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  • J.R. Seguí: “El drama de la política cultural es la ausencia de proyecto y la destrucción de lo anterior”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    José Ricardo Seguí estudió filología y empresariales, pero es conocido como periodista cultural. Además, ha sido becado por la Fundación Shakespeare y por la German Marshall Found of United States para la formación de periodistas. Por eso, si alguien le considera maestro, más allá de lo escrito durante los últimos 35 años, tiene argumentos fundados. Ha sido, indistintamente, autor de los magacines No tocar y Barraca Magazine, colaborador de La Vanguardia, El Mundo o Popular 1. Ha escrito, coescrito o participado en la publicación de una docena de libros, ha ideado y proyectado exposiciones y encuentros de arte, ha sido miembro de una infinidad de jurados en concursos de muy distintas disciplinas, ha participado como moderador y ponente en otra infinidad de congresos y atesora algunos premios que dan cuenta de su intensa trayectoria.

    Sin embargo, a “J.R. Seguí” se le reconoce por este firma a lo largo de tres décadas en Levante EMV. Durante la segunda mitad de ese periodo, fue jefe de Cultura, editorialista y otras tantas labores en este periódico. Rutinas diarias que compaginó con algún proyecto institucional, como Les Mogudes de la Dipu o el Circuit Rock. Al inicio de su trayectoria hizo un paréntesis para abrir uno de los clubs de conciertos más recordados de València: Garage. Fue promotor de algunos de los directos internacionales más inesperados de la ciudad, aunque no tardó mucho en volver a ejercer como plumilla. Y aquí sigue, como columnista de Valencia Plaza y colaborador habitual de la revista Plaza. Aunque su bagaje es extenso, esta es una aproximación a su visión actual del oficio de periodista cultural y lo que le rodea.

    -¿De padres periodistas?
     -No.

    -Filólogo, pero periodista cultural. ¿Cómo surgió la oportunidad?
     -Estudié filología. Durante mi etapa universitaria inicié la publicación de un fanzine con cuatro amigos. A uno le gustaba la música, al otro el cómic, otro que escribía bien, otro pintaba bien… Se llamó No tocar y solo tuvo dos números. Hablábamos de literatura, arte, tebeos, ilustración… Uno de los dueños de Barraca lo vio y me pidió hacer un fanzine para ellos. Era el mismo rollo, blanco y negro offset, pero con más recursos. Con aquello me planté en Noticias al Día, donde resulta que estaba Abelardo Muñoz al frente de Cultura. Me sonaba de algo, porque era mi vecino. Me compró algún artículo para el suplemento y ya me enganché a publicar allí. Cuando me di cuenta, estaba dentro, mientras seguía estudiando. Abelardo me enseñó el Nuevo Periodismo, me orientó y fue mi primer maestro.

    Noticias al Día y Qué y Dónde, para los que trabajaste, destacaron bastante en la información cultural de los 80.
     
    -Eran los medios progres del momento en València junto a la Cartelera Turia. Allí publicaba de todo: crónicas de conciertos, reportajes, artículos de opinión. Me pedían muchas cosas, sobre todo en torno a la ‘movida valenciana’, que era donde tenía más relaciones.

    -¿Qué disciplinas artísticas eran las que más te atraían?
     -Todo lo que tuviera que ver con la música y el cómic. También la literatura, creo, pero no me pedían nada de eso. Total, que sin darme cuenta me había hecho un buen book de artículos. Me fui a Levante, les enseñé lo que hacía y me ficharon. Todo esto siempre como freelance.

    -Tu marca tenía mucho que ver con estar conectado a los Carlos Simó, Vicente Mañó…
     -Es que nadie estaba cubriendo ese ámbito en los periódicos. En Levante EMV supieron verlo. Estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno. Mis espacios naturales de ser joven y disfrutar eran Planta Baja, Gasolinera, Barro y Pyjamarama… Seguía estudiando y para mí era casi una diversión. Sin darme cuenta, me convierto en ‘el chiquito’ que está en esos sitios, pero lo cuenta en un periódico. Porque otros sí lo hacen para otros medios, como Rafa Cervera, que además de en su fanzine Estricnina, empieza a estar aquí o allá. Más tarde, porque te hablo de mediados de los 80 o un poco antes, está Jorge Albi en la radio y tal.

    -Pero tu carrera como periodista cultural se interrumpe momentáneamente: te conviertes en el promotor de Garage.
     
    -‘Napo’ Beltrán me ofrece irme a Arena Auditorium, al grupo, para montar Garage. La relación es interesante, porque como otras veces, nace de que les doy una hostia por no dejarme entrar a un concierto. Ere el concierto de los Psychedelic Furs, pero aquello estaba hasta arriba, yo iba con el fotógrafo de Levante a hacer mi reportaje y resulta que no me dejan pasar. Pues hale, una hostia a cuatro columnas. Total, que discutimos, pero eso hace que hablemos. Nos disculpamos y me propone montar Garage poco después.

    -Garage se convierte, tras Arena, en la otra sala trascendental en València para conciertos internacionales. ¿Qué edad tenías? ¿Quién estaba contigo?
     
    -Tendría 25 o 26 años, porque abre en el 87. Emilio Ruiz se encargaba de la parte de promotor y gestor y yo me llevo a Remi Carreres (bajista y compositor en Glamour y Comité Cisne). Está trabajando conmigo porque necesitaba más brazos y Remi, con quien me llevaba genial, pensaba como yo. Para currar, mejor tener a alguien que, oye, ya que vamos a hacer conciertos, quiera ver a los mismos grupos que tú y se implique. Hacía su labor de relaciones públicas de forma natural, compartíamos mucha música. Emilio ha sido para mí un referente, una auténtica máquina de trabajar y trascendental para la música en València en aquel momento.

    -¿Por qué funcionó tan bien?
     
    -La idea era crear un club al estilo británico. Un club de nueva cultura para València, con mucha personalidad. Nos mirábamos en el Marquee, en The Haçienda, en el Astoria Theatre. Y eso pasaba, en gran medida, porque aquí también actuaran los mejores grupos británicos.

    -¿Cómo conseguisteis que vinieran? ¿Quién hace de enlace con Londres o Manchester?
     
    -Nosotros hacemos una lista con las 50 bandas que queremos que vengan a tocar a Garage. Esa lista se la damos a Robert Mills, ‘El inidio’, un tipo que ahora vive en Barcelona, pero que hace de enlace con Reino Unido. Cuando la ve, flipa. Flipa porque ve que es coherente y que entiende lo que queremos traer. No era tan difícil de entender la lista, porque nosotros leíamos Melody Maker o NME, comprábamos ese tipo de discos. Emilio, Remi y yo queríamos ver a esos grupos y Robert podía traerlos. Además de eso, también había propuestas de promotores locales.

    -Y bandas locales.
     -Esa era otra pata fundamental. Queríamos que los grupos locales actuaran en buenas condiciones. Yo estuve un año, pero durante ese tiempo, todos los grupos locales cobraron su caché, tuvieron su camerino, su backline y su catering.

    -¿Qué bandas que pasaran por Garage te vienen a la cabeza casi sin pensar?
     
    -A Certain Ratio, Jazz Butcher, Dream Syndicate, The Replacements, Flesh For Lulu, La Resistencia, Seguridad Social, Inhibidos Quizás, Falsa Pasión… Me vienen a la cabeza con facilidad porque guardo los carteles todavía.

    -¿Está justificada la nostalgia feliz de aquel tiempo en València?
     
    -A ver, hay que entender el contexto. Aquí todo era novedad. En València, en los 80, hicieras lo que hicieras, todo era nuevo porque veníamos de la nada. No hubo un plan. Fuimos jóvenes y nos divertimos. La magia del momento, la potencialidad del asunto, tiene que ver con eso. Nadie pensó que fuera a cambiar el mundo. Hacíamos lo que nos daba la gana y eso era mucho. Te daba alas a tener una actitud de decir, pam, traigo a A Certain Ratio. Por qué no. Unos hacían conciertos, otros cómics, otros fanzines… Lo importante era que podíamos hacer lo que nos diera la gana.

    -Pero vuelves a Levante. ¿Te quema la noche?
     
    -Me mata. La noche no es para todos. Una cosa es un concierto, un fin de semana o tres. Aguanté un año en Garage. Alguien de Levante me dijo que me dejara caer. El director, que entonces era Ferran Belda y ahora es amigo íntimo, me dijo, ‘que sepas que te doy un contrato de seis meses porque no confío en ti’. Cuando se acabaron los seis meses me hicieron indefinido y allí estuve hasta abril de 2015. Belda acabó siendo otro referente y un gran maestro para mí.

    -Me han dicho que la alineación de esa redacción de Cultura en Levante era de alto voltaje.
     
    -El redactor jefe era José Vicente Aleixandre y luego estábamos Xuso Civera y Ventura Melià, con los que he trabajado casi 30 años. Nunca he tenido diferencias con ellos. Ni siquiera separamos las disciplinas. Y estábamos estupendamente. Fue un equipo inigualable que diría que dejó una huella en el periodismo cultural valenciano. Aprovecho para decir que, siendo el último en llegar, cobraba más de lo que cobra ahora un redactor en cualquier sección. Uno que acabe de llegar. Se cobraba más, considerablemente, mientras que la vivienda y la cerveza eran bastante más baratas que hoy.

     -¿La competencia con Las Provincias ya era fuerte?
     
    -Era durísima. Como te he dicho, estuve en el momento adecuado en el momento oportuno, porque la generación de Levante quería quitarse el estigma de haber sido prensa del Movimiento. Eran todos muy jóvenes y querían convertirse en lo que ya eran, en el diario progre, muy próximo a la ciudad, muy independiente. Era un diario muy de su tiempo. Y aunque la competencia periodística era sana, entre los periodistas era sana, la de las cabeceras era durísima.

    -Antes de adentrarnos en los 90, ¿por qué fue tan fructífera esa etapa en la creación de políticas culturales? ¿Por qué trasciende tanto?
     
    -Por lo que te decía: no había nada, todo se hace. Y hay criterio. Ciprià Ciscar sabe rodearse de gente interesante. Sabe escuchar, que es poner en práctica lo que la gente inteligente que te rodea te dice, no escuchar para no hacer nada. Se rodea de gente importante en el teatro, en el cine, como Muñoz Suay. Y el gasto, lejos de lo que se piensa, está muy racionalizado. El IVAM no es caro. A mí me parece que sale baratísimo. Las cosas salen baratas cuando sabes lo que quieres hacer.

    -Hagamos historia comparada. ¿Cuál es la diferencia con el momento actual?
     
    -Que ahora hay gestores, pero no hay proyecto. No hay políticas. Los 80 salen beneficiados porque suponen un tiempo de iniciación, de creación. Todo es bienvenido y hay entendimiento con la sociedad, hay viento favorable desde el periodismo, sin tener por ello que abandonar la crítica.

    -Que la sociedad esté por la labor de modernizar, de dejarse atraer por los impactos culturales, seguramente da alasEl caso del IVAM es paradigmático por su consenso social… [interrumpe].
     
    -…¡pero no político! De un lado estaba Tomas Llorens, que quiere crear el Institut Valencià d’Art Modern. De otro lado, Aguilera Cerni, que quiere crear el Institut d’Art Modern Valencià. El detalle era mayúsculo. Pero Llorens venía rodeado de gente como Alfaro, Genovés, Mompó o Arroyo. Vino con todos los pesos pesados y se logra que el IVAM sea un referente del arte contemporáneo para Europa, el primero en España al que imitaría el resto. De haber optado por un museo sobre arte valenciano, ¿de qué estaríamos hablando hoy al hablar del IAMV?

    -Gracias a la ‘movida valenciana’, a sus conciertos internacionales o al IVAM, que un periodista cultural valenciano interaccionara con artistas extranjeros era una cosa natural. ¿Qué entrevistas te pasan por la cabeza?
     
