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  • 20 años de ‘Flying Free’: la historia tras el himno mákina que trascendió a la música popular

    Publicado originalmente en GQ

    “Desde 1992 hay un club que está haciendo historia. 7 años después, en 1999, sigue pegando… ¡Pont Aeri!”. No pocos makineros siguen balbuceando imprecisos la primera de las cuatro frases (cuatro, exactamente) que componen la letra de ‘Flying Free’. Qué importa. Con los ojos cerrados, el vello se eriza mientras recorren cada una de sus palabras.

    La cantadita suena igual de nostálgica que el primer día, con ese deje tan orgánico que dejan algunas notas ligeramente desafinadas, hija de un tiempo anterior a la dictadura del autotuneLa voz de Marian Dacal se mimetiza mucho tiempo después con la del sujeto que abre los ojos desgañitándose, pero lo que ve hoy ya no es una sala llena cuerpos que brillan bajo el potente neón. Es la boda de su sobrina, es la discomóvil de las fiestas del pueblo, es la verbena de San Juan. ‘Flying Free’ cumple 20 años convertida en un himno de la música popular española. La herencia única del movimiento mákina al imaginario colectivo. La crónica de un éxito. Del éxito de una empresa familiar, la de los Escudero. Esta es su historia.

    La letra de ‘Flying Free’ se debate entre la autobiografía y la cuña radiofónica. Dice así (canten conmigo): “When the stars begin to shine, it’s the time to feel the melody, the sensations you will find, in the dj’s factory / Just let your mind be free, dj’s technology, sound, flash and energy, in the dj’s factory. Flying free, feel the ecstasy, it’s a place to be, dj’s factory”. Dicho de otra manera: «Cuando llega la noche, es el momento de sentir la melodía. Libera tu mente. Sonidos, luces y energía. Vuela libre, siente el éxtasis, es el lugar en el que estar: la fábrica de dj’s».

    Esa fábrica de dj’s era Pont Aeri, empresa del padre de los hermanos Marc y Xavier Escudero. Conocidos como Dj Skudero y Xavi Metralla, junto a Pastis & y Buenri, los responsables del sonido de la sala, pero también de su producción discográfica. La canción, la primera que incluía letra, formó parte de su cuarto maxi single. ¿Sabías que el sampler vocal que dice ‘Abracadabra’ al inicio del tema pertenece ‘Open sesame’ de Leika K. (1992)?

    Marc Escudero: “Los dos primeros volúmenes los publicó Max Music. Eran temas instrumentales con la producción de Julio Posadas. Más tarde, empecé a trabajar con Bit Music y nos cambiamos al sello. Para el cuarto maxi pensamos en variar la fórmula. Sin dejar de hacer mákina, queríamos incluir una melodía y una voz que abrieran aquella música a más público. Un tema de mákina se producía a 160 bpm y el ‘Flying‘ está a 158 bpm».

    «A partir de ahí, encontrar la voz fue fácil porque Marian Dacal ya había grabado algunos éxitos en Barcelona y queríamos que lo hiciera ella. La cara A contenía el tema que todo el mundo conoce, obra de Rubén Moreno (Dj Ruboy) y mía. La cara B era un instrumental de mi hermano, Xavi Metralla. Salió en mayo de 1999 y no funcionó. Habíamos descartado que tuviera mayor impacto del que vimos en los primeros meses, pero después del verano… algo sucedió”, concluye Escudero.

    Un éxito inmortal

    Lo cierto es que todos los implicados habían apostado por la versión cantada por Marian Dacal. La cara A era la única oportunidad de que los dj’s, con decenas de novedades a la semana (solo en el mercado español) le dieran una oportunidad. “De repente, en octubre empezamos a notar que la canción se pinchaba. Pero en noviembre el número de pedidos del maxi nos desbordó. Aquello era un pepino y no sabíamos por qué había empezado a demandarse tanto, de repente. Y cayó en gracia en el momento adecuado: en noviembre todo el mundo quería la canción para sus recopilatorios de Navidad. Todos. El ‘Todo éxitos’, el ‘Blanco y Negro Mix’, el recopilatorio de Contraseña Records, el de Max Musix y hasta el de Chasis”.

    Marc Escudero recuerda que, pese a la fuerte rivalidad entre las discotecas de Manresa (Pont Aeri) y Mataró (Chasis), “la relación discográfica era muy cordial. La incluyeron en su recopilatorio y aquellas Navidades del 2000 ‘Flying Free’ ya era imparable”.

    Pastis, Buenri, Metralla y Dj Skudero iniciaron a lo largo de los años 2000 y 2001 una gira de bolos que parecía no acabar nunca. Pese a que las noches de sábado solían suceder en Manresa, viernes y domingos era el momento idóneo para que la marca Pont Aeri se esparciera por discotecas de toda la cornisa mediterránea. Tarragona, Castellón, Valencia, Alicante, Benidorm, Murcia, Almería…

    El éxito era tan masivo que Televisión Española les llevó a actuar en directo. Pont Aeri había trascendido, una década más tarde, el ámbito de su discoteca y los hermanos Escudero iniciaron la venta de merchandising: camisetas, mecheros, sudaderas, pegatinas, gafas de sol… “Montamos una empresa en torno a la venta de estos productos. Durante meses, había una cantidad de envíos enorme a todos los rincones de España. Con mayor o menor intensidad, la venta duró años”.

    Marc Escudero pone en valor el bagaje previo de la marca Pont Aeri. “Para cuando ‘Flying Free’ petó, nosotros llevábamos haciéndolo bien durante una década. Fue un salto hacia delante enorme, pero cuando el éxito trascendió a la discoteca, todo lo que había detrás, la identidad, el estilo, el trabajo con la marca y con las fiestas, estaba ya muy depurado. Mi sensación es que la gente que, de repente y desde fuera, se asomó a lo que era Pont Aeri, encontró mucha coherencia, un mensaje muy claro y definido. Pero sí, sin duda, ‘Flying Free’ nos cambió y nos abrió una cantidad de puertas que desde luego no habíamos imaginado”.

    Hoy en día es difícil de encajar el contexto, pero por aquel entonces la influencia de las radios locales era enorme. La capilaridad de esta red de emisoras, casi siempre sin licencia y muchas de ellas dedicadas íntegramente a la electrónica, propagaron rápidamente el mensaje de la canción. “No sé cómo impactaría hoy ‘Flying Free’, pero por aquel entonces contó con todos los recopilatorios y con todas las emisoras de FM haciéndola sonar. La gran pregunta ahora para nosotros es, ahora que todo es tan diferente, ahora que los programas de radio funcionan de otra manera y que se consume la música de otra manera, ¿cómo es posible que ‘Flying Free’ suene más que nunca?”.

    Los hermanos Escudero son hoy los propietarios de la marca Pont Aeri al 50%, tras la jubilación de su padre y socio. Recuerdan para GQ España vivir unos años de gran éxito comercial sin abandonar su insistencia en la música que les movía: la mákina. Hasta el cierre de Pont Aeri por parte del Ayuntamiento de Manresa y pese a la segunda etapa de la discoteca en otra ciudad, la demanda de los dj’s de Pont Aeri como invitados por toda España no ha languidecido en 20 años. Muy al contrario, en este momento la marca, ellos y los otros dos dj’s emblema, Pastis & Buenri, han iniciado una aventura este 2019. Con promotora y productora propias, impulsaron el Barcelona Remember Festival, con más de 30 artistas. Su agenda para el verano es muy apretada y el proyecto “está llamado a ir a más”.

    Lo que Dj Ruboy, Dj Skudero o Xavi Metralla no pudieron vislumbrar en 1999 era la cantidad de remixes y variaciones del tema generados. Una vuelta por YouTube nos transporta a todo tipo de versiones acústicas, folclóricas y hasta rockeras.

    El último hito se produjo en 2018, con la fiesta programada por FlaixFM en el Liceu de Barcelona. El coliseo operístico unió a dj’s e intérpretes para acolchar los himnos de una época en éxtasis con el empaque de una orquesta. ‘Flying Free’, como en cualquier celebración a lo largo del año, bodas, bautizos, comuniones y fiestas de guardar, supuso uno de los momentos más celebrados. Larga vida a Pont Aeri.

  • Juan Santamaría y la modernidad irrenunciable

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    El pasado jueves falleció Juan Santamaría (Castellar, 1949) en el más injusto anonimato. Transcurridos varios días, solo Joan Oleaque ha dado cuenta de su marcha. El mismo periodista que le situó al frente de la revolución bailada valenciana (En éxtasisrecordaba que «cambió la historia de las discotecas valencianas y españolas al abrir la puerta a los sonidos bailables contemporáneos más de vanguardia. Lo hizo antes que nadie al inspirar la música de baile conocida como bacalao. Es decir, el compendio entre rock, pop, sonidos siniestros y música electrónica primigenia que arrasó Valencia de manera masiva en los 80, haciéndolo luego con España. Con ello, transformó el concepto de discoteca alejando las pistas de baile de la obligatoriedad de lo chabacano, que era lo usual. Nada que ver, por tanto, con lo que se conocería más tarde como mákina, que era una derivación reduccionista y estridente de lo que esto significó».

    El silencio mediático e institucional evidencia una de las realidades más tristes de nuestra sociedad pasada y actual: avanzado el siglo XXI, España sigue siendo incapaz de comprender cómo la música, el baile y la evasión a través de sus fórmulas constituyen un hecho cultural de primer orden. Reprimidos en pensamientos pacatos, mientras que Jeff Mills posee la distinción Oficial de las Artes y de las Letras Francesas o Laurent Garnier es Caballero de la Legión de Honor de esa misma república, Santamaría ha fallecido sin el menor reconocimiento. Ni siquiera el de un obituario en la prensa local, plagada de obituarios de extranjeros intrascendentes. Los tres citados eran dj’s. Los tres estuvieron de manera inverosímil en cada paso de puerta del clubbing en distintos lugares. Influyeron, instruyeron y crearon un modo de vida ambicioso desde el hedonismo. Sus nombres hoy resplandecen de manera desigual debido al lugar (y quizá el tiempo) en que nacieron, pero sus méritos son comparables.

    En Berlín los clubes de techno emplean a 9.000 personas, atraen a 3 millones de visitantes y estos gastan 1.480 millones de euros cada año. Están públicamente reconocidos como «expresión cultural» y tienen un espacio propio en la web del Ayuntamiento. El Gobierno local invirtió un millón de euros recientemente en las mejoras de insonorización de unos espacios –oscuros, intensos, liberadores– que, lejos de estar perseguidos, conforman uno de los principales atractivos humanos de la capital germana. Aquí, sin que nadie lo buscase, algunas discotecas durante los 70 y 80 generaron un tejido creativo en el que se fundaron las ideas de algunos de los diseñadores, modistos, actores y músicas más internacionales, pero también de maquilladoras de Almodóvar, coreógrafos, escenógrafas y hasta de una ministra de Cultura. Sin embargo, nunca nadie ha sabido hilvanar el relato desde las instituciones para premiar la profunda huella de aquel tiempo. Un activo humano que se diluye mientras condecoramos a deportistas multimillonarios.

    La vida de una cantidad de población impensable cambió gracias a las discotecas de este movimiento al que nos referimos, ¿pero hubiera sucedido sin Santamaría? Más allá de la siniestralidad, que ni perteneció en exclusiva a València ni se puede desligar de que el uso del casco o el cinturón no eran obligatorios, lo cierto es que esas personas se toparon con la modernidad a través de la música, el baile y las artes performativas. Una modernidad a la que no estaban llamados, pobladores del área metropolitana y rural de València, de vidas rutilantes y fines de semana desbordados gracias a las nuevas libertades adquiridas. Con Spotify en la mano es difícil comprender hoy cómo alguien, un joven como Santamaría, pinchaba discos inaccesibles para casi nadie en España durante seis días a la semana en Oggi. Lo que le había visto hacer a ingleses, pied noirs y americanos en Granada, Ibiza, Benidorm y Sitges, aquellas fiestas sin música lenta, a cualquier hora, donde la gente podía dormir o comer, se empezó a trasladar a València… casi por accidente.

