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  • Carles Gámez: «En la gestión cultural pública echo a faltar la ambición»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Carles Gámez estudió Historia del Arte, pero no quiso ser profesor. Escribió algunas reseñas de discos en Valencia Semanal porque rondaba con Els Pavesos y tenía a mano a Remigi Palmero, entre tantos otros. Pensó que escribir sobre aquellos músicos tan próximos para él y tan extraños para una València entre el gris y el marrón sí aportaba alguna cosa. En Las Provincias le abrieron página “enseguida” para escribir de arquitectura y diseño. Se empeñó en valorizar la huella modernista y art déco de la ciudad, actividad que trasladó a una sección conjunta en Levante tiempo después. “Mezclábamos arquitectura con urbanismo, entrevistas a personajes en sus casas… Y tenía que traer publicidad, así que no duró mucho”.

    Estos fueron los picos de la etapa prólogo hasta coronar su conversión definitiva a periodista cultural en una redacción: era el año 1984 y El Temps pintaba sus números 0 con una plantilla tan joven como influyente hoy, copando direcciones y cargos en infinidad de medios. Allí estaría hasta que en 1989 inició su larga etapa en una Radiotelevisió Valenciana que acabaría abandonando por voluntad propia. Guionista de El show de Monleón, de varios magacines matinales, inventor del popular programa de radio Bikini Club (que dejaría atrás antes de que se convirtiera en el aparador de las discotecas valencianas con Vicent Bartual) o del prestigiado Colp d’Ull. “Era inquietante que un programa de cultura en la tele, que dedicaba monográficos indistintamente al Sónar o a Georges Simenon, se emitiera después de Tómbola”.       

    Pero Carles Gámez ha hecho mucho más. Es el biógrafo –y amigo; resolverá en esta conversación cómo se gestiona la distancia con el artista admirado– de Joan Manuel Serrat. Sobre el autor de Mediterráneo ha escrito todos los libros de. Libros y más libros: sobre Lluís Llach, la revolución feminista de los años Ye-Ye, la mejor crónica de la nova cançó (PUV), y tantos otros. Ha sido guionista de documentales sobre el propio Serrat, pero también sobre la impactante vida de Bruno Lomas (Endora). A día de hoy sigue escribiendo con regularidad en El País SemanalLa Vanguardia y el suplemento Postdata de Levante EMV. Desde hace décadas, su firma ha aparecido indistintamente en VogueS Moda, Woman, EsquireMarice ClaireHuffington Post… Conversamos.

    -En una palabra, ¿Serrat?
    -Cantor.

    -¿Raimon?
    Força.

    -¿Maria del Mar Bonet?
    -Es muy tópico, pero mediterránea.

    -Lluís Llach.
     
    -Ternura.

    -Carmen Alborch.
    -Amistad.

    -Francis Montesinos.
     
    -Fantasía.

    -Joan Monleón (del cual ha escrito un documental que se estrenará en 2019).
    Los mejores años de nuestra vida (ríe). En una palabra, transgresión.

    -¿De padres periodistas?
     -Para nada. Hice Historia del Arte, pero el mundo de las cátedras no me llamaba. Mis padres me dieron mucha libertad. Les hubiera gustado que estudiase Derecho. Algo ‘más serio’, pero supongo que me aproveché de esa libertad ofrecida.

    -¿La primera redacción?
     -La de Valencia Semanal, pero la que me marcó fue la de El Temps. Vicent Sanchis, Josep Ramon Lluch, Adolf Beltrán, Enric Soria, Vicent Martí, Remei Blasco, Ferran Torrent… Son los periodistas que han acabado influyendo en mi forma de ver el oficio.

    -Mucho tabaco, alcohol y máquinas de escribir. ¿Cuándo llegó el primer ordenador?
     -En El Temps viví dos transiciones decisivas: de la máquina de escribir al ordenador y del vinilo al CD. Esta última acabaría siendo mucho más decisiva, porque cambiaría la historia de la industria de la música, a la que yo le dedicaba mucho tiempo. Pero recuerdo que Vicent Partal (VilaWeb), ya en El Temps, antes de que hubiera por allí ningún ordenador, ya nos decía que íbamos a acabar todos tecleando de cara a la pantalla. Él ya era muy visionario. Y aquí estamos.

    -¿La primera pieza?
     
    -La reseña de un disco de Alimara o de Remigi Palmero en Valencia Semanal. Sobre Remigi he escrito mucho, porque vivía desde dentro alguna parte del proceso. Es curioso pensar en esto, porque recientemente he recordado la ilusión que me hacía publicar por primera vez en alguna cabecera. Por ejemplo, en Babelia de El País. Pero hace años que ya no me pasa. Llega el primer artículo en algún otro sitio donde no he publicado antes, y, bueno…

    -Lo primero que publicaste fue una crítica, un género que, por tu oficio y por tu firma, sigues cultivando. Sin embargo, especialmente en la información musical, es un género entre la caída en desgracia y el desuso. ¿Desaparecerá?
    -Es cierto que es mucho más fácil ocupar espacio y recursos humanos en cualquier giro inesperado de Isabel Pantoja en Supervivientes que en una crítica. Y es cierto que, quizá, la crítica musical si ha ido desapareciendo de medios generalistas, revistas de moda o suplementos, aunque tiene sus espacios en medios especializados. Pero la crítica literaria sigue teniendo mucho vigor en los generalistas. Supongo que es debido a los intereses cruzados de los diarios con las editoriales, que siguen siendo fuertes.

    ­-¿La entrevista es una fórmula demasiado accesible para el periodista cultural? ¿Es un lugar común demasiado transitado y, por abuso, menos atractivo?
     -Rara vez he hecho entrevistas de tres o cuatro páginas. Para mí la entrevista se ha dividido en las de redacción, pret a porter, hechas de un día para otro o las que han servido en suma para biografías.

    -¿Y cuál es la que más recuerdas?
     
    -Pues una de las primeras, cómo no, a Serrat. Sería la primera a Serrat importante. Él estaba en el Sidi Saler y cuando llegué me di cuenta de que no llevaba cinta. Desde la recepción pedí que le llamaran y le pregunté si tenía alguna cinta virgen, a lo que me respondió que en su habitación ya no quedaba nada virgen. Se acababa de casar y, de hecho, viajaba en pareja. Total, que me permitió recogerla en notas, pero estando allí, en el Sidi, vino una ventolà y se llevó todas las notas. Yo no sabía dónde meterme, así que él confió en mí y me dejó reconstruir la entrevista de alguna manera. Supongo que también sirvió para acercar más nuestra relación. Recuerdo también con mucho cariño mi entrevista a Tàpies o las que he tenido con Raimon, porque es una persona muy culta, con una cultura muy amplia, muy plural.

    -En tu larga trayectoria, desde el inicio y hasta hoy, tu género estrella es el reportaje. ¿Por qué crees que optaste tan pronto por este camino y qué te sigue aportando?
     -Intuyo que soy hijo de un momento concreto en el que Anagrama publicó de todo aquello del nuevo periodismo. Y, claro, eso para nuestra generación fue una revelación. Que se pudiera leer una entrevista como un reportaje, pero que a la vez fuera una historia, pero que se cruzara con las formas de una noticia a mitad de texto…

    -Es algo que a nosotros nos ha llegado de manera natural, a través de vuestro trabajo diario. Sabemos qué es el nuevo periodismo y a qué firmas pertenece, pero digamos que lo hemos asimilado ya a través de la cultura propia. No sé si fueron los Wolfe, Mailer o S. Thompson quienes te influyeron. ¿Qué firmas recuerdas seguir en aquellos primeros pasos?
    -Pues, sobre todo, la gente del El Temps. Como Vicent Martí, que se preparaba las entrevistas con mucho tiempo y oficio. Por ejemplo, recuerdo el trabajo que le llevó preparar la entrevista al bibliófilo Martí de Riquer.

    -Parece un rasgo común que quien acaba influyendo en el oficio del periodista cultural no es necesariamente un referente para la opinión pública, sino quien le rodea en sus primeros años de redacción, a quien ve trabajar durante 12 o 14 horas al día.
    -Yo creo que sí. En mi caso, Martí me influiría mucho, pero también Enric Soria, Lluís Bonada o Ferran Torrent. ¡Si es que son todos compañeros de El Temps!

    -Dentro de la gestión cultural, ¿qué personaje te ha generado más admiración al conocerlo?
     
    -Sin duda, Eliseu Climent. Como editor de El Temps y responsable de los Premis Octubre, de la librería… Estaba en tantos frentes trabajando, tan inquieto siempre.

    -¿Y desde la gestión pública?
     
    -No he tenido tanto contacto con la gestión pública, creo, pero sí recuerdo con admiración el tiempo de Ricard Pérez Casado. Del 78 al 88, recuerdo una Feria de Julio irrepetible, año tras año. Unos carteles impensables ahora. Supongo que ahora está muy bien tener a David Bisbal y a Els Jóvens, pero para mí la Feria de Julio es ver a La Fura dels Baus en el Mercado de Abastos o la obra de teatro Per davant i per darrere con Juanjo Puigcorbé en la Plaça de Manises. Echo a faltar ambición en la gestión pública actual, especialmente si estamos hablando de la ciudad.

    -A menudo pienso si aquellos felices 80 de la cultura valenciana distorsionan cualquier acción posterior. Por los márgenes económicos de presupuesto comparado, por el ambiente modernizador de la sociedad y porque IVAMs y Palaus de la Música se construyen en una ciudad una vez cada varios siglos. Ahora, a lo mejor, los recursos se han de dedicar a llenar de contenido esas construcciones.
    -No sé si es una cuestión de margen económico. Creo que era una cuestión de ambición y riesgo. En el caso de la Feria de Julio se pensaba en un festival de verano, con sus analogías con el Grec de Barcelona. En cuanto a los grandes edificios y el contenido, lo que interpreto es que la crisis ha obligado a que el IVAM, por ejemplo, se dedique a hacer cuatro o cinco relecturas de sus fondos al año por obligación. Y así, temporada tras temporada, sin quitarle valor al trabajo que no tiene que ver con relecturas. En el caso del Palau de la Música, la programación llega hasta donde llega y, supongo, tiene que ver con lo más duro de la crisis y una lenta recuperación. Quizá se puede acusar de un exceso de lentitud en la recuperación. Pero los contenedores, más que un problema, siguen siendo una incógnita. Porque los museos de la ciudad… Ahí está, por nombrar uno, el Museu de la Ciutat, que existe sin pena ni gloria. Y creo que todo está mucho más en las manos de la creatividad y el ingenio, en la ambición por ese sentido, que en el presupuesto. Que sí, que desde la crisis se arrastra una carencia, pero no creo que la reversión de la situación llegue por una cuestión de dinero. Ahora bien, en los temas de fiestas, al gobierno del cambio de la ciudad, sí se le ve otro ritmo. Se le ve mucho más esplendor, cuidado y creatividad. En fiestas, en general, se ve un interés mayor.

    -Quizá podríamos valorarlo mejor si la ciudad tuviera una estrategia cultural. Una estrategia pública, evaluable. Porque estamos en 2019 y el Museu de Belles Arts sigue desconectado de la ciudad, la ciudadanía oye hablar o habla del Palau de la Música porque se le ha caído un techo, el Teatre Escalante ha desaparecido… ¿algunos de estos conflictos no te llevan a pasar que vivimos en el Día de la Marmota mientras otras ciudades con menos patrimonio, historia y activos culturales nos van sacando cabezas?
    -En el caso del Museu de Belles Arts es cierto que se arrastra el problema de la gestión compartida entre Estado y Generalitat. Un estado que no se resuelve y bloquea movimientos, seguro. Lo del Palau, como afortunadamente no ha habido ninguna desgracia personal, tampoco creo que haya que darle tanto valor. En el caso del Palau de les Arts no se resuelve que en Madrid no nos interpreten como un teatro de ópera, y es más fácil que lleguen algunos euros a Bilbao o a Sevilla que a València. Igualmente, quizá tratando de hacer un paralelismo crítico hacia los 80, es muy probable que una parte de esa acusación de ambición tenga que ver con la iniciativa privada. Pondré un ejemplo, el caso de La Nave. Un estudio multidisciplinar de diseño y de disciplinas paralelas que era todo iniciativa privada, que atrajo las miradas de fuera de València y que sirvió para generar una referencia en un ámbito: el diseño. Un movimiento que yo veo esencial para comprender que ahora estemos pensando en la capitalidad mundial del diseño.

    -Un estudio, La Nave, compuesto por independientes, pero que tenía bastante carga de trabajo institucional. ¿Hay brotes verdes en la actividad privada actual, verdad?
    -Por supuesto, con la búsqueda de la capitalidad mundial del diseño, que es una iniciativa privada, o con la música, con gente como Gener que está haciendo cosas importantes. Por otro lado, Pep Gimeno ‘Botifarra’, que es una figura importante que ahora hemos asimilado, pero que no ha existido en los 90 ni antes. Otra cosa es que eso, luego, tenga una difícil cabida en las páginas de Babelia

    -Bueno, pero eso tiene que ver con el sistema de medios estatal funcionando de M-30 hacia dentro. Al fin y al cabo, Montesinos o Mariscal, si han querido trascender, han trasladado sus estudios fuera de València.
    -Aunque luego, en el caso de Francis Montesinos, haya decidido volver tras establecerse en Barcelona durante una década. Y a buen seguro que ha tenido menos recorrido insistiendo por estar aquí, pero él sabe cómo impactaba cuando estaba en Madrid y se rodeaba de la Movida y cómo no impactaba comunicando únicamente desde aquí. Los industriales catalanes nunca estarán suficientemente agradecidos al trabajo que les generó Montesinos en sus años relacionándose con ellos. En todo esto, hay inercia y pereza por parte de los redactores y editores que toman decisiones desde Madrid o desde Barcelona. Desde Barcelona llego a intuir algo más de sensibilidad por la lengua, pero en Madrid… Hay una dinámica no muy positiva al respecto.

    -Ya que se abre la espita de la llengua, tú que has vivido tiempos tan distintos en el flujo cultural en torno a la lengua, ¿cómo afecta el procés al desarrollo de la actividad cultural en torno a la cultura creada en el mismo idioma?
    -A nivel político, afecta a todos. No solo a València. En el ámbito cultural, está claro que una escritora o un músico que se exprese en valenciano, ha de impactar en Cataluña y Baleares. El mercado aquí es demasiado pequeño y ha de trabajar pensando en todo el ámbito, porque ese es su mercado natural.

    -Ya, pero las ventas de libros de autores valencianos y editoriales valencianas en Cataluña, por ejemplo, son ridículas. Son mínimas.
    – Bueno, está el caso de Ferran Torrent.

    -Un solo caso…
    -Bueno, Gener o ‘Botifarra’, que acabo de mencionarlos, también han tenido su recorrido allí. Els Pavesos tenían buena parte de su actividad allí, en Mallorca…

    -Pero no rebobinemos la historia hasta Els Pavesos, hablo del ahora.
    -Creo que Cataluña sigue siendo sensible en positivo. Las emisoras de radio catalanas, por ejemplo, le siguen dando mucha cancha a la música en valenciano. Otra cosa es el tema del procés, porque afecta a todos los ámbitos, también a la gestión cultural. La llengua no es ni mucho menos una barrera. Los grupos de cualquier estilo no encuentran en este momento una barrera con la lengua común, sino todo lo contrario. Hay bastante receptividad.

    -Parece que hay fotos más incómodas ahora que en los 70, 80 y 90. Me refiero, incluso, entre agentes culturales de uno y otro territorio. Público y privado. 
    -No creo que sea diferente a antes o diferente por el procés. Es cierto que tuvimos un tiempo, con el Teatre El Micalet como contenedor de referencia, en el que había mucha actividad cruzada. Pero ha habido siempre injerencias y problemas. No siempre ha sido fácil que bajara Lluís Llach, por citar a alguien.

    -Mencionas a Llach de nuevo, a quien le has dedicado un libro, como los varios escritos sobre Serrat y o la Crònica d’una nova cançó. ¿Qué personaje de los que se han cruzado en tu vida merece una serie en Netflix o HBO?
    -Si fuera por dedicación, sería Serrat, a quien le he dedicado ‘mis mayores esfuerzos’. El artista que me gustaba desde antes de ser adolescente. El personaje que ha sido admirado, luego amigo, con el que tengo proyectos en marcha… Pero también quizá a Raimon, por su cultura inabarcable, o Joan Fuster, por su ánimo. Era una persona incontenible, con una fuerza e inquietudes que parecían no acabarse nunca.

