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  • Organic Sailing: la pareja de artistas que ha trasladado su vida al mar

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En los últimos años hemos recogido la diáspora del audiovisual en esta publicación. Trayectorias dispersadas y cambios de vida de toda índole. Con el cierre de Radiotelevisió Valenciana al sector se le vieron las costuras de no haber avanzado mucho más allá de su cordón umbilical, así que sobrevivieron los que sí habían explorado otros goteros, pero se acabó hundiendo el sistema por contagio incluso para aquellos que habían diversificado en caladeros (90% de desempleo). Efecto contagio y adiós a la posibilidad de un star system que, por un sinfín de razones –entre las que no cabría olvidar el patético fiasco de Ciudad de la Luz, desde su ubicación hasta su defunción– no llegó.

    Para ser justos, la crisis, en general, agotó las reservas de buena parte de los filones con los que contaba la siempre incipiente industria cultural en España. Y con las revoluciones tecnológicas consabidas, con la ingente cantidad de nuevos profesionales emergidos de universidades y centros de estudio superiores, con todo y con esto, la casuística de destinos para las y los profesionales de todos los sectores creativos ha sido un cruce de itinerarios de todo tipo. El caso de la directora de fotografía Amparo de Miguel y del artesano de la madera para instrumentos Guillem Esteban es singular, aunque tampoco único. Con dilatadas trayectorias de formación, ambos han acabando eligiendo el mar como estilo de vida y convirtiéndose en dos excepcionales anfitriones a bordo del Greenboat.

    Guillem inició su viaje como artesano en Sevilla. Le apasionaba poder construir cajones flamencos. Haciéndolo, sintió que, en realidad, lo que le atraía era tratar la madera. Quería más y, por fortuna, le ofrecieron ser el carpintero de ribera de la nao Victoria. El reto de formarse en esta disciplina le tentó y, aunque no venía del mundo de la naútica, pensó que pasar un año enrolado le iría genial para conocer mejor el material. Se formó específicamente para ello y se embarcó. Le gustó tanto la vida en el mar que, prácticamente, ya no ha salido de él. Se mudó a València con otro compañero con quien empezó a trabajar la fibra de vidreo, los motores y demás conocimientos necesarios para hacer de los barcos su vida. 

    Y así vivió con aquella primera empresa y un primer barco, soñando con comprarse un velero, hasta que apareció una oferta en Grecia. Un monocasco hundido que había chocado contra un pantalán. La nave estaba completamente desahuciada para la navegación, pero Guillem ya se había formado lo suficiente como para iniciar su propia aventura. Dejó su vida en València e inició la reparación completa del Jeanneau Sun Magic 44: mecánica, electrónica y la fibra de vidrio. El dinero que tenía se lo gastó en la compra del buque, así que fue la gente de la isla griega de Kefalonia la que le dio de comer hasta que todo estuvo listo. Vivió en el barco y pasados unos ocho meses, el artesano de cajones regresó a València y decidió dedicarse a hacer de charter naútico entre Ibiza y Formentera para vivir en el mar. 

    En una de esas travesías, en otro de esos grupos de amigas a los que paseaba, llegó Amparo. Tenía un curriculum formativo excepcional, incluyendo una etapa estudiando y trabajando en Los Angeles. Estar tan cerca del ámbito profesional, iniciarse y ver sus bambalinas, vislumbrar el ritmo de su futuro, le llevó a desencantarse progresivamente. Asegura que, sobre todo, lo relacionado con «el mercantilismo del audiovisual y el tránsito de la parte creativa que más había disfrutado hasta ese momento para hacer según qué concesiones». Una lucha competitiva en la industria del cine que combinaba «con la necesidad de encontrar una forma diferente de vivir». Esa oportunidad fue Guillem y juntos, a partir de aquel viaje, tuvieron muy claro desde el principio que lo que querían hacer era «vivir en el mar, mantenernos y no buscar trabajo en tierra».

    Ninguno había tenido previamente experiencias con la navegación, pero en sus dos personalidades se aglutinaba el combo necesario para capitanear ese tipo de servicios. «Él tenía claro que quería vivir en el mar y llevar a la gente entre las islas. A mí me gusta mucho estar en contacto con las personas, enseñar y hacer actividades», cuenta Amparo a Cultur Plaza. No obstante, no querían hacerlo de cualquier forma, porque en esa necesidad que ambos estaban saciando de encontrar una forma de vida diferente, querían proponer una alimentación ecológica y saludable, poder dar clases de yoga, meditación, masajes… y todo eso fue posible al contactar con un armador belga que tenía un catamarán a la espera de una tripulación tan idónea.

    Amparo advierte que es un barco que no podrían pagar «ni con una vida de trabajo». Una embarcación llamada Greenboat donde ellos disponen su conocido ‘organic sailing‘, nombre de la empresa que conforman Guillem y la directora de fotografía. Con su propuesta, el servicio trata de estar abierto a clientes de todo tipo, aunque admiten que es un servicio de lujo derivado del gran barco que capitanean. El próximo verano serán tres embarcaciones y los precios de todo tipo con su oferta tan naturalista, «dejamos que la gente disfrute de una desconexión profunda de su realidad. El mar te cuenta muchas cosas de ti que no sabes: despierta cosas dentro sin que te des cuenta, te reconecta con cosas que desconoces de ti, te haces preguntas que no puedes hacerte en tierra. Es la capacidad sanadora que a nosotros nos ha cambiado las prioridades y la forma de vida«.

    Primero trabajaron en aquel barco hundido, pero en este catamarán de lujo han dado rienda suelta a su nueva pasión: la vida ecológica en el mar. Amparo no ha abandonado del todo la fotografía, ya que va grabando de manera más o menos consciente algunos aspectos de esta nueva vida. Hace un tiempo cruzaron todo el Mediterráneo y fue grabando aspectos de la vida sobre las olas en pueblos como Egipto. Eso sí, el trabajo no cuenta con esa vocación mercantil que tanto le llegó a agobiar. Piensa en completarlo con el cruce del Atlántico que planean a medio plazo y, en cualquier caso, «tendrá mucho poso de la libertad de los humanos y de las decisiones tomadas. De cómo nos movemos y qué estilos de vida decidimos tener. De nuestra conexión con la naturaleza y del aislamiento absoluto», avanza Amparo.

    También se recrea en la creación de una dieta saludable, en la que la única carne posible es la que pescan ellos mismos. Se surten de mercados locales con productos frescos y productores de kilómetro cero. Algo que, junto a los terapeutas que se enrolan a lo largo del verano para hacer stages intensivos de su especialidad, marcan la diferencia en su propuesta.

    Con cuatro camarotes dobles, ofrecen retiros abiertos –donde se pueden apuntar personas de manera individual, parejas o amigos– o retiros privados que ‘bloquean’ todo el barco. La experiencia incluye las comidas, las clases convenidas y, en general, una experiencia muy natural e integral con el mar. Un servicio muy exclusivo donde, por cierto, no se han colado muchos instagrammers ya que el calendario está hasta arriba de trabajo y no tienen margen para hacerse promoción (y hacer intercambio en especias, tan habitual entre estos). Ahora justo, en octubre, paran hasta mayo o junio del próximo año. Es el momento en el que Guillem inicia el mantenimiento del barco que dura nada menos que unos ocho o nueve meses.

    Amparo se siente plena con el golpe de timón que ha dado a su vida, algo que también ha influido en la fotografía que no ha dejado de hacer. «La meteo importa mucho, como importa cómo huelen las cosas. Nos pasamos el día mirando al cielo, algo que no te das cuenta, pero que jamás haces en la ciudad. La naturaleza en estado puro me atrae y me da miedo. Hemos vivido noches complicadas, pero nos ha ido bien. Las tormentas son súper bellas estéticamente, pero en el mar lo es todo. Los cambios de luz dan mucho de sí en la cámara». Es el amor de los también llamados transmundistas, la opción de vida que se sube al barco para dar vueltas por el mundo. Una opción que esta pareja de creadores contempla ahora que, más que nunca, controla los gastos limitados de vivir flotando. 

    Por el momento, hoy inician su mes de vacaciones al año tras un agotador periplo como anfitriones del Greenboat. El próximo verano el reto se multiplica por tres embarcaciones, cumpliendo también con su objetivo de poder hacer accesible la vida en el mar a distintos precios. Pese a los meses que ahora acumulan de temporada, no están cansados de este modo de vida que les apasiona y por el cual han reconviertido su vocación artesana hacia otros puertos.

  • Oggi, 1978: 40 años de la discoteca y el momento que desencadenó la Ruta

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    En la búsqueda de una historia para la Ruta, hay dos tendencias marcadas a la hora de fechar el movimiento. La primera disocia lo ocurrido a partir de 1990 de lo anterior. Otra, en la que abundan los dos trabajos bibliográficos de referencia (En Éxtasis, de Joan M. Oleaque, y ¡Bacalao!, de Luis Costa), entiende que el fenómeno no se puede comprender sin sus etapas anteriores. De alguna forma, estos dos libros y la hemeroteca también reunida en la serie documental València Destroy: la historia no contada de la Ruta del Bakalo contemplan que no existe un hito determinante para separar uno y otro mundo, sino que es la evolución –degeneración por masificación– la que tuerce el relato. Una torcedura de facturación millonaria, pero de consecuencias todavía latentes en la marca València, las leyes de seguridad ciudadana del Estado y el clubbing en España.

    Esa historia construida en la distancia tiene su prehistoria y, como sucede con todo relato coral, encuentra sus reliquias en muy distintos sitios. Casi todos ellos, en la capital, aunque lo mejor del movimiento sucediera algo más tarde a 35 kilómetros al Sur (Barraca y Chocolate) o en su poco reivindicada versión al Norte: Espiral. En esa prehistoria, se habla de locales que eran clausurados por la policía por razones tan peregrinas como no tener sillas en las que sentarse. Nuevas realidades «indecorosas» como las de Capsa 13, o locales en los que un nuevo público no sabía ‘si iba o venía’ a ojos del control policial del Régimen: Studio, Christopher Lee (todavía abierto), Crack… 

    Sin embargo, el rasgo sociológico que parece marcar la diferencia se encuentra en una ruptura generacional: los usuarios de aquellos locales ya no querían oír a más cançó. De algún modo, sus inminentes protagonistas daban por hecho el cambio. Querían romper con el pasado y con ‘el rollo’ de sus hermanos mayores. Querían dar rienda suelta a un hedonismo no premeditado, pero que necesitaba explorar con fruición las nuevas libertades adquiridas. Les decían que eran libres y no sentían ninguna hipoteca con el pasado más inmediato como para evitar divertirse influidos por todo lo que supiera a modernidad exterior. Por eso, para encontrar la reliquia, habría que buscar un club no anterior a 1976. De manera fortuita, como casi todo en este relato, bastó con esperar unos meses, hasta 1977, para que la vida de un trotamundos se cruzara con la ansiada modernidad valenciana.

    El advenimiento del dj

    Juan Santamaría frisaba los 30 años cuando dio con sus huesos en Oggi, el club apócrifo en el origen de la Ruta situado en la calle Maestro Gozalbo número 20, en València. Para entonces ya había vivido varias vidas, casi todas ellas relacionadas con la música y lejos de su Castellar natal. Logró convencer a sus padres para hacer el Bachiller en casa de una familia conocida en Poitiers, Francia, y nada más volver siguió con su búsqueda de oxígeno exterior. Empezó por evadirse a través del turismo al trabajar en Granada, Ibiza y Sitges. Especialmente en Ibiza, en los chalés de los hippies americanos, fue consciente de cómo la música pinchada no tenía porqué ser un hecho exclusivo del club. Descubrió que todo el mundo entraba y «bebía, dormía, comía y seguía» allí durante horas. No había control de acceso y no había VIPS ni clases (uno de los hechos cruciales de la Ruta, dinamitado en los 90 en su sentido más contrario). Lo mejor no sucedía siempre de noche, sino al amanecer o durante el día. Y el eje de todo aquello era la música, más bien blanca, aunque de eso hablaremos más tarde.

    Antes de Oggi

    Antes de que Santamaría llegase a Oggi, en València, el concepto del dj ya se había extendido por España. Con especial arraigo en todas las zonas de costa, aceleradas por el desarrollismo y por la sana contaminación de los turistas extranjeros que las iban poblando, la figura del pinchadiscos se iba asentando mientras el dj de Castellar seguía su periplo de experiencias por Europa. Trabajó limpiando en Àmsterdam y hasta estuvo casado en Escocia, donde pinchó en un pub, como en Londres. Su camino parecía tener mucho que ver con permanecer lejos de un origen que tampoco le llamaba la atención en aquel momento, pese a los aires de cambio. Pero cada vez que volvía acababa pasando algunas semanas o meses al frente de las cabinas del momento en València. Entre otras, en San Francisco, que mucho más tarde sería Spook Factory, y donde ya aplicó muy inicialmente la idea de importar fiestas con locales de la ciudad y marcas de moda. Por primera vez, allí ya se enfrentó al funky totalizador de la época.

    Más acusado sería su paso por Cap 3000, la mitificable discocoteca de Benidorm que tenía entre sus relaciones públicas a Tony Leblanc o José Legrá (más tarde, Ku Benidorm). Bandas extranjeras y estrellas pop españolas actuaban en aquel local donde el pop británico y el rock americano eran dispuestos por Santamaría. Y aunque este trataba de regresar una y otra vez a Londres, en aquel momento ya separado de su primera mujer y conectado a Linda, su todavía actual pareja, en Cap 3000 siempre le convencían para pasar la temporada de verano. El dj valenciano, que más tarde sería productor y hasta manager, empezó a considerar la opción de trabajar en su tierra. Le pagaban generosamente porque, de alguna manera, la modernidad que él importaba por su relación con el exterior, era imposible de rastrear entre el material humano autóctono.

    Después de Oggi

    En 1977, de manera fortuita una vez más, llegó a Oggi. Linda todavía estaba en Londres terminando sus estudios, pero como insiste Santamaría, le pagaban demasiado en València y algo más que eso: «me ofrecieron ser un dj fijo en un club. Eso me llamaba mucho la atención y quería vivirlo«. Durante algo más de tres años, su calendario laboral pasó a ser de seis días a la semana («y el séptimo, que descansaba, también me pasaba por allí»). Linda se convirtió en el cordón umbilical de esa modernidad con los envíos cada semana de material de importación. El dj de este club situado en el Ensanche de València llevaba años suscrito a Melody Maker, NME Sounds. Escuchaba con asiduidad los programas del periodista –y también dj– John Peel: «me gustaba muchísimo porque pinchaba sin distinción de estilos, siempre que aquello que pusiera fuera diferente a lo que habíamos oído hasta entonces». 

