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  • Oggi, 1978: 40 años de la discoteca y el momento que desencadenó la Ruta

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En la búsqueda de una historia para la Ruta, hay dos tendencias marcadas a la hora de fechar el movimiento. La primera disocia lo ocurrido a partir de 1990 de lo anterior. Otra, en la que abundan los dos trabajos bibliográficos de referencia (En Éxtasis, de Joan M. Oleaque, y ¡Bacalao!, de Luis Costa), entiende que el fenómeno no se puede comprender sin sus etapas anteriores. De alguna forma, estos dos libros y la hemeroteca también reunida en la serie documental València Destroy: la historia no contada de la Ruta del Bakalo contemplan que no existe un hito determinante para separar uno y otro mundo, sino que es la evolución –degeneración por masificación– la que tuerce el relato. Una torcedura de facturación millonaria, pero de consecuencias todavía latentes en la marca València, las leyes de seguridad ciudadana del Estado y el clubbing en España.

    Esa historia construida en la distancia tiene su prehistoria y, como sucede con todo relato coral, encuentra sus reliquias en muy distintos sitios. Casi todos ellos, en la capital, aunque lo mejor del movimiento sucediera algo más tarde a 35 kilómetros al Sur (Barraca y Chocolate) o en su poco reivindicada versión al Norte: Espiral. En esa prehistoria, se habla de locales que eran clausurados por la policía por razones tan peregrinas como no tener sillas en las que sentarse. Nuevas realidades «indecorosas» como las de Capsa 13, o locales en los que un nuevo público no sabía ‘si iba o venía’ a ojos del control policial del Régimen: Studio, Christopher Lee (todavía abierto), Crack… 

    Sin embargo, el rasgo sociológico que parece marcar la diferencia se encuentra en una ruptura generacional: los usuarios de aquellos locales ya no querían oír a más cançó. De algún modo, sus inminentes protagonistas daban por hecho el cambio. Querían romper con el pasado y con ‘el rollo’ de sus hermanos mayores. Querían dar rienda suelta a un hedonismo no premeditado, pero que necesitaba explorar con fruición las nuevas libertades adquiridas. Les decían que eran libres y no sentían ninguna hipoteca con el pasado más inmediato como para evitar divertirse influidos por todo lo que supiera a modernidad exterior. Por eso, para encontrar la reliquia, habría que buscar un club no anterior a 1976. De manera fortuita, como casi todo en este relato, bastó con esperar unos meses, hasta 1977, para que la vida de un trotamundos se cruzara con la ansiada modernidad valenciana.

    El advenimiento del dj

    Juan Santamaría frisaba los 30 años cuando dio con sus huesos en Oggi, el club apócrifo en el origen de la Ruta situado en la calle Maestro Gozalbo número 20, en València. Para entonces ya había vivido varias vidas, casi todas ellas relacionadas con la música y lejos de su Castellar natal. Logró convencer a sus padres para hacer el Bachiller en casa de una familia conocida en Poitiers, Francia, y nada más volver siguió con su búsqueda de oxígeno exterior. Empezó por evadirse a través del turismo al trabajar en Granada, Ibiza y Sitges. Especialmente en Ibiza, en los chalés de los hippies americanos, fue consciente de cómo la música pinchada no tenía porqué ser un hecho exclusivo del club. Descubrió que todo el mundo entraba y «bebía, dormía, comía y seguía» allí durante horas. No había control de acceso y no había VIPS ni clases (uno de los hechos cruciales de la Ruta, dinamitado en los 90 en su sentido más contrario). Lo mejor no sucedía siempre de noche, sino al amanecer o durante el día. Y el eje de todo aquello era la música, más bien blanca, aunque de eso hablaremos más tarde.