    -De no ser por el IVAM, no hubiera entrevistado a figuras del arte importantes en cada momento. Por supuesto. Me pasan tantos por la cabeza… Pero bueno, con la música, otro tanto. Mi sensación es que he entrevistado a miles de personas. Me vienen a la cabeza Jim Kerr, Siouxsie Sioux, Eric Burdon. Con Alan Vega me he ido por ahí, con Depeche Mode, además de irnos de fiesta, les enseñé la ciudad. Vestidos de cuero de arriba abajo, llamaban un poquito la atención por Colón. Me lo pasé muy bien comiendo con Echo & the Bunnymen en una pizzería de Convento Jersualén.

    -Los Carlos Simó, Vicente Mañó y otros actuaban desde la empresa privada. ¿Qué nombres crees tú que desde lo privado fueron fundamentales para aquella efervescencia?
     
    -Simó en la noche, Mañó con conciertos, pero también Rodolf Sirera para el teatro, Carles Mira… En el arte, Miquel Navarro, Carmen Calvo, Sanleón, Morea…; en la moda, Montesinos y los Mariscal…; en el cómic, Daniel Torres, Micharmut, Sento Llobell, Mique Beltrán… En cada disciplina había un ramillete de nuevos creadores que hoy son lo que son. Y allí estaban. O sea, aquí, en València. Creando todos a la vez.

    -En la nada. ¿Qué había antes?
     
    -A nivel asociativo, que es importante, había cuatro cosas. La Sociedad Filarmónica, el Ateneo Mercantil, el San Pío V que era un desastre, la Academia de Bellas Artes de San Carlos y poco más. Si eres político y progresista y llegas a aquel páramo, pues, claro, haces cosas. Haces tu plan urbanístico, haces el IVAM, recuperas a todos los niveles el Centre del Carme, logras la ampliación del San Pío…

    -¿Y para que la ciudad se activase tanto, crees que pudo tener algo que ver que su alcalde tuviera 34 años?
     
    -Bueno, sin duda. Sin duda es importante. Se nota. Se ponen muchas cosas en marcha a la vez desde el Ayuntamiento. Se entra en el plan estatal de auditorios, pero no solo eso, porque se crea la Trobada de Música del Mediterrani, la Mostra de Cinema, el Encontré d’Escriptors, se intenta crear una Universidad al respecto…

    -La ansiada capitalidad cultural mediterránea. ¿Por qué esta línea?
     
    -Porque València no era nada a nivel internacional y tenía todo el sentido ocupar ese lugar. ¡Ves, no? Había un proyecto. Íbamos a eso. Teníamos que conseguir eso.

    -Era ambicioso, pero quizá había vientos favorables teniendo en cuenta que en el Estado, la Generalitat y hasta en la Diputación había mayorías absolutas del mismo partido que gobernaba la ciudad.
    -Sí y no, ojo. Que en los gobiernos valencianos, los representantes eran de tres familias distintas. Aquí estaban los lermistas, los ciscaristas y los asuncionistas. Pero había un pacto de no agresión. De ninguna agresión. Y, bueno, sí, es cierto. Había colaboración. La Diputación hace un número de cesiones, de la Sala Parlalló al Principal, que son muy importantes luego para todos. Hay cordialidad.

    -Ahora los gobiernos valencianos también están alineados, si es que esa alineación se debe regir por una cuestión de partidos.
     -El problema ahora es otro. Son otros problemas. No hay proyecto, insisto. Creo que me van a leer varias veces esto la entrevista, pero es que no hay proyecto. El conflicto, el drama de la política cultural valenciana, es la ausencia de proyecto. Y la destrucción de lo hecho por el anterior.

    Desarrolle esta última parte de su teoría.
    -La capitalidad cultural del Mediterráneo nos situaba en un contexto global. València tenía que ser referente en algo y el espacio estaba descubierto. Teníamos razones históricas y patrimoniales para aspirar, pero sobre todo voluntad política. ¿Por qué se desdibuja por el camino? ¿Por qué nos quedamos a mitad? Por cuestiones políticas. Porque cuando hay un cambio de gobierno, el que llega, ha de arrasar con lo que se haya hecho.

    -¿Y no te parece que esto es todavía más evidente en el caso de la Cultura? 
     -Es especialmente sensible, puede ser. Pero es que son visiones del mundo muy diferentes. Pero es grave, ¿eh? Es grave. Porque el Palau de la Música es el Palau de la Música, sea quien sea su responsable. No puede ser una verbena. El Prado, lo dirija quien lo dirija, es El Prado. Las instituciones culturales funcionan si tienen claro su objetivo.

    -En las artes plásticas y en las escénicas, hay una queja latente y otra constante sobre la fórmula de gestión a través de comisiones. Es decir, la de los nuevos directores que, gestionando tras ser elegidos por concurso público, sacan también a concurso buena parte de las exposiciones e incluso de la programación. Rodolf Sirera, por poner un ejemplo de alguien que ya ha salido en la conversación, se queja de que no haya responsables al frente de las instituciones que firmen la programación y de que una buena parte de las nuevas estrategias se diluya en comisiones.
     
    -Bueno, pero eso es otra cosa. Eso es clientelismo. Es la forma de quedar bien con mucha gente y, a la vez, no complicarte la vida. El Centre del Carme, por poner un ejemplo que supongo está en entredicho por lo que dices, funciona de maravilla. Va mucha gente. Ahora, no tengo ni idea de cuál es su línea. No sé qué hace, pero va mucha gente y, ojo, eso es positivo. Lo lógico es que si alguien cobra un sueldo por ser el responsable de un centro, tenga una línea y tome decisiones en su nombre. Porque así puede ser evaluado y podemos calcular su eficiencia. Objetivos y planes conocidos, y decisiones a menor escala, tangibles. Si se diluye en comisiones que eligen exposiciones, líneas… Es imposible evaluar y es imposible que un espacio tenga una repercusión que trascienda lo inmediato de cada sarao, de cada inauguración, de cada ‘evento cultural’. Pero bueno, que si quieres hablamos de esos concursos públicos, porque lo de los cargos públicos elegidos sin injerencia es mentira. Están influidos, y ya está. Hay que decirlo. Se influyen desde las comisiones, desde decisiones de todo tipo, desde baremos a puntuaciones. No son concursos ‘libres de carga’. ¿Y cómo lo sabemos? Pues porque no están los mejores en los sitios donde deberían estar. Si quieres te pregunto a ti por À Punt en ese sentido…

    «EN LOS ÚLTIMOS CUATRO AÑOS SOLO LEO PLANES, PERO NO VEO OBJETIVOS. Y MUCHO MENOS RESULTADOS, CLARO».

    -(río) Las preguntas las hago yo, si me dejas.
     
    -Mira, a mí la línea de (José Miguel G.) Cortés me puede gustar más o menos. Me puede parecer bien o mal, pero sé cuál es. Sé a dónde va. Veo cuáles son sus sensibilidades, como interpreta los recursos que tiene el IVAM y, a partir de ahí, le evalúo. Ya te digo que me puede gustar más o menos. Cuando han pasado por el Rialto los Tordera, Morera o Zamora, he sabido qué querían. He comprendido qué hacían y su estrategia estaba clara. En los últimos cuatro años solo leo planes, pero no veo objetivos. Y mucho menos resultados, claro.

    -Planes, estrategias, objetivos. Habrá quien piense que la distancia para que haya cambios es solo una cuestión de palabras.

    -Pues habrá que explicar que esa no es la diferencia. Yo los planes los hago el fin de semana o en verano. Digo, voy allí o voy allá. A lo mejor al final no voy allí, pero tengo el plan hecho. Ahora bien, si digo: este es mi objetivo. Tengo claro que me he comprometido con ello. La gestión pública es compleja, no lo niego, pero aquí lo que veo es mucha falta de espenta. Si es que yo tengo algo que decir, que lo digo porque tú me preguntas, digo que no he entendido la política cultural de este gobierno actual. Del valenciano. Y la prueba, creo, está en que ahora están saliendo las voces críticas. Las voces que han estado cuatro años calladas, a la espera, supongo. Pero no va más.

    -¿Va a ser una legislatura complicada?
     
    -Muy complicada. ¿Tú cómo la ves?


    -¿Las preguntas las sigo haciendo yo?
     
    -…también es cierto que somos herederos de un pasado sin el menor criterio. Vivimos en una ciudad que ha hecho gestión cultural sin criterio. Mira, ¿tú sabes por qué se hace el Palau de les Arts?

    -Para que el Gobierno de Zaplana tuviera uno o varios edificios de ideación propia y algo tan grande y costoso como la Ciudad de las Artes y las Ciencias no trascendiera como un legado lermista, que lo es.
     
    -No es eso. Mira, ahí iban las Torres de Comunicaciones. Las torres de Calatrava, que son parecidas a las que hay ahora en Malmö (Suecia). El PP quiere parar el proyecto de estos rascacielos, pero Calatrava, al parecer, amenaza con demandarles, con los cimientos ya hechos. Entre tanto, Olivas dice de hacer allí una fuente. Un chorrito allí, con los cimientos ya hechos. Sobre la marcha, un conseller narra que se va a Suiza a ver a Calatrava. Y Calatrava le pinta una acuarela y le dice, ¿te gusta? Y el conseller, me cuenta que dice, sí. Se la firma y dice, toma, para ti. Y el conseller vuelve con las acuarelas, según me ha contado. Y aquella acuarela tan bonita resulta que era, finalmente, un teatro de ópera. Pero que fuera para una ópera o para un teatro de danza contemporánea o para lo que fuera ya se decidiría más tarde.

    -¿Quieres decir que los edificios se proyectaban sin tener definidos su uso?
     
    -Se dibujaban, sí. ¿A ti el museo de las Ciencias, qué te parece? ¿No te parece un aeropuerto? ¿No te parece una galería de cristal a la que se engancha los fingers (los brazos que conectan el embarque con los aviones)? Porque a lo mejor resulta que aquel edificio era para un aeropuerto, pero bueno, luego resulta que va allí en medio. Me dicen que cuando llegó Zubin Mehta a Les Arts le preguntó al arquitecto que dónde estaba el foso para la orquesta de la ópera. ¡Zubin Mehta, que no podías haber fichado a nadie más prestigioso ni más caro para dirigir una ópera! El arquitecto le señaló dónde iba supuestamente la orquesta y Zubin Mehta le dijo que, efectivamente, allí no cabían ni 40 personas, mientras que en la orquesta tenían que entrar unas 100 con sus instrumentos. Y así se hacía todo. Sobre la marcha. Que es el único teatro de ópera al que se accede por detrás, que tienes que cruzar el edificio para poder entrar, algo que se desconoce si existe una cosa más surrealista en el mundo. ¿Y cuánto dinero costó ese proyecto, pregunto?

    -Has cogido carrerilla con lo de preguntar. Me suena que unos 300 millones de euros.
     
    -400. Solo los bajos donde ahora está Berklee costaron 95 millones de euros, según me aseguran las fuentes de su gestión económica. ¡Unos bajos! El lateral del edificio costó 95 millones de euros. No puedo cuestionar que València tenga una ópera, pero cuestiono qué sucede cuando no hay proyectos públicos. Nadie sabía que aquel bajo iba a costar 95 millones de euros. Nadie sabía que Les Arts costaría 400 millones de euros. Hubiera sido inasumible, pero entonces se valía no saber a dónde se iba, qué se hacía. Ahora tampoco se sabe, por diferente motivo.

    -Ya que te has puesto a cuestionar y que hablamos de orquestas. ¿Tiene sentido que una ciudad, con los recursos económicos que tiene València, tenga dos orquestas?
     
