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  • «Que se jodan»: un libro revela cómo Valencia se convirtió en el cliente paradigmático de Calatrava

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    «La relación de Calatrava con su gran obra valenciana [en referencia a la Ciudad de las Artes y las Ciencias] está viciada desde su contratación en la época socialista. Ahí está el germen de su fracaso. Se firmaron contratos con Calatrava que son draconianos, totalmente descompensados tanto en lo económico como por el hecho de que desactivan los mecanismos de supervisión pública. […] el cliente debe poder ejercer un control técnico, y estar facultado para, en caso de desacuerdo, rescindir el contrato. Con Calatrava, todo eso es muy complicado. Hay penalizaciones. De manera que los gestores del proyecto tuvieron las manos atadas. Primero los socialistas. Y luego, con el programa ya modificado, los populares».

    Este primer párrafo es solo un extracto del centenar de voces, muchas de ellas testigos participantes y otros ex trabajadores del estudio de Santiago Calatrava (Benimàmet, 1951), que hilvanan el reciente Queríamos un Calatrava. Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio (Anagrama, 2016). El que fuera responsable durante dos décadas de la sección de cultura en La VanguardiaLlàtzer Moix, ha revisado decenas de casos, visitado quince ciudades y plagado de relatos al origen del caso Calatrava que exploró en su anterior título, Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim (Anagrama, 2010).

    Y es interesante como tras 300 páginas de reportaje periodístico, la gran pregunta –¿por qué?– en torno al fiasco del aquitecto valenciano en su ciudad y en el mundo conecta las conclusiones de Moix con las de Juan Reig, arquitecto implicado en el desarrollo de Cacsa desde 1994 hasta 2009 y responsable del entrecomillado inicial: «en Valencia reproduce una serie de comportamientos como profesional que acaban siendo lesivos para el cliente y que acaban por reproducirse. Ese cliente público no se dota técnicamente para tener capacidad de controlar la obra en términos económicos. En el caso de los arquitectos, surge el paradigma de que Caltrava hable con el president de la Generalitat y decidan, sin atender a cualquier caso a los técnicos [arquitectos] que había en Cacsa, que advirtieron de que éste no podía controlar todas las partes del pastel», resume Moix en declaraciones a Valencia Plaza.

    «Los valencianos no podían alegar desconocimiento»

    Para los interesados en la carrera de Calatrava, el libro es vasto en la descripción de rasgos personales y profesionales. Hay curiosidades tan ricas como la casual llegada de Calatrava a París en pleno mayo del 68. El escenario que el arquitecto de Benimàmet se encontró en la capital francesa frustró su inquietud por las Bellas Artes, para acabar retomando el automanifiesto ‘Por qué quiero ser arquitecto’. Desde esos rasgos fundacionales, pasando por sus rutinas productivas y aspectos como empresario hasta los agresivos entrecomillados que las fuentes de Moix suscriben y que han vuelto a generar la polémica durante los últimos días. Desde el «Tenerife no me merece«, hasta el «que se jodan«.

    Esta última expresión ya ha sido desmentida por el estudio de Calatrava a El Mundo. En el libro publicado por el ahora subdirector, editorialista, columnista y crítico de arquitectura de La Vanguardia, aparece así: «Un conseller nos hizo ver que en el Museo Príncipe Felipe no había aseos suficientes. Se lo comuniqué a Santiago y lo que me dijo fue que tampoco el Partenón los tenía y que no por eso se dejaba de ser un gran edificio«, apunta un empleado del momento en el estudio, y Moix remata con la expresión entrecomillada que inicia el título de este artículo sin definir cuál o cuáles de sus fuentes la certifican. Es, según se mire, no menos agresiva que sus reacciones a la conocida construcción de butacas ciegas en el Palau de les Arts: «mientras proyectábamos la obra, le reiterábamos una y otra vez que el diseño de la sala cegaba muchas localidades». Este trabajador asegura que Calatrava justificó: «También en la Scala de Milán hay butacas sin vista, y eso no importa porque la gente va a escuchar y a aprender, antes que a ver». Un trabajador hizo una propuesta por su cuenta para solucionar el entuerto, Calatrava pidió su despido -siempre según la fuente- y, finalmente, cuando Les Arts se inauguraron con esas butacas ciegas «no quedó más remedio que eliminarlas».

    El sinfín de anécdotas, por así llamarlas, no tapa uno de los aspectos más interesantes en la actualidad para el análisis del caso valenciano con Calatrava; el punto de partida de las relaciones entre el arquitecto y Valencia. El libro es capaz de revelar con claridad como la ciudad -y la Generalitat- tuvo esa sed insaciable por sus proyectos (Alberto Ruíz Gallardón definió la ausencia de su obra en Madrid como «una herida que nos dolía») después de que triunfara en el extranjero y en Barcelona. Residente en Zúrich desde los años 70 y hasta la actualidad, el de Benimàmet tuvo que triunfar en Stadelhofen -acaso su obra pública de mayor equilibrio y relevancia- y en Barcelona. Cuando Europa empezó a desearle, los dirigentes socialistas de la Generalitat Valenciana y el Ayuntamiento de Valencia entendieron que debían ‘apropiarse’ de esta posibilidad, ofrecerle un escenario propicio. Así surgió hace 30 años el terriblemente problemático proyecto del puente del Nou d’Octubre. La experiencia no sirvió para que las Administraciones cesaran las relaciones: «volvieron a pasar por los mismos problemas y cometer los mismos errores en Valencia cinco, seis o siete veces», apunta Moix a este diario. 

    El caso Nou d’Ocutbre

    Las fuentes del libro son tan interesantes que van desde el expresident Joan Lerma («con un discurso muy cauteloso, propio de un político que lleva decenios tratando de no pillarse los dedos cuando responde a un periodista») o el múltiple exconseller y presidiario Rafael Blasco («admito que ha habido cierta autocomplacencia, pero no sólo en los genios, también en los representantes institucionales, convencidos de que al gran proyecto arquitectónico daba rentabilidad política». Hay quien se envuelve en esa capa o, por decirlo coloquialmente, busca un proyecto que le salve la legislatura»), hasta los exempleados, ingenieros y arquitectos valencianos que trabajaron intensamente en el estudio y dan voz al relato de Moix, como el ya citado Reig, Fernando Olba o Cristina Martínez. Son solo unos pocos ejemplos.

    Todos ellos orbitan en torno a las obras de un Calatrava al que el libro de Moix -huelga decir que mantiene un tono crítico sobre todas las voces, pero no es un baqueteo al nombre de Calatrava desde un enfoque personalista- muestra complacido de volver a Valencia tras sus primeros pinitos internacionales. En plena construcción del polémico Bac de Roda en Barcelona, el Ayuntamiento de Ricard Pérez Casado fomentó la construcción de un puente a la altura de Mislata y sobre el ‘nuevo-viejo’ cauce del Turia, a costa de la llegada de la compañía Continente. La empresa posteriormente absorbida por Carrefour aceptó que «el joven arquitecto» se encargara del puente siempre y cuando no costara más de 200 millones de pesetas. Lo que sucedió a partir de entonces es parte de ese caso paradigmático, que confirma Moix a Valencia Plaza, tiene ecos y reflejos en la posterior carrera de Calatrava.

    Al concurso público de construcción se presentó media docena de empresas. Ganó la de la oferta más barata: 428 millones de pesetas. Era Cleop. Uno de sus directivos es el interlocutor con Moix y explica que la suya era la más asequible. Continente dijo «200», pero el proyecto no podía bajar de esa cifra. De entrada, se aceptó el presupuesto más bajo por la razón, sencillamente, de serlo. Antes de iniciar ningún movimiento, se le exigió a la constructora, ‘ya contratada’, que redujera costes. Cleop propuso sustituir el hormingón blanco -quizá les suene- por el gris o sustituir las luminarias diseñadas ex profeso por Calatrava por iluminación pública convencional, entre otros cambios. Tal fue ‘el tajo’ al planteamiento inicial de Calatrava que «bajamos hasta 250 millones de pesetas«, «Calatrava dio el visto bueno, se firmaron nuevos contratos» y la obra empezó a edificarse en julio de 1987.

    La obra duró hasta que llegó el primer camión de hormigón, cuenta este directivo de Cleop: el hormigón era gris y no blanco, así que «los ingenieros de Calatrava se plantaron«. Tenían «órdenes de no aceptar otro. Eso generó discusiones y un primer parón de la obra». Recordamos que se habían reescrito los contratos y que se habían modificado para hacer una rebaja del proyecto hasta los 250 millones de pesetas. ¿La clave para el desbloqueo? Continente ya había iniciado la construcción del hipermercado y la licencia de actividad iba a depender de ese puente. ¿La solución? Hija de su tiempo y de sus gestores públicos -y promotores de estos puestos públicos desde la influencia empresarial y privada-, «que una vez terminados los trabajos se decidiría cómo suplementar los sobrecostes«. A esto le llamaremos modus operandi valenciano.