    Santamaría, influidísimo por Londres y por Peel, llegó a Oggi con cierto halo de estrella. Pero los comienzos no fueron fáciles: «recuerdo a ‘el tirantes’, un tío un poco fachoso del lugar; uno más. Un día al empezar, estaba pinchando, y, como otros, me silbaba. Bajé la música y le pregunté que si me estaba silbando porque le gustaba la canción o porque quería protestar. Nos hicimos muy amigos luego, pero yo les decía: ¿has escuchado esta canción? ¿A que no? Pues déjate llevar. Escúchala. Luego te la vuelvo a poner, a ver si te gusta más». Insistió en importar música que aparentemente no se podía bailar, y así sonaba Fleetwood Mac, Jimi Hendrix y hasta Tangerine Dream, aunque hacer una selección es arbitrario por la eclecticidad que aportaba en aquel momento.

    Oggi atrajo a cierta cantidad de público por un par de hechos tecnológicos del momento: tenía un láser primigenio –toda una sensación de modernidad en la València setentera– y contaba con una pista giratoria (cuentan que cuando se atrancaba, provocaba caídas en masa). La pastilla que giraba se mantuvo durante las siguientes denominaciones y propiedades de Oggi, pero no en activo. Nou Café Concert (NCC) y Un Sur fueron los locales que le sucedieron, donde actuaron infinidad de grupos. Entre otros hitos de la música en directo que ahora no viene al caso, en aquella sala para unas 400 personas (que doblaba aforo ante la ausencia de normas y la mayor ausencia del rigor policial de la época) se grabó el primer directo de Seguridad Social: ‘En desconcierto‘. 

    Pero antes de ver pasar por la zona pija de València a directos como Parálisis Permanente, Oggi fue el club seminal para la Ruta por algunos motivos distinguidos: 

    1. Rompió con la música negra. El funky lo invadía todo, con una segunda línea de interés comercial por lo que llegaba desde el pop lánguido italiano. A Santamaría esto le interesaba nada y salvo alguna canción del ‘padre’, James Brown, su influencia británica le hacía estar muy próximo a la ‘música blanca’. Música de cadencias bailables y síncopas, pero interpretada habitualmente por blancos.

    2. Alimentó por igual a las muy diferentes tribus urbanas, sin distinción de clase o procedencia. Otro rasgo de calado en el origen de la Ruta y que hizo convivir a mods, rockers, punks y, enseguida, nuevos románticos. Santamaría disponía eclecticidad e irreverencia, pero sobre todo era consciente de su oficio (se sacó el carné de «montador de discos», nomenclatura del Régimen para el dj, en 1972, en un cine de Alicante).

    3. Las sesiones eran interminables. Horas y horas que, cabe recordar, todavía se veían interrumpidas por el lento. Esa institución heteropatriarcal se rompería definitivamente con Carlos Simó en Barraca, pero como admiten tanto Santamaría como Simó, de alguna manera aquello empezó en Oggi. Santamaría aprovechaba la exigencia empresarial del lento para poner a Beatles o al ya citado Jimi Hendrix (‘Hey Joy’).

    4. Oggi se convirtió de manera también apócrifa en la primera casa de importación de música. Los viajes constantes de Santamaría a Londres –para ver a Linda– o de Linda para estar con Juan, servían desde hacía tiempo para ‘traficar’ con música independiente británica de importación. «Solo se podían pasar cinco vinilos por cada pasajero, así que antes de que llegara el avión me ponía a repartir bolsitas. La gente era muy amable y te los pasaba. Luego salía el primero y los recogía. Me preguntaban que dónde pinchaba y algunos hasta venían a verme». La importación siguió incluso con Linda ya en València, basada en las recomendaciones de Peel y las revistas favoritas de Santamaría, con la hermana de Linda como remitente constante de lo último de la nueva ola británica.

    5.  Por este motivo, como sucedería en los ya citados templos fundacionales (Barraca, Chocolate y Espiral), la discoteca se convierte en la biblioteca pagana del pueblo. Una biblioteca hedonista, porque musicalmente ha roto con las implicaciones políticas. Pero allí se dispone una música nueva y moderna, de manera constante, que de ninguna manera nadie se puede permitir en casa. El dj, en gran medida, después de haber dejado de ser un camarero venido a más o un gestor de sala, adquiere con Santamaría en València ese papel como chamán de la noche.

    6. De la noche y de las noches, una tras otra (imagínense ahora), lo cual genera una clientela constante y creciente. En Oggi, oficialmente hasta las tres de la mañana. No sin conflictos vecinales, siete días a la semana. Conflictos muy distintos a la tranquila situación que muestra ahora el local y el entorno. La confluencia de tribus urbanas y las nuevas libertades vivían esa convulsión entre la anomia y el disfrute. Santamaría pasaba allí una noche tras otra, lo que también le permitió experimentar y tener horas de vuelo.

    7.De manera incipiente, los hay que ya otorgan un papel crucial a los relaciones públicas de la sala. En gran medida, sus propios trabajadores y el mismo Santamaría que sabía que relacionarse con diurnidad y otros ritmos revertía en la noche. Pese a situarse en un barrio acomodado de la ciudad, Santamaría logra a través de la música y de su actitud que el club no sea elitista. Es algo que acabaría importante en su paso efímero pero influyente por Barraca, Chocolate Cream y Metrópolis.

    8. Aunque no acabó del todo con el lento –que si extinguiría Simó en Barraca (Simó acudiría a la sala a escuchar la música de Santamaría durante horas)–, si acabó con ‘las rumbas’ («y con la música de Los 40 Principales», añadiría él). La otra institución oficial de las discotecas en España incluía un rato de ‘rumbas’ con el que Santamaría no transigía. Aun pareciendo un gesto menor, sirvió para redondear la idea de una sesión continua.

    9. Santamaría, bien remunerado, trabajó de manera independiente. Siempre con la sensación de que estaba de paso y que seguiría hacia otro lugar. Aunque más tarde el local cogería mucho carácter con los conciertos, con Santamaría parecía que el dj era más que suficiente como para llenar la sala y tener todo un discurso. Esa idea de club arraigado a un dj con tanto nombre en València también fue seminal.

    10. Aunque llegó en 1977, Santamaría vivió un inicio hostil derivado de las expectativas y de una falta de entendimiento inicial con el público. No fue hasta 1978 cuando su idea de club y un estilo marcado, muy distinto a todas las demás discotecas de la ciudad, se asentó y explotó. Y ya no hubo quien lo descabalgara del interés de aquellos días, donde los Alaska, Miguel Bosé o Francis Montesinos, entre tantos, pasaban asiduamente por allí.

    El inicio de otras historias

    A Santamaría le convencieron para dar el salto a una gran discoteca de nueva construcción: Chocolate Cream. Asentada en un antiguo secadero de arroz, en Sueca, pretendía albergar aún más modernidad en un espacio grande y junto a una zona turística como la que se comprende entre El Perelló y el Mareny Blau. Tenía forma de tarta gigante de chocolate, pero como tantos proyectos se quedó a medias (convirtiendo en una especie de Haloween eterno que capitalizaría ‘El Gitano’). Él aguantó unos meses en los que convivió –a 200 metros de distancia– con la relevante llegada de Simó a la cabina de Barraca. Unos meses de sincronía donde, según Santamaría, sus discos también viajaban a Barraca para que Carlos pinchara algunas novedades durante las primeras horas de la sesión. Santamaría estará en todos los pasos de puerta del fenómeno: le pondrá el nombre al Bacalao (con C), participará como productor en Londres del primer remix de una canción pop española (‘Semilla Negra’, de Radio Futura), antes habrá abierto con los hermanos Jiménez la tienda de discos para dj’s ‘Zic Zac’ y hasta acompañará a Chimo Bayo a la feria de la música de Cannes (Mimed) en 1993. 

    Oggi por su parte se reconvertiría hacia la música en directo, aunque sin abandonar la idea de club. Nunca llegó a tener un dj que aplicara en tan poco tiempo tantas novedades y que ejerciera de icono como para atraer a los interesados en la música, más allá de todo el acting social y relacional que gira en torno a cualquier discoteca. Santamaría, entre sus muchas aportaciones, llegó a lograr que los hombres bailaran con algo que no fuese funky. Y lo hizo antes de que drogas de cierto calado hicieran su tímida aparición, solo a través de los platos importados una semana tras otra desde Inglaterra. Oleaque, el periodista gracias al cual su existencia está anidada al relato, está convencido que sin Oggi la historia hubiera sido muy distinta (y quizá hubiera llegado, como casi cualquier otra cosa después, tan tarde como a cualquier otra ciudad de España).

  • Eindhoven: pornografía para diseñadores y hedonistas

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    De los viajes hay que escribir en caliente, pero una vez aterrizado. Así uno todavía recuerda el impacto de no haberse encontrado ni un excremento de perro por la calle pese a la escasa presencia de trabajadores de la limpieza. Así, al contraste con las primeras horas en casa, uno se queda mirando al infinito al rememorar que ha sido incapaz de tomarse un café al que ponerle peros durante el viaje. Eso, o que ha tenido la sensación de ser uno de los no muchos turistas de la ciudad, algo que sin duda ayuda a creer que está conociendo verdaderamente el entorno real del sitio que visita. Y todo eso, en este caso tan reciente, en una ciudad que respira diseño, arquitectura y civismo por los cuatro costados. Un golpetazo de calidad de vida en el que, además, cabe la posibilidad de ser muy hedonista. Hablamos de Eindhoven.

    En lo que respecta al aspecto gastronómico, es difícil pasar por alto que en la quinta ciudad por población de Holanda hay una especie de embajada valenciana en la casa de Adrián Zarzo. O en sus casas, mejor dicho: Zarzo, Valenzia o Bodega. El primero es el que posee una Estrella Michelin, pero más allá del buque insignia, situado a los pechos del canal Dommel, Valenzia (Big Gourmand para Michelin) posee una terraza envidiable. Midiendo los tiempos, se puede atravesar la cocina fusión de base mediterránea de este local por menos de 40 euros. Y ese nivel de precio podemos encontrar en el muy recomendable Umami (Big Gourmand para Michelin), restaurante de cocina asiática moderna donde mariscos, pescados frescos y verduras (encurtidas o genialmente interpretadas) marcan la carta. 

    Cualquiera de los citados serviría para epatar al turista, pero la lista es extensísima y en las cotas más exigentes incluiría seguro el Wiesen o el De Karpendonkse Hoeve, ambos Estrella Michelin. El primero, muy cerca de una experiencia elitista en ambiente y presentación de platos de alta cocina; el segundo, algo más próximo a ideas tradicionales y la cocina clásica del entorno en una auténtica casa de campo de Eindhoven. Son ejemplos de un nivel gastronómico muy alto que, como ya nos comentó Zarzo en la conversación enlazada de hace unos meses, deriva de una alta cultura en lo que a la creación culinaria se refiere. Sin mencionar quedan hasta tres locales con dos Estrellas, pero no deja de ser una fotografía del nivel.

    Ruta hedonista

    Lo mejor de la Champions no son tanto todos esos jugadores, sino el segundo equipo y la cantera que tan próxima nos resulta en Guía Hedonista. Una ruta básica para un día cualquiera pasaría por salivar en este orden: desayuno en Lucifer, que además de unos sandwiches elaborados con la sabiduría del maligno, posee un cruasán con mantequilla y mermelada que se sitúa entre una de las cinco cosas que hay que vivir sí o sí en Eindhoven. El café, apasionante. El almuerzo le corresponde a una de las hamburguesas de Mr. Sister, solución para cualquier mediodía (ojo, comen entre las 12 y las 13h. Por suerte, casi todos los locales son non stop kitchen, pero si quieres compartir biorritmo, baste decir que a las 18h han cerrado todas las tiendas). Vegana y clásica, ideales. El aperitivo, para ir aproximándonos al espíritu diseñil de la ciduad, lo haríamos en el Cafe 100 Watt. La enésima fábrica reconvertida a micro market de artesanos contiene un delirio de craft beers y tapas a orillas del Dommel. Por último, la cena más desenfadada puede suceder en el Down Town Gourmet Market. De poke bowls a pizza pasando por sushi o cocina vietnamita. En este mercado gastronómico, si el tiempo acompaña, la noche sirve también para saciar distintos apetitos desde distintas afinidades.

    La ruta propuesta tiene muy en cuenta que la distancia entre todos los mencionados no superará los 500 metros. En algunos casos, como el de Lucifer y Mr. Sister, pared con pared. El tamaño de la ciudad es una delicia, pero más lo es todavía llegar en bici a otros polos de interés creativo en lo gastronómico. Como por ejemplo el que te lleva a la zona de Strijp-s, done en apenas unos metros encuentras el popular restaurante Radio Royaal –si todos son carne de Instagram, este es el entrecot–, Pastryclub o el sanote Ketelhuis. En apenas un área de 50 metros, donde los estudios de creadores se recrean en los espacios antiguamente ocupados para Philips para la construcción de equipos, heladerías, herbolarios, tiendas de vinos, salas de conciertos y hasta un restaurante indonesio conforman otro de los barrios de interés en Eindhoven.

    Diseño por un tubo (de Philips)

    Cuando uno pasa por la plaza del Ayuntamiento de Eindhoven y ve que todo el mobiliario urbano de la misma son dos instalaciones de skate, algún tipo de modernidad intuye. Porque no es solo que esas sean las únicas dos instalaciones; es que la plaza en sí es un gran espacio abierto en el que a lo largo del día –especialmente niños y muy jóvenes– practican con sus bicis, patines y patinetes. Y eso es lo que sucede, en tremendo contraste con la feria de las franquicias que es la plaza del ayuntamiento más propia. Pero no es una pose, porque Eindhoven tiene el skate park bajo techo más grande de Europa (en la quinta ciudad por población de un país con 17 millones de habitantes). Ese lugar es Area 51, donde el solo hecho de ver a tanta gente patinar ya le evade a uno hacia algún pensamiento imprevisto y creativo.

    Entre los tópicos de la ciudad se encuentra el que tiene que ver con su inminente Eindhoven Market Faire. La feria de creadores que rima con una realidad: es la ciudad con mayor número de patentes por habitante año tras año. Y eso tiene mucho que ver con Philips, porque si bien fue Edison quien se adjudicó el invento de la bombilla, en Europa fue la familia Philips quien la fabrico principalmente. No se quedaron ahí: el Museo Philips, situado ante unas majestuosas, modernas e interesantes facultades de diseño gráfico e industrial, muestra toda la historia del siglo XX a través de esos objetos cotidianos a los que llamamos electrodomésticos. Es una primera pista de una escalada de diseño que abarrota la ciudad, porque no es normal que en las decenas o centenas de oficinas vistas a través de las grandes cristaleras –muchísimo cristal; muchos meses en gris al año– la cantidad de mobiliario de alto diseño sea tan desmesurada.