    Antes de Oggi

    Antes de que Santamaría llegase a Oggi, en València, el concepto del dj ya se había extendido por España. Con especial arraigo en todas las zonas de costa, aceleradas por el desarrollismo y por la sana contaminación de los turistas extranjeros que las iban poblando, la figura del pinchadiscos se iba asentando mientras el dj de Castellar seguía su periplo de experiencias por Europa. Trabajó limpiando en Àmsterdam y hasta estuvo casado en Escocia, donde pinchó en un pub, como en Londres. Su camino parecía tener mucho que ver con permanecer lejos de un origen que tampoco le llamaba la atención en aquel momento, pese a los aires de cambio. Pero cada vez que volvía acababa pasando algunas semanas o meses al frente de las cabinas del momento en València. Entre otras, en San Francisco, que mucho más tarde sería Spook Factory, y donde ya aplicó muy inicialmente la idea de importar fiestas con locales de la ciudad y marcas de moda. Por primera vez, allí ya se enfrentó al funky totalizador de la época.

    Más acusado sería su paso por Cap 3000, la mitificable discocoteca de Benidorm que tenía entre sus relaciones públicas a Tony Leblanc o José Legrá (más tarde, Ku Benidorm). Bandas extranjeras y estrellas pop españolas actuaban en aquel local donde el pop británico y el rock americano eran dispuestos por Santamaría. Y aunque este trataba de regresar una y otra vez a Londres, en aquel momento ya separado de su primera mujer y conectado a Linda, su todavía actual pareja, en Cap 3000 siempre le convencían para pasar la temporada de verano. El dj valenciano, que más tarde sería productor y hasta manager, empezó a considerar la opción de trabajar en su tierra. Le pagaban generosamente porque, de alguna manera, la modernidad que él importaba por su relación con el exterior, era imposible de rastrear entre el material humano autóctono.

    Después de Oggi

    En 1977, de manera fortuita una vez más, llegó a Oggi. Linda todavía estaba en Londres terminando sus estudios, pero como insiste Santamaría, le pagaban demasiado en València y algo más que eso: «me ofrecieron ser un dj fijo en un club. Eso me llamaba mucho la atención y quería vivirlo«. Durante algo más de tres años, su calendario laboral pasó a ser de seis días a la semana («y el séptimo, que descansaba, también me pasaba por allí»). Linda se convirtió en el cordón umbilical de esa modernidad con los envíos cada semana de material de importación. El dj de este club situado en el Ensanche de València llevaba años suscrito a Melody Maker, NME Sounds. Escuchaba con asiduidad los programas del periodista –y también dj– John Peel: «me gustaba muchísimo porque pinchaba sin distinción de estilos, siempre que aquello que pusiera fuera diferente a lo que habíamos oído hasta entonces». 

    Santamaría, influidísimo por Londres y por Peel, llegó a Oggi con cierto halo de estrella. Pero los comienzos no fueron fáciles: «recuerdo a ‘el tirantes’, un tío un poco fachoso del lugar; uno más. Un día al empezar, estaba pinchando, y, como otros, me silbaba. Bajé la música y le pregunté que si me estaba silbando porque le gustaba la canción o porque quería protestar. Nos hicimos muy amigos luego, pero yo les decía: ¿has escuchado esta canción? ¿A que no? Pues déjate llevar. Escúchala. Luego te la vuelvo a poner, a ver si te gusta más». Insistió en importar música que aparentemente no se podía bailar, y así sonaba Fleetwood Mac, Jimi Hendrix y hasta Tangerine Dream, aunque hacer una selección es arbitrario por la eclecticidad que aportaba en aquel momento.

    Oggi atrajo a cierta cantidad de público por un par de hechos tecnológicos del momento: tenía un láser primigenio –toda una sensación de modernidad en la València setentera– y contaba con una pista giratoria (cuentan que cuando se atrancaba, provocaba caídas en masa). La pastilla que giraba se mantuvo durante las siguientes denominaciones y propiedades de Oggi, pero no en activo. Nou Café Concert (NCC) y Un Sur fueron los locales que le sucedieron, donde actuaron infinidad de grupos. Entre otros hitos de la música en directo que ahora no viene al caso, en aquella sala para unas 400 personas (que doblaba aforo ante la ausencia de normas y la mayor ausencia del rigor policial de la época) se grabó el primer directo de Seguridad Social: ‘En desconcierto‘. 