    No fue el primer dj, pero fue el pionero. Cuando se sacó el carné de ‘montador de discos’ en Alicante, en torno a 1972, había unas 60 personas en la prueba (una sala de cine vacía con dos platos Lenco, una mes de tres canales y 20 vinilos). El régimen franquista pretendía expedir carnés a aquellos tipos de pelo largo. Regularlos de alguna forma, ya que el desarrollismo turístico exigía que se contentara musicalmente a los guiris de la Costa Blanca. Para entonces, Santamaría llevaba años devorando revistas como Melody Maker, NME o Sounds, lograba cintas piratas con las sesiones de radio de su admirado John Peel y, en definitiva, volaba a un nivel muy superior al de sus compañeros de oficio. No todos habían sido camareros y dj’s –trabajos hasta entonces indistinguibles– en las ciudades citadas, pero también en Ámsterdam o Glasgow. Ambicioso vitalista, supo que su valía pasaba por viajar a Londres constantemente para importar él mismo los discos que El Corte Inglés o los almacenes Viuda de Miguel Roca nunca traerían.

    En el aeropuerto repartía los vinilos entre el pasaje. La aduana solo permitía pasar cinco de aquellos plásticos y la gente, siempre me contó, era como él: muy amable. Se gastaba el sueldo en hacer de mula por aquella mercancía a la que ningún reportaje televisivo de los 90 le aplicó el relato del traficante. Poco después pincharía aquella colección incontenible durante seis días a la semana en Oggi («el séptimo también me pasaba, pero solo hasta la cena»). Quizá fue la anglofilia la que le llevó a enamorarse de Linda, quien se trasladaría junto a él a España y que también ‘dispuso’ a una hermana (cuñada de Juan, claro) que se convirtió en el enlace más habitual durante un buen tiempo con las últimas novedades: Santamaría pedía y la cuñada hacía de vendedora por catálogo. Ese rol se profesionalizaría años más tarde con trabajadores propios de sus tiendas de discos viviendo en Londres. Como les cuento.

    Por aquel trajín de compras acabaría siendo conocido en varios almacenes de discos en la capital de la Gran Bretaña. Cuando hoy vea a algún moderno pasearse por València con una tote bag de Rough Trade, recuerde que en ese establecimiento conocían a Juan Santamaría por su nombre. En Rough Trade, entre otras localizaciones, teníamos previsto rodar el cortometraje documental sobre su vida como dj. Una película ideada mano a mano, cuyo único impedimento hasta hace un par de meses se situaban en los límites de su extrema y admirable humildad. La humildad de un hombre que estuvo en todos y cada uno de los momentos trascendentales del camino hacia la modernidad en València a través de la música… a saber:

    Acabaría con las rumbas e impulsaría seis días de sesión con música inglesa y nuevo rock americano en Oggi, a partir de 1978; antes de que Carlos Simó lanzara Barraca y la convirtiera en ‘la Reina’ por méritos propios, Santamaría pasó unas sesiones allí (él ya pinchó en Barraca); más tarde, sería el dj elegido para idear y fundar el frustrado proyecto de Chocolate Cream (a la postre, la oscurísima Chocolate); hizo lo propio con Metrópolis y el empresariado estuvo al mismo nivel de profesionalidad que en el proyecto anterior; fundó la primera tienda especializada y enfocada a los dj’s de España (Zic Zac, junto a los hermanos Miguel y Toño Jiménez); desde aquel mostrador, impulsó el término bacalao para referirse a la llegada o posesión de mercancía fresca para los clubes. Música de cadencias bailables, pero a base rock o pop, nunca techno o mákina; Santamaría se encargó de dirigir la producción del primer remix de una canción del pop española: ‘Semilla Negra‘, de Radio Futura (Miguel Jiménez era su mánager. Otro episodio a rastrear en Londres); por nombrar solo una más de sus citas con esta historia, representó a Chimo Bayo en la Feria de la Música de Cannes de 1993 (el Midem). 

    ¿Y qué más? En el libro ¡Bacalao!, de Luis Costa, tuvimos la primera ocasión en décadas de escuchar a través de la palabra escrita cómo un hecho tras otro parecía suceder exactamente a su alrededor.  En un almuerzo con Juan la retahíla de momentos clave aumentaba hasta la inverosimilitud. Él mismo se encargaría enseguida de quitarle el valor que tuvo, porque nada de lo que hizo fue en busca de ningún reconocimiento. Al fin y al cabo, todo lo que él esperaba de la música era disfrutarla y transmitir a través de ella un desbordamiento personal. Lograr que las personas ‘se fueran’ mentalmente hasta lugares ajenos a su realidad, mucho antes de que la primera rula campara por la Ruta. Evasión, hedonismo y espacio compartido. 

    En su día a día, durante los últimos años, sus objetivos parecían también otros, como la apasionada crianza de su nieto. Pero también la música a través de internet. Hace apenas unas semanas le escuchaba una sonriente arenga contra de las playlist de Spotify. En su diaria búsqueda de nuevo material musical –no olviden que tenía 70 años–, me decía: «después de haber superado a la radiofórmula, ahora resulta que la dictadura es mucho mejor: playlist de Spotify. Patrocinadas o teledirigidas. O influenciadas por lo que ya escuchas. ¿Pero puede haber algo peor? El underground está en Soundcloud. Se escucha igual o mejor y das con canciones por las que te preguntas, ¿pero qué hace esta esta tipa subiendo aquí sus canciones sin que nadie la conozca?». Sus palabras no serían exactamente estas, pero hoy las recuerdo así. Fue de lo penúltimo que conversamos. Luego sobre algunos problemas que arrastraba desde enero y algo sobre una operación a la que enseguida quitó importancia. 

    Juan Santamaría fue dj, promotor musical, manager, socio y propietario de tiendas de discos, pero no solo eso. Durante años pensó que nunca regresaría a València. El mundo era fascinante y sucedía, casi en su totalidad, ahí fuera. Pensó que viviría en Londres, seguramente, donde cada noche sonaba la mejor música en directo y estaban sin duda las mejores tiendas de discos. Pero para cuando estuvo convencido, le pagaban demasiado haciendo los veranos como dj en Cap3000 (Benidorm; véase la foto superior). Estaban demasiado bien pagados. Por aquí sabían que nadie dispondría de igual forma aquello que era lo último fuera. Juan era el enlace soñado y de Benidorm a València solo había un paso. Llegó cuando empezaron a interesarse de verdad en la idea de club y a entender que el dj era el eje de lo que sucedía en la sala. Hoy son las estrellas del rock y así lo concebía Juan hace más de 40 años, pero hasta su llegada aquí casi todos eran camareros con cierta personalidad a la hora de hablar por el micro. Santamaría iba mucho más allá. Dio cuanto tenía e influenció a los dj’s que llegarían justo detrás de él. Es imposible encontrar entre todos ellos, entre los de los 80 y los 90, a ninguno que no recuerda a Juan como una buena persona. Un hombre bueno y humilde, agraciado por un don: la búsqueda irrenunciable y constante de la modernidad. Pese a la vida y sus complicaciones. Pese a los malos compañeros de viaje. Fue moderno por él primero, pero también por todos sus compañeros. Fue moderno porque le dio la gana, pero fue moderno por todos nosotros. Más de lo que lo seremos. 

    La modernidad en València fue irrenunciable gracias a Juan Santamaría. Hasta la fecha y pese a muchos, València a veces es moderna y sin que haga falta que nadie se lo reconozca, es gracias a Juan Santamaría.

  • Oggi, 1978: 40 años de la discoteca y el momento que desencadenó la Ruta

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En la búsqueda de una historia para la Ruta, hay dos tendencias marcadas a la hora de fechar el movimiento. La primera disocia lo ocurrido a partir de 1990 de lo anterior. Otra, en la que abundan los dos trabajos bibliográficos de referencia (En Éxtasis, de Joan M. Oleaque, y ¡Bacalao!, de Luis Costa), entiende que el fenómeno no se puede comprender sin sus etapas anteriores. De alguna forma, estos dos libros y la hemeroteca también reunida en la serie documental València Destroy: la historia no contada de la Ruta del Bakalo contemplan que no existe un hito determinante para separar uno y otro mundo, sino que es la evolución –degeneración por masificación– la que tuerce el relato. Una torcedura de facturación millonaria, pero de consecuencias todavía latentes en la marca València, las leyes de seguridad ciudadana del Estado y el clubbing en España.

    Esa historia construida en la distancia tiene su prehistoria y, como sucede con todo relato coral, encuentra sus reliquias en muy distintos sitios. Casi todos ellos, en la capital, aunque lo mejor del movimiento sucediera algo más tarde a 35 kilómetros al Sur (Barraca y Chocolate) o en su poco reivindicada versión al Norte: Espiral. En esa prehistoria, se habla de locales que eran clausurados por la policía por razones tan peregrinas como no tener sillas en las que sentarse. Nuevas realidades «indecorosas» como las de Capsa 13, o locales en los que un nuevo público no sabía ‘si iba o venía’ a ojos del control policial del Régimen: Studio, Christopher Lee (todavía abierto), Crack… 

    Sin embargo, el rasgo sociológico que parece marcar la diferencia se encuentra en una ruptura generacional: los usuarios de aquellos locales ya no querían oír a más cançó. De algún modo, sus inminentes protagonistas daban por hecho el cambio. Querían romper con el pasado y con ‘el rollo’ de sus hermanos mayores. Querían dar rienda suelta a un hedonismo no premeditado, pero que necesitaba explorar con fruición las nuevas libertades adquiridas. Les decían que eran libres y no sentían ninguna hipoteca con el pasado más inmediato como para evitar divertirse influidos por todo lo que supiera a modernidad exterior. Por eso, para encontrar la reliquia, habría que buscar un club no anterior a 1976. De manera fortuita, como casi todo en este relato, bastó con esperar unos meses, hasta 1977, para que la vida de un trotamundos se cruzara con la ansiada modernidad valenciana.

    El advenimiento del dj

    Juan Santamaría frisaba los 30 años cuando dio con sus huesos en Oggi, el club apócrifo en el origen de la Ruta situado en la calle Maestro Gozalbo número 20, en València. Para entonces ya había vivido varias vidas, casi todas ellas relacionadas con la música y lejos de su Castellar natal. Logró convencer a sus padres para hacer el Bachiller en casa de una familia conocida en Poitiers, Francia, y nada más volver siguió con su búsqueda de oxígeno exterior. Empezó por evadirse a través del turismo al trabajar en Granada, Ibiza y Sitges. Especialmente en Ibiza, en los chalés de los hippies americanos, fue consciente de cómo la música pinchada no tenía porqué ser un hecho exclusivo del club. Descubrió que todo el mundo entraba y «bebía, dormía, comía y seguía» allí durante horas. No había control de acceso y no había VIPS ni clases (uno de los hechos cruciales de la Ruta, dinamitado en los 90 en su sentido más contrario). Lo mejor no sucedía siempre de noche, sino al amanecer o durante el día. Y el eje de todo aquello era la música, más bien blanca, aunque de eso hablaremos más tarde.

    Antes de Oggi

    Antes de que Santamaría llegase a Oggi, en València, el concepto del dj ya se había extendido por España. Con especial arraigo en todas las zonas de costa, aceleradas por el desarrollismo y por la sana contaminación de los turistas extranjeros que las iban poblando, la figura del pinchadiscos se iba asentando mientras el dj de Castellar seguía su periplo de experiencias por Europa. Trabajó limpiando en Àmsterdam y hasta estuvo casado en Escocia, donde pinchó en un pub, como en Londres. Su camino parecía tener mucho que ver con permanecer lejos de un origen que tampoco le llamaba la atención en aquel momento, pese a los aires de cambio. Pero cada vez que volvía acababa pasando algunas semanas o meses al frente de las cabinas del momento en València. Entre otras, en San Francisco, que mucho más tarde sería Spook Factory, y donde ya aplicó muy inicialmente la idea de importar fiestas con locales de la ciudad y marcas de moda. Por primera vez, allí ya se enfrentó al funky totalizador de la época.