    -No. Obviamente, lo cuestiono. Y no tenemos dos, tenemos tres, que la Diputación de Alicante paga otra. ¿Y qué sucede? Que todas viven en precario. Van al límite. Están incompletas. Les faltan músicos. Les faltan solistas. En cambio, podrías tener la mejor del Sur de Europa sumando presupuestos. Es cuestionable, sin duda.

    -¿Es cuestionable que el Palau de la Música ocupe el 56% del presupuesto de Cultura de la ciudad? Porque no tengo claro que la cultura que viven valencianas y valencianos suceda en el Palau, que, por cierto, no trasciende a su edificio.
     
    -València ha crecido de forma desorbitada y desordenada. Y la Cultura ha crecido de forma ilógica, en comparación a cómo lo ha interpretado el Ayuntamiento. Hay cosas que no tienen sentido desde un punto de vista de eficiencia económica, como tener dos orquestas, pero también como lo es tener dos grandes auditorios. El problema es que Les Arts se crea como un icono. Como le dijo Calatrava un día a una concejala, ‘tú no ibas de pequeña al aeropuerto a hacerte fotos, pues aquí tienes la foto’. Es triste como planteamiento, pero más triste es que si creas cuatro salas (las de Les Arts) no lo hagas con un plan para asumir contenido de otros sitios, como por ejemplo, el del Palau de la Música. El Palau de la Música podría haber quedado para otras cosas: para las bandas, para el jazz, el flamenco, como espacio de conferencias idóneo en el centro de la ciudad. Lo digo, sobre todo, por dotar de contenido a Les Arts, que es inabordable. Para abrir la sala Martín y Soler de Les Arts hacen falta cinco personas de seguridad, más toda una alineación de técnicos. ¡Una sala pequeña! ¿En qué mente cabe eso?

    -Políticamente, creo que hubiera sido inasumible que el Palau de la Música hubiera perdido a la Orquesta de València. Por público y tradición.
     
    -Sí, por público. Es cierto que el Palau tiene un público fiel, pero es que además de eso el Palau no es el que era…

    -¿A qué te refieres?
     
    -A ver, el Palau de la Música que yo recuerdo tenía actividad casi todos los días. No solo música y ni mucho menos de la OV. Pero no paraba. Era una actividad constante, quizá justificable con el margen de presupuesto que dices. No entiendo qué ha cambiado. Yo no veo que tenga menos personal y el margen de presupuesto ha crecido, en comparación. Serán más caras las contrataciones, no lo sé.

    -Estamos cruzando la gestión de la Administración autonómica con la local. Quizá alguien se pierda, pero no sé si queda claro dónde está el problema.
     
    -Hay para todos. ¿A ti no te sorprende que la nueva Secretaria Autonómica de Cultura sea la exalcaldesa de Sueca que acaba de perder las elecciones? Yo no puedo dejar de suponer que sea muy buena persona, que tenga mucha sensibilidad, pero yo me pregunto, ¿no deben estar los mejores en los mejores puestos? En una secretaría autonómica… Pero mira, que es un caso, que es reciente, no me pongo porque si no, a lo largo de mi trayectoria tengo 200 de estos…

    -¿Canal 9 fue alguna vez clave en la generación de un star system cultural?
     
    -No ha habido star system cultural valenciano, por mucho que intentara venderlo así Esteban González Pons o por mucho que, sorprendentemente, lo vendan ahora con las mismas palabras los actuales gestores de la tele. Pero bueno, Canal 9 bastante problema tenía con ser lo que era. Una empresa pública de radio y televisión con más de 1.600 trabajadores. A día de hoy, no entiendo cómo pudo aguantar. Tengo amigos que estaban en Canal 9 y que están ahora en À Punt y que se quejan de lo mucho que trabajan. Tú estás en una redacción, yo he estado 30 años. Somos periodistas y, en fin, sabemos de lo que hablamos… Entiendo que ahora estén agotados, pero sobre todo espero que no se les ocurra pensar que tener a 1.600 trabajadores era algo normal.

    -¿Qué esperas o qué piensas de À Punt, cumplido su primer año y medio de vida?
     -À Punt es necesario, sin duda, pero ha sido parido con demasiadas prisas y con demasiada intencionalidad política. No se maduró suficientemente y esto tiene mal arreglo. Hubiera esperado más tiempo, más consenso, más evidente, menos prisa política. Lo gracioso, por no decir otra cosa, es que la prisa política no ha servido para que ningún partido del Gobierno lo use a su favor. Me preocupa ver cosas que pertenecen a un modelo de los 90, que me transmiten ese modelo. No es que mis hijos ya no vean la tele así, es que ni yo veo la tele así. Ni la radio, qué decir.

    -Parece que las culpas de casi todo estén en lo público. ¿Qué parte de responsabilidad de una mala gestión de recursos culturales o comunicacionales está en la gestión privada?
     
    -En la gestión privada no, en la sociedad civil. Hay una ausencia total de sociedad civil. Hay ausencia de reivindicación y de autocrítica, y no se me ocurre nada más preocupante. La sociedad civil está como apartada y, si no vuelve a tener protagonismo, no habrá un rearme cultural. Si no hay rebeldía, no hay crítica, no hay proyecto con el que ser crítico… vamos mal.

    -Al criterio y a la crítica tampoco ayuda el estado desnaturalizado de los medios. O, al menos, desnaturalizado con respecto a los 80 y 90.
     
    -Es que hay mucho miedo a perder el trabajo. Demasiado. Hay mucho desconocimiento en las materias, en el caso cultural. Y hay pocas ganas de complicarse la vida, porque la gente joven ahora está a otras cosas. También creo, desde mi edad actual, que solo la madurez te permite ser crítico.

    -En mi caso, te aseguro que la valentía desde la ignorancia ha servido de mucho.
     
    -Sí, bueno. Pero es cierto que, como ecosistema mediático, desde los 90 solo vamos a menos. Los periódicos ya no son determinantes como vehículos de comunicación. La percepción social es que la información y los medios son gratis. Esto provoca que su financiación venga, en gran medida, del sector público. Más sustento de lo público que de lo privado y, claro, acaba influyendo. Hace también que las personas que podrían opinar y deben opinar estén fuera del sistema.

    -¿Por ser incómodos?
     
    -Sobre todo, por ser caros.

    -Has escrito de la gestión pública y privada en la Cultura en torno a València y la Comunidad Valenciana durante más de tres décadas. Me tienta mucho pedirte un ranking de despropósitos, aunque sea en prosa.
     
    -¡Es que son muchos! Yo que sé. La Ciudad de la Luz era interesante si no hubiera costado 400 millones, la hubieran situado en Alicante porque había que encontrar alguna cosa nueva que hacer en Alicante y no hubiera acabado anulada por Europa. El proyecto de Berlanga, como sabrás, era hacerla en Sagunto. En La Nave, porque a nosotros no nos hace falta tener una ciudad de estudios como la Warner en Hollywood. Pero coincide con algún ciclo electoral y se lo llevan a Alicante. También porque el segundo ciclo de interés de aquello es el proyecto de un montaje de urbanizaciones y hoteles de lujo en terreno rústico a su alrededor. Y un parque de atracciones. La crisis paraliza ese súper proyecto secundario. El 80% de los contratados en Ciudad de la Luz, mientras dura, son ‘hijos de’ y ‘vinculados a’. Y, por si fuera poco, lo gestiona una empresa externa. Una empresa pública, pero gestionada por una empresa externa. Todo claro, ¿no?.

    -Ciudad de la Luz está bien, pero hay más despropósitos difíciles de explicar alguien que no sea valenciano: Ciudad de la Euforia, Alquería del Artista…
    -La Ciudad de la Euforia, del que nadie se acuerda, efectivamente, es un proyecto de Irene Papas. Zaplana necesitaba gente alrededor que aplaudiera y le diera caché, y lo de Irene Papas le venía muy bien. Pero también tuvimos La Ciudad de los Pueblos.

    -¿Cómo?
     
    -Sí, hombre, en el psiquiátrico la querían hacer. Un parque de atracciones con espacios ‘reconocibles’ del territorio valenciano. Como lo de Poble Nou en Barcelona o Getafe en Madrid. ¿Pero se te ocurre mayor despropósito que el Palau de les Arts, que si no tuviera ni un solo día de actividad ya cuesta más de cuatro millones de euros mantenerlo en pie? ¡Al año!

    -Es el presupuesto de algunos teatros situados entre lo más alto de los rankings estatales de crítica y público.
     
    -Hay despropósitos que son difíciles de ver, como tener decenas, no sé si centenares de salas de exposiciones en la Comunidad Valenciana, en distintas gestiones administrativas. Tener salas de teatro estupendas en la ciudad de València cerradas, es un despropósito. Que los políticos programen, hoy, es un despropósito.

    -Para cerrar la traca que nos has dejado con algunos masclets, algunos nombres propios a definir en pocas palabras. Si te apetece. ¿Ricard Pérez Casado?
     
    -Un buen alcalde.

    -Rita Barberá.
     -Una ilusionista.

    -Joan Ribó.
     -Un gestor.

    -Joan Lerma.
     -Un político.

    -Eduardo Zaplana.
     
    -Un ambicioso.

    -Francisco Camps.
     -Un iluminado.

    -Ximo Puig.
     -(Piensa más que con ningún otro nombre) El actual president de la Generalitat.

    -Ciprià Ciscar.
     -Alguien que supo escuchar.

    -Consuelo Ciscar.
     -Se le fue la pinza.

    -Tomas Llorens.
     
    -Un tipo con ideas.

    -Felipe Garín.
     -Un tipo interesante.

    -Helga Schmidt.
    -Una máquina de trabajar. Una bestia.

    -¿Vicent Marzà?
     
    -¿Quién?

    -Mayrén Beneyto.
     -Muy lista.

    -Glòria Tello.
    -Muy desconfiada.

  • María Ángeles Arazo: “La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema”

    María Ángeles Arazo es periodista cultural desde finales de los años 50. El ritmo de producción actual, a sus 89 años, pasa por la publicación de dos artículos a la semana. Los pueden leer en Las Provincias, diario para el que lleva trabajando más años que los que dura una carrera en este oficio. Compaginando una vida libre con una actitud feminista “en el trabajo y en la casa”, ha escrito más de cincuenta libros, aunque ella rebaja la cifra desde la modestia y para discriminar encargos, publicaciones menores y algún que otro olvido consciente. Ha escrito de fe y supersticiones en la España negra, ha conocido el valor de las personas olvidadas y engañadas en el ámbito rural valenciano. Ha sido reportera social, ha entrevistado a las estrellas internacionales que pasaron por la ciudad, ha sido redactora bajo la batuta de Vicent Andrés Estellés y compañera (a las órdenes) de María Consuelo Reyna.

    No pocos valencianos la tienen presente desde sus estanterías, a través de alguno de los 30 títulos creados al alimón con Francesc Jarque. Junto al ya desaparecido fotógrafo conformó una dupla creativa irrepetible. Mediante la palabra y la imagen, Arazo y Jarque definieron la gastronomía, las tradiciones, los ritos, el folclore, los pueblos, el patrimonio y, en definitiva, la cultura valenciana de la segunda mitad del siglo XX. Un legado crítico que ahora se expone visualmente en La cámera i la vida, muestra póstuma de visita obligada (hasta el 29 de septiembre en el Museu Valencià d’Etonologia). Ella ha prologado el catálogo porque la periodista que fue sigue en activo. En su cabeza se acumula una de las perspectivas más ricas sobre la transformación del cap i casal. De la riuà a Calatrava, de los locales underground del Carmen en los 70 a la expansión del carril bici. La conversación que sigue es una cata a la experiencia acumulada, un descenso a una hemeroteca viva y crítica sobre este lugar y sus eventuales pobladores.

