de que sucediera, entre su paso por España (no documentado por Gavin) y su novelesca muerte, actuaría gratis en la calle. Por ejemplo, en la Via del Corso de Roma, pasando el sombrero para poder pillar algo con sus colegas. El 4 y el 5 de mayo tocó en el New Morning de París: poco público, algo de pasta. El 7 en el Jazzclub Thelonius de Róterdam: 16 personas pagaron la entrada, ni una aguantó el espectáculo hasta el final. Seguramente actuó alguna noche más gratis en Lieja, como lo hizo con cuatro chavales que presentaban su primer grupo en el Jazzcafé Dizzy de Ámsterdam. Entre vítores y notas erráticas dejaron que Baker les acompañara. En esos mismos días, como si tal cosa, grabó un último concierto con la Orquesta Filarmónica de la NDR alemana, en Hannover. Un documento inverosímil si se tiene en cuenta su deambular por clubes mínimos, pero que rima perfectamente con la excelencia y sentido musical del que hablan los que disfrutaron de sus últimos bolos en España.

    «ESTABA HECHO MIERDA FÍSICAMENTE, SÍ, PERO EN EL ESCENARIO SE SALÍA. SE SALÍA LITERALMENTE. DABA CUANTO TENÍA Y NO SE QUEDABA NI MUCHO MENOS HACIENDO BALADAS, QUE PODÍA HABER TIRADO POR AHÍ» (ALFONSO CARDENAL)

    Baker ya había intentado quitarse la vida a base de speedballs y barbitúricos en el 87. Su compañera de viajes psicoactivos y por carretera, Diane Vavra, le abandonó para salvarse. Aquel mismo 87, con Vavra durmiendo sobre la guantera, «ganó más dinero que nunca». 200.000 dólares. Una cifra del todo insuficiente para una dieta de al menos 10 gramos de heroína y otros 10 de cocaína (que acabó por inyectarse) al día. Y este menú se disponía en Europa, donde la heroína no sólo era más fuerte, sino increíblemente accesible. Y todo esto era posible en Europa porque, como recuerda De la Cavada, «en EE UU era la mierda. En cambio, aquí, podía ir de gira casi tanto como quisiera. Había países donde funcionaba estupendamente, ya fuera por la nostalgia, por el recuerdo o por lo bien que sabía salir al paso en cada concierto«.

    Alfonso Cardenal, periodista musical y director del programa Sofá Sonoro de la Cadena SER, apunta: «Acudir a uno de sus conciertos en aquellos últimos tiempos podía ser una lotería. Es posible que los de España salieran bien, pero igualmente están documentadas las actuaciones con vacíos o gente marchándose». Y así sucedió, tanto en Italia como en Alemania. Martí desoye completamente esta posibilidad: «Estaba hecho mierda físicamente, sí, pero en el escenario se salía. Se salía literalmente. Daba cuanto tenía y no se quedaba ni mucho menos haciendo baladas, que podía haber tirado por ahí». En aquellos días, Baker consumía drogas a cada paso. Llevaba unos 4.000 dólares encima, en al menos siete tipos de monedas distintas. Su Alfa Romeo y 4.000 dólares eran exactamente todo lo que tenía en el mundo.

    Vicent capturó su rostro en Valencia con una Nikon y película TMAX de Kodak en blanco y negro. «Cuando disparé ya sabía que el trabajo estaba hecho. Cuando usábamos película, era desesperante llegar al final del concierto y no saber si algo de lo mucho que habías disparado serviría. Pero recuerdo perfectamente esta foto. Recuerdo el momento de tenerle con los ojos cerrados, en el centro del visor, apagado en sí mismo mientras tocaba Thielemans. Y, entonces, clic». Quizá Baker estaba pensando en aquel clip de la televisión holandesa en el que unos días antes había dicho que lo mejor del último año había sido terminarlo vivo. Quizá estaba recolocándose una dentadura postiza a la que no sabía si achacarle más dolores que alivio. Quizá pensaba en volver a subirse al Alfa Romeo con el que recorría Europa como si de un solo país se tratara. Huyendo, a menudo.

    Asistir a uno de sus conciertos en España, Italia, Francia, Holanda… para los europeos tenía algo de voyeurismo. Por un lado, ver al artista al que has escuchado tanto, pero también contrastarlo con toda la leyenda negra que le ha acompañado«, apunta Cardenal. La vitola de ángel caído, los detalles de cómo le rompían una y otra vez la boca en peleas por un puñado de dólares –y cuyas consecuencias eran directamente el no poder tocar la trompeta o el hacerlo mal durante meses–, toda aquella estela oscura de mito imposible se convertía en una atracción demasiado poderosa para nosotros. En cierto sentido, también le devaluaba: «Si hubiera muerto de sobredosis en los 60, hablaríamos hoy de uno de los más grandes. Convertirnos en espectadores de esa lenta degradación no ayudó a la percepción general de su carrera«, comenta Cardenal.