    -Tomemos el caso de Serrat para acercarnos a un conflicto. ¿Cómo se disocia al fan del periodista? ¿Cómo se hace un trabajo ‘limpio’ de admiración?
    -La perspectiva seguro que la pierdes. Sobre todo, en las primeras entrevistas. Con el tiempo, creo, coges distancia. Ahora puedo hablar de discos que no me gustan tanto de Serrat. Pero el caso de Serrat es paradigmático porque, desde una posición intelectual y sofisticada, llega a un público muy amplio. Creo que si repaso a aquellos artistas a los que más esfuerzos les he dedicado, todos se conectan por este hecho. Cole Porter, Françoise Hardy, Jane Birkin… Esa capacidad elegante o de implicación cultural, de dedicarle un disco a Miguel Hernández cuando nadie lo estaba reivindicando, a estar en la lista de Los 40 Principales.

    -Entonces, como en tu caso, no es algo necesariamente negativo ser amigo de directores de teatro, propietarios de discográficas, artistas, cantantes… ¿y acabar escribiendo sobre ellos?
    -No lo creo. Creo que conocer en su momento a Amadeu Fabregat, Rafa Gasset, la gente de la Jovenívola, Lluís Fernández y Rafa Ferrando, la gente del Capsa 13, del Christopher Lee, donde en su parte de bajo veíamos cine, de La violetera a una de Humphrey Bogart… relacionarme con estas personas solo me abría más el campo de visión, me enseñaba cosas.

    -Otro conflicto es ser juez y parte. Salía antes en la conversación el caso de Bikini Club, en el que Bartual acabó siendo uno de los miembros más conocidos de RTVV desde la radio. Era locutor, pero era dj y era promotor. Ahora sabemos que su discográfica era la propietaria de los derechos del ‘Saturday Night’ de Whigfield, cuyo rendimiento en ventas a mediados de los 90 podemos calcular. A día de hoy, en la radio pública estatal, hay locutores que ejercen de dj’s en festivales y a los que, casualmente, se les ocurre hacer un monográfico sobre dicho festival en su programa. ¿Esto no desacredita al profesional?
    -Claro, pero yo ya no estaba en Bikini Club por aquel entonces… Que, por cierto, el nombre proviene de la influencia de los 60. Se lo puse yo. Estas interferencias del periodista que hace bolos, es complicada. También he de decir que las radios han promovido esas acciones como dj, esas acciones promocionales, así que tampoco es una acción individual. En discográficas, en promotoras, con locutores… el otro día, Serrat me habló de locutores “de sobre”. Diría que pertenece más a épocas pasadas, pero interferencias ha habido siempre. Con editoriales, otro tanto. El peso de la publicidad, otro tanto. En el ámbito musical ha cambiado mucho todo porque, entre otros asuntos, las discográficas ahora son promotoras y empresas dedicadas a la venta de todo tipo de productos y derechos en torno al artista y sus canciones. Eso también desordena un poco las juegas de juego, a mi parecer.

    -¿València ha sido moderna?
    -Sí, y lo será. Los 70 fueron el primer gran momento de modernidad, con la Sala Studio, con una especie de drugstore por donde pasaban Els Joglars, Quico Pi de la Serra, Lluís Llach… En aquellos tiempos, los escaparates de Francis Montesinos en su tienda del barrio del Carmen, con la ropa que llevaba él y toda la tropa, impensables hasta entonces. Siempre recuerdo, si sirve para contestar a esta pregunta, que Carmen Alborch puso su lista de boda en la tienda de Montesinos. La familia más bien esperaba que la pusiera en El Corte Inglés, pero no. Las tiendas Agua de Limón, más tarde Tráfico de Modas de los Mariscal… El primer estallido fueron los 70, pero también hubo una modernidad consolidada en los 80 que bebía de aquel origen. Hacia los 90 llega lo mejor de La Marxa, un pub en el que yo le insistí a Josevi Plaza en que el buen camino tenía que ver con aquello de la cultura de club. Y sí, era una discoteca, un pub, pero había siempre exposiciones, perfomances, cruzarte con David Dúplex u Olga Poliakoff tomando copas. El caldo de cultivo era muy intenso y, aunque había muchos locales interesantes, creo que La Marxa tuvo una época muy estimulante que ya se evidenciaba aunque solo fuera viendo los pelos de las camareras, con puntas, cardados, rapados… pero todo a la vez.

    -Preguntándote por València hemos hablado de los 70 en adelante, pero uno de tus libros más reivindicables quizá es Los años Ye-Ye. Sobre todo porque fija la primera gran revolución de masas de la mujer en España, a través de la televisión y la publicidad, en una acción de asertividad y empoderamiento a través de la moda y su cuerpo.
    -A mí los 60 es la época que más me interesa en casi cualquier disciplina artística. Quizá, por eso, se notará algo de amor extra o admiración en el texto. Para mí los 60 evidencian en el mundo y en España un cambio hacia la libertad. Un detalle, que por mi fijación con la moda, tiene sentido: es la primera generación que viste radicalmente diferente a sus padres. Se rompe algo en ese sentido. Después, los padres vestirán como sus hijos. Estados Unidos se avanza a ello, marca la pauta, pero el impacto en Europa es muy interesante, y la mini falda o los pantalones en la mujer suponen un impacto brutal en la calle. Esa exhibición del cuerpo tan libre produjo muchos problemas. Es una convulsión muy interesante, que tiene consecuencias sociales.

    -Si lo traducimos al momento actual, a la música actual, es posible que ese cambio radical esté sucediendo ahora. Las listas de éxito, el grueso de la música que escuchan nuestros adolescentes en el sentido de música de masas, está totalmente desligado de la tradición del siglo XX. Hasta el punk estaba fundamentado en una base de banda de rock estándar y, sin embargo, ahora, ese patrón ha desaparecido, como ha desaparecido el valor de la autoría o los tabús con el lenguaje que gira en torno al sexo o las drogas, sin eufemismos ni metáforas.
     -No tengo claro que se haya roto del todo, porque en la música siempre confluyen corrientes cíclicas. Siempre hay una base revival y otra parte que avanza sin mirar atrás. También he de admitir que con la edad, pese a que me oficio me lleva a estar muy al tanto, te vas convirtiendo en un escuchante muy selectivo. Así que no sé si me llama la atención todo lo que esté totalmente desligado. Por ejemplo, escucho mucho a Devendra Banhart y hace poco me he parado a ver sus relaciones con la obra de Donovan y el folk rock. A Sufjan Stevens con las aportaciones a la banda sonora de Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017).

    -Hablando de nostalgia, no hemos hablado de un tiempo pasado en el que se cobraba más por el mismo trabajo costando el pan y la entrada al cine muchísimo menos. ¿El periodismo cultural está afectado por esta devaluación de su valor en el mercado?
     
    -Sí, pero no el cultural: todos. Me imagino que ha pasado en todas las secciones. Sin hablar del detalle, desde luego los ingresos eran muy superiores antes. Mi aventura como freelance me lleva a una montaña rusa constante en cuanto a la libertad económica, pero la decisión tiene más que ver con algo más próximo a la libertad de tiempos al trabajar en casa.

    La habitación propia del periodista cultural, algo que sí es propio de la estirpe porque tenemos esa necesidad de leer libros o ver películas para la pieza ‘de mañana’.
    -Y que no puedes hacer con normalidad en una redacción. Lo puedes hacer, si tienes suerte, pero siempre es raro. Pero tampoco lo puedes hacer en productoras, con las que he hecho documentales en los últimos años, donde he tenido la sensación de perder el tiempo por no poder hacer según qué cosas que necesitaba hacer en ese momento, pero tenía que estar allí sentado. No yendo a una conferencia a la que necesitaba ir, no leyendo aquello que necesitaba leer y para lo cual tenía que ir a aquel sitio a buscar…

    -Lo que sí es transversal a todas las gestiones, por aquello de la firma y la implicación, supongo, es la gestión del ego. ¿Cómo se gestiona?
    -A mí nadie me lo ha gestionado (ríe), pero no creo que tenga ese defecto. Desde luego, sí he convivido y existen periodistas con el ego descontrolado. Qué le vamos a hacer… es un problema. Si eres Vargas Llosa o García Márquez, creo que podemos admitir cierto margen de ego, pero creo que es necesario tocar tierra cada día. Es cierto también que un día estamos haciendo un programa que pega mucho, en la tele o en la radio, en la que se te abren todas las puertas, o te reconocen por tu firma… Es un ejercicio de amor propio y necesario naturalizar todo eso. Solo somos periodistas.

    -En una o dos palabras, ¿RTVV?
    -Aprendizaje.

    -¿À Punt?
     -Sensaciones contradictoras.

    -¿Periodismo?
    -Vida. Es todo lo que he hecho.

  • Las últimas mentes vírgenes

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Hay controversia entre los traductores sobre algo que al resto nos hace mucha gracia: el cambio en el título de una obra. En España, Rosemary’s Baby (1968) se tituló La semilla del diablo. A nuestra latitud, Alien (1979) ya era Alien, el octavo pasajero, y a su paso por Hungría Alien, el octavo pasajero está muerto. En China, los responsables de marketing de El sexto sentido (1999)optaron por titularla Él es un fantasma. Hablamos de un tiempo pretérito, casi olvidado, donde no existía Twitter ni el delito por spoiler al que se enfrenta cualquier frutero mientras trata de ser amable.

    El oficio de la traducción, en el caso del título, sufre de las tensiones por venta. Los equipos de marketing pesan y así, aunque Kubrick (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o Thomas Anderson (Pozos de ambición) validen estas tergiversaciones, hay que recordar que el conflicto es anterior a la imprenta. Tanto es así que el canon romántico sobre el que basamos nuestras relaciones, Romeo y Julieta, es el remake literario de una traducción de una novela italiana al inglés a la que le cambiaron el título. Pero lo firmaba Shakespeare, que es lo que cuenta.

    De vez en cuando una traducción sirve para intensificar el mensaje. Así sucedió con la recopilación de cuentos titulada The Jungle Book, obra de Rudyard Kipling. Desconocemos si el Nobel bombaití aprobó la traducción del título al español: El libro de las tierras vírgenes. Sea como fuere, la lectura de estos cuentos llenos de amor por lo verde y orientalismo –tan de su tiempo y tan bien escritos– se estimula para nosotros con este título con el que, todavía hoy, se sigue vendiendo la obra en España. 

     Es curioso como este título original nos hace poner el foco en la relación que existe del ser humano como explorador. Desde la filosofía y lo moralizante del texto, visualizamos a Mowgli y al resto de personajes de otra forma sobre el terreno de juego selvático. Porque hasta hace apenas unas décadas, todos nuestros antepasados sostenían con mayor o peor ambición esta condición: éramos exploradores. Sin embargo, desde que hace 50 años dimos ‘un pequeño paso para el hombre’ en la Luna, nuestra ambición congénita se torció.

    El hambre por la exploración tenía un sentido evidente: alcanzar un lugar desconocido para establecer nuestras propias normas, para explorar una libertad ajena a cualquier otra imposición. Esta necesidad de conquistar un espacio propio, muy cerca de las reflexiones que Virginia Woolf compiló en Una habitación propia, también tiene su versión colectiva. Pero ahora que ya no existe ningún tramo del mapa por reconocer, ahora que las aerolíneas son low cost y las cámaras de tan alta definición en un drone de 59,99 euros, ¿dónde encontramos nuestro escape a un universo paralelo?

    La juventud hasta internet

    El monumental ensayo Teenage. La invención de la juventud 1875-1945 nos recuerda con toneladas de referencias cómo la existencia de la juventud sucedió hace apenas cuatro días. La mayoría de nuestros abuelos (por no rebobinar demasiado la cinta) transitaron de la infancia al compromiso matrimonial en un abrir y cerrar de ojos. Hoy en día, la cantidad de menores de 30 años que no ha enlazado dos declaraciones de la Renta estables preocupa a casi todos menos a los representantes eventuales de las instituciones. Los cuentos de Kipling nos retrotraen filosóficamente al mito del buen salvaje, que aunque nuestra Educación afrancesada sitúe en manos de Rousseau, proviene de los textos españoles que llegaron de Colón hacia delante con el descubrimiento de América.

    El increíble Teenage que cito, escrito por Jon Savage, nos recuerda paso a paso cómo la construcción de una nueva clase social dominante –la juventud– ha servido para acelerar nuestro lugar en el Universo. También las búsquedas de identidad colectivas. Nunca antes un estrato tan agitado de la población había tenido tanta influencia. Nunca antes, la relación con el juego –o infancia adulta– había influido tanto en los valores y el sentido de producción y legado de los humanos. Aunque el relato se interrumpe en 1945, hay una serie de emulsiones maravillosas de la juventud a partir de entonces. Espacios de libertad donde el juego se dispersa como un gas, ocupando todo el espacio, gracias a la base fundamental para la creaciónla ausencia de normas.

    Esta ausencia de normas cambió a las sociedades circundantes, fueran sus beneficiados conscientes o no. Se pueden hacer muchos paralelismos entre el Verano del Amor de California, la familia techno del Berlín intramuros o la marcha valenciana de las discotecas antes de 1990. Lo importante de esos momentos, en realidad, tenía que ver con la anomia. Una ausencia de normas, una ausencia de foco y por tanto de tutela de cualquier tipo, que permitió viajes mentales para la construcción de un nuevo mundo. Todo, como siempre, de espaldas a las instituciones o la gestión política, porque los fines de ambos bandos son muy distintos.

    Aunque no es el momento de repetir el ejercicio, igual que Sillicon Valley y San Francisco tienen mucho que ver con el primero de los casos enumerados, nuestra singular versión local sirve para entroncar a casi todos los nombres de influencia cultural desde entonces: Montesinos, Mariscal, Bolta, Alborch, Roca… Todos conectados por un movimiento sin márgenes. La gran pregunta, no sé si para muchos pero sí para mí, es dónde se encuentran ahora los espacios no marcados. Dónde encuentra la juventud hoy una forma de hacer las cosas, de recibir estímulos y expresarse sin control ni limite de movimientos. Ese lugar existe y es de este mundo, pero no está en este mundo.

    Un nuevo mundo

    La juventud compite contra un monstruo mucho más complejo que el Gran Hermano que vislumbró George Orwell en 1984. Así lo demuestra el genial reportaje de The Baffler titulado Big Mood Machine. En él, la periodista Liz Pelly nos detalla cuál es el verdadero negocio de Spotify: vender nuestras emociones. Desde 2015 la empresa sueca vende nuestro estado de ánimo al mejor postor, con un trazado completo de nuestra forma de ser, sentir y pensar ‘gracias’ a la música. La música, no como símbolo de libertad, sino como llave para convertir en usable nuestra forma de pensar. Spotify controla cómo sentimos y, a través de reproducciones y playlist, trata de interferir en ello para servirnos la publicidad tal y como el mercado la necesita. Interviene y trata de influir, pero no solo eso: también controla que una multinacional de refrescos u otra que vende coches diésel emita su cuña en el momento emocional adecuado para que impacte al precio al que se vende. Un precio mucho mayor, efectivamente, para que la publicidad impacte con gran influencia en ese espacio hasta ahora reservado de la mente.

    En este mundo viejo en el que estamos obligados a vender nuestra transparencia para seguir existiendo, en el que la música no es sinónimo de libertad, sino de mercantilización de nuestro estado de ánimo (que alguien avise a Frank Zappa), hay una esperanza. Hay un nuevo mundo tan ajeno e inesperado como el que encontraron los californianos en el Summer of Love, los berlineses en der klang der familie o la exploración nocturna valenciana. Y ese mundo no está exactamente en este, porque les recuerdo que, en un sentido físico, no nos queda ningún tramo por explorar. Sin embargo, a través del suficiente ancho de banda y sin que nadie se preocupa en exceso, esa revolución juvenil sucede desde hace años en las LAN party.