    Pero antes de ver pasar por la zona pija de València a directos como Parálisis Permanente, Oggi fue el club seminal para la Ruta por algunos motivos distinguidos: 

    1. Rompió con la música negra. El funky lo invadía todo, con una segunda línea de interés comercial por lo que llegaba desde el pop lánguido italiano. A Santamaría esto le interesaba nada y salvo alguna canción del ‘padre’, James Brown, su influencia británica le hacía estar muy próximo a la ‘música blanca’. Música de cadencias bailables y síncopas, pero interpretada habitualmente por blancos.

    2. Alimentó por igual a las muy diferentes tribus urbanas, sin distinción de clase o procedencia. Otro rasgo de calado en el origen de la Ruta y que hizo convivir a mods, rockers, punks y, enseguida, nuevos románticos. Santamaría disponía eclecticidad e irreverencia, pero sobre todo era consciente de su oficio (se sacó el carné de «montador de discos», nomenclatura del Régimen para el dj, en 1972, en un cine de Alicante).

    3. Las sesiones eran interminables. Horas y horas que, cabe recordar, todavía se veían interrumpidas por el lento. Esa institución heteropatriarcal se rompería definitivamente con Carlos Simó en Barraca, pero como admiten tanto Santamaría como Simó, de alguna manera aquello empezó en Oggi. Santamaría aprovechaba la exigencia empresarial del lento para poner a Beatles o al ya citado Jimi Hendrix (‘Hey Joy’).

    4. Oggi se convirtió de manera también apócrifa en la primera casa de importación de música. Los viajes constantes de Santamaría a Londres –para ver a Linda– o de Linda para estar con Juan, servían desde hacía tiempo para ‘traficar’ con música independiente británica de importación. «Solo se podían pasar cinco vinilos por cada pasajero, así que antes de que llegara el avión me ponía a repartir bolsitas. La gente era muy amable y te los pasaba. Luego salía el primero y los recogía. Me preguntaban que dónde pinchaba y algunos hasta venían a verme». La importación siguió incluso con Linda ya en València, basada en las recomendaciones de Peel y las revistas favoritas de Santamaría, con la hermana de Linda como remitente constante de lo último de la nueva ola británica.

    5.  Por este motivo, como sucedería en los ya citados templos fundacionales (Barraca, Chocolate y Espiral), la discoteca se convierte en la biblioteca pagana del pueblo. Una biblioteca hedonista, porque musicalmente ha roto con las implicaciones políticas. Pero allí se dispone una música nueva y moderna, de manera constante, que de ninguna manera nadie se puede permitir en casa. El dj, en gran medida, después de haber dejado de ser un camarero venido a más o un gestor de sala, adquiere con Santamaría en València ese papel como chamán de la noche.

    6. De la noche y de las noches, una tras otra (imagínense ahora), lo cual genera una clientela constante y creciente. En Oggi, oficialmente hasta las tres de la mañana. No sin conflictos vecinales, siete días a la semana. Conflictos muy distintos a la tranquila situación que muestra ahora el local y el entorno. La confluencia de tribus urbanas y las nuevas libertades vivían esa convulsión entre la anomia y el disfrute. Santamaría pasaba allí una noche tras otra, lo que también le permitió experimentar y tener horas de vuelo.

    7.De manera incipiente, los hay que ya otorgan un papel crucial a los relaciones públicas de la sala. En gran medida, sus propios trabajadores y el mismo Santamaría que sabía que relacionarse con diurnidad y otros ritmos revertía en la noche. Pese a situarse en un barrio acomodado de la ciudad, Santamaría logra a través de la música y de su actitud que el club no sea elitista. Es algo que acabaría importante en su paso efímero pero influyente por Barraca, Chocolate Cream y Metrópolis.

    8. Aunque no acabó del todo con el lento –que si extinguiría Simó en Barraca (Simó acudiría a la sala a escuchar la música de Santamaría durante horas)–, si acabó con ‘las rumbas’ («y con la música de Los 40 Principales», añadiría él). La otra institución oficial de las discotecas en España incluía un rato de ‘rumbas’ con el que Santamaría no transigía. Aun pareciendo un gesto menor, sirvió para redondear la idea de una sesión continua.