    En las vísperas de Navidad se abrió al tráfico una de las dos pasarelas gemelas que conforman el puente. En ese momento, según acta notarial, el coste de la obra era de 256 millones de pesetas. El coste que ya se decidiría que hacer con el bajo el modus operandi valenciano, rondaría los 370 millones de euros según ese documento al que hace referencia el libro. Continente se plantó en 250 millones de gasto, no firmarían ninguna responsabilidad de pago posterior. Cleop cerró con vallas el puente que permaneció, siempre bajo el modus operandi valenciano, «ocho o nueve meses» cerrado, tras pasar unas felices Navidades al 50% de su futuro rendimiento. Tanto se enquistó el asunto que el presidente de la empresa de distribución de alimentos, Alfonso Merry del Val, aceptó subir su horquilla de pago hasta los 300 millones de pesetas. El Ayuntamiento, que no retiró las vallas que perimetraban el espacio público en esos meses, aportó «unas decenas de millones» y Cleop decidió cobrar menos de lo previsto». 

    ¿Cómo vivió el estudio de Calatrava todo el vodevil? Cuenta Moix que el arquitecto «había regresado con mucha ilusión a Valencia, e incluso dijo en un momento de entusiasmo reliminar que iba a regalar el proyecto del puente». Finalmente, «acabó afirmando que no volvería a trabajar allí». Se van a cumplir 30 años de esa sentencia no cumplida. Detalla el título que «cedió poco». En concreto, que «los encofrados con veraduras de sección variable» estuvieran, aunque estos se sitúan bajo el puente: «ahí solo iban a verlos quienes pasearan en una barca por la lamina de agua prevista bajo el puente, que en última instancia no se dispuso». Y bien, tampoco renunció a los monumentos escultóricos de las cuatro esquinas diseñados por el mismo. Tampoco de los hierros de las luminarias («un cruce de tortuga y araña») que las protegían del suelo y, en definitiva, como concluiría el inicio de cualquier acto en una obra de Shakespeare pero aquí firmado por el directivo de Cleop, «todos perdimos bastante dinero en aquella obra inaugural, donde Calatrava se salió con la suya de principio a fin«. 

    Del paradigma valenciano al paradigma español

    Es relevante decir que Calatrava, como se dice en la introducción del libro, declinó participar del mismo. Es, como dice Moix, un relato no autorizado, pero que en su caldiad de no oficioso explora una infinidad de testimonios que prefieren ocultar su identidad. Muchos de ellos tienen vínculos empresariales quizá todavía activos, laborales también, por lo que el autor no descarta que en algún caso -o en muchos- haya contratos de confidencialidad de por medio que, sin duda, el reportaje periodístico sortea. No es el caso del Nou d’Octubre donde todas las voces hablan abiertamente del fiasco. Es un precedente con Calatrava deseando de no volver a trabajar en Valencia, pero vino a suceder todo lo contrario. Surgieron los «padrinos institucionales», desde Lerma a Francisco Camps pasando por Eduardo Zaplana, quizá el que -según el relato- generó una relación más tensa de los tres. Mucho peor fue el caso de Alberto Fabra, que llegó a desaprovarle teniendo que soportar el caso del trencadis caído en el Palau de les Arts, un problema de construcción sabido por todos los que participaron en el proyecto y que acabó con Calatrava hablando de la honestidad de sus honorarios.

     Con Blasco y Lerma coincidiendo -de nuevo, ya que fueron compañeros políticos y regentes coordinados- en que «Calatrava era el as de la modernidad en la manga de los políticos valencianos«, Valencia no fue una ciudad más para Calatrava. Aquí tuvo su mayor estudio con más de 60 trabajadores propios, pero influyó decisivamente la época en que todo sucedió: «el caso valenciano supone la etapa reina del procedimiento de Calatrava a la hora de conseguir anular a su cliente desde la negociación. Lo echa de esa mesa y lleva la voz cantante», apunta Moix (en la imagen lateral). «Tiene un gran poder de seducción, desde sus orígenes y así lo despliega desde antes incluso de empezar a dedicarse profesionalmente a la arquitectura. Logra tener la capacidad de rescindir contratos y la habilidad para crear un marco de relación donde las posibilidades de hacer y deshacer por su parte son enormes; las del cliente, son, en el mejor caso, claramente inferiores». 

    Es el paradigma al que hace referencia Moix a las preguntas de Valencia Plaza y en el libro. Auspiciado, se entiende, por el capricho político que alinea a Lerma y Blasco. Moix trata de definirlo todavía más: «es como quien quiere tener una joya; no mira el precio. El único problema es si esto se hace con el dinero de uno o con el dinero público. Ahí radica el gran problema del paso de Calatrava por España». De hecho el periodista amplía hasta «el caso español» el paradigma de Calatrava. «España es el escenario que potencia a Calatrava por su momento histórico y económico. Podemos decir que invirtió el signo de su carrera, que lo aceleró y lo disparó«. Tal y como refleja el libro de Anagrama a base de cifras, si los encargos venían multiplicándose, se dispararon.

    El escenario potencionador, con Valencia como paradigma, también tuvo su respuesta política: Moix relata la labor de los entonces diputados de Esquerra Unida del País Valencià Marina Albiol Ignacio Blanco, que acabaron por protagonizar thrillers -pero sin un minuto de ficción- para recuperar la información económica que se derivaba de la actividad de Calatrava con la Generalitat. De lo sucedido y recogido por las webs finalmente por las webs calatravatelaclava.com y calatravanonoscalla.com, también da cuenta el libro con la versión de sus protagonistas -exceptuando, como ya ha sido explicado, la del propio arquitecto de Benimàmet-.

    Las consecuencias, el prensente y la perspectiva histórica

    La consecuencia inmediata se comprobó, según el relato de Moix, en las últimas obras de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia: las constructoras valencianas empezaron a no comparecer. Se empezaron a buscar incluso constructoras extranjeras. El mensaje del nefasto negocio de construir con Calatrava se extendía, se deja entender, y esto «acabó por desplazar su centro de negocio fuera de Europa; a Oriente Medio«, apunta Moix. Allí, por cierto, construye en Dubai en este momento el rascacielos más alto del mundo. «Mi percepción es que le hubiera gustado estar más tiempo en Europa porque no es un escaparate desdeñable dada su capacidad de seducir al mundo». Pero en el Viejo Continente ya no cabe más «manga ancha», un espacio donde «en el pasado los clientes actuaron con una alegría notable y donde eran clientes públicos, de aquellos que no pensaban en tener un retorno si les daba otro tipo de beneficio».

    Esta última frase de Moix en declaraciones a este diario, encuentra mejor acomodo a partir de una anécdota que también detalla: «en España o en Europa, son distintos los casos de cliente privado. Por ejemplo, un promotor para una obra en Barcelona, de la que Calatrava cobró 15 millones de euros en honorarios -los hay de las edificaciones valencianas en el libro, con lujo de detalles- le propuso una cláusula que decía que podía cobrar lo acordado en contratos pero nunca sin superar los 1.000 euros por m2 cosntruido. Calatrava le contrató que no podía firmar cláusulas que pudieran limitar su libertad creativa. El constructor le dijo que necesitaba poner cláusulas que garantizaran su viabilidad económica. El proyecto se acabó ahí, mientras que en el cliente público español o valenciano ese elemento de rentabilidad no es contable; puede tener razones de tipo simbólico, intangibles». 

    De esos intangibles, por cierto, habla y define su opinión Rafael Blasco en el libro, tras una entrevista interesante en contenido y sucedida un día antes de que el Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana le condenara a ocho años de prisión por el ‘caso Cooperación’. Es uno de sus mayores defensores, pero es también ejemplo de cómo Calatrava fue encontrando verdaderos apoyos -y de todo tipo- entre sus clientes. «Envuelve con todo un brazo artístico las ciudades por las que pasa. Lo hace con exposiciones«, apunta Moix. Uno de los aspectos más controvertidos y que a Moix más le llama la atención es toda su estrategia de marketing personal con las citadas exposiciones, pero también con una veintena de honoris causa («yo no sé si alguien tenía más de 20 honoris causa, pero Einstein no los tenía«) y la gran inversión en comunicación de todo tipo de premios: «muchas veces son premios de un reconocimiento limitado en el mundo de la arquitectura. Ni es un premio Pritzker ni es un premio Mies van der Rohe, aunque por supuesto es lícito que quiera contar todo eso de manera tan frecuente». Es parte de una estrategia en el presente «de compensación» con una tendencia en los medios al sometimiento, «tal y como ha pasado en Nueva York con el Intercambiador; durante años ha recibido las críticas desde el New York Post hasta The New York Times».

    Moix rechaza elucubrar sobre la perspectiva histórica de Calatrava en Valencia, en España y en el mundo. Los casos de sus edificios en Barcelona, Sevillla, Bilbao, Tenerife, Berlín, Milwaukee, Malmö, Palma de Mallorca, Atenas, Madrid, Venecia, Oviedo y Nueva York, los que aborda el título recién publicado, hacen sospechar que no será la misma que otros referentes del pasado. ¿Pero cómo pesará su presencia global? ¿Cómo trascenderá toda esta construcción de una leyenda negra a base de cada vez mayores y extensas investigaciones y detalles a partir de fuentes de lo sucedido? ¿Cómo se desarrollarán los próximos años de carrera del que todavía es -en términos de profesión arquitectónica- un hombre joven con capacidad para desarrollar cientos de proyectos desde su estudio? La perspectiva histórica es una de las grandes incógnitas en torno al fenómeno Calatrava en la arquitectura mundial.

