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  • Felipe Pantone: “La perdurabilidad de la obra de arte no es importante para mí”

    Publicado originalmente en la revista GQ (septiembre de 2019)

    Felipe Pantone representa un caso paradigmático de movilidad dentro del mundo del arte. Su principal rasgo es el dinamismo, da igual a qué época de su trayectoria pertenezca la obra, su tamaño o la ciudad en la que estampe. Su vocación es, textualmente “ultradinámica”. Es también la cuadratura del círculo de una alquimia deseada en cualquier era de la creación humana: una interpretación de un pasado reconocible, pero con capacidad de ser revisado desde la contemporaneidad; una autoafirmación en los referentes clásicos, pero con la vista puesta desde un respeto absoluto al presente.

    El arte óptico, el street art y hasta el arte configurable conviven sin arañarse en su ingente creación, aunque una buena parte del mundo le descubrió en la muestra Beyond the Streets, celebrada en Los Angeles en 2015. Allí, conviviendo con obras de leyendas del arte urbano como VHILS o Futura 2000, Pantone deslumbró con la reinterpretación de un Corvette de 1994. La velocidad de aquel bólido era superada por la interpretación cinética de este hijo de argentinos emigrados a España y propietarios de un bar. Para entonces ya se había pateado medio mundo, había iniciado stages en los estudios de algunos de sus ídolos y había dejado rastro de su obra en varios rincones de España.

    Pantone es un fenómeno en Instagram, donde sus plantillas de efectos faciales son utilizadas por anónimos y modelos, indistintamente. Y es un artista hecho a sí mismo, que desde la preadolescencia no ha soltado el bote de spray y que inició sus estudios de Bellas Artes en València antes siquiera de haber visitado un museo. Hoy es el el último fichaje de Hennessy para interpretar sus botellas de coñac de edición limitada. Otro guiño al mundo del arte de más de esta marca, del grupo de lujo LVMH, que ha donado 200 millones de euros para la reconstrucción de Notre Dame, pero que cada año ‘colecciona’ las firmas más inalcanzables del street art para reformular su elixir de alta graduación.

    Si bien es cierto que en el pasado Hennessy ha logrado la colaboración para este proyecto de tótems como Futura 2000, Scott Campbell o Vhils, la identidad de Pantone parece pensada para el lema de esta bebida: remixing the present. Pantone, que fue asistente de Seen en 2012 (ideológicamente, una de sus principales influencias artísticas) y publicó su base argumental en 2013 (el futurista Manifiesto Ultradinámico), mantiene un ritmo de vida inverosímil desde entonces. Ha realizado en poco más de cinco años 15 exposiciones individuales en 13 países distintos. Su obra impregna ciudades de Tahití a Nueva York, de Dortmund a Monrovia, de Moscú a Puerto Príncipe. Cubre muros, camiones y cascadas en galerías comerciales. En este caso, un recipiente de edición limitada al acceso de unos pocos.

    -GQ: ¿Te sentiste en tu salsa con el lema remixing the present?
    -Felipe Pantone: La verdad es que sonaba atractivo. Estuvimos viendo qué puntos en común podía haber, por eso viajé en un par de ocasiones a Cognac, para revisar toda su documentación, conocer su historia y su legado. De mis estudios en Bellas Artes extraje pocas cosas, pero una de ellas fueron los conocimientos en historia del arte. Y lo digo porque conocer cómo ellos habían interpretado su historia, conocer su bagaje fue la única manera de comprender cómo iba a poder aportar cosas. Por otro lado, tardé mucho tiempo en convencerme de que me hubieran elegido para este proyecto, porque los artistas que llevan en estas ediciones durante la última década son uno tras otro referentes míos. No me llego a encajar en esa especie de alineación de estrellas todavía.

    -GQ: ¿Qué te inspiró de aquellos viajes a sus bodegas?
    -F.P.: Me impresionó la coherencia que ha tenido la marca a lo largo de estos siglos (producen ininterrumpidamente desde 1765). El master blender de la marca es ni nada menos que la séptima generación de la familia encargada del producto. Este respeto a la tradición es muy interesante porque no influye en que, él mismo, tenga ningún reparo a que su producto sirva para cócteles o para mezclarse. Por un lado, vi como la marca y quien la custodia tiene un respeto integral por su historia y por otro se muestran abiertos con naturalidad a romper el canon. Esto es interesante, porque en Europa el coñac es una bebida que se toma saboreándola y disfrutándola por sí sola, pero en Estados Unidos, que es un mercado enorme para ellos, la marca tiene mucha salida a partir de la mezcla.