    De hecho, en el apartado gastronómico el diseño parece de otra liga. La influencia constante por estándares de calidad altísimos en diseño impregna toda la ciudad. Y los ejemplos son como de ida y vuelta, pero con un polo de atracción particular en la fábrica, taller, estudio, tienda de muebles y souvenirs que tiene Piet Hein Eek. Este muy popular diseñador mantiene su base de operaciones en Eindhoven. Encargado de idear cada año –desde hace muchos– el restaurante del Salone del Mobile de Milano está allí trabajando mientras algunos empleados se encargan de dirigir las visitas. 

    A unos 5 minutos en bici del centro de Eindhoven, pocos lugares pueden ser más inspiradores para diseñadores, interioristas y arquitectos. Piet no solo tiene allí su estudio –cuando llegamos, como si de un anuncio se tratara, delineaba frente a su tecnígrafo rodeado de jóvenes diseñadores–: mantiene en su factoría dos espacios expositivos con artistas internacionales.

    Excursiones, parques y más café

     Los carriles bici no se acaban nunca, como pudimos comprobar hasta llegar al Van Gogh Bicycle Path: unos 500 metros de carril bici, a una hora andando del centro de Eindhoven, donde La noche estrellada (1889) aparece en la más absoluta oscuridad en el suelo de ese carril bici. Dos minutos antes de llegar, parece una locura haber llegado hasta el lugar –sin que los carriles bici hayan cesado en ningún momento–, pero luego, la experiencia nocturno de la pintura fluorescente y las formas vangoghianas dan sentido al viaje. Uno más que conviene hacer en bici, herramienta por la cual se consumen sus muchos museos y galerías de arte privada en apenas dos o tres días. Eso sí, entre los museos, por su situación y presencia arquitectónica externa, pero por su ambición expositiva interna, merece especialmente la pena destacar el Van Abbemuseum. Un museo de arte moderno y contemporáneo también impropio para 250.000 habitantes.

    Los futboleros también verán inserto el majestuoso Philip Stadium del PSV Eindhoven según lleguen del coqueto y eficaz aeropuerto, súper conectado con las grandes ciudades europeas. Más allá de su propio museo del fútbol, más allá del también sui generis Mu artspace, más merece la pena una visita a la Design huis (otra escuelita de diseño de puertas abiertas), un desayuno más en Meneer de Boer o un café en CoffeeLab (dicen que no de los mejores del mundo; sin duda, muy premiado). En bici, nada de todo esto ni de lo anterior, a más de 5 o 6 minutos. Y todo ello regado con un alto grado de hospitalidad y afabilidad, propio de una ciudad que, como decíamos, está muy lejos de sentir el temblor del turismo de masas. Ni siquiera su interesante catedral neogótica o el resto de emplazamientos religiosos tienen más población que la que profesa su credo.

    Eindhoven, ciudad que fue española durante décadas y por la que el todavía Imperio –o sus rescoldos– vertió su sangre, sufrió una auténtica devastación tras la Segunda Guerra Mundial. Por ello, en parte, el diseño de sus propias calles es de una racionalidad aplastante. Un diseño de fuera adentro de las casas que, en el 95% de los casos, no superan las dos alturas. Cada distrito parece repartirse un único rascacielos, siempre con usos hoteleros, hosteleros e incluso culturales. Por ese motivo, las ofertas de apartamentos vacaciones o vivienda compartida en la ciudad –salvo malas excepciones– resultan de lo más estimulantes para un urbanita. Hasta en eso se transpira calidad de vida que, por otro lado, sorprende en los precios de sus supermercados: pescado y carne, entre muchas otras cosas, son incluso algo más baratos que en España.

    Por todos estos motivos y muchos otros, por la facilidad de encontrar alojamiento a un precio muy competitivo y por la cantidad de enlaces de su aeropuerto, Eindhoven bien merece unos días. 

  • Elena López Riera convierte a Orihuela en un oscuro objeto de deseo para el cine internacional

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Emilio D’Alessandro fue chófer y asistente personal de Stanley Kubrick durante 30 años. En Mi amigo Kubrick (S is for Stanley, 2015) cuenta cómo el director de Eyes Wide Shut le absorbió la vida hasta que decidió regresar a su Italia natal para estar cerca de sus padres durante sus últimos años de vida. Cuando ya había vendido su casa, Kubrick le pidió que se quedara solo dos semanas más y le alquiló un lugar confortable para él y su familia. Las dos semanas se convirtieron en dos años hasta que, fatalmente, el padre de D’Alessandro murió mientras él hacía incontables recados para el cineasta neoyorkino. Este hombre para todo no llegó a separarse ya del obsesivo autor hasta el final de sus días, sumido en la contradicción por renunciar a la necesidad de vivir en torno a sus raíces.

    Elena López Riera (Orihuela, 1982) acaba de ganar el premio al mejor cortometraje suizo en la 72ª edición del prestigioso Festival Internacional de Cine de Locarno. Sí, al mejor cortometraje suizo, porque pese a que Los que desean es un relato documental sobre la columbicultura, a la cineasta valenciana le cuesta mucho menos encontrar financiación para sus películas en el cantón helvético –donde reside desde hace una década– que en la Comunitat Valenciana. De hecho, la producción presentó ayudas al Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA; no concedidas) y al Institut Valencià del Audiovisual i la Cinematografia (a la espera de resolución), pero ya es toda una realidad premiada a expensas de la producción española. Y es solo el principio, porque ha sido elegida para competir en San Sebastián, estará en Toronto y la lista de festivales sigue corriendo a la espera de cualquier interés financiador made in Spain.

    López Riera, como D’Alessandro, se marchó del Sur de Europa en busca de trabajo. Ella lo encontró como profesora de cine y literatura comparada en la Universidad de Ginebra, becada además para hacer su tesis (ayuda que tampoco encontró en España). Muy alejada de la queja, al contrario que el asistente de Kubrick, decidió regresar a casa a través de su obra como cineasta. Toda pasa –de momento– por su Orihuela natal, con una perspectiva sensible y con mucho sentido que, admite, quizá no hubiera obtenido sin el exilio laboral. Una obra sin presunción técnica, donde la urgencia por contar y la honestidad de un equipo mínimo y una mirada poderosa y convencida le convierten en una de las voces más frescas del cine independiente que tiene que ver con este territorio. Y con todo el territorio europeo.

    En su todavía incipiente carrera (tres cortometrajes, 2015-2018), todavía no ha dado un paso en falso: con Pueblo, entre otros reconocimientos, estuvo seleccionada en Cannes, ganó Sevilla y MECAL en Barcelona; con Las vísceras visitó por primera vez las mieles de sección oficial en Locarno. Con su tercer paso ya ha ganado su propio Leopardo, algo a lo que le otorga un valor más propio del foco y que no parece hacerle titubear de su próximo objetivo: un primer largometraje de ficción con base documental. Una vez más, las opciones para la financiación parecen mucho más claras fuera de España, pero sigue sin encontrar peros concretos al sistema –asegura que influye la cantidad de recursos– y lo celebra viviendo en casa de sus padres, donde pasa largas temporadas y se rodea de su familia creativa que va desde sus socios experimentales de lacasinegra a cineastas tan importantes como Chema García Ibarra. 

    Doctora en Comunicación Audiovisual, ha sido invitada como investigadora a la Universidad Sorbonne-Paris III, como profesora a la Universidad Carlos III en Madrid y a la Universidad de Valencia. Ha sido programadora para el Festival Internacional Cinema Jove de València y forma parte del equipo de selección del festival de cine documental Visions du Réel. El encuentro de Nyon, con nada menos que 180 películas en sección oficial, es actualmente el principal sustento económico y vínculo de la cineasta que estrenó su primer corto en la Quincena de realizadores del Festival de Cannes. Un hito que pocos directores españoles han logrado y que solo forma parte de una trayectoria coherente y vinculada al ya citado colectivo de investigación y experimentación audiovisual lacasinegra.

    Aprovechamos el foco efímero del premio para conversar desde Cultur Plaza con Elena López Riera de su cine y del que ha de venir.

    -¿Es posible que esta década de distancia con Orihuela te haya permitido filmar con sensibilidad paisajes cotidianos que, quizá, a un oriolano ya le pasan inadvertidos?
    -No lo puedo saber, aunque me lo he preguntado muchas veces. Me pregunto porqué me ha fascinado todo aquí de un tiempo a esta parte. Es una pregunta imposible porque solo tendré una vida y la elección fue irme. En mi primera película ya se decía eso de que cuando uno se va de casa al extranjero ya lo es para siempre. No sé si decir que me atormenta esta idea, pero no me gusta alejarme de los míos. La relación se hace compleja, sin culpabilidad, pero sí con esa sensación de existir entre dos tierras. 

    -Pero no hay amargura, como dices.
    -La hay en los emigrantes españoles que me encuentro en Suiza, los que se fueron en los 60 o antes. Y, ¿sabes qué? Que todos quieren volver a España. En su caso, a veces, a una España que ya no existe. Pero comparto con ellos esa idea de estar viviendo en el lugar que no te corresponde y saber que eso influye en mi trabajo. Como hago cine, que condiciona mi mirada. 

    -¿Hasta qué punto te preocupa tener una mirada benévola desde la distancia?
    -Es lo más peligroso y lo que más me interesa de hacer cine. Es inevitable que tenga una mirada extranjera, pero es lo que busco en parte. En el último plano de Pueblo un chico me mira y se sostiene el punto de vista porque me está preguntando, ‘¿pero tú quién eres para grabarme? ¿tú quién eres para filmarme?’. Yo me lo pregunto tanto como él en ese plano y entiendo perfectamente que la gente de Orihuela se lo plantee. Hago cine sobre mis raíces en parte porque necesito sentir esa pregunta. Es complejo. Porque tengo fascinación por lo que sucede… pero entiendo que me miren como diciendo, ‘tú, que ahora vives en Suiza, vienes a mirarnos como si fuéramos bichos raros’.

    -Y te fijas especialmente en los ritos (por orden de filmografía: Semana Santa, matanza y colombicultura).
    -Son muy importantes. Cómo evolucionan y cómo involucran a gente de muy distinta edad. Como personas muy distintas, en realidad, se están comunicando por algo que han heredado de manera ancestral. Es algo mágico que nos rodea y que me interesa.

    “SI EXISTIERA UNA GUÍA ÚNICA DE CÓMO HACER CINE SERÍA TODO MUCHO MÁS FÁCIL Y MUCHO MÁS ABURRIDO.

    -¿Te da miedo llegar con alguna idea prefabricada sobre esos ritos? 
    -No, porque… es imposible. No hago cosas prefabricadas. Mi manera de trabajar es muy natural y rodamos incontables horas. Luego mi madre me dice, ‘¿pero cómo puede durar 20 minutos?’ [ríe]. Trabajo en equipo y escucho mucho. Hay una grandísima cantidad de material y el relato está totalmente abierto a lo que suceda. A enriquecerse. 

    -Ya que lo mencionas, también participas del montaje. ¿Te cuesta delegar las áreas cruciales de la producción?
    -Sí, creo que sí. No monto sola, pero es cierto que tampoco lo dejo en manos de un tercero. Forma parte de ese diálogo en equipo. El montaje es una parte muy importante y forma parte de eso que me preocupa tanto y que, a lo mejor puede parecer tonto, pero es solo mirar. Y esa fascinación inicial para que se transmita algo… es importante dejarlo claro en todo el montaje. Forma parte esencial de la mirada.

    -Es decir, que te cuesta delegar.
    -Soy un poco ‘control+z’ [ríe]. No existe una guía de cómo se hace cine de verdad. Si existiera sería todo mucho más fácil y mucho más aburrido. El cine para mí tiene mucho que ver con mi equipo. Con el diálogo. Con discutir y pelearte, si quieres. No lo puedo concebir de otra manera. Por lo que ya he dicho y porque si estuviera sola no podría. Necesito discutirlo con alguien y aceptar que, como dice mi montador, el montaje no se acaba; se abandona. 

    Los que desean documenta la colombicultura en Orihuela. ¿Por qué esta vez este rito?
    -Una de las cosas que más me fascinaba era cómo congregaba a niños, niños muy niños, y ancianos. Luego ves que unos están enviando audios de WhatsApp y otros se comunican… de otra manera. Pero están pendientes de un mismo fin. Esa idea de contraste entre lo contemporáneo y lo ancestral, pero de cómo se comunican y hablan de lo mismo, es lo que más me atraía y, en parte, lo que se refleja en el corto. 

    -En los ritos que has revelado a través de tus tres cortometrajes no hay ni rastro de cine por Orihuela… [interrumpe].
    -Es que en Orihuela no había cine. Piensa en en que no había cine, solo de verano en Torrevieja, donde vi mi primera película. El cine en Orihuela, para mí, en parte era mi abuela viendo westerns. O yo viendo el cine en las televisiones, cuando hacían cine…

    -A eso iba, a que en tu familia no había la menor relación, no solo con el cine, sino con una industria creativa o cultural. ¿Hasta qué punto ha sido estímulo y hasta qué punto ha sido una barrera.
    -No lo puedo saber, pero es cierto que nadie, no solo de mi familia, ni de mi entorno, ni nadie que conociera se dedicaba al cine. Cuando lo dije en casa se armó una buena [ríe]. La primera reacción fue muy negativa, como la que tuvieron todos mis compañeros de lacasinegra, a los que conocí en València, donde llegamos con un hambre de ver cine que ahora creo que sería muy difícil de entender. ¡De verdad, que no teníamos apenas acceso al cine! Y yo quería hacer cine. A mi madre lo que le hubiera gustado es que me casara con algún banquero del pueblo, que le hubiera dado nietos y que los pudiera cuidar. Pero una vez pasado el primer impacto, la verdad es que me han apoyado muchísimo.

    -¿Cómo viven que hayas recibido reconocimientos internacionales con cada trabajo, desde la parte académica a la producción de cine, pero que tengas que seguir viviendo en Suiza porque en España no hay suficientes recursos como para que operes solo desde aquí?
    -Es que no veo mi marcha como algo negativo. La inmigración de nuestros abuelos sí lo fue, que les hacían un control médico antes de entrar como si fueran ganado. No soy nada pesimista. En parte, Suiza fue una elección. Es cierto que no podría haber hecho la tesis en València porque nadie me hubiera becado. Es cierto que mi sueldo en Suiza me ha permitido, por ejemplo, venir algunos fines de semana cuando lo necesitaba. Pero la diáspora ha sido importante, en positivo. Joder, que tenía teléfono, Skype… A mis padres les encantaría que aquí tuviéramos medio para hacer lo que hago, pero saben lo que hay.