    9. Santamaría, bien remunerado, trabajó de manera independiente. Siempre con la sensación de que estaba de paso y que seguiría hacia otro lugar. Aunque más tarde el local cogería mucho carácter con los conciertos, con Santamaría parecía que el dj era más que suficiente como para llenar la sala y tener todo un discurso. Esa idea de club arraigado a un dj con tanto nombre en València también fue seminal.

    10. Aunque llegó en 1977, Santamaría vivió un inicio hostil derivado de las expectativas y de una falta de entendimiento inicial con el público. No fue hasta 1978 cuando su idea de club y un estilo marcado, muy distinto a todas las demás discotecas de la ciudad, se asentó y explotó. Y ya no hubo quien lo descabalgara del interés de aquellos días, donde los Alaska, Miguel Bosé o Francis Montesinos, entre tantos, pasaban asiduamente por allí.

    El inicio de otras historias

    A Santamaría le convencieron para dar el salto a una gran discoteca de nueva construcción: Chocolate Cream. Asentada en un antiguo secadero de arroz, en Sueca, pretendía albergar aún más modernidad en un espacio grande y junto a una zona turística como la que se comprende entre El Perelló y el Mareny Blau. Tenía forma de tarta gigante de chocolate, pero como tantos proyectos se quedó a medias (convirtiendo en una especie de Haloween eterno que capitalizaría ‘El Gitano’). Él aguantó unos meses en los que convivió –a 200 metros de distancia– con la relevante llegada de Simó a la cabina de Barraca. Unos meses de sincronía donde, según Santamaría, sus discos también viajaban a Barraca para que Carlos pinchara algunas novedades durante las primeras horas de la sesión. Santamaría estará en todos los pasos de puerta del fenómeno: le pondrá el nombre al Bacalao (con C), participará como productor en Londres del primer remix de una canción pop española (‘Semilla Negra’, de Radio Futura), antes habrá abierto con los hermanos Jiménez la tienda de discos para dj’s ‘Zic Zac’ y hasta acompañará a Chimo Bayo a la feria de la música de Cannes (Mimed) en 1993. 

    Oggi por su parte se reconvertiría hacia la música en directo, aunque sin abandonar la idea de club. Nunca llegó a tener un dj que aplicara en tan poco tiempo tantas novedades y que ejerciera de icono como para atraer a los interesados en la música, más allá de todo el acting social y relacional que gira en torno a cualquier discoteca. Santamaría, entre sus muchas aportaciones, llegó a lograr que los hombres bailaran con algo que no fuese funky. Y lo hizo antes de que drogas de cierto calado hicieran su tímida aparición, solo a través de los platos importados una semana tras otra desde Inglaterra. Oleaque, el periodista gracias al cual su existencia está anidada al relato, está convencido que sin Oggi la historia hubiera sido muy distinta (y quizá hubiera llegado, como casi cualquier otra cosa después, tan tarde como a cualquier otra ciudad de España).

  • 1993 en la Ruta del Bakalao: Valencia capital del éxtasis y de las 72 horas de fiesta

    Publicado originalmente en El País

    La verdadera crónica negra de la música para las masas

    En la Ruta no se puede utilizar la expresión tópica que dice “nada hacía presagiar…”. Lo cierto es que sí, que a inicios de los años 90 el devenir en masificación de aquel movimiento contracultural daba pistas de alcanzar su extinción. Pero su final se podía haber escrito de muy distintas maneras y, en este caso, por una serie de ingredientes entre fortuitos y esperables, se acabó convirtiendo en una suerte de macrosuceso retransmitido por las novísimas televisiones en España.

    1993 fue el año del colapso. Ya en el mes de enero se confirmaba con la peor de las secuelas un presagio: los cuerpos de las tres chicas de Alcàsser torturadas, violadas y asesinadas aparecían. Con ellas el Estado invoca un periodismo que, también influido por el peso franquista, no se había destapado hasta la fecha. Las chicas iban a una discoteca –mantra que no se dejó de repetir– y la muerte se vinculó directamente a la Ruta.