    “Quiero que las cosas nuevas, que los nuevos proyectos y las nuevas ideas me pillen trabajando. Cuando pintaba graffiti ya era así. Estaba rematando una pieza y jodido porque ya tenía otra en la cabeza”.

    -GQ: Te hemos visto cubrir muros de rascacielos, con dimensiones enormes. ¿Te preocupa en algún caso aplicarte a una figura escultórica más reducida?
    -F.P.: Para nada. Una botella no es más estática que una pared o que un lienzo. Mi trabajo tiene mucho que ver con la transformación y el dinamismo. Y eso puede aplicarse a un espacio natural, a un muro o a una botella. Mi objetivo es imprimir esta intención a cada proyecto, a cada idea.

    -GQ: Al fin y al cabo es una botella. ¿Te preocupa que se deseche?
    -F.P.: No me preocupa lo más mínimo. Hay que desdramatizar ese hecho. Es algo que me ha enseñado el graffiti. El componente efímero de mi trabajo es algo que ya ni me planteo. La perdurabilidad de la obra de arte no es importante para mí. Es importante que la cultura avance, que se generen cosas nuevas. Si tu escuela es pintar trenes que ni llegan a salir de la cochera con lo que has hecho… te aseguro que no pasa nada si alguien tira la botella.

    -GQ: Pese a que has vivido durante varias temporadas fuera de València, acabas volviendo y has establecido aquí tu base en dos estudios. ¿Hasta qué punto crees que la la luz de València es un reclamo, te influye y te hace regresar a aquí?
    -F.P.: No me lo planteo, pero estoy seguro que, de alguna manera, está ahí. La luz está en toda mi obra y está en el principio de la vida, en la exploración de todo lo que hago, en el color… La luz es para mí la vida misma y, conceptualmente, es muy interesante.

    -GQ: ¿Cuántas veces te han tentado con trasladar a tu equipo y tu base fuera de València?
    -F.P.: Es una idea constante, pero creo que el final de esa posibilidad llegó el año pasado. Estuve viviendo en Nueva York y, por muchos motivos, estaba bien. Pensé, me caso y me quedo aquí para siempre. Y mientras lo pensaba, un día tras otro, intentaba quedar con alguien para tomar algo y me decía: vale, en dos horas nos vemos aquí. Luego, pasaba otro día, intentaba quedar con otro para otro asunto y me decía, vale, en 3 horas aquí. O mañana a las 6 aquí. Y yo pensaba, todo está bien en cierto sentido, pero no estoy loco. Necesito crear en un sitio donde pueda disfrutar de la vida. Donde la vida en sí, supongo, sea más fácil. Volviendo a tu pregunta anterior, creo que la luz también es importante, como lo es en un sentido pragmático tener dos estudios grandes, abarcarlos con distancias cortas y hacer mucha más obra de la que podría abarcar fuera por cuestiones como la movilidad, etcétera.

    -GQ: También es cierto que hoy en día, un artista global como tú puede plantearse una sede atípica al establishment gracias a la tecnología.
    -F.P.: Ni lo dudes. Hace 15 años, Felipe Pantone no estaría aquí. Estaría obligado, como en el pasado, a vivir en alguna de las llamadas capitales del arte. Y lo mismo sucedería si hiciera música o me dedicara a cualquier otro tipo de creación y mi trabajo estuviera dando vueltas por el mundo. Definitivamente, esta situación es posible gracias a la posibilidad de comunicarnos telemáticamente y físicamente.