    Más acusado sería su paso por Cap 3000, la mitificable discocoteca de Benidorm que tenía entre sus relaciones públicas a Tony Leblanc o José Legrá (más tarde, Ku Benidorm). Bandas extranjeras y estrellas pop españolas actuaban en aquel local donde el pop británico y el rock americano eran dispuestos por Santamaría. Y aunque este trataba de regresar una y otra vez a Londres, en aquel momento ya separado de su primera mujer y conectado a Linda, su todavía actual pareja, en Cap 3000 siempre le convencían para pasar la temporada de verano. El dj valenciano, que más tarde sería productor y hasta manager, empezó a considerar la opción de trabajar en su tierra. Le pagaban generosamente porque, de alguna manera, la modernidad que él importaba por su relación con el exterior, era imposible de rastrear entre el material humano autóctono.

    Después de Oggi

    En 1977, de manera fortuita una vez más, llegó a Oggi. Linda todavía estaba en Londres terminando sus estudios, pero como insiste Santamaría, le pagaban demasiado en València y algo más que eso: «me ofrecieron ser un dj fijo en un club. Eso me llamaba mucho la atención y quería vivirlo«. Durante algo más de tres años, su calendario laboral pasó a ser de seis días a la semana («y el séptimo, que descansaba, también me pasaba por allí»). Linda se convirtió en el cordón umbilical de esa modernidad con los envíos cada semana de material de importación. El dj de este club situado en el Ensanche de València llevaba años suscrito a Melody Maker, NME Sounds. Escuchaba con asiduidad los programas del periodista –y también dj– John Peel: «me gustaba muchísimo porque pinchaba sin distinción de estilos, siempre que aquello que pusiera fuera diferente a lo que habíamos oído hasta entonces». 

    Santamaría, influidísimo por Londres y por Peel, llegó a Oggi con cierto halo de estrella. Pero los comienzos no fueron fáciles: «recuerdo a ‘el tirantes’, un tío un poco fachoso del lugar; uno más. Un día al empezar, estaba pinchando, y, como otros, me silbaba. Bajé la música y le pregunté que si me estaba silbando porque le gustaba la canción o porque quería protestar. Nos hicimos muy amigos luego, pero yo les decía: ¿has escuchado esta canción? ¿A que no? Pues déjate llevar. Escúchala. Luego te la vuelvo a poner, a ver si te gusta más». Insistió en importar música que aparentemente no se podía bailar, y así sonaba Fleetwood Mac, Jimi Hendrix y hasta Tangerine Dream, aunque hacer una selección es arbitrario por la eclecticidad que aportaba en aquel momento.

    Oggi atrajo a cierta cantidad de público por un par de hechos tecnológicos del momento: tenía un láser primigenio –toda una sensación de modernidad en la València setentera– y contaba con una pista giratoria (cuentan que cuando se atrancaba, provocaba caídas en masa). La pastilla que giraba se mantuvo durante las siguientes denominaciones y propiedades de Oggi, pero no en activo. Nou Café Concert (NCC) y Un Sur fueron los locales que le sucedieron, donde actuaron infinidad de grupos. Entre otros hitos de la música en directo que ahora no viene al caso, en aquella sala para unas 400 personas (que doblaba aforo ante la ausencia de normas y la mayor ausencia del rigor policial de la época) se grabó el primer directo de Seguridad Social: ‘En desconcierto‘. 

    Pero antes de ver pasar por la zona pija de València a directos como Parálisis Permanente, Oggi fue el club seminal para la Ruta por algunos motivos distinguidos: 

    1. Rompió con la música negra. El funky lo invadía todo, con una segunda línea de interés comercial por lo que llegaba desde el pop lánguido italiano. A Santamaría esto le interesaba nada y salvo alguna canción del ‘padre’, James Brown, su influencia británica le hacía estar muy próximo a la ‘música blanca’. Música de cadencias bailables y síncopas, pero interpretada habitualmente por blancos.

    2. Alimentó por igual a las muy diferentes tribus urbanas, sin distinción de clase o procedencia. Otro rasgo de calado en el origen de la Ruta y que hizo convivir a mods, rockers, punks y, enseguida, nuevos románticos. Santamaría disponía eclecticidad e irreverencia, pero sobre todo era consciente de su oficio (se sacó el carné de «montador de discos», nomenclatura del Régimen para el dj, en 1972, en un cine de Alicante).

    3. Las sesiones eran interminables. Horas y horas que, cabe recordar, todavía se veían interrumpidas por el lento. Esa institución heteropatriarcal se rompería definitivamente con Carlos Simó en Barraca, pero como admiten tanto Santamaría como Simó, de alguna manera aquello empezó en Oggi. Santamaría aprovechaba la exigencia empresarial del lento para poner a Beatles o al ya citado Jimi Hendrix (‘Hey Joy’).

    4. Oggi se convirtió de manera también apócrifa en la primera casa de importación de música. Los viajes constantes de Santamaría a Londres –para ver a Linda– o de Linda para estar con Juan, servían desde hacía tiempo para ‘traficar’ con música independiente británica de importación. «Solo se podían pasar cinco vinilos por cada pasajero, así que antes de que llegara el avión me ponía a repartir bolsitas. La gente era muy amable y te los pasaba. Luego salía el primero y los recogía. Me preguntaban que dónde pinchaba y algunos hasta venían a verme». La importación siguió incluso con Linda ya en València, basada en las recomendaciones de Peel y las revistas favoritas de Santamaría, con la hermana de Linda como remitente constante de lo último de la nueva ola británica.

    5.  Por este motivo, como sucedería en los ya citados templos fundacionales (Barraca, Chocolate y Espiral), la discoteca se convierte en la biblioteca pagana del pueblo. Una biblioteca hedonista, porque musicalmente ha roto con las implicaciones políticas. Pero allí se dispone una música nueva y moderna, de manera constante, que de ninguna manera nadie se puede permitir en casa. El dj, en gran medida, después de haber dejado de ser un camarero venido a más o un gestor de sala, adquiere con Santamaría en València ese papel como chamán de la noche.

    6. De la noche y de las noches, una tras otra (imagínense ahora), lo cual genera una clientela constante y creciente. En Oggi, oficialmente hasta las tres de la mañana. No sin conflictos vecinales, siete días a la semana. Conflictos muy distintos a la tranquila situación que muestra ahora el local y el entorno. La confluencia de tribus urbanas y las nuevas libertades vivían esa convulsión entre la anomia y el disfrute. Santamaría pasaba allí una noche tras otra, lo que también le permitió experimentar y tener horas de vuelo.

    7.De manera incipiente, los hay que ya otorgan un papel crucial a los relaciones públicas de la sala. En gran medida, sus propios trabajadores y el mismo Santamaría que sabía que relacionarse con diurnidad y otros ritmos revertía en la noche. Pese a situarse en un barrio acomodado de la ciudad, Santamaría logra a través de la música y de su actitud que el club no sea elitista. Es algo que acabaría importante en su paso efímero pero influyente por Barraca, Chocolate Cream y Metrópolis.

    8. Aunque no acabó del todo con el lento –que si extinguiría Simó en Barraca (Simó acudiría a la sala a escuchar la música de Santamaría durante horas)–, si acabó con ‘las rumbas’ («y con la música de Los 40 Principales», añadiría él). La otra institución oficial de las discotecas en España incluía un rato de ‘rumbas’ con el que Santamaría no transigía. Aun pareciendo un gesto menor, sirvió para redondear la idea de una sesión continua.

    9. Santamaría, bien remunerado, trabajó de manera independiente. Siempre con la sensación de que estaba de paso y que seguiría hacia otro lugar. Aunque más tarde el local cogería mucho carácter con los conciertos, con Santamaría parecía que el dj era más que suficiente como para llenar la sala y tener todo un discurso. Esa idea de club arraigado a un dj con tanto nombre en València también fue seminal.

    10. Aunque llegó en 1977, Santamaría vivió un inicio hostil derivado de las expectativas y de una falta de entendimiento inicial con el público. No fue hasta 1978 cuando su idea de club y un estilo marcado, muy distinto a todas las demás discotecas de la ciudad, se asentó y explotó. Y ya no hubo quien lo descabalgara del interés de aquellos días, donde los Alaska, Miguel Bosé o Francis Montesinos, entre tantos, pasaban asiduamente por allí.

    El inicio de otras historias

    A Santamaría le convencieron para dar el salto a una gran discoteca de nueva construcción: Chocolate Cream. Asentada en un antiguo secadero de arroz, en Sueca, pretendía albergar aún más modernidad en un espacio grande y junto a una zona turística como la que se comprende entre El Perelló y el Mareny Blau. Tenía forma de tarta gigante de chocolate, pero como tantos proyectos se quedó a medias (convirtiendo en una especie de Haloween eterno que capitalizaría ‘El Gitano’). Él aguantó unos meses en los que convivió –a 200 metros de distancia– con la relevante llegada de Simó a la cabina de Barraca. Unos meses de sincronía donde, según Santamaría, sus discos también viajaban a Barraca para que Carlos pinchara algunas novedades durante las primeras horas de la sesión. Santamaría estará en todos los pasos de puerta del fenómeno: le pondrá el nombre al Bacalao (con C), participará como productor en Londres del primer remix de una canción pop española (‘Semilla Negra’, de Radio Futura), antes habrá abierto con los hermanos Jiménez la tienda de discos para dj’s ‘Zic Zac’ y hasta acompañará a Chimo Bayo a la feria de la música de Cannes (Mimed) en 1993. 

    Oggi por su parte se reconvertiría hacia la música en directo, aunque sin abandonar la idea de club. Nunca llegó a tener un dj que aplicara en tan poco tiempo tantas novedades y que ejerciera de icono como para atraer a los interesados en la música, más allá de todo el acting social y relacional que gira en torno a cualquier discoteca. Santamaría, entre sus muchas aportaciones, llegó a lograr que los hombres bailaran con algo que no fuese funky. Y lo hizo antes de que drogas de cierto calado hicieran su tímida aparición, solo a través de los platos importados una semana tras otra desde Inglaterra. Oleaque, el periodista gracias al cual su existencia está anidada al relato, está convencido que sin Oggi la historia hubiera sido muy distinta (y quizá hubiera llegado, como casi cualquier otra cosa después, tan tarde como a cualquier otra ciudad de España).

  • Dj’s, cantantes y valencianas: pasado, presente y futuro de una historia silenciada

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Son distintas y únicas, pero se dedican profesionalmente a la música electrónica. En una ciudad que fue cuna del clubbing para España, su relato sigue en segundo plano. Hablamos sobre su momento en la industria y nos relatan la discriminación por género que han vivido y siguen viviendo en discotecas y grandes festivales

    Este jueves, 21 de junio, se celebra el Día Internacional de la Música y entre todas las compositoras e intérpretes valencianas destaca la invisibilidad que siempre ha acompañado a aquellas que trabajan en torno a la electrónica. Es curioso que, en una ciudad que durante mucho tiempo se ha dado golpes en el pecho por su movimiento de clubbing (con razón, por ser el más importante a finales de los 80 y principios de los 90), las mujeres pioneras tras los platos y las vocalistas de todas esas canciones capaces de sonar millones de veces en las discotecas apenas son reconocibles para el público general. Mujeres capaces de mover a masas con su trabajo en el estudio o la cabina, pero que tampoco se encuentran entre la fotografía habitual de los carteles de grandes festivales de electrónica. ¿Por qué?

