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  • Gaizka Mendieta. La frenética vida hedonista de un hombre de negocios

    Publicado originalmente en la revista GQ (octubre de 2019)

    Gaizka Mendieta lleva más de 10 años retirado. Hace 20 que marcó “un gol realmente increíble”, aunque Jota de Los Planetas, con quienes actuó guitarra en ristre en el FIB, nunca aclara si fue este el tanto que le dejó noqueado o la volea por la escuadra en el Camp Nou frente al Barça. Es un hedonista calmado. Ha convertido su vida como exfutbolista en un largo verano dedicado a casi todos sus placeres, donde la familia, el deporte y la alimentación cimientan su pirámide de prioridades. Quizá, por ese orden.

    Es el mismo líder tranquilo que campeó con su melena rubia al mejor Valencia CF de todos los tiempos. Vive al norte de Londres por varios motivos de ocio y negocio, aunque no por este orden: la city le ofrece la mejor alineación de conciertos y tiendas de vinilos. Al igual que su padre le heredó la filia por el ejercicio (fue portero de Primera División), su madre hizo lo propio con los negocios. Por eso, hoy es uno de los socios de la cadena Ibérica de Nacho Manzano (con ocho restaurantes en Reino Unido), fue inversor de StreetXO Londres y acaba de abrir allí mismo Arros QD junto a Quique Dacosta.

    “Vivir en Londres te abre las puertas a invertir en casi cualquier negocio. En la restauración, Londres es una prueba de fuego: si sobrevives allí, puedes escalarte hacia el resto del mundo”. Pero su actividad profesional va mucho más allá de los restaurantes y, cómo no, tiene que ver con el fútbol. El deporte que le dio más gloria de la que hubiera imaginado, según confiesa, sigue siendo su pasión. Por eso, a día de hoy es embajador de la UEFA, de LaLiga y del FC Barcelona.

    Su perfil calmado esconde todavía a un hombre lleno de ambiciones: acaba de superar el Máster Ejecutivo en Dirección Deportiva de la UEFA (y avanza que no le han regalado ni una décima en la nota). Además, es comentarista de Viva LaLiga, el proyecto de Mediapro sobre nuestro fútbol para el mundo. También trabajó para Sky y parece empeñado en hacer del inglés su lengua vehicular para comentar este deporte, sobre todo porque, advierte, en España cuesta que las opiniones no acaben siendo un arma arrojadiza y personal. Algo que admira de la cultura británica de los medios.

    Entre viaje y viaje, convertido en un conferenciante cada vez más habitual e invitado constantemente a todo tipo de summits internacionales, nos concede una tarde en València. Allí correrá en unos meses su primer maratón, entrenado por el equipo Katoa, en torno al cual ha programado una serie de acciones “para concienciar a cualquier de que el deporte ha de formar parte de la vida. Incluso cuando pasas toda la semana entre aeropuertos y hoteles, como es mi caso, sin gimnasio estable ni mucho tiempo para organizarte.

    GQ: Para no ser previsibles: hablemos de fútbol. En tu labor como embajador de UEFA o LaLiga, estás especialmente atento y haces hincapié en las etapas formativas. Pero ahora, como nunca, la exposición de los jugadores jóvenes es abrasiva. Hay contratos de patrocinio millonarios para chavales de 13 o 14 años, padres que dejan su trabajo por representarles… ¿Cómo se las hubiera ingeniado Mendieta con tu personalidad de haber crecido formativamente en este contexto?

    Gaizka Mendieta: Cada caso es único y dependemos del entorno, de cada familia, de la procedencia. Incluso diría que la cultura de esa familia es clave en este sentido. Tuve la suerte de que mi padre fuera jugador de fútbol profesional. Fue mi representante durante un tiempo, hasta ser consciente de que ese mundo se le iba de las manos. Entonces supo delegar en el que fue mi representante a lo largo de toda mi carrera. Es un problema que un padre crea que tiene la capacidad para abarcar todo. Es imposible. Porque hoy en día el mundo del fútbol es complejo: ya no son solo los contratos deportivos, hay patrocinios, hay imagen y un entramado muy grande. Lo importante en la etapa formativa es que el padre y todo el entorno no ha de olvidar que el chaval todo lo que quiere es jugar al fútbol.

    -GQ: ¿Se pueden estar frustrando carreras por esta presión comercial sobre el deporte?

    -M: En el campo eso no debe afectarte, pero es verdad que tiene cada vez más una presencia en la evolución. Quizá excesiva, especialmente por el aspecto mediático que se deriva de las redes y cuya importancia en lo deportivo no es real. Como en cada ámbito, federaciones, clubes, representantes y familias deben dedicar mucho tiempo a la educación.

    -GQ: ¿Cuánto falta para que des el salto al banquillo y formes parte de esa formación a pie de campo?

    -M: Espero saciar esa curiosidad y… hasta diría necesidad de ser entrenador. Sé que va a llegar. Si valgo o no o si es algo que está hecho para mí o no, el tiempo lo dirá.

    -GQ: Lideraste el centro del campo en equipos como el Valencia CF o el FC Barcelona y hasta cuando juegas partidos en equipos de legends llevas el brazalete de capitán. Miedo al liderazgo no es… ¿Por qué has dado a tu carrera como entrenador todavía?

    -M: No todo el mundo vale para ser líder. Hay líderes por naturaleza y otros que aprenden. Si analizo mi carrera, no será un rol atípico o en el que no me vaya a sentir cómodo. No va a ser extraño en comparación con lo vivido. No ha surgido porque es cierto que, por mi momento vital, no estoy diciéndole a mi agente que me ofrezca como entrenador. Por mi parte no ha habido proactividad y eso limita las opciones. Pero llegará.

    -GQ: ¿En quién se mira Mendieta para ser entrenador?
    -M: No quiero decir nombres, porque la etiqueta iba a ser inevitable, pero por mi perfil y personalidad, me miro en entrenadoras más calmados, analíticos, muy próximos al jugador… Tengo claro que ya puedes ser un filósofo, que los ha habido, pero si después lo que trabajas no da resultados, el jugador no se convence de tu labor. Tengo claro que mi perfil, en cualquier caso, está a la baja y ahora parece que destacan voces más autoritarias, más fuertes. No es mi perfil.

    “El fútbol va a tener que dar un paso adelante con respecto a la homosexualidad”

    -GQ: El mundo del fútbol cuenta con una base de recursos económicos privilegiada y parece que hay aspectos en los que se ha decidido a dar un paso hacia delante: por ejemplo, el fútbol femenino. Como embajador de UEFA y de LaLiga, ¿cómo se vive desde dentro esta revolución?

    -M: Era algo que tenía que llegar. Estaba olvidado por parte de todos, aunque a la vez teníamos países dando ejemplo, como Estados Unidos. Y la respuesta es muy buena. Estamos viendo aforos estupendos en la final de la Champions, en nuestra final de Copa, en otros partidos… Pero no me parece una tendencia. No me parece que los clubes estén interpretando esto como una oportunidad de negocio. El fútbol femenino te permite alcanzar a más ámbitos de la sociedad e integrarlos. Sin ellas no llegas a todos los ámbitos del deporte. FIFA, UEFA y la propia Liga están convencidas de esto y la prueba es que, como ya se premiaba en el tenis o la NBA femenina, hay reconocimientos individuales como el Balón de Oro, la Bota de Oro. Hay margen de recorrido, pero solo va a ir a más.

    -GQ: Sin embargo, hay otro ámbito de la sociedad en el que no parece haber tanta prisa. ¿Cómo es posible que todavía no exista una normalización de la homosexualidad en el fútbol profesional?

    -M: Desde luego no es un tabú. Es un hecho y el que no quiera verlo, en nuestro mundo o en otro ámbito, es porque no quiere. Si únicamente pensamos en los cientos de miles de federados y federadas en España, es evidente saber que existen. Que esas personas están ahí. Ahora bien, ahora mismo esas personas tienen la carga de los pioneros. Habrá una fase de adaptación y parece evidente que no es una decisión fácil de tomar por el entorno del fútbol. Creo que es verdad que ha cambiado mucho el fútbol y es algo que va a tener que cambiar. Se va a tener que dar ese paso adelante que ya ha ocurrido en otros deportes y el entorno del fútbol tiene que empezar a pensar en ello. Tiene que ocurrir. Para que eso suceda, la jugadora o el jugador tiene que notar esa protección. Tengo claro que el club protegerá, pero el paso es transversal porque esa persona irá a jugar a otro campo… Es un paso que deben dar federaciones, clubes, todos.

    -GQ: Hablemos de negocios. ¿Por qué optaste por la restauración para realizarte como empresario?

    -M: Mi madre estaba metida en negocios. Es algo que he visto en casa. Y siempre me dijo que si me metía en algo, tenía que ser algo que conociera. Viviendo en Reino Unido era consciente de la falta de oportunidades en la gastronomía para comer cocina española de calidad, de producto. A inicios de esta década, aunque parezca mentira, no existía. Estaba José Pizarro y había dos o tres referencias contadas. Entonces, surgió la oportunidad de entrar en Ibérica. Cuando entré teníamos tres restaurantes y ya vamos por ocho (en distintas ciudades). Me interesó por el enfoque: el producto es la prioridad. Cuando alguien habla de Ibérica en Reino Unido, lo hace por la calidad con un precio muy accesible.

    -GQ: Y tras la inversión y retirada de StreetXO, acabas de abrir un gastronómico con Quique Dacosta: Arros QD. ¿Por qué te enrolas en este otro proyecto?
    -M: Después de tres años preparando su salida, estoy muy ilusionado, la verdad. Y llega ahora porque ahora en Reino Unido empieza a haber una base de consciencia y de cultura gastronómica española. Podemos hablar de un socarrat y respetar recetas y tradiciones, poniendo en valor un ticket por una paella que está cocinada con mucho respeto. Hacía falta que pasara este tiempo para que el proyecto de Arros QD con Quique tuviera sentido. A esto también le ha beneficiado que muchos británicos, por acumulación, viajen a España y haya esta relación de ida y vuelta.

    -GQ: Tu desarrollo como hombre de negocios ha acabado por ligarte a Londres.
    -M: Londres te ofrece muchas cosas. Un abanico de contactos casi para cualquier idea, para cualquier negocio. También es cierto que ahora mismo, estar rodeado de sus aeropuertos me permite cumplir con los actos de embajador, con conferencias y responsabilidades por todo el mundo. Pero sí, llevo seis años establecido por completo en Londres y no hay planes de que eso cambie. Es la base para los negocios, pero también me da muchas salidas con respecto a la música (no olvidemos que también ejerce de dj), el fútbol, nuevas aventuras…

    -GQ: Aunque no es menos cierto que esta temporada ha sido la que más veces y más tiempo ha estado en España. ¿Es una premonición?

    -M: Es cierto. Entre lo personal y lo profesional, he venido más que en los últimos 10 o 12 años. Por el momento, la relación con Mediapro es buena y seguimos adelante. Además, hay más proyectos con LaLiga, pero no hay planes para moverse de Londres.

    -GQ: Antes de despedirnos, ¿qué disco es el que más está escuchando?
    -M: Como todos, no niego que hace mucho, muchísimo, que no me siento a escuchar un disco de pé a pá. Consumo canciones, algo que también se relaciona con lo bien que me viene para mis sesiones como dj. Pero últimamente, al que más tiempo le dedico es al último de Vampire Weekend (Father of the Bride, 2019).

    -GQ: Es un gran lector, de Hornby a la novela negra. ¿Qué libro lleva hoy en la maleta?
    -M: Novela histórica, de un compañero tuyo (Borja Bilbao, periodista deportivo). El encargo, sobre Michelangelo Buonarroti.

  • Felipe Pantone: “La perdurabilidad de la obra de arte no es importante para mí”

    Publicado originalmente en la revista GQ (septiembre de 2019)

    Felipe Pantone representa un caso paradigmático de movilidad dentro del mundo del arte. Su principal rasgo es el dinamismo, da igual a qué época de su trayectoria pertenezca la obra, su tamaño o la ciudad en la que estampe. Su vocación es, textualmente “ultradinámica”. Es también la cuadratura del círculo de una alquimia deseada en cualquier era de la creación humana: una interpretación de un pasado reconocible, pero con capacidad de ser revisado desde la contemporaneidad; una autoafirmación en los referentes clásicos, pero con la vista puesta desde un respeto absoluto al presente.

    El arte óptico, el street art y hasta el arte configurable conviven sin arañarse en su ingente creación, aunque una buena parte del mundo le descubrió en la muestra Beyond the Streets, celebrada en Los Angeles en 2015. Allí, conviviendo con obras de leyendas del arte urbano como VHILS o Futura 2000, Pantone deslumbró con la reinterpretación de un Corvette de 1994. La velocidad de aquel bólido era superada por la interpretación cinética de este hijo de argentinos emigrados a España y propietarios de un bar. Para entonces ya se había pateado medio mundo, había iniciado stages en los estudios de algunos de sus ídolos y había dejado rastro de su obra en varios rincones de España.

    Pantone es un fenómeno en Instagram, donde sus plantillas de efectos faciales son utilizadas por anónimos y modelos, indistintamente. Y es un artista hecho a sí mismo, que desde la preadolescencia no ha soltado el bote de spray y que inició sus estudios de Bellas Artes en València antes siquiera de haber visitado un museo. Hoy es el el último fichaje de Hennessy para interpretar sus botellas de coñac de edición limitada. Otro guiño al mundo del arte de más de esta marca, del grupo de lujo LVMH, que ha donado 200 millones de euros para la reconstrucción de Notre Dame, pero que cada año ‘colecciona’ las firmas más inalcanzables del street art para reformular su elixir de alta graduación.

    Si bien es cierto que en el pasado Hennessy ha logrado la colaboración para este proyecto de tótems como Futura 2000, Scott Campbell o Vhils, la identidad de Pantone parece pensada para el lema de esta bebida: remixing the present. Pantone, que fue asistente de Seen en 2012 (ideológicamente, una de sus principales influencias artísticas) y publicó su base argumental en 2013 (el futurista Manifiesto Ultradinámico), mantiene un ritmo de vida inverosímil desde entonces. Ha realizado en poco más de cinco años 15 exposiciones individuales en 13 países distintos. Su obra impregna ciudades de Tahití a Nueva York, de Dortmund a Monrovia, de Moscú a Puerto Príncipe. Cubre muros, camiones y cascadas en galerías comerciales. En este caso, un recipiente de edición limitada al acceso de unos pocos.

    -GQ: ¿Te sentiste en tu salsa con el lema remixing the present?
    -Felipe Pantone: La verdad es que sonaba atractivo. Estuvimos viendo qué puntos en común podía haber, por eso viajé en un par de ocasiones a Cognac, para revisar toda su documentación, conocer su historia y su legado. De mis estudios en Bellas Artes extraje pocas cosas, pero una de ellas fueron los conocimientos en historia del arte. Y lo digo porque conocer cómo ellos habían interpretado su historia, conocer su bagaje fue la única manera de comprender cómo iba a poder aportar cosas. Por otro lado, tardé mucho tiempo en convencerme de que me hubieran elegido para este proyecto, porque los artistas que llevan en estas ediciones durante la última década son uno tras otro referentes míos. No me llego a encajar en esa especie de alineación de estrellas todavía.

    -GQ: ¿Qué te inspiró de aquellos viajes a sus bodegas?
    -F.P.: Me impresionó la coherencia que ha tenido la marca a lo largo de estos siglos (producen ininterrumpidamente desde 1765). El master blender de la marca es ni nada menos que la séptima generación de la familia encargada del producto. Este respeto a la tradición es muy interesante porque no influye en que, él mismo, tenga ningún reparo a que su producto sirva para cócteles o para mezclarse. Por un lado, vi como la marca y quien la custodia tiene un respeto integral por su historia y por otro se muestran abiertos con naturalidad a romper el canon. Esto es interesante, porque en Europa el coñac es una bebida que se toma saboreándola y disfrutándola por sí sola, pero en Estados Unidos, que es un mercado enorme para ellos, la marca tiene mucha salida a partir de la mezcla.

    “Quiero que las cosas nuevas, que los nuevos proyectos y las nuevas ideas me pillen trabajando. Cuando pintaba graffiti ya era así. Estaba rematando una pieza y jodido porque ya tenía otra en la cabeza”.

    -GQ: Te hemos visto cubrir muros de rascacielos, con dimensiones enormes. ¿Te preocupa en algún caso aplicarte a una figura escultórica más reducida?
    -F.P.: Para nada. Una botella no es más estática que una pared o que un lienzo. Mi trabajo tiene mucho que ver con la transformación y el dinamismo. Y eso puede aplicarse a un espacio natural, a un muro o a una botella. Mi objetivo es imprimir esta intención a cada proyecto, a cada idea.

    -GQ: Al fin y al cabo es una botella. ¿Te preocupa que se deseche?
    -F.P.: No me preocupa lo más mínimo. Hay que desdramatizar ese hecho. Es algo que me ha enseñado el graffiti. El componente efímero de mi trabajo es algo que ya ni me planteo. La perdurabilidad de la obra de arte no es importante para mí. Es importante que la cultura avance, que se generen cosas nuevas. Si tu escuela es pintar trenes que ni llegan a salir de la cochera con lo que has hecho… te aseguro que no pasa nada si alguien tira la botella.

    -GQ: Pese a que has vivido durante varias temporadas fuera de València, acabas volviendo y has establecido aquí tu base en dos estudios. ¿Hasta qué punto crees que la la luz de València es un reclamo, te influye y te hace regresar a aquí?
    -F.P.: No me lo planteo, pero estoy seguro que, de alguna manera, está ahí. La luz está en toda mi obra y está en el principio de la vida, en la exploración de todo lo que hago, en el color… La luz es para mí la vida misma y, conceptualmente, es muy interesante.

    -GQ: ¿Cuántas veces te han tentado con trasladar a tu equipo y tu base fuera de València?
    -F.P.: Es una idea constante, pero creo que el final de esa posibilidad llegó el año pasado. Estuve viviendo en Nueva York y, por muchos motivos, estaba bien. Pensé, me caso y me quedo aquí para siempre. Y mientras lo pensaba, un día tras otro, intentaba quedar con alguien para tomar algo y me decía: vale, en dos horas nos vemos aquí. Luego, pasaba otro día, intentaba quedar con otro para otro asunto y me decía, vale, en 3 horas aquí. O mañana a las 6 aquí. Y yo pensaba, todo está bien en cierto sentido, pero no estoy loco. Necesito crear en un sitio donde pueda disfrutar de la vida. Donde la vida en sí, supongo, sea más fácil. Volviendo a tu pregunta anterior, creo que la luz también es importante, como lo es en un sentido pragmático tener dos estudios grandes, abarcarlos con distancias cortas y hacer mucha más obra de la que podría abarcar fuera por cuestiones como la movilidad, etcétera.

    -GQ: También es cierto que hoy en día, un artista global como tú puede plantearse una sede atípica al establishment gracias a la tecnología.
    -F.P.: Ni lo dudes. Hace 15 años, Felipe Pantone no estaría aquí. Estaría obligado, como en el pasado, a vivir en alguna de las llamadas capitales del arte. Y lo mismo sucedería si hiciera música o me dedicara a cualquier otro tipo de creación y mi trabajo estuviera dando vueltas por el mundo. Definitivamente, esta situación es posible gracias a la posibilidad de comunicarnos telemáticamente y físicamente.