    Este fin de semana se ha celebrado en València la edición de 2019 de DreamHack. El evento más importante de esta franquicia –también de origen sueco– que reúne a más de 3000 jugadores y otros tantos miles de consumidores. Aparentemente imbuidos en competiciones de eSports (con más de 300.000 euros en premios allí, este fin de semana), detrás de todas esas ventanitas iluminadas en la oscuridad se encuentran los agujeros de gusano al otro mundo donde hoy suceden esas cosas estimulantes. El lugar no tutelado de libertad, inseguro como lo fueron los anteriores espacios de libertad real, está en la web profunda. Los exploradores de este tiempo, algunos de ellos menores, no siempre son conscientes de su potencialidad, pero es en estos otros espacios de interrelación humana y virtual donde se gesta la inspiración de algo nuevo.

    Unas horas entre la marabunta de cables y cuerpos en tránsito sirve para mantener la esperanza en la humanidad y admitir que la juventud, hasta que se demuestre lo contrario, acaba siendo mucho más sagaz que sus agentes limitadores: nosotros, los adultos. Y es divertido encontrar paralelismos de todo tipo entre estos miles de anónimos y los que lo fueron en esos otros momentos de la historia más influyente, pero sobre todo genera mucha paz comprender que las herramientas congénitas que han llevado a la especie a tener cierto dominio sobre su entorno, siguen siendo tan poderosas y desconocidas como las fuerzas que interactúan en la deep web.

    En València, por cierto, mientras España se hunde en su sistema de medios de M-30 hacia dentrose ha celebrado un año más este evento. Es el más grande de esta todopoderosa empresa multinacional, excluyendo el que celebran en su sede de Suecia. A buen seguro este tránsito de jóvenes nos legará algo positivo. Sobre todo si dejamos de ser el territorio que peor retiene el talento, si es que eso algún día está en la agenda política.

  • En manos de TripAdvisor

    La economía en torno a los viajes no ha dejado de crecer tras el crack de Lehman Brothers. Año tras año, las cifras solo aumentan y el turismo ya es uno de los factores de consumo más altos y extendidos del mundo: el crecimiento del sector ha superado el del PIB mundial. Ese es el titular del informe realizado por la Oxford Economics en cooperación con TripAdvisor, empresa que ha entregado todos sus datos para valorizarse gracias a la institución líder en estudios de este tipo. La influencia de esta web en el sector da vértigo: afectó de manera directa en el gasto de 460.000 millones de euros en 2017. Dicho de otra manera: la plataforma influyó en las decisiones de 433 millones de viajes a partir de las cifras consolidadas de aquel año*.

    El estudio de la OE dice que casi uno de cada 10 empleados en todo el mundo está respaldado por la actividad turística. Sin embargo, en la Comunitat Valenciana el impacto es mayor: según la Generalitat, genera el 12% del empleo directo y el 11,6% del PIB valenciano. Un PIB que, año tras año, se comercializa cada vez más online. Y ahí es donde TripAdvisor roza el monopolio en la influencia de las decisiones. Según otro exhaustivo y reciente estudio de comScore, la plataforma aglutina el 70% de las consultas mundiales, pero, sobre todo, el 60% efectivo de los pagos. La multinacional con sede en California, además de una red social, es la pasarela de pago más habitual del sector en el mundo.

    Además, la influencia monopolística de TripAdvisor España es mayor que en el resto de grandes destinos. Mientras que el 74% de sus usuarios visitan la plataforma para contratar un hotel en cualquier rincón del globo, si lo hacen en España, la consulta se eleva al 93%. La hotelería y la hostelería conviven con esta cuello de botella para su negocio. Una convivencia que, aunque solo fuera por volumen, ya sería conflictiva. Pero hay motivos para el desencuentro, al menos desde el ámbito privado. A día de hoy, es un hecho que una parte de la economía valenciana y de sus empleos está filtrada y afectada al segundo por una única plataforma. En manos de TripAdvisor.

    Una relación en conflicto

    “Nuestros clientes no están en contra de TripAdvisor, pero reclaman su derecho a no participar en la plataforma. Es muy sencillo: permita que si un establecimiento no quiere figurar en su listado, no figure. Porque esto no son las Páginas Amarillas, precisamente”. Así inicia su alegato Carlos Salinas, profesor de Derecho Mercantil en la Universitat de València y socio fundador de MA Abogados. Es el letrado que defiende la causa del Marina Beach de València. Su propietario, Antonio Calero, ha logrado algo que otros empresarios del sector han intentado antes: sentar a TripAdvisor ante un tribunal español (Audiencia Provincial de Barcelona). ¿Las razones? El daño a la imagen de su negocio a través de difamaciones y críticas supuestamente falsas en la web.

    Calero y TripAdvisor admiten estar dispuestos a llegar hasta el último tribunal posible en una carrera de desgaste económico y público que obtendrá su primera sentencia en unos meses. Salinas, experto en causas de comercio internacional y cada vez más ducho en estos conflictos online, describe para Plaza cómo sucede el proceso: “un cliente tiene la capacidad de dar de alta un establecimiento. A partir de ahí, cualquiera puede ir agregando contenido, que no olvidemos que es lo que hace grande a TripAdvisor, que se posicione espectacularmente en Google. Contenido inédito gratis. Entonces, el empresario descubre que está en la plataforma y puede reclamar el perfil. Una vez lo hace, ha de dedicar una ingente cantidad de recursos a atender peticiones, reclamaciones, etcétera. Está cautivo del sistema”. El problema, en el caso del Marina Beach, es que el local, además, tiene un difícil encaje: es restaurante de mantel, es club con piscina, es terraza de copas y es discoteca. Las quejas singulares por alguno de todos estos servicios acaban influyendo en cualquiera de los otros espacios.

    “En cualquier caso, todas las causas que existen de este tipo, son un enfrentamiento de David contra Goliath. Los equipos jurídicos de TripAdvisor o Amazon –defiende también otra causa en València contra esta plataforma comercial– son brutales”. A su demanda, cabe reconocer que existen dos vías para cancelar la existencia del negocio en TripAdvisor: que el negocio desaparezca (y se justifique, documentalmente) o que sufra un cambio profundo por reforma, nombre o propiedad. La única posibilidad de interlocución al respecto, una vez tomada la decisión de abandonar el sistema, pasa por la interlocución con Estados Unidos. Sin embargo, hablar con TripAdvisor España no ha sido complicado. ¿Qué tiene que decir la plataforma más influyente de la constante sospecha de convivir con el fraude?

    Al habla con TripAdvisor

    “Recibimos 250 comentarios cada minuto en todo el mundo, pero antes de que nada se publique, todo pasa un control antifraude cada vez más complejo”. El lema más actualizado de la plataforma es: “sabemos que para que una opinión sea útil tiene que ser auténtica”. Desde Madrid admiten que “cientos de técnicos”, en una colmena global y multidisciplinar, trabajan en oficinas por todo el mundo para evitar la sospecha. Hay control de IP’s, cortafuegos de palabras malsonantes y filtros automáticos que combinan distintas variables. Sin embargo, a día de hoy, por ejemplo, se puede acusar sin pruebas de delitos al propietario de un restaurante y que el comentario permanezca. Más allá de este extremo, se pueden comprar reseñas en positivo a golpe de clic.

    Desde la revista Plaza mostramos a TripAdvisor algunos de estos proveedores de reseñas online. Paquete básico: 1 reseña, 12 euros. Business: 10 reseñas, 115 euros. Premium: 30 reseñas, 340 euros. Ofrecen confidencialidad, edición, informes y hasta alientan a que se escriba cada cual su reseña. Al gusto. Comprobamos la efectividad del sistema. En caso de no incluir el texto, la empresa llama y realica un cuestionario básico que inspira el texto final. El proceso debemos hacerlo para establecimientos distintos, incluso fuera de la Comunitat Valenciana. En caso de que el día de mañana TripAdvisor descubra a un usuario fraudulento –en realidad, son usuarios aparentemente reales, con una actividad más o menos activa en la plataforma– puede suspender y penalizar en el ranking al establecimiento.

    Descrito el proceso y mostrada la plataforma, TripAdvisor admite que todo lo que pueden hacer –y hacen– pasa por denunciar el hecho y colaborar con la Policía. Y ponen en valor una sentencia pionera en Italia, donde el año pasado el dueño de una de estas webs que ofrecen críticas positivas fue condenado a 9 meses de prisión y una multa de 8.000 euros. Desde 2015, la multinacional californiana ha puesto fin a 60 compañías de venta de reseñas en el mundo. Ninguna de ellas en España, donde la proliferación de críticas en positivo sigue produciendo una distorsión del sistema. En ciudades medianas, desde Vinarós a Torreviaja, desde Peñíscola a Cullera, la compra de unas decenas de reseñas positivas puede trastocar decisivamente un ranking.

    Sospechas y certezas sobre ElTenedor

    Para una parte del sector turístico, el conflicto de influencia con TripAdvisor no tiene tanto que ver con su plataforma, sino con su influencia comercial en el sector. Convertida ya definitivamente en una red social de viajeros, la más importante del mundo con más de 500 millones de usuarios, lo cierto es que la plataforma ejerce de enlace a compras relacionadas de todo tipo. Y con un gran margen de acceso en ese marketing de afiliados al máximo nivel. Pero no solo eso: es la propietaria de la que en 2014 era la plataforma de reservas más importante en Europa, Lafourchette, compañía francesa que compró por algo más de 100 millones de euros y que era propietaria de su versión española: ElTenedor.

    ElTenedor es a ojos de los usuarios un recomendador online con opción a reserva de mesas. Sin embargo, su impacto va mucho más allá: es el software más utilizado de España en el ámbito gastronómico. Por un fee (precio recurrente mensual) muy económico, restaurantes de todo tipo de ticket tienen un servicio inmejorable para ofrecer sus mesas online. Si la reserva es efectiva, TripAdvisor recibe dos euros por comensal. Javier de Andrés, premio nacional al Mejor Director de Sala y copropietario del grupo La Sucursal, pone en valor “el software imbatible de ElTenedor. Nosotros estamos muy contentos. Es muy ágil, accesible y nos genera una información valiosa sobre nuestra actividad. Además, elegimos la cantidad de información que compartimos con ellos”. Entre otros activos comerciales, ElTenedor, es decir, TripAdvisor, posee el bagaje comercial de los tickets de miles de restaurantes en Europa. Una información de horarios, estacionalidad, escandallo, precios, etcétera, cuyo valor sectorial y comercial es difícil de imaginar.

    Pero la influencia va más allá: ElTenedor también es prescriptor. Tiene su propia selección de restaurantes, su propio sistema de puntuación y, quizá lo más importante, una línea directa con los restaurantes. Desde esta plataforma y desde TripAdvisor combaten un “bulo” contra el que luchan desde que sucedió la compra: “no, si formas parte de ElTenedor no tienes derecho a que te quiten reseñas negativas en TripAdvisor”. Dos operadores valencianos con varios restaurantes en cada caso en la capital y en Gandía, precisan que lo que sí se crea con ElTenedor es “una línea directa de interlocución. Y eso no tiene precio”. Aunque prefieren no revelar su identidad, también admiten que TripAdvisor tiene esa suerte de línea directa a través de un sistema de pago: el servicio TripAdvisor Premium. Una atención preferente que se fundamenta en una página comercial más profesional y optimizable.

    No obstante, otros poseedores de la plataforma no están tan contentos como de Andrés. Por ejemplo, en el caso de María José Martínez, del restaurante gastronómico Lienzo, se acusa que la moneda propia de la plataforma, los yums, se hayan convertido en un problema: “si acumulas 20 euros de yums y vas a un restaurante, los 20 euros los asume el restaurante íntegramente”. Cabe destacar que ese sistema de premios al usuario no es obligatorio. Martínez, no obstante, distingue en los beneficios de ElTenedor frente a TripAdvisor: “las valoraciones en ElTenedor las hacen usuarios que han ido a tu restaurante. Ante eso, nosotros no podemos estar más a favor. En algún caso nos ha ayudado a mejorar y nuestra percepción es mucho más profesional”. Entre otras cuestiones, porque asegura seguir recibiendo propuestas para crear reseñas, algo que “no puede evitar que desconfíes del sistema”. Un sistema que sabemos, estadísticamente, es un embudo para el consumo hotelero, gastronómico y para el resto de gastos menores del sector turístico.

    La venta de reseñas positivas y negativas

    En primera persona, el caso de Lienzo o de los cocineros que prefieren no identificarse no es único. Nerea Monforte, copropietaria de la empresa familiar Mon Orxata, asegura acumular desgaste y frustración en su búsqueda por ‘salirse’ de TripAdivsor. Como en el caso de Calero, asesorada legalmente y en trámites, su solicitud es la de quedar excluida de la plataforma: “somos una empresa familiar y llevamos años gestionando las frustraciones de la gente. Para colmo, tenemos dos locales situados a unos pasos a pie, uno en frente del otro, y son la prueba de la arbitrariedad del sistema. Teniendo el mismo tipo de público y oferta, uno está relativamente bien valorado y el otro todo lo contrario. ¡Y trabaja el mismo equipo!”.

    Esos dos locales son Casa Orxata y Suc de Lluna, ambos en la parte superior de la galería comercial del Mercado de Colón. En su caso, la redirección de sus quejas es un código postal de Massachusetts, donde se encuentra la sede legal de la compañía. El desencanto por ausencia de un interlocutor válido de cara a sus pretensiones –en caso de tener cualquier conflicto con una crítica, sin ser Premium, TripAdvisor responde a través de un teléfono de atención al cliente– es mayor “cuando seguimos recibiendo ofertas, cara a cara, de escritura de reseñas positivas o negativas contra la competencia. Nuestra sensación es la de que no hay control y que nosotros no queremos participar de este modelo. No nos aporta nada, solo problemas”.

    Nuevas amenazas para TripAdvisor

    En respuesta a la revista Plaza, TripAdvisor admite que el caso de la sentencia italiana marca un precedente y alumbra el camino. Advierten que no se detendrán por recursos frente a quienes ofrecen estos servicios. Es más, los restaurantes saben que, en caso de ser cazados haciendo trampas, serán prácticamente excluidos de sistemas de puntuación. Banneados, en el argot técnico. Los propietarios de Lienzo y del grupo La Sucursal admiten que Google Business está empezando a destacar y despuntar en el posicionamiento. Parce que esta vez sí, Google quiere apropiarse del liderazgo y Monforte pone en valor un factor que parece determinante en la percepción de hoteleros y empresarios: Google localiza la presencia en el local de los reseñadores en los últimos días o semanas. Más allá de la paranoia por registro, este hecho supone un clic en la percepción del cliente ‘real’ frente al fraude.

    Por otro lado, desde TripAdvisor admiten acusar el desgaste de estos años y haber “valorado todo tipo de opciones. La inversión en sistemas antifraude de la compañía no se puede cifrar, pero es sustancial”, comentan a esta revista. Aún así, insisten: “si un establecimiento hace las cosas bien, tendrá buenas valoraciones. Si no…”. No obstante, sus amenazas actuales no son únicamente el enfrentamiento con una parte importante del sector, ni las sospechas no probadas de influencia de plataformas como ElTenedor, ni la llegada en tromba por posicionamiento de Google Business. Algunos de los más destacados propietarios de restauración en València y Alicante advierten que a ElTenedor le empiezan a surgir competidores “muy interesantes”. Es el caso del software CoverManager, cuya acción comercial nos aseguran se está multiplicando en la Comunitat Valenciana.

    La equidistancia institucional

    Las instituciones se muestran preocupadas por la lucha constante de los empresarios frente a TripAdvisor, pero relativizan. El desgaste no solo se hace notar en la multinacional y sus verticales; al otro lado, en el bando de los líderes sectoriales, parece haberse extendido una conciencia de que una parte del crecimiento económico tiene a esta multinacional y su competencia como aliados. Más expuestos que nunca, hay una parte del discurso que parece en sintonía con que esta auditoria constante de servicio y producto solo está haciendo mejorar la oferta.

