Etiqueta: música española

  • Los Planetas: cómo sobrevivir a dos décadas de viaje por el Sol

    Publicado originalmente en GQ

    El universo es algo frágil. Ni que decir tiene cuánto pueden llegar a serlo Los Planetas. Quizá por eso se haya escrito tanto sobre ellos. La imposibilidad de su existencia se resume en la tensión (y las letras) de un solo disco: ‘Una semana en el motor de un autobús’. Una colisión entre cuerpos suspendidos sobre la relatividad de la industria musical española. Una historia tan importante que sirvió de base para el fundamental libro de Nando Cruz, titulado de manera homónima (editorial Lengua de Trapo). Veinte años después del hito (y 25 desde su debut, como GQ), la historia de supervivencia ha llenado auditorios con una revisión sinfónica. Entre otros, el Palau de la Música de Valencia durante el cada vez más importante Deleste Festival, donde nos citamos con sus dos principales protagonistas.

    Jota y Florent protagonizaron un duelo infernal entre los años 1997 y 1998. Los Planetas se descomponían tras la gira de ‘Pop’. Su batería y después su bajista (May, novia y exnovia de Jota según evoluciona su discografía) abandonaron la nave. Todo se redujo a ellos y mientras Jota parecía ser consciente de estar a un solo paso de trascender con su obra, Florent se diluía en una espiral de drogas y volatilidad. «El final de siglo pintaba mal. Generacionalmente, nadie veía claro el asunto. Hasta entonces Los Planetas habían tenido una actitud política sobre el escenario. May tocaba de espaldas al público y esas cosas… Este disco quiso abrirse –nunca se volvería a oír tan clara la voz de Jota– y comprender el escenario de la música al que queríamos darle la vuelta», cuenta él mismo. «El disco fue muy difícil de parir, pero mientras lo estábamos grabando –Nueva York, Kurt Ralske– y nada más escucharlo por primera vez éramos conscientes de que era un material de primera. Era muy importante», concede Florent.

    Se iba a llamar ‘Toxicosmos’, como una de sus canciones. Ésa fue la palabra que inventó Kieran para definir el ecosistema de caos, suciedad y químicos que rodeaba al local de ensayo. Este bajista escocés llegó por casualidad a la banda, como Banin se convirtió en su tercer guitarra o Éric Jiménez refundó para siempre su base rítmica. Todo y todos a la vez en este disco. En el caso de Éric, con una rabia y frescura que todavía hoy resultan inverosímiles. Éric es lo primero que suena en el disco (‘Segundo premio’) y no es casual. Los Planetas, a punto de extinguirse, sirvieron de válvula de escape para el batería tras la epopeya de ‘Omega’ (Enrique Morente y Lagartija Nick, 1996).

    «Ahora suenan las canciones y te das cuenta de cómo puedes volver a todas esas escenas, al mismo lugar en el que habías vivido esto o lo otro. En la versión sinfónica que hemos hecho por el 20 aniversario creo que tanto nosotros como el público hemos vivido el lado más emocional del disco». Los Planetas pasaron de llenar salas de 100 a colmar La Riviera sin presión. Iban a diluirse en el espacio, pero sobrevivieron. «Parece que ésa es la idea más fuerte de lo que hicimos. La supervivencia. Como si eso nos hubiera dado margen como para seguir adelante hasta hoy», comenta Florent. » La supervivencia te alimenta y te hace fuerte «, añade Jota. Una fuerza que se tradujo en la reversión del sistema de multinacionales que también denunciaba el disco: «Veinte años después podemos decir que se ha creado un mercado alternativo real. En las ferias de los pueblos ya no sólo hay grupos de verbena, hay festivales de rock alternativo. Ha habido un cambio bastante fuerte en ese sentido».

    Despidiendo una gira sinfónica que ha servido para reformular todas esas canciones con una sección de cuerdas puramente femenina y los arreglos y piano de David Montañés, Jota y Florent admiten a GQ tener ganas de volver a hacer rock sobre el escenario: «Este viaje ha sido complicado porque nos hemos exigido mucho. Ahora volvemos a lo sencillo, que es el directo que llevamos haciendo 25 años y lo que mejor sabemos hacer «.