    -GQ: Acabas de hacer mención a que aquí, entre los dos estudios, puedes abarcar una cantidad de producción importante. ¿Hasta qué nivel incrementarias tu equipo y tus espacios? ¿Hasta qué punto alcanza Felipe Pantone como creador sin desdibujarse en sus colaboradores?
    -F.P.: En este momento mi capacidad productivo creativa está a tope. Este es el límite de todo lo que soy capaz de generar, que todo pasa por mí y acaba siendo obra que firmo y que reconozco. Y este es el límite, hasta aquí llego, cosa que saben mis galeristas. En el estudio tenemos mucho cachondeo al respecto, sobre cómo cuesta de producir una obra y cuando sale, decimos… hale, otra obra de arte al mercado. Pero lo decimos porque confiamos en todo el proceso y yo necesito estar a gusto con el método de producción. No me permito ni un refrito. No lo hago por mí, pero diría que mis galeristas son conscientes de que cualquier otro tipo de producción dejaría de ser interesante a nivel comercial.

    -GQ: O sea, que la demanda es muy superior a la producción actual.
    -F.P: Muy superior (ríe). Pero me siento cómodo en esa tensión. Me he acostumbrado a esa exigencia, a esa presión. Es una situación favorable para mí. Veo mi carrera como un camino. Nunca me pongo metas a corto plazo. Una exposición sí me ayuda a concretar cosas, a intensificar conceptos y a encontrar qué decir, pero no produzco con un pensamiento de mercado. Eso sí, me sienta bien notar que hay más demanda de lo que soy capaz de producir.

    -GQ: No te pones objetivos a corto plazo, pero las exposiciones cumplen su papel de metas volantes. ¿Cómo os organizáis?
    -F.P.: Por ejemplo, ahora estoy desarrollando cinco o seis series a la vez. Trabajo en obras y series que no termino, porque a menudo en el proceso tengo nuevas inquietudes y me voy por otros derroteros. Hasta que concluyo una serie. A menudo, ese final está motivado porque aparece un proyecto muy ilusionante y veo que lo que estábamos trabajando, el discurso y los derroteros de la serie, ya están agotados.

    -GQ: ¿Qué ideas centrales creen que se pueden reconocer en una serie y otra? ¿Qué rasgos característicos, más allá de tu manifiesto, eres capaz de fijar ahora?

    -F.P.: Una motivación completamente nueva, un lenguaje singular que suponga algo que no hemos hecho, que no hemos explorado todavía. Como en el caso de la botella, como en cualquier proyecto de arte urbano, si hay algo que aprecio son las limitaciones. Las limitaciones también son un rasgo distintivo porque estimulan mi creatividad. Es como si a ti te dijeran que tienes que hacer la entrevista en tan solo 300 palabras. Si no es el canon al que estás acostumbrado, ese es el estímulo. Ahora pon a Felipe Pantone en una botella, en un puente, en el atrium de un centro comercial…

    -GQ: Así que si alguien quiere engatusarte para un proyecto, que te ofrezca algo que no haya visto en tu portfolio.

    -F.P.: Por supuesto. Hay más probabilidades (ríe).

    -GQ: Y al que no le asuste verte trabajando en seis series a la vez. ¿Hay un valor positivo en la capacidad para ser prolífico?

    -F.P.: Para mí, rotundamente, sí. No quiero que esto suene a comparativa, por favor, pero tengo presente lo que hizo Picasso a este respecto. Ser prolífico le permitió evolucionar más y más rápido. ¿Cuántas vidas vivió en un sentido de evolución artística? ¿Cuatro, cinco? No paraba y yo tampoco quiero parar. Quiero encontrar nuevas series sin parar. Quiero que las cosas nuevas, que los nuevos proyectos y las nuevas ideas me pillen trabajando. Cuando pintaba graffiti ya era así. Estaba rematando una pieza y jodido porque ya tenía otra en la cabeza. Quería terminar, pero terminar bien, porque así ya tenía más cosas en la cabeza. Como dice el refrán, a razón de 14, siete la media.

  • J.R. Seguí: “El drama de la política cultural es la ausencia de proyecto y la destrucción de lo anterior”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    José Ricardo Seguí estudió filología y empresariales, pero es conocido como periodista cultural. Además, ha sido becado por la Fundación Shakespeare y por la German Marshall Found of United States para la formación de periodistas. Por eso, si alguien le considera maestro, más allá de lo escrito durante los últimos 35 años, tiene argumentos fundados. Ha sido, indistintamente, autor de los magacines No tocar y Barraca Magazine, colaborador de La Vanguardia, El Mundo o Popular 1. Ha escrito, coescrito o participado en la publicación de una docena de libros, ha ideado y proyectado exposiciones y encuentros de arte, ha sido miembro de una infinidad de jurados en concursos de muy distintas disciplinas, ha participado como moderador y ponente en otra infinidad de congresos y atesora algunos premios que dan cuenta de su intensa trayectoria.

    Sin embargo, a “J.R. Seguí” se le reconoce por este firma a lo largo de tres décadas en Levante EMV. Durante la segunda mitad de ese periodo, fue jefe de Cultura, editorialista y otras tantas labores en este periódico. Rutinas diarias que compaginó con algún proyecto institucional, como Les Mogudes de la Dipu o el Circuit Rock. Al inicio de su trayectoria hizo un paréntesis para abrir uno de los clubs de conciertos más recordados de València: Garage. Fue promotor de algunos de los directos internacionales más inesperados de la ciudad, aunque no tardó mucho en volver a ejercer como plumilla. Y aquí sigue, como columnista de Valencia Plaza y colaborador habitual de la revista Plaza. Aunque su bagaje es extenso, esta es una aproximación a su visión actual del oficio de periodista cultural y lo que le rodea.

    -¿De padres periodistas?
     -No.

    -Filólogo, pero periodista cultural. ¿Cómo surgió la oportunidad?
     -Estudié filología. Durante mi etapa universitaria inicié la publicación de un fanzine con cuatro amigos. A uno le gustaba la música, al otro el cómic, otro que escribía bien, otro pintaba bien… Se llamó No tocar y solo tuvo dos números. Hablábamos de literatura, arte, tebeos, ilustración… Uno de los dueños de Barraca lo vio y me pidió hacer un fanzine para ellos. Era el mismo rollo, blanco y negro offset, pero con más recursos. Con aquello me planté en Noticias al Día, donde resulta que estaba Abelardo Muñoz al frente de Cultura. Me sonaba de algo, porque era mi vecino. Me compró algún artículo para el suplemento y ya me enganché a publicar allí. Cuando me di cuenta, estaba dentro, mientras seguía estudiando. Abelardo me enseñó el Nuevo Periodismo, me orientó y fue mi primer maestro.

    Noticias al Día y Qué y Dónde, para los que trabajaste, destacaron bastante en la información cultural de los 80.
     
    -Eran los medios progres del momento en València junto a la Cartelera Turia. Allí publicaba de todo: crónicas de conciertos, reportajes, artículos de opinión. Me pedían muchas cosas, sobre todo en torno a la ‘movida valenciana’, que era donde tenía más relaciones.

    -¿Qué disciplinas artísticas eran las que más te atraían?
     -Todo lo que tuviera que ver con la música y el cómic. También la literatura, creo, pero no me pedían nada de eso. Total, que sin darme cuenta me había hecho un buen book de artículos. Me fui a Levante, les enseñé lo que hacía y me ficharon. Todo esto siempre como freelance.

    -Tu marca tenía mucho que ver con estar conectado a los Carlos Simó, Vicente Mañó…
     -Es que nadie estaba cubriendo ese ámbito en los periódicos. En Levante EMV supieron verlo. Estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno. Mis espacios naturales de ser joven y disfrutar eran Planta Baja, Gasolinera, Barro y Pyjamarama… Seguía estudiando y para mí era casi una diversión. Sin darme cuenta, me convierto en ‘el chiquito’ que está en esos sitios, pero lo cuenta en un periódico. Porque otros sí lo hacen para otros medios, como Rafa Cervera, que además de en su fanzine Estricnina, empieza a estar aquí o allá. Más tarde, porque te hablo de mediados de los 80 o un poco antes, está Jorge Albi en la radio y tal.

    -Pero tu carrera como periodista cultural se interrumpe momentáneamente: te conviertes en el promotor de Garage.
     
    -‘Napo’ Beltrán me ofrece irme a Arena Auditorium, al grupo, para montar Garage. La relación es interesante, porque como otras veces, nace de que les doy una hostia por no dejarme entrar a un concierto. Ere el concierto de los Psychedelic Furs, pero aquello estaba hasta arriba, yo iba con el fotógrafo de Levante a hacer mi reportaje y resulta que no me dejan pasar. Pues hale, una hostia a cuatro columnas. Total, que discutimos, pero eso hace que hablemos. Nos disculpamos y me propone montar Garage poco después.

    -Garage se convierte, tras Arena, en la otra sala trascendental en València para conciertos internacionales. ¿Qué edad tenías? ¿Quién estaba contigo?
     
    -Tendría 25 o 26 años, porque abre en el 87. Emilio Ruiz se encargaba de la parte de promotor y gestor y yo me llevo a Remi Carreres (bajista y compositor en Glamour y Comité Cisne). Está trabajando conmigo porque necesitaba más brazos y Remi, con quien me llevaba genial, pensaba como yo. Para currar, mejor tener a alguien que, oye, ya que vamos a hacer conciertos, quiera ver a los mismos grupos que tú y se implique. Hacía su labor de relaciones públicas de forma natural, compartíamos mucha música. Emilio ha sido para mí un referente, una auténtica máquina de trabajar y trascendental para la música en València en aquel momento.

    -¿Por qué funcionó tan bien?
     
    -La idea era crear un club al estilo británico. Un club de nueva cultura para València, con mucha personalidad. Nos mirábamos en el Marquee, en The Haçienda, en el Astoria Theatre. Y eso pasaba, en gran medida, porque aquí también actuaran los mejores grupos británicos.

    -¿Cómo conseguisteis que vinieran? ¿Quién hace de enlace con Londres o Manchester?
     
    -Nosotros hacemos una lista con las 50 bandas que queremos que vengan a tocar a Garage. Esa lista se la damos a Robert Mills, ‘El inidio’, un tipo que ahora vive en Barcelona, pero que hace de enlace con Reino Unido. Cuando la ve, flipa. Flipa porque ve que es coherente y que entiende lo que queremos traer. No era tan difícil de entender la lista, porque nosotros leíamos Melody Maker o NME, comprábamos ese tipo de discos. Emilio, Remi y yo queríamos ver a esos grupos y Robert podía traerlos. Además de eso, también había propuestas de promotores locales.

    -Y bandas locales.
     -Esa era otra pata fundamental. Queríamos que los grupos locales actuaran en buenas condiciones. Yo estuve un año, pero durante ese tiempo, todos los grupos locales cobraron su caché, tuvieron su camerino, su backline y su catering.

    -¿Qué bandas que pasaran por Garage te vienen a la cabeza casi sin pensar?
     
    -A Certain Ratio, Jazz Butcher, Dream Syndicate, The Replacements, Flesh For Lulu, La Resistencia, Seguridad Social, Inhibidos Quizás, Falsa Pasión… Me vienen a la cabeza con facilidad porque guardo los carteles todavía.

    -¿Está justificada la nostalgia feliz de aquel tiempo en València?
     
    -A ver, hay que entender el contexto. Aquí todo era novedad. En València, en los 80, hicieras lo que hicieras, todo era nuevo porque veníamos de la nada. No hubo un plan. Fuimos jóvenes y nos divertimos. La magia del momento, la potencialidad del asunto, tiene que ver con eso. Nadie pensó que fuera a cambiar el mundo. Hacíamos lo que nos daba la gana y eso era mucho. Te daba alas a tener una actitud de decir, pam, traigo a A Certain Ratio. Por qué no. Unos hacían conciertos, otros cómics, otros fanzines… Lo importante era que podíamos hacer lo que nos diera la gana.

    -Pero vuelves a Levante. ¿Te quema la noche?
     
    -Me mata. La noche no es para todos. Una cosa es un concierto, un fin de semana o tres. Aguanté un año en Garage. Alguien de Levante me dijo que me dejara caer. El director, que entonces era Ferran Belda y ahora es amigo íntimo, me dijo, ‘que sepas que te doy un contrato de seis meses porque no confío en ti’. Cuando se acabaron los seis meses me hicieron indefinido y allí estuve hasta abril de 2015. Belda acabó siendo otro referente y un gran maestro para mí.

    -Me han dicho que la alineación de esa redacción de Cultura en Levante era de alto voltaje.
     
    -El redactor jefe era José Vicente Aleixandre y luego estábamos Xuso Civera y Ventura Melià, con los que he trabajado casi 30 años. Nunca he tenido diferencias con ellos. Ni siquiera separamos las disciplinas. Y estábamos estupendamente. Fue un equipo inigualable que diría que dejó una huella en el periodismo cultural valenciano. Aprovecho para decir que, siendo el último en llegar, cobraba más de lo que cobra ahora un redactor en cualquier sección. Uno que acabe de llegar. Se cobraba más, considerablemente, mientras que la vivienda y la cerveza eran bastante más baratas que hoy.

     -¿La competencia con Las Provincias ya era fuerte?
     
    -Era durísima. Como te he dicho, estuve en el momento adecuado en el momento oportuno, porque la generación de Levante quería quitarse el estigma de haber sido prensa del Movimiento. Eran todos muy jóvenes y querían convertirse en lo que ya eran, en el diario progre, muy próximo a la ciudad, muy independiente. Era un diario muy de su tiempo. Y aunque la competencia periodística era sana, entre los periodistas era sana, la de las cabeceras era durísima.

    -Antes de adentrarnos en los 90, ¿por qué fue tan fructífera esa etapa en la creación de políticas culturales? ¿Por qué trasciende tanto?
     
    -Por lo que te decía: no había nada, todo se hace. Y hay criterio. Ciprià Ciscar sabe rodearse de gente interesante. Sabe escuchar, que es poner en práctica lo que la gente inteligente que te rodea te dice, no escuchar para no hacer nada. Se rodea de gente importante en el teatro, en el cine, como Muñoz Suay. Y el gasto, lejos de lo que se piensa, está muy racionalizado. El IVAM no es caro. A mí me parece que sale baratísimo. Las cosas salen baratas cuando sabes lo que quieres hacer.

    -Hagamos historia comparada. ¿Cuál es la diferencia con el momento actual?
     
    -Que ahora hay gestores, pero no hay proyecto. No hay políticas. Los 80 salen beneficiados porque suponen un tiempo de iniciación, de creación. Todo es bienvenido y hay entendimiento con la sociedad, hay viento favorable desde el periodismo, sin tener por ello que abandonar la crítica.

    -Que la sociedad esté por la labor de modernizar, de dejarse atraer por los impactos culturales, seguramente da alasEl caso del IVAM es paradigmático por su consenso social… [interrumpe].
     
    -…¡pero no político! De un lado estaba Tomas Llorens, que quiere crear el Institut Valencià d’Art Modern. De otro lado, Aguilera Cerni, que quiere crear el Institut d’Art Modern Valencià. El detalle era mayúsculo. Pero Llorens venía rodeado de gente como Alfaro, Genovés, Mompó o Arroyo. Vino con todos los pesos pesados y se logra que el IVAM sea un referente del arte contemporáneo para Europa, el primero en España al que imitaría el resto. De haber optado por un museo sobre arte valenciano, ¿de qué estaríamos hablando hoy al hablar del IAMV?

    -Gracias a la ‘movida valenciana’, a sus conciertos internacionales o al IVAM, que un periodista cultural valenciano interaccionara con artistas extranjeros era una cosa natural. ¿Qué entrevistas te pasan por la cabeza?
     
    -De no ser por el IVAM, no hubiera entrevistado a figuras del arte importantes en cada momento. Por supuesto. Me pasan tantos por la cabeza… Pero bueno, con la música, otro tanto. Mi sensación es que he entrevistado a miles de personas. Me vienen a la cabeza Jim Kerr, Siouxsie Sioux, Eric Burdon. Con Alan Vega me he ido por ahí, con Depeche Mode, además de irnos de fiesta, les enseñé la ciudad. Vestidos de cuero de arriba abajo, llamaban un poquito la atención por Colón. Me lo pasé muy bien comiendo con Echo & the Bunnymen en una pizzería de Convento Jersualén.

    -Los Carlos Simó, Vicente Mañó y otros actuaban desde la empresa privada. ¿Qué nombres crees tú que desde lo privado fueron fundamentales para aquella efervescencia?
     
    -Simó en la noche, Mañó con conciertos, pero también Rodolf Sirera para el teatro, Carles Mira… En el arte, Miquel Navarro, Carmen Calvo, Sanleón, Morea…; en la moda, Montesinos y los Mariscal…; en el cómic, Daniel Torres, Micharmut, Sento Llobell, Mique Beltrán… En cada disciplina había un ramillete de nuevos creadores que hoy son lo que son. Y allí estaban. O sea, aquí, en València. Creando todos a la vez.

    -En la nada. ¿Qué había antes?
     
    -A nivel asociativo, que es importante, había cuatro cosas. La Sociedad Filarmónica, el Ateneo Mercantil, el San Pío V que era un desastre, la Academia de Bellas Artes de San Carlos y poco más. Si eres político y progresista y llegas a aquel páramo, pues, claro, haces cosas. Haces tu plan urbanístico, haces el IVAM, recuperas a todos los niveles el Centre del Carme, logras la ampliación del San Pío…

    -¿Y para que la ciudad se activase tanto, crees que pudo tener algo que ver que su alcalde tuviera 34 años?
     
    -Bueno, sin duda. Sin duda es importante. Se nota. Se ponen muchas cosas en marcha a la vez desde el Ayuntamiento. Se entra en el plan estatal de auditorios, pero no solo eso, porque se crea la Trobada de Música del Mediterrani, la Mostra de Cinema, el Encontré d’Escriptors, se intenta crear una Universidad al respecto…

    -La ansiada capitalidad cultural mediterránea. ¿Por qué esta línea?
     
    -Porque València no era nada a nivel internacional y tenía todo el sentido ocupar ese lugar. ¡Ves, no? Había un proyecto. Íbamos a eso. Teníamos que conseguir eso.

    -Era ambicioso, pero quizá había vientos favorables teniendo en cuenta que en el Estado, la Generalitat y hasta en la Diputación había mayorías absolutas del mismo partido que gobernaba la ciudad.
    -Sí y no, ojo. Que en los gobiernos valencianos, los representantes eran de tres familias distintas. Aquí estaban los lermistas, los ciscaristas y los asuncionistas. Pero había un pacto de no agresión. De ninguna agresión. Y, bueno, sí, es cierto. Había colaboración. La Diputación hace un número de cesiones, de la Sala Parlalló al Principal, que son muy importantes luego para todos. Hay cordialidad.

    -Ahora los gobiernos valencianos también están alineados, si es que esa alineación se debe regir por una cuestión de partidos.
     -El problema ahora es otro. Son otros problemas. No hay proyecto, insisto. Creo que me van a leer varias veces esto la entrevista, pero es que no hay proyecto. El conflicto, el drama de la política cultural valenciana, es la ausencia de proyecto. Y la destrucción de lo hecho por el anterior.

    Desarrolle esta última parte de su teoría.
    -La capitalidad cultural del Mediterráneo nos situaba en un contexto global. València tenía que ser referente en algo y el espacio estaba descubierto. Teníamos razones históricas y patrimoniales para aspirar, pero sobre todo voluntad política. ¿Por qué se desdibuja por el camino? ¿Por qué nos quedamos a mitad? Por cuestiones políticas. Porque cuando hay un cambio de gobierno, el que llega, ha de arrasar con lo que se haya hecho.

    -¿Y no te parece que esto es todavía más evidente en el caso de la Cultura? 
     -Es especialmente sensible, puede ser. Pero es que son visiones del mundo muy diferentes. Pero es grave, ¿eh? Es grave. Porque el Palau de la Música es el Palau de la Música, sea quien sea su responsable. No puede ser una verbena. El Prado, lo dirija quien lo dirija, es El Prado. Las instituciones culturales funcionan si tienen claro su objetivo.