    El lado más humano (que también es el de una máquina de trabajar)

    En la inauguración del polémico ‘oculus’ de Nueva York, en 2016 (Foto: EFE)

    El libro abunda en detalles sobre la pasión exacerbada de Calatrava por su trabajo y su omnipresencia en los proyectos. «Está presente en el proceso de ideación y génesis de las obras». «Él es el motor, tiene una capacidad asombrosa para generar dibujos, cientos al día. No usa el ordenador ni tiene carnet de conducir, pero su mano para dibujar es extraordinaria. […] Mientras conversa contigo, dibuja constantemente. […] Tras una charla con él te vas con un montón de dibujos en la carpeta, base a partir de la cual el equipo elabora los planos». Existen numerosas referencias de loa por parte de ex trabajadores a lo mucho que crecieron profesionalmente junto al arquitecto de Benimàmet, toda vez que tuvieron que dejar el ritmo al que les sometía: «Recibíamos con alguna frecuencia llamadas de Santiago a horas intempestivas. ‘He tenido una gran idea, levantaos y venid inmediatamente al estudio, así empezáis a dibujar y cuando lleguen los otros, a las ocho o las nueve, ya tendremos trabajo adelantado». Llegó a confundir los usos horarios entre los estudios de Valencia y Nueva York en una jornada laboral sin límites que explotó a muchos de sus colaboradores de referencia.

    De prescindibles e imprescindibles en su equipo (todos menos un dibujante y su mujer, Robertina Marangoni de la que también se habla en profundidad en el libro, así como de sus hermanos) está plagado de referencias Queríamos un Calatrava. También de influencias y ahí es donde Moix no elude un tabú dentro de la profesión en la ciudad de Valencia. Cuando le dedica un apartado a «El Ágora», «una obra que el se saca de la manga, que no tiene un uso definido, que genera unos sobrecostes y problemas que todavía están sin resolver (siguen arreglándose desperfectos y no tiene ni uso ni licencia de apertura)», escribe en el libro: «según la malidicencia gremial, Calatrava lo consideraba imprescindible a fin de tapar las dos cubiertas diseñadas por Félix Candela para el Ocenográifco». Y es curioso como esa sospecha velada, rumoreada desde hace una década en el sector, pero sin margen para ser contrastada en la actualidad, enfrenta al perfil de Calatrava con una de sus influencias al inicio. Candela se encuentra entre varios autores conocidos (Hans Scharoun, Alvar Aalto), aunque Moix precisa que es un libro de Le Corbusier el que decisión final de aquel buen dibujante nacido en Benimàmet, de familia de naranjeros en buena situación, aunque ligados al duro estadio agrario, a escoger la arquitectura. 

    Extraemos aquí los cinco puntos de la ya citada carta y automanifiesto ‘Por qué quiero ser arquitecto‘:

    1. Tengo una gran afición al dibujo.
    2. Siempre he sentido una gran inquietud por las cuestiones artísticas.
    3. Creo que tengo apittudes para el estudio y desempeño de esta profesión, entre ellas una gran imaginación.
    4. Poseo también una gran ilusión por esta carrera y espero que con mi trabajo y constancia podré superar aquellos déficits de que mi información y apittudes actuales tengo [sic].
    5. Creo también que es aquí donde yo podré dar el máximo rendimiento a la sociedad, pues estoy seguro de que podré desempeñar con ilusión y cariño esta profesión».

  • Martínez Luciano: «Las instituciones han de lograr que los creadores valencianos no tengan porque irse para hacer cultura»

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Estos días se inicia la XXXIII edición de Sagunt a Escena, marcada por un estirón presupuestario y la llegada de su nuevo director, el ex responsable de Teatres de la Generalitat Juan Vicente Martínez Luciano. Doctor en Filología Anglogermánica, sigue siendo profesor de Filología Inglesa en la Universidad de Valencia. Allí desarrolla durante el curso la docencia relacionada fundamentalmente con el Teatro Contemporáneo en Lengua Inglesa. 

    Miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España, este traductor de H. Pinter, S. Beckett o T. Williams, regresa con Sagunt a Escena a la gestión pública en un supuesto cargo eventual que, todo indica, durará al menos unos cuantos años. A la espera de la ratificación tras esta edición de partida, conversamos con él sobre la escena teatral valenciana en su amplitud:

    -La última edición de los Premios Max dejó una cosecha de nominaciones y premios para las artes escénicas valencianas sin precedentes.
    -Creo que es la segunda vez que he vivido una experiencia similar. En el año 2000, aproximadamente, hubo una especie de gran cosecha con Pablo Zarzoso, Alejandro Jornet, Carles Alberola, Roberto García…No solo como autores, sino también como directores y actores montando grandes espectáculos. El año 2000 fue tan interesante para el momento de las artes escénicas aquí que cuando monté mi compañía la llame Dramaturgia 2000. No solo era un cambio de siglo, sino también un cambio de actitud en la Comunitat Valenciana respecto a las artes escénicas. Había una efervescencia, creativa y de público. Recuerdo que haciendo incluso cosas como lecturas dramatizadas en la SGAE aquello se llenaba hasta los topes. En toda la región pasaban cosas muy bonitas y de gran calidad. La Mostra d’Alcoi, el festival de MIM de Sueca y Sagunt a Escena eran nombres de referencia. Había verdadera dificultad para atraer producciones y espectáculos que vinieran a los 6 espacios públicos que teníamos [habla como director de Teatres de la Generalitat] por la demanda. 

    -¿Qué pensó cuando vio a los premiados de este año?
    -No fueron solo los premios ni las muchas nominaciones, fue ver como autores como Víctor Sánchez, encuentran una continuidad. Le tengo mucho cariño porque le tuve como alumno del Master de Gestión Cultural y dirigí su trabajo de fin de Master. Él ha logrado que su trabajo haya alcanzado ese reconocimiento en Madrid y por España. En el caso de Rosángeles Valls, el día que vi el estreno de Pinoxxio en Paterna, recuerdo que le dije que iba a llevarse muchos Max… ¡quizá también porque sé lo que puede encajar en estos galardones! Lo importante de todo ello es el reconocimiento exterior. Es importante porque ayuda a que los propios creadores vuelvan a tener confianza en ellos mismos. En las artes escénicas el efecto contagio es importantísimo. Cuando alguien aquí es optimista y su trabajo es reconocido es capaz de irradiar esa energía positiva a los que estamos alrededor y nutrirnos de ella. Se nota mucho. 

    -¿Qué ingredientes se sumaron para que se generase aquella generación del 2000?
    -En la dramaturgia valenciana tenemos una etapa previa con los Sirera y los Molins, una etapa importantísima, pero que tenía unos cauces muy determinados con la lengua y la recuperación de la tradición valenciana desde el punto de vista de la escritura. Esto provoca que luego haya una reacción con un lenguaje muy fresco. Es el fenómeno del año 2000, con muy buenos dramaturgos, de nivel nacional, al menos una docena. Lo bueno, lo diferencial quizá, es que no se dedicaron solo a escribir teatro. Se dedicaron a trabajar para que sus textos subieran a escena creando compañías, pensemos en Albena, en Jornet, en Zarzoso, en Arden, en otros… No solo había buenos textos, sino ganas de dejarse la pie por convertirlos a escena. Ese impulso se unió a que, también, se empezó a reconocer la calidad de las obras desde fuera y esa cantidad de premios acabó de conformar un poco la escena.

    -Con la distancia, da la sensación de que en todo aquel escenario tuvo mucho que ver la ayuda de la Administración.
    -Sin duda. Nunca se reconocerá bastante lo que significaron las ayudas públicas en aquel escenario, a todos los niveles. De creación, de autoría, a nivel de producción, coproducción, ayudas a la gira…. El cambio lo ubico desde 2004 hasta nuestros días. Hasta ese momento, fue importante porque efectivamente desde la Administración hubo una conciencia de que había que ayudar porque se creaba cultura, empleo y porque la gente lo pedía, porque el publico lo pedia. Yo recuerdo con cariño que esos seis espacios a los que antes me refiera estaban llenos de gente. 

    -¿Pero qué fue antes, la demanda, el apoyo o la creatividad?
    -La creatividad generó la demanda. La creatividad generó que no hubiera dudas sobre que había que apoyarlo. Cuando se empezó a ver que esa creatividad tenía reconocimiento a nivel estatal… la Administración no es tonta, así que decidió apoyarlo para también beneficiarse. En el teatro universal siempre se ha dado la situación de que que tu empiezas siendo un autor marginal hasta que tu calidad hace que la Administración te adopte y te convierta en la estrella del teatro público. Cinco años antes eras marginal, ahora eres el más representado de los actores. La administración valenciana hizo eso en aquella época.

    -Y, de hecho, los nuevos gestores públicos valencianos estaban allí la noche de los Premios Max.
    -Por una parte, es necesario que estén. Por otro lado, hay un rédito político. Si tu adoptas una actividad y esa actividad tiene éxito y es reconocida, pues te aprovechas tú también de ese rédito y sigues invirtiendo en ello.

    -Has estado en la Administración durante una época, encima de los presupuestos. Ahora lo estas desde la dirección de Sagunt a Escena. ¿Cuánta es la distancia presupuestaria entre ambos momentos?
    -Antes había muchos más recursos que ahora. No sé si éramos una comunidad mas rica, pero había mas. El festival se mueve en torno a los 250.000 euros de presupuesto, con la aportación de Generalitat, Diputación y Ayuntamiento, además de las 15 empresas que han aportado y que todas nos apuntan a que quieren seguir colaborando e incrementar su colaboración para el año próximo. En 2005, justo antes de que me cesaran, yo encargo la dirección artística del festival a Salva Bolta y en ese momento el maneja un presupuesto de 350.000 euros. 