  • Jorge Drexler: “Somos un mundo de malcriados”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Jorge Drexler actuará este viernes en el Palau de Les Arts y por primera vez llegará a València con el cartel de ‘todo vendido’. Camino del cuarto de siglo afincado en España, fue Joaquín Sabina quien le convenció en Montevideo de venirse a este lado de la lengua para dejar de ser médico y dedicarse a las canciones. La colección de éstas que compone su décimo tercer disco incluye, precisamente, la primera de las que le dedica deliberadamente al escritor de ‘Y Sin Embargo’, ‘Ruido’ o ‘Calle Melancolía’: 

    Primeras veces siempre en la dilatada carrera de un compositor global que ha decidido estimularse con límites en Salvavidas de Hielo (Warner, 2017). El principal, construir musicalmente toda la producción del disco a partir de guitarras, haciendo de sus cuerpos las bases rítmicas para todo el disco. Otra limitación, haber decidido someterse al ritmo abierto de la hoja en blanco y que el tiempo fuera quien cerrase un álbum que ha llegado cuando las canciones han querido. Historias “autónomas” en las que la esperanza y la ironía desarrollan temas tan importantes como los movimientos migratorios o la comunicación en los tiempos de WhatsApp (con audios de WhatsApp le enseñó Jorge a Joaquín la canción que le acababa de componer, precisamente). 

    -Después de tantos discos, ¿todavía le da vértigo la idea de publicar unas canciones que le acompañarán durante los próximos años?
    -Todavía… sí. Sí que da vértigo. Cuando estás haciendo un disco sabes que de alguna manera eso que estás plasmando se quedará ahí para siempre. El proceso de crearlo es fabuloso hasta que llegan las decisiones finales. Es algo parecido a la idea es que tenemos del novio o la novia el día de antes de la boda: piensas, es de verdad, esto va a ser para siempre. Luego con el tiempo te vas relajando. Todo es más relativo. Estarás un tiempo tocándolas y se irán decantando. El tiempo ayudará a relativizar. Siempre ha pasado: tengo canciones que no me gustan porque la producción final no ha estado a la altura o al revés, que no era tan gran idea y al final ha resultado mucho mejor.

    -En alguna ocasión ha dicho que son las canciones las que le eligen y no al revés. ¿Cómo son las que le han elegido para este Salvavidas de Hielo?
    -Puedo decir que son todas diferentes y que se han tomado mucho tiempo en aparecer. He dedicado más tiempo que nunca a escribir. He estado un año entero escribiendo en exclusiva. He detenido las giras y otras actividades y he intentado tener una rutina de hoja en blanco. Así que les he dado tiempo para que se manifestaran. Estoy contento con ese proceso y con el resultado. 

    -Ha decidido grabar todo con guitarras, incluyendo todos los elementos percutivos.
    -Sí, aunque esa fue una decisión que llegó después. Mi primer objetivo es que las canciones fueran autónomas, que pudiera defenderlas ‘a pelo’. La guitarra tiene muchas posibilidades percutivas que desconocía. Ha conocido mucho más de la guitarra en este proceso. 

    -¿Tenía necesidad de limitarse para estimularse?
    -Exactamente. Cuando llevas mucho tiempo en el ruedo, visitando muchos colores, muchos sonidos, necesitas estímulos, alguna novedad operativa, un desafío. Como decía Ígor Stravinski, «cuanto más me limito, más me libero». Porque el acto de poner límites no significa una limitación de los resultados. ¿Cuál es el mejor dibujo, el que está hecho con 64 colores o el que está hecho con cuatro? Bueno, cualquiera que oiga esta pregunta sabrá que no tiene sentido, porque el resultado final estará relacionado con la emotividad y la calidad de la obra artística.

    -Ya que lo menciona, ha elegido a Nuria Riaza para las artes gráficas del disco (formada y que ha residido en València durante años). Más allá del dibujo a partir de boli bic, ella lleva a partir de modulaciones y volúmenes su trabajo hasta otro nivel. ¿Era esa evidencia de la limitación y la excelencia lo que le llamó la atención?
    -Ha sido uno de los hallazgos artísticos más lindos y personales del disco. Le tengo un cariño personal, pero sobre todo una admiración estética fortísima. Ella surge a mitad del proyecto por la utilización de un solo elemento de sonido. Buscaba eso y seguía a algunos artistas que sólo trabajaban con boli. Los seguía a través de Instagram y allí le encontré a ella. Me gustó tanto hasta dónde lleva esa idea que le envié un mensaje por Facebook o por su web, me contesto y ya nos conocimos en persona cuando estaba a mitad del trabajo. Me encantó porque ella entendía que la limitación de trabajar sólo en torno al bolígrafo no tenía relación con el resultado final. 