    -En las artes plásticas y en las escénicas, hay una queja latente y otra constante sobre la fórmula de gestión a través de comisiones. Es decir, la de los nuevos directores que, gestionando tras ser elegidos por concurso público, sacan también a concurso buena parte de las exposiciones e incluso de la programación. Rodolf Sirera, por poner un ejemplo de alguien que ya ha salido en la conversación, se queja de que no haya responsables al frente de las instituciones que firmen la programación y de que una buena parte de las nuevas estrategias se diluya en comisiones.
     
    -Bueno, pero eso es otra cosa. Eso es clientelismo. Es la forma de quedar bien con mucha gente y, a la vez, no complicarte la vida. El Centre del Carme, por poner un ejemplo que supongo está en entredicho por lo que dices, funciona de maravilla. Va mucha gente. Ahora, no tengo ni idea de cuál es su línea. No sé qué hace, pero va mucha gente y, ojo, eso es positivo. Lo lógico es que si alguien cobra un sueldo por ser el responsable de un centro, tenga una línea y tome decisiones en su nombre. Porque así puede ser evaluado y podemos calcular su eficiencia. Objetivos y planes conocidos, y decisiones a menor escala, tangibles. Si se diluye en comisiones que eligen exposiciones, líneas… Es imposible evaluar y es imposible que un espacio tenga una repercusión que trascienda lo inmediato de cada sarao, de cada inauguración, de cada ‘evento cultural’. Pero bueno, que si quieres hablamos de esos concursos públicos, porque lo de los cargos públicos elegidos sin injerencia es mentira. Están influidos, y ya está. Hay que decirlo. Se influyen desde las comisiones, desde decisiones de todo tipo, desde baremos a puntuaciones. No son concursos ‘libres de carga’. ¿Y cómo lo sabemos? Pues porque no están los mejores en los sitios donde deberían estar. Si quieres te pregunto a ti por À Punt en ese sentido…

    «EN LOS ÚLTIMOS CUATRO AÑOS SOLO LEO PLANES, PERO NO VEO OBJETIVOS. Y MUCHO MENOS RESULTADOS, CLARO».

    -(río) Las preguntas las hago yo, si me dejas.
     
    -Mira, a mí la línea de (José Miguel G.) Cortés me puede gustar más o menos. Me puede parecer bien o mal, pero sé cuál es. Sé a dónde va. Veo cuáles son sus sensibilidades, como interpreta los recursos que tiene el IVAM y, a partir de ahí, le evalúo. Ya te digo que me puede gustar más o menos. Cuando han pasado por el Rialto los Tordera, Morera o Zamora, he sabido qué querían. He comprendido qué hacían y su estrategia estaba clara. En los últimos cuatro años solo leo planes, pero no veo objetivos. Y mucho menos resultados, claro.

    -Planes, estrategias, objetivos. Habrá quien piense que la distancia para que haya cambios es solo una cuestión de palabras.

    -Pues habrá que explicar que esa no es la diferencia. Yo los planes los hago el fin de semana o en verano. Digo, voy allí o voy allá. A lo mejor al final no voy allí, pero tengo el plan hecho. Ahora bien, si digo: este es mi objetivo. Tengo claro que me he comprometido con ello. La gestión pública es compleja, no lo niego, pero aquí lo que veo es mucha falta de espenta. Si es que yo tengo algo que decir, que lo digo porque tú me preguntas, digo que no he entendido la política cultural de este gobierno actual. Del valenciano. Y la prueba, creo, está en que ahora están saliendo las voces críticas. Las voces que han estado cuatro años calladas, a la espera, supongo. Pero no va más.

    -¿Va a ser una legislatura complicada?
     
    -Muy complicada. ¿Tú cómo la ves?


    -¿Las preguntas las sigo haciendo yo?
     
    -…también es cierto que somos herederos de un pasado sin el menor criterio. Vivimos en una ciudad que ha hecho gestión cultural sin criterio. Mira, ¿tú sabes por qué se hace el Palau de les Arts?

    -Para que el Gobierno de Zaplana tuviera uno o varios edificios de ideación propia y algo tan grande y costoso como la Ciudad de las Artes y las Ciencias no trascendiera como un legado lermista, que lo es.
     
    -No es eso. Mira, ahí iban las Torres de Comunicaciones. Las torres de Calatrava, que son parecidas a las que hay ahora en Malmö (Suecia). El PP quiere parar el proyecto de estos rascacielos, pero Calatrava, al parecer, amenaza con demandarles, con los cimientos ya hechos. Entre tanto, Olivas dice de hacer allí una fuente. Un chorrito allí, con los cimientos ya hechos. Sobre la marcha, un conseller narra que se va a Suiza a ver a Calatrava. Y Calatrava le pinta una acuarela y le dice, ¿te gusta? Y el conseller, me cuenta que dice, sí. Se la firma y dice, toma, para ti. Y el conseller vuelve con las acuarelas, según me ha contado. Y aquella acuarela tan bonita resulta que era, finalmente, un teatro de ópera. Pero que fuera para una ópera o para un teatro de danza contemporánea o para lo que fuera ya se decidiría más tarde.

    -¿Quieres decir que los edificios se proyectaban sin tener definidos su uso?
     
    -Se dibujaban, sí. ¿A ti el museo de las Ciencias, qué te parece? ¿No te parece un aeropuerto? ¿No te parece una galería de cristal a la que se engancha los fingers (los brazos que conectan el embarque con los aviones)? Porque a lo mejor resulta que aquel edificio era para un aeropuerto, pero bueno, luego resulta que va allí en medio. Me dicen que cuando llegó Zubin Mehta a Les Arts le preguntó al arquitecto que dónde estaba el foso para la orquesta de la ópera. ¡Zubin Mehta, que no podías haber fichado a nadie más prestigioso ni más caro para dirigir una ópera! El arquitecto le señaló dónde iba supuestamente la orquesta y Zubin Mehta le dijo que, efectivamente, allí no cabían ni 40 personas, mientras que en la orquesta tenían que entrar unas 100 con sus instrumentos. Y así se hacía todo. Sobre la marcha. Que es el único teatro de ópera al que se accede por detrás, que tienes que cruzar el edificio para poder entrar, algo que se desconoce si existe una cosa más surrealista en el mundo. ¿Y cuánto dinero costó ese proyecto, pregunto?

    -Has cogido carrerilla con lo de preguntar. Me suena que unos 300 millones de euros.
     
    -400. Solo los bajos donde ahora está Berklee costaron 95 millones de euros, según me aseguran las fuentes de su gestión económica. ¡Unos bajos! El lateral del edificio costó 95 millones de euros. No puedo cuestionar que València tenga una ópera, pero cuestiono qué sucede cuando no hay proyectos públicos. Nadie sabía que aquel bajo iba a costar 95 millones de euros. Nadie sabía que Les Arts costaría 400 millones de euros. Hubiera sido inasumible, pero entonces se valía no saber a dónde se iba, qué se hacía. Ahora tampoco se sabe, por diferente motivo.

    -Ya que te has puesto a cuestionar y que hablamos de orquestas. ¿Tiene sentido que una ciudad, con los recursos económicos que tiene València, tenga dos orquestas?
     
    -No. Obviamente, lo cuestiono. Y no tenemos dos, tenemos tres, que la Diputación de Alicante paga otra. ¿Y qué sucede? Que todas viven en precario. Van al límite. Están incompletas. Les faltan músicos. Les faltan solistas. En cambio, podrías tener la mejor del Sur de Europa sumando presupuestos. Es cuestionable, sin duda.

    -¿Es cuestionable que el Palau de la Música ocupe el 56% del presupuesto de Cultura de la ciudad? Porque no tengo claro que la cultura que viven valencianas y valencianos suceda en el Palau, que, por cierto, no trasciende a su edificio.
     
    -València ha crecido de forma desorbitada y desordenada. Y la Cultura ha crecido de forma ilógica, en comparación a cómo lo ha interpretado el Ayuntamiento. Hay cosas que no tienen sentido desde un punto de vista de eficiencia económica, como tener dos orquestas, pero también como lo es tener dos grandes auditorios. El problema es que Les Arts se crea como un icono. Como le dijo Calatrava un día a una concejala, ‘tú no ibas de pequeña al aeropuerto a hacerte fotos, pues aquí tienes la foto’. Es triste como planteamiento, pero más triste es que si creas cuatro salas (las de Les Arts) no lo hagas con un plan para asumir contenido de otros sitios, como por ejemplo, el del Palau de la Música. El Palau de la Música podría haber quedado para otras cosas: para las bandas, para el jazz, el flamenco, como espacio de conferencias idóneo en el centro de la ciudad. Lo digo, sobre todo, por dotar de contenido a Les Arts, que es inabordable. Para abrir la sala Martín y Soler de Les Arts hacen falta cinco personas de seguridad, más toda una alineación de técnicos. ¡Una sala pequeña! ¿En qué mente cabe eso?

    -Políticamente, creo que hubiera sido inasumible que el Palau de la Música hubiera perdido a la Orquesta de València. Por público y tradición.
     
    -Sí, por público. Es cierto que el Palau tiene un público fiel, pero es que además de eso el Palau no es el que era…

    -¿A qué te refieres?
     
    -A ver, el Palau de la Música que yo recuerdo tenía actividad casi todos los días. No solo música y ni mucho menos de la OV. Pero no paraba. Era una actividad constante, quizá justificable con el margen de presupuesto que dices. No entiendo qué ha cambiado. Yo no veo que tenga menos personal y el margen de presupuesto ha crecido, en comparación. Serán más caras las contrataciones, no lo sé.

    -Estamos cruzando la gestión de la Administración autonómica con la local. Quizá alguien se pierda, pero no sé si queda claro dónde está el problema.
     
    -Hay para todos. ¿A ti no te sorprende que la nueva Secretaria Autonómica de Cultura sea la exalcaldesa de Sueca que acaba de perder las elecciones? Yo no puedo dejar de suponer que sea muy buena persona, que tenga mucha sensibilidad, pero yo me pregunto, ¿no deben estar los mejores en los mejores puestos? En una secretaría autonómica… Pero mira, que es un caso, que es reciente, no me pongo porque si no, a lo largo de mi trayectoria tengo 200 de estos…

    -¿Canal 9 fue alguna vez clave en la generación de un star system cultural?
     
    -No ha habido star system cultural valenciano, por mucho que intentara venderlo así Esteban González Pons o por mucho que, sorprendentemente, lo vendan ahora con las mismas palabras los actuales gestores de la tele. Pero bueno, Canal 9 bastante problema tenía con ser lo que era. Una empresa pública de radio y televisión con más de 1.600 trabajadores. A día de hoy, no entiendo cómo pudo aguantar. Tengo amigos que estaban en Canal 9 y que están ahora en À Punt y que se quejan de lo mucho que trabajan. Tú estás en una redacción, yo he estado 30 años. Somos periodistas y, en fin, sabemos de lo que hablamos… Entiendo que ahora estén agotados, pero sobre todo espero que no se les ocurra pensar que tener a 1.600 trabajadores era algo normal.

    -¿Qué esperas o qué piensas de À Punt, cumplido su primer año y medio de vida?
     -À Punt es necesario, sin duda, pero ha sido parido con demasiadas prisas y con demasiada intencionalidad política. No se maduró suficientemente y esto tiene mal arreglo. Hubiera esperado más tiempo, más consenso, más evidente, menos prisa política. Lo gracioso, por no decir otra cosa, es que la prisa política no ha servido para que ningún partido del Gobierno lo use a su favor. Me preocupa ver cosas que pertenecen a un modelo de los 90, que me transmiten ese modelo. No es que mis hijos ya no vean la tele así, es que ni yo veo la tele así. Ni la radio, qué decir.

    -Parece que las culpas de casi todo estén en lo público. ¿Qué parte de responsabilidad de una mala gestión de recursos culturales o comunicacionales está en la gestión privada?
     
    -En la gestión privada no, en la sociedad civil. Hay una ausencia total de sociedad civil. Hay ausencia de reivindicación y de autocrítica, y no se me ocurre nada más preocupante. La sociedad civil está como apartada y, si no vuelve a tener protagonismo, no habrá un rearme cultural. Si no hay rebeldía, no hay crítica, no hay proyecto con el que ser crítico… vamos mal.

    -Al criterio y a la crítica tampoco ayuda el estado desnaturalizado de los medios. O, al menos, desnaturalizado con respecto a los 80 y 90.
     
    -Es que hay mucho miedo a perder el trabajo. Demasiado. Hay mucho desconocimiento en las materias, en el caso cultural. Y hay pocas ganas de complicarse la vida, porque la gente joven ahora está a otras cosas. También creo, desde mi edad actual, que solo la madurez te permite ser crítico.

    -En mi caso, te aseguro que la valentía desde la ignorancia ha servido de mucho.
     
    -Sí, bueno. Pero es cierto que, como ecosistema mediático, desde los 90 solo vamos a menos. Los periódicos ya no son determinantes como vehículos de comunicación. La percepción social es que la información y los medios son gratis. Esto provoca que su financiación venga, en gran medida, del sector público. Más sustento de lo público que de lo privado y, claro, acaba influyendo. Hace también que las personas que podrían opinar y deben opinar estén fuera del sistema.

    -¿Por ser incómodos?
     
    -Sobre todo, por ser caros.

    -Has escrito de la gestión pública y privada en la Cultura en torno a València y la Comunidad Valenciana durante más de tres décadas. Me tienta mucho pedirte un ranking de despropósitos, aunque sea en prosa.
     
    -¡Es que son muchos! Yo que sé. La Ciudad de la Luz era interesante si no hubiera costado 400 millones, la hubieran situado en Alicante porque había que encontrar alguna cosa nueva que hacer en Alicante y no hubiera acabado anulada por Europa. El proyecto de Berlanga, como sabrás, era hacerla en Sagunto. En La Nave, porque a nosotros no nos hace falta tener una ciudad de estudios como la Warner en Hollywood. Pero coincide con algún ciclo electoral y se lo llevan a Alicante. También porque el segundo ciclo de interés de aquello es el proyecto de un montaje de urbanizaciones y hoteles de lujo en terreno rústico a su alrededor. Y un parque de atracciones. La crisis paraliza ese súper proyecto secundario. El 80% de los contratados en Ciudad de la Luz, mientras dura, son ‘hijos de’ y ‘vinculados a’. Y, por si fuera poco, lo gestiona una empresa externa. Una empresa pública, pero gestionada por una empresa externa. Todo claro, ¿no?.

    -Ciudad de la Luz está bien, pero hay más despropósitos difíciles de explicar alguien que no sea valenciano: Ciudad de la Euforia, Alquería del Artista…
    -La Ciudad de la Euforia, del que nadie se acuerda, efectivamente, es un proyecto de Irene Papas. Zaplana necesitaba gente alrededor que aplaudiera y le diera caché, y lo de Irene Papas le venía muy bien. Pero también tuvimos La Ciudad de los Pueblos.

    -¿Cómo?
     
    -Sí, hombre, en el psiquiátrico la querían hacer. Un parque de atracciones con espacios ‘reconocibles’ del territorio valenciano. Como lo de Poble Nou en Barcelona o Getafe en Madrid. ¿Pero se te ocurre mayor despropósito que el Palau de les Arts, que si no tuviera ni un solo día de actividad ya cuesta más de cuatro millones de euros mantenerlo en pie? ¡Al año!

    -Es el presupuesto de algunos teatros situados entre lo más alto de los rankings estatales de crítica y público.
     
    -Hay despropósitos que son difíciles de ver, como tener decenas, no sé si centenares de salas de exposiciones en la Comunidad Valenciana, en distintas gestiones administrativas. Tener salas de teatro estupendas en la ciudad de València cerradas, es un despropósito. Que los políticos programen, hoy, es un despropósito.

    -Para cerrar la traca que nos has dejado con algunos masclets, algunos nombres propios a definir en pocas palabras. Si te apetece. ¿Ricard Pérez Casado?
     
    -Un buen alcalde.

    -Rita Barberá.
     -Una ilusionista.

    -Joan Ribó.
     -Un gestor.

    -Joan Lerma.
     -Un político.

    -Eduardo Zaplana.
     
    -Un ambicioso.

    -Francisco Camps.
     -Un iluminado.

    -Ximo Puig.
     -(Piensa más que con ningún otro nombre) El actual president de la Generalitat.

    -Ciprià Ciscar.
     -Alguien que supo escuchar.

    -Consuelo Ciscar.
     -Se le fue la pinza.

    -Tomas Llorens.
     
    -Un tipo con ideas.

    -Felipe Garín.
     -Un tipo interesante.

    -Helga Schmidt.
    -Una máquina de trabajar. Una bestia.

    -¿Vicent Marzà?
     
    -¿Quién?

    -Mayrén Beneyto.
     -Muy lista.

    -Glòria Tello.
    -Muy desconfiada.

  • María Ángeles Arazo: “La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema”

    María Ángeles Arazo es periodista cultural desde finales de los años 50. El ritmo de producción actual, a sus 89 años, pasa por la publicación de dos artículos a la semana. Los pueden leer en Las Provincias, diario para el que lleva trabajando más años que los que dura una carrera en este oficio. Compaginando una vida libre con una actitud feminista “en el trabajo y en la casa”, ha escrito más de cincuenta libros, aunque ella rebaja la cifra desde la modestia y para discriminar encargos, publicaciones menores y algún que otro olvido consciente. Ha escrito de fe y supersticiones en la España negra, ha conocido el valor de las personas olvidadas y engañadas en el ámbito rural valenciano. Ha sido reportera social, ha entrevistado a las estrellas internacionales que pasaron por la ciudad, ha sido redactora bajo la batuta de Vicent Andrés Estellés y compañera (a las órdenes) de María Consuelo Reyna.

    No pocos valencianos la tienen presente desde sus estanterías, a través de alguno de los 30 títulos creados al alimón con Francesc Jarque. Junto al ya desaparecido fotógrafo conformó una dupla creativa irrepetible. Mediante la palabra y la imagen, Arazo y Jarque definieron la gastronomía, las tradiciones, los ritos, el folclore, los pueblos, el patrimonio y, en definitiva, la cultura valenciana de la segunda mitad del siglo XX. Un legado crítico que ahora se expone visualmente en La cámera i la vida, muestra póstuma de visita obligada (hasta el 29 de septiembre en el Museu Valencià d’Etonologia). Ella ha prologado el catálogo porque la periodista que fue sigue en activo. En su cabeza se acumula una de las perspectivas más ricas sobre la transformación del cap i casal. De la riuà a Calatrava, de los locales underground del Carmen en los 70 a la expansión del carril bici. La conversación que sigue es una cata a la experiencia acumulada, un descenso a una hemeroteca viva y crítica sobre este lugar y sus eventuales pobladores.

    -¿De padres periodistas?
     -No hay ninguna relación familiar con el oficio. A mí me gustaba contar lo que veía. No podía imaginar algo mejor que vivir de contar lo que quería conocer. Es la clave de mi inicio. Eso y tener una madre moderna a más no poder. Era taquimecanógrafa y estudió francés en la universidad tan joven que la tenían que acompañar. Sus ideas modernas me ayudaron siempre, además de que me apoyara en todo.

    -¿Pero tenía claro que quería ser periodista?
     -Estudié magisterio también, pero tenía claro que quería serlo, sí. Estudié en Madrid, porque en València no había nada de esto. Nos llamaron la promoción de València, por la riada del 57. Del 57 al 60 estuve en clase. Éramos una veintena, entre los cuales solo había cuatro chicas. El primero de la promoción quizá te suene: Jesús Hermida.

    -Pero tenía claro que quería volver a València. Escribir ‘de València’.
     -Tan claro como que escribí desde antes de irme a Madrid. Tuve alguna oferta más tarde para quedarme allí, pero antes de irme ya estaba publicando en Levante. Publicando y cobrando, porque siempre he procurado publicar… y cobrar (ríe).

    ­-¿Cómo surgió la oportunidad de publicar en Levante?
     