    El pasado 9 de marzo, como parte de la celebración del Día Internacional de la Mujer pero sin ocupar su fecha reivindicativa (el 8 de marzo), la Federación de Ocio, Turismo, Juego, Actividades Recreativas e Industrias Afines de la Comunitat (FOTUR), ProDJ y el Ayuntamiento de València organizaron el Dia de la Dona Festival. Un evento en el que actuaron sin interrupción las que han sido y son las principales representantes valencianas dentro de un mundo dominado por hombres. Desde las vocalistas Josephine Sweett, Lara Taylor, Rebeca Moss y Sandra Polop, a las dj’s Tanya Bayo, Agata Angel, Alicia DC, Charo Campillos, Marien Baker, Miss Rose y Mónica X. Entre ellas, mujeres de primer nivel tras los platos o en ese anónimo entorno de las vocalistas para temas de música de baile. Varias de ellas, con tres décadas de trayectoria.

    Los organizadores del festival las reunieron este miércoles en el Centre de Turisme de la Agència Valenciana de Turisme en València para confirmar que en 2019 volverá a celebrarse el Dia de la Dona FestivalCultur Plaza aprovecha el encuentro distendido para hablar con cada una de ellas de sus proyectos, pero también de la brecha de género que existe en torno a la música electrónica.

    Charo Campillos, la dj pionera

    Charo Campillos es, seguramente, la primera dj de música electrónica española. Y es valenciana. Con poco más de 50 años, inició su andadura por los clubes (incluso antes de alcanzar la mayoría de edad). Su relación con la música se acrecentó cuando pasó a trabajar en Disco Estudio, un despacho de discos de importación que sirvió de catalizador de la modernidad europea a través de los beats a mediados de los 80. «Es una suerte que fuera una de las primeras dj’s… por no decir la primera. En 1984 vendía muchos discos y apenas tenía 18 años. Una vez fui a un local en Puerto de Sagunto que se llamaba Bogart. El dj no llegaba, no llegaba… y el dueño de la sala me dijo, <<venga, Charo, pon unos discos>>. En aquel momento ya sentí algo por dentro que me llamó demasiado».

    «QUE PINCHASE TAMBIÉN FUE CULPA DE CHIMO QUE, MUCHO ANTES QUE NADIE, ME DIJO <<TÚ VAS A SER DJ>>»

    Campillos es coautora de la letra de la que, a buen seguro, es la canción más vendida y escuchada de las compuestas en València para la pista de baile: ‘Así me gusta a mí‘. El single del verano de 1991 junto a Chimo Bayo también delata la gran relación que mantenían y mantienen. «Que pinchase también fue culpa de Chimo que, mucho antes que nadie, me dijo <<tú vas a ser dj>>». Sin embargo, Campillos se resta importancia pese a que durante muchos años –finales de los 80, principios de los 90– era la única. «El público me miraba raro. Era como si dijeran, pero ésta qué hace. Además pinchar con platos siempre ha sido y es un show. Pinché funky, guitarras, house y makina. Pasé por todo, pero el estilo que me define y que más he trabajado ha sido el dance».

    Campillos mantiene un buen humor desbordante desde entonces y hasta ahora: «voy a dar una primicia: soy camarera. Lo digo con orgullo, porque en realidad, después de más de 15 años como locutora (1992-2011, en Más Radio) tuve que reinventarme a partir de la crisis. Y sé que es ese trato con el público el que me hace feliz. Como dj y como camarera profesional ahora». Admite que le impresionó mucho ver por primera vez a una dj mujer. No era otra que Alaska: «tenia 14 años y no solo logré colarme en la discoteca, sino que llegué hasta el camerino para que me explicara cómo podía hacerme su pelo. Me dijo qué laca usaba y cómo hacerlo. A todos los niveles, siempre ha sido un poco referente para mí».

    No promociona la nostalgia de la Ruta, aunque admite que le «encantaría que volviera. No por otra cosa que vaya más allá de lo bien que me lo pasé. De lo mucho que bailé». Pese a todo, Campillos solo tuvo una residencia estable entre 1999 y 2001. Fue en la discoteca Fontana, antigua Chivago River. Ahora se siente un poco «la mamá» de muchas de las jóvenes dj’s. De Tanya Bayo lo fue en un sentido casi literal por la relación no interrumpida con sus padres: «además de ser insultantemente joven, va a sacar un pelotazo esta misma semana».

    Mónica X, la dj más internacional

    Mónica X es la dj más internacional que ha tenido València. Y, seguramente, de las más internacionales que ha dado España. A mediados de los 90 estaba pinchando para la Fura dels Baus en uno de sus espectáculos más grandilocuentes, en Berlín. Sus colaboraciones y sus viajes recorren medio mundo y, pese a la agenda imposible de aeropuertos y destinos, fue durante años residente en discotecas como Wonder (Lleida), Technopolis (la antigua Space de Madrid), Sonic (Madrid), Ocho (Barcelona) y Play (Hernani). 

    «HAY DUEÑOS DE CLUBS Y PROMOTORES QUE INTENTA ‘SACAR SEXO’ A CAMBIO DE QUE ACTÚES»

    Desde su posición dentro del mercado es explícita a la hora de denunciar el trato denigrante a la mujer dentro de su profesión: «hay dueños de clubs y promotores que intenta ‘sacar sexo’ a cambio de que actúes. Esto sigue pasando. A mí, de hecho, me parece cada vez más habitual. Es así de explícito. Si quieres bolo, tal. En España pasa, que ya es grave, pero pasa sobre todo en países musulmanes o en India porque es como tratan a las mujeres. Como objetos. Yo quizá lo puedo decir, pero una chica más joven sé que no se atreve a contarlo. Y es habitual que lo hagan. En parte, esto se ha contagiado de la ola de dj’s mujeres que pinchaban en topless, que no eran ni dj’s, que venían de Rusia y ha generado una especie de cultura de la trata en muchos países que sigue establecida».

    Habla así de claro y afirma que hay una brecha de género que se suma a otras: «luego, todos los que empiezan, a día de hoy tienen que trabajar gratis para tener presencia porque las oportunidades son las mismas o menos y el número de dj’s es inabarcable. Igualmente, hay que cobrar siempre porque la discoteca está haciendo un negocio y tú tu trabajo». Celebra que el número de dj’s valencianas haya crecido tanto «y a nivel mundial somos muchísimas. Entonces, ¿por qué no hay más mujeres en carteles de festival? Bueno. No tiene sentido». 

    En los últimos tiempos, además de haber sacado un disco del que llegará videoclip en cuestión de semanas, ha pinchado especialmente en clubs de Argelia y Orán. Su actividad sigue estando mucho más fuera de València que en casa. Su versatilidad y ser reclamada como dj de remember también le genera una agenda constante. El peso de los recopilatorios Women Dj’s que impulsó con el cambio de milenio el programa Crónicas Marcianas de Telecinco sigue pesando en positivo en su marca.

    Tanya Bayo, el legado más actual

    Tanya Bayo publica este 21 de junio un single con el que reformula una carrera incipiente en la electrónica. Pone en valor el trabajo de su padre en torno a la música, pero pisa fuerte en busca de una carrera propia que empezó hace tiempo, a sus 21 años, y que ha pasado del house más inicial a su relación actual con la música urbana. Combinando tanto español como inglés en sus letras, su nueva canción «reivindica precisamente a la mujer para decir que nosotras también mandamos. Es algo que yo no he dudado nunca y soy consciente del poder que tengo como mujer y como persona». 

    «SOY CONSCIENTE DEL PODER QUE TENGO COMO MUJER Y COMO PERSONA»

    La mezcla de estilos por los que ha ido transitando la convierten en poseedora de un sello propio, aunque todo aquello que se viene denominado urbano va cogiendo peso en Tanya Bayo. También en sus sesiones. «La no presencia de mujeres en festivales, como norma general, es poco entendible. No como una reivindicación de género, por reivindicar a la mujer, sino porque hay mucho talento, mucha variedad y mucha profesionalidad. Creo que los festivales deberían demostrar más dinamismo al respecto y se conscientes de que igual que estamos en el público estamos al otro lado del escenario».

    Todo actitud, Tanya Bayo asegura que «una vez estás en la cabina, quien transmite confianza eres tú. En todas direcciones. Tienes que estar segura de ti misma y cuando lo demuestras te empiezan a respetar. Mirar a la pista y que la gente no deje de bailar nunca«. Ahora inicia una serie de publicaciones propias en las que también canta, algo que ha hecho «desde pequeñita. He recibido clases, toco instrumentos y, finalmente, si me hago valer como dj también es por la ilusión que gira a este mundo. Sé que el público también nota lo mucho que disfruto pinchando». Entre otras fechas, estará en el próximo Medusa Sunbeach Festival.

    Marien Baker, de las radios al underground

    Hasta la fecha, el camino de Marien Baker ha sido de ida y vuelta. De la electrónica de club y de unas raíces más bien underground pasó a algún punto entre el EDM y el radio edit. Ser la ganadora de un concurso y firmar por EMI-Warner le abrió un camino comercial que ha ido abandonando. Desde hace aproximadamente un año y medio ha vuelto a la casilla de salida y, después de que dos de sus singles sonaran en los40, MáximaFM o EuropaFM, ha empezado a pinchar constantemente en clubs y a enfocarse en un ámbito menos mediático. 

    «Aproveché la oportunidad, pero sentía que aquello no me llenaba. También sentía que el circo que hay alrededor y la gran inversión en marketing que se hace no tenía mucho que ver conmigo. Por eso he vuelto a mis raíces y un estilo entre el house y el techno-house muy de club», comenta a Cultur Plaza. Son dos mundos «antagonistas» según ella, pero que ha vivido con ambición como dj. Es curioso que ahora esté pinchando en València y cerca «más que nunca, pero es normal porque ahora he vuelto a empezar en muchos sentidos».

    «A VECES LAS MUJERES TENEMOS UNA OPORTUNIDAD MÁS FÁCIL POR PENSAMIENTOS COMO <<QUÉ GUAPA ES, TIENE BUENA IMAGEN>>. ES UN PUNTO DE SALIDA MACHISTA»

    Un cambio radical por el cual no se planteó cambiar de nombre y en el que pintan mucho las listas de Beatport y el trabajo diario como dj. «Las masas se gestionan y guían por reproducciones de Spotify o YouTube. Eso y seguidores en redes. A mí me gusta más el otro lado porque me siento bien llegando a sitios por la música que hago o por la música que pincho». Sobre la brecha de género, aporta una perspectiva: «aunque no seamos conscientes, a veces las mujeres tenemos una oportunidad más fácil por pensamientos como <<qué guapa es, tiene buena imagen>>. Es un punto de salida machista, pero también nos pasa. Ahora, lo de la no presencia en festivales, no lo puedo entender. Si tuviera un festival no me permitiría no tener una headliner y una representación femenina en cada tramo del cartel». 

    De la interacción con las otras dj’s valencianas y vocalistas destaca que «la conversación es muy parecida: faltan mujeres, faltan mujeres, faltan mujeres. Lo hacemos igual de bien y no entiendo la distinción«. Además, añade que «algo que llevo realmente mal es cuando se critica a una mujer porque ha tenido una mala sesión. Es mucho más fácil oír comentarios como que la dj no está inventando nada o no pincha a cuatro platos frente a que a ellos, si tienen un mal día o si no están haciendo nada del otro mundo, nadie les critica exactamente por eso». 

    Lara Taylor, vocalista de electrónica internacional

    Por el bagaje internacional, cuesta creer que Lara Taylor tenga 24 años. Pero los tiene. Con 18 ya había definido las bases de su estilo, aunque cantaba desde niña y los referentes siempre fueron más bien extranjeros y más bien pop (Whitney Houston, Céline Dion, Christina Aguilera…). De ellas tomó los aires de R and B hasta dar con la electrónica: «no me lo había planteado, pero cuando empecé, fenómenos como Rebeka Brown o Aliyah estaban ya decayendo. Indagué y me convertí en la oveja negra de las vocalistas. Deportivas, sin maquillar y haciendo dubstep y EDM. En las dudas encontré mi forma de ser musicalmente».