     -De hecho, lo lleva a otro nivel, a partir de incorporación de elementos orgánicos (la lana) o de transfiguraciones por escáner de los dibujos.
    -Nuria no es solo que sea una dibujante superior, es que crea un sistema de interferencias y de modulaciones que interviene ese monocromatismo. Para mí es esencial esa manera analógica de obtener el resultado final, con una parte de azar. Me interesa mucho, desde siempre, que la interacción digital redunde en algo orgánico. Son dos mundos completamente relacionados. 

    -A veces su música tiene un lado orgánico muy vivo, pero sin embargo se maneja con naturalidad con todo tipo de tecnologías.
    -La gente me dice: me gusta cómo llevas el tema redes. Nunca he tenido una estrategia. Veo las redes como una extensión de la realidad. Como una congregación humana. Es una charla de seres humanos; una charla organizada, si quieres. 

    -Pero no nos desacompasemos de las canciones. Si algo ha quedado claro después de todos estos discos es que su implicación no pasa por un discurso dramático ni crítico. ¿No se siente tentado a veces de utilizar ese tipo de herramientas?
    -Durante mucho tiempo me pelee conmigo mismo por eso. Pensé que debía tener un mejor manejo de la agresividad, ya sabes, en ese sentido… No son mis herramientas. Con 13 discos y más de 50 años te das cuenta ya que no vas a hacer ciertas cosas. Que hay formas de hacer las cosas, fórmulas, que no vas a usar nunca. De la crítica, para mí lo más importante es la autocrítica. Cuando me he metido en cuestiones más borrascosas, siempre he sido el primero en criticarme. La identidad hay que cuestionarla desde uno mismo, porque es muy fácil señalar con el dedo, así que me parece buena actitud empezar por uno. El otro día escuchaba una nueva canción de Kevin Johansen que se titula ‘Torcer a favor‘. Pues es eso, que siempre me ha gustado ‘torcer a favor’. ¿Por qué? No lo sé, será una característica mía, algo profundo… no lo sé. 

    -Alguno de sus autores de referencia han tomado otras posiciones menos luminosas.
    -¿Has escuchado el discurso de Leonard Cohen al recibir el Príncipe de Asturias?

    -Estaba pensando en él.
    -Te contradigo. Creo que es el más optimista de todos porque en su discurso dice que nunca abandones la compasión y eso es importantísimo. Dylan es mucho menos compasivo. ¡No hablo de calidad musical! Hablo de ponerse en el lugar del otro y saber reírse de uno mismo. Él dice que cada vez que aparezca la angustia vital hay que enfrentarla, nunca quejarse. Siempre sobreponerse con las herramientas de la belleza y la elegancia. Me sentí tan identificado con ese discurso… Nunca me verás quejarme en público de cosas. 

    -En cambio, más que nunca, nos quejamos con el mayor número de altavoces de la historia. Quejas sin propuesta, pero quejas ruidosísimas.
    -Es que somos un mundo de malcriados. Nos quejamos cuando sabemos que en la historia de nuestra especie no ha habido un momento más favorable para la duración de la vida, para la calidad de la vida, para las libertades civiles… como el actual. Es un momento privilegiado el que vivimos, tan monumental con respecto a lo que vivieron nuestros antepasados y muchos de nuestros coetáneos. Por eso no tengo tiempo para ir quejándome de que el teléfono me roba tiempo. Oye, si el teléfono te roba tiempo, apágalo. 

    -Leyendo sus entrevistas promocionales y escuchando algunas de estas últimas canciones me late la idea de que piensa que, a menudo, luchamos contra enemigos equivocados. Por ejemplo, el reggaetón. Ha llegado a poner como ejemplo a Maluma.
    -Tengo claro que no me voy a pelear con el reggaetón. Maluma no es mi enemigo ni mucho menos. No son los artistas nuestros enemigos, aunque haya muchísimos que me gusten más que él. Nuestros enemigos son los fabricantes de minas antipersonas, no un músico. Pero el reggaetón nunca peude ser mi enemigo porque, entre otras cosas, en su eje hay un patrón rítmico milenario [lo canta] que ya estaba vivo en los burdeles de Persia, que cruza toda África del norte, que tiene un poder sexual enorme. El problema general del reggaetón es que las canciones suelen ser una mierda desde el punto de vista letrístico y no digamos ético, pero no es en sí un problema el estilo. El blues, el jazz, la cumbia, todos los estilos nacieron en las regiones más pobres, periféricas, marginales y entraron hasta el centro. Puede que no comprendas cosas al inicio, pero tarde o temprano vas a acceder. El único problema que puede tener el reggaetón es que no estemos sabiendo utilizarlo para hacer canciones mejores.