    -¿En qué se convierte, qué significa esa distancia?
    -En que se pueden hacer las cosas con más tranquilidad. Pero hay que pensar ya en una producción propia. A mí me contrataron en marzo y ya no se podía pensar en ello, pero sé que el festival se ha de asentar sobre dos ejes: el primero, una coherencia con la programación porque no todo cabe en el teatro romano; el segundo, que esa diferencia distintiva ha de venir marcada por la producción y coproducción de cada año. A mí me gustan mucho los festivales de Mérida, Almagro, Olmedo, pero les falta un hilo conductor, eso que ahora se llama ‘el relato del festival’. Hay que huir del eclecticismo, hay que buscar una coherencia. Este año hemos tenido la suerte de que hubiera un número determinado de espectáculos que nos hiciera concurrir que el festival iba a versar sobre lo femenino. Ojalá todos los años fuera tan fácil encontrar ese hilo conductor.

    -O sea, que han sido las obras disponibles las que os han hecho elegir el hilo conductor de lo femenino.
    -Aunque hay mucha oferta, también podríamos haber optado por los clásicos españoles e ingleses, con la excusa del cuarto centenario Cervantes-Shakespeare. También había opción de optar por los héroes griegos. No ha sido solo lo que nos proponían, sino también lo que nosotros podíamos generar. Por ejemplo, a mi me parecía que había quedarle un empuje a una compañía que a mí me interesa muchísimo por su lenguaje, que es extraordinario, como es Perros Daneses. A esa ‘Fedra’ había que darle una oportunidad que tras nacer en Russafa Escènica, haber pasado por el Rialto, merecía estar en el teatro romano y ver cómo funcionaba. La compañía se ha volcado, le han dado un giro, añadido actores, ampliado escenografía… esa también es la misión del festival. Ya que no hemos podido hacer producción propia este año, debemos dar la oportunidad de que alguna compañía le de otra vuelta de tuerca a su propuesta.

    -Este ejemplo habla de tu relación como espectador del teatro alternativo. ¿En qué se debería convertir el Off Romà? ¿Ha de ser un cajón de sastre o hasta qué punto ha de generar una propuesta independientemente atractiva al romano?
    -Este año la intención ha sido la de proponer una oferta atractiva para un público familiar, teniendo en cuenta que va a suceder en espacios al aire libre y en horarios totalmente infantiles. A futuro, Sagunto es un lugar abierto a muchas posibilidades. Para empezar tiene dos casas de cultura perfectamente acondicionadas para hacer teatro en julio y en agosto. En estos espacios, en este sentido, tenemos que construir un Off que sirva de previa en algunos casos para dar el salto al romano. No hablo de generar una segunda división, pero es un lugar para desarrollar otro tipo de discursos. El Off ha de generar espectadores y desde el criterio de que no todo vale, precisamente. Este año hay danza de calle, cabaret, circo, teatro gestual. Espectáculos sencillos con una gran dosis de calidad y creo que eso ha de generar espectadores. No obstante, el Off es una de las grandes tareas, es lenta y quiero ver qué evolución vamos a poder alcanzar en dos o tres años. 

    -Antes has mencionado la participación de 15 empresas del Camp de Morvedre en el festival. ¿Se ha notado el cambio de aires para que se animasen a participar?
    -Sé que otros años no ha cuajado. Ha tenido que ver que esas negociaciones y reuniones se hayan hecho de la mano de la administración. A estas empresas les hace ilusión tener también un director artístico con el que reunirse y entender cuál es la propuesta. Cuando se reunieron conmigo así me lo transmitieron y hablamos de todas las posibilidades de colaboración. También ha sentado bien, porque así me lo han dicho, que más allá de mi curriculum, yo lleve 20 años viviendo en la zona. 14 años en Sagunto, de hecho. Sé lo que sucede los viernes en la Casa de la Cultura, los problemas que hay con la cementera o la idiosincrasia del Puerto de Sagunto. Que no fuera un recién aterrizado se que les animó y hemos logrado que, directamente, haya cuatro funciones del Off que las paguen los empresarios. Su actitud es la mejor y nos han dicho que no esperemos a mazo para ir a verles, que mantengamos la comunicación. 

    -Tu dirección fue anunciada como algo eventual, para ‘salvar’ la edición de 2016 y más tarde entrar en un proceso de decisión sobre el futuro de la dirección, pero todo lo que haces, todo lo que gestionas y planificas, no tiene esa fecha de caducidad presente. El secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, ya ha dejado entrever que la dirección del festival no tendría por qué salir a concurso o someterse al Código de Buenas Prácticas. ¿Cómo lo percibes tú?
    -No trabajo pensando en que vaya a acabar con esta edición. Trabajo pensando en las próximas ediciones y si viene otra persona, no pasa nada. Los festivales se han de trabajar con todo ese margen y es necesario que lo hagamos así también de cara a patrocinadores e instituciones. 

    -Una de esas relaciones a futuro puede salir de la reunión del 2 y 3 de septiembre en Sagunto, con la llamada de los representantes de festivales de España. 
    -Estamos gestionándolo con mucha ilusión y responsabilidad. Almagro ya ha dicho que viene, Mérida también, Focus como empresa también, el Centro Dramático Nacional, Paco Sanguino, los festivales de Elx y l’Alcudia, Sna Javier, Zaragoza que empezaba este año. En total, nos podremos reunir una docena de instituciones para ver qué podemos hacer juntos… va a ser extraordinario.

    -Por ejemplo, ¿coproducciones?
    -Imaginemos que, por ejemplo, quisiéramos traer al festival de Sagunto a la Royal Shakespeare Company a hacer Hamlet. Me lo acabo de inventar. Obviamente, sería imposible, pero si el Grec dice que sí, Zaragoza dice que sí y otros dicen que sí, si sacamos 10 fechas, pues a lo mejor es viable. En cualquier caso creo que es importante la intercomunicación entre todos nosotros.

    -¿Y más allá de España? 
    -Para los festivales españoles es muy importante oler qué sucede más allá de los Pirineos. En estos momentos, todo sucede entre Barcelona y Madrid. Algo también en Bilbao. Así que creo que pude haber espectáculos importantes para traer de fuera y para atraer desde fuera.

    -Hablamos de coordinación entre festivales nacionales, ¿pero qué hay de los valencianos? ¿Cómo ve que el festival Tercera Setmana haya nacido tan próximo a la Mostra d’Alcoi?
    -Creo que son compatibles, pero es una opinión personal. Creo que el tiempo les definirá. La Mostra debe seguir siendo genuinamente la muestra de teatro de lo que sucede en la Comunitat cada temporada. Es el escaparate aquí para mostrar a promotores de fuera lo que se hace y debe mantener también ese carácter de feria. Tercera Setmana no tiene mucho que ver. Al contrario: es coger al espectador valenciano y decirle, en 10 días va a ver usted todo lo que sucede en España con 20 espectáculos maravillosos. Estos dos y todos ellos son perfectamente compatibles: el de payasos de Xirivella, el MIM de Sueca, el de teatro de calle de Vila-real… La potenciación de festivales será una de las prioridades de la administración. Y así debe ser porque, aun pasándolo mal, ninguno ha fracasado en los últimos 25 años. Todos ellos han demostrado que tienen calidad suficiente para sobrevivir. 

    -¿Y cómo ve la llegada de Musix, la marca paraguas para los festivales de música que los promocionará en las ferias de turismo extranjeras?
    -Con mucha envidia. Espero que dentro de uno, dos o tres años, cuando se promocione la Comunitat en Fitur o donde sea, uno de los platos fuertes sean las artes escénicas. Está claro que en el mercado turístico los agentes ya no solo compran sol y playa y ójala ante ese escenario, en ese momento, miren hacia aquí y vena que nosotros tenemos, además de una maravillosa playa en el Puerto de Sagunto y muy buenas paellas, una Fedra extraordinaria o una Medea. Que se puedan vender esos paquetes de Sagunto, de Sueca, de Alcoi…

    -Ya que hablamos de acciones institucionales, ¿qué se debería conseguir a lo largo de los próximos años en materia de política cultural para con las escénicas?
    -Lo que hay que conseguir es que una persona como Víctor Sánchez, y hay más como él, como sucedió hace 20 años, no tengan que irse. Las instituciones han de lograr que los creadores no tengan porque irse para hacer cultura y puedan generar entretenimiento y diversión desde su origen. Que lo hagan de manera natural y que encuentren apoyo institucional. Que encuentren que este es el lugar para abrir su compañía, como le pudo suceder a Albena, o su sala, como Sala Russafa. Y conseguir que el creador tenga su espacio y su momento aquí y ahora y en la lengua en la que ha decidido crear. Lo digo porque en el caso de Víctor, por edad, por razón social, será en castellano, en el caso de Laura Sanchis, serán en valenciano. Es igual, hay terreno para todos. De hecho, somos privilegiados porque con las dos lenguas tenemos todo el mercado del norte y el oeste con una, y todo el este con la otra. Y esto no quiere decir que dar la oportunidad a los creadores de aquí evite que salgan fuera, al contrario. Es natrual que Víctor ahora esté invitado en una dirección al Centro Dramático Nacional, pero tendría que estar dirigiendo aquí y creando el siguiente texto aquí. Y estrenar en los teatros públicos, que ya le toca. 