    -GQ: Acabas de hacer mención a que aquí, entre los dos estudios, puedes abarcar una cantidad de producción importante. ¿Hasta qué nivel incrementarias tu equipo y tus espacios? ¿Hasta qué punto alcanza Felipe Pantone como creador sin desdibujarse en sus colaboradores?
    -F.P.: En este momento mi capacidad productivo creativa está a tope. Este es el límite de todo lo que soy capaz de generar, que todo pasa por mí y acaba siendo obra que firmo y que reconozco. Y este es el límite, hasta aquí llego, cosa que saben mis galeristas. En el estudio tenemos mucho cachondeo al respecto, sobre cómo cuesta de producir una obra y cuando sale, decimos… hale, otra obra de arte al mercado. Pero lo decimos porque confiamos en todo el proceso y yo necesito estar a gusto con el método de producción. No me permito ni un refrito. No lo hago por mí, pero diría que mis galeristas son conscientes de que cualquier otro tipo de producción dejaría de ser interesante a nivel comercial.

    -GQ: O sea, que la demanda es muy superior a la producción actual.
    -F.P: Muy superior (ríe). Pero me siento cómodo en esa tensión. Me he acostumbrado a esa exigencia, a esa presión. Es una situación favorable para mí. Veo mi carrera como un camino. Nunca me pongo metas a corto plazo. Una exposición sí me ayuda a concretar cosas, a intensificar conceptos y a encontrar qué decir, pero no produzco con un pensamiento de mercado. Eso sí, me sienta bien notar que hay más demanda de lo que soy capaz de producir.

    -GQ: No te pones objetivos a corto plazo, pero las exposiciones cumplen su papel de metas volantes. ¿Cómo os organizáis?
    -F.P.: Por ejemplo, ahora estoy desarrollando cinco o seis series a la vez. Trabajo en obras y series que no termino, porque a menudo en el proceso tengo nuevas inquietudes y me voy por otros derroteros. Hasta que concluyo una serie. A menudo, ese final está motivado porque aparece un proyecto muy ilusionante y veo que lo que estábamos trabajando, el discurso y los derroteros de la serie, ya están agotados.

    -GQ: ¿Qué ideas centrales creen que se pueden reconocer en una serie y otra? ¿Qué rasgos característicos, más allá de tu manifiesto, eres capaz de fijar ahora?

    -F.P.: Una motivación completamente nueva, un lenguaje singular que suponga algo que no hemos hecho, que no hemos explorado todavía. Como en el caso de la botella, como en cualquier proyecto de arte urbano, si hay algo que aprecio son las limitaciones. Las limitaciones también son un rasgo distintivo porque estimulan mi creatividad. Es como si a ti te dijeran que tienes que hacer la entrevista en tan solo 300 palabras. Si no es el canon al que estás acostumbrado, ese es el estímulo. Ahora pon a Felipe Pantone en una botella, en un puente, en el atrium de un centro comercial…

    -GQ: Así que si alguien quiere engatusarte para un proyecto, que te ofrezca algo que no haya visto en tu portfolio.

    -F.P.: Por supuesto. Hay más probabilidades (ríe).

    -GQ: Y al que no le asuste verte trabajando en seis series a la vez. ¿Hay un valor positivo en la capacidad para ser prolífico?

    -F.P.: Para mí, rotundamente, sí. No quiero que esto suene a comparativa, por favor, pero tengo presente lo que hizo Picasso a este respecto. Ser prolífico le permitió evolucionar más y más rápido. ¿Cuántas vidas vivió en un sentido de evolución artística? ¿Cuatro, cinco? No paraba y yo tampoco quiero parar. Quiero encontrar nuevas series sin parar. Quiero que las cosas nuevas, que los nuevos proyectos y las nuevas ideas me pillen trabajando. Cuando pintaba graffiti ya era así. Estaba rematando una pieza y jodido porque ya tenía otra en la cabeza. Quería terminar, pero terminar bien, porque así ya tenía más cosas en la cabeza. Como dice el refrán, a razón de 14, siete la media.

  • Paula Bonet: «Los dibujos con una maraña de hilos y mofletes rojos ya no me interesan»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Hace poco más de 10 años Daniel Gascó abrió el videoclub Stromboli en el número 17 de la calle Centelles. Su llegada al valenciano barrio de Ruzafa supuso una explosión de cine de alta calidad para sus vecinos, entre los que se encontraba Paula Bonet. La pintora, que atiende a ValenciaPlaza.com desde su estudio ubicado ya hace algunos años en Barcelona, reconoce su influencia con títulos y géneros diversos. Con la llegada del establecimiento exploró aún más en la nouvelle vague, conoció a Patrice Leconte y, desarrolló algo que más que una admiración por François Truffaut.