  • Santiago Auserón: «La violencia no es un contenedor ardiendo, es una familia hundida por las preferentes»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Santiago Auserón actúa este viernes en Valencia con ‘Casa en el Aire’, la formación a dúo junto al guitarrista Joan Vinyals que repasa lo mejor de sus cinco álbumes bajo el heterónimo de Juan Perro. Con especial atención a Río Negro (La Huella Sonora, 2011), su último disco publicado y cuyas canciones fueron rodadas durante conciertos de 2009 y 2010, Auserón adelanta que en sus directos de este año empieza a ‘girar’ nuevas composiciones, antesala del que será su próximo trabajo de estudio. Un adelanto en exclusiva y al alcance de los que compartan el próximo viernes en el Espai Rambleta el último acto del celebrado 15 aniversario de la revista musical Efe Eme.

    La actividad del ex líder de Radio Futura, que este próximo mes de julio cumplirá 60 años, se despegó hace más de dos décadas de la de esta popular banda que en los 80 dominó desde ‘La Movida’ buena parte de las atenciones discográficas y mediáticas del momento. Sobre el cambio de rumbo y la profunda investigación en torno al ritmo y la métrica de la música popular, Auserón ha desarrollado una carrera ‘en solitario’ que ha ido sumando adeptos lentamente, tras un vacío de masas inicial. Con paso firme hacia la recuperación de las raíces latinas en su primera etapa como Juan Perro y un viaje de vuelta al blues y el rock de Nueva Orleans con Río Negro, su visión musical muestra un amplísimo conocimiento (ensayo incluido) que no ha conseguido ahogar al ‘trobador’ en las turbias aguas de la erudición. Una experiencia más allá de lo artístico, vital, compartida con otras inquietudes como la filosofía (es licenciado y escribe su tesis para doctorarse), gracias a la cual ha conseguido desarrollar una lúcida y dulce madurez.

    -Decía Jaime Urrutia recientemente que el establishment de los 80 en España mal acostumbró al público a ver en fiestas populares, por ejemplo, a Gabinte Caligari y Radio Futura gratis. Con la distancia que otorga el tiempo, ¿en qué crees que os equivocasteis los que estábais participando de ello?
    -Es cierto que se llegó demasiado lejos en en la mediatización de lo que hacíamos, pero España necesitaba nuevos estímulos, estaba abierta a nuevas ideas. La llamada ‘nueva música española’ se transformó en una mercancía muy rentable y esto planteaba serios problemas desde el punto de vista creativo. Condicionaba su futuro tal y como estaba evolucionando.

    -Un apoyo, quizá, sobredimensionado de las instituciones a la llamada ‘Movida’. ¿No parece que estemos viviendo ahora justo una reacción contraria a esta posición?
    -Ahora no tienen reparo en estrangular a la cultura. Hemos llegado al extremo oposuesto, tras el gasto de dinero público de forma desmesurada para todo lo que tuvieran un fin mediatizado. Y si lo hacen es porque han descubierto que la cultura es un elemento incómodo, que los creadores no son fáciles de manejar. La idea es apoyar aquello que sí es fácil de mediatizar a su favor. Prefieren poner ese cerco, dificultar su práctica, pero se equivocan tanto… se equivocan profundamente porque desde hace milenios la poesía y el canto es lo único que ha perdurado. El lenguaje y la música es lo único que tiene el ser humano para renovar su energía psíquica y la riqueza material, deberían saber, no sirve de nada, no se disfruta sin esa energía psíquica. Están conduciendo a la sociedad hacia la tristeza y la tristeza conduce al caos… al puto caos, si se me permite decirlo. Les recomiendo que se lo vuelvan a mirar, porque en términos puramente económicos, es obvio que existe una industria de la música en español en el mundo, un idioma que no hace falta comentar ya qué posición ocupa. Y esto es algo que me sorprende, porque cuando estamos tejiendo esas redes con los países de habla hispana, desarrollando la industria de la música en este sentido, siempre acabamos desbaratándolo todo.