    -¿De padres periodistas?
     -No hay ninguna relación familiar con el oficio. A mí me gustaba contar lo que veía. No podía imaginar algo mejor que vivir de contar lo que quería conocer. Es la clave de mi inicio. Eso y tener una madre moderna a más no poder. Era taquimecanógrafa y estudió francés en la universidad tan joven que la tenían que acompañar. Sus ideas modernas me ayudaron siempre, además de que me apoyara en todo.

    -¿Pero tenía claro que quería ser periodista?
     -Estudié magisterio también, pero tenía claro que quería serlo, sí. Estudié en Madrid, porque en València no había nada de esto. Nos llamaron la promoción de València, por la riada del 57. Del 57 al 60 estuve en clase. Éramos una veintena, entre los cuales solo había cuatro chicas. El primero de la promoción quizá te suene: Jesús Hermida.

    -Pero tenía claro que quería volver a València. Escribir ‘de València’.
     -Tan claro como que escribí desde antes de irme a Madrid. Tuve alguna oferta más tarde para quedarme allí, pero antes de irme ya estaba publicando en Levante. Publicando y cobrando, porque siempre he procurado publicar… y cobrar (ríe).

    ­-¿Cómo surgió la oportunidad de publicar en Levante?
     
    -Siempre he sido muy osada. Sobre todo, de joven. Mandé mi primer artículo a Levante antes de irme a estudiar periodismo a Madrid. El artículo acabó, naturalmente, en la papelera. Llamé y logré que me pasaran con el director. Le pregunté qué había pasado, por qué no se había publicado. Muy amable, me dijo que no era lo que un lector de Levante buscaba. Me dijo qué era lo que sus lectores querían, me invitó a escribir otro y al día siguiente ya se lo había enviado.

    -¿Y ya eran temas culturales?
     -Sí. Siempre he querido hablar de la cultura, del patrimonio, de las tradiciones, del folclore… Me gustaba mucho la pintura. La gente tenía el pasatiempo esnob de visitar las salas de arte. Prat, Benlliure, más tarde Azcárraga… A mí me gustaba y, supongo,  una cosa me llevó a la otra.

    -Enseguida llegó su serie ‘Valencianos en Madrid’, quizá una pista para los actuales formatos Valencians pel món Españoles en el mundo. ¿A quién entrevistó?
     
    -Berlanga, López Ibor, Concha Piquer o al Maestro Rodrigo. A Rodrigo recuerdo entrevistarle antes de ser tremendamente popular gracias al ‘Concierto de Aranjuez’. Vivía con su mujer en una buhardilla muy humilde de Madrid. Conservo una carta suya…

    -¿Conserva mucha correspondencia?
     
    -No, no mucha. No me gusta presumir (ríe).

    -En los 60 da el salto a Las Provincias. Y eso que sus series, como Valencianos en Madrid (los reportajes se publicaban ocupando tres días de la semana) eran conocidas. ¿Por qué cambió de diario?
    -Pues porque como yo no era de Falange… En Levante, al final, siempre que había una vacante acababa entrando alguien de Falange. Y a veces también entraban sin vacante. Me harté de esperar a que me hicieran redactora en plantilla. Llamé a José Ombuena y le dije, el día que tengas una plaza, avísame y me voy con vosotros. Habló con los propietarios y, directamente, me incorporé al cabo de unos días.

    -¿Cómo se lo tomaron en Levante?
     
    -He de decir que Adolfo Cámara, que era el director, hizo todo lo posible porque me quedara. Pero yo ya me había comprometido con Ombuena y no había marcha atrás.

    -José Ombuena fue director de Las Provincias de los 50 a los 90. Estuvo al frente de un diario muy distinto, en una València muy distinta, en cuatro décadas muy distintas. ¿Qué supuso su dirección para la evolución de su carrera?
    -Es una figura clave para mí. Era muy profesional, pero con una gran humanidad. Le pedí nada más entrar que, por favor, me dijera en cada texto qué estaba mal. Y con todo el trabajo que tenía, lo hizo. Me influyó más allá de mi trabajo diario. Por ejemplo, hice un prólogo muy erudito para mi libro Valencianos de la mar, lleno de referencias a La Ilíada y La Odisea. Cuando se lo enseñé, me dijo, quita eso del libro. Me dijo, eso está en todos los libros. Y es cierto que el infierno está lleno de periodistas que citan citas. Me dijo, tú escribe lo que sientas al estar en el Mediterráneo, lo que pienses tú al estar en estos sitios. No escribas lo que ya han dicho todos los demás.

    -¿Cómo era la rutina productiva una vez convertida en redactora de Las Provincias?
     
    -He tenido mucha suerte. Me he movido sin horarios, con una libertad tremenda. Yo llevaba el artículo que se esperaba de mí. Eso sí, cumpliendo siempre con la fecha o la hora del cierre. Cumplía y tenía libertad.

    -¿Cómo se producía una sección como Valencianos en Madrid?
     
    -Pues me iba allí, me pasaba los días que hiciera<<<<<<< falta y volvía con mi artículo. Concha Piquer me hizo pasar más días de la cuenta a la espera de la entrevista…

    -¿Método de escritura?
     
    -Hispano Olivetti.

    -Y, supongo, pocas mujeres en la redacción.
     
    -Pocas, pero algunas. Consuelo Reyna, que también estudió en Madrid, Concha Rago, Nieves Marco… Pero no abundábamos.

    -Pero solo una tuvo los arrestos de lidiar con Hemingway. Se ha escrito sobre su conato de entrevista, que acabó siendo una estupenda pieza periodística pese a que la conversación nunca sucedió. Una especie de Sinatra has a cold a la valenciana…
    -(interrumpe) ¡Y han tratado de hacer una película con aquella vivencia mía!, pero yo me he negado, claro está. Al menos, a participar. Ernest Hemingway pasaba por València con motivo de la Feria de Julio. Venía con su amiguísimo Antonio Ordóñez y él ya era muy reconocido. Así que tenía que intentar entrevistarle, pero era un obseso. Era un obseso sexual. Me decía, por qué no dejamos la entrevista para después<<<<< de la corrida. Te espero en mi habitación, es la número 69. ¿Sabes lo que significa?

    -¿Y cómo resolvió la situación? Porque llegó con él hasta la Plaza de Toros.
     -Soy antitaurina, aunque una vez la Diputación me encargó un libro sobre festejos taurinos y aproveché para hablar de las plazas de la región, que suponen un patrimonio muy desconocido. Pero bueno, aunque no sé mucho de toros, sé que cuando no sé quién toca la trompeta, aquello empieza. Intenté hacer la entrevista hasta que sonó la trompeta. Entonces me fui y la entrevista nunca llegó a producirse.

    -Pero usted escribió el relato.
     
    -Ay, por favor. Deja de llamarme de usted.

    -Disculpa. Te decía que al final hubo relato, publicaste una pieza, pero no entrevista.
     
    -Es que a veces lo mejor de una entrevista no está la entrevista.

    -Aquello tenía mucho de ‘Nuevo periodismo’. De Talese o de Wolfe.
     
    -Como comprenderás, yo he estado al día de lo que se publicaba en el mundo.

    -Está bien que aclare lo de ser antitaurina, porque hay alguna biografía suya en internet que recuerda que ha escrito de tauromaquia, por aquel libro de la Diputación de Valencia.
     
    -¡Pues que quede claro! Antitaurina. Nunca me han interesado los toros. Escribí sobre el patrimonio que suponen las plazas. Las hay muy bonitas e importantes, como la de Bocairent, que está excavada en la roca.

    -Es antitaurina y feminista. ¿Cómo vives el aumento de consciencia de mujeres y hombres en torno a la igualdad?
     
    -Soy feminista y estoy contento de ver a las mujeres en la calle. Les aplaudo. He sido feminista ideológicamente, desde siempre, pero lo intento ser sobre todo en mi trabajo y en mi vida. Quiero decir, que he intentado que el feminismo se me note trabajando y en casa. Quizá he sido menos de evidenciarlo públicamente como hacen ellas ahora.

    -Hay quien te conoce por tus libros. Especialmente, por los que publicaste junto al fotógrafo Francesc Jarque. ¿Cómo surgió la relación?
     
    -Recuerdo visitar una exposición que hizo sobre España, de la que ahora se ven fotos en la del Museu d’Etnologia. La vi y me atrajo mucho. Yo ya había escrito mis libros sobre la España profunda (Supersitición y fe en EspañaCrónicas de la España negra) y pensé, ay, este hombre hace fotos de lo que yo escribo. Era como ver las fotos de aquello que yo estaba haciendo en mis libros, pero, claro, yo iba sin fotógrafo.

    -¿Porque si necesitaba fotos…?
     
    -Las pedía allá donde iba. En todas partes hay buenos fotógrafos. Eso no me paraba porque lo importante, como periodista, era que yo estuviera en el sitio. Luego ya me apañaba yo con las fotos. Pero con Jarque fue distinto, porque vi que él ‘miraba’ lo mismo que yo.

    -En València publicabas sobre temas culturales y folclóricos. ¿Por qué te fuiste a fijar en la España negra de la fe y las supersticiones para aquellos libros?
     
    -Por inquietud. Porque me gustan cosas distintas. Yo había leído que en Galicia había un pueblo en el que, durante unas fiestas, llevaban a los muertos no muertos. A los que estaba previsto que se murieran, pero no se habían muerto. <Y a mí aquello me dio una pista, me atrajo mucho. Ir a descubrir esas tradiciones, en Galicia y en Castilla.

    -¿Cómo te organizabas las expediciones?
     
    -Me apuntaba de puño y letra todas las señas. Las tenía que seguir al dedillo, porque no tenía un móvil que me dijera las cosas a mitad de camino. Y así me pasaba, que España es como es… Una vez, en Galicia, precisamente, a mitad de noche le digo al maquinista del tren que me avise cuando lleguemos a tal pueblo. Y con el tren en marcha me dice que no paran allí, que ese es el nocturno, que va directo a no sé dónde. Total, que me da las señas para bajarme en otro sitio, en mitad de la madrugada, quedarme allí y esperar un tranvía. Y allí me bajé, en mitad de un bosque, sin la menor luz, de madrugada. Oí que venía alguien, un vehículo, y pensé: bueno, si me tiene que matar, que me mate, pero aquí no me puedo quedar. Era el lechero, que va recogiendo la leche por los pueblos porque allí se ordeña en las casas. Muy amable, me llevó a donde quise. He tenido siempre mucha suerte.

    -¿Te sentías segura en estos viajes, como en los muchos que hiciste al interior de la provincia de València?
     
    -Ah, yo sí. Yo siempre he confiado mucho en la gente y la gente me ha respondido. He tenido que confiar para poder hacer mi trabajo. Y siempre me ha ido bien.

    -En Las Provincias, por cierto, Vicent Andrés Estellés era tu redactor jefe.
    -Sí, aunque tampoco tuvimos mucha relación. Pero he de decir que tengo un cuento manuscrito suyo que nunca ha sido editado. A mí me gustaban mucho sus versitos diarios y me atraía su humanidad, su sóc el fill del forner… Me impresionó mucho su entierro y también formó parte de una de mis entradas en la serie ‘Vidas de valencianos ilustres’.

    -Es curioso pensar ahora que Estellés, el poeta, era redactor jefe de Las Provincias. Joan Fuster colaboró durante un tiempo. En tiempos de comunicación viral, es famosa la portada del 9 d’Octubre de 1978 con este diario celebrando a toda página ‘El día del País Valenciano’. Dado que estuviste desde los 60 y hasta la actualidad, ¿qué sucedió para que el periódico cambiase progresivamente su perspectiva? 
    -Fuster no publicó tanto allí. Aquello sería más bien puntual. El cambio no sé porqué sucedió, de eso no tengo ni idea.

    -¿Pero estabas allí?
     
    -A mí, según la época, me hacía escribir Regne de València, País Valenciano, Comunidad Valenciana…

    -¿Cómo recuerdas la llegada de Consuelo Reyna a la dirección?
     