    «GRABABA EN EXCESO Y ESTABA RODEADO DE YONQUIS EN EXCESO, PERO EN DIRECTO SIEMPRE ENCONTRABA ‘EL NERVIO’. POCOS CUERPOS PUEDEN AGUANTAR ESE TUTE DURANTE TANTOS AÑOS» (JULIO MARTÍ)

    El promotor Julio Martí recuerda a un Baker «con ánimo». «Siempre tenía un buen tono. Viajamos en coche, fuimos a comer y a cenar, aquí y allá… Me habló de sus proyectos para el verano. Estaba obsesionado con que le iban a pagar 10.000 dólares en el festival de Château-d’Oex Balloon». Entre 1980 y 1988, Martí trajo a Baker en numerosas ocasiones: «No se echaba nunca para atrás. Sólo me canceló un concierto y fue porque no habían puesto la amplificación y, obviamente, él no estaba ya en condiciones de actuar en aquel recinto enorme sin micros. Grababa en exceso y estaba rodeado de yonquis en exceso, pero en directo siempre encontraba ‘el nervio’. Metiéndose lo que se metía, recuerdo verle sobre el escenario y pensar en la suerte que tenía. Pocos cuerpos pueden aguantar ese tute durante tantos años».

    Chet Baker fue un intérprete legendario. Trompeta y voz del jazz capaz de generar una atención en las salas que, curiosamente, es una de las sensaciones más documentadas en las crónicas desde los 50 y hasta su muerte. Silencio para capturar un icono tan retratado que incluso en 2018 se reeditaron 18 de sus discos más importantes forrados de las estampas que William Claxton captó. Este fotógrafo no menos legendario admitió que fue una suerte tener a Baker frente al objetivo. En Jazz Imagesrevista a la que sirvió y que encumbró a tantos, le compraban absolutamente todo lo que tuviera de Baker. Las chicas aporreaban el cristal de los quioscos desde Manhattan a cualquier barrio de Los Ángeles. Querían poseer a ese chico. A esa divinidad que, por si fuera poco, interpretaba con una pasmosa facilidad aquellas canciones. Canciones que, como recuerdan los músicos que le acompañaron, se aprendía sin partituras, con una sola escucha. Tenía eso que llama ‘oído absoluto’. ¿Y qué más?

    Baker tenía tantos dones que resultaba insoportable. Incluso para él mismo. Es lo que supura en el documental Let’s Get Lost (Bruce Weber, 1988), inmejorable epílogo a una vida y cuyo director, por cierto, acabó pagando buena parte de la repatriación del cuerpo a EE UU y el sepelio. «Baker deformó su discografía a base de grabaciones de todo tipo. Cualquier tipo que le contrataba, grababa la actuación y al final de la misma le ofrecía darle 500, 600 o 1.000 dólares si firmaba los derechos para distribuirla. Cogía la pasta y se iba a pillar», así lo resume De la Cavada. «Era algo absurdo ir a las tiendas de discos y encontrar docenas de álbumes inéditos de Baker». Una fuente inagotable de grabaciones en sellos italianos, franceses o alemanes. Directos y más directos a los que ahora se podría sumar el que se halla detrás de esta instantánea.

    Martí cuenta por primera vez en GQ que el concierto de Valencia «está perfectamente grabado y listo para su publicación». Negociación mediante con uno de los sellos de referencia del jazz europeo, se editará como uno de sus últimos directos. El último en España. De aquella noche rescatamos 30 años después esta imagen, con toda la profundidad que la fotografía de Vicent nos ofrece. Luces y sombras, con la trompeta caída. Ángel y demonio. Mito y maldito. Deformado en el objetivo antes de fundirse a negro con los ojos cerrados.

  • gLovers

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Adrián y Laia están enamorados. Al menos, eso creen. Enamorados en la forma en la que alguien se enamora antes de los 20. Ahora llevan casi dos años juntos. Nunca han dicho que sean novios, pero a ojos de sus amigos lo son. Ellos prefieren evitar esa palabra. Parece como si no pudiera definir la manera en que, desde hace tiempo, ella y él se han dejado caer por completo en el otro. Han encontrado otra: “simbiosis”. Es rara, pero les gusta desde que ella la subrayó en su libro Biología 2 de Bachillerato: “asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, sobre todo si los simbiontes sacan provecho de la vida en común”.