    -Cambiando completamente de tercio, ¿qué le parece que la Conselleria de Cultura esté dentro de Educación? Dada la distancia presupuestaria, ¿cree que le perjudica ser esa hermana minúscila? ¿Preferiría una Conselleria de Comunicación y Cultura?
    -A mí me gustaría de Cultura y punto. Educación y Cultura deberían ir por separado y Comunicación y Cultura también, y eso que le tengo mucho respeto a lo que está haciendo el conseller Marzà. La distancia entre los recursos de Educación y los de Cultura hacen que sea imposible destinar tiempo a la gestión, por eso sería deseable que fueran por separado.

    -¿Cuánto nos ha perjudicado nuestra mala relación con el Ministerio de Cultura durante los últimos años?
     -Nos ha perjudicado desde hace mucho tiempo. Cuando yo era director de Teatres de la Generalitat el Gobierno de la Comunitat era del PP y el central era PSOE y no había un buen entendimiento. No afectó mucho en aquel momento porque aquí se vivía en otro mundo; vivíamos en el mundo del crédito. Pero hemos estado maltratados por la administración central desde antes y hasta ahora. Cuando la Comunitat y el Gobierno central estaban regidos por el mismo partido, por el PP, desde aquí Inmaculada Gil-Lázarao fue incapaz de mantener la financiación de Dansa Valencia. Donde debía haber más que un buen entendimiento, una conversación directa, ni siquiera se mantuvo eso que ya se tenía. Así que al final muchas veces este tipo de situaciones tienen que ver más con las personas que están detrás de ello. Si había dinero, bien. Si no había, pues se hacía menos, y si no había nada, pues no se hacía nada.

    -Y su efecto en Sagunt a Escena.
     -Y no solo en materia de presupuesto, sino el interés porque este festival siguiera siendo un referente, siguiera siendo tratado como tal por el Gobierno.

    -¿Cómo te has encontrado a los equipos de trabajo de Sagunt a Escena?
     -Un equipo genial, pero no se debe a este año. El pasado ya hubo por parte de la Conselleria y del Ayuntamiento de Sagunto que empezaron a devolver el ánimo a la gente con el programa Sagunt a Escena Creix. Me he encontrado con una actitud positiva de administración, de empresas y de espectadores, de la gente del propio Sagunto. Mi sensación es que he llegado con el terreno abonado.

    -¿Cuánto ha podido pesar en negativo toda esa etapa de la burbuja crediticia y el gasto en macroproduccions en la Comunitat?
     -Mucho, no te lo puedes imaginar. Ahora en cualquier comparecencia todo el mundo pregunta, <<¿y la Nave? ¿y la Ciudad del Teatro?>>. Es algo por solucionar, pero supongo que la gente, creo yo, no es consciente de lo que cuenta levantar esa persiana. Hay que pensarse muy bien qué quieres hacer con esa nave. Cuando en Londres se abrió la New Tate Modern no fue una decisión de la noche a la mañana: reuniones de expertos, informes… O los locales del Berlín Este reconvertidos en contenedores culturales. No son decisiones cualquiera. Se reúnen personas formadas y preparadas para hacer un presupuesto y saber si se quiere insonorizar, tabicar, posibilidades… Eso sí, nunca se volverán a ver unas Comedias Bárbaras como las de Bigas Luna. Nunca volveré a ver nada igual en ningún lugar del mundo, pero esto no se puede hacer todos los días. Pero, para entender cómo funcionaban las cosas, siendo director de Teatres un día se me propuso poner parqué flotante en toda la Nave. No tenía sentido así que yo dije que los caballos de Bigas Luna y los pastores alemanes que corrían detrás de las actrices patinarían. Era la fórmula para que no lo hicieran, suponiendo que detrás esa idea tenía a una empresa a la que había que darle trabajo por lo que fuera. En 2006 o 2007 se hicieron unos camerinos que… los mejores del mundo. Sin ningún plan. Años después, de repente, alguien llevó y se llevó toda la grifería. Ahora hay un guardia de seguridad cuidando de la escenografía de Calatrava. Cada día lo veo.

    -Para ti es una edición de debut. ¿Qué sensaciones tienes?
     -Buenas. Los responsables culturales del Institut Valencià de Cultura, Conselleria, Diputación y Ayuntamiento están contentos con el trabajo y yo también. Los agentes culturales de Sagunto han hecho un esfuerzo increíble, pero también los de esta casa [Teatres] tuvieron que esperar a que acabara la temporada en el Teatre Principal para llevarse buena parte del equipo técnico que ahora se está montando en Sagunto. Por eso cuando oigo a Natalia Menéndez, la directora del festival de Almagro, decir que si no le dan el 15% más se va y que 141 personas trabajan de manera directa en el festival… Aquí somos seis personas. Ella habla de su oficina de de Madrid, de la oficina de Almagro, de producción, comunicación… Aquí tenemos 10 o 12 técnicos que ahora, sin vacaciones, desmontan en julio y se llevan todo a Sagunto. Las acomodadoras empiezan el 23 de julio, acaban el 10 de septiembre y el 29 de ese mismo mes ya están en el Principal. Si no fuera por el entusiasmo de las personas sería

    -Como decías, estos últimos 20 años has vivido en el Camp de Morvedre. ¿Te sientes próximo a Sagunto y el festival te estimula lo suficiente como para no pretender ninguna otra posición en la gestión pública?
     -Es muy gratificante el trabajo que estoy haciendo. Creo que, por edad, ya no me corresponde el tipo de esfuerzo que requiere una dirección general o subdirección. Soy de los que cree que hay que dejar paso a las nuevas generaciones en esos lugares de trabajo, algo que también lo he hecho durante mi carrera universitaria. De hecho, uno de los grandes problemas en todas las administraciones es que se van creando barreras generacionales. Hay que darle cancha a la gente. Me veo como mínimo un año más en Sagunto. Tengo fuerzas para hacerlo.

  • Joaquín Collado, la mirada humana

    Publicado originalmente en la revista Plaza

    Si hubo un tiempo en que los artistas malditos estuvieron de moda, este inicio de siglo XXI ha servido en gran medida para que cada territorio y casi cada disciplina reencuentre el trabajo de un creador excepcional que durante toda una vida ha pasado desapercibido. Es el caso de la pintora cubana Carmen Herrera, que vendió su primer óleo a los 89 años y ahora a los 100 ya tiene obra en el MoMA de Nueva York o la Tate Modern de Londres, entre otros. No todos han vivido el éxito de lo mucho creado, como es el caso de la omnipresente Vivian Maier. Las decenas de miles de fotografías que esta niñera de Chicago capturó a lo largo de su vida ahora giran por el mundo, vendiéndose y revendiéndose con muestras tan poco interesantes como la que ha permanecido durante las últimas semanas en Madrid, explotando los infinitos recursos de una obra para la que el criterio del propio artista no cuenta.

    No es el caso de nuestro particular caso valenciano, el del fotógrafo Joaquín Collado. Este exempleado de banca acumula algo más de 40.000 fotografías, con una laboriosa documentación anexa que recoge cuándo disparó cada carrete y dónde, dividiendo estanterías de producción según su fecha y serie Collado es para muchos el fotógrafo de la Valencia más callejera, y desde que en 2009 se hiciera su primera gran retrospectiva en las Atarazanas de la ciudad, los reconocimientos no han cesado. Los últimos, ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, exponer en la galería le Plac’Art Photo de París de la mano del promotor Armand Llàcer (inaugurada el pasado mes, hasta el 7 de noviembre) y ser objeto de un libro acerca de su figura que ultima en estas semanas el bibliófilo e investigador Rafael Solaz.

    «COLLADO ES FUNDAMENTAL PARA ENTENDER LA SOCIEDAD VALENCIANA DE LOS AÑOS SESENTA A LOS OCHENTA», ASEGURA RAFAEL SOLAZ

    Collado (Valencia, 1930) «es fundamental para entender la sociedad valenciana de los años sesenta a los ochenta», asegura Solaz. Todo apunta a que el libro estará listo a principios del próximo año, incluyendo una amplia muestra de su obra y la biografía del joven que con 14 años fue botones del Banco Hispanoamericano, en la Calle de las Barcas de Valencia, y desde allí inició una fotografía urbana, intensamente humana, de miradas, y que ha captado los rincones oscuros, las heterogéneas gentes y las fiestas de la ciudad.

    El que fue durante casi un cuarto de siglo presidente de la Agrupación Fotográfica Valenciana (Agfoval) vive ahora su particular primavera, a los 85 años, en una reivindicación que acepta con la naturalidad de quien nunca buscó el reconocimiento público a partir de sus fotos, sino mostrar «las miradas; en los ojos está todo».

    «Nunca esperé que nadie me dedicara tanto tiempo, tanta atención. Cuando se hizo la exposición de mi obra en el MuVIM me pasaba un par de veces cada semana y veía a la gente mirar y mirar. Pasaron hasta 12.000 personas y se tuvo que prorrogar dos veces.