    Hosbec, la Asociación Empresarial Hotelera de Benidorm y la Costa Blanca, tiene claro que este tipo de plataformas “han venido para quedarse y que han posicionado al cliente epicentro de la gestión de la hotelería”. Aunque atisban que Google “le está ganando terreno a pasos agigantados”, admite que las empresas se han visto obligadas a “diseñar políticas específicas para atender todos los comentarios vertidos”. Admite también, que el sistema causa “disfunciones puntuales, como por ejemplo clientes que solicitan servicios gratuitos a cambio de no poner un comentario negativo”, un sistema negligente que ha surgido recurrentemente en las conversaciones con muy distintas fuentes. Sin embargo, Hosbec valora que TripAdvisor invierta “cada día más” en “herramientas para detectar comentarios falsos y deliberadamente perjudiciales”, algo que ayuda a una situación de no retorno, aceptar la existencia de estos canales de información: “es una realidad a la que debemos adaptarnos si queremos continuar siendo competitivos”.

    Por parte de la Federación Empresarial de Hostelería de València, la FEHV, creen que por parte de la compañía es “necesaria una reflexión sobre los mecanismos de control que utiliza. El problema está en la gente que hace un mal uso del portal, a través de falsedades, amparándose en el anonimato o incluso en algunos casos con amenazas a los empresarios de poner críticas negativas en el portal sino les invitan o les aplican algún descuento, o incluso gente que ponen comentarios y no han acudido nunca a ese sitio a comer”. Este hecho, por ejemplo, ha sido denunciado pública o veladamente por empresarios como Calero y otros del entorno de las playas de la ciudad de València. “La herramienta tiene que ir adaptándose y, quizá, plantearse el localizar al cliente como hace Google My Business”.

    “El valor de la reputación de un sector no puede quedar en manos de ningún monopolio, debe residir en la elección de los turistas para vivir su experiencia”, avanza la Agència Valenciana de Turisme. Sin embargo, comprende y contextualiza la vigencia de TripAdvisor empezando por la defensa de la libertad de expresión, “que debe garantizarse siempre. Los turistas son dueños soberanos de sus opiniones, como también lo son a la hora de dejarse influenciar en su toma de decisiones por plataformas online”. Desde la Generalitat creen que estas plataformas han servido para “democratizar la información”, pero admiten que “complicado garantizar la objetividad y neutralidad para no perjudicar al sector”.

    La desafección del sector con la plataforma se deja notar a través de sus voces críticas. Como sucede con las reseñas, la queja sobresale en la conversación. TripAdvisor, con 15 años de vida, ha encontrado un filón de posicionamiento gracias a ello por contenido inédito gratuito (creado por los usuarios) y permanencia en página. El caso valenciano parece algo más agriado que el resto, pero quizá existe una razón más o menos objetiva: según los datos totales de 2018, la valenciana es la autonomía peor valorada en la plataforma de entre las más turísticas. Canarias, La Rioja, Andalucía, Asturias, Extremadura, Baleares, Galicia, País Vasco, Cataluña y Comunidad de Madrid, por este orden, tienen mejor valoración media. Un ranking que desmonta la idea de que el precio marca los éxitos de la plataforma, ya que en varias de ellas el gasto por viaje es inevitablemente superior.

    *Más información sobre el estudio de Oxford Economics

    El estudio de Oxford Economics es el más reciente y ambicioso para tener en cuenta el impacto de TripAdvisor. No solo cruza los datos de la plataforma, sino que su dimensión es global incluyendo la data del Consejo Mundial de Viajes y Turismo de la Asociación de Viajes de EEUU, de la Comisión Europea de Viajes, de la Organización Mundial de Turismo de las Naciones Unidas y de 51 bases de datos nacionales, entre las que se encuentran las de los principales destinos del mundo. Por lo que se refiere a la data de TripAdvisor, Oxford Economics ha comparado datos de usuarios en la plataforma desde 2004. El resultado es uno de los más fiables sobre el alcance de la economía mundial del turismo que incluye tanto a las empresas como a sus empleados.

  • Patricia Murray (‘El caso Alcàsser’): “Anglés aparecerá un día. Vivo o muerto”

    Publicado originalmente en GQ

    Netflix ha estrenado la primera serie documental producida íntegramente en España: ‘El caso Alcàsser’, un true crime en torno al secuestro, violación y asesinato de Míriam García, Desirée Hernández y Toñi Gómez.

    Con la participación de la radiotelevisión pública valenciana, À Punt, el resultado final es el fruto de un largo trabajo de investigación firmado Ramón Campos y Elías León Siminiani (‘Lo que la verdad esconde: Caso Asunta’).

    La serie de cinco episodios, ya disponibles, es un guantazo de realidad televisiva y un viaje a las profundidades de la sociedad española de los 90. El nacimiento del lado más oscuro de la televisión del país, que no sirvió para marcar sus límites, sino que creó una escuela que llega hasta nuestros días con el tratamiento –especialmente en los magacines matinales– del niño fallecido al caer a un pozo.

    Las redes sociales han empezado a hacerse eco de un personaje desconocido por la opinión pública y que destaca en la serie: la periodista irlandesa Patricia Murray. ¿Quién es esta mujer aparentemente desconocida y que estuvo al lado de las familias durante las semanas de búsqueda? ¿Cómo es posible que su existencia, dedicada a alimentar a los medios e instituciones con ‘novedades’, haya desaparecido del imaginario sobre el caso? ¿Por qué Fernando García, el recordado padre de Miriam, le confió las conexiones con la prensa, las relaciones con políticos y empresarios y, finalmente, un viaje a Londres para que el caso desembarcara en Scotland Yard o Sky News?

    ¿Quién es Patricia Murray y qué papel desempeñó en el Caso Alcàsser?

    Patricia Murray llegó a Valencia en 1962, aquejada de problemas respiratorios y en busca de un clima más cálido y compatible con su organismo. Tras 25 años como profesora de inglés, cuando sus hijas ya habían superado la adolescencia, decidió cumplir su sueño: ser periodista.

    Por eso inició sus estudios en la Universidad CEU San Pablo a finales de los 80, y los terminó en Navarra. No solo eso: en el curso 96-97, tras obtener un máster de la Universidad de Valencia y doctorarse en Pamplona, fue admitida por la facultad más prestigiosa del gremio: la Universidad de Columbia Graduate School of Journalism, por la cual también es máster y especializada en medios digitales (abrió uno de los primeros medios nativos digitales).

    En el ecuador de este maratón académico se convirtió “desinteresadamente” en la asesora de relaciones y prensa de Fernando García. Desde GQ España, conversamos con ella después de que ‘El caso Alcàsser’, de Netflix, haya recordado su trascendencia en el devenir de los acontecimientos, especialmente en torno a la figura del padre de Miriam y a la relación de este y las familias con los medios. Este artículo no contiene spoilers.

    GQ: ¿Cómo inicias tu relación como asesora de Fernando?

    Patricia Murray: Coincidimos en distintos actos, pero en una conferencia de José María Carrascal en Valencia le digo que debe ir a más sitios. Él ya había salido en ‘Quién sabe dónde’, pero le dije que tenía que el tema tenía que estar constantemente en la prensa. Le introduje a medios.

    La periodista irlandesa muestra fotos de Fernando García con Carrascal, pero también con Juan Lladró, de la internacional marca de esculturas de porcelana, o de Ruíz Mateos, quien llegó a ofrecer una generosa recompensa a quien diera con el paradero de las jóvenes.

    GQ: ¿Pero publicaste algún artículo antes o durante tu asesoramiento?

    PM: Únicamente en The Weekly Post (uno de los muchos diarios británicos que se publicaban en la Costa Blanca, Alicante). Sí se publicaron fotos mías en Pronto o Época.

    El posicionamiento de Murray en los artículos de The Weekly Post era que las niñas habrían sido raptadas por un grupo de jóvenes. Estos habrían intentado abusar de ellas y, por algún motivo, quizá se les habría ido de las manos. También recogió la original obsesión de García por el hecho de que hubieran sido captadas para una red de trata de blancas.

    GQ: ¿En qué consistió tu asesoramiento a Fernando García?

    PM: Yo ayudaba a las familias, pero Fernando se erigió como el portavoz. Les dije que había que hacer pósters más grandes, en distintos idiomas. También cambié las fotos de ellas (“para que parecieran más inocentes”, asegura en el documental).

    La aparición de los cuerpos, 45 días después de la desaparición, pilló a Fernando García y a Luisa Gómez (hermana de Toñi) en Londres. En apenas dos días y de la mano de Murray, el caso trascendió a la esfera internacional, incluida una reunión con Scotland Yard.

    GQ: ¿Cómo surge el viaje a Londres?

    PM: La idea de la trata de blancas tenía que ver con la posibilidad de que las niñas estuvieran en algún país árabe. Yo le dije a Fernando: hay una televisión en Londres (Middle East Broadcasting Center) que ve toda la comunidad árabe. Si quieres, voy como intérprete y tal. También fuimos a Sky News y teníamos cita con la BBC, pero los cuerpos aparecieron la noche de antes. Nos vimos con Scotland Yard y allí nos pidieron una descripción detallada de la ropa que llevaban las niñas. De las marcas, de las joyas… y, entonces, Luisa dijo que Toñi llevaba un reloj grande de Mickey Mouse. Me quedé con esa idea…

    PATRICIA MURRAY: «FERNANDO GARCÍA PLANEÓ QUE A LA VUELTA DE LONDRES HABRÍA UNA RUEDA DE PRENSA PORQUE LE HABÍA COGIDO GUSTO A LOS MEDIOS»

    GQ: Y la mano que encontraron los apicultores tenía el reloj…

    PM: De repente, aquella tarde, empezó a llamar todo el mundo al hotel. Yo pedí en recepción que no pasaran llamadas a las habitaciones. Yo dormía con Luisa y Fernando en otra. Pero al final, me avisaron. Era un no parar de llamadas y, entonces, atendí una llamada de Levante (el máster que había cursado era en colaboración con este diario). Como les conocía, pregunté: pero dime exactamente qué han encontrado. Y me dijeron, no sabemos nada, pero han encontrado una mano con un reloj grande. Entonces yo dije, sin pensar, ¡el reloj de Mickey Mouse! Y cómo sería la cosa que a la mañana siguiente una foto de Toñi con el reloj estaba en Levante.

    GQ: ¿Por qué no volvisteis inmediatamente a Valencia?

    PM: Fernando quería salir, pero por la hora que era ya no podíamos coger un vuelo y durante la madrugada no había aviones. Ni siquiera, como querían en Valencia, fletando un avión privado. Entonces hubo que esperar a la mañana. La embajada nos puso un coche al aeropuerto, donde ya teníamos billetes para volver, porque eran billetes abiertos. Pero Fernando había planeado antes de que nada de esto sucediera que pasaríamos por Madrid, porque ya le había cogido gustico a los medios… Entonces, cuando llegamos a Barajas, fue la locura… Se organizó una rueda de prensa en la sala VIP. Yo no quise ni estar.

    GQ: ¿Le había cogido gusto a los medios?

    PM: Es mi opinión.

    GQ: ¿Y cómo evolucionó la situación en torno a los medios?

    PM: Nieves Herrero dio conmigo y me dijo, cuando aterricéis (en Valencia), coge a Fernando y no dejes que ningún otro medio lo tenga. Así fue hasta que llegamos a las casas de Luisa y Fernando, aunque él fue en un coche con sus familiares. El Musical, donde se hizo el programa ‘De tú a tú’ (Antena 3), estaba a un paso de su casa, pero fueron en coche.

    GQ: ¿Cómo valoras que Antena 3 quisiera mantener aislados de los otros medios a Fernando?

    PM: También tenían a los apicultores encerrados en un hotel hasta que fue la hora del programa. Tú hubieras hecho lo mismo. Yo admiro mucho a Nieves Herrero. Es una gran profesional.

    GQ: El programa, como se puede ver en la serie, es prácticamente insoportable. Encadena una sucesión de reacciones emocionales, de momentos y pensamientos íntimos en un momento de dolor. ¿Te pareció aceptable?

    PM: El programa se fue de las manos de Nieves. La familia de Fernando y toda la gente que había allí, exaltada, hizo que el programa fuera incontrolable. Yo sé que Nieves quería pararlo. El programa casi destrozó su carrera. Pero ya no podían pararlo. Era la primera vez que en España se daba un programa de este tipo, de gran tragedia.

    GQ: ¿Por qué tenías una relación directa con Antena 3?

    PM: Porque desde hace muchos años tengo relación con una productora, todavía en activo, que durante aquellas semanas estuvo conectada conmigo. No obstante, no controlaba todo. Por ejemplo, el viaje a Londres. Eso se organizó desde Alcàsser, por parte de familiares o amigos de Fernando. Eligieron los vuelos, el hotel…

    GQ: Eras periodista y fotógrafa, sobre todo para algunos medios británicos de la Costa Blanca. ¿Por qué das el paso de ayudar a las familias?

    PM: Era un madre. Era consciente del dolor que estaban pasando aquellas personas. Si me hubiera pasado a mí, en aquel momento –sus hijas tenían unos pocos años más–, hubiera recorrido el mundo, hablado con el Rey… todo. Fernando no sabía qué caminos seguir. Hablamos con todo el mundo, con el presidente del Gobierno (Felipe González), con el ministro (José Luis Corcuera), con (Jesús) Gil y Gil…

    GQ: ¿Fernando García cambió a lo largo de aquellas semanas?

    PM: Totalmente. Cogió gusto al protagonismo. Mira… hay una anécdota: Fernando se presentó en mi casa una semana después de que aparecieran las niñas, el funeral y tal. Se presentó con un guion, pidiéndome que se lo enviásemos por fax a Nieves Herrero.

    En el Ayuntamiento había dos habitaciones a disposición de las familias. En una de ellas, había tres o cuatro chicas jóvenes todo el día abriendo cartas. ¡Miles de cartas! Y las cartas solo traían dinero. Ni tan solo había un mensaje de condolencia, nada. Dinero. Y las chicas apuntaban, ‘José Manuel, de Córdoba, 400 pesetas’. Mira, tengo unas mil de esas cartas…

    Patricia Murray conserva mucha documentación sobre la época. Llaman la atención las cientos de cartas que posee, donde solo se haya el nombre de Fernando García y la dirección del Ayuntamiento de Alcàsser y el remite.

    GQ: ¿Qué fue de ese dinero?

    PM: Ay, eso no lo sé. Luego Fernando montó la Fundación…

    La fundación nunca llegó a constituirse por oposición de Rosa Folch, madre de Desirée que siempre mostró sus dudas con la vis pública del suceso. Una vez aparecieron los cuerpos sin vida de las jóvenes, Folch inició una batalla de resistencia por eludir a los medios y evitó que la fundación se creara con el nombre de su hija.

    GQ: Una vez aparecieron los cuerpos, ya no quisiste saber nada más del caso.

    PM: No. Mi intención era ayudar a las familias y había pasado lo peor. Me llamaron también una vez del Ayuntamiento, para ver si convencía a Fernando de que abandonara las dependencias que habían ocupado. Pero él se había convencido de que aquello solo había empezado, que ahora había que encontrar al fugitivo.

    PATRICIA MURRAY: «LE DIJE A LA MADRE DE LUISA QUE SEGUIR A FERNANDO DE AQUÍ PARA ALLÁ NO ERA VIDA PARA ELLA»

    GQ: Una de tus aportaciones más sorprendentes tiene que ver con el viaje a Londres y la relación entre Fernando García y Luisa Gómez.

    PM: Luisa trabajaba en la sección de carne de Mercadona. Dejó de trabajar para dedicarse a los medios. Pidió la baja por nervios. Yo hablé con su madre y le dije, cara a cara, de madre a madre: tu hija está en mi casa con Fernando hasta las 11 de la noche. Su novio, Pedro, la va a dejar. Esto no es vida para ella. Esto no le está aportando ningún beneficio, ir con Fernando de aquí para allá. En el documental no sé qué sale, porque yo no sabía cómo decirlo, cómo hablar de esto, pero no hubo ninguna relación. Luisa se sentía agasajada, atraída por la situación…

    GQ: ¿Cómo fue tu relación con el resto de familiares, cómo eran?

    PM: Rosa Folch era una mujer con mucho mundo, muy inteligente. Los padres de Toñi eran muy mayores, agricultores, personas muy sencillas. A Rosa no le parecía bien que Fernando usara el nombre de sus hijas y no le pareció bien que fuéramos a Londres porque, como dijo, en Londres no estaban las niñas. Yo también sabía que no estaban en Londres, pero sabía que había que seguir la corriente, tener más repercusión. La mujer de Fernando estaba muy unida a Miriam. Eran cómplices, como hermanas. Y ella le echó la culpa de todo a Fernando.