    Más allá de las palabras, una imagen define su estadio de confianza: de cuatro de la tarde a doce de la noche, de martes a domingo, Adrián y Laia trabajan abrazados. Son glovers. Ese es el término que utiliza una empresa de mensajería para referirse a los autónomos que curran para ellos. La pareja es un código en un mapa circulando a cierta velocidad por València. La vida colgada de un algoritmo y las necesidades de recogida y entrega de bultos. Él conduce y ella se ha convertido en la paquete más eficiente. Pronostica rutas fluidas y, así, aunque apenas superan los 700 euros limpios al mes, sobreviven mientras Laia estudia Derecho.

    Pertenecen a ‘diferentes especies’ a ojos del Estado. Él es venezolano y lleva mucho tiempo en situación irregular. Por eso, ella es la autónoma y “colaboradora” a ojos de la empresa. Él empiesza “a glovear” unas horas antes de que Laia salga de clase. Desde hace un par de semanas ha cubierto él solo la ruta para que estuviera liberada durante sus primeros exámenes en la Universidad. Se ha notado. Ella se encarga de recoger y entregar, mientras él apenas detiene el vehículo. Por separado son menos eficientes y sospechan que la agilidad ha empezado a penalizar al que es uno de los códigos más valiosos para la empresa en su ciudad. La única bonificación recibida hasta ahora por ello es la de elegir horario y tener trabajo constante.

    En estas semanas sin tardes de abrazos, ambos han tenido algo más de tiempo para pensar. Sobre todo porque, hace unos días, Laia recibió una carta de la Seguridad Social en la que se le advertía de que su caso estaba siendo investigado como un posible hecho de ‘falso autónomo’. La primera reacción fue de enfado con la Administración. No olvidemos que es la misma que considera irregular a Adrián. Gloverar permite que él trabaje. Incluso, que estén juntos. Sin embargo, la carta ha abierto la espita de la sospecha. Laia no cree que pueda compaginar la carrera con un trabajo distinto y él…

    Si dejan la moto, no habrá paro. Si siguen, tampoco habrá vacaciones y cada mes está más cerca el fin de las bonificaciones en la cuota de autónomo. ¿Cómo van a seguir adelante si esa cuota mensual sube a 283,30 euros? No tienen un salario fijo y hay quincenas (la empresa retribuye cada 15 días) en las que el número de repartos cae hasta sisarles 150 euros de la previsión habitual. Para que la remuneración sea interesante, al menos han de trabajar 10 horas al día, seis días a la semana. Desde que empezaron, el precio de la gasolina ha subido, pero ni las cuotas ni las bonificaciones se han modificado. Y, lo peor de todo, es que han asumido que ahora no pueden parar: comparten un piso con otra pareja, 250 euros de alquiler con gastos incluidos.

    De momento, tampoco nadie les ha tendido la mano desde ninguna organización sindical. El sistema, en gran medida, salvo que algún día alguien les capte en la calle, les hace invisibles. La situación de Adrián tampoco les anima a interactuar en exceso con otros repartidores. Circulando a cierta velocidad de un lugar a otro de València, la Kymco Gran Dink de 125 cc (2005, 78.000 km) podría empezar a dar problemas en breve. Si se estropea, quizá tuvieran que pedir algún pequeño préstamo. Ya lo han pensado, ¿pero cómo iban a devolverlo? Y eso que la familia de Laia la deja exenta de quebraderos de cabeza con los pagos de la Universidad, que pese a ser pública, ella no hubiera llegado a costearse.

    Pese a lo mucho que trabajaron durante las lluvias de noviembre, Laia y Adrián solo se han caído una vez. Un espejo, un rascón y el susto. Esa es, de todas, la gran incógnita. Qué pasaría si la próxima vez que se vayan al suelo no hay tanta suerte. Después de tantos meses abrazados sobre la moto, este parón por exámenes ha despertado las primeras incógnitas en una relación abocada a desarrollarse en torno al trabajo. Convertidos en simbiontes que sacan provecho de la vida en común, el ruido del tráfico y la incertidumbre de sus pensamientos contrastan con la asepsia de su código moviéndose sobre el mapa. Recogida y destino. Aunque ellos desparezcan del mapa, la aplicación seguirá funcionado y nosotros consumiendo sin hacernos las preguntas más evidentes.