    -Siempre he sido muy osada. Sobre todo, de joven. Mandé mi primer artículo a Levante antes de irme a estudiar periodismo a Madrid. El artículo acabó, naturalmente, en la papelera. Llamé y logré que me pasaran con el director. Le pregunté qué había pasado, por qué no se había publicado. Muy amable, me dijo que no era lo que un lector de Levante buscaba. Me dijo qué era lo que sus lectores querían, me invitó a escribir otro y al día siguiente ya se lo había enviado.

    -¿Y ya eran temas culturales?
     -Sí. Siempre he querido hablar de la cultura, del patrimonio, de las tradiciones, del folclore… Me gustaba mucho la pintura. La gente tenía el pasatiempo esnob de visitar las salas de arte. Prat, Benlliure, más tarde Azcárraga… A mí me gustaba y, supongo,  una cosa me llevó a la otra.

    -Enseguida llegó su serie ‘Valencianos en Madrid’, quizá una pista para los actuales formatos Valencians pel món Españoles en el mundo. ¿A quién entrevistó?
     
    -Berlanga, López Ibor, Concha Piquer o al Maestro Rodrigo. A Rodrigo recuerdo entrevistarle antes de ser tremendamente popular gracias al ‘Concierto de Aranjuez’. Vivía con su mujer en una buhardilla muy humilde de Madrid. Conservo una carta suya…

    -¿Conserva mucha correspondencia?
     
    -No, no mucha. No me gusta presumir (ríe).

    -En los 60 da el salto a Las Provincias. Y eso que sus series, como Valencianos en Madrid (los reportajes se publicaban ocupando tres días de la semana) eran conocidas. ¿Por qué cambió de diario?
    -Pues porque como yo no era de Falange… En Levante, al final, siempre que había una vacante acababa entrando alguien de Falange. Y a veces también entraban sin vacante. Me harté de esperar a que me hicieran redactora en plantilla. Llamé a José Ombuena y le dije, el día que tengas una plaza, avísame y me voy con vosotros. Habló con los propietarios y, directamente, me incorporé al cabo de unos días.

    -¿Cómo se lo tomaron en Levante?
     
    -He de decir que Adolfo Cámara, que era el director, hizo todo lo posible porque me quedara. Pero yo ya me había comprometido con Ombuena y no había marcha atrás.

    -José Ombuena fue director de Las Provincias de los 50 a los 90. Estuvo al frente de un diario muy distinto, en una València muy distinta, en cuatro décadas muy distintas. ¿Qué supuso su dirección para la evolución de su carrera?
    -Es una figura clave para mí. Era muy profesional, pero con una gran humanidad. Le pedí nada más entrar que, por favor, me dijera en cada texto qué estaba mal. Y con todo el trabajo que tenía, lo hizo. Me influyó más allá de mi trabajo diario. Por ejemplo, hice un prólogo muy erudito para mi libro Valencianos de la mar, lleno de referencias a La Ilíada y La Odisea. Cuando se lo enseñé, me dijo, quita eso del libro. Me dijo, eso está en todos los libros. Y es cierto que el infierno está lleno de periodistas que citan citas. Me dijo, tú escribe lo que sientas al estar en el Mediterráneo, lo que pienses tú al estar en estos sitios. No escribas lo que ya han dicho todos los demás.

    -¿Cómo era la rutina productiva una vez convertida en redactora de Las Provincias?
     
    -He tenido mucha suerte. Me he movido sin horarios, con una libertad tremenda. Yo llevaba el artículo que se esperaba de mí. Eso sí, cumpliendo siempre con la fecha o la hora del cierre. Cumplía y tenía libertad.

    -¿Cómo se producía una sección como Valencianos en Madrid?
     
    -Pues me iba allí, me pasaba los días que hiciera<<<<<<< falta y volvía con mi artículo. Concha Piquer me hizo pasar más días de la cuenta a la espera de la entrevista…

    -¿Método de escritura?
     
    -Hispano Olivetti.

    -Y, supongo, pocas mujeres en la redacción.
     
    -Pocas, pero algunas. Consuelo Reyna, que también estudió en Madrid, Concha Rago, Nieves Marco… Pero no abundábamos.

    -Pero solo una tuvo los arrestos de lidiar con Hemingway. Se ha escrito sobre su conato de entrevista, que acabó siendo una estupenda pieza periodística pese a que la conversación nunca sucedió. Una especie de Sinatra has a cold a la valenciana…
    -(interrumpe) ¡Y han tratado de hacer una película con aquella vivencia mía!, pero yo me he negado, claro está. Al menos, a participar. Ernest Hemingway pasaba por València con motivo de la Feria de Julio. Venía con su amiguísimo Antonio Ordóñez y él ya era muy reconocido. Así que tenía que intentar entrevistarle, pero era un obseso. Era un obseso sexual. Me decía, por qué no dejamos la entrevista para después<<<<< de la corrida. Te espero en mi habitación, es la número 69. ¿Sabes lo que significa?

    -¿Y cómo resolvió la situación? Porque llegó con él hasta la Plaza de Toros.
     -Soy antitaurina, aunque una vez la Diputación me encargó un libro sobre festejos taurinos y aproveché para hablar de las plazas de la región, que suponen un patrimonio muy desconocido. Pero bueno, aunque no sé mucho de toros, sé que cuando no sé quién toca la trompeta, aquello empieza. Intenté hacer la entrevista hasta que sonó la trompeta. Entonces me fui y la entrevista nunca llegó a producirse.

    -Pero usted escribió el relato.
     
    -Ay, por favor. Deja de llamarme de usted.

    -Disculpa. Te decía que al final hubo relato, publicaste una pieza, pero no entrevista.
     
    -Es que a veces lo mejor de una entrevista no está la entrevista.

    -Aquello tenía mucho de ‘Nuevo periodismo’. De Talese o de Wolfe.
     
    -Como comprenderás, yo he estado al día de lo que se publicaba en el mundo.

    -Está bien que aclare lo de ser antitaurina, porque hay alguna biografía suya en internet que recuerda que ha escrito de tauromaquia, por aquel libro de la Diputación de Valencia.
     
    -¡Pues que quede claro! Antitaurina. Nunca me han interesado los toros. Escribí sobre el patrimonio que suponen las plazas. Las hay muy bonitas e importantes, como la de Bocairent, que está excavada en la roca.

    -Es antitaurina y feminista. ¿Cómo vives el aumento de consciencia de mujeres y hombres en torno a la igualdad?
     
    -Soy feminista y estoy contento de ver a las mujeres en la calle. Les aplaudo. He sido feminista ideológicamente, desde siempre, pero lo intento ser sobre todo en mi trabajo y en mi vida. Quiero decir, que he intentado que el feminismo se me note trabajando y en casa. Quizá he sido menos de evidenciarlo públicamente como hacen ellas ahora.

    -Hay quien te conoce por tus libros. Especialmente, por los que publicaste junto al fotógrafo Francesc Jarque. ¿Cómo surgió la relación?
     
    -Recuerdo visitar una exposición que hizo sobre España, de la que ahora se ven fotos en la del Museu d’Etnologia. La vi y me atrajo mucho. Yo ya había escrito mis libros sobre la España profunda (Supersitición y fe en EspañaCrónicas de la España negra) y pensé, ay, este hombre hace fotos de lo que yo escribo. Era como ver las fotos de aquello que yo estaba haciendo en mis libros, pero, claro, yo iba sin fotógrafo.

    -¿Porque si necesitaba fotos…?
     
    -Las pedía allá donde iba. En todas partes hay buenos fotógrafos. Eso no me paraba porque lo importante, como periodista, era que yo estuviera en el sitio. Luego ya me apañaba yo con las fotos. Pero con Jarque fue distinto, porque vi que él ‘miraba’ lo mismo que yo.

    -En València publicabas sobre temas culturales y folclóricos. ¿Por qué te fuiste a fijar en la España negra de la fe y las supersticiones para aquellos libros?
     
    -Por inquietud. Porque me gustan cosas distintas. Yo había leído que en Galicia había un pueblo en el que, durante unas fiestas, llevaban a los muertos no muertos. A los que estaba previsto que se murieran, pero no se habían muerto. <Y a mí aquello me dio una pista, me atrajo mucho. Ir a descubrir esas tradiciones, en Galicia y en Castilla.

    -¿Cómo te organizabas las expediciones?
     
    -Me apuntaba de puño y letra todas las señas. Las tenía que seguir al dedillo, porque no tenía un móvil que me dijera las cosas a mitad de camino. Y así me pasaba, que España es como es… Una vez, en Galicia, precisamente, a mitad de noche le digo al maquinista del tren que me avise cuando lleguemos a tal pueblo. Y con el tren en marcha me dice que no paran allí, que ese es el nocturno, que va directo a no sé dónde. Total, que me da las señas para bajarme en otro sitio, en mitad de la madrugada, quedarme allí y esperar un tranvía. Y allí me bajé, en mitad de un bosque, sin la menor luz, de madrugada. Oí que venía alguien, un vehículo, y pensé: bueno, si me tiene que matar, que me mate, pero aquí no me puedo quedar. Era el lechero, que va recogiendo la leche por los pueblos porque allí se ordeña en las casas. Muy amable, me llevó a donde quise. He tenido siempre mucha suerte.

    -¿Te sentías segura en estos viajes, como en los muchos que hiciste al interior de la provincia de València?
     
    -Ah, yo sí. Yo siempre he confiado mucho en la gente y la gente me ha respondido. He tenido que confiar para poder hacer mi trabajo. Y siempre me ha ido bien.

    -En Las Provincias, por cierto, Vicent Andrés Estellés era tu redactor jefe.
    -Sí, aunque tampoco tuvimos mucha relación. Pero he de decir que tengo un cuento manuscrito suyo que nunca ha sido editado. A mí me gustaban mucho sus versitos diarios y me atraía su humanidad, su sóc el fill del forner… Me impresionó mucho su entierro y también formó parte de una de mis entradas en la serie ‘Vidas de valencianos ilustres’.

    -Es curioso pensar ahora que Estellés, el poeta, era redactor jefe de Las Provincias. Joan Fuster colaboró durante un tiempo. En tiempos de comunicación viral, es famosa la portada del 9 d’Octubre de 1978 con este diario celebrando a toda página ‘El día del País Valenciano’. Dado que estuviste desde los 60 y hasta la actualidad, ¿qué sucedió para que el periódico cambiase progresivamente su perspectiva? 
    -Fuster no publicó tanto allí. Aquello sería más bien puntual. El cambio no sé porqué sucedió, de eso no tengo ni idea.

    -¿Pero estabas allí?
     
    -A mí, según la época, me hacía escribir Regne de València, País Valenciano, Comunidad Valenciana…

    -¿Cómo recuerdas la llegada de Consuelo Reyna a la dirección?
     
    -Era muy trabajadora, incansable. Muy profesional, excesivamente a veces, supongo. Que El Saler esté como está, aquello de El Saler per al poble, se le debe a ella.

    -Entre todos estos nombres propios, ¿qué periodistas te han influido y por qué? ¿Hay alguno más actual que te guste?
    -Carlos Marzal, Manuel Vicent… Pero en la actualidad hay pocos periodistas a los que se les pueda reconocer por el estilo. No hay estilo. Lo dice Manuel Vicent, que cuando uno escribe y una palabra choca con otra porque se repite en la misma frase, porque genera una cacofonía, cuando un escribe y se da cuenta de esto al instante, es que es un buen escritor. Y ya me doy cuenta yo de que ahora no hay tan buenos escritores en el periodismo. Pero esto ya se pasará, es una cuestión de tiempos.

    -Sí, una cuestión de tiempos es. Antes me contabas que para tu reportaje de ‘Valencianos en Madrid’ te ibas allí a pasar unos días con el entrevistado, entregabas y se publicaba. Y eras redactora en plantilla. Juraría que los tiempos de producción y los recursos eran otros. Es una cuestión de tiempos…
     
    -No, no. No lo creo. Digo que es una cuestión de este tiempo, que está de moda no tener estilo. Que es muy de este tiempo, pero que volverá a haber un tiempo en que el lector exija el estilo, lo busque.

    -Diría que sí hay firmas con estilo, pero me gustaría preguntarte también por los géneros que has trabajado como periodista cultural. Diría que la entrevista es tu género estrella.
     
    -A mí la entrevista siempre me ha gustado en tanto en cuanto me gusta la psicología.

    -¿Y cómo se usa la psicología en una entrevista?
     
    -La psicología ha de servirte para que el personaje, interpretando cómo se comporta o cuándo está dispuesto a hablar, es capaz de hacer emerger su historia. Supongo que en esto también habrá influido que yo nunca he ido a criticar o a demoler a alguien. Nunca he sido agresiva en este sentido porque, sencillamente, no va conmigo ser crítica.

    -Lo has sido en otros ámbitos, como por ejemplo en todos tus trabajos más sociales. Entre otros, reportajes sobre los pueblos y, sobre todo, libros sobre los pueblos del interior de la región: Ademuz, el Valle de Ayora, la Serranía… ¿por qué iniciaste esta cadena de libros sobre las comarcas valencianas del interior?
     
    -Entre otras cosas, porque yo nunca tuve pueblo. De pequeña le decía a mi madre que me llevara al pueblo, porque mis amigas veía que se iban al pueblo. Pero mi madre me llevaba a Las Arenas (ríe). En estos pueblos sí he encontrado mi espíritu crítico. He encontrado una tremenda cantidad de injusticias. Recuerdo, por ejemplo, en el caso del libro sobre el Rincón de Ademuz que el gobernador de turno me llamó y me preguntó si las cosas que contaba en el libro eran ciertas. Le dije que fuera él mismo a comprobarlo y nunca más me volvió a decir nada. Allí sucedían cosas como que la Diputación enviara un dinero para una biblioteca y la biblioteca nunca se hiciera. Y eso casi era lo de menos. Pero de aquellos lugares me apasionaban las personas. Del libro de Ademuz, dijo un periodista, a la señora Arazo le ha gustado mucho el Rincón y un comunista que anda por allí. ¿Cómo no me iba a gustar? Un rebelde interesantísimo, que se había ido a Alemania durante años a hacer dinero para volver y proteger su finca de árboles, para que no los talasen. ¡Fíjate qué historia! Los pueblos están llenos de historias. ¿Cómo no iba a ir allí a buscarlas?

    -También has sido crítica con los más olvidados en la ciudad. Por ejemplo, con la comunidad gitana en torno al Cabanyal.
     
    -Pertenecí incluso a la asociación Pro Gitano. He aprendido mucho de ellos. Ahora recuerdo muy vivamente una chabola que estaba forrada de los envoltorios de los caramelos, de esa platilla. La chabola resplandecía como un espejo y dentro había un niño que recortaba figuritas de animales. Siempre que su madre conseguía un periódico y salía un animal, el chiquillo las recortaba. Le dije a la madre que si alguna vez le había llevado al zoo de Viveros y me contestó que no, porque le daba miedo que si se sentaban en un banco, los que allí estaban se levantaran y se fueran. Fíjate qué historias. Yo he aprendido mucho de todas estas personas.

    -…pero eras una urbanita. ¿Qué aprendiste de todos estos libros por las comarcas de interior valencianas?
     
    -Sentirme cada vez más unida a la gente humilde. Más y más, según han pasado los años. Unida a la gente que sufre, que es engañada, que es olvidada. Ahora se habla de la despoblación, de los olvidados. Pero ahí estaban mis libros hablando del tema en los 70 y 80. Son personas de las que he aprendido mucho.

    -Eres una de las cronistas más conocidas de la ciudad. Sin embargo, desde que empezaste a escribir de València en los 50 hasta ahora, que sigues en activo, la ciudad ha cambiado mucho. ¿Cómo la ves en perspectiva?
     
    -Bueno, la ciudad se ha desbordado un poco. Y lo más importante es que, por desgracia, eso no ha significado que quien la habita la conozca. Es lo más triste. Los valencianos no conocen su ciudad, fíjate qué cosa tan grave culturalmente. A veces me preguntan que si tenemos un museo de etnología. València es desconocida por los valencianos. Y, por si fuera poco, como no se conoce, está dispuesta a mantener sus tópicos, como que hemos vivido de espaldas al mar. ¡Eso es mentira! Desde la prensa del siglo XIX está descrita la importancia de los pabellones, la importancia de la playa para València, de sus poblados marítimos… eso está en mi libro de la València marinera. La ciudad nunca ha estado de espaldas al mar, si no a qué iban a ir allí a sus verbenas, a escuchar a las bandas de música. Ahora que, si que la ciudad está de espaldas al mar se refiere a que no era una aglomeración de gente con la única intención de tomar el sol, entonces sí, hemos vivido de espaldas al mar. Es solo una anécdota que evidencia que los valencianos desconocen su ciudad.

    -¿Y qué te parece su imagen actual?
     
    -Me gusta la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Lo que no me gustó fue el desarrollismo de los 60 en adelante. Todas las ‘nuevas’ edificaciones, claro. Qué horror. Pero me sigue gustando mucho todo el Carmen. Mi rincón favorito es la Plaza de San Luis Beltrán, junto al Almudín. Es deliciosa.

    -Has escrito mucho de su fachada marítima, de sus gentes. ¿Cómo viviste las décadas del plan de extensión de Blasco Ibáñez hasta el mar?
     
    -¡Qué horror! Me ponía enferma solo de pensarlo. Creo que cualquiera con un poco de sensibilidad estaría en contra.

    -Diría que algunos de tus compañeros de redacción y de pandilla periodística no pensaban igual.
     
    -Ah, bueno. Cada cual que piense lo que quiera, pero yo tenía claro que aquello me parecía un horror.

    -¿Quiénes han sido tus compañeros más habituales en el periodismo cultural?
     
    -Pues, sobre todo, me viene a la mente mi amiga Mara Calabuig que yo creo que lo ha hecho todo. Desfiles internacionales y hasta retransmitir la última cremà narrada desde un helicóptero. Pero son muchos, qué se yo. Carlos Sentí, Rafa Marí… En la redacción, muchos otros, como Vicente Lladró, Pablo Salazar, Salvador Barber o Ricardo Triviño, con quien hice el reportaje de la tragedia de les Alfaques (1978) por el que nos premiaron.

    -No mencionas a Jarque, quizá porque la relación es más evidente. ¿Qué trabajos recuerdas con más cariño de aquella dupla tan fértil de periodista-fotógrafo (una treintena de libros conjuntos)?
     
    -Nos lo pasábamos muy bien. Nuestra relación trascendió de lo profesional, porque los dos estábamos separados. Yo me llevaba a sus hijos y aquello ya era una convivencia. Los dos pactamos desde el inicio no interferir en el trabajo del otro, aunque es absurdo pensar que no nos influyéramos con comentarios. Nos lo pasamos muy bien haciendo Gozos valencianos en el altar y la cocina.

    -Has escrito decenas de libros sobre gastronomía, costumbres, folclore, Fallas…
     
    -Aunque parezca que he escrito muchos, en mi cabeza el cálculo funciona de otra forma: he rechazado hacer muchos libros. He viajado mucho más de lo que pueda parecer por mis libros. No he escrito tantos (ríe).

    -Hasta de Fallas, aunque no sé si con una perspectiva muy oficialista.
     
    -A mí de las Fallas lo que me gusta es el modelaje. El taller. Me gusta el proceso, el trabajo, especialmente con la vareta, que hace años que vi cómo se trabajaba. Me gusta la artesanía.

    -A la que le has dedicado libros, como a la cerámica. ¿En esto también los valencianos adolecen de autoestima por desconocimiento?
     
    -Sí, de la artesanía, de la cerámica o de la seda, que ahora parece ponerse en valor. Los productos derivados de la seda en València, la artesanía derivada de la seda, es enorme. Y sucede durante siglos. Es otro gran patrimonio desconocido de la ciudad.