    La vida y la obra del director de Los 400 golpesJules y Jim o La mujer de al lado es el eje de 813, el segundo libro de la artista castellonense. Un homenaje divulgativo para entender como ambos, a unas décadas de distancia, han encontrado un torrente de conexión con el público a partir de ámbitos de trabajo como el retrato o la intimidad.

    El encargo de este título para la editorial La Galera llegó a la vez que el de Lunwerg con quien publicó Qué hacer cuando en la pantalla aparece THE END. Este volumen, lanzado en 2013, ha alcanzado su cuarta edición (en torno a 20.000 ejemplares vendidos), ha aumentado la proyección internacional de la artista y ha supuesto un número de ventas que, según la autora, ha elevado «todavía más» su autoexigencia.

    Por ello, 813 ha supuesto un doble reto para ella: el primero, servir de bisagra entre generaciones para embajar la sensibilidad del genio cinematográfico; el segundo, consolidar su actividad con un trabajo de largo de recorrido, que evoluciona y evita los fantasmas de las etiquetas que acompañan a toda carrera lanzada al escenario internacional en tan poco tiempo.

    El resultado es el de haber entendido la importancia de una segunda obra de peso como un trampolín para mostrar esa evolución afortunadamente inevitable. Nuevas/viejas técnicas, soluciones aparentemente en proceso, pero mucho más decididas, y el logro de publicar un trabajo tan personal en torno a un tótem del cine y salir indemne ante sus fanáticos. El libro es mucho más que una invitación al mundo de Truffaut, goza de un relato interno inteligente, dinámico y, sobre todo, estira las inquietudes en la obra de Bonet que parece únicamente haber iniciado una carrera de muy largo recorrido.

    813 tiene un sentido divulgativo de la obra de Truffaut. ¿Has sentido vértigo al asumir ese papel de embajadora de su cine para una parte de tus seguidores que la desconoce?
    -Cuando recibí la propuesta de La Galera tuve muy en cuenta que tenía que hacer algo que me interesase lo suficiente como para dedicarle tanto tiempo. Soy obsesiva con el trabajo y especialmente lo soy con las cosas que me interesan. Partiendo de eso, tampoco lo veía como algo tan atrevido, sino como un homenaje a una figura de la que he aprendido mucho y a la que tenía ganas de dedicarle todo este tiempo.

    -Precisamente, viendo la bibliografía y atravesando el libro, se aprecia un ejercicio de contención importante a la hora de evitar spoilers, destripar tramas o, sencillamente, posicionarte.
    -He tenido que recortar muchísimo todo lo que creía que debía contar de inicio. Para empezar, con las 184 páginas que tiene el libro. La elección de las películas a desarrollar también ha ayudado a acotar, porque quería acercarme a algunas en especial, pero de una manera distinta. No pretendía hacer un análisis crítico, sino aportar contexto y situación personal de Truffaut, ideas del rodaje y destacar lo que pensaba que era importante en cada caso.

    -Una bibliografía vasta. ¿Qué libro recomendarías para aproximarse a Truffaut de los que has utilizado en tu investigación?
    -Seguramente, François Truffaut de Plot Ediciones (Madrid, 2006) escrito por Antoine Baecque y Serge Toubiana. Pero también el de Arturo Barcenilla, Truffaut/Paris (T&B Editores, Madrid, 2004). Es difícil para mí entender ahora la publicación de 813 sin contar con este libro acerca de las localizaciones en las que rodó, en las que vivió. Durante cuatro años Arturo hizo un trabajo impecable aproximándose a una realidad que a mí me ha servido para poder captar de una forma mucho más consciente esos lugares y entender, por ejemplo, por qué alquilaba una habitación en un hotel aparentemente lúgubre de París.