    -Era muy trabajadora, incansable. Muy profesional, excesivamente a veces, supongo. Que El Saler esté como está, aquello de El Saler per al poble, se le debe a ella.

    -Entre todos estos nombres propios, ¿qué periodistas te han influido y por qué? ¿Hay alguno más actual que te guste?
    -Carlos Marzal, Manuel Vicent… Pero en la actualidad hay pocos periodistas a los que se les pueda reconocer por el estilo. No hay estilo. Lo dice Manuel Vicent, que cuando uno escribe y una palabra choca con otra porque se repite en la misma frase, porque genera una cacofonía, cuando un escribe y se da cuenta de esto al instante, es que es un buen escritor. Y ya me doy cuenta yo de que ahora no hay tan buenos escritores en el periodismo. Pero esto ya se pasará, es una cuestión de tiempos.

    -Sí, una cuestión de tiempos es. Antes me contabas que para tu reportaje de ‘Valencianos en Madrid’ te ibas allí a pasar unos días con el entrevistado, entregabas y se publicaba. Y eras redactora en plantilla. Juraría que los tiempos de producción y los recursos eran otros. Es una cuestión de tiempos…
     
    -No, no. No lo creo. Digo que es una cuestión de este tiempo, que está de moda no tener estilo. Que es muy de este tiempo, pero que volverá a haber un tiempo en que el lector exija el estilo, lo busque.

    -Diría que sí hay firmas con estilo, pero me gustaría preguntarte también por los géneros que has trabajado como periodista cultural. Diría que la entrevista es tu género estrella.
     
    -A mí la entrevista siempre me ha gustado en tanto en cuanto me gusta la psicología.

    -¿Y cómo se usa la psicología en una entrevista?
     
    -La psicología ha de servirte para que el personaje, interpretando cómo se comporta o cuándo está dispuesto a hablar, es capaz de hacer emerger su historia. Supongo que en esto también habrá influido que yo nunca he ido a criticar o a demoler a alguien. Nunca he sido agresiva en este sentido porque, sencillamente, no va conmigo ser crítica.

    -Lo has sido en otros ámbitos, como por ejemplo en todos tus trabajos más sociales. Entre otros, reportajes sobre los pueblos y, sobre todo, libros sobre los pueblos del interior de la región: Ademuz, el Valle de Ayora, la Serranía… ¿por qué iniciaste esta cadena de libros sobre las comarcas valencianas del interior?
     
    -Entre otras cosas, porque yo nunca tuve pueblo. De pequeña le decía a mi madre que me llevara al pueblo, porque mis amigas veía que se iban al pueblo. Pero mi madre me llevaba a Las Arenas (ríe). En estos pueblos sí he encontrado mi espíritu crítico. He encontrado una tremenda cantidad de injusticias. Recuerdo, por ejemplo, en el caso del libro sobre el Rincón de Ademuz que el gobernador de turno me llamó y me preguntó si las cosas que contaba en el libro eran ciertas. Le dije que fuera él mismo a comprobarlo y nunca más me volvió a decir nada. Allí sucedían cosas como que la Diputación enviara un dinero para una biblioteca y la biblioteca nunca se hiciera. Y eso casi era lo de menos. Pero de aquellos lugares me apasionaban las personas. Del libro de Ademuz, dijo un periodista, a la señora Arazo le ha gustado mucho el Rincón y un comunista que anda por allí. ¿Cómo no me iba a gustar? Un rebelde interesantísimo, que se había ido a Alemania durante años a hacer dinero para volver y proteger su finca de árboles, para que no los talasen. ¡Fíjate qué historia! Los pueblos están llenos de historias. ¿Cómo no iba a ir allí a buscarlas?

    -También has sido crítica con los más olvidados en la ciudad. Por ejemplo, con la comunidad gitana en torno al Cabanyal.
     
    -Pertenecí incluso a la asociación Pro Gitano. He aprendido mucho de ellos. Ahora recuerdo muy vivamente una chabola que estaba forrada de los envoltorios de los caramelos, de esa platilla. La chabola resplandecía como un espejo y dentro había un niño que recortaba figuritas de animales. Siempre que su madre conseguía un periódico y salía un animal, el chiquillo las recortaba. Le dije a la madre que si alguna vez le había llevado al zoo de Viveros y me contestó que no, porque le daba miedo que si se sentaban en un banco, los que allí estaban se levantaran y se fueran. Fíjate qué historias. Yo he aprendido mucho de todas estas personas.

    -…pero eras una urbanita. ¿Qué aprendiste de todos estos libros por las comarcas de interior valencianas?
     
    -Sentirme cada vez más unida a la gente humilde. Más y más, según han pasado los años. Unida a la gente que sufre, que es engañada, que es olvidada. Ahora se habla de la despoblación, de los olvidados. Pero ahí estaban mis libros hablando del tema en los 70 y 80. Son personas de las que he aprendido mucho.

    -Eres una de las cronistas más conocidas de la ciudad. Sin embargo, desde que empezaste a escribir de València en los 50 hasta ahora, que sigues en activo, la ciudad ha cambiado mucho. ¿Cómo la ves en perspectiva?
     
    -Bueno, la ciudad se ha desbordado un poco. Y lo más importante es que, por desgracia, eso no ha significado que quien la habita la conozca. Es lo más triste. Los valencianos no conocen su ciudad, fíjate qué cosa tan grave culturalmente. A veces me preguntan que si tenemos un museo de etnología. València es desconocida por los valencianos. Y, por si fuera poco, como no se conoce, está dispuesta a mantener sus tópicos, como que hemos vivido de espaldas al mar. ¡Eso es mentira! Desde la prensa del siglo XIX está descrita la importancia de los pabellones, la importancia de la playa para València, de sus poblados marítimos… eso está en mi libro de la València marinera. La ciudad nunca ha estado de espaldas al mar, si no a qué iban a ir allí a sus verbenas, a escuchar a las bandas de música. Ahora que, si que la ciudad está de espaldas al mar se refiere a que no era una aglomeración de gente con la única intención de tomar el sol, entonces sí, hemos vivido de espaldas al mar. Es solo una anécdota que evidencia que los valencianos desconocen su ciudad.

    -¿Y qué te parece su imagen actual?
     
    -Me gusta la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Lo que no me gustó fue el desarrollismo de los 60 en adelante. Todas las ‘nuevas’ edificaciones, claro. Qué horror. Pero me sigue gustando mucho todo el Carmen. Mi rincón favorito es la Plaza de San Luis Beltrán, junto al Almudín. Es deliciosa.

    -Has escrito mucho de su fachada marítima, de sus gentes. ¿Cómo viviste las décadas del plan de extensión de Blasco Ibáñez hasta el mar?
     
    -¡Qué horror! Me ponía enferma solo de pensarlo. Creo que cualquiera con un poco de sensibilidad estaría en contra.

    -Diría que algunos de tus compañeros de redacción y de pandilla periodística no pensaban igual.
     
    -Ah, bueno. Cada cual que piense lo que quiera, pero yo tenía claro que aquello me parecía un horror.

    -¿Quiénes han sido tus compañeros más habituales en el periodismo cultural?
     
    -Pues, sobre todo, me viene a la mente mi amiga Mara Calabuig que yo creo que lo ha hecho todo. Desfiles internacionales y hasta retransmitir la última cremà narrada desde un helicóptero. Pero son muchos, qué se yo. Carlos Sentí, Rafa Marí… En la redacción, muchos otros, como Vicente Lladró, Pablo Salazar, Salvador Barber o Ricardo Triviño, con quien hice el reportaje de la tragedia de les Alfaques (1978) por el que nos premiaron.

    -No mencionas a Jarque, quizá porque la relación es más evidente. ¿Qué trabajos recuerdas con más cariño de aquella dupla tan fértil de periodista-fotógrafo (una treintena de libros conjuntos)?
     
    -Nos lo pasábamos muy bien. Nuestra relación trascendió de lo profesional, porque los dos estábamos separados. Yo me llevaba a sus hijos y aquello ya era una convivencia. Los dos pactamos desde el inicio no interferir en el trabajo del otro, aunque es absurdo pensar que no nos influyéramos con comentarios. Nos lo pasamos muy bien haciendo Gozos valencianos en el altar y la cocina.

    -Has escrito decenas de libros sobre gastronomía, costumbres, folclore, Fallas…
     
    -Aunque parezca que he escrito muchos, en mi cabeza el cálculo funciona de otra forma: he rechazado hacer muchos libros. He viajado mucho más de lo que pueda parecer por mis libros. No he escrito tantos (ríe).

    -Hasta de Fallas, aunque no sé si con una perspectiva muy oficialista.
     
    -A mí de las Fallas lo que me gusta es el modelaje. El taller. Me gusta el proceso, el trabajo, especialmente con la vareta, que hace años que vi cómo se trabajaba. Me gusta la artesanía.

    -A la que le has dedicado libros, como a la cerámica. ¿En esto también los valencianos adolecen de autoestima por desconocimiento?
     
    -Sí, de la artesanía, de la cerámica o de la seda, que ahora parece ponerse en valor. Los productos derivados de la seda en València, la artesanía derivada de la seda, es enorme. Y sucede durante siglos. Es otro gran patrimonio desconocido de la ciudad.

    -La puesta en valor llega a través de uno de los dos grandes proyectos de mecenazgo privado, surgidos de una burguesía ausente hasta la fecha. ¿Por qué salimos tan mal parados en lo referente a este tema en comparación a ciudades como Barcelona, Bilbao, Sevilla e, incluso, Madrid? ¿Por qué nunca ha habido un interés de los capitales por promocionar la cultura o el patrimonio?
    -Bueno, esto ha sido importante. Y lo que voy a decir no es que sea una idea mía, es que está escrito. Creo que está suficientemente documentado. Nosotros no hemos tenido ese refinamiento en la educación desde lo urbano, esa búsqueda de prestigiarse a través de la cultura y mejorar las miras, porque, en realidad, nuestros capitales estaban en el campo. La gente que ha tenido dinero en nuestra región ha estado en el campo. Y en el campo, en la huerta, de la que también he escrito, hay otras necesidades o se piensa distinto. Históricamente, el dinero ha estado o venido de allí. Cuando la economía está fuera de la ciudad, el mecenazgo burgués o ese interés es distinto al de las ciudades que has mencionado, más industriales, más urbanas.

    -¿Es ese el problema de la cultura en València?
     
    -Olvídate, la cultura en València solo ha tenido un problema: su ausencia en la formación escolar. Su desconexión con Educación. En las escuelas se habla de cualquier cosa, menos de la historia de aquí, del patrimonio de aquí, de la cultura de aquí, de la artesanía de aquí. La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema. La gente me pregunta cosas muy básicas. En la calle la gente no sabe qué son las Rocas. No sabe si son fallas, no sabe si le dan miedo ni mucho menos qué representa. Es un ejemplo, un caso. Las ven un día por la calle y no saben a qué santo viene todo eso. Y, sobre todo, el problema de la cultura en València es que la gente no lee.

    -Para finalizar, me gustaría recuperar una sección tuya llamada ‘Tic-Tac’, en la que hacía unas preguntas cortas en busca de una respuesta aún más corta, si podía ser. En este caso, a través de algunos nombres propios. ¿Probamos?
     
    -No me interesa este ‘Tic-Tac’… (ríe).

    -Solo serán unos nombres. Empiezo por José Ombuena.
     
    -Gran humanidad.

    -Ricard Pérez Casado.
     
    -No fue valorado como merecía.

    -Joan Fuster.
     
    -Un político.

    -Mª Consuelo Reyna.
     
    -Una mujer comprometida.

    -Carmen Alborch.
     
    -El atractivo.

    -Ripollés.
     
    -Un loco que aprovechó el momento.

    -Anzo.
     
    -Lo intentó, pero nunca llegó al lugar donde esperaba estar.