    Pero 1993 fue mucho más: fue el año en el que el PSOE, tras una década en el poder, empezó a mostrar signos de debilidad en otros flancos. La corrupción o la bruma del terrorismo de Estado dieron paso a la necesidad de la gestación de una idea: los socialistas podían ser, además de modernos como habían demostrado durante los 80, un Gobierno de orden. En la resaca de la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, Valencia será el campo de experimentación de la Ley Corcuera.

    Y llegará la revista de la Dirección General de Tráfico (DGT) dedicada íntegramente a las Rutas del Bakalao. El secretario de Estado para la seguridad, Rafael Vera, llamará a desmantelarlas y acusará a las discotecas valencianas de fomentar el proxenetismo, además de, por supuesto, responsabilizar a sus dueños del consumo de drogas generalizado y de las muertes de tráfico. Muchos ingredientes para una crónica negra que fijó a Valencia al fin en el eje del interés informativo en España; eso sí, junto a la Guerra de Bosnia y nunca en la sección de Cultura.

    El colapso desde las nuevas televisiones

    Dentro la bibliografía utilizada en esta serie, uno de los libros más interesantes es Des de la tenebra (Empúries, 1995). No tanto por el extenso desarrollo de Joan Oleaque en este ensayo sobre el crimen de Alcàsser y todos los antecedentes legales de sus inculpados; el retrato de los medios de comunicación ayuda a entender el despliegue en paralelo de las televisiones en Valencia. Aunque las discotecas o el consumo de drogas no eran una realidad exclusiva de la capital de la Comunitat, lo cierto es que la cantidad de gente que congregaba la convirtió en un espacio para captar historias sensacionalistas y aupar a las nuevas televisiones.

    En esa lucha por la audiencia entraron todos los canales: los públicos, con Televisión Española y las autonómicas a la cabeza, y, por supuesto, las tres nuevas licencias privadas: Antena 3, Telecinco y Canal +. En la actualidad la marca de la Ruta se asocia en gran medida al documental Hasta que el cuerpo aguante, del programa 24 Horas de Canal +. Sin embargo, en este noveno capítulo descubrimos que el relato que caló no llegó a través de la escasa audiencia de la única televisión de pago del Estado. Fueron precisamente el resto de canales en abierto los que experimentaron con imágenes y guiones que hoy serían irreproducibles.

    El episodio se inicia con dos hitos de la leyenda negra de la Ruta y a través de los informativos ya encontramos cómo el fenómeno se ha instalado en la sección de sucesos. Los medios solidifican la alarma social y los grupos políticos trabajan para rentabilizar electoralmente la situación. Mientras tanto, las cifras van siendo usadas arbitrariamente y la Ley Corcuera necesita un campo de experimentación sin consecuencias personales ni comerciales. Valencia se posiciona como espacio para la perdición frente a otras grandes ciudades, algo que genera un efímero crecimiento económico durante unos pocos años.

    El colapso a través del éxtasis

    En este periodo hay una sustancia que marca buena parte del carácter en la noche: el éxtasis. Aunque entonces lleva años en el mercado (más de cinco), pasa a convertirse en la solución más habitual y de consumo masivo siempre y cuando no se tenga en cuenta el alcohol. En este noveno episodio nos acercamos a los testimonios del éxtasis recogidos durante aquellos años. Casi todos en positivo, aunque algunos de ellos con consecuencias graves para la salud de sus consumidores.

    De manera evidente, Valencia se convierte en la ciudad del éxtasis para España. La Ruta se liga a la idea de las 72 horas de fiesta, toda una novedad propia de los 90. La mezcla de distancias sustancias, con el alcohol omnipresente, agita la idea del lugar para la perdición. Y así, con la gran ayuda del rédito en audiencias de todas las televisiones paseándose por los parkings. el movimiento multiplica su masificación antes de colapsar definitivamente y desaparecer para siempre.