  • El Mesó de Nazaret: el sueño de una noche de verano entre salazones, ahumados y vida

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    La intensidad impregna las horas que se pasan en la terraza de este ‘recién llegado’ a la plaza de la iglesia en el corazón de Nazaret. Décadas de sabiduría en la captación de producto y proveedores se ocultan entre el gentío y los niños jugando con la pelota hasta la medianoche (¡milagro!)

    A ver, mira: es julio en València y sobrevivir a lo cotidiano con una media de 30 grados a la sombra no es sencillo. Que yo sé que intentamos hacer como si nada, como posando con la camisa tipo test de Rorschach y la mejor de las actitudes. Por sonrisa no es, pero no es sencillo. Es regular. Regular mal. Nos duchamos cuantas veces nos lo permite el turno partido y hasta los hay que dejan la bañera llena para lanzarse a la charca nada más llegar a casa. Hipopótamos urbanos. En esas estamos, posando lo indecible y aceptando amistades en Facebook a cambio de piscina.

    A mitad de cualquier hora, sorprendentemente más sofocante que la anterior, después de cualquier mini trayecto entre aire acondicionado y aire acondicionado, vemos sudar un pared de gotelé y por un instante soñamos con lo inmediato: soñamos una noche de verano de terraza y plaza del pueblo con banderines. Una noche de verano donde no se oiga a los coches (ni siquiera su murmullo) y los niños jueguen a la pelota hasta tocarle las ídem a alguien. Una noche de martes o miércoles, de cuando se pueda, quizá de fin de semana, pero sin prisas al bajar la temperatura para abrir la despensa y la bodega.

    El origen

    El Mesó es ese milagro tan propio de las Cocinas del Underground que tanto nos gustan. Porque tiene huevas de mújol que haya que acordarse de nuestro barrio más portuario para comerse algunos de los mejores ahumados, salazones y quesos artesanos llegados hasta València. Pero sí, allí están, en este local que desde hace apenas unos meses (enero de 2018) regenta uno de los tipos más carismáticos del buen comer en la ciudad: Pedro Merino

    Sí, Pedro es el gerente y camarero que durante los últimos 30 años ha dado servicio y conocimiento en Jomi. Es escrupulosamente respetuoso y distante con su salida, a la que le atribuye ganas de iniciar aventura por su cuenta y haber encontrado el momento y el local más adecuado… Al menos, para empezar. Responsable de comandas y mediador de cada producto y proveedor en la barra de referencia del barrio, ahora lidera El Mesó y sabe perfectamente –con cada cliente– de lo que se habla.

    La virtud de cantar la carta

    Pegado al coqueto mercado municipal de Nazaret, en una plaza peatonal que en unos minutos nos traslada a una sensación de pueblo impropia de la tercera ciudad de España por habitantes, se abre siete días a la semana El Mesó. Merino admite que en el arranque lo están dando todo y desde las 8am hay servicio para un barrio que ha elegido. Es donde vive, y aunque es consciente de que con el producto premium que da podría sacar tickets de vértigo en Ruzafa o El Carmen, ha decidido hacerlo desde casa. «Vivo ahí al lado y estar a un paso de los hijos, de cualquier historia, era importante».

    -¿Está respondiendo el barrio?
    -Inmejorable. Eso sí, damos servicio para todos. Todo el día.
    -¿Y la ciudad?
    -También, aunque no hago nada de publicidad. Yo lo de las redes sociales lo llevo jodío… pero con el boca a boca es suficiente.

    Merino llevaba 30 años adquiriendo un conocimiento que ahora se abre en su propio local como si tal cosa. Conocimiento de producto y relación con proveedores. Es la cosa. A partir de ahí, vamos a hacer una serie de advertencias para escrupulosos del canon aséptico gastronómico. Principal primera: no hay carta. ¡Muchas gracias! Todo se canta y todo se comenta. El camarero te conoce en un tris. Te atiende. Si quieres saber los precios, pasa. Pero ellos te dicen. Tú les dices. Cuánta falta hace hablar primero para dejarse llevar después

    El ambiente

     Ambiente de terraza de verano, sillas de plástico y mantel de papel. Sí, no pasa nada. Lo que se reparte en la mesa merece el viaje y repele el posado (mejor). «Lo que doy es calidad. Lo más importante, que sé lo que ofrezco, que sé lo que me gusta y que puedo hablar de ello. El objetivo está claro. Sé quién soy y qué hacemos, por eso estoy muy a gusto aquí en Nazaret«, comenta. Le acompaña un equipo base entre los que se encuentra la cocinera Ana Delgado (también esposa) y su hermana, Luisa Merino

    Con poco personal más, el marchamo de los precios le hace trabajar al límite: «prefiero que salgan 10 platos que uno, pero cada uno de los proveedores y cada uno de los productos son casi secretos». Le preguntamos por algunos de ellos y los hay sagrados. «El tomate, no te lo voy a decir», sonríe Merino. Los pescados son del Sur, con Murcia quizá como foco más destacado. En el plato de ahumados hay arenques (con mostaza vieja y al natural), caballa (en frío y con especias) y pez espada. Se caba con este último, que quizá sobresale por frescura. Es decir, por textura e intensidad. 