    -La puesta en valor llega a través de uno de los dos grandes proyectos de mecenazgo privado, surgidos de una burguesía ausente hasta la fecha. ¿Por qué salimos tan mal parados en lo referente a este tema en comparación a ciudades como Barcelona, Bilbao, Sevilla e, incluso, Madrid? ¿Por qué nunca ha habido un interés de los capitales por promocionar la cultura o el patrimonio?
    -Bueno, esto ha sido importante. Y lo que voy a decir no es que sea una idea mía, es que está escrito. Creo que está suficientemente documentado. Nosotros no hemos tenido ese refinamiento en la educación desde lo urbano, esa búsqueda de prestigiarse a través de la cultura y mejorar las miras, porque, en realidad, nuestros capitales estaban en el campo. La gente que ha tenido dinero en nuestra región ha estado en el campo. Y en el campo, en la huerta, de la que también he escrito, hay otras necesidades o se piensa distinto. Históricamente, el dinero ha estado o venido de allí. Cuando la economía está fuera de la ciudad, el mecenazgo burgués o ese interés es distinto al de las ciudades que has mencionado, más industriales, más urbanas.

    -¿Es ese el problema de la cultura en València?
     
    -Olvídate, la cultura en València solo ha tenido un problema: su ausencia en la formación escolar. Su desconexión con Educación. En las escuelas se habla de cualquier cosa, menos de la historia de aquí, del patrimonio de aquí, de la cultura de aquí, de la artesanía de aquí. La cultura no está en las aulas y ese es su gran problema. La gente me pregunta cosas muy básicas. En la calle la gente no sabe qué son las Rocas. No sabe si son fallas, no sabe si le dan miedo ni mucho menos qué representa. Es un ejemplo, un caso. Las ven un día por la calle y no saben a qué santo viene todo eso. Y, sobre todo, el problema de la cultura en València es que la gente no lee.

    -Para finalizar, me gustaría recuperar una sección tuya llamada ‘Tic-Tac’, en la que hacía unas preguntas cortas en busca de una respuesta aún más corta, si podía ser. En este caso, a través de algunos nombres propios. ¿Probamos?
     
    -No me interesa este ‘Tic-Tac’… (ríe).

    -Solo serán unos nombres. Empiezo por José Ombuena.
     
    -Gran humanidad.

    -Ricard Pérez Casado.
     
    -No fue valorado como merecía.

    -Joan Fuster.
     
    -Un político.

    -Mª Consuelo Reyna.
     
    -Una mujer comprometida.

    -Carmen Alborch.
     
    -El atractivo.

    -Ripollés.
     
    -Un loco que aprovechó el momento.

    -Anzo.
     
    -Lo intentó, pero nunca llegó al lugar donde esperaba estar.

    -Carmen Calvo (la pintora, claro).
     -Sigue ascendiendo.

    -Manuel Vicent.
    -Otro valenciano desconocido por los valencianos.

    -Consuelo Ciscar.
     
    -Es complicada.

    -Me ha dicho un confidente que es fan de la coentor valenciana. De ese punto kitsch que acompaña a nuestras tradiciones y momentos de esplendor. Dado su bagaje en estos temas, ¿por qué?
    -(Ríe). Mira, yo recuerdo muy vivamente ir a Lanas Aragón y ver allí a la gente que venía a hacerse un vestido. Un vestido para la xiqueta. Y elegían un modelo de la revista. Muy bien, muy mono. Y, entonces, de repente la madre decía: bueno, pero póngale perlitas. Póngale muchas perlitas por aquí y por allí. El vestido era muy mono, pero había que ponerle perlitas, para aparentar algo, no lo sé. El vestido con perlitas costaba el doble, no tenía sentido, pero en Las Aragón te lo bordaban. En fin, esas cosas… En un viaje a Italia, en el entorno de Nápoles, vi vestidos y cosas muy parecidas, muy similares a las que veía en València. Y, de repente, tiraron una traca. Y me dije, ves, si es que seguimos conectados. Nosotros somos así.

  • Carles Gámez: «En la gestión cultural pública echo a faltar la ambición»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Carles Gámez estudió Historia del Arte, pero no quiso ser profesor. Escribió algunas reseñas de discos en Valencia Semanal porque rondaba con Els Pavesos y tenía a mano a Remigi Palmero, entre tantos otros. Pensó que escribir sobre aquellos músicos tan próximos para él y tan extraños para una València entre el gris y el marrón sí aportaba alguna cosa. En Las Provincias le abrieron página “enseguida” para escribir de arquitectura y diseño. Se empeñó en valorizar la huella modernista y art déco de la ciudad, actividad que trasladó a una sección conjunta en Levante tiempo después. “Mezclábamos arquitectura con urbanismo, entrevistas a personajes en sus casas… Y tenía que traer publicidad, así que no duró mucho”.

    Estos fueron los picos de la etapa prólogo hasta coronar su conversión definitiva a periodista cultural en una redacción: era el año 1984 y El Temps pintaba sus números 0 con una plantilla tan joven como influyente hoy, copando direcciones y cargos en infinidad de medios. Allí estaría hasta que en 1989 inició su larga etapa en una Radiotelevisió Valenciana que acabaría abandonando por voluntad propia. Guionista de El show de Monleón, de varios magacines matinales, inventor del popular programa de radio Bikini Club (que dejaría atrás antes de que se convirtiera en el aparador de las discotecas valencianas con Vicent Bartual) o del prestigiado Colp d’Ull. “Era inquietante que un programa de cultura en la tele, que dedicaba monográficos indistintamente al Sónar o a Georges Simenon, se emitiera después de Tómbola”.       

    Pero Carles Gámez ha hecho mucho más. Es el biógrafo –y amigo; resolverá en esta conversación cómo se gestiona la distancia con el artista admirado– de Joan Manuel Serrat. Sobre el autor de Mediterráneo ha escrito todos los libros de. Libros y más libros: sobre Lluís Llach, la revolución feminista de los años Ye-Ye, la mejor crónica de la nova cançó (PUV), y tantos otros. Ha sido guionista de documentales sobre el propio Serrat, pero también sobre la impactante vida de Bruno Lomas (Endora). A día de hoy sigue escribiendo con regularidad en El País SemanalLa Vanguardia y el suplemento Postdata de Levante EMV. Desde hace décadas, su firma ha aparecido indistintamente en VogueS Moda, Woman, EsquireMarice ClaireHuffington Post… Conversamos.

    -En una palabra, ¿Serrat?
    -Cantor.

    -¿Raimon?
    Força.

    -¿Maria del Mar Bonet?
    -Es muy tópico, pero mediterránea.

    -Lluís Llach.
     
    -Ternura.

    -Carmen Alborch.
    -Amistad.

    -Francis Montesinos.
     
    -Fantasía.

    -Joan Monleón (del cual ha escrito un documental que se estrenará en 2019).
    Los mejores años de nuestra vida (ríe). En una palabra, transgresión.

    -¿De padres periodistas?
     -Para nada. Hice Historia del Arte, pero el mundo de las cátedras no me llamaba. Mis padres me dieron mucha libertad. Les hubiera gustado que estudiase Derecho. Algo ‘más serio’, pero supongo que me aproveché de esa libertad ofrecida.

    -¿La primera redacción?
     -La de Valencia Semanal, pero la que me marcó fue la de El Temps. Vicent Sanchis, Josep Ramon Lluch, Adolf Beltrán, Enric Soria, Vicent Martí, Remei Blasco, Ferran Torrent… Son los periodistas que han acabado influyendo en mi forma de ver el oficio.

    -Mucho tabaco, alcohol y máquinas de escribir. ¿Cuándo llegó el primer ordenador?
     -En El Temps viví dos transiciones decisivas: de la máquina de escribir al ordenador y del vinilo al CD. Esta última acabaría siendo mucho más decisiva, porque cambiaría la historia de la industria de la música, a la que yo le dedicaba mucho tiempo. Pero recuerdo que Vicent Partal (VilaWeb), ya en El Temps, antes de que hubiera por allí ningún ordenador, ya nos decía que íbamos a acabar todos tecleando de cara a la pantalla. Él ya era muy visionario. Y aquí estamos.

    -¿La primera pieza?
     
    -La reseña de un disco de Alimara o de Remigi Palmero en Valencia Semanal. Sobre Remigi he escrito mucho, porque vivía desde dentro alguna parte del proceso. Es curioso pensar en esto, porque recientemente he recordado la ilusión que me hacía publicar por primera vez en alguna cabecera. Por ejemplo, en Babelia de El País. Pero hace años que ya no me pasa. Llega el primer artículo en algún otro sitio donde no he publicado antes, y, bueno…

    -Lo primero que publicaste fue una crítica, un género que, por tu oficio y por tu firma, sigues cultivando. Sin embargo, especialmente en la información musical, es un género entre la caída en desgracia y el desuso. ¿Desaparecerá?
    -Es cierto que es mucho más fácil ocupar espacio y recursos humanos en cualquier giro inesperado de Isabel Pantoja en Supervivientes que en una crítica. Y es cierto que, quizá, la crítica musical si ha ido desapareciendo de medios generalistas, revistas de moda o suplementos, aunque tiene sus espacios en medios especializados. Pero la crítica literaria sigue teniendo mucho vigor en los generalistas. Supongo que es debido a los intereses cruzados de los diarios con las editoriales, que siguen siendo fuertes.

    ­-¿La entrevista es una fórmula demasiado accesible para el periodista cultural? ¿Es un lugar común demasiado transitado y, por abuso, menos atractivo?
     -Rara vez he hecho entrevistas de tres o cuatro páginas. Para mí la entrevista se ha dividido en las de redacción, pret a porter, hechas de un día para otro o las que han servido en suma para biografías.

    -¿Y cuál es la que más recuerdas?
     
    -Pues una de las primeras, cómo no, a Serrat. Sería la primera a Serrat importante. Él estaba en el Sidi Saler y cuando llegué me di cuenta de que no llevaba cinta. Desde la recepción pedí que le llamaran y le pregunté si tenía alguna cinta virgen, a lo que me respondió que en su habitación ya no quedaba nada virgen. Se acababa de casar y, de hecho, viajaba en pareja. Total, que me permitió recogerla en notas, pero estando allí, en el Sidi, vino una ventolà y se llevó todas las notas. Yo no sabía dónde meterme, así que él confió en mí y me dejó reconstruir la entrevista de alguna manera. Supongo que también sirvió para acercar más nuestra relación. Recuerdo también con mucho cariño mi entrevista a Tàpies o las que he tenido con Raimon, porque es una persona muy culta, con una cultura muy amplia, muy plural.

    -En tu larga trayectoria, desde el inicio y hasta hoy, tu género estrella es el reportaje. ¿Por qué crees que optaste tan pronto por este camino y qué te sigue aportando?
     -Intuyo que soy hijo de un momento concreto en el que Anagrama publicó de todo aquello del nuevo periodismo. Y, claro, eso para nuestra generación fue una revelación. Que se pudiera leer una entrevista como un reportaje, pero que a la vez fuera una historia, pero que se cruzara con las formas de una noticia a mitad de texto…

    -Es algo que a nosotros nos ha llegado de manera natural, a través de vuestro trabajo diario. Sabemos qué es el nuevo periodismo y a qué firmas pertenece, pero digamos que lo hemos asimilado ya a través de la cultura propia. No sé si fueron los Wolfe, Mailer o S. Thompson quienes te influyeron. ¿Qué firmas recuerdas seguir en aquellos primeros pasos?
    -Pues, sobre todo, la gente del El Temps. Como Vicent Martí, que se preparaba las entrevistas con mucho tiempo y oficio. Por ejemplo, recuerdo el trabajo que le llevó preparar la entrevista al bibliófilo Martí de Riquer.

    -Parece un rasgo común que quien acaba influyendo en el oficio del periodista cultural no es necesariamente un referente para la opinión pública, sino quien le rodea en sus primeros años de redacción, a quien ve trabajar durante 12 o 14 horas al día.
    -Yo creo que sí. En mi caso, Martí me influiría mucho, pero también Enric Soria, Lluís Bonada o Ferran Torrent. ¡Si es que son todos compañeros de El Temps!

    -Dentro de la gestión cultural, ¿qué personaje te ha generado más admiración al conocerlo?
     
    -Sin duda, Eliseu Climent. Como editor de El Temps y responsable de los Premis Octubre, de la librería… Estaba en tantos frentes trabajando, tan inquieto siempre.

    -¿Y desde la gestión pública?
     
    -No he tenido tanto contacto con la gestión pública, creo, pero sí recuerdo con admiración el tiempo de Ricard Pérez Casado. Del 78 al 88, recuerdo una Feria de Julio irrepetible, año tras año. Unos carteles impensables ahora. Supongo que ahora está muy bien tener a David Bisbal y a Els Jóvens, pero para mí la Feria de Julio es ver a La Fura dels Baus en el Mercado de Abastos o la obra de teatro Per davant i per darrere con Juanjo Puigcorbé en la Plaça de Manises. Echo a faltar ambición en la gestión pública actual, especialmente si estamos hablando de la ciudad.

    -A menudo pienso si aquellos felices 80 de la cultura valenciana distorsionan cualquier acción posterior. Por los márgenes económicos de presupuesto comparado, por el ambiente modernizador de la sociedad y porque IVAMs y Palaus de la Música se construyen en una ciudad una vez cada varios siglos. Ahora, a lo mejor, los recursos se han de dedicar a llenar de contenido esas construcciones.
    -No sé si es una cuestión de margen económico. Creo que era una cuestión de ambición y riesgo. En el caso de la Feria de Julio se pensaba en un festival de verano, con sus analogías con el Grec de Barcelona. En cuanto a los grandes edificios y el contenido, lo que interpreto es que la crisis ha obligado a que el IVAM, por ejemplo, se dedique a hacer cuatro o cinco relecturas de sus fondos al año por obligación. Y así, temporada tras temporada, sin quitarle valor al trabajo que no tiene que ver con relecturas. En el caso del Palau de la Música, la programación llega hasta donde llega y, supongo, tiene que ver con lo más duro de la crisis y una lenta recuperación. Quizá se puede acusar de un exceso de lentitud en la recuperación. Pero los contenedores, más que un problema, siguen siendo una incógnita. Porque los museos de la ciudad… Ahí está, por nombrar uno, el Museu de la Ciutat, que existe sin pena ni gloria. Y creo que todo está mucho más en las manos de la creatividad y el ingenio, en la ambición por ese sentido, que en el presupuesto. Que sí, que desde la crisis se arrastra una carencia, pero no creo que la reversión de la situación llegue por una cuestión de dinero. Ahora bien, en los temas de fiestas, al gobierno del cambio de la ciudad, sí se le ve otro ritmo. Se le ve mucho más esplendor, cuidado y creatividad. En fiestas, en general, se ve un interés mayor.

    -Quizá podríamos valorarlo mejor si la ciudad tuviera una estrategia cultural. Una estrategia pública, evaluable. Porque estamos en 2019 y el Museu de Belles Arts sigue desconectado de la ciudad, la ciudadanía oye hablar o habla del Palau de la Música porque se le ha caído un techo, el Teatre Escalante ha desaparecido… ¿algunos de estos conflictos no te llevan a pasar que vivimos en el Día de la Marmota mientras otras ciudades con menos patrimonio, historia y activos culturales nos van sacando cabezas?
    -En el caso del Museu de Belles Arts es cierto que se arrastra el problema de la gestión compartida entre Estado y Generalitat. Un estado que no se resuelve y bloquea movimientos, seguro. Lo del Palau, como afortunadamente no ha habido ninguna desgracia personal, tampoco creo que haya que darle tanto valor. En el caso del Palau de les Arts no se resuelve que en Madrid no nos interpreten como un teatro de ópera, y es más fácil que lleguen algunos euros a Bilbao o a Sevilla que a València. Igualmente, quizá tratando de hacer un paralelismo crítico hacia los 80, es muy probable que una parte de esa acusación de ambición tenga que ver con la iniciativa privada. Pondré un ejemplo, el caso de La Nave. Un estudio multidisciplinar de diseño y de disciplinas paralelas que era todo iniciativa privada, que atrajo las miradas de fuera de València y que sirvió para generar una referencia en un ámbito: el diseño. Un movimiento que yo veo esencial para comprender que ahora estemos pensando en la capitalidad mundial del diseño.

    -Un estudio, La Nave, compuesto por independientes, pero que tenía bastante carga de trabajo institucional. ¿Hay brotes verdes en la actividad privada actual, verdad?
    -Por supuesto, con la búsqueda de la capitalidad mundial del diseño, que es una iniciativa privada, o con la música, con gente como Gener que está haciendo cosas importantes. Por otro lado, Pep Gimeno ‘Botifarra’, que es una figura importante que ahora hemos asimilado, pero que no ha existido en los 90 ni antes. Otra cosa es que eso, luego, tenga una difícil cabida en las páginas de Babelia

    -Bueno, pero eso tiene que ver con el sistema de medios estatal funcionando de M-30 hacia dentro. Al fin y al cabo, Montesinos o Mariscal, si han querido trascender, han trasladado sus estudios fuera de València.
    -Aunque luego, en el caso de Francis Montesinos, haya decidido volver tras establecerse en Barcelona durante una década. Y a buen seguro que ha tenido menos recorrido insistiendo por estar aquí, pero él sabe cómo impactaba cuando estaba en Madrid y se rodeaba de la Movida y cómo no impactaba comunicando únicamente desde aquí. Los industriales catalanes nunca estarán suficientemente agradecidos al trabajo que les generó Montesinos en sus años relacionándose con ellos. En todo esto, hay inercia y pereza por parte de los redactores y editores que toman decisiones desde Madrid o desde Barcelona. Desde Barcelona llego a intuir algo más de sensibilidad por la lengua, pero en Madrid… Hay una dinámica no muy positiva al respecto.

    -Ya que se abre la espita de la llengua, tú que has vivido tiempos tan distintos en el flujo cultural en torno a la lengua, ¿cómo afecta el procés al desarrollo de la actividad cultural en torno a la cultura creada en el mismo idioma?
    -A nivel político, afecta a todos. No solo a València. En el ámbito cultural, está claro que una escritora o un músico que se exprese en valenciano, ha de impactar en Cataluña y Baleares. El mercado aquí es demasiado pequeño y ha de trabajar pensando en todo el ámbito, porque ese es su mercado natural.

    -Ya, pero las ventas de libros de autores valencianos y editoriales valencianas en Cataluña, por ejemplo, son ridículas. Son mínimas.
    – Bueno, está el caso de Ferran Torrent.

    -Un solo caso…
    -Bueno, Gener o ‘Botifarra’, que acabo de mencionarlos, también han tenido su recorrido allí. Els Pavesos tenían buena parte de su actividad allí, en Mallorca…

    -Pero no rebobinemos la historia hasta Els Pavesos, hablo del ahora.
    -Creo que Cataluña sigue siendo sensible en positivo. Las emisoras de radio catalanas, por ejemplo, le siguen dando mucha cancha a la música en valenciano. Otra cosa es el tema del procés, porque afecta a todos los ámbitos, también a la gestión cultural. La llengua no es ni mucho menos una barrera. Los grupos de cualquier estilo no encuentran en este momento una barrera con la lengua común, sino todo lo contrario. Hay bastante receptividad.

    -Parece que hay fotos más incómodas ahora que en los 70, 80 y 90. Me refiero, incluso, entre agentes culturales de uno y otro territorio. Público y privado. 
    -No creo que sea diferente a antes o diferente por el procés. Es cierto que tuvimos un tiempo, con el Teatre El Micalet como contenedor de referencia, en el que había mucha actividad cruzada. Pero ha habido siempre injerencias y problemas. No siempre ha sido fácil que bajara Lluís Llach, por citar a alguien.