    -De hecho has podido viajar a París para investigar acerca de esas localizaciones y de la mano del propio Barcenilla. Un espacio de tiempo y recursos que no te habías tomado antes para otro trabajo. ¿Has llegado a tener miedo a que se te fuera de las manos la propia investigación, los plazos?
    -Sí. Lo cierto es que he retrasado la entrega hasta cuatro veces. Me preocupé porque pensaba que al final acabaría teniendo problemas con la editorial. Me encargaron los dos libros a la vez [en referencia a Qué hacer cuando…] y decidimos que este fuera después. Pero el impacto de venta, promoción y presentaciones fue inesperado para todos. Para la editorial, pero por supuesto para mí. Lo que iban a ser dos meses de promoción se convirtió en un año. Y lo que es más importante: tome consciencia de a cuánta gente estaba llegando el libro. De esa forma, mi carácter para exigirme cada vez más con lo que publico me llevó a tomarme todo este tiempo de trabajo… si algo sale del estudio, es porque puede ser publicado.

    -La sensación es que el pasado 2014 ha sido un año de vértigo para ti.
    -Ha sido un año en el que me han pasado cosas buenísimas, pero mientras sucedían era consciente de que no las podía disfrutar. En ese sentido, era horrible. Por eso intento centrarme cada día más en hacer proyectos que me hagan conectar de forma personal muchísimo, a menudo son trabajos teatrales, cinematográficos, musicales… hace casi un año que no hago trabajos para particulares.

    -Venga de donde venga el encargo, ¿sientes cierta presión cuando los ‘clientes’ esperan de ti el ‘sello Paula Bonet’? ¿Cómo lo afrontas?
    -Por un lado sí lo siento y por otro, la realidad, es que no tengo ese problema. Los dibujos con una maraña de hilos y mofletes rojos ya no me interesan. No es lo que hago y se puede ver en 813. La idea es no repetir las fórmulas y no hacer otra vez el mismo libro, por eso este no tiene nada que ver con el anterior.

    -En 813 hay un tipo de ilustración más cortante, más decidida.
    -Necesito hacer un tipo de ilustración más dura, explicarme a mí misma de otra manera. El éxito con cada proyecto es poder ser fiel a mí. Si al ‘cliente’ no le interesa, pues lo siento. Tengo mucha suerte de poder dedicarme a dibujar y de disfrutar con mis trabajos.

    -Por cierto, es un volumen sobre un icono del cine francés y la novela gráfica -de la que tiene mucho- es toda una industria en Francia. ¿Habéis planeado su traducción y promoción allí?
    -No se había planeado de partida, pero lo cierto es que ya se están moviendo para poder promocionarlo allí. De hecho, y es una casualidad total, es el 30 aniversario de su muerte la Cinémathèque Française está haciendo una revisión. Haremos una presentación, seguro. Además, cuando estuve a principios de año en París aproveché para estudiar un poco de francés que vendrá bien para todos estos planes.

    -Para ti, traducir a otro idioma supone una reescritura de todo el libro, ya que es un ejercicio de lettering. Es un proceso laborioso en el que además pasas de nuevo por tus textos, releyéndote. ¿Cómo lo afrontas?
    -Es mucho más que una traducción. Si sucede, es una ilusión enorme, igual que si hubiera que adaptarlo al inglés, pero desde luego va a suponer semanas de trabajo…

    -En las pinturas, sin duda, la sensación es la de encontrar algunos rasgos de conexión entre Truffaut y tu obra. Por ejemplo, el valor del retrato o de la intimidad.
    -Totalmente. Desde que tenía 20 años he revisado muchísimas veces sus películas, pero nunca lo había abordado de una forma intelectual como lo he hecho para este trabajo. Lo hacía siempre de forma emocional, asimilando supongo su forma visual, pero como una espectadora más. Ahora he entendido muchas cosas que hay en mi forma de expresar, incluso las autobiográficas. Reconozco en mí hasta formas de componer y conecto con él en visiones que van más allá de la obra, como por ejemplo su visión del artista. A mí me cuesta mucho hablar de mí como artista, pero me gusta cuando explica como Matisse atravesó tres guerras y lo que nos dejó fueron mujeres, peces, ventanas… no había nada del horror que le rodeada, aunque a su vez nos dejó un legado muy valioso a partir del cual se han generado muchas otras cosas.