    -Lo que sí has demostrado en tu cine es que las cuestiones técnicas no se imponen al relato. Generacionalmente, hay una franja de cineastas que invierte decenas de miles de euros en equipo técnico mientras que los trabajadores van a un beneficio subsidiario.
    -La gente que me rodea me ha demostrado que, cuando empezamos, era más importante la urgencia de grabar y decir algo que esperar a tener la cámra buena. En lacasinegra éramos una panda de mataos y no teníamos un duro. Grabar con móviles estaba bien. Compramos una cámara en El Corte Inglés, una Canon 550D, y la devolvimos antes del mes. ¡En El Corte Inglés son muy majos! [ríe]. En ese mes grabamos sin parar. En el último corto hemos grabado con cinco cámaras diferentes y sé que lo que me obsesiona es el encuadre, no tener una RedOne. No digo que de este agua no beberé, pero cada proyecto entiende sus condiciones. Para mí lo que sí es primordial es que la gente cobre. No soy nada partidaria de un cine low cost; la gente ha de estar remunerada. 

    -Ya que hablas del equipo… algo que sí parece difícil dentro de tu planteamiento de producción es que trabajes con equipos numerosos, pero ahora te enfrentas a un largometraje. ¿Cómo lo vas a afrontar?
    -Me preocupa mucho… No se puede decir de este agua no beberé, por eso no me niego a mejores condiciones técnicas y a un equipo mayor. Pero para mí, es cierto, es muy cierto que necesito trabajar con gente que conozco. Necesito generar una familia y que se sienta querida y yo también sentirme protegida. Es un lujo eso, lo sé. Pero ahora trabajo en un largometraje para el que espero tener todo el año que viene para escribir. Ahora mismo, si he de decir en que pienso, es en el equipo de producción mínimo. Creo que puede ser más pequeño de lo que parece, porque es necesario para que respiren las historias que hago. Pero, supongo, sí, sin duda será mayor al que hemos sido hasta ahora. 

    -En tu caso, como en el de Chema García Ibarra, hablamos de cineastas reconocidos en festivales. Nominados y premiados, como muy pocos valencianos, contados con los dedos de dos manos. Sin embargo, ambos os movéis en un contexto absolutamente castellano parlante. A quien grabáis, como os relacionáis y la manera en la que interpretáis el mundo tiene muchísimo que ver con el castellano. Sin embargo, en cuanto a los puntos para ayudas de la Conselleria de Educación, Investigación, Cultura y Deporte como en la sensibilidad por la producción de la recién nacida À Punt, esa variable está –de momento– en inferioridad de condiciones. ¿Habláis de ello? ¿Cómo interpretáis esta paradoja?
    -Para mí es fantástico que se recupere terreno para una lengua minorizada como es el caso del valenciano. Culturalmente, a nivel de patrimonio, no puedo estar más a favor. Ahora bien, es un poco extraña la situación… Creo que excluida no me siento, aunque no me hayan dado las ayudas [ríe]. Es un tema a considerar. A pensar. No he hablado con Chema de ello en concreto, pero para mí, en mi entorno y lo que filmo, rodar en valenciano no podría ser más antinatural. Ahora bien, me parece estupendo y entiendo la posición. Supongo que tendremos que hablar y plantearnos sin ninguna urgencia qué papel jugamos ahí.

  • Rodrigo Cortés: «El género aporta universalidad al mensaje. Hoy y siempre»

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Rodrigo Cortés estrena Blackwood el próximo 3 de agosto. Una película de género que llega seis años después de su último largometraje, Luces rojas, en el que dirigió a Robert De Niro y Sigourney Weaver, entre otros. Transcurrido poco más de una década desde su flamante –y nada taquillero– debut (El concursante), este orensano es uno de los escasos nombres capaces de garantizar la financiación de Hollywood. Sin embargo, en estos últimos años ha preferido compaginar la creación de esta nueva cinta con la escritura de varios guiones, la producción de dos películas, la edición de tres libros y decenas de horas de radio online en TodopoderososLa Cultureta o Aquí hay dragones. Todo ello sin cesar su prolongada colaboración con el diario ABC.

    Este director y montador se sitúa por primera vez al frente de una película ‘de estudio’, con una producción estadounidense muy mayoritaria. Lo hace a partir de una novela “para jovencitas impresionables” de los 70 y a la que Stephenie Meyer, la escritora de la saga Crepúsculo, parece otorgarle una influencia decisiva en su trayectoria (aunque la leyó con apenas 10 años). Cortés ha trabajado durante los últimos años para situar al equipo, a un lado y otro del Atlántico, en la senda de no crear una película “ni de saga ni de puertas que se cierran”. Un ejercicio en favor de la historia que le atrajo por abordar un tema que quería tratar desde la ficción: el infierno del creador y la capacidad que tienen el talento y el arte para construir lo imposible y destruir sin piedad. 

    La tradición de algunos de sus ‘maestros paganos’, como Polanski, Weir o Carpenter, supuran en una lectura del género fantástico con una clara autoría. Adaptador del guión, director y montador, la sobreprotección de Cortés con sus proyecto no ha variado para esta película en la que cinco adolescentes problemáticas son internadas en Blackwood. Allí, permanecen sometidas a un programa de enseñanza impartido por la enigmática Madame Duret, una institutriz interpretada por Uma Thurma. El lugar revelará sus talentos, pero su presencia se conectará con una oscura motivación. A su paso por los Preestrenos del Festival Antonio Ferrandis de Paterna, en las salas de cine Kinépolis, Cultur Plaza conversa con él para saber más de este film y de su momento como creador de cine.

    «NO TUITEO DESDE EL SET DE RODAJE Y JAMÁS HABLO DE LOS PROYECTOS, PORQUE SOLO MERECE LA PENA HABLAR DE ELLOS CUANDO SE CONVIERTEN EN PELÍCULAS»

    -Han pasado seis años desde tu último estreno. ¿Han sido tus otras inquietudes las que han ocupado este tiempo o se ha resistido la producción de Blackwood?
    -Hay quien tiende a creer que la vida de un director son sus títulos de IMDb, y la vida de un director es lo que sucede en los huecos que hay entre los títulos de IMDb. Efectivamente, han pasado unos años desde el estreno de Luces rojas, pero esta película la empecé a trabajar hace tres. En este tiempo he producido películas, escrito libros, guiones, he hecho programas de radio… En fin, no he estado exactamente en una playa en la Martinica. 

    -Tres años en los que apenas ha habido información sobre el proyecto. O no al estilo al que se suele airear cada detalle del proceso en la actualidad y a través de las redes sociales. 
    -No tuiteo desde el set de rodaje y jamás hablo de los proyectos, porque solo merece la pena hablar de ellos cuando se convierten en películas reales. Mi experiencia persona como consumidor de información cinematográfica es que todo aquello que lees en las revistas tres años antes del estreno no tiene ningún valor. No importa porque no tiene relación con aquello que acaba siendo. Y luego solo sirve para que alguien se pregunte, ‘¿pero este no es el tipo que iba a hacer una película con Al Pacino?’. El 95% de la información que leo, por un motivo u otro, está muerta. No creo en eso. Creo en el poder de la palabra y trato de no alimentar hipotéticas ansias. 

    -¿Así que no ha sido la industria la que te ha llevado hasta este lapso en IMDb?
    -No. He recibido varias ofertas para rodar, pero la intención nunca es rodar una película, sino rodar algo que realmente creas que merece la pena rodar en el modo en el que realmente crees que debe hacerse. Y, muchas veces, cerrar esas circunstancias exige sacrificios y tiempo.

    -Has dicho durante la promoción de la película que esta novela “para jovencitas impresionables” caló tanto en Stephenie Meyer (la escritora de la saga Crepúsculo) como pudieron hacerlo en tu caso autores como Stephen King, Richard Matheson o Edgar Allan Poe. ¿Te atreverías a rodar el texto de alguno de estos autores?
    -Sí y especialmente de Matheson. No tanto por sus códigos genéricos, que me interesan sobre todo como representación alegórica de conflictos internos. Tanto King como Matheson, al final, someten a sus personajes a circunstancias superiores a ellos que acaban por hacerlos conocerse mejor, y las amenazas externas suelen ser la plasmación de algún conflicto interno. Matheson me parece un escritor extraordinario que es capaz de tener un acercamiento tangible y casi científico a fenómenos que deberían ser inaprehensibles… Es ejemplar.

    «DEDIQUÉ MUCHO TIEMPO A ASEGURARME QUE QUEDABA CLARO QUE MI INTENCIÓN [CON BLACKWOOD]NO ERA HACER UNA PELÍCULA DE SAGAS, NI DE PORTAZOS, NI DE ASESINOS PERSIGUIENDO NIÑAS POR LOS PASILLOS DE UN INTERNADO»

    -¿Qué te contó Meyer de la novela?
    -Leyó la novela con 10 años y le afectó profundamente como nos han afectado a todos algunos recuerdos que tenemos de infancia. A veces son recuerdos memorables y a veces no, a veces son recuerdos prestigiados y a veces no, pero nos marcan de igual modo. Guardaba desde la infancia la ilusión de ver en una película aquella novela. 40 años después comprende que el único modo de hacer que tenga sentido una visión que, de forma literal, sería muy ingenua, es conseguir que un director le aporte su marchamo personal y le aporte su mundo interno. Y por algún motivo que no he hablado en profundidad con ella, piensa en este productor europeo que mete actores en cajas (Buried) y considera que tal vez pueda proponer un cambio sorprendente de tono a esa novela.

    -¿Y cómo la recibes tú?
    -Cuando leí el borrador inicial, pensé que no iba a interesarme, honestamente. Y lo leí como lees tantas cosas que te llegan en un momento dado y que tienes que evaluar. Pero encontré una premisa muy cruel que la novela no explotaba, muy implacable, que resonaba con obsesiones personales y que me hacían no pensar en sagas juveniles recientes, cuyo nombre no necesitamos ni mencionar porque son legión, sino en Polanski, en Peter Weir. En esa época dorada en que el género se tomaba en serio a sí mismo y llegaba a zonas dramáticas con grandes intérpretes. Así que dediqué una temporada, como suelo hacer, a comprobar que todos estábamos de verdad ‘en la misma página’. Porque cuando uno inicia una relación con el estudio a menudo se parece a una relación amorosa: todo el mundo se inventa al otro y quiere imaginar lo mejor del otro lado y cada declaración vaga se convierte en una confirmación exacta de los propios deseos. Así que dediqué mucho tiempo a asegurarme que quedaba claro que mi intención no era hacer una película de esas sagas, ni hacer películas de portazos, ni de asesinos persiguiendo niñas por los pasillos de un internado, y que quería llegar a zonas más represivas o más resonantes.

    -¿Qué le aporta el cine de género a la realidad social en 2018?
    -El género aporta universalidad al mensaje. Hoy y siempre, porque de alguna manera el cine social atiende a verdades contigentes que suelen tener una vigencia de un año o dos, ya que son teóricas verdades basadas en la actualidad, en contextos políticos o en supuestas certezas que resultan ridículos un par de años después. El género, en esa manifestación de la que antes hablábamos a partir de tu pregunta sobre King o Matheson, de conflictos internos profundos a través de amenazas externas, consigue situar a sus personajes en circunstancias ingobernables que les obligan a conocerlos y por tanto su resonancia es atemporal y universal, porque no atiende a verdades contingentes, sino a alegorías que no pierden relevancia.

    «AL ACERCARME A ESTA HISTORIA COMENCÉ A VIBRAR DE FORMA MÁS PROFUNDA CON UNA REFLEXIÓN SOBRE EL ARTE COMO LAGUNA MARAVILLOSA Y TEMIBLE CON UNA ENORME CAPACIDAD TRANSFORMADORA PARA BIEN Y PARA MAL»

    -Pero también te influye Carpenter que, quizá, es el epítome del cine de género que no se toma del todo en serio. 
    -Carpenter es de hecho una de las referencias para varios momentos de Blackwood. No quería tanto decir directores graves, que consideraran de forma solemne que estaban cambiando el mundo, sino simplemente, un momento en los 70 en que el género llegaba a zonas muy interesantes porque comprendían cuál podía llegar a ser su fondo dramático. Eso no significa que el director deba tomarse en serio constantemente o que la película deba tomarse en serio, lo que muchas veces da como resultado ejercicios plúmbeos, artificiosos y pretenciosos con los que es muy difícil reaccionar. Sin embargo, Carpenter ya que lo mencionas, con todo su carácter jugón y ligero que lo hace tan atractivo, es sin embargo respetuoso con sus leyes internas prácticamente de una forma ética como lo era Hitchcock en su momento, otro director que no se tomaba en serio en ningún sentido y se tomó muy en serio como uno de los escasísimos titanes de la historia del cine. 

    -En tu trabajo en torno a la película hay tres momentos muy marcados: escritura, dirección y montaje. Ya que mencionas esa capacidad Carpenter como “jugón”, ¿en cuál de las tres áreas te permites más serlo y hasta dónde te olvidas del bagaje o los referentes?
    -En cada uno de los procesos te centras exclusivamente en la historia porque tu bagaje está ahí, no tienes que tirar de él porque forma parte de ti. Y no tienes la preocupación de formar parte de una tradición, porque sencillamente la conoces y forma parte de tu flujo sanguíneo. No es necesario pensar en ello, ni establecer homenajes autoconscientes para remedar planos o situaciones concretas. No funciona de ese modo. Te centras en la historia tratando de extraer de ella el subtexto que resuena con tu mundo interno y tratas de plasmarlo de forma efectiva, en términos sensoriales, informativos y emocionales. Por ejemplo, al acercarme a esta historia, comencé a vibrar de forma más profunda con una reflexión del arte como laguna muy tenebrosa, maravillosa y temible con una enorme capacidad transformadora para bien y para mal, y en el talento y la genialidad como elementos destructores, que muchas veces exigen el pago de un mismo. Mucha gente carga con el talento a modo de maldición, prácticamente. 

    -Hay gente que puede interpretar que hay tintes autobiográficos en esta película.
    -La gente tiene derecho a pensar lo que quiera sobre lo que quiera, que es lo que a menudo hace. Una película es tantas películas como espectadores la ven y en Blackwood no hay una plasmación literal de nada que me competa. Pero te filtras en cada decisión y en cada plano, porque trabajas desde ti. Incluso cuando tú escribes sobre un asesino, y obviamente no estás siendo autobiográfico, estás tirando de las veces en las que has perdido el control de tal manera que le hubieras dado una bofetada a alguien. Y eso lo multiplicarás por 150 para exacerbarlo, y lo utilizarás para crear algo creíble y tangible, de modo que nada es autobiográfico en la película y, a la vez, cada percepción que tengas personal y sensorial pertenecen necesariamente al mundo y al universo del autor.