    Las primeras de las más de 40.000 fotografías que guardo las tomé en 1959, aunque hasta el 65 no revelé por mi cuenta. En toda esa época inicial no conocía a fotógrafos profesionales. Hacía mi propia fotografía sin mirarme en nadie, pero poco a poco conocí a Alfredo Sanchis SolerJosé Miguel de Miguel o a Gabriel Cualladó [con quienes la crítica le compara]. Aun así, nunca tuve como objetivo publicar nada, ni exponer en ningún sitio, aunque entiendo a todos lo que lo hacen y obviamente es algo lícito».

    La fotografía es efímera

    «Para hacer las fotografías del Barrio Chino de Valencia [en las que aparecen prostitutas, proxenetas y clientes] me escondía la cámara en el abrigo. Tosía cada vez que disparaba, porque vaya ruido hacían aquellas cámaras… La prostitución se ha convertido en algo marginal y lo único que queda son los edificios deteriorados que albergaban esos prostíbulos.

    Espero que algún día cambien, aunque espero que no pase como con toda la ciudad. He visto desaparecer toda la huerta y está claro que para que llegue la modernidad, para que la gente tenga más oportunidades y pueda dedicarse a lo que verdaderamente quiere, es necesario un cambio, pero creo que no hacía falta arrasar con todo como ha sucedido».

    «En toda mi obra hay niños. Los hay en Gitanos, en Infrarrojos o en La ciudad y sus gentes y son los protagonistas en otras series como Plaza de San Esteban. Ahora esto sería impensable. Hoy en día apenas hay niños en la calle. Antes todo el mundo en la calle sentía que les teníamos que proteger, y era tan impensable que les fuera a pasar algo, que crecían allí. Yo siempre les pedía permiso a los padres para las fotos, igual que hacía con los adultos. En mi fotografía la conversación previa es una parte esencial. Bueno, y también la posterior, porque en una infinidad de casos me comprometía a llevarles una copia. Y vaya si se la llevaba».

    «La fotografía que se hace hoy en día es efímera. Mi nieta me enseña alguna foto que ha hecho con su móvil y yo le pregunto que cuándo la va a revelar, pero no le interesa. Tampoco la vuelve a mirar. Yo sigo viendo la fotografía de la misma manera y eso incluye sacar copias. Las últimas que he hecho han sido en la Plaza Redonda de Valencia, hace unos días, en color, aunque luego las paso a blanco y negro porque sólo entiendo la fotografía así. Y ya tengo bastantes a color, pero no las aprecio así. Cuando ya no esté [mira sus cuatro estanterías repletas de negativos] mis hijos decidirán qué hacer con todo esto».

  • María Adánez: “El público no abandona el teatro porque todos necesitamos sentir realidades de verdad”

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    La vida «disfrutona» de Emilia Pardo Bazán llega a las tablas valencianas de la mano de Insolación, la obra que protagoniza María Adánez en el Teatre Principal del 28 de octubre al 1 de noviembre. Así se refiere a ella la propia actriz, convencida de las múltiples cualidades de una mujer -Pardo Bazán- «que mantuvo una personalidad arrolladora sin preocuparle de qué la tacharan».

    De la mano del productor Celestino Aranda y junto al actor José Manuel Poga, la obra está situada a finales del siglo XIX, cuando una noble viuda gallega afincada en Madrid, en la víspera de las fiestas de San Isidro, se topa con Diego Pacheco, un joven gaditano con fama de conquistador. La comedia romántica que surge entre los dos es también punto de partida para diferentes analogías, como el de la mujer que lucha contra el establishment social o el de los caracteres personales enfrentados y encontrados entre el norte y el sur de España.

    La historia de Francisca Asís Taboada, el personaje central de la obra, tiene además muchas conexiones con la autora del texto. Como Pardo Bazán, la mujer de sociedad es gallega pero reside en la capital, pero sobre todo tiene un conflicto amoroso que resolver, que en el caso de la escritora se sabe está dedicado a uno de sus amantes. Para Adánez, que atiende la entrevista de Valencia Plaza, «es la historia de una lucha titánica por dejar los sentimientos a un lado y regirse por una razón que tiene mucho que ver con la mujer de esa época».

    -¿Cómo ves a Pardo Bazán a través de su texto?
    – Como una mujer ‘disfrutona’ de la vida, influida por un sentido de la sexualidad muy libre y, sobre todo, influyente en la historia. Por eso estuvo metido en política e influenció hasta llegar al sistema educativo.

    -¿Y el mensaje de su texto? ¿Tiene con todo ese componente femenino?
    – Tiene mucho de mujer poderosa, de libertad y de liberación. No sé si es un texto femenino, pero sí hay deseo, un deseo que no sé si tiene que ver con el sexo. Ella narra el deseo.

    -La mayor parte de las dramaturgias sigue teniendo firma de hombre y, recientemente, ha desaparecido Ana Diosdado que hizo el montaje de tu primera obra en el teatro (Casa de Muñecas, Ibsen) en la que compartías escena con Amparo Baró (fallecida también en 2015). Tan solo tenías seis años, ¿pero cómo las recuerdas?
    -Inteligentes, libres y referentes dentro de la profesión como pudo serlo Pilar Miró.

    Insolación llegó a estar censurada en su época por la visión de la mujer independiente, pero aporta muchas otras lecturas políticas, como la relación norte sur.
    -Es otro ingrediente muy interesante. Ella es una mujer del norte, rígida en las formas, que de alguna forma siente mucho más de puertas hacia dentro. Él es un hombre de Cádiz, pícaro, conquistador, rubio y de ojos azules… Ella lo describe y lo escenifica de una forma que deja claro que le encantaba Andalucía y a su forma aborda esas ‘dos españas‘.

    -¿Influye también el clima en el carácter?
    -Por supuesto. El clima puede cambiar la forma en la que nos expresamos y somos, pero es tan importante como el factor educación.

    -¿Cómo se visualiza en la obra?
    -Especialmente me gusta una tertulia que hay al inicio en la que trata de abordar qué somos en España, cómo nos hemos creado tal y como somos, y si tenemos algo de los pueblos del norte o somos latinos. Es bonita esa reflexión, que tiene razones por ambas partes…

    -¿Y cómo lo ves tú o cómo te ves tú?
    -Creo que como decía Ortega y Gasset, uno es uno mismo y sus circunstancias. Somos, sobre todo, lo que hemos recibido desde la educación. En lo personal, creo que la riqueza de esas dos realidades es poder estar en una feria y dejarte llevar, sumergirte en todo ese ambiente y no sentirte extraño si estás en otro momento en la ópera. La capacidad de adaptarse y disfrutarlo, eso creo que es lo más interesante.

    -La obra tiene su propio clima a través de una escenografía llena de intenciones, pero que asume riesgos y a la que el trabajo de luz le aporta mucho. ¿Cómo la has percibido en estos meses acompañando a vuestro trabajo?
    -Partiendo de que la dramaturgia es muy fiel al original, era todo un riesgo no pintar una pradera para mostrarla. Toda la propuesta escénica de Insolación está muy medida y consigue que no haga falta interponer puertas para que el público ‘las vea’. Me gusta especialmente porque compite con una sociedad que tiene mucha información visual y fomenta que la gente tenga que crear cierto imaginario con la obra, además del trabajo de iluminación de Juan Gómez Cornejo, la música de Luis Miguel Cobo o el vestuario de Almudena Rodríguez, que son los tres exquisitos.

    -Todos ellos profesionales de las artes escénicas que estáis de enhorabuena, a tenor de los datos publicados este martes en el Anuario SGAE 2015, que reflejan que el teatro acaparó un 8,2% más de audiencia el pasado año. ¿Por qué, frente a los múltiples estímulos y las posibilidades de ocio y entretenimiento a la carta, el teatro sigue atrayendo a un público tan considerable?
    -Pese a todo este universo digital lleno de dobles vidas, de realidades virtuales y en el que unos cuantos controlan qué somos y cómo somos a través de las redes sociales, algo que estoy segura ha de tener unos efectos secundarios nocivos, las personas necesitamos sentir realidades de verdad. El teatro es eso, emociones vividas, cara a cara, y tiene mucho de vivir el presente, de poder oler, oír y tocar lo que está pasando. Me alegran los datos, pero sobre todo me asusta pensar que puede haber un mundo que no sea así.

  • Mariscal: «Cerrar el estudio ha sido un golpe durísimo para mí»

    El diseñador valenciano más internacional recupera «tiempo e intimidad» tras deshacer su proyecto como estudio

    Publicado originalmente en Culturplaza.com

    Se ha despertado antes de las 6 de la mañana, son las 21 horas y hoy ya ha contestado a una docena de entrevistas antes que a esta. Le queda alguna más y lo sabe. Es jueves, ni siquiera hay 8 grados de temperatura en el centro de Valencia -algo inusual, y él lo sabe-  y unas 100 personas contemplan en exclusiva el chester que ha diseñado para Canella Mobiliario, una de las firmas valencianas con más negocio en los mercados emergentes. No muchos de los presentes saben que su estudio cerró como tal el pasado verano, 25 años después de haber convertido una fábrica de Poblenou en el ‘Palo Alto’ de Barcelona. Javier Mariscal acaba de cumplir 65 años hace tan solo unos días, pero ni todas estas cifras ni la clausura ‘oficial’ de su buque insignia atenazan su creatividad.