    -El libro muestra otras técnicas, otras fórmulas.
    -La idea era no repetir Qué hacer cuando… y estoy contenta porque al enseñárselo a personas como Paco Roca he visto que se ha transmitido el tipo de libro que quería hacer. Él está emocionado porque dice que está a medio camino entre la novela gráfica y el cómic, atreviéndome a escribir… lo que sí se ahora más que nunca es que necesito contar. Las técnicas pueden cambiar, a lo mejor dentro de tres años he vuelto al óleo o me pongo a hacer vídeo. Eso no será lo importante.

    -También había que hablar de Truffaut, que posee un imaginario que es posible que te invitara a otros caminos.
    -La luz de las primeras películas, con bajo presupuesto, es cortante, dura. No podía tampoco mostrarlo de otra forma. Y eso también nos hemos preocupado en llevarlo a la edición, en la que el formato es más próximo. El libro, por tamaño, es más modesto, el papel se parece mucho al que utilizo a trabajar y, en definitiva, el dibujo, el texto y todo lo que envuelve van muy cogidos de la mano.

    -Además de en lo visual, ¿has descubierto otras conexiones en lo personal?
    Sí, sobre todo en la forma de mostrarse públicamente.

    -Si hubiera vivido en esta era de las redes sociales online, ¿habría participado? ¿Cómo?
    -Habría participado porque le importaba mucho el público, pero hay que tener en cuenta que él era muy reservado. Había también una parte de llevar los proyectos en secreto para fomentar el factor sorpresa, así que no creo que hubiese mostrado mucho de los procesos.

    -¿Te ha influido esto últimamente? ¿Te cuesta mostrarte un poco más?
    -Sí, de hecho incluso ha sido un problema de cara a las fotos promocionales que ha hecho Noemi Elías (risas). Lo he pasado mal.

    -El libro se convertirá en exposición (comisariada por MacDiego) a partir del próximo 25 de marzo en Las Naves. ¿Te hace ilusión exponer de nuevo aquí?
    -Mucha. Apenas he vuelto durante estos últimos años porque en Barcelona estoy muy a gusto. Mantengo unas relaciones con profesionales en las que nos apoyamos y colaboramos mucho, pero también echo de menos hacerlo con el círculo creativo más próximo que tenía en Valencia: Senior, María Herreros, Laura Castelló, Nestor Mir…

  • Tres tatuadores por los que merece la pena dejarse la piel en València

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Si la década de los 90 fue un boom para los estudios de tatuaje en la ciudad de Valencia, la que le precedió no hizo sino multiplicar la oferta. La ciudad, quizá por la visible necesidad de sus vecinos por exponer su cuerpo al sol, quizá influenciados por una mezcla de carácter y solución climática, se despertó rápidamente al arte de la tinta sobre el cuerpo. Por ello, hablar de nombres propios o de estudios en Valencia es incurrir en un basto catálogo de posibilidades entre el que es difícil no destacar a un buen número de profesionales. 

    El negocio en sí, según muchos de los dibujantes y propietarios de estos locales, sufrió una auténtica «persecución» por parte de los inspectores de Sanidad. Por otro lado, ninguno de ellos cree que no fuera necesaria la mayor depuración posible de los procesos higiénicos, ya que la clandestinidad y el citado auge fomentaban los problemas y posibles desprestigios por daños evitables al oficio. Pero aun así, entre ellos, se repite una sentencia: «cada dos días, el inspector estaba en el estudio, revisándolo todo». Esto provocó que muchos, a veces por costes y a veces por una cuestión pragmática, de producción, decidieran reubicar sus talleres en casa.

    Por supuesto, el calor de la burbuja inmobiliaria aumentó el número de clientes que ahora, reducido, se muestra mucho más selectivo a la hora de elegir su tatuaje y su tatuador. En un punto intermedio entre la clandestinidad (por no encontrarse precisamente en las vías comerciales, sino en pisos) y la especialización se encuentran Pedro SánchezSento y Abel Alcoy. Son solo tres ejemplos -aunque notables- de una oferta que los tres, preguntados por el resto de posibilidades dentro de la ciudad, aseguran está a un nivel muy alto con respecto a la oferta en España e incluso en el sur de Europa. 