    «EL DESAFÍO ERA TRATAR DE LLEGAR CON ACTRICES MUY MUY JÓVENES A ZONAS MUY NATURALISTAS, NADA PATERNALISTAS, NADA CONDESCENDIENTES, ALCANZANDO ZONAS MUY COMPROMETIDAS ACTORALMENTE, MUY EXPUESTAS»

    -En Blackwood has trabajado con talento en formación; chicas muy jóvenes que soportan el cuerpo de la historia. ¿Cómo lo has afrontado?
    -Es una de las razonas por las que me interesó tanto el proyecto, porque jamás lo había hecho. El reparto es prácticamente femenino al 95%… o al 98, no lo he calculado, y, además, muchas de ellas son actrices muy muy jóvenes. Y eso me resultaba incómodo del modo más estimulante posible. Al final cuando sientes que sabes hacer lo que te toca hacer, hay muy poco estímulo ahí. Tienes que sentir algo de miedo, algo de desconfianza. Generalmente ese miedo es un síntoma de que estás haciendo lo correcto porque, tal vez, seas capaz de salir de allí un poco más listo de lo que entras. El desafío y el estímulo era tratar de llegar con actrices muy muy jóvenes a zonas muy naturalistas, nada paternalistas, nada condescendientes, alcanzando zonas muy comprometidas actoralmente, muy expuestas del mismo modo que habría trabajado con actrices de 55 años. Es decir, sin atender en absoluto a su edad. Y ellas llegan a zonas espectacularmente veraces y comprometidas.

    -Apelas también a una adolescencia distinta a la que tú viviste. ¿Te daba miedo no conectar?
    -No, porque la película se dirige a un público muy amplio que no está delimitado por edades, pero no descree del espectador adolescente. A menudo cuando se habla del adolescente en el cine, se hace mirando de arriba a abajo, con una enorme condescendencia. Convirtiéndolos en pequeños sacos de neuronas incomprensibles. Y, de algún modo, la propia película, su propia trama, el pasillo oscuro del que habla el título original (Down a Dark Hall, Lois Duncan), es el tránsito por el que todos pasamos en la adolescencia, cuando todo nos aterra y tenemos una relación tensa y agresiva y a veces violenta con nuestro entorno. Cuando no entendemos nada y sentimos que nadie nos entiende. Cuando echamos de menos la comodidad de la infancia, pero no la deseamos, y queremos ser mayores, pero nos aterra, y descubrimos poco a poco que estamos tomando las decisiones que nos van a hacer ser como seamos el resto de nuestra vida y que eso, además, pasa por deshacernos de quienes éramos, a menudo a través del dolor.

    «ESTA HISTORIA TIENE UN REPARTO MAYORITARIAMENTE FEMENINO POR LOS MISMOS MOTIVOS POR LOS QUE LOS DOCE DEL PATÍBULO TIENE UN REPARTO MASCULINO: PORQUE TIENE SENTIDO, PORQUE ES NATURAL Y PORQUE ES LO QUE COMPETE A LA HISTORIA»

    -Adolescentes que, a diferencia de tu caso, viven bajo un mandato de corrección política asfixiante. ¿Tienen su libertad más coartada precisamente por su propia exposición individual y esa presión bajo el marco de la súper tolerancia?
    -Todos somos hijos de nuestro tiempo y todos, en el tablero que nos toca vivir, nos encontramos facilidades y dificultades que varían cada 20 años y que sin embargo son las mismas a su manera. Porque te obligan a hacer lo que tienes que hacer, que es atender un tablero que no puedes modificar y en el que tratas de hacer la mejor jugada posible con las fichas que tienes. Así que es verdad que la corrección política se ha convertido en una forma de tortura y que, de alguna manera, en nombre de la tolerancia, toleramos menos que nunca, porque consideramos absolutamente intolerable expresar determinadas ideas… una vez más en nombre de la tolerancia. Y ese ambiente es con el que va a tener que lidiar el creador nacido desde hace 15 años, ese es el suyo y a través de su combate personal y de su lucha personal va a aprender cosas de sí y va a desarrollar músculos que no desarrollaría sin dificultades. Así que, de alguna manera, podemos considerar de la forma más crítica posible las cosas que vayan mal en nuestro entorno, y a la vez no nos vale dar las gracias por ellas porque son las que nos van a permitir medirnos y convertirnos en quien tal vez merezca la pena ser.

    -Hasta Blackwood, la mayoría de tus roles protagonistas han sido de hombres. ¿Hay perspectiva de género en la película?
    -Creo que cualquiera que considere que como autor está respondiendo a un mandato social y que tiene un papel mesiánico que hacer en su tiempo está enfermo de gravedad. Esta historia tiene un reparto mayoritariamente femenino por los mismos motivos por los que Los doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967) tiene un reparto mayoritariamente masculino: porque tiene sentido, porque es natural y porque es lo que compete a la historia, no para hacer un teórico servicio a fuerzas que uno no gobierna y que a menudo son ideológicas. Tiene sentido que así sea. Y es maravilloso que haya personajes maravillosos femeninos, cualquiera que sea su edad, para niñas de 16 años y para mujeres de 75, como es maravilloso que haya películas protagonizadas por ancianos de 82. 

    -Pero eres consciente de que existe una proliferación de proyectos que tienen en cuenta la perspectiva de género en la actualidad. Del cine más mainstream al boom en la producción de series de gran presupuesto, y del cortometraje al cine más independiente.
    -Y me parece muy bien, porque todo es pendular y las tendencias cambian cada cinco años en todos los sentidos posibles. Del mismo modo que hay tendencia a hacer películas de lanchas y después hay tendencias a hacerlas de deportes y después el terror no vende y luego el terror funciona durante cinco años y hasta regresa el westernEstá muy bien, pero no creo que sea mi responsabilidad atender a nada de eso, sino a la historia que tengo entre manos y que tengo que modelar con todo el conocimiento de orfebre que esté en mis manos. 

    -¿Y con qué herramienta del cine expresa su opinión Rodrigo Cortés?
    -Siempre he pensado que el creador opina, por encima de todo, a través del estilo. Generalmente cuando se entrevista a un artista y se le pregunta por las verdades contingentes de las que hablábamos antes, de la actualidad política, de su posición social ante argumentos urgentes, su respuestas suelen ser tan convencionales e irrelevantes como las de cualquier otra persona. Sin embargo, su mundo interno se expresa a través de decisiones que muchas veces son estilísticas, ya que tú muchas veces alcanzas la verdad no a través de la información intelectual, sino a través de la sensorial. En Blackwood, por ejemplo, hay una reflexión sobre el uso de la luz, que evoluciona mucho a lo largo de la película. Empieza con un porte clásico, muy musical, de tomas largas y se va fracturando poco a poco hasta acabar en una rugosidad angustiosa y basada en la cámara al hombro. El trabajo del sonido, por ejemplo, que es muy matizado para expresar cosas que la razón no percibe, pero a las que el cuerpo reacciona. O la música, que más allá de tener la función habitual de la banda sonora, tiene un protagonismo físico y directo ya que nuestra protagonista la ejecuta en vivo y adquiere un grado de virtuosismo inexplicable en muy poco tiempo. Al final, tu cuerpo te va a dar mucha más información de la película que un teórico procesado racional. 

    «NO HAY UNA DIFERENCIA REAL ENTRE LA DIRECCIÓN Y EL MONTAJE DEL MODO EN QUE ABORDO EL TRABAJO»

    -Lo que no cambia es que asumas el montaje de tus películas. Ahora parece establecido, ¿pero costó que la producción confiara en ti hasta ese nivel al principio?
    -Para mí no hay una diferencia real entre la dirección y el montaje del modo en que abordo el trabajo. No considero que los directores deban montar, ni que los directores no deban montar. Simplemente, es el modo en que yo me expreso. Efectivamente, fue conflictivo al principio, porque se aplicaban los axiomas habituales de ‘hace falta una mirada externa que valore el materia’l, o ‘el director se enamora de sus planos y le han costado hacerlos y es capaz de…’ Pero, me imagino, que desde muy pronto vieron que no era el caso, y que me deshacía con enorme facilidad del material por muy costoso que hubiera sido si no funcionaba. Y lo cierto es que como montador soy muy inclemente con el material. Muy inclemente. Y, muchas veces, mis planos favoritos desaparecen del corte. Que cuando evalúas lo que has hecho en una secuencia usas solo el cuerpo, no usas la razón. No piensas en el material. Ni siquiera escuchas lo que están diciendo los actores, sino qué dice tu cuerpo. A dónde va el ojo, no a dónde debería ir. No vas a la información que sabes que está situada, sino que te desconectas y analizas hacia dónde está yendo tu ojo de forma natural. Y cuando tu cuerpo percibe que se crea un valle, que la cuerda se destensa, que hay algo que arreglar ahí y te metes dentro de la sala de máquinas y te pones a apretar tuercas y ves que todo empieza a fluir y que la tensión se mantiene y pasas a la siguiente escena, y si ha habido muertos en el camino no es tu responsabilidad. De alguna manera piensas, ‘que le jodan al director’, aunque seas tu mismo. 

    -Rozando la bipolaridad.
    -Es una forma de exagerar, pero está ahí. Tu cuerpo manda y si tu cuerpo dice esto está destensando, todo lo demás da igual. Es: ¡ténsalo! No sé cuánto te llevó filmarlo. No sé cuánto costó. Ya sé que sufriste mucho para conseguir ese plano, pero no lo puedes mantener completo porque se destensa la historia, así que haz lo que tengas que hacer para mantener la cuerda tensa.

    -Y has participado activamente de otros departamentos como la música en diferentes películas. Cualquiera podría intuir que hay sobreprotección de los proyectos. ¿No sé si en algún momento del proceso, todavía hoy, la producción trata de impedirlo?
    -Película a película, es más sencillo… simplemente porque los productores cada vez ven de forma más clara, porque hay ejemplos que lo sostiene, que eso no afecta a la calidad de la película. Nunca he sido acusado por parte de los productores de ser autoindulgente con el montaje o de ser autoindulgente con el uso de la música. Si al final el resultado está en su sitio, es como que desaparece esa preocupación. [Hace una pausa] Es obvio que Scorsese monta aunque lo haga a través de Thelma Schoonmaker, es obvio. Es un director montador. No estoy tratando, obviamente, de compararme con mi maestro pagano. Es obvio que Orson Welles montaba. Es obvio que hay un trabajo de montaje de Oliver Stone en J.F.K. de forma directa. Son películas de montaje, en gran medida. Incluso si nos olvidamos de referencias más prestigiadas y nobles, las películas de Robert Rodríguez no serían mejores con otro montador. Simplemente, hay un puñado de directores que monta, y hay una mayoría que no monta y hace películas absolutamente maravillosas… todas las combinaciones son posibles, pero yo monto. Y me expreso a través del montaje. Cuando acabo incluso una secuencia de diálogos en los que has elegido cada momento de verdad extrema de cada uno de los actores, a veces incluso rescatando el sonido de otra de las tomas, incorporándolo a una toma distinta… Has tensado una reacción que en directo tardaba más de la cuenta y consigues hacer funcionar de la forma más adecuada, todo fluye de repente más con el plano general con una organicidad máxima y la secuencia resultante nunca sucedió. Lo que hacen los personajes y el modo en que se mueven no pasó nunca. Y ahí es donde está la magia en mi opinión de mi oficio y yo, personalmente, necesito manejar la brocha y manejar el pincel para dar el golpe de pintura, no decirle a alguien ‘ahí está el rojo; extiéndelo así’. 

    «EN EL MISMO INSTANTE EN QUE TODO SE DEMOCRATIZA LO QUE SE CONSIGUE TAMBIÉN ES UNA CANTIDAD DE MORRALLA MAYOR QUE EN NINGÚN OTRO MOMENTO DE LA HISTORIA»

    -En tu caso creo que fue tu madre quien financió tus primeros cortos, muy pretéritos, rodados en Super 8 cuando todavía eras adolescente. Ahora, la app más descargada del mundo es la versión china de Musica.ly: vídeos creados por adolescentes sin cesar y por millones, imitando una canción o con una puesta en escena graciosa. ¿Va a influir eso en la percepción y consumo visual de la próxima generación de adultos?
    -En lo que seguro no va a influir es en la calidad. Va a seguir siendo escasa. Porque el talento es un bien limitado por definición. Porque se pueden democratizar los medios, pero no se puede democratizar el talento. Es verdad que antes era algo elitista y en el momento en el que se hace asumible ya no puedes quejarte ante nadie de lo que consigas no tiene que ver con tu talento. Ya no puedes decir que si consiguieras los medios adecuados serías capaz de cosas que un mundo injusto te impide hacer. Pero nada más, porque en el mismo instante en que todo se democratiza lo que se consigue también es una cantidad de morralla mayor que en ningún otro momento de la historia. Obviamente hay una sobreinnundación de información, de datos, de imágenes… y el 98% de todo ello es perfectamente prescindible, como siempre lo ha sido. La diferencia es que ahora ese 98% son toneladas y toneladas de material fungible cuanto antes por razones naturales. 

    -Te he leído decir que la relación con Uma Thurman en el rodaje fue franca y dura.
    -Uma tiene la inteligencia y sofisticación y belleza que parece que tiene, y también tiene el carácter de un taxista neoyorkino. Y ese carácter duro, en Nueva York o Chicago se interpreta de una manera muy diferente que en Santiago de Chile. Darle un golpe en el capó al taxi y decir ‘qué coño estás haciendo’ es la forma natural de decir ‘por favor, ten más cuidado’. Entonces, tienes que interpretar esos códigos. Y en mi caso que trato de modelar en el set un ambiente muy irreverente, eso es un regalo, porque en cinco minutos nos estamos gritando y riendo. Y sin ningún miedo de cuál era el límite, porque los límites eran obvios. El respeto era obvio. Podíamos hablar con absoluta franqueza y no tienes que tener un cuidado de herir una piel, del mismo modo que tú sabes que puedes hacer una indicación muy precisa y sabes que no va a hacer daño a nadie. 

    ¿Hasta qué punto la dureza en los procesos creativos es necesaria para llegar a buen puerto?
    Por encima de todo, ser duro contigo mismo, ser inclemente especialmente con lo que tu haces y no partir de un exceso de cariño con lo que estás haciendo. Eso te permite ser franco con todos. La dureza tiene que ser educada y tiene que tener en consideración a la otra persona. Uno debe ser suficientemente empático como para moderar el discurso. Eso sí, lo que no va ayudar a nadie es mentirse. Ante una interpretación errónea, que des una palmada en el hombro a alguien para ganar media hora de aire limpio en el ambiente no sirve de nada. Ese trabajo va a permanecer para siempre y nadie se va a acordar de esa palmada. No creo que haya ser duro gratuitamente, sino duro con la evalución objetiva.

    «NO CONSIDERO QUE HOLLYWOOD SEA UNA META EN SÍ MISMO NI LA CIMA DE UNA MONTAÑA QUE HAY QUE ALCANZAR SÍ O SÍ. ES UNO DE LOS LUGARES DONDE SE PUEDE HACER CINE»

    -En cuanto a la dirección de actores, ¿uno siente cierta liberación después de haber dirigido a De Niro? Como que una vez hecho con él…
    -En cierta manera, sí [sonríe]. De Niro es esa persona que si conoce al Papa a quien le hace ilusión es al Papa conocer a De Niro. No hay una figura más grande. [Ironiza] Que, por ejemplo, ahora te dicen que si trabajas con Russell Crowe y dices… bueno, más pequeño que De Niro es. A su manera, uno ya lleva esa mochila, ¿no? Sabe que puede contar con ella siempre.