    El sofá que presenta es una explosión cromática y recuerda al sillón Alessandra que diseñó en 1995 para un fabricante italiano. Ahora, el salto de telas en la tapicería de aquel divertido asiento se adapta a la ortodoxa forma del chester, como una analogía de lo que el propio creador parece estar viviendo. «Hace 25 años pensaba que tenía que crear un lugar donde la gente se lo pasara bien, donde hubiera sofás para quedarte a dormir, librerías y juegos para pensar, un espacio como Palo Alto. Cerrar el estudio ha sido un golpe durísimo para mí, pero ‘nos’ adaptamos y seguimos». Allí siguen sucediendo cosas, pero las hasta 30 personas que fueron ya no figuran como titulares del mismo. Ahora, a su alrededor, un enjambre de profesionales de confianza y freelances continúan con los pedidos que, en menor medida si lo comparamos con las últimas tres décadas, siguen llegando.

    En los años 90 tres de sus once hermanos fueron incorporándose al estudio a tiempo completo. Santiago, dedicado al mundo de la empresa y a la postre gerente de Estudio Mariscal; Tono, llegado del mundo de las audiovisuales, integrado también en el estudio (Muviscal) y pieza consorte del gran proyecto cinematográfico Chico&Rita que realizaron junto a Fernando Trueba; Pedro (Pedrín), hombre del textil y ahora gerente de la etapa Palo Alto Market: un mercadillo, de arte, moda y gastronomía que con tan solo tres citas en los últimos tres meses se ha convertido en un networking desenfadado y deseado por la comunidad creativa de todo el mundo. El lugar, no obstante, acoge a una veintena de empresas creativas, con arquitectos, escultores o desarrolladores web a los que la suerte de la recesión les ha afectado en distinta medida.

    Pero Mariscal sigue trabajando, rodeado de los miembros de esa «familia», los que le llaman Xavi con naturalidad, que ha sacado una producción ingente en torno a su firma. Mobiliario, iluminación, comunicación, diseño gráfico, ilustración, arte, instalaciones, carteles, portadas para The New Yorker, audiovisuales corporativos, web, series y cine de animación, miles de aplicaciones a partir de Cobi… «Ahora tengo más tiempo para mí, para estar con mis niños, para perderlo, para perderme… Lo que tengo claro es que el mundo no ha dejado de mejorar desde que surgió. Cada vez es más estimulante», añade y es  interrumpido constantemente por admiradores. Hablo con cada uno de ellos y habla de su Valencia natal. Él y sus hermanos acudieron al colegio El Pilar y recuerda una ciudad muy distinta a la que irradia el remodelado Mercado de Colón: «me gusta lo de anar com cagalló per sequia. ¿Conoces la expresión? Cuando iba al colegio yo veía eso, literal, en las acequias de Valencia. Así vamos por aquí».

    El diseñador, que reconoce haber hablado varias veces a lo largo del día de Cobi, su mascota para las Olimpiadas de Barcelona ’92, confirma con su conversación el ímpetu mediterráneo, bohemio y artístico de la ciudad: «si naces en Burgos tu cabeza también se estructura como quiera que se estructure allí una cabeza. Si en tu infancia tienes una luz como la de Valencia, que hasta en invierno tenemos esta luz, pues acaba influyéndote a la hora de crear, y el Mediterráneo nos afecta. Me refiero a las influencias estéticas del entorno. Por ejemplo, en esta ciudad está intacto el gusto por lo kitsch que proviene de Italia. Esa cosa cutre de Italia está aquí también».

    -Valencia acusa la ausencia de diseño, como si fuese una oposición a su propia realidad creativa.
    -«Lo que hay que tener claro es que si una ciudad tiene una comunicación casposa, es porque sus políticos así lo quieren. No es casual. Es lo que ellos quieren contar y transmitir de la ciudad. El caso de Barcelona ahora es paradigmático. Con el nuevo Gobierno local [Xavier Trias, Convergència i Unió] se está comunicando de una forma cutre, pero es la que conecta con sus mandatarios, la que quieren contar».

    QUÉ PINTA EL CLIENTE

    Mariscal recuerda la función «social» del diseño y su existencia «para comunicar mejor y para que los lugares adquieran valor. La gente perdería los vuelos en los aeropuertos de no ser por el diseño». En este sentido, los proyectos institucionales parecen haber caído en desgracia con la crisis. Además del omnipresente Cobi, Mariscal firmó en 1979 el perdurable logotipo Bar Cel Ona.

    -¿Contar con clientes potentes, como H&M o Camper, ayuda a crear una mejor carrera como diseñador?
    -«Es que no sé de qué me hablas cuando hablas de ‘carrera’».

    -¿Prospera la creatividad y el diseño a partir de los grandes clientes? ¿Ha sido importante para ti contar con ellos?
    -«No. Ahora mismo trabajo para una serie de colegios de Castellón que tratan de comunicar mejor sus menús para sus alumnos. Y hay un montón de información y, personalmente, lo abordo como si fuera el mayor de los encargos, justo al lado de otro que a lo mejor estoy haciendo para una multinacional».

    Otros proyectos, a lo largo de su ‘carrera’ -cúmulo de tiempo y trabajo que no acepta encapsular en esa palabra- le han vinculado a la imagen de Valencia con marcas ahora ‘manchadas’ por la actualidad. Desde la última imagen de Bancaja, todavía presente en su Fundación, a la de la 32ª America’s Cup:

    -Siguiendo con la relevancia de los clientes en el trabajo del diseñador. ¿Te arrepientes de haber trabajado para alguno?
    -«¿Arrepentirme? No conozco ese verbo. Hasta el día de hoy yo no recuerdo haberme arrepentido de nada». 

    -Pese a la ruptura de fronteras de consumo visual, ¿una imagen local muy concreta, muy propia, sigue siendo tan potente como antes para comunicar en el mundo?
    -«El caso más claro es el de Pedro Almodóvar. ¿Qué tendrán que interesarle esos personajes antiguos de La Mancha, esos lutos, a la gente de Japón, por ejemplo? Pues es muchísimo más potente. Lo importante es dominar todos los elementos de comunicación de ese ámbito y crear un relato potente con ello».

    EN CONSTANTE ACTUALIZACIÓN

    El valenciano acepta que el hecho de haberse desprendido de una forma estructural de su estudio, donde no obstante siguen sucediendo cosas y del que extrae a su equipo de confianza, le está haciendo trabajar «quizá de una forma más íntima. También lo encaro como un reto y como una crisis, que es oportunidad y es salida… pero sí, me preocupo por cosas que antes no controlaba, como papeles, cuentas y esas historias». Tras numerosos diseños de producto, exposiciones y creaciones que, salvo ser un encargo puntual, tocan el mundo del arte frente al del diseño, Mariscal reconoce que el papel de las nuevas tecnologías no es sino un dinamizador de su trabajo. «De todos los aparatos, con el que quizá más trasteo es con el iPad porque está ligado al dibujo. Uso mucho la aplicación Dink. Igualmente, es muy cómodo poder estar enviándote imágenes a partir de WhatsApp para ver cambios o modificaciones con tu equipo».

    Recuerda sin nostalgia como apreció el avance de que uno de sus diseños pudiera estar «en cuestión de minutos entre Buenos Aires y Nueva York [se refiere al fax]. Esto solo ha hecho que ayudarnos a avanzar. Pero bueno, también hay cosas que no entiendo, como Twitter. Estoy, pero no sé qué le sucede a la gente que hay ahí adentro. Cuando les da por ahí me insultan». Aun así, precisamente esta red social, le reportó miles de alegrías recientemente: hace tan solo unos días, La2 de Televisión Española emitió Chico&Rita. «Me han llegado miles de felicitaciones, porque mucha gente que ya la había visto la ha vuelto a ver y otra que lo ha hecho por primera vez ha querido enviarme algún mensaje. Miles de mails también…».

    Los ojos le brillan especialmente al hablar de su película junto a Fernando Trueba.

    -¿Ha sido uno de tus trabajos más satisfactorios?
    -Sin duda.

    -¿Quizá ha influido el hecho de poder comunicar de una forma transversal, a partir de un mayor número de estímulos: imagen, movimiento, música, sonidos…?
    -«Básicamente, es eso. De hecho, creo que si alguien debe firmar la película es Fernando (Trueba), porque yo me he metido en su terreno y él en el mío, pero quien domina todas las artes que hay ahí dentro es él».

    Mariscal reconoce que ambos trabajan con diferentes ideas de guión y que «si hay una buena historia, la financiación no es un problema». Fueron algo más de cinco años de trabajo, con un equipo base de 80 personas trabajando -varios cientos en momentos puntuales de la producción-. Sin embargo, la misma fue la tormenta que precedió a la deriva del propio estudio. Los 150.000 dibujos y una vitrina plagada de premios (Goya, Premios del Cine Europeo, Premios José María Forqué, Premios Gaudí, Premios Annie, nominada al Oscar como mejor largometraje de animación…) no sirvieron precisamente para realzar el económicamente el vuelo del estudio, que desde 2010 iba restando cuota de negocio hasta solicitar hace algunos meses el concurso de acreedores voluntario. Mariscal se aquejó, por aquel entonces, de que los adultos todavía seguían viendo en el cine de animación una opción de ocio infantil. 