    Un artículo tuyo en la versión online de la revista JotDown ha despertado una polvareda de comentarios en Internet. ¿Lo que peor asumes de la democracia española es ‘la careta’ con la que se toman las decisiones?
    -Efectivamente. Es una absoluta apariencia de democracia en la que los responsables, que se consideran públicamente demócratas, no creen en la soberanía popular. Es una democracia en apariencia, porque el Gobierno de turno toma decisiones autoritarias una vez está al mando, según le es conveniente: indultos de amigos y conocidos, reforma laboral a su antojo, privatización de los servicios públicos básicos. Se llaman demócratas, sí, pero no se fían de la palabra ‘pueblo’, de lo que puede hacer la sociedad con ellos. El pueblo siempre tiene capacidad de regeneración, mientras que las clases dirigentes corruptas…

    -En tu artículo invitabas a los jóvenes españoles a emigrar. ¿Por qué?
    -Durante todos estos años he encontrado españoles en todas partes, con dificultades, en Berlín, en Los Angeles, en ‘el DF’… En sus ojos veo una chispa que no veo aquí, la de la lucha y la de haber ‘salido’ supongo. Y no todos son países ni condiciones en los que están mejor. Por ejemplo, la juventud en México se enfrenta a un índice de violencia salvaje, pero allí está claro quiénes son los malos: llevan una pistola en la mano. Con esto quiero decir que aquí estamos confundidos con quiénes son los malos de la película. Además, es muy importante hablar del concepto de violencia, porque la violencia no es un contenedor ardiendo, que por supuesto no lo queremos ver nadie y que no justifica nada, pero la verdadera violencia, la violencia real del día a día es, por ejemplo, una familia hundida por las preferentes. Y ya no es solo la gente que se suicida, que parece que es lo único capaz de causar impacto en los medios; aquí la violencia es la que han sufrido miles y miles de familias por las consecuencias de una estafa, por gente corrupta que se ha aprovechado de las cajas de ahorro para apropiarse de estructuras sociales a su favor. ¡Precisamente de las cajas de ahorro!, que nacieron para generar una circulación local de la riqueza. Han empobrecido las expectativas de vida de la gente y mucho y esto es biopolítica. Es una violencia muy grave.

    -Regresando a los límites creativos que imponía el sistema en el que se desarrollaba Radio Futura, has declarado en numerosas ocasiones que había barreras con la dinámica de trabajo que teníais. Esto motiva en gran medida la aparición de Juan Perro y, tras 20 años, ¿crees haber conseguido ese espacio para aprender y componer que buscabas?
    -La estrategia llamada Juan Perro respondía a esa necesidad: más tiempo para crear. Radio Futura tenía tanto éxito que mi tiempo se reducía a una quinta parte para poder investigar. Y no solo sobre música, también sobre filosofía. Así que la opción era reducir los ingresos a una quinta parte también, multiplicando el tiempo, y en ese camino estamos. Sabía que no iba a ser sencillo, y no lo ha sido, pero me apasionan los retos [risas]. Todo empezó al conocer a los soneros cubanos. Tenía la información de todo un siglo de una música que me llamaba, que me pedía hacer algo y me di cuenta de que me tenía que dedicar a ello al 100%, que necesitaba mucho más tiempo aunque eso supusiera un nuevo camino. No me arrepiento, ni siquiera del nombre, que ha costado mucho hasta que la gente lo ha aceptado.

    -Un trabajo de investigación hacia las raíces de nuestra música que ha culminado en ensayo (El ritmo perdidoEd. Península, 2012) ¿Cómo ha sido la experiencia de ‘escribir’ todo este conocimiento?
    -No hay que confundir la investigación con la faceta musical. El ‘tochito’ que he publicado contiene pasajes densos en los que hablo de documentos que tienen siglos y hay que demostrar documentalmente que existe una relación de ritmos que provienen de África. No hay otra forma diferente para hacerlo que aportando toda la información, aunque la cosa acabe por ocupar 450 páginas. Estas respuestas parten detratados árabes o medievales para los que, obligatoriamente, me he visto obligado a hacer argumentaciones elaboradas. Pero quiero dejar claro que no quiero imponer al oyente la obligación de licenciarse en nada. Eso sí, si a algunos les interesan estas ideas, tanto mejor.

    -Un tránsito entre las raíces que, finalmente, la música de Juan Perro ha ensamblar, con la ‘negritud’ hispana de un lado y el blues de Nueva Orleans al otro.
    -Es que los puentes que van al oriente cubano son los que nos hacen entender el circuito que existe entre las dos orillas de la música. Darme cuenta de que había una comunidad de ritmos, de armonías con las músicas afrolatinas, es lo que me ha llevado a entender finalmente la conexión entre ambas caras. Es lo que trato de hacer evidente ahora, en los conciertos como el de este viernes o con la Zarabanda (su gran formación de directo). Por eso vuelvo a insistir en que no es solo un asunto teórico, si no que la música lo convirtió en motiviación para investigar; problemas prácticos para resolver con el verso castellano.  