    GQ: Pero Fernando García estaba enfermo aquella noche

    PM: Aquella tarde sabían que las niñas querían ir a la discoteca. Según lo que dijo la prensa, Fernando estaba enfermo, pero yo lo que descubrí es que estaba en la cama cansado después de un largo viaje (García era viajante, comerciante industrial) y no se levantó para llevar a las niñas. Matilde le echaba la culpa. El fallo de Fernando es algo totalmente humano.

    GQ: El documental no da alas a la teoría de la conspiración, el sumario B y todo lo que se ha escrito en paralelo a la versión oficial de los hechos.

    PM: No hay nada de eso. En ningún momento. Fernando daba alas a ello, intentó involucrar al gobernador civil, luego que si las niñas habían aparecido envueltas en la alfombra azul de un puticlub de lujo… Si buscas en Google “Patricia Murray” y “chicas de Alcàsser” yo soy de la CIA, también soy del Opus Dei porque estudié en la Universidad de Navarra, estoy relacionada con El Vaticano.. y no dicen que soy judía porque no saben que tengo el máster por Columbia, que es una universidad judía. Aparte de todo esto, en internet está escrito que estoy casada con un político sudafricano y que he estado en la cárcel. Mi nieta de 13 años busca en Google con sus amigas el nombre de su abuela y encuentra esto. Y resulta que existe una mujer en Sudáfrica que se llama Patricia Elizabeth Murray, porque si tecleas mi nombre en Google hay 2000 más. Este pseudoperiodista, que no es periodista, nunca ha venido a hablar conmigo. Nunca me ha preguntado. Yo he mirado la forma de demandarle por difamación de mi persona.

    PATRICIA MURRAY: «NO CREO QUE ANGLÉS ESTÉ EN BRASIL. ESTARÁ EN MÉXICO O EN ALGÚN SITIO DE ESTOS Y APARECERÁ UN DÍA. VIVO O MUERTO»

    GQ: No das crédito a las teorías no oficiales, pero por otro lado sí crees que Antonio Anglés está vivo y en paradero desconocido.

    PM: La última noticia sobre Anglés es que llegó con un barco a Dublín. Precisamente, mi ciudad. Y claro, ya dijeron que si estaba compinchada con ellos… Dijeron que si se había ahogado, porque apareció un chaleco salvavidas cerca del puerto, pero si se hubiera ahogado y tuviera un chaleco, estaría su cuerpo en el chaleco. Además, el día que supuestamente se encontró el chaleco, una joven americana despareció de su casa, cerca del puerto de Dublín. Él se disfrazó, se cambió de pelo como ya había hecho en Valencia (lo hizo mientras la Guardia Civil le perseguía) y usó su pasaporte.

    GQ: El año 2013 sugeriste en Antena 3 que podría estar en Brasil, de donde era originaria su familia.

    PM: No creo que esté en Brasil. Es el primer sitio al que hubiera ido a buscar la policía. Estará en México o en algún sitio de estos y aparecerá un día. Vivo o muerto, tarde o temprano, lo encontrarán. También se tiene que morir, así que quizá entonces. Cuando sea más mayor, también, puede contactar con Miquel Ricart (en libertad desde 2013 y en paradero desconocido actualmente). Pero la Policía y la Guardia Civil son grandes trabajadores. Son muy constantes. No te extrañe que den con ellos.

    GQ: La Policía y la Guardia Civil quedaron en tela de juicio tras perseguir con todos los medios a un único hombre, Antonio Anglés, que se les escapó.

    PM: Precisamente, con más razón, no descartes que en un futuro puedan cogerlos.

    GQ: Ramón Campos, productor y creador de Bambú, ha dicho en algunas entrevistas que siguieron todas las pistas posibles para dar con Anglés, pero que no encontraron nada.

    PM: Cuando mueran, un día aparecerá algún cadaver, y mediante huellas digitales y a través de la información de Interpol saldrá todo a relucir.

    GQ: ¿Nunca has vuelto a hablar con Fernando García o Luisa Gómez?

    PM: No. No los reconocería si les viera, tampoco.

    GQ: ¿Por qué nunca has hablado durante estos años del caso?

    PM: En 2013, a través de mi amiga (la misma productora de Antena 3 que le contactó durante los 90), me llevaron a Espejo Público. Hice una conexión desde Alcàsser porque ‘nadie de nadie’ quería hablar. Y me dijeron, Patricia, por favor, ayúdanos. Entonces dije lo de que si prescribía el delito, porque se hablaba de ello, Anglés iba a aparecer y a vender los derechos de su vida. Que se iba a forrar y a comprarse un chalé en La Moraleja… sin pensar que luego Pablo Iglesias…

    GQ: ¿Cómo te sientes ahora que se vuelve a hablar del tema y que has participado en el documental? ¿Cómo te sientes al pensar en tu relación con aquellos días?

    PM: En el documental se verá lo que me dediqué a hacer. No buscaba florituras como periodista en el asunto. Lo único que he hecho ha sido contar dónde estábamos. Si estábamos aquí este día a esta ahora, si fuimos a este sitio o al otro.

    Patricia Murray utiliza desde hace décadas un tipo de agenda de anillas. Cada año compra el recambio, pero guarda todas ellas en casa. Como nos muestra y se ve en el documental, la información de las agendas de los años 1992 y 1993 es crucial para comprender todo lo sucedido en torno al suceso y las familias en aquellos angustiosos días. Especialmente llenas de detalles se pueden ver las hojas de los días 27, 28, 29 y 30 de enero de 1993, donde se aglutinan nombres de contactos, lugares, teléfonos, llamadas, horarios, visitas y planes de los que fue partícipe. A día de hoy, es una periodista en semi retirada. Vendió sus webs de información sobre Valencia en inglés el pasado año. Dice que espera finiquitar su tesis, que no escribirá un libro sobre Alcàsser. En la ciudad es bastante conocida en el ámbito periodístico local por su comparecencia en ruedas de prensa y eventos relacionados, sobre todo, con el mundo del turismo y la gastronomía.

  • Alcàsser: un mito para asimilar el cambio de régimen

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Por desgracia, el crimen implicó a tres adolescentes de Alcàsser. Sus familias y la población son víctimas desde entonces y en primer grado del suceso porque, por desgracia, insisto, Alcàsser no fue un hecho comparable a nadaLos crímenes de Macastre, anteriores, coincidentes en el número de víctimas, sus edades, en el sadismo y en una parte de la investigación, no sacudieron al Gobierno central, no pusieron en tela de juicio la ausencia de protocolos actualizados de las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, pero, sobre todo, no contaron con la llegada de un nuevo medio que rige marca la cultura en su sentido más amplio y desde entonces: la televisión privada.

    Alcàsser es un mito. Su relato, el primero de gran trascendencia ganado por los medios en España y no por el Gobierno o las élites, es lo que queda. Es lo que cala. La tragedia de Alcàsser va más allá de lo visible en el documental de Bambú porque abarca demasiados ámbitos, demasiado comunes. Pero, sobre todo, es el hecho fundacional que sirve para situar en la sociedad española y en sus instituciones el fugaz paso de un Estado aislado del contexto occidental hacia la exhibición como foco de primer interés para el mundo (Sevilla y Barcelona ‘92). Del sereno como garante de la libertad (años 70) a ser la quinta economía europea y miembro del G-8. En un abrir y cerrar de ojos.

    Las toneladas de incompetencia, ingenuidad y valentía (por ignorancia) de las instituciones españolas sirvieron para mucho en los 80. Por ejemplo, para disfrutar de un estado de anomia. Del franquismo a los 90, dentro del marco legal, entre tantas otras evidencias, apenas se habían tipificado sustancias químicas. Nuestras reboticas eran el dispensario de una especie de largo verano del amor y sus consecuencias no fueron necesariamente negativas. El mundo esperaba y nos tomó así, en ese estado salvaje en el que ni los bares ni las discotecas tenían necesariamente un horario. Se vendía tabaco legal y de contrabando y los estamentos judiciales y policiales no habían sufrido la menor reconversión (La isla mínima) desde la muerte en cama del dictador.

    El ansia era tal, que incluso aquí se aceptó con si tal cosa que Francis Montesinos desfilara junto a Vivienne Westwood en la capitalidad cultural de Berlín 1988. En Pamplona o San Sebastián se reventaban escaparates por exhibir a hombres afeminados y banderas de España, mientras en Rodeo Drive, Los Angeles, sucedía lo contrario: la gente se hacía fotos deseando aquel jean o el otro estampado. Hoy ya se nos ha olvidado, pero no era normal la contracción de un viejo mundo y uno nuevo sucediéndonos encima. El viaje era vertiginoso y de ida y vuelta, desde nuestro anquilosamiento enrabietado al hambre atroz de medio mundo por explotarnos culturalmente.

    En los 80 éramos la Cuba con la que ahora se relame Estados Unidos. Éramos un oscuro objeto del deseo exótico pero próximo, un destino tan deseable como asequible, aunque lo más importante es que ni siquiera habíamos tenido tiempo de sacudirnos la mugre. El mismo día en que España pasó a formar parte de la Comunidad Económica Europea (1986), en València, como desde hacía más de 10 años, seguía patrullando la noche La 26: un grupo parapolicial, pero ‘legal’, captado en gimnasios de boxeo, sin ser dados de alta en la Seguridad Social, pero con un revólver Smith & Wesson en la pernera y licencia para matar. Era nuestra policía de noche y era lo que había. Éramos el pasado, olíamos a futuro, pero la libertad llegó mucho antes que las instrucciones de uso. Este hecho, para los malos, suponía un campo de experimentación demasiado grande y que acabó resolviéndose de la manera más desagradable.

    El documental de Alcàsser: todas las dudas

    El cambio de régimen se estableció con la victoria por relato. Les pondré un ejemplo: en uno de los campos en los que no abunda el documental El caso Alcàsser, el que tiene que ver con la incompetencia por herencia de la Guardia Civil, resulta que este grupo no tenía gabinete de prensa. Y perdió el relato. Quién hubiera pensado que eso iba a ser trascendente. Hasta la fecha, al menos en España, perder el relato era, a lo sumo, perder una batalla. Pero perdió el relato y perdió la guerra de la confianza en las instituciones públicas. Quién sabe si, para algunos, para siempre. Lo hizo a través de un medio, la televisión, cuya capacidad de penetración era inédita en España, sin el menor control –huelga recordar que en 2019 no existe ni proyecto de Consejo Audiovisual que nos proteja. Vamos camino de ser caso único en el mundo– y convenciendo de una tacada a la mitad de la población.

    Las teorías de la conspiración en torno a Alcàsser tiene como base documental lo cutre del procedimiento a lo largo de un proceso lleno de luces y sombras. La clave de bóveda es el sumario, donde las incongruencias saltan muy de tanto en cuanto (a lo largo de 40.000 páginas). Y sorprende el poco ahínco que le dedica el documental a que Anglés y Ricart eran, por este orden, un individuo en busca y captura y otro de permiso penitenciario. ¿Tienen claro que en el juicio el Estado quedó absuelto de cualquier responsabilidad por ello? Sumen, sigan: Anglés se escapó de su casa, en una intervención policial –la de su persecución– que hoy en día sigue alimentando a la conspiración (“pero bueno, ¿cómo un solo hombre podía escaparse del cerco de Guardia Civil y Policía?”). Lean El fugitiu, de Genar Martí y Jorge Saucedo, y comprenderán que la existencia de angleses ricarts en 1992 era posible gracias a la inexistencia de protocolos homologables al contexto europeo. La improvisación y, quizá, la influencia del show de Benny Hill en La2 marcaban la pauta.

    ¿Saben dónde estuvo escondido Anglés durante su estado de busca y captura? Pues, a veces, en su propia casa. Esa era la presión policial para con un hombre que no había vuelto del permiso penitenciario. Estancia en prisión por, nada más y nada menos (tampoco se abunda en el documental), que haber tenido vejada, golpeada y atada con cadenas a su ‘pareja’ a la intemperie, durante días, la cual se había hecho una buena parte de la droga que pasaba. Como cuenta Joan Olaque en esta reciente entrevista, pero como ya describió agotando cualquier gramo de oxígeno a la teoría de la conspiración en Des de la tenebra, Anglés estuvo a punto de matar a aquella chica. El relato lo dulcificó ella misma en comisaría, aterrada por que pudiera matarla si salía. ¿Y saben qué hizo Anglés al obtener su primer permiso? Efectivamente, fue a buscarla.

    ¿Por qué el documental apenas habla de Anglés? El perfil como psicópata de este personaje, descrito como nunca hace casi 20 años en Des de la tenebra, sirve para comprender una buena parte del suceso. ¿Por qué no se habla de cuál era el uso habitual de aquella lúgubre caseta para Anglés, sus hermanos, Ricart y otros? ¿Por qué no se habla de para qué servía aquella excavación donde guardaban una moto robada? Sin embargo, entre las muchas dudas sobre todo aquello que no se muestra y sí en el documental, la gran pregunta es: ¿por qué no se habla de los indicios de homosexualidad de Antonio Anglés y de lo que el sexo supone para él?

    La editorial Arpa acaba de publicar la traducción del muy recomendable El extraño que llevamos dentro, un viaje al origen del odio y la violencia en las personas y las sociedades. El conocido libro del psicoanalista Arno Gruen funciona como complemento idóneo en estos días para abordar el rol de Anglés en su casa –una chabola con paredes– junto a sus ocho hermanos. Anglés pegó a su madre y a sus hermanas durante toda su vida y tuvo una relación violenta y perversa con el sexo. En casa y fuera de casa. En Des de la tenebra la sospecha y lo que gira en torno a su homosexualidad es seminal. También al papel que juega Ricart en ello. El prófugo vive en una especie de tensión y violencia contra las mujeres, constante y que tiene evidencias y relatos suficientes: se enfrenta a lo que es y no comprende. Sirva también su caso para evidenciar que, seguramente, a las alturas en que cometió los crímenes junto a Ricart según sentencia, Anglés hubiera sido encausado a partir de los supuestos de la Ley contra la Violencia de Género. Aviso a navegantes, por si hay dudas de cómo un marco de normas actualizadas sirve para que un Estado proteja y haga libres a sus ciudadanas y ciudadanos. 

    ¿Por qué la perspectiva de género aparece a falta de 10 minutos en el documental? De otra forma, quizá, hubiera servido para que de una vez por todas se armonice que Nieves Herrero ni era la directora de De tú a tú (lo era Manuel Campo Vidal), ni era la periodista que recababa desde la calle o en la oficina los relatos y los guionizaba (Olga Viza, Isabel Goyanes), ni aislaba del resto de medios a Fernando García (Patricia Murray) ni era tampoco ni la regidora del programa ni quien le hablaba por el pinganillo. Murray, por cierto, presente en aquel primer reality show de la barbarie que fue la noche de los entierros desde la Societat Musical d’Alcàsser, asegura que Herrero intentó parar el programa y pidió que pusieran documentales o algo enlatado. Herrero parecegua que, por otro lado, también ha hablado de este supuesto. Al final, el foco vuelve a estar puesto en ella. Un villano siempre funciona mejor en cámara que todo un entramado. Una mujer joven y guapa, en este caso, parece idóneo para el canon televisivo.

    La llegada de plataformas como Netflix, Amazon, HBO, pero también Movistar+, han dado paso a una auténtica etapa dorada en la producción de true crimes. Nunca se ha invertido tanto ni se ha avanzado tanto en las narrativas audiovisuales en torno a crímenes sucedidos y abordados desde el género documental. Pese a ello, el trabajo de Bambú apenas aporta innovaciones formales, fundamenta las reconstrucciones en el mismo ejercicio de ilustración que El caso Asunta. Operación Nenúfar (2017) y sus logros periodísticos pasan por actualizar las entrevistas y transformarlas al audiovisual con tres salvedades: el relato de la cinta de Blanco, García y el cura de Alcàsser (quizá, la cima del documental), la aportación del ayudante de Blanco (desde el relato a los detalles. Relevante) y el no tan conocido trasiego del sumario hasta que García logra poseerlo (aunque ahora se diga que se sabía el asunto del robo, nunca nadie lo pone en valor. El documental, sí). También es cierto que es altísimo el valor de los fondos de videoteca incorporados, especialmente los de Antena 3 (sospechosamente sin mosca de la cadena y solo de un programa) y los de Telecinco, de cuya cesión hablaré más adelante. Pero, insisto, en un sentido formal, de todo lo que se habla tras la publicación del documental es del plano picado a García, cuya intencionalidad severa tardaremos un tiempo en comprender si era acertada por riesgo o innecesaria por evidente.