    -Mencionas a Llach de nuevo, a quien le has dedicado un libro, como los varios escritos sobre Serrat y o la Crònica d’una nova cançó. ¿Qué personaje de los que se han cruzado en tu vida merece una serie en Netflix o HBO?
    -Si fuera por dedicación, sería Serrat, a quien le he dedicado ‘mis mayores esfuerzos’. El artista que me gustaba desde antes de ser adolescente. El personaje que ha sido admirado, luego amigo, con el que tengo proyectos en marcha… Pero también quizá a Raimon, por su cultura inabarcable, o Joan Fuster, por su ánimo. Era una persona incontenible, con una fuerza e inquietudes que parecían no acabarse nunca.

    -Tomemos el caso de Serrat para acercarnos a un conflicto. ¿Cómo se disocia al fan del periodista? ¿Cómo se hace un trabajo ‘limpio’ de admiración?
    -La perspectiva seguro que la pierdes. Sobre todo, en las primeras entrevistas. Con el tiempo, creo, coges distancia. Ahora puedo hablar de discos que no me gustan tanto de Serrat. Pero el caso de Serrat es paradigmático porque, desde una posición intelectual y sofisticada, llega a un público muy amplio. Creo que si repaso a aquellos artistas a los que más esfuerzos les he dedicado, todos se conectan por este hecho. Cole Porter, Françoise Hardy, Jane Birkin… Esa capacidad elegante o de implicación cultural, de dedicarle un disco a Miguel Hernández cuando nadie lo estaba reivindicando, a estar en la lista de Los 40 Principales.

    -Entonces, como en tu caso, no es algo necesariamente negativo ser amigo de directores de teatro, propietarios de discográficas, artistas, cantantes… ¿y acabar escribiendo sobre ellos?
    -No lo creo. Creo que conocer en su momento a Amadeu Fabregat, Rafa Gasset, la gente de la Jovenívola, Lluís Fernández y Rafa Ferrando, la gente del Capsa 13, del Christopher Lee, donde en su parte de bajo veíamos cine, de La violetera a una de Humphrey Bogart… relacionarme con estas personas solo me abría más el campo de visión, me enseñaba cosas.

    -Otro conflicto es ser juez y parte. Salía antes en la conversación el caso de Bikini Club, en el que Bartual acabó siendo uno de los miembros más conocidos de RTVV desde la radio. Era locutor, pero era dj y era promotor. Ahora sabemos que su discográfica era la propietaria de los derechos del ‘Saturday Night’ de Whigfield, cuyo rendimiento en ventas a mediados de los 90 podemos calcular. A día de hoy, en la radio pública estatal, hay locutores que ejercen de dj’s en festivales y a los que, casualmente, se les ocurre hacer un monográfico sobre dicho festival en su programa. ¿Esto no desacredita al profesional?
    -Claro, pero yo ya no estaba en Bikini Club por aquel entonces… Que, por cierto, el nombre proviene de la influencia de los 60. Se lo puse yo. Estas interferencias del periodista que hace bolos, es complicada. También he de decir que las radios han promovido esas acciones como dj, esas acciones promocionales, así que tampoco es una acción individual. En discográficas, en promotoras, con locutores… el otro día, Serrat me habló de locutores “de sobre”. Diría que pertenece más a épocas pasadas, pero interferencias ha habido siempre. Con editoriales, otro tanto. El peso de la publicidad, otro tanto. En el ámbito musical ha cambiado mucho todo porque, entre otros asuntos, las discográficas ahora son promotoras y empresas dedicadas a la venta de todo tipo de productos y derechos en torno al artista y sus canciones. Eso también desordena un poco las juegas de juego, a mi parecer.

    -¿València ha sido moderna?
    -Sí, y lo será. Los 70 fueron el primer gran momento de modernidad, con la Sala Studio, con una especie de drugstore por donde pasaban Els Joglars, Quico Pi de la Serra, Lluís Llach… En aquellos tiempos, los escaparates de Francis Montesinos en su tienda del barrio del Carmen, con la ropa que llevaba él y toda la tropa, impensables hasta entonces. Siempre recuerdo, si sirve para contestar a esta pregunta, que Carmen Alborch puso su lista de boda en la tienda de Montesinos. La familia más bien esperaba que la pusiera en El Corte Inglés, pero no. Las tiendas Agua de Limón, más tarde Tráfico de Modas de los Mariscal… El primer estallido fueron los 70, pero también hubo una modernidad consolidada en los 80 que bebía de aquel origen. Hacia los 90 llega lo mejor de La Marxa, un pub en el que yo le insistí a Josevi Plaza en que el buen camino tenía que ver con aquello de la cultura de club. Y sí, era una discoteca, un pub, pero había siempre exposiciones, perfomances, cruzarte con David Dúplex u Olga Poliakoff tomando copas. El caldo de cultivo era muy intenso y, aunque había muchos locales interesantes, creo que La Marxa tuvo una época muy estimulante que ya se evidenciaba aunque solo fuera viendo los pelos de las camareras, con puntas, cardados, rapados… pero todo a la vez.

    -Preguntándote por València hemos hablado de los 70 en adelante, pero uno de tus libros más reivindicables quizá es Los años Ye-Ye. Sobre todo porque fija la primera gran revolución de masas de la mujer en España, a través de la televisión y la publicidad, en una acción de asertividad y empoderamiento a través de la moda y su cuerpo.
    -A mí los 60 es la época que más me interesa en casi cualquier disciplina artística. Quizá, por eso, se notará algo de amor extra o admiración en el texto. Para mí los 60 evidencian en el mundo y en España un cambio hacia la libertad. Un detalle, que por mi fijación con la moda, tiene sentido: es la primera generación que viste radicalmente diferente a sus padres. Se rompe algo en ese sentido. Después, los padres vestirán como sus hijos. Estados Unidos se avanza a ello, marca la pauta, pero el impacto en Europa es muy interesante, y la mini falda o los pantalones en la mujer suponen un impacto brutal en la calle. Esa exhibición del cuerpo tan libre produjo muchos problemas. Es una convulsión muy interesante, que tiene consecuencias sociales.

    -Si lo traducimos al momento actual, a la música actual, es posible que ese cambio radical esté sucediendo ahora. Las listas de éxito, el grueso de la música que escuchan nuestros adolescentes en el sentido de música de masas, está totalmente desligado de la tradición del siglo XX. Hasta el punk estaba fundamentado en una base de banda de rock estándar y, sin embargo, ahora, ese patrón ha desaparecido, como ha desaparecido el valor de la autoría o los tabús con el lenguaje que gira en torno al sexo o las drogas, sin eufemismos ni metáforas.
     -No tengo claro que se haya roto del todo, porque en la música siempre confluyen corrientes cíclicas. Siempre hay una base revival y otra parte que avanza sin mirar atrás. También he de admitir que con la edad, pese a que me oficio me lleva a estar muy al tanto, te vas convirtiendo en un escuchante muy selectivo. Así que no sé si me llama la atención todo lo que esté totalmente desligado. Por ejemplo, escucho mucho a Devendra Banhart y hace poco me he parado a ver sus relaciones con la obra de Donovan y el folk rock. A Sufjan Stevens con las aportaciones a la banda sonora de Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017).

    -Hablando de nostalgia, no hemos hablado de un tiempo pasado en el que se cobraba más por el mismo trabajo costando el pan y la entrada al cine muchísimo menos. ¿El periodismo cultural está afectado por esta devaluación de su valor en el mercado?
     
    -Sí, pero no el cultural: todos. Me imagino que ha pasado en todas las secciones. Sin hablar del detalle, desde luego los ingresos eran muy superiores antes. Mi aventura como freelance me lleva a una montaña rusa constante en cuanto a la libertad económica, pero la decisión tiene más que ver con algo más próximo a la libertad de tiempos al trabajar en casa.

    La habitación propia del periodista cultural, algo que sí es propio de la estirpe porque tenemos esa necesidad de leer libros o ver películas para la pieza ‘de mañana’.
    -Y que no puedes hacer con normalidad en una redacción. Lo puedes hacer, si tienes suerte, pero siempre es raro. Pero tampoco lo puedes hacer en productoras, con las que he hecho documentales en los últimos años, donde he tenido la sensación de perder el tiempo por no poder hacer según qué cosas que necesitaba hacer en ese momento, pero tenía que estar allí sentado. No yendo a una conferencia a la que necesitaba ir, no leyendo aquello que necesitaba leer y para lo cual tenía que ir a aquel sitio a buscar…

    -Lo que sí es transversal a todas las gestiones, por aquello de la firma y la implicación, supongo, es la gestión del ego. ¿Cómo se gestiona?
    -A mí nadie me lo ha gestionado (ríe), pero no creo que tenga ese defecto. Desde luego, sí he convivido y existen periodistas con el ego descontrolado. Qué le vamos a hacer… es un problema. Si eres Vargas Llosa o García Márquez, creo que podemos admitir cierto margen de ego, pero creo que es necesario tocar tierra cada día. Es cierto también que un día estamos haciendo un programa que pega mucho, en la tele o en la radio, en la que se te abren todas las puertas, o te reconocen por tu firma… Es un ejercicio de amor propio y necesario naturalizar todo eso. Solo somos periodistas.

    -En una o dos palabras, ¿RTVV?
    -Aprendizaje.

    -¿À Punt?
     -Sensaciones contradictoras.

    -¿Periodismo?
    -Vida. Es todo lo que he hecho.

  • Carmen Alborch: «Que Cultura tenga una silla propia en el Consejo de Ministros es fundamental»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El Ministerio de Cultura ha sido un ente autónomo e independiente en dos periodos: entre 1977 y 1996 y entre 2004 y 2011. Esos periodos comprenden aquellos que han tenido al frente a gobiernos de distinto signo político al del Partido Popular, que en sus dos mandatos lo ligó con Educación. Este martes conocíamos que el nuevo presidente del Gobierno, el socialista Pedro Sánchez, iba a reactivar esa idea original de la institución independiente y –como pondrá en valor en esta breve conversación Carmen Alborch– con silla en el Consejo de Ministros. Silla a la que deberían llegar una batería de reclamaciones en clave valenciana (de peso).

    Alborch fue la segunda mujer ministra de Cultura de la democracia en España, pero la más referenciada. Primera mujer decana de Derecho en Valencia, profesora titular de Derecho Mercantil, se dejó convencer para ser la directora general de Cultura de la Generalitat Valenciana en un periodo creciente. Era el fértil espacio de finales de los 80 e inicios de los 90 y l’Institut Valencià d’Art Modern se encuentra entre uno de sus legados más tangibles. Pero fueron muchos otros méritos los que llevaron a Felipe González a reclamarla para el ministerio pese a no ser militante del PSOE. Por ese motivo, como referente de una cartera que ahora Sánchez rehabilitará de manera unitaria casi 7 años después, conversamos con Carmen Alborch en Cultur Plaza.

    -¿Qué le parece la decisión de recuperar la integridad y singularidad del Ministerio de Cultura?
    -Me parece inmejorable. Es un símbolo que ha acompañado a gobiernos socialistas, pero lo más relevante para la sociedad es que es fundamental que Cultura tenga su propia silla en cada Consejo de Ministros. Estructuralmente el cambio no tiene por qué ser tan drástico, porque se mantienen instituciones, edificios, trabajadores… Pero ese peso singular de estar en el Consejo de Ministros le da entidad, es un símbolo y sirve para pelear presupuestos de otra manera.

    -¿Es tan importante a la hora de negociar presupuestos?
    -Por supuesto acaba influyendo. Es cierto que no es tan extraño que estuviera ligado al Ministerio de Educación, como hasta ahora, porque la Educación lo impregna todo y ha de ser básica la relación con Cultura. Pero aun así, la Cultura tiene la posibilidad de ser transversal e ir más allá de las disciplinas. Está en cómo somos y cómo nos comportamos y puedo asegurar que cuando se tiene una silla en el Consejo de Ministros los razonamientos son exhaustivos porque tienes que defenderte con todo. No digo que cuando una ministra o ministro maneja varias carteras no sea así, pero cuando puedes centrarte en una, puedes invertir todo tu tiempo y el de las personas que trabajan contigo en esos razonamientos exhaustivos [ríe].

    -¿Cuál ha de ser su mandato?
    -Apoyar el mundo de la creación y el talento. Como punto de partida, eso. Y la creación, en este momento es muy amplia…

    -¿Cree que se ha de reflexionar con agilidad sobre la distancia entre la función de un Ministerio de Cultura en los años 80 y 90 y avanzado el siglo XXI?
    -El mundo no deja de cambiar. Es cierto que la ministra Ángeles González-Sinde ya tomó decisiones importantes con respecto a las ventanas y a la diversidad del consumo cultural existente. Una buena parte de los usos, de las costumbres y de los hábitos culturales, incluso de las necesidades, pasan por la utilización de tecnologías. Pienso que todos los ministerios están obligados a actualizarse pensando en ello, pero en el caso de Cultura… los soportes a través de los cuales circula la creación se han multiplicado. Basta con pensar en el caso editorial, así que obligatoriamente ha de ser un ministerio muy actual.

    -En cierto sentido, ¿se puede hablar de que durante hasta su periodo como ministra de Cultura y en los anteriores España tenía una necesidad de contenedores y redes y ahora una política más próxima al fomento creativo y la difusión? ¿Del protagonismo de los contenedores al de los contenidos en toda su extensión?
    -Es posible. En cada momento se plantean retos diferentes. Lo digo con la cabeza pensando en la conmemoración del mayo del 68 y pensando en lo que ya supuso repatriar todo el talento cultural que estaba exiliado. Veníamos de esa realidad… pero sí era todo un tanto más estructural: la creación de la red de bibliotecas, la red de auditorios, el inicio de una colaboración inaudita entre Estado, Autonomías y Ayuntamientos. Veníamos de la nada misma. Había que construir y ahora intuyo que los retos son muy diferentes.

    -¿Cuál fue su momento más complicado como responsable de la cartera?
    -Sé que no tiene directamente que ver con la gestión de Cultura, pero los peores tragos, si he de pensar en algo que me viene a la cabeza instantáneamente, son los asesinatos de ETA. Fueron años muy complicados. Y es algo que trascendía a mi despacho, pero recuerdo perfectamente el día que ETA mató al catedrático Francisco Tomás y Valiente porque estábamos celebrando el décimo aniversario de la creación del centro de Teatro Clásico que dirigía Adolfo Marsillach. Lo que iba a ser una fiesta se convirtió en un día muy complejo, muy difícil, porque además Tomás y Valiente había tenido mucha relación con València y en lo profesional fue una de las personas fundamentales en asesorarme para la reclamación de los archivos de Salamanca. 

    -¿Y cuál es el mejor recuerdo que guarda?
    -Muchos. Pero, por ejemplo, la ley de la cinematografía que no fue nada fácil por tratar de implicar a todas las voces. Cosas más simbólicas, como cuando le quitamos el cristal al Guernica o más recordadas como el proyecto de ampliación del Museo del Prado. Recuerdas momentos duros, pero el tiempo hace que se prioricen las satisfacciones. Y es increíble porque sigo recibiendo todo tipo de invitaciones y afectos de aquellas generaciones y posteriores.

    -De consolidarse ese Ministerio de Cultura propio, ¿la Comunitat notará el cambio?
    -Desde luego que sí, pero porque el nuevo Gobierno va a ser de manera natural mucho más sensible a los anhelos más que justificados de la Comunitat. Yo solo puedo decir que no puedo estar más a favor del cambio de Gobierno que ha sucedido y creo que es un paso más hacia la ética y la modernización de nuestro país. Como valenciana, me alegro porque sé que la percepción de la región y la atención va a ser mucho mayor.

  • Mississippi, la maestra valenciana que está dominando el fenómeno de la poesía en directo con millones de visitas

    La rapsoda valenciana ha ganado ya varias encuentros de ‘spoken word’ a partir de poesía. Ahora representa a València en el torneo estatal que este año se celebra dentro del festival Vociferio

    Este viernes se celebra la inauguración de Vociferio 2018 en el Museu de Belles Arts de Castelló. Para dar el pistoletazo de salida a este festival de la palabra –a través de muy distintas disciplinas–, la capital de la Plana acogerá la final del 8º Campeonato de España de Poetry Slam. Esta modalidad de poesía en directo, a contrarreloj y con votaciones en vivo contará con los ganadores de distintos campeonatos regionales del año: Marçal Font, Dani Orviz, Dyso, Pablo Cortina, Margalida Followthelida y Mississippi

    La última de la lista es la sensación valenciana del fenómeno, que ya peleó el pasado año por el título nacional y que en València no ha dejado de encadenar premios desde que hace apenas año y medio diera el paso adelante para subirse al escenario y hacer de la poesía un arma arrojadiza. Hablamos con ella para entender mejor el movimiento y sus ramificaciones, que van desde virales con millones de visitas a best sellers adolescentes colapsando los accesos a las ferias del libro.

    -¿Cuál es tu primer recuerdo con la poesía?
    -Gloria Fuertes. Seguro. Leía muchos cuentos suyos, historias, tanto en prosa como en verso. Esos juegos lingüísticos que hacía me parecían divertidos y todavía los recuerdo.

    -¿Cómo has vivido su revival?
    -Encantada. Su trabajo me sigue pareciendo igual de estimulante. Unos compañeros poetas de València revisitaron su libro Isla ignorada; su primer poemario. Una delicia. Creo que sigue siendo una creadora muy ingeniosa y una poeta muy actual.

    -¿Y desde Gloria Fuertes hasta la Universidad, hubo poesía?
    -No. En el instituto me atiborraron de clásicos que no me gustaron mucho. Creo que la aborrecí y no tuve inquietud por buscar nada más. O nada me llamaba la atención. Empecé a escribir poesía ya en la Universidad [Magisterio] gracias a un profesor que tenía una asignatura de creación literaria. Y volví a jugar con las palabras, escribiendo, escribiendo… empecé a indagar otra vez.

    -Escribías y leías, pero todavía quedaba lejos la idea de subirte a un escenario o grabarte para un canal de YouTube.
    -Muy lejos. Escribía y leía, sobre todo, a hombres. Pessoa y Salinas. De la lectura pasé poco a poco a la oralidad, aunque al principio pensaba que eso no iba conmigo. Pero es cierto que soy muy activa, muy de movimiento y que en Barcelona conocía el Poetry Slam. Una cosa me llevó a la otra y allí vi que la poesía se adecuaba más al ritmo de las canciones, a las dobles intenciones, a las ironías y a la puesta en escena. A partir de ese contacto empecé a crear yo, hice un curso intensivo de cuatro días y al volver a València me apunté al Slam. No hice jams ni sesiones de micro abiertos. Directamente al Slam.

    -¿Cuándo?
    -Noviembre de 2016. Enseguida gané. Gané meses, porque es una competición por puntos, como una liga. Luego empecé a perder alguno, pero me clasifiqué para la final de 2017 a nivel estatal que se celebró en Ciudad Real y donde aprendí muchísimo gracias a los adversarios.

    -Tu crecimiento ha sido rápido, pero también el del fenómeno del Slam. ¿Es tan exponencial como parece?
    -Lo es. Está creciendo tanto que hemos llegado a ver participantes de Got Talent (Telecinco) haciendo este tipo de propuestas o mezcladas con artes performativas. Antes de que esto sucediera, poetas como Marwan y otros jóvenes estaban generando ya movimientos masivos. Luego, además, está todo el movimiento creciente de la poesía en Instagram que se ha hecho súper grande. Y, de repente, el poema viral de Alejandra Martinez que llegó a miles de personas. Y luego el mío…

    -¿Cómo encajaste el efecto viral en el que se convirtió tu poema a Disney?
    -Bueno, precisamente había visto lo que había sucedido con Alejandra. Ella también hablaba de temas a partir de letras de canciones de pop y reggaetón. El mío también se amplificó por el mensaje feminista, tocando la fibra de Disney y la infancia que le llega a todo el mundo. El feedback fue increíble y recibes muchas cosas buenas y algunas malas. Las malas son las que hacen ruido y con las que te quedas a corto plazo. Insultos sin más, cuestionando mi aspecto físico, que no me había documentado bien, que no pillaban mis ironías, la gracia… Yo siempre parto de una crítica social, así que siempre tengo retorno de todo tipo. Pero pasado un tiempo me quedo con las cosas buenas. Me llamó mucha gente para entrevistarme, se interesaron por mi trabajo y pude actuar en otros sitios.