    -Aunque no te guste hablar de ellos, ya manejas tus próximos proyectos para cine. ¿Volverás a rodar alguna vez en español?
    -Me encantará volver a hacerlo si doy con la historia adecuada. Si hay una historia del siglo que sea que ha de suceder aquí y ha de ser así, la intentaré hacer. Lo digo así, pero me gustaría dejar claro que no considero que Hollywood sea una meta en sí mismo ni la cima de una montaña que hay que alcanzar sí o sí. Es uno de los lugares donde se puede hacer cine. Pero nunca rodó allí Fellini y nunca rodó allí Buñuel. No es que me compare, pero hubo titanes del cine que hicieron su trabajo sin pasar por allí. 

    -Y ya que hablamos de cine español, una última pregunta. Hace poco dijo que celebraba la bajada del IVA del 21%, pero que ese no era el problema por el cual los espectadores no iban al cine. ¿Cuáles son los retos más inmediatos para el sector?
    -Lo único que sé es que la culpa de lo que sucede no es de nadie, es de la realidad. Sé que si llega la electricidad, los fabricantes de velas tienen un problema. Es objetivo. Y a la vez no hay nada que hacer. El mundo es como es y es el resultado de millones de intereses contrapesados. Los retos los desconozco, pero lo que sí sé es que hace milenios la gente se sentaba en torno a una hoguera para que le contaran historias y sé que eso se seguirá demandando. Se seguirán demandando narradores. Ya veremos cómo. Nosotros nos dedicamos a lo improbable, y ya lo hagas en 1962 o ahora, encontrar esa ‘grieta en el mundo’ para hacerlo posible es muy poco era y es muy poco probable.

  • Influencers, sus hijos y la publicidad encubierta

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    La publicidad online ha vivido al pairo del control que el sector publicitario se autopatrocina ante el Estado y ejerce a través de Autocontrol. Ese es el nombre de la plataforma que vela porque el contenido de cualquier inserción promocional, por tierra, mar o aire, sea «veraz, legal, honesto y leal». Todo impacto, menos aquel que circulaba en el espacio online y para la cual, el mismo sector, no ha tenido ninguna prisa por regular. De manera consciente, han pasado años desde que las agencias han iniciado sus estrategias de marketing a partir de influencers para colocar con audiencias millonarias –seguidores– productos nada aconsejables para la dieta habitual, pero bambando sin la menor indicación de que allí hay patrocinio en las redes sociales. Indistintamente, galletas 0% materia grasa, zumos detox y hasta el fuet de turno. Como si de una elección libre y desinteresara se tratase, pero con el impacto de un altavoz personal con una gran capacidad de llegada en millones de personas.

    Han sido precisamente otros influencers, los divulgadores en nutrición, los que han ido poniendo a cada cual en su sitio durante ese tiempo. Sin embargo, en las últimas semanas han sucedido un par de colisiones en la cronología de los acontecimientos que bien merecen una reflexión sobre nuestros hábitos de consumo alimenticio y publicitario. Sobre todo, de este último. La impunidad con la que el sector publicitario ha hecho uso de esos espacios de amplia comunicación para colocar sus intereses sin que estos llegaran al público como intercambios de dinero tiene los días contados: la nueva Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y del Comercio Electrónico propondrá multas de hasta 30.000 euros para los influencers que no adviertan en el post de turno que lo que allí sucede es publicidad. Y la razón es tan vieja como la rueca: en una sociedad de la comunicación justa, no es posible la publicidad encubierta.

    Lo grave de la situación se ha evidenciado con algunos de los últimos post del divulgador científico Aitor Sánchez, más conocido como Mi dieta cojea (nombre de su libro más popular y de usuario en las redes sociales). Sánchez señaló recientemente el agravante en el que habían incurrido algunas de esas súper marcas personales al ‘añadir’ a sus hijos a las imágenes promocionales por las cuales las marcas les pagaban. Como generando una validación difícilmente de mayor valía que la de incluir en la alimentación de sus hijos aquellos productos que él califica con toda propiedad «malsanos». Algo que ocurría además, con el sonrojo con el que cualquiera advierte un día que, de repente, ocho de las 50 cuentas más seguidas de España decide comer galletas Fontaneda de manera sincronizada y, una semana después, fuete de Casatarradellas. Por supuesto, con alguna excepción, sin advertir que lo que allí sucede es publicidad. ¿Quién quiere hacer spots en televisión con este margen de penetración y tergiversación de la realidad?

    En la primera de sus publicaciones, Sánchez replicó tal cual las imágenes. Los rostros de los menores no habían sido ocultados por sus padres o tutores, por lo que mientras que ellos no habían cometido ninguna falta, seguramente Sánchez sí lo había hecho. Los fotógrafos de prensa con los que trabajamos nos advierten que, a día de hoy, publicar la imagen de un menor incluso para los medios de comunicación es prácticamente imposible. De hecho, curiosamente o no, solo los tutores legales –y de momento también en sus redes sociales– podrían tener esa posibilidad. Así que la polémica se centró en esto dejando en un segundo plano aquello que quería denunciar el divulgador: que la publicidad de alimentos «malsanos» era una agresión a la salud pública. Y lo es, porque, además, quién lo hace utiliza su posición de poder para extender unos hábitos de consumo deformados. Deformados en favor de un interés mercantil y que no están desligados de que una gran mayoría de las enfermedades y muertes en las sociedades de países como España estén relacionadas con graves conflictos conductuales en el estilo de vida.

    Sánchez reculó, tapó las caras de los menores se disculpó y pidió que se hablara del otro tema: de promocionar alimentos mal sanos y aprovechar una posición de poder comunicacional para extender hábitos negativos para salud (y la economía) públicas. La principal dialéctica llegó a partir de la repostera Alma Obregón. En una alocución sobre la exigencia de libertad para comunicar lo que buenamente le plazca, con el resquemor de poner en tela de juicio la alimentación de su hijo, la cocinera levantó una ola de reacciones en defensa del mal comer. En defensa de alimentar a cada hijo como viniera en gana la cosa. Una vez más, la incapacidad por acudir al debate de fondo brilló con todo su esplendor. 

    Lo sorprendente de la reacción –no tanto de la repostera, quien tiene todo el derecho a réplica y a argumentarse (aunque en el fondo de la cuestión no lleve las de ganar)– fue el ataque a Sánchez. Un ataque contra la divulgación científica que, como no podría ser de otra manera, lo que trata es de señalar que los emporios alimentarios sostienen desde hace más de un siglo la creación de un sistema alimenticio nocivo para la sociedad. Nocivo para la economía de todos y en la que el uso de una posición de poder para sostener aquello que nos mata lentamente, positivo no es. Obregón y el resto deben hacer con su libertad lo que verdaderamente les plazca. Lo hacemos. Tenemos placeres y necesidades culpables y somos el animal ambiental más influenciable por su entorno posible. Por eso, la gestión pública también debe estar al servicio de evitar que una mala conducta se extienda. En este caso no solo se extiende, sino que se multiplica exponencialmente bajo ese autoncontrol todavía inexistente en el espacio online.

    Por desgracia, la reacción de una parte de la sociedad a aquello que nos cuesta oír –y más hacer; dejar de comer basura– sigue siendo la de matar al mensajero. El ejercicio de desaprender un siglo de malos hábitos alimenticios no es sencillo, pero frente a este solo hay dos actitudes posibles: la de aceptar que progresivamente debemos hacer desaparecer ese establishment que nos engaña a su favor para comer ‘alimentos’ innecesarios o bien dejar que la alimentación y la falta de ejercicio físico se convierta en nuestra principal causa de muerte. Como alguna vez ha dicho el propio Sánchez, los humanos nos matamos desde hace siglos con bastante pericia. Sin embargo, nuestra civilización se va a definir por ser la primera en matarse a sí misma. O aceptamos que el entorno en el que comprendemos la alimentación y el modo de vida está viciado en favor de una industria que solo beneficia a sus accionistas o sucumbiremos como especie a nuestro propio ridículo.

  • El Mesó de Nazaret: el sueño de una noche de verano entre salazones, ahumados y vida

    Publicado originalmente en Guía Hedonista

    La intensidad impregna las horas que se pasan en la terraza de este ‘recién llegado’ a la plaza de la iglesia en el corazón de Nazaret. Décadas de sabiduría en la captación de producto y proveedores se ocultan entre el gentío y los niños jugando con la pelota hasta la medianoche (¡milagro!)

    A ver, mira: es julio en València y sobrevivir a lo cotidiano con una media de 30 grados a la sombra no es sencillo. Que yo sé que intentamos hacer como si nada, como posando con la camisa tipo test de Rorschach y la mejor de las actitudes. Por sonrisa no es, pero no es sencillo. Es regular. Regular mal. Nos duchamos cuantas veces nos lo permite el turno partido y hasta los hay que dejan la bañera llena para lanzarse a la charca nada más llegar a casa. Hipopótamos urbanos. En esas estamos, posando lo indecible y aceptando amistades en Facebook a cambio de piscina.

    A mitad de cualquier hora, sorprendentemente más sofocante que la anterior, después de cualquier mini trayecto entre aire acondicionado y aire acondicionado, vemos sudar un pared de gotelé y por un instante soñamos con lo inmediato: soñamos una noche de verano de terraza y plaza del pueblo con banderines. Una noche de verano donde no se oiga a los coches (ni siquiera su murmullo) y los niños jueguen a la pelota hasta tocarle las ídem a alguien. Una noche de martes o miércoles, de cuando se pueda, quizá de fin de semana, pero sin prisas al bajar la temperatura para abrir la despensa y la bodega.

    El origen

    El Mesó es ese milagro tan propio de las Cocinas del Underground que tanto nos gustan. Porque tiene huevas de mújol que haya que acordarse de nuestro barrio más portuario para comerse algunos de los mejores ahumados, salazones y quesos artesanos llegados hasta València. Pero sí, allí están, en este local que desde hace apenas unos meses (enero de 2018) regenta uno de los tipos más carismáticos del buen comer en la ciudad: Pedro Merino

    Sí, Pedro es el gerente y camarero que durante los últimos 30 años ha dado servicio y conocimiento en Jomi. Es escrupulosamente respetuoso y distante con su salida, a la que le atribuye ganas de iniciar aventura por su cuenta y haber encontrado el momento y el local más adecuado… Al menos, para empezar. Responsable de comandas y mediador de cada producto y proveedor en la barra de referencia del barrio, ahora lidera El Mesó y sabe perfectamente –con cada cliente– de lo que se habla.

    La virtud de cantar la carta

    Pegado al coqueto mercado municipal de Nazaret, en una plaza peatonal que en unos minutos nos traslada a una sensación de pueblo impropia de la tercera ciudad de España por habitantes, se abre siete días a la semana El Mesó. Merino admite que en el arranque lo están dando todo y desde las 8am hay servicio para un barrio que ha elegido. Es donde vive, y aunque es consciente de que con el producto premium que da podría sacar tickets de vértigo en Ruzafa o El Carmen, ha decidido hacerlo desde casa. «Vivo ahí al lado y estar a un paso de los hijos, de cualquier historia, era importante».

    -¿Está respondiendo el barrio?
    -Inmejorable. Eso sí, damos servicio para todos. Todo el día.
    -¿Y la ciudad?
    -También, aunque no hago nada de publicidad. Yo lo de las redes sociales lo llevo jodío… pero con el boca a boca es suficiente.

    Merino llevaba 30 años adquiriendo un conocimiento que ahora se abre en su propio local como si tal cosa. Conocimiento de producto y relación con proveedores. Es la cosa. A partir de ahí, vamos a hacer una serie de advertencias para escrupulosos del canon aséptico gastronómico. Principal primera: no hay carta. ¡Muchas gracias! Todo se canta y todo se comenta. El camarero te conoce en un tris. Te atiende. Si quieres saber los precios, pasa. Pero ellos te dicen. Tú les dices. Cuánta falta hace hablar primero para dejarse llevar después

    El ambiente

     Ambiente de terraza de verano, sillas de plástico y mantel de papel. Sí, no pasa nada. Lo que se reparte en la mesa merece el viaje y repele el posado (mejor). «Lo que doy es calidad. Lo más importante, que sé lo que ofrezco, que sé lo que me gusta y que puedo hablar de ello. El objetivo está claro. Sé quién soy y qué hacemos, por eso estoy muy a gusto aquí en Nazaret«, comenta. Le acompaña un equipo base entre los que se encuentra la cocinera Ana Delgado (también esposa) y su hermana, Luisa Merino

    Con poco personal más, el marchamo de los precios le hace trabajar al límite: «prefiero que salgan 10 platos que uno, pero cada uno de los proveedores y cada uno de los productos son casi secretos». Le preguntamos por algunos de ellos y los hay sagrados. «El tomate, no te lo voy a decir», sonríe Merino. Los pescados son del Sur, con Murcia quizá como foco más destacado. En el plato de ahumados hay arenques (con mostaza vieja y al natural), caballa (en frío y con especias) y pez espada. Se caba con este último, que quizá sobresale por frescura. Es decir, por textura e intensidad. 

    Merino repasa el orden en el cual debe dejarse llevar el comensal. Y es importante precisamente por eso, por la intensidad. Pero en conjunto, mientras noto la tensión en las paredes traseras de la boca al final del plato, me pregunto qué haría un autobús de japoneses ante una vianda semejante. Como intuyo que ni Guardian ni Monocle pasarán hasta dentro de un tiempo por El Mesó, hay que aprovecharse… 

    Segunda advertencia: hay bullicio en la calle. Hemos dicho que hace calor y los niños juegan. Más que molestar, alegra que estén al fresco mientras los Merino Delgado no tienen mucha prisa. La experiencia de ahumados puede dar paso a la de los salazones –aquí todo viene intensito, otra vez–, donde hay bonito seco, mojama de Isla Cristina y huevas de maruca, mújol y atún. El producto manda todo el tiempo y exige refrescarse con cada uno de ellos. Más de una vez.

    El secretismo con los proveedores deja entrever que algo le cae del Mercado Central, otras cosas de hacer algún viaje de tanto en cuanto y la mayoría de pequeños distribuidores gourmet. En el caso de los quesos, Merino asegura que las referencias «no las encontrará nadie en El Corte Inglés. Y difícilmente en València. Si me quiero distinguir y desde aquí, tengo que ofrecer algo distinto». Más fuertes, más suaves. Como con cualquier otra cosa, lo importante en El Mesó es marcar unas directrices y dejarse llevar. 