    «ME CONVERTÍ EN LA OVEJA NEGRA DE LAS VOCALISTAS. DEPORTIVAS, SIN MAQUILLAR Y HACIENDO DUBSTEP Y EDM»

    Ha actuado varias veces en Doha o Dubai, en varias ciudades de India. Hay ciudades en España donde tiene cartel suficiente como para ir y hacer caja (Murcia, Jaén…), pero asegura que donde más aprendió fue en su temporada como residente en Amnesia, en Ibiza. «Trabajar diariamente con dj’s y artistas internacionales te curte. También me llevó a decidir que no iba a ser una intérprete sin más. Compongo mis letras y participo de la música porque quiero que sea todo mío«.

    Como Tanya Bayo, cada vez está más cerca de los estilos de música urbana y es consciente del impacto de masas que tienen. «Me gustan sus referentes porque también busca independencia discográfica. Voy a hacer electrónica, pero no como una vocalista de la vieja escuela. Participo de esa visión actual y de la fusión de muchos estilos que nos han llevado hasta aquí». Es igual de crítica que sus compañeras con la ausencia de mujeres en festivales, aunque su nombre está presente en algunos encuentros como el Animal Sound del pasado fin de semana.

    Josephine Sweett, vocalista pionera

    La voz de Josephine Swett está detrás de millones de movimientos de baile. Es una historia anónima y no por ello menos interesante, pero formó parte de la extensísima producción valenciana de música de baile durante toda la década de los 90. Suya es la voz en una parte de la producción de Spanic, pero es solo una de las muchísimas marcas que se superponían al trabajo vocal de Pepa Dolz quien no ha dejado de trabajar como intérprete de soul, funky y house, «aunque también interpreto jazz, que para mí la madre de cualquier música moderna».

    Techno y house dominaron sus primeros años de grabaciones, aunque no solo ha trabajado como vocalista durante estas décadas: «he supervisado grabaciones de otros cantantes y realizado grabaciones junto a ellos». Admite que de aquel pasado boyante para un empresariado sin background (ni musical ni empresarial) «hubo mucho de inocencia. Sí, era joven e inocente y funcionar funcionaba todo. Había una altísima dosis de ilusión. Cuando hay tanto de eso, no cuidas o no te preocupas de qué negocio se está haciendo con tu trabajo. Fue algo mágico, pero con el tiempo he aprendido a saber qué pasaba con el trabajo que estaba haciendo y cómo debía valorarlo«.

    Dolz es de las que mantiene una constante de trabajo tanto de estudio como de directo. Ha participado en una infinita cantidad de grabaciones y tiene alergia al playback, que como vocalista nunca ha practicado («no se me da bien», se sonríe). «Siempre he intentado ser yo misma, pese a los distintos estilos. Por eso también encontré este nombre artístico«. Su voz llegó a ser tan omnipresente durante los años de la Ruta en esa gran cantidad de producciones licenciadas especialmente a Europa «que llegué a oírme en hilos musicales. La primera vez que me pasó tenía ganas de gritar, <<¡eh, que soy yo!>>». Tiene directos «constantemente», asegura que su trabajo actual está «bien remunerado» y que en València actúa «prácticamente nunca».

    Rebeca Moss, la más televisiva

    Rebeca Moss es, junto a Sandra Polop, la más televisiva de sus compañeras. De hecho, la vertiente de su carrera que la conectó con la música electrónica sucedió después de su paso por La Voz (Telecinco). Para entonces ya llevaba años de formación y carrera y tras el programa empezó a encontrar camino «en el pop electrónico y la música más ligada a la discoteca». 

    «TENEMOS QUE TRABAJAR 100 VECES MÁS PARA TENER VISIBILIDAD Y EL CASO DE LOS FESTIVALES ES FLAGRANTE»

    Es una de las mujeres de este reportaje con el discurso de género más estructurado: «lo primero que me gusta de reunirme aquí con ellas es que somos mujeres y que de nuestra conversación se desprenden enseguida los mismos retos e inquietudes. Nos cuesta muchísimo que se nos reconozca. Tenemos que trabajar 100 veces más para tener visibilidad y el caso de los festivales es flagrante. Que haya carteles de festivales de electrónica sin la presencia de una sola mujer… ¡pero ya está bien de tanto machismo!».

    En este sentido, Rebeca Moss apunta a que es muy importante que «haya mujeres en el negocio, donde se mueven los hilos. Afortunadamente, el público es cada vez más sensible y reclama que haya mujeres, pero en el negocio, o hay más mujeres en posiciones importantes, o los hombres van a seguir repitiendo el patrón una y otra vez».

    Admite que en la mayoría de los casos y en el suyo propio «se nos reconoce más fuera de València que en casa. Es habitual que aquí intenten pagarte menos, por desgracia». Como Tanya Bayo o Lara Taylor está muy tentada por «el trap y todo lo que está sucediendo alrededor». Cree que «la música cantada en español vive un momento muy dulce. Yo hace cinco años pasé a tener más repertorio en español y cada vez tengo mucho más. Que haya estadounidenses cantando en español es sintomático, así que hay que aprovechar este momento».

    Miss Rose, al frente del tech-house

    Miss Rose empezó más o menos en las mismas variables que Marien Baker, en torno al año 2006. En su caso haciendo un paso del house al tech-house en el que ha ido combinando progresivamente algunas licencias más comerciales hasta definirse. Como muchas compañeras más allá de València –o el propio caso de Mónica X– pasó de ser camarera a ponerse frente a los platos: «empecé tonteando en la cabina, comprándome unos platos y pudiendo pinchar un poquito cada fin de semana. Pasé de los nervios a notar que me gustaba de verdad… y que ser camarera ya no me gustaba tanto (ríe)«.

    «EL PANORAMA ES MUY COMPLICADO PORQUE HAY MUCHA COMPETENCIA, SIN DISTINCIÓN DE GÉNEROS»

    Rose dice que la crisis de consumo se notó mucho desde sus años iniciales a la actualidad. «El panorama es muy complicado porque hay mucha competencia, sin distinción de géneros. Al principio notaba que sí éramos menos chicas, pero eso se ha ido compensando. Igualmente, todos los que empiezan o pinchan gratis o lo hacen por cuatro duros y eso sí es nuevo. A ti te fastidia porque tú estás trabajando e invirtiendo, pero el panorama actual tiene mucho que ver con eso».

    Rose, como Rebeca Moss, apunta a que la industria que les rodea sigue siendo «un mundo de hombres» donde «la primera oportunidad nos cuesta más. Una vez la tenemos, creo que ya sí depende de nuestro trabajo». Intuye que hay «menos machismo que hace unos años, que hay más oportunidades en este sentido». Tampoco entiende por qué «hay carteles de festivales de música electrónica sin mujeres. Es evidente que hay demasiadas dj’s buenas solo en España para meterlas en cualquier cartel, además de las internacionales». Por eso también espera cambios en este sentido.

    Agata Angel, carrera creciente

    Agata Angel, en apenas tres años, ha pinchado en Kapital Madrid, Ramses, Arts Club y restaurantes de Estrella Michelin. Con un marcado carácter entre deep house y house comercial (y alguna licencia a la música latina), cree que su carrera «está notando una progresión en poco tiempo. Estoy contenta».

    «NOS APOYAMOS ENTRE NOSOTROS SIN LA MENOR COMPETENCIA AQUÍ. LO QUE MÁS ADMIRO DE ELLAS ES CÓMO CREEN EN SÍ MISMAS»

    La brecha de género la nota «especialmente en discotecas grandes. Es mucho más difícil que puedan confiar en una mujer dj que e un chico con una trayectoria o bagaje parecido». Es algo que también destaca que surge de manera natural en la conversación con sus compañeras: «me gusta que nos juntemos porque hablamos sobre todo de cosas profesionales, casi nunca personales. Tenemos mucho que contarnos al respecto. Y me gusta que nos apoyamos entre nosotros sin la menor competencia aquí. Lo que más admiro de ellas es cómo creen en sí mismas y creo que eso es lo que hace que nos tratemos sin ningún espíritu competitivo entre nosotras».

  • Hoy, en ‘Lugares abandonados…’, la Ruta del Bakalao

    El fotógrafo de Benifaió Julián Llanosa ha capturado el estado actual de los llamados «templos del sonido». Espacios donde se divirtió durante años como adolescente, antes de encontrar su oficio. El relato visual muestra una Atlántida derruida sobre la que se sigue investigando y que él espera plasmar en un libro próximamente

    Estos meses se cumplen 40 años desde que Juan Santamaría, el padre fundacional del movimiento musical que derivó en la Ruta del Bakalao, llegase a la cabina de Oggi. Era 1978 y nadie esperaba que aquel vecino de Castellar importase hasta València sus años deambulando como dj –accidental y luego profesional– por Granada, Ibiza, Sitges, Ámsterdam, Londres o Glasgow. Él tampoco esperaba volver, pero tras una serie de veranos en la discoteca Cap3000 de Benidorm, acabó en su ciudad al mando de aquella sala discreta hasta esa fecha.

    Santamaría acabó radicalmente con el lento y las rumbas, aunque quien exportó esto a un espacio mayor y lo apuntaló definitivamente sobre las artes performativas, la moda y el diseño fue Carlos Simó. De nuevo de manera accidental y en Barraca, Simó dispuso las bases para una revolución bailada y basada en el hedonismo. Una revolución interna, de la sociedad más inmediata (empezando por la rural), que alcanzaba cada fin de semana la modernidad que no le pertenecía a través de la música importada desde Londres de manera rudimentaria.

    N.O.D.

    N.O.D.

    Los rudimentos de la importación dieron paso a la tienda de discos Zic Zac (una de las primeras de España enfocadas al dj) y de allí salió el término bacalao. Ni siquiera hacía referencia a la música electrónica y no lo hizo durante años. Sin embargo, de aquellos orígenes y raíces a los cuales nos hemos aproximado con los ensayos En éxtasis de Joan M. Oleauqe y ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia de Luis Costa apenas hay documentación. O, al menos, no como sí se generó en el cogollito de los medios de comunicación en los 80: Madrid. 

    Esa es una de las principales inquietudes de Julián Llanosa que durante los últimos años ha recorrido las discotecas de la Ruta del Bakalo. En gran medida, tratando de documentarse y entender aquello que vivió como adolescente. También para comprender porque aquella historia underground y que llegó a ser masiva –el mayor movimiento de clubbing a inicios de los 90– derivó en la nada misma. 

    The Face antes de ser derruida

    The Face antes de ser derruida

    Tras estudiar imagen y sonido en el IES La Marxadella de Torrent y más tarde en la Universidad CEU San Pablo, nunca había tenido una inquietud real por capturar estos lugares. Pero lo ha acabado haciendo en estos últimos años: “cuando era un adolescente, íbamos con las Vespinos a las discotecas más próximas como Barraca o Chocolate. Cuando había puente, los domingos noche íbamos a ACTV. Yo no era muy consciente de todo aquello, pero mis recuerdos no son para nada ni de muerte ni negativos”.

     Fran Lenaers, dj de Spook y miembro de Megabeat (Foto: JULIÁN LLANOSA)
     Las ruinas de El Templo, una de las salas en las que reinó Chimo Bayo (Foto: JULIÁN LLANOSA)

    Al juicio de Llanosa, los años 92 y 93 fueron especialmente divertidos e intensos. En el 94 y en el 95 la masificación y la llegada de un buen número de turistas de la ruta “pervirtió” y “devaluó lo que estábamos viviendo”. Musicalmente también se alcanzaron algunos últimos picos de interés, como los del techno pinchado por Kike Jaén “en Don Julio (N.O.D.) o en Chocolate, pero siempre antes del 95 o 96”. 

    Llanosa acumula una gran cantidad de material fotográfico en torno a todos estos espacios con la voluntad de publicar un libro. En parte, influenciado tanto por Miguel Trillo (de quien comisarió una exposición) como por Ouka Leele, a quien acompañó en una gira por la Comunitat también como comisario. En las charlas de la fotógrafa de la Movida también comprendió que “la Valenciana es una Movida todavía por contar”. No obstante, pone en valor su trabajo al final de un audiovisual que trata de mostrar una parte de su archivo fotográfico. 