  • Los himnos ocultos de la Ruta: Joan Oleaque selecciona 10 canciones que movieron a las masas en València

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Joan M. Oleaque ha sido un periodista en el lugar adecuado al menos dos veces a lo largo de su carrera. La segunda de ellas tuvo que ver con la remota casualidad de que los autores del Crimen de Alcàsser fueran vecinos –y conocidos– de su pueblo, Catarroja. La preparación del juicio y su desarrollo ‘le pilló’ como redactor del semanario El Temps, pero finalmente volcó lo mejor de sí mismo en uno de los libros periodísticos más recomendables de las últimas décadas: Des de la tenebra: un descens al cas Alcàsser (Empuries, 1995). La primera de esas ocasiones, por respetar el eje cronológico, tuvo que ver con su exploración como adolescente y joven en el ecosistema de las discotecas valencianas. Desde la mitad de los 80 y hasta el 2000, sus vivencias personales y más tarde como cronista de aquellas noches interminables se fijaron en En èxtasi, el ensayo periodístico que reivindicó el movimiento cuando era un tabú conflictivo y casi insoportable para València. Y no solo lo reivindicó, sino que rescató los nombres fundacionales del fenómeno y separó la paja del grano. Su vigencia es el origen de cualquier revisión surgida hasta la fecha.

    Trece años después, Oleaque ha decidido finalmente adaptar al castellano, revisar y extender esta obra. Barlin Libros edita En éxtasis: el bakalao como contracultura en España, y la ocasión sirve para que el periodista no sólo revise los hechos, sino sus sonidos. En este caso y tras muchas conversaciones a lo largo del año sobre el proceso de reescritura y revisión, el periodista –ahora director de un máster en Comunicación Social y Científica de la VIU– recupera 10 himnos ocultos de la Ruta:

    «SON LAS QUE SONARON, LAS QUE ARRASARON, LAS QUE CAMBIARON TODO»

    «Son algunas de las canciones que no aparecen en la memoria colectiva más compartida de la fiesta; pero que, sin embargo, hacen acelerar la sangre aún hoy a quienes vivieron el fenómeno. No son lo que dice uno u otro dj. Son las que sonaron, las que arrasaron, las que cambiaron todo. Las que la gente vivió, las que inspiraron las páginas de En éxtasis, las que bailan las fuentes que hablan en el libro, las que marcaron realmente el devenir de su adaptación al castellano, y su pulido en la edición actual«. 

    Joan Oleaque.

    1. Trisomie 21 – ‘The Last Song’

    «Canción increíble y decadente se ponía en los locales de pueblo que hacían fiestas con ‘la Barraca’, que era el gran club de los realmente transgresores; en los grandes clubes se ponía… al principio de la noche».

    2. Angelic Upstairs – ‘Solidarity’  

    «Este tema es leyenda, no se puede describir de otro modo. Es como una hemorragia de recuerdos con los primeros compases; nadie entendía la letra, claro, pero la gente pensaba que estaba escuchando algo revolucionario, que clamaba por la unión de las clases para subyugar toda opresión». 

    3. New Order – ‘Subculture’ 

    «Esta canción de New Order (atención: en su versión larga) fue lo mejor que ha pasado a la Ruta. Tremenda, inacabable, apasionada, solo para iniciados… ‘Subculture’ es la mejor metáfora de lo que era entonces València, de su mejor gente. Fran Lenaers la dio a conocer a los mortales, y les cambió la vida. Escucharla aún resulta escalofriante, melancólico y estremecedor».

    4-Simple Minds – ‘Someone, somewhere in summertime’

    «Simple Minds eran lo más en València, durante la primera época de La Fiesta; la gente sentía devoción, los veía como ejemplos de divinidad; todo acabó cuando se hicieron comerciales, claro. Como le sucedería a la Ruta misma. Esta canción transversal se pinchaba para dividir la madrugada con el alba».

    5-Big country – ‘In a big country’   

    «José Conca la ponía con el sol, en Chocolate; escucharla evoca sensaciones épicas, olores determinados, la proeza de estar vivos al máximo nivel imaginable… eso era esa canción para la Ruta».