    La bodega no desmerece al producto. Sí, en mantel de papel, pero si alguien lo necesita puede pedir un Vega Sicilia: «tienes que tenerlo. Si alguien lo quiere, tienes que dar servicio». No obstante, lo importante de sus vinos está en la selección que ha adecuado a la carta. Ribera del Duero y Rioja bastante asequibles, pero muy elegidos. Un trabajo de etiquetas que ahora puede aplicar a un precio que, de momento, es sensiblemente inferior al de Jomi.

    Sepionet, calamares y lo que rime con mar es deseable probarlo, aunque lo mejor es confiarle a Pedro la comanda –preguntando por frescos– tras intercambiar impresiones. Las bravas («sin allioli, como deben de ser, salvo que se pida») no destacan, pero sí quizá los platos más elaborados y que rompen un tanto la carta hacia arriba: foie con salsa de higos, rabo de toro desmigado sin hueso o confit de pato. Por ahí va la cosa. Lo que sería un crimen a cualquier hora, cualquier día, es prescindir del tomate –del Perelló o de muy cerca, aunque no tengamos el detalle– con bonito y aceite de oliva. 

    El Mesó continúa su vida rutilante con desayunos y almuerzos como un bar más de Nazaret. A mediodía y por la noche se transforma (la carta está siempre disponible), moldeándose a una clientela que ya vimos que también llega del resto de la ciudad. Los fines de semana ha empezado a complicarse tocar mesa en terraza, «pero es que no entiendo por qué no hay que celebrar un martes. Un martes aquí es un buen día para celebrar», dice Merino. Y es cierto que la terraza es esencial en este caso, porque la sala, de bar de Nazaret y donde la propuesta ambiental cambiaría mucho, tiene margen para crecer.  

    Le arrancamos las anécdotas de los primeros meses a Merino, pero una nos casa con la ambición de arañar el espíritu underground de la gastronomía sin ambages: «aquí, la mayor parte de la gente joven no pide salazones ni ahumados. No los conocen. No tienen esa cultura. Por eso, reconozco que durante este tiempo les he ido picando. Les voy poniendo para que sepan. Para que aprendan«. Así lo dice Merino, que también tiene unas sardinas ahumadas de un tamaño imponente. 

    Un día entre semana, vivimos nuestro particular sueño de verano en la terraza de El Mesó. Rodeados de vida, que es la que contagia Merino, pero también la clientela foránea (foránea del barrio) y el contexto descrito… esos niños. Va a ser un largo verano en la plaza peatonal situada en el corazón del siempre maltratado barrio marítimo. Si los Merino Delgado cogen fuerza suficiente durante estos meses, podrán hacer músculo para ir situándose poco a poco y mejorando el local durante los próximos años.

  • Mala Rodríguez: “Las gitanas son las primeras mujeres feministas que conocí”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Mala Rodríguez es, como pocos artistas, consciente de su poder. La distancia con el resto de nombres que podrían alinearse con esa idea es no haber dudado nunca de ello. Sin titubeos, incluso desde antes de que se posicionara para siempre con todo Lujo ibérico (2000), la libertad creativa y de movimientos ha sido una de sus señas. Poderosa, libre y frontal, se ha manejado sin tutelas durante cinco álbumes y dos décadas. Una montaña de versos y seguidores detrás de carteles cada vez más grandes, cada vez más lejos aunque no por ello –ni por suerte– menos sola como referencia de las raperas sobre el escenario. Al menos, en lo más alto del póster. 

    Con global naturalidad, ‘la reina’ mantiene su trono hasta el día de hoy en America Latina, España y parte de Europa. Ubicua, la estrella surgida de la fértil escena sevillana de hip hop a finales de los 90 ha encadenado años de gira después del visceral Bruja (2013). Un disco desde las entrañas pero lleno de alegrías en lo profesional que ha compaginado con sus incontables colaboraciones. En los últimos meses, desde un hit masivo con Juan Magan al interesante feat. junto al dúo cubano-francés Ibeyi. Una producción a la que hace tan solo unos días, al fin, anunció la incorporación de un nuevo single propio: ‘Gitanas’. Una canción en la que el movimiento #MeToo y su habitual perspectiva social se suma a la marea feminista que promete cambiar de una vez por todas el mundo por un lugar más justo.

    La canción se estrenará el próximo 6 de julio, tan solo un día antes de su participación en el Music Port Fest del Port de Sagunt. Aprovechamos la excusa de su paso por València y del anuncio del nuevo material propio para hablar con María Rodríguez (Jerez de la Frontera, 1979).

    -Has anunciado el lanzamiento del single ‘Gitanas’ a través de las redes sociales y hace cinco años que no publicas material nuevo propio (Bruja, 2013). ¿Te está costando más escribir o encontrar sonidos para publicar un nuevo álbum?
    -Es que no soy muy consciente del tiempo que pasa. El concepto del tiempo es un poco raro para mí. Me dices que han pasado cinco años y pienso, ¿pero qué día es hoy? Porque lo que sí sé es que no he parado de hacer cosas. He hecho un montón de cosas desde Bruja y escribo igual de a menudo, actúo y he hecho colaboraciones. Ahora lo que ha sucedido es que he visto que tenía bastante material, que justo estábamos en Los Angeles y estaba rodeada de las personas que propiciaban que grabásemos.

    -¿Has dado con el sonido?
    -Es que… ¡totalmente! Porque la estábamos probando con un rollo más cañero, con una onda electrónica y, de repente, probamos con un beat de un tipo de Miami, que es barbero en realidad y…. ¡arggh! [da un grito de emoción]. No sé cómo explicarte ese momento en el que tienes una letra y una canción en la cabeza y dices, ‘esto era’. Ese era el sonido que buscaba… después que encontré la base pedí unos arreglos a un amigo Amir Jonh para que introdujera la guitarra flamenca y ahí está.

    -Precisamente, estando en Los Angeles participaste de las macromanifestaciones del #MeToo y el mensaje que acompaña a ‘Gitanas’ es #quiénmeprotege. ¿La canción tiene que ver con tu perspectiva de género?
    -Por supuesto tiene que ver conmigo. Es como lo siento. Y ahora por fin estamos saliendo a la calle. Cuando empecé a escribirla no estábamos saliendo a la calle y me daba miedo no saber explicar bien la idea que tenía en la cabeza. Ahora ya no tengo que explicarlo. Estamos al fin conectadas y esto solo acaba de empezar.

    -Intuyo que por tus relaciones familiares y personales no es cualquier cosa titular a un tema ‘Gitanas’ y hablar de estas mujeres.
    -La gitana es pasional es guerrera es valiente, ya estoy cansada de tanto estereotipo y tanto cliché. Es… [hace un silencio para encontrar las palabras] las primeras feministas que yo vi a mi alrededor fueron las gitanas… las ves trabajar fuera de casa, criar a sus hijos… crianza natural, de la que ahora se habla tanto… son un ejemplo y ya es hora de darles el lugar y el respeto que se merecen. Este país le debe mucho al pueblo gitano. Andalucía lo sabe.

    -Una historia que has vivido de cerca.
    -Mi madre no es gitana, pero yo tengo un profundo amor por la cultura, la aprecio y la valoro, la siento porque viene de un lugar puro… seré bastarda, pero aprecio lo verdadero y siento un respeto muy grande. Hoy en día la gente se conforma con cosas huecas y es una pena.

    -¿La industria discográfica es especialmente machista? ¿Cómo ha sido tu (larga) experiencia?
    -Yo he creado mi propio universo. Mi entorno. No he sentido un mayor enfrentamiento que el que tiene cualquier mujer en otro sector. Se acusa a la industria musical de ser especialmente machista, pero no creo que lo sea más o por encima de otras. A veces veo tanto o más machismo en muchas mujeres, porque nos han condicionado y, sin pensarlo, nos encontramos diciendo su discurso. Nos ha faltado educación. Nos ha faltado despertar antes, reconocer las cosas que son injustas y que van más allá de la etiqueta. Algo tan sencillo como ser respetuoso y ver en las personas el respeto que se merecen y las oportunidades que se merecen. Las mismas, los mismos derechos, pero la educación no nos deja. Partiendo de la base de que la educación ya nos inculca que seamos egoístas…

    -Más allá de ‘Gitanas’, ¿hasta qué punto te has visto apelada por el movimiento #MeToo?
    -En cada una de las manifestaciones en las que he participado he podido sentir, como cualquier otra chica, que no estaba sola. Eso nos ha faltado mucho. Esa fuerza de mirarte alrededor de las injusticias más cotidianas y decir, joder, que no estoy sola. Para mí ese es el mensaje de ‘Gitanas’: no estás sola. No estamos solas. Y es algo que hemos sentido la mayoría desde pequeñas. Porque no nos vemos en las películas, no nos vemos en los libros, en las series, en la música… por qué no estábamos diciendo nuestras cosas. Cuando escuchaba flamenco, siempre pensaba: ‘¿dónde están las letras de las mujeres?’. Donde están todas esas cosas que soy, que nos rodean, ¡que son reales!

    -Has dicho muchas veces que la censura que más te preocupa es la autocensura. De hecho, has cantado sobre ello. ¿Qué opinas sobre la decisión de encarcelar a Valtonyc?
    -Es absurdo… Pero mira, mi opinión es que te la estás jugando. ¿Qué te creías, que esto era jauja? Esto no es jauja. Esto es lo que es. Sabemos donde estamos desde hace rato. Esto es solo una prueba de la realidad y el tiempo en el que vivimos. Pero te digo, que desde hace tiempo, ¿eh? Que la persecución a Fermín [Muguruza] o la condena contra el cantante de Def Con Dos [César Augusto Montaña] no es nueva.

    -O sea, que no te sorprende.
    -Pues no. Sorprenderme, no. Sabes lo que estás haciendo. Hemos visto los palos que nos han dado en el 15-m. Hemos visto los palos en Cataluña [Rodríguez tiene su base operativa en Barcelona]. No me sorprende.

    -Lo das por establecido, pero precisamente te preguntaba por la autocensura que puede generar. ¿Te preocupa?
    -[El videoclip ‘La niña’ fue censurado en 2003 por la mayoría de televisiones en España]. Ya hemos dicho que a mí la autocensura es lo que más me preocupa, pero hay que saber dónde estás y jugar con el lenguaje. Si digo que /Todo tiene un final, como la monarquía/, lo que hago es dar mi punto de vista explícito aportando una idea más abierta. Que va de eso. Por pensar en ejemplos de fuera, ¿cuántas canciones se han escrito en Cuba contando aquello que no se podía contar? Eso hasta amplifica el mensaje. Y que no parezca que estoy ni de coña a favor de un sistema represivo, pero trato de ver el lado positivo en todo. Gracias a este tipo de presiones lo que sinceramente espero es que la gente no se autocensure, sino que se estimule a escribir más y ese mensaje cale más. La condena no me sorprende. Es propia del lugar donde vivimos. De momento.

    -Lo que ya no sorprende es que tu nombre sea una constante en festivales de América Latina o Estados Unidos (días después del Music Port Fest actuará en el LAMC de Brooklyn, Nueva York). Y son muchos artistas españoles los que intentan mantener esa relación de ida y vuelta. ¿Por qué a la Mala le ha funcionado tan bien?
    -No lo sé, no lo sé… Esa es la verdad. Es cierto que tengo una relación de amor constante con muchos países de América. Colombia, México, Chile, Argentina… llevo visitándolos desde hace mucho rato. ¿Por qué? No lo sé. Sé que cuando estoy allí, con la gente, me ha influido mucho haber escuchado tanta música suya de todo tipo, tradicional o de cantautores que me ponía mi tío… También es cierto que tengo una inquietud constante, que quiero tener conocimientos de su cultura y que lo siento como parte mía. En ningún momento, desde hace mucho, me siento en cualquiera de estos sitios ajena. Lo disfruto y lo saboreo siempre, cada vez, y me he sentido constantemente invitada a compartir esos mercados. Ellos son muy respetuosos con lo que hago y yo con ellos. 

    -Incluso, esos lugares han ejercido de influencia. ¿Con cuáles has tenido más relación últimamente?
    -Estoy malacostumbrada en el buen sentido y hemos vivido cosas increíbles a un lado y a otro. Además, en los últimos años he podido ver cómo ha ido cambiando la escena y la sociedad en México o Chile Están viviendo cosas hermosas y disfruto de ver cómo todo está tan vivo. Hay artistas tremendos haciendo cosas flipantes, verdaderamente originales. América latina se ha convertido en un estímulo musical para mí también.

  • El Consell Valencià de Cultura ante su futuro: pérdida de influencia y peso institucional

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Es muy probable que, recientemente, hayan leído más noticias sobre el Consell Valencià de Cultura (CVC) en la sección de política que en las cabeceras culturales. El tira y afloja entre los grupos parlamentarios para la renovación del órgano y el amarre entre sus filas de Consuelo Ciscar y Vicente Farnós –la primera, investigada por presuntas irregularidades en su gestión del IVAM; el segundo, en el marco del caso Gürtel- han sido clave en el presente del considerado principal organismo consultivo en materia cultural de la Comunitat. Con la renovación de la composición del CVC prevista para su trámite el próximo 4 y 5 de julio, el CVC celebró ayer un pleno ordinario que sabía a despedida. No solo de una gran parte de los miembros, sino también de la etapa más oscura del mismo (a diferencia de lo que piensan sus integrantes). A pesar de que en no pocas ocasiones se ha hablado de una situación insostenible, con la ley en la mano se ha mantenido hasta el obligado –aunque tardío- cambio de caras. Casi siete años sin renovación; algo inédito desde su origen.

    Salen Ciscar y Farnós, aunque tampoco repetirán Glòria Marcos, Sole Giménez o Enrique García, entre otros. Lo cierto es que la renovación mayoritaria (14 de 21) en la composición del organismo no es ninguna sorpresa, debido al cambio –no tan nuevo- en Les Corts con respecto a la última vez que se acometieron modificaciones en la misma y la conocida como Ley de Paridad. Estos dos factores han sido clave, generando una especie de ‘efecto cremallera’ que ha dejado atrás a algunos de los nombres vinculados al Consell. Si bien desde la conselleria de Cultura son cautos por lo que respecta a la nueva composición -«desde la Generalitat no se valora los miembros que integran el CVC, sino que se respeta la decisión de Les Corts»- lo cierto es que se intuye el inicio de una nueva etapa por lo que respecta no solo a la interlocución con el gobierno sino, también, con el resto de instituciones con las que trabaja desde hace años. 