    -El fenómeno de la poesía masiva tiene muchas realidades a partir de internet. Las grabaciones de los Poetry Slam, los canales de YouTube, Instagram… ¿Qué diferencias hay entre todas esas posibilidades?
    -Sí noto una distancia mayor en Instagram. A menudo todo se resuelve con una imagen estanca. Tiene mucho de postureo y está contaminado por esa necesidad de mostrar constantemente un nivel de vida alto, con la perversión de mostrar una especie de vida aspiracional a la que tus followers no van a llegar. El youtuber puede tener esto o no, pero tiene también la perversión frente al directo de que un buen montaje puede maquillar esa realidad. Te puedes hacer cuantas pruebas quieras y editar y editar. 

    -En todos estos casos, el mensaje es súper directo. Utilizáis un lenguaje que, al contrario que buena parte de la poesía editada en papel, se permite pocas capas y tiene mucho que ver con el lenguaje y la comunicación de lo inmediato. ¿Esto te inquieta?
    -Bueno, digamos que lo que me pregunto es si la gente que está consumiendo masivamente todo esto acabará llegando a textos más sosegados. Esa es la gran duda, si se queda en lo que se ve a simple vista o esto se convierte a algo que va más allá. Creo que hay de todo y que mucha gente se queda con los poemas de internet porque ya le causan una serie de emociones. También creo que hay otras personas que investigan a partir de ello y que puede ser una puerta a algo más.

    -En tu caso, no has dejado de ganar todo tipo de encuentros. ¿Tienes miedo de que esa dinámica cambie y de no encontrarte cómoda si pierdes ese ánimo competitivo?
    -Lo único que creo que pueda cambiar es que se cansen de mí porque ya me hayan visto demasiadas veces. Mis temas y mi estilo no han dejado de variar y las poesías críticas van de la política al consumismo, a cuestiones feministas… Es cierto que ha sido bastante exitoso el inicio, pero yo siento que esto es solo el comienzo. Además, sobre todo he hecho territorio Slam. Ahora he empezado en otras opciones como la del recital. Hice uno de 40 minutos en un instituto y me encantó. Sin crono, sin votaciones… a los nanos les encantaba. Sé que les puedo hablar en su idioma, me entienden y les toco la fibra.

    -Eres maestra de primaria y un fenómeno viral. ¿Ha llegado a suceder que tus alumnos te reconozcan?
    -El poema de Disney llegó justo cuando terminaba una sustitución. Acababa de salir y algunos alumnos me encontraron en YouTube y me empezaron a comentar. Eran antiguos alumnos. En el trabajo no ha sido un problema porque, creo, como mucho se alegran de trabajar con alguien que hace algo así.

    -¿Cómo ha cambiado tu poesía para el directo en este año y medio?
    -Hay una fase que se mantiene: los nervios antes de salir a escena. Creo que es sano, que le sigo teniendo el mismo respeto. Ahora me muevo con más naturalidad y confío más en mí. Cuando empecé creía que no sabría memorizar un texto, pero cuando pasaron las primeras veces y vi que no me quedaba en blanco… 

    -¿Sigues leyendo poesía editada convencionalmente?
    -Sí, pero son dos mundos que separo totalmente. Por un lado todo lo que tiene relación con la oralidad y lo escénico y por otro la palabra escrita. El Slam sigue siendo lo nuevo para mí y me gusta poder disfrutar de la poesía en estas dos vertientes. 

    -Ahora vas a editar un libro que son adaptaciones de tus Slam.
    -Sí, porque es cierto que hay un público que demanda ese traslado. Va a ser una especie de grandes éxitos con algunos inéditos y todos van a llevar un código QR para que se pueda ver el vídeo. 

    -¿Hasta qué punto crees que este fenómeno está relacionado con la necesidad de mensajes muy concretos y directos y con el consumo de estos a través de pantallas?
    -Totalmente. Hay toda una masa de población que consume para ya y fácil. El GPS nos ha acostumbrado a no memorizar ninguna ruta y todo funciona más o menos así. Los nativos digitales lo necesitan fácil y al instante. No creo que esto sea necesariamente malo. Lo único malo es que el cambio esté siendo tan rápido y que no podamos calcular que sucede si los mensajes son frívolos o no. 

    -Por último, está otra cara de la reconexión de la poesía con públicos jóvenes y masivos: el fenómeno editorial de autores muy jóvenes que basan su comunicación en Instagram. ¿Es un mundo muy alejado del Poetry Slam?
    -Creo que sí, pero no necesariamente peor. El público joven conecta con las inqueitudes de los jóvenes. Además, sucede rápido y fácil a través de Instagram. Les tienen en pedestales y es cierto que en las ferias del libro se arman colas interminables. Yo veo en todo esto algo positivo si de ahí van a salir personas con ideas más interesantes para afrontar la vida. Lo veremos en un tiempo, no mucho. Lo que no sabemos es si ese tipo de poesía de verdad les va a servir para algo más que para la emoción instantánea que viven en ese momento. Aun así, confío mucho en la juventud. Nunca se me ocurre pensar que son tontos. Ese es un lugar común. Es más, creo que solo ellos pueden encontrar nuevas formas de expresión y de arte desde el atrevimiento y a través de sus propios canales.

  • Don Rogelio J: cómo crear un falso musical experimental, grabarlo y llevarlo a escena

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Don Rogelio J es uno de los artistas valencianos más extensivos de lo que va de siglo. Es tatuaje («por las mañanas»), es cómic, es ilustración, es rock and roll, es fanzines, es hombre orquesta y ahora también es teatro. La primera dramaturgia de su puño inquieto es Bucles de arrabal, el último disco de su proyecto musical Tumba Swing. Esto es: un falso musical experimental en el que aborda la magia y crisis del proceso creativo. Cómo surge una canción, de dónde viene, como se desarrolla, qué conflictos provoca y hasta dónde alcanza cuando toma forma. Esta convulsión vuelve a los teatros valencianos con él en escena y acompañado de sus socios (Quique Medianoche, Lluis Folch) en Aullido Atómico, banda de la que forma parte y cuya interminable última gira (Decadencia) interrumpió la presentación de este proyecto.

    «Es musical, es falso en ese sentido y es experimental. Es que no hay otra forma de definirlo». Así comenta Don Rogelio J la naturaleza de Bucles de arrabal que podrá disfrutarse como obra de teatro, concierto, performance, spoken word y proyecciones en la sala Carme Teatre los días 25 y 26 de mayo. Este gran contador de historias revisitó el formato one-man band con Tumba Swing aunque para este proyecto dramatúrgico tuvo que rodearse de sus aliados para llevar hasta el público el trabajo de estudio. Una representación escénica y sonora en la que está presente el humor negro que atraviesa en gran medida toda su creación. En este caso, en un álbum conceptual que transita «ese camino adoquinado de rosas y espinas que es el absurdo pero vital proceso creativo».

    El proyecto, que formó parte de Graneros de Creación de Espacio Inestable junto a Espai Rambleta, vuelve un año después a las salas de teatro valencianas con la misma ambición de producción: son los propios músicos los que, desde el escenario, lanzan las proyecciones, interpretan la música, controlan la mesa de luces y gestionan la experiencia completa del espectador. No es exactamente teatro ni mucho menos un musical, pero si que parte de su estructura para contar una historia la mar de interesante que no deja de autoparodiarse por el camino. 

    El underground está muy presente en esa autoparodia y lo que parte de un concepto de musical para todos los públicos encuentra sus nichos. Pero Don Rogelio J no se rinde ante el carácter de entretenimiento. De show. Quique es el compañero que más le acompaña en la parte dramática («Jussi se mantiene más al margen»), pero el autor reconoce que el teatro le ha resultado un escenario natural desde hace mucho tiempo: «mi hermana mayor estudió arte dramático y yo me he pasado muchos años siendo el niño que salía en la obra, el adolescente que salía en la obra».

    Él admite la naturalidad con la que ha dado el salto a una disciplina más que, hasta ahora, no había abordado desde la dramaturgia. Más allá de una colaboración durante el último año con el colectivo de teatro político A tiro hecho, este debut se suma a sus proyectos en marcha que incluyen («además de tatuar por las mañanas«) un cómic para Ediciones Valientes que será una historia corta, «de unas 40 páginas», además de otra novela gráfica larga cuya temática todavía no quiere desvelar. 

    «Es cierto que estoy en demasiadas movidas, pero entiendo que quien me sigue a través de redes, etcétera, se siente atraído por cómo el personaje de Don Rogelio J se va alimentando de tantas inquietudes». Su poderosa fase como dibujante tiene una proyección densa y rabiosa en torno al negro y sus producciones tanto de cómic como de fanzine son esperadas en escaparates tan consolidados como Tenderete. Él asegura que nota cómo unos encargos llevan a otros y las disciplinas se comunican. Ahora se siente cómodo dentro del teatro alternativo: «la gente del medio reconoce que es un formato novedoso, que bebe un poco de todos los palos que uso, y que también puede funcionar en formatos más reducidos conmigo solo como Tumba Swing».

    El falso musical experimental se reserva también mucho margen para la improvisación, porque Don Rogelio J también tiene la necesidad de hacer de cada espectáculo algo nuevo. La historia narrada y sobre todo cantada se entrelaza con doce instrumentos –grabados en solitario por Don Rogelio J en el disco–: melódica, armónica, harpa deboca, theremin, stylophone, percusiones con cubos de basura… Hay sonidos rockabilly, pero también es justo decir que la propuesta es un punto de inflexión en el sonido desvencijado que acompañaba hasta la fecha a TumbaSwing. Más cálido y de alguna manera con ese poso escénico, musicalmente es un trabajo minimalista en el que el spoken word y las letras van habitando la experiencia del espectador.

    Al final, todo ello sirve para tender una reflexión sobre la sociedad de consumo desde la sonrisa y desde la tragedia. Una reflexión individual vivida, en este caso a través de proyecciones, narraciones, canciones y sonidos y que abre de nuevo su deambular por teatros a partir de su paso este fin de semana por Carme Teatre.

  • Manuel Bartual: “Somos una raza animal basada en la ficción”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Manuel Bartual hace “muchas cosas”, según su biografía de Twitter. Allí fue donde su nombre resplandeció durante el pesado verano de 2017. De la noche a la mañana, se convirtió en el guionista español más conocido de los últimos años. No fue por ninguna de sus tiras cómicas para El Jueves u Orgullo y Satisfacción. No fue por ninguno de sus muchísimos cortometrajes, ni por una emisión en la tele pública de su estimable película Todos tus secretos (2014). Un hilo de tuits en el que autoficcionó sus propias vacaciones se convirtió en el thriller –con chistes– de la canícula a pesar de la mastodóntica inversión de Netflix en marketing.

    Bartual fue el centro de atención durante siete días y lo hizo gracias a su bagaje como guionista, figura que pasa inadvertida en las producciones audiovisuales españolas. Hilvanó un relato secuencial en 359 mensajes que provocaron 550.000 retuits, cuatro millones de ‘me gustas’ y 1,3 billones de impresiones. 400.000 seguidores se sumaron a su actividad y, pese al final de aquella trama, este valenciano afincado en Madrid los retiene. Las serpientes de verano se alimentaron del fenómeno y el también editor enlazó platós de televisión y entrevistas para hablar de su oficio: contar historias. 

    La novedad –en España– era haberlo hecho a través de tuits, siguiendo la historia de alguien que suplantaba su identidad y se convertía en El otro Manuel. Ahora, esa idea le da el título a su primera novela. La edita con Planeta –ajena a su buen hacer en el sello de cómics ¡Caramba! (integrado en Astiberri)– y aprovechamos el lanzamiento para conversar sobre cómo la ficción da forma a nuestras vidas. 

    -Es cierto que en tu caso parece más justificado que nunca, pero desde hace al menos dos años los dossiers que preceden a la comunicación del lanzamiento de un libro van encabezados por la cantidad de seguidores en redes sociales de la autora o autor. Es decir, que, jerárquicamente, la editorial estimula al periodista recordándole que si publica alguna pieza sobre lo que ofrecen, es sensible de ser catapultada a una gran audiencia. Tú que has vivido en las sombras de la independencia hasta hace poco más de un año, ¿qué te parece que ahora un cúmulo de cifras sea tu carta de presentación?
    -He de ser honesto y admitir que lo que sucedió el pasado verano me puso en el mapa para mucha gente. Es una historia de Twitter que se hizo famosa y transcendió a la plataforma por completo. No sucedió cuando hice una película [ríe]. En este momento, que las cifras sean parte de la carta de presentación, es asumible. Es normal que se asocie a este fenómeno y que entendamos que buena parte de la gente me conoce exclusivamente por aquel hilo de mensajes. Es cierto también que hay un recorrido previo, un bagaje, pero… no es menos real que la novela se inspira en todo lo que me sucedió con esto.

    -El formato sorprendió: un relato secuencial a base de tuits. Sin embargo, ¿fue tan sorprendente para quien ya te conocía o te seguía?
    -Le sorprendió a todo el mundo, menos a quien me conoce. No me refiero a alguien que me pudiera seguir, sino a la gente más próxima, a los amigos. A ellos no les sorprendía porque encajaba con el tipo de cosas que venía haciendo. De alguna manera, hay un hilo invisible entre aquella serie de tuits y la película que dirigí hace unos años (Todos tus secretos, 2014).

    -¿Hasta qué punto crees que la autoficción da una confianza de veracidad al lector que necesita frente al descrédito continuado de los medios de comunicación?
    -Creo que estamos en una época en la que nosotros, todos, tenemos mucho protagonismo. El ‘yo’ es más importante que nunca y por eso creo que la gente conecta con este tipo de historias en las que es capaz de reconocer al autor. Hubo una historia previa que no tuvo ni mucho menos este éxito. Solo quería contar la sinopsis de una película de forma enloquecida. Me lo pasé bien, pero no funcionó. La gran diferencia con el siguiente relato es que yo era el protagonista. Duraba siete días y eran mis vacaciones. La gente no sabía si todo aquello era real o no y jugaba con la veracidad, pero era muy fácil reconocerse en el personaje. Era ‘una persona’. Esta fórmula no es inédita. A mí me encanta la autoficción…

    -Cítanos las referencias.
    -Pues, por ejemplo, me fascina el cine de Charlie KaufmanCómo ser John Malkovich (Spike Jonze, 1999) o Adaptation. El ladrón de orquídeas (Spike Jonze, 2002). Joder, es que son dos de mis películas favoritas. En la literatura, Paul Auster me ha influido a la hora de hacer esa metaficción por la que muchos le conocen cuando se introduce en sus novelas como personaje. 

    -¿Está de moda la autoficción?
    -Estamos en un pico creativo con este tipo de narrativa. Sí, estoy convencido.

    -‘Basado en hechos reales’. Ese mensaje que atraviesa el cine que va de la sobremesa de Antena 3 a Fargo (Joel y Ethan Coen, 1996), ¿por qué nos interesa? ¿Qué valor extra nos atrae? Star Wars también está basada en hechos reales. No hay más que ver sus posicionamientos políticos. 
    -Es cierto que nos atrae. Creo que desde el momento en el que nos damos cuenta o alguien nos dice que los Reyes Magos no existen iniciamos un camino en nuestra vida en el que tratamos de volver a capturar esa magia. Queremos creer. Cuando las historias están explícitamente basadas en hechos reales puedes llegar a creer que lo que estás viendo, por fantástico o increíble que parezca, es real. Con el famoso hilo de Twitter pasó algo que de verdad no esperaba: la gente creía que era cierto. Hasta el ultimísimo momento la gente creía que había un doble real que me estaba persiguiendo. Había peleas familiares [ríe]. Recuerdo un mensaje directo que me llegó en el que me exponían que dos hermanos estaban enfrentados porque uno sostenía que era real, que, además, era quien me escribía [ríe]. Nos gusta creer que hay algo más allá. Aunque sea mágico y eso se nos escape. Que lo extraordinario es real.

    -Había gente que no entendía el hilo de Twitter porque no comprendía que aquello no tuviera una justificación mercantil. Es decir, que no entendía porqué lo hacías si no estabas ganando dinero con aquella producción narrativa.
    -Me hizo mucha gracia que Leticia Dolera, que es amiga, me preguntó si era una campaña de marketing para alguien. Le dije que no y al rato me volvió a escribir para decirme que si de verdad no era una campaña para Netflix o algo así. A veces cuesta entender que no todo creador está pensando en el rendimiento económico inmediato. Si te soy completamente sincero, creo en esto. Solo quería que la gente disfrutase con ello. No es lo único que he hecho así en internet, por eso la gente que me conoce no estaba tan sorprendida. Semanas antes había estado haciendo en Instagram una serie de stories con emojis. Eran cortometrajes solo con emojis. No lo hacía buscando la pasta. Me gusta experimentar con los formatos y los medios. Y tienes razón en que es muy sorprendente que la gente no entienda esto. Pero, por ejemplo, está Alberto González Vázquez que tiene su trabajo en El Intermedio y es una persona que crea contenido específico para internet. Mucho. ¿Por qué lo hacemos? Porque nos gusta y mientras tengamos nuestras facturas cubiertas, ¿por qué no seguir creando?

    -Hablemos de tu libro. Hay conexiones con el hilo de Twitter. Por ejemplo, la autoficción. ¿Por qué querías llevarlo al formato novela?
    -La autoficción me atrae mucho en este momento. Pensaba que la historia conectaría bien con el público si yo era protagonista, así que por eso en la novela me dirijo al público desde la primera a la última página. La novela me ha demostrado a mí mismo que estoy en este momento y que necesitaba explorar este estilo de autoficción. Esta parte formal. Si en algún momento tenía que hacerlo era ahora. Y lo que tenía en la cabeza era una novela y no una serie o una película, porque, no del todo formales, ha habido propuestas para hacer cosas…

    -Para quienes te conocen del viral veraniego, la novela tiene muchas concordancias. La principal es que sus frases podrían caber en un tuit tras otro y que, de alguna manera, podría haberse publicado también de manera secuencial.
    -Pero tenía que ser una novela. No podía ser un hilo de Twitter. Tengo clara que la historia tenía que tener este formato clásico que era nuevo para mí así. Escribí una novela hace un tiempo y la releí hace unos meses. Me di cuenta de que, aunque la historia me gusta y quizá la retome algún día, estaba intentando forzar un estilo que no me resulta natural. En El otro Manuel utilizo el estilo que surgió con el hilo de Twitter. me da la sensación de que con ese mismo estilo el lector se siente muy próximo a la historia y que puedo interpelarle e integrarle en lo que sucede. Como te decía, ahora mismo estoy en ese punto.

    -Lo que queda claro es que la historia de este libro no hubiera podido tener forma de cómic o de película.
    -De ninguna manera. No obstante, yo tengo la necesidad de adecuarme al medio en el que estoy. Entender su lenguaje y como se recibe. Eso es muy importante. 

    -No obstante, hay sedimentos.
    -Eso es lo mejor de nuestro trabajo: nos acabamos trayendo cosas de un medio al siguiente. Vamos arrastrando un poco de cada una de las disciplinas. A mí me hace gracia recordar que la novela se ha intentado matar cada vez que ha aparecido un nuevo arte narrativo; lo que yo creo es que la novela se ha beneficiado de esas apariciones, porque se ha ido nutriendo de otras formas de contar historias que han sido posibles de convivir con su formato.