    Igualmente, ya que se menciona a García, el documental parece sufrir del conocido como ‘mal por proximidad’: todos aquellos que aparecen en pantalla, salen beneficiados. Hacia el final de la producción, la caída de naipes sobre el castillo de Fernando García no parece cargar las tintas lo más mínimo contra él. Parece como si sus guionistas hubieran optado por dejar que los espectadores juzguen, en una maniobra sui generis, ya que su figura es la que hace trascender todo en Alcàsser: el comportamiento de los medios y de la investigación, sin este ingrediente, es otro muy similar al de tantos otros crímenes. Por el contrario, como Juan Ignacio Blanco solo les concede un encuentro, como el ‘mal por proximidad’ va desapareciendo porque se pierde el contacto, al final parece ser un villano mucho más reconocible el pseudoperiodista y pseudocriminólogo que el ínclito ‘padre coraje’. Y los beneficiados por comparecencia son más, como el del caso de Paco Lobatón. También de Canal 9, por su colaboración y cesión de los hechos (À Punt Mèdia). Recordaba Oleaque cómo el vodevil de El juí d’Alcàsser llegó –entre otros extremos– a llevar a unos pseudo enterradores de los cuerpos de las niñas. Acabaron yéndose antes de que la policía llegase a arrestarles. Por no hablar de la comparecencia, pero no en cámara, de Pepe Navarro. Comparecencia por venta de material audiovisual, pero cuyo papel fue también fundamental para que Alcàsser se convirtiera en el mito que es –imaginen el recorrido de las teorías de la conspiración sin la existencia del Mississippi–. Navarro queda en una especie de neblina beneficiosa. ¡Si hasta le obliga a rectificar a Juan Ignacio Blanco por decir el nombre de un gobernador civil –sin la menor prueba– implicado en la producción de películas snuff

    La gran entrevista del caso, Anglés y Ricart a un lado, sigue pendiente y pertenece a una mujer con la capacidad e inteligencia suficientes como para ponderar los hechos, la creación de un personaje por parte de Fernando García, el juicio y la trascendencia de los acontecimientos: Rosa Folch. La producción no logró doblegar su posición firme frente a la gran bola mediática generada de manera negligente y sin protección desde los 90. De repente, Matilde, la esposa de Fernando García, que aglutina a mi juicio las escenas más dolorosas de la revisión en esta producción, desaparece del relato sin la menor explicación. Una explicación relevante, imprescindible, para comprender a Fernando García. Sobre todo, al García que aparece en cámara ahora. La incomparecencia (voluntaria) en cámara de Joan Oleaque o Nerea Barjola, por haber escrito los ensayos de origen y conclusiones con mayor perspectiva del suceso, pesan en menor medida, pero hubieran fortificado un trabajo aún más solvente.

    No obstante, entre las dudas e incomparecencias, sorprende la ausencia de un relato sociológico en el documental. La relevancia de Alcàsser pasa por un cambio de régimen político real. Un cambio de paradigma a nivel social casi por completo. Las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado cambian con Alcàsser. La prensa cambia con Alcàsser. La televisión como locomotora cultural nace con Alcàsser. Lo peor de muchos ámbitos y algunas aristas en positivo, cambios a mejor, surgen con Alcàsser, pero trascienden el suceso. La importancia está en el relato sociológico. Como ya describe Barjola en Microfísica sexista del poder, es relevante comprender la existencia y libertad de la mujer española. De la que se viene y a la que se va. Es importante comprender cómo hay fuerzas del poder conservador que, tras una década de inflexión, interpretan los 80 como el exceso de libertad del que hablábamos al inicio. A nivel Estado, como nunca antes, se habla de la vuelta a un Gobierno de orden. Nace el relato del miedo y su discurso lo asume el propio PSOE, corrompido y agotado tras abandonar –como toda la socialdemocracia europea del la época– la lucha de clases por el neoliberalismo. Llega la Ley Corcuera como síntoma de todo ello, pero no hay rastros de nada de todo esto en el documental. Y es lícito, porque es un enfoque, pero sabe a oportunidad perdida dados los recursos.

    El efecto sobre las libertades, especialmente la sexual y la de expresión, es la esencia de Alcàsser. El mito que trasciende no son los crímenes, cuyo respeto por parte de los creadores del documental sí creo que ha sido exquisito. Sin embargo, la previa, el poso y nuestra fotografía más actual convierten a Alcàsser en un objeto de análisis sociológico cada vez más alejado del detalle en el procedimiento. Quizá porque, para quien ha leído y estudiado el caso, las aportaciones de esta producción son contadas y ya han sido mencionadas hace unos párrafos. Por eso, quizá, cualquier revisión de Alcàsser sigue pendiente. Es vigente. Porque la captura de los hechos con mayor intensidad no tiene que ver con este pueblo de l’Horta Sud, ni con las víctimas ni con sus familias, sino con el foco exclusivamente en el presente para comprender las consecuencias de un hecho que, como decía al inicio, sigue siendo incomparable y suponiendo, desde la sociedad, el cambio de régimen real que nunca hubiera sucedido por su cuenta desde las instituciones ni desde la política. España era una fiesta en 1992, pero la madurez no la alcanzamos mientras la fecha volaba hacia el pebetero de Montjuic. Por desgracia, el cambio de régimen acabó con la vida de tres adolescentes de Alcàsser.

  • Pasear a los perros

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Le prometí al capitán de esta goleta que, amainadas las urnas, haría “algo diferente” desde mi tronera, aquí, los lunes. Se lo prometí a él ya que, genéticamente, estoy diseñado para concederle a un tercero más tiempo y de mejor calidad que a mí mismo. Aún así, me ha costado quince días levantarme de esa jornada de reflexión que es para un periodista el lunes post electoral: la devastación de la conciliación familiar –tras esperar que la ciudadanía echara nada menos que cinco sobres al cajón– al menos ha servido para intuir quiénes somos y cómo pensamos a fecha de 2019. Repuesto del año en campaña que inició Pedro Sánchez y su gobierno de ministros dimisionarios, ahora vengo yo con el ánimo de una Fania All Star; con más necesidad de reírme que de llorar.

    Las urnas no explican todo lo que somos y sigue siendo necesaria la contemplación en los parques. A eso voy, porque de allí vengo: en febrero, un pasado político que se antoja más lejano que las puertas de Tännhauser, el entonces y ahora alcalde de València dijo: “hay más niños que perros”. El apocalipsis ginecológico, tradicionalmente en boca de hombres, no contaba con este volantazo estadístico. Porque resulta que los chuchis se censan y tenemos a 93.000 organismos con chip meándose por toda la ciudad. A diario. Les veo hacerlo mientras que, al otro lado de la correa, alguien hace como si nada, o sea, con la mirada perdida en el móvil. Uno a veces no sabe si allí mismo se estarán limando asperezas para que Irán y Estados Unidos no entren en guerra nuclear. Y mientras se nos mean encima, sucede lo importante: la indiferencia con el, hasta ahora, mejor amigo del hombre (ya ven que el eslogan pertenece a un tiempo no feminista).

    Recuerdo perfectamente las necesidades sociales que giraban en torno a la posesión de un perro. Sí, sí: posesión. Los perros se regalaban por cumpleaños o en la primera comunión. Había a quien le caía un walkman y había a quien le ‘daban’ un perro. O perra, que para eso ya éramos inclusivos, pero sin saberlo, que sirve de poquito. ¡Qué suerte! ¡Un perreti en casa! Hoy en día son políticamente incorrectos los conceptos “amo”, “dueña” y “chucho” y por contra está totalmente aceptado que durante los paseos, cada día, estos compañeros de vida no les dirijan ni una triste mirada. Salen de casa con el aifón en la mano y así vuelven. Y no son una ni dos. Hagan lo que les digo, contemplen en los parques, y deprímanse con el espectáculo. 

    En los felices 90 queríamos tener un perro porque, más allá del disfrute físico por estrujamiento, peinado o juego, había una serie de necesidades sociales que el perro también cubría. En esencia, la relación con el vecindario. Mis amigos con perro empezaron a ligar muy pronto. Descubrieron mucho antes que yo que para lo del ligue no era lo más importante tener el busto de Beckham. Y además de que les diera el sol e hicieran algo de ejercicio, según la potencia del can, lo verdaderamente importante es que establecían una relación más allá de las humanas y basada en las horas de afecto. No dudo que, en el más trágico de los momentos, se llore la muerte de un perruchi, pese a que sus paseos se hagan con la mirada puesta en el WhatsApp, ¿pero qué dice de nosotras que tengamos más perros que nunca –por cierto, más adoptados que nunca– y que paseemos públicamente nuestra indiferencia hacia ellos?

    Lo peor de todo es que el móvil contraviene una posibilidad del todo deseable: la de llevar una botella en la mano donde no se tiene la correa. Al final habrá que resolver lo de las micciones impunes como con todo: vía multa. Y si todo se tiene que resolver de aquella manera, ¿nos hará falta dar ese paso creando una policía gestora del tiempo sano y evitar que, por el bien de todos, vivamos conectados 24 horas a la nada? Porque quizá, tan grave como la indiferencia canina, es la cantidad de nada que se consume. Sí, hay decenas de millones de personas creando contenido para YouTube, pero eso solo es una pista: ¿qué porcentaje del inabarcable contenido creado no es exactamente una completa pérdida de vida? Y no me refiero a la distancia con el entretenimiento, sino a la celebración del ruido blanco mental como éxito de todos.

    Hay bastante de cierto en las teorías del mindfulness, pese a que me dé alergia compartir ideología con gurús que habitualmente desayunan homeopatía con aguacate. Como demuestra la ingente cantidad de estudios recogidos en Focus, el ensayo de Daniel Goleman, el cáncer intelectual de nuestro tiempo es la falta de atención. Porque parece como si el precio a pagar por tener a mano información de alta calidad (más que nunca, mejor que nunca) sea que ésta se encuentre tapada por toneladas de basura. Y es algo que no solo afecta a los aspectos formativos de la vida, sino a la vida misma. A la relación con el entorno, con todo lo que va más allá de nosotros y de los humanos, con cualquier aspecto y hasta con los perros. Paseamos a nuestros perros, pero se nos ha olvidado lo que significa. Y ha pasado en apenas 10 o 12 años, en un abrir y cerrar de ojos. Significa mucho pasear a los perros. Y habla de nosotras. O eso creo.

  • Laurent Garnier: al habla con el dj omnipresente durante los últimos 30 años

    Publicad originalmente en GQ

    Hay dos formas de interpretar la biografía de Laurent Garnier: la primera pasa por creer que este dj y productor francés ha tenido la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno durante los últimos 30 años. De esa forma, podemos situarle indistintamente en primera fila de las revoluciones Madchester, acid house, french touch, rave, en las warehouse parties o en el estallido de ventas de la música electrónica en los 90. Si creemos en su don de la oportunidad, podemos encontrarle cierto sentido a que estuviera pinchando indistintamente en las ciudades clave de la revolución bailada por Europa, que publicara hits atemporales (Acid Eiffel, Wake Up) a lo largo de seis álbumes o firmara un tempranísimo contrato con la todopoderosa FNAC de 1991 (inaugurando su Music Dance Division), creara su propia radio online en 2003 y acabara por evangelizar al mundo con su oficio componiendo bandas sonoras para cine, teatro y danza. Al frente de todo eso y en el cambio de paradigma que situó al dj como la principal referencia pop e ídolo de masas en el tránsito de la noche a los festivales con decenas de miles de tíckets vendidos y parking para los jets privados.

    La otra posibilidad para interpretar el don de la ubicuidad de Laurent Garnier es aceptar que nada de lo vivido fue posible sin él. Porque, como demuestra la versión expandida de su autobiografía ahora editada en castellano por Barlin Libros (Electroshock. Edición integral, 2018) este autor y agitador francés es el Ulises de la electrónica europea. Garnier sabe a qué huelen los guetos de Detroit y Chicago, el segundo verano del amor en Ibiza, las raves que impulsó –y musicó– o la explosión sin límites del movimiento a partir del año 2000.

    El libro, que ahora aporta ocho nuevos capítulos, acaba por convertirse en un volumen fundamental para amantes y analistas del fenómeno, porque incluye la última frontera de ese mundo a partir del triunfo de los charts internacionales y el cambio definitivo del oficio de dj y productor, y su impacto a partir de la extensión global de internet y sus plataformas.

    Electroshock es, ante todo, un relato sincero y vibrante en el que cada uno de sus capítulos parece acumular toda una vida de experiencias. Escrito a cuatro manos con el periodista David Brun-Lambert, el epopéyico relato del techno sitúa como protagonista al nombrado recientemente Chevalier de la Légion d’Honneur por Francia (el reconocimiento homónimo al Premio Princesa de Asturias de las Artes).

    GQ: Electroshock parece huir de la nostalgia. ¿Hasta qué punto te obsesionaba no caer en ella?

    Laurent Garnier: Fui muy claro desde el principio: no quería un libro de yo mí me conmigo. No soy ese tipo de tío. Al mismo tiempo, también soy consciente de haber vivido muchas escenas en muchas épocas. También de haber vivido todo esto desde el principio y recordar todo. Dave [Brun Lambert, el coautor] me dijo que podría haber sido un buen reportero, pero incluso con su ayuda nos costó dos años escribir el libro. Dos años de trabajo metódico…

    GQ: ¿Cómo os organizasteis para componerlo a cuatro manos?

    L.G.: Cada miércoles nos veíamos y trabajábamos juntos durante cuatro horas. Hablábamos de un tema concreto que yo había estado preparando durante toda la semana. Antes de despedirnos, proponíamos el siguiente ítem a resolver. En cierto sentido, fue una terapia para mí porque cada semana me enfrentaba a una serie de recuerdos. Me ayudó a responder algunas preguntas del pasado.

    GQ: ¿Una terapia constructiva?

    L.G.: En cierto sentido, como artista, me alegro de no haber reflexionado sobre algunas cosas antes. Quizá ahora sí era el momento y quizá lo era también porque encontré a Dave, que fue capaz de hacer las preguntas adecuadas.

    GQ: ¿Cómo ha evolucionado la figura del dj?

    L.G.: Al principio la percepción de la gente con respecto al dj era muy diferente a la actual. El dj era una cosa y el músico otra. El dj no podía ser músico ni viceversa. En mi caso, romper con eso ha sido una lucha constante. El pensamiento estaba arraigado y parecía que nosotros hacíamos poco más que disponer ruidos. Cuando Carl Craig empezó a pinchar, la cosa comenzó a girarse. Yo me veo un poco igual. Me gustaba pinchar, pero enseguida pasé a ser productor. Serlo, crear, era probarnos a nosotros mismos. Al inicio, ni siquiera yo, que ya estaba haciendo música, me consideraba músico. Ahora sí y me siento más en paz que hace 20 años.

    GQ: ¿En paz por qué?

    L.G.: Más tranquilo, de alguna forma. Ya no tengo que probar nada. En aquel momento parecía que te estaban probando. Lo importante con el tiempo es que la música que hacíamos y hacemos toca a la gente. Que llega a la gente. También en paz porque sé lo que he vivido y que he cumplido con lo que quería lograr. Lo más importante son los resultados y, al final, en lo más profundo de mi corazón, siento que soy dj ante todo porque desde los diez años era lo que quería ser. Hacer bailar a la gente. Era mi sueño.

    GQ: ¿Cómo encajas la visión de los djs como superestrellas de la industria?

    L.G.: Creo que hay djs en posiciones más altas de las listas de lo que deberían estar. Ningún dj debería olvidar que lo que hacemos es pinchar música y hacer a la gente bailar. Ponemos música que nosotros hemos hecho o que otros han creado. Ni somos políticos ni cambiamos el mundo. Las cosas no van a cambiar por nosotros y la humildad es un valor muy importante. Hay gente en este mundo a la que se le ha olvidado.