    Una formación condenada a la polémica

    En la prolija memoria que cada año acompaña al ejercicio del Consell Valencia de Cultura se mide su presencia en los medios de comunicación. Siete puntos entre los cuales no se incluye la ingente cantidad de ocasiones en los que sus siglas han figurado en titulares y cuerpos de texto, en noticias radiofónicas o espacios televisivos por la presencia de dos de sus miembros: Consuelo Císcar Vicent Farnós. Y no precisamente para bien, sino para recordar que los dos investigados por la Justicia –casos de corrupción en proceso IVAM y Gürtel– continuaban siendo asesores de la Generalitat oficialmente…

    Lo son todavía, hasta que Les Corts apruebe el nombramiento de los nuevos miembros y este quede reflejado tanto en el Boletín Oficial de Les Corts como el Diari Oficial de la Generalitat Valenciana. Entonces, su relación con el CVC habrá cesado. Más allá de que en distintos momentos los representantes políticos les pidieran que abandonaran el órgano (incluidos los del Partido Popular, grupo que les propuso para el órgano), lo cierto es que su presencia ha acaparado impacto mediático… y seguramente, desgaste por este motivo. 

    La exdirectora del IVAM y el exdirector de Castelló Cultural respondieron con la negativa a su salida del órgano. Lo hicieron ante sus compañeros más críticos (como Glòria Marcos, también saliente) e incluso a su presidente, Santiago Grisolía, que les pidió en distintas ocasiones que no afectarán con su presencia al órgano. No sucedió. Y no solo eso: nada ha cambiado en los estatutos del órgano para que esta situación no se vuelva a repetir ya que, una vez elegidos, los miembros solo deben abandonar el cargo en caso de ser condenados. Un supuesto que, en ninguno de los dos casos, ha acontecido. 

    Por ese motivo la gran renovación de caras supone una especie de regeneración casi completa del CVC. Antes del actual periodo, cada tres años había un primer ‘saneamiento’ de caras. Sin embargo, en este último periodo, al pairo del ciclo electoral, la formación saliente lleva casi siete años trabajando de manera conjunta. A partir de la reformulación de su alineación titular, 14 miembros serán de nuevo cuño y siete repetirán en su asiento. Entre ellos, tanto el presidente Grisolía como el secretario, Jesús Huguet.

    Informes: una evidencia en el cambio de paradigma (e influencia) del CVC

    Huguet es la cara más visible de la relación administrativa de un CVC que, según sus consideraciones a Valencia Plaza, “ha sido, desde el punto de vista doctrinal, el periodo más rico de trabajo”. El secretario del CVC pone en valor su participación en las etapas previas de la Ley de Mecenazgo, en su crítica al cierre de Radiotelevisió Valenciana, en señalar la crisis del cambio de paradigma cultural y científico y en lo referente a su apertura a nuevas sensibilidades.

    Tres son esas sensibilidades que destacan como nuevas temáticas para el CVC. Los incendios –fuentes del CVC aseguran a este diario que es algo que “obsesiona” a Grisolía y que es su principal motivador–, la violencia escolar y de género y la gastronomía. ¿Pero han influido estos informes? ¿Quién los ha solicitado y hasta dónde ha llegado su influencia? 

    El análisis es complejo y dispar, pero lo cierto a partir de las cifras consolidadas es que desde que se iniciara la actual década el CVC ha dejado de recibir encargos de informes tal y como sucedía en años anteriores. Cabe recordar que hasta finales de los 90 el CVC apenas hacía informes para instituciones que no fueran la propia Conselleria de Cultura o Presidència de la Generalitat. Fue el propio Grisolía el que abrió el órgano a demanda del resto de consellerias, pero también diputaciones y ayuntamientos. Se vivió un boom y ahora hay cierta contracción.

    En el año 2016 el 80% de los informes del CVC se realizaron a petición propia. En el último ejercicio con datos cerrados, el de 2017 y cuya memoria fue presentada hace apenas unas semanas, la tasa ha mejorado hasta el 57% de externos. Aun así, las voces más críticas con el CVC aseguran que es un dato que evidencia la falta de peso e influencia del órgano. Es decir, que buena parte de sus trabajos surgen de la inquietud propia y no como herramienta para instituciones. Huguet justifica esa caída en que “muchas de las instituciones que durante años han necesitado que analizásemos si su patrimonio tenía que ser BIC o cuestiones que estaban por resolver ya han tenido ese informe correspondiente”.

    De alguna manera, es un cambio de paradigma y de tiempos. Pero el secretario pone en valor que, por ejemplo con el caso de los incendios, “incluso la ONU ha recogido una figura parecida a la del terrorismo contra la naturaleza por esta causa que nosotros ya teníamos en nuestros informes”. Aun así, los informes sobre conjuntos históricos y bienes inmuebles singulares o sobre política cultural ocupan la mitad del total de trabajos impulsados por el CVC. 

    “A la Conselleria de Cultura le vendría bien tener más respeto por el CVC”

    El vicepresidente del CVC, Ricardo Bellveser, tampoco formará parte de la nueva composición del órgano estatutario valenciano. No por falta de voluntad, sino por el ya mencionado efecto cremallera. Igualmente, tras más de 25 años en el órgano, se siente “satisfecho” y entiende perfectamente que es positivo “un cambio”. No obstante, no puede ser más crítico con la Conselleria de Educación, Investigación, Cultura y Deporte cuando se le pregunta por la pérdida de representatividad del CVC en distintos órganos. Han perdido la silla en los consejos rectores del Consejo Asesor de Bibliotecas, del Institut Valencià de la Música o el de la Cinematografia (ahora integrados en el IVC): “es del todo incomprensible”.

    Bellveser asegura que esta pérdida de influencia y decisión directa en estos espacios no habla bien “de los distintos consellers de Cultura que ha habido. Les vendría bien tener más respeto por el CVC”. No lo toma como algo personal, sino que enfoca que “el CVC existe y tiene sentido siempre y cuando se le dé uso y a su favor tiene un arma: la altísima autoridad moral”. Ni siquiera ha formado parte de las propuestas en el nuevo patronato del Palau de Les Arts o de su órgano asesor y este tipo de ausencias en instituciones culturales son “espacios que, obviamente, costará recuperar”. El propio Bellveser formó parte del Consejo Rector del IVAM durante años y es consciente de lo que genera esa presencia y representación.

    Igualmente, como Huguet, saca pecho y pone en valor los informes del CVC. En su caso, como responsable del área de Legado que trabaja los informes para declarar los Bienes de Interés Cultural (presenta cinco nuevos en cuestión de días) “casi todos los informes son por petición externa. En otras áreas, como ciencia, es mucho más difícil y hay que entender que la naturaleza es que se propongan desde dentro”. 

    Gana participación en «espacios clave»

    Aunque la comparativa entre informes deja fuera espacios de representación, desde la conselleria de Cultura se especifica que en los últimos años el CVC ha ganado participación en los «espacios clave de determinación y trabajo conjunto de acciones encaminadas a potenciar la cultura de nuestro territorio». Así, desde la administración destacan que como novedad -todavía no incluida en la memoria del órgano- el CVC cuenta con representación en el Patronato de Les Arts a través de Ramón Roselló, además de en distintas comisiones de la mesa de la cultura. También forman parte de la comisión de valoración para la selección de capital cultural o del Consorci de Museus, este último se mantiene en distintos años.

    Uno de los puntos de tensión entre el CVC y la Generalitat durante la presente legislatura por lo que respecta a espacios de representatividad fue el desarrollo de la Ley del IVAM. Y no solo porque Ciscar participara en tanto que miembro del órgano consultivo de la confección de la misma. El anteproyecto de la misma hacía una mención al Consell, eso sí, para solicitar su informe sobre la norma, tal y como se hizo con el Consell Jurídic Consultiu. El ‘olvido’ no pasó desapercibido por parte del órgano, que calificó de “injustificada” su exclusión en la estructura del museo. Esta situación se enmendó con la Ley del IVAM definitiva, que cambió por lo que respecta a la composición, incluyendo en el consejo rector tres vocales designados por la Presidencia del IVAM y un miembro en el consejo asesor a propuesta del CVC.

    También el plan estratégico Fes Cultura, la hoja de ruta del conseller Vicent Marzà, fue uno de los puntos rojos en la relación entre unos y otros. Desde el CVC expresaron su «preocupación» por que no se hubiera contado con ellos para la confección, aunque sí lo hicieron con dos de sus componentes (Ricardo Bellveser y Ana Noguera) pero a título personal. A este respecto, desde Cultura inciden en que el propio documento del plan menciona en el tercer párrafo al órgano: «El Plan Estratégico Cultural Valenciano Fes Cultura no solo mira el ámbito internacional, también está basado en la larga trayectoria de investigación que se ha realizado desde las universidades valencianas en las últimas décadas, en diferentes campos disciplinarios y relacionados con lapolítica cultural, así como las propuestas del Consell Valencià de Cultura», reza el texto.

    Así, desde la conselleria se explicita que desde el gobierno autonómico «siempre se ha considerado e implicado al CVC en todo lo relacionado con esta área [Cultura] como órgano consultivo e independiente que es». Según la memoria de actividad de 2017, otras de las instituciones en las que el CVC ha estado representado es la comisión consultiva de evaluación y seguimiento de la protección y conservación del patrimonio arbóreo; la comisión técnica para la valoración de retirada de vestigios relativos a la Guerra Civil y la dictadura; el consejo asesor de la fundación para la Investigación del Hospital Clínico de València (INCLIVA); o en la Fundació Comunitat Valenciana-Regió Europea. 

    La necesidad de renovar su reglamento

    Bellveser pone en valor la independencia política del órgano con respecto a los partidos y el legado de las últimas décadas: “se pueden poner muchos ejemplos, pero la Acadèmia Valenciana de la Llengua nace a partir de un informe nuestro; el legado audiovisual y la protección que inmediatamente exigimos con el cierre de RTVV, como nos han agradecido los documentales que ahora forman parte de À Punt, fue cosa nuestra; desaprovechar y desoír a los nombres que pasan por este grupo asesor no tiene el menor sentido”.

    No obstante, Bellveser –que prefiere no pronunciarse sobre lo vivido en torno a los casos de los investigados por casos de corrupción que formaban parte del CVC– asegura que “en caso hipotético de que una situación similar sucediera, volveríamos a estar en la misma situación. Y lo importante es que evidencia que es un reglamento defectuoso. Por eso, creo que sí es de relevancia decirle al nuevo grupo que entra que una de sus tareas más evidente es rehacer un reglament completamente anticuado. Con un lenguaje que está pasado de moda y, sobre todo, que debe ser renovado por el bien de la institución”.

    Más allá del reglamento –propio de su fundación en 1985–, al nuevo grupo propuesto solo le pone un pero, “que la música deja de tener representación. Y teníamos cubierto todo: el jazz (Ximo Tebar), clásica (Enrique García Asensio) y pop (Sole Giménez”. Tampoco habrá periodistas, con su salida y la Francisco Pérez Puche. 

    Un CVC entre el nuevo observatorio y mesa de la Cultura

    Una vez puesto en marcha el plan estratégico Fes Cultura, el Consell Valencià de Cultura tiene que convivir en la actualidad con distintos órganos de nueva creación generados para facilitar la interlocución con la Conselleria de Educació, Investigació, Cultura i Esports con los sectores culturales. Si bien, especifican desde la conselleria, el objetivo es que estos distintos espacios de diálogo “convivan” y no se sustituyan los unos a los otros. “Cada una tiene una razón de ser que suma, no excluye”. En cualquier caso, la creación de espacios como el Observatorio de la Cultura o la Mesa de la Cultura Valenciana (Mecuv) diversifica de una manera evidente los espacios de conexión con la realidad cultural autonómica. Por un lado, el Observatorio nace como un “sistema de generación, recopilación y distribución de información relativa a los sectores culturales y creativos valencianos”, una marca paraguas con la que se pretende aunar todos aquellos estudios relacionados con hábitos culturales, balances del plan ‘Fes Cultura’, estudios sobre progresión cultural en diferentes sectores y campos desde la óptica de los resultados autonómicos.

    Se preveía que la presentación y creación de este observatorio se dieran durante el primer semestre de este año, en el marco de la Mecuv, tal y como se anunció en el último Seminari de Govern, estando todavía pendiente. En el caso de la mesa de la cultura, creada hace algo más de un año, desde conselleria la definen como el “espacio de participación y diálogo del Consell con los sectores culturales y creativos valencianos, a partir del que se determinarán los procedimientos para hacer aportaciones a las normativas y nuevas bases que elaborará la administración de la Generalitat”. Dividido en diferentes comisiones temáticas (como se hace con el propio CVC), lo cierto es que sí cuenta con la representación de distintos miembros del Consell en las seis mesas de participación, entre otros agentes culturales. Fue en mayo de 2017 cuando se reunió por primera y única vez en su totalidad la mesa de la cultura, momento en el que se organizaron las distintas comisiones. De los seis participantes en la misma procedentes del CVC, solo dos continuarán en el mismo, Ana Noguera (participante de la comisión de libros, Archivos y Bibliotecas) y Ramón Roselló (miembros de la comisión de artes escénicas), con lo que habrá que renovar cuatro caras.

  • ‘Restos de viento’: la infancia como perspectiva ante la muerte

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Es un lugar común valorar la distancia que aporta el género fantástico para hablar de los problemas que nos rodean. La perspectiva sobre lo inmediato que, por situarnos en el futuro, en otro planeta o en la Fosa de las Marianas nos ayuda a comprender mejor aquello que nos afecta diariamente; en lo inmediato. Tomar distancia es parte del juego de la ficción y parte de su camino terapéutico que, más allá del arte, a veces también tiene su razón. Esa magia por la cual somos adictos a las historias y que nos permite deshelar los polos y enfrentarnos a lo que nos cuesta encarar de frente.

    Restos del viento, el segundo largometraje de la mexicana Jimena Montemayor, le da la vuelta a ese calcetín. La directora y guionista nos muestra el drama de la muerte a partir de una distancia temporal para buena parte de los espectadores: la infancia. Una perspectiva poco transitada en el cine para hablar de la soledad, el alcoholismo, la resiliencia, la convivencia… Además de hacer una incursión maravillosa en la depresión de la madre, dos niños, chica y chico, de distintas edades, van a contemplar esta caída y van a tener reacciones diametralmente distintas.

    Los tres personajes viven su particular relación ante la ausencia. El espectador entra y sale de cada una de ellas, contemplando las múltiples realidades ante lo que no se logra comprender. El drama es capaz de capturar las muchas intensidades en las emociones y domina su propio tempo. Una película sensible y contenida, pero una decidida vocación tanto en la dirección de arte como en la fotografía. La más experimentada María Secco acompaña con su foco empático a lo más relevante de Restos de viento: la dirección. 

    El trabajo de Montemayor abraza todos los aspectos de un film que combina fragilidad e intención a partes iguales. Más allá de la paciencia con algunas secuencias de la película, ésta contiene la inteligencia de una cineasta convencida de los personajes que ha escrito y tiene entre manos. Una cinta dominada en cada una de sus etapas y que a buen seguro competirá por estar entre lo mejor de la Sección Oficial de la 33ª edición del Festival Internacional de Cine Cinema Jove de València.