    -Carmen Calvo (la pintora, claro).
     -Sigue ascendiendo.

    -Manuel Vicent.
    -Otro valenciano desconocido por los valencianos.

    -Consuelo Ciscar.
     
    -Es complicada.

    -Me ha dicho un confidente que es fan de la coentor valenciana. De ese punto kitsch que acompaña a nuestras tradiciones y momentos de esplendor. Dado su bagaje en estos temas, ¿por qué?
    -(Ríe). Mira, yo recuerdo muy vivamente ir a Lanas Aragón y ver allí a la gente que venía a hacerse un vestido. Un vestido para la xiqueta. Y elegían un modelo de la revista. Muy bien, muy mono. Y, entonces, de repente la madre decía: bueno, pero póngale perlitas. Póngale muchas perlitas por aquí y por allí. El vestido era muy mono, pero había que ponerle perlitas, para aparentar algo, no lo sé. El vestido con perlitas costaba el doble, no tenía sentido, pero en Las Aragón te lo bordaban. En fin, esas cosas… En un viaje a Italia, en el entorno de Nápoles, vi vestidos y cosas muy parecidas, muy similares a las que veía en València. Y, de repente, tiraron una traca. Y me dije, ves, si es que seguimos conectados. Nosotros somos así.

  • El ataque de los ‘medios helicóptero’

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El verano pasado nos fuimos a la playa sabiendo ponerle nombre a los tutores de esos niños amarrados la sombrilla y sin baño después del melón. Las madres y los padres de esas criaturas tienen desde entonces su propia etiqueta: helicóptero. Así les definió Developmental Psychologypadres helicóptero, a partir de los resultados de un estudio realizado por la Universidad de Minnesota. 422 niñas y niños procedentes de distintas razas y estratos económicos fueron analizados a los dos, cinco y diez años. El objetivo era comprobar las consecuencias de un estado de perpetuo control, detectado originalmente entre sus mayores, sin que estos sospecharan qué genera esa actitud. Hasta que llegaron los resultados. Las madres y padres helicóptero, con su mejor voluntad, generan individuos inseguros, frustrados y, en ocasiones, con unos niveles de rebeldía superiores a sus coetáneos más liberados.

    La profesora de historia del cine y colaboradora de Culturplaza, Áurea Ortiz Villeta, nos avisó este sábado de que Netflix limitará al extremo la presencia del tabaco en sus series. La razón viene impuesta por una asociación cuyo nombre lo dice todo: The Truth Initiative. Pese al lugar al que haya viajado su imaginación al leerlo, en realidad, se trata de una organización antitabaco que ha contado el número de cajetillas o cigarrillos que aparecen en series como Orange Is The New Black y las ha cruzado con el número de potenciales víctimas de esta absurda adicción. La plataforma, cómo no, opta por mantener la máquina de los billetes a salvo, acepta la injerencia y suprimirá el gesto cancerígeno “a menos que sea esencial para la visión del artista o porque sea definitoria del personaje”.

    Piénsenlo: ¿quién estaría dispuesto a darse de baja de Netflix por exigir más humo blanco en la pantalla? Por el contrario, ¿hasta dónde puede presionar un grupo que representa a cientos de miles de víctimas, familiares de éstas o daños colaterales derivados del tabaco? Cuando la creación audiovisual abandona su objeto social como arte y se interpreta como el libro de texto de un aula global, sucede que los guiones se escriben a partir de las conclusiones de la OMS. A la ONU ya le debe quedar poco para entrar como script en rodaje. Qué más dará lo que sus creadoras o directores quieran hacer sentir o visualizar, aunque a veces sea a través de actitudes no edificantes. Porque, no lo olviden, el espectador es idiota. Es una especie de Mowgli cotidiano lanzado a la pantalla, sin más bagaje que la newsletter que le avisa de las novedades que redundan en sus gustos. Un buen salvaje del algoritmo.  

    Hace unos días, Núria Cadenes publicaba en ElTemps un texto estupendamente escrito sobre el inquietante (es ironía) escrache (sigo ironizando) de España 2000 en el balcón del Ayuntamiento de València. Seis personas subieron al añadido del edificio para desplegar una pancarta con el mensaje: “Orgullo Hetero – España 2000”. Cadenes se preguntaba desde el titular por qué amplificamos las paridas de la extrema derecha. Lo hace después de que, según me han contado, se debatiera en las tardes de À Punt sobre si el hecho debía haber trascendido o no a los medios. Porque lo relevante, como ella misma deja claro en el texto, es que la performance no generó el menor aspaviento entre los presentes en el lugar. Ni en el balcón, ni en su interior, ni bajo el mismo. Hubo que esperar un rato para que alguien hiciera una foto porque allí nadie decía nada y la indiferencia era la lectura más interesante. Entonces, ¿por qué trascendió?

    Imagino el encogimiento de hombros en muchas redacciones ante el hecho. Por ejemplo, en este diario, esta es la primera pieza al respecto. Eso sí, el acting funcionó a las mil maravillas entre la ciénaga de los magacines matinales, los digitales con el radar puesto en hacer ingresos por volumen de visitas o marketing de afiliados y algunos informativos ávidos de imágenes pixeladas (parecen justificar con cámaras que vibran y puntos de vista amateur el tono documental al que no alcanza su desinversión en el oficio de investigar). Total, que aquello salir, lo que se dice salir, salió, y que, efectivamente, lo que en el balcón provocó menos tensión que el apareamiento de unas moscas, pareció más de lo que era. Un hecho tan random, tan tipo sacar la bandera de España debajo de la bandera de España que cuelga del balcón del ininterrumpidamente, que ya se definió por sí solo hace tres años. Bastaba ver entonces el lenguaje corporal durante la protesta. Y eso que la foto la subieron ellos mismos, que era la mejor de que disponían.

    El mar de fondo es otro. Nademos en su búsqueda: ¿informar o no informar? ¿Mostrar o no mostrar? El valor diferencial, a mi parecer, pasa por suponer que todo el público es imbécil. Por ejemplo, supongamos que todo el mundo al ver la imagen citada no tiene el menor contexto sobre España 2000. Desconoce cualquier mínimo rastro de su actividad. Tampoco tiene internet, para tratar de entender el asunto si verdaderamente le medio inquieta. Tampoco hay nadie que le rodee que le sitúe el hecho en algún tipo de situación. No hay bagaje histórico sobre lo sucedido en este u otro caso. Todos son E.T. y acaban de aterrizar en la Tierra en busca de abrazos. También suponemos que todo el mundo es imbécil a la hora de redactar una noticia. Que se olvida de situar el hecho, a España 2000, al ambiente que rodea el suceso con la celebración del Día del Orgullo en València… Nada de nada. Que quien escribe ya ve la foto recortada para que no salga la bandera de España del Ayuntamiento y hace como si nada, que la Policía le confirma que han tenido que esperar a la sombra a que se aburrieran de estar allí… Nada. Total, que como quien ha de contar lo sucedido es una ameba,  ¿por qué le damos canchita al asunto? 

    Existe una tendencia totalizante que pasa por situar a los medios de comunicación, del cine a la prensa diaria, del magacín de turno a la tertulia de Supervivientes, como garantes de una sociedad perfecta. Cabe preguntarse cómo se construye una sociedad perfecta cuando, desde que nos conocemos, la convivencia es sinónimo de conflicto. Pero vale. Los medios resulta que no han venido a mostrar para generar una percepción crítica, sino a enseñarnos el camino. A cada minuto, con más responsabilidad moral y autoconsciencia de su poder que el Dalai Lama en Twitter. ¿Para qué hubiera servido no informar de la acción de España 2000? Pues, sobre todo, para crear un problema donde no lo había. Para regalar el argumento del adoctrinamiento y poder asegurar que, por ejemplo, À Punt, si así hubiera sido, ha silenciado el hecho. Porque a menudo mostrar no es exactamente amplificar, sino poner en evidencia qué sucede, quién nos rodea, por marginal que sea. Porque supongo que, a estas alturas, no iremos a cuestionar el impacto de las minorías en los medios. Minorías que, a veces, beneficiadas por la misma alquimia de lo ocasional son agraciadas –y hay que alegrarse– por la rutina productiva de los medios. Que el medio escogido sea más o menos responsable con esta cadena de montaje es lo que nos lleva –o no– a escoger nuestras lecturas, a discriminar en positivo nuestro tiempo. Criterio, porque, pese a Netflix o Amazon Prime Video, las audiencias no son generalizables ni imbéciles.

    Doy por seguro que ya queda menos para que en Netflix no aparezcan plásticos no compostables en pantalla. Aunque sea la segunda parte del El gran Lebowski y suceda en los 90, los botes de Pepsi serán cartones 100% reciclables y así, al menos, no habrá gente recaudando dinero para boicotear la pizarra global que borró a Apu de Los Simpson. Doy por seguro que ya queda menos para que toda la comida sea vegana, por una cuestión ética para con los animales, y haya actores negros con diversidad funcional entre los equipos de rescate de Fukushima, la serie a lo Chernóbil que producirá algún día HBO. La presión para que los medios sobreprotejan a las audiencias es más fuerte que la interpretación libre de cualquier autora. Cuenta más la enseñanza del momento que el arte, porque el arte necesita sus aristas para llevar al receptor a lugares oscuros, a malos hábitos, a confiar en que podemos ver cosas, sentirlas, de la manera en que sucede en la calle y no de la manera entre algodones que es servida –con todo el sentido– en un aula de Primaria. Doy por seguro que acabaremos perdiendo esa batalla y que lo otro, lo de expresarse desde los márgenes, seguirá como casi siempre, siendo una cosa rara y para unos pocos.

    Las madres y padres helicóptero, con su mejor voluntad, generan individuos inseguros, frustrados y, en ocasiones, con unos niveles de rebeldía superiores a sus coetáneos más liberados. Los medios helicóptero, con su mejor voluntad por no ofender a nadie, nos suponen imbéciles ante el mundo que nos rodea. Es mucho más edificante evidenciar qué significa la acción de España 2000 en el balcón del Ayuntamiento que negar el hecho. Mostrar no es promulgar, porque la propaganda es más compleja que todo eso. No es tan simple y no funciona en exclusiva en favor de los mensajes creados para el impacto emocional. No dar la oportunidad al relato tiene mucho de desconfiar en quien nos rodea. Y en València no hay tantos motivos para la desconfianza, sino para el criterio. Ahí están los resultados en las municipales de España 2000. Y eso que todavía no se han homologado los ataques de los ‘medios helicóptero’ en la ciudad.

    El segundo punto del Artículo 20 de la Constitución Española dice que este derecho fundamental «no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa». La censura no es únicamente la interjección deliberada de un poder para influir sobre la realidad, sino la capacidad de ‘pasar por alto’ un suceso para no amplificar su existencia. Por buenas que sean las intenciones, no.

  • Dóciles, desiguales e intolerantes

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Cada generación creer ser la sociedad más compleja que haya existido nunca. Está en su derecho, diría yo. A una distancia de años luz con respecto a la de sus madres, por no hablar de la de sus abuelos. Que es muy difícil todo. Qué difíciles las relaciones, qué difícil lo de los estudios, lo de conseguir curro, lo de ¿comprarse? Una casa… Lo pensaron nuestros padres, pero nunca se lo dijeron a nuestras abuelas. La comunicación era distinta, diría yo. Sin embargo, hay evidencias incontestables de que esta última hornada de malcriados (o sea, nosotros) está llamada a colapsar por desigualdad con los anteriores. Y, cómo no, son evidencias económicas. El humanismo que nos queda ya solo existe entre la sábanas y en la última de nuestras condescendientes resistencias: la lectura.