    Ciudades como Londres se han rendido a su obra con exposiciones retrospectivas, las grandes marcas -como las ya citadas- buscan su sello, pero su obsesión por estar constantemente actualizado le hace conectar también con las corrientes más actuales: «si ahora somos más conscientes de nuestro entorno y el diseño se concibe para hacer un mundo más amable, eso no solo es algo positivo». Mariscal también ve natural todo el revival de la artesanía -Palo Alto Market da buena cuenta de ello- y los productos de kilómetro cero «tanto en la mesa [cocina] como en el diseño». Ese es el presente, mapeando una nueva corriente e influido por el tiempo en el que vive como si acabara de salir de una escuela de diseño. Tan joven y actual que mencionar la llegada de una hipotética jubilación, pese al punto y coma del Estudio Mariscal, es absurdo.

  • ¿Puede Valencia ser ‘Happy’?

    Publicado originalmente en Valenciaplaza.com

    Pongamos que es martes. Pongamos que un grupo de personas ha grabado un vídeo en la ciudad de Valencia. Pongamos que el vídeo está inspirado en un movimiento comercial (discográfico en este caso) y que, sin ánimo de lucro por parte de sus continuadores, es subido a YouTube el domingo en busca de visitas. En menos de 48 horas consigue unas 20.000 reproducciones. El objetivo del clip: «Contar que aquí también hay gente que es feliz», me dice Víctor Arroyo Melis. He conseguido su teléfono haciendo algunas llamadas y, pese al atropello matutino, sigue entusiasmado con lo que está pasando.

    EL ORIGEN DE LA PUBLICACIÓN

    Analizo lo que hay: un street video, gente aparentemente espontánea bailando música de Pharrell Williams y una causa bastante ‘blanca’. Compruebo en YouTube que existen casi tantos vídeos como ciudades tiene Occidente. Compruebo que quizá haya tantos o más en Oriente. El del ‘cap i casal’ repasa como una letanía los sitios más típicos de la ciudad. No hay pérdida ni sorpresa, excepto por la forma en la que los personajes filmados bailan. Deshinibidos, alegres, y encima ¡hasta parecen gente de lo más normal! El uso de la steadycam es bastante bastante bueno.

    Compruebo que el crecimiento de visitas sigue. Miro la cuenta en YouTube de Turismo Valencia, una Fundación privada ambién] sin ánimo de lucro que reúne al Ayuntamiento de Valencia, Feria, Cámara de Comercio, Confederación Empresarial Valenciana y los principales empresarios locales del sector. Ni sumando todos su vídeos han conseguido un impacto similar en esta plataforma. Y estamos hablando de un equipo de trabajo dedicado -entre muchas otras cosas- a conseguir este tipo de ‘resultados’.

    Pido la venia para publicar el tema. Quiero enfrentar la actividad del viral con la de los organismos encargados de promocionar el turismo de la ciudad en Internet, y así lo acabamos contando. Lo hacemos también porque ningún otro medio ha reparado en ello a esa primera hora de la mañana, porque el lector merece historias exclusivas, distintas y sobre lo más próximo. Contactar con el responsable del asunto no cuesta mucho, como he dicho. La noticia es, desde su lanzamiento, la más leída del día en ValenciaPlaza.com.

    Al rato compruebo una vez más que, afortunadamente, el nuestro no es el único criterio editorial. Hay otros. Algunos son del tipo: capturo el vídeo + lo meto en mi propio sistema de vídeos + le inserto una publi de 20 segundos + monetizo el arreón de visitas. Repito el mensaje, sí, pero el contador de la publi emitida suma y sigue. Supongo que cuentan con que la difusión evitará que a los chavales se les ocurra sentirse utilizados para la recaudación. ¡Todo sea por la difusión (y las visitas)!

    DURANTE LA MAÑANA: 20.000 REPRODUCCIONES

    El vídeo ya tenía un camino ascendente antes de que ningún altavoz se parase a multiplicar su impacto, pero en contacto con los medios desata tres sensibilidades que se dejan notar en las redes sociales: una, la de felicitación, viralización y apoyo. Traducido en mensajes recibidos en el Facebook de Valencia Plaza puede resumirse en «¡cómo mola!»; la segunda reacción es justo la contraria,  que traducida en mensajes con mención al Twitter de Valencia Plaza es algo así como: #Gomitiu, «Òstia q dur» o «açò es precís?»; la tercera y que no me atrevo a descartar es la de la indiferencia, que la historia nos ha venido a demostrar que es la posición mayoritaria ante cualquier movimiento mental.

    Mientras trato de seguir con diez o doce tareas más y a la vez, no puedo evitar leer reacciones. En el muro de Valencia Plaza en Facebook me encuentro una sorpresa importante: un usuario invita a los autores del vídeo a firmarlo como «Nuevas Generaciones católicas de Valencia». El usuario está bien informado porque el mismo Arroyo Melis con el que había hablado un par de horas antes contesta rápidamente en el mismo espacio: «un 95% de los que aparecen en el vídeo somos católicos!! solo que me ha faltado decirlo en el artículo», y cierra con emoticono sonriente.

    Quizá no lo dijo porque a mí no se me ocurrió conectar el vídeo con ninguna creencia religiosa. Quizá se me pasó por alto porque sonando Pharrell Williams de fondo mientras preparaba las preguntas en mi cabeza seguían vivas las letras de los los geniales N*E*R*D, que con Williams al frente, diseñaban sus portadas a sabiendas de que el sello de ‘Parental Advisory’ no se lo iban a poder ahorrar. Aun así, trato de analizar: ¿era crucial esta información? ¿Se enrarece así el mensaje del vídeo? ¿Cambia su finalidad? ¿Se detiene su efecto viral? El usuario que reclamaba la firma les felicita por su «labor de difusión, en eso sois expertos e impecables». Acto seguido califica el mensaje del vídeo, respetuosamente, como «buenrrollista acrítico absolutamente alejado de la actual realidad social«.

    EL FUEGO CRUZADO DE LA TARDE: 25.000 REPRODUCCIONES

    El clip pasa a ser objeto de crítica y debate. Entre amigos de Facebook encuentro celebraciones y escupitajos, signos de exclamación e insultos. Algunos bastante duros. De los silenciosos no sé nada y a media tarde, sintiéndome algo cobarde, acabo refugiándome con ellos mientras empiezo a escribir este artículo. Veo a la gente comentar los aspectos técnicos del vídeo y la cosa se eleva a debate sobre el objetivo del mismo y el reflejo que da sobre la ciudad: «mostráis la Valencia que queréis que se vea». Los ofendidos, indignados, repiten aquí y allá: «vergüenza ajena». Los happies, a lo suyo: más exclamaciones y caritas sonrientes.

    Leo referencias al ERE de Coca Cola, a Freud, a los familiares que han tenido que emigrar de la ciudad al límite de sus posibilidades personales… ¡quién dijo que Valencia era ‘happy? Les siguen citas a Gürtel, «está lejos de la situación que estamos viviendo» y un especial (y habitual) desprecio por la Ciudad de las Artes y las Ciencias como símbolo de todos los males que afectan al sistema económico local y tal. Recordando enganchones similares, acabo por aceptar que el fuego cruzado durará días.

    Me sigo haciendo preguntas: ¿esta gente (por el grupo 2) sabrá que el lindy hop es una corriente creciente de baile en Valencia? ¿Y si les ve haciendo de las suyas por la calle… se lía? Al rato veo que los del grupo 1 empiezan a contestar sacando las uñas: «siempre mezclando la política con todo lo demás», «amargaos», «q quereis ver dnd no lo hay?». Les leo y me pregunto también ¿Será evasión en tarifa plana o, quizá, será un rato divertido, inocente y con ganas de decir ‘me cago en to’ lo malo’?

    AL CIERRE: 40.000 REPRODUCCIONES

    ¿Valencia puede ser ‘Happy’ a día de hoy? Lo que queda claro es que gritarlo, como alguien que se libera ante su vaivén diario (con más arena que cal), no sale gratis. Pesa y mucho el mensaje en esta sociedad valenciana, más dolorida y enrabietada de lo que desde luego el vídeo pudiera contar. Tengo claro que no era precisamente eso lo que quería contar el vídeo y estoy seguro de que no es una cortina de humo orquestada por nadie al volante (¿hay alguien al volante?). El vídeo cuesta de digerir por muchos; la línea que separa el buen vivir del buen hacer es tan fina que resulta demasiado sensible a día de hoy para un grupo notable de valencianos.

    A otro nivel sigue quedando el rebatible concepto de la felicidad, la búsqueda infructuosa jaleada por el sistema capitalista y un debate postmoderno que se me escapa. Aun a riesgo de despertar suspicacias por la vía del optimismo, lo que sí me atrevo a asegurar es que hay más gente dispuesta a levantar la voz contra lo que no funciona. Mucha más que hace cinco años, seguro. Y no son solo las herramientas digitales. O no solo. Pero ahora vendrán los que pueden decirme llenos de razón que eso no significa que se vaya a producir el esperado cambio. El cambio tiene mucho de ‘acting’ y como cronistas del ‘acting’, por el momento, nos queda recoger lo que se va sembrando.

    Por cierto, opciones de vídeos turísticos sobre la ciudad y su entorno hay unos cuantos, pero aprovecho este espacio personal para destacar el que a mí más me gusta. Una delicia total y que envío cuando quiero contarle a alguien dónde vivo.

    ☊ Òscar Briz – València tensa