    GQ: Entiendo que no te sientes cómodo con la imagen de una vida en jet privado…

    L.G.: Cuando hablas de jets privados y ese tipo de vida… Ese no es mi mundo y creo que a estas alturas la gente sabe que no lo es. Creo que es lícito que haya djs felices de hacer millones de dólares, pero no es mi mundo.

    GQ: Tampoco el método de reproducción parece ser algo que te preocupe.

    L.G.: Lo importante es que un dj ponga música que te llegue, que te toque. No es mejor si viene de un vinilo, de un USB o de una tarjeta SD. El formato no tiene importancia.

    © Getty Images

    El dj y productor francés Laurent Garnier

    GQ: No obstante, la principal revolución de la industria ha tenido que ver con el cambio de formatos y la ruptura de la distribución física.

    L.G.: En los 2000 todo se volvió muy cambiante y no sólo por la llegada del peer to peer. La música se desmaterializó, los festivales crecieron y los djs dieron el salto a grandes compañías y mánagers. Todo se profesionalizó rápidamente a nuestro alrededor y eso trajo cosas buenas y malas. Ahora la música se consume igual que una película y, en mitad del consumo, a alguien le llega un mensaje. No nos sentamos a escuchar un álbum, pero ya antes nos habíamos desacostumbrado a respetar el tracklist con la llegada del CD. Ahora esa liturgia sólo sucede si vas en coche haciendo un viaje. Ahora la mente va en muchas direcciones a la vez.

    GQ: Incluso durante las sesiones.

    L.G.: Soy consciente. Cuando estoy pinchando, mientras bailan, están con el móvil en la mano. Están en Facebook, están haciendo un vídeo. Lo guardan y lo vuelven a sacar. Yo me pregunto: ¿por qué pones ese artefacto en tu bolsillo?

    GQ: Ahora hay clubs que lo prohíben.

    L.G.: ¡Y es maravilloso! Lo encuentro maravilloso. En esos sitios te das cuenta de que la relación con la audiencia se torna diferente y si la idea del dj tiene que ver con que la audiencia conecte contigo, es totalmente diferente. Como dj creo que tu principal misión es lograr que la gente se olvide de lo que le rodea, y ahora es muy difícil.

    GQ: Electroshock es una progresión en torno a todo lo que rodea a la música de baile y eso también comprende los límites de la libertad, el marco normativo, la policía, las drogas… ¿Cómo evolucionó el rol de la policía durante los años de las fiestas rave?

    L.G.: Los niños en Inglaterra iban a los pubs. Era la cultura de la normalidad. Por esa idea de normalidad, la cosa al final acabó necesitando un espacio mayor. Un campo para bailar durante 24 horas donde las reglas no estuvieran escritas. En dos o tres meses la gente pasó de los clubes y se fue al campo. La policía era consciente de lo que estaba pasando, pero sólo podía controlar a la gente en clubes. No tenía suficientes agentes para cubrir un campo lleno de miles de personas.

    GQ: Y entonces llegó el éxtasis…

    L.G.: El impacto de la llegada del éxtasis a Inglaterra fue incontrolable. Fue un cambio enorme. Cuesta tratar de comprenderlo ahora. La policía ahí sí que no sabía cómo atajar el asunto. De repente había una industria enorme, creada casi de la noche a la mañana. La policía sí estaba perdida y no supo cómo gestionar un cambio de mentalidad tan grande, en una sociedad con un paro altísimo y un ambiente social complicado. Era la tormenta perfecta.

    GQ: En ese momento, también en España, la música de los clubes pasa de ser underground a masiva. ¿Fue un salto natural?

    L.G.: Es que no podría haber sido de otra manera. Cuando un movimiento cultural se hace global, en algo tan grande como el techno, no hay manera de no acabar viéndolo convertido en negocio. No podría haberse mantenido como algo underground para siempre. Nos hubiera encantado, sí, para qué negarlo… pero al mismo tiempo luchábamos para que fuera grande. Para nosotros no era un negocio, era la música que nos gustaba. Creo que era inevitable que se hiciera enorme.

    GQ: Lo que sucedió entonces y se mantiene ahora es una igualación de ambientes entre la música y las drogas. ¿Cómo has vivido esa simbiosis constante en medios de comunicación y todo tipo de relatos?

    L.G.: No he sido una persona de drogas. Las probé cuando era joven y muy pronto comprendí que no era mi mundo. La gente las toma por muy diferentes razones y me fastidia que hablar de techno sea igual a hablar de drogas. No voy a negar lo que supuso el éxtasis para las raves. No niego que su expansión nunca hubiera sido tan rápida, pero eso sólo fue el inicio. Las drogas no han mantenido vivo al techno. Existían antes del techno y siguen cambiando hasta el día de hoy. Había drogas en el Festival de Cannes, hacían estragos en el jazz, pero hay drogas en los institutos y hay drogas en las oficinas. Estoy a favor de que las drogas sea un tema que se tome en serio, pero no desde el tópico de la noche y el techno. Encontrar soluciones no pasa por señalar a los «chicos del techno» siempre con este tema.

    GQ: Parece que es algo que te afecta. El escenario ha cambiado bastante poco a lo largo de estos más de 30 años de relato.

    L.G.: Sí, me afecta. Ahora estoy trabajando en una película y hay gente a mi alrededor que, de repente, se droga. Yo lo encuentro algo muy triste y a veces pienso, ¿quién soy? ¿Soy el único que no toma cocaína? Pienso mucho. Pienso, chicos, no necesitáis esa mierda.

    GQ: El último ingrediente de esa industria enorme que es la música de baile es internet. Un ingrediente ya madurado y asentado. ¿Cómo ha afectado al escenario general, teniendo en cuenta que tienes tus propias emisoras online y tu sello discográfico?

    L.G.: Los sellos ahora son otra cosa. Es un ecosistema muy diferente. Antes podías hacer dinero con un sello. Tanto que había artistas que decidían si hacían tour o no. Los sellos ahora sobreviven. Además, internet ha generado una superespecialización de casi todo. También de nuestra industria. El modo en que se crea música es completamente diferente y pienso que siempre ha habido mucha música, y muchos sellos, pero ahora… ¡es la guerra! Internet ha puesto patas arriba todo el sistema. No tienes por qué tener un mánager; puedes producir tu música y ponerla en internet. Con eso es suficiente para golpear el mundo. Es una realidad establecida.

  • Los últimos días de la oscura vida de Chet Baker (a su paso por València)

    Publicado originalmente en GQ

    Esta fotografía que publicamos en exclusiva, 30 años después, pertenece al último concierto en España del «James Dean del jazz». El promotor Julio Martí le compuso una gira como trío (con Marc Johnson y Philip Catherine) que incluyó un memorable bolo en ‘el Johnny’ de Madrid, pero que en Valencia ambicionaba llenar el Teatre Principal. Y lo hizo ampliando el cartel a cuarteto con el mítico harmonicista Toots Thielemans. A partir de esta imagen de Jordi Vicent, rastreamos las huellas tras los últimos pasos de Baker. Un genio maldito como pocos.

    Hay tres finales escritos para la historia de Baker, pero sólo uno es oficial. El 13 de mayo de 1988 su cuerpo se precipitó unos 10 metros hasta la muerte. El guarda del Prins Hendrick, un «hotel para yonquis» próximo a la estación central de Ámsterdam, no vio ni oyó nada. A las 3 y 10 de la madrugada (y ya van dos 13), un transeúnte alertó del bulto en mitad de la acera. Nadie le hizo caso. Otro puto yonqui a las puertas de aquel «hotel para yonquis». Poco después, la policía atestaba: «cuerpo sin vida, joven de unos 30 años». Tenía 58, pero estaba irreconocibleLa cara fue lo primero que impactó contra un bolardo. Una fatal paradoja: su rostro completaba así una historia de fatal protagonismo. El más deseado por fotógrafos y discográficas de jazz en los 50, el que empezó a deformarse a base de peleas y otros problemas en los 60, el semblante abatido del heroinómano en los 70 y la sonrisa perdida de los 80.

    Con los ojos cerrados, el fotoperiodista valenciano Jordi Vicent retrató por última vez en España a una de las leyendas del jazz. Aquel joven irresistible del que Gerry Mulligan tuvo celos y al que acabó sacando de su cuarteto, aquel chico de la banda de la Armada al que fichó Charlie Parker para advertir a los grandes de que era mejor tenerle cerca antes de que se comiera él solo el mercado. Baker, el icono del cool jazz, el trompetista de las notas precisas y limpias de la Costa Oeste que burló al frenetismo neoyorquino del género. Un oscuro objeto de deseo que se desató para siempre cuando empezaron a publicarse discos en los que cantaba con la misma naturalidad con la que encontraba tonos en su instrumento. Ese guante de terciopelo en su garganta que le salvó de tener que tocar demasiado la trompeta durante sus últimos años, aquejado de fuertes dolores en sus dientes, con las fuerzas justas según la noche.

    Días antes de su muerte, llenó el Principal de Valencia. Cantó mucho y tocó menos. «Medios tiempos y altos», recuerda Julio Martí, que desacredita el tono aciago de la monumental biografía Deep in a Dream: la larga noche de Chet Baker (Reservoir Books). Un documento que hilvana más de 300 entrevistas pero que, como apunta el periodista musical y experto en jazz Yahvé de la Cavada, «parece dedicarse a resolver algún asunto personal entre su autor (James Gavin) y Baker». Llenó el Principal y llenó ‘el Johnny’, el Colegio Mayor San Juan Evangelista de la Complutense, cuyos asistentes recuerdan un directo «memorable». En Valencia también disfrutaron de un Baker brillante y sensible. Hundido en su propia faz, como revela la fotografía de Vicent, pero sobrado de música y capaz de generar un silencio absorbente al cantar una vez más My Funny Valentine, The Touch of Your Lips o The Thrill is Gone.

    Ni madrileños ni valencianos podían intuir en aquellos directos abarrotados que su timbre se apagaría unos días después. Ni que antes de que sucediera, entre su paso por España (no documentado por Gavin) y su novelesca muerte, actuaría gratis en la calle. Por ejemplo, en la Via del Corso de Roma, pasando el sombrero para poder pillar algo con sus colegas. El 4 y el 5 de mayo tocó en el New Morning de París: poco público, algo de pasta. El 7 en el Jazzclub Thelonius de Róterdam: 16 personas pagaron la entrada, ni una aguantó el espectáculo hasta el final. Seguramente actuó alguna noche más gratis en Lieja, como lo hizo con cuatro chavales que presentaban su primer grupo en el Jazzcafé Dizzy de Ámsterdam. Entre vítores y notas erráticas dejaron que Baker les acompañara. En esos mismos días, como si tal cosa, grabó un último concierto con la Orquesta Filarmónica de la NDR alemana, en Hannover. Un documento inverosímil si se tiene en cuenta su deambular por clubes mínimos, pero que rima perfectamente con la excelencia y sentido musical del que hablan los que disfrutaron de sus últimos bolos en España.

    «ESTABA HECHO MIERDA FÍSICAMENTE, SÍ, PERO EN EL ESCENARIO SE SALÍA. SE SALÍA LITERALMENTE. DABA CUANTO TENÍA Y NO SE QUEDABA NI MUCHO MENOS HACIENDO BALADAS, QUE PODÍA HABER TIRADO POR AHÍ» (ALFONSO CARDENAL)

    Baker ya había intentado quitarse la vida a base de speedballs y barbitúricos en el 87. Su compañera de viajes psicoactivos y por carretera, Diane Vavra, le abandonó para salvarse. Aquel mismo 87, con Vavra durmiendo sobre la guantera, «ganó más dinero que nunca». 200.000 dólares. Una cifra del todo insuficiente para una dieta de al menos 10 gramos de heroína y otros 10 de cocaína (que acabó por inyectarse) al día. Y este menú se disponía en Europa, donde la heroína no sólo era más fuerte, sino increíblemente accesible. Y todo esto era posible en Europa porque, como recuerda De la Cavada, «en EE UU era la mierda. En cambio, aquí, podía ir de gira casi tanto como quisiera. Había países donde funcionaba estupendamente, ya fuera por la nostalgia, por el recuerdo o por lo bien que sabía salir al paso en cada concierto«.

    Alfonso Cardenal, periodista musical y director del programa Sofá Sonoro de la Cadena SER, apunta: «Acudir a uno de sus conciertos en aquellos últimos tiempos podía ser una lotería. Es posible que los de España salieran bien, pero igualmente están documentadas las actuaciones con vacíos o gente marchándose». Y así sucedió, tanto en Italia como en Alemania. Martí desoye completamente esta posibilidad: «Estaba hecho mierda físicamente, sí, pero en el escenario se salía. Se salía literalmente. Daba cuanto tenía y no se quedaba ni mucho menos haciendo baladas, que podía haber tirado por ahí». En aquellos días, Baker consumía drogas a cada paso. Llevaba unos 4.000 dólares encima, en al menos siete tipos de monedas distintas. Su Alfa Romeo y 4.000 dólares eran exactamente todo lo que tenía en el mundo.

    Vicent capturó su rostro en Valencia con una Nikon y película TMAX de Kodak en blanco y negro. «Cuando disparé ya sabía que el trabajo estaba hecho. Cuando usábamos película, era desesperante llegar al final del concierto y no saber si algo de lo mucho que habías disparado serviría. Pero recuerdo perfectamente esta foto. Recuerdo el momento de tenerle con los ojos cerrados, en el centro del visor, apagado en sí mismo mientras tocaba Thielemans. Y, entonces, clic». Quizá Baker estaba pensando en aquel clip de la televisión holandesa en el que unos días antes había dicho que lo mejor del último año había sido terminarlo vivo. Quizá estaba recolocándose una dentadura postiza a la que no sabía si achacarle más dolores que alivio. Quizá pensaba en volver a subirse al Alfa Romeo con el que recorría Europa como si de un solo país se tratara. Huyendo, a menudo.

    Asistir a uno de sus conciertos en España, Italia, Francia, Holanda… para los europeos tenía algo de voyeurismo. Por un lado, ver al artista al que has escuchado tanto, pero también contrastarlo con toda la leyenda negra que le ha acompañado«, apunta Cardenal. La vitola de ángel caído, los detalles de cómo le rompían una y otra vez la boca en peleas por un puñado de dólares –y cuyas consecuencias eran directamente el no poder tocar la trompeta o el hacerlo mal durante meses–, toda aquella estela oscura de mito imposible se convertía en una atracción demasiado poderosa para nosotros. En cierto sentido, también le devaluaba: «Si hubiera muerto de sobredosis en los 60, hablaríamos hoy de uno de los más grandes. Convertirnos en espectadores de esa lenta degradación no ayudó a la percepción general de su carrera«, comenta Cardenal.

    «GRABABA EN EXCESO Y ESTABA RODEADO DE YONQUIS EN EXCESO, PERO EN DIRECTO SIEMPRE ENCONTRABA ‘EL NERVIO’. POCOS CUERPOS PUEDEN AGUANTAR ESE TUTE DURANTE TANTOS AÑOS» (JULIO MARTÍ)

    El promotor Julio Martí recuerda a un Baker «con ánimo». «Siempre tenía un buen tono. Viajamos en coche, fuimos a comer y a cenar, aquí y allá… Me habló de sus proyectos para el verano. Estaba obsesionado con que le iban a pagar 10.000 dólares en el festival de Château-d’Oex Balloon». Entre 1980 y 1988, Martí trajo a Baker en numerosas ocasiones: «No se echaba nunca para atrás. Sólo me canceló un concierto y fue porque no habían puesto la amplificación y, obviamente, él no estaba ya en condiciones de actuar en aquel recinto enorme sin micros. Grababa en exceso y estaba rodeado de yonquis en exceso, pero en directo siempre encontraba ‘el nervio’. Metiéndose lo que se metía, recuerdo verle sobre el escenario y pensar en la suerte que tenía. Pocos cuerpos pueden aguantar ese tute durante tantos años».