    Hemos vivido una infancia plácida. Los felices 90, que así los llaman los filósofos de nuestro tiempo: los economistas. Nos otorgaron una placidez suprema. Quizá excesiva. En las tardes de programación infantil de cada una de las televisiones autonómicas, pese a la violencia que tanto preocupaba con Bola de Drac, la verdad es que vivimos con sublime liviandad. La Nocilla no era cancerígena porque aún corríamos por la calle. Todavía quedaba algún descampao donde jugar a la pelota sin que una señal del ayuntamiento lo prohibiese y nuestros adultos veían las consolas con distancia y aburrimiento. Imitarles no era pasar el fin de semana encerrados entre Netflix, Twitter o salir a comprar cosas compulsivamente. Éramos felices y estábamos sanos. Quizá porque nadie quiso martirizarnos al concluir que es salón donde podíamos jugar con las manos durante tantas horas sería la única propiedad de nuestras vidas.

    El pasado año un estudio reveló que la renta neta mediana de los millenials es de 3.000 euros frente a los 63.400 de nuestros hermanos mayores (la Generación X). En las mismas variables de edad y tiempo, sin distorsiones de precio o momento vital incorporadas. Somos el país más desigual de la Unión Europea por ingresos (o sea, vital) gracias a que Grecia no abandonó el club. Hay 2.000 municipios en España con más jubilados que trabajadores (ojo que la la Comunidad Valenciana tiene 532 pueblos). Hay una resistencia atroz e insolidaria al relevo generacional en las empresas. Hay una empatía sindical por esa resistencia convertida en un muro para la afiliación a sus causas de menores de 35 años. Hay jubilados muy preocupados porque con su exangüe pensión no pueden alimentar a los familiares que les preceden, pero la urgencia de la cesta de la compra aisla un debate plural sobre el fondo de estas desigualdades.

    En esta campaña electoral nos toca escuchar defensas apasionadas sobre la maternidad. Nos hablan de protección de la vida, de conciliación laboral y de hacer lo imposible –que en que es imposible, coincidimos todos– para que en 2033, a la vuelta de la esquina, no tengamos una población con un tercio de jubilados. Jubilados, por cierto, a 30 o 40 años de fallecer, de lo cual nos alegramos. En esta campaña electoral eterna la creación de unidades de producción (anteriormente conocidas como niños o niñas) no habla ni dios de tumbar la Reforma Laboral de 2012. Y resulta que si no tenemos hijos no es por la presión derivada de soportar una desigualdad extrema entre salarios, capacidad de gasto, ahorro y ausencia de vivienda en propiedad. ¿Pero quién quisiera hablar de la Reforma Laboral de 2012 pudiendo distraer los minutos de telediario con el aborto o la eutanasia?

    Nos creen intolerantes. Ajenos a casi todo. Incapaces de salir a la calle. Tienen razón en muchas cosas. Los jóvenes movilizamos muy mal el voto. Hemos asumido el espíritu del malcriado y pasamos largos equinoccios sin saber si este tablero de juego es nuestro o nos lo han prestado. Es normal. Es normal cuando convivimos con unidades de producción del Antiguo Régimen. Unidades de producción que rinden a un ritmo inferior, pero sostienen un estatus económico (propiedades + salarios) gracias a nuestra docilidad. Entonces descreemos. No debe ser nuestro mundo este. Debe ser otro. Y en cada finca, un problema. Por ejemplo, en las Américas, donde las protecciones sociales no llegaron con nuestro legendario expolio civilizante, los millenials homónimos se hipotecan hasta los 50 por un título universitario. Si tienes en tu casa un título universitario y me estás leyendo, párate un momento y piensa cómo te sentirías a los 50 habiéndote reducido a la nada por ‘eso’.

    Colapsaremos. Hemos de ir aceptándolo. Somos buenísimos riéndonos de nosotros mismos, así que lo aceptaremos. Hay un mundo que se agota y no es el nuestro, pero cuando se agote, ya no estaremos. No serviremos. Un mundo que nos ha enseñado todo, pero sobre todo a descreernos y a ser intolerantes. Colapsaremos. Será por haber sustituido al aprendiz por el becario. Será por esas madres y padres a las que les pareció bien que sus hijos no cobrasen durante 6 meses o dos años, sin saber que estaban arruinando desde la sobreprotección lo mucho que quedaba por ganar en espacios comunes. Y vendrán tiempos fuertes. No queda nada para que una masa de personas mayores nos juzgue por no blindar los recortes en Sanidad frente a los de la Educación. La Educación pública seguirá serrándose lentamente los tobillos. Ya nos hicieron tomar estas decisiones con la Cultura y no nos hemos recuperado.

    O somos o nos han hecho intolerantes a nosotros mismos. La última vez que atisbé que fuera algo remediable era 16 o 17 de mayo de 2011. O entonces ya era demasiado tarde o éramos demasiado pocos como para remediar lo que somos.

  • Risto Mejide: «A Podemos no le hace falta una cara para contar su mensaje»

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Risto Mejide ha venido a Valencia a hablar de su franquicia. Aunque considera la ciudad como su «segunda casa», donde viven algunos de sus familiares y a la que viene a menudo, el presentador, escritor y publicista se encuentra rodeado de una burbuja de visitantes del Salón Internacional de la Franquicia. La -aparentemente- irresistible posibilidad de hacerse una foto con la estrella televisiva permite que la marca Drops&You, la franquicia de perfumerías de la que es socio, manche muros de Facebook, scrolls de Instagram y demás redes sociales. Incontables impactos a su favor.

    Este es su último proyecto empresarial y, de nuevo, lo hace de la mano de Marc Ros.  en el que se embarca junto a Marc Ros, su socio en la agencia Aftershare.tv y con el que comparte proyectos desde 2007. Son casi las dos de la tarde y la batería de entrevistas fugaces va tocando a su fin. Ha presentado su propio perfume para la marca: «fresco, agreste, amaderado, floral y con un toque de Musk». La presentación ha congregado al grueso de asistentes en Feria Valencia y se muestra satisfecho con el feedback de los interesados en Drops&You. Aprovechamos para realizarle algunas cuestiones en torno a comunicación, empresa y poder político:

    -Hace tan solo unos años proponías como un ejemplo a seguir por parte de los empresarios a Marcos de Quinto, en relación a cómo un responsable de una gran compañía (presidente de Coca Cola España) podía comportarse en las redes sociales. Luego llegó el ERE de su empresa y de Quinto abandonó -argumentándolo- Twitter. ¿Estamos todavía decidiendo si ese es un espacio para los ejecutivos?
    -Cada uno decide cómo se viste y Twitter no es un traje para cualquier empresario. Jamás le he dicho a ninguno de ellos que deba estar, pero si quiere estar, si va con su carácter, adelante. Por otro lado, hay que entender que Twitter es una jaula de grillos y tienes que aceptar que vas a leer cosas que no te van a gustar.

    -En tu libro No busques trabajo (Editorial Gestión 2000) se habla de personal branding. ¿Las empresas han de aceptar que, desde ya, se componen de marcas personales?
    -Le doy la vuelta a la que propones: si no tienes una marca personal, en cuestión de años no te va a querer contratar nadie.

    -La construcción de una marca personal supone, inevitablemente, escoger ideas y defenderlas públciamente. ¿Se acepta que vas a granjearte unos cuantos enemigos sí o sí?
    -Sí. Yo puedo hablar de mi caso, que es el que más conozco. A mí, personalmente, me gusta meterme en líos incluso cuando no salgo bien parado. En la tele lo demuestro: no siempre salgo bien y a veces me dan collejas que me dejan bailando. 

    -¿Entiendes que haya empresas con recelo a que las marcas personales de sus empleados sean más musculadas que las suyas propias?
    -No. Las empresas con las que trabajo quieren incluir la mayor cantidad de talento y marcas personales interesantes. En el caso de los medios de comunicación, especialmente: buenas firmas y para tener una marca global más poderosa.

    -En otro ámbito de poder, recientemente se publicaba una encuesta en la Comunitat Valenciana que aseguraba que el candidato con mayor intención de voto para ser president de la Generalitat era «el candidato de Podemos». ¿Tiene sentido que la persona que acumula mayor intención de voto no tenga cara, no tenga un equipo claro ni unas ideas concretas para esta región?
    -Sí. Podemos sí tiene un mensaje y eso es lo que se transmite, y no hace falta una cara para contarlo. El 15-M tampoco tenía una cara y fue mucha gente la que comulgó con el movimiento. Los personalismos en política son peligrosos. Otro asunto es cuando se ponen o se pongan a construir una realidad, pero de momento Podemos acierta en decir lo que la gente espera escuchar. Lo hace fetén.

    -Es un escenario completamente distinto en la política.
    -Los partidos que las diferentes encuestas muestran que están en auge son los que nunca han gobernado: Podemos, Ciutadans en Cataluña, UPyD… Lo que sucede es que en gran medida se genera un voto de castigo contra los que sí han gobernado. 

  • El Gran Wyoming: «La era digital ha matado al famoso»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Casi nadie conoce a José Miguel Monzón Navarro, pero casi toda España reconocería a El Gran Wyoming. A sus 58 años lleva treinta en la cara pública de la vida, especialmente en televisión aunque también ha sido actor de cine, escritor y columnista. Bueno, y médico licenciado, aunque solo ejerció durante el servicio militar.

    Sin embargo, su mundo de cara a la galería tuvo como punto de partida el grupo de música Paracelso. Junto al ya fallecido Maestro Reverendo (Ángel Muñoz Alonso) y otros amigos, se inició en una inquietud que todavía mantiene viva y le ha acompañado -a diferencia de otras- a lo largo de toda su vida.

    Actualmente vive una nueva juventud televisiva, en la que ha sido líder de audiencia y ‘producto fracaso’ a lo largo de las últimas décadas. Con uno de los mejores equipos de guionistas de la TDT, el de ‘El Intermedio’, Wyoming ha alcanzado un auténtico récord para laSexta sin tener en cuenta los acontecimientos deportivos: 13,7%, con un pico de 3.756.000 espectadores. El programa satírico y combativo ya ha conseguido superar unas cuantas ocasiones a ‘El Hormiguero‘, líder durante los últimos años del Access-time (los programas que se emiten entre las 21:30 y las 22:30h).

    El próximo sábado 22 de febrero actuará de nuevo en Valencia. Será en el Loco Club junto a sus  fieles Insolventes, en un concierto repleto de versiones de rock and roll, desde Chuck Berry a Siniestro Total, desde The Who hasta los Ramones, desde Leño hasta Jet. El concierto sirve de percha para acercarnos a sus visión del actual escenario, más allá del musical, en el que reparte opiniones sobre televisión, cine, música y, cómo no, política.

    EL ESCENARIO, EN RUINAS

    «Vivimos bajo un régimen enemigo de la cultura. No aceptan que sea un derecho; ahora es un artículo de lujo. Y no es solo por la política cultural. Los libros de texto de los escolares han pasado de tener un 4 a un 21 por ciento de IVA y esa también es una forma de azotar la cultura. En concreto, es de una crueldad infinita. Pero aquí no pasa nada porque los señores que toman esas decisiones, a los que votan los que ‘no olvidan de dónde venimos’, llevan a sus hijos a un colegio en Suiza, con clases de equitación y esquí por la tarde. Y mientras las partidas a la educación privada están intactas».  

    «Hace unos pocos años no podía imaginar que salieran despedidos como si nada los directores de La Vanguardia, El Mundo y El País en menos de dos meses. Esto tiene mucho que ver con que los diarios pasaran a formar parte de grandes corporaciones, hace años. El tiempo del periodismo ligado a una ideología ha pasado. Antes se compraba el ABC porque uno sabía que era el periódico del señor Luca de Tena, y sabía lo que eso conllevaba. El último que tuvo un concepto editorial e ideológico ligado a una cabecera fue Diario 16, creo, con Tomás de Sala: reunir a unos pocos pero potentes accionistas y funcionar con independencia. La independencia en el periodismo ya no es posible. La prensa pertenece a esas grandes corporaciones en las que el periódico en sí supone una cifra insignificante del negocio total. Y el entramado más grande que existe es el del grupo Prisa, donde El País ocupa un rinconcito».