    SAN PEDRO SÁNCHEZ Y LA PIEL COMO LIENZO Y COMO RETO 

    Pedro Sánchez estudió Bellas Artes en la Universitat Politècnica de València y, acabando sus estudios, se dio cuenta que tenía que empezar a buscar una salida laboral «de lo que fuera» antes de que las clases se acabaran. «Fue una absoluta casualidad, pero un compañero de clase me dijo que conociendo cómo dibujaba debería enseñar mi trabajo en un estudio de tatuaje que el conocía y que ahora ya no existe», aclara el propio Pedro Sánchez (Sanpedrosanchez en Facebook) a CulturPlaza.com.

    En el citado estudio, Pedro Sánchez tuvo la oportunidad de ser aprendiz durante dos años: «fue un auténtico lujo, porque la mayoría de tatuadotes se inician por su cuenta. Existe una gran cantidad de información en Internet y es normal que la gente se anime, pero hay una serie de pautas, de criterios, que solo se adquieren a través de la experiencia y que yo tenía a mi alrededor mientras trabajaba». La verdad es que en el desaparecido estudio, Pedro Sánchez empezó a trabajar casi en el momento en el que mostró su portfolio.

    «Para mí el tatuaje es solo una técnica más de dibujo. No lo contemplo de otra forma, excepto por la parte de la higiene», añade Sánchez. Su trabajo en el que las escalas de grises y el realismo en blanco y negro son los protagonistas muestran el trabajo de un artesano del dibujo, minucioso y perseverante con sus trabajos que escoge individualmente. «No acepto todo lo que me proponen, porque necesito ver que estoy realizando algo interesante tanto para quien se tatúa como para mí».

    Sánchez, que cree que «en Valencia están los mejores tatuadotes de blanco y negro de España», asegura que «por juventud y por la crisis económica, muchos de ellos están trabajando con los estudios integrados en sus propias casas». Él, que se autoconsidera «ilustrador y diseñador», reconoce que durante mucho tiempo el dibujo no ha estado precisamente integrado en el ámbito de trabajo de los diseñadores: «ellos tenían sus propios códigos, pero igual que los puede tener un ilustrador«. Sin duda, su resultado final, influenciado por artistas como Niki Norberg o Jeff Gogue se ve influenciado por tendencias nórdicas y del Este de Europa, según él mismo reconoce. 

    «Para mí la piel solo es un soporte más, pero eso sí, el más complicado. Aun así, ofrece muchas posibilidades, como las que vienen derivadas del volumen y que se estudian para aprovechar esta característica», añade Sánchez. Él mismo asegura que ese «lienzo» cambia radicalmente en cuestión de horas dependiendo de si la persona ha dormido o no bien, ha comido o no, o, incluso en el caso de las chicas, están en el periodo de menstruación.

    SENTO Y LA RENOVACIÓN DEL OLD SCHOOL

    Los estilos peramencen, pero las tencencias vuelan. Sento, tras 17 años dibujando sobre cuerpos, diferencia: «es distinto el trabajo sobre una persona que quiere hacerse un tatuaje porque lo visualiza igual que si se fuera a poner unas zapatillas. Nosotros realizamos proyectos que van más allá, en el que tratamos que el cliente sea consciente del estilo y de una serie de criterios a través de los cuales se completa la identidad del tatuaje».

    Este veterano -y a la vez joven- tatuador es un auténtico viajante de la profesión. «Es sorprendente ver cómo en una reunión en Australia se habla del nivel que hay en España. En las conferencias siempre hay cuatro o cinco españoles dando clases. Por lo que respecta a Valencia, en blanco y negro, por ejemplo, que tiene una fuerte demanda en nuestro país, solo con Xavi García ya estamos a un gran nivel». 

    Él mismo ha ido evolucionando su propia técnica y, aunque siempre ha estado próximo al old-school, seguramente el estilo en el que es referente en la ciudad, sí que ha ido modernizándose con el paso de los años. «Ahora mucho más que antes busco nuevas formas. Tengo necesidad por hacer nuevas cosas a partir de la base que ya domino», apunta. El resultado es un old-school renovado que no está nada lejos de algunas de las tendencias que ahora tienen mayor demanda.