    Merino repasa el orden en el cual debe dejarse llevar el comensal. Y es importante precisamente por eso, por la intensidad. Pero en conjunto, mientras noto la tensión en las paredes traseras de la boca al final del plato, me pregunto qué haría un autobús de japoneses ante una vianda semejante. Como intuyo que ni Guardian ni Monocle pasarán hasta dentro de un tiempo por El Mesó, hay que aprovecharse… 

    Segunda advertencia: hay bullicio en la calle. Hemos dicho que hace calor y los niños juegan. Más que molestar, alegra que estén al fresco mientras los Merino Delgado no tienen mucha prisa. La experiencia de ahumados puede dar paso a la de los salazones –aquí todo viene intensito, otra vez–, donde hay bonito seco, mojama de Isla Cristina y huevas de maruca, mújol y atún. El producto manda todo el tiempo y exige refrescarse con cada uno de ellos. Más de una vez.

    El secretismo con los proveedores deja entrever que algo le cae del Mercado Central, otras cosas de hacer algún viaje de tanto en cuanto y la mayoría de pequeños distribuidores gourmet. En el caso de los quesos, Merino asegura que las referencias «no las encontrará nadie en El Corte Inglés. Y difícilmente en València. Si me quiero distinguir y desde aquí, tengo que ofrecer algo distinto». Más fuertes, más suaves. Como con cualquier otra cosa, lo importante en El Mesó es marcar unas directrices y dejarse llevar. 

    La bodega no desmerece al producto. Sí, en mantel de papel, pero si alguien lo necesita puede pedir un Vega Sicilia: «tienes que tenerlo. Si alguien lo quiere, tienes que dar servicio». No obstante, lo importante de sus vinos está en la selección que ha adecuado a la carta. Ribera del Duero y Rioja bastante asequibles, pero muy elegidos. Un trabajo de etiquetas que ahora puede aplicar a un precio que, de momento, es sensiblemente inferior al de Jomi.

    Sepionet, calamares y lo que rime con mar es deseable probarlo, aunque lo mejor es confiarle a Pedro la comanda –preguntando por frescos– tras intercambiar impresiones. Las bravas («sin allioli, como deben de ser, salvo que se pida») no destacan, pero sí quizá los platos más elaborados y que rompen un tanto la carta hacia arriba: foie con salsa de higos, rabo de toro desmigado sin hueso o confit de pato. Por ahí va la cosa. Lo que sería un crimen a cualquier hora, cualquier día, es prescindir del tomate –del Perelló o de muy cerca, aunque no tengamos el detalle– con bonito y aceite de oliva. 

    El Mesó continúa su vida rutilante con desayunos y almuerzos como un bar más de Nazaret. A mediodía y por la noche se transforma (la carta está siempre disponible), moldeándose a una clientela que ya vimos que también llega del resto de la ciudad. Los fines de semana ha empezado a complicarse tocar mesa en terraza, «pero es que no entiendo por qué no hay que celebrar un martes. Un martes aquí es un buen día para celebrar», dice Merino. Y es cierto que la terraza es esencial en este caso, porque la sala, de bar de Nazaret y donde la propuesta ambiental cambiaría mucho, tiene margen para crecer.  

    Le arrancamos las anécdotas de los primeros meses a Merino, pero una nos casa con la ambición de arañar el espíritu underground de la gastronomía sin ambages: «aquí, la mayor parte de la gente joven no pide salazones ni ahumados. No los conocen. No tienen esa cultura. Por eso, reconozco que durante este tiempo les he ido picando. Les voy poniendo para que sepan. Para que aprendan«. Así lo dice Merino, que también tiene unas sardinas ahumadas de un tamaño imponente. 

    Un día entre semana, vivimos nuestro particular sueño de verano en la terraza de El Mesó. Rodeados de vida, que es la que contagia Merino, pero también la clientela foránea (foránea del barrio) y el contexto descrito… esos niños. Va a ser un largo verano en la plaza peatonal situada en el corazón del siempre maltratado barrio marítimo. Si los Merino Delgado cogen fuerza suficiente durante estos meses, podrán hacer músculo para ir situándose poco a poco y mejorando el local durante los próximos años.