    El vídeo que recopila buena parte del trabajo de Llanosa

    Llanosa siempre toma las fotografías al amanecer de días nubosos. Los hace con tiempos de exposición de 15 á 20 segundos: “de alguna manera, necesito que el alma del lugar en ese momento se filtre durante ese tiempo”. Al trabajar de manera totalmente independiente se ha encontrado el rechazo para fotografiar algunos espacios. En otros se ha encontrado algo más que la puerta abierta: “en The Face, que hoy ya está derruida, me encontré gente sin casa viviendo dentro; en El Templo también”.

    De hecho, asegura que El Templo es una de la discotecas que más la ha impresionado ver en avanzado estado de descomposición. Para los amantes de la fotografía de lugares abandonados, la Ruta es una especie de Atlántida dormida y real. Algunas de sus bibliotecas paganas, como Chocolate, se debaten entre la vida y la muerte. The Face ya no existe y basílicas colaterales como Arabesco también han desaparecido del mapa.

    The Face antes de ser derruida

    The Face antes de ser derruida

    La Ruta sigue debatiéndose entre la mitología y una leyenda negra asentada y establecida. Los relatos internos sigue siendo igual de fascinantes y en el caso de Llanosa hay tanta intensidad con la parafernalia técnica con la que prepara las fotos como en recordar exactamente dónde se colocaba con sus amigos cuando iba: “nunca estábamos por el centro. Siempre en un rincón, para poder ver todo lo que sucedía”. Su investigación continúa y también se trata de centrar en los grupos de la que algunos llaman Movida Valenciana y que suenan en el vídeo. 

  • 1993 en la Ruta del Bakalao: Valencia capital del éxtasis y de las 72 horas de fiesta

    Publicado originalmente en El País

    La verdadera crónica negra de la música para las masas

    En la Ruta no se puede utilizar la expresión tópica que dice “nada hacía presagiar…”. Lo cierto es que sí, que a inicios de los años 90 el devenir en masificación de aquel movimiento contracultural daba pistas de alcanzar su extinción. Pero su final se podía haber escrito de muy distintas maneras y, en este caso, por una serie de ingredientes entre fortuitos y esperables, se acabó convirtiendo en una suerte de macrosuceso retransmitido por las novísimas televisiones en España.

    1993 fue el año del colapso. Ya en el mes de enero se confirmaba con la peor de las secuelas un presagio: los cuerpos de las tres chicas de Alcàsser torturadas, violadas y asesinadas aparecían. Con ellas el Estado invoca un periodismo que, también influido por el peso franquista, no se había destapado hasta la fecha. Las chicas iban a una discoteca –mantra que no se dejó de repetir– y la muerte se vinculó directamente a la Ruta.

    Pero 1993 fue mucho más: fue el año en el que el PSOE, tras una década en el poder, empezó a mostrar signos de debilidad en otros flancos. La corrupción o la bruma del terrorismo de Estado dieron paso a la necesidad de la gestación de una idea: los socialistas podían ser, además de modernos como habían demostrado durante los 80, un Gobierno de orden. En la resaca de la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, Valencia será el campo de experimentación de la Ley Corcuera.

    Y llegará la revista de la Dirección General de Tráfico (DGT) dedicada íntegramente a las Rutas del Bakalao. El secretario de Estado para la seguridad, Rafael Vera, llamará a desmantelarlas y acusará a las discotecas valencianas de fomentar el proxenetismo, además de, por supuesto, responsabilizar a sus dueños del consumo de drogas generalizado y de las muertes de tráfico. Muchos ingredientes para una crónica negra que fijó a Valencia al fin en el eje del interés informativo en España; eso sí, junto a la Guerra de Bosnia y nunca en la sección de Cultura.

    El colapso desde las nuevas televisiones

    Dentro la bibliografía utilizada en esta serie, uno de los libros más interesantes es Des de la tenebra (Empúries, 1995). No tanto por el extenso desarrollo de Joan Oleaque en este ensayo sobre el crimen de Alcàsser y todos los antecedentes legales de sus inculpados; el retrato de los medios de comunicación ayuda a entender el despliegue en paralelo de las televisiones en Valencia. Aunque las discotecas o el consumo de drogas no eran una realidad exclusiva de la capital de la Comunitat, lo cierto es que la cantidad de gente que congregaba la convirtió en un espacio para captar historias sensacionalistas y aupar a las nuevas televisiones.

    En esa lucha por la audiencia entraron todos los canales: los públicos, con Televisión Española y las autonómicas a la cabeza, y, por supuesto, las tres nuevas licencias privadas: Antena 3, Telecinco y Canal +. En la actualidad la marca de la Ruta se asocia en gran medida al documental Hasta que el cuerpo aguante, del programa 24 Horas de Canal +. Sin embargo, en este noveno capítulo descubrimos que el relato que caló no llegó a través de la escasa audiencia de la única televisión de pago del Estado. Fueron precisamente el resto de canales en abierto los que experimentaron con imágenes y guiones que hoy serían irreproducibles.

    El episodio se inicia con dos hitos de la leyenda negra de la Ruta y a través de los informativos ya encontramos cómo el fenómeno se ha instalado en la sección de sucesos. Los medios solidifican la alarma social y los grupos políticos trabajan para rentabilizar electoralmente la situación. Mientras tanto, las cifras van siendo usadas arbitrariamente y la Ley Corcuera necesita un campo de experimentación sin consecuencias personales ni comerciales. Valencia se posiciona como espacio para la perdición frente a otras grandes ciudades, algo que genera un efímero crecimiento económico durante unos pocos años.

    El colapso a través del éxtasis

    En este periodo hay una sustancia que marca buena parte del carácter en la noche: el éxtasis. Aunque entonces lleva años en el mercado (más de cinco), pasa a convertirse en la solución más habitual y de consumo masivo siempre y cuando no se tenga en cuenta el alcohol. En este noveno episodio nos acercamos a los testimonios del éxtasis recogidos durante aquellos años. Casi todos en positivo, aunque algunos de ellos con consecuencias graves para la salud de sus consumidores.

    De manera evidente, Valencia se convierte en la ciudad del éxtasis para España. La Ruta se liga a la idea de las 72 horas de fiesta, toda una novedad propia de los 90. La mezcla de distancias sustancias, con el alcohol omnipresente, agita la idea del lugar para la perdición. Y así, con la gran ayuda del rédito en audiencias de todas las televisiones paseándose por los parkings. el movimiento multiplica su masificación antes de colapsar definitivamente y desaparecer para siempre.

  • Los himnos ocultos de la Ruta: Joan Oleaque selecciona 10 canciones que movieron a las masas en València

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Joan M. Oleaque ha sido un periodista en el lugar adecuado al menos dos veces a lo largo de su carrera. La segunda de ellas tuvo que ver con la remota casualidad de que los autores del Crimen de Alcàsser fueran vecinos –y conocidos– de su pueblo, Catarroja. La preparación del juicio y su desarrollo ‘le pilló’ como redactor del semanario El Temps, pero finalmente volcó lo mejor de sí mismo en uno de los libros periodísticos más recomendables de las últimas décadas: Des de la tenebra: un descens al cas Alcàsser (Empuries, 1995). La primera de esas ocasiones, por respetar el eje cronológico, tuvo que ver con su exploración como adolescente y joven en el ecosistema de las discotecas valencianas. Desde la mitad de los 80 y hasta el 2000, sus vivencias personales y más tarde como cronista de aquellas noches interminables se fijaron en En èxtasi, el ensayo periodístico que reivindicó el movimiento cuando era un tabú conflictivo y casi insoportable para València. Y no solo lo reivindicó, sino que rescató los nombres fundacionales del fenómeno y separó la paja del grano. Su vigencia es el origen de cualquier revisión surgida hasta la fecha.

    Trece años después, Oleaque ha decidido finalmente adaptar al castellano, revisar y extender esta obra. Barlin Libros edita En éxtasis: el bakalao como contracultura en España, y la ocasión sirve para que el periodista no sólo revise los hechos, sino sus sonidos. En este caso y tras muchas conversaciones a lo largo del año sobre el proceso de reescritura y revisión, el periodista –ahora director de un máster en Comunicación Social y Científica de la VIU– recupera 10 himnos ocultos de la Ruta:

    «SON LAS QUE SONARON, LAS QUE ARRASARON, LAS QUE CAMBIARON TODO»

    «Son algunas de las canciones que no aparecen en la memoria colectiva más compartida de la fiesta; pero que, sin embargo, hacen acelerar la sangre aún hoy a quienes vivieron el fenómeno. No son lo que dice uno u otro dj. Son las que sonaron, las que arrasaron, las que cambiaron todo. Las que la gente vivió, las que inspiraron las páginas de En éxtasis, las que bailan las fuentes que hablan en el libro, las que marcaron realmente el devenir de su adaptación al castellano, y su pulido en la edición actual«. 

    Joan Oleaque.

    1. Trisomie 21 – ‘The Last Song’

    «Canción increíble y decadente se ponía en los locales de pueblo que hacían fiestas con ‘la Barraca’, que era el gran club de los realmente transgresores; en los grandes clubes se ponía… al principio de la noche».

    2. Angelic Upstairs – ‘Solidarity’  

    «Este tema es leyenda, no se puede describir de otro modo. Es como una hemorragia de recuerdos con los primeros compases; nadie entendía la letra, claro, pero la gente pensaba que estaba escuchando algo revolucionario, que clamaba por la unión de las clases para subyugar toda opresión». 

    3. New Order – ‘Subculture’ 

    «Esta canción de New Order (atención: en su versión larga) fue lo mejor que ha pasado a la Ruta. Tremenda, inacabable, apasionada, solo para iniciados… ‘Subculture’ es la mejor metáfora de lo que era entonces València, de su mejor gente. Fran Lenaers la dio a conocer a los mortales, y les cambió la vida. Escucharla aún resulta escalofriante, melancólico y estremecedor».

    4-Simple Minds – ‘Someone, somewhere in summertime’

    «Simple Minds eran lo más en València, durante la primera época de La Fiesta; la gente sentía devoción, los veía como ejemplos de divinidad; todo acabó cuando se hicieron comerciales, claro. Como le sucedería a la Ruta misma. Esta canción transversal se pinchaba para dividir la madrugada con el alba».

    5-Big country – ‘In a big country’   

    «José Conca la ponía con el sol, en Chocolate; escucharla evoca sensaciones épicas, olores determinados, la proeza de estar vivos al máximo nivel imaginable… eso era esa canción para la Ruta».

    6. Patti Smith – ‘Because the night’

    «La poesía de la derrota estaba muy presentes en La Fiesta, aunque quizás no se suponga; esta increíble canción sonaba en Chocolate y la gente se derretía, hipnotizada, impactada, sabiendo que estaba viviendo algo grande».

    7. Fleetwood Mac – ‘Sara’

    «Fran Leaners hizo que los siniestros, los psychobillies, los heavy-glam y la fauna entera de Spook alucinara con Fleetwood Mac; así de claro: todos los clubes hicieron lo propio, luego todos los bares de pueblo. Inmensas legiones a las 8 de “ahogándose en el mar de amor en al que todo el mundo le gustaría ahogarse”, como dice la canción. Irrepetible».

    8. The Cult – ‘Rain’

    «Las pintas heavy estuvieron totalmente de moda en la Ruta, aunque cueste creerlo. Pero se trataba de un rollo heavy-glam, al estilo psicodélico de The Cult, el grupo que en València era más importante que cualquier otro lugar. Se tomaban elementos estéticos de ellos y también de los primeros Guns N’ Roses, nada de heavies de barrio. Este tema fue transversal, lo arrasó todo».