    6. Patti Smith – ‘Because the night’

    «La poesía de la derrota estaba muy presentes en La Fiesta, aunque quizás no se suponga; esta increíble canción sonaba en Chocolate y la gente se derretía, hipnotizada, impactada, sabiendo que estaba viviendo algo grande».

    7. Fleetwood Mac – ‘Sara’

    «Fran Leaners hizo que los siniestros, los psychobillies, los heavy-glam y la fauna entera de Spook alucinara con Fleetwood Mac; así de claro: todos los clubes hicieron lo propio, luego todos los bares de pueblo. Inmensas legiones a las 8 de “ahogándose en el mar de amor en al que todo el mundo le gustaría ahogarse”, como dice la canción. Irrepetible».

    8. The Cult – ‘Rain’

    «Las pintas heavy estuvieron totalmente de moda en la Ruta, aunque cueste creerlo. Pero se trataba de un rollo heavy-glam, al estilo psicodélico de The Cult, el grupo que en València era más importante que cualquier otro lugar. Se tomaban elementos estéticos de ellos y también de los primeros Guns N’ Roses, nada de heavies de barrio. Este tema fue transversal, lo arrasó todo».

    9. Roboteko Rejekto – ‘Rejekto’ 

    «Puro electro melódico, con dejes industriales, la base de gran parte del techno contemporáneo. Totalmente inmortal. Clave en ACTV y N.O.D.. Miles y miles bailando. El sol ardiendo. Los lunes incluidos. Nada más que añadir».

    10. John Paul Young – ‘Love is in the air’

    «Puzzle fue un club de clubes. Marcó todo en València, influyó enormemente a toda España; en ningún sitio, durante sus mejores años, había tanto color, gente tan increíble. Hizo que los pijos se modernizasen y los garrulos se dulcificaran. Este himno era su cierre. Contra la imagen salvaje que se transmitió, el amor siempre estuvo en el aire».

  • Fanzines y rebeldía: la historia (oral) no contada de la Ruta del Bakalao

    Publicado originalmente en El País

    De Barraca a Chocolate. El autor del podcast ‘València Destroy’ abre para Tentaciones su diario de grabación y la playlist del episodio 1: ‘Confusión’

    Durante los últimos años he publicado muchos reportajes sobre lo sucedido en la Ruta Destroy. Sin embargo, en 2016 di con un par de historias que despertaron en mí otra inquietud; esta serie es su consecuencia. La primera de aquellas publicaciones llegó en marzo del pasado año y me llevó a conocer al pintor Quique Company. Él fue el autor de la marca ACTV, pero alrededor de su existencia se conectan momentos de esplendor para València: el boom del diseño, la relevancia de la moda, las discotecas convertidas en foros de expresión, la contestación al régimen a través del arte de los 70, la celebración visual de los 80… la segunda de las historias es la de la gestación de ‘Así me gusta a mí’, la canción emblema de Chimo Bayo (/exta sí, exta no/).

    La publicación de ambos trabajos me llevó a descubrir un par de cosas: la primera es que había decenas de miles de personas ansiosas por saber más de aquellos personajes. La segunda que, como grandes periodistas ya me habían advertido (Joan M. Oleaque, Carlos Aimeur, Rafa Cervera) la historia de la Ruta estaba por contar. Empecé a preguntar a todo tipo de personas, de todo tipo de edades y residencias qué era la Ruta. La respuesta tipo se ajusta a la imagen fijada por los programas de televisión a partir de 1993. De lo sucedido entre 1978 y 1991, un periodo en el que el rock y las guitarras eran las reinas y discotecas como Barraca o Chocolate programaban artes performativas cada sábado, de todo ello, de la relación del mundo del cómic y los fanzines o la cartelería con un movimiento lleno de libertad y rebeldía, de eso, nada.