    «El partido que gana unas elecciones no tiene mucho que ver con el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Si descuentas la abstención [28,54% en la Comunitat en 2011] y lo que suma el sistema electoral ventajista para los grandes partidos, al final resulta que los que gobiernan y con mayoría son votados por una minoría. Aun así, lo más importante es entender por qué la gente vota. Manuel Fraga ya lo dijo: «nunca tenemos que olvidar de dónde venimos» y estos señores van a votarse pase lo que pase, hagan lo que hagan. Y hay una parte del pueblo que recuerda de dónde viene y prefiere votar a su ladrón, porque, al menos, es suyo».

    LA ESTIGMATIZACIÓN DEL CINE ESPAÑOL

    «Si me han alegrado los Goya que ha recibido David Trueba [amigo de Wyoming y compañero de aventuras en televisión con El peor programa de la semana] es porque soy partidario de que los buenos al final estén representados. Me gusta cuando veo el palmarés y veo a todos: Almodóvar, Uribe, Amenábar, Fernando Trueba… y que ahora ya está David. Además me gusta mucho que hayan premiado a David porque es una película pequeña, luminosa y optimista. Es un cine que me gusta mucho y que creo que no suele salir bien parado en este tipo de reconocimientos. Lo único que no me gusta y que me parece que es inevitable es lo de que una película se lleve muchos premios. Pero esto funciona así, si a una académico le gusta la película, pues le gusta en su conjunto y la premia a ‘Mejor dirección de la producción’. ‘Oiga, ¿estuvo usted allí para ver cómo se organizaban?’».

    «El cine todavía está pagando el ‘No a la guerra’ porque quien manda a la hora de cambiar ese concepto son los medios de comunicación. Creo que debemos ser el único país en el mundo que ha orquestado una campaña contr un entorno profesional, para criminalizar a unos actores. A algunos se les olvida que también somos ciudadanos y que salimos a la calle. Y es muy grave, porque hay radios muy importantes que estas semanas han seguido criminalizándonos. Hablo de emisoras importantes, no me refiero al friki de Federico Jiménez-Losantos, que nos llama terroristas proetarras. Yo me he quejado mucho en el sindicato de actores sobre esto, porque tenemos una serie de abogados allí que no sé para qué están… No quiero que me criminalicen gratuita e injustamente por ejercer libremente una profesión. En fin, que, hablando de este tema, me acuerdo de los versos de Machado: «Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una«.

    EL VALOR DE LA MOVIDA

    «La Movida, artísticamente, era muy naif. Estaba protagonizada por gente joven que no sabía mucho de nada. Tanto es así que la mayoría de los discos de los grupos de la movida los grababan músicos profesionales y no los que aparecían en la portada. Pero aquello coincidía con el verdadero fin de la dictadura, que fue no fue precisamente en 1975. A mí me han pegado una paliza por llevar el pelo largo, así que sé de lo que hablo. De policías dándonos porrazos en 1979 por no hacer bien la cola, según ellos, para ver a Frank Zappa en el Pabellón Deportivo del Real Madrid. Y de repente se pasa a una sensación de libertad en muy poco tiempo que se manifiesta a través de lo estético. Hay gente ‘de color’, con la cara pintada, homosexuales en la calle, gente que sale de golpe a expresarse porque vivía amordazada, crestas, más color… antes el color solo llegaba a las ciudades con las fiestas del pueblo».

    «Entiendo que el impacto estético y musical de La Movida haya perdurado. Durante los 60 y 70 se hizo en Estados Unidos y Reino Unido la música que se ha escuchado durante los siguientes 40 años. Aquí sucedió algo más o menos parecido, pero en mucho menos tiempo. Hay que reconocer que la política de Madrid de finales de los 80 fue muy importante. Fue importante que ‘se dejara hacer’, porque si no se deja hacer es imposible. El criterio ideológico progresista de Enrique Tierno Galván fue clave. Era un hombre mayor, pero especialmente tolerante, y al final lo de ‘a colocarse y al loro’ tenía mucha más relevancia de lo que podía parecer».

    EL GRAN WYOMING EN LA ERA DIGITAL

    «Con las nuevas tecnologías he tenido alguna experiencia inesperada. Son estas cosas que me pasan a mí por ser conocido. Un día iba a tocar con los Insolventes a Alcalá de Henares y mientras estamos haciendo la prueba de sonido viene una gente del sindicato y me dice: ‘vente a ver si nos puedes dar un saludo, que tenemos una concentración montada en la plaza de al lado. Ha venido gente de toda la provincia, funcionarios…’ no sé qué. Total que dejo la prueba de sonido a mitad, me dan una camiseta y me subo, y según me subo a saludar empiezan a aplaudir, que es lo peor que se le puede hacer a un artista. Entonces me pongo a hablar… al rato el vídeo se esta viendo en Australia».

    «El tema de la petición de fotos por la calle, en los bares, lo llevo mal. Es una tortura insoportable. Tanto que creo quela era digital ha matado al famoso. Le ha condenado a vivir recluido. A mí me afecta menos porque soy muy del bar, pero tengo bastantes amigos que no quieren salir a la calle. Salir a tomar una cerveza es insufrible. Y luego la gente no entiende el rechazo. Alguna vez, después de hacerme 200 fotos en una sola noche llega alguien, te la pide, le dices que no y te monta un pollo. Se acerca y te dice: «Wyoming, eres cojonudo. ¡Viva ‘El Intermedio’!, hazte una foto conmigo». Se la niegas y te pone de vuelta y media. Ahora se hace contigo una foto el fan y el que te odia, aunque sea para decirle a sus amigos ‘mira que foto me he hecho con este gilipollas’».

    «Estoy en Internet desde que se pagaba por minuto. Me parece un avance que ha cambiado el mundo y reconozco que he escrito un libro en tres meses cuando antes me hubiera costado un año. Pero sin embargo con Internet hay una gran mentira que me preocupa y es que la gente cree que tiene el conocimiento porque está accesible, y por este motivo no se preocupa por adquirirlo. Es igual que aquel que se compraba una enciclopedia antes y creía que ya tenía el conocimiento sin abrirla nunca. Pues mire, no funciona así».

    «Me he hecho cuenta en todas las redes sociales y de todas me he salido porque creo que el nombre lo tienen muy bien puesto: redes, no te puedes escapar. Para un famosillo como yo meterse en Twitter es muy rentable desde el punto de vista económico, pero no voy a estar en esas redes sociales porque tengo 58 años y eso quiere decir que tengo unas urgencias importantes: tengo mucho que leer, tengo mucho que estudiar y a esto otro no me va a dar tiempo. Si tuviera otra oficio, pues a lo mejor me animaba, pero ya he elegido».

    EL RENACIMIENTO DE WYOMING EN LA TELEVISIÓN

    «‘El Intermedio’ es un caso peculiar porque sus seguidores son casi militantes. Doblamos la audiencia de la cadena, por lo que supongo que retirar el programa [los rumores se suceden] parece un tanto absurdo. Pero nosotros no hemos recibido ningún comentario en ningún sentido desde que laSexta fue absorbida por Atresmedia. Tampoco en positivo, porque el programa lo produce Globomedia así que nosotros somos como una isla dentro del grupo. Cada día ves el dato de audiencia y piensas: «todo va bien».

    «A Telemadrid dudo que le pase lo mismo que a Canal 9 porque tienen allí trabajando a todos los amigos de los que mandan. Han despedido a trabajadores, pero ni a un directivo. Digo yo, ¿cómo puede tener la misma necesidad de gestión una empresa que ahora tiene a menos personal y hace menos? Era una agencia de recolocación. Cuando Zapatero gano las elecciones, los que salieron de RTVE fueron a parar allí. Yo tengo verdadero orgullo de haber trabajdo en Telemadrid. El late night que hacía era líder de audiencia. Teníamos un 12% de share, gana Esperanza Aguirre, pasan dos años y la cadena pasa a tener el 4%. La gente no es tonta».

    «Durante dos años tuvimos el mejor informativo del mundo en el ente estatal, dirigido por Fran Llorente, según el premio internacional más prestigioso que se le da a este asunto (TV News Award). Profesionales de todo el mundo nos colocaron por delante de BBC, CBS y todas las demás. ¡Los primeros del mundo! Un año después de que entre el Gobierno de Rajoy la Unión Europea nos llama la atención por la manipulación en los informativos, en el ente, equiparándonos a países como Rumanía, Bulgaria y Ucrania. Claro que para aquellos dos años de excelencia se montó antes un consejo de sabios, con gente de fuera de España y de aquí que sabe mucho del tema. Que la gente no se engañe, se invirtieron recursos para conseguir ese producto de calidad que merecía la pena y ahora lo hemos perdido de la noche a la mañana. Noam Chomsky tiene un estudio muy interesante en el que analiza el número de sucesos en un informativo con la libertad de un estado: en las dictaduras los sucesos ocupan una gran parte del informativo, si hay libertad los sucesos tienen una participación insignificante.

    «A las cadenas privadas les exijo mucho más de lo que hacen con sus informativos, porque así lo exige el pliego: son concesiones públicas con algunas exigencias que, en gran medida, da la sensación de que se sortean a la torera».

    «Una cosa es ser feliz en la vida y otra un inconsciente. Hay que dejar de llamar contradicciones a lo que son mentiras y estafas. Lo que también tengo claro es que hay que evitar que toda esta gente y sus decisiones nos amarguen. No aspiro a vivir en un modelo de sociedad rodeado de inconscientes. Pero también es cierto que hay gente a la que la lucha constante le hace muy feliz. Por ejemplo, hay gente que es muy feliz yéndose al tercer mundo a trabajar. Nosotros en ‘El Intermedio’ nos metemos todos los días un trago ‘de cojones’ sobre noticias desagradables, pero me hace feliz hacerlo. Luego trato de desconectar con mi mecanismo de evasión, que es el rock and roll.

    LA MÚSICA Y UNA VISTA SOBRE VALENCIA

    «Es una suerte seguir viviendo como lo hacia a los 20 años. Lo digo especialmente pensando en la música, porque ni entonces ni este sábado en Valencia me planteo llenar el Madison Square Garden. Antes de salir al escenario no es que sienta nervios ni miedo, sino el placer de enfrentarme a un momento de sumo placer, en el que sabes que te lo vas a pasar de puta madre. Por eso nunca me pesan los viajes, porque el concierto es la meta y hay un mecanismo automático en el cuerpo que te hace entender que todo es parte de un proceso, con un fin. Claro que también ayuda que somos un grupo de amigos y que estamos deseando que llegue el día de concierto para salir a la carretera».

    «Nosotros somos un grupo de bar, exactamente lo que se encuentra un inglés o un australiano cualquier día por la noche en su ciudad. Lo que pasa es que en este caso contamos con el factor reclamo de la fama, lo que yo aporto al asunto. En este caso va a ver al artista de cerca, que es algo que aquí gusta no sé si mucho o demasiado».

    «Como dijo Billy Wilder, la bondad no te retrata. La normalidad no es noticia en un medio de comunicación, por eso es posible que cuando aparece Valencia en nuestro programa lo haga por algo que es una anomalía. Seguir la información de España día a día es un trago duro al que nos sometemos diariamente; a veces es insoportable. Pero es obvio que Valencia es mucho más que eso. Siempre que vengo tengo la sensación de estar rodeado de vitalidad. Es una ciudad con una vidilla espectacular y que se enfrenta al fin de semana con mucho aguante. ¡Pero si llegaron a ser una referencia mundial con la ruta del bakalao!, y esto de la marcha nocturna casa mucho conmigo, porque soy un hombre de bares. Eso sí, vengo notando que la crisis atenúa últimamente este tipo de comportamientos. También pasa en Madrid».