    Chet Baker fue un intérprete legendario. Trompeta y voz del jazz capaz de generar una atención en las salas que, curiosamente, es una de las sensaciones más documentadas en las crónicas desde los 50 y hasta su muerte. Silencio para capturar un icono tan retratado que incluso en 2018 se reeditaron 18 de sus discos más importantes forrados de las estampas que William Claxton captó. Este fotógrafo no menos legendario admitió que fue una suerte tener a Baker frente al objetivo. En Jazz Imagesrevista a la que sirvió y que encumbró a tantos, le compraban absolutamente todo lo que tuviera de Baker. Las chicas aporreaban el cristal de los quioscos desde Manhattan a cualquier barrio de Los Ángeles. Querían poseer a ese chico. A esa divinidad que, por si fuera poco, interpretaba con una pasmosa facilidad aquellas canciones. Canciones que, como recuerdan los músicos que le acompañaron, se aprendía sin partituras, con una sola escucha. Tenía eso que llama ‘oído absoluto’. ¿Y qué más?

    Baker tenía tantos dones que resultaba insoportable. Incluso para él mismo. Es lo que supura en el documental Let’s Get Lost (Bruce Weber, 1988), inmejorable epílogo a una vida y cuyo director, por cierto, acabó pagando buena parte de la repatriación del cuerpo a EE UU y el sepelio. «Baker deformó su discografía a base de grabaciones de todo tipo. Cualquier tipo que le contrataba, grababa la actuación y al final de la misma le ofrecía darle 500, 600 o 1.000 dólares si firmaba los derechos para distribuirla. Cogía la pasta y se iba a pillar», así lo resume De la Cavada. «Era algo absurdo ir a las tiendas de discos y encontrar docenas de álbumes inéditos de Baker». Una fuente inagotable de grabaciones en sellos italianos, franceses o alemanes. Directos y más directos a los que ahora se podría sumar el que se halla detrás de esta instantánea.

    Martí cuenta por primera vez en GQ que el concierto de Valencia «está perfectamente grabado y listo para su publicación». Negociación mediante con uno de los sellos de referencia del jazz europeo, se editará como uno de sus últimos directos. El último en España. De aquella noche rescatamos 30 años después esta imagen, con toda la profundidad que la fotografía de Vicent nos ofrece. Luces y sombras, con la trompeta caída. Ángel y demonio. Mito y maldito. Deformado en el objetivo antes de fundirse a negro con los ojos cerrados.

  • ¿De qué sirve un 40% de share para ganar unas elecciones?

    La audiencia televisiva sierve de mucho para ganar unas elecciones en 2019. Esa es la respuesta en corto. Anoche la televisión lineal, con sus detractores y amenazas, dio síntomas de estar tan viva como en los 90. Al menos en España, porque el próximo domingo celebramos las decimocuartas elecciones generales y, este lunes, la radiotelevisión pública organizó un debate más que sonado. En primer lugar, porque su emisión ya generó una previa de titulares convertida en campaña promocional. En segundo lugar, porque la audiencia obtenida ha sorprendido a todos los analistas: 8,8 millones de espectadores de media y más de 500.000 tuits, dato que equipara el show con lo más comentados del año en el medio (final de Champions y Eurovisión).

    Con todo y con ellos (Sánchez, Casado, Iglesias y Rivera), el de anoche fue el noveno debate más visto de nuestra historia televisiva. El décimo, para que se sitúen, enfrentó a Solbes y Pizarro, a quienes entre todos ya hemos debido olvidar. El de anoche se situó lejos de los Zapatero/Rajoy (2008, 13 millones de espectadores), Rubalcaba/Rajoy (2011, 12 millones) o González/Aznar (1993, 9,6 millones) y, sin embargo, superó los 14 millones de espectadores acumulados. ¿Y cuántos más si añadimos los que verán el programa a través de la televisión a la carta?. En directo, 3 de cada 10 ciudadanos con sofá en el territorio español vio al menos un minuto del debate. Y eso es mucho. Muchísimo, según los expertos que hemos concitado para preguntarnos de qué sirve un 40% de share para ganar unas elecciones.

    Primer logro para el rédito electoral: los jóvenes vieron el debate

    En estos tiempos de superproducciones de Beyoncé en Netflix y Caminantes Blancos, los datos cualitativos quizá sean los más interesantes. «Los jóvenes no pasan de la televisión si se les ofrecen contenidos que les interesen, y el debate electoral evidencia que les interesa el debate político”. Lo dice Borja Terán, periodista especializado en el medio. La franja de edad más atraída por el programa fue la de mayores de 64 años, según el informe de audiencias de Barlovento. Sin embargo, el siguiente grupo congregado fue el de los jóvenes de entre 13 y 24 años. “La gente joven no ha dejado de ver la televisión tradicional. El problema es que la televisión tradicional ha dejado de buscar a la gente joven, porque ha interpretado que un público más envejecido sostiene las audiencias”.

    La crítica televisiva Mariola Cubells abre aún más el foco: “Es hora de cambiar la manera de llamar a las cosas. Televisión es todo y contenidos audiovisuales se consumen más que nunca, así que cuando acudimos al tópico de que los jóvenes han dejado de ver la tele, hablamos del soporte tradicional. Ven contenidos de televisión como nunca en la historia del audiovisual”. Y una muestra evidente de ello es que, cuando ese contenido se sirve en el canal lineal, y siempre y cuando les interese, los jóvenes acuden allí a verlo. Terán recuerda otro caso con la televisión pública de por medio: Operación Triunfo.

    ¿Por qué este dato es relevante? Porque en el imaginario general ya se ha instaurado la idea de que estas son las elecciones de los indecisos. Según el CIS, 4 de cada 10 españoles no sabe a quién votará (10 puntazos más que en 2016), pero si concretamos en la franja de menores de 24 años la indecisión se dispara hasta los 6 de cada 10. Si el segundo grupo de espectadores del debate en La1 fue el de los menores de 24 años, la conclusión es blanca y en botella: el debate electoral sirvió de mucho para los cuatro partidos. Lejos del tópico al que apuntaba Cubells, los jóvenes tuvieron su dosis de información con respecto a los principales interrogantes en la futura gestión pública. Si los presidenciables acertaron con dialéctica y escenografía, lo sabremos el próximo domingo antes de la medianoche.

    Segundo logro (y principal): “Es un datazo”

    Teresa Díez Recio, analista digital para distintas televisiones, apunta que “lo más relevante es el incremento de 3,5 millones de espectadores de un lunes a otro. El dato es altísimo y muestra un enorme interés por el debate, recuperando la televisión una importancia central. Estos datos ya se asemejarían a unas cifras que solo supera una final de Champions, pero si acudimos al impacto social, el dato es todavía más relevanteSuperar el medio millón de tuits, como confirma Kantar, asemeja la emisión a una final de Gran Hermano e incluso Eurovisión ”. El talent show más viejo de las televisiones europeas marca el pico de interacciones sociales con un programa de televisión y el debate electoral de este lunes lo ha superado.

    Para entender los datos y su trascendencia cabe recordar que quien emitía era la televisión pública. Eso significa que la escenificación shakespiriana de Albert Rivera y su silencio —con sintonía de fondo— sonó exactamente igual a través de once cadenas públicas y privadas. Quizá por eso, el volumen de interacciones “es superior al de unos Premios Goya, pese a lo que genera por sí sola su alfombra roja. Y superior como he dicho a una final de Gran Hermano, que sigue siendo el rey de los realities, porque Supervivientes y otros no consiguen ni acercarse a sus cifras de impacto en redes”. Bien mirado, Xabier Fortes quiso aproximar el show desde la moderación a estos parámetros cuando dijo: «Les recuerdo que pueden faltarse al respeto educadamente». Quedó demostrado que no hacía falta.

    “El 40% de ayer es un datazo. Para la pública, para la privada, para el directo, para el diferido… Ya lo quisieran para sí algunas plataformas”, concluye Cubells. Terán, que conviene en el éxito de la emisión, recuerda ahora el sentido de la lucha encarnizada por su posesión la semana pasada: “ Por eso era tan importante organizar el debatepara Televisión Española y Atresmedia, porque les pone en el mapa de un gran acontecimiento. Evidencia que la televisión lineal del futuro va a seguir siendo el motor del entretenimiento que nos acompaña”.

    Tercera consideración: la realización retuvo audiencia

    Terán desconfía de una comparación histórica de shares. Al fin y al cabo, como todos insisten en recordar, aun siendo el noveno debate, nunca antes el video on demand, la cantidad, variedad y cantidad de canales disponibles para consumir televisión (por donde sea) ha sido la actual. No es comparable 1993 con 2019, pero tampoco 2008 ni 2011. Dicho esto, la cuta “falsea algunas realidades. La diferencia entre este debate realizado en 2019 o en 1999 es que en aquel año hubiera tenido una cuota todavía más alta ”. No obstante, el dato es “altísimo”. ¿Por qué esta vez la televisión lineal logró congregar a tanta audiencia sin ser una final de Champions o Gran Hermano?

    “La realización me encantó. Combinó todo el aprendizaje histórico de los debates televisivos con puntos de vista mucho más actuales. Los planos, la multipantalla, nos acercaban a la comunicación no verbal de los candidatos hasta dejarles en evidencia. Este tipo de juego visual, mucho más transversal en el lenguaje, atrapa a todo tipo de públicos”. Terán pone en valor una edición “muy viva, nada encorsetada. Fue un detalle crucial para que los espectadores se quedaran pese al debate, que fue muy previsible”. Con los discursos tan precocinados, sugiere, hubiera sido muy fácil que los espectadores se escaparan a los pocos minutos de haberse enchufado a la emisión.

    Los expertos coinciden en que lo vivido anoche en La 1 muestra a la televisión en vivo como “el medio más poderoso”. Todavía. Al menos, por lo que se refiere a grandes acontecimientos y a hechos transversales. La prueba de que “la televisión en vivo y en directo no va a morir”. Para el recuerdo también queda uno de esos errores digitales propios de nuestro tiempo: al guionista y diseñador Fran Granada se le quedaron enganchados los subtítulos de Friends durante la emisión del debate. El resultado te fascinará.

  • El periodismo y la careta

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    La Cultura no estará presente en los debates televisivos que se celebran este lunes y martes por el 28-A. En el programa de Vox, partido beneficiado por el silencio forzado de sendas citas, solo ocupa tres puntos de su programa: impulsar una Ley de Mecenazgo (ya en marcha), la protección de la tauromaquia y la de la caza, disciplinas artísticas amenazadas como todo ministro de Cultura europeo sabe. Por suerte, la Cultura es una necesidad superior a la de un gobierno. Así, cuando Grecia se medía los egos entre guerras y alianzas, el teatro cambió para siempre a las personas y sus formas de relacionarse. Aristóteles contó cómo las tragedias transformaron el sentido de culpa hasta alcanzar la ética. El error, la mentira y el fracaso pasaron de infligir una pena simple, casi infantil, a generar una percepción mucho más profunda de lo sucedido: las ficciones griegas nos enseñaron que los asesinatos, las violaciones o la corrupción formaban parte de un contexto.

    Con la llegada del cristianismo, la implicación personal en aquellas historias orales –como la de Cristo, tan vívida estos días– dio paso a la conmiseración. Pasamos a formar parte del mal que alguien sufre (y el caso de Cristo es quizás el más universal). Estos inicios de la compasión, la conmiseración en sí misma, han ido alimentando una forma terrible de percibir al poder por parte de los periodistas desde el inicio de siglo. Una empatía transformada en careta y desatada en pro de dos objetivos: eludir el despido y progresar internamente por la vía de la mediocridad. A cambio, las faltas más graves, las injerencias, extorsiones y manipulaciones más increíbles han ido dando forma a los medios de comunicación en España. De atemorizar al poder a someterse hasta la metástasis del desprestigio. Convertidos en algo muy distinto, su percepción actual tiene poco que ver con los logros obtenidos a base de un esfuerzo pasado por tantas aguas.

    La gran duda es, ¿existe la posibilidad de revertir lo sucedido? No será por falta de periodistas ni de talento. Eso, aunque las críticas internas no parecen reparar en ello, también queda claro en El director. Secretos e intrigas de la prensa narrados por el exidrector de El Mundo. El ensayo de David Jiménez es un libro imprescindible para estudiantes de periodismo y necesario para el resto de artesanos del oficio. No parece casual que su portada la protagonice en exclusiva una careta forrada de recortes noticiosos. La máscara ya vencida de un personaje interpretado de manera accidental, como se intuyó en su día cuando un corresponsal durante dos décadas pasó a ejercer como director de este diario, pero que ahora sabemos que ha servido para legarnos la mejor crónica hasta le fecha sobre el estado de los medios de comunicación en España a inicios del siglo XXI. La airada reacción de sus compañeros parece darle la razón en su incomodidad por la revelación de unas tramas que, por desgracia, sorprende a cualquiera… que no sea periodista.

    Hay leyes no escritas en este oficio, pero una de las que se conocen tanto dentro como fuera de las redacciones tiene que ver con la autoprotección del mismo. El corporativismo es el alimento que peor le sienta al periodismo, pero existe. Al máximo nivel. Desconozco si en otros oficios sucede de la misma manera, pero el silencio –a menudo justificado por la máxima de evitar un exceso de ombliguismo– provoca que, cuando alguien habla sobre sí mismo (sobre el oficio), resulte demasiado alejado de algo asumible por parte de los lectores. Y esa es una de las percepciones más extendidas por Jiménez en el libro, su vocación de situar a los lectores en el centro. Una vocación interpretable, según las áreas de la empresa periodística, ya el lector es percibido de muy distinta manera por las áreas que componen a los. Los periodistas, por ejemplo, no tendemos a interpretar a los lectores como a followers –como así hacen casi todos los medios de nicho y nueva generación, llamados a no traer nada bueno–; no,  los periodistas tienden a contravenir al lector para hacerlo más exigente. Más crítico. Sin embargo, esta dicotomía, en uno de los países con la piel más fina para asumir la crítica que se conocen, resulta una contradicción mortal para la economía de los medios.

    El director no merece spoilers. Basta la descripción en las rutinas productivas de los mandos intermedios para reconocerse a uno mismo y a sus compañeros en la negligencia cotidiana. Basta leer sobre la relación de ministros (sustituyan por consellers), sus jefes de prensa y los responsables económicos del diario para imaginar el estupor con el que la sociedad contemplaría esa relación viciada. Una relación por la que han tildado a Jiménez de ingenuo, quienes más se lo tendrían que hacer mirar al confundir la velocidad con el tocino y distorsionar que una relación dialéctica con el poder no exige la sumisión de aquello por lo que nos despertamos todavía: noticias. La conmiseración para con los afectados –protegidos por pseudónimo– me lleva a ser consciente de la guerra de egos y los desajustes de la máquina de producción que es un medio de comunicación. Pero basta con descubrir las palabras de afecto sobre las virtudes de muchos de ellos (escaldados en el párrafo siguiente) para comprender que Jiménez ha tratado de aprovechar la careta de director para salvarnos un poquito a todos.

    Es un relato crístico en este sentido: sacrificado por. En Twitter, que es de todas las realidades, una de las más ajenas a la verdad que conocemos, se ha dicho hasta la saciedad que este ha sido el punto y final a su carrera en España como periodista. No lo creo así, pero si lo fuera, evidenciaría los males que nos atribuye. El libro contiene todo lo que un periodista ansía para una crónica de sucesos, pero también un novelista con arrestos para escribir de su tiempo: muertos (por destituidos), pasta (y la presión laboral que la rodea) y poder (para dar y tomar, de la Casa Real hasta el Ibex 35 y del Gobierno central a los poderes internos). Lo tiene todo, porque si algo sucede en las entrañas de una redacción es ese ansia por comprender en un rato de lectura el lugar en que vivimos. Jiménez se desquita de una experiencia que a los dos meses ya se les había empezado a hacer larga a quienes le eligieron, culpables de haber situado a un periodista de la raza no corporativista al frente del diario. Quien crea que el ensayo publicado por Libros del K.O. hace más mal que bien al oficio, es que no ha entendido que, como su autor concluye, no tendremos legitimidad si no asumimos en qué nos hemos convertido.

    Efectivamente, la naturaleza humana –de vendidos y supervivientes internos– está llamada a boicotear el fin del periodismo. Efectivamente, la economía y sus leyes, más aún en nuestra situación actual, están llamadas a sabotear lo que significa. Al periodismo le queda regenerarse o morir. La atomización, por cierto, es una forma de muerte. La sombra de la conmiseración es larga, por eso comprendo a quien no ayude a sofocar el incendio por el supino motivo de ‘lo queda en el convento’, pero no puedo más que recomendar el libro a los que queremos seguir dentro.