    Entonces pensé que sí, que quizá merecía la pena contar esta historia. Y llegó ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia 1980-1995, el libro de Luis Costa (Contra, 2016). Durante un par de semanas, entonces, acepté que esa era la piedra filosofal que le faltaba al movimiento. Como nunca antes, los protagonistas de la Ruta habían hablado. Con sus relatos autoconstruidos, sí, pero también con plena libertad capaz de hacernos viajar a realidades muy alejadas de esa fotografía que la gente tiene metida en la cabeza sobre lo que fue la Ruta. Sin embargo, poco tiempo después, antes de final de año, entendí que lo que había recogido Luis y el totémico ensayo de Oleaque titulado En Èxtasi (Ara Llibres, 2004) podían tener una versión narrada. Al fin y al cabo, el primero era una compilación cronológica de historias y el segundo había llegado demasiado pronto como para algunas voces se atrevieran a hablar con la herida todavía sangrando. 

    En todo momento ‘visualicé’ que esta era una historia sonora. Quería convertir aquellas voces de ¡Bacalao! en ‘realidad’. Quería aproximar aquella narración de En Èxtasi –que ahora edita por primera vez en castellano Barlin Libros– hasta el momento actual. Necesitaba que la radio fuera la fórmula para poder intensificar la escucha en torno a las canciones y apelar a la sensibilidad de los sonidos porque, aunque es influyente todo lo que sucede a nivel visual, la música es la gran protagonista de esta serie documental. Con gran entusiasmo le pedí a María Jesús Espinosa de los Monteros que tomara en consideración la propuesta. La directora del proyecto Podium Podcast me pidió que lo aterrizase verbalmente a un documento. Lo vio claro y la última semana del año en que todo esto sucedió empecé la investigación. Estaba tan nervioso que en Nochevieja volví pronto a casa y me gasté más de 200 euros en libros comprando online. No podía esperar.

    Por qué un prólogo

    Durante nueve meses he realizado más de 50 entrevistas, aunque en la serie apenas usaré 40 de ellas. El dato es relevante para entender por qué opté por una narración en primera persona. Con tal cantidad de estímulos sonoros (canciones, fragmentos de películas, de programas de televisión, efectos…), la historia reclamaba un narrador fuerte. Por eso me situé en el centro de una escena. Necesitaba llevar de la mano al oyente, aunque para ello también me haya tomado licencias como la tener una segunda voz: Ada, el sistema operativo del coche ficticio en el que hacemos la Ruta. Aunque en origen Ada se parecía más a Diane (Twin Peaks, David Lynch 1992-2017) ha terminado siendo más Her (Spike Jonze, 2013).

    “¿Dónde están las rulas, los accidentes de tráfico, los parkings atestados y Chimo Bayo?”

    Partiendo de esa base, el primer capítulo tenía que ser un prólogo. El público de Podium Podcast tiene una edad muy amplia y el proyecto, servido en 10 episodios de media hora, tiene la capacidad de llegar a muy distintas personas en muy distintos lugares. Era una oportunidad que no quería desaprovechar. Por eso entendí que el primer paso debía ser un prólogo. Debía aproximar a un oyente muy dispar hasta esta historia, pero también resetear a todos aquellos que se aproximan a la misma desde los mitos. Y de ahí su título: Confusión. Esa es la sensación que tiene cualquier interesado en el fenómeno que, después de una sarta de videos en YouTube, se topa con En Èxtasi o ¡Bacalao!. ¿Dónde están las rulas, los accidentes de tráfico, los parkings atestados y Chimo Bayo?

    Decidimos que era potente que cada capítulo tuviera un título con una sola palabra, idea gracias a la cual la Agencia Player ha desarrollado una serie de carteles individuales con los que no puedo estar más contento. Para comunicar mejor, también optamos por acompañar cada una de esas palabras con una frase para ajustar más al interesado con el contenido del episodio. Partiendo de la idea de Confusión, opté por añadirle el nombre de una de las canciones más importantes de la música electrónica hecha en Valencia: ‘Es imposible, no puede ser’, de Megabeat. Un tema desconocido para las masas y a la vez esencial, sobre un grupo que tendrá su momento de protagonismo en el relato.

    Mucha música 

    En esta primera página del diario de grabación no quiero contar mucho más. Sólo permitir a los oyentes que se dejen llevar por una historia que les va a exigir que destierren sus ideas preconcebidas sobre ‘eso de la Ruta’.