    -Hay algunas trazas que sí están presentes en toda tu obra anterior y actual. Quizá, especialmente en estas últimas construcciones. Una de ellas es la identidad. Tu interes por la creación de la identidad propia, la percepción de la misma, la identidad colectiva…
    -Me atrae desde siempre este tema. Y es cierto que creo que estamos en un punto propicio para que estos temas resulten de mayor interés por la exposición del ‘yo’ de la que te hablaba antes. Me impresionó mucho cuando estuve presentando mi película en el Festival de Cine de Málaga. Allí todos los profesionales dormimos en el mismo hotel y va mucho famoso televisivo, así que la ciudad se vuelca a esperar a la gente a la puerta del hotel porque sabe que verá a muchos. Y es una cosa muy graciosa que sucede cuando no eres nadie y vas allí a presentar tu película: la gente te ve salir con traje de chaqueta, ir a uno de los coches oficiales, y te gritan: <<¿quién eres?, ¿quién eres?>>. Más allá de que contestes, saludes o lo que sea, a mí me sirvió mucho esa pregunta. Porque te preguntas, ¿quién coño soy? ¿Qué hago aquí? ¿Esto es ficción? ¿Soy yo? ¿Qué está sucediendo realmente? ¿Estoy interpretando un papel que yo he visto antes hacer a otros? Hay una cosa a la que no le damos importancia y que es crucial: somos una raza animal basada en la ficción. Los códigos con los que vivimos, como nos relacionamos, con los que construimos nuestra identidad y seguimos adelante cada día, están inventados. No son reales. Son la ficción. Le hemos dado un valor a unos papeles a los que llamamos dinero. Casi todo a nuestro alrededor se ha ido construyendo con códigos de ficción. Nos cimentamos en ficción y acabamos siendo ficción. Ahora llegan las redes y te ofrecen mostrarte. Lo haces y piensas, ¿pero quién soy? Soy la persona que muestro en las redes o la que conocen sus amigos. Desde hace tiempo pienso que dentro de poco veremos toda esta época de inicio de internet como aquella en la que un niño empieza a andar. Porque todavía no somos del todo conscientes de lo real que es la vida en internet. No hay barrera y allí también acabamos siendo lo que hacemos. 

    -Es posible que al estar cimentados en la ficción, para no pocos asuntos necesitemos de ficción para entender nuestro entorno. ¿La ficción ocupa espacios de conocimiento y comprensión que no puede alcanzar la información?
    -Te lleva a plantearte cosas que quizá no puedes plantearte solo con el relato de los medios. El viral del verano pasado generó muchas conversaciones a su alrededor con gente que no se creía lo que pasaba y otra que le daba crédito con los detalles que iba aplicando a la historia. Lo cierto es que yo no tenía pensado incluir ninguna moraleja, pero con tanta atención, surgió; lo hice: en uno de los últimos mensajes puse ‘no es obligatorio creerte todo lo que veas en internet. De alguna manera les estaba diciendo, si te has creído todo esto, es momento de que desarrolles un posicionamiento crítico con lo que consumes en internet. Como por ejemplo ese ejercicio que muchos hacemos de generar un juicio a partir de un titular. A veces, lees la noticia y el cuerpo de texto desmiente al titular. Esto es algo que sucede porque en el caso de los medios vivimos una época amarillista muy complicada. Por eso, hay rincones en los que la ficción puede funcionar mejor. 

    -Otra traza presente en la novela y en toda tu obra es el humor y me pregunto hasta qué punto crees tú que es esencial para un relato de autoficción. Es decir, si más allá de tu obra, no crees que es insoportablemente inverosímil que un drama que no contenga ni un centímetro de humor.
    -Es totalmente así. Nunca me creo un drama si no tiene algo de humor. La vida no es así. En lo trágico hay siempre humor. Alguien que tropieza o, peor, alguien que dice algo muy inapropiado y te conduce a la risa. Pienso lo mismo al contrario: no hay comedia sin tragedia. Las buenas comedias siempre tiene parte dramática. El humor es algo que me encanta, no obstante. ¡Tengo un sello editorial de cómic que solo se dedica al humor! En la serie de verano era consciente de que, de repente, era importante dar un golpetazo con un chiste para alimentar al lector. Tengo comprobado que sirvió para que la gente se enganchase aún más. 

    -¿Cómo has gestionado la fama?
    -Con humor, precisamente…[ríe]. Cuando sucedió me planteé qué hacer con tanto seguidor y la conclusión lógica fue: sigue, haz lo que ya hacías y nada más. Mis intereses van por otros lados y no estoy escribiendo esas historias todo el tiempo.

    -¿Te da miedo quedarte dando vueltas al fenómeno y que dentro de 10 años te sigan preguntando por el hilo de Twitter?
    -Ahora lo entiendo. La novela toma como punto de referencia lo sucedido. Si dentro de 10 años seguimos hablando de ello y yo he seguido creando, será preocupante [ríe]. Ahora es de lo más normal que todo el mundo hable de ‘el otro Manuel’.

  • Flavita Banana: «¿Quién quiere ser coherente toda su vida?»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    El próximo sábado Flavita Banana recogerá el Premio Humor Gráfico 2017 de Splash! Sagunt, el festival de cómic de la Comunitat Valenciana. El reconocimiento se suma a muchos otros, entre los que destaca el apoyo diario del público que Flavia Álvarez-Pedrosa(Barcelona, 1987) se ha granjeado en los últimos tres años. Su obra maneja una fórmula exacta para definir un mundo de personajes imperfectos y ambientes caústicos; el mismo mundo en el que vivimos deshojado por un humor que que suena a puñetazo de realidad. Una alquimia que cuenta con textos milimétricos, de apenas unas pocas palabras (y a veces ninguna), y un trazo sencillo de tinta negra sobre fondo blanco. 

    A veces visceral, a veces sensible, a menudo irónica, también sardónica, pero nunca críptica, sus dardos se clavan con facilidad en una audiencia dispar que crece como la espuma. Sin embargo, su éxito va más allá cuando sus publicaciones se convierten en símbolo de identificación. Autora para medios como S Moda, El Salto, Orgullo y Satisfacción o Mongolia, sus libro Las cosas del querer (Lumen) y Archivos Estelares (Astiberri) son dos de los álbumes de humor gráfico en castellano más vendidos de los últimos tiempos pese a que solo cuentan con unos meses de vida.

    -En el pasado era habitual ver viñetas convertidas en pancartas durante algunas manifestaciones. Por ejemplo, de El Roto por el ‘No a la guerra’ de 2004 o en la Huelga General de 2012. El pasado 8-M sucedió lo mismo con algunos de tus trabajos y en muy distintas ciudades. ¿Qué te pasa por la cabeza al ser consciente de ello?
    -Hay una dualidad bastante fuerte en torno a esto. Por un lado, mi parte más emocional está encantada. De alguna manera me siento muy bien al pensar que he podido ayudar a generar un lenguaje con el que la gente conecta. ¿Qué he podido aportar? Una herramienta, un detonante. Algunas imágenes han supuesto un detonante, creo. Son resúmenes de lo que la gente ya pensaba o sentía. Por otro lado, en mi parte racional, siento una presión enorme. Mi objetivo nunca ha sido el de ser la líder de nada o generar una narrativa adoctrinante. Quien esté de acuerdo con mi trabajo y quiera, que lo difunda, pero parece que se me vaya adosando una responsabilidad…

    -¿Y cada vez pesa más?
    -Mucho más. Lo noto más. Noto la presión de tener cada vez más cuidado con lo que digo porque, de alguna manera, sabes que se está esperando de ti en ciertos aspectos.

    -¿Incluso como para pensar que el reto, ahora que ya eres una autora consolidada, se ha convertido en seguir aprovechando todo el ancho de libertad disponible?
    -Exacto. Y soy muy consciente, ¿eh?, que a ver si ahora por tener la posibilidad de expresarme voy a convertir toda la capacidad en una fórmula maniatada porque se espera de mí que dé con la fórmula exacta. 

    -En esas imágenes de las manifestaciones, pero también en el público que te sigue y que comparte tus ideas, hay una transversalidad generacional muy amplia. ¿Hasta qué punto el humor tiene esa capacidad de tocar todas las paredes a la vez?
    -El humor es el lenguaje que demuestra cierta madurez. Y hablo de humor y no de mofa, de manera consciente. El humor denota que alguien ha entendido totalmente todos los elementos que le rodean y es capaz de hacer malabares con ellos. Hay muchas maneras de hacer humor. También con mofa, de una manera sarcástica, con maldad, un humor sano… El humor tiene esa capacidad de llegar a todo tipo de grupos a la vez, de arriba hasta abajo y de un lado u otro. Esa es su gran capacidad para generar un diálogo agradable entre unos y otros que a través de este lenguaje demuestran que pueden reír las bromas propias y ajenas.

    -Hablábamos de tus viñetas como un mensaje referencial para algunas reivindicaciones, pero cada vez más te invitan a dar charlas en aulas. ¿Cómo las afrontas, sabiendo que hace apenas unos años estabas ahí? 
    -Lo cierto es que cuando doy charlas a estudiantes, en general, soy bastante crítica con el sistema educativo. No creo en las jerarquías ni en la autoridad. No creo en el sistema de autoridad por el cual 30 personas creen a pies juntillas la opinión de una sola. En el caso de las escuelas de arte, creo que no hay mucho problema. Lo importante para un estudiante de arte es salirse de la norma, que tenga el culo inquieto. Es cierto que a veces se ha dado la situación de tener a los profesores y decirles a los alumnos, ‘eh, oye, no le hagáis caso a estos cuatro que están aquí’ [ríe]. Pero los profesores de una escuela como la Massana [donde ella estudió] lo entienden perfectamente. No creo en la autoridad, pero sí creo en la experiencia y creo que es muy importante dar pasos escuchando a al gente que sabe cómo ayudarte a mejorar. Es importante atravesar unas bases formativas para acabar haciendo lo que te de la gana. Si quieres dibujar mal, como yo, primero hay que dibujar bien. Pensando en esto te diría que a la vez que cada día hay más dibujantes y que es un oficio reconocido por su presencia en las redes, puedes distinguir con facilidad quién ha estudiado arte y quién no. 

    -En tu propuesta artística el dibujo es un trazo sencillo, algo que ayuda a generar ese impacto único con unas pocas palabras o frases. ¿Hasta qué punto crees que la sencillez de tu dibujo ha ayudado a que alcances a un público tan masivo?
    -Las causas de esta proyección son varias. En efecto, hay una parte importante de economía del esfuerzo, de tiempo, de cierta vagancia e impulsividad a la vez por mi parte. La necesidad más real es que he necesitado ver plasmada la idea de una manera rápida. Necesito sacarlo. Con el tiempo esta rapidez se ha convertido en algo placentero. El gesto mismo con el pincel y la tinte me resulta muy agradable. Por eso la intención inicial no está marcada por la vagancia, aunque la haya, sino por conocer también al espectador en su vagancia. Una vagancia de consumo que es general y que es natural. Leer imágenes también es todo un esfuerzo, así que, cuanto más sencillas sean, cuanto más directas, antes habré captado su atención. 

    -¿Cómo empezaste a reducir textos en las viñetas? ¿En qué pensaste?
    -Antes había mucho más texto, algo que también me llevaba a un relato más autobiográfico a partir de los detalles. Fui destilando y me di cuenta de que si lograba resumir esas ideas tan largas podía alcanzar pequeñas verdades más amplias. Así, poco a poco, fui desprendiéndome de todo lo accesorio. 

    -No sé si sabrías porcentuármelo, ¿pero hasta qué punto la poda, la resta, es esencial en tu trabajo?
    -Es la base porque todo parte de una idea general. Vamos a poner un ejemplo: el hecho de que, al inicio de una relación, las pequeñas cosas en tu pareja son las que inicialmente te resultan atractivas y a medida que el tiempo pasa son las cosas que más te molestan. Esto pueden ser un porrón de palabras, pero lo único importante esa la idea general. Así que yo me apunto eso y voy dándole vueltas durante unos días en mi cabeza. En dos o tres tengo una frase que pueda funcionar con la imagen casi como un proverbio.

    -O como un tuit…
    -Digo proverbio porque soy muy vieja. ¡Soy más vieja de lo que me pintan! [ríe].

    -¿Hasta qué punto necesitas soledad para ese trabajo proverbial?
    -Hasta un punto muy alto. Necesito soledad para crear. Cuando ya tengo la idea bastante formada y sé cómo lo quiero dibujar, en ese momento en el que estoy volcando, ahí hay como una hora u hora y pico en el que necesito que ni me toque nadie [ríe]. Me pongo bastante… yo, conmigo, dentro… y necesito absoluta soledad y silencio. Eso y mucho papel. 

    -Hace 12 meses estabas promocionando Las cosas del querer y en algunas entrevistas apuntaban a la idea de que, apenas 12 meses antes, a inicios de 2016, eras una desconocida en el humor gráfico. Tú misma eres consciente del crecimiento que has tenido durante 2017. ¿Te preocupa la manera en la que gestionar el foco de atención como creadora que hay sobre ti?
    -Creo firmemente en que todo es cíclico. José Luis Sampedro, al que seguía como novelista y que era economista, recalcaba mucho la idea de lo cíclico. El último año ha sido vertiginoso, así que ser consciente de esa idea de ciclo da bastante comodida y confort después del ajetreo. Ahora estoy en la curva descendiente de ese ciclo. Yo misma estoy harta del foco que tiene que ver con dar la cara por lo que hago, de estar en bocas… de lo que no estoy harta es de dibujar y de crear. Ahí la curva no es ni un poco descendente. Reconozco que soy yo misma la que está provocando cierto freno para ganar más tranquilidad. Tranquilidad para poder crear más.

    -Además, se te atribuye el papel de tener en posesión una voz generacional. ¿Es una reducción de los medios? ¿Qué opinas tú?
    -Es una reducción de los medios, sin duda. Limita muchísimo y no es cierta. Desde que empecé a dedicarme al humor gráfico he hecho temas muy generales. He trabajado para prensa y medios grandes en los que he hablado de todo, pero ha habido siempre cierta atención por señalar o destacar más aquellos dibujos en los que hablaba de feminismo. Para algunos todo se ha reducido a eso y para mí era una posibilidad más con la que me siento muy cómoda, hablando de feminismo o de cómo nos sentimos las mujeres con nuestro cuerpo… He publicado y publico viñetas de política, de actualidad, de vida y de muerte, de relaciones de pareja… Esa es otra, que cuando publicas algo sobre relaciones de pareja, parece que estés hablando de un tema de mujeres. ¡Que es de todos! [ríe]. Pero, en fin, si hay una parte de la población que necesitaba esa imaginería feminista o generacional y la interpreta así, yo contenta con eso. 

    -Lo que pareces haber demostrado es que había una serie de sensibilidades que necesitaban un discurso…
    -No sé si es un nicho, si es algo cuantificable. No hay una respuesta correcta respecto a temas como el feminismo, porque cualquier voz que se exprese en torno a ello, para mí, puede ser interesante. Para el feminismo hay tantas respuestas como personas.

    -Es posible que en tu caso hayan encontrado una aceptación de las contradicciones que genera y un relato coherente entre sí.
    -La falta de coherencia con respecto a estos temas, al feminismo o las percepciones de las personas con su propio cuerpo, son de lo más naturales. Nuestro problema es vivir y creer en que es posible un sistema estructurado, fijo. El sistema perfecto es incorrecto, es imperfecto. Por eso estoy en contra de cualquier liderazgo, de las categorías y de todo lo rígido. Todo lo que nos viene dado como sociedad, por motivos estructurales, por esa jerarquía rígida, es patriarcal. Esa idea es la que nos lleva a asociarlo a lo masculino. Me gusta hacer hincapié en esto porque el feminismo, la idea de un cambio es para generar una sociedad con más aceptación, con más capacidad para la contradicción, para entender que hay ideas distintas que se deben conciliar, que no hay un mundo correcto y otro incorrecto, sino que hay amor en un sentido de capacidad de aceptación general. Con temas que parecen más puntiagudos, como puede ser el feminismo o la imagen de uno mismo, la coherencia en gran medida parte de decir, ‘eh, si tú estás bien, todo está bien’. Todavía seguimos estructuras demasiado rígidas y me gustaría que la gente se relajase. Las cosas cambian y la coherencia es un concepto absurdo. ¿Quién quiere ser coherente toda su vida? ¿Qué normas te vas a echar encima para meterte en ese baúl.

    -Es cierto que las redes se han convertido en un arma para cualquier ilustrador, pero en tu caso, con esa capacidad de contactar con un público tan diverso, son un filón para la difusión de tu obra. También están blindadas a la publicidad o a los trabajos para terceros…
    -¡Me alegra que te hayas dado cuenta! Rechazo toda la publicidad y eso quiere decir que rechazo la riqueza. Las ofertas son astronómicas y cada vez más, por esa negación, precisamente. Pero las redes son el salón de mi casa. Es mi perfil, es mi cuenta y ahí estamos todos. Por el bienestar y disfrute de los demás y del mío propio, me niego a ganar dinero con otras personas porque las ofertas para ese uso nunca son porque les interese tu trabajo, sino tus seguidores.

    -Este fin de semana estarás en Splash! Sagunt recogiendo el Premio Humor Gráfico 2017. ¿Cómo te hacen sentir este tipo de reconocimientos?
    -Muy contenta, la verdad. Tanto a nivel personal, individual, como por el hecho de que se reconozca a alguien joven y que además es mujer en una categoría general en relación al humor. Durante mucho tiempo ha parecido estar dedicada solo a hombres. 

    -En tu caso apenas hace unos años que decidiste dedicarte al humor gráfico. Si nos lee alguien que, como tú, haya estudiado arte y diseño y está pensando en dar ese paso, ¿qué ingredientes debe incluir en la fórmula?
    -Si hay varios ingredientes en la pócima, el principal es tener humor y eso sé que lo tienes o no. En mi caso el humor siempre estuvo ahí. Del momento en que eso se canalizara a través de las viñetas hará solo tres o cuatro años…, pero había materia prima.

    -Hay mucha gente en el mundo que tiene esa capacidad con el humor, ¿pero cómo se trabaja?
    -Es cierto que, afortunadamente, mucha gente en el mundo tiene una vis cómica. Pero que eso funcione más allá, que tenga en cuenta una serie de normas o técnicas para que a nivel gráfico funcione, hace falta un proceso de formación. Es una vis que se alimenta, sobre todo, de consultar una y otra vez con los maestros 

    -Entre la más reciente generación de viñetistas hay autores que confiesan no haber consumido prensa diaria. ¿Cuáles eran esos referentes?
    -En mi caso siempre iba tratando de ver las viñetas de los periódicos como fuera. Era consciente del oficio y me flipaba, especialmente en diarios generalistas. Pensaba que había ahí alguien que se dedicaba a hacer un dibujo cada día o cada semana. Más allá de eso, sí he sido una gran consumidora de humor gráfico. Mucho más que de cómic o novelas gráficas, ahí no… Pero de humor gráfico, sí. De Quino, Sempe…

    -¿Y por qué autores harías una cola para escuchar una conferencia o recibir un autógrafo?
    -Pienso en los viejos siempre… Maitena, seguro, y Claire Bretécher. No me gusta la autoridad ni la idolatría, pero hay algunas personas como ella con las que sé que me quedaría en blanco si tuviera la oportunidad de hablar con ella. Tengo pocos ídolos y casi todos ya están muertos… 

    -Por cierto, alguna vez has comentado que no estabas cómoda con el heterónimo de Flavita Banana. ¿Ahora que tienes tanto músculo comunicativo propio, darías el paso?
    -Uf… es que mis apellidos no los quiero usar y cambiarlo requiere mucho esfuerzo. Mi nombre a secas tampoco puedo [Flavia], porque ya estarán todas las redes sociales cogidas… He ido aceptándolo y no tengo mayor problema, salvo cuando alguien se dirige a mí y me llama Flavita, ¡a la cara! Y eso pasa demasiado a menudo… [ríe].