    -¿Así que queda probada la existencia de puentes entre el son y el rock?
    -Desde luego existe una clave cubana en el rock y hasta el swing o el jazz más cool, el neoyorkino por ejemplo, no tienen precisamente una diferencia abismal con el son. El puente que los separa, a veces, es una manera de interpretar, una actitud más fría o más caliente con la música. Pero la verdad no es solo que hay caminos comunes entre estas dos formas de hacer música, sino que existe una conexión real entre todos los estilos. No conozco ningún caso aislado.

    -Después de ahondar durante tanto tiempo en las raíces de la música, ¿te cuesta desarrollar una canción en su sentido más básico, una estructura sencilla para conectar con la gente?
    -No tiene nada que ver. ¡No quiero que nadie piense que ahora hay que ser un estudioso para escuchar a Juan Perro! [risas]. Es obvio que no es así, porque la música tiene que funcionar por sí sola. De hecho, lo más relevante es que las ideas que caben en una canción son muy discutibles… y muy discutidas por los músicos. Esa es la grandeza, porque es un medio muy ceñido cuyas limitaciones resultan muy interesantes.

    -La sencillez de la canción que en 2014 abordas en directo con dos formaciones, ‘Casa en el Aire’ y ‘Juan Perro & la Zarabanda. ¿Cómo vais a funcionar?
    -En la Zarabanda somos 18 personas trabajando, por lo que tenemos las fechas contadas, de momento. Poner en marcha esta maquinaria es costoso, pero a su vez está activo el proyecto retomado de ‘Casa en el Aire’, con Vinyals con el que puedo abordar sonoridades que me apetecen mucho para las canciones de Juan Perro. Puedo llegar al esqueleto de las mismas.

    -De nuevo mirando al pasado, ahora parece que se ha convertido en habitual que los músicos ‘de clásica’ flirteen con la música popular. El caso del violinista Ara Malikian, por ejemplo, es paradigmático. ¿En el inicio de tu carrera existía este tránsito con la música popular?
    -No, ¡por fin! Como espectador he disfrutado mucho viendo cómo músicos clásicos se dejan llevar en clubs haciendo variaciones de Mozart, Bach o Schubert y es impresionante. Es natural que los grandes músicos de clásica tengan esas reacciones, porque no quieren seguir toda su vida un programa mediatizado. A muchos, les apetece por ejemplo integrarse en una tendencia jazzística, para tener esa libertad que los que no sabíamos más que tocar dos acordes en su día conseguíamos a base de subirnos al escenario sin pensar a las primeras de cambio. De todas formas, lo más relevante de esto es que la importancia que tiene que todas las sensibiliaddes de la música intercambien datos. El clásico liberándose de ataduras formales y el músico popular poniéndose las pilas en un sentido técnico. 

    -Por cierto, una curiosidad: ¿has seguido la serie Treme de David Simon?
    -Por supuesto. La inspiración de Rio Negro llega tras visitar apresuradamente Nueva Orleans tras el paso del devastador huracán Katrina. Pensaba que se habría perdido todo ese gran foco de música, pero la verdad es que no y es algo que se ve en la serie. Más allá de las tramas propias de este tipo de ficciones, de pareja y líos, sirve como plataforma para hablar de una cuestión muy viva: la de la cultura de Nueva Orleans. Hay mucha música en esa ciudad y la ciudad está en sí muy viva.

    -Una actividad paralela a tu creación a la que hay que sumar que, por lo que hemos podido saber, vas acercándote al final de tu doctorado.
    -Bueno, no me lo tomo como una carrera o como una meta con la que cumplir en una fecha determinada. Sigo estudiando cada vez que tengo un rato libre, aunque reconozco que me cuesta concentrarme. Con los conciertos, termino haciéndolo cuando puedo y corro el riesgo de quemarme con esta dinámica. A veces tengo una semana libre y me pongo a trabajar en uno de los capítulos de mi nueva tesis, porque renuncié a la primera tras un principio fallido. Lo cierto es que en estos días de trabajo no solo utilizo el día para desarrollar las ideas, quizá porque con el día no me basta. Acabo soñando con lo que estoy escribiendo y pensando a todas horas porque el proyecto requiere de toda la concentración.