    9. Roboteko Rejekto – ‘Rejekto’ 

    «Puro electro melódico, con dejes industriales, la base de gran parte del techno contemporáneo. Totalmente inmortal. Clave en ACTV y N.O.D.. Miles y miles bailando. El sol ardiendo. Los lunes incluidos. Nada más que añadir».

    10. John Paul Young – ‘Love is in the air’

    «Puzzle fue un club de clubes. Marcó todo en València, influyó enormemente a toda España; en ningún sitio, durante sus mejores años, había tanto color, gente tan increíble. Hizo que los pijos se modernizasen y los garrulos se dulcificaran. Este himno era su cierre. Contra la imagen salvaje que se transmitió, el amor siempre estuvo en el aire».

  • Chocolate: libertad total en el reverso tenebroso de la Ruta del Bakalao

    Publicada originalmente en El País

    De Lords of the New Curch o Psychic TV. Un viaje al punto de partida de los años más interesantes de la “marcha” o “movida valenciana”

    España parecía haberse liberado (entonces) de una sombra terrible: la vuelta a las noches con toque de queda y la libertad vigilada. El futuro estaba marcado por la presión de la zona de confort europea y la frustración del Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y la victoria socialista en octubre de 1982 encauzaron los siguientes pasos. Las voces compiladas en este relato radiofónico señalan esas dos marcas cronológicas como el punto de partida de los años más interesantes de la Ruta, aunque por aquel entonces se hablara de “marcha” o, muy ocasionalmente, de “movida”.

    La etiqueta ‘movida valenciana’ es una adaptación muy posterior realizada desde aquí. Surgió ya en el siglo XXI y tiene relación con algo que escuchamos en los primeros capítulos: la cantidad y calidad de algunos agentes artísticos, la cantidad y calidad de ideas y de locales confluyentes con la modernidad, tuvieron mucho empaque en la capital mediterránea. Pero fueron Madrid y su alcalde, Enrique Tierno Galván, quienes le pusieron nombre al momento. Desde luego, la capital había salido de un letargo exasperante y la efervescencia era tan rabiosa que los medios tuvieron a mano crear un star system musical que todavía hoy perdura.

    El Estado había encontrado un Caballo de Troya de toda aquella modernidad, instalado en cada una de las casas: la televisión. El medio protagonista de la segunda mitad del siglo XX crecía y se abría. Coincidiendo con el importante nacimiento de Radio 3, donde entraron a trabajar muchos jóvenes y, ‘víctima’ de su origen, surgieron muchos programas musicales, incontables desde mediados de los 70. Algunos de ellos exploraban las líneas más undeground y no podemos pasar por alto la convulsión que supuso en España ver cantar a unas chicas jóvenes y vascas aquello de Me gusta ser una zorra. Pero el escándalo de Las Vulpes en Caja de Ritmos sólo fue uno más. Ángel Casas y Musical Express deambularon por la parrilla y Paloma Chamorro recreó como nadie el ambiente bohemio y hedonista de las movidas en La edad de oro.

    En la serie hemos revisado incontables ediciones de esos tres programas, pero también de ‘Tocata’ y ‘Aplauso’. Este último, precursor del poderío del playback, un cáncer que fue minando el prestigio de los músicos progresivamente y a partir del cual se igualaban las posibilidades de artistas dispares. En esas horas y horas de emisión, en el episodio cuatro titulado Undeground recogemos extractos de los citados espacios Caja de RitmosMusical Express y La edad de oro. En todos ellos se adivina un ambiente que se hilvana con lo que está sucediendo en València: hay tensión en las pantallas porque los grupos extranjeros exponen una rebeldía y una libertad que le resulta inaguantable al común de los mortales que, por si fuera poco, sólo tiene dos canales y ningún mando a distancia.

    «Toni ‘El Gitano’ estaba rodeado de inadaptados y como él mismo admite: en Chocolate trabajaba la gente que no querían en ningún sitio”

    Todos esos espacios serán censurados. Habrá despidos y persecuciones profesionales. Pero, precisamente, los hechos y reversibles sucederán con bandas como Lords of the New Curch o Psychic TV, habituales en la noche valenciana. Muchos de los conflictos arribaron hasta la televisión pública estatal con imágenes, performances, canciones y actitudes muy establecidas en València. Las posiciones de uno de los dos lados a través de los cuáles se había empezado a polarizar la noche: si Barraca era luz, Chocolate logró convertirse en el reverso tenebroso de la Ruta. La posteriormente conocida como catedral de la música, se embutió en un contexto oscuro y lleno de malditismo con Toni Vidal a los platos.

    Vidal, más conocido como Toni El Gitano durante su larga trayectoria como DJ, ya había sido el responsable de locales tan siniestros como Hiedra (Montserrat). Lo cierto es que su vocación en Chocolate era “crear una secta” en torno a la música, “la manera de vestir y la manera de vivir”. Su equipo de trabajo estaba rodeado de inadaptados y como él mismo admite, “en Chocolate trabaja la gente que no querían en ningún sitio”. La sala funcionaba con un grupo electrógeno a gasoil que siempre se apagaba porque al que le tocaba ir a por la gasolina nunca llegaba a tiempo. En su parking, ni una bombilla. Dentro de la sala, libertad de expresión sin contemplaciones.

    Para encontrar su sitio, Chocolate se convirtió en el after de Barraca. Aunque le costó arrancar con las primeras horas, a las 6 de la mañana el rock, los sonidos industriales y algo de modernidad coordinada con la otra discoteca (situadas a 500 metros entre sí) disponían el menú musical. En el acompañamiento químico, seguramente Chocolate fue la que mejor empezó a hibridar las sensaciones y el baile con la mescalina, la sustancia ‘autóctona’. Lo que sucede en Chocolate tiene mucho que ver con la explosión de las tribus urbanas. Una búsqueda de identidad de la que hablan los catedráticos Javier de Lucas y Jesús García Cívico.

    ‘El Gitano’ adoraba la música en directo y quiso experimentar también con el marketing. Se le ocurrió la brillante idea de coger el dinero de que disponía en ese momento –no cabe olvidar que había sido promotor musical en espacios como Éxtasis o Nou Café Concert– para capturar a Killing Joke a su paso por Barcelona. Les dio el dinero que pedían y, tras un viaje plagado de todas esas anécdotas que rodean a Toni vidal, les hizo actuar a las 2 y a las 7 de la mañana en Chocolate. En el concierto de las 2 habría unas 50 o 60 personas, según cuenta él mismo y algún otro testimonio. Pero, obviamente, se corrió la voz. Cuando la sala estaba llena para el segundo pase, este chamán oscuro avisó que en adelante programaría sin avisar a las bandas internacionales del momento que le diera la gana.

    «Los clientes de Barraca y Chocolate, con vidas más que ordinarias entre semana, alcanzaban cerca de casa algo parecido a la modernidad. Allí eran importantes»

    Tras superar aquella lluvia de objetos, Vidal cumplió con su palabra y trajo a Flesh for Lulu sin avisar. Aquel anti-marketing (en realidad Chocolate fue el anti de todo) sirvió para que Chocolate no fuera sólo la némesis de Barraca, sino que tuviera su propia identidad. Y esa identidad no fue otra que abanderar el lado oscuro de la Ruta. Mientras València probaba las mieles del éxito comercial con la madurez de Glamour, el desparpajo de Betty Troupe y su primer disco de oro en la industria (‘La noche no es para mí’, de Vídeo), la ciudad proponía ideas más agresivas a través de locales como ‘Chocola’. Los gabanes largos y las botas militares que poblaban locales de la ciudad como Garaje también eran habituales allí. Las mujeres eran “más fuertes vistiendo que Ana Curra y Siouxsie haciendo un dúo”, dirá Joan M. Oleaque, autor de En Éxtasis (Barlin Libros, 2017).

    Los excesos llevaron a performances imposibles que se recogen en el episodio. Vidal, vestido con una túnica negra, a veces semi desnudo, con una cruz invertida en el pecho, arengaba a unas masas que ya eran destroy sin saberlo. Lo más importante de aquel duopolio entre Barraca y Chocolate (con permiso de Espiral en la zona norte) es que un número cada vez más numerosos de jóvenes había encontrado en el fin de semana, en la moda, en la música y en aquellos locales su identidad. De muy distintas tribus urbanas, todas exploradas a la vez en España, lo importante es que sus protagonistas, con vidas más que rutilantes entre semana, alcanzaban no muy lejos de casa algo parecido a la modernidad. Aquellas pintas estrafalarias el futuro del mundo que consumían por la tele sucedía allí mismo.

    Aunque los medios no mirasen a València, como admite por ejemplo Ana Curra en Bacalao: historia oral de la música de baile en València (Luis Costa, Editorial Contra 2016), esta ciudad se convirtió en un espacio confortable para las bandas más agresivas. Siempre encontraban más público y más dispuesto a ideas más oscuras. El punk valía y mucho, pero también el rock más agresivo, los sonidos industriales y, claro, el proto techno. La música que hacían las máquinas y no era precisamente para acolchar éxitos pop ochenteros, esas ondas duras que acabarían agudizándose, acelerándose e imponiéndose al discurso con el paso de la década, empezaban a sonar en locales como Chocolate. Siempre entre guitarras, pero de manera imparable, una pátina de la electrónica había empezado a avanzar y a dar sentido a algo que estaría a punto de suceder: la mezcla de ritmos y las sesiones ininterrumpidas de sonido.

    Eso sucederá en el quinto capítulo, con Fran Lenaers comandando la poderosas cabina de Spook Factory y la mescalina en su momento de apogeo. Como dirá Jorge Albi, entre el 84 y el 89 se sucedieron unos años de altísima intensidad creativa. Una València “muy cool” a la sombra del corto foco mediático cercado en Madrid.

  • Barraca y los modernos de pueblo de la Ruta del Bakalao

    Publicado originalmente en El País

    En la discoteca valenciana, entre selvas de cañas y arrozales, convivían tribus urbanas viendo tocar a Happy Mondays o Stone Roses y estaban prohibidas las peleas

    ‘Enamorados de la moda juvenil’, los nuevos aires llegan a Valencia de manera bastante fortuita: a más de 30 kilómetros de la capital y entre arrozales, donde la música alta no molesta, un veinteañero sin apenas experiencia pero con mucho talento acaba con el lento, las rumbas y la ‘música negra’. Sincronizarse con momentos para la sociedad en España como 1981 o 1982 supone un ejercicio de auténtico desaprendizaje. Porque lo habitual sería aproximarse a esos entornos desde los tópicos y las ideas que a cualquiera le vienen a la cabeza: 23-F, Estautos de Autonomía, el Mundial de Naranjito y la victoria socialista. Pero hay que desapegarse mucho más y tratar de entender la lejanía de aquella realidad para comprender lo que suponía la música como vehículo de comunicación y cómo llegaba hasta las personas. En esta serie documental lo hemos intentado de manera muy consciente.

    La radio y la televisión jugaron un papel fundamental en aquel entonces que acabará reflejado en los siguientes episodios, pero la cantidad de prescriptores y de flujos de entrada de discos fue extraordinariamente limitada. Ese es el punto de partida para entender por qué las discotecas tuvieron un papel capital en lo que se refiere a la música. Como dice Joan Oleaque en la serie, “es difícilísimo entender hasta qué punto Carlos Simó llegó a ser una figura legendaria en Valencia”. Quizá el primer dj estrella –a su manera– por la sencilla razón de saber programar a las mejores bandas estatales e internacionales en directo, pero también “por disponer de la música como muy pocos lo podían hacer en España”.PUBLICIDAD

    Carlos Simó, ese DJ fundacional

    “Los gays, los más oscuros, los que necesitaban expresarse y el franquismo no se lo había permitido, durante al menos unas horas a la semana eran totalmente libres allí”

    Nacido en 1955 en Valencia, criado en las calles del barrio del Carmen, Simó ha sido y es una persona inquieta. Como buena parte de los protagonistas de esta historia, trató de ser músico mucho antes que dj. En su caso, baterista. Su afición por la música le hizo interpretar las primeras sesiones de Juan Santamaria en Oggi de otra manera. Veía y sabía que la discoteca debía jugar un rol más extenso que el de convertirse en el lugar de ligoteo y peleas más habitual. Quería estar vinculado a aquel mundo y como músico había empezado a aceptar que no sería. Conocido en las tiendas de discos, ajenas a la importación y con escasez de novedades verdaderamente distintas, Carlos Simó fue primero camarero en Barraca y en 1980, por alguna recomendación velada y sin apenas experiencia, tomó el mando de Barraca.