    Reconoce que en los citados booms entraba a tatuar mucha gente sin criterios de estética ni la mejor formación en dibujo. Por eso entiende la llegada de figuras como Pedro Sánchez o, al fin y al cabo, «la realidad de que ahora el mercado exige que el tatuaje sea un estilo, lleve una firma». Aun así, Sento coincide en la adicción y el coleccionismo del tatuador: «al final, ves algo que te gusta en otro cuerpo y lo quieres para ti». Esto provoca algo curioso que es bastante habitual en los tatuadores: llevan dibujos de estilos que no son su especialidad. Algo que tiene sentido partiendo de la base de que ellos mismos no se van a poner la aguja.

    No obstante es curioso que, aunque Sento admite que «en todas las ciudades hay cierto pique entre los profesionales«, ellos mismos van redigirigiendo a los clientes cuando tienen una idea muy clara: «yo le puedo enviar un cliente a Xavi si quiere algo muy en su línea o a Abel si lo que está buscando es un tatuaje biomecánico«.

    ABEL SAMARUC Y EL TATUAJE BIOMECÁNICO

    Estas pasadas fallas el estudio de tatuaje Samaruc situado en Catarroja cumplió diez años. Abel Alcoy, el tatuador al frente del mismo, es el único valenciano especializado en tatuaje biomecánico: una suerte de códigos que combinan la realidad del cuerpo con la inspiración artística de la tinta. La corriente, influenciada tal y como reconoce Abel Alcoy por el recientemente fallecido H. R. Giger (el ideador del imaginario Alien), cita a Aaron Cain como el precursor de la técnica y el espejo del que partió hace unos 15 años como profesional. 

    «En el tatuaje biomecánico hay que trabajar mucho las texturas, para que el dibujo tenga fuerza«, añade Abel Alcoy. Las capas de color son una referencia, aunque él no cree que el color deba asustar a los clientes: «si te cuidas bien con la protección y exposición solar y el tatuador sabe lo que se hace, el tatuaje no tiene porque ser retocado. Algo que hay que tener muy en cuenta, que es buena parte de nuestro trabajo, es la mesura a la hora de controlar las líneas y su engrosamiento», añade Abel.

    Los tatuadores son especialmente previsores con este aspecto: una línea que hoy ocupa un milímetro puede aumentar hasta 1,3 en unos años o duplicarse con el paso de las décadas. «Los poros se abren y la piel cambia, por eso la persona que se tatúa ha de comprender que en el primer momento en el que se le ha realizado el tatuaje este solo está en su fase previa y es tras el primer año y en adelante cuando se empieza a adaptar a su forma deseada«.

    Abel Alcoy reconoce que la demanda de tatuaje biomecánico en Valencia «es baja», aunque sí acepta que aquellos interesados acuden a él como especialista. «Muchas veces todo se basa en que hayan visto otros trabajos míos y les guste lo que hago», añade el responsable de Samaruc. Aun así, Abel se deja llevar también por sus clientes con las tendencias más habituales: «ahora las chicas se hacen muchas enredaderas y hay una tendencia de plasmar las calaveras mexicanas de azúcar, tatuadas o rostros de mujer que dejan espacios a la forma de la calavera… los ciclos van muy rápidos y todo cambia en cuestión de meses».

    Pero Abel Alcoy también es dibujante y, tras estudiar en Artes y Oficios, se formó durante cinco años en una escuela profesional con el ánimo de convertirse en creador de cómics. La técnica de dibujo acabó, como en el caso de Pedro Sánchez, sobre la piel y como auténtica devoción. Hace algunos meses, junto a algunos amigos Abel viajó hasta Japón para disfrutar al ser tatuados por Horitoshi, uno de los más prestigiosos tradicionales del país asiático. «Lo único que hacen con la máquina son las líneas. Lo demás se hace con unos palos de madera que finalizan en agujas», apunta, aunque la clave está en la conexión que este tipo de tatuaje tiene con su especialización el estilo biomecánico: «todo lo que hacen está preparado para el lugar del cuerpo en el que se sitúa. Tiene en cuenta qué hay debajo y cómo funciona ese volumen».