    Allí empezó todo: con el precedente de Santamaria en Oggi, Simó decidió que en la discoteca de Les Palmeretes (Sueca) no volvería a sonar la música lenta ni rumbas. En la serie nos confía que le costó “algún disgusto con la propiedad de la sala”. El locutor y periodista musical Arturo Blay recuerda que costó máás tiempo del que ahora parece que el modelo de Simó triunfara: “hubo muchas noches de pistas vacías”. Pero Simó estaba convencido de cambiar “la música negra por música blanca”.

    Música blanca

    En aquel momento, esa idea no sonaba racista. El funky y la música soul arrasaban en las discotecas. Eran algo así como un ‘discurso único’. Una única voz que fue encontrando ritmos “que se podían bailar” hechos por blancos. Fue muy progresivo, pero Simó apostó por el rock, el punk, los nuevos románticos y todo lo que durante mucho tiempo se consideró Nueva Ola. Fueron fundamentales sus viajes a Londres, pero también alguna escapada a Estados Unidos y muchísima relación con Madrid. Las tribus urbanas empezaban a dinamizar estéticas y a generar adhesiones, aunque en Barraca convivirían varias de ellas a la vez.

    Desde todos esos flancos empezó a importar ideas, según hemos aprendido en la serie. También estableció relaciones duraderas con Radio Futura y tantos otros. Y sin quererlo o queriendo, dio con una tecla en la que nadie había pensado, pero que abrió un espacio de libertad real: la seguridad. No es que hubiera equipos potentes de seguridad en Barraca, sino que allí estaba prohibido que se liaran peleas al estilo del que se acumularían en salas no menos interesntes musicalmente como Metrópolis (en la ciudad).

    A 30 kilómetros de Valencia, entre selvas de cañas y arrozales, Barraca empezó a dar cabida a los modernos… ¡de los pueblos! La comunidad gay encontró su espacio, pero también los más extravagantes. Era un público “buscado” según Oleaque y mientras la Movida atravesaba a España “de cabo a rabo” (Francis Montesinos), Barraca se convertiráá en un espacio para los más inquietos de varias comarcas. Es una idea demasiado simple, pero todos coinciden que “a los gays, a los más oscuros, a los que necesitaban expresarse y el franquismo no se lo había permitido ni mucho menos, durante al menos unas horas a la semana eran totalmente libres allí”.

    “Salas que, cada sábado, montaban un happening festivo con performances de lo más locas y divertidas. Carteles, mucha moda y un discurso musical creciente”

    Es el germen artístico de un movimiento en el que Simó tiene un papel fundamental: él mismo irá contratando a actores de performances para ir dando color a las fiestas a lo largo de la década. Nadie ligaría hoy la Ruta a un grupo de salas que, cada sábado, montaban un happening festivo con performances de lo más locas y divertidas. Nadie pensaría que las fiestas temáticas y las horas de música lo suponían todo. Antes de que las drogas hicieran su aparición –o quizá al unísono, según el grupo de personas– Barraca inoculó la modernidad en Valencia a través de las artes. Carteles, mucha moda y un discurso musical creciente. En no mucho tiempo la gente que allí acudía dejó de pensar en el funky.

    Esa idea de “ocio de acción”, este fenómeno genuino y originario y que no tiene paralelismos en España, hizo que la noche valenciana cogiera caráracter: sonaban las guitarras, sonaba ‘música blanca’, no había peleas, había inquietud y esteticismo y la necesidad de ser hedonista y exhibirse ayudaban a redondear el cóctel. Felipe González pediría “a todos los españoles sumarse a labor de modernización”. Institucionalmente, ser moderno estaba bien visto y tras el 23-F parecía que había que consumir cada fin de semana como el último por si algo se torcía.

    Mientras la brigada 26, un cuerpo de arribistas que no eran policías ni estaban dados de alta en la Seguridad Social, imponía su ley en el servicio nocturno, donde nadie lo esperaba empezó a surgir la modernidad. Lejos de Valencia y donde la música, por alta que esté, no molesta a nadie. Las discotecas la música en directo como una parte esencial de su disfrute. Van a pasar muchos años para que eso cambie, pero hasta entonces Barraca acogerá conciertos de Radio Futura, Alaska y Los Pegamoides, New Model Army, Happy Mondays o Stone Roses.

    Hemos ido disfrutando de cada una de esas noches a través de decenas de voces, pero si algo nos ha quedado claro es que esa modernidad nunca hubiera llegado si, de manera bastante casual, Simó no hubiera ocupado la cabina de Barraca y hubiera hecho y deshecho con libertad durante la primera mitad de los años 80.

  • De las guitarras al bakalao: el inesperado origen de la Ruta

    Publicado originalmente en El País

    Antes de las discotecas, este movimiento estuvo marcado por el rock e incluso el twist. Exploramos los inicios que marcaron un camino de hedonismo sin retorno

    ¿Desde dónde empezar la ruta? Esta historia tiene muchos principios. Lo más fiel al objetivo del viaje era pensar a las discotecas. Entender cuándo nacieron y por qué. Para eso había que atravesar muchas décadas en sentido inverso. Rebobinar hasta el origen clásico de las salas. El que todos aceptan como el cambio fundamental. Y eso sucedió en el París ocupado cuando el jazz pasó a disfrutarse en gramófonos. Una solución capaz de esfumarse en cuestión de segundos si la policía llamaba a la puerta. La discoteca (dos platos para alternar las canciones, bolas de espejos, podiums, sillones…) se estableció tal y como la conocemos con los soldados estadounidenses de vuelta.

    Ese es el origen para fijarnos también en la música que sonaba. Y de los 40 a los 80, si tuviéramos que escoger un hilo conductor, ese sería el sonido de las guitarras. Distintas, pero presentes siempre. No es menos importante la llegada del twist, del cual hablamos largo y tendido en el capítulo. Primero para otorgarle un cambio decisivo: el baile individual y liberado de la idea de ligoteo; el segundo, la incursión gracias a ello de la comunidad gay. A lo largo de todo el relato, esa comunidad es crucial para la activación cultural y se va entrelanzando con las vivencias y recuerdos desde el Pepermint Lung o el Whiskey a Go Go hasta las discotecas de la Ruta.

    “La llegada del twist marcó un cambio decisivo: el baile individual y liberado de la idea de ligoteo y la incursión -gracias a ello- de la comunidad gay”

    Nombres propios

    Es posible que todos los capítulos de la serie se puedan reducir a un par de nombres propios. Estructuralmente así se han definido: un nombre propio de personaje y otro de discoteca. En este caso, los que sobresalen son los de Juan Santamaría y Oggi. El primero es el dj fundacional de todo el movimiento. Con una vida ávida de viajes y experiencias, su paso por ciudades turísticas como Granada, Ibiza o Sitges y sus travesías físicas por Amsterdam, Londres o Glasgow le dieron el background suficiente como para importar toda esa modernidad hasta Valencia. Sí, el solo. Sin más apoyo que el de su propia inquietud por una música –la británica– y una forma de hacer que importó casi por casualidad hasta su ciudad.

    Él conoció de primera mano las mieles del rock y el pop en la emisora parroquial de la pedanía de Castellar. Siendo adolescente vio el crecimiento turístico de Benidorm y de sus extranjeros con otra mentalidad. Sus trabajos en hoteles y salas de fiesta le fueron abriendo el campo laboral y, sin habérselo planteado, descubrió un oficio, el de DJ, para el que se sacó un carné laboral cuando Franco todavía estaba vivo. A través de su voz pasamos por distintas salas capitales en el relato. Es posible que sus experiencias más relevantes sucedan en Cap-3000 (Benidorm) y Oggi (València).

    En la ciudad, antes, ya se había experimentado en torno a locales como Capsa 13, Christopher Lee, Studio o Crac. En uno de ellos pinchó Javier Mariscal y hasta conoció a Els Joglars. El dibujante y diseñador valenciano más internacional era una de las voces a las que estábamos obligados a acercarnos. Igual que a su hermano Pedrín Mariscal, uno de los popes del estilo y la moda en la València de los 80. En sus casas y estudios de niños pijos, en El Carmen y en el centro de la ciudad, se suceden algunas fiestas donde se explora con marihuana, costo y algún LSD extraviado.

    En el capítulo tratamos de rastrear el origen de la Ruta a través del rock. Para ello también entendemos que “la modernidad no se puede entender sin los cafés y sin los bares”, como cita Carmen Alborch a Rudolf Steiner. Ella misma o Francis Montesinos son agitadores de la València que “se despierta tras la capsa del franquismo”, que apunta el primer alcalde democrático de la ciudad en 40 años, Ricard Pérez Casado. Con él en el Gobierno local empieza a relajarse el miedo a expresarse. La mayoría de los actores se sienten cómodos hablando del tema, aunque no siempre ligan este origen a la llamada Ruta del Bakalao. Sí lo hacen los dj’s, porque todo lo que sucederá a lo largo de los 80 es una evolución progresiva de estilos.

    La música, en el centro

    “El punk se expandirá muy poco después por España. Todo lo que sucedió después de las primeras elecciones democráticas fue una contestación hedonista”

    Como apunta Julio Andújar, interiorista y propietario a la vez de locales tan importantes como Crac, Casablanca, Tropical y ACTV, la música siempre estaba en el centro de la historia. O como también comentaba en su entrevista Rafa Cervera, la música se convirtió “en un melting pot”. En torno a ese agente dinamizador empezaron a confluir otras disciplinas. Si hubiera que elegir tres, sin duda, serían la moda, el mundo del cómic y el diseño. En gran medida porque la moda era la primera herramienta de expresión. La segunda porque los fanzines habían empezado a realizarse como arma subversiva ante lo establecido. La última porque los locales y nuevos productos se querían exhibir y querían ser parte de la modernidad que iba apareciendo.

    En el capítulo queríamos afrontar la música desde el origen del movimiento. Y entender el movimiento en su sentido más amplio. El twist liberó el cuerpo y la mente y, progresivamente, el rock y el pop acabarían siendo determinantes. En los 70 dos variables se habían separado lo suficiente como para generar grandes públicos. La primera es el funky. El año 1977 cuenta con un par de efemérides cruciales para el mundo de las discotecas y su música: la publicación de Radioactivity (Kraftwerk) y del maxisingle ‘I Feel Love’ de Donna Summer, compuesto por el tótem de la disco Giorgio Moroder. La llegada de películas como Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977) y Grease (Randal Kleiser, 1978) generó una dilatada presencia mundial del estilo en todo el mundo hasta bien entrados los 80.

    Un camino hedonista sin retorno

    Al unísono, pero en total disonancia, el punk marcó los últimos años de los 70. Ese germen londinense se expandirá muy poco después por España, en unos años donde la cançò tuvo una presencia que no hemos querido pasar por alto. Precisamente como reacción generacional, todo lo que sucedió después de las primeras elecciones democráticas fue una contestación. Una contestación hedonista. Así lo han ido describiendo durante los últimos meses las decenas de voces que ha recogido la serie. Un caldo de cultivo para la libertad que, sin embargo, no es nada tranquilo en el ámbito político. Los jóvenes han iniciado un camino de no retorno hacia una década que les pertenece. Pero justo antes de iniciarse 1981 el ambiente en el Congreso está enrarecido y la crisis económica va a servir de excusa para que los estamentos que no han hecho la menor transición (poder judicial, fuerzas del Estado…) quieran tener una última palabra.